Hasta que el silencio se hizo total

Por Miguel Domingo Aragón (*) Una vez fue Leopoldo Lugones con un amigo (¿Roberto Payró? ¿Enrique García Velloso?) a visitar a Ezequiel Paz en La Prensa. Al salir del ascensor, el chico que le había abierto la puerta se atrevió a decirle, como desatándose de una inhibición: -Señor Lugones ¿podría hacerme el favor de leer unos versos míos, a ver qué le parecen? Y le entregó un cuaderno. Lugones se puso a hojearlo en los minutos de antesala, hasta que los hicieron pasar. En la conversación con Paz le hizo una broma en tono de reproche: -Al mejor escritor de La Prensa –le dijo- usted lo tiene de ascensorista. Y le leyó unos versos. Desde el día siguiente el ascensorista se incorporó al cuerpo de redactores y a la secretaría del Director. Se llamaba Enrique Banchs. Una cosa nueva En 1907 apareció su primer libro (él tenía 19 años). Era una cosa nueva, en la que el chisporroteo modernista, sus técnicas de aliteración, rimas hazañosas, vocablos insignes, onomatopeyas o exotismo erudito resonaban como un eco ya lejano. No había recaída en el victorhuguismo ni grandilocuencias a lo Lugones. La influencia que estaba patente era la de otro que había encontrado su originalidad volviendo del modernismo: Evaristo Carriego: …Cuatro o cinco vecinas en compañía, entre un chisme sabroso y un mate aguado, comentan las noticias de policía, y en el cuarto la enferma llega a creer que es la protagonista del libro amado que anteayer le prestaron en el taller. Pero esta influencia está muy localizada en ciertas composiciones. Lo demás es otra cosa, donde hay reminiscencias de maestros dispares y una anhelosa búsqueda de la propia inflexión. En 1908 apareció El libro de los elogios. Reminiscencias francesas, italianas, españolas del siglo de oro y más: del Cancionero de Baena. Influencia patente, como lo revela el título: Juan Maragall.

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En 1909 apareció Cascabel del halcón. Aquí están las raíces más hondas de Banchs: los mesteres de clerecía y juglaría, los cantares de Provenza: ¡Ay de mí! ¡Señora cómo estoy por ií! ¡Malhaya la hora que te conocí! Y también el Banchs definitivo, en el que la sencillez no se desprende del artificio, porque el verso no puede diluirse en prosa: Bienquerida que te fuiste ¿No es cierto que volverás? Para que no estemos tristes ¿No es cierto que volverás? Y ya el dominio absoluto del soneto: Imagen Somos como la vieja torre cuando saltan de sus ventanas golondrinas; somos como la vieja torre cuando cantan en sus campanas voces finas. Somos como la cama de un enfermo cuando alzándose en ella se ve el prado; somos como la cama de un enfermo que está viendo una estrella de acostado. Pues nuestro corazón con ilusiones como la torre es, que tiene sones, que tiene golondrinas, pero es vieja. Pues nuestros corazón siempre en desvelo, es cual lecho que puede ver el cielo, pero que lleva a uno que se queja. En 1911 apareció Las Barcas, el mejor libro de poesía castellana del siglo XX, según Borges (y Borges no siempre es arbitrario –y nunca macaneador). Banchs tenía 23 años. ¿Qué vendría después? Sobrevino el silencio. Alguna colaboración en Nosotros, alguna en Caras y Caretas. Era funcionario del Consejo de Educación y a veces mandaba poemas a la revista oficial, El Monitor, que era como mandarlos al vacío, porque la revista se distribuía en el magisterio y los maestros de entonces, como los de ahora, no distinguían entre Dante Alighieri y Esteban Echeverría, ya que ambos eran “clásicos”, es decir obligatorios e insoportables.

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Un largo silencio Entre 1913 y 1916, nada. En 1924 un poema; en el 26 y 27, nada; en el 28 sí, entre el 29 y 31, sonetos y coplas. ¿Y el ímpetu aquel de los cuatro libros en cinco años? El silencio de Banchs fue un tema de nuestra literatura. Además, estas composiciones esporádicas eran lo mismo. (Lugones, en el mismo tiempo había tenido varias reencarnaciones: el Lunario, las Odas Seculares, El libro de los paisajes, El libro fiel, el Romancero, los Poemas solariegos, los Romances del Río Seco). Banchs, a las cansadas, muy de tarde en tarde, agregaba estrofas a un mismo tema. Había hallado su tono y no buscaba nuevas formas de expresarlo. Y su tono era un estado de ánimo, en el que las cosas estaban como en esa quietud que sucede a un vendaval. Algún sesgo conceptista: Amor, honores, riqueza… ¿Quiénes son de sí señores si no han visto la pobreza de amor, riqueza y honores? No se sabía cómo interpretar ese silencio de Banchs. ¿Publicaba versos viejos, que no había querido reunir en libro por no superar a La urna? ¿Volvía a escribir? ¿Había seguido escribiendo siempre y estos poemas eran meras señales de una obra que alguna vez conoceríamos? Entre 1930 y 1937 publicó un poemita de seis versos. Entre el 37 y el 52, quince años, nada. Pero desde que murió Lugones, en 1938, Banchs era indiscutiblemente el príncipe de los poetas argentinos. Un poeta cuyos libros quedaron cincuenta años atrás, sin reeditarse nunca. En 1964 tuvo una súbita aparición casi política: ocupó el centro de la cabecera en el homenaje que se hacía a los hermanos Rodolfo y Julio Irazusta. Después nada, el silencio. Hasta que en 1968 el corazón empezó a flaquearle y el 6 de junio su silencio se hizo total.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 6 de junio de 1977)

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