María Asensio ¿Cómo se le puede haber ocurrido? ¡¡Está loca!!

Escamas de plata

Pensaba Coral, mientras recorría nerviosa los pasillos de palacio.-¡¡¿¿Qué dirán papá y mamá cuando se enteren??!!-Cada vez estaba más alterada, ¿sería capaz de guardar el secreto? -Coral, ¿qué te pasa?-Dijo una voz femenina. Ella se dio la vuelta pensando que era su madre, pero soltó un suspiro de alivio al ver que se equivocaba. -Hola, pequeña. Tranquila, estoy bien. -Pues no lo parece porque estás roja y además estás dando paseíllos, eso significa que estás nerviosa. Lo sé por papi. -Vaya, creo que ves demasiada televisión, Anémona. Anémona era una sirenita de cinco años, de ojos grandes y traviesos, de color violeta. Su pelo era rubio dorado, y lo llevaba recogido en una espesa y abundante trenza que recogía con una pinza de coral. No cabía duda de que aquella niña se convertiría en una hermosa muchacha. Aún no le dejaban subir a la superficie para “pescar”, porque debía aún crecer hasta convertirse en una adolescente por la que los hombres se pudieran sentir atraídos. De momento sus hermanas se los traían, y a ella le encantaban. Se veía de lejos que la pequeña Anémona se convertiría en una gran depredadora. -Pero estás triste, Coral. A mí no me engañas. -Tienes razón, pequeña, estoy triste. -¿Por qué? -Pues verás, no encuentro mi pulsera de nácar.-Pequeña mentira piadosa. -¡Ah! Te la cogí yo.-Y le entregó una adornada pulsera de nácar, decorada con perlas negras.-Lo siento, debería habértelo dicho. -No pasa nada, tranquila.-Intentó fingir que se le pasaba la tristeza, y se fue silbando. Anémona puso una sonrisa de oreja a oreja, repitiéndose a sí misma que había hecho una buena acción, y que gracias a ella la hermana mayor de la familia volvía a ser feliz. Ojalá. Ojalá la tristeza hubiera sido sólo por la pulsera. Ya llevaba un día nadando y había perdido de vista el pueblo. “Bien”, pensó, “que yo sepa nadie ha pasado de aquí”. Y es que delante suya había una línea. No una línea real, pintada, si no una línea de sombra a partir de la cual ya no había luz. “Si no está iluminado”, se dijo, “es que aquí se acaba el reino conocido por las sirenas de mi pueblo”. Respiró con fuerza y se adentró en 1

María Asensio la sombra pensando que, en realidad, no tenía nada que perder.

Escamas de plata

Al cabo de unos 10 minutos nadando en medio de nada, escuchó un ruido. Parecían hombres conversando. Sirenia se moría de hambre, así que no tuvo otra opción. Era la segunda vez que subía. La primera fue cuando la dejaron ir por primera vez, pero no le gustó demasiado, aquello parecía un campo de batalla. “Lo siento”, les dijo mediante la mente a aquellos marineros. Primero nadó un rato alrededor de la barca, para asegurarse de que la veían.

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