Óscar Portela

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El túnel
Las lívidas arenas, el oro del más preciado de todos los metales, allí donde el frío de la noche cósmica nos muestra la finitud del hombre, que supo allí morar y construir, mientras otro desierto, el que linda con la no espera de la nada crece en el corazón del hombre, y las estrellas caen como hojas de invierno, allí, donde sólo quedan ruinas de lo que fue y la oscura noche se extiende como una mancha sobre la historia que ha dejado de ser la fábula de lo que vendrá: un túnel se extiende allí donde el frágil mortal, soporta el cierzo de la soledad, y los Dioses de las tenebrosas alas del vampiro, allí donde el túnel se desborda en el infinito de una noche anterior a todas las noches, allí donde marcha el mortal, muerto de frío, sin plegarias en los labios, con memoria de escombros, sí, y un corazón endurecido por las arenas del desierto de la razón, que nos ha traído al principio de la noche, noche primera, la soledad primera, la finitud en la que nos perdimos, nosotros, antaño Dioses, hoy solo mendigos al oro de un abismo sin fundamento, donde el hombre puede caer bajo del hombre.

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El Gólgota
El azul que ayer poblaba mis ojos y el infinito del azul del mar y el viento la arena mezclada al roza del deseo las lágrimas y los secretos demonios que mantenían mi corazón en vilo y la danza coral en la estación del aura primigenia, la inocente infancia que se negaba a abandonarme y los dioses con sus huellas dibujadas en mi sudorosa piel todo ahora sucumbido y mirado con los ojos del cíclope el desfiladero de la locura la pesadilla del vampiro, el pavor de las sombras el insomnio que acecha como un tigre agazapado tras las leyes inexorables de la fragilidad humana el tiempo irredento las fuerzas de los Daimones de la poesía que me mantenían despierto en la sueñela de mi alma el gólgota amaneciendo frente a mi, la cruz negada y afirmada cien veces cien antes del canto del gallo y la gota de sangre cayendo sobre mi frente cayendo sobre mi frente...

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Escombros
El mas inhóspito de los huéspedes habita ahora mi corazón; escombros y más escombros sobre el norte de la soledad donde se incuba el huevo de la serpiente que engendró fuera de tiempo mi alma. ¿Mas que hacer? Horror es todo que llenó de infantil alegría el pobre que ven ahora mis ojos. Vacié el amor que llenaba las horas que se hicieron presas del vampiro de los sueños. Ay! Vivir eternamente para ver la estéril repetición de las horas y la degradación inútil de las formas. Dormir, dormir bajo el peso de la soledad y los escombros del tiempo, el veneno que la vil espada pone en el corazón ya sin asombro de traiciones y humillaciones maldecidas. Demasiada soledad sobre mi soledad, demasiados espectros sobre los espectros, demasiados duelos sobre los duelos, demasiada intemperie, sobre la intemperie, que allá en Elzingor fue un tiempo el azur y la alucema. Sobre el horror lo informe. Dormir, dormir, rodeado de serpientes cuando el mundo no es ya mundo sino silueta fulminada de quien no ha salido todavía de la caverna. No me digáis más adiós.

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Demasiada soledad sobre mi soledad, demasiados espectros sobre mis espectros, demasiados escombros sobre los escombros que no hacen sino derrumbar escombros.

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Espera
Toda la música que afluía a mi boca el lago de mi boca los peces de mi boca la gran mar estrellada de mi boca el infinito azul perfumado de mi boca perdidos ya ya perdidos el mismo seto, la misma esquina, la misma desazón la misma culebra sibilante de la noche, la misma noche perdida, con notas disonantes y el recuerdo como el piano de Holderlin con las cuerdas cortadas. Eso es todo. Cuerpos asesinados por la pasión, manos entregadas al vacío de la caricia, piel exaltada por el azufre, todo aquí, todo enterrado en un ahora eterno, y yo esperando la muerte y yo esperando.

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Misterios
Misteriosos son los caminos de la vida. Tortuosas derivas, violentas cascadas, vientos huracanados, crepúsculos que reflejan el vertido el mundo y la otredad del prójimo. Y todo está en las manos, ojos labios y música que pone melodía al corazón y a los misterios. en las manos los daimones y ángeles que presiden los sueños de los que estamos hechos, de las sombras de las que estamos hechos, auras que no disipara el azar, ni demonios ni ángeles, aunque el Dios que preside nuestra mesa quiera bajar de los espejos, los espectros que viven en las aguas.

