La fuerza y la gracia

Por Miguel Domingo Aragón (*)

Cuando Lisardo Rodríguez Cía empezó a llamarse Lisardo Zía, cuando apareció en el Buenos Aires nocturno y literario con su barbita a lo Richelieu que le alargaba la cara redonda, con su galera ladeada, su bastón y sus guantes, uno puesto, el otro agarrado por la misma mano, cualquiera podía darse cuenta de que se había declarado poeta de minorías. Empezó a serlo junto a los muchachos de Martín Fierro (Borges, Vignale, Vallejo, Palacio, Bernárdez, Nalé, Marechal). Como cada uno de ellos elegía un punto de la historia y la geografía para situarse, Zía se ubicó en la Florencia del Renacimiento. Cruel y exquisito, mundano y combatiente, leve y punzante eran las cualidades con las que quería adornarse. Admiraba a los decadentes franceses, a Rubén Darío, a Juan Ramón Jiménez. Percibía con fruición los reflejos opalescentes de sus versos y su oído recogía los ecos musicales que el poeta había puesto a las palabras. Un obstáculo Pero había un obstáculo que se lo impediría y que él nunca llegó a ver: había nacido en Rosario el 27 de abril de 1900, por lo tanto bajo el signo de Tauro. No le daba el cuerpo para acrobacias verbales. Es raro que no lo hubiera entendido, porque era astrólogo y hasta llegó a serlo profesionalmente ya que un tiempo llevó la sección de los horóscopos en un importante diario de Buenos Aires. Firmaba Taurus, como lo había hecho bajo versos y prosas de sátira política. (El conocimiento de la astrología le permite a mucha gente macanear con fundamento. Yo hubiera querido tenerlo para precisar ciertas intuiciones de cosas que no se explican sino por un influjo arcano. Porque, a pesar de los horóscopos, la astrología es cierta en cierta medida. Aunque los astros no muevan mi voluntad, me señalan las condiciones, favorables o adversas, en que libremente deberé ejercerla. Y eso ya es mucho. Pero además me orientan acerca de mis potencias y limitaciones, de modo que procure objetivos que me son asequibles y deseche los que no). Tengo que recurrir a consideraciones de este tipo para explicarme la frustración de gran poeta que hay en un malabarista de la palabra como era Lisardo Zía. El saboreaba “el verso sutil que pasa o se posa” de Darío. Pero Darío era de Capricornio. Y el multiforme Lugones -de Géminis, voluntariamente pasado a Leo, en honor de su nombre- cuando Darío le dijo que su gracia era “pesada” escribió aquellos versos de la corzuela: “Lucen las dagas sus tahalíes/ y embraveciendo los jabalíes/ soplan los cuernos sus tahalíes”. Pero un toro, por más que admire a una garza, no puede imitarla. Su armonía está en la quietud, en el aplomo, en la relación del cogote grave con el ijar enjuto. El máximo de gracia que puede alcanzar un toro se le da en el embestir. Eso debió saber Lisardo Zía, tenía que saberlo, para resistir a la tentación de imitar lo que admiraba.

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Falta el ángel Por ejemplo en un chascarrillo político de los que firmaba en La Fronda como Santillana, dice: “Aquí, aquí/ manda el inglés./ ¿Sí?/ -Yes/ El arma empuña/ con manos quedas/ y nos acuña/ nuevas monedas./ Le damos diez,/ nos pide quince/ ¡Es todo un lince/ el lince inglés!/ ¡Qué mala estrella!/ Por el centavo/ se nos deshuella/ de cabo a rabo./ Cedemos mucho/ y exige más/ con arte ducho/ y afán falaz”. Está muy bien. Pero falta el ángel. Entretanto, en la misma publicación y con el seudónimo de Vir, Ernesto Palacio parodiaba a Lugones: “Ricardo Rojas/ vemos que aflojas/ y te despojas/ de gravedad. Ya no te enojas/ ni te acongojas/ en rimas cojas/ de mocedad”. Aquí no hay ningún esfuerzo, la gracia fluye sola. (Palacio es de Capricornio). O un pasaje homólogo de Braulio Anzoátegui: “A la lata,/ al latero,/ a la lata que brilla en la pata del viejo pirata/ y a la hija del chocolatero…”, etc. (Anzoátegui era de Leo). Zía escribe con gran arte: “Coronado de espinas, va Jesús Nazareno/ en medio de las turbas asesinas/ Coronado de espinas. Con el manto de grana pendiente sobre el hombro/ -burda ropa- la plebe lo engalana./ Con el manto de grana”, etc. Es perfecto. Pero, ¿quién se emociona con eso? Igual cuando escribe un soneto en el que cada verso comienza y acaba con la misma palabra. Su virtuosismo se queda en el artificio, porque él pertenece a la fuerza, no a la gracia.

(*) Pseudónimo de Roque Raúl Aragón. (Publicado en La Nueva Provincia, de Bahía Blanca, el 25 de abril de 1978)

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