II Jornadas Espectros de Althusser - 2011

Mesa: Recepciones althusserianas CIENCIA Y VIOLENCIA: UNA LECTURA DE ALTHUSSER EN LA NUEVA IZQUIERDA ARGENTINA.

Marcelo Starcenbaum

1. Introducción Entre 1966 y 1976, la obra de Louis Althusser fue objeto de un proceso de difusión, recepción y apropiación por parte de diferentes instancias de la nueva izquierda argentina. Surgido en el marco del proceso de desestalinización del Partido Comunista Francés, el althusserianismo se constituyó rápidamente en una referencia teórica importante en los procesos de descomposición de los espacios tradicionales de la izquierda argentina y de formación de nuevas organizaciones políticas y militares. En dicho proceso de recepción, se establecieron una serie de articulaciones entre los conceptos fundamentales del althusserianismo, como la práctica teórica, la sobredeterminación y la formación social, y las preocupaciones específicas de las formaciones de la nueva izquierda argentina, como la lucha armada, el modelo revolucionario y el rol del intelectual (Tarcus 1999, Celentano 2007, Starcenbaum 2007, Popovitch 2009). En este trabajo nos proponemos reconstruir el proceso de recepción del althusserianismo llevado a cabo por el grupo de Mauricio Malamud y Luis María Aguirre en el período que va desde su ruptura con el Partido Comunista Argentino y la participación en el Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria hasta su expulsión del Partido Comunista Revolucionario luego del 1er Congreso y la fundación de las Fuerzas Argentinas de Liberación. Nos interesa, al respecto, reconstruir y analizar las relaciones establecidas por Malamud y Aguirre entre la lectura de Althusser y la formulación de una estrategia de lucha armada para Argentina, y las discusiones generadas por dicha articulación tanto en el proceso de descomposición del PC como en de la formación de las FAL. Para ello estructuramos el trabajo en tres partes. En la primera se reconstruye el rol del grupo de Malamud y Aguirre en la crisis del PCA y en la transición del CNRR al PCR,
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así como su vinculación con la obra de Althusser. En la segunda se analizan las articulaciones entre althusserianismo y lucha armada llevadas a cabo por Malamud y Aguirre en el documento “Ciencia y Violencia”, publicado en 1969 en el N° 2 de Teoría y Política con los seudónimos Camilo y Gervasio Zárate. En la tercera se reconstruyen las críticas al althusserianismo de Malamud y Aguirre realizadas desde el PCR en las declaraciones de los primeros congresos partidarios y en artículos publicados en Teoría y Política, y el itinerario del althusserianismo al interior de las FAL, tanto en las discusiones previas a su formación como en la trayectoria posterior de la organización.

2. Althusser entre el PC y el PCR Desde fines de la década de 1950 y hasta la mitad de la de 1960, los espacios partidarios de la izquierda argentina atravesaron un período de crisis y de escisión de fracciones importantes de sus militantes. Este proceso sin precedentes estuvo marcado, además de fenómenos puramente locales, como la relectura del peronismo, por acontecimientos que sacudieron al movimiento comunista internacional, especialmente el proceso de desestalinización, la ruptura sino-soviética y la Revolución cubana. En contraste con lo ocurrido con el Partido Socialista, cuyo proceso de descomposición está rigurosamente documentado y analizado (Tortti 2009), no existe un trabajo global sobre los procesos de fragmentación y división al interior del PCA1. Para lo que nos interesa reconstruir aquí, podemos señalar que una de las fracturas más importantes que sufrió el PCA fue la originada a partir de 1963 por la “fracción de Medicina”, la cual aglutinaba a sectores de la Federación Juvenil Comunista y del Movimiento Estudiantil Nacional de Acción Popular. Este colectivo de militantes, fuertemente críticos de la política de coexistencia pacífica propiciada por la URSS e influenciados en gran medida por el proceso revolucionario cubano, comenzaron a propiciar un programa basado en la crítica a las prácticas burocráticas del Comité Central del PCA, la oposición a la política de oportunismo sindical, la oposición a la participación de políticas negociadas con los partidos burgueses, y la propuesta de una política independiente de la clase obrera (Rot 2003/2004, 147).
A pesar de la escasez de investigaciones, debemos mencionar los trabajos de Cristina Tortti (1999) sobre el malestar en el PC a comienzos de la década de 1960 y el de Jorge Cernadas (2005) sobre Cuadernos de Cultura. Para un estado de la cuestión de la historiografía sobre el PC, desactualizado ma non troppo, ver Cernadas, Pittaluga y Tarcus (1998). 347
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Frente a la intransigencia del Comité Central del PCA y del Secretario General de la FJC, y la decisión de intervenir los órganos partidarios y expulsar a las fracciones, una gran cantidad de jóvenes militantes del PCA se aglutinaron alrededor del CNRR. En su declaración constitutiva, el CNRR denunciaba una vacancia en la dirección revolucionaria de las masas, señalaba la necesidad de inclinarse por una vía armada para el acceso al poder y resaltaban la importancia de la Revolución cubana (PCR [1968] 2002a). A pesar de la coincidencia en estas líneas generales, durante el período que va de la declaración constitutiva al 1er Congreso del PCR, se generaron una serie de discusiones teóricas y políticas entre los diferentes grupos salidos del PCA que conformaron el CNRR. La línea interna más combatida en estas discusiones fue la encabezada por Aguirre, la cual fue conocida como el zaratismo por el mencionado uso de seudónimos por parte de Malamud y Aguirre. Aguirre era médico, había sido delegado en el hospital Rawson y había viajado en calidad de miembro del Partido a Cuba, Checoeslovaquia y la URSS. Además de Aguirre, integraban el grupo su esposa Marina Malamud, Sergio Schneider, Susana del Carmen Giacché e Isaías Sokolowicz, la mayoría de ellos militantes provenientes de la FJC. A lo largo del período de funcionamiento del PC-CNRR, el zaratismo llevó a cabo una captación de cuadros militantes y algunas acciones militares y de acumulación financiera, mientras que sus tesis fueron duramente debatidas durante el período de formación del PCR en Teoría y Política y en diversos materiales de circulación partidaria. Finalmente, fueron expulsados del PCR acusados de “fraccionalistas” por un tribunal revolucionario. Una vez salidos del PCR, el zaratismo estableció contactos con un grupo proveniente del MIR-Praxis, el cual venía de realizar un operativo en Campo de Mayo y estaba intentando vincularse con otras agrupaciones que estuviesen inclinadas a iniciar acciones armadas. Este grupo esta formado, entre otros, por Juan Carlos Cibelli, Alejandro Baldú, Segio Bjellis y Carlos Malter Terrada. Luego de un período de discusión teórica y política, ambos grupos decidieron fusionarse. En marzo de 1970 y luego de la detención de Carlos Dellanave y Alejandro Baldú, el grupo de Aguirre y el de Cibelli se dieron a conocer públicamente como FAL con el secuestro del cónsul paraguayo Waldermar Sánchez.

