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HABITANDO EL CÍRCULO

Habían pasado pocas horas desde que su avión aterrizase procedente de Buenos Aires. Un frugal desayuno a las doce de la noche a base de largos tragos de bourbon, aderezado por un inoportuno jet lag bastó a Hugo Esposito para caer en un profundo e irremediable sueño, apenas hubo llegado a su apartamento de la Calle Paralelos en Madrid. Cuando se despierta, derrotado y agotado, se sorprende a sí mismo en el suelo. Intenta incorporarse y logra apoyar su espalda contra la pared. Sus cabellos están empapados. Tirita… tiembla… Siente el sudor sangrando su rostro, “búsqueda suave del alcohol”, se dice, para dar los buenos días a las estrellas, que le guiñan el ojo a través de la ventana. Levanta la cabeza, y advierte entonces el caótico cuadro en que se ha convertido su apartamento: libros, revistas y más libros invaden el sofá, una botella de cerveza salta al vacío desde la mesa. “Búsqueda suave de los pantalones” se dice, para preguntarse dónde diablos los arrojó “¿anoche?”. No lo recordaba. Su precipitada salida hacia Buenos Aires propició que los malos aires habitasen la casa en su ausencia. Ese ambiente cerrado, tan espeso como para propinarle un puñetazo en la cara y tumbarlo, junto a un escalofrío que le recorre el cuerpo entero le confirman que ha bebido demasiado. El alcohol es para Esposito, piensa, no para Hugo. Y entre este desconcierto, pintada con una caligrafía temblorosa sobre la superficie de la pared, acierta a leer una frase que le hace sonreír: “yo ya no soy yo”. Tampoco lo recordaba. Él ya no era él, y sin embargo seguía sintiéndose culpable. Las vidas de Gabriela y Jakov, no eran las únicas que había destrozado. Un tiro en la sien de su madrastra bastaron para sepultarla y tres a bocajarro, le abrieron las puertas del infierno al croata. Pero éstos ya no le preocupaban, se lo tenían bien merecido. “Búsqueda suave de nuestra razón”, se dice, para despejar las dudas que le acusan de que él no está loco, de que él no es un asesino… “fue él, Esposito. Yo soy Hugo”. Recordaba que el día anterior… o hacía una hora… o tal vez lo había soñado… el caso es que de una u otra manera tenía en mente haber hablado con Navarro y que debía de encontrarse con él. Lo que no recordaba era dónde. Por ese motivo y porque quería evitar a toda costa encontrarse con el capitán Vidal, hizo todo el esfuerzo que su estado le permitía para buscar el teléfono. Encontró el cable y tiró de él. Al instante apareció el auricular.

Marcó como pudo su número. Una voz femenina respondió al otro lado: - ¿diga? … - pasaron unos segundos- ¿diga? …. Esposito responde: - Búsqueda suave… -susurra- de nuestros placeres -se gusta. - ¿Quién es?.... - Para mostrarte todo mi poder... - Váyase al diablo. - ¿Rosa? –pregunta inútilmente Esposito. Sus dedos de la mano izquierda no tienen la destreza que su mano derecha está demostrando en esos momentos. Está claro que se ha equivocado de número. Siguió en sus trece y probó suerte de nuevo pero esta vez, en uno de esos momentos de lucidez que sólo se consigue estando ebrio, decidió usar el móvil, pulsó la tecla de rellamada y logró marcar el número de Navarro. No obtuvo respuesta alguna. Navarro no contestaba… En la cabeza de Hugo, todo se mezclaba como un cóctel mal agitado. Recordaba al asesino del ojo de buey pero se lo quitaba de la cabeza con un manotazo al aire como si aquello fuera a alejarlo de sus recuerdos. Prefería a Rosa, pensaba en ella, y se complacía. Pero estaba allí por él. Había vuelto a España para matarlo. No más huidas. Ya lo hizo una vez, cuando vino escapando desde Argentina huyendo de aquel monstruo. ¿Por qué le perseguía? ¿Qué tenía contra él? ¿Quién era el asesino del ojo de buey? Lo conocía. Lo investigó en Buenos Aires, hace unos años. Pero no sabía quién era. Y ha decidido afrontarlo, acabará con él para que no suceda lo contario. Tuvo que volver. No más huidas. Navarro le buscaba. Seguramente alguien le vio en el hotel. No podía esconderse y crear suspicacias. Lo único que desea es estar con Rosa. Compartir con ella su vida, pero eso es imposible porque “yo ya no soy yo”, y se autoconvence. El teléfono suena. - Teniente, he visto su llamada ¿ya está en Madrid? - Sí, Navarro. Aquí estoy, vivito y coleando. –contestó Hugo pensando en lo que en aquellos momentos se traía entre manos. - Ah, está bien. Bueno, como le dije ayer, dos nuevos cuerpos sin vida aparecieron en el Café de los Sueños. Uno de ellos, incrustado en un ojo de buey. - ¿Hay alguien allí? - Si, Pereira está inspeccionando la zona junto con los de la científica. - ¿Y el otro cadáver?

