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Don Juan

II- El Varón Castrado

Don Juan
II- El Varón Castrado
Matrimonio: Un ritual que desinfla el deseo

Ariel C. Arango

Arango, Ariel Don Juan II : el varón castrado. - 1a ed. - Santa Fe : el autor, 2010. 160 p. ; 14x21 cm. ISBN 978-987-05-8568-8 1. Psicoanálisis. I. Título CDD 150.195

Fecha de catalogación: 05/05/2010

2010 - ACA Ediciones Primera edición Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723 Prohibida su reproducción total o parcial Diseño Editorial: Diseño Armentano Imagen de portada: Rubens (1577 - 1640) El triunfo del vencedor, h. 1614 Óleo sobre tabla, cm. 174 x 263 Staatliche Kunstsammlungen, Kassel

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Los resultados de la amenaza de castración son diversos e incalculables: afectan todas las relaciones de un niño con su padre y con su madre y posteriormente con los hombres y mujeres en general. Por lo común la masculinidad del niño no es capaz de resistir este primer choque. Para preservar su órgano sexual renuncia más o menos por completo a la posesión de su madre; con frecuencia su vida sexual resulta permanentemente trastornada por la prohibición.

Freud, Esquema del Psicoanálisis, VII. (1938)

Di te vir fabula narratur

De ti, varón, se habla en esta historia

Dr. Ángel Garma IN MEMORIAM

No sospechan, ciertamente, cuántos renunciamientos trae consigo, a veces para ambas partes, el matrimonio, ni a lo que queda reducida la felicidad de la vida conyugal, tan apasionadamente deseada.

Freud, La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna (1908).

Que me muera, oh Príapo, si no me da vergüenza decir palabras torpes y obscenas. Pero como tú, siendo dios, muestras tus huevos al aire dejando de lado el pudor, debo yo llamar a la concha, concha y a la pija, pija.

Priapeo, Corpus Priapeorum (siglo I d C)

Prólogo
n día el Viejo Celoso llamó del exilio a los hijos desterrados de la horda primitiva para concederles el dudoso beneficio del matrimonio. Y ésta fue su arenga:
«Ahora, siempre y cuando te sometas al ritual de circuncisión, te permitiré tener mujer. Aunque sólo una. Así te redimirás del castigo de hacerte la paja o hacerte romper el culo, al cual, por no tener hembra, estabas condenado. Pero no te ilusiones. No te dejaré coger ni a tu madre ni a tu hermana. Y como te conozco sé que, por tu cobardía, no te permitirás que ninguna otra te brinde un placer parecido. Cogerás, ¡sí!, pero no a la mujer deseada. Nunca tendrás a la hembra de tus sueños: ¡sólo tendrás una esposa!»

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La esposa es un premio consuelo. ¡Don Juan lo rechazó!

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Capítulo I

El Varón Castrado
El niño, comúnmente, tiene angustia de que su padre le robe su miembro viril; la angustia de castración es una de las más poderosas influencias en el desarrollo de su carácter y decisiva para sus posteriores tendencias sexuales. Freud, El análisis profano, IV (1926).

I ir James Frazer (1854-1941), el ilustre humanista inglés, decía que a pesar de todo cuanto se haga y diga, nuestras semejanzas con el salvaje son todavía más numerosas que nuestras diferencias. Y el matrimonio confirma su aserto: el ritual del matrimonio no es sino, apenas enmascarado, un ritual primitivo de iniciación.
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Don Juan - El varón Castrado