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La lectura de los textos de Althusser por parte de Malamud hacia mediados de la década de 1960 parece haber constituido una de las primeras instancias de recepción del pensamiento althusseriano en Argentina. Según el testimonio de Raúl Cerdeiras, Malamud asistía como alumno a uno de los cursos ofrecidos por Raúl Sciarreta. En las discusiones generadas en dicho ámbito en relación al hegelianismo, Malamud habría comenzado a instar al docente con preguntas elaboradas a partir de las tesis althusserianas. Según Cerdeiras, fue tal el impacto del althusserianismo en Sciarreta, que llegó a suspender sus cursos durante un tiempo para interiorizarse de obra de Althusser (Fornillo y Lezama 2002, 161).2 Posteriormente, Malamud comenzó a coordinar cursos de formación en teoría marxista a los que asistían los militantes que habían roto con el PCA y que se nucleaban alrededor del CNRR, especialmente los pertenecientes al grupo Aguirre. Las actividades de formación en teoría marxista era un elemento que integraba la experiencia militante al igual que el trabajo de masas o las acciones armadas3. De forma complementaria con el curso habría comenzado el trabajo conjunto de Malamud y Aguirre en pos de la elaboración de las tesis que se consolidaron en los debates previos al 1er Congreso del PCR (Rot 2003/2004, 149). Luego de la expulsión del zaratismo del PCR y a partir del contacto con el grupo de Cibelli, el althusserianismo constituyó un elemento fundamental en las discusiones previas a la constitución de las FAL. Según el testimonio de Malter Terrada (Rot 2008, 74), luego de establecido el contacto con el grupo de Aguirre, el grupo de Cibelli procedió a un estudio minucioso del “documento de los dos Zárates” y a una crítica del mismo, en tanto dicho grupo era “radicalmente antialthusseriano”. Una vez entablada la polémica, Malamud habría asistido a las reuniones para continuar las discusiones teóricas. Sin embargo, según Malter Terrada, ambos grupos priorizaron el accionar político por sobre las diferencias teóricas:

Sciarreta fue posteriormente uno de los introductores de la obra de Althusser, y también la de Lacan, en Argentina. Además de los mencionados grupos de estudios, puede verse parte de ese trabajo en su texto Caracterización general de la ideología (editado por Misión Urbana Rural en 1973), su artículo “Leer El Capital” (en el número 4 de la revista Los Libros de 1969) y su intervención en un debate en torno a Althusser junto a Eliseo Verón y Carlos Okada (reproducida en el número 8 de la Revista Argentina de Psicología de 1971). 3 Esto es señalado por algunos investigadores como un elemento de tensión. Ver por ejemplo Hendler (2010, 180) en base al testimonio de Judith Said, a quien Malamud dejaba dormir en un curso luego de largos días de trabajo de masas. 349

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Cuando apareció esta discrepancia el negro Tato trajo a su mentor filosófico –que era el Viejo Malamud, su suegro- que nos hizo reír mucho porque apareció con la actitud de profesor que viene a cantar la ‘justa’. Nosotros teníamos formación y una batería crítica de conceptos que hizo que la polémica quedara enterrada después de dos tentativas infructuosas. No había posibilidades de compatibilizar fundamentos filosóficos con el accionar político (Rot 2008, 74-75)

De la bibliografía consignada en “Ciencia y violencia” se desprende que el althusserianismo de Malamud y de Aguirre estaba estructurado a partir de la lectura de la traducción al español de Pour Marx realizada por Marta Harnecker y editada por siglo XXI México en 1967, de la compilación La filosofía como arma de la revolución editada por Pasado y Presente en 1968 y de la edición francesa de Lire Le Capital. Resulta interesante destacar esta última lectura, en tanto Malamud y Aguirre utilizan en sus análisis elementos de un libro fundamental de Althusser que en ese momento sólo estaba disponible en francés y que recién sería traducido por Harnecker y editado por Siglo XXI México en 1969.4 Cabe señalar que, una vez transcurrida la década de 1970 y finalizada la experiencia de las FAL, Malamud continuó su vinculación teórica con el althusserianismo y estableció una relación de amistad con Althusser. Según Fernanda Navarro, fue Malamud, con quien compartía el trabajo en la Universidad Michoacana, quien propició a través de un encargo el encuentro entre ella y Althusser en París, el cual derivó en una serie de entrevistas y posteriormente en la edición de las mismas en el volumen Filosofía y marxismo. Entrevistas por Fernanda Navarro (Althusser 1988)5. El hecho de que Malamud le pidiera a Navarro que le entregara un carta suya a Althusser evidencia el intercambio epistolar entre ambos. Precisamente, una de las cartas enviadas por Althusser a Malamud, fechada en 1984 y editada hace unos años, es hoy objeto de análisis en los estudios centrados en el “último Althusser” por contener, además de

