EDUARDO DA’ BOSCO

En algún lugar del Zodíaco

Ediciones Zentzontle

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© Ediciones Zentzontle, 1985 © Eduardo Da Bosco Primera edición, México, 1985

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EN ALGÚN LUGAR DEL ZODÍACO

Los acuarios eran gente molesta; vivían de a montón, te digo, en un departamento del que no pagaban las mensualidades desde diez años atrás, dizque porque estaba en interdicto —según acuario el Viejo, una de cuyas virtudes fue la de tinterillo—. Nueve eran; más la madre acuario y el viejo, once. El abuelo y la suegra también llegaban, de vez en cuando. Los dos primeros meses del año eran la fatalidad de la unidad habitacional: la chusma comenzaba los cumpleaños desde el veintiuno de enero —Acuario puro— hasta el dieciocho de febrero —con ascendencia de Piscis—. Y en el intermedio (durante esos días en que
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los acuarios residentes no tenían ni santo ni aniversario)... pues los demás parientes celebraban los propios. Para los festejos, los miembros de la tribu venían desde los más insólitos lugares de la república —acarreando sus cachorros— y se instalaban donde pudieran, pues no cabían en los tres cuartos de la vivienda. Los teníamos en los pasillos, en los prados, en las banquetas... Parecían moscas de julio; y panteoneras, te digo; zumbadoras de las buenas. ¿Qué?... Sí, tal era su virtud: se animaban unos a otros, se socorrían (así son los clanes); se desplazaban, con premura, desde sus pueblos natales para asistir a un cumpleaños o ayudar a un pariente enfermo. Y no, claro, ¿a quién no le pasan las décadas por encima? Casi no existe alguien que no festeje las fechas memorables, sean de matrimonio, de finados, lo que sea... pero ellos hacían bailar el edificio en sus cimientos. Los niños acuarios invitaban a los más desarrapados escuincles del barrio y de las colonias vecinas, por las que deambulaban haciendo persignarse a
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los herejes; raterillos todos ellos, adictos al pegamento y al thinner, lenguaraces, groseros, sin educación. La Loca —propietaria del condominio del fondo del último piso— se quejaba sin descanso: ella que atendía los jardines y acariciaba las flores —como tiernos bebés— cuando aún eran botones, que esprincliaba —palabra importada de California durante su visita de una semana— las macetas con deleite, debía sufrir los desmanes de aquella horda de gamberros enardecidos. Pasaban encima de los rosales como Pancho por su aldea, aullando y maldiciéndose. Y ni para decirles algo: hijos, nietos y hermanos de truhanes ¿a qué te exponías con una llamada de atención o con un mal guiño? Y así se quejaba, también, la Refinada, condómina del departamento de acceso al tercer piso. ¿Eh?... Ah, sí; exageraba, claro. No digo que aquellos salvajes no le pararan los pelos de punta al más machito, pero se iba en tales sutilezas cuando describía sus desmanes, que los acercaba a siniestros maquiavelos mezcla5

dos con fouchés. ¿Quiénes son? Ah, solo personajes de la Historia. Ah, y la Acaudalada: «¡Qué vulgaridad!» —decía—. «Hasta se orinan en el elevador. Miedo tiene una de que la saqueen». Eso temía, aunque no sé por qué; no creo que tuviera mucho: algunas joyas, dijo, de las que una vez le robaron parte. «Los acuarios, claro —aseguraba—, ¿quiénes otros?» Joya es una fuerte palabra; imagino —cuando la pronuncian— lingotes, diamantes, las preciosidades de la Corona inglesa... Las suyas fueron, tal vez, cadenitas de plata, anillos livianos, prendedores, objetos que no pasan de doscientos pesos en el Mercado de Artesanías; pero bien, cada uno valora sus pequeñeces, ¿no crees? Los acuarios adultos invitaban, por su parte, a una caterva de malvivientes que recorrían, sin dificultad, la escala completa de las malignidades. Se la pasaban bebiendo lo que hubiera o lo que trajeran, para concluir en una gresca monstruosa a lo largo de casi un kilómetro de edificios, pasadizos y banquetas. No se dormía durante esos meses: el tocadiscos permanecía —co6

mo en cantina barata— a volumen completo hasta las siete de la mañana y los hombres gritaban a pulmón abierto, zapateando rebonito. Los Resignados —moradores del departamento debajo del de los acuarios— se lamentaban entre sí o con los otros vecinos, concluyendo con que «la única solución era que se fueran». Pero quizá ellos, porque los acuarios tenían para rato: habitación de gorra, herramientas gratis —cuando las necesitaban, pues las pedían prestadas—, luz y gas de pilón (sus instalaciones tenían más diablitos que el Infierno mismo) y hasta dinero, pues nadie se los negaba, por temor, si lo pedían. ¿Por qué irse?, felices estaban. Las esposas de los muchachos mayores tenían bocas de pepenadoras y por sus manos pasaron, no pocas veces, las cabelleras de nuestras respetables vecinas. Se decía que se intercambiaban las parejas durante orgías memorables, no lo sé; pero el pequeño acuario —el más minúsculo de todos, el que no se desarrollaba por pura negligencia de su familia— carecía por completo de pa7