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El Día
Llegó un día a mi puerta con un claro silencio sobre la frente. Era solo respuesta tras el dintel vacío, pura interrogación su boca sin ninguna pregunta, que guiara sus pasos. Serené entonces mi corazón agobiado por el recuerdo innúmero de lo que fue combate provocación, y éxtasis. Ay, lucha y cortejo, agua y ceniza derramadas sobre el cruel arabesco de lo que hizo destino. Yo fui de nuevo el ánfora donde mezclar las horas, melodías y acentos. Fingí ignorarlo todo pues de ignorancia vive, la llama que ilumina y dá forma a las sombras. Y tú eras la sombra. Al mar dejó mis pasos y quede en el escrito de la nada y la boda, nombres que alumbran huellas cuando pena la noche. Mi corazón gentil diciendo el naufragio primero sucumbiendo a la estela

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del número y la estrofa: para dejar estar, el vivo sol que entonces tu mano liberara a la entrega primera de lo que fue llamado, sin endecha ni queja y en silencio cantado sobre la carne muda y el perfume de un huerto. Carne de las palabras entregadas al deseo primero, así fuiste volcado pues en la muerte sola y los días que hasta el poeta llegan claramente retorna furtivo como toda pregunta que repite insaciada el origen del verbo, la memoria encendida y el aura de tu pelo.

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Niño Solar
Que burla señor, que has puesto en mi boca preces y bendiciones, y en mi cintura el fuego de los dioses que dominó la muerte, ahora que solo clamo por ti, noche, por tu desasimiento, yo , como exiliado, condenado, solo en la noche libre, odiando toda luz, odiando toda belleza, señor que burla, que burla , el largo camino que conduce del sueño del niño solar, a éste que ahora su cuerpo baña con las cenizas del recuerdo, - porque nadie puede saltar sobre su sobre su sombra, ni coincidir con ella, cuando el mediodía se retrasa-, - Oh señor- , y en mi solo crece el desierto, el olvido que no puede olvidar el olvido que lo revela todo-, las pequeñas muertes, los pequeños duelos, abiertos en las confesiones de las encenizadas lagrimas, - las que lloro por mi -, y por aquella belleza que no engendró mi corazón aquí, en ésta soledad a la que me condenaste, al igual que Timón, Calibos, Catilina. Ahora que solo cumplo la palidez creciente del crepúsculo-, el egoísmo de los corazones, la fatal llaga de lo trivial que se expande sobre todo-, como un viento demente, yo sin el sueño que da reparo y da la muerte soñada muerte, cuando él me llamaba, - sígueme, entra al oscuro bosque- , y lo veía disolverse, del mismo modo en que ahora mi vacía mirada, solo ve muros y la sal del desierto que crece, Oh señor, que me niegas el rayo de la locura, la mirífica muerte, y solo cenizas dejas en mi boca, harapos en el cuerpo del niño

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que desafiaba al sol en su carrera, hasta perderse con el en su viaje hacia la noche yo que ahora soy noche, yo señor, que al viento y al sol me había prometido, yo, un corazón con demasiadas preguntas, abandonado como Abraham en el desierto, como Job, rascándose sus pústulas, en soledad señor, tu y yo, acaso solo melodías de una partitura que jamás será escrita sobre ninguna lápida.

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Réquiem
Como Tiberio frente al mar azul, como Tiberio al infinito tiempo de la espuma sin memorias ninguna, como Tiberio el Dios atisbando sin ver, más que el abismo del pasado y sentir vagamente las incendiadas gemas arder en su corazón de niño, así, como Tiberio, como Tiberio el Dios, frente al inabarcable órgano del océano siento subir en mí, contemplando como Tiberio el elíptico vuelo de las aves, el horror del pasado, el pánico quebrándose sobre mi corazón, el quiasmo de lo no sucedido, hundido como Tiberio, el Dios, entre tinieblas, con las ardidas naves del verbo proferido por el deseo del otro que fui, o de los Otros que hablaban en nosotros, el infinito misterio del pasado. Larga ha sido nuestra búsqueda, finitos pero intrincados los pasadizos en los que buscábamos el orden perdido, el vuelo de los Ángeles, las voces que dictaban y exultantes ardían en nuestros corazones enjaezados de lunas y de estrellas, de promesas burladas por la voluntad de alzarse con el todo del mundo. Pero heme aquí sin palabras, como Tiberio, el Dios, pálido en la certidumbre de ser solo un espectro, una pálida huella en las danzas de la memoria del devenir del mundo, por los Dioses burlado, mirando ahora, sin ver más que el Ocaso de los soles que amara, como Tiberio, como Tiberio el Dios, yo Dios, ahora deseando la desmemoria sin sexo de los cerrados ojos de una magnolia, sobre un cuerpo ya anciano que no pronunciará jamás las ordenes de vida o muerte. Como Tiberio, como Tiberio el Dios, desterrado en si mismo frente al mar, bordando el réquiem de lo no sucedido,

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pidiendo al Ángel de la gracia de los piadosos espíritus, que aparten del insomnio toda muerta memoria. Como yo, como Tiberio el Dios, así, en mitad del leteo, ahora me preparo para llevar conmigo la vacilante nada de los Días, los espejismos de las Islas Perdidas, -todo lo que un nombre firmara -, en nombre de unos ojos, unas trémulas manos de amante y de asesino, unos labios sedientos de venenos, que ahora cantan la canción del vacío, las lagrimas de Eros desterrado -el baño de Dianay Acteón destrozado, como Tiberio, ya invisible a la jauría de perros, solo azotado por el lamento del viento arremetido contra los acantilados de Capri, allí donde Tiberio, el niño Dios, el anciano demente, espera la última traición, que un inmortal soporta. El brillo que la noche vanamente quiere ocultar al mar, ( - el único vigía, el último testigo del infierno que despectivamente baja hasta los féretros...).

