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Cap 25. El Secreto, Revelado

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06/14/2009

Salvador Bayona

XXV.- EL SECRETO, REVELADO
¿Dónde están ahora tus socios? –preguntó él al entrar en la habitación del hotel de París donde se alojaba-. - Se han marchado hoy a Le Vésinet, a fotografiar la antigua casa de Utrillo, y a visitar un antiguo almacén que, según parece, podría conservar algunos lienzos limpios de los años cincuenta. En cualquier caso les interesa dejarse ver por allí –respondió Susana fingiendo no dar importancia a sus propias palabras-. Igual que a mí, que además de los asuntos propios de la galería, me conviene hacerme notar por París y preparar un poco el terreno para que se intuya lo que estamos buscando. No creo que vuelvan antes de la noche, así que tenemos todo el día para nosotros. A Fancesco no le agradaba especialmente encontrarse con ella en hoteles, aunque se tratara uno tan especial como aquel George V, pero ésta era prácticamente la única forma que tenían de verse. Él, que siempre había sido un hombre especialmente perceptivo, y para quien la edad había supuesto una mejora de sus habilidades naturales, notó cierta inquietud en la forma de comportarse de su joven amante. Apenas hacía cuatro meses desde su primer y brutal encuentro en la galería, pero la tórrida relación que ya se había establecido entre ellos le llevaba a poder intuir su pensamiento sólo con mirar la expresión de su rostro; y hoy, en contra de la seguridad que destilaba habitualmente Susana en cada una de sus palabras, parecía que se había levantado entre ellos una especie de barrera que les impedía alcanzar aquella comunicación visceral de la que la pasión con la que se entregaban a los juegos amorosos era sólo una pequeña parte. - ¿Hay algo especial que quieras contarme? - 150 – Todos los capítulos de la novela en http://jungladeasfalto.com

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Sí. Pero no sé cómo empezar –la expresión de su rostro y el tiempo que se tomó en hablar habían respondido por ella-. Tengo una sensación extraña, como si lo que tengo que decirte fuera a tener unas consecuencias terribles, pero no acierto a saber cuáles pueden ser. Lo que sí sé es que me encuentro en una situación que no encuentro forma de resolver por más que lo intento. - No tienes de qué preocuparte –dijo él acariciando su mejilla-, ya sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad?. Dime cuál es el problema, si hay alguno, y juntos encontraremos la solución. - Bien. Pero prométeme que no harás nada sin consultármelo primero. - Prometido. - ¿Recuerdas los papeles de Alt Ausee de los que te he hablado? - ¿Cómo olvidarlo?. Has de saber que tengo grandes planes con ellos. Pero necesitaré que me facilites una copia cuando llegue el momento. - No los tengo yo, ya lo sabes, y es muy poco probable que quien los tiene en su poder permita que los copie. Cuando Eduardo nos propuso el negocio se reservó el derecho en exclusiva sobre los cuadernillos porque quería trabajar únicamente con obra extraviada. Nunca he entendido el porqué y, en realidad, hasta hace poco no me había importado, ya que parecía que el asunto podía durar años, pero ahora creo que todos sobreestimamos el negocio de la obra perdida. Según como se mire, tres cuadernillos pueden dar para mucho o para muy poco, según sea el criterio que se utilice, y creo que estamos en ésta última situación. Mucho me temo que el expediente de Alt Ausee ya se ha cerrado para nosotros. Pero lo peor no es eso. Eduardo quiere retirarse. - ¿Y porqué ha de ser malo eso?. En cuanto tenga su retiro cómodamente asegurado no tendremos más que seguir su trabajo donde él lo dejó. - No conoces a Eduardo. Es un viejo encantador, pero enormemente terco. Hace poco Guillermo me contó que la misma noche que tú apareciste le confesó que preferiría quemar los papeles antes de dejar que cayeran en otras manos... y creo que se refería a las tuyas. Aquella era una noticia terrible en verdad. La posibilidad de contar con una herramienta como los cuadernillos, capaz de certificar el origen de más de cuatrocientas obras de arte había supuesto una posibilidad de negocio inmensa sobre la que Francesco se había creado grandes - 151 – Todos los capítulos de la novela en http://jungladeasfalto.com

