Instrucciones el gran batacazo intelectual argentino

Juan Terranova
Un héroe romántico en las pampas del siglo XIX, un crítico literario huyendo al exilio, dos hermanos rusos que matan a su madre, el apocalipsis nuclear en Japón, sexo con lagartos, zombies porteños atacando un equipo de vóley, el peronismo y el dinero, la especulación sistemática sobre el poder de la web. Estos son algunos de los escenarios, las obsesiones y los personajes que Juan Terranova ofrece en Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino. Hibridando el género relato, tomando miradas y estilos del discurso crítico, de la historia, de la economía y del arte, estas “instrucciones” conforman un libro entretenido, de rara unidad y, sobre todo, tejido sobre los pilares de un presente que dialoga con la tradición mientras se escapa, se regenera y se vuelve a escapar.

para dar

/// Buenos Aires. 2012. ///
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Ediciones CEC www.elcec.com.ar Ediciones Reina Negra Dirección general: Juan Manuel Candal Diseño de colección: Carlota Ravera Ilustración de tapa: Leandro Escobar (www.lepopurri.com.ar) Corrector: Santiago Bailez Chayé (por convenio con el Instituto Superior de Letras Eduardo Mallea) editorialreinanegra.blogspot.com www.reinanegra.com info@editorialreinanegra.com Buenos Aires, Argentina. Otoño 2012.-

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Índice
La Sangre de España no mancha las manos _ pág. 6 El joven Aira _ pág. 11 Mi fin del mundo nuclear _ pág. 17 Algunos personajes y situaciones que no deberían formar parte de un cuento sobre el peronismo _ pág. 23 Los hermanos rusos _ pág. 29 La masacre del equipo de vóley _ pág. 41 Hablame de lagartos _ pág. 53 Sobre Ricardo Piglia _ pág. 66 Madres de plaza de mayo mecanizadas _ pág. 78 Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino _ pág. 84 La máquina de la simplificación total _ pág. 93 Ciencias virales _ pág. 97 Nota _pág. 108

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¿Cómo? —se preguntaban los figurones de la oligarquía azorados y ensombrecidos— ¿Pero es que los obreros no eran estos gremialistas juiciosos que Juan B. Justo había adoctrinado sobre las ventajas de comprar porotos en las cooperativas?
La era del peronismo, Jorge Abelardo Ramos.

Soy el Job de la República Argentina, el instrumento roto, mellado y arrojado al muladar (…)
Las ciento y una, Domingo Faustino Sarmiento.

Este libro está dedicado a todos los #freelancers del mundo.

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La sangre de España no mancha las manos

El peón se acercó y le dijo que el caballo no estaba muerto. Había resbalado y se lo podía ver abajo, tirado, cerca del agua. Tenía la mano derecha rota. El hueso salía para afuera. Vega pegó un grito, espoleó su alazán y llegó al lugar sin desmontar. Había cinco o seis gauchos más. El animal se movía poco, temblaba. Estaba todo lastimado, lleno de raspones. Nadie lo tocaba. — Hay que meterle un tiro, señor. Para que no sufra. “Antes te meto un tiro a vos, bárbaro” pensó Vega y miró el cielo. Al fondo, en el horizonte, se veían las nubes. El barranco era de arcilla. El río venía con fuerza. “La tierra es muy blanda” pensó Vega y palpó el pistolón que llevaba encima. Los hombres tenían rostros de ojos achinados y dientes sucios. No iba a gastar un plomo en ese animal. — Deme el sable —dijo Vega. Le alcanzaron un cuchillo largo, de los que usaban para pelearse entre ellos y para carnear. La empuñadura era un insulto de tan mal hecha que estaba. No le dio asco tocarla. “Asco me da no poder abrir estos brutos al medio” pensó. Si hubiera podido tomar la decisión, los habría hecho encerrar en un corralón para degollarlos uno por uno. Hasta los criollos sabían que la única forma de que esos pajonales dieran algo era regándolos con sangre. Mientras tanto en España se volvía cada vez más difícil degollar a alguien. Ahora se fusilaba. Igual Vega sabía que la muerte era como las olas del mar. Cayera con fuerza, o apenas llegara a los pies, nunca dejaba de mojar. Extrañaba la meseta castellana. No tanto Madrid. Un amigo de la escuela de armas le había escrito y le decía que seguía todo igual. El Prado y los carruajes, las mujeres y el polvo, comedias, ejecuciones, la fruta que llegaba del Levante y, sobre todo, poco dinero.
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Vega le pidió a dos peones que le tuvieran las patas. El caballo relinchó y empezó a lanzar una pasta verde por el belfo. Cuando lo terminaron de inmovilizar, lo mató como un torero, buscando el corazón. El primer golpe tocó un hueso, el segundo entró bastante mejor. Le dio dos más. Los peones soltaron las patas. Uno escupió en el suelo. Vega sostuvo el cuchillo y miró el caballo. Era de los buenos. Y muerto parecía todavía mejor. No lo quería dejar ahí, tirado, para que se lo comieran los chimangos. Así que levantó el brazo y le descargó un golpe en el cuello. Primero cortó el cuero, haciendo los tajos largos, después los tendones, y al final el hueso, dándole hachazo, de los dos costados, en forma de ve, como si fuera un tronco. La vértebra se quebró. Al final, la cabeza se terminó separando y el cuerpo quedó ciego, sin la frente y los ojos. —Deme su capa —le dijo a uno de los hombres que miraba. El peón, resignado, le pasó un recorte de cuero. Vega clavó el cuchillo en la tierra, envolvió la cabeza y se limpió las manos en el pasto. Evaristo Elbara Vega había nacido en La Coruña. Cuando su madre le pidió que se metiera a cura, le pegó con la mano en la cara. Después, escapó. Su hermano había salido a buscarlo para darle muerte. Pero era un inútil. No podría haber encontrado su propio cuello. Era un inútil, un putañero. Y encima estaba hundiendo la hacienda familiar. Su padre, postrado en la cama, orinándose encima, no se enteraba de nada. Vega se fue a Valencia y finalmente se dejó convencer y embarcó para América. ¿Y quién lo estaba esperando en el puerto de Buenos Aires? El gaucho tedesco, rubio, con los ojos celestes, como de vidrio. Su ejército llevaba trapos de color rojo en el cuerpo. Lo mandó llamar el mismo día que tocó tierra. Le dijo que sabía quién era, que sabía del norte de África y de los franceses. Se pusieron de acuerdo. Le dio unas tierras que no eran tan malas. Si había guerra, iba a tener que pelear. Nada más. A Vega le pareció justo. —Don Evaristo, ¿la carne queda para la gente? —le preguntó un peón, señalando el cuerpo cercenado del caballo.

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Vega montó y mientras le acomodaban la cabeza en el anca dijo que sí. “Son todos vampiros” pensó. Y Don Juan Manuel también. El vampiro rubio. Decían que había mandado a pintar la pirámide de la Plaza de Armas con las tripas de nueve toros. Decían que se tomaba un vaso de sangre en ayunas. Pero, más allá de que Buenos Aires estuviera gobernada por un sacamanteca y su horda de borrachos piojosos, siempre resultaba mejor estar en la pampa, en el desierto, que con los curas o con los borbones. Los borbones eran todos proxenetas o invertidos. Por el placer de correr, Vega puso el animal al galope y se distrajo mirando la tormenta. En el horizonte caían algunos rayos. Cuando llegó a las casas encontró dos hombres de uniforme en la entrada. Los saludó y siguió de largo. Ató el caballo, se apeó y aflojó las lonjas que sostenían la cabeza en la montura. Cruzó el patio y le pasó el bulto a una vieja que salió a recibirlo. Entró en la cocina y se sacó las botas. El fuego estaba encendido. Pidió agua caliente. Se tomó un vaso de chicha. Después pasó a su habitación y mandó llamar a la negra. La mujer entró y lo ayudó a sacarse la ropa. Vega tenía las manos sucias de tierra y el cuerpo lleno de mugre. Se lavó un poco con una esponja húmeda. La negra lo ayudó. Él se dejó hacer. Pero enseguida se aburrió y la tiró en la cama. Primero la fornicó por adelante y después la penetró por el culo, como le habían enseñado a hacer los moros. Le dieron ganas de ponerle la verga en la boca, pero temía que lo mordiera. La negra era pícara, gemía, le gustaba. Tenía trece años, regalo de Don Juan Manuel. Vega eyaculó y se acostó mientras ella lo acariciaba. Al principio había pensado que le podía cortar el cuello mientras la montaba. De joven lo había hecho con patos y gansos, a la francesa, y siempre había pensando que era posible hacerlo con una mujer. Pero al final resultó útil en la casa y Vega se dio cuenta, gracias a Dios, que Don Juan Manuel protegía a los negros y los usaba de espías. ¿Esta negra andaría por ahí contando lo que él hacía? Sí, era posible. Tenía mezcla de sangres. La piel no era del todo oscura. Eso le gustaba. Don Juan Manuel le había dicho que cuando los gauchos descubrieran que podían fornicar entre ellos se acababa la procreación en el Río de la Plata.
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El desierto iba a quedar vacío otra vez. Todavía más vacío. “¿O porqué se cree que ya no quedan indios? Cuando hicimos la campaña, yo los maté, sí, pero no los maté a todos. A los gauchos los salva su brutalidad” le había dicho. Hablaba con regocijo. A Don Juan Manuel descubrir ese detalle le daba placer. Era muy blanco y nunca se reía. A Vega eso le gustaba. Que no se riera. No como Fernando VII que se reía incluso cuando le cepillaban el ojete. En Madrid, Don Juan Manuel habría sido un héroe. “Amar, castigar, recompensar.” las guerrillas España también merecía un pacificador federal. Era eso o carlistas, María Cristina, Isabel II y todos esos

pronunciamientos ridículos de generales más o menos sobrios desde Andalucía hasta el País Vasco. En cambio en la pampa la situación era mucho más simple. Un hombre valía un hombre. No había reyes, ni cortesanos, ni cerdos metiendo el morro en la mierda. Sonó un trueno y Vega le pidió a la negra el puñal de Toledo que había en la mesa. Cuando se lo dio, se pinchó la palma de la mano. Salió un hilo de sangre. Sangre española. La negra se levantó y le dio un trapo para que se limpiara. Vega había matado a seis hombres, sacando indios y moros. En duelo, dos andaluces y un sevillano. Y en África soldados que lo habían ofendido o desafiado. “Catalanes de mierda —pensó—, se creen los dueños de todo.” En una excursión a los Pirineos también había matado un imprentero de Barcelona que lo había querido estafar con los dados. Le dieron dos meses de cárcel militar por eso. Recordaba la sangre española de forma más clara, más líquida. En la pampa la sangre era más oscura. Se quedaba en la piel que tocaba. Impregnaba las telas, llenaba de olor los cuartos, se filtraba abajo de las uñas, nutría las plantas y los árboles. En ese desierto se podía hacer cualquier cosa. Y los gauchos se aburrían mucho. Por la ventana entró el aire eléctrico y denso de la tormenta. En el puesto de la bahía le habían dicho que más abajo, los días de lluvia, se veían muertos caminando, como dormidos, con los brazos estirados y la carne podrida, llena de gusanos. Lo tentaba la idea de volver a salir, tratar de encontrar esos muertos y volver a matarlos. ¿O la carne podrida no era la
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que mejor explotaba si se le daba un balazo? Pero se sintió cansado. La negra seguía ahí. Vega se persignó. Pensó en una máquina opaca viajando por el desierto de la provincia de Buenos Aires, cerró los ojos y se durmió. Afuera había empezado a llover.

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El joven Aira

Para Hernán Vanoli

Conocí a Carolina por una amiga en común a principios del 2004. Era casi diez años más joven que yo y no había tenido relaciones importantes, más allá de algún novio en el secundario. Vivía en un departamento que le prestaba la madre en Monserrat y tenía dos gatas que se peleaban por los preservativos usados. —¿Por qué se pelean? —le pregunté una vez. —Por los preservativos —me contestó—. Se los comen. Pensé que era una broma, hasta que un día fui al baño y una de las gatas terminaba de hacer caca en las piedritas. Asomando entre la mierda se veía el anillo de goma opaca de un preservativo. A veces estábamos en la cama, hablando, desnudos, y veíamos venir a una de las gatas, agazapada, en posición de ataque. No entiendo cómo no se morían ahogadas. Carolina me decía que no pasaba nada. Hacia fin de año me invitó a cenar con su padre que llegaba de Italia para las fiestas. En realidad, no era su padre, sino el tipo que había estado juntado con su madre mientras ella hacía la escuela primaria y parte de la secundaria. —Es divertido. Enseña en la universidad de Bolonia —me dijo. Carolina cursaba el CBC para Artes. Sonreía, era simpática, tenía cuerpo de bailarina y me gustaba. Así que acepté la invitación, y el catorce de diciembre toqué el timbre en un edificio antiguo de Almagro. Eran las ocho y media de la noche pero todavía había luz. Hacía calor. El timbre del portero eléctrico sonó y empujé la puerta. Nadie me preguntó nada. Subí en

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un ascensor de rejas. Un hombre de unos sesenta años me esperaba en el palier. Nos dimos la mano. —Gerardo Salé —se presentó—. Pase, Carolina todavía no llegó. Era un departamento grande, de pasillos largos y parqué. Estaba oscuro. Salé me señaló un sillón y me senté. Yo había llevado una botella de vino, se la di y se puso los anteojos para leer la etiqueta. Después la dejó arriba de la mesa y se acomodó en un sillón de una plaza enfrente de donde yo me había sentado. —Estoy recién llegado —me aclaró. Le hice un par de preguntas y un par de comentarios. Realmente sentía curiosidad. Salé era un viejo afable. Enseguida se mostró como ese clásico humanista porteño, cosmopolita en el trato y tanguero en esencia, catedrático adiestrado y mundano que prefiere callar antes de admitir que ignora. Me contó que desde muy joven había sido “un fanático” del Siglo de Oro y que eso lo había llevado primero a estudiar en la universidad y después a convertirse en hispanista. Un poco en frío me largó un par de frases que habrían requerido algo más de confianza. “Mi madre me leía a Góngora, ella era de León.” “Cuando estudiaba en la escuela secundaria, recitaba de memoria casi todas las letrillas satíricas de Quevedo.” “En mi época el hispanismo era muy polémico. Ahora solamente lo sigue siendo en México, en Argentina es como si nunca hubiera existido.” Probablemente me hablaba como a alguno de sus alumnos. Según Carolina, había sido docente en Princeton y en Brown antes de mudarse a Italia. —Me fui en el 73. Estaba cansado de la universidad de acá, de los líos del país. Me contó que en Italia no pagaban tan bien como en los Estados Unidos, “pero, claro, Europa es otra cosa”. —Usted va a preguntarme qué hace un hispanista viviendo en Bolonia. La respuesta es que en Bolonia también precisan hispanistas.

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Entonces llegó Carolina. Lo besó y lo abrazó mucho. Le dijo que le traía una lasaña especialmente para él y le mostró una fuente de metal envuelta en nylon transparente. Salé también la abrazó con mucho cariño y puso la fuente en el horno. Después pasamos al comedor. Me hizo descorchar el vino y lo sirvió en unas copas de cristal tallado. El pan era muy bueno. Fue una cena simple pero la disfruté. —Carolina me dijo que usted publica novelas. Desgraciadamente no sé nada de literatura contemporánea —dijo Salé mientras comía. Se hacía el Borges. Empecé a pensar cuánto y cómo robaba con los Nueve ensayos dantescos y Pierre Menard en Bolonia. Pero evité hablar de Borges porque sabía que eso nos iba a llevar a una serie de lugares comunes aburridísimos. Tampoco tenía muchas expectativas. Como mucho podía llegar a aprender algo más de Cervantes, algunos de esos juegos de espejos, alguna de esas paradojas seductoras para impresionar estudiantes con vocación de escritores. Por ejemplo, en un momento Salé habló del precio de los libros. Contó que cuando se publicó el primer tomo del Quijote, en 1605, los libros eran pocos y muy caros. Tiró un dato: en Madrid se habían publicado apenas setecientos títulos desde 1565. Setecientos libros en cuarenta años. Y no se sabía qué cantidad de ejemplares. Nos explicó que los libros eran tan pocos y tan caros a principios del siglo XVII que mucha gente los alquilaba para leerlos y casi nadie poseía una biblioteca. Eso estuvo bien. Son datos que impactan a todo lector sensible. Pero fue durante la sobremesa que la noche cambió de una manera decisiva. Suele pasar que uno subestima a los académicos, y es entonces cuando lo envuelven y lo dominan. —Una vez conocí a un escritor muy joven. Esto fue a principios de los años ochenta. Él trabajaba en una librería del centro que era de un amigo mío. Una librería de libros antiguos, en la calle Junín. Yo iba por allá a ver a mi amigo y charlaba con él. Se llamaba César Aira, supongo que todavía vive, ¿no? Ah, Salé, viejo zorro. Dije que sí, que Aira vivía y que era un escritor importante y muy leído. Entonces él contó que a mediados de los ochenta
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había vuelto a Buenos Aires a visitar a su familia, se había juntado con la madre de Carolina y se había quedado unos años entusiasmado con el Conicet o algo así. Pero después la hiperinflación lo había decidido a probar suerte en Italia donde tenía un grupo de amigos. No se privó del comentario político. —Los dirigentes argentinos, siempre tan corruptos. Esos años casi pierdo este departamento. No explicó por qué. Le pedí que me contara de Aira. —Me acuerdo que le interesaba la gauchesca —dijo—. A mí la gauchesca nunca me interesó. Fue largando de a poco, administrando las anécdotas y los recuerdos. Carolina sonreía. Se notaba que lo quería como a un padre. Le impresionó mucho que le hablara de Cervantes. Me dijo que los escritores de su generación, él incluido, eran muy brutos, muy provincianos. Y yo le dije “por eso miran tanto a Francia”. El comentario le cayó mal. A veces la verdad tiene ese efecto. Según Salé, Aira sabía mucho de ficción argentina y de ensayo francés, pero conocía el Quijote “por arriba”, y no tenía “ni noticias de lo geniales que eran las Novelas ejemplares”. —Me acuerdo que me prestaba mucha atención. Escuchaba y se dejaba sorprender. En un momento me pidió una lista de autores y se la hice. Era muy joven, se lo notaba con ambición, con ganas. A la semana me volvió a pedir otra lista. Leía todo, como un burro, me mostró algunas notas que hacía al margen de los libros, quería saber, me preguntaba mucho. Nos hicimos bastante amigos. Salé subrayó el “bastante” con una tos. —La gente con la que se juntaba era poca y desagradable. —¿Y cómo era? —le pregunté. —Se lo notaba fóbico, muy preocupado por la frivolidad, chismoso inclusive. El momento de efervescencia política, sin embargo, lo disgustaba. Salé contó que una vez lo había invitado a una reunión de amigos, todos ex alumnos de El Salvador. Y Aira había caído ahí “con cara de marciano”.
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—Se quedó un rato en la cocina, y después se fue. Pero el error lo cometí yo, no sé por qué lo invité. No teníamos mucho en común. Me venía a hablar de Blanchot, de Barthes, y bueno… A mí esas cosas nunca me interesaron. Entonces Carolina se levantó y dijo que iba a la cocina. Salé aprovechó y fue hasta un aparador. Sacó una botella de J&B y dos vasos. No me ofreció, simplemente sirvió para ambos y se volvió a sentar. El alcohol lo relajó enseguida. Ya estaba satisfecho. Se lo notaba hinchado y orondo como una boa gigante después de haberse tragado un cordero. Había llegado el momento del remate. —Un día, lo recuerdo muy bien, era martes, me pidió que escribiera algo que habíamos discutido sobre las operaciones de lectura que se daban en el Quijote. Para un hispanista eso no es nada del otro mundo. El Quijote es una gran máquina de lectura y duplicación de lecturas. Sin embargo, a él se le había metido en la cabeza que yo tenía que escribir un artículo y que lo tenía que dar a publicar en una revista donde él participaba. Pero pagaban una miseria y entonces le dije que a mí no me parecía bien trabajar gratis. Creo que ahí se ofendió. —¿Y después qué pasó? —pregunté. —Y bueno, yo me fui a Italia. —¿Y no lo volvió a ver? —¿A Cesarito? No, no lo volví a ver más. El diminutivo fue bestial. Cuando le iba a preguntar si había leído alguno de sus libros, Carolina volvió al comedor. Traía café. En esa época yo todavía no sabía bien qué pensar del enigma César Aira. Ahora lo veo como un accidente de la naturaleza, un hombre genial y aristocrático, que desprecia el talento y cualquier ingenio o manualidad en el arte. Pero en ese momento no lo sabía y lo de Salé me llamó la atención. Sin embargo, no volvimos a hablar de Aira. Tomamos el café mientras y ellos discutieron cuánto tiempo se iba a quedar Salé en Buenos Aires, y proyectaron la visita que ella le iba a hacer en el invierno. Nos quedamos hasta tarde y creo que tomamos algo más, no recuerdo si Salé abrió un
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champán o algo así. Sí recuerdo bien que bajó a abrirnos y comentó alguna cosa más del edificio. Había una inquilina que era ciclista profesional y eso le causaba gracia, no entendí por qué. Esa noche la pasé con Carolina y me desperté muy temprano. Ya había amanecido y no me podía volver a dormir. Así que fui hasta la cocina y puse la radio. Un locutor de AM daba la temperatura y decía que había que tomar medidas para prevenir los golpes de calor.