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La gacela
Que la muerte a la mano esté solícita y dispuesta a guiar ésta sombra que persigue el amor negado y prometido sea promesa de la muerte. Ay rememoración de un imposible origen, más allá, lo que rompe el espejo del corazón que alumbra el claro de la razón y nos refleja en los ojos luminosos del felino. No es posible saber si dormidos estamos o soñamos el sueño de la vida que ancla en la muerte sus pasajeros pétalos. Bello sería que nuestro propio espectro asistiera a la imposible boda del cuerpo del cielo, con el agua y el sol que penetra pantanos. Mientras tanto rememorar lo que se aleja más de la memoria, lo que nunca a sido o estado presente, la no presencia de ojos y bocas donde duermen todos los presentes, y se suspenden todas las vigilias, la ingle donde el más cálido aliento se congela y que la muerte guarda para sí. Mientras reposo mis ojos en el imaginario lecho de turba y de silicio, sin esperar ya el sueño de asistir a mi muerte, recuerdo el rubor de tus mejillas plasmándose en mis cantos.

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Continuad bárbaros
Bárbaros mercantiles de la cultura angélica que supo convivir años y siglos bañados por las aguas y el sol del mar donde los dioses convivían puros y castos. Allí distintos pueblos estuvieron y rescataron para nosotros el alma de la paloma y la flor de los mirtos. Allí, renació de manos de los árabes la antigua Hélade, en frías noches, o calientes veranos. Allí Avicena y Averroes salvaron y tradujeron manuscritos perdidos para siempre, para siempre perdidos en la memoria de los pueblos y los titiriteros que hicieron de la guerra un mercadeo más, y del mortal la maquina perversa, al servicio de inteligentes maquinas, que jamás serán más que infernales elementos surgidos del lobo que aúlla en las estepas. Continuad bárbaros. Eternamente no durará ese olvido. Su sombra oculta la risa del demonio. Cuando cabras y pastores de Europa hilaban los destinos del mundo, desde aquellos desiertos eran miradas las estrellas, y los sufies cantaban al vino y a la paz de los desiertos. Desde allí hasta América conquistaron los mares y desde Babilonia la cultura traslucida de pirámides y gemas.

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Continuad bárbaros destruyendo el "se dá" del tiempo, pues graciosamente florece la roza porque sí, mientras el pavor del mortal, la inquisición del otro, aniquila lo que existe, y cae al abismo sin fundamento, al caos y las sombras, aquel que pudo ser, y la furia del viento y el cuento del idiota, reinen para que nunca ya el corazón mortal pueda parir estrellas.

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Sol amargo
(a José Luis Dasilva Navia por su poesía y por la poesía)

Tú, sol que has crucificado mis sueños, incandescente que has cegado mis ojos con el ansia temprana de la muerte, aquí, en esta tierra de terror y de espanto que me empuja al gran vacío de la nada. No hay moradas aquí, sino el desguarecimiento al que me has condenado, yo que vi con el ojo del cíclope el mar azul girar en las cinturas de los elfos, y que encantado presenté alabanzas al origen de la desnudez y la osadía, ay, blancas cenizas hablan hoy por mí, me llaman pronunciando mi nombre, en tu nombre, oh sol que no puedes morir, porque eres la muerte con que pagué los dones que la gracia infinita quiso poner sobre mis hombros, y sin embargo el vértigo, aún sacude en mí, las albas del deseo, los frutos del azar que por la noche caen sin esperar ya nada, yo escuchándolos, rígido, sin ver, con los ojos velados, y con las frías manos, esclavas de una aurora anterior a mi y a ti, oh sol, feroz coreuta de un verano sin pausas, que enloquece al mortal, con el rigor amargo de la heredad perdida. Oscar Portela, poema inédito. 2003

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Sólo ostras me quedan
(a Graciela Sacalotto)

olor de garzas pudriéndose ahora en la memoria de la infancia de la escritura: por fin he descifrado en tu ausencia -en tu eterno presentelas llagas del deseo del leproso, el nombre que hace florecer la luz, la presencia de lo presente, el vacío lleno de tu aroma que amanecía azul entre mis dedos. no hay misterios ya, infancias o advenimientos tempestuosos, de una adolescencia tempestuosa, colmada por imágenes donde estallan los seres colmados por las preguntas y la nada. yo remaba hacia ti, hacia tu nombre. en tu aroma de almendros mi lengua se llagaba, en mis caricias, que aún te sostienen lívido y conterrado junto a mi, se hallaban los misterios de lo arcano. ah, verano, que has mutilado con la desmesura del deseo de dioses, la gestación de esta historia.