Para una reconstrucción de las ediciones latinoamericanas de los textos de Althusser y el rol de Harnecker como traductora de su obra, ver Starcenbaum (2009). 5 Navarro da cuenta del rol de Malamud en su relación con Althusser en la dedicatoria del libro: “a Mauricio Malamud, responsable del Encuentro ‘epicúreo y aleatorio’, con la persona, vida y obra de Louis Althusser” (Althusser 1988, 9). También pueden verse referencias a dicho rol de Malamud en Navarro (2007, 5). 350

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comentarios sobre una visita realizada por Malamud en París, un juicio retrospectivo sobre el período de auge del althusserianismo.6

3. Althusserianismo y lucha armada a) Cientificidad del marxismo Malamud y Aguirre encuadran su intervención en el debate más general sobre la relación entre la doctrina de Marx y la lucha armada. En ese sentido, presentan un escenario en el cual diferentes organizaciones políticas coinciden en fundamentar su posición en la doctrina científica de Marx mientras extraen de ellas formulaciones políticas divergentes. En su caso, a pesar de coincidir con otras organizaciones en el rechazo de la vía pacífica y en la necesidad de continuar el proceso de lucha armada inaugurado por la Revolución cubana, la forma de llevar a cabo dicho proceso aparece como divergente a la de las otras organizaciones. Así, los diferentes elementos doctrinarios y políticos presentes en las organizaciones marxistas, son divididos en una zona de acuerdo aparente, en la cual son ubicados la doctrina marxista y el objetivo de una América Latina socialista, y en una zona de desacuerdo visible, en la cual se encuentran las formas de la lucha armada. A fines de determinar si el desacuerdo se produce solamente a nivel táctico o si también implica un antagonismo en relación al objetivo estratégico, Malamud y Aguirre consideran que cada organización debe explicitar los principios teóricos de los que parte para que quede en evidencia en qué consiste la teoría y el método marxista que invocan y para poder discernir si efectivamente todos parten de una base común. A su entender, el debate acerca de las formas de la lucha debe ser remitido a su contenido; así, se resalta que el marxismo es una ciencia y que la práctica es generada y queda subordinada a una Teoría, la cual no debe fundarse en la práctica espontánea sino que
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La cita: “I haven’t stopped thinking of you since you came to visit with Fernanda. I treated abominably, and am still ashamed of the way I behaved. But Fernanda tells me you’re generous and won’t hold it against me… I’ve been thinking about all that we (my little group and I) have done since 1965, or, let’s say, did from 1965 to 1975, and I think that I now have a pretty good sense of our enterprise. I haven’t yet shared this retrospective judgement with anyone; for a long time, you will be the only one to know about it” (Atlhusser 2006, 209). En una serie de cartas enviadas a Navarro y recopiladas también en el volumen, Althusser le pregunta por Malamud y se muestra preocupado por su estado de salud: “How is Mauricio [Malamud]? Send me news of him; I’m very worried about his health” (Althusser 2006, 226); “I’m glad that to hear that Malamud is better; give him my regards, and tell him that, as a veteran of the war against depression, I fully understand” (Althusser 2006, 229). Para una semblanza de Malamud, ver también Abraham (1991 y 2005). 351

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debe ser científica. De esta forma se llega al énfasis althusseriano en la definición del marxismo como Materialismo Histórico y Materialismo Dialéctico, los cuales son concebidos respectivamente como teoría de los modos de producción en tanto formaciones sociales como un complejo de relaciones entre instancia articuladas y como teoría de los modos de producción racionales en tanto proceso de elaboración de conceptos que permiten producir el efecto de conocimiento. El marxismo posibilita el análisis y la acción organizada con fines transformadores porque Marx fundó una teoría y un método que permiten elaborar objetivos y estrategias científicos, y no utópicos, para la revolución. Malamud y Aguirre proponen la guía del “hilo conductor de Marx” para no perderse en el laberinto del marxismo, sin embargo consideran que antes del encuentro con Marx debe descifrarse cuál es el método marxista. Este desciframiento deriva en la discusión sobre el joven Marx y el Marx maduro, sobre la cual los autores afirman la tesis althusseriana de la existencia de una revolución teórica, a través de la cual Marx ajusta cuentas con su vieja conciencia y denuncia a la filosofía clásica como una forma ideológica de dar cuenta de lo real. Así, es el Marx maduro y su concepción de la crítica en El Capital lo que permitiría evitar caer tanto en un practicismo oportunista como en un teoricismo izquierdizante. b) Recuperación de la teoría La ruptura con la política oportunista del PCA y el compromiso con la recuperación revolucionaria implicado en la constitución del CNRR sólo pueden resultar en una recuperación real de la organización revolucionaria si son acompañados por una recuperación efectiva de la Teoría. El Materialismo Histórico debe ser apropiado por el militante revolucionario y debe ser concebido como un elemento científico inseparable del Materialismo Dialéctico. Malamud y Aguirre llaman a remediar la situación de déficit teórico que arrastran las organizaciones revolucionarias, y que ha llevado a muchas de ellas a adoptar planteos armados voluntaristas y dogmáticos que no concordaban con la realidad a la que se los pretendía aplicar. Sin una recuperación de la teoría, persiste el peligro de aplicar modelos universales a situaciones locales, las cuales poseen características singulares e intransferibles.7

