Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora

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“TIEMPOS MODERNOS”
Fragmento de la obra del prestigioso periodista e investigador británico Paul JOHNSON. Javier Vergara Editor S.A., año 1998. Páginas 620 a 623 y página 785 Pág. 620 a 623: .........Argentina hubiera alcanzado un crecimiento económico dinámico y autónomo durante los años 50 y la historia calera de América Latina hubiera sido distinta. En cambio, Argentina fue víctima de los dos males que envenenan a América Latina: el militarismo y la política. Durante el siglo XIX el golpe militar se había convertido en un modo estándar de modificar el gobierno. Esta práctica desastrosa continuó después de la llegada del sufragio universal. Por ejemplo, durante los años 1920-1966, hubo ochenta golpes militares de éxito en dieciocho países latinoamericanos, y Ecuador y Bolivia fueron los casos principales, nueve golpes cada uno, y seguían Paraguay y Argentina con siete cada uno. El principal golpe en Argentina fue en 1943. La junta designó ministro de Trabajo al coronel Juan Perón, hijo de un agricultor pobre, que había hecho carrera en el ejército; un apuesto campeón de esquí y esgrima, ágil de mente y cuerpo, estudioso de la sociología, un seudo intelectual del tipo que había de ser muy común durante la posguerra. Hasta ese momento los militares se habían mostrado hostiles a los sindicatos. Perón descubrió que, si protegía al movimiento obrero, podía formar su propia base de masas. En su condición de ministro de Trabajo se hizo cargo de los sindicatos. Hasta ese momento, los líderes sindicales habían sido objeto de sobornos personajes. Perón sobornó a todo el movimiento obrero. La carrera de Perón ilustró la identidad social de la voluntad marxista y fascista de poder, pues según las ocasiones tomaba prestado fragmentos de Lenín, Mussolini, Hitler Franco y Stalin. Poseía gran encanto personal; una soberbia voz de orador; el don de la verborrea ideológica. Decía de sus partidarios obreros que eran “los descamisados” (en realidad, estaban bien pagados). Denominó Justicialismo a su filosofía, y fue el primero de los falsos “ismos” en lo que habría de convertirse en el Tercer Mundo. Perón podía afirmar que era el prototipo no sólo de una nueva clase de dictador latinoamericano, sino de todos los individuos poscoloniales carismáticos de África y Asia. Era el nexo entre el dictador desordenado de viejo estilo y el nuevo modelo de Bandung. Demostró cómo podía manipularse la democracia del número. Carecía de sustancia. Cuando disputó con sus colegas militares en 1945, el único recurso que pudo concebir fue arrodillarse y rogar con pasión. Su amante, Eva Duarte, feminista militante, fue la que movilizó a los trabajadores y consiguió la libertad de Perón. Al casarse con ella, Perón conformó a la Iglesia. Después, obtuvo una notable victoria (24 de febrero de 1945) en una de las pocas elecciones libres conocidas en la historia de Argentina. Durante su presidencia, Perón ofreció una demostración clásica, en nombre del socialismo y del nacionalismo, del modo de destruir una economía. Nacionalizó el Banco Central, los ferrocarriles, las telecomunicaciones, el gas, la electricidad, la pesca, el transporte aéreo, la siderurgia y los seguros. Creó un organismo oficial de comercialización de las exportaciones. Organizó el Gran Gobierno y un Estado de bienestar en un solo movimiento: el gasto en los servidos públicos, como porcentaje del PBN, se elevó del 19,5 al 29,5 por ciento en cinco años. No tenía un sistema de prioridades. Dijo al pueblo que lo tendría todo de una sola vez. En teoría, así fue. Se otorgó a los trabajadores trece meses de sueldo por un año de trabajo; vacaciones pagas; beneficios sociales en el nivel de los países escandinavos. Investigaba a una firma muy eficaz que gastaba generosamente en sus trabajadores, y obligaba a todas las empresas a copiar esas prácticas, al margen de los recursos que ellas tuviesen. 1

Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora
www.lalibertadora.org Al mismo tiempo, desencadenó un ataque frontal sobre el sector agrario, la principal fuente argentina de capital interno. En 1951 había agotado las reservas y descapitalizado el país, descalabrado la balanza de pagos e incorporado la inflación salarial al sistema. Al año siguiente, la sequía afectó al país y llegó a su culminación la crisis. Al comprobar que desaparecía su punto de apoyo, Perón pasó de la demagogia económica a la tiranía política. Destruyó la Suprema Corte. Se apoderó de la radio y de La Prensa, el principal diario de América Latina. Rebajó el nivel de las universidades y manipuló la constitución. Sobre todo, creó “enemigos” públicos: Gran Bretaña, Estados Unidos, todos los extranjeros, el Jockey Club, quemado por sus pandillas en 1953, con la destrucción de su biblioteca y su colección de arte. Al año siguiente se volvió contra el catolicismo, y en 1955 sus turbas obreras destruyeron las dos iglesias argentinas más hermosas, San Francisco y Santo Domingo, así como muchas otras. Esta fue la gota de agua que colmó el vaso. El ejército lo derrocó. Perón huyó en una cañonera paraguaya. Pero sus sucesores nunca pudieron restablecer el mínimo de intervención oficial que había promovido la riqueza argentina. Se habían formado muchos intereses creados: un Estado enorme y parasitario, sindicatos todopoderosos, un amplio ejército de empleados públicos. Una de las lecciones lamentables del siglo XX es que, apenas se permite la expansión de un Estado, es casi imposible reducirlo. El legado de Perón demostró ser más duradero que su verborrea. Pero él mismo exhibió bastante perdurabilidad. En 1968 el jefe de los militares, el general Alejandro Lanusse, juró: “Si ese hombre.., vuelve a poner el pie en este país, uno de nosotros, él o yo, saldrá muerto, porque no permitiré que mis hijos sufran lo que yo sufrí.” Cinco años más tarde, en su condición de presidente, organizó las elecciones que dieron una abrumadora mayoría y el poder a Perón, entonces un hombre de setenta y nueve años: un caso, como dijo el doctor Johnson del segundo matrimonio, de “triunfo de la esperanza sobre la experiencia”. A esta altura de las cosas, había cambiado el curso entero de la historia de Argentina. El país había desaprovechado su oportunidad de convertirse en economía avanzada, y se había visto degradado en forma permanente a la condición de una república latinoamericana de segunda clase, condenada al atraso industrial, a la inestabilidad política y la tiranía militar. A fines de los años 70 y principios de los 80, la vida pública de Argentina cobró perfiles cada vez más salvajes, y en 1982 incluso hubo una temeraria aventura militar contra las Islas Falkland de Gran Bretaña, un episodio que terminó en una derrota humillante. La revolución peronista fue un desastre más general para la totalidad de América Latina, y también para Estados Unidos. La analogía con Canadá perdió valor. A causa de la frustración y la desesperación, floreció la demagogia; y los demagogos como había hecho el propio Perón, optaron por la solución fácil e imputaron la culpa a Estados Unidos. Más aún, Perón mismo continuó siendo un ejemplo vigoroso. Se había “enfrentado con los yanquis’; había logrado que su país fuese por primera vez realmente independiente. Fue olvidado el fracaso de su gestión económica; se recordó e imitó su éxito político. La sombra de Perón se proyectó sobre Cuba. Como Argentina antes de Perón, Cuba era uno de los países latinoamericanos más ricos. Pero su estructura económica era muy distinta. En realidad, era parte de la economía norteamericana. Cuando en 1898 conquistó la independencia, lógicamente hubiera tenido que convertirse en un estado norteamericano, como Texas o Nueva México o en una colonia, como Puerto Rico, para alanzar después una jerarquía más elevada. En 1924, la inversión norteamericana en Cuba ya se elevaba a 1.200 millones de dólares. Cuba obtenía de Estados Unidos el 66 por ciento de sus importaciones, y le enviaba el 83 por ciento de las exportaciones, principalmente azúcar. En 1934, el Acuerdo Comercial Recíproco prohibía que Cuba impusiera tarifas aduaneras o cuotas a una amplia gama de importaciones norteamericanas; el quid pro quo, la Ley Jones-Costigan, garantizaba que Estados Unidos recibiría al azúcar cubana y la pagaría a precios generosos. El arreglo fue considerado por Earl Babst, jefe de la American Sugar Refining Company, “un paso en la dirección de una buena política colonial”. Después de 1945, el dominio de Estados Unidos en la economía cubana decayó lentamente. 2

