Rafael Mielgo Misionero Redentorista

LA SANACION REGALO DIVINO

Barquisimeto, 2010

A OTROS (SE LES OTORGA), CARISMA DE SANACIONES ICOR 12,9

DEDICO ESTE LIBRO A LOS “SERVIDORES” QUE COLABORAN CON EL MINISTERIO DE SANACION, EN LA “CLINICA DEL ALMA” O A DOMICILIO...

USTEDES NO RECIBEN PAGA DE NADIE, PERO TIENEN YA DESDE AHORA, Y SOBRE TODO TENDRAN ALGUN DIA EL PREMIO DEL CIELO. ¡GLORIA A DIOS!

Nota Bibliográfica
Para la redacción de este libro me han prestado su aporte estos autores:

Mons. Alfonso Uribe Jaramillo “El Señor sana” P. Francis Mac Nutt “Sanación carisma de hoy” P. Robert de Grandis “en sus varios escritos” Y algunos otros.

A veces transcribo algunas frases breves de ellos, pero me permito no citarlos cada vez. Quiero que esta reseña valga como cita general. Para esos autores mi gratitud y mi oración.

PRESENTACION
Alabo a Dios porque me ha permitido, durante más de 30 años a través de la Renovación Carismática, hacer oración de sanación por los enfermos. Muchos de ellos se han sanado, haciéndome palpar el amor y la misericordia de Dios. Desde luego que si fuera mejor instrumento en las manos de Dios, serían muchas más esas sanaciones. Pero estoy satisfecho porque más de la mitad de las personas por las que oré, según creo, se sanaron o mejoraron. A través de estas páginas quiero compartir mis experiencias, con la ilusión de que a alguno le puedan servir de luz y estimulo. Debo advertir que aunque abracé con entusiasmo la Renovación Carismática, al principio sentía rechazo por el carisma de sanación. Todavía recuerdo la primera vez que impuse las manos. Fue para complacer a una persona amiga que me lo pidió. Aquellas manos mías me temblaban por el miedo. Estaba asustado. Pero con gran sorpresa mía la señora enferma declaró: “Se me quitó el dolor de cabeza”. Esto me animó mucho. Sin embargo todavía seguí por algún tiempo con mis dudas y reservas. Cuando imponía las manos por sanación me veía raro a mi mismo, como con pretensiones de ser un taumaturgo. Yo prefería comportarme como un hombre corriente. Ahora comprendo que era falsa humildad de mi parte. El Señor poco a poco me fue sanando y liberando por completo. Esto me sirvió para comprender a tantos líderes católicos que sienten alergia a las oraciones de sanación. Aún hoy día veo que muchos católicos se resisten a pedir oración de sanación y más aún a hacérsela a otros. Reina gran escepticismo en este campo. La raíz del problema estriba en que no han palpado el amor sanador y las maravillas de Jesús. Yo sí he visto con mis propios ojos innumerables sanaciones prodigiosas. Por eso para mi el orar por los enfermos no es algo opcional, sino una dulce necesidad. Yo presiento que el Señor me dirá un día: Cuando sanabas a uno de mis hermanos más pequeños, a mi me sanaste”. He visto también que a través del regalo material de la salud del cuerpo les suele llegar también el regalo más elevado de la fe y el amor a Dios. Las gentes palpan que Jesús vive, que las ama y que las sana. Se abre así una puerta para llevar al pueblo la Buena Noticia. No me agrada cuando algunos me dicen: “He oídoque Usted sana a la gente”. No es verdad. El único que sana es Jesús. Yo solamente hago oración y todo católico debe orar por los enfermos. Yo aspiro a que este libro motive a hablar de sanación. A leer sobre sanación. El mundo se va a transformar.Yo acaricio el sueño de que algún día no lejano en las misas dominicales se haga oración por los enfermos, con imposición de manos y unción con aceite bendito. Actualmente estamos viendo ya sanaciones y aún milagros de una forma nunca antes vista. Esta es la vía para llegarle a nuestro mundo secularizado y materialista.

Comenzó ya la gran revolución que ha de transformar la iglesia y la sociedad. En la América Latina todavía persiste la injusticia, la opresión, los hogares destruídos, la pobreza generalizada. Pero el Espíritu Santo se está moviendo con gran poder para sanar a las masas católicas y para formar comunidades de fe y amor. Que este libro sea un himno de alabanza para Aquel que “tomó sobre si nuestras enfermedades y llevó nuestros dolores. Mat. 8,16. Que El bendiga cada una de estas páginas y sane a cada una y cada uno de nuestros lectores. ¡Gloria a Dios!

DIOS NOS QUIERE SANOS

Dios nos creó a los humanos para que le alabemos y le amemos con alegría, cumpliendo nuestra misión, y gocemos después para siempre con El en el cielo. Pero la enfermedad es un serio obstáculo que nos impide entregarnos de lleno a ese amor y esa alabanza. Jesús sanó a todos los que se lo pidieron: leprosos, ciegos, paralíticos, sordomudos. A nadie dijo Jesús: “Yo no le voy a sarnar a usted. La voluntad de mi Padre es que usted siga enfermo y que sufra”. Nunca habló así Jesús. El nos demuestra con sus hechos que nos quiere a todos con buena salud. Muchos preguntan: Si Dios nos quiere sanos ¿Por qué hay tantos enfernos? Nosotros les respondemos: Porque no piden a Dios que los sane. Tal vez se imaginan que Dios no puede o no quiere sanarlos. Pero en el Evangelio Jesús repite una y otra vez que nos concederá todo lo que le pidamos, incluyendo, naturalmente, la salud. Jesús sanó a todo el que se lo pidió. Pero El no salió a las plazas o la vía pública buscando a los enfermos y como obligándolos a que le llegaran. Por eso en nuestras oraciones de sanación tampoco permitimos que alguien venga forzado. Cada cual debe presentarse de buena voluntad. Dios nos hizo libres y es el primero en respetar nuestra libertad. Debemos tener bien claro que orar por sanación no es como pulsar un botón eléctrico. No se trata de algo mágico o como automático. Con frecuencia vemos que, después de hacer oración, pasa un tiempo antes que llegue la sanación. Una señora se presentó ante la comunidad con un brazo paralizado, para pedir oración. Los hermanos, con mucho amor y devoción, le impusieron las manos y le oraron a Dios para que sanara a aquella hermana. Cuando acabó la oración le rogaron a la señora que moviera el brazo. Pero este seguía paralizado. Sin embargo, no se desalentaron por eso los hermanos. Uno de ellos le dijo: “Señora, siga usted alabando a Dios. El Señor la sanará a usted cuando El quiera y como El quiera”. Así sucedió en efecto. Porque al pararse de la cama en la mañana siguiente la señora, con alegre sorpresa vio que podía mover el brazo normalmente. En la siguiente reunión de la comunidad ella dio testimonio para la gloria de Dios y todos los hermanos alabaron a Dios por el amor y la misericordia que había tenido con ella. También dio testimonio un hermano que era hombre de negocios y confrontaba graves problemas económicos. Pidió a Dios que le ayudara a superar su

crisis, pero sin determinar la forma en que Dios quisiera hacerlo, abandonándose por completo en las manos de Dios. Su fé no quedó defraudada. La ayuda le vino de forma sorpresiva. Gentes que nunca pensaban que se interesarían por él le pasaron el cheque o vinieron personalmente a ayudarle. Al pedir la sanación para una persona no le señalamos a Dios ni el cuándo ni el cómo. Algunos se sanan en forma sorprendente, espectacular. Otros mediante un proceso lento de mejoría. Unos sin tomar remedio. Otros con los remedios y las ayudas naturistas. Algunos no se sanan ni de una forma ni de otra. Solo Dios conoce el motivo. Nosotros simplemente oramos y el resultado lo dejamos en las manos de Dios. Un célebre sanador se valía de esta comparación gráfica: Cuando usted lleva los zapatos a componer, no intenta forzar al zapatero para que se los arregle en cinco minutos, o de una forma especial, usted se los entrega para que él actúe según le plazca. De igual forma debemos nosotros entregar a Dios nuestros problemas para que El los remedie. El no defrauda a nadie.

LA FE SANADORA

La Biblia enfatiza a cada paso que es necesaria la fe para que uno pueda ser sanado: “Vete en paz, tu fe te ha sanado” Luc 8,48. Necesitamos una fe rotunda sin vacilaciones. Jesús dijo: “Tengan fe en Dios. Les aseguro que el que diga a este cerro: levántate de ahí y tirate al mar” y no dude en su corazón, sino que cree que sucederá lo que dice, logrará lo que pide. Por eso les digo: Todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán. Mar. 11,22. Es una afirmación maravillosa que nos llega de los labios de Jesús. Nosotros la aceptamos con toda alegría y seguridad. No debemos dudar de que ya hemos recibido lo que estamos pidiendo. Tan grande es el amor de Dios para nosotros! Un señor vivía sumergido en un mar de tristeza a causa de sus fuertes dolores en la columna. Cada día nuevo que amanecía se le hacía la vida insoportable. El había sido siempre un excelente trabajador y por esto no podía verse ahora sometido a la inactividad y el ostracismo, durante la mayor parte del día. Pero tuvo la fortuna de que una persona amiga lo invitó a un retiro carismático en el cual uno de los oradores habló de cómo la fe mueve montañas, y con mayor facilidad aún mueve y elimina las enfermedades. Efectivamente, cuando los hermanos le impusieron las manos, le desapareció el dolor de espalda. Se sanó su cuerpo y también su alma ya que desde entonces se siente como hijo querido de Dios y pasó a ser un “servidor” que hace oración a los demás, como le hicieron a él. Una persona nos decía que no se atrevía a orar por los enfermos porque tenía poca fe. Le preguntamos: ¿Usted cree en Jesús? -Claro que si.- ¿Usted cree que Jesús puede sanar a la gente? En Jesús yo si creo, en quien no creo es en mí. Le explicamos entonces que no debemos tener fe en

nuestra propia fe, sino únicamente en el poder y el amor de Jesús. Nosotros no somos nada pero El es cada día más maravilloso. Nuestra fe puede ser pequeñita, como un granito de mostaza. Pero si es de verdad fe y no duda, obrará prodigios. Porque Jesús ama a las gentes más que nosotros, y desea sanarlas más que nosotros. Por eso nos aconsejan los maestros que al imponer las manos a un enfermo visualicemos a Jesús que se las impone a través nuestro. Hacemos esto, no como un juego psicológico ni para sugestionarnos sino para centrarnos solo en Jesús y no en nosotros. Nosotros simplemente somos los canales por los que fluye el poder de Jesús. Tal vez esos canales están mugrientos. Pero el agua fluye a las casas pura y limpia, aunque sea a través de una tubería oxidada y roñosa, con tal y no esté obstruida, es decir, que no esté apagada nuestra fe en Jesús. Por eso la gente sencilla obtiene grandes éxitos en la sanación. En Africa un misionero carismático enseñó a orar a la gente de una aldea que se hizo católica. Los misioneros quedaban asombrados al ver con qué facilidad se sanaba la gente. Aquellos católicos carecían de estudios de teología, pero tenían una fe sencilla, sin dudas, prodigiosa. El Evangelio de Jesús es para toda clase de gente, ya sea con gran cultura o analfabeta. Lo único imprescindible es entregarle el corazón a Jesús. Igualmente en Francia varios papás carismáticos descubrieron que sus niños eran los mejores sanadores, después que sus mismos papás les enseñaron a hacer oración. Los niños no tienen prejuicios como la gente mayor ni andan con dudas. Ellos imponen las manos a mamá y oran con gran sinceridad y amor y al ratico marchan corriendo a jugar y la mamá queda sorprendida de ver que se sanó. Todos tenemos que hacernos como niños en la sencillez y el amor para entrar en el reino de los cielos. IMPONDRAN LAS MANOS A LOS ENFERMOS

Se ha mantenido desde el principio esta práctica biblíca corriente: la imposición de manos. Es una aplicación lógica de la palabra de Jesús: impondrán las manos a los enfermos y se sanarán. Marc. 16,18. La experiencia nos dice que se sanan más con la imposición de manos que sin ella. Sin embargo no es necesaria esta práctica. Si se piensa que a la persona no le gusta y que prefiere cierta distancia, hay que respetarla. En la sanación todo es libre y espontáneo, nada forzado. La imposición de manos es un gesto de amor y ya se sabe que el amor es sanativo. Son muchos los que al imponer las manos sienten como una vibración o calor especial, como la que fluía de Jesús: “¿Quién me ha tocado?” Luc. 8,43. Uno de los servidores en nuestra asamblea llevaba más de diez años con fuertes dolores de vientre. Los hermanos le exhortaron a que perseverara en la oración y la alabanza. Algún tiempo después, en una misa de sanación, cuando el sacerdote le impuso las manos, notó que algo grande había realizado Dios en él. Desde aquel momento le desaparecieron los dolores y se vio sano y alegre. Dios tiene su momento para actuar.

Por eso debemos eliminar la ansiedad de nuestra oración de sanación. Dios sanará a la persona en el tiempo y la forma que El quiera. A una señora le daban convulsiones de epilepsia y unos hermanos poco prudentes le aconsejaron que, en prueba de su fe y su entrega a Cristo, no fuera ya al médico y dejara de tomar los remedios. Pero durante la oración en el grupo, le dio un ataque y se agravó la enfermedad. Esto obligó a los hermanos a rectificar y aconsejarla que siguiera su tratamiento médico. Intentar forzar a Dios para que actúe de una forma determinada es como pretender manipularlo. Por cierto que abundan las preguntas en este campo de la sanación: ¿Por qué algunos nunca llegan a sanarse? ¿Por qué otros se sanan con facilidad? ¿Por qué unos al momento de orarles, mientras que otros solo con demora y con dificultad? ¿Por qué algunos que tenían mucha fe no se sanaron y en cambio algunos medio incrédulos, que asistían a la reunión por puro compromiso, si se sanaron? Solo Dios sabe la causa. La sanación está llena de misterios. Una señora con gran carisma de sanación fue ingresada a la clínica con una hemiplejía y otros problemas cardiovasculares. Se le hizo muchísima oración. Sin embargo la señora al poco tiempo se murió. La gente se preguntaba: ¿Por qué Dios permite que se enferme la señora que sanó a tantos enfermos? La sanación es un misterio del amor de Dios. Todos estamos en las manos de Dios. No existe el destino: esa mano negra que nos trae y nos lleva: Pero si existe el plan de Dios o la Providencia. Dios tiene un plan de amor para cada uno de sus hijos e hijas. Él normalmente nos quiere sanos, porque así le alabamos y le servimos mejor. Pero sabemos que alguna será la última enfermedad. Nosotros somos optimistas. En nuestras asambleas se sana o se mejora más del 80 por ciento. Pero llega un momento en que Dios nos llama a compartir con Él su felicidad: para eso precisamente nos creó. Y nosotros, felices de llegar por fin a la gloria del cielo.

Una señora con gran carisma de sanación fue ingresada a la clínica con una hemiplejía y otros problemas cardiovasculares. Se le hizo muchísima oración. Sin embargo la señora al poco tiempo se murió. La gente se preguntaba: ¿Por qué Dios permite que se enferme la señora que sanó a tantos enfermos? La sanación es un misterio del amor de Dios. Todos estamos en las manos de Dios. No existe el destino: esa mano negra que nos trae y nos lleva: Pero si existe el plan de Dios o la Providencia. Dios tiene un plan de amor para cada uno de sus hijos e hijas. Él normalmente nos quiere sanos, porque así le alabamos y le servimos mejor. Pero sabemos que alguna será la última enfermedad. Nosotros somos optimistas. En nuestras asambleas se sana o se mejora más del 80 por ciento. Pero llega un momento en que Dios nos llama a compartir con Él su felicidad: para eso precisamente nos creó. Y nosotros, felices de llegar por fin a la gloria del cielo.