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En este sentido, afirman que la teoría del foco desarrollada por Régis Debray cae en una universalidad abstracta. 352

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En esta recuperación cumple un rol importante el concepto de formación social tal como es desarrollado en la obra de Althusser. Según Malamud y Aguirre, la teoría de la guerra revolucionaria debe elaborarse a partir de la articulación entre, por un lado, las tácticas y estrategias desarrolladas por los teóricos de la guerra, como Clausewitz, Marx, Lenin, Mao, Giap, Castro y Guevara, y por el otro, la investigación de las peculiaridades de la formación social argentina, entre las cuales habría que discernir su singularidad concreta en relación a lo económico, lo político y lo ideológico. Con respecto al concepto de formación social, se remarca que cada instancia de su estructura se relaciona con las demás instancias y que el nivel ideológico no está determinado exclusivamente por el nivel económico, de lo cual daría cuenta la situación por la cual atraviesa el movimiento comunista internacional en la cual confluyen relaciones de producción socialista y atraso teórico, y lo que evidenciaría que Marx inaugura una nueva forma de concebir la dialéctica. Malamud y Aguirre creen necesario explicitar las exigencias metodológicas para producir conocimiento a partir de la relación entre conceptos teóricos y realidades concretas, lo cual es desarrollado a partir del concepto althusseriano de práctica teórica. La conjunción de los conceptos teóricos y las investigaciones de realidades concretas debe realizarse teniendo en cuenta que el Materialismo Histórico es la Teoría General de los modos de producción, que ésta permite la elaboración de Teorías Particulares para cada modo de producción, que cada formación social que responde a un mismo modo de producción requiere una Teoría Singular, y que la formación social concreta necesita Teorías Regionales de cada una de sus instancias. Así, los conceptos teóricos no producen realidades concretas, pero sólo su conocimiento asegura la elaboración de un conocimiento concreto una formación social determinada. c) Lucha militar y lucha ideológica Malamud y Aguirre remiten las discusiones sobre las determinaciones de las formas de la lucha armada a la relación Clausewitz-Lenin, a la cual someten al mismo protocolo de lectura que Althusser le aplica a la relación Hegel-Marx: entre Clausewitz y Lenin no hay una continuidad en la historia de la Teoría de la Guerra, sino que el aporte leninista implica una transformación total de las tesis clausewitzianas. Lo que Clausewitz no podía “ver” y Lenin sí pudo a través de dicha transformación, es que la guerra es lucha revolucionaria con un objetivo político, que es este objetivo el que determina una
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estrategia que a su vez define maniobras y tácticas, y que la guerra trasciende el aspecto estrictamente militar, razón por la cual debe incorporar necesariamente la lucha ideológica. La lucha ideológica que acompaña los aspectos militares de la guerra revolucionaria, implica al mismo tiempo una lucha por el debilitamiento interno del enemigo, en la cual se neutralizaría y conquistaría su retaguardia para poder preparar la toma del poder, y una lucha por la transformación de la conciencia de la clase con la que se luchará y de las masas en las que se apoyará el combate. La necesidad de la lucha ideológica implica que se debe proceder a un doble desarme del enemigo: un desarme material, a través del cual se le expropian las armas para la guerra, y un desarme ideológico, con el cual se persigue el objetivo de neutralizar sectores hostiles y ganar combatientes de las clases dominadas. Según Malamud y Aguirre, la única forma de asegurar que la guerra tenga un sentido revolucionario es que la lucha se lleve a cabo tanto con armamento bélico como con armamento teórico. Sólo la confluencia del aspecto militar y el aspecto ideológico permite superar la etapa de lucha “rebelde” e iniciar una etapa de lucha revolucionaria. De esta forma, la ciencia marxista asegura que en la relación hombre-arma, el elemento dominante en última instancia sea el hombre y no el arma, y que el internacionalismo proletario sea entendido como una política revolucionaria derivada de la doctrina marxista, y no como una virtud moral o un acto de beneficencia. d) Lucha armada en Argentina En base a los desarrollos anteriores y teniendo en cuenta las formulaciones guevaristas y el surgimiento de partidos de recuperación revolucionaria, Malamud y Aguirre elaboran sus tesis sobre la táctica y la estrategia de la lucha armada argentina. En ellas la referencia fundamental es Guevara, a quien le reconocen el mérito de elaborar su estrategia a partir de la situación mundial tal como existe y no a partir de una situación ideal. De esta forma, la opción guevarista de proponer la creación de centros de lucha coordinados antes que intentar modificar el desviacionismo chino y ruso implica una contribución al desplazamiento de los términos de discusión en el campo socialista mundial desde la problemática paz-guerra a la definición de la promoción de la lucha armada. Sin embargo, se plantean algunos reparos a las tesis guevaristas, en tanto se considera que los escenarios de lucha no deben reducirse necesariamente a los países
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del asiáticos, africanos y latinoamericanos, sino que la lucha también se puede dar en países capitalistas desarrollados, a partir de la recuperación de los Partidos Comunistas de dichos países o el surgimiento de partidos que reemplacen a los existentes. Malamud y Aguirre sostienen que, para el caso argentino, se impone una forma de lucha armada con hegemonía de la clase obrera, entendiendo a ésta última como clase ideológicamente dirigente y como clase predominantemente operativa. La estrategia de lucha armada en Argentina debe adaptarse a las características demográfico-sociales específicas del país, especialmente la existencia de zonas urbanas con gran concentración obrera en el centro del país y de zonas de campesinos pobres y obreros rurales localizadas cerca de los límites con los países limítrofes, lo cual resulta en que la forma predominante de lucha deba ser urbana. Asimismo, la estrategia de la lucha armada en el país debe considerar factores que no estuvieron presentes en otras insurrecciones, como la existencia de un campo socialista con contradicciones, la inexistencia de un desgaste del Estado por luchas exteriores y el aprendizaje del Estado capitalista en el conocimiento de la lucha represiva en sus vertientes policial, militar y paramilitar. La formulación de las tesis sobre la lucha armada en Argentina se lleva a cabo mediante un diálogo constante con las tesis que plantean estrategias divergentes para la lucha. Así, Malamud y Aguirre consideran que la concepción cubana del foco debe ser concebida como una estrategia de captación de las masas antes de la lucha y no como el éxito de un grupo de aventureros, y que en el caso argentino la fuerza inicial del foco debería ser numéricamente mayor que en Cuba y contar con una importante porción del campesinado organizado como base de acción. En el caso de la tesis de la guerra prolongada inspirado en los casos chino y vietnamita, señalan que su modelo suele ser importado sin realizar un análisis marxista de la situación histórica concreta, y que en el caso argentino la dificultad de su práctica radica en que está pensada para una base social operativa predominantemente campesina. Finalmente, afirman disentir con la estrategia terrorista en tanto ésta no produce una debilitación del enemigo e impide la participación popular en la lucha.