Todas estas ceremonias salvajes son, sin duda, impresionantes. Además son extrañas y, también, misteriosas. Y, sobre todo, infunden terror. Y en todas ellas hay motivos que se repiten como una obsesión: la mutilación, la muerte, la resurrección y… ¡la amnesia! II Entre el ritual de iniciación y el ritual del matrimonio fluyen armoniosas concordancias (lo que no debiera extrañarnos ya que los dos son intentos de domesticar a los jóvenes). Ambos tienen lugar cuando el varón está a punto de empezar a coger y es, en todo caso, el único modo de hacerlo legítimamente, o lo que es lo mismo, con permiso. Y, por lo demás, las condiciones para obtener la autorización son también las mismas. Los salvajes no pueden coger a la madre ni a sus hermanas. ¿Acaso podemos hacerlo nosotros? ¡Absolutamente no! ¡Ni siquiera a nuestras primas! (La Iglesia Católica estableció que el parentesco entre los esposos debía ser más lejano que el cuarto grado, esto es, que no debían tener un antepasado común en cuatro generaciones)1. Sin embargo, al salvaje lo circuncidan y a nosotros no; eso es cierto. ¡Pero preguntémosles a judíos y musulmanes! Y, de cualquier modo, ¿no se nos impone a nosotros también la amnesia? ¡Por supuesto que sí! ¿No dice la Biblia (Génesis, II, 21-24) que el varón para unirse a su mujer debe primero dejar a su padre y a su madre, lo que supone olvidar la infancia con los deseos y placeres que le son propios? El salvaje, ¡el eterno salvaje!, habita todavía en nosotros. Y con los mismos anhelos y los mismos miedos. Compartimos el deseo y la prohibición incestuosa, la mutilación de la pija y la obligación de olvidar. Más
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Capítulo I - El Varón Castrado

allá del lenguaje, las vestimentas y las modas, o la cáscara de los conocimientos intelectuales, el instinto, a través del tiempo y el espacio, permanece inmutable: ¡la pija siempre quiere lo mismo! Der primitiv Mensch uberleben in jeder Individuum, el hombre primitivo sobrevive en cada individuo. Son palabras de Freud. III La mutilación es, en el ritual, el momento de angustia suprema. La amenaza de castración es un medio de inspirar terror. Y en ella se inspira todo ritual de iniciación para garantizar la prohibición del incesto ya que recurre a la circuncisión que es su forma mitigada. El mensaje a los novicios es claro: está prohibido coger sólo por el placer de hacerlo. ¡Únicamente se cogerá con quien los Padres permitan! Y en el tiempo y modo que ellos establezcan. Así resuena la Paterna Voz:
«Ésta es la regla: no cogerán como machos indómitos sino como hijos obedientes. Éste es el trato. Y para que no lo olviden, ahora… ¡le circuncidamos la pija!»

Y esto sucede en toda época y en todo lugar ya que los pueblos que no circuncidan también imponen a sus hijos una señal de sumisión: al varón recién casado no le cortan el prepucio… ¡pero lo obligan a llevar un anillo en el dedo! Una es una marca y el otro sólo un ornamento pero ambos son el sello de la esclavitud.

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IV El poeta elegíaco griego, Semónides de Amorgos (circa 630 a C), en su Catálogo de mujeres, sentencioso y pesimista, aludía así a la hembra:
Porque éste es el mayor mal que Zeus creó y nos lo echó en torno como una argolla irrompible.2

Definir a la mujer como una argolla irrompible es lo mismo que imaginarla… ¡como un anillo funesto! En el arte, la imagen de un macho sometido a una hembra es, en realidad, un tema muy difundido y que se repite en el tiempo. La famosa obra Aristóteles y Filis (1513), una pintura muy sensual con un sentido muy vivo de lo grotesco, del alemán Hans Baldung Grien (1480-1545), que sigue un modelo establecido por el arte medieval tardío, es típica: la desnuda Filis monta sobre un hombre que camina en cuatro patas, al cual azota y conduce por las riendas como si fuese una bestia de carga3. Este grabado podría ilustrar, espléndidamente, la escena, por lo demás nada rara (y no sólo alegóricamente), de un marido subyugado por su esposa. Es, sin duda, una imagen patética pero es, sin embargo, la consecuencia inevitable de la circuncisión impuesta por el temido Padre durante el ritual del matrimonio, al cual el varón, dócilmente, se sometió… El matrimonio es un permiso para coger que el Padre otorga al hijo a condición de llevar, en la pija o en el dedo, la marca de la esclavitud. El matrimonio es el varón castrado.

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Capítulo II

El Viejo Celoso
Nos gustaría mucho saber si el celoso Viejo de la horda, en la primitiva familia darwiniana, se conformaba siempre con echar a los jóvenes machos o hubo una época anterior en que realmente los castraba. Freud, Carta a Sandor Ferenczi, marzo 18 de 1912.