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Mi fin del mundo nuclear

Miro la televisión. Estoy en un refugio. La gente que me rodea tiene miedo. Yo no. Soy el diseñador de videojuegos Hito Moshiri y ya imaginé todo esto que ahora está ocurriendo. Comparto el hacinamiento y el techo con mis compañeros de desastre pero no las mismas preguntas. Ellos quieren saber cómo prepararse para la réplica del tsunami, o si alguno de los reactores finalmente se abrirá como un huevo para dejar escapar sus vapores a la atmósfera. Yo, por mi parte, me pregunto: ¿Se acabo el cine de terror japonés? ¿Saldrán caminando del agua los cuerpos fosforescentes de nuestros zombies? ¿Mis futuros hijos sufrirán lesiones genéticas y por las noches podrán ver en la oscuridad gracias a los rayos gamma de sus ojos? Estamos en un refugio subterráneo construido hace setenta años en una localidad pesquera al sur de la provincia de Fukushima. Yo, Hito Moshiri, pasaba mis vacaciones lejos de las pantallas, tratando de desintoxicarme, apreciando la brutalidad de la arena en mis pies desnudos, y ahora no puedo despegarme de este televisor de plasma que los rescatistas encendieron para que nosotros, las víctimas, supiéramos qué está pasando afuera. De todas formas no sabemos. Con paciencia esperamos la evacuación. Mientras tanto imagino. Me toca imaginar. Imagino y recuerdo. Y tengo pesadillas. Todo se mezcla. Sueño que hago el amor con una central nuclear. Sueño que dos manos de agua pesada anegan el mundo y lo sumergen para siempre. Me despierto cuando un grupo de rescatistas apila más cajas con botellas de agua mineral y pañales. “Las autoridades japonesas informaron hoy que la piscina de combustible del reactor número 4 de la central de Fukushima Daiichi está en llamas", dice un periodista nervioso en la televisión. Pienso
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en una piscina en llamas y no sé si es de día o de noche. Los refugiados rezan. Un viejo llora con la cabeza metida en una caja de cartón. Una mujer le dice: “No llores, anciano”. El hombre deja de llorar. Vuelvo a dormir y esta vez sueño con ballenas que se hinchan como globos y con arponeros que vuelan en planeadores de papel. Mientras sellamos con cinta adhesiva las rendijas de las puertas y nos recuerdan por quinta vez que el agua corriente no se puede beber, nos enteramos que el pueblo de Minamisenriku desapareció, y que la provincia de Miyagi parece una laguna prehistórica. Mis compañeros de tragedia no quieren hablar del tsunami. El caldo con fideos que me sirven es salado. Un hombre me dice que habló con refugiados en Oarai y que hoy se quiso volver a comunicar y ya no estaban. Agrega que el puerto y el espigón salvaron la ciudad durante el tsunami, cortando las olas, impidiendo que lleguen a la costa. Le pido prestada su manta y me la da. Tiene confianza en que van a venir a buscarnos muy pronto. Pero falta el combustible. Y la televisión muestra que en las pocas estaciones de servicio que aún siguen funcionando hay largas colas de autos. Aquí, bajo tierra, voy descubriendo que son muchos también los que piensan que la catástrofe está controlada. El mar se calmó, dicen. No tienen idea de que la radiación puede hacer que los peces caminen por la playa y apuñalen a los pescadores con sus espinas mientras duermen. Como en un viejo arcade vamos subiendo niveles. De tres a cuatro, de cuatro a seis. Chernobyl fue un siete. Hoy me habló una mujer de unos cuarenta años. Me dijo que era especialista en kimbaku, el arte del acordamiento. Ofreció atarme y hacerme experimentar orgasmos que nunca imaginé. “No hace falta pasarla mal, si la podemos pasar bien” dijo. La propuesta me excitó, pero le respondí que si llegaba el fin del mundo quería tener las manos libres. Está prohibido encender los grandes ventiladores de techo del refugio. Ahora los rescatistas entran a una anciana en camilla. Respira con dificultad. La encontraron debajo de una montaña de escombros en su casa
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de Iwate. Estuvo durante un momento en la puerta del refugio y preguntó dos veces dónde estaba el Emperador, por qué no había hablado para llevar tranquilidad a su pueblo. Y yo volví a pensar en la serpiente marina y en su lengua de sal. Para diseñar juegos de catástrofes naturales pixelamos viejos fotogramas de películas antiguas. ¿De dónde sacaron esas películas sus ideas? ¿Relatos de marineros borrachos modernizados por el imaginario atómico de los años 50? Como de costumbre, Occidente se va a reír de nosotros. Empleados ociosos del mundo preguntarán, mientras toman su cuarta taza de café, cuántos japoneses se necesitan para apagar un reactor nuclear. Hoy los rescatistas convencieron a los soldados de que algunos de nosotros podemos ayudar a limpiar el techo del refugio. Hay que llevar guantes, barbijo y botas. La piel debe ir cubierta. Me ofrezco como voluntario. Somos pocos. Antes de salir tomo un refuerzo de yodo para que el cáncer nuclear no se coma mi glándula tiroides. Apenas salgo veo el sol en el cenit. Es hermoso, naranja, fúnebre. Un perro corre cerca de un gran charco de agua. A lo lejos hay una autopista en ruinas, como un insecto con la columna vertebral rota. El viento sopla hacia el Este. Los rescatistas dicen que eso es bueno. Trabajamos hasta que se hace de noche. El trabajo es lento. Recién al otro día encontramos los primeros cadáveres. Murieron ahogados o aplastados, pero igual tienen ojos de uranio enriquecido, la boca llena de agua radiactiva, sus dientes negros de plutonio despiden las ondas electromagnéticas de la muerte. Algunos parecen muñecos albinos y nosotros, sus pesadas hormigas carniceras. Después de los muertos, cada uno de los voluntarios mueve un pedazo de madera, de mampostería o de hierro. Logramos quitarle presión al techo del refugio y ya no hay peligro de que las vigas cedan y todo se desplome. ¿Cómo es la forma de la basura? El escombro es algo que perdió su función original, algo que se quebró y se astilló, pero no es basura. Es más que basura. Jamás podría describirse con pixeles. Su forma resulta demasiado orgánica.
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La jornada concluye y vuelvo bajo tierra. Cuando termino de quitarme el equipo y se lo paso a un rescatista para que lo limpie, me rocían con agua jabonosa y me quedo media hora en cuarentena antes de entrar al refugio, secándome con toallas de papel. Estoy cansado, no tengo hambre y adentro enseguida encuentro un lugar para acostarme. Pero no duermo. En un rincón, un adolescente, acurrucado y pálido, tiembla como una hoja. Me acerco y le pregunto qué le pasa. Me cuenta que está sufriendo la abstinencia de conectividad. Su teléfono no anda. Su computadora portátil no tiene energía. Para distraerlo le narro la historia de los videojuegos japoneses. Le hablo de Nintendo, de Sega, de Sony. El adolescente me escucha y se duerme en mi regazo como un pájaro con las alas rotas. Y ahora todos duermen, pero la televisión sigue encendida y transmite sin sonido. Occidente sabe mejor que nosotros lo que nos está pasando. Lo ve con mejores señales satelitales en mejores televisores alimentados por energía eléctrica producida por reactores nucleares sanos. Ahora, en la pantalla, leo el subtitulado japonés. Parece que el portaviones Ronald Reagan atravesó una nube radiactiva en el Pacífico. En Europa revisan sus centrales. Algunas van a cerrar y quedarán como piezas de museo al aire libre, llenándose de matas de pasto y rajándose al sol, mientras las lesbianas militantes de Greenpeace van de picnic y hacen el amor en el rústico cemento de sus instalaciones. Me acerco y cambio de canal. Por primera vez veo ancianos con valijas escapando de Tokio. Hay largas filas en la estación del tren bala. Pero es una imagen engañosa. La mayoría de los tokiotas va a trabajar. El atento subordinado que besa las manos de su empleador no teme. Shintaro Ishihara, el gobernador de la ciudad, dijo que el terremoto fue un castigo divino por el egoísmo de los japoneses. Ahora escucho por segunda vez su retractación, mientras el Banco de Tokio inyecta liquidez en el mercado como un enfermero conecta un moribundo a una máquina. Hoy es mi cuarto o quinto día en el refugio. Despierto temprano. Las mujeres más viejas siguen durmiendo abrazadas a sus contadores Geiger, soñando con Hiroshima y Nagasaki. Mientras desayunamos té y ananá en
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lata, un rescatista australiano me enumera en un japonésperfecto cuáles son los síntomas de la radiación. Una dosis letal genera dolores, náuseas, vómitos, diarrea con sangre y hemorragias. Pero una dosis directa destruye la médula ósea y el irradiado se queda sin glóbulos rojos y sin glóbulos blancos. La sangre se licua. En segundos el sistema inmunológico desaparece. La médula ósea, los genitales y los ojos colapsan. Es como una fatality pero sin oponente. El desequilibro entre neutrones y protones en el núcleo del átomo hace que todo se descomponga. Después, en el baño químico, revuelvo mis desperdicios y cuento los granos de maíz seco que comí ayer. Atravesaron mi organismo sin detenerse, ni abrirse, ni modificarse. Por la tarde hay novedades. Los rescatistas avisan que nos van a escanear uno por uno para saber si tenemos algún grado de radiación peligroso. Muy rápido se organizan las filas. Nadie pregunta qué sucede, a dónde vamos si se confirma la radioactividad. Un hombre de unos cuarenta años ríe. Tiene cara de loco. Su risa y sus comentarios inapropiados llaman la atención. Mientras hago la fila hablo con otro, muy flaco y pequeño. Me dice que cuando lo dejen ir viajará a la Argentina. —Yo también quiero ir al sur pero más al sur, muy al sur, lo más al sur que pueda. Dice que tiene familia ahí, en Argentina, parientes lejanos pero amables. Sus manos sucias de barro seco parecen de arcilla, el pelo se le pega al cráneo. Del interior de su piloto de nylon naranja extrae las páginas arrugadas de una revista. Me muestra la foto de una montaña blanca de nieve. —No tienen reactores nucleares, casi no tienen electricidad —me dice. Me cuenta que es un país de grandes llanuras, con ríos de aguas limpias donde la gente se despierta al amanecer y vive de la tierra en cabañas de troncos. —En la Argentina hay vacas y corderos, y el trigo nace entre las piedras, silvestre.

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Me pienso en la pampa. Me imagino viajando, sin equipaje, sin tarjetas de crédito, apenas con mi documento y mis magros ahorros, un ligero fajo de billetes escondido en la parte interior de mi única camisa. ¿Hay lugar en esa llanura para un programador? ¿Tendré que trabajar de forma manual? Entonces, el viejo me muestra la fotografía de un caballo. —Es el primer caballo argentino clonado. La fila avanza y le digo que en Japón se clonan todo tipo de animales. Caballos, cerdos, ovejas. El viejo me mira y me responde con seriedad que Japón se arruinó para siempre. Después me duermo apoyando la cabeza sobre unas cajas de cartón y sueño que recorro un desierto nuclear con mi caballo clonado. Buscando el mar llego a un bosque de pinos y otros árboles grises y aromáticos que no conozco. Finalmente siento el sabor de la sal en mi cara y encuentro arena y un horizonte de agua. Uso un sombrero grande y un impermeable ajado, y parezco el personaje de un western del futuro. Sobre el final del sueño galopo hacia la orilla del mar porque el mar es la salvación. Más tarde, cuando despierto, un soldado piadoso me dice, sin soltar su fusil, pero levantándose la máscara de gas, que mañana dos camiones del ejército nos llevarán a Tokio. Dice que veremos zonas devastadas por el terremoto, que viajaremos al sur, que el viaje va a durar un día o quizás menos. Alguien escucha y quiere saber si los restos de la ciudad de Minamisanriku están en el recorrido. Otros preguntan si es posible seguir hasta Kyoto y Osaka, donde tienen familia. Mi cuerpo quiere creer pero yo no soy mi cuerpo. En el Parlamento Europeo se habla de “apocalipsis”. Todo se termina. Los hombres mueren, las razas se extinguen, las ciudades dejan de existir. El Mesías Godzilla llegará y nos castigará por nuestra arrogante meritocracia, por nuestras fobias y nuestra distancia. Y así, al fin, nosotros, los japoneses, descansaremos hechos polvo del polvo de nuestros huesos en el viento radiactivo porque en Japón no hay tierra suficiente para enterrar tantos muertos. Mientras pienso en esos muertos y en esta tierra, escucho el sonido de una grúa hidráulica trabajando en la noche de Fukushima.
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Algunos personajes y situaciones que no deberían formar parte de un cuento sobre el peronismo

Háganse la idea. Estamos en el año 2009. Hace mucho tiempo pudo haber sido una fecha de ciencia-ficción. Pero ahora mismo es la más perfecta cotidianeidad. Por lo tanto, antes de que este año y este día y este momento pierdan todo su brillo y se transformen en un oscuro y seco recodo de la historia argentina, me gustaría hacer una lista de personajes y situaciones que no deberían formar parte de un cuento sobre el peronismo. A saber: 1. El sociólogo que mira la televisión en su ph de Palermo y duda. Se pregunta: “Pero al final, ¿qué tengo que hacer?”. Está sentado en un sillón que heredó de su madre. Es un buen sillón de una plaza con una excelente estructura. Pero está un poco viejo. El sociólogo huele la tela del apoyabrazos. Está sentado y piensa que habría que hacerlo retapizar. Todo el sillón. Incluso los almohadones. En la pantalla del televisor se ven imágenes del Congreso. Se está votando. Afuera hay una muchedumbre con pancartas y bombos. ¿Qué hora es? El sociólogo se mira las uñas y piensa que no sabe la hora. ¿Esta vez habría que apoyar al gobierno? Es demasiado joven para haber vivido, de primera mano, las grandes ambiciones políticas de los años anteriores a la dictadura. Pero no es tan joven como para ser un “alienado”, ni mucho menos tiene “todo el futuro por delante”. Parte de su futuro ya quedó atrás. Comprobar esto lo angustia pero gastó mucho tiempo en las aulas donde aprendió y también enseñó las teorías tardomarxistas que tanto lo conmovieron en su momento. Qué reconfortante resultaba leer y releer esos textos sensatos, dúctiles, donde el sentido era algo que se podía tocar con las manos. Modernidad, posmodernidad. Durkheim. Weber. Elías. Foucault. También las seductoras inflexiones del fetichismo de la mercancía. ¿Por qué no apoyar al gobierno esta vez?
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Evaluándolo bien, se podría hacer algo, tomar partido. Después de todo, se trataba de un gobierno elegido democráticamente, con políticas económicas progresistas y claras… Su padre había sido contador, su abuelo había tenido un almacén en Constitución. En su casa se compraban y se leían casi todos los diarios. Se hablaba de política con bastante criterio. Él había podido estudiar “lo que quisiera”. Entonces, el sociólogo recuerda su paso por la Coordinadora de los ochentas. Había sido una experiencia positiva. ¿Y después? Después vino la maestría, el doctorado, el CONICET. No era malo escribiendo, pero se aburría. ¿Se podría hacer algo con González en la Biblioteca Nacional? La UBA no le había dado de comer, pero sí lo había impregnado con un prestigio residual y acumulativo. Ahora compartía una cátedra en una de las universidades nacionales del conurbano. El viaje era tedioso pero valía la pena. El alumnado, por supuesto, estaba conformado por la misma masa de imbéciles en todas partes. Entonces el sociólogo se levanta del sillón y llama por teléfono a un compañero de trabajo. La respuesta que recibe es tajante. —Yo ahora prefiero no meterme en política. El sociólogo entiende que el otro padece un ligero temor a quedar pegado. Aunque, en realidad, no se trata de un miedo concreto a algo concreto. ¿Será falta de interés? La especulación parece simple. ¿De qué sirve? ¿Qué puede llegar a ganar alguien hoy metiéndose en política? El sociólogo recuerda que el último libro que incorporó al programa de su materia es Modernidad líquida de Zygmunt Bauman. ¿Por qué lo había hecho? ¿No le resultaba, acaso, un libro flojo, con poca sustancia, superficial? —La verdad es que no encuentro una propuesta que me represente —dice el otro y la discusión se cierra. Enseguida, a modo de saludo final, ambos cambian algunas palabras sobre lo viciado que resulta el ambiente de la política universitaria. La discusión no es amarga, pero cuando corta, el sociólogo comprende que no tiene nada para ofrecer. Lo mejor que puede hacer es mirar. Quizás escribir algo. Un análisis frío, a la distancia, que lo ayude a entender qué pasa. Pero tampoco. Así que vuelve a sentarse y sube
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el volumen de la televisión. Sin embargo, no logra concentrarse en las imágenes. ¿Lo representan las políticas económicas que está implementando este gobierno? ¿Sí o no? Con un poco de esfuerzo el sociólogo comprende que, después de todo, la inmovilidad en la que está sumido no es tan incómoda. Dentro de unas horas tiene que cenar con una amiga que conoce a su ex mujer. La cita le da curiosidad. Encontrarse con su ex mujer, eso sí sería incómodo. Antes de que lo dejemos mirando la televisión, quiero decir que si aceptara sus contradicciones y no tuviera tan resueltas sus condiciones materiales de existencia, sus necesidades básicas y otras no tan básicas, este profesional de las ciencias sociales podría ser interesante. Pero como no es así: afuera, sociólogo, de los cuentos sobre peronismo. 2. Travestis, fumadores de paco, vendedores ambulantes, villeros varios, flores del miserabilismo argentino, diferentes modelos de la pobreza y la marginalidad. ¿Hay que hurgar en el barro para encontrar el sentido de la anécdota? ¿O se trata más bien de un gesto morboso, el goce de mirar a lo lejos, lleno de culpa, atravesado por una mala lectura de los textos capitales del humanismo occidental? La pasión literaria por los travestis, por ejemplo, ¿es una pulsión sexual reprimida, una manera de aceptar el camaleónico destino porteño, otra forma de señalar la perplejidad que nos provocan las traiciones y los cambios? 3. Todas las descripciones del menemismo como algo siniestro. 4. El poeta que intenta ser analítico y no le sale. Su poesía es excelente. O al menos, todo lo buena que puede ser la poesía contemporánea. Siete libros de versos y dos de textos críticos en el mejor estante de su biblioteca. Una verdadera obra completa. Pero la demagogia ajena lo altera. En el pasado, enfrascado en la historia, quizás el peronismo le resulte incluso respetable. Gente luchando, trabajando y construyendo su vida de una manera que él ignora, una masa bruta que estuvo ahí, acumulando sentido y
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contradicciones políticas. ¿Es atractivo ese relato, entonces? No sabe. Sin embargo, cree que su biografía lo condiciona. La familia a la que pertenece siempre estuvo ligada a los estamentos medios, o incluso altos, de la gestión pública, con rendidoras incursiones en el sector privado. Y si se mantuvo a flote en los momentos de crisis fue más por gorilismo que por eficiencia. De hecho, el poeta no tuvo la discusión clásica con su padre —al que considera un hombre estricto pero abierto— sobre el futuro. De allí que haya interpretado esa ligera indiferencia como libertad para dedicarse a las letras, a traducir autores europeos que lo presentaban lozano y virtuoso en el mundillo intelectual. Al principio lo disfrutaba, por supuesto. Pero la posibilidad de entrar en una redacción a ejercer el periodismo gráfico enseguida lo defraudó. El día a día era muy exigente y él no estaba en la necesidad de soportar a un editor vulgar, y mucho menos de cumplir un horario. Enseguida fue demasiado adulto como para seguir viviendo de su padre. Precisaba, al menos, una fachada, pero ni para eso había logrado desarrollar habilidades reales. Entonces se dedicó a la docencia particular —las instituciones educativas de cualquier tipo le producían una mezcla de indignación y tedio— y también hacía, cada tanto, algunas changas —él nunca usaba esa palabra— que le pasaban amigos y conocidos de editoriales más o menos importantes. Hoy en día sus alumnos lo adoran antes de empezar a odiarlo, y él siempre tiene algún chisme cultural para contar en las fiestas.— Cuando lo encontramos, el poeta está en su escritorio, respondiendo mails con un ánimo más bien mustio. Son las dos de la tarde, hora de la canícula. Esa mañana intentó escribir para comprobar, decepcionado, que todo le salía “en contra”, cargado de resentimiento, pesimista. No era la primera vez que le sorprendía su facilidad para desacreditar, ningunear o buscar el lado frágil de un libro o de un escritor. Ni hablar de atacar un artículo de una revista o de un diario. Eso era hasta divertido. ¿Por qué poseía esa facultad y no otra? Si tenía que hacer una recomendación sin pensar en segundas intenciones, dudaba, las palabras no le llegaban o sonaban vacías. En el lugar del poeta, una persona algo más lúcida diría: “Bueno, al menos
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tengo mi negatividad para abrirme paso por el mundo”. Pero era un pensamiento demasiado sofisticado que implicaba una buena dosis de resignación. Después de todo él no tenía la culpa si la gente escribía mal. Ahora, en la computadora, uno de los mails es una invitación a una reunión de poetas en Costa Rica. No se trata de una circular o una gacetilla de prensa. El texto es de un conocido, también poeta, que lo invita a pasar una semana en San José. La idea le gusta. Se imagina tomando ron, hablando con los estudiantes, los eventos sociales… Una vez en Chile le había dicho a una mujer que ya casi no leía porque incluso la mejor prosa le resultaba aburrida y burda. La mujer se había dejado seducir. Tenía unos años más que él. ¿Pasaría algo así en Costa Rica? Pero el mail no aclaraba nada sobre el pasaje de avión. ¿Se sobrentendía que eso corría por su cuenta? Siempre es así en esos festivales. ¿Cómo podía conseguir el dinero? El dilema le recordó que más de una vez había pensado en escribir una novela, pero no sabía por dónde empezar. Podía sentir cómo su narcisismo le impedía narrar, pero no lograba identificar de qué manera funcionaba esa traba. A lo sumo la nombraba “autoexigencia” o “autocrítica”. Tampoco tenía las herramientas, y mucho menos la astucia o la paciencia para desarrollarlas. Es probable que el poeta nunca comprenda que su frustración general —por otra parte, fácil de sobrellevar— se debe a la imagen deformada que tiene de sí mismo y de las cosas que lo rodean. ¿Quién puede culparlo por eso? Adiós, poeta, en otro lugar y en otro tiempo, Platón te hubiera echado de la república. Acá, en este acotado espacio irónico y con menos pompa, apenas te dejamos afuera de los cuentos sobre peronismo. 5. Y en el final está el militante genético que dice con orgullo en una esquina: “Mi abuelo fue peronista, mi padre fue peronista, yo soy peronista, porque el peronismo le dio dignidad a la clase obrera”. Es uno de tantos a los que les alcanza con sentirse parte. Para este eslabón de la política residual, el motor de la historia es la nostalgia. El viejo slogan de “Patria o Muerte” lo conmueve más por su rusticidad y la evocación de un
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compromiso que por su significado anti-colonialista. Militante genético, ¿qué estás haciendo de tu vida? ¿Por qué me ocupo de narrarte, tan serio, un poco arrebatado y solo en esa esquina? Aunque, pensándolo bien, la opacidad de sus palabras daría un excelente personaje secundario. Por ahora, y sólo por ahora, entonces, no lo descartemos del todo.

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Los hermanos rusos

1. La noche del 4 de marzo de 1922, Víctor Sklovski ve una luz en la ventana de su departamento de la Casa de las Artes. La Revolución ya no es novedad y el crítico sabe que la GPU, heredera de la Cheka zarista y madre de la futura KGB, realiza, desde febrero de ese año, razias contra los antiguos miembros del Partido Socialista Revolucionario. Temiendo que se trate de un registro, Sklovski huye a casa de unos amigos donde pasa oculto algunos días. Luego cruza con lo puesto el lago helado de Ladoga hacia Finlandia. En junio llega a Alemania y se queda en Berlín todo ese año y buena parte de 1923. Su apurada partida marca un declive en las actividades de OPOJAZ, la sociedad para el estudio de la lengua poética que ayudó a fundar. Por sus cartas, sabemos que Tinianov y Eichenbaum lo extrañan. Más tarde, Sklovski va a decir que OPOJAZ, no el único pero sin duda el más importante de los grupos formalistas rusos, siempre fue “algo de tres”. Y es verdad. Mientras sus compañeros y colegas siguen negociando con los hombres de la Revolución, mientras el ambiente literario de Petrogrado se enfría sin su presencia, Sklovski trabaja y publica en Alemania. Escribe un epílogo para El viaje sentimental, en un volumen que titula La vida del arte compila artículos publicados entre 1919 y 1922, y también recoge textos autobiográficos en dos tomos, La revolución y el frente y Mesa de trabajo. Al mismo tiempo, para ganarse la vida busca empleo en las empresas rusas de cine que tienen sus oficinas en la Friedrichstrasse. Ya había defendido los “experimentos fonéticos aberrantes” del futurismo y había discutido con su maestro Baudouin de Courtenay en el Instituto de Tenishev. Por eso resulta probable que los exiliados rusos conocieran su nombre, aunque no tanto su obra. Otro dato importante, a diferencia de Roman Jakobson, su políglota amigo, colega y
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rival, Víctor sólo habla ruso y se entiende a sí mismo únicamente en un contexto ruso. Por eso pide, con todo el dramatismo del que es capaz, que lo dejen volver. En Zoo o cartas de no amor, la melancólica novela epistolar que le dedica a Elsa Triolet y que escribe en Alemania, Sklovski confiesa: “Estoy instalado en Berlín, tengo aquí vínculos afectivos, pero si me dijesen: “Puedes regresar”, os juro por OPOYAZ que volvería a casa a pie si fuera menester, sin mirar atrás, sin llevarme siquiera mis manuscritos, sin llamar por teléfono”. (El libro incluye una carta al VTsIK, el Cómité Ejecutivo Central, el más alto poder del estado soviético vigente entre 1917 y 1937, donde el crítico hace explícito su deseo de regresar. Se trata de una pieza incómoda de leer y que roza demasiadas veces la ironía, como si el pedido se desdoblara y fuera al mismo tiempo genuino y motivo de risa y distancia. La versión castellana de Zoo o cartas de no amor que consulto ahora es de Yulia Dobrovolskaya y José María Muñoz Rovira. Ático de los libros, Barcelona, 2010). Finalmente en el otoño de 1923, gracias a la intervención de Maiakovski y Gorki, Sklovski logra retornar a lo que ya es una muy consolidada Unión Soviética y se instala en Moscú. La Revolución lo manda a hacer trabajo burocrático a una fábrica de lino. El crítico, resignado, acepta el encargo y escribe un libro sobre esa experiencia. Pero para eso falta, falta para que Sklovski se reencuentre con su destino soviético, todavía está en un viaje de ida, en el principio de su recorrido hacia el exilio. Vale la pena, entonces, preguntarse quién es el Víctor Sklovski que cruza a pie el lago helado de Ladoga. En una carta de 1914, Boris Eichembaun le escribía a Y. G. Gurevich sobre una velada futurista en el Instituto Tenishev: “Entonces subió al estrado un estudiante bajito y rechoncho, de cabeza grande y morena, boca ancha y una voz ronca. Su discurso incluía una polémica con Chukovski, al que llamaba simplemente Kornei Ivánovich, y después una discusión con Anfiteatrov, cargada de un torrente de observaciones intolerables y estúpidas”. Sin embargo, y pese a esta primera impresión, Eichembaun y Sklovski se harían amigos y trabajarían juntos. Más tarde, pero no mucho
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más tarde, entre 1917 y 1919, Sklovski participará de operaciones o campañas militares que lo mantendrán lejos de Rusia. No será la primera vez. Sobre el final de la Primera Guerra, el crítico se había quedado en Petrogrado prestando servicio como instructor de carros armados. ¿Manejó Sklovski los viejos carros Vezdekhod? ¿Conoció y llegó a disparar algún T37? Después de la primera revolución, el Gobierno provisional de Kerenski lo había mandado a Urmia, actualmente Irán, como comisario. El gobierno de Octubre lo encontró así fuera del país y con un encargo de un gobierno que ya no existía. Recién logró volver a Petrogrado en enero de 1918. Sin embargo, lo más importante es otra cosa. Cuando cruza el lago hacia el exilio, Sklovski ya escribió y publicó un artículo titulado “El arte como artificio”, a veces traducido “El arte como procedimiento”, y este artículo contiene el gesto que funda lo nuevo, el principio de la crítica literaria moderna. (Decir esto no es ni provocador ni original. Terry Eagleton comienza así su conocido ensayo pedagógico Una introducción a la teoría literaria: “Si se deseara señalar una fecha al cambio que sobrevino en el campo de la teoría literaria en este siglo no sería del todo desacertado decidirse por 1917, el año en que Víctor Sklovski, joven formalista ruso, publicó un ensayo que abrió brecha: “El arte como recurso”· Una introducción a la teoría literaria se publicó en inglés en 1983. Consulto acá la versión castellana de José Estaban Calderón, Madrid, FCE, 1989, cuyas opciones —“Shklovsky”, “recurso”— no podría cuestionar. Lejos de Eagleton, el historietista Art Spiegelman dibujó una versión del artículo. Aparece recopilada en su biografía experimental Breakdowns editado en castellano por Random House Mondadori en el 2009.) Farragoso, cargado con citas innecesarias de Tolstoi y Gogol, lleno de devaneos, de falsos arranques, de genealogías cuyos orígenes se perdieron, “El arte como artificio” está lejos de ser un texto sintético y ajustado. La traducción hace que se pierdan los juegos de palabras, la distancia en el tiempo nos borra su contexto de enunciación, la ironía se endurece, sobre