4. Althusser entre el PCR y las FAL

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El 1er Congreso del PCR, realizado en diciembre de 1969 en Córdoba, estableció un programa de revolución popular, agraria, antiimperialista y antimonopolista con hegemonía proletaria y estrategia insurreccional, y concebía como la principal tarea política a desarrollar la consolidación de un Frente de Liberación Social y Nacional de sectores potencialmente revolucionario hegemonizado por la clase obrera. Para ello, señalaba la necesidad de que el PCR evitara transformarse en un partido selecto alejado de las masas, y al contrario, se convirtiera en un partido de clase, con iniciativa y creación política, clandestino y centralista democrático. Entre los documentos aprobados por el 1er Congreso del PCR, se encuentra un balance de la historia del Partido desde la ruptura con el PCA y la construcción del CNRR hasta la consolidación del PCR en su primer congreso partidario, el cual pretende extraer enseñanzas para el futuro de la vida interna partidaria y de los procesos fraccionales que debió afrontar el Partido durante el proceso de su constitución. Entre las líneas internas partidarias que debieron ser combatidas, el balance señala al zaratismo, del cual se afirma que fue favorecido por el espontaneísmo del Comité Central del PCA, el cual esperaba un estallido similar al del Mayo francés en lugar de promover una línea insurreccional y propugnaba una brazo militar del partido en vez de proponer la construcción de una organización revolucionaria. Según el balance, fueron estos errores los que le permitieron al zaratismo distribuir sus cuadros en diferentes zonas del país y realizar un trabajo de zapa hasta poder formular sus tesis, sobre las cuales se considera que confunden el partido marxista-leninista con el ejército revolucionario y que expresan una posición pequeñoburguesa al impulsar un frente policlasista como apoyo de las formaciones guerrilleras urbanas (PCR [1969] 2002a). En las resoluciones aprobadas por el 3er Congreso del PCR, realizado en marzo de 1974, se establece un programa de revolución democrático-popular, agraria, antiimperialista y antimonopolista y se hace un llamado a la creación de un Frente Popular de Liberación. En este marco, se señala la necesidad de crear organizaciones militares de las masas, como milicias obreras, milicias populares y ligas de campesinos armados, las cuales complementarán la insurrección urbana desarrollada a través del combate armado del proletariado. La aparición de las milicias sólo debe producirse cuando se ha alcanzado una situación revolucionaria, en la que las contradicciones se

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han desarrollado de tal forma que sólo es posible resolverlas a través de la lucha armada (PCR [1974] 2002c). A modo de justificación de dicho programa, en el balance de la actividad del PCR entre el 2do y el 3er Congreso se realiza un repaso de las luchas internas que se produjeron en el Partido y de la discusión teórica que se debió llevar a cabo para combatir al revisionismo y defender al marxismo-leninismo-maoísmo. Allí se menciona al althusserianismo como la principal influencia teórica que debió ser combatida y se la define como una teoría revisionista que impugna la teoría del reflejo al separar el proceso de conocimiento de la práctica social y que vulgariza la dialéctica marxista al convertirla en una dialéctica vacía. En dicho combate, el zaratismo aparece como una expresión ideológico-política del revolucionarismo pequeñoburgués que intentó transformar al Partido en una organización guerrillera urbana apta para practicar el terrorismo (PCR [1974] 2002c). En el artículo “Actualidad de la Revolución Cultural Proletaria China”, publicado en el N° 9 de Teoría y Política, correspondiente a 1972, Rosendo Irusta se propone realizar una reseña histórica de la Revolución Cultural Proletaria China y explicitar la actualidad que dicho fenómeno posee para los revolucionarios en general y especialmente para los comunistas revolucionarios argentinos. Así, la lucha de la RCPCH contra el revisionismo aparece como actual en tanto el PCR también debió hacer frente en sus orígenes a líneas revisionistas que expresaban posiciones pequeñoburguesas. En este marco, Irusta hace referencia a líneas que propugnaban el seguidismo a la burguesía y el terrorismo urbano, entre las cuales menciona a Zárate, al que califica como un personaje