I harles Darwin (1809-1882), el gran naturalista inglés, pensaba que observando al hombre, tal cual es en nuestros días, se podría deducir que en tiempos remotos vivía en pequeños grupos acompañado de una o varias mujeres. Y creía también que esto sucedía porque, al igual que los gorilas, el más fuerte
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Don Juan - El varón Castrado by killing and driving out the others

«matando o echando a los otros», se transformaba en jefe y… ¡se cogía a todas las hembras!1 Freud hizo suya esta idea. Pero insistió, especialmente, en señalar que el celoso Viejo no era sólo el amo sino, igualmente, el Padre de la horda entera. Y que su poder, que era absoluto, también era brutal. Todas las mujeres eran suyas, tanto las madres como las hijas. El placer incestuoso era su privilegio. Era Dios Padre, en carne y hueso sobre la tierra, ejercitando su poder como cacique de la primitiva horda humana2, desde donde luego se trasladó a los cielos, aunque este desplazamiento geográfico, sin embargo, no mudó su carácter. El Dios judío, con raro candor, así lo dice: «Pues yo, Jehová, soy un Dios celoso» (Éxodo, 20-5). II Freud agrega luego que a los hijos expulsados de la horda no le quedará más que las opciones que, vigorosamente, enumera el lenguaje obsceno: ¡o hacerse la paja o hacerse putos! La masturbación y la homosexualidad es el destino de los machos incapaces de conquistar hembras. Y esto sucede entre los animales también. En las manadas de caballos salvajes se puede observar in situ: los potros que viven apartados del grupo, y que se masturban a discreción, tienen un jefe que los dirige, controla y molesta como si fueran hembras3. Sin embargo, cuando los años ablandaron su carácter, el Viejo Celoso ofreció a sus hijos otra alternativa: ahora podrían coger, ¡pero bajo condiciones! El ritual del matrimonio había nacido… Pero ya sabemos lo que eso significa.
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Capítulo II - El Viejo Celoso

III Lex dura est, sed scripta, la ley es dura pero está escrita, dice Ulpiano (170-228), el jurista romano de claro y elegante estilo. Es éste, sin duda, un pensamiento implacable, pero es, también, una genuina afirmación viril. Es muy propio del hombre (y no así de la mujer) exaltar el valor de la Ley. Y es comprensible. ¡Es el terrible Viejo Celoso quien la impuso! La Ley primordial, aquella que se forjó en la noche de los tiempos, era muy breve y concisa. La conocemos muy bien ya que pervive en los Diez Mandamientos. «Honrarás a tu padre y a tu madre», lo que traducido en el lenguaje de la horda primitiva significa: «¡No cogerás a tu madre y no matarás a tu padre!». Los mismos mandamientos que impone el ritual de iniciación de los pueblos primitivos…4 El varón castrado no sólo se somete a la Ley sino que, a menudo… ¡hasta llega a amarla! (los maridos contumaces o los empedernidos reincidentes). Muchos, incluso, gozan humillándose ante ella. Dante Allighieri, por ejemplo, experimentaba una deliciosa sensación de sosiego y beatitud cuando se hincaba de rodillas ante el divino Padre (Paradiso, III, 85):
la sua voluntate é nostra pace «su voluntad es nuestra paz»