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todo en el comienzo, donde Sklovski se ríe del simbolismo y de las teorías del lingüista Alexander Potebnia. Y sin embargo, “El arte como artificio” es uno de los pilares sobre los cuales se va a modernizar la crítica literaria. Toda la teoría sobre la automatización, la desautomatización y la ostranenie formalista, está ahí, en los pliegues de la traducción de esas dieciséis páginas. Una idea simple, entonces, sobre un tema simple, pero que nunca había sido enunciada de esa manera, organizada y propuesta así, aunque la organización, insisto, sea errática y el crítico se dedique a rodear sus ideas principales, a no desplegarlas, a dejarlas latentes. Seguramente Sklovski era consciente de todas estas rebarbas y trabas, y como buen perverso que era, las disfrutaba. Pero ¿logró tomar consciencia del poder y la centralidad de lo que había escrito? Resulta difícil saberlo. El simple y directo título de su ensayo, en todo caso, vale tanto como la argumentación que sigue. Esos primeros años de actividad del formalismo en que se escribió “El arte como artificio” fueron un momento de ultraviolencia, pero también de futuro. El futuro se había transformado en un fetiche, en un concepto imprescindible, en una moda, en una herramienta, tanto como la agresividad que muchas veces lo acompañaba. Había futuro y violencia en la poesía de Maiakovski y en los fusilamientos de los bolcheviques. Y Sklovski fue el crítico de la efervescencia, de “lo nuevo”, del desafío, de la confrontación. Cuando lo imagino caminando sobre el hielo hacia el exilio no puedo evitar preguntarme en qué pensaba. Según Wikipedia el Ladoga suma 17.700 km², es el lago más grande de Europa, y el décimo quinto en tamaño del mundo. La de Sklovski debe haber sido, entonces, una peligrosa y larga travesía. ¿Cruzó a caballo, en trineo, en alguna rara calesa rusa? ¿Hizo alguna parte del recorrido a pie? ¿Le dedicó una reflexión resignada al Soviet Estatal de Asuntos Artísticos? ¿Recordó al filólogo Véngurerov al que admiraba por su erudición y al que también compadecía por su incapacidad para sintetizar sus ideas y terminar sus escritos? ¿Pensó en la revolución, en la crítica, en el amor, en la ironía? ¿Cantó una dubinushka para darse fuerzas? Un gran viaje muchas veces da pie a grandes proyectos.
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Quizás en el frío del lago, Sklovski imaginó la forma de Materiales para la historia de los trabajos y la vida literaria en Rusia, ese extenso y minucioso libro que debía redactar a seis manos con Tinianov y Eichembaum, y que nunca se escribió. ¿Pensó y volvió a pensar, obsesivo, que cada época tiene su lista de temas prohibidos por viejos y caducos, que las obras de arte son relaciones de materiales, y que para que una obra nos guste lo que termina importando es la calidad de sus infracciones? La mejor teoría literaria del siglo XX es una serie de aceleraciones, sospechas y variaciones sobre lo que pensaron los formalistas. La influencia, el error y la mala lectura como las entiende Harold Bloom ya están en lo que ellos escribían. Muchas de las mejores ideas de Borges y de las vanguardias de los años 20 —por ejemplo, la sustitución de la lectura como herramienta creativa por sobre la escritura y la producción— las describe Sklovski antes que nadie. La reivindicación de las narrativas mecánicas del siglo XVIII, que sirven para combatir el ethos romántico del siglo XIX, también es parte de su obra. En su prosa abundan las metáforas industriales con las que intentó descomponer la máquina literaria. Para esa época Arlt empezaba a usar esas mismas metáforas en Buenos Aires, pero todavía faltaba mucho para que Borges incluyera la palabra “Artificios” en el título de la segunda parte de Ficciones. Curiosamente, o no tanto, a los textos formalistas les costó un siglo cruzar el cerco comunista y llegar a occidente. Muchas de sus obras, y no solo las marginales, todavía no tienen versiones establecidas, nos llegan a través del filtro del francés o el inglés, y muchas otras siguen esperando una traducción. Lejos de estas contingencias, a veces me gusta pensar el cruce formalista del lago de hielo como una versión de “To build a fire”, el cuento de Jack London. “To build a fire” se dio a conocer por primera vez a mediados de 1902, como un relato juvenil en The Youth's Companion, una especie de Billiken bostoniana. La segunda versión, la que conocemos, la que es una obra maestra del género, se publicó en The Century Magazine, en agosto de 1908. Hasta donde sé, Sklovski nunca escribió sobre London ni dejó una mirada crítica sobre “To build a fire”. Podría haberlo hecho aunque, a
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diferencia de lo que se narra en el cuento, su cruce del lago no terminó de una manera trágica. Sklovski va morir un par de años antes de la caída del muro, en 1984. Lo que sabemos hoy es que Lenin sí era lector de London. Y London, que se quería socialista, había muerto en noviembre de 1916, un año antes de que los soviets tomaran el poder en la segunda fase de la Revolución. Probablemente nunca sepamos si Sklovski hizo un fuego para calentarse cuando terminó de cruzar su lago. Pero no resulta una idea rara o ajena a ese viaje. ¿Tuvo miedo el crítico formalista, el instructor de tanques, a quien sus amigos llamaban “Vitia”, mientras pisaba el hielo? Miedo no creo. Ansiedad, seguro. Todavía le quedaban muchas cosas por hacer, mucho por leer, escribir y vivir, y el siglo XX recién empezaba. 2. La historia del exilio de Víctor Sklovski la leí a principios del verano pasado en Otra historia del formalismo ruso del crítico catalán Pau Sanmartí Ortí (Lengua de Trapo, Madrid, 2008). Estaba en una casa en Las Heras, provincia de Buenos Aires, y como no había conexión web, cada tanto compraba el diario en papel. El 15 de diciembre encontré un titular que decía “La increíble historia de los rusos que mataron a su madre”. La nota contaba una saga familiar. Los Tchestnykh habían llegado a la Argentina hacía diez años y se habían instalado en una zona de quintas en Moreno. Después de un período en que la familia recibió algunas denuncias por peleas y ruidos molestos, Vera, la única hija del matrimonio Tchestnykh, desapareció. Nueve meses después, el 13 de noviembre, la madre, Ludmila Kasian, de cincuenta y seis años, fue encontrada muerta en la cocina de la casa familiar con dos tiros en la cabeza y uno en el estómago. Los principales sospechosos del asesinato eran los hijos de la mujer, Ilia, de veintiocho, y Serguei, de dieciocho, que empezaron a ser buscados por Interpol. Según la nota, Ilia había denunciado que unos ladrones entraron en la casa y mataron a la madre. Sin embargo, Gendarmería Nacional encontró una pistola 9mm oculta dentro del CPU de una computadora que estaba en la habitación de los hermanos. También se halló un revólver
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Taurus calibre 38 con la numeración limada. La pistola fue peritada y resultó ser el arma con la que le dispararon a Ludmila. Durante el allanamiento se encontraron, además, tres pistolas 9 mm, un fusil Mauser a repetición calibre .308, videos sobre el mantenimiento de armas de asalto, artículos periodísticos de casos policiales emblemáticos de Rusia y un libro en el que se explicaba cómo enfrentar una declaración judicial. Cuando se les preguntó sobre los pasaportes con distintas fotos y sellos en cirílico que guardaban, los hermanos dijeron que eran de la madre, que hacía certificaciones, y de Ilia, que trabajaba traduciendo papeles para la comunidad rusa. Lo cierto es que en la casa había más pasaportes que personas. La nota agregaba que no sólo las armas encontradas comprometían a los hermanos Tchestnykh. Sus cuartadas eran muy débiles. Ilia declaró que había trabajado en el taxi de su padre hasta la madrugada, pero de la empresa de radiotaxis dijeron que hacía un mes que ese auto no se reportaba. Y Sergei contó que había estado en un locutorio del centro de la ciudad al que solía ir seguido, sin embargo varios testigos declararon que hacía más de tres meses que no lo veían por ahí. El fiscal de Delitos Complejos de Mercedes enseguida sospechó que el mayor había ejecutado a la madre y que su hermano era cómplice. La dinámica familiar también los acusaba. Valery, el padre, estaba separado de Ludmila con una exclusión judicial de la casa por denuncias de malos tratos. Ilia les había dicho a los investigadores que se llevaba bien con ambos, pero luego se supo que, en mayo, había consultado a un abogado para cambiarse el apellido. No quería llamarse ni Tchestnykh ni Kasian. La gran pregunta de la nota era por qué Ilia y Serguei habían matado a su madre. ¿Sospechaban que ella podía estar involucrada en la desaparición de Vera? La chica faltaba desde el 6 de mayo del 2010, justo el día de su cumpleaños. La nota terminaba señalando que los vecinos dijeron que Ilia adoraba a su hermana y que le hacía “permanentes reproches a su madre”. En la primera foto de la nota se veía a una chica muy joven, llevando una carretilla por lo que parecía una huerta típica de la provincia de Buenos
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Aires. Tenía puestos guantes de trabajo, zapatillas, una musculosa negra, y sonreía. La segunda foto resultaba más rara, sombría, menos feliz. El escenario era una habitación con las paredes sin revocar. Había colchones en el piso, frazadas de varios colores. Una sábana servía de cortina y se veía a los dos hermanos. Serguei, a la izquierda, estaba en cueros y apoyaba una computadora portátil en sus rodillas. Ilia, a la derecha, acostado, dormía arropado hasta el cuello. A centímetros de su brazo extendido se veía una 9 mm. Tenía la cara pintada de verde, como si usara una máscara. La foto estaba cargada con cierto aire gitano y parecía sacada de una película de Emir Kusturica. Ahora, mientras escribo esto, googleo a Vera y encuentro una nota sobre su desaparición. Es de antes de que encontraran a su madre muerta en la cocina. También hay una foto. Es un retrato donde Vera tiene los ojos azules, muy bellos y fríos. La nota dice que tocaba el arpa y que había empezado estudios musicales en Buenos Aires; que había frecuentado la biblioteca de la casa rusa; que tenía delirios místicos y que no se adaptaba a la ciudad y al idioma. Su desaparición está fechada el 6 de mayo, día en que cumplió veintiséis años. Cuando terminé de leer hice una lista mental. Un arma escondida adentro de una computadora, pasaportes falsos, dos hermanos rusos que no quieren sus nombres y que matan a su madre para vengar a su hermana. La casa de Moreno era como una versión 2.0 de la casa de Temperley de Los siete locos. Al otro día, 16 de diciembre, volví a comprar el diario y traía una entrevista a Valery Thcestnykh, el padre de los hermanos. Las primeras frases de la nota eran lapidarias: “Valery Thcestnykh parece un hombre agotado. En menos de seis meses ha tenido que lidiar con la desaparición de su hija Vera, el asesinato de su ex mujer y ahora con la noticia de que dos de sus hijos son buscados por este crimen”. El entrevistado enseguida dice que sus hijos son inocentes, y más adelante les pide que aparezcan y se entreguen. El mejor dato que aporta es que Ilia es muy tozudo, “cuando algo se le mete en la cabeza es muy difícil
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convencerlo de lo contrario”. La anécdota de la última vez que los vio va en ese sentido. Valery cuenta que fueron a declarar los tres juntos por la muerte de la madre. Llegaron en su taxi y él se demoró con un trámite. Cuando salió, Ilia y Serguei se habían ido y se habían llevado el auto. La tercera nota salió recién el 20 de diciembre. El titular decía: “Los hermanos rusos acusados de matar a su madre escaparon a Bolivia”. Al parecer habían podido cruzar la frontera con sus documentos de identidad porque la base de datos de Interpol no estaba actualizada. Es lo único nuevo. La información se repite. Se cuenta la desaparición de Vera, el asesinato de la madre, el robo del taxi del padre. Mientras leía se me ocurrió pensar que la historia de estos dos rusos que escaparon en un taxi robado nunca se iba a escribir. No habría una crónica disponible en Gatopardo o en la revista Etiqueta Negra ni mucho menos podríamos comprar el libro de investigación periodística sobre ellos. ¿Era posible que un periodista los encontrara y se acercara a ellos sin que le pegaran un tiro? Creo que no. Así que a menos que los atrapen, algo que no sucedió y ya no creo que suceda, no vamos a tener a ningún joven cronista latinoamericano diplomado como Juan Pablo Meneses o Leila Guerriero narrando el épico escape criminal de los hermanos Tchestnykh ni sus extravagantes historias personales. Nadie sabe si se quedaron en Bolivia, si llegaron a La Paz o a Cochabamba, si siguieron a Perú, si volvieron a Rusia en barco, o a la Argentina para reencontrarse con su padre. Nadie sabe si fueron a buscar a su hermana. Pero sí sabemos que no hay ni habrá nuevo viejo periodismo para ellos. Y al mismo tiempo la idea de dos rusos en un taxi cruzando la Argentina y escapando de la policía es una imagen melancólica, violenta y hermosa. ¿De qué hablaron mientras se turnaban para manejar? ¿Comieron en alguno de los paradores de la provincia de Santa Fe? ¿Compararon el extenso desierto de Santiago del Estero con algún páramo ruso? En Buenos Aires todavía funciona un grupo de Facebook que se llama “Buscando a Vera Tchestnykh” y el sitio elidentikit.com publicó varias notas

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sobre el caso. Ahí leí que la familia viajó a la Argentina porque el padre no quería que sus hijos hicieran la guerra en Chechenia. 3. Después de leer esta saga familiar, llegó navidad y fin de año. Mis vacaciones se habían terminado. Pero antes de volver a Buenos Aires compré por última vez el diario y encontré otra noticia que me llamó la atención. En Mar del Plata, un grupo de guardavidas había hecho un reclamo gremial en un estacionamiento. El titular era “Mar del Plata: Guardavidas bloquearon el acceso a playas y hubo incidentes con turistas”. El gremio reclamaba mejoras salariales y sueldos atrasados. La primera línea de la nota decía: “Una insólita protesta de guardavidas, que bloquearon los accesos a los estacionamientos de unas veinte playas en Mar del Plata, generó complicaciones en el tránsito e incidentes con los turistas que pretendían disfrutar del día.” Al parecer los guardavidas llegaron a quemar neumáticos, hubo peleas y muchos turistas tuvieron que dejar sus autos a dos cuadras del acceso para caminar desde ahí hasta las playas. La medida afectó principalmente a la zona de Punta Mogotes y se levantó cuando las autoridades bonaerenses se comprometieron a recibir a los delegados. Ahora estoy googleando el episodio y se ve que algún canal de cable local mandó una cámara porque Clarín subió a su sitio web un registro de los incidentes. La mayor parte son imágenes confusas de un hombre que explica el reclamo y después hay tironeos y gritos. Parece que los manifestantes llegaron a amenazar con un paro total de actividades si no lograban una respuesta por parte de los empresarios del sector. La actitud me hizo acordar a la huelga de la policía privada en la primera Robocop. Me imaginé una playa sin orden, carpas rotas, baños bandalizados, una imagen posapocalíptica entre olor a podrido, pescados muertos y tubos de bronceador vacíos ensuciando la arena. Con algún esfuerzo, las dos primeras historias se podían llegar a relacionar. Tanto Víctor Sklovski como los hermanos Tchestnykh eran rusos y escapaban al exilio, pasando clandestinamente de un país a otro, mientras
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la ley los perseguía. Pero la historia de los guardavidas no tenía nada que ver. Así y todo, me daba la impresión de que eran los guardavidas combativos los que terminaban de cerrar un posible relato. Intenté escribir una historia con estos materiales y fallé. Lo único que realmente me salió más o menos bien fue la escena de protesta en la playa. Puse el asfalto caliente, el sol de la tarde, la cara irascible y deformada de los turistas y la prepotencia de los que no comprenden o no quieren comprender un reclamo gremial. También pensé la escena final en la que los guardavidas les advertían a los nadadores que no iban a entrar a sacar a nadie si tenían algún problema en el agua. El último acto de mi relato describía un grupo de seis guardavidas vestidos de rojo con sus silbatos en silencio mirando cómo un hombre hacía señas, gritaba y pedía socorro desde el mar. Cuando volví a la ciudad dejé de comprar el diario. A mediados de enero Buenos Aires estaba vacía. Todavía pensaba en el crítico literario escapando a través del hielo, en los dos hermanos rusos cruzando el país en un taxi después de haber matado a su madre y en un grupo de guardavidas empezando una refriega gremial en un estacionamiento. Cuando le conté a un amigo sobre mis lecturas de verano me citó una canción de Pappo que se llama Cruzando América en un taxi. La letra de la canción es muy simple. Me gusta el principio donde Pappo canta: “Estaba en la universidad, pensando en vos,/ cuando de pronto apareció la oportunidad,/entonces te invité a salir”. El guitarrista, irónico, se describe a sí mismo como un estudiante universitario que consigue una cita y eso lo lleva a un raid alucinado que termina con un taxi en México. Mucho después, el verano terminó y pasé por el Parque Centenario. Iba volviendo a mi casa y la avenida Angel Gallardo me hizo acordar a una exhibición bastante importante que se había hecho en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia. Se llamaba “Dinosaurios rusos en Buenos Aires” y me acuerdo que fui con mi viejo. Todavía tengo el folleto que nos dieron y que explica que se trataba de la muestra itinerante de dinosaurios más grande del mundo. El material expuesto era copia exacta de los fósiles originales que se guardaban en Moscú. Durante el recorrido los guías
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repetían que el hecho de que lo que se exhibía fuera copia de originales no le quitaba valor didáctico ni científico a la muestra. Me acuerdo que mientras caminábamos hacia el museo por el parque, mi viejo me comentó al pasar que no sabía desde cuándo el hombre habitaba el mundo. ¿Un millón de años? ¿Un millón y medio? ¿Dos millones? Yo tampoco sabía. Y entonces él dijo: “Es algo que deberíamos saber”. Estuve de acuerdo.

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La masacre del equipo de vóley

Salimos media hora después del toque de queda. La calle estaba vacía. Yo llevaba el tele y un par de filtros. Bruno llevaba la cámara. El trípode nos iba a complicar, así que lo dejamos. Caminamos pegados a la pared, rápido. Nos reíamos porque estábamos nerviosos. En realidad, no recuerdo haberme reído pero Bruno encendió la cámara apenas cruzamos Avellaneda y ahora, cuando veo esas imágenes que se mueven, escucho alguna risa de fondo. Entramos al club por un agujero que había en el alambrado, cerca del puente, y recorrimos la cancha auxiliar, la zona de parrillas y enseguida llegamos al playón. El estadio era chico pero en la oscuridad parecía más grande. Tuvimos suerte. La puerta estaba abierta y en un segundo saltamos las rejas que separaban la popular de la platea. Mientras subíamos por las escaleras hasta la zona de los periodistas, Bruno me dijo que no había nadie porque los guardias tenían miedo y se quedaban en la casilla de entrada, mirando una televisión portátil y tomando mate. En el palco de prensa encontramos la escalera de mano que subía al techo. Estaba cerrada con un candado. Lo hicimos saltar. El techo de la platea era una superficie lunar, grande y vacía. Sobre la derecha había un par de terminales de calefacción. Bruno estaba eufórico, pero se mantenía eficiente y profesional. Apoyamos el equipo en la base de una ventilación. No aguanté la ansiedad y agarré los prismáticos infrarrojos. Funcionaban bien. —¿Ves algo? —preguntó Bruno. No había movimiento. —Podríamos haber traído el 22 —dijo después. —¿Como arma de defensa? —No, para joder.
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Me imaginé que él podía filmar y yo tirar. Pero el 22 iba a rendir poco. Si alcanzaba un objetivo blando no lo hacía explotar, ni tenía fuerza de impacto para voltearlo. Con el 22 podía ser interesante tirarle a un frasco de conservas o una botella, pero todo lo demás que habíamos probado —una almohada, un pollo congelado, una tabla de madera— se volvía aburrido muy rápido. Aparte desde donde estábamos parecía imposible pegarle a un blanco que se moviera más allá de las vías. Finalmente, salir con un arma de fuego después del toque de queda no era buena idea. Mientras pensaba en esto, miraba la oscuridad. Yo había avanzado unos diez metros. Bruno se acercó y nos asomamos un poco. Abajo no se veía nada. —Por acá mejor no resbalarse —dije. Volvimos y nos sentamos. Bruno sacó un chocolate y me lo dio. Él había empezado a comer una manzana mientras revisaba la cámara. La verdad es que los dos estábamos un poco obsesionados con programas como Jackass, Vulnerable you, I´m your flesh y esas cosas. Eran programas viejos pero la inclusión de los zombies los mejoraba mucho. Hacía por lo menos cinco años que los cuerpos de las fosas comunes de la provincia de Buenos Aires habían dado la sorpresa. Había empezado como una leyenda urbana. Y recién después del primer escándalo, después de la primera oleada de incredulidad, mentiras y sangre, habían llegado los acordonamientos y los planes sanitarios. Eso sí, todo bastante caótico. Nunca terminábamos de saber qué era real y qué invento de los medios. Desde luego, a las partes ociosas de la sociedad la idea de los revenant les daba un frenesí de placer erótico-paranoide. Por eso se decía y se escuchaba cualquier cosa. Se hablaba de un virus, de programas secretos del Estado, se aseguraba que localidades del Gran Buenos Aires ya habían desaparecido arrasadas por los muertos vivos, se acusaba sobre todo al gobierno y a los militares. Incluso existía el mito de que muchos zombies, los primeros, los que habían aparecido por Olivos y Vicente López habían salido del Río de la Plata. Bajando del Paraguay y del Amazonas, salían del río. Recuerdo esa época como un momento de mucha confusión. Después se clausuró el ingreso a la ciudad, se suspendieron las clases, la mayor parte de los comercios cerró
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sus puertas y las dependencias públicas pidieron custodios de Gendarmería, pero nunca se terminaba de declarar una cuarentena. Luego, no mucho después, como pasa a menudo, el asunto dejó de ser noticia. Las autoridades sanitarias dijeron que el tema estaba controlado. Se recompuso el flujo social a los lugares de rutina. Y se pasó a otra cosa. Cada tanto, por supuesto, aparecían en la tapa de Crónica: “Muerto escondido en pozo negro vuelve a la vida y se come una familia en Berazategui”. Así, de a poco, los zombies se transformaron en patrimonio pop de la humanidad. Se hicieron remeras. Se pintaron esténciles. Cada tanto alguien les dedicaba una cumbia. Sin embargo, el primer reality falló. Era aburridísimo. Un grupo de muertos vivientes gimiendo en una casa, mordiendo las cortinas y chocándose contra las paredes. Pero la televisión insiste con el error hasta que acierta. Los programas de rock-zombie y skates mutaron y se transformaron en cámaras ocultas. La primera vez que vi uno, pasaba un fin de semana con mi hermano en el Tigre. Habíamos estado pescando y andando en lancha y cuando volvimos a su casa, él puso la televisión. Habían largado un zombie disfrazado de lisiado —anteojos oscuros, sombrero de cowboy y silla de ruedas— en una concesionaria de autos usados. El vendedor insistía en mostrarle las ventajas de un Renault Clío mientras el supuesto comprador empezaba a revolear la cabeza. Finalmente, cuando saltaba el engaño y el vendedor huía aterrado, un grupo de profesionales, uniformados y con el logo del programa bordado en sus gorritas negras, entraban armados de lazos y lanzallamas. En menos de treinta segundos inmovilizaban al muerto y lo reducían a cenizas, mientras el conductor y el cómplice —en este caso, otro empelado de la concesionaria— intentaban calmar al vendedor, que seguía en shock, tratando de escapar y haciendo unas muecas muy graciosas. Mi hermano también se reía pero cuando empezaron las propagandas, apagó la televisión. Después, el episodio más espectacular que vi fue uno de Jackass donde soltaban un zombie en un quinto piso de un edificio en construcción. Como no tenía estabilidad, caía y se estrellaba contra el asfalto quince metros más
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abajo. El recurso cámara en mano no era lo mejor. El que filmaba se asustaba cuando sacaban al zombie de la caja y retrocedía mucho. Atrás se veía que había uno o dos tipos armados con palos para llevarlo hasta el balcón sin baranda en caso de que decidiera caminar en otra dirección. Pero no hizo falta. Los zombies no ven bien, tienen el cuerpo destruido, las fibras enfermas, te pueden sorprender, sobre todo si están en grupos, pero son básicamente torpes y lentos. Se notaba que el del programa había pasado mucho tiempo encerrado porque tenía los ojos blancos. Probablemente ya estaba ciego. Obvio, después de la caída, la cámara se asomaba y ampliaba la imagen del cuerpo ensangrentado, reventado contra la vereda. Bruno me había contado que se había grabado una variación más dura de ese episodio. La producción había descubierto que una vieja novia de uno de los conductores había sido infectada y estaba en fase terminal. Así que la habían lanzado del edificio mientras una segunda cámara tomaba la reacción del ex novio. Yo desconfiaba. Le pregunté cómo sabía. Me dijo que en la productora donde estaba trabajando en ese momento había un pibe que había hecho el montaje de sonido de ese episodio. No le creí. Las probabilidades de reconocer a alguien con el proceso de infección avanzado son casi nulas. Hubo otros episodios que me gustaron. El auto que atropellaba a cinco zombies alineados en una ruta, la cámara tomando todo desde el asiento del acompañante. El hombre que embestía al zombie con un carrito de supermercado en un estacionamiento. La clásica voladura de cabeza en primer plano. El zombie compactado muy lentamente con una prensa industrial. El zombie guillotinado por partes. El zombie hervido. El zombie que pisa la mina antipersonal. Y así. Había uno donde le tiraban con una ballesta. Las flechas impactaban en el pecho del muerto, lo hacían tambalear, se detenía, recuperaba el equilibro, y seguía caminando. Al final tenía como diez proyectiles clavados en el cuerpo y seguía. Entonces ataban un petardo en una de las flechas y lo prendían. Era un petardo importante porque cuando la flecha se clavaba y explotaba el muerto caía de rodillas primero, y después se iba
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desmoronando hasta quedar tirado y ya no se levantaba más. También hicieron un episodio donde atacaban un muerto con balas de pintura, como las que se usan en el paintball. Era gracioso, el zombie quedaba todo pintado, pero al final lo enlazaban de las piernas y le daban un tiro en la cabeza porque las balas de pintura no le hacían nada. Cada tanto discutíamos con Bruno de dónde sacaban los programas a esos zombies. Si se conseguían en el mercado negro, si los atrapaban, si los producían ellos. A veces desconfiábamos de que fueran zombies. Dudábamos pero igual seguíamos pensando de dónde los sacaban. Algunas imágenes eran bastante reales. Los dos sabíamos que, con un poco de dedicación, todo era posible en el mundo audiovisual. Sin embargo, hay detalles que a uno le cuesta imaginar. Por ejemplo, ese momento único en que el muerto se acerca al borde del precipicio, frena y la inercia lo hace estar apenas medio segundo entre caer y no caer. Parece que va a lograr estabilizarse y luego cae. Con maquillaje se puede construir una cara que parezca más podrida que una cara podrida de verdad, pero esos momentos son muy difíciles de generar de forma artificial. Lo nuestro, esa noche esperando el alba en el club, no tenía mucho que ver con esos programas. Estaba motivado, quizás, por esos programas. Pero era bastante más acotado y “experimental”. Con filmar a los monstruos caminando en la zona de los galpones ferroviarios abandonados nos dábamos por hechos. Tomamos la decisión de hacerlo cuando vimos que en YouTube los registros en entornos urbanos llegaban al millón de visitas con mucha facilidad. La mayoría de los curiosos eran del primer mundo. Los europeos se enganchaban con el tema. Seguramente ellos tenían sus propios problemas con la gente que no moría y seguía dando vueltas intentando morder a los vivos, pero no producían programas de televisión ni registros audiovisuales. En algunos países incluso estaba prohibido. Estados Unidos había controlado el problema hacía rato, y ahora los zombies eran una parte de la sociedad tan llamativa como marginal.