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expectativas. De hecho ya había comenzado a organizar gran parte de la red de empresas y testaferros que le permitirían hacerse con una posición de privilegio en el mercado europeo del arte y las antigüedades, un trabajo que sin aquellos papeles resultaría baldío e imposible. - ¿Crees tú que hay posibilidad de... adquirirlos a algún precio? - No lo sé. A Eduardo le gusta el dinero como a todo el mundo, pero él mismo sabe que podía haber ganado mucho más utilizando los cuadernillos de otra forma. Me consta que en el listado figuran unas cuantas obras maestras, pero parece que él haya preferido centrarse en autores menores, que es lo que hemos hecho hasta ahora. No podía dejar de pensar en todos los preparativos que había llevado a cabo durante los últimos dos meses, desde que Susana le confiara el secreto de los cuadernillos de Alt Ausee. No había sido del todo sincero con ella. Realmente había confiado en hacerse con los documentos en un breve plazo de tiempo y, a partir de ahí, hacer crecer el negocio hasta conseguir que ni una sola pieza de arte clásico se comprara o vendiera en Europa sin su conocimiento. Pero, sobre todo, no podía dejar de pensar en el descrédito que supondría no llevar adelante aquello que se había propuesto. En su fuero interno estaba convencido que el respeto que se había granjeado entre los restantes miembros de la familia Scarampa, algunos de los cuales habían pusieron en duda su liderazgo cuando asumió la responsabilidad familiar, se debía exclusivamente al éxito de sus nuevos proyectos, gracias a los cuales habían ampliado su capacidad de influencia y su patrimonio. A pesar de ello sabía que algunos de los Scarampa esperaban un paso en falso para reabrir el debate del liderazgo del clan. Ahora se daba cuenta de que, arrastrado por la necesidad de afianzarse, se había precipitado y que esto ponía en evidencia que nunca tendría el carácter suficiente como para cohesionar de nuevo a toda la familia, como hacía años había hecho Beppo, el gran mito, con quien todos, de una manera u otra, le comparaban. Sabía que debía contenerse para dominar el creciente desasosiego, próximo a la ira, que pugnaba por tensar todo su cuerpo. Y, de pronto, tomó una decisión respecto al profesor que, no por habitual, resultaba menos difícil, aunque decidió ocultársela a Susana debido a los escrúpulos poco pragmáticos de ésta. A fin y al cabo se trataba de una simple cuestión de negocios, aunque se tratara de un inmenso negocio y, como tantas otras veces, debería de ser capaz de pasar por encima de sus propios prejuicios morales para defender lo suyo, y lo de las personas que de sus decisiones
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dependían. Y ella todavía no estaba preparada para entender el verdadero peso de la responsabilidad que él llevaba sobre los hombros. - ¿Dónde guarda los papeles? - ¿Qué piensas hacer? - Por ahora nada, pero llegado el momento habrá que actuar en consecuencia –dijo secamente-. ¿Dónde guarda los papeles?. - No quiero que le hagas daño.. Me has prometido que no harías nada sin consultármelo antes. - Es absurdo dejar que la obstinación de un viejo profesor se interponga entre nosotros y el negocio del siglo –dijo asiéndola fuertemente de los brazos y zarandeándola- ¿Dónde guarda los papeles?, ¿en su casa? - ¡No lo sé! –Susana comenzó a llorar-, ¡me haces daño! Por un momento había perdido el control de sí mismo. La expresión aterrada de Susana, que había conseguido escapar de sus manos y lloraba ahora, boca abajo, sobre la cama, le había devuelto a la realidad y a compartir con ella el terror por sí mismo. De pronto se sorprendió al descubrir que realmente le había importado permitir que su yo violento, aquel con el que había luchado desde niño, aflorara ante aquella mujer, y sintió que debía de