EL AMOR SANA

Dios es amor y por eso nos ama y nos quiere sanos. Sin embargo algunos creen que es Dios quien manda la enfermedad y en consecuencia van a brujos y hechiceros para sanarse. La enfermedad es una secuela del pecado. Dios no la quiere, pero la permite según su política ordinaria: del mal saca el bien para nosotros. Una señora que me exponía su enfermedad, pidiendo oración, me dijo: <<Quizá Dios quiera sanarme>>. Yo le contesté: “No me gusta ese quizá. No está en la Biblia”. El Señor sanó a todos los que se lo pidieron. Jesús dijo: Si un hijo le pide a su padre un pan, ¿acaso le dará una piedra? Pues si Ustedes, siendo malos, dan cosas buenas a sus hijos. ¿Cuanto más se las dará el Padre del cielo que es todo amor? Mat. 7, 11 – Jesús sanó entonces y sana hoy él la gente porque es Dios lleno de amor y ternura para todos. Tenemos que invitar a la gente a orar por sanación. No es necesario orar en voz alta. Puede hacerse incluso en silencio, pero que sea con amor. La palabra <<amor>> que usamos a cada momento, está cargada de significado. El amor es una fuerza revolucionaria a todos los niveles en este campo de la sanación. Los servidores fueron a visitar en su domicilio a una señora que tenía un quiste en un seno. Ella se resistía a que le hicieran oración porque pensaba que su enfermedad era una bendición de Dios la cual le permitía entregarse al amor divino. Los servidores muy amablemente le dijeron: Si es una bendición de Dios esa enfermedad ¿Por qué usted la combate con esos medicamentos, algunos por cierto bien caros? Se diría que Usted busca no el remedio de Dios sino el remedio humano. Al fin la señora aceptó y le hicieron oración. “No es fácil orar por sanación a personas que consideran la enfermedad como un gran regalo de Dios. Pero gracias a Dios esta mentalidad se va superando. A diario escuchamos innumerables testimonios de gentes sanadas por el amor de Jesús a través de la oración, algunos en forma sorpresiva, espectacular. Unos hermanos le estaban orando a una señora postrada en silla de ruedas. Había sufrido un choque en el que perecieron trágicamente varios familiares suyos. Ya ella, en una oración anterior, se había sanado de un brazo que le quedó destrozado en el choque. Esto la animó a pedir sanación también para sus rodillas, con la esperanza de poder caminar. Los carismáticos estaban alrededor de ella imponiéndole las manos y pidiendo al señor que sanara sus rodillas. De pronto notaron que ella se llevó las manos a la cara, con gesto de sorpresa: en aquel momento se estaba sanando de una parálisis facial y una neuralgia de la que nunca había hablado. Los hermanos oraban por la sanación de sus rodillas pero fue el rostro el que se sanó. Más tarde también sanaron sus rodillas y pudo caminar normalmente.

Dios sana cuando quiere y como quiere. A Él no le gusta someterse a reglas prefabricadas. Por eso vemos que no hay dos casos iguales. Lo único que sí es igual en todos es el amor, amor infinito de Dios, que se proyecta a todas sus hijas e hijos. El amor supera todas las barreras. Para el amor no hay puerta cerrada ni en la tierra ni en el cielo. Además el amor iguala a los amantes. El amor nos hace semejantes a Dios ya en este mundo, pero sobre todo será en el cielo. <<Queridos, ya desde ahora somos hijos de Dios, aunque no se ha manifestado lo que seremos al fin, pero ya lo sabemos. Cuando Él se manifieste en su gloria seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es. I Juan 3, 2. En el cielo veremos a Dios y nos fundiremos con Él, aunque sin perder nuestro propio ser. Nos igualaremos con Dios. Pero ya en este mundo el amor nos transforma en Dios como las gotas de agua que el sacerdote echa en el cáliz se convierten en la Sangre de Cristo.

ALABANZA Y SANACIÓN

Todos los carismas, en especial el de sanación, florecen vigorosamente en un clima de alabanza a Dios. La alabanza hace crecer el fuego del amor a Dios y este fuego a su vez hace crecer la alabanza. Alabamos y damos gracias a Dios por todo. Por lo bueno y por <<lo malo>>, por las oraciones respondidas y por las que <<se perdieron>> (La única oración que se pierde es la que no se hace). Así cumplimos el mandamiento cumbre de toda la Biblia: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Luc. 10, 27 Al abrirnos a la alabanza nos abrimos al amor redentorista y sanador de Jesús. En lugar de lamentarnos, como hace la gente, por tanta enfermedad y problemas, alabamos a Dios. En lugar de renegar de la oscuridad, mejor prendemos una velita: la de nuestra alabanza, y entronizamos a Dios en nuestro corazón. Desechamos el egocentrismo, para centrarnos en Jesús. Entonces Él obra algo asombroso en nosotros. A lo largo de mi vida misionera me ha tocado enfrentarme con dos actitudes opuestas: por una parte, personas que se declaran ateas, porque no pueden comprender a un Dios que permite en las gentes tanta enfermedad y tanto dolor. A éstos les digo que Dios es amor y felicidad. Él no <<manda>> ni quiere la enfermedad y el sufrimiento que son consecuencia del pecado original. Él nos sana ordinariamente a través de la oración. Hay excepciones: sé de algunos que tienen un misión especial: sufrir por la humanidad. A éstos Dios les ayuda en su dolor. Dios les manda el frío y la cobija al mismo tiempo. En el lado opuesto se hallan muchos católicos que al parecer se gozan en el sufrimiento y la enfermedad. Aunque al mismo tiempo toman toda clase de remedios y tratamientos costosos. En las paredes de algunas casas religiosas todavía puede leerse este letrero: <<Si estás en camino de sanidad, debes esperar el sufrimiento y la enfermedad>>. A éstos les digo que en ninguna parte del

Evangelio leemos que Jesús anime a la gente a que se queden en su enfermedad. Jesús sanó a todos Mat. 12, 16. Debemos poner el énfasis no en el dolor sino en la alabanza. La persona alaba mejor a Dios y le glorifica si está sana. Por eso podemos y debemos pedirle a Dios la sanación. Al liberarnos de la enfermedad nuestra mente puede concentrarse más en Dios y alabarlo más plenamente. En una atmósfera llena de alabanza el Espíritu Santo se mueve a su gusto y obra maravillas. En cualquier asamblea de oración se puede pronosticar si va a haber mucha o poca sanación: según sea el nivel de la alabanza. Cuando se ve el ambiente pesado y la gente floja en la alabanza, poca sanación. Pero si hay entusiasmo y animación para alabar a Dios: mucha sanación. Son innumerables los testimonios que podemos aducir. Una señora pasaba la vida triste y deprimida porque sufría unos dolores fuertes de cabeza, que se le reproducían cada poco tiempo. Recurrió a los médicos y tomó muchos remedios, pero el mal seguía en aumento. La situación se le hacía intolerable, pero entonces alguien le aconsejó que buscara a los carismáticos. Esta fue su salvación. Porque los nos la encaminaron como siempre a alabar a Dios. Al poco tiempo pudo observar con alegre sorpresa que los dolores le fueron desapareciendo. Al mismo tiempo sintió un amor y una elevación cristiana que nunca hasta entonces había experimentado. Hoy día es una buena servidora que ora por los enfermos. La gente entregada a la alabanza es la más feliz del mundo. Por toda la eternidad alabaremos a Dios, compartiendo su felicidad. Pero nos vamos ya desde ahora entrenando para esa gran misión. Vemos con dolor que la juventud se aleja de la iglesia. ¿Por qué? No les satisface. Quieren ver hechos, algo palpable. Por eso más bien les gusta la brujería y el satanismo. Ahí si suceden cosas, hechos sobrenaturales, aunque malos. Pero si ellos se entregaran a la alabanza palparían cada día nuevas maravillas. Igualmente es lamentable que algunas gentes se pasen a las sectas orientales. Sabemos que alguno ha viajado a la India buscando la experiencia de Dios bajo la guía de un gurú. A estos les prometen grandes emociones y la felicidad total. Pero jamás la lograrán en esas religiones panteístas. Porque Dios es persona, no energía o luz como ellos enseñan. Dios es triplemente persona. Y Jesús es una de esas tres personas divinas que forman un solo Dios. Solo ese Dios personal nos da la alegría, tanto si nos entregamos a la experiencia fabulosa de la contemplación mística como si llegamos a la calle para sanar a los hermanos enfermos. Jesús sigue obrando prodigios como hace dos mil años. A través de la oración y la alabanza palpamos su presencia redentorista entre nosotros. Al visitar varios círculos y asambleas de oración carismática vemos que florece por doquier la alabanza. Pero es insuficiente. Estamos de acuerdo varios dirigentes carismáticos en que hoy día hay gran déficit de alabanza. Esto motiva que en los grupos algunos se vean involucrados en resentimientos, amarguras, disensiones, celos, rupturas.

Los problemas son inevitables donde quiera que hay grupos de hermanos, pero abundan más donde decae la alabanza. Porque entonces esos grupos se centran en sí mismos, cuando es en Dios en quien deben centrarse. La alabanza debe ser vibrante: <<Aclame al Señor la tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con cantos de alabanza>>. Salmo 100, 1.

EL DON DE SANACIÓN

Todo católico puede y debe orar por sanación. Jesús dijo: Todo el pide recibe. Luc. 11, 10. Todos podemos orar por los enfermos, sobre todo por aquellos que están más unidos a nosotros: los padres por los hijos, los esposos entre sí, los amigos por los amigos. Los sacerdotes, como pastores y líderes de la comunidad, tenemos un don especial de sanación. Pero es un hecho que en las comunidades siempre hay alguien que se destaca por un carisma extraordinario de sanación. Así lo confirma la Biblia: <<A algunos se les da el don de sanar>>. I Cor. 12, 9. Muchos preguntan: ¿Cómo se sabe que alguien tiene el don de sanación? La única prueba válida es que la gente se sane con su oración. Aquí no valen palabras sino hechos. Pero hay que advertir que el don de sanación admite diversos grados. No es cuestión de tener el don de sanación sino a qué nivel. Porque el don de sanción siempre es capaz de crecimiento y desarrollo. Y los que lo tenemos debemos crecer más y más en él. Los que tienen ese don en grado elevado no necesitan hacerse la promoción, pues las gentes los buscan como palito de romero, dentro y fuera de la nación. La verdad en este campo no tarda en descubrirse. Hemos conocido a varios de esos sanadores famosos internacionales y en todos hemos admirado su humildad. La humildad es la verdad. Y la verdad es que solo Jesús es el que sana. La persona lo único que puede hacer es orar, pero que el enfermo se sane o no es cosa de Dios. A veces no se da la sanación. Dios es el único dueño de la vida y de la salud. Todo protagonismo en este campo es peligroso: la gloria es solo para Dios. Pero es verdad que no existe la humildad químicamente pura. Puede siempre infiltrarse la vanagloria… <<La señora por la cual yo oré, se sanó. Yo soy importante>>. No. El único importante es Jesús. Estemos muy atentos para que no nos suceda como a los fariseos que buscaban el aplauso de la gente. Con ese aplauso ya tenían su premio, bien pichirre por cierto. Mat. 6, 2. Nosotros queremos y buscamos el premio del cielo. Si se nos infiltra la vanidad, no perdemos por completo ese premio, como los fariseos, se nos disminuye algo. Por eso nuestro lema es: ¡<<Toda la gloria para el Señor>>! Por eso mismo también permite a veces el Señor que <<metamos la pata>> y que las cosas salgan mal, para que se nos bajen los humos.

Pero mucha atención: ser humilde no es ser tímido o apocado. No debemos abandonar por falsa humildad el campo a los enemigos. Estos si luchan y perseveran en su obra destructora contra el reino de Cristo. Los católicos tenemos el arma poderosa de la oración aunque para muchos católicos es desconocida. De ella nos servimos para sanar a los enfermos y dilatar el reino de Cristo. A veces en las asambleas se auto presentan quienes desean exhibirse y se lanzan a imponer las manos al primero que encuentran, dando a entender que quieren hacerse los importantes y que practican la sanación más por lucimiento personal que por amor a los enfermos. Yo sin embargo no suelo desautorizarlos o desanimarlos. Porque primeramente me hacen recordar a muchos líderes católicos que sí están bien preparados pero lamentablemente se niegan a imponen las manos y orar por los enfermos por sus prejuicios o su cobardía. En segundo lugar, nada malo hacen estos sanadores improvisados. Más bien yo opino que todos los católicos debemos orar por sanación cuando se nos presenta la oportunidad. Es una obra excelente de fe y amor. Pero insistimos en que la comunidad es quien discierne cuándo una persona está agraciada con el don de sanación. Por eso es necesario que en cada reunión se aparte tiempo para orar por sanación. En cada comunidad suelen destacarse quienes tienen auténtico carisma de sanación y la gente los busca, igual que en las clínicas cada enfermo gusta de escoger al médico de su preferencia. Si un doctor tiene éxito luego le llegan los pacientes sin necesidad de buscarlos. En forma similar, es lógico que cada católico sea libre también para escoger el ministro de sanación. Cada día los católicos vemos con más claridad que se cumple al pie de la letra la palabra de Jesús: <<Impondrán las manos a los enfermos y se sanarán>> Marc. 16, 18 Jesús nos sana y nos libera.

FENÓMENOS QUE ACOMPAÑAN LA SANACIÓN

El don de sanción suele ir acompañado de algunas manifestaciones sensibles. Algunos al imponer las manos sienten un temblor acariciante, como si por ellas circulara una suave corriente de energía. Otros más bien experimentan una sensación de poder, como una corriente eléctrica que les fluyera por sus manos. Otros finalmente no experimentan nada, pero ven que la gente se sana. Por parte de los que reciben la sanación algunos experimentan un calor placentero que se les centra sobre la parte enferma, como indicio de que está en proceso de sanación. Tenemos que advertir que estas sensaciones pueden ser útiles porque les dan el discernimiento sobre el modo y el tiempo de practicar la sanación. Pero no debemos andar buscando estos fenómenos, los cuales por cierto suelen llegar sin buscarlos. No hay que temerlos y desecharlos, pero tampoco sobrevalorarlos, ni menos aún envanecerlos por ellos. Pueden prestar valiosa ayuda en la sanación. Algunos advierten que estos fenómenos, al crecer las personas más y más en el amor a Dios, tienden a disminuir, hasta hacerse casi imperceptibles. De esta forma les da a entender el Señor lo

maravilloso que es proceder <<en fe desnuda>>, sin estas manifestaciones externas. De hecho algunos sanadores que nunca tuvieron esas experiencias realizan tantas sanaciones o más que los otros. El poder de la oración es admirable. Si nos ponemos todos a orar el mundo se transforma a todos los niveles. Esta es la gran revolución. A través de la oración de sanación el mundo va a conocer en forma viviente y palpable el amor de Jesucristo. Yo he podido comprobar que cada persona, al ser sanada, se dice: <<Jesús me ama. Él es maravilloso>>. La sanación es un gran testimonio para todos, pero sobre todo para la juventud. Los jóvenes reciben un impacto cuando ven por una parte personas que se retorcían de dolor y fueron luego sanadas por Jesús. Y por otra, sus propios compañeros liberados de la adicción a las drogas y sus mismos padres sanados de alcoholismo. Este es el Evangelio auténtico, la noticia alegre de que Dios nos ama. Gracias a esa sanación y liberación fue como se propagó por el mundo el reino de Cristo: la Iglesia Católica. Por eso los primeros católicos pedían a Dios que obrara <<señales milagrosas y prodigios>> Hechos 4, 29 y éstos llegaban. <<Con solo aplicar los pañuelos y mandiles que Pablo había usado, se alejaban las enfermedades y salían los malos espíritus. Hechos 19, 11. Vemos por la Biblia que Pedro y Pablo eran maestros de sanación. Yo pienso que ellos eran personas corrientes, como nosotros. Tendemos a elevarlos e idealizarlos, pero seguramente que tenían emociones y sentimientos como los nuestros. Ellos sí tenían una fe total en Jesús, como debemos tenerla también nosotros. Así se cumplirá en ellos y en nosotros la palabra de Jesús: <<El que crea en mi hará las mismas cosas que yo y aún mayores>> Juan 14, 12. La gente de aquel tiempo veía que ni Júpiter, ni Minerva, ni Mercurio sanaban a las personas, a pesar de los cultos apoteósicos, que les tributaban. En cambio el humilde Jesús, clavado en un palo, si traía la sanación y la felicidad a todo el que creía en Él. Ese fue el motivo principal por el que el imperio romano se convirtió en masa para Cristo. También nuestro mundo de hoy, materializado y ateo, ha de caer a los pies de Cristo que sana, libera y trae para todos la felicidad.

