1

2

Un relato jamás contado

Dedicado a Red y a Natalia: un dulce relato del florecer de un amor nuevo.

¡Una cita… con Elena Gilbert! Matt volvió a abrir nerviosamente el billetero y contó el dinero que tenía. Un billete de diez dólares y seis centavos que quedaban de lo que los seis vecinos de la calle sin salida le habían dado por rastrillar todas las hojas otoñales de cada patio y amontonarlas en una hoguera gigantesca. El resto había ido a parar a la compra de aquel nuevo e impoluto par de informales pantalones de vestir. Siete dólares y veinte centavos que quedaban de lo obtenido limpiando desvanes y segando céspedes —el resto de aquel dinero se había invertido cuidadosamente en la chaqueta que llevaba en aquel momento— una cazadora de tela con el emblema del instituto no resultaría apropiada en esta ocasión, y había oído que a Elena no le gustaban. Un billete de diez dólares por ayudar al señor Muldoon a cambiar con sumo cuidado todas las bombillas de la casa que el anciano caballero ya no podía alcanzar. Veintisiete dólares y veintiséis centavos… más… Dio la vuelta al billetero y lo sacó de su lugar especial de honor: un compartimento oculto en el lateral de la cartera. Y allí estaba, doblado por la mitad, tan tieso y con aspecto de nuevo como cuando se lo había dado tío Joe. Un billete de cien dólares. Recordaba a tío Joe… tío abuelo, en realidad, pero llamado siempre tío, introduciéndole el billete en la mano mientras las enfermeras estaban fuera de la habitación. —No lo malgastes en cualquier cosa —había musitado tío Joe con su voz chirriante—. Guárdalo hasta que aparezca una ocasión especial. Sabrás cuando es el momento adecuado. Y por el amor de Dios… —una pausa, mientras tío Joe padecía un prolongado y violento ataque de tos y Matt le mantenía incorporado—, no te atrevas a gastarlo en cigarrillos, ¿de acuerdo? No caigas en ese vicio, porque no hará más que acarrearte problemas. Entonces Matt había bajado con suavidad a tío Joe hasta el lecho. Se iniciaba un ataque de tos demoledora y Matt quería que una enfermera comprobara el nivel de saturación de oxígeno de su

3

tío. Era 85 cuando debería haber sido 100; a lo mejor tío Joe necesitaba más oxígeno. Aquello había sucedido hacía exactamente dos años y dos días. Exactamente hoy hacía dos años que tío Joe había muerto. Matt se encontró apretando dolorosamente un puño contra el muslo. Era duro, duro recordar como se había ido tío Joe. Pero en aquel momento, contemplando el billete de cien dólares, en todo en lo que Matt era capaz de pensar era en la sonrisa pícara del hombre y sus palabras roncas. «Sabrás cuando es el momento adecuado.» Sí, tío Joe lo había sabido, ¿verdad? Matt habría reído hasta explotar si tío Joe le hubiese dicho en qué se gastaría realmente el precioso dinero. Con apenas catorce años, en la mente del joven Matt las chicas no eran muy distintas a molestos piojos. De acuerdo, ya sabía que se había despertado un poco tarde, le había costado un poco. Pero ahora ya se había puesto al corriente. E iba a llevar sus pantalones nuevos y una camisa planchada, una auténtica corbata que su madre le había regalado la Navidad anterior, y su chaqueta sport totalmente nueva al acontecimiento más maravilloso que podía concebir. Gastarse cien dólares en una noche con Elena Gilbert. Elena… simplemente pensar su nombre le hacía sentir como si estuviera bañado en luz solar. Ella era un auténtico rayo de sol. Con aquella maravillosa melena doraba que le flotaba hasta la mitad de la espalda, con una tez, del color de las flores del manzano, incluso después de la estación de los bronceados, con ojos que eran como luminosos estanques azules con motas doradas, y labios… Aquellos labios. Junto con los ojos, podían poner a un chico bocabajo y del revés en un instante. En la escuela aquellos labios mostraban siempre un leve mohín de modelo, como si dijeran: «¡Vaya, pues! ¡Esperaba más que esto!» Pero Elena no exhibiría ningún mohín esa noche. Matt no sabía de donde había sacado el valor —antes le habría volcado un cubo de hielo en la cabeza al entrenador de rugby Simpson después de que hubieran perdido un partido—, pero se las había apañado para armarse de valor e invitarla a salir. Y ahora, con el billete de cien dólares de tío Joe, iba a llevar a cenar a Elena como Dios manda, a un auténtico restaurante francés: sería una cita que ella jamás olvidaría. Dirigió una repentina mirada al reloj. ¡Era hora de marchar! Desde luego no podía llegar tarde. —¡Eh, mamá! ¡Son las siete menos cuarto! ¡Me voy!

así que simplemente esperaba que Elena no viera gran cosa de él en la oscuridad. y ella vive con su tía… ¡cómo si fuese culpa suya que sus padres murieran en un accidente! ¡Y si yo me quedo aquí parado otro minuto. no me importa con quien ha estado saliendo. Por fin. acabaré con una multa por exceso de velocidad! —Bueno. Matt se sintió enrojecer más violentamente aún. jubiloso. una oye toda clase de cosas sobre ella. si se puede saber? ¿Quién se enteró de lo de la liquidación de americanas para empezar? Matt emitió un fingido gruñido y se quedó quieto. Ella espera la luna cuando tiene una cita. Había memorizado el camino hasta . —Bien. te daré diez dólares. —¿Estás seguro de que llevas suficiente dinero? —¡Sí! —respondió Matt. apareció casi a la carrera por el pasillo—. Su coche…. para que estés cubierto. Sale con chicos del instituto. bueno. «¡Sí!» pensó. Te pareces a tu padre. menuda y regordeta y oliendo a galletitas. ¿Irte sin dejar que te vea al menos? —le regañó con ojos radiantes—. tenía en cierto modo la esperanza de que Elena no mirase el coche. ¿Quién te planchó la camisa. La introduciría y sacaría de él a toda prisa. por supuesto. por si acaso… —¡No hay tiempo. Es… —Mamá. se refería a él como «El Montón de Basura». vas a llevar puesto tu abrigo… —Sí. si me dejas que vaya en busca de mi monedero. No tiene padres que velen por ella.4 —¡Espera. Matt! —La señora Honeycutt. mamá. —Quiero decir. mientras ella le miraba de cabo a rabo. que esta chica Gilbert. Mentalmente. Matt había conseguido incorporar al armazón del cacharro de su padre y usar como medio de transporte. El vehículo era simplemente una colección de diversas piezas sacadas del depósito de chatarra que. tengo dinero en abundancia. genuinamente ruborizado. oliendo los familiares aromas a grasa y aceite y óxido y moho. mamá! ¡Buenas noches! Y en un instante estaba ya en el garaje. Pero no había nada que pudiera hacer al respecto. la señora Honeycutt suspiró: —Tengo un hijo muy guapo. de algún modo. espera.

Elena era un ángel. más bien poco agraciada.» «Bien. ¿verdad? —consiguió preguntar Matt. no me digas que olvidé presentarme otra vez! Sí. —Us…usted es la tía de Elena. Cielos! Era la calle de Elena. pero jamás había imaginado que llegaría a ver realmente algo que respondiera a aquella metáfora en carne y hueso. Ella está todavía arriba. Pero los ojos de Matt no estaban puestos en ella. Era… bueno. unas patatas. Tía Judith entraba presurosa con un bol. —Aquí tienes. Saco las llaves del contacto. Eso era lo que el vestido de algún modo insinuaba. Matt se aflojó un poco el cuello de la camisa mientras hacía girar el coche. —¡Sí! ¡Vaya. descendiendo por la escalera. e hacía todo lo que podía por hacerle sentir a gusto. te traeré unas patatas fritas o algo mientras esperas. ya sabes. Matt había oído hablar de cosas tan deslumbrantes que te cegaban. delante de él. Pero finalmente se produjo una pausa en la conversación que no podía pasarse por alto.5 Chez Amaury. de modo que no tuviera que encender la luz para mirar el mapa. que le dedicó una sonrisa radiante y dijo: —Tú debes de ser la nueva cita de Elena. Estaban fijos en la visión de azul que descendía la escalera. «Estoy frente a su casa. Entra. Estas jovencitas.» Matt pasó casi un minuto armándose de valor y luego se obligó a presionar el pequeño botón redondo.» Tragó saliva. ¡Vaya. entra. ya sabes estas jovencitas… La mujer parecía tan hospitalaria y amable como su propia madre. Sonó un distante campanilleo… Y a continuación se encontró contemplando a una mujer delgada. Y sin embargo allí estaba. Se sentía como si se estuviese ahogando. ¡Ya había llegado! Tragando saliva con una especie de jadeo sin poderlo evitar. Las llaves estaban ya en su bolsillo. «Estoy frente a la puerta. Bien. «Bien.» Tragó saliva. pulsemos el timbre. Apago el motor. ¡E-LE-NAAA! Marchó a toda prisa mientras Matt se encogía y se abstenía con firmeza de taparse los oídos. Matt no sabía los nombres .» «Bien —le costaba respirar—. y tú puedes llamarme sencillamente tía Judith como hace todo el mundo.