dre conocido, aunque fuera hijo de alguno de los hombres que habitaban allí, fuera cual fuera, amigo o pariente. Pues Acuarito, el benjamín, no estaba a la altura de su tamaño y languidez: diestro en las patadas, se distinguía por sus insultos, vómitos, pellizcos y maldiciones; se cagaba en el zaguán del edificio, era temido por sus hurtos y se bajaba los pantalones frente a las niñas asombradas, para que apreciaran el instrumento del que estaba provisto. Con ocho años apenas, ¿te imaginas? ¿Que cómo apareció la peste de los acuarios? Pues, como las malas hierbas, salen nomás; se propagan, ahogan lo que les rodea. Una tarde llegó uno y se apoderó de la vivienda; ese trajo a los demás. Le dieron una paliza al dueño cuando pretendió cobrarles la renta y punto; allí se quedaron, para multiplicarse como bacterias. Y de ahí en adelante se adueñaron del conjunto habitacional. Misterioso, ¿verdad?, pero existen escondrijos urbanos —sean míseros o de clase media baja— que se rigen por normas estrictamente coyunturales, en los que lo invariable es, precisamente, el cambio continuo, la ex8

pectativa de lo que sucederá al día siguiente. Después de las dos de la madrugada —y a veces antes— el edificio y sus alrededores (jardines, calles, aceras y plazuelas) eran territorio exclusivo de una sola casa zodiacal y sus seguidores. Ya encarrerados (drogados o borrachos o las dos cosas), despojaban a los visitantes y hasta a los mismos residentes. Los guardias escurrían los sonidos de sus silbatos con indolencia como si allí no pasara nada y nosotros nos zambullíamos en las cobijas con los cojines sobre la cabeza para dormir un poco. Pero un día llegó el viejo acuario con la noticia de que había conseguido —en «un negocito»— un terreno muy grande, en las afueras de la ciudad, con casa y demás y que se marchaba con su corte. Alegrías hay; asombros agradables, también; sin embargo, el mencionado acontecimiento sobrepasó los anhelos del más escéptico de los hombres. ¿Irse?, ¿de veras? Te cuento: esa circunstancia estremeció al condominio con más fuerza
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que la peor de las vilezas cometidas por los acuarios. Hasta daba ganas de plantarles un beso en la trompa. Y no, nadie lo hizo, a pesar de los ablandamientos. La felicidad fue tal (pero más aun el miedo de que se arrepintieran) que los vecinos iniciaron el rito de saludarlos, primero —deseándoles una larga existencia e inmejorable salud—, y de obsequiarles cosas (guisos caseros, algún dulce para los niños, una herramienta útil aunque en desuso), después. Y los acuarios —que tontos no eran— intuyeron el origen de tan inusitadas prodigalidades. No obstante, ¿qué importaban ahora aquellas delicadezas?: irían a un sitio mejor con casa y todo (tal vez producto de una tunda al dueño; pobre hombre, claro, pero eso no nos interesaba si se iban lo más lejos posible, a la salida de la ciudad o a la entrada del Infierno, daba igual, pero que nos dejaran en paz). Y sí; se les vio muy activos empacando sus trebejos; salían y entraban con cajas o bolsas y apilaban la basura a las puertas mismas del edificio. A las señoras no les quedaba más remedio
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que acarrearla hasta los tiraderos del fondo de la unidad habitacional, porque, de lo contrario, el edificio se hubiera convertido en un basurero. Pero era insignificante el trabajo de llevar aquella inmundicia hasta allí, si se le comparaba con la posibilidad de que los peores de los desperdicios dejaran pronto de apestar tanto la propiedad común como la intimidad de los inquilinos; así pensaban. Y entre tanto, incluso los más rencorosos se les acercaron para brindarles su cooperación: que si deseaban utilizar sus automóviles para el traslado de los bultos o, si no, entonces les procurarían transportes especiales; que si requerían de permisos... Cada uno prometió algo, ¡tan grande era el contento!, pero, más aun, te explico, la duda, la posibilidad de que por falta de medios gratuitos decidieran quedarse. No sé si los acuarios apreciaron, durante esa etapa, el calor de la vida en comunidad y la satisfacción de sentirse aceptados, aunque comprendieran que era una aceptación inversa; algo así como un reductio ad absurdum, en el que la conclusión contradictoria pro11

