LOS EPICUREOS PINCELADAS PARA UN RETRATO El objetivo de nuestra vida es la consecución del máximo placer.

Por tanto, debe ser equiparable hombre virtuoso y hombre feliz. Pero no todo el mundo está de acuerdo en qué consiste la felicidad. Ni, mucho menos, en lo que produzca más placer. Para Epicuro, el único placer que es totalmente satisfactorio es aquel que satisface las mayores aspiraciones humana; o sea, el placer intelectual. Hasta aquí hay ciertos puntos comunes con los eudemonistas aristotélicos. Sin embargo, Epicuro exigirá algo más. Para ser completa nuestra posesión y uso de la felicidad, deben dejarnos en completa libertad. No existe predeterminación ni en el universo (el hado, el destino preconizado por De mócrito), ni en ninguna de las fuerzas internas o externas que nos rodean. Ello le obliga a hacer un profundo análisis en el motivo de máxima preocupación para el hombre: el temor y refutación de las causas que lo provocan. Para librarnos del dolor, físico o mental, propone el remedio: o El temor a los dioses no debe inquietarnos porque éstos, si es que existen, no se preocupan de las cosas y asuntos de los hombres. o No hay que temer a la muerte porque, mientras vivimos, ella no existe para nosotros, y cuando morimos no tenemos vida para sufrirla o sentirla. o No debemos temer al azar o destino, cuya existencia pone en duda, por lo menos, decantándose por la indeterminación. o Y no debemos sufrir por las necesidades naturales y los males, porque ambos son fáciles de evitar o satisfacer. Superados los temores, podremos enfrentarnos con los deseos que son las ataduras del espíritu. Por eso, son mejores los placeres pasivos – los que van acompañados a los actos naturales, por ejemplo, la salud- que los que él llama activos porque hay que ir hacia ellos para encontrarlos. Sin embargo, a la hora de la elección, se inclina por la amistad como el máximo placer, y rechaza sin titubeos el matrimonio y la política como germen de deseos y apetencias insaciables. El sabio epicúreo es aquel que ha llegado a conquistar la imperturbabilidad del espíritu y la tranquilidad del cuerpo.

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TEXTO Y ACTIVIDADES Carta a Meneceo . Se trata de una hermosa carta, de unos diez folios, que inspira serenidad. Es una carta profunda, tan actual que sigue leyéndose con agrado y también con agradecimiento. Hemos entresacado los párrafos más significativos. Te invitamos a que algún día te «atrevas» a leerla íntegra. 1. (Invitación a filosofar) Que ninguno por ser joven vacile en filosofar, ni por llegar a la vejez se canse de filosofar. Pues no hay nadie demasiado adelantado ni demasiado retrasado en lo que concierne a la salud de su alma. El que dice que el tiempo de filosofar no le ha llegado o le ha pasado ya, es semejante al que dice que todavía no ha llegado