sin apartar los ojos de él. Y entonces. y a espliego procedente de un viejo arcón para guardar el ajuar. tío Joe. sonreír a un chico algo cotidiano. pero siempre con aquel leve tono rosáceo en los pómulos. con apenas un vestigio de un acento sureño que persistía en el oído y hacía que todo lo que decía sonara como un secreto que te contaba únicamente a ti. No llevaba ningún maquillaje que Matt pudiera apreciar… pero ¿cómo podía estar seguro uno hoy en día en lo referente a chicas? Las pestañas eran largas. eau de Elena. No conseguía pronunciar ni una palabra. quiero asegurarme de que no cojas frío… Empezó a decir tía Judith. Elena le sonrió mientras bajaba por la escalera y justo por un instante Matt pensó en todos los otros chicos a quienes ella había sonreído de aquel modo. Olía a rosas en verano. cuando Elena. tan cerca que podía oler su perfume. Su tez era como pétalos de magnolia. Matt sintió que se le hacía un nudo en la garganta. espesas y . pero no tenía tirantes y digamos que reseguía sus curvas en la parte superior. Matt se alegró de haberse raspado la mugre y la grasa de las uñas con un cepillo de dientes y haberse restregado el resto del cuerpo hasta enrojecer como una langosta en un esfuerzo por desprenderse del olor a coche viejo y a desván mohoso. Pero entonces Matt eliminó tal pensamiento de su mente.6 correctos para tales cosas. y había una flor plateada a la altura de un hombro. dijo: —Hola. La falda del vestido eran capas y capas de un material transparente —¿chifón?— y las capas se esponjaban y desbordaban hasta alcanzar las rodillas de Elena. Elena y él iban a pasar una velada magnífica juntos. Matt. El color era un pálido azul plateado que le hizo pensar en luz de luna o en nieve. La parte superior llevaba un bordado hecho con una especie de abalorios transparentes. Sí que estaba muy guapa. que parecía vivir en el bolsillo posterior de Matt. Las largas y espléndidas piernas parecían aún más largas y espléndidas de lo acostumbrado. y calzaba unos preciosos zapatos plateados de tacón alto adornados con flores que hacían juego con el vestido. no mientras estaba tan cerca de ella. La voz era dulce. «Estás muy guapa. Elena». Descender por aquellos peldaños vestida de punta en blanco era un acontecimiento habitual para ella. Pero todavía no había hablado. le dio un golpetazo y las palabras. salieron en tropel. —Oye. de algún modo. Esa noche aquella sonrisa era sólo para él. Y también a… otro aroma que debía de ser su fragancia natural.

Nadie se propasa con Elena… —dijo Meredith. ¡Él y yo nos conocemos desde hace mucho y es mono! —¿Mono? —terció Meredith—. que se había estado poniendo con calma una torera azul plateado y comprobando su rostro en el espejo de una pequeña polvera. La morena Meredith Sulez. se cubrió la boca con los dedos. Pero los ojos que enmarcaban brillaban con una ansiosa llama llena de vida y eran realmente azules con pequeñas pinceladas de oro puro aquí y allí en ellos. cerró entonces el espejito con un chasquido. además. Volvió ligeramente la cabeza y vio.7 oscuras y parecían casi demasiado pesadas para sus párpados… como si. sin dejar de reír tontamente. chicas —esa fue Caroline—. No sabía que nombre tenía aquel color pero debería de haberse llamado Invitación a Delinquir. a mí me parece uno de ésos a los que se les van las manos. —Todo depende de lo bien que nos lo suplique —terció Meredith. llevaba lápiz de labios. —De todos modos no puede salir con ella —indicó Bonnie—. —Tiene el cabello rubio y los ojos azules —dijo Bonnie—. Los labios. —Yo digo que lo secuestremos y nos lo quedemos para nosotras —propuso Caroline. se sintiera levemente aburrida con lo que veía. Matt se quedó paralizado. ¿Qué van a obligarme a hacer. De improviso. . Y la delicada y menuda Bonnie McCullough. las chicas más deseadas del instituto Robert E. le echó un vistazo y sonrió. —Oíd. sí. ¡Es divino! Y un quarterback. Evidentemente. Lee. Igual que en un cuento de hadas. ¡No nos ha pedido permiso! —Creo que saldré yo con él en su lugar —dijo Caroline—. vestida con algo de aspecto cómodo en color lavanda. vestida de un modo más formal en color turquesa —¿quizás también iba a salir con alguien?—. Se escucharon risitas no muy lejos —múltiples risitas— y no procedían de Elena. no obstante… sí. «¿Suplique? —pensó Matt—. Las mejores amigas de Elena. estaban allí para pasarle revista. admitió Matt interiormente. a las “Cuatro Magníficas”. ponerme de rodillas?» Elena. —Debería comer más carne —comentó Caroline. le sonrió afectadamente y agitó los cabellos color castaño rojizo. la atractiva pelirroja vestida en verde pálido. —Entonces no puede salir con ella. Caroline Forbes. Parecían un arco iris. Aunque todavía no está totalmente formado.

vamos a llegar tarde. Pero es más fácil si simplemente les pides permiso para salir conmigo. O aquel otro chico del equipo de rugby… cómo se llame… —No. se atragantó y sintió un fuerte manotazo en el trasero. les gusta eso. para velar por ella con devota atención. Lo que surgió fue: «¡Oh. por sí… bueno. Por fin. luego. ¿Florido? ¿Pronunciar un discurso florido frente a tres de las censoras más severas en lo tocante a chicos que la humanidad había producido jamás? ¿Mientras Elena escuchaba? Matt carraspeó. pero si no nos damos prisa se nos hará tarde. sin una mirada a lo alto a las chicas—. tras recibir una patada en el trasero proce- . ahora mismo. ¿Puedo llevármela o no? Ante su sorpresa todas las chicas empezaron a reír y aplaudir. —Desde luego —respondió Matt. y Bonnie le lanzó un beso.» Se produjo un profundo silencio. que en esencia venían a decir: «¡Vaya!» —Es uno de mis favoritos —indicó Elena con suavidad. hermosísimas flores de la noche… en este trance ayudadme! Por favor permitidme robar esta flor excepcional.8 —Son una lata —dijo a Matt. —¡Nosotras decimos: sí! —gritó Meredith. y entonces todas se pusieron a decirlo a gritos. debo suplicar vuestra amable aprobación antes de arriesgarme a su veloz extracción. —Sólo una cosa —intervino tía Judith—. Se escucharon unos susurros por encima de su cabeza. Matt se sintió encoger. Por favor decidme a donde vais esta noche. ya sabéis. Tío Joe volvía a ayudarle. Uno de sus favoritos. murmullos en toda una serie de cadencias distintas. Pero si no salimos de aquí. no lo hicieron —dijo Matt. Intenta que resulte florido. Ese medio zaguero de Terry Watson te lo contó. Es Chez Amaury. también. Caroline sacudió la melena color bronce y dijo: —Supongo que lo tenías preparado con antelación. Abrió la boca sin la menor idea de qué iba a decir. Eso es lo que quieren. obteniendo el valor de dos lugares: el bolsillo trasero y su larga relación con Caroline Forbes—. Nadie me lo contó y no planeo contárselo a nadie más. indicando con la cabeza a las tres muchachas—.

Es realmente infantil. nuestra primera parada. antes de que supiera qué sucedía. La mirada fue veloz. —Estás lleno de sorpresas —dijo Elena.9 dente de tío Joe. Elena lanzó una sonora carcajada. Entonces. había acabado atrapada en las vigas del techo. . Por primera vez. pero empezamos a hacerlo en tercer año. alzando los ojos hacia él como una niña pequeña—. deslizó una mano fresca y delgada en la suya. y finalizó con un chiste genuinamente divertido que no era ni obsceno ni desairaba ninguna cultura. —Y bien —dijo Elena después de que él hubiera girado alejándose de la ciudad—. La joven habló sobre las decoraciones para el “Baile de Otoño”. Al menos había elegido un buen restaurante. —Sí. El tuyo fue el mejor poema que he oído nunca. —Lamento ese numerito —dijo ella con aquella voz suya serena y dulce. Luego dio la vuelta corriendo hasta su lado de El Montón de Basura y entró en el vehículo. Y la risa fue cálida y genuina y actuó como un bálsamo para todos los sentidos de Matt. Matt Honeycutt se enamoró. y sin dejar pausas incómodas cuando él tenía que tragar aire. porque desde luego el cerebro de Matt no estaba allí para dirigirlo. inteligente y divertida. Matt se vio empujado al exterior y se encontró sólo en el porche… con Elena. y ante la sorpresa del muchacho. Fue sencillamente como un rayo fluyendo desde los dedos fríos de la muchacha a la palma de su mano y brazo arriba para luego seguir ascendiendo hasta electrocutarle el cerebro con un millón de voltios. ¿Quién podía enfurecerse con ella? Matt la escoltó hasta el coche y le abrió la portezuela del pasajero tan deprisa como pudo y la instaló dentro. es un secreto. Era lo mejor que le había sucedido nunca. También fue una suerte que el coche supiera llegar a la floristería por su cuenta. se irguió muy tieso y se sintió mejor. raza o sexo. contó una divertida historia sobre cómo. Espero que te guste. ¿vamos a alguna parte antes del restaurante? —Habló sin siquiera parecer ver —ni oler— nada inusual en el vehículo. Elena charló sin parlotear tontamente. Matt no pudo explicar la sensación en aquel momento. Pero insisten en hacérselo a todos los chicos nuevos. mientras intentaba desenredar los focos de colores para el Baile. Creo que conseguiremos llegar a las siete treinta. mirándole de soslayo.

