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Rogelio Saunders Tratado de La Noche

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Rogelio Saunders Tratado de la noche

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Ahora debía yo también comerme una manzana, si hubiera estado a solas conmigo mismo, visto ya lo que no debía verse, esto y aquello oculto durante años, y nada fue tan sobrio, pero seguía siendo oscuro. El patio asolado, el ave en el ventanuco. Ninguna desesperación. Ningún canturreo agónico. Sólo la lenta letanía y el infinito fin. Que alguien reclame lo que fue devuelto.

Alguien ya sin odio, sin gesto. Selva sin espesura. Y diga: Ah, Ossip, querido así que tú también querías una segunda oportunidad? entre dos trenes veloces. El ojo se desplaza como una oscura nube. No hay noche. El mediodía neurótico ancla en lo mejor de las cícladas como un brazo retorcido. Una música renuente. Nada canta. Hay un olor seco. Un goteo sin pasto. Lo sordo y lo sórdido nunca han estado tan cerca. Abandona ese espejo —dice la cabeza al ojo coriáceo como un huevo. Ojo sin lucha. Si el cerebro silbara abandonado, con células de polvo,

yo también dejaría el viejo y alucinante cuarto de baño, el cadáver de hilo, la absurda peluca machacada de cóncavo reflejo. Es la llamada a lo lejos, indescifrable y el aún más incomprensible movimiento. Iteración y ayuda. El ojo que llega tarde y es golpe de sangre, borroso cuadrado, ausencia, perfil. La voz a contracorriente de la poesía. Caliente como la mirada del que va a morir. En la risa, oír la imposibilidad de la risa. En la poesía, la no poesía. Sentirla en el canto rabioso. El corazón oscuro en la palpitación adolescente.

El infuturo sonido de agua de los pasos elásticos, como señales en la calle en plena luz del día. Asomo la cabeza y veo cabezas repetidas. Mil cabezas otras en mi propia cabeza. Cabezas borradoras. Altas cabezas de mudo cartón, y el centro resonante y ausente. Mi rostro comido como la vieja manzana. Ávida mente masticado entre dos trenes veloces. El frío detenerse de las torres. La vibración obscena de los túneles. El sueño sin origen de las campanas. Todo se encierra en la mano que abarca el ojo.

La madrugada retrocede. La intensidad del silencio borra el pelo y los ojos, la lenta cacería, los signos urbanos. La historia se revela como no transcurso. A un lado, como una fórmula, fluyo. Soy tu boca, la promesa no dicha. Lo que cae sin acaecimiento, sin mudez ni obra, sin cólera, sin dubito. El ojo del paseante, ojo sin amor, cae como una barbilla. No hay persecución. Sólo risa quejumbrosa, sordo golpeteo. Las farolas histéricas estridulan como serpentines al paso del oro. Cien trenes en la noche

subdividen el ojo furioso del perro, su odio aprendido, su estéril innoble bamboleo. La adolescente de pesadas piernas, de rítmico antirritmo, de pausado paso de glándulas dormidas, recorre interminables calles invisibles como un espíritu despertado por un ansia imposible de recordar, isla del deseo en el fractáneo mar concéntrico de leche que no devuelve ni gira, no desplaza ni ondula, pálido e incesante como el odio. Huérfana de toda señal, la cabeza congenia con el pasto cívico que anula la mirada, y sentencia todo sueño. Volver en tren cuando todo está muerto. Muerta la escritura, y la mano que entrevió el dudoso

yo, la conciencia que adivinó, y el ascua mojada ya, y con un esfuerzo sobre humano, vecino del oficio del clown, jugó a tocar el mohoso pero instantáneo, insoslayable filo, y entonces en esa muerte común, en ese fasto o prodigio del útero imparcial, ver, no poder dejar de ver, con asentimiento lúcido, con perfecto equilibrio entre perceptio y pathos, el infinito camino pedregoso, la boca palpitando en la arena, el alto muro de juegos ajeno al forcejeo erudito, a la trama del fuego. El ojo absorto en el ojo, ojo-sol, ojo-saludo,

y el sonido ¿último? de la tecla polvorienta. El vigor que cae (o se anula) en un vasto silencio hecho de rostros hinchados, la manzana, arriba como un imposible sol, y la negra luz entrando como un río en el túnel del tren dentro del túnel de la noche, mientras se eleva como una infinita risa sin rostro el aullido incesante.

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