Al que sólo ‘las circunstancias y condiciones’ le permitieron representar el papel de ‘teórico’”, caracteriza como “ilustrado defensor de la escuela ‘althusseriana’ en el país” y acusa de haber propuesto “‘impulsar la formación teórica y práctica’ del PCR a partir de las teorías de Althusser’” (Irusta 1972, 17)

A partir de la acusación a Zárate, Irusta realiza una extensa crítica a Althusser, la cual es justificada por el hecho de que, más allá de Zárate, el althusserianismo continuó siendo la guía teórica de muchos militantes y el soporte de tendencias doctrinaristas y militaristas al interior del partido. La crítica principal a Althusser apunta a su rechazo de la práctica social como criterio de verdad de conocimiento y a la reducción de toda concepción del mundo a ideología, en tanto dicha concepciones bloquean la
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comprensión de los diferentes momentos de la percepción del proceso de conocimiento y la relación con la instancia racional de dicho proceso. La crítica al marxismo de Althusser es complementada con el señalamiento de su adhesión a la moda estructuralista, lo cual lo hace caer en concepciones especulativas, y la militancia en el Partido Comunista Francés, lo cual lo ubica irremediablemente en el campo reformista. Así, Althusser se convierte en un maestro por el ejemplo negativo, es decir la guía teórica que no debería seguirse si lo que se pretende es romper definitivamente con el revisionismo. Lucas Figari, en su artículo “Problemas actuales de la lucha ideológica”, publicado en el N° 10 de Teoría y Política, correspondiente a 1973, tiene como objetivo analizar los problemas relativos a la lucha ideológica y explicitar las responsabilidades que le caben al PCR en marco del proceso abierto por el Cordobazo y en el contexto del triunfo del FREJULI. Para ello, señala la necesidad de adoptar una ideología proletaria firme, de definir las bases teóricas de la ideología proletaria en la Argentina de 1973 y establecer las tareas a desarrollar en el campo cultural para la disputa con los medios ideológicos de penetración del imperialismo. Estas necesidades aparecen como urgentes en el horizonte del partido en tanto el abandono de la lucha ideológica por parte del PCR ha propiciado la introducción en su seno de ideologías no proletarias. Entre los asaltos al partido de ideologías no proletarias es mencionado el del althusserianismo, doctrina que sintetizaba “la improvisación, la ligereza e inconstancias pequeñoburguesas con teorizaciones positivistas” (Figari 1973, 7). Figari historiza la difusión del althusserianismo en el PCR e interpreta su aparición como una corriente marxista que prometía resguardo y seguridad frente al tembladeral de ideas que caracterizó a los inicios del partido, entre las cuales se encontraban el existencialismo (Herbert Marcuse), el reformismo socialdemócrata (Paul Baran y Paul Sweezy), concepciones impulsivas (Rosa Luxemburgo), el trotskismo (Nahuel Moreno) y el reformismo burgués populista. El concepto de práctica teórica permitía a los intelectuales pequeñoburgueses mantenerse al margen de la lucha cotidiana y el de sobredeterminación ayudaba a aplacar la impaciencia pequeñoburguesa ante el lento aprendizaje de las masas. Es esta doble dimensión del althusserianismo la que ha generado en líneas pequeñoburguesas del partido las tendencias divergentes de “se va a

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una torre de marfil ‘marxista’ o se va al terrorismo urbano o al foco rural que dan el puntapié inicial a las masas” (Figari 1973, 12).8 Como vimos más arriba, el althusserianismo fue uno de los aspectos más debatidos en la etapa de discusión teórica previa a la constitución de las FAL. El ya señalado antialthusserianismo radical del grupo de Cibelli parece estar condicionado en gran medida por la difusión en el seno de dicho grupo de manuales marxistas ortodoxos y de obras de psicología soviética. Así, la batería crítica de conceptos invocada por Malter Terrada al referirse a la polémica entablada por el grupo contra el althusserianismo, correspondería a la recepción de Principios elementales de filosofía de Georges Politzer, de Economía política de Peter Nikitin y especialmente de la obra de Sergei Rubinstein, sobre quien Bjellis organizó en 1969 un grupo de estudios para discutir su teoría9. También parece haber tenido un rol importante en la discusión cierta tradición antiintelectualista del grupo Cibelli, originada en la ruptura con el MIR-Praxis a comienzos de la década de 1960. Ante el aumento de la conflictividad durante el frondicismo y la consolidación del proceso revolucionario cubano, el grupo de Cibelli había comenzado a criticar el énfasis en la formación teórica propiciado por Silvio Frondizi y a abogar por un ingreso a la lucha política concreta. Este distanciamiento de las concepciones del MIR-Praxis fue el que derivó posteriormente en la transformación de la célula en una organización, en experiencias de entrenamiento militar, y en las primeras acciones armadas, de las cuales la más importante la constituyó el asalto al Instituto Geográfico Militar en 1962 (Rot 2003/2004; Hendler 2010).10 Tanto los testimonios de los ex-militantes de las FAL como las investigaciones que tienen como objeto de estudio a la organización, enfatizan el hecho de que al no poder

En el n° 36 de la revista Los Libros, correspondiente a Julio-Agosto de 1974, fue publicada una reseña del libro de Althusser Para una crítica de la práctica teórica. Respuesta a John Lewis, en la cual se criticaba al althusserianismo en unos términos muy similares a los de Figari. El autor de la reseña es Carlos Altamirano, por entonces militante del PCR. Para un análisis de la intervención de Altamirano en el marco de la recepción del althusserianismo en Los Libros, ver Celentano (2007), Popovitch (2009) y Starcenbaum (2010). 9 Además del lugar preponderante de Rubinstein, la lectura del manual de Politzer es indicativo de un marxismo potencialmente reactivo al althusserianismo. Según Tarcus (1999, 493), el libro de Politzer fue sustituido como manual de formación de militantes a fines de la década de 1960 por Los conceptos elementales del materialismo histórico, el manual de teoría marxista escrito por Harnecker a instancias del mismo Althusser. En el campo psicoanalítico argentino, la hegemonía de la psicología concreta politzeriana comienza ser desafiada precisamente por la difusión de Lacan, preanunciada por la relectura de Freud propiciada por Althusser. Sobre esto último, ver Plotkin (2003). 10 Sobre el marxismo de Silvio Frondizi, ver Tarcus (1996). 359