LA CRUZ DE CRISTO

Jesús murió para salvarnos. Pero no solo salvó nuestras almas, sino a toda la persona: alma y cuerpo, que son inseparables. Dios quiere que todos se sanen y no se sanan todos. Igual que quiere que todos se salven y no se salvan todos. El Señor respeta nuestra libertad y por eso permite el mal. Una corriente de pensamiento afirmaba que el cuerpo es malo y que tenemos que corregirlo y castigarlo. Algunos llegaron a creer que la mejor forma de amar a Dios es sufrir. ¡Qué gran error! Jesús parece que se contradice: por una parte nos anima a todos a cargar con su cruz y por otra alarga su mano y sana a todo enfermo que se lo pide. El ejemplo del propio Jesús nos resuelve el problema: Él cargó con la cruz de la incomprensión y la persecución y las torturas horrendas de su

pasión. Él sufrió hambre, sueño, cansancio… Lo que si no sufrió fue la enfermedad corporal ni la sicológica. En ninguna parte se nos presenta a Jesús enfermo. Jesús nos anima a todos a cargar con la cruz, no la de la enfermedad, sino de la incomprensión y la lucha de todo tipo. Por tanto al sanar nosotros a los enfermos no predicamos un cristianismo sin cruz. Ésta nunca nos faltará: incomprensión, persecución, cansancio, lucha, dolor y en ocasiones la enfermedad. Jamás vemos que Jesús invite a un enfermo a tener paciencia en su enfermedad, o alegrarse por ella. Al contrario: <<Jesús sanó a todos>>. Mat. 12, 16 Cada vez que abrimos el Evangelio encontramos que Jesús o está sanando a alguno o lo va a sanar. Y cada vez que manda a sus discípulos a misión les ordena que expulsen a los demonios y sanen a los enfermos. Mat. 10, 1. Hoy día son muchos los que salen a predicar la Palabra Divina pero casi ninguno va a sanar a los enfermos. Creen erróneamente que la enfermedad es un signo de la predilección divina, cuando en realidad es fruto del pecado. Por eso mismo, el ofrecer o pedir la sanación lo consideran una cobardía: botar la cruz de Cristo (aunque sí se toman toda clase de remedios). Nosotros vamos a lanzarnos todos a orar por los enfermos. El mundo entonces se transforma y el amor de Dios lo invade todo. Muchos católicos, al llegar a una asamblea de oración y ver a la gente con los brazos en alto, cantando alegres, batiendo palmas, y aún danzando dicen: <<Están chiflados>>. Y no vuelven más. Pero los que regresan empiezan también ellos a sentir esa alegría y a descubrir que Dios es amor. Ellos también empiezan a elevar sus brazos en un gesto simbólico de entrega a Dios y se ponen a alabarme. El miedo que antes sentían a Dios se alejó para siempre. Ahora le llaman: Abba Padre, tierno y bueno y saben que ese Padre no les niega nada a los que le piden. <<¿Qué padre, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?>> Ni los más salvajes hacen eso. Pues cuánto más el Padre que es todo amor nos dará cuanto le pedimos, incluyendo a sanación.

ORAR EN COMUNIDAD

Se cuenta de S. Francisco Javier que siendo misionero en China, enseñaba a los niños pequeños a orar y a sanar a los enfermos y estos se sanaban en gran cantidad y se presentaban ante S. Francisco. Entonces él se aprovechaba la ocasión para enseñarles a conocer mejor a Jesús. Nosotros también somos enviados a predicar el Evangelio y a sanar a los enfermos. Mat. 10, 7. Luc. 9, 2. Para Jesús predicación y sanación son inseparables. Una hermana comprendió esto en la Misión Nacional cuando al orar por los enfermos en la visita domiciliaria, vio el impacto transformante que tenían sus prédicas y decía: Resulta que yo he estado perdiendo el tiempo. Ahora comprendo por qué Jesús manda a todos los misioneros a predicar y a sanar.

Nosotros acostumbramos a orar por sanación en comunidad, de acuerdo a la palabra de Jesús: <<Cuando dos o más se reúnen en mi nombre yo estoy en medio de ellos>>. Pero la oración individual es también maravillosa. En nuestros grupos acostumbramos que una persona dotada de carisma de sanación anime y dirija a todo el grupo de los que oran por los enfermos. A veces nos piden orar por una persona ausente. Son muchos los que se han sanado a distancia y en el momento preciso en que les hicieron oración. Para Dios no hay distancias. Así sanó Jesús a la hija de la cananea. Mat. 15, 21. Un señor era torturado por unas úlceras de estómago, con terrible dolor. Oraron a distancia por él y se sanó. Más tarde dio testimonio para la gloria de Dios. Algunos preguntan: ¿se puede orar por sanación más de una vez? Algunos grupos no católicos piensan que solo una vez se debe orar y que el orar segunda y tercera vez denota falta de fe. Pero esto va en contra de la enseñanza de Jesús que nos anima a repicar a la puerta hasta que nos abran. Luc. 18, 1. A veces el Señor nos escucha a la primera. Y otras tenemos que repetir una y muchas veces la oración. Pero al final la oración siempre triunfa. Hemos comprobado que en enfermedades crónicas y resistentes el Señor quiere que perseveremos orando por algún tiempo. Por ejemplo la artritis severa suele curarse gradualmente. Pero no siempre es así. El Señor es muy libre para actuar cuando quiera y como quiera. Él no gusta de someterse a reglas fijas. En las enfermedades muy arraigadas, como el retardo de un niño, solemos ir <<paso a paso>>. Animamos a la mamá a orar a diario, y si es en unión de la familia, mejor. El niño va mejorando poco a poco (a veces de golpe) y siempre más rápido y eficiente de lo que pudiera indicar el diagnóstico del médico. Jesús dice: todo es posible para el que cree>>. Marc. 9, 23. <<Yo os aseguro que si tenéis fe y no dudáis… podréis decirle a ese cerro: quítate de ahí y arrójate al mar… y obedecerá. Y todo lo que pidáis con fe en la oración lo recibiréis Mat. 21, 21. Los católicos, a través de la fe y la oración, tenemos unos poderes insospechables, increíbles, que ni siquiera hemos empezado a emplear. El día que los usemos, el mundo se transformará.

YO NO CREO EN <<MILAGRITOS>>

Muchos católicos nunca han recibido sanación y, naturalmente la excluyen de su vida espiritual. Pero la gente sencilla de nuestro pueblo sí espera esa sanación de Dios. Un dirigente decía: <<Estos carismáticos, con el pretexto de la sanación, están promoviendo una religión de tipo emocional. Aunque a veces la gente, se sana no es por su oración, porque al fin no son ningunos santos. El católico auténtico no necesita prodigios para creer en Dios y cuando le llega la enfermedad, la abraza con amor, porque con ella gana el cielo. Pongan los pies en el suelo esos carismáticos. Sean realistas y desechen tanto emocionalismo>>. Por encima de esas

apreciaciones poco amables, nosotros tenemos la experiencia de un Dios-Amor que está tocando a nuestro mundo secularizado y materialista. Y tenemos a nuestro Hermano Mayor-Jesús que nos salva del pecado y de las consecuencias del mismo que son las enfermedades espirituales y corporales. A este propósito el P. Francis MacNutt refiere un caso medio cómico que sucedió en los Estados Unidos a los comienzos de la Renovación Carismática. Un sacerdote que dirigía un retiro a unos jóvenes universitarios católicos, quiso darles una enseñanza sobre la fe pura, <<desnuda>>, que no se apoya en <<milagritos>>. Simulando que tenía el don de sanación, mandó que los que quisieran sanarse se adelantaran hasta la reja del comulgatorio. Y se adelantó un buen número. Tenía pensado orar solo externamente por ellos para luego, en vista de que no se sanaba nadie, poder decirles: ¿Ven Ustedes? Así es como no se debe actuar. Hay que buscar una espiritualidad más elevada. Luego, imitando a un sanador carismático que había visto por la TV el sacerdote recorría la fila. Les imponía las manos y decía en voz firme a cada uno: <<Quedas sanado en el nombre del Señor Jesús>> él pensaba que nada iba a suceder. Pero ¿Qué pasó? Lo que él no se imaginaba: que se sanó la mayoría. La fe de aquellos jóvenes triunfó sobre el escepticismo del sacerdote. Él al principio atribuyó aquellas sanaciones al poder de la sugestión. Pero luego cambió de pensar: porque había allí un muchacho con un brazo enfermo, sostenido por un lazo del cuello, y lo levantaba alegremente diciendo que podía moverlo. ¡Gran sorpresa! Y al día siguiente una estudiante le dijo que se había sanado de una inflamación en la rodilla, aunque todavía le quedaba la hinchazón que esperaba se le curaría del todo. Pudo ver que no era cosa de sugestión. El impacto que recibió aquel sacerdote escéptico le hizo mirar con simpatía a la Renovación Carismática. La fe mueve montañas. Esa fe realiza a diario prodigios y sanaciones que a su vez fortalecen la fe del pueblo. Pero son muchos los dirigentes católicos que siguen con dudas y escepticismo acerca del valor sanativo de la oración. A ello les ayuda la secularización galopante que nos oprime. No hay dos sanaciones iguales. Cada día palpamos en este campo nuevas paradojas. Realmente la sanación es un misterio, el misterio del amor de Dios. Los que buscan en ella reglas precisas y rígidas quedarán defraudados y nunca gozarán la experiencia fabulosa de innumerables gentes sanadas por el amor de Dios.

SANADORES ENFERMOS

Algunos creen que solo las personas santas pueden orar por los enfermos. No cualquier persona puede orar. Porque no somos nosotros los que sanamos. Es Cristo. Todo el que pide recibe, sea quien sea. Al que pica a la puerta de Dios siempre le abren. Luc. 11, 9.

El Señor puede valerse de cualquier persona para sanar a otros. Eso sí, tratemos de ser instrumentos aptos en las manos de Dios. Y lo seremos cuanto más amor tengamos, es decir, cuantos más santos seamos. Conocemos el caso de una persona que se levanta a las 4 a.m. a orar por los enfermos. Tienen una lista de personas con problemas. Ora hasta las 6 a.m. Son muchísimos los que se han sanado y ella crece más y más en el amor. Cuantas más personas se unan a la oración, más deficiente será ésta. También en la oración se cumple el dicho: en la unión está la fuerza. Si prendemos una vela en una habitación oscura, se ilumina. Pero si prendemos cien velitas, brillará un gran resplandor. Así sucede también en la oración. Cualquier persona puede orar por sanación, aunque no sea servidor o sacerdote. Basta que crea en el poder y el amor de Dios. Pues Dios nos quiere sanos y todo lo que le pedimos nos lo da. Si perseveramos en la oración llegará la sanación. Eso sí, el cuándo y el cómo queda en las manos de Dios, tal como hemos explicado. Algunos dicen: Yo necesito ser sanado. Entonces ¿Cómo voy a orar para que otros se sanen? La verdad es que todos necesitamos ser sanados, unos más, otros menos. Somos sanadores enfermos. Nadie es digno de acercarse a Dios para sanar a los demás. Pero Dios se vale de los instrumentos menos dignos para realizar sus prodigios. Somos como esos médicos enfermos que sin embargo sanan a muchos clientes. No nos vamos a preocupar por nuestra indignidad. Más bien nos vamos a olvidar de nosotros mismos para entregarnos al amor de Jesús y los hermanos. Igual que cuando vamos a comulgar le decimos al Señor de corazón que no somos dignos, pero lo recibimos con toda la confianza y el amor. Tenemos que hacer algo por el reino de Cristo y el mejor campo es éste de la sanación. En lugar de lamentarnos de lo malo que andan los tiempos, vamos a mejorar nosotros mismos. En lugar de renegar de la oscuridad vamos a encender una vela. Unos carismáticos llegaron a un restaurant y antes de comer juntaron las manos, oraron, dieron la bendición. El camarero que era católico, pero un poco alejado, como tantos otros, quedó emocionado, y dijo: <<Llevo 20 años en mi trabajo y nunca vi algo como esto>>. Un grupo de oración ha visitado a una pobrecita en su cumpleaños. Ella vivía solita. Le impusieron las manos. Le hicieron oración. Le llevaron una torta. ¡Feliz aquella mujer! Otro caso más: En el hospital le oraron a una señora con tuberculosis activa. Se sanó, y comenzó a ir al grupo de oración. Ella se sanó también, como declaró más tarde, del odio y la maldad y se vio inundada de la alegría de Dios. Muchos más ejemplos podríamos aducir. Ellos demuestran que los que oran por los enfermos se van llenando más y más cada día del amor a Dios, y al sanar a los demás, se van sanando a sí mismos.

ORACIÓN DE MANDATO

La Biblia dice: <<A cada uno se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común. Porque a uno se le da por el Espíritu <<Palabra de ciencia>>. Este carisma capacita a quien lo posee para conocer quién se va sanando, de qué forma, a qué áreas se extiende la sanación, la resistencia que se le hace etc… <<A otro se le concede don de fe>>. Este carisma capacita para conocer si el enfermo se va a sanar en este momento o no. Al mismo tiempo confiere al sanador el coraje necesario para actuar de acuerdo a ese conocimiento y hacer así la <<Oración en fe>>. <<A otro, carisma de sanaciones en el mismo Espíritu. A otro poder de milagros>> I Cor. 12, 6 Vemos que la Biblia distingue entre <<don de sanación>>: cuando se sana o resuelve algo que se podría obtener mediante un proceso de la naturaleza, como la sanación de la artritis, y el <<don de milagros>>: cuando se trata de algo que supera las leyes de la naturaleza, como la sanación de un cáncer irreversible. Hay dos formas de oración: de petición y de mandato. En la oración de petición suplicamos sencillamente al Señor que sane a la persona. Esta oración es más ordinaria. Está al alcance de todos. Algunos maestros recomiendan a los principiantes orar por pequeños males, como dolor de cabeza, resfriados… porque son más fáciles de sanar que las enfermedades crónicas: el cáncer, la ceguera, la artritis aguda. Pero no vamos a establecer reglas fijas. Se ha visto a gente nueva haciendo oraciones de sanación con éxito sorprendente, superando a los que llevamos largos años de experiencia. Dios no se deja encasillar en ninguna reglamentación. 2.- La oración de mandato: ordenando a la enfermedad que se aleje, en el nombre de Jesús. De esta forma oraron los apóstoles: En nombre de Jesús levántate y camina>>. Hechos 3, 6. Es como si el orante estuviera de acuerdo con Dios y viviera identificado de forma misteriosa con el mismo Señor. (Figura) Cada uno debe desarrollar su propio estilo de oración. Se puede aprender de los otros, y aún imitarlos. Pero lo que no se puede es adoptar una forma forzada e irreal de oración que no corresponde a su modo de ser. Por apartarse de estas normas prudenciales han sucedido varios casos lamentables. Un hombre se hallaba postrado en silla de ruedas por una fractura que sufrió en un accidente. Unos carismáticos le decían. <<Usted se sanará con seguridad si tiene fe. –Si la tengo. Se pusieron a