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sol que has venido hacia mi sostenido por vendavales, para abandonarme luego ausente de mi mismo en la fatal ausencia del deseo, crucificado por un vacío sin nombre, por el no ser del verano, que ha cegado mis ojos, transfigurando lo que se calcina y llaga con el esplendor y el fasto de todo lo olvidado, y sin embargo, presente. Vulnerado hoy, sin palmas ni palomas, sólo me quedan las vacías ostras, donde oculto tu nombre, oh mío, oh deseado, oh incandescente...

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Cuando yo estuve aquí
(poema inédito del libro "Claroscuro")

Yo estuve aquí: esta fue mi alma, mi altura, mi verdad, el vendaval, la tempestad en la que zozobraron mis ansias, ay! y el tumulto, las volcánicas lavas que arrasaron todo lo vivo: el oro que sepultó tras sí todo lo índigo, las ardorosas manos y los cielos caídos como píos de la rama más alta, yo Calibos, yo Ariel, yo el Mago, también estuve aquí, pero fue el otro, el otro, que despertaba minuto tras minuto tras de las marejadas que las auroras dejan tras de sí. Yo el otro de mismo, el que ahora se vuelve sobre sí, -paso de danza que no alcanza el presente, ni la sonrisa del querube-, pasado que retorna o círculo vicioso que la visión perturba y torna todo púrpura, la pasión ya agotada, pero viva en la muerte. Ah niño mío, señor de los vientos del espíritu y el aire que aún usurpas el no lugar -el no a lugar-, de un pasado sometido al olvido y sin embargo, pura visión angélica tras mis pasos que vuelven, como la aparición o el sueño de encarnados espectros -y dibuja, en mis cansados labios, en el alma del alma, la sonrisa olvidada entre cipreses y aguas más cálidas y turbulentas que la muerte. Seré hoy un espectro? Será el adviento que un pasado sin torna, prometido en los sueños?. Di tú, pequeño astro que turbas el ansia que aún impulsan los signos que me traes y el idioma del muerto.

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Como Constantino
(poema inédito de "Claroscuro")

Cuando los Dioses nos retiran el habla, soplo por el cual el alma canta y da calor y neuma -todo soplo de vida-, el ánima, empalidece y calla. Como podría ser en su mudez la roca, y preparar encuentros con la luz de nuevos Dioses? o la luz tocar a diana, para " repatriándonos", entrambos, despejar horizontes y abrirnos al pétalo cerrado que florece, como afirmaba Ekardth, sin por qué?... La misma habla, su naturaleza, muta y la cizaña sembrada en nuestros huertos, pone cerrojos a la espera. Empero, como Constantino frente a la adversidad, debo mirar caer los muros sin desertar las armas.

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La ira de Dios
(poema inédito de "Claroscuro")

Si el corazón como un durazno seco y sin vitales sabias, y el verano, como un buitre que sin cesar golpea las puertas del destino para recordarnos, que sólo sombras errantes somos, recuerdos de un pasado aferrado a la pequeña inmortalidad del deseo ( ser no es querer perseverar en su ser Spinoza, no ), sino desaparecer, trasponiendo umbrales, ir más allá, del otro lado, porque siempre existe lo abierto y el vuelo de lo abierto- lo sabe el pájaro, sí, lo sabe-, y el deseo jugando en ese espacio, también abierto de otra memoria más profunda que ésta. ¡Ay, Thanatos! Si Eros quiere profundidad aún en tus pasadizos y sombras, por los que preferimos pasar, y contemplar admirados a la doncella de rizos de oro, sonriendo bajo las aguas y los saúcos, ofreciéndonos el cáliz del olvido, abriéndonos las puertas a los cielos más leves y a los aires más puros, mientras dos ángeles nos sostienen junto al abismo que ya no es abismo sino caer levísimos hacia arriba, mientras los dioses nos sonríen, a través de la pequeñísima "inmortalidad" del deseo donde se disgrega el ser y el tiempo deja caer sus dardos sobre nuestras almas.

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Canto de Orfeo
(del libro inédito "Claroscuro")

Y el canto, el canto, oh Dioses, que religaba al hombre con la tierra: la dulce y beatífica que penetrará en tus huesos y abrirá tu esqueleto a la luz de los cielos, al viento de las sierras, al mar, al mar, sus infinitas olas y todas las estrellas que marca EL destino de dioses y mortales, el canto humano y celestial, demoníaco o santo, El que ha huido del mundo dejando tras de sí el desierto que crece, la gran voz de los muertos, las cenizas de la memoria que nada nombra sino el precipicio que se adelanta de la nada: Pronto Caronte, pon a tus remos alas y que mi sombra y yo fulminados seamos por el rayo que animó el canto y es hoy solo negra mortaja, solo hiedra ya seca sobre el muro que cierra el desierto que crece, aquí en mi corazón y en la voz de las zarzas hablaron a Moisés.