- Pertenece al padre de la chica, lo hallaron en la bodega. Fue difícil encontrarlo porque estaba escondido dentro de uno de los barriles que adornan el local. - Otro círculo… otro ojo de buey… ¿Y mi madrastra? ¿Dónde fue eso? –disimuló Esposito. - El cadáver de Gabriela, su madrastra, fue encontrado en el Hotel Miguel Ángel junto al croata, en el Paseo de la Castellana. - ¿Y el capitán? - El capitán está de un humor de perros... lleva días preguntando por usted. Mejor que no se acerque por la comisaría hasta que se le pase. - De acuerdo, nos vemos entonces en el hotel Miguel Ángel. Me ducho y salgo inmediatamente. – Hugo había recobrado la compostura en cuanto el nombre del capitán Vidal apareció en la conversación. - Ah, Teniente, se me olvidaba … Pero Navarro se quedó nuevamente con el móvil en la mano y la palabra en la boca pues el teniente ya había colgado. Justo cuando se disponía a guardar el móvil, éste volvió a sonar. Ésta vez con un número diferente pero Navarro no se dio cuenta. - Teniente se ha cortado… bueno no importa, le decía que uno de los muertos me dio algo para usted… un broche con forma de flor…. no me lo dio un muerto exactamente, quiero decir que me lo dio antes de que la matasen. Se trata de Marta, la hija del dueño del bar… ¿teniente? ¿está ahí? Bueno, se lo cuento en el hotel Miguel Ángel, por cierto… Pero la llamada volvió a cortarse. Esta vez fue el doctor Sosa quien colgó el teléfono de Marta que ahora tenía en su poder y en el que se había quedado registrado el número de Navarro, cuando la muchacha intentó llamarle en el Café de los Sueños con escasa fortuna para su salud. De esta forma el doctor supo dónde podía encontrar por fin a Hugo Esposito y zanjar un asunto que venía arrastrando de hace tiempo. *** El doctor Sosa llevaba casi tres semanas en España y aún no se había acostumbrado al frio de Madrid. Era el 27 de diciembre cuando llegó. Navidad. En su tierra se celebra la Navidad en verano, y aunque está acostumbrado a las inclemencias del tiempo en alta mar de su vida pasada de marinero, el clima de Madrid le cogió por sorpresa. Llegó con lo puesto y sin un euro. Allí los pesos no sirven. Tuvo que coger prestado a punta de navaja un abrigo para protegerse.