orar por él. Comenzaron también a ayunar y algunos dijeron que no romperían el ayuno hasta que no lo vieran caminando. Al final, después de larga oración, le mandaron: <<Deje la silla, párese y camine>>. Pero no se levantó y quedó postrado, con gran amargura y todos defraudados y desalentados. El suceso dio ocasión para que alguien formulara un chiste de mal gusto que dejaba mal parada a la Renovación Carismática. Aquel que no posee don de milagros, ni está dotado de la oración de mandato, no puede aventurarse en terreno que no le corresponde. Pero tampoco esto podemos tomarlo como una regla de matemática. Pues conocemos el caso de una madre sin esos carismas espectaculares, cuyo hijo se cayó de gran altura y se hizo una raja profunda en el cráneo. Aquella madre tomó entre sus manos la cabeza del hijo y formuló esta oración de mandato: <<En nombre de Jesucristo ciérrese esa raja>> Y el muchacho quedó sanado al instante. Igualmente una muchacha en el hogar bebió un vaso de veneno activo, creyendo que era un remedio. La mamá le puso las manos sobre el estómago y exclamó. <<Jesús, tu dijiste que aunque bebieran algo venenoso no les haría daño. En tu nombre, pierda su poder este veneno. Que no dañe a mi hija>> Y no le pasó nada a la muchacha aunque el veneno que bebió era como para caer muerta. Insistimos en que cada cual debe orar conforme a su estilo y su carisma. El sanador que no posee <<palabra de ciencia>> o <<don de fe>> no puede adoptar un estilo de oración hueco y pretencioso. Si adopta ficticiamente la oración de mandato, afirmando que en aquel preciso momento se realiza la sanación, perjudica y defrauda al enfermo. Un señor asistió a un retiro en que se habló del poder de la fe para sanarnos. Después quiso llevar a la práctica su enseñanza. En el hospital se estaba muriendo de cáncer una señora. Aquel señor reunió un buen número de carismáticos, se puso a orar con ellos, y anunció solemnemente que la señora se sanaría. Él no tenía el <<don de fe>>. Por tanto habló en forma simplista y arbitraria. La señora murió a los pocos días y él quedó desconcertado. Solo los que tienen el don de fe saben que una persona se va a sanar. Pero los que no lo tenemos, seguimos orando siempre y pidiendo a Dios que sane a la persona, apoyados en el poder y el amor de Jesús, pero sabiendo al mismo tiempo que toda sanación es un misterio y que es posible que la persona no se sane, pues según el plan de Dios, estamos destinados a gozar con Dios en el cielo y alguna será nuestra última enfermedad.

EL QUE PERDONA SE SANA

La experiencia nos enseña que la falta de perdón es el mayor obstáculo para recibir la sanación. El que perdona de corazón es perdonado por Dios y es sanado: <<Si no perdonan las ofensas

tampoco el Padre del cielo les perdonará. Mat. 6, 15. La gran mayoría de la gente vive esclavizada por la amargura y el resentimiento. ¿Cómo está uno seguro de que ha perdonado a la persona enemiga o antipática? Cuando ora por ella y pide a Dios que la bendiga. El orar por los enemigos es la mejor manifestación de amor. Una persona decía: <<Cada vez que pienso en mi marido me pongo a temblar de rabia>>. Alguien le preguntó: ¿Has orado por él? –Sí, para que deje la maldad. –Entonces esté segura de que lo ha perdonado. Esa rabia de Usted no se dirige tanto a la persona de su marido, sino a los vicios y la perversión de él. De todas formas, si persiste en Usted esta amargura debe pedirle a Dios que la sane. Para ello es conveniente que visualice, en la presencia de Dios a su esposo (o la persona enemiga) y le diga con el corazón: <<Te perdono y te amo, porque Jesús te ama>> y permita que el amor de Dios penetre tanto en él como en Usted. Verá que la rabia va siendo sustituida por el amor. Y mirará ya con paz a esa persona antipática. Nunca se insiste demasiado en la necesidad del perdón. Una persona vino a pedir sanación y al dialogar con ella declaró que desde su niñez alimentaba odio a todos los varones, incluyendo a su esposo. Y ese resentimiento tenía su origen en el trato duro y la burla de su sexo que groseramente le hacían sus hermanos varones cuando ella era muchachita. El servidor, lógicamente, antes de orarle, le sugirió que perdonara a sus hermanos. Pero ella se negó. Y al preguntarle por qué mantenía aquel resentimiento que tanto daño le hacía, respondió que si perdonaba a sus hermanos ya no podía echarles en cara su maldad y ella perdería así su propia personalidad. El servidor entonces le hizo de nuevo oración, para pedirle a Dios que le diera el coraje de perdonar. Y así fue. Ella comprendió que su actitud era contraria al mensaje cristiano y que sin perdón no lograría la sanación. Al fin, llorando mucho, perdonó lo mejor que pudo a sus hermanos y notó después que sus dolencias le desaparecían. Vemos pues que la salvación del alma trae consigo la del cuerpo. Vemos también que la enfermedad corporal no es ninguna bendición, sino una señal de que necesitamos ser sanados por dentro en nuestra alma. Lamentablemente muchas personas pasan la vida esclavizadas por el resentimiento y la amargura y no detectan o reconocen ese pecado, y menos se arrepienten de él. ¿Cómo romperán esas cadenas? Por medio del amor. El amor a Dios y a los hermanos que nos ofendieron es la vía por la que llega a nosotros la salvación redentorista de Jesús. Al nosotros perdonar, brota en nuestras almas la fuente pura del amor divino y se cumple la palabra de Jesús: <<Esta mujer amó mucho porque se le perdonó mucho>>. Luc. 7, 4. El perdón es la fuente del amor, aunque también el amor nos encamina al perdón. No son términos opuestos.

CÓMO HACER LA ORACIÓN DE SANACIÓN

El ministro sanador actúa en nombre de Jesús y en representación de Jesús. La gente espera encontrarse con Cristo en la sanación. Si en su rostro se refleja el amor y la paz, las gentes verán en él a ese Dios es amor. Esto no es tan fácil, porque todos tenemos nuestros errores. Además vivimos en un mundo en que el termómetro del amor está por debajo de cero. Y si al amor se une el sonriente sol de la alegría y el buen humor, mejor aún. Habiendo amor nadie queda en desagrado por la oración. A todos gusta. A Lourdes van muchos enfermos buscando sanación. Unos se sanan y otros no. Pero todos regresan contentos porque allí hay ambiente de amor y se convencen de que Dios los ama. La oración se acompaña de ese gesto de amor que es la imposición de las manos. Cuando se logra un clima de amor, la sanación viene espontáneamente. Dios nos ama tanto que escucha siempre la oración. Si un hijo le pide al Padre un pan, no le va a dar una piedra. Dios es el mejor de todos los padres. A veces responde a nuestra oración en forma instantánea, sorprendente. A veces también dilata la respuesta, pero ésta siempre llega. Y cuando no nos concede lo que le pedimos, nos otorga algo mejor. La oración nunca se pierde. El ministro orante concentra su atención en Jesús (O en el padre) No necesita alzar la voz ni adoptar un tono autoritario. En esto solemos distinguirnos de otros grupos no católicos que sí dan un enfoque autoritario a su oración y reclaman a Dios, a veces a gritos, que cumpla su promesa de otorgarnos lo que le pedimos. Los católicos miramos a Dios como el Abba-Padre, lleno de ternura. Con Él como que no caen bien los gritos. En la familia nadie le está reclamando a papá sus promesas, pues sabe que papá no falla. En resumen, el orante actúa con suavidad, y amor, reflejando en su tono y su mirada la ternura de Jesús. Así efectivamente actuaba Jesús quien sanaba a la gente no para demostrar que era Dios, sino precisamente porque era y es Dios lleno de amor. El sanador se mostrará libre de todo deseo compulsivo de obtener resultados rápidos, sin desalentarse jamás porque no aparezca a la vista ningún resultado. Unos hermanos le hacían oración a un matrimonio con muchos problemas y en peligro de divorcio. La señora tenía un quiste en el hombro que la molestaba mucho y con la oración le desapareció por completo. Otra señora tenía varios tumores cerebrales, sin esperanza de recuperación. Oraron por ella imponiéndole las manos. El cambio fue fulminante. Le desapareció al momento el dolor de cabeza y cuando luego le sacaron la placa no quedaba ninguna huella de los tumores. Aún así no se atrevía a dar testimonio hasta que tuviera la seguridad plena. Por eso a los seis meses volvió a hacerse una revisión. No había duda: la sanación fue total. ¡Gloria a Dios! La oración hecha con amor triunfa siempre ante Dios. Dios parece complacerse en ese clima de amor, sanando a los que tanto le aman y tanto se aman entre sí. Los que practican la sanación fuera

de la Iglesia ponen su énfasis en el poder de la fe, la autoridad, invocan con fuerza y aún a gritos el poder sanador de Cristo. Aún entre los católicos se ha visto a algunos que al orar parece que engendran miedo y ansiedad. No nos gusta esto. Dios es amor y por la vía del amor vamos seguros. <<Ya puedo tener toda la fe, hasta mover montañas, si no tengo amor, nada soy. I Cor. 13, 2.

BELLO PANORAMA EN LA IGLESIA

Le preguntaron a Jesús si Él era el Mesías Salvador. Jesús contesta no con palabras, sino con hechos: <<Digan a Juan lo que ha visto: los ciegos ven, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados>>… Luc. 7, 22. Esta misma respuesta es la que recibirán pronto muchas personas que actualmente se alejan de la Iglesia. Verán por sus propios ojos que en la Iglesia, Cristo sana y libera a la gente. Actualmente van proliferando por doquier las misas de sanación, concurridísimas. Es uno de los signos de los tiempos. Son ya muchos los que han experimentado el poder sanador de Cristo. Los grandes sanadores más bien tienen que esconderse, como Jesús, porque los buscaban por todas partes. Ellos llenan no ya las iglesias sino los estadios. Yo me atrevo a profetizar que pronto las misas dominicales serán misas de sanación. Todos se darán cuenta de que Jesús sana a la gente como hace dos mil años: <<Impondrán las manos a los enfermos y se sanarán>>. Marc. 16, 17. Sé que algunos objetan: Entonces la gente irá a la misa por la pura sanación, olvidándose de los sacramentos. No. Porque comprobarán cuánto los ama el Señor y crecerá su fe. Verán además que los sacramentos son una fuente de sanación. Por ejemplo son muchos los niños enfermos que con el bautismo se han sanado. Y lo mismo con la Eucaristía. Al sanarse el alma, mejora también nuestro cuerpo y nuestra mente. De todas formas ya tenemos la experiencia amarga de algunas personas que después de ser sanadas se alejan y no volvemos a verlas. Nosotros los encomendamos a Dios. Pero diremos que mejor es que hayan venido y no que nunca tuvieran ningún encuentro de oración. Algo les queda siempre del amor divino en el corazón. Fuera de la Iglesia son muchos también los grupos que practican la sanación con gran éxito. Como decía un pastor evangélico: <<Conseguimos ahora más adeptos en una sola noche que antes en veinte años, gracias al carisma de sanación>>. Pero aún dentro de la Iglesia no faltan los malos católicos a los que el Divino Juez les dirá: <<No les conozco a Ustedes>>. –Pero Señor ¿Cómo no nos va a conocer si en su nombre

expulsamos demonios e hicimos prodigios y sanaciones? –Aléjese de mí, obradores de la iniquidad. Mat. 7, 22 Es decir, que puede darse el carisma de sanación incluso en personas que no tienen amor y viven en la maldad. Confío en la Divina Misericordia que ninguno de mis lectores ni yo oiremos esas terribles palabras en el día del juicio. Durante treinta años he presenciado miles de sanaciones. Sé que algunos las cuestionan y las explican por la sugestión y de otras formas diversas. Pero para mí, por la experiencia de un caso tras otro, no hay duda de que son obra de Dios. Veo también que los que recibieron sanación consideran a Dios como involucrado en sus propias vidas y no como un ser insensible, alejado, impersonal. Con la sanación se crean nuevos valores y se motiva el encuentro personal con Cristo. Se forman nuevas comunidades de fe y amor y se transforma la sociedad y la Iglesia. La transformación de América Latina vendrá por el carisma de sanación y liberación. Jesús es el mismo hoy, ayer y siempre. <<Jesús sanó a muchos, de suerte que quienes padecían dolencias se echaban encima para tocarle>>. Marc. 3, 10. Es casi inimaginable para nosotros esta escena de la gente que se alabanza sobre Jesús para recibir la sanación. Nos hace pensar que algún día las masas populares asaltarán las Iglesias para recibir de Cristo la sanación del alma y cuerpo. Solo Cristo puede obrar esas maravillas.

LA HORA DE LOS JUBILADOS

Un alto porcentaje de los que colaboran en el ministerio de sanación está formado por personas jubiladas. Esta es la vía para superar la soledad y la crisis de los años difíciles. Al hacer oración a los enfermos se sienten rejuvenecer y desaparece el aburrimiento de la rutina diaria. Esos jubilados se integran en alguna comunidad católica para crecer en amor y madurez cristiana. ¡Qué bello es reunirse los católicos en las casas, orar unos por otros imponiéndose las manos: los padres a los hijos y los hijos a los padres! En una de esas reuniones familiares de oración entró un viejito con una grave dolencia de bronquitis. No tenía mucha fe de que iba a sanarse pero al hacer la oración notó que se le quitó el mal. Todos animaban al viejito para que se uniera al grupo. Esa es la mejor garantía de perseverancia. En la pared de la sala estaba este bello letrero: <<Gracias te doy de todo corazón, Señor Dios mío. Daré gloria a tu nombre por siempre, porque grande es tu amor para conmigo>>. Salmo 86, 12. Es curioso comprobar que en el ministerio de sanación hay especialistas, igual que en las clínicas. Esto es muy lógico. La persona que siente gusto por orar en un área debe hacerla.

Sabemos de una señora que ora por teléfono, nacional e internacional y obtienen muchas sanaciones. Y su lado fuerte es el cáncer. Otro tiene como especialidad orar por los corazones destrozados. Un matrimonio ora por los matrimonios en peligro de divorcio. Alguno es especialista en sanar las espaldas adoloridas, otros la artritis y el asma. Muchos servidores se consideran más eficientes en ciertas áreas. Se ha comprobado que suelen ser más exitosos en el área en la cual fueron sanados de alguna enfermedad y se sienten con vocación para orar por las personas que sufren esa misma dolencia. A todos recomendamos, pero de modo especial a los jubilados, que aparten tiempo generoso para la oración personal: de dos o tres horas diarias. Esto es lo más bello de la vida. Esta generosidad para con Dios nos abre las puertas para el regalo de los regalos: el don de la contemplación: el enamoramiento pleno de Dios. (1) Los maestros enseñan que nuestro grado de amor en la tierra, será nuestro grado de gloria y felicidad en el cielo. Porque en el cielo no hay dos bienaventurados iguales. Y nosotros aspiramos a un puesto elevado en el cielo, compartiendo el amor y la felicidad de Dios. Jesús nos ha regalado el tesoro de la oración para ayudarnos en todos los problemas y sucesos de la vida. Algunos piensan que solo podemos pedirle a Dios cosas importantes, y que no debemos <<marearlo>> con pequeñeces: como salir bien en un examen, tener un día soleado, encontrar puesto para aparcar… Jesús quiere ayudarnos en todo, pero de modo especial en lo que nos trae paz y alegría: <<Mi paz les dejo, mi paz les doy>>. Juan 14, 27. (1) Recomendamos la lectura de nuestra trilogía mística Las personas mayores a veces se sienten sin fuerzas para orar por sanación. Se ven decaídas y es precisamente cuando mejor se encuentran, según la Palabra: Cuando estoy débil, entonces soy fuerte. 2 Coro 12, 10 Cuanto menos confiamos en nosotros mismos, más confiamos en el Señor. Al sentir nuestra debilidad es cuando suele brotar el milagro. El Espíritu Santo nos revela sus maravillas cuando reconocemos nuestra incapacidad e ignorancia. Orando más y más es como nos preparamos mejor para orar. A orar se aprende orando. Cada día aparece algo nuevo en el ministerio de sanación. No deja de ser vergonzoso que tomemos cualquier periódico y encontremos anuncios de videntes, espiritistas, parasicólogos, astrólogos… que sanan a la gente, mientras que ningún católico anuncia que practica sanación. En una emisora de radio entrevistaban a un católico sobre el ministerio de sanación. Un enfermo de cáncer llamó a la emisora llorando para pedir sanación. E inmediatamente llamó un espiritista ofreciéndose para sanarlo. Pero no llamó ningún católico. Es que todavía reina mucho escepticismo en este campo de la sanación. Jesús dijo: Si tienen fe y no dudan, podrán decirle a este cerro: arránquese de ahí y zúmbese en el mar. Y así se hará. Y todo cuanto pidan con fe en la oración lo recibirán. Mat. 21, 21 Cada día estamos más sorprendidos de las maravillas y sanaciones obradas a través de la oración. Cada día vemos cómo se mueven y se eliminan las montañas del odio, el miedo, la tristeza, la depresión, la bronquitis, la artritis… Estas son las montañas que perturban nuestra vida, a las cuales debemos enfrentarnos y decirles: desaparezcan en el mar de la misericordia divina.