IV ¿Por qué arraigan tanto en el macho los mandatos y las prohibiciones? O lo que es lo mismo, ¿por qué éste, reverente, acepta la Ley? La respuesta no es difícil sino,
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más bien, fácil, tanto que es casi obvia: ¡por miedo! Por un miedo que está enraizado en su naturaleza y que se renueva entre padres e hijos. Un miedo del que se alimentan todos los temores y que constituye su fuente. Un miedo a una agresión tan espeluznante que más que temor suscita espanto… ¡la amputación de la pija y de los huevos! El acatamiento de la Ley es consecuencia de este terror: el varón se somete para liberarse de una angustia insoportable. La amenaza de castración quiere evitar la violación de un Mandamiento. ¿Cuál? Por el castigo conocemos el crimen. ¿De qué otra cosa puede ser convicta la pija que por entrar en la concha? Porque no todas pueden ser habitadas por este rijoso huésped. Algunas no… La castración es el escarmiento por coger con quien no se debe. Tal es el espanto que la castración produce que, en el arte, prácticamente no existe una representación franca del acto mismo de la mutilación (como tampoco sucede en los sueños). La ilustración medieval que muestra el momento en que el rey Guillermo III de Sicilia está siendo cegado y castrado, y que se halla en un volumen profusamente iluminado que contiene el De casibus virorum illustrium de Boccaccio, en la Bibliothéque de l’Arsenal de París es, en este sentido, una rareza. La prohibición de coger a la madre o a la hermana no constituye únicamente el tabú más primitivo sino también el modelo de cualquier otro. Y del mismo modo que la botánica nos enseña que todas las estructuras de una planta no son sino variaciones y etapas de la hoja, o que la anatomía nos muestra que la estructura del cráneo no es más que una continuación de las vértebras de la columna vertebral que encierran al cerebro del mismo modo como lo hacen con la médula,
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también el derecho nos invita a ver en los abigarrados códigos que hoy abruman nuestra conciencia no otra cosa que una continuación, o bien variaciones, de aquella prohibición arquetípica. La amenaza de castración es una amedrentación tan poderosa que todos sucumben a ella. Y que, además, deja una huella indeleble. Tan honda que el macho quedará, desde entonces, domesticado y listo para recibir nuevas órdenes. Ella es la que ha creado en el varón el hábito de la obediencia. El miedo es la razón final de la Ley y la castración su nombre más antiguo. Séneca (465), el filósofo romano, que lo sabía, lo expuso con severa concisión: Qui potest mori, non potest cogi; quien puede morir, no puede pensar. V Los huevos se cortaban con frecuencia en tiempos antiguos y el trance asumía, a veces, la forma de una premeditación diabólica. La venganza de Hermotino, primero entre los eunucos de Jerjes, fue estremecedora. También lo había sido su vida. Había nacido más allá de Halicarnaso, en Asia Menor; era pedaseo. En su juventud fue cautivado por enemigos de su pueblo y vendido como esclavo. Lo compró Panjonio, natural de Quíos, isla de Grecia. Era éste un hombre infame: ¡compraba hermosos muchachos, los castraba y los vendía a Sardes y Efeso como eunucos! Hermotino fue uno de ellos y como lujurioso regalo llegó a ser propiedad del Gran Rey. Pero sucedió que mientras Jerjes preparaba su ejército contra Atenas, Hermotino encontró a Panjonio. El eunuco, entonces, sin dejar traslucir sus recónditos propósitos, sólo le dijo a su verdugo palabras de amis27

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tad, le agradeció los bienes que por él poseía y le ofreció establecerse con su familia en la región de Misia que habitaban los de Quío. Panjonio aceptó. Y así selló su destino. El griego Heródoto (484-425 a C), el Padre de la Historia, tal cual lo bautizara Cicerón (De legibus, I, 1) cuenta, con su colorido estilo poético, pleno de sosiego y fluidez, que cuando Hermotino tuvo toda su familia entre sus manos exclamó:
«¡Oh, traficante que, de cuantos hasta aquí han vivido, te has ganado la vida con más infames prácticas! ¿Qué mal te hice yo o alguno de mis antepasados para que, de hombre que era, me aniquilases? ¿Pensabas que los dioses no se iban a enterar de lo que entonces maquinaste? Con justa ley te han traído a mis manos, a ti, que cometiste infamias para que no te puedas quejar del castigo que recibirás de mí».5

El epílogo fue horripilante:
Tras estos insultos, trajo los hijos de su presencia y obligó a Panjonio a castrar a sus propios hijos, que eran cuatro y él, obligado, lo hizo, y cuando hubo acabado, los hijos se vieron obligados a castrarle.6