Iba a dársela a Elena. —Elena. alegre y graciosa. Estamos llegando a la primera parada. es mi culpa por retrasarte. La belleza de Elena era perfecta. estaba un poco pagada de sí misma. uno no estaba hablando de amor realmente. lo cual él no podía evitar hacer cuando ella hablaba. La joven emitía feromonas. —Bueno. Desde luego cualquiera podía encapricharse de Elena. luego volvió a cerrarla. Los floristas se habían ido. carente por completo del menor defecto. Elena rió. lo siento… yo… sencillamente… —No es culpa tuya…. Amor era cuando uno veía el mundo a través de los ojos de una muchacha inocente. El sonido mismo de su voz era como el canto de un pájaro. incluso había pagado por adelantado una rosa blanca. del modo en que las abejas se ven atraídas hacia las flores. se ajustaba a la imagen perfecta de la muchacha perfecta que estaba de algún modo entretejida en los genes de todo muchacho caucásico. Y entonces el corazón empezó a latirle con violencia… y no de un modo positivo. Matt no sabía cómo reunió el valor para volver a entrar en el coche. era sólo algo que quería comprarte. Amor era cuando uno llegaba a conocer a la chica que había tras la máscara… como él estaba seguro que estaba haciendo en aquellos momentos. A lo mejor tendré otra oportunidad . pero ¿cómo no podía estarlo. tal y como la trataba todo el mundo? No le pareció que fuera algo tan malo. ¡Matt. pero ¿no le haría eso parecer aún más patético? Finalmente. con los ojos bien abiertos. Había perdido demasiado tiempo. Desde luego. Cierra los ojos. No tenías que comprarme flores. No importa. apretó los dientes y dijo en una voz que intentó que sonara desenfadada. Lo había estropeado. Matt bajó del coche. Matt abrió la boca para contarle la historia de la rosa blanca. y ni siquiera habían dejado su rosa en una caja junto a la puerta. —De acuerdo —dijo—. La puerta de Las Flores estaba cerrada y los escaparates sin luz. Deseaba con toda su alma contársela. Pero si uno se quedaba sólo en eso. lo lamento tanto! Pero esto no es un baile. Él mismo deseaba mimarla.10 No había reparado en que no había estado enamorado antes: sólo encaprichado. o si no se les había imbuido en ellos ya a los tres años. con una única rama de helecho plumoso detrás y un ramillete de velo de novia delante… ¡e incluso había pedido que todo estuviese sujeto con un lazo azul! Y ahora… la puerta no se abría bajo su mano forcejeante. Lo había planeado todo con antelación. Pero Elena le sonreía.

Sonrió con gentileza y un tanto sorprendido a Elena. Con todo. Siguiendo la dirección de la mirada del aparcacoches. En su lugar vio fascinación. ¿Cómo podía sentirse desdichado estando en compañía de la incomparable Elena? Entraron en el aparcamiento a las 19. Y luego. Matt nunca había sido muy bueno conversando con chicas. el de Matt y Elena. Al principio no dijo nada. y advirtió que lo decía con alegría. —Sí. No giró con suficiente rapidez. vamos a llegar a tiempo —dijo. Se deslizó junto a ella y le sostuvo la puerta abierta y ambos entraron en el interior tenuemente iluminado y lujoso de Chez Amaury. Debía de estar helada pero estaba bellísima. cuando él se las arregló para engullir el nudo de desilusión que sentía en la garganta y tragárselo. por los pelos. pero salía adelante siendo un oyente de primera. pero cuando su mirada giró hacia Matt se limitó a mostrarse desdeñoso y adoptar una expresión sarcástica. que le aguardaba. Fue entonces cuando Matt supo que su suerte había cambiado. Elena había elegido llevar puesta únicamente la torera que hacía juego con el deslumbrante vestido. vio una figura delgada y oscilante. —¿Vamos bien de tiempo ahora al menos? Matt miró el reloj. sonriendo para demostrar que le gustaba la canción que sonaba.59 hrs. Y no pudo evitar devolverle la sonrisa. se limitó a sentarse un poco inclinada al frente. reparó en que ella le miraba y le sonreía. Matt le entregó a toda prisa la llave a un encargado. —Sí.11 esta noche. Y entonces Matt tuvo una experiencia única en la vida: ver a Elena llevar a cabo su número para reconfortar a alguien. con los cinturones de seguridad desabrochados ya mientras iban a detenerse ante el mostrador del aparcacoches. El empleado que les condujo a su reservado era un tipo estirado. Ellos se encontraban en el interior de una burbuja que era su propio pequeño mundo. no hizo nada. Le conseguiría todo un ramo de rosas. de algún modo. y todo estaba bien. Elena le sacaba . Pero no vio repugnancia.. No importaba. vestida de azul. e intentó darse la vuelta antes de poder ver la reacción del hombre a su coche. La noche acababa de empezar. A lo mejor habría vendedores ambulantes de flores en Chez Amaury. ninguna mueca de asco en el rostro del hombre. Asegúrate de llevar atado el cinturón.

mientras los principales procesos mentales del muchacho estaban inmersos en un confuso torbellino. fíjate. —Voy a ir a Francia. A él le gustó charlar con ella. incluso puedo oler su perfume en este reservado diminuto. Rió con ella. Elena finalizó la historia y empezó a reír.12 palabras sin que pareciera intentar hacerlo. No seas aburrido. con una leve mirada de soslayo como para indicar: «Y tú el que se limita a mirar como un bobo»—. seguro que docenas de otros chicos le habían dicho eso. Háblame de ti. No es un intercambio. supongo —Le dedicó una sonrisa que pareció convertir el mundo entero en algo resplandeciente—. igual que porcelana… los cabellos como oro viejo en la tenue iluminación del restaurante… y a la luz de las velas los ojos son casi violeta. Ya puedo insultar a la gente en ese idioma bastante bien. observando alegremente cómo marchaba el camarero—. Elena soltó una andanada de frases en francés que tuvieron el efecto de conseguir que el hombre —casi con el rabo entre las piernas— se esfumara sigilosamente. murmurando algo sobre alcohol y documentos de identidad. Odio aburrirme. imagino que nos dieron el peor que tenían… pero me sigue resultando de lo más impresionante. «No seas aburrido. era tan melodiosa como un arroyo deslizándose sinuoso por un claro del bosque. —¡Un chico corriente! Quarterback y el jugador más valioso para el equipo de rugby. Cuando el camarero les entregó con toda parsimonia las cartas. Y había una voluntad de hierro tras aquellos ojos color lapislázuli y aquella tez del color de la magnolia. —¿Qué va a suceder este verano? —preguntó Matt.» La orden golpeó pesadamente el cerebro de Matt cuando Elena empezó a relatar una historia. salpicados de oro. —Pero yo soy la que habla todo el rato —dijo Elena. Para paliar el aburrimiento. Dime qué . Sus palabras… eran chispeantes. no era aguda. ¿Debería contarle que había escrito un auténtico poema sobre ella en casa? Ni hablar. La risa de la muchacha no era estridente. «Es tan hermosa… delicada. eso fue casi poesía». incapaz de evitarlo. «Vaya. —¿De… de mí? Bueno… soy simplemente un chico corriente. Era divertida. Cielos. —Estoy estudiando francés para el próximo verano —le explicó ella. es simplemente algo que quiero hacer. pensó Matt. Le pregunté por qué lo habían echado de Francia donde todo el mundo de nuestra edad bebe vino.

