Pujol es “el político de más altura”; Suárez, “un mandado”; Felipe González, “un impostor inculto”

Luis Racionero vuelve transformado, renuncia a las oposiciones para catedrático, cierra su estudio de urbanismo, y se refugia, durante diez años, en una masía de l’Empordà. Allí vienen a buscarle desde Esquerra Republicana para que se presente como diputado en las Cortes por Girona, y se queda a dos mil votos de ser elegido. Sólo –se separa de su primera esposa– , deprimido, y “al borde del suicidio”, se concentra entonces en su vocación de escritor. El autor de El progreso decadente no se muerde la lengua cuando tiene que trazar perfiles. Pujol es “el político de más altura”. Suárez, “un mandado”. Recuerda a Felipe González como “un impostor inculto”. De Maragall dice que “tenía un gran encanto personal que hacía olvidar sus inconsistencias”, pero con el que se muestra más contundente es con el “incompetente” y “pueblerino” Oriol Bohigas, que “no sabe nada” de urbanismo, y al que responsabiliza de las “plazas duras” de la capital catalana. Desencantado con el socialismo catalán y español, y pese a no haber tenido carnet de ningún partido, Enrique Lacalle, en 1993, le convence para que firme un manifiesto a favor de Aznar. Un gesto que causa sorpresa en indignación en algunos ambientes que frecuentaba y que, más tarde, provocaría que le llamaran –junto a Cela, Gala, Umbral o Luis del Olmo– “el sindicato del crimen”. Tal vez por ello, o por la acumulación de desilusiones, Racionero concluye estas memorias con un “que os zurzan”. Así de claro. |

La evacuación del Prado y El Escorial en la guerra española inspiró los estatutos de los Monuments Men
La creación de la sección Monuments Men tuvo su origen, como tantas otras cosas de aquel entonces, en la Guerra Civil española. Cuando algunos gobiernos repararon en la catástrofe para el patrimonio cultural que habían supuesto los bombardeos de la Legión Cóndor y de la propia aviación española, empezaron a elaborar planes para salvaguardar sus propias estructuras ante la posibilidad de una invasión alemana, pero no fue hasta el ataque de Pearl Harbour que Estados Unidos se planteó seriamente la necesidad de proteger sus monumentos. El ejemplo del modo en que el gobierno republicano español evacuó las obras de arte del Museo del Prado y de El Escorial también corrió como la pólvora, contribuyendo de un modo positivo a la elaboración de los estatutos que habrían de regir el comportamiento de los Monuments Men. Sin embargo, lo que inspiró a Robert M. Edsel –un autor francamente curioso, ya que en realidad es un magnate del petróleo metido a investigador de la II Guerra Mundial– a escribir este libro y a crear la Fundación para la Preservación del Arte Monuments Men fue la noticia de que, durante la invasión norteamericana en Iraq, el Museo Nacional de aquel país fue saqueado impunemente, demostrando que los gobiernos que antaño protegían el arte, ahora no protegen más que sus propios intereses. Y es que no siempre de casta le viene al galgo. |
Republicanos españoles

Robert M. Edsel (con Bret Witter) The Monuments Men DESTINO 565 PÁGINAS, 20,90 EUROS

Traducción de David Paradela López

Fotografía extraída del libro ‘The Monuments Men’ donde se ve ‘El autorretrato’ de Rembrandt, inspeccionado por los oficiales de Monumentos Dale V. Ford y Harry Ettlinger (derecha). Había sido guardado por los funcionarios de museos de Karlsruhe en la mina de Heilbronn
DESTINO

No es de extrañar que The Monuments Men haya llamado la atención de la industria cinematográfica. George Clooney dirigirá y protagonizará una película basada en esta no-ficción histórica, y no hace falta ver el tráiler para anticipar el éxito. Y es que la hazaña aquí narrada presenta no pocos paralelismos con el mítico metraje Los violentos de Kelly (Brian G. Hutton, 1970), en el que un grupo de soldados norteamericanos –destacando a Clint Eastwood, Telly Savalas y Donald Sutherland– se infiltraban en territorio nazi para robar 14.000 barras de oro almacenadas en un banco. Así pues, la cinta referida contaba la historia de un batallón de antihéroes que, aun ganándose la simpatía de los espectadores, cometían un delito, mientras que The Monuments Men cuenta la aventura de un pelotón de héroes que, habiendo quedado en el anonimato durante décadas, se dedicaron a

ÁLVARO COLOMER

rescatar las obras de arte robadas por el ejército nazi en los territorios ocupados. Es evidente que ambas historias discurren por caminos contrarios, pero, en cuanto a épica y estructura básica se refiere, son exactamente iguales. Los llamados Monuments Men fueron un grupo de conservadores, galeristas, directores de museos y demás gentes del arte que, procediendo de trece países distintos, emprendieron “la mayor búsqueda de tesoros de la historia”, esto es, asumieron la labor de recuperar los cinco millones de obras de arte –cuadros, esculturas, partituras manuscritas, muebles, etcétera.– que los nazis habían saqueado. En principio, la sección de “Monumentos, Bellas Artes y Archivos” fue creada para mitigar los efectos de los bombardeos sobre estructuras de valor histórico –iglesias, palacios, museos, etcétera.–, pero enseguida se amplió su cometido a la recuperación de cualquier pieza que tuviera un

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Cultura|s La Vanguardia

cen”, pese a ser tildados de abúlicos por Ganivet o de invertebrados por Ortega. De este modo, ninguna de “las tres alternativas políticas que se abrían a un universitario español” –el falangismo, el marxismo y las ideas regeneracionistas del 98– convencen a un joven Racionero que viaja a estudiar a Berkeley y se encuentra con la efervescencia del movimiento hippy y el auge de la contracultura. Conoce los movimientos pacifistas que reivindican la libertad sexual, el ecologismo, y que reivindican la filosofía oriental. Sin embargo, de las tres emes veneradas por los rebeldes (Marx, Mao y Marcuse), sólo el último ha soportado el paso del tiempo, según el escritor. Con Marx, “el ser humano individual desaparece”, Mao fue “un dictador sanguinario” y Marcuse, en cambio, “facilitó el marco teórico y conceptual para analizar lo que estaba sucediendo en los sesenta”.

Miércoles, 30 mayo 2012

Los otros violentos de Kelly

ESCRITURAS

Historia Un grupo de conservadores y galeristas de trece países distintos emprendieron entre 1943 y 1951 “la mayor búsqueda de tesoros de la historia”

valor cultural para la Humanidad. De manera que, entre 1943 y 1951, 350 hombres y mujeres recorrieron el continente tratando de averiguar –y aquí es donde esta no-ficción adquiere cierto tono de novela policiaca– dónde habían sido llevadas las obras que Hitler y sus secuaces robaron con la intención de dotar de contenido aquel Führermuseum que el líder alemán quería construir en la ciudad austriaca de Linz Piezas de incalculable valor son rastreadas en este libro que sigue los pasos del puñado de Monuments Men a los que el autor ha tenido acceso, siendo especialmente destacable el capítulo donde se narra el descubrimiento de esas Minas de Sal de Altaussee donde el Führer almacenó iconos artísticos como La Madona de Brujas de Miguel Ángel, el retablo de Gante de Van Eyck, La ronda nocturna de Rembrand o El astrónomo de Jan Vermeer.

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