VI ¡Un padre que castra a sus hijos! ¡Hijos que castran al padre! Son, sin duda, experiencias sobrecogedoras. Panjonio lo logró bajo amenazas, es cierto, pero padres e hijos se han mutilado, a menudo, por propia inspiración. Y vestigios de estos feroces rasgos primitivos sobreviven todavía, como en un museo, en los mitos
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religiosos. Porque la castración, lejos de ser un hecho ajeno a los dioses, constituye un episodio frecuente en la vida de las sagradas familias. Así Cronos, el Dios griego, inicia su reinado mutilando a su padre, Urano. Su propia madre, instigadora y cómplice, fabricó el instrumento funesto: una gran hoz de diamante. Cuando el Dios, durante la noche, deseoso de amor, se extendió sobre ella buscando su vientre fecundo, su hijo, al acecho, tomando con su mano izquierda los huevos repletos de su padre y empuñando con su derecha el arma de dientes afilados, los amputó de un golpe. Luego lo arrojó al mar donde la leche derramada formó una blanquísima espuma sobre las aguas7. VII Estas costumbres divinas son hoy piezas arqueológicas. Pero quedan abundantes vestigios. Los padres ahora, a diferencia del Viejo Celoso, no capan a sus hijos pero, a menudo… ¡amenazan hacerlo! Tan difícil le es al hombre abandonar sus hábitos más crueles y en nada es tan conservador como en el arte de punir. Sus maneras no han cambiado demasiado con el tiempo y muy poco su espíritu. La enorme importancia de la angustia de castración en la vida del varón constituye uno de los descubrimientos más impresionantes de Freud8. Él fue el primer sorprendido, pero ése era el dictamen que, obstinados, le ofrecían los sueños, las fantasías y los síntomas de sus pacientes. ¡Todo niño revive en su infancia los miedos del hombre primitivo! Raros son los padres que lo redimen de volver a sufrir esa espantosa ansiedad y muchos, por el contrario, la promueven con la fidelidad de un ritual. Es una funesta obsesión.
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En ocasiones el ultimátum se disfraza con el ropaje del chiste. Así fue como Gargantúa, el jocundo héroe del francés Rabelais (1483-1553), debió soportarlo. Las mujeres que lo cuidaban se retorcían de risa cuando el pequeño, entre los tres y cinco años, levantaba las orejas:
Una la llamaba mi espita, otra mi tallito de coral, otra mi morcilla, otra mi tapón, otra mi taladro, mi agitador, mi flauta, mi colgante, mi tormento, mi colita… —Es mía —decía una. —No, que es mía —decía otra. —Y para mí, ¿no hay nada? —decía otra— Pues se la cortaré. ¡Ah! ¡Cortar! Harías muy mal —decía otra— ¡Cortar la cosa a un niño para que luego sea un señor sin cola!9

Otras veces no es el padre sino la propia madre la que asume el cruel menester. Ella fue quien amenazó a Juanito, el famoso paciente de Freud. El niño tenía entonces tres años y medio y su interés por la «cosita de hacer pipí» no era meramente teórico ya que también se hacía con ella, rudimentariamente, la paja. La madre, al sorprenderlo un día en su gozoso manipuleo, le advirtió siniestramente, cual rediviva y cruel diosa Cibeles:
Madre: «Si haces eso llamaré al doctor A. para que te corte la cosita y entonces, con qué vas a hacer pipí» Juanito: «Con el culo»10

De un modo u otro, seria o risueñamente, la amenaza de castración siempre está en el aire. En realidad es casi tan natural al alma del varón que ni siquiera necesita
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ser formulada. Aunque no lo amenacen el niño la temerá igual. VIII La angustia de castración es el leit motiv, la ansiedad dominante en la vida del macho. Sin embargo, no es, por lo común, manifiesta. La angustia suele aparecer encubierta y, además, desplazada. Pero siempre es obsesiva. A veces, en medio de un malestar difuso y evanescente se presenta como miedo al destino; otras, alimentando obscuros presagios, se exhibe como inquietante superstición; y a menudo, tras la desoladora amenaza de enfermedades incurables, se descubre como hipocondría… Es una angustia flotante, ubicua e impiadosa que acosa, incansable, al varón. Los disfraces son diversos pero todos, inconscientemente, ocultan lo mismo: ¡el miedo a perder el hinchado y morado miembro o sus simétricos colgantes! Que es igual a morir: el temor de no poder coger ya nunca más es lo que despierta la insoportable angustia de muerte. Y, de hecho, el espanto a la muerte enmascara el terror a esa siniestra mutilación. De otro modo, ¿por qué habríamos de asustarnos si nunca hemos estado muertos? Pero sucede que la muerte importa la aniquilación definitiva del placer… ¡y la castración también! Por eso en lo inconsciente son una sola cosa. No es casual que Atropos, la más vieja y agobiada de las Parcas, las tres hermanas y obreras del Destino, y la que anuncia la hora de la niebla, lleve, a menudo, una tijera entre sus manos…