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El dato sobre las vías lo tiró un taxista. Al principio pensamos que era otra estupidez más. “Atrás de la cancha, ¿viste que hay unos terrenos del ferrocarril? Bueno, ahí, justo ahí, hay un nido” dijo. Bruno le preguntó por qué el gobierno de la ciudad no los sacaba. El taxista respondió largo. Hablaba mucho, con frases sueltas. “Los ponen ellos, pibe, se cagan en la gente”, “No los quieren matar, no se quieren hacer cargo”, “Es un negocio inmobiliario”, “Los toleran, por eso cercaron la zona”, “En cualquier momento se pudre todo”, “No se ven de día porque son pocos”, y así. Con eso sólo no habríamos hecho semejante despliegue, pero una tarde fuimos a reconocer la zona, rodeamos todo el predio, y encontramos un portón que podía ser el acceso a las vías. El olor era terrible. Nos acercamos y un guardia amenazó con llamar a la policía. Se lo notaba nervioso. Así que decidimos pasar la noche en el club, y cuando se hiciera de día, si veíamos algo, filmar. El pronóstico del tiempo decía que ese lunes amanecía a las cinco y veintisiete. Así que teníamos unas seis horas hasta que llegara la luz. Bruno estaba convencido de que los zombies no dormían, pero de noche era imposible captar algo bueno. —Tendríamos que haber traído café —dije. —Sí, puede ser —respondió Bruno, sin ganas. Cada tanto pasaba un helicóptero. Pensé que la noche se iba a hacer larga. Estaba fresco, así que me subí el cuello de la campera. Después me acosté y me quedé dormido mirando el cielo sin estrellas. Me despertó un sonido que se repetía. Parecía como si alguien golpeara una chapa. Todavía estaba oscuro pero se veía una luz celeste en el horizonte. Bruno apoyaba la cabeza en su mochila. Lo moví, empezó a pestañar y se despertó. Me apoyé el dedo en los labios para que no hiciera ruido. Se quedó quieto. Me levanté despacio y agarré los prismáticos. Busqué un punto de referencia y enseguida vi dos siluetas caminando despacio entre los pastos altos de las vías. El sonido venía de más cerca. —Es en el gimnasio —dijo Bruno—. Vamos. —¿Llevamos todo? —pregunté. —No, solamente la cámara.
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Bajamos al área de prensa y cuando llegamos a la reja nos movimos con más cuidado. El ruido seguía. Alguien pateaba una puerta. Fuimos agachados hasta la entrada del gimnasio principal. Era un gimnasio grande, con tribunas para más de mil personas. En el centro estaba muy iluminado. Lo demás todavía seguía oscuro. Las líneas que marcaban el rectángulo de la cancha de vóley, superpuestas con de la zona de tiro libre y tiro de tres del básquet, se veían cruzadas con manchas irregulares de sangre. Una buena cantidad de cadáveres se agrupaba en el banco de suplentes. Conté cinco, seis, siete, y uno más, prácticamente cortados por la mitad. También había cuerpos abajo de la red. Eran cuerpos altos y espigados, manchados de sangre, mordidos, comidos y con la piel blanca de los muertos, como pescados en la orilla del mar. Cerca del banco había un hombre gordo, bajo y pelado, con una camiseta blanca. Podía ser el entrenador o un ordenanza. Tenía el estómago abierto con un agujero que parecía un cráter. Al lado había otro hombre, más fornido, al que le habían arrancado la cara. Eran los únicos dos de pantalones largos. Entre los cadáveres, un grupo de zombies ocupaban la cancha. Eran cinco o seis. Bruno sacó la cámara y empezó a filmar. —Con cuidado —susurré. Se sentía el olor a descomposición. El ruido a chapa venía de otro lado. Los muertos gemían cuando le pegaban a alguna de las pelotas que habían sacado de una bolsa de lona verde. La mayoría de las veces no coordinaban y tiraban la pelota, blanca y manchada de sangre, al aire, sin lograr pegarle. También intentaban saltar y se caían al suelo. Sobre la izquierda uno le dio un golpe de puño a una pelota y su mano prácticamente se deshizo. Cerca del banco de suplentes había otro que no lograba pararse porque resbalaba sobre un charco de sangre. —Muy bueno —decía Bruno—. Esto es el baile moderno. Los zombies estaban vestidos con andrajos y ropa sucia, de color oscuro. Eso significaba que llevaban bastante tiempo en esa situación. La piel de la cara y los brazos también se veía muy deteriorada.
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—¿Qué edad tienen? —pregunté. —Son viejos, quizás lleguen a un mes. Era probable. Un mes, más o menos. Ningún zombie duraba más de dos meses. Se descomponían antes. Nos acomodamos atrás de una baranda de cemento, cerca de las escaleras que bajaban por las gradas. Era una buena posición para filmar. Mientras los zombies intentaban saltar y se quedaban atrapados en la red, despellejándose, haciendo un ruido grave, como un rebuzno, una chica de unos veinte años apareció desde la izquierda. Bruno la percibió y movió la cámara con suavidad en esa dirección. La chica entró corriendo y gritando. Tenía puesta una musculosa azul, unos shorts negros y zapatillas blancas. Era muy rubia y corría rápido pero en dirección equivocada. Estaba demasiado asustada para pensar. Tendría que haber optado por subir las gradas, hacia donde estábamos nosotros. Sin embargo, eligió atravesar la cancha a lo largo y quedó atrapada abajo de uno de los tableros de básquet. Por instinto quise pararme pero Bruno me contuvo sin dejar de filmar. Al principio los zombies siguieron mirando las pelotas, como si estuvieran concentrados. Pero la chica gritaba mucho, de forma histérica. —Podemos sacarla —dije. Entonces empezaron a llegar otros muertos desde los vestuarios. La chica había apoyado la espalda contra la pared y respiraba con dificultad. Cada tanto gritaba, se callaba, tomaba aire y volvía a gritar. ¿De dónde había salido? —No, no podemos —respondió Bruno. Era verdad. No había forma. Si hubiera corrido gradas arriba, habría sido diferente. Ahora estaba encerrada. Parecía la clásica chica de clase media que siempre estaba en el club, rodeada de amigas, pasando el rato, esperando para su clase de gimnasia artística o practicando una coreografía en un pasillo. —Esto se va a poner feo —dijo Bruno. —No pares de filmar —le pedí.

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Los muertos eran muchos. Seguían llegando y los gritos de la chica los excitaban. Se la comieron de la forma tradicional. La atacaron todos juntos, fallando al principio, después inmovilizándola, pidiendo cada uno su pedazo de carne, disputándose los brazos, el torso y cuando lograron abrirla, le arrancaron las tripas calientes y las masticaron llenándose de sangre. La chica gritó hasta que dejamos de verla, tapada por los cuerpos sucios. Antes de eso, llegué a distinguir con claridad que unos dedos entraban en su boca y estiraban su piel hasta desgarrarla. Los zombies se habían multiplicado. Ahora eran veinte o treinta, y seguían llegando. Los gemidos se habían transformado en palabras incoherentes. Uno especialmente alto, que tenía parte del cerebro al aire, empezó a caminar en círculos y nos vio. Su boca parecía un agujero en una maceta llena de tierra negra y húmeda. Todavía conservaba un par de dientes y llegué a verle el blanco de los ojos. Siempre se dice que los ojos son lo primero que se descompone, pero éste los tenía intactos. —Nos vio —dije. Bruno seguía filmando. —Vamos —insistí. —Todavía tenemos un minuto —me respondió sin dejar de mirar por la cámara. El zombie empezó a rebuznar y a caminar hacia nosotros. —¿Qué pasa con el equipo? —pregunté. Bruno tardó en responderme. No me refería al equipo de vóley, sino a los filtros y a las demás cosas que habíamos dejado en el techo. Por los deportistas destripados, a medio comer, tirados sobre el parqué, ya nadie podía hacer nada. —Volvemos otro día. Esperamos cinco segundos. Y cinco segundos más. Uno de los muertos, que había fallado al intentar llegar al cadáver destripado de la chica, también se dio vuelta y empezó a caminar hacia nosotros. —Bruno —dije en voz baja, sin sacar los ojos de la cancha. —Quiero ver qué pasa cuando lleguen a las gradas —me respondió.
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Me paré, ya no tenía sentido seguir escondido. Ahora los zombies que caminaban hacia nosotros eran diez o doce. El primero había intentado pasar por arriba de una baranda de caños amarillos y se había caído al piso. Bruno se fue levantando de a poco sin dejar de filmar. “Esto es muy bueno” repetía. Los otros empezaban a subir por la escalera del centro. Los escalones eran largos y espaciados. No representaban un obstáculo. —Si nos rodean la vamos a pasar muy mal —dije. No quería salir corriendo solo, pero lo había empezado a pensar cuando Bruno dejó de filmar, cerró el visor de la cámara y dijo “vamos”. Trotamos hasta la puerta y salimos. Afuera se había hecho de día. Llegamos al alambrado sin problemas y en menos de diez minutos estábamos en mi casa. Puse la televisión para ver si había alguna noticia. No encontré nada. El silencio de la mañana era como una burbuja. La luz hacía que las paredes, la heladera, las botellas vacías, resultaran opacas y pálidas. —Tendríamos que haber subido a buscar el equipo —dijo Bruno—. Nos sobraba tiempo. Se había tirado en el sillón. —No sé, eran muchos —dije yo. —¿Tuviste miedo? —Sí, un poco. ¿Vos? —Sí, también. Fui a la cocina, llené la cafetera de agua, y cuando volví al living Bruno conectaba la cámara a la televisión. Vimos algunas imágenes oscuras del principio. Se escuchaban nuestras voces. Cada tanto se veía el haz de luz de una linterna. Adelantamos hasta las tomas del gimnasio. —Si hubiéramos llevado una nueve, el material tendría más acción —dijo Bruno. —Sí, una nueve con balas dum dum. —Igual no está mal. Me quedé mirando los zombies moviéndose con dificultad en la pantalla. —¿Podríamos haber salvado a la chica? —pregunté. —No, no creo —dijo Bruno.
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¿Dónde estaban los guardias y los serenos del club? ¿Nadie había notado la ausencia de los jugadores de vóley? ¿Se habían quedado entrenando y los zombies los habían atacado? Cuando los descubrimos llevaban por lo menos diez horas muertos. Hicimos la denuncia por Internet. El gobierno de la ciudad había habilitado un sistema anónimo en el que podías llenar un formulario. Las preguntas del formulario eran: “¿Tuvo contacto visual con alguno de los no muertos?” o “¿Qué cantidad de no muertos pudo ver?”. Casi todas las preguntas terminaban con un “Por favor, intente ser exacto”. Después, esperamos veinte minutos más hasta que se levantó el toque de queda y Bruno se pidió un taxi y se fue a su casa. Yo calculé que todavía podía dormir dos horas antes de salir para el trabajo. Desde luego, no volvimos al techo del club. La policía militar cercó el área durante meses. Bruno se desentendió del tema. Pensé varias veces en entrar solo a buscar lo que habíamos dejado, pero no me animé. Eran alrededor de trescientos dólares lo que se perdía. Hice cuentas y ganaba más o menos lo mismo en dos días de trabajo, así que no se trataba de una cuestión de dinero. Pero pensar que quedaba algo mío ahí, lejos de todo, sufriendo la lluvia, el viento y el sol, me molestaba. La idea de que un sereno pudiera haber encontrado las mochilas y vendido las piezas en el mercado negro me tranquilizaba un poco. La matanza del equipo de vóley salió en un par de tapas y tuvo una cobertura mediática más o menos importante. Cuando llegaron las cámaras, el lugar estaba limpio y las imágenes no fueron cruentas. Alguien encontró lo que parecía ser una mano mordida cerca de los vestuarios y esas tomas se transmitieron hasta el hartazgo. Los dedos sucios de sangre, las uñas negras, el hueso cortado a la altura de la muñeca, era como una oruga de cinco cabezas largas tirada en el césped seco y amarillo de la cancha auxiliar. Lo más grotesco llegó hasta ahí. Nada de caras perforadas ni cráneos astillados ni torsos mutilados. Creo que nunca llegué a ver todo lo que filmamos esa noche. Quiero decir, nunca encendí la cámara y lo miré de principio a fin, como si se tratara de
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una película. Si lo ponía, adelantaba algunas partes y no llegaban hasta el final. Después de dar un par de vueltas decidimos no subirlo a la web. Por otra parte, no iba a durar ni veinte minutos. ¿Cuánto podían tardar las denuncias en conseguir que lo bajaran? Hay una especie de pudor zombie que yo no termino de entender. Bruno empezó a hablar de una plataforma de video colgada de un servidor propio, pero al final nos pusimos de acuerdo en que no valía la pena. Como dije, un par de días después se desentendió. Sin embargo, una vez en el estreno de un documental en el que yo había ayudado con el montaje final, nos cruzamos a un viejo que decía que las islas del Tigre, del otro lado del río Luján, estaban llenas de muertos. “Se mató mucho ahí, tiraron muchos al río, casi vivos, y esos son los que peor vuelven” decía el viejo. Bruno le hizo un par de preguntas. Después empezó a organizar un viaje de reconocimiento. Al principio le di a entender que me sumaba, pero enseguida busqué una excusa. El viaje al final quedó en la nada. Ahora, mientras escribo esto, tengo la televisión encendida. Es sábado y me levanté tarde. Mientras tomo un café, paso algunas notas y leo diarios online, un canal de deportes transmite un partido de vóley. El equipo que juega del lado derecho de la pantalla tiene remera azul, el de la izquierda, blanca. Supongo que es la liga local. Los puntos son rápidos. El equipo azul es superior y va ganando. Cada vez que alguno remata y logra un punto, o cuando se bloquea un ataque contrario, los seis jugadores se juntan en el centro de la cancha y festejan abrazándose. Es un ritual breve, dura apenas dos segundos. Los primeros planos de las caras de los jugadores me hicieron acordar a un noticiero que vi hace ya algunos años. Ahí decían que los zombies, cuando atrapaban a alguien, comían de su cadáver hasta que se enfriaba. Cuando el calor se iba, abandonaban el cuerpo y buscaban otra víctima. Solamente si no encontraban a nadie, volvían y terminaban el cadáver frío. Y nunca, nunca se comían entre ellos. Eso decía el documental. Ahora el equipo blanco acaba de sacar y la pelota quedó en la red. Los jugadores del equipo azul festejan. Ya casi ganaron el partido. En sus rostros, la euforia es primitiva.
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Hablame de lagartos

Stare iubes nostrum semper tibi, Lesbia, penem: Crede mihi, non est mentula, quod digitus. Tu licet et manibus blandis et vocibus instes, Te contra facies imperiosa tua est. Marcial. 6, 23

Conocí a María en la fiesta de un amigo de un amigo. Cuarenta personas en la terraza de un ph en San Telmo. Algunos extranjeros alegres, algunos porteños melancólicos. Música, alcohol, suspicacias. Gente ebria. Música a un volumen alto. El ecosistema previsible. El dueño de casa era un artista plástico varado en algún punto intermedio entre los suplementos culturales, su neurosis, su ano y la década del 80. Aparte de otros artistas plásticos similares —más o menos destruidos por una juventud llena de anécdotas, una madurez oprobiosa y el abuso de drogas legales o ilegales—, también se podía encontrar bastante gente-colchón, esa gente que no es propiamente “artista” pero frecuenta y habita los circuitos del arte. Curadores, becarios, estudiantes de comunicación a las que les gustaría trabajar en el área de prensa de un museo, amigos de galeristas, fotógrafos, diseñadores, arquitectos, incluso algún hombre de letras que se ganaba o se había ganado la vida como periodista y se presentaba o era presentado como poeta. Había entonces en ese ph de San Telmo mucha gente que fantaseaba con viajar a Tokio o a Berlín y recibir subsidios del Estado mientras hablaba con ironía de todo el arte contemporáneo, y con mucha seriedad de una

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muestra colectiva en la que ellos habían participado directa o indirectamente. En ese contexto de desesperación vital, incomodidad, parálisis social y envidia soterrada, encontré un grupo de mujeres jóvenes que aceptó mi charla ocasional. Eran tres. La que más y mejor resaltaba escapó enseguida. Quedaron una chica de unos treinta años, cara redonda, ojos claros, senos pequeños, y, a su lado, una residual gorda activa que funcionaba como ancla y aglutinante de nuestra posición a un costado de la barra. Un hombre alto y poco locuaz preparaba tragos de forma amateur para no aburrirse y, con su complicidad, el encuentro tenía un sentido. Al fondo de la terraza se veían unos objetos alargados, recubiertos con nylon negro y cinta de embalar, que en teoría eran parte de una obra en progreso del dueño de casa. Parecían cactus nucleares, plastificados por alguna explosión masiva de poliuretano. Iluminados con la luz directa de una lámpara galponera que colgaba del tinglado bajo el cual los habían ubicado, tenían un aire a escenografía de película de ciencia ficción, a desierto y a fraude. Mi ánimo no era el mejor. Y eso quizás ayudó a que la gorda y su amiga me adoptaran como un interlocutor válido. Hablamos del dueño de casa —a quien yo no conocía—, de Kuitca, de Pombo, de Ruth Benzacar, de Prior, de la amabilidad proverbial de Juan Pablo Correa, de la administración del Centro Cultural Recoleta —no sé por qué, pero fue en tono de crítica— y también de lo lindo que se ponía Buenos Aires en verano. Yo tomaba tranquilo y no tenía ningún interés real en avanzar sobre nada ni sobre nadie esa noche. Sin embargo, cuando la gorda residual se fue y me dejó solo con la chica de ojos claros, sentí que algunas fibras en el fondo de mi cerebro, conectadas a otras terminales nerviosas, se retorcieron y activaron. Ella sacó su teléfono inteligente y empezó a ver fotos que pasaba apoyando el dedo en la pantalla con aire de gravedad. No tomaba nada y se notaba que padecía ciertas limitaciones comunicacionales mezcladas con una timidez agresiva e incluso amarga, síntomas frecuentes en las universitarias de la clase media argentina con alguna sensibilidad estética. A mí me importaba tres carajos que estuviera siendo grosera. Ese era, en todo caso,
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su problema. La dejé hacer y me dispuse a examinarla. Tenía los pómulos bien marcados, la boca de labios finos, el pelo apenas aseado, las uñas pintadas de negro, y si no era bella, toda la responsabilidad caía sobre su nariz demasiado ancha en el tabique. La gorda no volvió y, sin querer, relajado, le pregunté a la Señorita Distancia-Soy-Seria qué miraba. Me acercó su teléfono y me mostró fotos de un lugar que parecía un médano o una cantera de piedra caliza. Se veía un suelo terroso, de un marrón pálido, zapatos polvorientos, herramientas, cintas métricas y marcas hechas con pedazos rectangulares de plástico amarillo. Sin que se lo demandara me dijo, entonces, que se llamaba María, que había vivido en Londres, y que su padre había sido parte del grupo de antropólogos forenses que había trabajado para descubrir la identidad de los muertos que llenaban las fosas comunes de la dictadura. El tema era sensible porque si bien María, la distante, no se volvió locuaz mostrándome esas imágenes, sí empezó a contarme de una instalación que preparaba con algunos objetos que eran parte de una reflexión sobre su memoria personal atravesada por el exilio, los restos de la violencia, y algo que ella no podía terminar de definir bien y que, comprendí, era un Edipo grande y compacto como una Biblia de escritorio. Fue entonces que le ofrecí tomar algo y aceptó con un gesto resignado. El hombre alto de la barra nos preparó una bebida dulce y fría que tenía ron. Seguimos hablando un poco más. María parecía, en su forma de dirigirse a mí, en el celeste apagado de sus ojos, en su forma de vestirse —una camisa cuadriculada en azul y bordó—, en su forma de hablar —y no me refiero a un acento, sino a otra cosa— decididamente extranjera, nórdica, alemana, digamos, para simplificar, sajona. Parecía, pero no lo era. Y esto me daba curiosidad. Cuando la gorda volvió, la dinámica de nuestra conversación la excluyó. Yo me había limitado a preguntar y a escuchar, y muy pocas veces había opinado; y María, como la mayoría de los mamíferos que necesitan contención, no se resistió a expresarse y expandirse al principio con un poco de desconfianza, después ya con una soltura y un placer evidentes. Le mencioné, para marcarle un poco la cancha, para enterarla de con quién
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hablaba, dos de mis logros. Uno real y otro imaginario. Ambos la impresionaron. Seguimos. Faltaban un par de minutos para las cuatro de la mañana y la fiesta seguía idéntica a sí misma. En el marasmo de su aburrimiento y su recursividad, mientras María hablaba y terminaba su trago, pensé en geometrías no euclidianas, en fractales, en los artistas que terminaban en la docencia, y en la aguerrida y sutil artesanía de las becas (esto último centrado en las habilidades y facultades que se necesitan para conseguirlas). Luego, algo sucedió. Y yo, desdoblado y ebrio, me vi bajando la escalera de la terraza y me percibí saliendo del departamento hacia la calle. Mi desliz teórico-etílico se había transformado en una situación concreta. De alguna manera había llegado a mi auto y María estaba sentada al lado mío. Ya clareaba, pero igual fuimos a un hotel de la calle Moreno. Me acuerdo de una manera demasiado nítida lo desagradable que me resultaron los billetes viejos de cincuenta con los que pagué en la ventanilla mal iluminada de la entrada. Intenté no ver la cara del hombre que me cobraba y me pasaba, con una lentitud estridente, una caja de preservativos. La habitación estaba en planta baja y recién cuando entramos, no antes, la fría María me rodeó el cuello con sus manos y me besó. Sus labios me gustaron, eran suaves y su lengua se movió controlada y exacta. El detalle de que me hubiera agarrado la nuca no se me pasó por alto. Ella tenía puesta una pollera muy corta de tela negra. La levanté y sentí el calor de su piel. Después, en un movimiento inverso le bajé la bombacha y le metí un dedo. Estaba húmeda. Empezó a gemir. Me demoré en eso unos quince segundos. Después la di vuelta, ella apoyó las manos contra la pared, bajé y empecé a chupársela desde atrás. Tenía un gusto ácido apenas matizado con el olor de su transpiración. Le pasé la lengua por los labios de la vagina primero, después por el perineo y también por el orificio apretado del ano. Subí a tomar aire, la acomodé y me desabroché el pantalón. —Tirame del pelo —me pidió. Le tiré y gimió.

