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Discurso Foro de Historia

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Discurso/ponencia alcalde Borja Gutiérrez, en el Foro de Historia-Brunete
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LIBERALISMO EN EL SIGLO XXI: LA GRAN OPORTUNIDAD DE ESPAÑA

Buenos días a todos, Permitan que hoy inicie estas breves palabras con una cita extraída de la obra culmen de nuestra literatura, escrita por ese genio universal de las letras llamado Miguel de Cervantes: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos y con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar; por la libertad, así como por su honra, se puede y debe aventurar la vida”. No se me ocurre mejor forma de inaugurar este foro de Historia que rememorando a nuestros clásicos. Esos que hoy parecen tan denostados, pero en los que sigue residiendo la mayor fuente de sabiduría incluso en esta época en la que las nuevas tecnologías parecen arrasar con todo lo anteriormente establecido. Y he decidido regresar a El Quijote por un motivo. Sobre las aventuras y desventuras del manchego más universal de la Historia, se han escrito muchas y muy variadas interpretaciones a lo largo de los siglos. Doctores tiene la ciencia y no seré yo, que sólo soy un humilde devorador de libros, quien se
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aventure a interpretar lo que el genio de las letras trató de decirnos con las andanzas del enjuto hidalgo manchego y su fiel escudero Sancho. Pero permitan que sí haga referencia a la lectura que el poeta Luis Rosales realizaba de El Quijote: Para él, toda la obra giraba en torno a la libertad. Y coincidido plenamente en esta valoración. En primer lugar, El Quijote nos habla de la libertad individual. Nadie mejor que Cervantes, que estuvo preso buena parte de su vida, podía conocer mejor lo que se siente cuando un ser humano es privado de la libertad. En segundo lugar, El Quijote rezuma mensajes sobre la libertad del individuo para amar. Entiéndase esto como una metáfora no estrictamente romántica, sino como la necesidad del ser humano para involucrarse afectivamente con el mundo que le rodea. Al fin y al cabo, Dulcinea no es más que una metáfora de los más altos ideales que aspira a alcanzar todo ser humano en su vida. En tercer lugar, la magna obra de Cervantes indaga en el ideal de Justicia, del noble proceder del ser humano ante la indefensión de los más débiles; remarca el ideal de una sociedad igualitaria, en la que el ser humano es el epicentro de todo lo demás.
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Por último, esa ínsula Barataria a la que el noble hidalgo ansía llegar es el vivo ejemplo de la isla Ítaca, a la que Ulises trataba de regresar en La Odisea de Homero. Es la nación que todo ser humano aspira a construir y que condensa el espíritu y los ideales que anteriormente he expuesto. En definitiva, Cervantes parecía invitarnos a reflexionar sobre la moral individual y colectiva, sobre la capacidad del hombre para transformar la realidad, sobre el papel de la libertad y la justicia en la sociedad, sobre si es cordura o locura querer cambiar las cosas. Permitan que me atreva, en ese ejercicio de libertad, a expresar mi profundo convencimiento de que El Quijote quizá sea la primera gran obra del pensamiento liberal español. Traigo a colación esta reflexión sobre El Quijote, sobre la libertad y el liberalismo, en el año en el que celebramos el bicentenario de la Constitución de Cádiz, la popularmente llamada Pepa por haber sido promulgada el día de San José, el 19 de marzo de 1812. Mucho se ha escrito sobre la Pepa aprovechando esta efeméride. Incluso hoy, en este foro, se incidirá sobre su proclamación y sus valores, profundamente renovadores, que el texto encerraba.

