La tradición y su sombra

Por Miguel Aragón (*) Pasado mañana se celebrará el Día de la Tradición y deberemos leer y oír los tradicionales lugares comunes que exaltan el pintoresquismo con un énfasis que en sí mismo es pintoresco. Para caracterizar la tradición se ha elegido a Martín Fierro y se ha fijado su efemérides en la fecha de nacimiento de José Hernández. No digamos que no sea una elección feliz. Bien interpretada, puede justificarse. Pero tiene el inconveniente de que reduce la tradición a su forma residual, el poblador campesino, y reduce a este mismo a su figura perimida, el gaucho. Quiere decir que ensalzamos la tradición en lo que es su aspecto más simple y que, además, no existe. Es un lapsus. Lo que distingue la tradición de la historia es que esta ha pasado y aquella está presente. En fin, valga la buena intención. Malas costumbres Un tradicionalista, en este caso, más vale que se calle. Correría el riesgo de hablar mal de Sarmiento o bien del cardenal Lefebvre y ser, ipso facto, clasificado como elitista. ¡Dios libre y guarde! Pero el ser tradicionalista da derecho a observar que hay tradiciones negativas, es decir, inveteradas malas costumbres que aparecen como vicios característicos de un pueblo. Unamuno señalaba esa propensión de los españoles a hablar mal de sí mismos y lo ponía como ejemplo a Sarmiento, a quien, por su hispanofobia, consideraba muy español. Salvador de Madariaga acuñó el término “donjulianismo” –por el conde Don Julián, que facilitó a los árabes el acceso a la península- para denominar esa vieja tendencia a dirimir las contiendas internas pidiendo ayuda al extranjero. No insistamos con Sarmiento. Hay otros ejemplos. Pero el mismo José Hernández, casualmente, se ocupó de otra tradición negativa. Lo hizo en un artículo de “La Patria” de Montevideo, publicado el 8 de noviembre de 1874. Hoy se cumplen 103 años. A Hernández, en esa fecha, le faltaban dos días para cumplir los 40 años de edad. El año anterior había publicado un folleto panfletario, “El Gaucho Martín Fierro”, se había plegado a una nueva aventura jordanista y, detectado por la policía, había tenido que emigrar. Hacía un año que colaboraba en “La Patria”, desde su aparición. Dos ejemplos El artículo se intitula “Los Fundadores de la Nacionalidad Argentina”. Urquiza, dice, se llamó a sí mismo “fundador de la nacionalidad argentina”. Pero mientras tuvo el mando esa nacionalidad permaneció desintegrada. Pudo haber negociado pacíficamente, mas prefirió la guerra; lanzó su cruzada con el nombre de “campaña de la integridad
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nacional” y así fue como “el edificio vino al suelo, envolviendo en sus escombros muchas fortunas, muchas esperanzas, el sosiego de los pueblos, muchos millares de víctimas y los esfuerzos y la perseverancia de muchos años”. La reconstrucción quedó a cargo del general Mitre, “quien, a su turno, se declaró ‘fundador de la nacionalidad argentina´”. “Su obra fue exactamente igual a la de Urquiza, si no en su forma a lo menos en su esencia y más que todo en las tendencias absolutas y despóticas de los respectivos fundadores”. “En su ceguedad cree que los pueblos deben ser el juguete de sus ambiciones, que el destino de la República debe estar encadenado a sus caprichos, y se planta de pie, sable en mano, en las puertas del porvenir, para oponerse al paso de la generación que los empuja fuera de la escena, donde ya hicieron su época”. Y el periodista concluye con una profecía de poeta: “La historia ha de fulminar contra ellos el anatema que merecen, por las perturbaciones inútiles que causaron, por los sacrificios estériles que impusieron a su país, por la sangre infecunda que hicieron derramar y por las desgracias en que envolvieron a la patria para satisfacer las ambiciones que los enardecían”. Una sombra La tradición negativa ha continuado, como una sombra de la verdadera, una sombra que ha venido oscureciendo nuestro cielo. Ojalá nos sirva, por contraste, para descubrir la silueta inmutable de la patria, no necesariamente ataviada con prendas gauchescas. Por lo menos que nos sirva para resistir a la tentación de fundar la nacionalidad argentina. La Argentina ya está fundada –y bien, con tierra amasada en sangre- antes que la serie de fundadores agite sus proyectos nacionales alternados con los programas de “reinstitucionalización”. Hay que restaurarla en sus fundamentos. Mas primero hay que reconocerla. Sin la verdad la libertad es una quimera.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 8 de noviembre de 1977)

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