El doctor se consideraba un artista. Cruzar unas palabras con su modelo antes de darles la pincelada final sería una nueva sensación a experimentar. Jamás había hablado con sus víctimas agonizantes, sólo con sus cadáveres. El de Marta le dijo poca cosa aparte del peso de su cuerpo. Unos 53 kilos. Siempre había sentido un goce extraordinario ocultarse agazapado en la oscuridad contemplando sus obras y cómo éstas eran a su vez admiradas por los que por allí circulaban. Eran su público, sus espectadores. Su entrada al espectáculo era pasear por la calle justo en aquél momento y les había salido gratis, ¿qué más podían pedir? Si la obra no era de su agrado, ya lo intentaría mejorar en la siguiente, pero también pensaba no agradar siempre con su obra. Con la visión de horror en sus caras ya se sentía reconfortado. Los chillidos, alaridos y la histeria colectiva eran sus aplausos. Muchas veces pensaba si sería él mismo, creador y espectador de su propia obra. A eso es a lo que jugaba regalando y sesgando vidas. Muchas veces se sentía Dios… pero él era un científico y no se lo podía permitir. Con Marta fue distinto, quiso ser benévolo. La muerte de Marta fue tan fría, secante y rápida que se pudo describir en una frase. Y un suspiro de navaja, bastó para aupar a su padre hasta el cielo. O donde hubiese ido a parar. Pero con el detective Esposito era diferente, antes de darle matarile debía hablar con él. Gracias a aquella llamada telefónica que hizo al móvil del agente Navarro con el teléfono de Marta, el doctor Sosa pudo averiguar las intenciones de Hugo Esposito y supo cuales iban a ser sus movimientos en las próximas horas. Era su segunda visita al hotel Miguel Ángel, donde encontró el broche de “Martita”. Conocía sus secretos. No le resulto difícil introducirse por una de las puertas de servicio. A esas horas, la zona de servicios estaba en calma. Pasó junto a la cocina, vacía, dejo atrás la lavandería, callada, y giró la esquina del pasillo en busca de la escalera de emergencia. Escondió su maletín bajo la la escalera y subió por ella. Cuando llegó a la quinta planta, se encontró al policía que custodiaba la entrada a la habitación Royal Premier. Con la incertidumbre de alguien que se ha perdido, se acercó al policía y disimulando su acento argentino preguntó: - Perdone, creo que me equivoqué de planta, ¿podría usted indicarme… – llevó su mano al bolsillo en busca del broche.

- Lo siento, yo estoy trabajando. Si baja usted a recepción… - y en un abrir y cerrar de ojos, asestó dos picaduras contra los del agente y con una tercera, mortal y sanguinaria, quedó el broche prendido de la aorta de su cuello. Eran las 2.00 cuando un taxi llevó a Hugo Esposito al Hotel Miguel Ángel en la calle del mismo nombre junto al Paseo de la Castellana y aparcó detrás del coche patrulla estacionado frente a la entrada principal. La majestuosidad del hotel era tal que ocupaba tres números de la manzana. El detective miró hacia los ventanales del hotel. Todas las luces estaban apagadas a aquellas horas. “Qué tranquilo está todo”, pensó. Quien le iba a decir que a una distancia de cinco pisos de altura se había cometido un crimen, si no fuese porque fue él quien lo hizo y porque Navarro le confirmó que había ocurrido. El asesino siempre vuelve a la escena del crimen. Eso piensa la policía, Esposito no piensa igual y sin embargo allí estaba él. ¿Y dónde estaba Navarro? Había desaparecido. Un cosquilleo le decía que se había equivocado citándose allí. El desasosiego reinaba en el cuerpo del detective y aquel escenario sin actores acentuaba esa sensación. Podría decirse que todo estaba dispuesto de tal manera para tenderle una trampa al asesino. Y una de dos: o sospechaban de él y en aquel escenario él era el protagonista… o Navarro sabía más de la cuenta y algo turbio escondía. Ahora empezaba a hilar y todo encajaba. Ahora entendía porque estaba tan ansioso por contactar con él hace dos días. Demasiado interés. Y ahora se había esfumado y no respondía a las llamadas. Debería haber sospechado antes. Fue él quien le avisó del asesinato de la víbora y del croata. Él estaba presente en el levantamiento del cadáver del Lope de Vega. Fue él quien dio parte de los homicidios perpetrados en la FITM, el congresista y Rodrigo, homicidios que se cometieron en una misión que se la habían encomendado a Navarro: la seguridad durante el