sal. —Yo habría pensado que a vosotros los jugadores de rugby no os dejaban comer mantequilla —dijo. Podías decir cualquier cosa. Rompió entonces un pedazo y lo untó generosamente con mantequilla. Matt no conseguía meterse en la obra. Elena le contempló divertida por encima de un vaso de agua mineral con gas. ¡Podía hacerlos pestañear cuando quería! ¡Qué habilidad! —Es uno de los cuatro grupos de alimentos —le informó él con seriedad. sólo que mejor. sin importar lo tonto que fuera. con todo el mundo chillando y dando vítores. frases de la obra —recordadas al dedillo— acudieron a su mente. recordando de improviso que no había almorzado. Uh. El camarero regresó. iba a ser honrado—. Súbitamente. Vaya. Era como estar con tu pariente favorito. —Esto… —En todos los años que llevaba jugando a rugby. se le puso la carne de gallina. Aquel año había tenido que apuntarse a una clase de arte dramático para llenar el horario de clases. quien en cuarto había hecho cosas como hacerse pellizcos de monja y luego correr a decirle al profesor que Matt lo había hecho. esperando que ella no pensaría que estaba loco—. mirando a Elena. Pero justo en aquellos momentos. pero Elena le despidió con un lánguido ademán. ¿Quién es Silvia? ¿Qué posee . y representaban Los dos caballeros de Verona. Azúcar. No se sentía en absoluto intimidada por el hombre. Se le había pasado totalmente por alto que lo habían traído. nadie le había preguntado nunca aquello—. grasas y chocolate. mirándole con un pestañeo. Ambos volvieron a reír juntos. y no importaría. —… ¡y chocolate! —tintineó la voz de Elena junto a la suya cuando él finalizó. Ella lo convertiría en algo ocurrente. Tal vez se debiera a que la actriz que representaba a Silvia era Caroline Forbes. bueno… ¡Lo cierto es que realmente se parece mucho a esto! —¿A comer pan francés en un restaurante? —Ah… Matt ni siquiera se había dado cuenta de que hubiese pan. Resultaba tan fácil. Bueno… —Algo le pasaba.13 se siente cuando ganas un partido ahí fuera. Jamás se había sentido así con ninguna chica. Matt añadió «valentía» a la lista de sus virtudes.

simplemente una pequeña granja cutre. —Bueno… -sintió el impulso de frotarse el cogote pero no lo hizo—. —¿Qué pasa con los chicos y los coches? ¿Por qué les interesan tanto? Por un momento. ahora me estoy poniendo realmente sentimental». pero desde luego parecía un ángel. bella y discreta. Los coches son… el coche ideal… esto… —Me preguntaba si podría de algún modo remontarse a la época de los caballos —dijo Elena. Elena no era demasiado pura. Pero no era así. ¿sabes? Ella asintió y él suspiró. eso podría ser… para mí al menos. Parecía haber olvidado la clase de coche tenía él y hacía una pregunta general sobre todos los chicos. Sólo pensar en el viejo y abollado armazón que tenía por coche le hizo preguntarse si ella no se estaría burlando de él. había un establo de caballos de pura sangre. Y detrás del establo donde se alojaban los caballos de la granja. Una serie de neuronas se encendieron de improviso en el cerebro de Matt. repasando con el dedo un diminuto defecto del mantel. Matt se ruborizó. Pasé un par de años en una granja cuando era un crío.14 que los zagales la elogian? Es pura. ¿qué? —respondió. ya sabes. mierda. —Eh… eso es… bueno. se dijo Matt. ¿puedes decirme algo? —preguntó Elena. bella y discreta. Y por lo que había oído. ladeando la cabeza. tampoco. de los cielos emana su gracia…» «Vaya. —Matt. Del cielo emana su gracia… «¿Quién es Elena? —pensó—. caballos de carreras. Aquello era horrible. . ¿Qué posee? ¿Qué todos los chicos la elogian? Pura. pero tenía caballos. Se había perdido los últimos minutos de conversación. —Claro. A Matt el corazón le dio un vuelco. —Me encantaba contemplar como se movían aquellos pura sangres. El rostro estaba totalmente serio. Eran las cosas más bellas que puedas imaginar… para ser animales —añadió apresuradamente.

y él se dio cuenta de que decía la verdad. cuando Elena le apretó los dedos con calidez y luego la retiró ella misma. eternamente —Alargó la mano hacia su bebida de cola. De algún modo. Se movían de un modo que no puedo describir… una especie de eterna languidez. como un descapotable. Cuando eres parte de él… y estás tú solo allí fuera sintiendo el aire y el suelo… es como… físico. E imagino que es un motivo de que me guste pensar en ellos. Tenían estas patas largas y delicadas. —Así que la velocidad es parte de ello —repuso Elena. casi burlona pero sin romper en ningún momento el contacto visual con él. —Gracias por escuchar —dijo él—. con las mejillas refulgiendo rosadas a la luz de las velas. llevado por la emoción. —Así pues ¿alguna cosa más sobre «coches realmente buenos»? —preguntó ella. —Velocidad. hay algo digamos que físico en la conducción de un coche que te deja sentir cada bache de la carretera. —No te disculpes. Como si quisieran correr tan rápido como pudieran. pues la muchacha había estado sosteniendo un pedazo de pan en la mano. Eran… realmente bonitos. Se sintió enrojecer y estaba a punto de volver a ponerla donde la había cogido. me dejé llevar un poco por el tema. sí. de algún modo. bruscamente.15 —¿En qué modo eran hermosos? —Bueno… simplemente… no lo sé. Gracias a Dios que el pan no estaba untado de mantequilla. Como cuando consigo conducir un coche mejor que El Montón de Basura de ahí fuera. y también lo son los coches. A veces. hay… hay algo —tuvo que romper el contacto visual con ella para decirlo—. sonriéndole. con las crines siempre agitándose y oscilando. Lo que quería decir es que los caballos son velocidad. uno siente como si fuese realmente parte del coche y él parte de uno. había tomado la mano de Elena y la oprimía. advirtiendo de improviso que había estado hablando durante un largo rato—. sin prestarle atención. Me pareció que era realmente fascinante —respondió Elena. Eran sencillamente increíbles. La voz se le atoró en algún punto de la garganta mientras contemplaba con arrobo a la hermosa muchacha que tenía justo delante. que sí estaba interesada. dominado por la confusión. pero uno se daba cuenta de que también tenían una barbaridad de energía contenida en su interior. y conduzco realmente deprisa en una recta o tomando pequeñas curvas cerradas de una colina. Matt se detuvo. y le bajo la capota. y estas cabezas que estaban siempre alzadas al aire. Lo siento. . —Bueno. Es como volar. pan incluido.

creo que sé lo que quieres decir. Pero ella meneó un dedo ante él como si fuese una maestra reprendiéndole. Eso debió de ser increíble —Contempló su plato—. pero Matt ya ni siquiera estaba en la habitación. cuando lanzaste un pase de ensayo de cincuenta yardas? ¿Fue o no fue increíble eso? Matt la miró con ojos desorbitados. —No seas tonto. —¡A mí también me gustaría! —farfulló Matt. —¡Vaya. te estás ruborizando! Pero… —en una voz repentinamente seria—. a toda velocidad. y les ayudó a ganar el Orange . Pero una cascada de risas le hizo ruborizar y a continuación dos manos cálidas tomaron las suyas. Inmediatamente. golpeándole en la cabeza de vez en cuando. —¿Te gusta el rugby? —Bueno. Tenía la vista fija en su redondo plato blanco y se ruborizaba. pero eso no sucedió. Siguió hablando. Ojalá tuviera alas. ahí me has cogido. No me gustan todas las lesiones. —Pero antes de eso —dijo—. Matt.16 ¿sabes? Como… sexy. era perfecto. Pero mi padre… era un ala cerrado con los Clemenson. Casi como si fuera un pájaro. entonces. Para ser sincero. Simplemente el viento que soplaba a toda velocidad. Si su corazón hubiese podido latir con más fuerza. Pero latía ya al máximo. Entonces alzó la cabeza y Matt habría jurado que había un brillo de lágrimas no derramadas en sus ojos. Cuando regresó ella reía y le contaba algo sobre una experiencia haciendo parasailing que había tenido en una ocasión cuando los navegantes accidentalmente la habían desembarcado en la arena y no en el agua. y la sensación de viajar. Estaba describiendo círculos alrededor del sistema solar más o menos en la zona del planeta Neptuno y cometas y asteroides navegaban por allí con él. creo que lo más increíble que me ha sucedido a mí es… esta noche. lo habría empezado a hacer. ¿Qué hay de aquel partido contra los Bullfinches. —Me encantaría hacer parasailing. Matthew Honeycutt. Elena no reía. por el aire. y no me gustan la mayoría de deportistas. con la ensenada grande y azul bajo mis pies. Casi temió mirarla. Te refieres a algo que he sentido con coches… pero que nunca he sido capaz de describir. pensó que la risa burlona de Elena le bajaría los humos.