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ser dirimida la discusión entre el grupo de Aguirre y el de Cibelli en la esfera de lo teórico, ambos grupos avanzaron hacia la fusión priorizando la unidad de acción y relegando a un segundo plano las diferencias teóricas. Además de la afirmación ya señalada de la imposibilidad de compatibilizar fundamentos filosóficos con el accionar político, Malter Terrada asegura que al tomar contacto con el artículo de Malamud y Aguirre, percibió que “no había ninguna diferencia sustancial en términos de propuesta, aunque había que mancarse el texto, porque incluso tenía fundamentaciones filosóficas” (Rot 2008, 74). Rot (2003/2004, 149) señala que la fusión fue precipitada por la detención de Dellanave y Baldú en el marco de la preparación del “Operativo Carola”, a través del cual ambos grupos pretendían asaltar en forma conjunta un tren pagador en Luján. Hendler (2010, 122-123) afirma que, a pesar de que grupos coincidían en que a partir del Cordobazo comenzaba a insinuarse una estrategia que combinaba la creación de una vanguardia armada y la politización y organización de las masas, la fusión fue favorecida por la posibilidad de complementar la experiencia de acciones armadas y el caudal de armas sustraídas del IGM por parte del grupo Cibelli con la experiencia en la izquierda partidaria y la posesión de casas seguras por parte del grupo Aguirre. La fusión de ambos grupos bajo la denominación FAL evidenciaría así la materialización por parte de la organización de la llamada “teoría de los afluentes”. Esta teoría postulaba la unificación de un comando único revolucionario que centralizara el accionar de diferentes grupos que compartían planteos similares y que estaban dispuestos a luchar simultáneamente con objetivos revolucionarios (Rot 2003/2004, 141). Así, la confluencia en un marco de referencia más amplio le permitía a los diversas vertientes coordinar acciones pero funcionar como columnas con autonomía operativa, lo cual posibilitaba que cada una de ellas preservara su identidad (Hendler 2010, 132). Los testimonios sobre la incorporación de la Brigada Masetti a las FAL a principios de 1970 dan cuenta de la preeminencia de Aguirre en la formulación y consolidación de la “teoría de los afluentes”. Frente a la esterilidad de las tratativas de Malter Terrada y Bjellis con el grupo de Ramón Torres Molina y Carlos Flaskamp debido a la postura intransigente de los primeros frente a expresiones políticas peronistas o de corte nacionalistas, Aguirre logró la confluencia a través de la propuesta de “discutir teoría
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hacia dentro y lanzar mensajes amplios hacia afuera” (Hendler 2010, 132). De esta forma, el establecimiento de una línea política no explícita les permitió al grupo de Cibelli, al de Aguirre y a la Brigada Masetti actuar de forma conjunta mientras desarrollaban una discusión política interna (Hendler 2010, 132). Es esta particularidad la que, según Rot (2003/2004, 153-154), hace de las FAL la organización armada argentina en la que tuvo mayor arraigo el principio de priorizar la unidad de acción y subordinar a ella las diferencias teóricas. El intento de revertir el divorcio histórico entre las organizaciones revolucionarias y las masas, habría llevado a las FAL a oscilar entre el rechazo a la teorización y la postulación del marxismo como guía para la práctica política científica, lo cual habría resultado en un programa amplio que coincidía en general con la mayor parte de la izquierda argentina. Así, la actividad de las FAL se habría finalmente agotado, sin un anclaje en las masas, en la combinación de una estrategia de desgaste indirecto de la burguesía, expresada a través de sabotajes, atentados y expropiaciones, con una estrategia de desgaste directo desarrollada a través de acciones contra las fuerzas militares y de seguridad. La subordinación de las diferencias teóricas a la unidad de acción producto de la “teoría de los afluentes” implementada por la organización, se habría profundizado aún más con la absorción de la discusión política por la aceleración de los tiempos políticos resultante de la actividad militante durante el Onganiato. De allí que tanto el relato militante como el de las investigaciones señalen como consigna paradigmática de las FAL la de “acelerador y metra”, aparentemente mencionada por Schneider luego de un operativo y utilizada generalmente para ilustrar la concepción política del grupo Aguirre. Según Malter Terrada (Rot 2008, 79), esta consigna reemplazó a la de “pulir un diamante” del grupo de Cibelli, lo cual sería indicativo de la transición desde una etapa perfeccionista en la cual las acciones armadas eran preparadas con minuciosidad hacia una en la cual las acciones armadas se realizaban de acuerdo a la dinámica política de la época y consecuentemente con un alto grado de improvisación. En términos de Rot (2003/2004, 156), la consigna “acelerador y metra” terminó evidenciando la degradación de un proyecto carente de anclaje político y social.11

Fueron precisamente las acusaciones de improvisación las que derivaron en 1970, luego de un operativo en el cual Aguirre no había preparado la posta sanitaria que tenía asignada, en su separación 361