Congreso de la FITM y vigilancia por si detectaba la presencia del asesino del ojo de buey. Pero estaba seguro que Navarro se había autoimpuesto más deberes: facilitar la huida al asesino. Por eso pensaba que cuando Rodrigo se interpuso en su camino, Navarro no dudó en quitarlo de en medio. No había más que ver el modus operandi de aquel crimen, un círculo sangriento alrededor del muerto simulando un ojo de buey. Que ridículo. Hasta Esposito empezaba a pensar como su enemigo. Estaba seguro que la verdadera causa de la muerte de Rodrigo fue un disparo de bala. Ahora recordaba como Navarro no le dejó examinar el cadáver de Rodrigo en la escena el crimen cuando se lanzó contra su cuerpo abrazándolo y llorando como un niño mientras decía “la he cagado”. El informe de la autopsia del cadáver del congresista confirmaría sus sospechas, eso si Navarro una vez más colocado estratégicamente en una posición privilegiada con libre acceso a todos los archivos del caso, no se había

encargado de hacerla desaparecer. Pero todavía le quedaba el cuerpo. Una visita al departamento forense y huir de aquel escenario por segunda vez era lo que le pedía el cuerpo. Y eso hubiese hecho hace unos días pero él ya no era él, por lo que prefirió correr el riesgo y comprobar si verdaderamente le habían tendido una trampa. Se dirigió hacia la puerta del hotel, no sin antes coger el teléfono, y marcar el número de Vidal. *** - ¡Pero qué huevos tienes Navarro! –escupe Vidal a grito pelado entrando con el aplomo de un tornado en el despacho del agente-. ¡Te mando buscar a Hugo y me sales con que nuestro mejor hombre es el principal sospechoso del asesinato de su madrastra en un lujoso hotel de Madrid en pleno Paseo de la Castellana! –grita encolerizado el capitán. - No se olvide del croata. Verá, encontré este nudo marinero en la escena del crimen. Es un nudo as corredizo. Es el que usaron para atar a la inspectora. - ¿Y un policía de Madrid cómo cojones sabe de nudos marineros? - Fue Hugo quien me enseñó a hacerlo en una vigilancia, ése y muchos más. Él los aprendió cuando investigaba al asesino del ojo de buey en Buenos Aires. Vidal veía que aquella historia podía cuadrar. - Está bien, contacte con él y enséñele el nudo, a ver cuál es su reacción. - Ya lo he hecho capitán. He quedado con él en el hotel Miguel Ángel, veremos qué cara pone cuando pise la suite Royal Premier. El capitán se disponía a salir cuando de repente sonó el teléfono. - ¡Vidal al habla! - Soy Hugo. Seré breve… - ¡Hugo! ¿Dónde te has metido? Llevamos buscándote desde hace días. - Acuda al hotel Miguel Ángel, en el Paseo de la Castellana… - ¡Me cago en la madre que me parió! ¡Desapareces casi una semana y ahora vienes dándome órdenes! - Se lo explicaré cuando llegue. Creo que Navarro está implicado. - ¿Navarro? –aquello sorprendió al capitán - ¿Qué quieres decir?

Tres tonos de teléfono le respondieron que Esposito le ignoraba y preso de la ira el capitán Vidal lanzó su teléfono a un lugar que no le correspondía, más allá de su despacho. Hugo entró en el edificio, observó que no había nadie en el hall y sin pararse en recepción para que no le reconociese el conserje ni las cámaras, fue directo hacia uno de los ascensores. El doctor Sosa trataba inútilmente de limpiarse las manchas de sangre que el cuello del agente muerto escupía sobre su camisa, cuando advirtió que los números que indican las plantas del hotel sobre la puerta del ascensor se iluminaban progresivamente. Señal inequívoca de que alguien lo estaba usando, y pensó que si se ese alguien se dirigía a esa planta, lo mejor sería desaparecer. Colocó al agente una bolsa en la cabeza para evitar el reguero de sangre y se dirigió nuevamente hacia la escalera de emergencia. Una vez llegó a la planta baja, abrió la puerta de la lavandería y la cerró tras de sí. Desnudó al agente y lo vistió con ropas limpias que allí había de los huéspedes del hotel. Así mismo, se desnudó él y colocó sus ropas sucias en el tambor de una de las lavadoras y encendió el programa de lavado. Por suerte para él, aquellas lavadoras eran de última generación y, además de silenciosas, tenían la opción de programar el apagado automático. Nadie sospecharía al día siguiente. Les costaría tiempo relacionarle con aquellas ropas, si alguna vez conseguían hacerlo. Acto seguido, se vistió con la ropa del policía, cargó con éste al hombro, y protegido por las sombras que se escapaban a la tenue luz que iluminaba el interior del hotel, se dirigió a la zona de spa. Sabía lo que buscaba. En aquel lujoso hotel no podía faltar una piscina, sauna, o algo similar, por lo que sonrió al ver un cartel que indicaba “THE LAB ROOM” sobre una puerta de doble hoja oportunamente adornada con dos ojos de buey, en uno de los cuales instaló al agente. Hugo Esposito se extrañó de que en la quinta planta del hotel, no hubiese ningún policía custodiando la Suite Premier. Inspeccionó la habitación, y comprobó que estaba todo tal y como él lo había dejado hace unos días, excepto dos siluetas marcadas en el suelo sustituyendo a los cadáveres de Gabriela y Jakov. El sonido de unos pasos desvió sus pensamientos, se puso en guardia, se escondió tras la puerta abierta y por la ranura observó que un policía con un maletín en la mano se acercaba por el pasillo. El uniforme oscuro del policía disimulaba muy bien las manchas de sangre que lo ensuciaban. Esposito no lo advirtió. Salió de su escondite con cautela y mostrando su identificación se dirigió al agente: - ¿Por qué no hay nadie custodiando la entrada a la habitación? ¿Y ese maletín?