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www.lalibertadora.org Pero incluso durante la década de 1950, el embajador norteamericano en La Habana, como lo atestiguó uno de ellos, era “el segundo personaje de Cuba por orden de importancia, a veces incluso más importante que el presidente”. De hecho, Cuba era una suene de satélite norteamericano. Pero la liquidación de la Enmienda Platt la convirtió en un país por completo independiente, en teoría. En esta cuestión estuvo la fuente de muchos sentimientos de irritación. Como la gran mayoría de los dictadores latinoamericanos, los de Cuba siempre habían comenzado como liberales y terminaron como tiranos, y en general en este proceso solían reconciliarse con el predominio norteamericano. El último dictador de viejo estilos por supuesto un ex liberal, había sido Gerardo Machado, derrocado en 1933 por un golpe de suboficiales dirigido por Fulgencio Batista. Este sargento-taquígrafo era un auténtico hombre de pueblo; medio indio, de origen, su padre había sido trabajador del azúcar. El propio Batista había trabajado en las plantaciones. Era un extremista. El embajador norteamericano, Sumner Welles, creía que su régimen era “francamente comunista”, y quiso que se enviaran acorazados a Cuba. El líder comunista Blas Roca afirmó que Batista en el padre del Frente Popular, “esta grandiosa reserva de la democracia cubana”, “el ídolo popular, el gran hombre de nuestra política nacional”. Batista manejó la presidencia personalmente en 1940-1944 pero general utilizó testaferros. Estaba coaligado con los estudiantes extremistas, y su sustituto favorito como presidente era el líder de los jóvenes, Ramón Grau San Martín, que fundó el Movimiento Revolucionario Auténtico (los Auténticos, contrapuestos a los Ortodoxos, los revolucionarios opositores). Pero según se vio, Grau era un sinvergüenza, un hombre débil manejado por una amante codiciosa. “Hable con Paulina”, era su sistema de gobierno. Cuando Batista reasumió el poder, en 1952, el daño estaba hecho, y él mismo se había sumido en el pantano del peculado. Y lo mismo podría decirse prácticamente de todas las figuras de la vida pública. Durante los años 40 y 50, Cuba se convirtió en una sociedad de pistoleros extremistas. En los viejos tiempos, Estados Unidos habría intervenido e impuesto el dominio de una persona honesta. Ahora, eso estaba excluido. Pero Estados Unidos, inevitablemente, tenía que ver con los principales episodios de la vida cubana. En la época del peronismo, se le achacaba la culpa de todo lo que sucedía. Cuba ilustró la distancia entre las palabras y la realidad que habría de convenirse en la característica más notable del Tercer Mundo. En la esfera de la política, todos hablaban de la revolución y practicaban el peculado. Por supuesto, la corrupción estaba vinculada con la violencia. La presidencia de la unión de estudiantes de la Universidad de La Habana, una institución casi tan importante como el ejército, se definía mediante las armas. La policía no podía ingresar en el claustro. La policía del claustro caía víctima de los asesinatos o vivía aterrorizada. Muchos estudiantes portaban pistolas 45, y los tiros interrumpían las clases. Los comunistas estaban tan corrompidos como todos. Grau solía decir, cuando lo recibían con el saludo del puño cerrado: “No se preocupen: ¡mañana abrirán el puño!” Los únicos que se oponían a la corrupción eran unos pocos ricos, por ejemplo el excéntrico Eduardo Chibás, líder de los Ortodoxos; e incluso él participó de la violencia por su intervención en duelos. Las diferentes fuerzas policiales se enredaban en riñas de pandillas que enfrentaban a unas contra otras; la mayoría de los pistoleros políticos, organizados en “grupos de acción” y caracterizados por los lemas marxistas, fascistas o peronistas, recordaban la Alemania de principios de los años 20. Los estudiantes suministraron los peores asesinos y las víctimas más patéticas. Uno de los estudiantes pistoleros era Fidel Castro. Su padre provenía de Galicia, pertenecía a una familia de carlistas derechistas, y como la mayoría de los inmigrantes españoles, odiaba a los norteamericanos. Trabajó para la United Fruit, llegó a ser propietario de un fundo, prosperó y terminó con 10.000 acres y una fuerza de trabajo de quinientas personas. Su hijo Fidel se convirtió en político estudiantil profesional -al parecer, nunca deseó una profesión diferente de la política- y como era rico, apoyó a los Ortodoxos de Chibás. Según él mismo lo reconoció, cuando era estudiante portaba un arma. En 1947, a los veinte años de edad, intervino en la invasión de la República Dominicana por un “grupo de acción”, armado con una metralleta.