o que ya ha pasado el tiempo para la felicidad. Así que deben filosofar tanto el joven como el viejo; éste para que, en su vejez, rejuvenezca en los bienes por la alegría de lo vivido; aquél para que sea joven y viejo al mismo tiempo por su intrepidez frente al futuro. Es, pues, preciso que nos ejercitemos en aquello que produce la felicidad, si es cierto que, cuando lo poseemos, lo tenemos todo y, cuando nos falta, lo hacemos todo por tenerla. 2. (¿Hay que temer a los dioses?) Practica y ejercita todos los principios que continuamente te he recomendado, teniendo en cuenta que son los elementos de la vida feliz. Antes de nada, considera a la divinidad como un ser incorruptible y dichoso -tal como lo suscribe la noción común de la divinidad- y no le atribuyas nada ajeno a la incorruptibilidad ni impropio de la dicha. Piensa de ella aquello que pueda mantener la dicha con la incorruptibilidad. Porque los dioses, desde luego, existen: el conocimiento que tenemos de ellos es, en efecto, evidente. Pero no son como los considera la gente, pues ésta no los mantiene conforme a la noción que tienen de ellos. No es impío el que desecha los dioses de la gente, sino quien atribuye a los dioses las opiniones de la gente. Pues no son prenociones, sino vanas presunciones los juicios de la gente sobre los dioses, de donde hacen derivar de los dioses los mayores daños y beneficios. En efecto, familiarizados continuamente con sus propias virtudes, acogen a sus iguales, considerando extraño todo aquello que no les sea semejante. 3. 3. (Temor a la muerte) Acostúmbrate a considerar que la muerte no es nada para nosotros, puesto que todo bien y todo mal están en la sensación, y la muerte es pérdida de la sensación. Por ello, el recto conocimiento de que la muerte no es nada para nosotros hace amable la mortalidad de la vida, no porque le añada un tiempo indefinido, sino porque suprime el anhelo de inmortalidad. Nada hay terrible en la vida para quien está realmente persuadido de que tampoco se encuentra nada terrible en el no vivir. De manera que es un necio el que dice que teme la muerte, no porque haga sufrir al presentarse, sino porque hace sufrir en su espera: en efecto, lo que no inquieta cuando se presenta es absurdo que nos haga sufrir en su espera. Así pues, el más estremecedor de los males, la muerte, no es nada para nosotros, ya que mientras nosotros somos, la muerte no está presente y cuando la muerte está presente, entonces nosotros no somos. No existe, pues, ni para los vivos ni para los muertos, pues para aquéllos todavía no es, y éstos ya no son. Pero la gente huye unas veces de la muerte como del mayor de los males, y la reclama otras veces como descanso de los males de su vida. 4. (¿Existe el destino?) Hemos de recordar que el futuro no es nuestro pero tampoco es enteramente no nuestro, para que no esperemos absolutamente que sea, ni desesperemos absolutamente de que sea. 5. (Control de los deseos) Y hay que calcular que, de los deseos, unos son naturales y otros vanos. Y de los naturales, unos necesarios, otros sólo naturales. Y de los necesarios, unos son necesarios para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo, otros para la vida misma.

6. (Efectos beneficiosos del filosofar) En estos pensamientos y los análogos a éstos ejercítate, pues, día y noche, sea para ti mismo, sea con alguno semejante a ti, y nunca -despierto ni dormido- serás turbado; vivirás como un dios entre los hombres. Pues en nada se parece a un ser mortal el hombre que vive entre bienes inmortales. Epicuro: «Carta a Meneceo y Máximas capitales», pp. 24-35, Editorial Alhambra, 1985, Madrid. Ejercicios 1. Comprensión del texto 1.1. Expón el cuádrupe remedio de los epicúreos. 1.2. Según este texto, ¿calificarías de libertino a Epicuro?; ¿crees que el jardín de Epicuro es un bello jardín o una metáfora irreal? 1.3. ¿Cuál es la máxima virtud que recomienda el autor? 1.4. Qué entiendes por filosofar? 2. Comprensión metodológica: Aprender a razonar. La Carta a Meneceo es un excelente ejercicio de razonamiento. Empieza enunciando una tesis, y a continuación aporta los argumentos. 2.1. ¿De qué quiere convencernos Epicuro?: Tesis. 2.2. ¿Cómo lo hace? Tipo de argumentos: ¿lógicos, autoridad, experiencia? 2.3. Estructura de cada argumento: - enuncia cada una de las tesis; 2.3. Esquematiza uno a uno cada argumento: premisas, conclusión. 2.4. ¿Qué te parece la argumentación? ¿Es correcta? Y, sin embargo, ¿te convence?, ¿es lo mismo corrección que verdad? 3. Los tres temores de que nos habla ¿son reales? Si los tenemos; ¿son innatos, adquiridos por educación?; ¿no los fomentan? ¿Por qué? ¿Conoces a alguien que no tema a la muerte, al destino, a los dioses? 4. Placer y deseos. 4.1. Define deseo según el diccionario, según este texto y según alguna de tus vivencias. 4.2. Haz una clasificación de deseos. ¿Hay jerarquía entre ellos? 4.3. Relación placer-deseos: ¿Son antitéticos, complementarios, subordinados, indiferentes entre sí?, ¿a más deseos, más placer, más felicidad?, ¿cómo funciona eso? La voz del cuerpo: ¿Sorprendente visión de Epicuro? El Epicureísmo de E. Lledó pone las cosas en su punto y consagra al filósofo de Samos como el patrón del pensamiento hedonista y el maestro de aquellos que entienden que el conocimiento sólo entra por los cinco sentidos, y entre ellos, claro está, el del gusto. Pero una vez más hay que desengañar y desmentir a aquellos que hacen de Epicuro y del epicureísmo imagen y modelo de desmanes lujuriosos o de comilonas sibaríticas. El placer es la norma del bien en Epicuro, pero el placer controlado por la inteligencia en función de la necesidad, a fin de que no se convierta en dolor, que es la prueba del mal. Diógenes Laercio en sus biografías de los filósofos griegos ya habla restablecido la verdad a propósito de ese gran libertario que fue Epicuro, oscurecido y denigrado por los adalides de la religión oficial y del Estado no menos oficial. Hubo miedo a Epicuro y aún hoy en día hay distorsión ignorante e irónica de su mensaje. Es muy notable que en España fuera don Francisco de Quevedo el defensor de Epicuro. La cocina, los vinos en sí no son ni buenos ni malos. Quien decide de su bondad o de su nocividad es el cuerpo. No el cuerpo en abstracto, sino el cuerpo concreto e individualizado del que los consume. No hay jamás un criterio de objetividad en el juicio de platos y