—Bien. y se sorprendió a sí mismo diciendo: —Dime su nombre y le partiré la mandíbula. —Bueno. —Bien. el mayor número de pases atrapados en una temporada. inició un negocio en su lugar. —No creo —replicó ella— que nadie pudiera estar furioso contigo mucho tiempo. y… —Corriste a la derecha para fingir que entregabas el balón a Greg Fleisch. . Matt se obligó a reír. Papá tiene una barbaridad de récords. Pero de algún modo se obligó a adoptar una expresión de falsa severidad y agitó un dedo ante ella. pensó Matt. Aquello último lo añadió con una dulce sonrisita que un inquisidor español —el mismo Torquemada. apuesto a que no sabes nada sobre mi auténtico momento de gloria —dijo—. Estaba flotando en las nubes. me rompieron la clavícula. de modo que pudiera rascar toda la longitud de la tibia con el tacón. yo ya le di una patada en la espinilla —respondió ella con tranquilidad—. Jugábamos contra los Ridgemont Cougers y el resultado era de empate y yo estaba desesperado. Así que simplemente tenía que aprender cosas sobre ello. —¿Por qué no se hizo profesional? ¿O sí lo hizo? —No. también —dijo Matt. Incluso los seguidores de los Cougers se volvieron locos. el mayor número de ensayos atrapados en la vida deportiva de un… Matt se encontró mirándola boquiabierto. Pero me dejó sus instintos para el rugby. Pero yo ni siquiera lo sentí. tal vez— habría envidiado. No sabía cómo se sentía. Hacia atrás. ya sabes. Su corazón planeaba en doce direcciones distintas a la vez. sonriendo de oreja a oreja—. El reloj corría y de improviso tuve esta idea alocada y grandiosa. el mayor número de pases atrapados en un partido. —La gente chillaba y se besaba y arrojaba cosas —siguió Elena—. «Y apuesto a que su mente no estaba puesta en el partido». el mayor número de ensayos atrapados en una temporada. —Sí. el medio zaguero — interrumpió con soltura Elena—. Pero conservaste la pelota y corriste… y corriste… y corriste para llevar a cabo un sorprendente ensayo justo antes de que cuatro Cougers te placaran a la vez. me doy cuenta de que será mejor que evite que te enfurezcas conmigo —dijo Matt. mostrando las uniformes perlas blancas que tenía por dientes. y Elena volvió a reír.17 Bowl. Uno de ellos me agarró e intentó besarme en la boca.

y no supo qué pensar de ello. simplemente perfecta. Se le paga para atender a la gente. que costaba sólo . colocándose una mano sobre la boca para ocultar a medias una risita. Era la primera vez que Matt había visto el lado «princesa de hielo» de Elena Gilbert. —Ah. Ella le miró por encima de la mano curvada sobre la boca y a continuación ambos se pusieron a reír histéricamente. y abrieron las cartas. se dijo. es como… la persona más perfecta del mundo: lista. —Por supuesto —respondió Elena en una imitación de los modales refinados del siglo XIX. si Elena fuese realmente perfecta. Es tan sólo un camarero. A pesar de todos sus preparativos. —Estaremos listos en unos minutos —indicó Matt. Y si alguien en el Robert E. Elena Gilbert era esa persona. luchando por respirar. «Todos esos idiotas —pensaba—. Un bistec Nueva York eran 39 dólares. sencillamente se están perdiendo todo el maldito partido. Por supuesto. pero más importante aún. y como hace que uno se sienta tan bien consigo mismo. bueno —Elena enarcó las cejas con indiferencia—. evidentemente irritado. —Imagino que es hora de mirar nuestras cartas —dijo Elena. es una preciosidad. Iba a decir algo cuando alguien detrás de él tosió con premeditación. Lee tenía derecho a mostrar una actitud como aquella. —¿Te parece? —dijo él y le entregó una carta. no sería humana. y…» Matt sintió un loco impulso de hincar una rodilla en tierra y pedirle que se casara con él allí mismo. en su tono de voz más principescamente displicente. él podía pedir el pollo. y… bueno. Matt miró a Elena. El modo en que hace que todo sea fácil. El camarero marchó casi echando pestes. —¿Pensaban monsieur et mademoiselle pedir ya? —chirrió el camarero. Pero. Pero si Elena pedía un bistec. después de todo. —Pobre tipo —dijo Matt. ingeniosa y divertida. los precios todavía dejaron a Matt sin aliento.18 Matt no supo qué decir. Luego prorrumpió en carcajadas ante lo absurdo de todo ello. Todos esos perdedores que sólo quieren salir con ella debido a su belleza.

—No nos olvidará fácilmente —dijo. puedo limitarme a «tener dolor de estómago» y no poder pedir ningún primer plato. Eso serían 62 dólares. El camarero había regresado. ¡Espera! Ya lo tenía. Matt asintió vigorosamente para no tener que mirarla a los ojos. tendría que limitarse a beber agua normal a partir de aquel momento. estaban las bebidas. Eso hacía un total de 72 dólares. ella una. Aquella agua mineral con gas costaba 7 dólares la botella… cada cola eran 2 dólares. pareciendo más estirado que nunca. la sonrisa de Elena cambió y se convirtió en una mueca pícara. enmarcándola en luz multicolor. de quince dólares. sin apenas dedicar una mirada al camarero. Todo iba a salir bien. y esperar que tal vez Elena no quisiera tomar tanto un entrante como un postre. —Yo… quiero decir nosotros… nosotros… tomaremos cada uno media… —Nos gustaría compartir una César —indicó Elena con calma. y miró a Matt a los ojos. Y la propina del aparcacoches. pero también había que tener en cuenta el entrante. Y los impuestos. —¿Con qué quieres empezar? —musitó Elena—. un momento. Es realmente buena. Matt deseó tener algún modo de capturar la imagen para siempre. La luz de un candelabro brillaba sobre su hombro izquierdo. Al menos era únicamente una César. Te la preparan en la mesa aquí. Bueno. «Diablos —pensó—. ¡Por lo que a mí respecta ella puede pedir langosta si quiere! . Ya se prepararía un bocadillo cuando llegara a casa. Los platos principales llevaban una guarnición de verduras.19 23 dólares. como si en algún momento ella pudiera simplemente desaparecer en la luz. ¿Sí? —Eso es —respondió él con entusiasmo. Yo por lo general pido media ensalada César. Luego incluso si ella quería un postre. Había un algo de salmón ahumado en la lista de entrantes. Había algo en Elena —como si centelleara en los bordes— que no había visto nunca antes en una chica. él tendría más que suficiente para darle ese gusto… pero. sonriente—. Luego me recuperaría a tiempo para tomar el postre o algo. Él había tomado dos. Era como si la luz danzara constantemente a su alrededor. Y la propina. Cuando el camarero hubo marchado con paso majestuoso. que costaba sólo 10 dólares. Podía sugerir que compartieran una ensalada de espinacas. Podía tomar aquello como plato principal —Matt sabía que se podía hacer— y serían sólo seis dólares. Matt tomó la palabra.

Margaret los trae a casa medio muertos de hambre. qué adoraba dormir en cajas o en cajones abiertos. y contó una historia sobre cómo Bola de Nieve. —Bueno. pero contrajo cáncer y… bueno eso fue hará unos seis meses. —¿Gato au vin? —sugiriendo. tenía una vieja labrador retriever —contestó lentamente—. sustentándole. No tengo ni la menor idea de por qué se me ocurrió llamarla así. . —¿Tienes alguna mascota? —preguntó Elena de improviso. tú lo has dicho. Luego alzó los ojos y vio que ella le sonreía a los ojos otra vez. Nadie decía nada. Los ojos de Elena lloraban pero la boca gorjeó. Una sensación como a lenta melaza dulce se escurrió de su tacto y penetró en las venas del joven. sintiéndose enrojecer—. Elena siguió diciendo: —Nosotras no dejamos de perder gatos. Matt no pudo evitar una carcajada. —Como en… un gato que ha sido atropellado por un… sí. tía Judith se mata cuidándolos y luego ellos se dedican a correr por el vecindario… —Efectuó un leve y significativo gesto. —¡No sabes el escándalo que armó! —exclamó Elena. La muchacha le tocó la mano levemente. con un dedo.20 Empezó a sentirse violento. no obstante. Rió mientras el camarero preparaba una ensalada César junto a la mesa también. se había quedado encerrada dentro de uno cuando era pequeña. Elena rió con ganas. Matt se estremeció. No soportaba demasiado bien la idea de animales peludos acabando hechos papilla. Matt deseó que no retirara aquel dedo. —Creo que Calzones es un nombre perfectamente respetable —respondió Elena. No lo hizo. —¡Matt! ¿Cómo se llamaba? —Calzones —admitió él. —Esto… El primer impulso de Matt fue comprobar si había pelos de perro en la chaqueta o algo así. pero tenía que actuar de un modo viril al respecto. Le puse el nombre cuando tenía cuatro años. y luego le contó la historia de cómo un año antes Calzones había puesto las patas sobre la encimera y cogido los restos de un pavo de acción de gracias y penetrado en la sala de estar sosteniéndolo como un trofeo. imitando el gesto de servir una copa de vino.