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Comisión de Afirmación de la Revolución Libertadora
www.lalibertadora.org Al año siguiente participó en un terrible brote de violencia en Bogotá, durante la Conferencia Panamericana. Afirmase que ayudó a organizar los disturbios, donde murieron 3.000 personas. El mismo año participó en una batalla a tiros con la policía cubana, y diez días después fue acusado de asesinar al ministro de Deportes. Batista supo que era un pistolero político excepcionalmente dotado, y trató de atraerlo. Castro declinó la oferta, a causa de lo que según él denominó eran “razones generacionales”. De acuerdo con un condiscípulo de la facultad de derecho, era “una persona hambrienta de poder, desprovista por completo de principios, dispuesta a unirse a un grupo cualquiera si creía que eso podía facilitar su carrera política”. Más tarde afirmó que su ………………………………………….

Pág. 785 …………..vistas, que por el aumento fenomenal de su número y autoridad, eran uno de los más importantes y malignos desarrollos de los tiempos modernos. Jean Jacques Rousseau fue uno de los primeros que afirmó que podía mejorarse a los seres humanos mediante el proceso político, y que el organismo del cambio, el creador de lo que él denominó el Hombre Nuevo, sería el Estado, y los benefactores auto designados que lo controlaban para beneficio de todos. Durante el siglo XX su teoría finalmente fue puesta a prueba en escala colosal, hasta la destrucción misma. Como hemos observado, hacia el año l900, la política ya estaba remplazando a la religión como principal forma de fanatismo. Para los arquetipos de la nueva clase, por ejemplo Lenin, Hitler y Mao Tse-tung la política —palabra con la cual designaban a la ingeniería social con propósitos elevados— era la única fuerza legítima de la actividad moral, el único medio seguro de mejorar a la humanidad. Este concepto, que habría impresionado a una era anterior como fantástico, incluso absurdo, se convirtió hasta cierto punto en la ortodoxia general: diluida en Occidente, virulenta en los países comunistas y gran parte del Tercer Mundo. En el extremo democrático del espectro, el fanático político ofrecía el Nuevo Trato, la Gran Sociedad, y el Estado de Bienestar; en el extremo totalitario, la revolución cultural, y siempre por doquier, los Planes. Estos fanáticos recorrieron las décadas y los hemisferios. Charlatanes, carismáticos, exaltados, santos seculares asesinos en masa, unidos en su creencia de que la política era la cura de los males humanos: Sun Yat-sen y Ataturk, Stalin y Mussolini, Jrushcbov, Ho Chi Minh, Pol Pot, Castro, Nehru, U Nu y Sukarno, Perón y Allende y Daniel Ortega, Nkruma y Nyerere, Nasser, el Sha Pahlevi, Gaddafi y Saddan, Hussein, Honecker y Ceausescu. Hacia los años 90 esta nueva clase gobernante había perdido la confianza en ella misma, y rápidamente perdía terreno y poder en muchas regiones del mundo. La mayoría de ellos, muertos o vivos, ahora se veían execrados en sus propias patrias, y sus grotescas estatuas eran derribadas o desfiguradas, como la cabeza burlona de Ozymandias de Shelley. ¿Era posible abrigar la esperanza de que la era de la política como la ‘era de la religión’ antes, ahora estuviese tocando a su fin? Ciertamente, hacia la última década del siglo se habían asimilado claramente algunas lecciones. Pero no estaba todavía claro si los males subyacentes que habían posibilitado estos catastróficos fracasos y tragedias —el ascenso del relativismo moral, la declinación de la responsabilidad personal, el repudio de los valores judeocristianos, sin hablar de la arrogante creencia de que los hombres y las mujeres podían resolver todos los misterios del universo mediante su propio intelecto aislado— estuvieran siendo erradicados. De eso dependería la posibilidad de que en contraste el siglo XXI fuese una era de esperanza para la humanidad.

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