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Claroscuro
El duro pan de soledad El zarpazo del tigre agazapado en la noche El invisible en el día, La sed del infinito que se agota En el infierno del desierto, La sangre coagulada vuelta A sus orígenes, el sudor y el miedo Y el cansancio que el trivial comercio Con la efímera eternidad del verbo Se hacen oscuras obsesiones, El yo condenado a sabiendas y el cobre de la Campana del crepúsculo Que llama a reunión de vivos y de muertos Y qué harás hoy sombra de sombras Que finges no conversar con las augustas Sombras de los muertos Tú que sigues el camino que termina En el corrupto círculo que se repite una y otra vez una y otra vez "vox clamantis in deserto" y la campana llamando al ángelus y la madre traslúcida mirando desde la luna la soledad donde se acunan las mortales caricias de los sueños sigue sin embargo sigue muriendo que en tu principio esta tu fin aunque aquí no existan ni principio ni fin sino la corrupción que los segundos preparan en silencio para que el círculo se cierre y nada como el alud de las montañas se cierne sobre ti. Difícil despertar, difícil entrar a la casa de Las sombras donde los ángeles Son los daimones que la obra puso Para verter en ella el veneno que El tímpano y los ojos la atávica memoria,

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el gusto de la luz y todo aquello Que extraviado está, hagan del duro pan errancia del nonato, los dientes del vampiro que lucen marfilíneos a la luz de las aguas.

II Ahora que el camino es uno solo para muertos y vivos Ahora, ahora, el asalto fatal Pesa sobre las almas como el viento Y la peste, como el beso y la llaga, Que ignoran los que muriendo sueñan Con la vida, enamorados del crepúsculo, Enamorados de las hojas del verano.

III Una rata en la nívea ingle de Jesús, Un linchamiento en la esquina de París Para Villón, un silencio cargado de presagios Para el frágil Lenau, el duelo interminable de la suerte Para quien lo ha perdido todo y ha muerto mil veces como Rembrandt van Jin, dos tiros súbitos para Kleist y su amante Retrato, la buhardilla y la vejez, el tartajeo de Holderlin, Rabia, solitud, rayos, centellas para el último Dios Que canta al universo y se llama Beethoven, El si roto por demasiada luz de Nietszche, Trino y uno demente Artaud y el tiro de Celan, Espejos para mis manos y mi boca y el duro pan De la agonía de ser el don, lo que se da, El pez y el tiempo, el tiempo, el duro pan Que los demonios han puesto en mi camino, El lecho, la guillotina, la sangre convertida En camino hacia un balbuceante abandonado Niño en mitad de un jardín que nos conduciría Al infierno de la vejez y el abandono.

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IV Cuando, cuando, madre, vendrás a mí En luminosas mañanas De praderas incendiadas por gritos de monos y balidos de terneros tempranamente destetados como yo, tu Ángel deyecto aquí, en ésta tierra de nadie, baldía de deseos y de imágenes, cómo no ser aquellas, fuera del tiempo, murmurando, murmurios de suiriries en los esteros que se devoran las temblorosas ancas, los jadeantes belfos de los caballos Ensillados para partir hacia auroras de oro. Y las noches, a las noches madre, las abiertas Madres cubiertas por las ubres de luz Que titilan aquí en el alma, aún, fuera del tiempo, Fuera de la incuria y la penuria de lo Que nos devora penosamente como Cronos A sus hijos, madre terrena, madre que nos levantas Sobre la aurora y cuidas el torrente de la sangre Que aún fluye, lentamente, lentamente, Por las arterias donde el manantial ya seco Se abandona a la muerte de la vida, A la vida de la muerte que nos abría Túneles, pasadizos radiantes, puertas de centelleantes Cuerpos, manos, labios y grafías, cuando Comenzábamos a partir en búsqueda de un Absoluto que hoy, madre, es seca mar, Salina de los ojos, y espera, espera, espera, De un milagro, del prometido adviento, Ya cerrado, ya amurado, y nosotros los presos De aquellos luminosos jardines Que fueron nuestros y sobre los que ahora se cierne, sólo el desierto, sólo el desierto.

V Y esperamos la muerte, ahora que dialogamos Asiduamente con la muerte Llevando la corona de los muertos En la cruz del calvario del deseo de la vida, -de Eterna vida y gozo eterno- nosotros, crucificados

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por la palabra y en la palabra amor secos como la mar de muertos dioses-, fieles al designio de aquellos que se mueven en nosotros, sigilosos, custodiando las horas y los días que asignados nos llegan a nosotros que seremos tasados como objetos de un mercado macabro; cuánto cuesta la Eternidad y la corona de aquel que agonizaba por el hombre? Cuánto la locura que Zaratustra vertió en sus salmos O las mudas cuerdas del piano de Holderlin, La cuerda de Villón, el tiro con que Van Gogh Saldó su deuda con el arte, el derrumbe de Poé, La soledad de un niño triste agonizante y solo en las perdidas "Iluminaciones" de un interminable viaje, cuánto, cuánto, mercaderes de llagas y luminosas mañanas, fariseos del templo que conduce deste mundo al quiebre de otros paralelos que nos conducen a ser más hombres, a ser intasables por los contadores de los frutos del espíritu donde la abeja, la reina del Estío, continúa libando más acá de la muerte, más allá de la vida. (Oscar Portela. 18 de junio de 2003)