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Le mordí el cuello, justo abajo de la nuca. Y mientras la mordía, saqué el pito de mis calzoncillos y la penetré desde atrás. Tenía unos glúteos pequeños y redondos y pude acceder con facilidad. —Está muy mal, esto está muy mal —dijo ella, con un susurro. No respondí. —No te pusiste nada —aclaró. Había cerrado los ojos y tenía la boca abierta. —No me acabes adentro. Seguí empujando y sintiendo el calor de su piel en mi cadera y su humedad en la pija. La fricción era placentera pero yo estaba cansado y me di cuenta de que iba a tener que remar más para acabar. — Meteme un dedo en el culo — pidió. Me chupé él dedo anular de la mano derecha y se lo metí despacio, muy despacio. Cuando llegué a la segunda falange, ella acabó con tres quejidos iguales y uno largo. Después fuimos a la cama y nos terminamos de desvestir. Abrí la caja de preservativos, saqué uno y tardé apenas un poco de más de lo que debía en rasgar el pequeño sobre de plástico blanco. María me miraba, desnuda. Tenía las tetas pequeñas y algo planas, pero el resto del cuerpo era firme. Nos besamos un poco más y ella bajó su cabeza y me la empezó a chupar con esmero. Su boca subió y bajó un par de veces y entonces la corrí y me puse el preservativo. Me acosté encima de ella y la penetré. Estábamos frente a frente en la cama y yo entraba y salía de su cuerpo con fuerza. A cada golpe ella jadeaba. —Hablame de lagartos —pidió, entonces, María. Sus palabras me sorprendieron. Pero las había escuchado con claridad. Había dicho “hablame de lagartos”. —¿Qué hacen los cocodrilos? —insistió. —No sé, ¿qué hacen? Pensé que yo también tenía derecho a preguntar. —Se comen a la gente —respondió.

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Levanté sus piernas y las puse sobre mis hombros. La penetración se hizo más profunda. Sus gemidos se hicieron más largos. Sus pechos se movían hacia arriba y hacia abajo cada vez que yo empujaba. —Los cocodrilos se comen a la gente —dije. —¿Y qué hacen con sus huesos?— pregunto ella con dificultad. —Se los tragan. Otro gemido, sordo, genuino. —Los muerden, los trituran y se los tragan. María la fría acabó con un gritó afónico. Una vez comprendida la técnica, me quedaba esperar. Le pedí que me la chupara, y ella, agradecida y solidaria, me acostó de espaldas en la cama, bajó y me trabajó bien con la lengua antes de meterse todo el pito en la boca. Se lo sacó una sola vez para pedirme, otra vez, que le hablara “de lagartos”. —Los lagartos no se comen a los hombres pero los muerden —dije. En ese momento, María, que pasaba de rodear mi glande a presionar el tronco de mi verga con sus labios, emitió un sonido de letra “m” alargada. Su cabeza subía y bajaba y decidí ajustar su ritmo agarrándola del pelo con mi mano derecha. —Los lagartos comen ratas, ratones, pájaros, cangrejos, y otros insectos — dije. Teniendo en cuenta la situación en la que me hallaba, fue una buena línea. No tuve tiempo de pensar nada más. Algo se me desató con placer en las entrañas y dos segundos después un chorro de leche tibia explotaba con fuerza en la boca de María. Ella, disciplinada, siguió chupando y tragando hasta que la frené. Pasaron tres o cuatro segundos en los que me dediqué a respirar y después ya estábamos acostados en paralelo, mirándonos en el espejo del techo. El cuerpo de María era chico y rubio, y me gustaron sus piernas y sus brazos. De esa noche recuerdo que no volvimos a coger y que la llevé a un departamento en Recoleta, cerca de Arenales y Pueyrredón. Se despidió con un beso en la mejilla. Al otro día me esperaba un sábado de resaca
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intrascendente pero molesta, y algunas horas tomando agua fría enfrente de la pantalla de la televisión. En los cuatro meses que duró nuestra relación visitamos cuatro bares, nos acostamos dieciséis veces, ella vino dos noches a mi casa —ninguna de las dos veces se quedó a dormir— y yo le conté detalles sobre caimanes, yacarés, cocodrilos africanos, iguanas overas y otros muchos y variados reptiles. Curiosamente, promediando esos cuatro meses, rechazó con amabilidad mi invitación al zoológico manteniendo nuestros recursos en el plano discursivo. Durante ese breve lapso de tiempo hice un importante avance en mis conocimientos del mundo animal. Wikipedia informa que “según la taxonomía tradicional los reptiles son considerados una clase; según la sistemática cladística, son un grupo parafilético sin valor taxonómico”. Más allá de toda discusión científica, para María eran el ligero combustible simbólico de sus relaciones amatorias. Al menos conmigo. Por otra parte, también es sabido que en materia de sexo aprendemos rápido. Los hombres son buenos descubriendo sus perversiones. (O al menos los desheredados de la tierra del placer que optaron por los libros lo somos.) Ya comprendido el protocolo de intercambio, vale aclarar: es fácil inventar frases soeces y escatológicas cuando uno está parado en el centro de la vida diurna, con amigos, de sobremesa, viendo un partido de fútbol, comiendo una pizza o esperando el colectivo. En pleno contacto físico, afectado en toda tu sensibilidad por la situación, las cosas cambian. Padecí la falta de preparación la segunda vez que nos encontramos y tuve que recurrir a herramientas menos conceptuales. La sucesión de eventos fue así. Después de nuestro primer encuentro cambiamos mails y, tres días después, pactamos —ese era su estilo— un encuentro en un bar de mi barrio. Cuando llegó yo tomaba una cerveza pero ella pidió una lágrima. Esta vez su pelo tampoco parecía muy limpio pero usaba dos hebillas de plástico violeta. Hablamos de nuestras rutinas y también de arte y, por un segundo, le brillaron los ojos cuando nombró su proyecto de memoria, Edipo y fosas comunes. Me sorprendió que aceptara ir a mi casa. La besé en el ascensor. Tenía puesta una camisa bordó, unas
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calzas negras y zapatillas Converse verde oscuro. En la cocina de mi casa le metí una mano por adentro de la calza y le toqué la concha. Estaba muy húmeda y bajé a chupársela. Ella se recostó sobre la pileta y empezó a gemir. Me dejó hacer un rato. —Cogeme —me pidió después. Me paré, la di vuelta, le hice apoyar los brazos sobre la mesada y la penetré. —Hablame. —Los cocodrilos… —dije, con dudas. El intento la disgustó. —Otra cosa. Volví a dudar. —Dale —me apuró. Mi verga ya había entrado y sentía todo el calor de su cuerpo, toda su humedad, el movimiento se aceleraba. —¡Dale! —me gritó. Entonces vi una cuchara de madera que sobresalía vertical de entre un grupo de tenedores y cuchillos. La había lavado esa misma mañana y la había puesto en el vaso de plástico naranja que usaba para escurrir los cubiertos. La agarré, salí y le pegué con fuerza a María en las nalgas. La parte redonda de la cuchara chochó contra la fina raya que separaba sus glúteos. El chasquido la hizo gemir. Le pegué de nuevo. —Seguí —me pidió—. Por favor, seguí. Le pegué hasta que acabó y nos pasamos a la cama. —Estuvo bien, pero no es lo mismo —me dijo. Tenía el culo caliente. Entendí. Esa misma noche, más relajado, me iluminé y le hablé de unos narcos que usaban cocodrilos para controlar las favelas de Manguinhos en Rio de Janeiro. Le di a entender que los criminales los alimentaban con la carne trozada de los agentes de la Policía Pacificadora. María tuvo al menos tres breves pero agudos orgasmos. Después de eso, llegué preparado a nuestro siguiente encuentro. Desde luego, la bibliografía me la proporcionó
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Internet. Como un actor amateur, tuve miedo de no llegar a recordar todos los ricos detalles que la prensa digital me ofrecía. Pero cumplí sin problemas. Le conté de una familia que en Minnesota convivía con tres yacarés amazónicos. Cité la negligencia de un mexicano que dejó que escaparan más de doscientos ochenta reptiles de una granja de control ambiental en una zona inundada de Veracruz. Le expliqué que las estampidas supersónicas de los aviones israelíes parecían avivar los instintos sexuales de los cocodrilos que llenaban los criaderos del Golán en el parque de Hamat Gader. Y terminé con un lagarto de metro y medio que asustó a unos vecinos de Málaga. —La voz de los cocodrilos en celo es como la frenada de un auto —le dije y María se ponía en órbita. Entre la tercera y la quinta vez que nos vimos tuve mi cenit creativo. La encontré especialmente sensible a la historia, fragmentaria e inconexamente narrada por mí, de los sapos venenosos que diezmaron la población original de cocodrilos en la Florida. También le impactó la decomisación en Puerto Rico de cien especímenes que se encontraban en manos de cazadores furtivos. El relato de los agentes rurales que capturaron un lagarto gigante en Matadepera, Cataluña, y, respondiendo a una queja formal de Greenpeace, lo devolvieron a su hábitat natural subsahariano, tuvo un efecto moderado. A la muerte del célebre Steve Irwin, más conocido como “el cazador de Cocodrilos", le dedicamos una larga cogida de doble turno y jacuzzi en un hotel de la calle Godoy Cruz. El célebre conductor del programa The Crocodile Hunter se había sumergido frente a la costa de Queensland, en Sidney, y los últimos minutos de su vida quedaron registrados en un video dramático y submarino que lo muestra quitándose la púa de una raya venenosa del pecho. —Nadie sabe por qué lo atacó la raya, nadie —decía yo. Inventando peso y medidas del gran dragón de Komodo le acabé dos veces en la cara la misma noche y la penetré con bastante violencia por el culo. Pensé que María me iba a insultar, pero no. La tanteé y entró. Incluso me
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pidió que le acabara adentro, pero el esfínter me resulto demasiado ceñido. Con más lubricante, paciencia y un verdadero conocimiento de los hábitos de los dragones de Komodo lo hubiera logrado. Nuestros diálogos en la cama eran así: —¿Sabías que los soviéticos evaluaron la posibilidad…? —¿De qué? —De mandar una iguana… —¿A dónde? —Una iguana grande y verde y húmeda… —¿A dónde? —¿A dónde qué? —¡La iguana! ¡La iguana! —Pensaron que podía ir, la iguana, en lugar de la perra Laika. —¿A dónde? —Una iguana verde y enorme, como un cerdo, el primer animal en el espacio. ¿Lo sabías? Y María gemía y pedía más. Ya para el ocaso de nuestros encuentros usé la historia de la pareja británica que encontró una lagartija de quince centímetros en una lata de Coca-cola, le describí el terror del granjero australiano que pasó tres días en un árbol para escapar de un grupo de cocodrilos carniceros, y le conté la deslucida historia de la iguana que provocó una inundación en un departamento de Stuttgart abriendo una canilla con su cola. La valija perdida llena de serpientes y camaleones en el aeropuerto de Frankfurt, y una subasta tailandesa de tres mil reptiles que habían quedado en manos de la policía antinarcóticos de Bangkok marcó el final. Antes de eso, pensé que iba a tener un éxito asegurado con el lagarto argentino que se reproducía a sí mismo. Pero me equivoqué. (El óvulo de las hembras se divide de forma natural y las crías son genéticamente iguales a la madre.) Sí conseguí un previsible y holgado triunfo con la historia de los veterinarios que le amputaron el pene a una iguana belga de nombre Mozart porque sufría de una erección permanente. (El miembro se infectó
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durante una cópula con alguna de las cuatro iguanas hembras con las que vivía Mozart en el acuario de Amberes. La infección derivó en una hinchazón que no retrocedía y generaba la erección. Sin embargo, la pérdida no afectó su instinto sexual ni su capacidad reproductora, ya que las iguanas tienen dos penes que funcionan de manera independiente.) Unas dos semanas antes de que habláramos por teléfono y María me dejara bien en claro que ya no nos íbamos a ver más, inauguró la muestra en la que venía trabajando, con sus idas y venidas, desde hacía al menos dos años. La galería quedaba en la calle Arroyo. Era coqueta y pequeña. La invitación en mi casilla de mail marcaba las nueve de la noche. Llegué quince minutos antes y no vi a nadie, así que fui hasta el café de la esquina y tomé un par de cervezas para hacer tiempo. Era jueves y esa zona de la ciudad —protegida, limpia, casi europea— se apagaba. Me puse a hojear un diario y cuando miré el reloj ya eran casi las nueve y diez. Pagué, salí y mientras me iba acercando vi que había dos o tres personas en la puerta de la galería. Una hora después veinte invitados, entre amigos y parientes, tomaban una copa de vino y conversaban. Cuarenta minutos más y el lugar cerraba sus puertas. María estaba de un humor todavía más agrio y distante que el habitual. Creo que incluso discutió con el encargado de la galería. La mujer de prensa le dio un par de excusas y se comprometió a mandar una nueva invitación. La muestra quedaba abierta dos meses. Sobraba tiempo para que fuera vista por todo el mundo. Cuando la situación se aclaró, ya en la calle, me acerqué a María y le pregunté si quería ir a tomar algo. Me dijo que no de una manera que daba poco margen a interpretaciones. Cuando le di el seco beso de despedida, en el que ella puso de mala gana su pómulo derecho, sentí su aura de frustración, fastidio y autoestima herida como si se tratara de una burbuja de gas nuclear. Pasé el resto de la noche mirando televisión y tomando un vodka abierto que tenía en la heladera. La muestra no era un desastre, sino más bien algo intrascendente y desabrido. Una de las dos reseñas que recibió lo confirmaba. En las apenas doscientas palabras sin firma que le dedicó el suplemento cultural de La Nación se intentaba describir el conjunto de la obra sin criticarla. El texto
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parecía una reformulación de la gacetilla de prensa. Por mi parte, estoy lejos de ser un experto. Pero lo que vi en la galería era una especie de breve altar narcisista construido a base de papeles personales, arena, fotos, piedras y algún juguete —no muchos; recuerdo una expresiva muñeca, que fue lo que más me llamó la atención—, todo muy bien dispuesto e iluminado. Según el catálogo, la exposición era una “profunda indagación sobre la memoria y la intimidad” que “ponía de manifiesto las articulaciones entre lo político y lo privado” y algunas cosas más en ese estilo que no recuerdo. Resultaba ingenuo y tonto esperar una afluencia masiva a un evento así. “Si le hubiera puesto lagartos…” pensé. No mucho tiempo después, un sábado, ordenando mi biblioteca, encontré un ejemplar del libro Cosmos de Carl Sagan. Mientras lo hojeaba repasé viejos subrayados y notas que había hecho al margen. Sobre el final del libro leí que la evolución del cerebro humano se dio de adentro hacia afuera. Según “investigaciones recientes”, en lo más profundo, en la parte más antigua de nuestro cráneo, está el tallo encefálico, la parte encargada de dirigir las funciones biológicas básicas, como los latidos del corazón y la respiración. Coronando el tallo encefálico funciona lo que se conoce como el complejo R, que es el productor de las jerarquías sociales, el instinto de conservación, y los impulsos agresivos, reproductivos y territoriales, mientras que en la corteza cerebral se encuentran las emociones, la inteligencia y los afectos. Asumiendo que los mamíferos descienden de los reptiles, esta teoría estaría diciendo que hay algo así como el cerebro de un cocodrilo bien adentro de nuestra cabeza. Según Carl Sagan, las formas ritualizadas de comportamiento están incrustadas profundamente en nosotros, en esa parte reptiliana, pero no son característicamente humanas. De hecho, las mejores decisiones, las decisiones mamíferas de cuidado del otro y de preservación de la manada, así como el placer de resolver problemas y estar en contacto con los de nuestra especie, surgen de la corteza. El capítulo seguía con la extinción de los dinosaurios causada por la explosión de una supernova y la sutil transformación de materia en conciencia, pero no continué la lectura.
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Pasó un mes y medio, quizás dos meses, y entonces me encontré a María en un bar. Había una fiesta de tantas, eran las dos de la mañana y yo ya me estaba empezando a aburrir. Sin crueldad, más bien porque no sabía de qué hablar, le pregunté si tenía algún nuevo proyecto y me contó que se había transformado en el “líder regional” —ella lo decía en inglés con una pronunciación perfecta— de una agrupación global que se dedicaba a luchar contra el “acoso verbal callejero”. Según me contó, la agrupación no daba ningún tipo de asistencia a mujeres golpeadas o agredidas. Solamente se limitaba a recomendar que le sacaran una foto con el celular al hombre que les dijera algo por la calle y la subieran a Internet. Con un interés genuino le pregunté cómo se diferenciaba un piropo inofensivo del “acoso verbal callejero”. —Si la mujer lo considera ofensivo, es una ofensa —me respondió. Después agregó que era un gran proyecto porque combinaba arte, activismo web y defensa de las minorías. No me preguntó. María no era una chica que preguntara nada. Igual le dije que me parecía una mierda.