El Señor nos dio su palabra de atender nuestra oración. Él no puede andar con mentiras. Nosotros confiamos en su poder y su amor, aún cuando a primera vista no suceda nada. Él tiene su momento y su modo de actuar.

BRUJERIA Y SANACIÓN

Algunos dirigentes católicos piensan que la sanación ocurrida mediante la oración se debe a una sugestión colectiva. En algún caso pudiera ser así. No es nada malo que la gente se sane por la sugestión. Dios puede valerse de ella. Pero nosotros estamos convencidos de que es Dios directamente el que mete su mano para sanarnos a través de la oración. No solo la sugestión: cualquier forma de sanación que provenga de la naturaleza nosotros la respetamos, como pueden ser hierbas medicinales, plantas, remedios naturistas. Aunque por nuestra parte buscamos la sanación exclusivamente a través de la oración, apoyados en la palabra de Jesús: Todo lo que ustedes pidan en mi nombre se les concederá. Marc. 11, 22. La única forma de sanación que rechazamos es la que proviene de la magia y la <<brujería>>. Sabemos que los espíritus malos son ángeles poderosos, aunque perversos. Pueden en algunos casos intervenir y hacer alguna sanación. Pero ellos nunca trabajan de gratis. Si hacen algún favor se lo cobrarán después terriblemente. Por eso debemos discernir el verdadero origen del poder sanador. Si no proviene de Dios o la naturaleza, nosotros rechazamos drásticamente esa sanación, por grande que sea la enfermedad que padecemos, y por buena que sea la fama del curandero o del centro ocultista. En este punto hoy día reina gran desorientación. Son muchas las gentes entrampadas en el ocultismo y en las mil y una formas de magia y brujería. Por radio y TV se hace gran promoción a los errores ocultistas y reina gran confusión entre el poder de Dios y la fuerza del maligno. Insistimos en que renunciamos a cualquier colaboración proveniente del ámbito demoniaco, como lo rechazó Jesús y los apóstoles. Los líderes carismáticos tienen prohibición de imponer las manos y hacerles oración a los que recientemente han tomado parte en sesiones o prácticas ocultistas. Algunos comparten su vida familiar o social con quienes practican la brujería. Pueden seguir haciéndolo, por la necesidad, pero no deben imponerles las manos. Nos hallamos ante los dos polos opuestos que se rechazan mutuamente: el poder limpio y sobrenatural de Dios y el poder tenebroso y dañino, aunque también sobrenatural, de las fuerzas demoníacas. Y no vale decir como algunos: Yo confío en Dios, por eso el diablo no puede hacerme ningún daño aunque le imponga las manos al que participó en cultos satánicos. La frase suena muy bonita y lo es. Pero la experiencia nos enseña que los que así hablan y actúan suelen acabar enfermos y desanimados.

No debería ser así, porque efectivamente Dios está sobre todo poder de diablo. Pero sabemos que el <<desafiar>> temerariamente al maligno es una osadía que trae malas consecuencias. Por eso acostumbramos que antes de orarle a la persona involucrada en brujerías espiritismo o similares debe <<renunciar>> a Satanás y dejar pasar un tiempo de <<ablandamiento>>. Este es un problema serio: La sanación de Cristo exige un rechazo total para toda práctica ocultista. Aquí no caben posturas ambiguas. Hoy día hay personas muy religiosas que sin embargo están involucradas en el ocultismo y la magia. Nosotros excluimos drásticamente todo contacto o colaboración con las fuerzas del mal. San Pedro resume la vida de Jesús diciendo: <<Jesús pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo>>. Hechos 10, 37. Él nos sana y nos libera también a nosotros que seguimos sus huellas. La doctrina del Evangelio no puede quedarse en mera ideología. Tenemos que convertirla en una realidad para nuestras vidas.

SANACIÓN Y MEDICINA

La Biblia dice: <<recurre al médico porque a él también lo creó Dios. No prescindas de él porque lo necesitas. Hay ocasiones en que la salud está en manos de los médicos>>. Eclesiástico 38, 12. Así nos habla la Palabra y también el sentido común. No puede haber contradicción entre la oración de sanación y la medicina, entre el orden natural y el sobrenatural. No habría necesidad de insistir en este punto si no fuera porque algunos grupos, sobre todo no católicos, enseñan que se debe recurrir solo a la oración y no al médico. Creen que es indigno de un hijo de Dios presentarse en un consultorio médico. Se han dado casos de personas que murieron de diabetes por no tomar insulina: <<No la tome Usted en señal de que cree que Dios la ha sanado>>. Y se murió. Esto se llama fanatismo. No puede haber oposición entre médicos y oración de sanación, sino más bien amistad y colaboración. Hemos visto a médicos que nos mandaban los pacientes a la oración y también nosotros hemos encaminado a algunos a los médicos. Nosotros respetamos la medicina así como los médicos respetan o deben respetar la oración. Algunos dirigentes católicos, antes de hacer oración de sanación, se toman los remedios que acostumbran. Igualmente apreciamos los remedios naturistas. No esperemos a que la oración nos sane cuando podemos sanarnos nosotros: por ejemplo, si sufre dolores de cabeza a causa de preocupaciones excesivas, hermano, ¡cálmese Usted! Si sufre de hipertensión porque trabaja demasiado, cambie su programa de vida para sanarse ¡No abuse!

Al principio de la Renovación Carismática se presentó el caso de un señor con gran carisma de sanación: todo un taumaturgo. Como la gente veía que Dios obraba tantas maravillas por medio de él lo llamaban para que orara por los enfermos toda hora del día y de la noche. Si había un accidente grave, allí estaba él en la clínica. Pero a los pocos años sufrió un colapso que le obligó a retirarse, porque sufrió un gran agotamiento y depresión mental. No podemos abusar de nosotros mismos. Hay ciertos límites. Debemos complacer a la gente, y en forma gratuita, como acostumbramos los católicos, cuando nos piden oración. Pero tenemos también algunas veces que decir <<no>> aunque nos lo supliquen. Hay que descansar a su debido tiempo. Pongamos equilibrio en nuestras vidas. Tan pronto nos valemos de los medios naturales como recurrimos a los sobrenaturales. Una señora era diabética. Pero al hacerle la oración se sanó, y sin tomar ninguna medicina se siente perfectamente bien. Como ella decía cuando dio testimonio: nunca pensó que pudiera sucederle tal cosa. Ahora puede hacer las labores de la casa, lo cual antes le era imposible. También se sanó del corazón que antes le crecía y latía en forma irregular. Ahora puede subir y bajar las escaleras tranquila, en fin, que se siente rejuvenecida. ¡<<Gloria a Dios>>! Algunos todavía creen que es una cobardía pedir oración de sanación y signo de flojera espiritual, como si la enfermedad fuera un tesoro. Esa mentalidad obstaculiza el éxito de la sanación. Sobre todo hay quienes se resisten a que se les haga oración por pequeñas dolencias, como una infección en el dedito del pie o en el oído. Creen que es inmadurez y rechazan la cruz. Aunque luego esos mismos no dudan en recurrir al doctor y al tratamiento médico aún para el dedito del pie. Es evidente que la oración en esas condiciones va contaminada de duda, desconfianza y egoísmo. Dios nos quiere sanos, pero son muchos los que se acogen a la bienaventuranza secularizada: ¡Bienaventurados los que no esperan nada del Señor porque ellos no serán defraudados!

CUATRO RAMAS DE LA SANACIÓN

En el campo de la sanación no todos valen para todo pero todos valen para algo. El propietario de la viña da trabajo a todos los obreros. Todos tienen su misión particular que cumplir. Son cuatro los sectores o ramas de este trabajo espiritual: 1.- Sanación del pecado y del vicio como drogas, alcoholismo, homosexualismo. 2.- Sanación interior o sicológica: del miedo, depresión, insomnio. 3.- Enfermedades físicas: asma, artritis, diabetes. 4.- Liberación de la opresión del diablo.

Cada orante es conveniente, en lo posible, que remita al enfermo a otro servidor más capacitado en su rama específica, tal como en las clínicas y hospitales los médicos remiten al paciente a un especialista. Esto se hace más necesario con personas que en sí mismas ameritan sanación en las cuatro ramas. Por ejemplo: Una señora pide oración por su artritis. (Sanación física) Pero al dialogar con ella nos damos cuenta de que tiene traumas serios de resentimiento con el papá, que la maltrató salvajemente y nunca pudo perdonarlo (sanación espiritual, para el perdón). Ella también recurrió a sesiones espiritistas en las que se le presentó <<un espíritu guía>>, espíritu malo, que la orientó con mensajes de escritura automática. (Necesita liberación exorcismo) Tiene además problemas de adaptación al esposo a causa de algunos complejos que la perturban. (Sanación sicológica o interior). En este libro tratamos de esas cuatro ramas de sanación. El poder sanador de Cristo debe penetrar en lo profundo de nuestro ser. Una persona que fue sanada decía: <<El señor me llenó de una paz que antes no conocía, de un amor y un gozo que se mantiene constante. Siento gran gusto por las cosas de Dios>>. El Evangelio es, literalmente, la Noticia Feliz. Pero lamentablemente para muchos es tan solo una doctrina o enseñanza que hay que creer: una ideología. Por alejarse de Cristo la juventud se ve esclavizada por las drogas el alcoholismo, desordenes emocionales… Hay gran resistencia, por parte de muchos dirigentes católicos, a admitir las sanaciones. Si un drogadicto, por ejemplo, les pide ayuda para liberarse ¿Le darán solo buenos consejos? ¿Le dirán que con la sola fuerza de su voluntad se regenerará? No. Con pura fuerza de voluntad y la ayuda sicológica pocos se recuperan. En cambio con la oración lo logran casi todos: <<El que cree en mi hará las mismas obras que yo y aún mayores>> Juan 14, 12. No basta con darles buenos consejos y enseñanzas a los jóvenes para hacerlos buenos católicos. La prueba la tenemos en los colegios católicos, los cuales están fallando, ya que el 95 por ciento de esos jóvenes no van nunca a la misa. El error de esos colegios radica en no encaminar a los jóvenes: a la oración. El día en que descubran las maravillas de la oración de sanación se salvará la juventud y el mundo. No pueden ser felices lejos de Dios los jóvenes, por muchas fiestas y bonches de que gocen. Porque toda persona humana fue diseñada por Dios y para Dios. Dios será nuestra fuente de felicidad en el cielo y lo es ya mientras vivimos en este mundo. <<Dios enjuagará toda lágrima de sus ojos y ya no existirá la muerte, ni duelo, ni gemido, ni apenas porque todo eso ha pasado. Apoc. 21, 4.

2da Parte SANACIÓN INTERIOR

Mi paz les dejo, mi paz les doy. Juan 14, 27 Estas son las palabras más bellas salidas de los labios de Jesús. El hijo de Dios igual al Padre vino a este mundo para hacernos a todos felices. La noticia Feliz de que Dios nos ama debe inundar de alegría a todo católico. Pero lamentablemente no es así. Alguien ha dicho que en este punto no se nota diferencia entre católico y no católico. Son muchos los católicos oprimidos por la tristeza y el miedo. A causa de la depresión son muchos los que soportan la vida, más que gozan de ella. Sabemos que un papá gastó varios millones de bolívares por sanar de la tristeza y de la depresión a su hija, y no lo consiguió. Cuando una persona está dominada por la depresión no puede creer en el amor personal de Dios. Piensa más bien que nadie se interesa por ella, excepto el siquiatra, a 50.000 bolívares por sesión. Si la enfermedad física no es ninguna bendición del Señor menos lo es la enfermedad síquica que impide vivir y compartamos como hijos de Dios. No podemos abandonar a esas personas en su dolor. La oración de sanación interior es bellísima y ha dado espléndidos resultados. El P. Francis MacNutt recoge el siguiente testimonio de una señora: Yo había recibido varias sanaciones. Oraron por mí y me sané de sentimientos de culpabilidad en mi niñez con respecto al sexo. Y también de la falta de amor por las peleas grandes que de niña presenciaba en el hogar. Sentí que fui sanada de esos traumas por la paz tan grande que experimenté cuando oraron para que sanara de ellos. Derramé abundantes lágrimas de emoción y de ternura. En el retiro, cuando oraron por mí, el Padre descubrió con <<palabra de ciencia>> que había en mi dos motivos de sufrimiento de los que yo ni me daba cuenta: mi apariencia física y mi papá. Quedé admirada, pero aunque el padre oró por mí, no sentí ninguna liberación. Pero al día siguiente por primera vez, empecé a verme bella. Podía mirarme al espejo y reírme alegre, sin sentirme como una rechazada. Y por la tarde, al ponerme a orar, tuve la sensación de que mi papá me abrazaba. Cuando el sábado regresó papá, sentí que debía hablarle. Fui y me senté en su despacho llorando mucho. Mi papá me abrazó y me preguntó: ¿Qué te pasa? Yo se lo conté. Y él me abrazó con gran cariño. Fue algo maravilloso. Por primera vez pudimos expresarnos nuestro mutuo cariño. ¡Gloria a Dios! Ahora cumpliré mejor mi misión al sentirme llena de amor y podré ayudar más a la gente en mi labor misionera. Este testimonio demuestra las maravillas de la sanación interior. Son pocos los ministros católicos que se ofrecen a orarles a esas personas atormentadas. Ellos se contentan con darles <<buenos consejos>>. Pero solo la oración es la que transforma a esa gente, las cuales suelen vivir amargadas hasta que las inunda el amor y la alegría de Dios.