duce, precisamente, la legitimidad del planteamiento original. Es difícil adivinar lo que pensaron o lo que sentían, porque el árbol viejo grueso es; pero sí hubo cambios: la música no la ponían tan fuerte y no hicieron muchas fiestas, tal vez porque estaban atareados con la mudanza. Lo cierto es que actuaron con benevolencia y hasta con generosidad, si consideramos que un saludo —aunque parezca gruñido— ya es un gesto inimaginable en gente de esa calaña. El desenlace se debió a las mujeres, no a los hombres, quienes fueron reservados. Esto, como supondrás, no es un juicio de valor; no considero que la naturaleza femenina sea muy distinta de la nuestra, simplemente que ellas eran las que sufrían pues se la pasaban en sus casas, soportando los abusos de los acuarios: golpes e insultos a sus hijos, hurtos de la ropa tendida en las jaulas de servicio, manoseos de nalgas y mil otros excesos. Ellas, entonces, organizaron la fiesta un mes antes de la fecha en que se suponía —según las indicaciones del viejo acuario, el gran
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patriarca— que saldrían con sus bártulos para siempre. La celebración de que te hablo, tenía dos propósitos: festejar el regocijo de liberarse de un mal que se consideraba endémico y evitar que en la retirada —con la frágil esperanza de que cuando menos fueran agradecidos— los acuarios destruyeran cuanto encontraran (vidrios de ventanas, cerraduras de puertas y controles de elevadores) o que se llevaran llaves de gas y agua, fusibles, lámparas de pasillos y portales, instalaciones eléctricas... Era comprensible, ¿no?... ¿Que por qué harían todo eso? Pues... nomás, nomás. Quienes se alegraron hasta la morbosidad, fueron los Resignados. La mayor parte del trabajo estuvo a su cargo: que qué les agradaba más, que si el flan napolitano o la nieve; que tenían una botellita de brandy, ¿les gusta? Y otras lindezas por el estilo. ¿Hummmm? Ajá, hubo excesos inconcebibles. Los vecinos cometieron la falta de provocar, a la inversa, los mismos errores que los acuarios. El viejo acuario dijo sí a todo mientras
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sonreía. Es raro observar que alguien como él lo haga. Era, sin embargo, una sonrisa giocondesca, un poco levantada, que le engordaba un pómulo y le abría una arruga que se disipaba en su recorrido al nacimiento del ojo; se figuraba una interrogación, incluso un valioso secreto en el que no se hubiera penetrado lo suficiente. El departamento de los acuarios fue vaciándose; con lentitud, pero vaciándose. Las dunas de desechos, a la entrada del edificio, crecían conforme avanzaban los preparativos del viaje. En ellas se acumulaba gran cantidad de cosas que los inquilinos reconocieron como propias, aunque ya inservibles. Las vecinas —y ya para entonces, también algunos hombres (infestados de la diligencia de las mujeres o condolidos)— se encargaron de eliminar aquellos cerros asquerosos, pero con silbos y alegres tarareos. Las caderas de las damas habían readquirido una lejana lozanía, disipada sin advertencias durante aquellos diez años de penurias espirituales; y hasta hubo chistes en el camino, algún requiebro pequeño aunque significativo.
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La risilla del anciano acuario se acentuó con el transcurrir de las semanas, de manera que ya parecía la circunferencia aterciopelada de un melocotón adolescente. Felices estaban, recuerdo; incluso el minúsculo Benjamín —cuyo nombre olvido—, solo en ocasiones se exhibía ante las niñas o se cagaba a la puerta de los condóminos. * Los acuarios bajaron al jardín lateral, una hora después de que todo hubiera sido dispuesto. En su ausencia no se cometió el error de iniciar la ceremonia ni el intento de servirse una copa o de tocar una servilleta. Al cabo de la larga espera los asistentes inquirían la causa por la cual los invitados no bajaban. Sin embargo, les satisfizo verlos descender, en fila, uno tras otro, con la cabeza en alto y mostrando —como un calco— la sonrisa del viejo, que ya formaba parte de su geografía facial. Hubo numerosas mesas, porque muchos eran los edificios y abundantes las personas que en ellos vivían, pero las