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Pero permitan que aluda a la Constitución de 1812 para ejemplificar el devenir de la historia de España a lo largo de estos dos últimos siglos, nuestra intrahistoria como nación desde aquella tierra aún invadida por el ejército napoleónico hasta el día de hoy. Efectivamente, la Constitución de 1812 fue un gran éxito para nuestra nación. Suponía que una sociedad como la española, que aún luchaba contra el invasor francés, se diera la oportunidad de iniciar un nuevo camino, el de un nuevo régimen social y político. Una nueva nación basada en los principios de igualdad, justicia y solidaridad. ¿Por qué entonces estuvo en vigor durante apenas dos años? Muchos historiadores actuales e intelectuales de la época, como el sevillano José María Blanco White, apuntan a que la raíz de aquel fracaso no fueron los valores y principios que defendía. Si no, como amargamente declaró Blanco White, que al constitucionalismo le faltaba el pueblo. Como sucedió en el siglo XVIII con los ilustrados franceses que colaboraron con José de Bonaparte, los padres de aquella Constitución se dejaron llevar por el mito de la Revolución Francesa y pretendieron abrir camino desde la cima, sin la participación de un pueblo que, por otra parte, superaba el 90 por ciento
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de analfabetismo. Poco aprendieron de los males que aquejaron a ese Marqués de Esquilache al que el rey Carlos III se vio obligado a embarcar de regreso a Italia por gobernar para el pueblo pero sin contar con el pueblo. Ese pueblo, enfurecido en las calles de Madrid, que el 2 de mayo de 1808 no gritaba “Viva España” o “Viva la Libertad”, sino “Viva Fernando y mueran los franceses”, tal y como reveló en su día el propio Blanco White; o como escribió Gaspar Melchor de Jovellanos en una carta fechada en el año 1810: El pueblo se sentía ante la guerra “sin espíritu de patria”. Lamentablemente, el fracaso de la Constitución de 1812 se ha repetido en demasiadas ocasiones desde aquel entonces. A lo largo del siglo XIX y el siglo XX de nuestra historia, hemos asistido a numerosos episodios de siesta y navajazos, de agitación de casino, de alzamientos y espadones, de sentimiento trágico y falsas esperanzas al albur y excusa del futuro de la nación… episodios que siempre dejaban al pueblo en un segundo plano. Volviendo a la obra cervantina, más pareciera que España decidió enfrentarse a molinos de viento creyendo que eran gigantes y no molinos.

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Así lo apuntaba también, en uno de los Episodios Nacionales, el novelista Benito Pérez Galdós, quien explicaba que: “La voluntad del hombre apunta, y otra voluntad más grande dispara; pero rara vez va el tiro a donde uno pone la puntería”. Por eso, entre tiro y tiro y escasez de puntería; entre alzamientos, advenimientos de nuevos regímenes, efímeros reyes que llegaban desde el extranjero, revueltas sociales, restauraciones mal diseñadas y demás episodios trágicos, España se convirtió en Saturno devorando a sus hijos, como en ese desgarrador lienzo del genial pintor Francisco de Goya. Y fuimos poco a poco asistiendo al nacimiento de esas dos Españas atávicas, antagónicas y confrontadas, que también el genial Goya retrató, con preclara y dolorosa anticipación a su tiempo, en ese otro lienzo titulado “Duelo a garrotazos”. Un cuadro que aún a día de hoy me estremece y me provoca un dolor infinito en el alma cuando lo contemplo en el Museo del Prado. España destrozada a garrotazos por España. Devorada por sí misma. Trágica visión la de Goya, triste realidad de locura, pérdida de rumbo, violencia y odio la que afrontó esta nación durante siglo y medio y tuvo su más trágico desenlace en nuestra
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guerra fratricida, consecuencia última de una brutal falta de entendimiento entre esas dos visiones de un mismo país que hicieron brotar lo más sombrío del ser humano, pero que dejaron a lo más importante, el pueblo, nuevamente en un segundo plano. Como muchos historiadores hoy reconocen, el mito de esas dos Españas escondía una realidad aún más cruda, la de una tercera España que asistía atónita e impotente al devenir de los acontecimientos. Esa tercera España estaba formada por muchísimas personas, se podría decir que la mayoría de la población, cuyo único interés vital no era otro que el de proveer de futuro a su familia y vivir en una nación en la que la Justicia y la Libertad rigieran sus destinos. Esa tercera España asistía muda y defraudada al agrietamiento de una nación entera. Volviendo a la cita con la que inicié estas palabras, esta tercera España creía que la libertad era el más precioso don, Sancho. Porque, ¿cuál era esa idea libertad que el hidalgo expresaba a su fiel escudero? Pues exactamente la misma que los liberales defendían un siglo después: La libertad de que el individuo sea el auténtico motor de su vida, el eje de su propio progreso y el epicentro de la transformación de la sociedad. La misma libertad que a día de hoy debemos seguir defendiendo.
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La Constitución de 1978 no sólo sirvió para instaurar una democracia moderna e indispensable en nuestro país, no sólo representó el reconocimiento explícito de que todas las Españas cabían en una, si no que convirtió al ciudadano en el epicentro de la nación. Atrás quedaban los tiempos de confrontación, los espadones, las conspiraciones, las imposiciones y los alzamientos. Por eso, sigo sin entender que unos pocos traten de desafiar permanentemente la mayor época de paz, estabilidad, progreso y libertad que ha vivido nuestro país en los últimos dos siglos. Estamos condenados a aprender de nuestros errores, y aún así parece que hay quienes hoy en día no temen tropezar dos veces en la misma piedra, en alzar viejas banderas y agitar unos sentimientos en pro de un pueblo que sirva de excusa para sus propios intereses. No podemos engañarnos. Como todo sistema, nuestra Democracia aún puede y debe evolucionar, aún puede y debe adaptarse a los nuevos desafíos de una época tan cambiante como ésta que nos ha tocado vivir. Pero creo, honestamente, que no hay mayor progreso que la libertad individual, que una sociedad en la que el ciudadano es el absoluto protagonista. Y eso es exactamente lo que nos ha dado nuestra
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Constitución de 1978, el sistema que todos, repito, todos los españoles nos hemos otorgado en paz y prosperidad. Si algo nos han demostrado estos 34 años de Democracia, es que España es una nación sólida, más fuerte de lo que nosotros mismos creemos, capaz de lograr los mayores éxitos cuando avanza en una misma dirección, de resistir todos los envites y encerronas que la historia nos coloca en el camino a modo de trampa. El tiempo nos ha brindado la oportunidad de comprender que con el poder y la fuerza de todos los ciudadanos somos capaces de superar con éxito los mayores desafíos. Ya no somos el país del duelo a garrotazos, pero tampoco podemos permitirnos ni un segundo dejar de afrontar los retos y hallar las soluciones que los nuevos tiempos nos exigen. No podemos ni debemos ocultar que España se encuentra ante el peor de los escenarios económicos que se recuerda, ante la mayor amenaza para la estabilidad de nuestra aún joven Democracia, ante el que es, probablemente, nuestro mayor desafío como nación, como pueblo, en el último siglo. Lejos de resignarnos, los españoles debemos echar mano de toda nuestra habilidad, inteligencia, intuición e imaginación para contribuir a que nuestra
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nación recorra con éxito el camino de la recuperación económica. Este esfuerzo nos corresponde a todos: empresarios, políticos, trabajadores, jóvenes y mayores, compatriotas todos y de todas las edades, unidos bajo un único objetivo. Ha llegado el momento de que como nación olvidemos esas Españas que nos dividieron, de que olvidemos los desastres de nuestra historia reciente, de que recuperemos los éxitos que nos han hecho una gran nación, fuerte y envidiable, ante los ojos del mundo. Ha llegado la hora de que todos los españoles pensemos en aquella célebre cita que el presidente John Fitzgerald Kennedy lanzó a sus compatriotas norteamericanos: “No te preguntes qué puede hacer tu país por ti, pregúntate que puedes hacer tú por tu país”. No lo negaré. España tiene mucho camino aún por recorrer, sabiendo que no existen fórmulas mágicas ni atajos para llegar antes a nuestra meta, que no es otra que volver a crecer, a generar empleo, a que nuestras familias se sientan orgullosas de vivir en una sociedad, en una nación, en la que pueden alcanzar todos sus sueños. Pero no es menos cierto que para alcanzar esa meta, no existe una mayor