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Sobre Ricardo Piglia
1. Me acuerdo como si fuera ayer. Yo estaba sentado en las últimas filas de una clase de gramática y un amigo de esa época —todavía nos vemos, acaba de tener un hijo y trabaja como programador— me pasó un volumen breve editado de forma rudimentaria por la Librería Fausto. “Está muy bien” me dijo, con parquedad. El libro era una de las primeras ediciones, quizás la primera, de Crítica y ficción. Nunca se lo devolví, pero yo, a mi vez, también lo presté sin poder recuperarlo. ¿Qué encontrábamos al principio de la década del 90 en Ricardo Piglia? Muchas cosas y sobre todo una idea de síntesis que no estaba en ninguna otra parte. Había un tipo que leía y que le daba a la lectura un valor unívoco. A diferencia de otros autores locales, relativistas y declamadores, no estaba obsesionado histéricamente con el conocimiento. Por el contrario, le interesaba una operación desglosada pero puntual. Qué leer era importante, sí, pero también cómo, desde dónde, para qué. Ahí se paraba Piglia. Y sin los sospechosos barroquismos de los filósofos franceses posmodernos, muy de moda en ese momento, sin el hermetismo de cierta teoría literaria que nos sonaba demasiado farragosa y lejana, Crítica y ficción nos entregaba una mirada sobre la historia de la literatura argentina que era compatible con nuestros recorridos por las librerías de saldo de la calle Corrientes. Ahora que ya pasaron casi veinte años de ese encuentro, entiendo que se parecía mucho a escuchar por primera vez un disco que uno intuía que existía pero nunca, hasta ese momento, había encontrado. En esas complejas hipótesis, expuestas con la simplicidad de una conversación, había verdad. Crítica y ficción, entonces, era útil. Y le daba sentido a nuestra deficitaria vida de estudiantes que trataban de formarse en el pantano fin de siècle del neoliberalismo vernáculo. Después, o casi al mismo tiempo, leímos La Argentina en pedazos, editado por la legendaria
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editorial La Urraca, de la que también coleccionábamos viejos números de la revista El Péndulo. El ejercicio de síntesis lúcida seguía funcionando pero se le agregaba la historieta, un género del que los profesores de filosofía de nuestras largas clases semanales sabían poco y nada. Respiración Artificial fue otra cosa. Venía marcada como la obra de una época que nos resultaba cotidiana y hasta rutinaria desde los saturados discursos de los Derechos Humanos, pero también completamente ajena desde la experiencia. La leíamos, entonces, con respeto, y la disfrutábamos. Pero creo que terminamos de entenderla cuando alguien —un tío militante del último peronismo, en mi caso— nos avisó que había que contrastarla con Flores robadas en los jardines de Quilmes, su “evil twin”, su hermana kitsch, melodramática y festiva, caída en desgracia junto a la figura controversial de Jorge Asís, su incómodo autor. Dejándose acompañar por Flores Robadas, Respiración artificial ganaba mucho. Juntas eran la teoría y la picaresca, la denuncia y la risa. Ellas nos confirmaron que bajo la dictadura no se vivía solamente lo que contaban los truculentos libros de investigación periodística y la denuncia épica del Nunca más. 2. Mientras me convertía, casi sin notarlo, en un lector esmerado de Piglia, me enteré que enseñaba en la carrera que yo cursaba. El momento era spengleriano, y proponía el fin de las ideologías al mismo tiempo que propiciaba la lavada de manos política. Sin embargo, Piglia seguía insistiendo con la importancia de la relación entre ficción, escritura, lectura y política. Cursé dos de sus seminarios. Uno fue sobre Borges y el policial, donde entre lecturas muy sólidas y casi marxistas de textos como La lotería de Babel y Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, se nos dio a leer El enigma de la calle Arcos, una novela firmada por Sauli Lostal que nos fue presentada como la primera novela argentina del género. En esas clases se dijo —no recuerdo quién, pero no fue el mismo Piglia— que Borges podía llegar a ser el autor escondido en el evidente seudónimo. Pese a esas torsiones, el otro curso que
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tomé me impresionó más. Dictado en el segundo cuatrimestre de 1996, las clases organizaban la lectura de tres novelistas contemporáneos, Rodolfo Walsh, Manuel Puig y Juan José Saer. Cada uno, explicaba Piglia, era una manera diferente de entender el género. En ese momento no comprendí por qué el programa no incluía a César Aira y terminaba de cerrar el círculo. (Una posible respuesta a esta pregunta está en Las vueltas de césar Aira, la tesis doctoral de Sandra Contreras, Editorial Beatriz Viterbo, Buenos Aires, 2008. El primer capítulo es excelente, el resto del libro —como dice Damián Tabarovsky— parece escrito por el mismo Aira.) Recuerdo con mucha precisión que todos los seminarios curriculares de la carrera tenían una carga horaria de cuatro horas. Piglia elegía enseñar solamente dos. Pero esas dos horas valían para toda la semana. Como docente y conferencista era, y lo sigue siendo, excelente. Su preocupación crítica por la relación entre la forma de hablar y la forma de escribir está siempre presente en sus textos. ¿Cómo habla Piglia? Es un orador aplomado, solvente, que no se deja apurar, que maneja sus tiempos, que impone su ritmo. (Fíjense que algunos profesores universitarios lo imitan. Pero el resultado es diferente. La mayoría de los que enseñan ahora, al menos en la UBA, son enciclopedistas hijos del alfonsinismo. Su gesto es serio, pero lo que dicen termina sonando hueco y afectado. Piglia, por su parte, tiene un trazado político más, digamos, elaborado. La forma de hablar es el primer lugar donde se expresa la ideología.) Otro rasgo claro de sus clases era el freno intransigente a la deriva burocrática o conceptual. Entre la numerosa concurrencia se rumoreaba que alimentaba un armario lleno de monografías que nunca había leído y se decía que siempre calificaba los trabajos que se le entregaban con un ocho. Promediando este segundo seminario, le llevé un breve ensayo, tres páginas abrochadas, sobre la relación entre la prensa gráfica y los lectores de novelas. Me dijo, sobrio, “dejémoslo para cuando termine el cuatrimestre”. (A Dios gracias no me animé a mostrarle mis apuntes donde la famosa pregunta formulada en Respiración Artificial, “¿Quién de nosotros escribirá el Facundo?”, se respondía retroactivamente con Mi Lucha. Aunque ahora que lo pienso
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“¿Quién de nosotros escribirá La comunidad organizada?” suena bastante mejor. Por otra parte, todo el tiempo jugábamos a medirnos con sus ideas. Por ejemplo, cuando dice que Borges es el último escritor del siglo XIX porque nació en 1899 y Arlt el primero del siglo XX por ser categoría 1900, nosotros decíamos —siempre en un bar, desde luego— ¿y Hemingway que nació en 1899? (A propósito, Piglia era y es uno de los pocos argentinos que hablan de Hemingway. En la década del 90, el único.) Cuando empecé a ir a sus clases hacía poco se había estrenado la ópera que Gerardo Gandini había hecho con La ciudad ausente. Sin el lustre mítico de Respiración artificial, más compleja y distante, en mi círculo de amigos se declaraba que esa era la novela mala. Yo no coincidía. No sé si ahora podría sostener mi hipótesis, pero durante mis primeras lecturas — un poco alucinadas— encontraba en la historia de amor de La ciudad ausente una evidente y sofisticada respuesta al menemismo. Lo que faltaba, la ausencia, era la actividad política. Y la mujer como artefacto técnico, como objeto de deseo, ocupaba ese lugar. Envalentonado por este tipo de asociaciones libres, hacia fines de 1997, le pedí a Piglia una entrevista para una revista universitaria. Se negó. La idea, me dio a entender, lo fastidiaba. Así que me derivó con otro novelista que era su amigo y estaba de visita en Buenos Aires para ser jurado en el Festival de Cine de Mar del Plata. Así terminé entrevistando a Juan José Saer en el living de la casa del cineasta Nicolás Sarquís. La desgravación de ese encuentro —todavía conservo la charla en un TDK transparente— nunca se publicó. Sobre el affaire del Premio Planeta no tengo nada para decir salvo que Plata quemada es una buena novela. Y si Piglia no se supo defender como hubiera debido fue porque no logró descender hasta la mezquindad de los que lo atacaron. Él mismo había señalado que los escritores contemporáneos difícilmente podían evitar el oprobio y el gran malentendido de los premios. Para la época del escándalo, me lo crucé a Julio Schvartzman en un pasillo de la universidad. Schvartzman, que fue dentro de mi educación superior el otro lector importante, me dijo: “Hizo
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cuentas y se va”. La Universidad de Buenos Aires, conocida en el mundo por su excelencia, una vez más expulsaba lo bueno para continuar administrando lo mediocre. 3. Un par de años más tarde, cuando Piglia se repatrió, le volví a pedir una entrevista, esta vez para el suplemento cultural del semanario en el que trabajaba en ese momento. Me la dio. Se lo veía más feliz, menos atribulado. Hablamos de su agenda de lecturas. Me contó que a veces se llevaba un sandwich escondido cuando iba a leer a la biblioteca de la universidad norteamericana donde había estado enseñando. Los de esa época son quizás sus libros más discretos y precisos, Formas breves, Teoría del complot, la versión definitiva de Crítica y ficción y El último lector. En el año 2000, dirigió también, junto a Osvaldo Tcherkaski, la Biblioteca Argentina-Serie Clásicos de Clarín, una importante colección que dejaba entrever, de forma solapada pero firme, la disposición de sus anaqueles mentales. (Como Borges, Piglia también es los libros que editó. A saber, una antología de ensayos sobre el realismo, cuentos norteamericanos, novelas policiales, y la citada biblioteca de clásicos que cierra con El Eternauta como mega-hit nac&pop.) Cuando la entrevista terminó le pasé dos de mis libros. Una novela de tesis que intentaba actualizar Respiración Artificial, mientras se dejaba influenciar hasta el ridículo por su relato largo “Nombre Falso”; y un experimento con la cultura digital “no del todo logrado”, como dijo con razón, en una reseña, Juan Manuel Candal. Ambas novelas tenían noctámbulos caminando por la ciudad de Buenos Aires. Piglia me mandó un mail escueto: “Muy originales”. Viniendo de él, dj de las letras argentinas, el tipo de las mezclas, la frase me sonó condescendiente. Un año después, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, durante un concurrido ágape intelectual, saludó con afecto al editor y librero Francisco Garamona, y a mí, que estaba al lado, ni me registró. Como la situación me evitaba el incordio de volver a presentarme, no llamé su atención. Montgomery Burns nunca recuerda el nombre de Homero Simpson. Pero el
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error, pensé en ese momento, es de Homero, que vuelve una y otra vez a intentar ser recordado. Después de una larga espera llegó Blanco nocturno. Un novela muy anunciada, quizás demasiado. ¿Por qué? La relación de los narradores con el tiempo siempre es tensa. En Respiración Artificial se dice que las buenas novelas se escriben después de los cuarenta años. Más allá del chiste interno —Piglia nació en 1940 y Respiración artificial se publicó en 1980— y si, siguiendo con estas cuentas, introducimos la atendible variable de W. G. Sebald donde un escritor dispone de apenas veinte años de vida productiva original, Blanco Nocturno sería ya no una obra de madurez, sino de vejez. (Esto dicho sin ningún tipo de tinte despectivo. Philip Roth viene escribiendo el diario de su ocaso desde hace por lo menos cinco libros excelentes.) Es difícil desligar Blanco nocturno, entonces, de cierta melancolía. Por otra parte, la novela opera directamente sobre los problemas del siglo XX en la Argentina. El campo, el caudillismo, la autoridad criminal, las trapisondas financieras asociadas a la corrupción política, la vuelta de Perón. El capítulo 15, una especie de recorrido por una fallida conciencia industrial argentina, vale la novela entera. Pero más allá de los juegos de la humillación, la locura lúcida y las notas al pie —usadas con brutalidad arlteana—, por su escenario retropampeano, Blanco nocturno es el libro de Piglia que mayor comercio tiene con el ideario y el estilo de Ezequiel Martínez Estrada. A priori, Martínez Estrada, un ensayista hiperbólico enganchado en la droga obsesiva del Ser Nacional, estaría lejos de Piglia. Pero Blanco nocturno es una invitación a pensar otra vez la geografía argentina y sus ideologemas más básicos y primitivos. Muchas frases de la novela parecen sacadas de Radiografía de la Pampa. Cito una: “La culpa de todo es del campo, del tedio infinito del campo, todos dan vueltas como muertos vivos por las calles vacías. La naturaleza sólo produce destrucción y caos, aísla a la gente, cada gaucho es un Robinson que cabalga por el campo como una sombra”.

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Heinrich von Kleist, en su ensayo Sobre la elaboración progresiva de las ideas en el discurso, aconseja hablar con alguien para terminar de definir una idea que se resiste a salir: “Cuando quieras saber algo y no lo consigas por medio de la reflexión interior, te aconsejo, querido amigo, que hables del asunto con quien tengas cerca”. En Blanco nocturno, Piglia pone el método en relación con el género y su principal personaje. El detective debe tener alguien que lo escuche, un partenaire, un Watson, para no enloquecer y poder razonar. Pero luego el mismo Piglia fuerza la construcción. El amanuense que escucha también traiciona, y el comisario Croce queda en una clara y verosímil desventaja frente al entramado argentino del poder. Es tentador leer en las reflexiones ensimismadas de este comisario de provincias, que es una cruda mezcla de militante y psicótico, una confesión resignada de Piglia. “Soy un dinosaurio, un sobreviviente, pensaba. Treviranus, Leoni, Laurenzi, Croce, a veces se juntaban en La Plata y se ponían a recordar viejos tiempos. ¿Pero existían los viejos tiempos?”. Nunca es tan fácil, sin embargo, esa relación. En un guiño, Piglia le adjudica detalles de su propia biografía al primer Belladona, al mismo tiempo bastardo y patriarca de la familia sobre la cual gira la historia central de la novela. El autor dice con estos datos que en todos los personajes, incluso los más lejanos, hay algo de él. (Por otra parte, los nombres propios siempre abren lecturas soterradas. ¿Qué respuesta crítica se le puede dar a la seguidilla “Treviranus, Leoni, Laurenzi, Croce”? ¿Hasta dónde pueden llevarnos estos apellidos?) Si valiera hacerle alguna objeción a Blanco nocturno, sería posible decir que tarda en arrancar y que se nota el excesivo paso del tiempo entre su escritura, su corrección y su publicación. El mismo Piglia señala esta demora, cada vez que puede, como si se tratara de una virtud. ¿Realmente es posible registrar en una construcción textual el añejamiento como si se tratara de un vino? ¿La escritura privada que no se hace pública tiene una fecha de caducidad, se transforma, se aja, se enaltece, se consolida? Es difícil especular en esa dirección. Pero creo que la sintaxis y el vocabulario también se resienten, se cargan de dudas, se empastan cuando no se
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comparten. Ahora bien, si hay poca frescura en la prosa de Blanco nocturno, esto refuerza la trama, oscura y amarga. Novela analógica, freudiana, entonces. Novela de incestos velados, endogamia, máquinas y sueños. Una obra de vejez que garantiza recursos clásicos, bien administrados, y en ningún caso ingenuos. De hecho, novela y novelista llegan a ironizarse a sí mismos. La escena resulta bucólica. En la distancia, un poco más acá de la línea de la llanura, se ve a una mujer que, aislada de todos, lee. Cuando Renzi, periodista y personaje central de la narrativa de Piglia, pregunta qué lee, la respuesta es contundente. Lee novelas. Obras completas. Por autor. “Todo Aldous Huxley, todo Alberto Moravia, todo Thomas Mann, todo Galdós”. Y la mujer que en soledad pasa las hojas de un libro en la llanura, se aclara, nunca lee novelistas argentinos. ¿Por qué? “Porque dice que esas historias ya las conoce”. 4. En uno de sus ensayos, quizás el más retórico y pregnante, César Aira especula sobre la figura del último escritor. Todos los escritores son para sí mismos, dice, el último escritor. Sin embargo, Aira, creo, es el más último de todos, al menos de los argentinos, por su incondicional anclaje en las vanguardias del siglo XX. Piglia, en el mismo sentido, es el último lector. Aira y Piglia, entonces, más parecidos de lo que la crítica acepta, más juntos de lo que ellos mismos piensan, funcionando como componentes residuales del complejo y abrasivo aparato de lecto-escritura del siglo pasado. (Francis Fukuyama, otro milenarista, escribió un libro tan pedestre y banal como influyente que llevaba por título El fin de la historia, pero cuyo subtítulo, El último hombre, es difícil pasar por alto.) Tampoco se me escapa que hay una cosa ampulosa, muy retro, casi tanguera, en el sello de Piglia. La obsesión con la tradición, ¿no es acaso una forma de conjurar la deforme autoestima porteña, una de las tantas versiones argentinas de la nostalgia? Quizás eso sea lo que genere cierta distancia con los escritores más jóvenes, o quizás deberíamos decir “posteriores”. Piglia no bucea en el presente. Lee y alaba lo que le llevan.
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Defiende y se interesa. Pero a diferencia de Fogwill, que bajaba y se enredaba, Piglia practica una delicada política de sustracción cuyo nombre descriptivo podría ser “Que jodan lo menos posible”. ¿Esa actitud de autopreservación le hace perder fuerza? Su círculo de lecturas comentadas a veces resulta demasiado angosto. Como lector, Piglia siempre es preciso y nítido, pero queda muy atado, insisto, al siglo XX y al cultivo inclaudicable de su soledad. Pese a todo, como ya está comprobado, la ausencia crea mito y el poco roce pule mucho. No estar, como táctica, es excelente. A principios del 2009 hice una residencia en la Universidad de Alcalá y todo el mundo me hablaba de Juan Gelman, que había recibido el premio Cervantes en el 2008. Para mí, Gelman es un poeta malísimo, sino directamente paupérrimo, y el símbolo de una izquierda argentina esclerosada que se niega a hacer cualquier tipo de autocrítica. Por eso, intentando contrarrestar ese entusiasmo —tan europeo— cada vez que podía, cada vez que se me presentaba la ocasión, mencionaba a Piglia. Por respuesta recibía un asentimiento, como si me dijeran: “Espera, majo, que ese ya está llegando”. Sería, entiendo, un premio Cervantes merecido y bien dado. Todos los escritores de lengua castellana, si le deben algo a Borges y practican la novela, le deben algo también a Piglia, independientemente de que lo hayan leído o no. Desde la evidente relación con el Isac Rosa de El vano ayer hasta Patricio Pron, pasando por Edmundo Paz Soldán y llegando hasta el Rodrigo Fresán de El Fondo del cielo, Piglia se para, desde su tan mentado interés por la tradición, en tensión con todos los narradores que versionan, mezclan o desarman algunos de los engranajes de la novela de tesis. (¿Y quién puede negar que Las teorías salvajes de Pola Oloixarac es una puesta a punto, un upgrade del género como lo fue alguna vez Respiración Artificial?). En el siempre apelmazado y firme ámbito académico su influencia es todavía más decisiva. Y si puedo agregar algo más déjenme decir que sus detractores, pocos y poco inteligentes, simplemente no lo entienden. No entienden su gesto serio, su retiro, su “modernidad”, todo eso que lo une de manera directa con el Flaubert de La
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educación sentimental, pero que le permite también comprender el sistema irónico y erudito de Bouvard y Pecuchet. 5. A fines del 2010, Jaime Rodríguez, uno de los editores de la revista catalana Quimera, me escribió preguntándome si quería escribir sobre Blanco nocturno. Acepté y empecé a leer la novela. Cuando estaba por terminarla, me encontré con Mauro Libertella en la librería Eterna Cadencia. Se presentaba un libro, no recuerdo cuál, y había bastante gente. Antes de que empezara el evento nos fuimos al bar de la esquina a tomar una cerveza. Le conté que estaba leyendo la novela con la idea de escribir algo. —¿Cuál es tu libro preferido de Piglia? —me preguntó. Me quedé pensando. Con Libertella nos habíamos conocido una noche en el patio de la casa de Paola Lucantis, que daba una fiesta de fin de año. Su padre, Héctor, había muerto hacía relativamente poco. El mío también. Así que hablamos un poco de eso, y también de libros. En la misma fiesta estaban Oliverio Coelho, que no se sentó con nosotros en el jardín, y Matías Capelli, que repitió varias veces que la última novela de Martín Kohan le había gustado mucho porque “no era inteligente ni tenía ningún gesto de inteligencia”. Cuando terminamos la cerveza, Mauro decidió volver a la librería. Lo acompañé hasta la puerta pero no entré. Me despedí y caminé por Juan B. Justo pensando en cuál era el libro de Piglia que más me gustaba, y qué había significado él como autor para mi formación y mi manera de leer. En su prólogo a El último lector, Piglia describe una moneda griega hundiéndose en el barro del fondo de un río: “La moneda griega es un modelo en escala de toda una economía y de toda una civilización y a la vez es solo un objeto extraviado que brilla al atardecer en la transparencia del agua”. En esta descripción, aparte de economía y civilización, la moneda es presentada como sinécdoque del arte, y en este caso, arte de narrar y de leer.

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Mientras caminaba por la parte más industrial de Palermo y miraba las fachadas de las casas y los negocios cerrados, me resistí a pensar esa moneda como Piglia la describía. Tan melancólica, tan sutil, tan intrascendente. Empecé a fijar la moneda en un plano más concreto y aglutinador. Repasé mentalmente la forma en que aparecía el dinero en Borges y en Bioy Casares, en Martínez Estrada y en Arlt, cómo aparecía en Sarmiento y en la gauchesca. ¿Era posible leer toda la literatura argentina canónica a partir del dinero? Imaginé, como me ocurre a veces, un libro largo, laborioso, un libro posible y atractivo que yo, desde luego, no iba a escribir jamás. En un momento del recorrido, ya estaba llegando a Villa Crespo, me reí, resignado, porque recordé que la revista catalana no me iba a pagar por mi nota. A la semana siguiente ya había empezado mi artículo —que se parecía mucho a un artículo de costumbres— y me sentía concentrado y contento. Pero tuve que abandonar la escritura para ir a cobrar unas colaboraciones que le había colado a la Revista Ñ de Clarín. No eran textos de los que me enorgullecía, pero los editores tampoco resultaban especialmente exigentes y pagaban bastante bien. Así que tomé el subte A, combiné con la línea C a Constitución y de ahí caminé hasta la calle Tacuarí. Cuando pregunté en la ventanilla correspondiente, me dijeron que mi cheque no estaba. En realidad, el cheque estaba pero todavía no lo habían firmado. El hombre que firmaba los cheques llegaba en un rato, era cuestión de una hora, una hora y media como mucho. Así que salí, caminé hacia la 9 de Julio y entré en un locutorio que quedaba sobre Bernardo de Irigoyen. Era un lugar opaco, con olor a encierro, pero tenía una conectividad digna y los teclados no estaban tan sucios. Respondí algunos mails y miré los diarios. Cuando terminé me acerqué a la caja y le pasé un billete de dos pesos al tipo que estaba atrás del mostrador. —¿No tenés cambio? —me preguntó. Metí la mano en el bolsillo y saqué dos monedas de cincuenta centavos. Las dos eran doradas y habían perdido el brillo hacía mucho. Las puse arriba de la fórmica blanca. La moneda de la derecha cayó mostrando el
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número y el año de acuñación, y la otra, la Casa de Tucumán rodeada de la leyenda “República Argentina. En unión y libertad”. Entonces sonó un teléfono y mientras el tipo atendía pensé en la moneda griega de Piglia que se hundía en el barro. Me di cuenta de que esa moneda, ese poder adquisitivo, ese símbolo que se iba, ese objeto rutinario que se cargaba de sentido mientras desaparecía, ese dinero, en una versión nacional y duplicada, yo lo estaba usando para pagar media hora frente a una pantalla conectada a la web. No sé por qué pero me sentí feliz y realizado. Eso sí, fueron unos segundos. Apenas el tipo cortó el teléfono, barrió las monedas con la mano y me dio las gracias.

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Madres de Plaza de Mayo mecanizadas

Bueno, para empezar tengo que decir que en mayo del 2010 tenía problemas de dinero. No me creo excepcional por eso. Todos los escritores, periodistas, profesores y poetas, más o menos lúcidos, más o menos neuróticos, tenemos problemas de dinero, los tuvimos y los seguiremos teniendo. En mi caso, para el Bicentenario de la patria, ya había cumplido treinta y cuatro años y seguía ganando lo justo. Escribía para revistas, hacía periodismo, daba clases, y cada tanto publicaba algún libro. No era una mala vida. No me podía quejar. Tenía mucho tiempo libre. Con todo, a veces no lograba reprimir una mueca de disgusto. El romanticismo había pasado. La juventud, los bares, la bohemia, comer de prestado, perder una noche en un bar hablando con un borracho, pensar la nueva novela completamente original. No. Ahora pisaba la meseta de la adultez a la que había llegado para quedarme. Por otra parte, las zonas más duras del sistema las había conocido enseñando en la universidad, trabajando en una redacción, cumpliendo horario en las oficinas de prensa del sector privado. Todas actividades más o menos redituables, hasta ahí nomás, que enseguida se volvían bastante insalubres para la mente. Aparte, en mi caso, no había aprendido a decir “sí, señor” lo suficientemente rápido. Las excusas se terminaban ahí. Sin heroísmos, más bien con resignación, había empezado a comprender que la relación con el poder —idiota o no— me costaba. Como fuere, el fin de semana del 25 de mayo se establecieron dos feriados y el gobierno nacional armó algo que se llamaba “Paseo del Bicentenario” en la avenida 9 de Julio. El festejo fue masivo. Yo tenía doscientos pesos para llegar a fin de mes —no estaba tan mal, había habido meses peores— y mi mujer me insistió para ir a ver “qué era todo ese despliegue”. Fuimos. Por supuesto, me quejé durante todo el viaje en subte. Y también mientras subíamos a la superficie en Avenida de Mayo y la
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multitud empezaba a rodearnos. Enseguida escuchamos la voz de un locutor anunciando un desfile. Sonaban los tambores de una orquesta militar. Sobre la avenida había carpas y stands. Se decía que era uno por provincia. Y uno más, que representaba a todos los argentinos que vivían en otros países. Si me preguntan, prefiero las cosas sin celebraciones. Me gusta Buenos Aires con el gris de la rutina, la ciudad letrada que se superpone a la ciudad mercantil. Me gusta el flujo y reflujo del trabajo cotidiano. Me gusta dedicarles un pensamiento a los que trabajan todo el día y cuando terminan y vuelven a sus casas, antes pasan un rato por el bar y se toman dos cervezas a su propia salud. Ese tipo de festejos, privados y menos ostentosos, reflejan mejor mi idea de “independencia” y “libertad”. Ahora caminábamos directamente entre la gente yo seguía pensando en el dinero. —Me gustaría ganar más —dije. —Entonces tendrías que trabajar más y eso te quitaría tiempo para escribir —respondió mi mujer. No, ese tiempo lo defiendo, pero ya no podría leer al mismo ritmo. Uno siempre sacrifica sus horas de lectura. Es lo más fácil. Pero las horas de lectura son las que te hacen mejor, las que te diferencian de los charlatanes. Sobre todo de los charlatanes de los escrúpulos, que son los peores. En el Paseo del Bicentenario había muchísima gente, pero como el tráfico estaba cerrado se podía caminar. Contra el cielo gris se veían banderas y globos blancos y celestes. Había estructuras de tubos de hierro y los equipos de audio sonaban de forma muy nítida. Nosotros caminábamos. No íbamos a ninguna parte en especial. Ella se había citado más tarde con una amiga y yo tenía tiempo hasta las dos, cuando empezaba un programa de radio donde hacía una columna sobre cine. El estudio quedaba en Congreso, así que podía ir caminando. La jornada de conciertos prevista para el festejo la habían abierto los músicos de la izquierda popular. Después llegaba el softrock, el folclore y el tango. No punk, no heavy metal, no rock pesado. Nada de cosas raras. Era previsible. —Lo que tendría que hacer es tomar más colaboraciones —dije.