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sobrepasaban las angustias —pienso—, las esperanzas. Todos fueron; hasta los habitantes de los condominios más lejanos; no por simpatía, se comprende, sino por temor de que en lugar de mudarse al sitio programado, lo hicieran a alguna de sus viviendas. Nada podrían hacer en tal caso, pero al menos lo sabrían con anticipación. Cada inquilino trajo su asiento y había profusión de manteles, dulces, guisos, menudencias culinarias... y licores; ¿qué, ya?: que se los bebieran; sí, de una vez para siempre. Hasta un descendiente de japoneses llevó su alcohol de arroz... y sus palillos, por si acaso. Para entonces, los acuarios tenían sus objetos empacados: se hacinaban tanto dentro de su casa como en los corredores. Nadie cuidaba los bultos: lo hacía la voluptuosa curva del rostro del más viejo de la familia. ¿Robarle a los acuarios? ¡Jesús! Ni Satanás... Ah, naturalmente; esos fardos no eran tan pesados como los íntimos deseos de los vecinos. Extraño: pareciera que el ejecutor muestra timidez ante la presencia de la
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víctima cuando esta posee un poco de libertad para mirarle, aunque sea de reojo; que, si fuera posible, emprendería la huida. Hay miradas tan diáfanas que es imposible evitarlas y que traspasan como saetas. Los acuarios se colocaron a lo largo de la mesa principal, frente a los representantes de los edificios, en los lugares que les habían sido dispuestos —los mejores, se entiende—, sin comentarios o reclamos, como celebridades nominales o realeza en decadencia. ¿Crees que no lo percibieron?; eran estos tantos y aquellos tan pocos; ¡Dios mío!, más o menos. La cobardía difiere la fuerza, la dispersa, nos hace débiles e insignificantes... Disculpa estos razonamientos; de vez en cuando pontifico, para mí mismo, nomás, por supuesto. ¿No eran los Resignados las personas idóneas para decir algo, un caros hijos de puta, por ejemplo? Y así lo hicieron; no eso, ni queridos abortos de perra, como hubieran deseado; sino: magníficos duendes y hadas que han hecho nuestra delicia por ciento veinte gloriosos meses...; no tampoco, los Resignados eran lentos, faltos de imaginación; abatidos, sí; y la
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mayor de las destrezas nace de la presencia del acoso. Sin embargo, es, también, la más potente de las limitaciones. (Nuevamente, excúsame. El hábito de fabricar sentencias —aunque esta, a su vez, sea, también, otra sentencia— brota de la incapacidad para resolver con hechos, y no con verborreas, los conflictos de la existencia). Entonces..: «—Estamos aquí reunidos para...». La juvenil línea amelocotonada del viejo acuario se acentuó y, después del discurso —que, no obstante breve, le pareció eterno al orador—, el anciano hizo un gesto de agradecimiento, inclinó el rostro y exhibió la engañosa mansedumbre de sus cabellos canelos contra un sol que se descosía de luz y liberaba las costuras de la transpiración. Hubo cantidad de pies temblorosos, digo; sonrisas que recorrieron la gama amarillenta de dentaduras lavadas con frecuencias dudosas; palabras de esto y de lo otro; remembranzas; y los que no quisieron comprometerse, acometieron con citas históricas o con datos arquitectónicos: profundidad de los cimientos, absorción de los muros
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de carga, dimensiones cúbicas de los tinacos... Y la ya, para entonces, arquetípica línea del rostro del patriarca, mostró una perspectiva paracélsica —sí, hombre, así soy; paracelsiana, dirían otros—: el agrupamiento de todos los pedazos dispersos hacia una solución única, que rebasó —hasta el asombro— las expectativas de los vecinos. Fue como si, tratando de armar un rompecabezas con la figura de Caperucita, un niño se encontrara, al colocar el último fragmento, con un espejo que le devolviera su propia imagen disfrazada de lobo. Sin embargo, fue un desenlace tan transparente como el del Apocalipsis mismo. Lo evidente es difícil de comprender; por eso los finales no son como pretenden los cuentistas... ¡Babosadas!, son nomás. Y el viejo zorro, el gran patriarca, el más anciano de los acuarios, se levantó y dijo: «—Pues si nos aman tanto...» Ah, claro; a su inesperado discurso siguió un silencio que, aun hoy, es la cuerda maestra por la que nos deslizamos; más, incluso: un palo encerado
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al que nos vemos adheridos sin la esperanza de alcanzar la punta y sentarnos allí para tomar aliento, aunque sea solo eso, que ya de por sí es un premio apetitoso. Eliminando las transiciones innecesarias, continuó: «—Esa propiedad nuestra que quede como patrimonio de mi familia para su uso futuro». Te digo, ese silencio como que achicopala, como que desnuda; a veces percibo que fue un esfuerzo no hecho, una tensión sin fuerzas, pero tan activamente estático que se asemeja al Pecado Original, a una sombra que chupa desde la oscuridad hasta la absorbencia absoluta. Sí, ¿qué esperabas?; el insignificante benjamín —cuyo nombre olvido— cumplió ayer veintisiete años.

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