Viernes XV del tiempo ordinario (año par) Lecturas: Is 38, 1-6. 21-22.

7-8; Sal Is 38; Mt 12, 1-8 Muchos creen que la Biblia es un libro de historias grandilocuentes, de batallas de reyes antiguos, de palabras de profetas inspirados, de relatos de tiempos lejanos, difíciles de comprender hoy. Mas la lectura de Isaías nos ayuda a tomar conciencia de que la Biblia es el libro de la historia de Dios con su pueblo, mejor dicho, con los hombres y mujeres de su pueblo, que viven sus alegrías, penas y angustias en continua relación con Él. En esa historia queda reflejada la compleja vida del hombre -de cada hombre- que es esencialmente el mismo que el actual, con sus mismas preguntas, desafíos y retos. Hoy vemos cómo Ezequías se enfrenta a la muerte. Reacciona como la mayoría de los hombres: “volvió la cara a la pared y oró al Señor: Señor, acuérdate de que he procedido de acuerdo contigo, con corazón sincero e íntegro, y de que he hecho lo que te agrada. Y Ezequías lloró con largo llanto.” Ante el presentimiento de la muerte actúa como un creyente que ora con intensidad al Señor de “cara a la pared”, es decir, de cara a Dios, ante quien hay que presentar las cuestiones importantes y a quien hay que dirigirse con sinceridad, con temor y temblor, pero con la confianza de manifestar ante Él nuestras angustias, alegrías o necesidades, abriendo el corazón, y, por lo tanto, “de espaldas” a los hombres. Este detalle de “dar la espalda” el rey a los presentes y al profeta Isaías nos recuerda que hay determinadas cosas que sólo pueden tratarse de cara a Dios, de un modo personal, sin diluirse en la masa anónima, presentándose ante Él con todo lo que se es: espíritu, alma y cuerpo, todo el ser implicado. Por eso en la oración intervienen también los sentimientos, en este caso, el llanto prolongado, la postura, la historia personal, todo lo que se ha sido y se es. Cuando en la angustia se clama al Señor todos tendemos a intentar convencer a Dios apelando a nuestras buenas obras, “he hecho lo que te agrada”- dice Ezequias-, esperando así como una “recompensa” por una vida virtuosa. Pero el Señor no valora tanto los “méritos” adquiridos por una vida vivida en el bien y la justicia, sino más bien su sinceridad: “así dice el Señor, Dios de David, tu padre: He escuchado tu oración, he visto tus lágrimas”, y esto es quizá lo más consolador: el Señor mira las lágrimas de los hombres y escucha los gemidos de sus corazones: así es el Dios de Israel, el que ve y el que escucha con atención a su pueblo. En una época tan descreída como la nuestra, ojalá tuviéramos la misma fe, valentía y decisión que Ezequías para “encararse” a Dios, el único al que hay que mirar cuando llega el momento definitivo de nuestras vidas.

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