Quizás. Me gustaría comprar ésa. mientras Matt se preguntaba de improviso si debería haberle comprado todo un ramo —podía ver el letrero del cesto ahora. se alejaba. Había creído que uno tenía que permanecer sentado muy atento y observar cómo se mezclaba la ensalada. sus mejillas. Le recordó a Elena: su tez. de modo que añadió rápidamente: —Y por supuesto va acompañada de una predicción de la fortuna en el amor… para cada uno de vosotros. y Matt se dio cuenta de que iba a decir a la vendedora que se fuera. su cabello. Una genuina rosa florentina como las que pintaba Botticelli. pero no. así que se apresuró a responder: «¡Fantástico!». Tocó con delicadeza una rosa que estaba casi totalmente abierta. Elena conversaba con Matt sin dedicar ni una mirada a la joven. Aceptó su plato con un alegre «¡Esto tiene un aspecto fabuloso!» y un ademán indicando que no quería el pimentero con pimienta recién molida. Debió de ver la expresión de sorpresa de Matt —la rosa que había comprado en la floristería había costado únicamente cinco dólares—. —Espera —dijo—. Cielo santo. que iba vestida como una gitana. y ella cerró la boca. —Es muy bonita. Era blanca en su mayor parte pero los pétalos interiores tenían un leve tono rosáceo y los exteriores un color casi dorado. una elección perfecta —respondió la joven gitana—. Y sólo son catorce dólares. y sólo costaban un dólar más porque las rosas que llevaban eran miniaturas— o tal vez una rosa totalmente blanca para que hiciera juego con el vestido.21 Matt rió con ella. No había ningún motivo para hacerlo —fue un impulso idiota— pero algo dentro de Matt estalló cuando vio que la muchacha. al haber salido con tantos otros chicos… pero ¿qué importaba eso? Esta noche estaba con él. era un estúpido. y pareció un tanto solemne por un momento antes de sonreír. ¿Por qué no comprarle sencillamente una rosa roja y hacer que los colores desentonaran completamente? . —Muchas gracias —dijo tomando la rosa. Quizá lo había hecho. Una muchacha paseaba por la sala vendiendo ramilletes de rosas y rosas sueltas. era evidente que Elena había visto más que suficientes de tales atracciones secundarias. como si lo hubiese hecho toda la vida. Elena abría ya la boca.

los dos. Finalmente. Pero Elena seguía riendo. Por fin. Ten cuidado con los jóvenes morenos y los viejos puentes. Y al final. Luego veo que las cosas se ensombrecen… habrá peligro. medio niña y medio mujer. ¿Esto. en un falso acento francés. Y entonces Elena y Matt pudieron echarse a reír tan histéricamente como quisieron. ni a carcajadas ni por lo bajo. en mi tienda «Amor y Rosas». de amor o de maleficio. Matt sólo se calmó cuando recordó que probablemente debería de haber comprado la rosa blanca. —Gracias. y «Puez cí. clago». Matt hizo lo que pedía. —¿De veras? —Matt sintió una oleada de apasionado alivio que surgió en forma de una carcajada más bien tonta—. visitadme en Heron. gracias —repuso Matt. prevalecerás sobre la oscuridad y brillarás otra vez. para que hiciera juego con el conjunto de Elena. antes de que sigas adelante. y justo entonces le acometió un ataque de risa. —Esto. —Meredith se lo habría refutado todo —jadeó ella por fin—. pero la mujer dijo: —Para pociones. mirándole todavía la palma—. Sabía que no podía reír. preguntándose si ella esperaría que le diera propina. Entregó una tarjeta a Matt y se alejó tan tranquila con sus ramos. nada conseguirá arrancarte de su lado. «Señor —pensó—. —Y tú —dijo la mujer a Matt. Matt echó un vistazo disimuladamente a Elena y por la mano que ésta tenía sobre la boca y sus ojos arrugados vio que tenía el mismo problema. Siempre estarás dispuesto a colocar los intereses de tu amor por delante de los tuyos. también. Se sintió como un estúpido. Ahora que has caído bajo su hechizo. y eso lo empeoró inmediatamente.22 —Un rosa florentina fresca de tallo largo —dijo la gitana— y una doble predicción amorosa. «Una época de oscuridad antes de que sigas adelante…» Pero la rosa… es la más bonita que he visto nunca. Sonrojándose. la gitana dejó de farfullar y habló a Elena: —Tendrás casi un año de luz y alegría. pero apenas podía contenerse. mientras la gitana estudiaba minuciosamente sus extendidas palmas. Pero veo una época de oscuridad en el corazón para ti. que era bastante. farfullando: «¡Um!» y «Ya veo». ¡no permitas que estalle!» No en aquel momento. Mostradme las palmas. Elena inclinó la cabeza muy seria en su asiento. tú has encontrado a tu amor. mejor que una blanca? .

Meneando la cabeza para sí. Tienes mucho dinero. El único problema era que le hizo necesitar echar un vistazo al billete de cien dólares. Realmente había desaparecido.23 —Desde luego —Elena se acarició la mejilla con la flor—. Al fin tuvo que permitir que las palabras afloraran a su mente. El billete de cien dólares no estaba allí. luego sacó el billetero y empezó a calcular frenéticamente. pero éste era por dos motivos. Matt podía sentir el inicio de otro sonrojo. . digamos el pollo con piccatta de setas silvestres —sentía que tenía memorizada la carta a aquellas alturas— eso serían 25 dólares. bueno. —¡Vaya. también. «Anda. salió a toda prisa en dirección al bar para localizar un baño. Matt entró y se introdujo en un compartimento. relájate —se dijo antes de empezar—. Matt Honeycutt! ¿Tú un adulador? —Elena le golpeó suavemente con la rosa. —Me alegro tanto. si ella pedía. Normalmente. tocarlo para que le diera buena suerte. «Regresa ahí fuera a ocuparte de tu chica». si recortaba las propinas estrictamente al mínimo. Y palpó en su interior. habría jurado que oyó decir a tío Joe. Había desaparecido. Y palpó frenéticamente en él y alrededor de él. Ella. Simplemente no hagas más cosas impulsivas como la rosa. Y era un buen consejo. mientras al mismo tiempo sentía una patada en el trasero que pareció surgir del bolsillo posterior. y luego empezó a acariciarse los labios con ella. por favor? Y sin apenas esperar su cortés asentimiento de cabeza. giró el billetero lateralmente para dejar al descubierto el compartimento secreto y palpó en su interior. un azoramiento sobre cómo expresar lo que tenía que decir. y no cuentes con dar grandes propinas. El servicio de caballeros estaba justo al final de un pequeño pasillo.» Ahora. Jamás he visto una como ella. habría existido un tercero. que sólo costaba 12 dólares. consiguiendo casi volver del revés la cartera. Y entonces él podría pedir el entrante de pastelillos de salmón. pero su necesidad de averiguar cómo estaba la situación monetaria era tan apremiante que simplemente dijo: —¿Me disculpas un minuto. me recuerda a ti. Y entonces podían incluso tomar postre y café. y contemplarlo para sentirse reconfortado.

. Aquello era… ¿cómo iba a acercarse a Elena y decirle que no tenía el dinero para pagarle la cena cuando ya estaban allí comiéndola? Dios mío. Y lo terrible era que no habría tenido que suceder de aquel modo. ella no volvería a hablarle durante el resto de su vida. soñando despierto con la cita. Nada. pero siempre pago a escote. ¿Podría haber ido a parar al interior de un calcetín? ¿Podría haber acabado metido entre su ropa sucia? No. Eran más de las nueve de la noche —no era extraño que el camarero estuviera tan furioso— y su madre ya estaría dormida. Su otro dinero estaba allí. Matt pasó los siguientes diez minutos ocupado en el registro a fondo más frenético e íntimo de su vida… de todo su cuerpo. Y ahora. Lo que fuera que eso significara. ¡Maldita sea! Casi podría llorar. además estaba a media hora en coche de ellos. ¿Había otros compartimentos en alguna parte? No. Finalmente tuvo que admitir que nada excepto aquel hecho concreto importaba. Lo cierto era que ella incluso se lo había confirmado cuando él había reunido el valor de tartamudear las palabras: «¿Quieres salir conmigo el próximo sábado?» Recordaba exactamente el modo en que sus ojos azules se habían iluminado y como había dicho: —Sí. Miró en todas partes. Le había salido el tiro por la culata. Pero tenía que hacerlo. Existía el rumor de que Elena Gilbert jamás salía si no pagaba la mitad. no lo harás. Y a él lo arrestarían. el más idiota entre los idiotas. lo encerrarían como a un estafador… o como fuera que llamaran a aquello… No podía hacerlo.24 ¿Dónde? ¿Cuándo? Lo había visto por última vez cuando jugueteaba con el billetero en casa. ¿qué hacer al respecto? Cielos. no le habían robado. ¿Qué podía haberle sucedido? Desesperadamente. había hinchado el pecho y respondido: —No esta vez. pero… no había billete de cien dólares. ¿qué podía hacer él? La mayoría de sus camaradas estaban prácticamente sin blanca en otoño. Sabía que lo había visto entonces. Los cien dólares habían desaparecido. Y él. Su madre… echó una ojeada al reloj y se estremeció. rebuscó en el resto del billetero. Su turno en la panadería empezaba temprano.