Pero antes de que Sosa pudiese responder, y dar muestras de su acento, reconocible para otro argentino por muy bien disimulado que esté, el sonido del ascensor les avisa de que tienen visita. Ambos se giran. Las puertas del ascensor se abren y aparece Navarro. - ¡Hugo, dichosos los ojos!- exclamó Navarro con júbilo- sssshhh – y automáticamente se lleva la mano a la boca en un acto de autoimponerse silencio vista la hora que era. Así era Navarro. Pero Hugo piensa que está interpretando muy bien su papel, y que de un momento a otro, se le echará encima junto con el agente que ahora mismo está colocado justo detrás suyo. Navarro se acerca despacio. Hugo observa una sonrisa en su rostro. También permanece atento al agente cuya sombra asoma sobre la alfombra. Navarro está casi a su altura, introduce la mano en el bolsillo interior de su chaqueta para extraer el nudo marinero y ver la reacción de Esposito en su cara. Pero éste piensa que Navarro va a sacar su arma y en un rápido movimiento le apunta con su revólver y abre fuego. Navarro cae al suelo desplomado, con un agujero en su frente y otro en su pecho, a la altura del bolsillo interior de su chaqueta. El nudo ya no lo es. Hugo Esposito se dispone a huir hacia la escalera pero no consigue hacerlo, pues el doctor golpea con las dos manos sus oídos, aturdiéndolo y haciéndole perder el equilibrio, e inmediatamente un tercer golpe en la tráquea le corta la respiración dejándolo inconsciente. Ante el sonido de los disparos las puertas de las habitaciones del hotel, comienzan a abrirse dejando ver las caras de perplejidad de los huéspedes al sufrir por segunda vez en poco tiempo la misma pesadilla. Pero ver cómo un agente de policía, maletín en mano, se lleva esposado al sospechoso escaleras abajo les tranquiliza, y les serena el ánimo comprobar lo rápida y eficazmente que actúa la policía de aquella ciudad. Ya en la calle el doctor Sosa sube a bordo del coche patrulla aparcado frente al hotel. “Leven anclas. Zarpamos”. La providencia le guía, una avenida larga y ancha es lo que necesita para no perderse en el océano de la ciudad. Y allí la tiene. Hace frío. Llueve. Conduce con el viento por la amura de estribor a lo largo del Paseo de la Castellana. Arrecia el temporal. A esas horas Madrid es un mar agitado plagado de icebergs de hormigón y cristal. Aunque es un hombre de mar sabe conducir pues ha pasado largas temporadas en tierra entre embarque y embarque, pero todos aquellos aparatos tecnológicos que le ofrece aquel coche de policía le suponen una incógnita. Él es un doctor, antes marinero y ahora un asesino. Maneja a la perfección el