SANANDO VIEJOS TRAUMAS

En casi todos los círculos y asambleas ocurren sanaciones físicas, cuando se aparta tiempo para orar por sanación. Pero las sanciones interiores o síquicas son menos frecuentes, aunque no menos necesarias. Muchos científicos modernos piensan que el noventa por ciento de las enfermedades corporales, incluyendo el cáncer, tienen su origen en las enfermedades del alma, en los traumas sicológicos. Hay que ir a la raíz del problema. Un área muy importante de sanación es la liberación de los recuerdos dolorosos. Esos viejos y amargos recuerdos tienen un influjo inmenso en nuestra vida presente. Concretamente, estos son los recuerdos qué más suelen traumatizar a la gente: Tener papás borrachos o irresponsables. La muerte de mamá y/o papá o la separación repentina de la familia o el divorcio de los papás. No sentirse amado, necesitado, apreciado, sino abandonado y traicionado. Defectos físicos o sicológicos como: ser chueco, narigudo, enano, desmemoriado, necio, bruto, <<todo lo hace mal>>… Complejo de culpa por los errores viejos. Saben que Dios les ha perdonado pero ellos como que no quieren perdonarse a sí mismos. Cualquier experiencia negativa que tuvimos en el pasado permanece en el subconsciente, en <<el almacén de los recuerdos>>. Esos recuerdos negativos y dolorosos tienden a hacernos resentidos y amargados. Por eso hay que sanarlos. Lo grande de la oración es que puede penetrar en el subconsciente para sanar los recuerdos dolorosos del pasado. Los sicólogos aconsejan que los aceptemos con calma, sin amargura. Pero la oración va más lejos, porque puede sanar el dolor de esos recuerdos. Los maestros de sanación aconsejan identificar a cada uno de esos recuerdos negativos para hacer oración por cada uno de ellos. Así es como logramos una vida emocional sana. Los efectos de la oración son asombrosos. A través de ella nos sana el Señor de los recuerdos dolorosos de la niñez y la juventud, tales como tener papás duros, sin amor. Los recuerdos permanecen en la mente sin borrarse, pero el dolor sí desaparece. Algunos servidores tienen un llamado especial para ser instrumentos de sanación interior, tanto sacerdotes como laicos, y obtienen resultados de sanación en los enfermos de hasta un 85 por ciento. Una mujer pasaba su vida triste y amargada. Los hermanos dialogaron con ella sobre su vida presente: todo parecía normal. Oraron por los sucesos del pasado que tal vez la pudieron herir, pero siguió igual. No sentía esa paz grande que produce la sanación interior. Siguieron dialogando con ella para descubrir la raíz del mal. Porque a veces la gente se calla por vergüenza algo que es clave para la sanación interior. Al conversar con ella descubrieron un detalle que aparentemente no tenía importancia ninguna pero que en la realidad sí la tenía.

El asunto era que la señora, siendo niña, tenía un perrito que era su mejor amigo. Pero cuando el animalito se hizo viejo y enfermo, los papás se lo quitaron a la niña y lo mataron. Ella se puso bravísima con sus papás porque le mataron a su mejor amigo. Esto la enfermó síquicamente hasta el punto que ya no podía sentir alegría de vivir, y lo pasaba con una tristeza y amargura constantes. Pero cuando los hermanos le oraron para que Dios la sanara de aquella vieja herida, recobró su alegría y se sentía plenamente feliz. Es curioso comprobar que se sanó cuando le descubrieron la herida concreta que necesitaba ser sanada. ¿Por qué Dios obra así? Es un misterio. La oración genérica, sin especificar las causas del mal, claro que puede sanar a la gente. Dios puede sanar de cualquier forma y lo hace. Pero la experiencia diaria de los que oran por sanación les enseña que hay personas que no se sanan hasta que no se encuentra la raíz del problema. Por eso muchas veces, antes de orar por sanación física: como diabetes, artritis… se deberá orar por sanación de los traumas sicológicos. Hay que ir a la raíz del problema.

CÓMO HACER LA SANACIÓN INTERIOR

El ser humano fue diseñado por Dios y para Dios. Ya sabemos que Dios es amor. Por eso el amor es nuestra necesidad más profunda. Y la falta de ese amor, de cualquier forma y en cualquier época de la vida, genera traumas sicológicos. Nosotros practicamos la sanación interior en áreas tan diversas como son: depresión, tristeza, miedo, desordenes emocionales, inseguridad, drogadicción, alcoholismo, homosexualismo. El ministerio de sanación interior actúa en sesiones de una hora, previa cita, en una atmósfera de amor y paz. Empleamos 20 minutos para el diálogo fraterno con el paciente, animándolo a que exponga sus problemas sicológicos y la causa de los mismos. Otros diez minutos para la exhortación que le dirige el que preside la oración. Y 30 minutos para pedirle todos a Dios que sane retroactivamente a la persona (a la que siempre se le llama por su nombre). Cuando no es posible reunir al grupo de servidores practicamos también la sanación interior en forma individual, de persona a persona. Exponer los traumas sicológicos implica sentimientos de culpabilidad y de vergüenza, sobre todo cuando se trata de drogas, homosexualismo, alcoholismo… por eso la sesión ha de hacerse en privado, ante tres o cuatro personas, respetando la privacidad. Esas personas deben ser cualificadas, gente de oración, con gran amor y a ser posible, con conocimiento de psicología. Esto es lo ideal, pero ya sabemos que Dios con frecuencia obra

prodigios sirviéndose de los instrumentos menos adecuados. Jesús puede sanar y quiere sanar de cualquier forma esas heridas viejas, sangrantes. La sanación interior es algo bellísimo, aunque está llena de misterios. No hay dos casos iguales y cada ministro sanador tiene su forma personal de orar. Es un hecho que los recuerdos dolorosos perturban notablemente la paz y el amor. Y una bella forma de nuestro amor a Dios y al prójimo es orar por la sanación de esos recuerdos. A un señor católico le llovieron las calamidades: en poco tiempo le sobrevino la muerte de mamá, el accidente de un hijo muy mal herido, la muerte de un hermano que se cayó de una escalera… Motivado a eso sufría tensión alta, dolores de cabeza, insomnio, preocupación constante. Pero los hermanos le hicieron oración y recobró la salud. Ya no se preocupa y vive tranquilo y feliz. Muchos doctores opinan que el 90 por ciento de todas las enfermedades es sicosomático, es decir, que fluye de la mente al cuerpo. Al sanar esos recuerdos dolorosos se sanan o mitigan muchas enfermedades físicas. Un señor tuvo un accidente automovilístico. El carro se estrelló contra un poste pero a él no le pasó nada. Sin embargo la semana siguiente no podía dormir. Entonces unos hermanos le hicieron oración pidiendo a Dios que le sanara el recuerdo triste del accidente, con su secuela de miedos, tensiones, heridas… luego dio testimonio de que, desde ese momento, durmió con normalidad. Todo accidente deja siempre recuerdos dolorosos que se pueden sanar con la oración. Una señora no podía pasar por cerca del lugar donde tuvo el accidente sin que se viera llena de nervios. Pero pidieron a Dios que la sanara y pronto los nervios le desaparecieron. Jesús es el mismo hoy, ayer y siempre. Él puede y quiere sanar esas heridas sangrantes del pasado que perturban nuestra vida actual. Él puede llenar con su amor esos espacios vacíos y esas frustraciones.

EL DIÁLOGO ES IMPRESCINDIBLE

Cuando nos sentimos abatidos por los traumas del pasado, nos tiraniza una esclavitud, en mayor o menor grado. Pero sabemos que Cristo puede sanar todo miedo, toda ansiedad o depresión. Algunos se sienten oprimidos por el complejo de inferioridad, por accesos de furia, miedos irracionales, impulsos sexuales compulsivos y otros problemas que perturban nuestra paz y nuestra madurez cristiana. Hay que ir a la raíz y descubrir esos viejos traumas. Esto se logra dialogando con la persona misma. Por cierto que el solo diálogo constituye ya una parte del proceso de sanación. Una pregunta de siempre: ¿Tuvo Usted una niñez feliz? Todo hombre es hambre de amor, y si le falta ese amor, por uno u otro motivo, se produce la herida sicológica. Algunas de esas heridas en

nosotros son más recientes, otras más antiguas. Las más profundas y perturbadoras son las que provienen del tiempo de la niñez, como enseñan los entendidos y también nuestra experiencia. Por otra parte todo niño es muy sensible a los estados de ánimo de su mamá. Si la mamá sufre miedo o tristeza, y peor aún si rechaza al bebé, el niño recoge de alguna forma esos sentimientos y se los apropia. Si la mamá era miedosa, amargada, poco amable, es fácil que el bebé reciba en el subconsciente esos sentimientos que perdurarán en él si no son sanados. Nadie aprende a amar si antes no fue amado. Si los cinco primeros años fueron de amargura y tristeza, esa será una nota para toda la vida. Por eso el ministro sanador debe pedir a Dios que sane retroactivamente esa falta de amor. Un joven estudiante se presentó a la sicóloga profesional muy angustiado por la crisis que estaba pasando. No sentía gusto por nada. Se estaba volviendo intratable y se le estaba haciendo muy difícil concentrarse en el estudio. La sicóloga católica diagnosticó <<crisis de adolescencia retardada>> motivada por ser el joven demasiado dependiente de sus papás. Pero luego descubrió, bajo la pantalla de su crisis sicológica, su crisis religiosa. De verdad que el joven, por su personalidad débil, no pudo desprenderse de sus padres. Pero lo que más le transformaba era el vacío y la frustración de su fe religiosa, heredada de una familia que era católica de puro nombre y tradición. La verdad es que todo ser humano fue diseñado por Dios y para Dios, y al encontrar a Dios descubre la fuente perenne de sanación. La sicóloga, además del tratamiento sanitario, le hizo al joven oración de sanación con mucho amor. Y pudo comprobar visiblemente que superó sus crisis y sus problemas sicológicos. ¡Qué buena labor, profesional y apostólica, la de esa sicóloga! Lo que antes dijimos de los médicos, lo referimos aquí igualmente a los sicólogos y siquiatras: no puede haber oposición entre la oración de sanación y la técnica sanitaria sino mutuo aprecio y colaboración. Los sicólogos y siquiatras disponen de buenas técnicas para diagnosticar los traumas sicológicos, pero no se les hace tan fácil aplicar los remedios adecuados. Lo ideal es que tanto médicos como sicólogos oren por los pacientes, como ya lo practican algunos; y si es en unión con los sanadores católicos, y de la propia familia, mejor aún. El amor a Dios a través de la oración es la mejor medicina para sanar esos problemas sicológicos. Pero si no logramos unir la técnica sanitaria a la oración por lo menos exigimos mutuo respeto y colaboración.

EL CARISMA: <<PALABRA DE CIENCIA>>

<<Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y al prójimo como a ti mismo>> Mat. 22, 37. El amor es el gran mandamiento de Jesús: amamos a nosotros mismos y a toda la gente, comenzando por los de casa. El mundo se va haciendo más receptivo al amor y al poder de Jesús.

Al ser nuestro corazón sanado de todo trauma y de todo complejo es cuando de verdad estamos preparados para amar con todo el corazón y con toda el alma. Algunos al imponer las manos por sanación interior piden <<Palabra de ciencia>>. Ya explicamos este carisma el cual suele llegar bajo la forma de una imagen o una palabra a la mente. I Cor. 12, 8. Por ejemplo, si se presenta la imagen de una botella, el sanador puede descubrir, en diálogo con el paciente, el problema de alcoholismo de papá. O si le llega a la mente la palabra <<castigo>>, pronunciada muy suavemente en su espíritu, puede conocer que sufrió castigos excesivos en su niñez. De todas formas, con <<palabra de ciencia>> o sin ella, es imprescindible el diálogo con el paciente: <<¿Tienes algunos recuerdos dolorosos del pasado? ¿Cuáles fueron los sucesos más dolorosos de tu vida? ¿Cuándo comenzaste a sentirte perturbado?>> Hay que llegar a la raíz del problema el cual pudo ser: rechazo, complejo de inferioridad, falta de amor, brutalidad, violación, sustos, golpes, accidentes… Cada recuerdo doloroso amerita de sanación. Un señor pidió a su grupo que le hiciera oración para liberarse del cigarrillo. Le oraron varias veces pero el hombre seguía fumando. Le advirtieron muy amablemente que pusiera empeño de su parte para librarse del vicio. <<Si ya lo hago. Quiero liberarme>>. Pero seguía fumando. En un retiro carismático el hombre oyó una charla sobre sanación interior donde se decía que debemos ir a la raíz del problema. Él entonces recordó que había comenzado a fumar en la adolescencia como una rebeldía contra su papá, que era muy autoritario con él. Entonces los hermanos le oraron para que perdonara a su papá y para que lo aceptara tal como era. Así lo hizo y al poco tiempo se le olvidó el cigarrillo. Dios en su misericordia le dilató la sanación del cigarrillo para que hiciera de corazón las paces con su papá. Una señora no dormía bien por la noche, solo muy poco. Al dialogar con ella se supo que cuando era muchacha tuvo una experiencia traumática: la policía entró en su casa a media noche persiguiendo a un criminal. Desde entonces tuvo miedo a la policía y dificultad para dormir. Pero cuando los hermanos oraron por ella pudo ya dormir bien. Una joven temblaba de miedo cada vez que había una tempestad con truenos y relámpagos. Los hermanos oraron por ella y no tuvo más miedo. Todos saben que la muerte de papá o mamá es siempre traumática, sobre todo para los niños y los adolescentes ya que les motiva mucha inseguridad. Debemos orar siempre por los huerfanitos. Un campo muy bello de sanación de recuerdos es el de los viudos y viudas. Pues al morir el cónyuge algo muere en la pareja. Por eso es muy corriente que se enferme el cónyuge sobreviviente. Debemos orar por los viejitos pidiendo a Dios que los sane de los recuerdos dolorosos y de la soledad. Este es un campo muy bello para quienes trabajan con viejitos.

Las fuentes del miedo son innumerables en nuestra gente: miedo a la oscuridad, a algún animal como el gato, a la ambulancia, a los bomberos… Debemos orar por la sanación de todo miedo fuerte. Sabemos que el que de verdad es hija o hijo de Dios no puede tener miedo a nada ni a nadie. Algunos se resisten a orar por la sanación porque piensan que <<no va a pasar nada>>. Aunque en la oración no ocurra nada especial al exterior, el que ora siempre sale ganando. Aquí no hay perdedores. Si no se sana el enfermo se sana el que ora por el enfermo. Nunca se ora demasiado por los enfermos, sino demasiado poco. Al hacer oración pronto se deja ver las maravillas del Señor y se va fortaleciendo más y más nuestra fe. Se puede orar así: <<Señor, tu amas a esta persona más que yo. La amas más que ella a sí misma. Tu quieres que se sane y yo quiero ser un canal tuyo para que a través de mí fluya a ella la sanación>>. Dios quiere que seamos liberados de todos los obstáculos que nos impiden recibir su amor. Él quiere nuestro bien más que nosotros mismos.

DE NUEVO EL PERDON

Los que servimos en el ministerio de sanación cada día nos convencemos más de la necesidad inmensa de perdonar. Por todas partes vemos gente con amargura, resentimiento, falta de amor. Estamos convencidos de que tenemos que profundizar más y más en el área del perdón. Cuando hay alabanza a Dios y verdadero perdón de corazón, la gente se sana casi automáticamente. Es como una fórmula matemática: alabanza + perdón = a sanación. Un señor tenía constantes dolores de pecho después de la operación que le hicieron a corazón abierto. Los hermanos le oraron pero no le desaparecían los dolores. Entonces se acordó de un jefe suyo que se portó grosero con él. Le perdonó e imploró la bendición de Dios para él. Ya no volvió a sentir aquellos dolores. Igualmente una señora se curó de un quiste en los ovarios al perdonar a unos enemigos que tenía. Frecuentemente la sanación física llega por sí misma después de la sanación espiritual e interior. Aquí también hay que ir a la raíz: por ejemplo, si una persona pide sanación porque sufre depresión o ansiedad y se sabe que en su hogar abundan las enemistades y peleas, está bien que los hermanos le oren, pero que ella colabore también pacificando el hogar. Algunas sanaciones se dan en forma instantánea. Otras siguen un proceso gradual. Pero la oración nunca se pierde, aunque no tenga respuesta inmediata. A veces los mismos doctores o los familiares nos han llamado a la clínica o al hogar para que oremos por los pacientes. Algunos de éstos fueron operados con éxito. Otros no necesitaron de operación: con la sola oración se sanaron. Una joven iba a ser operada de nódulos en la laringe. Oraron por ella y al examinarla los doctores antes de proceder a la operación, los nódulos habían desaparecido.