es la verdad. Y entonces oyó el más increíble de los sonidos. estás delirando. Ésta rebosaba animación. ¡Elena! Su precioso y perfecto ángel se sentiría… —Matt. ni siquiera la seca polilla marrón que imaginaba que había en su interior. —No. con su centelleante vestido azul luz de luna. Demonios. Era una expresión de sereno y solitario sufrimiento. cambiando toda su actitud-. estás enfermo. y el horror en que se había convertido. no podía decir si era una expresión buena o mala. y luego intentaba hablar con el encargado en privado? La situación económica era difícil en casa de los Honeycutt justo en aquellos momentos. acabó su relato. Y diciéndose eso. ¿Matt. pero ¿cuándo no lo era? Sin duda su madre le prestaría el dinero por la mañana. qué sucede? Matt abrió la boca pero no salió nada. el modo en que se había esforzado para hacer que la cita fuese perfecta. Elena se sentiría humillada. Matt parpadeó y empezó a ver con claridad poco a poco. a lo mejor eso funcionaría. Además. fregando platos. Tuvo que girar la cabeza para asegurarse de que lo había oído realmente. Y se encontró revelándole la historia de su tío Joe. Clavó la mirada en el inmaculado mantel blanco. del modo en que lo haría un soldado la noche de su primer combate. ¿Qué podía hacer? ¿Te dejaban al menos fregar los platos para compensarlo si no podías pagar la cena? ¿O era eso una leyenda urbana? No podía imaginar a Elena. con las manos heladas y un temblor constante recorriéndole. ¿Y si sencillamente dejaba que la cena prosiguiera hasta su conclusión. —Monsieur Garçon pasó por aquí pero le dije que se fuera.25 Sencillamente tenía que hacerse. Allí se obligó a sentarse de cara a Elena. Finalmente. Podía imaginar qué aspecto debía de tener: el rostro de un blanco azulado. —Matt. Quizá si actuaba como si estuviese realmente enfermo… —Perdí el dinero —se oyó contarle a Elena. Pero pensar en la expresión del rostro del camarero hizo que aquel plan se fuera a pique. se obligó a regresar a la mesa. Regresará en… —Se interrumpió bruscamente. . Hemos de llamar a un médico. Observó mientras el rostro de Elena adoptaba una expresión distinta. Estás totalmente helado.

Alzó la mirada sin ánimo. alzó la mirada hacia ella y sonrió. Aquel «sí que lo siento» fue suficiente para abrir un agujero en el costado de Matt y hundirle. Lo olvidé. —¿Han decidido monsieur y mademoiselle finalmente que comer aquí esta noche? –preguntó el camarero. ¿Mademoiselle? —«Madame». —¿Realmente crees que podemos hacer eso? —Sé que podemos. reía con él. merci. Pero ésta era la primera vez que la oía. deja que mire… ¡ah! —De improviso se mordió el labio disgustada—. coge la mía. poco a poco. Vaya. sí que lo siento. Pero de nuevo entonces. Y luego la boca no hizo más que abrirse y cerrarse. con dos cucharas. Se limpió justo antes de que regresara el camarero. Y se quedó boquiabierto. . sin importarle realmente ya qué fuera a sucederle. ¡Lo que has hecho simplemente para conseguir que todo esto sucediera! Pero puedes dejar de preocuparte ahora. ahora límpiate la cara porque parece como si acabaras de correr una maratón. Y me gustaría un suflé de chocolate. Tenía que ser su imaginación. que asintió—. —Matt. Elena entrelazó al instante los dedos con los de Matt sobre el mantel. oyó una risa melodiosa y pícara. Así que escuchó. porque tengo un plan… Años más tarde aprendió a desconfiar de aquella frase: «Tengo un plan». por lo que has pasado. —Bueno. Ahora escúchame. ¿Has perdido tu servilleta? Toma. Luego. mirando a Elena. no pasa nada —Por debajo de la mesa una mano cálida halló una de las suyas y le dio un rápido apretón—. pero lo cierto era que a Matt le pareció que podía oler el perfume de Elena en la servilleta. Todo irá perfectamente.26 Elena reía. si’l vous plait –dijo Elena con dulzura—. debido a este espacio en blanco aquí —Señaló la carta y él se la quedó mirando fijamente. la cabeza inclinada a un lado y con lágrimas de conmiseración en los ojos. —Mademoiselle… —El camarero parecía a punto de estallar. ¿Se reía de él? No. Aquí está. como si fuera un pececito de colores. me lo gasté todo en este bolso y maquillaje nuevo. Yo debería tener suficiente para que salgamos del apuro —Hizo un veloz movimiento y cogió un bolsito que hacía juego con el conjunto azul—. —Matt. en tono lúgubre.

ni hablar. evidentemente haciendo acopio de toda la dignidad a su disposición. —Desea… —Dos bolas de helado de vainilla —Matt temía que el camarero fuera a explotar. —Eso —dijo el camarero como si intentara mantener su actitud altiva. y señaló la carta—. girando hacia Matt. dándole la espalda a Matt—. sí. Matt y Elena se desternillaron de risa. dos bolas de helado de vainilla. Por lo que a mí respecta no tendrá propina. Entretanto… ¡Bon appétit! Una vez que hubo marchado. —Monsieur. La crisis parecía haber finalizado ya. la gente empieza a mirar. No hay nada aquí que diga que exista una consumición mínima por cliente. y le pediré que «salga a la calle» si vuelve a suceder. ese lugar donde hacen perritos calientes allá en Fell's Church. no puede… no puede… —El rostro del camarero era rojo teja. Ah… y dos cafés. —Pero sí que podemos —le respondió Elena en su voz más dulce. y se las arregló para darles la espalda sin estallar. pero anotó algo en su bloc. El hombre había pasado del color rojo al blanco. pero estaba a punto de estallar como un globo— se debe… se debe… ¡a que la clientela a la que servimos lo sabe perfectamente sin necesidad de que se le diga! Elena se llevó tres dedos a los labios. Pobre hombre… tendremos que darle todo lo que nos quede como propina… —Propina. —El suflé tardará media hora en estar listo —dijo. —C’est impossible… —murmuró el camarero. —¿Y monsieur? —inquirió en voz glacial. a la vez que dominaba idénticos impulsos de salir corriendo y de prorrumpir en risotadas histéricas—. Y lo que más me gusta hacer cuando salgo con alguien… y. esto. En… en realidad . —Madame. ¿viste su cara? —jadeó Elena—. no quiero parecer un bicho raro…. yo? Me gustarían. pero me gusta pasear por el cementerio o el Bosque Viejo a la luz de la luna. —Dios mío. El camarero se controló. Y dos cucharas —Se encontró diciendo Matt. esto. Realmente eres un caballero de brillante armadura. —¿Ah. Fue grosero contigo. —Matt.27 —«Madame» —le recordó ella. Pero ¿puedo decirte algo? Mi restaurante favorito es Hot Doggles….

Y supo que sus ojos también le respondían algo a los de ella. observando su rostro con avidez. sintió una patadita. Pero de algún modo lo había. —Como hacer paracaidismo—dijo Matt. Quiero ascender con la cometa. —Serán citas para cenar en sitios como Hot Doggles o algo parecido… ¿has probado alguna vez Midge’s. No bien lo hubo dicho. A veces no quiero dejarla ir. —Así que es por eso que nunca me pediste para salir. Entonces la dejas ir —Su expresión se tornó soñadora—.28 no me importan las cosas lujosas. en realidad. pero es realmente emocionante correr y correr y de improviso sentir el tirón del viento. Si me gusta un chico… —y en este punto sus ojos parecían estar diciendo algo que Matt apenas podía permitirse creer— prefiero ir a su casa y escuchar música. Y de nuevo los ojos de la joven le dijeron algo. No había ningún tío Joe para darle una patada en el trasero. sintió ganas de arrancarse la lengua de un mordisco. En su lugar decía entristecida: —Muchos chicos piensan eso. . Y quiero lo que quiero cuando lo quiero. Supongo que lo soy. ¿Has hecho volar una cometa alguna vez? Sé que es cosa de críos. Matt abrió la boca y de nuevo nada salió de ella. y charlaremos y sencillamente nos divertiremos. Los deportistas que necesitan suspensorios para sus cerebros —Sacudió la cabeza. —De haber sabido que eras esa clase de chica. justo en Main Street con Hodge? Es fabuloso. Simplemente para los idiotas que tengo que aguantar algunas veces. Imagino que es cosa mía poner las cosas en su lugar —Se sentó muy tiesa y volvió a sonreír. y las palabras simplemente brotaron de la boca. Y en esta ocasión no pudo hacer otra cosa que creerlo. Pensaba que eras… una especie de princesa mimada. de modo que la hermosa y ondulante cabellera dorada se balanceó de un lado a otro. en esta ocasión de un modo radiante—. No obstante el billete desaparecido. El resto es simplemente… —Realizó un ademán displicente con la mano—. o llevarlo a casa a cenar con mi familia. Sé lo que me gusta cuando lo veo. te habría pedido que salieras conmigo hace mucho tiempo —soltó—. Pero Elena no estaba furiosa. Cuando llegue la primavera iremos de picnic. Y cuando te saque a cenar en nuestras siguientes tres citas… —¡Tres citas! Ella asintió solemnemente.