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En este marco, el itinerario del althusserianismo en las FAL a partir de la fusión del grupo Aguirre con el grupo Cibelli parece estar sometido a un doble condicionamiento. En primer lugar, siguiendo la “teoría de los afluentes”, las articulaciones desarrolladas por el grupo Aguirre entre las tesis althusserianas y los aspectos centrales de la lucha armada habrían sido silenciadas en pos de la unidad de acción con el grupo de Cibelli y posteriormente con la Brigada Masetti. En segundo lugar, el althusserianismo habría quedado aún más relegado cuando el proyecto político común de los afluentes comenzó a toparse con la impotencia de una militancia clandestina sin arraigo en las masas y acorralada por la represión del Onganiato. De allí que los documentos de las FAL carezcan de desarrollos teóricos y reflejen en consignas amplias y compartidas por un gran espectro de la izquierda los elementos políticos consensuados entre los diversos afluentes de la organización.12 Existen, sin embargo, una serie de indicios que dan cuenta de la pervivencia del althusserianismo en las FAL en el período posterior a la fusión entre el grupo de Cibelli y el grupo de Aguirre. En primer lugar, en los testimonios de los ex-militantes de la organización hay evidencia de que Althusser seguía siendo una referencia teórica en la organización, tanto en la formación teórica de los militantes como en la producción de resúmenes didácticos sobre su obra por parte de los encargados de dictar los cursos (Hendler 2010, 182)13. En este caso, cabría preguntarse si el funcionamiento de la organización de acuerdo a la “teoría de los afluentes” no le habría permitido al zaratismo mantener alguna forma de recepción y difusión del althusserianismo. En segundo lugar, en la línea política consensuada entre los afluentes de la organización parece haber elementos provenientes de las formulaciones originales de las vertientes que confluyeron en la organización. A pesar de no existir en los documentos aspectos teóricos relativos a la lucha armada, es evidente que la línea política consensuada es,

como responsable de la regional Buenos Aires de las FAL y en el comienzo de la disolución de la organización (Rot 2003/2004, 157; Hendler 2010, 220). 12 El documento de las FAL con mayor difusión en la época fue el llamado “El marxismo en la cartuchera”, un texto escrito por Malter Terrada para el diario cubano Granma y reproducido en abril de 1971 en el N° 28 de Cristianismo y Revolución. También puede verse el llamado “Documento 1”, en el cual se establece un primer programa de la organización. 13 Hendler se refiere a los escritos producidos y a los cursos dictados por Jorge Caravelos y Sofía Swica en Córdoba, hacia donde habían ido en 1970 junto a Hugo Hernández y el “Pelado Manuel” a fundar la regional provincial de la organización. Cabe destacar que Hernández pertenecía al zaratismo y que Manuel, a pesar de no pertenecer al grupo de Aguirre, había hecho el tránsito de la FCJ al PCR en unos términos similares a los de dicho grupo. Ver Hendler (2010, 128) 362

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más allá de los silenciamientos y de la dinámica política, el resultado de un proceso de elaboración teórica, tal como lo refleja la discusión previa a la fusión entre ambos grupos. En este caso, cabría preguntarse si los aspectos centrales del proyecto de la organización no están elaborados en base a las propuestas originarias de Malamud y Aguirre. Así sería lícito preguntarse, por ejemplo, si la combinación entre un desgaste indirecto y un desgaste directo de la burguesía propiciada por las FAL no es una proyección de la propuesta del zaratismo de combinar la lucha militar y la lucha ideológica.14

5. Conclusión El proceso de recepción de Althusser en Argentina se enmarca en la crisis del PCA derivada de las críticas a la política de coexistencia pacífica propiciada por la URSS y de la influencia continental de la Revolución cubana. En ese marco político e intelectual, Malamud y Aguirre atribuyen a determinadas tesis althusserianas la posibilidad de legitimar científicamente la postulación de una estrategia de lucha armada para Argentina. Así, entre otras articulaciones, la conciencia de una revolución teórica en Marx permitiría la elaboración de una política alejada tanto del oportunismo como del teoricismo, el concepto de formación social habilitaría la actualización de la teoría de la guerra a la especificidad de la situación argentina, y la práctica teórica aseguraría una correcta conjunción entre conceptos teóricos y realidades concretas. El althusserianismo de Malamud y Aguirre fue objeto de críticas tanto de los espacios partidarios de izquierda como de las incipientes organizaciones armadas. En el caso del PCR, la expulsión del zaratismo lleva a que el althusserianismo sea concebido como una ideología no proletaria a la que se atribuye el intento elitista y pequeñoburgués de convertir al Partido en un ejército revolucionario. En el caso de las FAL, la fusión con el grupo de Cibelli da lugar a una crítica a Althusser desde posiciones marxistas

La posibilidad de que las líneas centrales del proyecto de las FAL refleje la propuesta original del grupo de Aguirre y no la del grupo de Cibelli o de la Brigada Masetti, está relacionada con el hecho de que zaratismo parece haber sido el único de los afluentes de la organización en llegar a la fusión con un programa sistemático. Malter Terrada recuerda de esta forma el período de la fusión: “Me vi junto a este tipo [Aguirre], seis años más grande que yo, con una enorme experiencia política en el PC y el PCR, que conocía todos los puteríos internos de la izquierda y me di cuenta inmediatamente que si hacíamos una alianza más o menos estrecha, íbamos a bailar todos al ritmo de él, porque ninguno de nosotros podía hacerle sombra… el clima después del Cordobazo era avasallador, y Tato era el único que tenía línea para ese momento” (Hendler 2010, 122-123). 363

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humanistas y a una subordinación de los aspectos teóricos a la lucha política cotidiana, a partir de las cuales el althusserianismo parece haber sido confinado a un itinerario más solapado que el de fines de la década de 1960.

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