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Bodas de luz
Un día temprano, súbitamente florecí con la luz ese día la luz nació y se hizo carne, se hizo voz, se hizo huella y amaneció noctámbula dormida entre mis brazos como abeja sin madre. Más tarde me desperté con ella y descubrí en mi abrazo sus terribles abismos: fui su esposo, su esclavo, su mutilado mártir, y en los naufragios reinaba como la voz del miedo y la sombra acudía a su encuentro, con la cruz invertida de los vastos naufragios y las esquirlas que la noche puso en su casto cuerpo de doncella indomable. Fue la luz primigenia del día primero de gracia donado al desterrado príncipe sin corona ni mirtos, -el rapsoda voraz que canta ahora los crepúsculos y el reino no conquistado de la luz vulnerada, - destrozado por los litigios del día y de la noche-, azotado por las llagas de la melancolía y de la cuadratura del sol del mediodía, que escande, llaga, y exilia a sal y amarga hiel de la melancolía, y el abismo de aquella luz tornándose toda ocre. Así, me perdí tristemente en el abismo de la razón, en las blancas salinas y los desiertos paramos del que no tiene patria, ni boca para nombrar cenizas de palabras, señales de muertes innombrables de aquella virgen del Estío primero, entre palmas y abras solitarias, donde se filtran los fragmentos, entre huellas de sangre y presagios- aún presagios-, de mensajes de abriles que recuerdan el día en que llamé a la luz, -encanallada ahora, harapienta, arrepentida de sus delirios y los míos-, buscando el nombre único, el exacto compás y la tibieza exacta de una larga promesa. Pobre niña, pobre patria expatriada,

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pobre deseo inerme entre cruces y llagas-, cuando ya nadie busca ser Dios, acariciado por el viento del Éter más azul y más claro: luego se aleja pensativa, dócil quizá, entregada al escarnio de los días que pasan, y marchitadas flores por corona-, alrededor de túmulos se arrodilla ligera, para en silencio buscar al vástago del día en que llamé a su puerta y vino a mi sin preguntar por qué. (Corrientes- argentina- 2003)

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El final
Antaño sobre el azul, la deriva del sueño voluptuoso "el mundo interpretado es solo sueño", y no el tempestuoso mar que ahora lanzo contra mi para olvidarlo todo. El gran ojo del cíclope que me abandona a los designios del azar. Antaño, las cinturas desnudas, el agua pura que caía del cielo y no las pesadillas del círculo vicioso que a ningún lado va. Nada puede la soledad contra el azul que ayer me protegiera, y que desamparado deja mi cuerpo hoy, azotado por la imaginería de la infancia. Quién podría decirme continúa? No hay ya pasado ni futuro en el presente que se deshace tras las iras del viento. Oh, Calibos, rema en la noche de la Estigia y del pasado que aún me requiere hasta hacer del instante, el vacío, la opacidad, la dispersión, el Caos de antes del Caos: Qué hacer con los minutos y los días. Vuelta mi sombra contra mí, por qué no hacer de la nadeante nada, sólo la sal de un pasado que se repite infructuosamente, hasta perderse en la escritura de sí. (10 de julio de 2003. Corrientes. Argentina)

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Aguas cristalinas
(a Zoe Arroyo)

Un murmullo de cristalinas aguas oigo bajo mi corazón: bajo mi corazón de niño y príncipe de las verdes praderas que recorría en mi caballo blanco, con el cual atravesaba los sueños de los cielos mas turbios o de los deseos más azules, allá, en la heredad perdida, la verdadera patria que a veces vuelve a gemir en mi, ya destronado, y muerto mi caballo, pero las aguas puras, cristalinas, suenan en mis oídos y mis cantos, arremetidos ahora por el ángel que lejano, me dicta, continúa la alabanza de vida, el puente que conduce de esta puerta estrecha, a las del amplio cielo que surcaba alguna vez y va conmigo aunque yo lo ignore. Eso me dice Zoe, y a pesar de las hojas del otoño, yo continúo. (31 julio de 2003)

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La palmera
Muere súbitamente muerte. Yo soy esa palmera rodeada de montes, azotada por vientos y por inclementes soles, perseguida por las pacientes aguas subterráneas que pudren mis raíces, poseído por el cierzo del invierno y por la soledad del pájaro que alimento de dátiles: por la vida que alimento y elevo claramente en el abra del denso monte, la vida se sostiene, se sostiene el deseo que alimenta la muerte, muere pues, súbitamente y álzame, álzame hacia lo intocado, incorrupto que ignora el tiempo dentro del cual vida y muerte se procrean y laudan. Muere súbitamente muerte. En un claror de espasmos, el amor, muere súbitamente y se lleva conmigo los restos del naufragio: muere súbitamente y llévate la vida que me diste, los ojos que pusiste a mis manos, las manos que pusiste a mis ojos y que huecos están desde que tú, profecía, muerte, poesía que embriagaste con el ácido zumo de la vida ausente estás, ausente: aquí puso la boca todo abismo bajo las alas del verano que me esposó al recuerdo de la carne, cercanía desnuda, ensombrecida, bestia hambrienta de muerte. Muere pues, súbitamente, muerte: el aire es más azul, cuando convulso, el aire transparente me suspende en sus aires y soy todo cenizas.