para salvar el helado que empezaba a derretirse. Ni siquiera dijo «¡Bon appétit!» —¿Lo conseguimos? —musitó Elena mientras Matt calculaba frenéticamente las propinas para el camarero y el aparcacoches. Entonces. la pasó con suavidad por una de las bolas de helado medio derretidas y sonrió a Elena. O bien se comía el postre o se encontraba con suflé derramado por todo el vestido color luz de lu- . porque parecía como si se dirigiera directamente al Cielo. no obstante. Pensaba que eras como ella. ¿no crees? Justo entonces llegó el postre. multiplicada por diez. ¿No sería divertido hacerlo juntos? O dar un paseo en globo… He oído que tienen de esos en Heron. Matt contempló cómo el camarero depositaba solemnemente un lo que fuera de chocolate frente a Elena —y dos cucharas— y dos bolas de helado de vainilla donde estaba él… y dos cucharas. Pero yo te vi primero. Tendremos que ahorrar. Tampoco le importaba. dejó sobre la mesa una carpetita con la cuenta en su interior y giró sobre los talones como si no quisiera volver a verles jamás. Pero nada de salir con ellas. en ocasiones lo soy —replicó Elena—. digamos que. Elena sólo dispuso de una fracción de segundo para decidir. Cada uno quería que el otro tomara el primer bocado de suflé de chocolate. mientras Elena abría la boca para preguntar si estaba bueno él rápidamente llevó la cargada cuchara a la boca de la muchacha y la introdujo en ella. me gusta el paracaidismo. Entonces vio la mirada que ella le dirigía y quiso taparse la boca. Finalmente. —He conocido a Caroline durante años y años —se oyó decir—. Matt no sabía qué estaba pasando. únicamente. —¡Y nos queda un dólar! —le musitó él en respuesta. Dice que siempre decimos «hombres» cuando queremos decir «hombres y mujeres» así que todas estamos acostumbradas a decir «gente» para todo a estas alturas. Matt tomó una cuchara colmada del postre. —Ah. Sencillamente tendrás que descubrir en qué modos.29 Le encantaba mirarla cuando tenía las mejillas enrojecidas y los ojos azules llameaban. y de nuevo prorrumpieron en carcajadas. sí. ¡en invierno podemos hacer gente de nieve! —¿«Gente de nieve»? —Eso es cosa de Meredith. —Bueno. Quiero que las conozcas a todas: Meredith. Bonnie está chiflada por ti. Bonnie y Caroline —Alzó un dedo con gesto severo—. Luego les sirvió café.

terminando con un sorbo de agua y un último toquecito con la servilleta en los labios. El postre era fabuloso. Y eso hicieron. y luego su rostro se tornó serio—. y Elena parecía tan complacida consigo misma. —Es… ¡perfecto! Y la joven se echó a reír. y para cuando grandes gotas de un blanco amarronado empezaron a caer de la cuchara. —Abre bien —sonó melodiosa una voz dulce en sus oídos y él abrió rápidamente la boca tanto como pudo para engullir un enorme y pegajoso bocado de delicioso chocolate caliente mezclado con dulce y frío helado de vainilla. No. deseando que no se hubiese enfadado—. A continuación. —Será mejor que nos comamos todo esto rápidamente antes de que se derrita. —También puedo ser tozudo —dijo Matt. —Lo es. —¿Qué? —musitó apenas él. lo hicieron sin peligro sobre una servilleta que Matt sostenía en la otra mano. —Es fabuloso —consiguió decir él. —¿Sabes qué? —dijo ella. aunque por fortuna ninguna cayó sobre el vestido color azul luz de luna. —¿No lo es? —A Matt casi se le paró el corazón. y a continuación. Desde luego. ¿verdad? —respondió Elena con un guiño.30 na. ¿Está bueno? —Delisioso —respondió ella con cierta falta de nitidez. le costó mucho creerse aquella expresión. mirándole profundamente a los ojos. Todo ello tuvo como resultado pequeñas salpicaduras de chocolate. pero más fabulosa era la expresión en los ojos de Elena cada vez que Matt alzaba la mirada. . no lo es. riendo y dándose de comer el uno al otro algún que otro bocado. casi demasiado tarde. inclinándose al frente como lo hacía para recoger goterones de postre de su barbilla tan cuidadosamente como un barbero. mostrando unos dientes blancos y relucientes a pesar del chocolate. Matt sólo pudo esperar que su propia sonrisa de alivio estuviera tan libre de pringue como la de ella. así que tuvo que alzar la mirada frecuentemente. Tomó la decisión correcta. limpiándose la cara con la única servilleta a la vista. pero sabía tan bien. Estaba seguro de que parecía un idiota allí sentado masticando el inmenso bocado. antes de que Matt supiera qué sucedía un objeto se alzó de la nada ante él y frío metal tocó sus dientes.

tío Joe realmente dijo eso: “colmándola de fruslerías”. «¿Realmente creías que te dejaría en la estacada. le encantaba escuchar sus historias. debajo del pie derecho. ¿Qué. Se estaban burlando de él. al menos —El anciano indicó con la cabeza el zapato de Matt— . Fue casi como un mensaje —una broma— del viejo tío Joe. tal vez de más de sesenta años. pero no era el camarero. mirando las suelas. o quejándose de… alguna cosa. es evidente que te sobra el dinero. quejándose del largo rato que Matt y Elena habían estado allí. con una neblina oscura enturbiando la mayor parte de su visión. Pero al corazón de esta chica no se llega colmándola de fruslerías»… sí. —Os hemos estado observando a los dos. Y tengo que decir… —… que nos llevó de vuelta justo a nuestra primera cita otra vez —indicó la mujer en una voz aflautada que obligó a Matt a volver a reajustar la edad a tal vez setenta años largos o incluso a ochenta y pico. Elena se ruborizó de un modo encantador y no dijo nada. Por lo general le gustaba la gente mayor. . —Como para permitirte pisarlo. Iban a estropearlo todo quejándose del ruido. «Se llega mostrándole tu propio corazón. Poco a poco. estaba el billete de cien dólares. Y allí.31 Se estaban acabando el café cuando una sombra se alzó por encima del hombro izquierdo de Matt. «¡Ah. «¿Qué quiere ahora? He pagado la cuenta». sonriendo a Elena—. Matt alzó un pie y luego el otro. pensó Matt. joven —dijo el caballero—. ahora vas a hacer un puchero? ¡Haz el favor de mirarla!» Matt miró a través de la penumbra el rostro radiante de Elena. Había sabido que lo estropearían. Se trataba de una pareja algo mayor. Tú eres una jovencita preciosa. cielos!». Pero en aquel momento su instinto le decía que aquella pareja diría algo que le arrebataría todo el brillo a la cita. —Y a ti. jóvenes tortolitos —dijo el hombre en una voz ligeramente temblorosa que hizo que Matt reajustara su edad en unos diez años más—. igual que frotar las alas de una mariposa con dedos sucios. Matt se sintió enrojecer. chico? No. pensó Matt. le encantaba ver sus viejos desvanes llenos de recuerdos. no. ¿Te has dado cuenta de que tienes un billete pegado ahí? Todo se volvió muy lento y nebuloso. —Vosotros dos evidentemente tenéis algo muy especial —dijo la mujer en tono aflautado.

y tenía lágrimas en los ojos—.ljanesmith. Continuará… © L. lo habría mencionado antes —murmuró el anciano caballero—. —Si he de ser sincero. Smith ® L. lechuga y chocolate debe de tener algo especial —El anciano rió por lo bajo. por reparar en ello antes de que saliésemos fuera y se llenara de barro.» Y aquello era lo que esto había sido en realidad: una cita de ensueño. Pero os las estabais apañando tan bien… nosotros estábamos en el reservado de justo ahí… —indicó un reservado situado detrás de él—. y luego añadió—. «Estropearos el sueño. —Y yo digo que cualquier chico capaz de cautivar a una chica mientras le da de comer sólo pan. que no pude estropearos el sueño. Gracias por no estropearlo. Matt miró a Elena y Elena le devolvió la mirada y luego rió y abrazó al anciano. querida. He estado aquí en este restaurante… —Elena se encogió de hombros— como veinte veces. J.32 —Lo… lo siento tanto —consiguió decir—. Y gracias. mirando a Elena con admiración—. Seguramente se cayó cuando abrí el billetero la primera vez y luego lo pisé y entonces no podía verlo… pero… por todo por lo que te he hecho pasar… —Matt. ¿no es maravilloso? —decía Elena. No le dejes escapar. Creo que no lo haré.net Traducción: Gemma Gallart . Y tomó la mano de Matt y no la soltó en todo el tiempo que tuvieron que esperar mientras el aparcacoches conseguía cambio de cien dólares. Smith Versión original gratuita en www. J. —Gracias —volvió a decir Elena. señor. pero esta noche fue la mejor. —Gracias —dijo—.

Sign up to vote on this title
UsefulNot useful