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Después del 2003 habían surgido medios nuevos y no de todos los viejos me habían echado. —Eso no estaría bien —respondió ella. —¿Por qué? —pregunté. Sabía lo que me iba a decir. —Te llenarías de burocracia y te la pasarías chillando como una vieja. Me conoce. Me conoce bien. El problema no era escribir las notas, el problema era cobrarlas. Con algunas editoriales también había tenido problemas. Las grandes me pagaban, cada tanto, para que escribiera el último libro de esas periodistas sexagenarias que cuentan las intimidades de los próceres argentinos con el estilo del pudor, pero sin pudor de ningún tipo. ¿Se masturbaba Sarmiento en las minas de Copiapó? ¿Les practicaba cunnilingus el Presidente Alvear a sus amantes? ¿Era por el sexo libre que los hijos de la clase media argentina se entregaban a los oscuros mandatos de la guerrilla urbana? Entonces aparecimos en el pabellón de la Fundación Madres de Plaza de Mayo. La entrada estaba clausurada con una valla. El locutor presentaba un desfile de autos “de la industria nacional” y la banda de la policía empezó a tocar. Bombos y platillos. Me resulta difícil describir el pabellón de la Fundación. Las formas eran cuadradas y se veían grandes rectángulos de color azul y blanco. En la parte que daba a la avenida había dos bloques armando la entrada. El de la izquierda decía: “Hasta la victoria siempre” y el de la derecha “Queridos hijos”. Arriba, una decena de Madres de Plaza de Mayo presidía la construcción. Estáticas, se elevaban a unos siete metros del piso. Las miré detenidamente durante un rato y no terminé de darme cuenta si estaban hechas de fibra de vidrio o de yeso. De yeso creo que no. La gente las señalaba o les sacaba fotos con sus cámaras digitales. Las madres iban de a pares y cada una tenía una posición particular. A su vez, cada par estaba montado sobre una base con pequeñas ruedas que se apoyaba sobre un riel circular. Pintado de blanco, el riel daba la vuelta a una reproducción reducida de la Pirámide de Mayo. El mecanismo se veía

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perfectamente desde donde estábamos y parecía sano, pero el motor que hacía girar a las madres estaba apagado. Eso me desilusionó un poco. —La pirámide está completamente fuera de escala —dije. Mi mujer miraba en dirección al escenario central. —Hay mucha gente y hoy a la noche va a haber más —comentó. La piel de la cara de las madres era cenicienta. Todo el conjunto resultaba de una textura bastante porosa. Las ropas blanquecinas y opacas, como si fueran de miga de pan seco o de alguna tela percudida por el tiempo, no desentonaban. El vestuario austero y simple reproducía a la perfección la ropa de vieja, que es un estilo casi universal. Zapatos de suela baja, chal, pollera recta, las caderas bajas y anchas, los brazos gordos, lentes gruesos de vidrios verdes. Y todas con el infaltable pañuelo. Sin dudarlo, el artista se había decantado por el realismo. Mi mujer giró para ver las réplicas. Le dije que me hacían acordar a los rieles de carne que aparecen en Impresiones de África de Raymond Roussel. Entonces, escuchamos la voz del locutor que decía: “Festejemos todos juntos y entre todos entremos en la historia”. Los vendedores ambulantes se preparaban para un fin de semana larguísimo. —Si viviera en un país comunista no tendría problemas de dinero —dije. —Ingenuo —respondió ella. —Escribiría los grandes dramas del realismo social —agregué. —Tendrías los mismos problemas. —Sí, es posible. Pero sea en el capitalismo o en el comunismo, me gustaría trabajar menos y ganar más. —A quién no. Para decir la verdad, yo trabajaba poco. Incluso muy poco. —Creo que soy perezoso. Ahí ella aflojó. —No, eso es mentira. Te pasás todo el día en la computadora. —Pero a veces escribo y a veces pierdo el tiempo. —Perder el tiempo en la computadora es parte del proceso de escritura. Insisto, me conoce. A veces pienso que es la única que me conoce y lo demás es una escenografía de cartón pintado, llena de muñecos de
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gomaespuma. Le hice un gesto y salimos de la muchedumbre. Avenida de Mayo estaba vacía y caminamos por el asfalto. No sé bien por qué dije que Cioran fue un vagabundo toda su vida. —No empecemos con Cioran, por favor —me pidió ella. —Había descubierto algo, una forma de vida —agregué—. Todo esto le habría caído pésimo. Me refería a los festejos del Bicentenario. ¿Había logrado Cioran convertirse realmente en un Diógenes moderno? ¿O él también era escenografía de papel pintado? —¿Y a vos cómo te caen los festejos? —me preguntó ella. —No sé —respondí. Era una respuesta honesta. Realmente no lo sabía. En París, Cioran siempre vivió en chambres de bonnes, altillos y buhardillas. Nunca tuvo un trabajo formal y se dedicó a escribir en cuadernos una obra completamente fragmentada y fragmentaria. Subsistía con muy poco dinero. La chambre de bonne es un cuarto sin baño, por lo general ubicado en los altos de los edificios parisinos. Los franceses no inventaron el concepto, lo que inventaron fue el nombre. No es poco. En la Argentina se les llama “dependencias de servicio” y están pegadas a la cocina o al lavadero de los departamentos. El Nuevo Mundo siempre fue más “democrático” en su trato con los empleados domésticos. O quizás es una idea mía. Bueno, la cuestión es que el domingo siguiente a nuestra breve visita por el Paseo del Bicentenario, llovió. El lunes 24 me la pasé en casa leyendo y preparando algunas notas. El martes 25 al mediodía tuve una discusión con mi mujer por unas cuentas que se habían vencido y salí de casa. Como no tenía a dónde ir volví a la 9 de Julio. Había todavía más gente que el sábado. Les dediqué una mirada a las Madres de Plaza de Mayo mecanizadas. Llegué con la esperanza de ver la pieza conmemorativa en funcionamiento. Pero esta vez tampoco se movía. “Mala suerte”, pensé. Al costado de la construcción había un largo mural con fotos en sepia. Eran las caras de los

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desparecidos. Fotos carnet, primeros planos. Una mujer dijo al lado mío: “Mirá qué linda esa chica, qué horror”. Cuando me aburrí, caminé hasta la Plaza de los Dos Congresos y después por Callao. A la altura de Mitre entré a un bar. La televisión, colgada del techo, estaba sintonizada en el festejo. Pedí una cerveza y agarré un diario. Leí que el gobernador de San Luis había inaugurado una réplica exacta del Cabildo en uno de los desiertos de su provincia. Para esa noche se prometían quince minutos de fuegos artificiales. Me quedé pensando en el desierto y en los fuegos artificiales. Entonces el mozo me trajo la cerveza y enseguida pasó del otro lado de la barra. Agarró el control remoto, lo levantó en el aire y empezó a cambiar los canales de la televisión. El zapping me resultó hipnótico.

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Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino

Luciano pasó por casa y lo vi preocupado. Era viernes, empezaba febrero y hacía calor. La productora donde trabaja se estaba comiendo un juicio, por eso su futuro “se volvía incierto”. Me lo contó esquivando el problema, minimizándolo, haciendo gestos de ironía y resignación, hasta que finalmente dijo “si se pierde, me quedo en la calle”. El programa que había generado la demanda se llamaba Delitos en la ciudad. No era el único programa de la productora en esa línea. Cada tanto Luciano me comentaba algo de Policía nocturna y Crímenes mundanos. Tampoco era el primer juicio que enfrentaban sus jefes, aunque esta vez parecía más serio. Dos personas habían sido grabadas con una cámara oculta porque supuestamente vendían huesos humanos. Parece que se mostraba el Cementerio de Chacarita mientras en off un locutor decía con voz muy seria: "Es fácil comprar restos humanos en Buenos Aires y hoy revelaremos quiénes los venden y cuánto cuestan". Después, captados con la estética rústica de una “cámara oculta”, salían unos tipos que supuestamente pedían cien pesos por cráneo y doscientos setenta por esqueleto entero. Los del programa iban disfrazados de estudiantes de medicina. —¿Cómo es el disfraz de estudiante de medicina? —pregunté pero Luciano no me contestó. Me imaginé dos tipos de lentes, guardapolvos blancos y estetoscopios entrando en el cementerio. También me acordé de una amiga que vivía por el barrio y me había contado que se sentía olor a “carne asada” cuando era día de cremación. —Bueno, ¿pero vendían o no vendían los huesos? —quise saber. —La verdad, ni idea —respondió Luciano.
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Los supuestos traficantes de huesos ahora pedían sesenta mil pesos cada uno, en calidad de “daños y perjuicios”. —¿Y cómo lo ves? —Difícil, la gente de la TV se piensa que es inmune a todo. Pero los huesos humanos son huesos humanos. No es lo mismo que poner una cámara en un baño público o filmar travestis en los bosques de Palermo. Teníamos ganas de pasar por el bar de un amigo pero era temprano, así que saqué una cerveza de la heladera. Serví dos vasos. —Buena cerveza —dijo Luciano cuando la probó—, temperatura exacta. —¿Cuál es la temperatura exacta? —Lo más fría posible. Después caímos en discutir la trascendencia cultural instantánea de los premios literarios. No sé cómo saltamos de los huesos humanos a los premios. Creo que fue el miedo lo que motivó el cambio de tema. El miedo y la paranoia son dos grandes motivadores. Supongo que eso lo sabemos todos. Luciano tenía miedo de quedarse sin trabajo y me preguntó si era posible escribir una novela y ganar un premio. Pensé que me estaba haciendo una broma. Pero insistió. —¿Qué puede haber mejor que ganar un premio? Hacía poco le había tocado cubrir la entrega de un premio de novela en el MALBA y había quedado muy impresionado con el despliegue. Muchas caras, todas iguales, alineadas, bien vestidas, aseadas, correctas, con un evidente y sólido poder adquisitivo, esperando para felicitar al ganador. Terminamos la primera cerveza y traje otra. Había caído un poco de lluvia y después se había generado una brisa fresca, selvática, casi redentora. —Ganás un premio y te traducen a todos los idiomas —insistió Luciano—. ¿Se puede o no se puede ganar? —Sí, creo que sí —dije, finalmente—. De hecho, hay gente que gana. —Bueno, yo quiero ganar uno de esos concursos. —Bien, adelante, uno siempre puede probar. —¿Y qué tengo que hacer? —Supongo que lo más importante es escribir el libro.
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—Bien. Eso es obvio. —Bueno, no tanto. Se hizo un silencio. Casi pude sentir cómo la sangre fluía por la corteza cerebral de Luciano. Tenía un tic raro. Durante medio segundo se quedaba quieto, estático, con los ojos abiertos, y después arrancaba otra vez. —¿Hay que pensar una trama atractiva? Era una buena pregunta. —Una trama… No, no creo —dije. —Bien. Eso ya es un avance. —¿Qué sería una “trama atractiva”? La frase aliteraba, así que la dije silabeándola. —Por ejemplo, no sé, La Dalia Negra de Ellroy. —La Dalia Negra tiene una buena trama, es verdad. —Sí, es un libro muy bueno. ¿Ganaría un premio de estos? —¿La Dalia? Luciano dijo que sí con la cabeza mientras tomaba cerveza. —Sí, posiblemente —contesté. No estaba muy seguro. —Bien, no nos desconcentremos, ¿qué más tengo que tener en cuenta para escribir mi libro ganador? —Ser claro ayudaría. —¿Por qué? ¿Cómo? —Bueno, a los jurados no les interesan tus pensamientos retorcidos. —Bien, sin escollos traumáticos. —Exacto, sin traumas. —Sin perversiones. —Sí, mejor sin perversiones. —Nada de obsesiones anales ni porquerías. —No, eso mejor no. —Nada de culos y fornicaciones extravagantes. Luciano, como toda la gente que trabaja en TV, está obsesionado con el cuerpo y su exhibición.
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—¿Metáforas? —preguntó. —Sí, metáforas puede ser. —Un buen par de metáforas. —Pero fáciles de identificar. —Entiendo. Algo como “el mar estaba sereno como una playa de estacionamiento en una madrugada de invierno”. —Sí, puede servir. —Es un ejemplo. Nada más. Pero me gusta. ¿Debería escribirlo para no olvidarme? —Claro, con eso podés empezar. —“El mar estaba sereno como una playa de estacionamiento en una madrugada de invierno” —repitió Luciano. Me serví más cerveza. Dejé que la espuma creciera hasta el borde del vaso. —¿Qué más? —Hay que ser esquemático —dije—. Los hijos vienen después de los padres. ¿Se entiende? —Sí, perfectamente. Para reforzar la idea le expliqué que una historia cronológica siempre era absorbida con mayor comodidad por los miembros del jurado. Vienen de tragarse varios centenares de páginas, muchas veces de lectura insatisfactoria. No tiene sentido complicarlos. —O sea, que hay que pensar en los jurados —dijo Luciano. —Desde luego, antes de que ellos te elijan a vos, vos deberías elegirlos a ellos. Me imaginé una habitación vacía, y en el centro de la habitación una mesa, y en la mesa un robot de ciencia ficción de la década del 50. Me lo imaginé leyendo manuscritos con una patente de auto en el pecho. Un buen lector robot, disciplinado, educado, eficiente. Me imaginé al operario llegando por la mañana, abriendo las persianas y trayendo una pila nueva de manuscritos. Me imaginé el sonido neutrónico del encendido del robot, la cabeza como una vieja y noble Commodore 64, el color verde de la pantalla de su cara, los ojos con un brillo de astucia cansada. ¿No se rebelan
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todos los robots en algún momento? La trama podía ser así: un lector robot cumple sus funciones lectoras a la perfección hasta que dice “basta” y se entrega a la violencia. Le conté mi idea a Luciano. Me dijo que no entendía. —Un lector robot —le dije—, como el de Cortocircuito, que leía el manual del auto en un minuto y aprendía a manejar. —¿Cortocircuito? —Sí, la película. —No entiendo de qué me estás hablando. Traje mi computadora de la cocina, la abrí, busqué en Wikipedia y le leí a Luciano que el robot protagonista de Cortocircuito se llamaba “Número 5” porque era el quinto de una serie de prototipos creados por el Ejército de los Estados Unidos. La historia empieza cuando el científico que construyó a Número 5 desarrolla los usos civiles de la máquina y el robot se vuelve sensible. Su acto de humanidad más radical pasaba por tocar el violín. Desde luego, cuando comprende su procedencia militar, el robot escapa. En Internet Movie Data Base decía que el título original de la película era Short Circuit. —Yo la fui a ver al cine —dije. —¿En qué año se estrenó? Leí de la pantalla. —Mil novecientos ochenta y seis. —¿Para qué quieren un robot que toque el violín? —preguntó Luciano. —Sí, es ridículo —admití. —Son los delirios de las películas de la década del 80. El robot toca el violín, mientras Reagan se los coge de parado a todos. Se sirvió un poco más de cerveza y me pidió que le contara la trama otra vez. No agregué mucho más de lo que ya había dicho. —Una versión tonta de Blade Runner —dijo cuando terminé. Yo recordaba con mucha precisión la escena de lectura de Cortocircuito. Realmente me había impactado. Los malos perseguían al robot. Entonces el robot se subía a un auto, sacaba el manual de la guantera, lo leía pasando las páginas a toda velocidad y ya sabía manejar. La escena me generaba
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angustia. En ese momento no me daba cuenta pero era una escena completamente pulsional. No había deseo. Número 5 leía de la misma manera en que Terminator perseguía a Sarah Connor. Luciano sirvió el final de la cerveza. —Y supongo que hay que tener un trabajo honrado —no me hablaba a mí, más bien pensaba en voz alta—. ¿Podemos decir que trabajar en la producción de un programa de cable es honrado? —Sí, televisión, está bien. No respondí muy convencido. La televisión da idea de honradez. Por lo menos al principio. Un trabajo fijo, rutinario, sin pretensiones, con la cuota de creatividad y espectáculo justa. A todo el mundo le gusta relacionarse con gente que sale o trabaja en la televisión. Es algo “comprensible”. Claro que si uno empieza a rascar, a indagar un poco, también despide cierto aire de inseguridad y putrefacción. Esto no se lo dije a Luciano. Cuando fui a la heladera a buscar la última botella de cerveza, uno de los imanes que había pegados en el freezer me hizo acordar a un sitio que había estado leyendo esa semana. Se llamaba “Botiquín del escritor”. Era una especie de foro donde todos los visitantes, sin necesidad de registrarse, podían hacer su aporte. Algunos pegaban frases de Kafka, otros ponían partes del Decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga. Cosas así. En ese momento, un poco embotado por la situación, pensé que en el “botiquín del escritor” lo único que podía servir era un frasco grande de purgante. La idea de “botiquín” también me remitía a la escena en que John McClane se sacaba los vidrios de sus pies ensangrentados mientras el policía negro le contaba que había matado a un adolescente desarmado. “Te preparan para todo —le decía—, pero nadie te puede preparar para eso.” Cuando llegué a la mesa, destapé la botella y sonreí por mi tremendismo. —Así que esas son las instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino. —Más o menos, sí. También conviene mucho ser mujer. —Otro problema. —Las mujeres tienen más posibilidades de ganar.
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—¿De ganar un premio? —De ganar cualquier cosa. —¿Y si me trasvisto? —preguntó Luciano. —Puede ser —dije. —¿Vos trabajás todo esto con estadísticas? —Desde luego. Las estadísticas mandan. —Puedo escribir algo de piratas. ¿Algo de piratas puede ser? —Lo veo difícil. —¿Una gauchesca? No llegué a responderle. —¿A vos te gustaría ganar un premio? —No sé… — dije. Dudé. Me había agarrado con la guardia baja. —¿Por qué no? Volví a dudar. —Bueno, yo me gano la vida escribiendo, creo que un premio me ayudaría. —Claro —dijo Luciano, con seriedad. Me quedé pensando. Un premio. Un premio importante. La íntima neurosis legalizada, confirmada incluso antes de que el lector empiece a leer. Pensé en Píndaro, en los juegos florales. ¿Se podían historizar los premios? Me acordé que una vez había encontrado en la web la lista de los nobel de literatura. Había nombres imposibles, olvidados, gente que ya no se leía, que nunca se había leído. Pero en realidad hablábamos de otra cosa. Hablábamos de la fantasía de tener algo, de administrar un nombre y quizás generar un poco más de dinero. —¿Entonces? —me apuró Luciano. —¿Qué cosa? —¿Te gustaría o no ganar uno de esos premios? —Sí, la verdad que sí. Cuando respondí me di cuenta de cuánto envidiaba a los que habían ganado algo alguna vez, y también comprendí lo difícil que era recibir ese reconocimiento sin ganar nada, solamente escribiendo. Pensé que los
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premios eran como anabólicos para tus libros y tu firma. Eran poder, un poder muy oscuro y atractivo, un poder opaco. Al mismo tiempo también comprendí que no era posible estar en contra de los premios. Era posible no participar, ironizar al jurado, denunciar un arreglo. Pero estar en contra de los premios era, y lo sigue siendo, algo infantil. O mejor, un escritor puede estar en contra de los premios hasta que gana uno. Había un par de ejemplos que desestimaban esta idea. Sartre rechazando el Nobel en el 64. Cioran rechazando primero el Sainte-Beuve en el 57 y después el Roger Nimier en el 77. David Viñas rechazando la Beca Guggenheim. Aunque quizás este ejemplo no sea válido porque una beca no es un premio, y encima a la Beca Guggenheim te tenés que presentar. Estaba pensando en la mujer india que Marlon Brando mandó a recoger el Oscar que había ganado por El padrino, cuando Luciano me sacó de mis divagaciones. —Creo que podrías ganar. —¿Un premio? —Sí, creo que sí. —¿Te parece? —¿Cuántas veces lo intentaste? La pregunta me descolocó. —¿Cuántas veces intenté qué? —Sí, ¿cuántas veces te presentaste o escribiste para eso? —Ninguna —respondí. —Ahá —dijo él. Nos quedamos callados. Después Luciano se puso a hablar de una chica que había conocido hacía poco. —No fue tu novia, ¿no? —No, no —respondió. Yo la recordaba vagamente como una chica linda y amable. No la había visto más de tres veces. Pero era una historia que Luciano me contaba siempre. Ella tenía dos gatos que le orinaban un sillón tapizado en pana que había heredado de la madre. Según Luciano era un sillón hermoso, y para
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que los gatos no se lo ensuciaran, la chica había comprado un producto repelente. —Tenía un olor a limón, pero más artificial, se te pegaba en las manos y en la ropa —me decía. La cuestión es que Luciano se acordaba de todos estos detalles, de los gatos, del sillón, del producto, que se llamaba “Usted decide”, pero nunca se podía acordar de cómo se llamaba la chica. Como el repelente no funcionaba el olor a limón se mezclaba con el olor a pis. —¿Cómo puede ser que me acuerde de los gatos, del sillón, del olor y no de la chica? —La verdad es que a mí también me parece raro —le dije. —¿De los nombres de los gatos te acordás? —Sí, de uno. —¿Cómo se llamaba? —Silueta. —Es buen nombre para un gato. —Sí, el gato Silueta. Queda bien. Cuando terminamos la cerveza, nos levantamos. Luciano pasó al baño, yo aproveché para agarrar mis llaves y después salimos. Afuera la noche estaba agradable.

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La máquina de la simplificación total

1. El libro que leía se llamaba Quiero ser Ray Loriga y otros poemas de amor a mí mismo. Cuando me acerqué y le pregunté qué tal estaba, me insultó. El noviazgo fue corto. Nos casamos en julio. Ahora me engaña con un empleado público. El tipo tiene un hijo adicto y una hija que trabaja turno noche en una estación de servicio. A veces la vida es cruel. 2. El viernes caí en el cumpleaños de un amigo de un amigo. Lo festejaba en una terraza de Villa Crespo. Cuando llegamos había restos de carne en los platos y migas de pan en la mesa, residuos que identifiqué como el final de un asado. Saludé, me ofrecieron un vaso de vino tinto y hablé un poco de política universitaria. Después pregunté por el baño. Me indicaron. Era la segunda puerta. Oriné, me lavé las manos y me las sequé con una toalla que tenía la cara de Mickey. Cuando volví a la terraza, pasé por la parrilla y vi las brasas tibias y la ceniza. Enseguida llegó la torta. Tenía solamente tres velas. Todos cantaban y aplaudían. Yo moví los labios, pero sin sonido. Como mucho, emití un tarareo imperceptible. 3. Esa misma noche, ella me dijo que quería vivir en You Tube, y yo le dije que prefería Villa Gesell a fines de los años ochenta. Después hablamos de un relato de ciencia ficción rusa que se llama La máquina de la simplificación total. La trama es muy simple. Hay una máquina que simplifica todo. Al principio parece genial, pero después es siniestro. A veces cuando me quedo solo pienso en la extinción de los dinosaurios. Eso no se lo digo a nadie. 4. Cuando hablamos de El Hombre nuclear, Jimmy me contó que el personaje de la serie que más lo había impactado estaba basado en la
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leyenda del Sasquatch. Pero, en realidad, era un robot creado por extraterrestres. Lo interpretaba un luchador francés, un tipo enorme que se llamaba André Roussimoff. Después lo cambiaron por Ted Cassidy, el Largo de Los locos Addams. Jimmy me explicó que ese capítulo, donde Austin peleaba contra el Sasquatch-Extraterrestre, era uno de sus preferidos. Lo tenía grabado en un VHS y ya lo había pasado a digital. “Si querés te hago una copia, pero capaz que se puede bajar” me dijo. En ese capítulo hacía una breve aparición la mujer biónica. La segunda vez que el hombre nuclear y el Sasquatch-Extraterrestre se volvían a enfrentar era en un capítulo doble. La primera parte se transmitió en El hombre nuclear y la segunda parte en La mujer biónica. Según Jimmy, estos episodios cross-over forzaban a los espectadores a ver el desenlace de una historia en otro programa, otro día y en otro horario. Yo le cité cuando Austin tuvo que pelear contra una sonda con forma de disco diseñada para ir al espacio exterior que, por accidente, se quedaba en la Tierra y actuaba como si estuviera en otro planeta. Jimmy me dijo que conocía ese capítulo y que la idea de relativismo cultural que manejaba lo había impresionado mucho. 5. María Esther Saavedra dice que la izquierda-izquierda argentina tiene como objetivo primero y principal, antes que cambiar las condiciones de explotación y abuso del capitalismo, generar en sus militantes una gratificación narcisista. “El sujeto político en estos partidos y agrupaciones —escribe María Esther— busca sentirse parte de un proceso histórico y vive pendiente de ese cambio que desencadenará la revolución, mientras tanto le hace el juego a la derecha, porque si el cambio no es como quieren ellos, prefiere que no sea de ninguna manera.” (El subrayado es mío.) 6. Jimmy me dijo que entendía Distrito 9 de Neill Blomkamp como un cruce nuclear y pringoso entre la invasión a Irak y Robotech. La película incluía, siempre según él, referencias, reescrituras o citas de V-Invasión Extraterrestre, el apartheid, Ennio Morricone, La metamorfosis de Kafka,

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The Office versión británica y las villas miserias tercermundistas. A mí me pareció que era forzar un poco las cosas. 7. Durante la infancia de Frank, la familia Zappa se mudaba mucho porque su padre, que era químico y matemático, trabajaba para el Gobierno de los Estados Unidos. Después de pasar un tiempo en laFlorida, a mediados de los años cuarenta, volvieron a Maryland, donde Zappa padre consiguió responsabilidades como supervisor en una zona de pruebas militares que se llamaba Aberdeen Proving Ground. La casa que alquiló la familia Zappa estaba muy cerca de un almacén de gas mostaza, así que en las alacenas de la cocina se guardaban máscaras de gas por si había algún accidente. Referencias a gérmenes, armas químicas y otros aspectos de la industria de defensa aparecen en la música de Frank que, durante su niñez, enfermaba con frecuencia, sufriendo asma, dolores de oído y sinusitis. Una vez intentaron curarle la sinusitis insertándole un perdigón de plomo en cada fosa nasal. Aún hoy se desconocen los efectos secundarios de ese tratamiento. 8. El hermano de Jimmy cenaba tarde. Después le gustaba tomar un café y salir a patrullar la ciudad en auto. Ponía un disco y manejaba recibiendo los reflejos del alumbrado público en la cara. Las luces de freno de los autos le teñían las manos de rojo. Manejaba sin rumbo fijo por horas. Elegía las avenidas del centro pero también las calles desiertas de los barrios. A veces abría la ventanilla y el aire frío de la madrugada lo despertaba. Todos pensaban que el patrullaje funcionaba como una excusa y que el hermano de Jimmy salía al tráfico nocturno para relajarse. Él decía que luchaba contra el mal. Las dos cosas eran ciertas. 9. Una vez en el supermercado chino de Avellaneda y Gainza, Jimmy me dijo que su gran influencia vital para atravesar los años de confusión universitaria había sido el ciego que toca la guitarra en El duro. Le creí. El duro es esa película donde Patrick Swayze le arranca la carótida a un tipo y
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dice que estudia filosofía. En el supermercado no había nadie. Uno de los tubos fluorescentes de la góndola de lácteos parpadeaba. La china de la caja bostezó cuando nos cobró. En la puerta había un policía fumando.