vinos. Un día, el mejor Rioja te hace daño y otro día un vaso de vino peleón te sienta divinamente. Y poco a poco vas conociendo dónde está la verdad del placer, gracias a la experiencia de los sentidos que es personal e intransferible. Gracias al crecimiento y enriquecimiento de tu libertad individual. Subtitula Emilio Lledó El Epicureísmo así: Una sabiduría del cuerpo, del gozo y de la amistad. Todo lo que se concibe, en suma, alrededor de una mesa, alrededor del pan y del vino. Yo soy mediterráneo y soy como Epicuro. No tengo ningún dogma en eso de la cocina y del vino. Me gusta lo que me da placer, que es lo que no me hace daño. La gozo como un enano con un plato de acelgas rehogadas y aliñadas con buen aceite de oliva virgen. Pero también conozco el dominio de la sobriedad durante uno días a fin de regalarme mejor con crepinette rellena de carne de cerdo picada y guarnecida de rodajitas de riñón minúsculas como fichas de parchís y tiernas como punta de teta de novicia. El hombre de placer ha de leer y releer Epicuro y los epicúreos. Diógenes Laercio, Carlos García Gual y Emilio Lledó está al alcance de los de lengua española. Epicuro es el filósofo moderno, el hombre de nuestro tiempo y más aún si lo aceptamos al lado de Baruc de Spinoza, con quien tiene no poco en común Remedando a Revel: Ni Marx, ni Jesús, ¡Epicuro! A fin de aprender a escuchar la única voz que no nos engaña, la voz del cuerpo. XAVIER DOMINGO: «Cambio 16», 20-V-85 Ejercicios 1. Definir sibarita, «gourmet», tripero, gastrónoma 2. ¿Se les da un sentido peyorativo? ¿Son placeres considerados de segunda categoría? ¿Por qué? 3. Hay frases del artículo que Epicuro no suscribiría? ¿Este periodista ha entendido a Epicuro? Subraya, si las hay, esas frases. 4. Quizá hayas oído que existen sociedades gastronómicas. ¿Son seguidores de Epicuro? 5. ¿Cómo entiendes tú eso de la «voz del cuerpo»? 6. El artículo habla «del temor a Epicuro»; ¿crees que existe o ha existido? ¿quiénes tienen temor al placer? Sería muy interesante ver a qué tipos de placeres se tiene miedo (¿los del cuerpo?, ¿los del espíritu?) quiénes fomentan esto; temores (por ejemplo, la reciente «caza de brujas» en EE.UU. contra el sexo), por qué los censuran... Y por' otro lado, examinar cómo vive esos placeres toda esa gente que ha hecho una clara opción «corporal»: nudistas, gays, gastrónomos, sibaritas, etcétera.

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