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IX El Viejo Celoso de la horda primitiva, los desalmados adultos que aterrorizan a los jóvenes en los rituales primitivos de iniciación y el ceremonioso sacerdote que oficia el sacramento del matrimonio anuncian, pues, a una sola voz, que existen conchas prohibidas, como así también que la mutilación es el castigo para quien las goza. Y es éste, por supuesto, un riesgo que aterroriza al hombre. Mientras sólo se inhibe es simplemente un cobarde; teme a la Ley pero no la acepta. Únicamente cuando hace suya la prohibición e, incluso, todavía… ¡la defiende!, es cuando ésta se incrusta en su espíritu:
Victoria nulla est Quam quae confessos animo quoque subyugat hostes.11 «No hay victoria sino cuando el enemigo vencido la reconoce»

El varón no necesita ya, desde entonces, intimidación alguna. Sería superflua: él solo es quien, voluntariamente… ¡se somete a sí mismo! Se rinde a la voluntad del Padre, acepta el ritual de circuncisión y renuncia a su libertad. Aunque, sin embargo, como toda sumisión es difícil admitir, inconscientemente… ¡la niega! El hombre casado no dice: «Me casé porque tenía miedo de coger sin permiso», sino, en cambio, dice: «Me casé para formar una familia». Es una propensión muy humana hacer, de necesidad, virtud.

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X El Triunfo del Vencedor (1614), la obra de Rubens (1577-1640), el pintor flamenco, del Staatliche Kunstsammlungen de Kassel, una pintura de vigoroso dramatismo y glorioso color, nos ilustra, en forma insuperable, sobre el aterrorizador poder del Viejo Celoso. El Vencedor (el Padre de la horda primitiva) es un guerrero vestido con armadura romana, sentado en el centro de la composición, con un cadáver bajo sus pies y un prisionero encadenado arrodillándose para besar su rodilla (la degradante posición del hijo vencido que besa la pija del padre en gesto de sumisión). La Victoria, una mujer opulenta con alas, desnuda hasta la cintura, coloca una corona en la cabeza del vencedor (la madre que se entrega a la «cabeza» del Padre triunfante), mientras su daga (su pija) reposa en el regazo de ella en dirección a su concha que los pliegues del ropaje sugieren más allá de toda duda. El Triunfo del Vencedor es la imagen del Padre que impone su voluntad y hace suya a la madre frente al hijo vencido que, humillado, se somete: ¡el varón castrado! La pintura de un tema eterno… XI El macho asustado y sometido al Viejo Celoso de la horda primitiva, el novicio atribulado por el ritual de iniciación, y el hombre casado, desconcertado y confuso, con el ignominioso anillo funesto en el dedo, no son sino variaciones de un mismo tema: la eterna sumisión del hijo. Nada cambia, todo es igual. Idem sed aliter, lo mismo pero de otro modo. En el inconsciente no
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existe el tiempo. Desde siempre, el varón castrado, postrado y salmodiando, eleva al Padre la misma letanía:
la tua voluntate é nostra pace

XII ¡Qué diferencia con Don Juan! El hidalgo español nunca se sometió a la amenaza de la castración y, por eso, jamás renunció a la libertad de amar. Y lo dijo en todos los idiomas:
J’aime la liberté en amour12 «Yo amo la libertad en el amor»

Y estaba muy lejos de sentirse un hijo débil o sumiso:
J’ai sur ce sujet l’ambition des conquérants13 «Yo tengo la ambición de los conquistadores»

Don Juan, fiel a sí mismo, siempre encontraba su bienestar realizando su propia voluntad y no la ajena, y jamás ofreció su culo para apaciguar a un enemigo:
I doubt if any now could it worse O’er his worst enemy when at his kness14 «Y llego a dudar si alguien puede cometer peor disparate con su peor enemigo que postrarse ante él»

Y, por supuesto, prefería morir a rendirse.
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Siempre peleó con brío:
«¿Quién ha de osar? Bien puedo perder la vida; Mas ha de ir tan bien vendida, Que a alguno le ha de pesar15».

Don Juan, sin duda… ¡no era un varón castrado!

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Índice
Prólogo Capítulo I. El Varón Castrado Capítulo II. El Viejo Celoso Capítulo III. El derecho del Señor Capítulo IV. El placer del Rey Capítulo V. La felicidad Capítulo VI. Primer amor Capítulo VII. La Madre Voluptuosa Capítulo VIII. La fiesta Capítulo IX. La forza del destino Epílogo. Final andaluz Notas Guía Bibliográfica 17 19 23 37 51 65 79 95 113 127 137 139 147

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