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LA HORA DE ABRAZAR A PEDRO O DARLE LA ESPALDA El Papa y los obispos Por: Rossana Echeandía Martes 24 de Julio del 2012

El cardenal Bertone, secretario de Estado del Papa, ha enviado dos cartas hacia el Perú. Una de ellas está dirigida al rector de la PUCP, Marcial Rubio, en la que prohíbe que esa universidad siga usando los términos “pontificia” y “católica”. La otra, igualmente severa, es al presidente de la Conferencia Episcopal del Perú, monseñor Salvador Piñeiro. Hay quienes pretenden restarles peso como si solo proviniesen de Bertone; lo cierto es que ambas revisten la máxima autoridad, pues responden a una iniciativa del mismo Papa. Me referiré a la carta enviada a monseñor Piñeiro, que fue conocida por El Comercio gracias a una fuente de Roma. Ante la severa llamada de atención por haber tomado decisiones no muy felices, aparentemente confundido por preferencias personales, el presidente de la conferencia episcopal deberá obedecer lo que el Papa le ha dicho; es decir, apoyar a la Santa Sede y al arzobispo de Lima en el caso de la PUCP. Es un error común pensar que la Iglesia tiene que funcionar como una democracia civil. Y no lo hace porque su naturaleza

es distinta a otras instituciones: no solo es humana sino también divina. Esto puede ser incomprensible para quienes no forman parte de ella, pero para los católicos está claro que así es. El Papa, vicario de Cristo, lo representa y tiene la misión de dirigir la Iglesia con los obispos, sucesores de los apóstoles. Es la cabeza del colegio episcopal y el único que tiene autoridad sobre los obispos, quienes están obligados a actuar con el Papa y bajo su autoridad. En cada país, los obispos se reúnen en una conferencia episcopal, un organismo de coordinación y consulta cuyas decisiones no son vinculantes. Es decir, cada obispo en su diócesis es autónomo y solo responde al Papa, del cual depende directamente. Otro error común es creer que el presidente de la conferencia episcopal es la cabeza de la Iglesia en un país. No existen “iglesias nacionales”. Lo que existe es la única Iglesia Católica, presente en cada diócesis, dirigida por su obispo en comunión con el Papa. Ante situaciones de desobediencia por parte de los obispos, corresponde directamente al Papa -no a otro- amonestarlos o removerlos. Benedicto XVI ha demostrado un estilo muy firme y enérgico respecto al comportamiento de ciertos obispos. Cuatro de ellos han sido depuestos en los últimos años por desobedecer sus indicaciones. Hay quienes cuestionan la imposición de la autoridad, como si fuera una falta de caridad, cuando es todo lo contrario. El propio Jesús pide a sus discípulos que ejerzan la corrección fraterna como un acto de caridad, para que los equivocados recapaciten y no induzcan a la confusión a los demás. La

corrección no está reñida con la caridad que en vez de ser débil debe ser fuerte porque está basada en la verdad y no tiene nada que ver con la “tolerancia” de moda y el relativismo de nuestros días. Más bien es una falta de caridad tolerar la mentira y el error; hacerlo es traición. Las sanciones que impone la Iglesia no son puramente vindicativas; es decir, no solo buscan que el sancionado purgue su pena, sino que sobre todo son medicinales, es decir buscan curar, hacer recapacitar al que yerra para que salga del error. En ese sentido, por ejemplo, se inscribe la carta del Papa a los obispos irlandeses por los casos de pederastia, y la reciente llamada de atención de Benedicto XVI al presidente de la Conferencia Episcopal del Perú y a un sector de los obispos de la misma. Corresponde ahora a los obispos del Perú abrazar la decisión de Pedro con absoluta fidelidad y firmeza y no darle la espalda.