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1 MAESTRÍA EN ESTUDIOS CULTURALES Fundamentos Latinoamericanos para los Estudios Culturales Iván VILLANUEVA JORDÁN

Derrida, Jacques. “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”. La escritura y la diferencia. Barcelona: Anthropos, 1989. 383-401. Para Derrida, la estructura cuenta con la condición de estructuralidad que le ha permitido mantenerse organizada y coherente; dicha estructuralidad se inicia en un centro que permite la fijación de la estructura, el juego de los elementos que se encuentran en su interior, mientras constituye lo impensable que se encuentra fuera de la misma. No obstante, el centro es sólo una promesa que permite la estructuralidad de la estructura; es decir, realmente no se encuentra dentro de ésta, sino que es un asunción compartida para evitar la angustia de la ausencia del centro. En esta línea, la afirmación del autor respecto a que la antigüedad de la estructura es similar a la de la episteme es válida si se piensa en las múltiples estructuraciones de la filosofía occidental y su necesidad de renombrar el centro frente a coyunturas desestabilizadoras. Sin embargo, Derrida afirma que, a pesar de los múltiples significantes utilizados y posibles para dicho centro, se ha ido construyendo un acontecimiento, el descentramiento, a partir de la obra de Nietzsche, Freud y Heidegger. La obra de dichos autores habría atravesado la necesidad de utilizar los propios conceptos de la estructura para poder criticarla; según estas experiencias, la destrucción de los signos no es una opción válida para el autor, sino su uso crítico para desestabilizar la estructura. “Se trata de plantear expresamente y sistemáticamente el problema del estatuto de un discurso que toma de una herencia los recursos necesario para la desconstrucción de esa herencia misma” (Derrida 388). Así, el planteamiento expreso debe referirse al afán crítico de las cadenas históricas que han producido oposiciones binarias arbitrarias y comúnmente consideradas fijas e incuestionables. El autor se refiere a Levi-Strauss con el fin de demostrar que inclusive dichas oposiciones binarias pueden deconstruirse cuando sucede un escándalo, es decir, aquello que pone de relieve imbricaciones entre dos elementos que se consideraban opuestos. A los quiebres que existen en las estructuras, es decir, al surgimiento de elementos que se creían eran imposibles, le seguiría la posibilidad de historizar los conceptos en juego --nuevamente, la finalidad no sería destruirlos sino quitarles su valor de verdad---. De esta forma, los conceptos deconstruidos servirían como instrumentos críticos frente a la estructura y el crítico asumiría el rol de bricoleur que se erigiría frente al mito del ingeniero, aquel que habría estructurado la verdad de manera unívoca sobre la base de un significado primero. 1

2 Si se llama “bricolage” a la necesidad de tomar prestados los propios conceptos del texto de una herencia más o menos coherente o arruinada, se debe decir que todo discurso es “bricoleur”. El ingeniero, que Lévi-Strauss opone al “bricoleur”, tendría, por su parte, que construir la totalidad de su lenguaje sintaxis y léxico (Derrida 392). En esta línea, el bricolage de Levi Strauss no busca producir reflexiones intelectuales, sino desarrollar mitopoéticas en la medida que promueve la “búsqueda crítica de un nuevo estatuto del discurso” mediante “el abandono declarado de toda referencia a un centro, a un sujeto, a una referencia privilegiada, a un origen o a una anarquía absoluta” (Derrida 393). Según Derrida, lo mitopoético sería para Lévi-Strauss una manera de aproximarse a los mitos y comprobar que no poseen un misterio secreto que se pueda resolver mediante la división de sus partes; los mitos serían entonces sólo ilusiones históricas o exigencias epistemológicas de un centro. Y, como el autor no deja de mencionar, el centro siempre ha sido una ilusión en el juego de sustituciones infinitas que buscaba clausurar el sistema. En todo caso, el sistema estaría compuesto por un número finito de elementos mientras que las interpretaciones serían las inagotables en la medida que éstas en verdad buscan ocultar la inexistencia de aquel centro o la suficiencia del significado frente al significante. Entonces, la suplementariedad de los significantes sería la manera en que la falta del significado deja de ser visible. “La sobreabundancia del significante, su carácter suplementario, depende, pues, de una finitud, es decir, de una falta que debe ser suplida” (Derrida 398). Desde la categoría de suplementariedad, Derrida avanza y propone la inexistencia del significado; es decir, todo se resumiría a un valor simbólico cero que marca la necesidad de un contenido simbólico siempre suplementario y su oposición a la ausencia de significación. Entonces, la función de dicho valor simbólico cero sería garantizar la existencia del significado sin importar cuál fuera éste. Pensar la historia desde esta perspectiva conduciría a asumir que los grandes cambios de la episteme se han dado siempre que ha existido una ruptura con el pasado y ésta ha sido un resultado del azar y la discontinuidad. Desde una perspectiva no deconstructivista, el cambio de la episteme sería simplemente una evolución natural. Hay, pues, dos interpretaciones de la interpretación, de la estructura, del signo y del juego. Una pretende descifrar una verdad o un origen que se sustraigan al juego y al orden del signo, y que vive como un exilio la necesidad de interpretación. La otra, que no está ya vuelta hacia el origen, afirma el juego e intenta pasar más allá del hombre y del humanismo, dado que el nombre del hombre… ha soñado con la presencia plena, el fundamento tranquilizador, el origen y el final del juego (Derrida 401).

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