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El temor
El temor de no poder morir, consumirme como el ansia de vaciarme en la nada y consumar las espectrales dichas, fantasmales memorias, sangrados, pero sin despertar, recuperar lo inmemorial, las huellas, las primeras visiones, el habla que llegaba entre las brumas y los amaneceres, que son ahora espejismos como el deseo de vaciarme en la nada, y sin embargo, deshabitándome, como un extraño huésped, pretende aún retener el sonido de los vientos, los colores, y los olores el jardín de la madre: ¡ah, extraño pasajero!, adiós, adiós: deja que permanezca el duelo interminable, las interpelaciones, las respuestas, y la imposibilidad de matar al minotauro: El temor de no poder morir. Cesarían los días abruptamente, y las sombras caerían sobre mí: he aquí mi féretro, aquí mi responsorio, el nombre soplado por las cañas de las llanuras que me llaman. Maldición es la vida. vasto, vasto desierto, tótems que desaparecerán también, sin temor de no poder morir: y ahora, es mi nombre de muerto quien dice, soy yo quien habla, quien dice y quien recuerda fragmentos de lo que fue, instantes, sólo repetidos por el temor de no poder morir y la criptografía de los sueños, los fantasmas y el sonido del viento por el cual se entra a la nada de la nada que yo espero. Agosto.2003. Corrientes. Argentina

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La distancia La distancia entre tú y yo -la soledad- el trabajo del duelo en donde todos los rostros se confunden y la memoria se hace añicos en los espejos: los años y el compromiso de la fidelidad a lo sagrado, corazón ultrajado, débil urna, ya seco como los granos de la mazorca mancillada por siglos: el Dios que no aprendí a cantar aún, la danza de la gran ausencia de la aurora, las visiones del gran desierto donde los ángeles mueren de sed en medio del desierto y las visiones que morirán contigo, allí, al borde de la nada del cual tejes los sueños del sueño inteligible que inundaba la vida - el sol, el sol- la espada de Gabriel y la belleza de Satán, antes de la caída, y la serpiente de la soledad que inyecta su veneno en las almas, y el gran océano donde se dispersan los fragmentos de las visiones de David y sus fantasmas, tú y los tuyos, en el estuario de los muertos, apenas el gusano, la distancia entre tú y yo la soledad y el duelo donde todos los rostros se confunden en la memoria donde se hacen añicos los espejos, los años y el fiel compromiso con la fidelidad de lo sagrado. Oscar Portela- Corrientes- Argentina, septiembre 2003

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La querella
Silencio y soledad pez untado en mi boca, proferido destino que no abandona el habla. Habla por mi desierto donde ninguna huella existe: di el vacío del mundo, del alma su querella. Contra todas las cruces aún se alza el velamen que levanté en las horas de un claro mediodía. Si la noche se cierne sobre mi cuerpo expuesto al vértigo del tiempo, si el pesar se desploma sobre mis tristes ojos y las cenizas vuelan un postrer salmo abierto a las luces del mundo cantaré en alabanza de una patria olvidada: origen del origen que siempre ha estado ausente, sueño por el que todo fue anunciado sin serlo. Así surgen las notas de mi rota garganta, con la sangre vertida y el sacrificio a cuestas: A pesar de lo que Habla sin callar ni el silencio, seguiré hablando en sueños cuando

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trigo y guadaña profieran en mis sueños el decir del olvido. (Corrientes,Argentina, noviembre de 2003)

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El lamento de Ulises en Argentina
¿No era éste mi laar? No miraban mis Ojos a través de sus días y la naturaleza animada de Dioses no cantaba en las entrañas y las concavidades de los espejos de mi sangre, animando el ritmo de los días, floreciendo en los maravillosos ciclos de la vida? El viento, y el olor de las aguas, el indigente invierno y el verano rapaz, bajaban serenamente durante las noches desde los cielos hasta mis asombrados ojos el entero universo: ¿No era pues este mi lar?. Los rostros tatuados en los sueños y los fantas y espectros que aún latían bajo la tierra virgen como una abeja de estío, una y otra vez fecundaban el nacimiento de los Dioses y los tinaes aún me hablaban en sueños: ¿No era éste mi laar? Los ecos del horror, la lascivia y el luto que ensombrecen la tierra, y los voraces llantos no moraban aquí, mientras los príncipes lucieron las principescas galas y las rizas santificaban los sacrificios y sahumaban templos hollados luego de desconocidos iconos. ¿No era éste el lugar al que Ulises partió y ahora nadie recuerda? ¿Y donde se hallan las nobles danzas del deseo? ¿No era este mi lar? ¿Que ha pasado en mi tierra que oscuros soles se han apoderado de todo?. Ahora sólo me queda la vagabunda eranica del conterrado, y las cenizas que borrarán mis huellas sobre la tierra, muerto el jardín donde mi alma jugaba cuando niño. Sé que Penélope teje la iridiscente llama que alumbra aún el dintel de mi casa, la eterna vuelta y el círculo del laberinto que no conduce a ninguna parte, salvo al cautiverio del desconocido en su propia patria, llena hoy sólo de coronas y espinas. (Corrientes - Argentina- diciembre 2003)