Otro señor sufría una grave inflamación del colon. Tenían que operarlo de urgencia, pero luego de hacerle la oración se le quitó el dolor y la placa que le sacaron salió perfecta. No necesitó operación. ¡Gloria a Dios! Los carismáticos admiramos a los médicos y enfermeras y queremos que ellos nos aprecien también a nosotros. Realmente la medicina es una profesión sacrificada y difícil y no son muchos los que le ponen gusto y amo a su trabajo en bien de los enfermos. El día en que todos oremos por sanación quedaremos sorprendidos de las maravillas que veremos. No necesitamos ser un San Antonio o el Padre Pío. Basta que creamos en el poder y el amor de Jesús. Muchos dirigentes católicos todavía dudan que sea verdad tanta belleza. Piensan que es todo sugestión. Pero por sus propios ojos han de ver la verdad. Llegará pronto el día en que la gente llegará al despacho parroquial no como quien va a una oficina sino pidiendo que les impongan las manos y les hagan oración. En el matrimonio cada cónyuge tiene el don de sanación para su consorte. Varios de ellos por la noche se toman la mano juntamente con los hijos y rezan el padrenuestro como en los grupos de oración, se bendicen y se perdonan lo malo. No puede faltar cada noche el perdón, el cual debe efectuarse en forma específica y concreta. Decir: <<perdono a todos los que me han ofendido>>, está muy bien. Pero es mejor cuando, por ejemplo, se dice concretamente: <<Perdono a mi suegra, porque se mete donde no debe y es tan posesiva con mi cónyuge, y me miente a mí>>… La oración cuanto más se especifique y visualice, mejor. No decimos: <<Señor, sana las cataratas de mis ojos, la infección en el pie>>… Tenemos que perdonar incluso a Dios. La tendencia ordinaria de la gente es proyectar hacia el Padre del cielo el concepto que tienen del padre y madre de la tierra. Aunque la mayoría hemos tenido una mamá y un papá maravillosos, pero la verdad es que no existe ninguna mamá que no haya cometido algún error y ningún papá perfecto. De ahí provienen heridas en las que se nutre el resentimiento y la amargura. Y fácilmente transferimos al Padre del cielo esos sentimientos negativos. A veces nos cuesta aceptar a Dios tal como es, sobre todo cuando permite la muerte de un ser querido o alguna de las muchas pruebas que jalonan nuestra vida. La Biblia nos dice que Dios es amor y en la parábola del hijo pródigo tenemos el retrato más bello de Dios. Por eso es conveniente pedirle que nos sane de todo resentimiento y amargura hacia papá y mamá y más aún que sane cualquier desconfianza o amargura hacia el Padre del cielo. RESUMIENDO

Es un campo bellísimo este de la sanación interior, poco conocido y menos practicado por nuestros católicos. El ser humano es una unidad de cuerpo-mente espíritu. La mayoría de nuestras enfermedades son generadas por emociones sicológicas negativas. Dios quiere que el ser humano funcione a la perfección en el campo corporal, mental y espiritual. Algunos al no ser sanados inmediatamente después de orarles, sacan la conclusión de que Dios quiere que sufran. No, Jesús a nadie dijo: <<Yo no te sano porque quiero que sufras con paciencia>>. Jesús sanó a todos. Mat. 4, 24. Jesús es el mismo hoy, ayer y siempre. Él nos manda a predicar el reino de Dios a sanar a los enfermos Luc. 9, 2 Hoy se predica mucho la Palabra, pero sin sanación. Por eso el resultado es muy chucuto. Cuando llega un predicador con gran don de sanación se llenan los estadios y las plazas. La gente van en masa porque sienten la necesidad instintiva de estar sanos. Ustedes no tienen (salud) porque no piden. Sant. 4, 2 ¿Está alguno enfermo? Que manden llamar a los presbíteros… y la oración hecha con fe sanará al enfermo. Sant. 5, 14 el tema de la sanación es de los más recurrentes en la Biblia. Es muy conveniente asistir a los retiros de sanación que organizan los carismáticos. En ellos se enseña a la gente a perdonarse, aceptarse, amarse a sí mismo, aceptar, amar a los demás y a Dios. En uno de esos retiros de sanación llevaron un niño que tenía un tumor cerebral. Era imposible hacerle la operación. Pero no fue necesario, porque con la oración se sanó y al hacerle la resonancia magnética había desaparecido el tumor. Los médicos quedaron maravillados, aunque ya van siendo frecuentes estas sanaciones prodigiosas. Ellos reconocieron que este caso estaba más allá de sus facultades. Dios fue quien lo sanó. Algunos preguntan: ¿Por qué Dios no sana a todos? No lo sabemos. Aunque a todos les Oramos con la misma fe y el mismo amor, Dios tiene su plan y nosotros nos sometemos a su voluntad. Jesús cada vez que mandó a sus discípulos a misión <<les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar a los enfermos>>. Luc. 9, 1 Gracias a esas sanaciones fue como el reino de Cristo, la Iglesia, se extendió rápidamente por el mundo. Por varios siglos ese poder de sanación fue patrimonio de la iglesia. Pero ese patrimonio se ha dejado perder en gran parte. Estamos convencidos de que en el siglo 21 necesitamos esos carismas lo mismo que al comienzo de la Iglesia. San Agustín, en sus primeros escritos, afirma que la sanación solo fue necesaria al principio de la Iglesia: <<Un árbol se riega al sembrarlo, de grande ya no>>… Pero luego rectificó, porque presenció varias sanaciones que conmovieron a su comunidad católica. También en nuestros tiempos esperamos que han de rectificar muchos líderes católicos, movidos por el amor y el poder del Espíritu Santo y por el ejemplo de Jesús: <<Al amanecer le llevaron a Jesús muchos endemoniados. Con su Palabra expulsó a los demonios y sanó a todos los enfermos,

para que se cumpliera lo que dijo el profeta Isaías: Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades>>. Mat. 8, 16 Dios se interesa por el ser humano en todo su ser. Cuerpo y alma. Una señora manifestaba a los sanadores que pasaba su vida amargada y resentida a pesar de que su trabajo profesional la llenaba y la entusiasmaba. Al fin descubrió que se trataba de un incidente a la edad de 10 años, con un hermano su yo desvergonzado. Y se sanó gracias a la oración. El dolor y la amargura se le cambiaron en alegría. Después de sanar las heridas le pedimos a Dios que llene con su amor aquellos vacíos y frustraciones. Si le faltó el amor de papá o mamá le pedimos a Jesús y María que hagan de papá y mamá para la persona herida. Esta oración puede parecer simple y sentimental pero en la práctica resulta muy eficiente. La necesidad básica de todo ser humano en ser amado y Dios que es amor nos inunda con su amor. El amor a Dios y al prójimo que arde en el corazón de todo ministro sanador hace que la oración le brote espontánea. Es libre todo el ora para adoptar la postura externa más cómoda: sentado, de rodillas, de pie… pero olvidándose de sí para zambullirse en la presencia y el amor de Dios. Trate de visualizar lo más claramente posible, la sanación que está pidiendo a Dios. Por ejemplo, si ora por la sanación de un órgano pídale a Dios que elimine los tejidos dañados sustituyéndolos por otros nuevos, que estimule el crecimiento correcto de las células y sane toda lesión. Y hace esto el orante, no como un juego de la imaginación o para sugestionarse sino para fortalecer su fe. Tenemos que cortar de nuestra oración toda duda. Jesús dice: <<Todo lo que pidan, tengan fe que lo recibirán y se les dará>>. Marc. 11, 24 Además algunas veces Dios da el <<don de fe>> mediante la cual el orante sabe que la persona por la cual ora se sana en ese preciso momento. Dios escucha siempre nuestra oración. Si no nos otorga directamente lo que pedimos, nos da algo mejor aún. Por eso le damos anticipadamente las gracias: <<Pues la confianza que tenemos en Él es que si alguna cosa le pedimos conforme a su voluntad, sabemos que Él nos concede toda petición. I Juan 5, 4. Si le pedimos a Dios el pan de cada día, la salud, la paz, el vestido, la vivienda… sabemos que Él nos lo da. Un poderoso medio de sanación interior es el <<descanso en el Señor>>. Algunos sanadores católicos lo rechazan, pero nosotros lo practicamos, no en las asambleas generales donde algunos católicos pueden incluso asustarse y escandalizarse de ver a algunos tumbados en el pavimento <<descansando en el Señor>> como en un pequeño éxtasis. Pero si lo practicamos en grupos pequeños, con gente más entregada a Dios. Los que <<descansan en el espíritu>> sienten que disminuyen sus funciones fisiológicas y síquicas pero se fortalece su actividad espiritual, en diálogo con Dios, recibiendo una gran sanación. Alguno de ellos ha declarado: <<Ha sido una experiencia única en mi vida. Ha palpado la presencia de Dios en mí y esa presencia me ha acompañado toda la semana>>.

A algún dirigente carismático le hemos oído: <<Yo no quiero para nada el descanso del Señor>>. Está en su derecho. Nadie se lo impide. Pero Jesús dice que por los frutos se conoce al árbol. Y los que vivieron esa experiencia nos hablan de los frutos de sanación y crecimiento espiritual que recibieron. Nosotros recomendamos, a los que desean el descanso en el espíritu, que lo pidan a Dios en la oración: <<Señor, quiero recibir de ti todo lo que me permita conocerte y amarte más y servirte a ti y a la gente>>. Todo el que pide recibe y a quien llama le abrirán. Mat. 21, 4.

Cuarta Parte. LIBERACIÒN

Hemos hablado hasta aquí de la sanación espiritual, corporal o física y sicológica. Nos corresponde ahora tratar de la liberación de los espíritus malos, los cuales oprimen al ser humano y le impiden vivir en plenitud su libertad de hijos de Dios. A cada momento nos encontramos con gente que presentan señales manifestadas de ataque diabólico. No podemos abandonar a esos hermanos en su lucha solitaria y su dolor. Tenemos que alargarles una mano. Una señora que sufría depresión se presentó al grupo de oración para pedirles que le hicieran oración de sanación interior. Al dialogar con ella los hermanos luego se dieron cuenta de que efectivamente necesitaba esa sanación. Porque fue abandonada de papá y mamá, fue violada, y sufrió una serie de episodios traumáticos en su niñez y adolescencia. Oraron por ella con mucho amor, pero siguió tan deprimida como antes. Al hablar luego con ella declaró que su madre, para sanarla de unos dolores intestinales, había llamado a un curandero el cual le hizo unas oraciones mágicas y le dio un remedio que la hizo quedar privada, y luego despertó sanada. De aquí dedujeron los hermanos que necesitaba liberación. Porque el diablo nunca trabaja de gratis. Él se cobra bien duro sus servicios. Efectivamente, cuando le hicieron el exorcismo se liberó, y rápidamente le desapareció la depresión. Conocemos a varios católicos excelentes que aceptan muy bien la oración de sanación, como un bello servicio al amor de Dios. Pero al hablar de demonios luego les suena como regresión a los tiempos oscuros de cacerías de brujas. Creen que el diablo no interfiere para nada en nuestras vidas y salud. Algunos van más lejos y afirman que el único diablo que existe es la perversión del corazón humano, es decir, que creen que no existen los demonios y que se trata solo de una personificación de las fuerzas del mal. Pero la Iglesia Católica siempre ha enseñado la existencia real de los espíritus malos y siempre ha practicado el exorcismo, incluido en su ritual.

El Papa Pablo sexto dice: <<¿Cuáles son las principales necesidades de la Iglesia de hoy? Una de ellas es la defensa contra el maligno que se llama demonio. Está en contra de la enseñanza de la Biblia y de la Iglesia quien se niega a admitir tal realidad>>. Hay ángeles buenos y ángeles malos. Dios los creó a todos bellos, maravillosos, pero no autómatas, sino libres, como a los humanos. Varios de ellos abusaron de su libertad, se rebelaron contra Dios. Son los demonios. El Evangelio nos da a entender que son numerosos. Luc. 11, 21. Mar. 5, 9 El líder y representante de ellos es Satanás. Frente a ellos es imprescindible el carisma de discernimiento de espíritus. I Cor. 12, A la luz de ese carisma, los que practicamos la oración de sanación, podemos captar con relativa frecuencia la presencia del espíritu malo. Aunque no existan estadísticas en este campo, algunos líderes católicos experimentados afirman que entre los que asisten a nuestras asambleas y retiros un treinta por ciento están influenciados por el enemigo. Y entre las religiosas y sacerdotes hasta un nueve por ciento. Uno de los síntomas de esa presencia del diablo la tenemos cuando él mismo habla a través de la persona influenciada. Todos les hemos oído expresiones como estas: <<Usted jamás podrá expulsarnos. Somos muchos y más fuertes que Usted>>. Por cierto que la propia persona con frecuencia es la más sorprendida. Nunca imaginó que pudiera hablar así. Algunos demonios son muy habladores. Otros en cambio mudos por completo. Y más sorprendidos y alarmados aún quedan sus familiares al ver que son derribados en tierra, en medio de los fenómenos inquietantes que suelen acompañar el exorcismo. Por lo demás, cuando no son influenciados por el maligno, son personas tranquilas y sensatas. Sabemos que algunos dirigentes dan a estos fenómenos una explicación sicológica y <<científica>>. Pero nosotros no dudamos en atribuirlos al influjo diabólico. Y nos apoyamos en la palabra de Jesús: por sus frutos los conoceréis. Ese fruto es el cambio drástico y feliz operado en esas personas después de su liberación. Algunos dicen: <<Sentí que se me desprendía algo>>. Se me ha quitado un peso enorme de encima. También sus familiares se sienten felices de verlos ahora alegres, gozando de su nueva libertad.

SÍNTOMAS DE PRESENCIA DIABÓLICA

Los que tienen alguna experiencia en el ministerio de sanación se han encontrado con este caso o alguno similar: un joven que antes era normal, ahora se le ve encerrado en sí mismo, con la mirada perdida en el vacío. No habla. No se comunica. A veces prefiere las expresiones groseras y frases sin sentido. De pronto se pone a caminar de un lado para otro en forma incontrolada. Los familiares tratan de sugerirle alguna oración, la cual es rechazada con rabia. Cada caso en particular puede ser cuestionado, pero el conjunto de ellos nos hace pensar en la presencia del maligno. Nos encontramos ante la opresión diabólica o la posesión.

No debemos confundir estos dos términos: la <<posesión>> diabólica se da cuando el individuo llega a perder su personalidad, dominado y controlado totalmente por el diablo. Este es un fenómeno raro, pero se dan algunos casos que ameritan el exorcismo formal, para el cual es necesario el permiso de la autoridad eclesiástica. Canon 1172. Pero si son muy corrientes los casos de <<opresión diabólica>> cuando conserva el control de su personalidad, aunque varias áreas de ella queden invadidas bajo el dominio despótico y la opresión de Satán. Nosotros podemos ayudarles y liberarlos mediante la oración de liberación o exorcismo informal. Insistimos en que necesitamos discernimiento de espíritus para tratar estos casos. Pero no es tan difícil, como pudiera parecer, detectar la presencia diabólica. Porque son los mismos individuos con problemas diabólicos quienes generalmente nos buscan a los que practicamos la oración de liberación. Y la experiencia diaria nos indica que la mayoría de esas gentes tienen buen sentido en esta materia. Es como un instinto certero, una intuición que les hace ver el origen del mal. Algunos dicen: <<Es como una fuerza superior a mi que me domina>>. Naturalmente que no podemos dar fe a todos los que vienen pidiendo el exorcismo. Este campo se presta como ninguno para la sugestión y el engaño. Pues hay personas con una imaginación muy exaltada que ven demonios por todas partes. Pero tampoco podemos pasarnos al extremo contrario de negar crédito a todo relato de influjo diabólico. Algunos que sentían esos malos síntomas se han presentado a algún dirigente católico que le ha recomendado consultar al siquiatra. La verdad es que muy poco puede hacer un siquiatra en estos casos de perturbación demoníaca. En cambio la experiencia nos enseña que muchos de esos pacientes han logrado la sanación a través de la oración de liberación. La sola mención del siquiatra ha traumatizado a varias personas que se han preguntado: <<¿Será que yo estoy loca?>> No es ese el problema. No son nada raros los casos de sicosis de origen diabólico. Porque a Satanás le encanta manipular y perturbar la mente humana ya que es la mejor forma de oprimir y explotar a la persona, que es lo que él pretende. Concretamente, cuando el individuo siente en sí una fuerza externa incontrolada que le impulsa al vicio y al pecado palpamos la necesidad de hacerle oración de liberación. El alcoholismo, la drogadicción, la conducta autodestructiva, la masturbación compulsiva pueden tener su origen psicológico y ameritan la oración de sanación interior. Pero muy frecuentemente derivan también del influjo externo del diablo, cuando la persona ha luchado para cambiar y adquirirle control de sí mismo, sin resultado alguno. Esa conducta compulsiva hace pensar que está de por medio el influjo demoníaco.

