LA PUCP Y EL PUNTO DE NO RETORNO

Discordia y concordato
Por: Fernando Vivas Periodista

Martes 24 de Julio del 2012 Por un instante me hice la pregunta: ¿y por qué la PUCP no adecuó sus estatutos a lo que pedía el Vaticano? Y la descarté de inmediato. La PUCP no debía aceptar, entre otras imposiciones, que la Iglesia tuviera derecho a veto sobre la elección de su rector. Ello implicaba renunciar, desde el campus más rankeado del país, a una de las grandes conquistas de la democracia: la autonomía universitaria. Hubiéramos dado un tremendo paso atrás en todo lo que avanzamos como Estado laico que respeta al catolicismo y a otras confesiones pero no se rige por ellas. Ahora que el conflicto llegó a lo que parece un punto de no retorno, la institucionalidad democrática nacional debe salir de su pasmo y reafirmar que la PUCP se acoge a la Ley Universitaria y esta protege a sus profesores, alumnos, títulos en nombre de la nación y sistema de elección de autoridades. El lío en tribunales locales se limita a la presencia del arzobispado en la junta administradora de la PUCP; en todo lo demás la PUCP está en regla y las autoridades deben reafirmarlo. Sin embargo, sí creo que el nombre debe cambiar. No ahora pero sí luego de un debate interno. No por acatar de inmediato un decreto no vinculante con el orden nacional, pero sí por mínima consecuencia con la opción laica y democrática que la PUCP está asumiendo en su hora más trascendente desde que se fundó en 1917. Quizá como resultado de ese debate se decida respetar el pedido de retirar el título pontificio que fue expresamente concedido por el Vaticano, y a la vez reivindique el de „católica‟ que es un adjetivo de uso bastante genérico. El DRAE reconoce para el adjetivo „católico‟, además de la acepción „que profesa la religión católica‟, la de „universal, que comprende o es común a todos‟ y „verdadero, cierto, infalible‟. Hay otro debate pendiente: los defensores del arzobispado dicen que el convenio firmado entre el Perú y el Vaticano en 1980 reconoce ala Iglesia Católica autonomía para manejar a sus instituciones educativas. Aunque sería muy forzado considerar a la PUCP una „institución de la Iglesia‟ cuando hay un litigio, a lo sumo, por su ingerencia parcial; toco el tema porque no me quiero perder una sabrosa ironía histórica.

El convenio o concordato se firmó el 26 de julio de 1980, dos días antes del fin de la dictadura de Francisco Morales Bermúdez. Se hizo por decreto supremo, pues no había Congreso y el apuro hace pensar que la Iglesia temía que un próximo gobierno y parlamento democráticos no aprobarían un generoso convenio con la Santa Sede. Miren las motivaciones que el propio FMB da para explicar su firma en el convenio, en el libro entrevista “Regreso a la democracia” (Federico Prieto Celi, Editorial Realidades, 1996, pág. 184): “Había ciertas dificultades [...] con los nombramientos de obispos. El presidente tenía que hacer una terna de candidatos para presentarla a la Santa Sede [...] Llegamos a la conclusión de que era mejor dejar a la Iglesia en libertad para nombrar a sus cuadros directivos”. Vaya, el ex presidente FMB dice que era un fastidio someter la autonomía de la Iglesia a esa injerencia ajena en la elección de sus cargos. Y creo que tiene toda la razón en ese punto, como la tiene la PUCP en haberse negado a adecuar sus estatutos a un régimen que le exige, precisamente que el rector surja de una terna de candidatos propuesta a la Iglesia. La autonomía universitaria es una conquista irrenunciable de la democracia peruana.