Nietzsche y Spinoza son los dos hermanos enemigos de la filosofía moderna.

Puede que no haya dos filósofos más afines y a la vez más opuestos. Nietzsche lleva a su culminación la filosofía spinoziana de la inmanencia; pero lo hace volviéndola contra sí misma. Lo que le entusiasma a Nietzsche es el estricto naturalismo spinoziano y sus numerosas consecuencias incluida la abolición del bien y el mal, la negativa a erigir un orden moral universal y el énfasis en el interés propio y el poder como bases de la vida y palancas para el progreso ético. Las respectivas opciones a la inmanencia total difieren radicalmente. Tanto Nietzsche como Spinoza declaran la “muerte” del dios trascendente y consideran este mundo coextensivo con el ser en general. Además, el universo está vacío de rasgos subjetivos o teleología inherente, con lo que el hombre no encuentra en la naturaleza de las cosas un reflejo suyo que pueda consolarlo. El hombre mismo es un ser por completo inmanente (”natural”, en términos de Spinoza), sin dones, obligaciones o deficiencias sobrenaturales; nada le falta que resida en un mundo superior ni tiene facultades que vengan de él. Carece de alma eterna distinta del cuerpo, de “sí mismo trascendental” que la reemplace y de razón a priori que se imponga a la naturaleza y la vida. Como modo finito, no es más que una gota en el universo inmanente, y por él está limitado y constreñido. Y debe interiorizar, comprender, este hecho (o destino) si quiere dotar su existencia desnuda de un significado valedero compatible con las limitaciones de la inmanencia (la libertad en Spinoza, la existencia auténtica en Nietzsche). Esto implica una u otra forma de “amor a la necesidad”. Pero la cuestión decisiva es cómo interpretar esa necesidad, si como sistema autojustificado de leyes racionales o como fatum opaco e indeterminado, imposible de justificar o aprender mediante categorías, causas o leyes racionales. Este problema es la divisoria de aguas que suscita el conflicto entre Nietzsche y Spinoza, a raíz de la cual cada uno argumenta, seduce y aboga por una experiencia muy diferente de la inmanencia. Una consecuencia necesaria de la filosofía de la inmanencia

Nietzsche se alinea con Spinoza en la visión de que no hay diferencia ontológica entre los humanos y el resto de los seres. La voluntad de poder tanto puede ser sana como degenerada, dionisíaca como decadente. En su forma negativa, trabaja en la moral del “resentimiento”, en la cultura cristiana y en el intento racionalista de dominar el mundo sometiéndolo a una red imaginaria de leyes y categorías fijas. Aunque Nietzsche y Spinoza rechazan el bien y el mal como valores encarnados en, o impuestos a, la naturaleza, son filósofos morales en tanto que