cabrestante y la botavara, los bisturíes y las jeringas, pero no sabe usar un GPS. La brújula de su instinto le pone pues, rumbo al sur. Hacia la Plaza Colón. Deja atrás la Biblioteca Nacional. Imponente arrecife de cultura. Navega como un loco haciendo rugir las ruedas con cada viraje. Los neumáticos gimen de dolor. Aún no ha oído por la emisora el aviso de su huída, por lo que no va a ser él quien les dé razones para que le persigan. La mejor manera de pasar desapercibido es reducir la velocidad a 27 nudos. Unos 50 km/h. Ha alcanzado ya el Paseo de Recoletos. Para en el primer semáforo rojo que le sale al paso pese a que en la calle no hay un alma. Salvo otro coche que hace lo propio en el carril contrario y cree que quizás lo hace por la presencia de su coche de policía. Gira la cabeza y ve a Esposito, todavía inconsciente y oculto al exterior, tumbado sobre el camarote trasero. Al capitán Vidal le extraña no reconocer al agente que conduce aquel coche patrulla parado en el semáforo ante él. No es que conociese a todos los policías de Madrid pero los del hotel están bajo su mando y aquél viene de aquella dirección. Mete la primera y despacio se aproxima para preguntarle dónde se dirige. Pero el semáforo se pone en verde, el coche patrulla arranca y se aleja con toda normalidad. Vidal lo observa por el retrovisor pero las palabras de Hugo le vienen a la mente, “creo que Navarro está implicado” y recuerda las sospechas que éste y sus hombres tienen sobre el detective así que aprieta el acelerador y sigue su camino hacia el Hotel Miguel Ángel. El doctor continúa su travesía. Cruza la calle Alcalá a la altura de Cibeles. El viento sopla ahora con más fuerza. Las velas del palo mayor se empiezan a llenar. "Larga y cambia al medio". Mete la cuarta y acelera. Pasa por delante del Museo del Prado, y avanza por el Paseo de las Delicias. Recorridas aproximadamente mil yardas llega a mar abierto. Bracea las velas de proa. Otea el horizonte y por fin encuentra aquello que anda buscando. Un río. El río Manzanares desemboca ante él. Pasa la cangreja a barlovento para que ayude a orzar. Pisa el embrague. Sujeta la driza. Cambia de marcha. El argentino hace virar su embarcación hacia la calle Embajadores que costea paralela al río. El viento y la lluvia son constantes. Hace saltar las escotas de los foques para que descarguen el viento. Agarra el timón con fuerza, enciende las largas y entonces las ve. Dos embarcaciones encargadas de los servicios de limpieza del río se cobijan bajo los arcos del Puente del Rey. “Barco a la vista”, masculla entre dientes. El doctor se acerca, se dirige al puente y baja por una de sus rampas laterales acercándose a la orilla todo lo que los restos urbanos de algún naufragio le permiten. Fondea.

Cuando saca a Esposito del coche patrulla, éste aún no ha recobrado el sentido. Le tapa la boca con cinta y lo introduce dentro del ojo de buey de una de las embarcaciones. - Ahora, vos y yo vamos a tener una linda conversación. Hasta hoy, Hugo Esposito y Gustavo Sosa nunca se habían visto las caras ni cruzado una palabra. - Esto va a ser como un duelo Boca-River. ¿Vos sos de River? Si, vos sos de River que yo lo sé. Yo soy de Boca… este… por ahí no nos vamos a entender… pero no pasa nada. El doctor vuelve al coche y saca su maletín quirúrgico. Lo coloca sobre el maletero del coche, y comienza a canturrear suavemente… “que el mundo fue y será una porquería ya lo sé...”, abre el maletín y comienza el ritual: extrae una bolsa transparente que contiene un pliego de color azul celeste “…en el quinientos seis y en el dos mil también…”, sobre el que extiende todo un arsenal médico de armas blancas… “¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!”, se acerca hasta Esposito y lo primero que recibe éste al despertar son los últimos versos susurrados del tango Cambalache “…que el que mata, que el que cura… o está fuera de la ley.”, y lo segundo un sablazo de bisturí que le cruza la cara.

Vicente Mateo Serra, http://elsitiodetico.blogspot.com