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Ciencias virales
Yo diría al joven que tal vez lea estas líneas paseándose en los mismos claustros donde transcurrieron cinco años de mi vida, que los éxitos todos de la tierra arrancan de las horas pasadas sobre los libros en los años primeros. Miguel Cané

Conocí a la piba del Nacional Buenos Aires en una fiesta a fines del 2002. La gente estaba todavía un poco sorprendida pero había sido un buen año. El país, como un viejo boxeador, se levantaba del durísimo golpe del año anterior. Ahora le tocaba colgarse de las cuerdas, subir la guardia, abrir los ojos, dar dos pasos más y empezar de nuevo. Pero, insisto, nadie sentía algo especial, más allá de la sorpresa o un residuo de anécdotas y quejas perennes, porque finalmente nada importante había pasado. ¿Bancos multinacionales defraudando a pequeños ahorristas? ¿El liberalismo explotando después de haberse comido a sí mismo? ¿Una decena de muertos en Plaza de Mayo? ¿Civiles caídos bajo el fuego de la represión? La Argentina sabe de muertos y desposeídos. América sabe. El mundo prepara los velatorios de primera plana, un buen duelo con plañideras y café, y a otra cosa. Vivir en la periferia tiene ese gusto. Si naciste en Suecia, comprás tu parcela en el cementerio privado a los diecisiete años, te emborrachás hasta que las tripas te quedan blancas y después te pegas un tiro. Puestos a elegir, prefiero Buenos Aires. Y eso ya es decir mucho. Retomando, había conocido a esta piba del Nacional Buenos Aires en una fiesta. Hablamos mucho. Me gustaba, aunque me quedaban algunas dudas de si yo le gustaba a ella. Intercambiamos correos y nos escribimos. Ninguno de los dos se iba de vacaciones. Ella se llamaba Clara y era

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licenciada en Ciencia Política. Nos vimos todo lo que duró el verano. Después simplemente dejamos de vernos. En noviembre del 2003, con el fin del ciclo lectivo, volvimos a hablar. Durante el invierno, yo había renunciado a mi cargo en la universidad. Estaba cansado del maltrato, de la imbecilidad de los catedráticos con los que me tocaba lidiar, y sobre todo había desarrollado una teoría muy precisa sobre la esquizofrenia del conocimiento. Recobrado cierto confort económico que en realidad nunca habían perdido, los alumnos volvían, por recomendación de sus docentes, al cinismo y a la desidia. Para coronar mi renuncia podría haber escrito un ensayo titulado “Esquizofrenia, abulia y dominación”. Pero no lo hice. Por su parte, Clara había logrado entrar al Conicet mientras empezaba el doctorado. Así que yo iba de salida y ella seguía en carrera. Me lo contó cuando nos reencontramos. Nos citamos en un bar de la calle Córdoba a las cinco de la tarde. Hacía muchísimo calor y el cielo estaba nublado. Hablamos de muchas cosas. En un momento se largó a llover. Ella había elegido “el eje civilización y barbarie” para el doctorado. Según sus palabras “iba a intentar decir algo más sobre eso”. Le pregunté cómo. Me respondió que no tenía idea. —Facundo Quiroga fue nuestro Darth Vader —dije. Clara sonrió, pero yo se lo decía en serio. Quiroga era el héroe volk. Malo, pero el único con el poder para matar al Emperador Palpatine. En la historia argentina, sin embargo, había triunfado Rosas. Nadie había dicho la célebre frase que marcaba la paternidad perdida. Ni el oscuro Echeverría, ni el titánico Sarmiento, ni Alberdi, ni Varela, ni Varelita, ni el mismísimo Urquiza, ni Mitre, ni Avellaneda, ni Roca. Nadie había escuchado el sordo ronquido silabeando lo de “Luke, soy tu padre”. La historia se parece a las películas. Pero nunca es las películas. Esa tarde, mientras la ciudad se inundaba, caminamos hasta Corrientes y fuimos a la nueva casa de Clara. Había alquilado un tres ambientes en Almagro con el dinero de la beca. El techo del baño estaba manchado de humedad y la cocina tenía forma de pasillo, pero no era un mal lugar. Hicimos el amor hasta que amaneció y paró de llover. Volvimos a pasar el
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verano en Buenos Aires. En febrero ella se fue quince días con unas amigas a las sierras de Córdoba y me dejó las llaves del departamento. Yo no tenía trabajo, así que me encerraba a leer y a mirar la televisión protegido del calor y la humedad por el aire acondicionado. En abril de 2004 todavía seguíamos juntos. Un día le conté la historia de la sobrina de Victoria Ocampo. Estábamos tomando una cerveza desnudos en la cama. La historia es así. Bioy y Silvina se casan y deciden irse de luna de miel un año a Europa. Al viaje, invitan a la sobrina preferida de Victoria, que se llamaba Jenka y tenía dieciséis años. Jenka acepta acompañarlos y lo que se dice es que Bioy y Silvina la comparten sexualmente. Cuando finalmente regresan, Jenka, que era muy bella y había sido campeona juvenil de golf, se mete en una estancia familiar de la provincia de Buenos Aires y no vuelve a salir. A veces habla por teléfono con Silvina. Pero sigue así, autoexcluida del mundo, hasta su muerte. —La reina Victoria nunca les perdonó eso —le expliqué a Clara—. Su resentimiento contra ellos viene de ahí. —¿Y qué hizo Jenka todo ese tiempo? —preguntó ella. —No sé, recordaba las noches de la Rive Gauche, supongo. Se escuchaba el sonido del aire acondicionado. —La gente que tiene dinero es desgraciadamente histérica —agregué. —¿Y los que no tienen dinero? —preguntó Clara. —Son desgraciadamente histéricos, pero con movilidad reducida. Pasamos el 2004 juntos y llegamos al 2005 hablando de nuestra infancia. Yo le conté que había hecho toda mi educación básica en el Normal Nº4 Estanislao Severo Zeballos. Estanislao Severo Zeballos había sido un ganadero y político rosarino. Diputado varias veces por su provincia, ocupó el decanato de la Facultad de Derecho y fue ministro de relaciones exteriores de Juárez Celman. Aparte, escribió un par de libros, fundó el Instituto Geográfico Argentino y durante toda su vida se dedicó a coleccionar los cráneos agujereados de los indios del desierto argentino. Cuando murió, la colección pasó al Museo de Ciencias Naturales de La

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Plata. Se decía que Zeballos tenía la calavera de Mariano, el ahijado ranquel de Rosas. Clara me preguntó si eso me lo enseñaban en el colegio. —No, los profesores no tenían ni idea de quién era Zeballos. Ella me contó que, durante su infancia, cuando llegaba el verano, sus padres la llevaban con sus hermanas a una quinta que quedaba en Ezeiza. Una vez su hermana mayor agarró una víbora en una bolsa de papel y como tenían miedo de que fuera venenosa no se animaban a abrirla. Su hermana quería tirarle Raid. Al final decidieron meterla en una olla y quemarla. —Eran unas ollas de aluminio muy grandes que usaban para hacer dulce —me explicó. Cuando encendieron el fuego, empezó a salir humo. Esperaron y después abrieron la tapa para mirar. Entre el hollín había un cordón negro y seco. —En una de las puntas —dijo Clara— había un agujero que parecía una boca gritando. Pasamos un tiempo así. Nos gustaba desayunar juntos. Un martes del invierno del 2005 me llamó desencajada. Su voz se escuchaba aguda en el teléfono. Yo estaba dando unos cursos de cine y literatura en una escuela de periodismo. Pagaban bien pero los alumnos parecían androides y preparar las clases me dejaba exhausto. La escuché preocupada. —Tengo que entregar el proyecto final y no hice casi nada. ¿Qué había estado haciendo todo ese tiempo? Se lo pregunté de la forma más delicada que pude. —No sé, escribí algunos papers. Había ido a varios congresos, la mayoría en Buenos Aires, pero también en Rosario, Córdoba, Mendoza, una vez incluso se había ido a Brasil. No recuerdo a qué ciudad. —¿Y podés reciclar algo de ahí? —No, es otro tema.

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Con mucha facilidad las excusas de la cultura académica argentina se dan vuelta y te muerden la cara. Tomé un taxi y fui a verla. Me recibió en pijama, con los anteojos de leer puestos. Me senté y me explicó la situación. Tenía que presentar diez páginas de proyecto, más dos páginas de bibliografía y algunas cosas más. Los formularios arriba de la mesa hablaban el lenguaje intimidante y mudo de la burocracia. Ella me explicó que todo pasaba por “el punch de la hipótesis”. El proyecto iba a una mesa examinadora, y a otra instancia más, y de eso dependía la renovación de la beca. Afuera hacía frío y no se veía a nadie en la calle. El monitor irradiaba una luz azul metalizada. —¿Y cuándo lo tenés que presentar? —Mañana —dijo. La vida del becario es así. No tenía mucho sentido revolver la herida. Leí lo que había escrito. Era toda la historieta, bastante completa y bien glosada, aunque intrascendente y previsible. La civilización y la barbarie jugando en la mesa de la intelectualidad, a diestra y a siniestra, el otro y el propio, al derecho y al revés, como un guante sucio y muy usado atravesado por las arrugas que deja el trabajo manual de una región periférica. No faltaba ninguno de los ejemplos. El libro de la civilización que lleva el nombre del bárbaro, la cita equívoca en otro idioma, la ignorancia duplicada, la economía de la lectura y la lectura sesgada, la violencia política. Había una sola idea que reflejaba algo un poco menos trillado. En un momento se señalaba a la cultura europea como un botín de guerra, una herramienta que ejercía presión partidaria sobre los criollos siempre a medio educar, siempre centauros, brutos, mitad hombres, mitad caballos. Y lo interesante era que no fijaba ese “efecto de dominación” en el siglo XIX sino que se lo extendía con algunos detalles a la historia argentina del siglo XX. —¿Por qué no seguís por acá?

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Le señalé una línea en el monitor. Decía: “La actualización de esta dualidad, que recorre toda la historia Argentina, espera todavía a sus teóricos…”. —Es un poco pretencioso, ¿no? —me respondió ella. Esa noche rellenamos formularios, discutimos y escribimos. En nuestro invierno del 2005, el efecto del Fin de la Historia se había eclipsado. Cocidos en su propio jugo, los Grandes Relatos volvían de las brumas teóricas. Las Torres caían una vez en la televisión por cable. Esa noche, insisto, nosotros optamos por irnos directo al siglo XXI, desafiando a los teóricos de la década del 90 que pensaban que las periodizaciones terminaban con la vuelta de la democracia. —Hagámoslo desde hoy hacia atrás —dije en un momento. No fue un gran ejercicio intelectual ni un desafío importante. La maquinaria académica está tan obsoleta que ya no tiene ni reflejos para defenderse. La estafa era doble, pero ¿quién se puede quejar a esta altura? Clara hizo café y empezamos con un par de afirmaciones categóricas. En el siglo XX la realidad podía ser dual. Se habían terminado de fijar las dicotomías que la humanidad había arrastrado desde sus orígenes. La lucha era constante y la mezcla, evidente. Los negros de abajo también formaban cuadros dispuestos a pensar categorías que los incluyeran. Los blancos de arriba compraban los votos de los negros de abajo. Y al final, había negros de arriba, blancos de abajo. Largo etcétera. La dialéctica funcionaba de otras mil maneras similares. Pero ahora, pasado el umbral del siglo XXI, el vidriado pantano del pensamiento abstracto había mutado al código binario. Ya no se trataba de un planteo dual entre el mal o el bien, sino de la disposición acumulativa de ceros y unos. En esa espesura digital, los comentarios anónimos en los blogs, los mensajes de texto errados y la conexión permanente a lo perecedero, y otras muchísimas situaciones comunicacionales vertiginosas, atentaban contra las ideas humanistas de la Razón y la Fe. Los intelectuales y escritores analógicos se sentían agredidos por la proliferación de blogs y redes sociales. Era el principio de una nueva barbarie. (Clara insistió en ponerle el “poscolonial” porque le sonaba bien.)
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Internet, entonces. Soporte automático de la Gran Banalidad, dándole un duro refresh a los mitos del mundo. La web, sus ramificaciones sociales y sus usuarios, entendidos como una Neo-Barbarie (Poscolonial) que pedía nuevos y más sofisticados racionamientos crueles, de la mano de la ansiedad y la inmediatez. —Y nuestro protagonista tiene que ser Facundo Quiroga —le dije. “Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo.” Clara dudó. Elaboré una teoría sobre la posibilidad de los héroes en la vida digital. La búsqueda era de ídolos negativos, para odiarlos, para decepcionarse, para festejarlos en la muerte, para canibalizarlos, para poder denigrarlos, para mantener la queja. No llegué a hablar de un nuevo fascismo. La cuestión era mucho más pesada. —No hay líderes positivos en internet —dije. Esa era mi idea. ¿O no es todo sospechoso en la web? No hablo sólo del error. No sólo eso. De hecho, la paranoia limpia y pule cada lugar de sentido. Y de esa nueva barbarie, de esa nueva consagración histérica, surge la nueva esquizofrenia de la que se nutren los héroes negativos. A Clara lo de “los nuevos héroes negativos” le resultaba un exceso. Me senté en la computadora y escribí un párrafo. “Los nuevos héroes negativos son sinceros, no son buenos, son malos, nos van a lastimar, y nos van a liderar entre el humo del masoquismo hacia el caos en su propio beneficio. Serán honestos en eso y sólo en eso.” Clara lo borró. —Como quieras, pero al salón de actos del Apocalipsis entramos de la mano de Facundo Quiroga, el mejor de los peores —dije. No me escuchó. Aproveché que se sacó los anteojos para limpiarlos con gesto cansado, y fui al baño. Mientras orinaba pensé algunas cosas. ¿Por qué el peronismo
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reivindicaba a Rosas, que hubiera hecho apalear cualquier reclamo gremial? ¿Quiroga Tiger era demasiado punk? ¿Los corría a todos por izquierda? ¿Le gustaba demasiado el asado, la fuerza, los caballos anarquistas de la pampa pre-nuclear? Facundo en moto, anteojos negros y campera de cuero. La leyenda “El tigre de los llanos” fileteada en dorado sobre el tanque de nafta. Llamas amarillas en el guardabarros imitando lenguas de fuego. Reto a mi destino en la provincia de Buenos Aires. —La provincia de Buenos Aires es ideal para andar en moto —le dije a Clara cuando volví. No me escuchó. Cortamos para hacer un poco más de café. Ella me preguntó si tenía hambre. Le dije que no. Miré la hora. Mientras esperábamos que el agua se calentara, se me ocurrió que el peor virus informático era el narcisismo. Se lo dije. Clara sonrió. Estaba cansada. Pertenecer a un aparato académico como el Conicet es como estar en libertad condicional. Miré la noche por la ventana. Se veían algunas luces inmóviles. Ventanas que habían quedado iluminadas, cortinas mal cerradas o de tela traslúcida, el brillo de alguna antena. McLuhan decía que la esquizofrenia podía ser un derivado directo de la alfabetización. Nuestro mundo hiperconectado estaba en pañales. ¿Y las consecuencias psicológicas de Internet, estadio avanzado del capitalismo? Clara se había acostado en el sillón y me miraba. Serví el café y volvimos a la computadora. Habíamos perdido un poco el hilo. propuse. Ella no quería, pero la convencí. Empezamos, en voz alta. Una palabra cada uno. —Inseguridad. —Consumo. —Debilidad. —Agresión. —Violencia. —Dominación.
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—Hagamos una lista de palabras —

—Tecnología. —Mitos. (La tecnología siempre generó mitos.) —Ideología. —Falsa conciencia. —Masoquismo. —Recursos humanos. Después armamos frases. Creo que la mejor decía algo así: “Lejos de lo que suele dictar el sentido común humanista, a mayor autoestima y nivel cultural en los individuos de una sociedad, más fácil es dominarlos”. Cuando terminamos con los papeles eran las seis y media de la mañana. Todavía no había amanecido. Clara se volvió a tirar en el sofá y yo me conecté a Internet para ver mis mails. Mientras borraba el spam le conté mi anécdota preferida de la historia nacional. El general Paz cabalga después de una batalla. Tiene un buen caballo y la batalla terminó. Sus tropas acaban de dispersar a un grupo de federales y él va ensimismado, pensando que describir como “batalla” esa escaramuza es deshonrar un poco el arte de la guerra. Entonces escucha un grito, el sonido de las bolas y el relincho, y después siente que su caballo cede. Sus hombres, sus veteranos, sus artilleros científicos, están demasiado atrás, moviendo los cañones y levantando el campamento. Nadie lo puede auxiliar y nadie lo ve caer, y al caer Paz pierde el conocimiento. Cuando despierta está en una tapera en el medio de la pampa. Hay una raya naranja en el horizonte que dice que el día termina, y adelante, cerca de sus botas, se ven los restos de un fogón. Paz es un duro. Le falta medio brazo que perdió peleando. Tiene heridas de todo tipo. Pero siente miedo. Y entonces se le acerca Estanislao López. López es un conocido caudillo federal, su enemigo político. Paz lo ve acercarse y piensa en el pelotón de fusilamiento. Pero no. López trae en una mano un poncho para el frío, y en la otra, el Comentario a las guerras de las Galias de Julio César para que Paz se entretenga leyendo en su ocio de prisionero. ¿Qué edición era? ¿Dónde se había impreso? ¿Cómo había ido a parar a uno de los numerosos fortines del desierto del que seguramente había sido robado?
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Hice un silencio, y antes de seguir me di cuenta de que Clara se había dormido. Estaba hermosa. Me acosté en el piso, boca arriba con un almohadón en la cabeza. Y en vez de dormir, pensé en todos los adolescentes del mundo que en ese momento tenían relaciones sexuales con su computadora, mientras millones de viejos jubilados leían las noticias y otros millones de personas descargaban un archivo que en realidad no necesitaban. No sé por qué le dediqué un pensamiento a Natalio Botana con el pecho atravesado por el paragolpes de un auto en Jujuy. Y también me acordé de Victoria Ocampo entrevistándose con Mussolini. Y pensé en Ferdinand Bardamu trotando sobre el lomo despellejado de un caballo de guerra. Y pensé en las novelas de Ivy Compton-Burnett, en el final trágico de Mario Roberto Santucho, que era séptimo hijo varón, y también en un joven Isaac Newton obsesionado con los molinos de viento y acosado por las ganas de prenderle fuego a su madre mientras dormía. Cuando se hizo de día, me paré y preparé un poco más de café. Clara se despertó. Bostezó y fue al baño. Después imprimimos el proyecto. En un momento pensé que la impresora se iba a trabar y entonces íbamos a tener que salir corriendo a imprimir en la calle. Pero no. Todo anduvo bien. Cuando la carpeta estuvo lista pasé por el baño, me lavé la cara, hice pis y volví al comedor. Clara ya estaba lista para salir. Tomamos un taxi. Llegamos a la universidad a las ocho y media. Entregamos todo en una ventanilla iluminada con una luz quirúrgica. Una empleada nos miró sin interés y le pidió a Clara que firmara un formulario. A las nueve estábamos desayunando en el bar de la esquina. Yo venía con el envión, así que cuando nos trajeron las medialunas y el café con leche, asocié cultura digital y periodismo. La hipótesis que me salió no era gran cosa, pero mi elaboración fue bastante precisa. Si a lo largo del siglo XX el periodismo se había ido convirtiendo en símbolo y tierra fértil de lo salvaje, el grosso modo, lo errado y lo coyuntural en el peor sentido posible, el siglo XXI se abría con todas las pantallas del mundo ocupadas por la web, que era como un periodismo al cuadrado, o quizás al cubo.
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—Me voy a casa a dormir —dijo Clara. Había perdido el interés. Le dije que me quedaba. No tenía sueño. La vi cruzar la calle y parar un taxi. Pedí dos medialunas más. Alguien había dejado el diario en la mesa de al lado y lo agarré para hojearlo. El bar se empezaba a llenar de estudiantes y profesores. Después de mirar los titulares pasé a las noticias y leí que los padres del “niño globo” se habían declarado culpables. Un matrimonio de Colorado, Texas, había soltado un globo de helio con forma de plato volador para después denunciar ante las autoridades locales que su hijo había sido secuestrado y viajaba adentro. El engaño pegó medio país al televisor que siguió al falso OVNI durante unas horas. En realidad, el niño estaba oculto en el garaje de la casa. Después el padre admitió el engaño ante un juez y quedó detenido. Su esposa fue querellada por falso testimonio. Cuando lo interrogaron, el niño, cuyo nombre no trascendió, declaró que sus padres lo persuadieron porque “el show podía ser divertido”. Además dijo que habría preferido estar en el globo, ya que encerrado en el garaje de su casa se aburría mucho. Cuando terminé de leer la noticia, instintivamente miré la calle. Los autos pasaban. La gente subía y bajaba del transporte público. Había un hombre con un megáfono; todavía no había empezado a hablar. Una mujer miraba la vidriera de una zapatería. Y más allá se veía la plaza, donde los puestos de libros y revistas seguían cerrados. Yo había terminado el café con leche y un hombre entró al bar. Tenía un llavero colgando del pantalón que me llamó la atención. Las llaves sonaban a cada paso que daba. Entonces volví a la ventana y miré el cielo. Estaba despejado. No me costó casi nada imaginar un globo subiendo, lento, en el aire frío de la mañana.

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Nota
“Algunos personajes y situaciones que no deberían formar parte de un cuento sobre el peronismo” se incluyó en la antología Un grito de corazón, de Random House Mondadori. Creo que el relato todavía se puede leer, pero no es un dato irrelevante que haya sido escrito a principios de 2009 y publicado poco después. “La Sangre de España no mancha las manos” salió en la edición española de La banda de los corazones sucios, una antología que el narrador peruano Salvador Luis armó en el 2010. “Ciencias virales” apareció en la versión boliviana de esa antología, publicada en la ya legendaria editorial El Cuervo. La idea de que Facundo Quiroga fue nuestro Darth Vader, incluida ahí, es de Alejandro Soifer. “Los hermanos rusos” fue publicado en el blog de la librería Eterna Cadencia en marzo del 2011. Cuando Pau Sanmartí, autor de Otra historia del formalismo ruso, que se cita en el relato, lo leyó, me comentó que Víctor Sklovski conocía a Jack London. Me comentó que incluso era uno de sus escritores preferidos ya que valoraba mucho la novela de aventuras. También me señaló que aunque no le dedicó páginas críticas sí tomó una de sus historias para el guión de Dura Lex que escribió con Lev Kuleshov. “Mi fin del mundo nuclear” apareció con otro título y algunos cambios en la Revista Ñ, el sábado 26 de marzo del 2011. Una versión muy diferente de “Sobre Ricardo Piglia” salió en la revista catalana Quimera número 325 de diciembre del 2010. Y una primera versión de “Madres de plaza de mayo mecanizadas” fue parte de la revista digital Otro Cielo en el mismo año. Escribí “La masacre del equipo de vóley” para Vienen bajando, primera antología argentina del cuento zombie, que compiló Carlos Godoy. Se la puede descargar gratis de www.elcec.com.ar/coleccion-rino-nueve y salió a fines del 2011.

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Juan Terranova nació en Buenos Aires a fines de 1975. Publicó, entre otras, las novelas El Caníbal, Mi nombre es Rufus, Los amigos soviéticos, Hiroshima y El vampiro argentino. También las crónicas La Virgen del Cerro, Diario de Alcalá y Unos días en Córdoba. Su primer libro de relatos, Música para rinocerontes, fue editado por la prestigiosa editorial boliviana El Cuervo. Escribe todos los días en su twitter @juanterranova y a veces en su blog www.elconejodelasuerte.blogspot.com. Su libro La masa y la lengua, artículos sobre Internet, literatura y redes sociales puede ser descargado en formato digital de www.elcec.com.ar Forma parte del cuerpo docente del Centro de Estudios Contemporáneos.

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Instrucciones para dar el gran batacazo intelectual argentino de Juan Terranova se terminó de hacer en abril del 2012. La presente edición digital es de libre circulación y descarga. Todos los derechos pertenecen a Juan Terranova.

www.reinanegra.com www.elcec.com.ar

Buenos Aires, Argentina.

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