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fuerza que la de cada uno de los individuos que forman el conjunto de la sociedad española. Ha llegado el momento de olvidar viejos complejos, de sumar aciertos, de pensar que todos y cada uno de nosotros podemos aportar algo en alcanzar la meta. Ha llegado el momento de que el ciudadano sea la auténtica fuerza motora de la sociedad. En su obra “Tiempo para elegir”, otro presidente norteamericano, Ronald Reagan, era tajante. Decía que “No podremos tener éxito en nuestras reformas mientras nuestras políticas fiscales sean diseñadas por gente que ve los impuestos como medios con los que lograr cambios en nuestra estructura social”. O lo que es lo mismo, no podremos tener éxito mientras los ciudadanos, las empresas, los emprendedores, los comerciantes, los trabajadores... no dispongan de las condiciones suficientes para poder invertir su capital económico o su esfuerzo personal en una economía plenamente de libre mercado y en la que un inversor que arriesga su capital tenga las máximas opciones para triunfar. Miren, soy de la opinión de que la administración pública debe gestionar todos aquellos servicios esenciales a los que está obligada para favorecer el progreso social, tecnológico y económico de un país. Las administraciones deben ofrecer al ciudadano una
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Justicia eficaz y libre, el acceso a la sanidad y la educación, el fomento de la cultura, favorecer el desarrollo de la investigación y la tecnología, contribuir a la modernización de nuestras infraestructuras. Pero no se deben exceder esas competencias ni entrar en conflicto con el sector privado. No es sostenible que un empresario que genera empleo e invierte su propio capital para emprender un negocio, compruebe como sistemáticamente desde la administración pública se ofrecen los mismos servicios que él presta pero en unas condiciones en muchos casos incluso más ventajosas. En calidad de alcalde de Brunete, me pregunto: ¿Qué empresa privada va a instalarse en mi municipio, va a generar riqueza y empleo en mi municipio, si el Ayuntamiento que presido ofrece el mismo servicio que él desea ofrecer pero a un precio más reducido? En muchos lugares de nuestro país se han aplicado técnicas de gestión incorrectas que han provocado que desde una administración pública se ejerza la competencia directa y desleal al tejido empresarial. Por eso cuando el síndrome de la construcción se esfumó, los españoles nos dimos cuenta de que en nuestro país no existía un tejido empresarial fuerte