hacer algo para corregir su comportamiento. Se acercó lentamente y, recostado junto a ella, comenzó a acariciarle el pelo con suavidad. En aquel momento hubiera deseado encontrar algo amable que decir, algo que excusara su naturaleza, pero ya hacía años que buscaba estérilmente una respuesta y en esta ocasión tampoco pudo hacer otra cosa que articular una frase fuera de contexto: - ¿Te he contado ya que la amante de mi padre también se llamaba Susana? Los enrojecidos ojos de ella se volvieron desconfiadamente hacia él. Era obvio que había entendido su esfuerzo, pero aún buscaba una respuesta a lo que acababa de pasar. - No lo sé –dijo él, como si respondiera a una pregunta no formuladaimagino que me dejé llevar. Lo lamento... de verdad. Sólo el pesar que podía haberte hecho daño me da escalofríos. Estoy avergonzado y espero que me perdones. Un súbito abrazo interrumpió sus palabras. Susana le había rodeado con sus brazos y, ocultando el rostro en su pecho, lloraba desconsoladamente, con mayor fuerza que hasta entonces. Francesco,
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desconcertado, acariciaba cariñosamente su espalda sin saber si haría bien en besarla. - No quiero tenerte miedo –dijo ella al final-, pero hoy he sentido algo que no sentí ni tan siquiera el primer día, y no me ha gustado. - Lo sé. Lo sé. No volverá a suceder. - Júrame que no harás nada sin que yo lo sepa. - Te lo juro. Pero voy a tener que vigilar a tu profesor. Hay demasiado en juego como para permitir que se pierda sin más. - No quiero que le pase nada. - Y no tiene porqué pasarle. Mira –dijo tomando una libreta de finas hojas con el membrete del hotel y garabateando en ella con su inconfundible caligrafía-, voy a apuntarte el nombre y el teléfono de la persona a la que voy a encargar la vigilancia del profesor. Cuando vuelvas a la galería llámale y habla con él. Ya lo conoces de la noche en que nos vimos por primera vez, pero no te hagas una falsa idea: se trata de un buen hombre, respetuoso y educado. Quiero que hagas una cosa, para que te quedes tranquila: sólo cuando estés segura de que se trata de la persona adecuada, entonces tú misma le darás toda la información acerca del profesor para que pueda hacer su trabajo. Si no te convenciera no tienes más que decírmelo y te enviaré a otro; así hasta que encuentres a la persona en quien puedas confiar. ¿Estás de acuerdo? Ella levantó la mirada con ternura. Él mismo le había puesto al corriente de algunas de sus actividades, la menos escabrosas, pero sin duda la idea que debía tener acerca de él no estaría muy lejos de la imagen de los típicos mafiosos del cine, por ello era de esperar que una mujer inteligente y sensible como ella apreciara en toda su magnitud este gesto, por el que en teoría dejaba en sus manos la seguridad de sus amigos. - Enzo Mantin –leyó Susana con curiosidad-. - Es el hijo de Eric Mantin y Laura Mella. - ¿El hijo?, pero Eric no era... - Sí. Sin embargo se casaron y vivieron juntos y felices durante muchos años. Y siguieron vinculados a la familia Scarampa, como sus hijos hasta el día de hoy. - ¡Gracias! –Susana le abrazó nuevamente, y comenzó a llenarle de besos-.

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Tú, por tu parte, será mejor que sondees al profesor acerca del precio que pondría a los documentos. Si hemos de pagar por ellos, pagaremos. Una sombra, como de culpabilidad pareció sobrevolar su espíritu en aquel momento, pues ya hacía tiempo que había averiguado de Eduardo Serva todo lo que necesitaba para poder controlar todos y cada uno de sus movimientos, y había decidido que aquella tarde, en cuanto hicieran el amor y él volviera a su hotel, llamaría a España y daría orden a Enzo de que entrara discretamente en casa del profesor para buscar aquellos documentos. -

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