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No
Ni el árbol alumbrado en mitad del abra, ni el empinado pino en la densa colina, ni el banco oscuro en su espesura donde un hombre piensa en solitario sobre el destino del alma errante sobre la tierra, oculto a las miradas indigentes, en el sendero oblicuo que conduce a una umbría cabaña, ni madre sentada en el"claroscuro" de un patio en sombras, sitiado por jazmines que deslumbran las miradas del alma, podrían ya redimirnos de la deriva y el exilio de la intemperie y el lamento de Hecuba conterrada en su patria, de la tempestad del insomnio sin amor y el desasosiego de ser y hacer hacia lo ilimitado sin nombre, aún sin nombre: no hay moradas, solo espejismos de la escritura, cruz invertida y la memoria de los muertos que alimentan la mano en voladura: atrás el blanco plumaje de una garza y su gracia en volandas, deseos engendrados en el espacio aéreo de una vasta llanura y de cálidas aguas, atrás, atrás, Sólo nos queda la ímproba tarea de limpiar nuestras huellas y desecar el mar -el mar, el mar-, con la espera sin duelo de un adviento de mundo. (2004, Corrientes. Argentina)

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Nosferatus
(a C. Theodor Dreyer, Whilelm Murnau y Wernerg Herzog, que tan bien supieron unir las pesadillas con la intensa vigilia de lo diurno y a mi buen amigo Luis Polo)

Antes de toda huella, del primigenio Caos y la Noche, antes del Verbo y antes de la Nada, antes de las Tinieblas más profundas o del Alba Primera, antes de la Escritura y de la Voz, antes del Grito, antes que Cronos desovara sus crímenes, antes de todo quiasmo y todo abismo, antes de todo pneuma y todo antes, antes del antes y el después yo viajaba sin movimiento alguno - señor del circulo vicioso- y la tierra Profana que se repite en simulacros y en espejos, donde nada refleja nada, ni el primigenio flujo de la bestia, yo viajaba, muerto sin muerte alguna, viajaba, vacía Eternidad sin forma, viajaba, increado, lacerado y sin sombras, viajaba, antes de todo viaje y movimiento, viajaba, sin el beso que salva y sólo absuelto, por las ratas inmundas, viajaba: soledad del nonato que espera de la muerte el don precioso que redime con el cauterio del amor el sueño, que despertar a vida no podría, salvo que alba venga en pos del gallo, a deslumbrar los ojos y veletas que chirrían en tierra devastada: a pestilencia torpe del origen, donde todo se pierde sin condenas, porque no estaba El cuando yo estaba con el absurdo anhelo de extinguirme más allá del Vacío y de la Noche! Carcoma de Carcoma, sepultado insepulto tras la tórtola, crucificado sin advenimientos, sin aguas ni durmientes ni asfódelos, yo el hereje supremo sin condenas, porque soy la condena de lo humano,

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de lo mortal que a la afligencia torna, yo antes de la nada de la nada o de las Formas, persisto aún en la latencia oscura.

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Aporías
"Después que me hubiereis descubierto, imposible sería ya el perderme" (Cartas de la locura: de Friedrich Nietzsche a George Brandes.)

Y ahora qué hacer con los llamados que las hadas pusieran sobre mis hombros como lápidas? Desnudo y sin mañana, mudo como la roca que ignora las súplicas y bendice el negro del abismo del buitre, el tiempo como la roca, nos ignora también, aunque las diademas nos coronen de luces, pues somos la catástrofe antes de la catástrofe, qué hacer, qué hacer aquí, cómo hallarme a mi mismo después de la batalla y de la sangre, en tanta oscura soledad de camelia, en medio de tanta indiferencia de mutilados miembros y sordera infinita, oh patria amada, tálamo, lecho de infinitas promesas que proveyó a mi lengua de las mismas estrellas que hoy sangran sobre el tímpano de los que aun esperan? Dónde estoy pues, donde han sepultado a mi hermano, la juventud perdida, las medidas perdidas, mírame ahora, mírame, desorientado tras el huracán del extraviado origen, y los talentos como lápidas que gimen sobre mis hombros, los espectros que alumbran el pasado perdido, el hoy perdido y el mañana fantasmal del invierno, aquí, aquí, donde se pudre el cadáver del fantasmal hermano y mi voz se apaga lentamente, cuando

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el mañana habla por boca de los fantasmas y el invierno - tal vez-, venga para quedase definitivamente.

______________ (La presente compilación y selección de los textos de Oscar Portela, ha sido realizada por el poeta André Cruchaga)

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