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que fuera capaz de evitar el drama de desempleo que actualmente vivimos. Tampoco es normal que en otros países cercanos, un emprendedor, un empresario, pueda crear una empresa en unas horas y beneficiarse de incentivos para generar empleo, mientras que nuestro país, y muchos empresarios lo saben, constituir una empresa constituía hasta hace muy poco tiempo un largo proceso administrativo. Sólo mediante la aplicación de los estímulos necesarios para crear un tejido empresarial sólido y fuerte en nuestro país lograremos salir antes de la grave crisis que sufrimos. No nos engañemos. Es por eso que otros países como Alemania, Gran Bretaña o Estados Unidos resisten mejor una situación de crisis como la que ahora atraviesa España. Esta es la gran oportunidad que España tiene ante sí. Una economía liberal que coloque al individuo en el epicentro de la acción política, que estimule la fuerza y la capacidad de superación de una nación entera. Es lo que algunos han denominado el individualismo colectivo: es decir, la capacidad de transformación y superación de cada ciudadano y, por ende, su incidencia directa en el éxito de su pueblo, su ciudad, su región y, por extensión, su país. El liberalismo es, hoy más que nunca, la gran oportunidad de España.
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¿Y cómo podemos lograr todo esto desde los municipios? ¿Cómo podemos contribuir los alcaldes a transformar la realidad? No me cabe duda de que mediante un trabajo leal y honesto. Leal con aquellos que generan riqueza y empleo en nuestros municipios. Como decía antes, los Ayuntamientos no deben ni pueden competir en superioridad de condiciones con la empresa privada. Pero también trabajando con la máxima honestidad ante nuestros ciudadanos. Vivimos unos tiempos en los que muchos políticos o ex políticos se convierten en noticia por hechos que a mí, como alcalde, me producen profundo sonrojo. Es normal que una parte de la ciudadanía se cuestione si todos los políticos son, somos, iguales. Mi respuesta es siempre la misma: No. Nadie es infalible y por supuesto que se cometen errores. ¿Quién no ha errado alguna vez en la vida? Lógicamente, en momentos difíciles como los que atravesamos, especialmente duros para muchas familias, los ciudadanos exigen a la clase política, más que nunca, soluciones eficaces para salir del túnel en el que nos encontramos. Y nos piden que seamos totalmente honestos. Esta petición es más reiterada aún si cabe en el caso de los alcaldes y concejales de los municipios. Sobre
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nosotros ha recaído una doble responsabilidad: No sólo la de acertar en todas las decisiones que debemos adoptar en estos tiempos, sino también la de recuperar la confianza de los ciudadanos. Porque, no lo olvidemos nunca, los alcaldes y concejales de los municipios somos el rostro más visible y cercano de la política, quienes estamos más cerca de los problemas de nuestros vecinos, y por tanto a quienes ellos dirigen su mirada en primer lugar para reclamarnos soluciones que contribuyan a generar empleo y riqueza. No me cabe duda de que desde el municipalismo podemos y debemos afrontar de primera mano la regeneración de la vida pública aplicando toda nuestra lealtad, la máxima innovación y austeridad en las medidas a adoptar. Esa doble responsabilidad que los alcaldes debemos asumir más que nunca, a la que antes aludía, no es para mí una carga añadida. Más al contrario. Nada me produce mayor satisfacción que el hecho de ser alcalde en un momento transcendental de nuestra historia como el presente. Ser alcalde ha sido y es el máximo reto, el mayor orgullo y privilegio de mi vida. Queridos amigos, termino estas palabras recitando el juramento que los ciudadanos atenienses proferían cuando alcanzaban la mayoría de edad y que está

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recogido en La oración fúnebre de Pericles y que hoy hago mío más que nunca: “Nunca traeremos vergüenza sobre nuestra ciudad por actos de deshonestidad o cobardía. Lucharemos por los ideales y las cosas sagradas de la ciudad, individualmente o en grupo. Reverenciaremos y obedeceremos las leyes de la ciudad. Haremos todo lo posible por alentar la reverencia y el respeto de nuestros superiores que puedan soslayarlas o cambiarlas. Lucharemos sin cesar para agudizar el sentido del deber cívico en el pueblo. De esta manera, lograremos una ciudad no sólo no menos, sino mayor, mejor y más hermosa de como nos fue transmitida a nosotros”. Muchas gracias por vuestra atención.

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