Junta como en España

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El año 1809 comenzó con una pueblada en Buenos Aires. El 1 de enero se renovaba el cabildo y pareció oportuno hacer lo mismo con el virrey. El grito de los conjurados fue: ¡Junta, como en España! El cuadro es este, más o menos: - Si el rey estaba en poder de los franceses, que habían puesto otro, debíamos reconocer la dinastía de “Buenaparte”. - Si esto importaba una sumisión a Francia, que nos desobligaba del juramento de fidelidad, podíamos optar por tres salidas: - que el gobierno actual conserve la autoridad del rey, hasta que vuelva; - que se reconozca la sucesión en la princesa Carlota Joaquina, su hermana, que residía en Río de Janeiro; - que se declare vacante la autoridad y se forme una junta, como en España. Estos arbitrios tenían sus respectivos inconvenientes: - El gobierno actual estaba en manos de Liniers, francés y sospechoso de connivencia con Napoleón; - La princesa Carlota pertenecía ya a la casa de Braganza y su dominio podía equivaler a una sumisión al Brasil. Era un remedio igual a la enfermedad; - La elección de una junta implicaba la erección de una república, para lo que nos faltaban conocimientos y recursos, más el peligro de una guerra civil. (Por supuesto que también había respuestas para cada objeción). La noche del 31 El hecho era que los dos héroes de la Reconquista y la Defensa se habían convertido en los polos de una oposición diametral. Liniers ponía el acento sobre la Monarquía, que le daba la opción de José o Fernando, según cómo derivaran los acontecimientos; Álzaga se afirmaba en la oposición a Francia, lo que importaba una opción entre Fernando o la independencia… con forma republicana. Y como el término común de ambas opciones –Fernando- parecía diluirse, quedaban los otros dos, que ambos bandos se imputaban como su intención 1

verdadera: connivencia con Francia; tentativa separatista. Entremedio, quedaban el carlotismo y los agentes ingleses (Miranda, vía Rodríguez Peña). La única posición legal, pues, era la de Liniers; la única nacional, la de Álzaga. La noche del 31 al 1° los protagonistas no durmieron. El Cabildo había pedido la dimisión del virrey. Con la luz del día empezaron a afluir sobre la plaza mayor gentes que daban vivas a Fernando, mueras a Liniers y pedían una junta. A las 12 empezó a repicar la campana del Cabildo y los tambores a tocar generala. Fueron lo cabildantes al Fuerte; se largó un aguacero, que no impidió el movimiento de tropas tomando posiciones, pasó por la plaza el obispo Benito Lué, asegurando que todo se arreglaría y pidiendo sosiego. Cuando se hacía el acta de resignación del mando por Liniers, los comandantes de los cuerpos militares que él había prevenido el día antes, encabezados por Cornelio Saavedra y Pedro Andrés García, declararon su apoyo a la autoridad del virrey. El golpe había fallado. Cae el telón El 3 se supo que Álzaga y los principales habían sido embarcados. El rumor callejero aseguraba que los llevarían a las Malvinas. Caía el telón. La frustración, como suele suceder, se desahogaba en verso: …Para hacer todo esto, el mando confirió a un Saavedra-Murat y a un García-Junot, dos hombres los más malos, de más vil intención; ¿qué bien podía esperarse de este Napoleón?... Pero la cosa no acabaría ahí. Al año siguiente se formaría una junta, como en España, en la que sería secretario un hombre de Álzaga, que hubo de integrar la de 1809: Mariano Moreno. En poco tiempo lo hizo fusilar a Liniers, sin que esta vez Saavedra levantara la voz. Y otro año después, un hombre de Liniers, Bernardino Rivadavia, haría fusilar a Álzaga. (Y así terminaron los héroes de la Reconquista y la Defensa de Buenos Aires. Se los comió esta tierra omnívora, insaciable, donde se encumbra cualquiera, sobre todo cualquiera, pero sólo subsiste el Régimen, porque es una ficción).

(*) Aparecido sin firma. El autor es Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 1° de enero de 1978)

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