Lo mismo podemos decir de la depresión. Cuando se le han hecho largas oraciones de sanación interior y la persona declara: <<todavía me siento interiormente ligada>> hace pensar que necesita liberación. El arma predilecta de Satanás es el miedo a Dios y la desconfianza de su amor. El diablo trata por todos los medios de convencer al paciente que está lleno de pecados imperdonables, que es un ser miserable, indigno de ser sanado, destinado al fracaso y a la muerte. A esta gente hay que tratarlas siempre en un clima de amor y comprensión. Satanás pone su empeño y su gozo en impulsarlas a la tristeza y la depresión. Pero vemos que surgen por todas partes hermanos católicos que a través de la oración hacen que brille sobre ellos el sol del amor y la alegría de Dios. ¡Aleluya!

CINCO NORMAS PARA ENFRENTAR AL DIABLO

Vimos antes que la oración de sanación va revestida de amor y paz. Pero la de liberación, además de esas cualidades, debe efectuarse con autoridad y firmeza: con la autoridad y el poder de Jesús quien expulsaba a los espíritus malos. Pero no es preciso darles la orden a gritos, como acostumbran algunos grupos, sino en voz normal. La oración de sanación simplemente se dirige a Dios pidiéndole la salud para el enfermo. En cambio la de exorcismo o liberación reviste la forma de una orden que se dirige a los espíritus malos para que se retiren de la persona a la cual están perturbando, tal como lo hizo S. Pablo en Filipos: <<Yo te ordeno en nombre de Jesús, que salgas de esa mujer>>. Hechos 16,12. Al tratarse de una oración de autoridad se concluye lógicamente que las personas nerviosas o de carácter inseguro, no son muy recomendables para este ministerio. Tampoco las de temperamento irritable o irascible. Necesitamos gente serena y equilibrada llena de amor a Dios y a los hermanos. Cada cual tiene su estilo y su forma personal de orar y de practicar el exorcismo. Pero existen ciertas normas concretas, avaladas por la experiencia, que es bueno tener en cuenta. Son las siguientes: 1.- Pedir a Dios protección Antes de empezar la oración de liberación acostumbramos implorar la protección divina. Pues se ha detectado a veces que los espíritus malos, al ser perturbados o expulsados, se ponen furiosos y atacan a las personas con más fuerza. Llamamos a Jesús para que nos proteja e inmunice con su preciosa Sangre. También pedimos la ayuda e intersección de María la Madre de Dios, de S. Miguel y de todos los ángeles para que la persona sea liberada sin que ninguno de los presentes sufra algún daño.

Mediante la oración nos inmunizamos contra esas poderosas fuerzas espirituales y tenemos la garantía de que no nos sucederá como a los hijos de Esceva que se metieron a exorcistas sin cautela. Hechos 19, 15. 2.- Actuamos en equipo La oración de exorcismo es muy conveniente que, en lo posible, se efectúe en grupo. El ideal es que un sacerdote la presida, pero cuando no es posible, cualquier mujer u hombre puede presidir esta oración. En el grupo suele haber diversos carismas que deben ponerse en juego. Sobre todo el de discernimiento de espíritus, imprescindible en estos casos. Pidan a Dios discernimiento y luz para saber orar y cómo actuar. Que ese grupo sea más bien reducido, de tres a cinco personas, por lo general. Y, busquen en lo posible un lugar retirado, para evitar la curiosidad malsana de la gente. Algunos se liberan del influjo maléfico en cinco minutos, pero otros requieren horas y a veces días e incluso años, lo cual hace más necesario el trabajo en equipo. También hay que concientizar al paciente y darle a entender que su caso tal vez requiera un seguimiento. Por lo cual es conveniente que se integre en una comunidad católica. Esta es la mejor garantía de éxito. 3.- Encadene al diablo El que preside el grupo suele ser el único que se dirige a los espíritus malos mientras los hermanos lo apoyan con su oración y alabanza. Al comenzar a orar acostumbramos hacer una <<oración de mandato>>, en el nombre de Jesucristo, encadenando al demonio o demonios para que permanezcan ligados y pierdan su fuerza. Esto también evita que alguno de los hermanos, como ha sucedido a veces, se sienta sofocado por una mano invisible e incluso caiga al piso desvanecido, interrumpiendo así la oración, al menos por unos momentos. 4.- Identifiquen en lo posible al diablo Ayuda mucho a la liberación identificar al demonio que tratamos de expulsar, al estilo de Jesús que preguntó al endemoniado de Gerasa: ¿Cuál es tu nombre? Luc. 8, 3 Los demonios a veces se identifican a sí mismos, ya sea espontáneamente o porque se lo manda el que preside la oración. Descubren también si es uno o varios y cuántos son. También se identifican por su actividad predominante. En este sentido es el mismo paciente quien mejor puede ayudarnos a identificar al espíritu malo: puede ser espíritu de miedo, de autodestrucción, de rencor, de lujuria… 5.- Procuren el auto exorcismo El que preside la oración debe ir preparando al paciente para su autoliberación. Ya se sabe que las dos armas que sustentan el poder y los derechos de Satanás son el rencor y el odio por una parte y por otra las prácticas de brujería y ocultismo.

A medida que se descubre que el diablo interfiere en alguna área personal del paciente, hay que sugerirle que perdone de corazón a todos los que le han hecho algún mal. Igualmente, cuando el paciente estuvo involucrado, como es lo corriente en cualquiera de las múltiples formas de ocultismo y brujería, se le pide que renuncie a Satanás y que rechace en forma drástica cada una de las actividades ocultistas que tuvo, señalándolas con su nombre específico. De esta forma se le corta todo amarre a las fuerzas satánicas. Luego que efectuó el perdón y la renuncia sincera, el que preside le sugerirá al paciente que sea él mismo quien expulse al demonio, mediante una orden directa, buscando su autoliberación. Si el diablo no está muy arraigado basta esta orden para obligarle a que se retire. El propio amo de la casa es lógicamente el mejor indicado para expulsar de la misma a un invasor tan perverso.

SIGUE EL EXORCISMO

Cuando el demonio a los demonios se resisten a salir, es el que preside quien pronuncia la oración de exorcismo, la cual suele expresarse más o menos en estos términos: <<En nombre de Jesucristo (si es sacerdote puede añadir <<y en nombre de la Iglesia>>) yo te ordeno, espíritu de… (cuando se ha identificado) que salgas de X (el nombre de la persona) sin hacerle daño, y te mando a presentarte ante Jesucristo para que disponga de ti según su voluntad>>. De verdad que actuamos en nombre de Jesucristo y no mediante nuestro propio poder. Jesús otorgó esa autoridad y poder a todos los creyentes cuando dijo: <<en mi nombre expulsarán demonios>>. Marc. 16, 18 <<Yo te ordeno>>: no es un ruego, es una orden terminante. No es necesario elevar la voz, pero sí desechar toda duda o desconfianza. Cuando el capitán ordena una cosa al soldado, sabe que éste le obedece. Igualmente nosotros tenemos la seguridad de que nuestra orden derriba por tierra las fuerzas diabólicas. Al dictarle la orden al diablo se aconseja al exorcista que mire fijamente a los ojos del paciente. Los ojos son <<la ventana del alma>> por la que de alguna manera se asoma el maligno. <<Yo te ordeno, espíritu de…>> Ya dijimos que, siempre que se puede, se identificará al espíritu malo por su nombre: espíritu de rencor, de autodestrucción, etc. <<Que salgas sin hacerle daño>>. En algunos casos los demonios al ser expulsados atacan a las personas o dañan los objetos. Por eso imploramos la protección divina nuevamente. <<Te mando presentarte ante Jesucristo para que disponga de ti>>. Algunos exorcistas ordenan al demonio que regrese al infierno. Pero nosotros preferimos ponerlo a disposición de Jesucristo. Es un detalle expresivo: ante el orgullo y la soberbia de Satán el servidor de Cristo hace brillar la mansedumbre y humildad evangélicas, como enseña San Judas: <<El arcángel San Miguel,

disputando con el diablo, no se atrevió a echarle una maldición. Le dijo solamente: <<que el Señor te reprima>>. S. Judas 1, 9. Todo esto que vamos diciendo, para muchos que no han tenido ninguna experiencia en estos campos diabólicos, puede parecerles como <<un retroceso a la edad media>>. En realidad regresamos mucho más atrás: hasta el tiempo de Jesús quien <<pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo>>. Hechos 10, 38. Nosotros nos atenemos al criterio de Jesús: <<Por los frutos se conoce el árbol>>. Cada día palpamos los frutos alegres de la liberación en personas que sufrieron en carne propia la opresión diabólica. Cristo sigue triunfando de Satanás, como hace dos mil años, a través de la oración. Las personas suelen darse cuenta de cuando el demonio sale de ellas. Con frecuencia les oímos decir: <<¡Se fue! ¡Ahora me siento muy bien!>> Gozan de paz y alegría como si les quitaran un peso de encima. También es cierto que algunos no experimentan ningún cambio de momento, al ser liberados. Pero al pasar los días advierten alegres que desapareció la opresión.

ALABANDO A DIOS

Mientras el que preside la oración de exorcismo sigue su proceso, los servidores que le acompañan, más que atender a los detalles externos, se concentran en la oración y apoyan al líder mediante la alabanza a Dios, orando y cantando en lenguas. Este don de lenguas es imprescindible en las sesiones, a veces larguísimas, de liberación. Al ser por fin liberadas las personas es cuando más suele desatarse la rabia de los demonios, que en su huida reproducen con frecuencia los fenómenos que se mencionan en los Evangelios: gritan, derriban por tierra a las personas… En unos motivan vómitos, accesos de tos y otros desastres. Son fenómenos muy desagradables que hacen un poco grata la oración de exorcismo y le crean mala imagen ante el público. Los que laboramos en este campo ya estamos acostumbrados a esas manifestaciones angustiantes. Pero el amor a Dios y a los hermanos hacen que las soportemos con mística y aún con alegría. Es un regalo de Dios el poder ayudar a la gente a liberarse de Satanás. Luego que fueron liberadas se les hace una oración especial para que el amor y la gracia de Dios llenen los vacíos que dejan los demonios al irse. Y es también el momento de concientizarlos y advertirles que de no tener un seguimiento, fácilmente regresarán a su anterior situación de opresión. Solo, perseverando en la oración podrán enfrentarse con éxito al enemigo, como nos lo advierte la Biblia: <<Sométanse a Dios, resistan al diablo y huirá de Ustedes>>. Sant. 4, 7. Insistimos en recordar que el diablo adquiere sus derechos sobre nosotros principalmente a través de la brujería en sus múltiples formas y también por medio del rencor y la falta de perdón.

La principal recomendación para ellos y para todos es que se incorporen a una comunidad católica: dime con quien andas y te diré quien eres. Gracias a Dios vemos que cada día se van formando en la Iglesia nuevas comunidades. El apoyo cariñoso de los hermanos y su oración serán la mejor garantía de perseverancia en el servicio divino. En este campo de la liberación nos encontramos hoy con los dos extremos: gente que sin ninguna preparación se lanzan temerariamente a orar por los que presentan síntomas de influjo diabólico. Y en el otro extremo, muchos líderes católicos con excelente preparación teológica, pero con gran alergia a todo lo relacionado con el mundo de los diablos. A estos últimos les recordamos las palabras antes citadas del Papa Pablo VI que les invitan a no desentenderse de tanta gente que sufren en carne propia el ataque del enemigo. Dios nos quiere sanos. Con las mismas palabras que comenzamos el libro lo estamos finalizando. Cuando vean a alguien deprimido y triste, bajo el peso de la enfermedad o del flujo diabólico, no digan que es una bendición, que eso está en el plan de Dios. Por tanto no es ninguna falta de madurez o una cobardía el pedir oración de sanación o liberación; y menos aún el hacérsela. Todavía reina hoy el escepticismo en este dilatado mundo de la sanación. Piensan muchos que se trata solo de un proceso psicológico, sin la intervención directa de Dios. La falta de fe es la razón fundamental por la cual no se realizan grandes sanaciones en la Iglesia. Pero aún los que sí creemos en la sanación, necesitamos crecer en la fe. Tenemos que creer más en el poder y el amor viviente de Dios, aún los que hemos presenciado grandes maravillas de Dios, para que nos siga utilizando más y más como instrumentos suyos.

LA META FINAL

¡Señor nos creaste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti! La lectura de este libro en el que se refleja tanta enfermedad, tanta lucha y trastorno, nos hace elevar el corazón hacia el cielo, hacia Dios. Igual que la oscuridad de la noche nos permite contemplar las estrellas. Dios es amor y felicidad. Él nos ha creado a los humanos para que compartamos su amor y su alegría, aún en este mundo, pero sobre todo en el cielo. Allí <<sus siervos le servirán y verán su rostro y llevarán su nombre en la frente>> Apoc. 22, 3. En el cielo se realizará la suprema aspiración del ser humano: <<verán el rostro de Dios cara a cara>>. Allí seremos semejantes a Dios porque lo veremos tal cual es>>. 1. Juan 3, 21 Coro 13, 12. Mientras vivimos en este mundo de lucha y dolor no podemos imaginarnos la felicidad inmensa que ha de proporcionarnos el ver y abrazar directamente a Dios. El cielo consistirá precisamente en ese brazo directo, cara a cara con Dios. Dios es infinito en poder, en felicidad, en belleza. Dios con

una sola palabra creó estos mundos tan maravillosos ¿Cómo será Él Mismo? La visión de Dios saciará para siempre el más profundo anhelo del hombre. <<Y verán el rostro de Dios y llevarán su nombre sobre la frente>>. No solo veremos a Dios sino que recibiremos el beso y el abrazo y las caricias del Padre más amante. Esto es el cielo. <<No habrá ya noche ni tendrán necesidad de luz de antorcha ni de luz del sol, porque el Señor – Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos>>. Apoc. 22, 5 La noche de la enfermedad, del miedo, del dolor, la tristeza, la incomprensión, quedó superada para siempre. No necesitarán lámpara pequeña ni grande, porque vivirán inmersos en la luz de Dios. Con Dios y por Dios reinarán para siempre. Con este trascendental mensaje se cierra triunfalmente el Apocalipsis y toda la Biblia. Con él queremos también finalizar nuestro recorrido por la sanación. Las diversas etapas y actuaciones en nuestro vivir no nos hacen perder de vista la meta final; el premio del cielo. ¡GLORIA A DIOS!

ÍNDICE

Presentación Dios nos quiere sanos La fe sanadora Impondrán las manos a los enfermos El amor sana Alabanza y sanación El don de sanación Fenómenos que acompañan la sanación La cruz de Cristo Orar en comunidad Yo no creo en milagritos

Sanadores de enfermos Oración de mandato El que perdona se sana Como hacer la oración de sanación Bello panorama en la Iglesia La hora de los jubilados Brujería y sanación Sanación y medicina Cuatro ramas de sanación

Segunda parte

Sanación interior Sanando viejos traumas Cómo hacer la sanación interior El diálogo imprescindible El carisma <<palabra de ciencia>> De nuevo el perdón Resumiendo

Cuarta parte

Liberación Síntomas de presencia diabólica Cinco normas para enfrentar al diablo Sigue el exorcismo

Alabando a Dios La meta final

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