Facultad de Filosofía Departamento de Filosofía y Humanidades

2do Informe de Lectura: “Walter Benjamin; Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje de los humanos”

Profesor: Roberto Saldías. Ayudante: Constanza Terra. Alumno: Ignacio Sanfurgo. Fecha: Viernes 07 de Octubre.

La pretensión de este pequeño informe es la de poder señalar los argumentos principales del texto en cuestión, a saber, “Sobre el lenguaje en general y sobre el lenguaje en los humanos” del judío Walter Benjamin. Este último, como el nombre de su texto ya lo señala, le asigna una significancia especial al lenguaje, y al ser mismo, que según el autor, éste posee; ser lingüístico. Toda la vida humana y toda realidad participa del lenguaje. Toda cosa o acontecimiento es esencialmente un comunicador de su contenido espiritual, esto por medio del lenguaje. Por lo tanto, la realidad del lenguaje no se reduce a la expresión exclusivamente humana, sino que se extiende a todo ámbito de la naturaleza; toda manifestación de la vida o comunicación de contenidos espirituales es lenguaje. El autor junto con otorgarle capacidad comunicativa a toda cosa, hace una distinción fundamental: para Benjamin el ser espiritual se diferencia del ser lingüístico, es decir, el ser espiritual se comunica en y no a través de una lengua. El lenguaje comunica el ser lingüístico de las cosas. La lengua comunica su ser en cuanto él mismo está encerrado en el ser lingüístico; todo lo comunicable propio del ser lingüístico. De este modo se puede decir que cada lengua se comunica a sí misma; es lo inmediato de cada comunicación espiritual. Finalmente, podemos afirmar que el ser espiritual se comunica como lengua, en forma lingüística. Lo que intentará Benjamin será el separar o diferenciar la lengua de los hombres y la de las cosas. Las dos anteriores, como ya revisábamos anteriormente, facultan de la lengua como esencia lingüística de cada una de ellas. El hombre comunica su esencia espiritual en su lengua, usando palabras y haciendo referencia o nombrando las cosas. Según Benjamin, por tanto, la esencia lingüística del hombre es nombrar las cosas. Es una facultad propia del ser humano, capaz de nombrar; el lenguaje de los hombres es nombrante. Esta misma es la esencia espiritual del hombre, y gracias a ello, ésta es comunicable. Como decíamos al comienzo, en esto radica la diferencia entre la lengua de las cosas y la del hombre; esta última faculta de nombrar. Por esta capacidad nombrante del hombre, el autor afirma que él es quién habla la lengua pura. Esta propuesta Benjamin la basa definiendo esta lengua como carente de objeto o destinatario, de lo contrario, el lenguaje y el nombre se disminuirían a un nivel meramente denotativo o de significado. Es en este espacio donde aparecen las influencias

teológicas y la herencia judía del autor. Señalando que en la capacidad de nombrar, más específicamente, en el nombre es en dónde el ser espiritual humano se comunica/relaciona con Dios. La lengua por ende comunica un ser espiritual, ella es simple y pura comunicación y esencialmente espiritual; no hay un contenido de la lengua. Ella posee su esencia más propia que es el nombre, el cual es la esencia espiritual que tan solo en él se comunica en su absoluta integridad; la máxima expresión de la totalidad del lenguaje es el nombre. Contrario a esto se sitúa la lengua de las cosas: ella es imperfecta. Esto se explica debido a que ellas son mudas, son carentes de facultad sonora (propio de las expresiones humanas). Benjamin señala que el lenguaje de las cosas es un lenguaje que está privado de palabras. Lo anteriormente revisado no quiere significar la imposibilidad comunicativa de las cosas, más aún, Benjamin –como revisábamos al comienzo- apela a la comunicación entre las cosas; a la omnipresencia del lenguaje. Ellas lo hacen entre sí, de forma igualmente lingüística y de un modo más o menos material. Para el autor, el rol del hombre sería conclusivo, es decir, dado su condición de dar nombre, el hombre se comunica con las cosas nombrándolas y de esta manera conociéndolas, completando así la creación divina; al nombrar completa la creación divina. La lengua humana sin embargo es solo una imagen o reflejo de la palabra divina, la palabra humana podríamos decir que está privada de actualidad creativa que faculta el verbo divino. La palabra humana es solo conocimiento no creadora. En este sentido, la creación divina puso en las cosas el germen o la condición que posibilita que el hombre las conozca, aquél germen es el nombre, y al hombre se le ha asignado el desarrollarlo mediante la acción propia de él: nombrar. El hombre convierte a su propia lengua el lenguaje de todo los seres gracias a su propia acción de nombrar lo que no tiene nombre; de lo imperfecto a otra más perfecta, que potencia a las cosas a su ser espiritual y es condición de posibilidad para conocerlas. Con esta concepción, Benjamín se aparta de una concepción arbitraria –burguesade la lengua, en la cual las palabras serían el resultado de la asignación arbitraria de signos que los hombres determinan casual y convencionalmente a los entes. Para él, en un estado

paradisíaco -de total contacto con la palabra divina, creadora de todas las cosas- el hombre puede otorgar varios nombres a los seres refiriéndose al conocimiento inmediato y concreto que ellos poseen. Esto debido necesariamente a las ventajas que otorga este contexto, lugar de plena comunidad y comunicación con las cosas; todo lo que está en contacto con él, es palabra viviente. Como hemos señalado anteriormente, este proceso de privilegiado contacto con la palabra divina -todo-conocedora-, no faculta al ser humano de la capacidad de conocer a la cosa en sí; su esencia. Recordemos que el nombre que es puesto por el hombre depende necesariamente de la forma en que la determinada cosa se comunique con el hombre, es decir, de lo que el hombre pueda aprehender o retener de ellas. En este sentido, la palabra humana tiene una característica receptiva de la lengua expresada por los seres por la cual de manera mágica se irradia la palabra divina. En la medida en que el ser humano se separa del estadio adánico, debido al conocimiento del bien y el mal, aparecen un sinnúmero de lenguajes, diversificando así el conocimiento originario el cual, por lo tanto, será víctima de múltiples traducciones. Se trata de otra relación o trato con la cosa, el hombre se aparta de ellas, no logra contemplarlas y se aleja de la comunión que facultaba al hombre de poder escuchar el nombre con que dios las había creado. Es en ese momento donde la lengua se transforma en palabra humana, disímil a la lengua nominal del estado anterior. Es un lenguaje que funciona de forma interesada, solo como medio o signo que no expresa o refleja el nombre proveniente de la palabra divina. Con lo anterior, siento que Benjamin desde una concepción creyente o metafórica logra fundamentar el principal argumento de su obra, a saber, la caída de la palabra hacia una pobre y única función: la mediatización de la comunicación. Para el autor, como revisábamos en el párrafo anterior, el pecado original es la fuente de la palabra humana. El bien y el mal hacen de la palabra una abstracción y un juicio, que va en desmedro del espíritu lingüístico originario. Esta palabra alude exclusivamente a la inmediatez de lo concreto que habita en el nombre y no refiere ya a su función creadora.