Viernes XVII del tiempo ordinario (año par) Confianza en su Palabra Lecturas: Jer 26, 1-9; Sal 68; Mt 14, 13-21 En las lecturas

de hoy encontramos el mismo contexto sorprendente. En el lugar donde se supondría encontrar a las personas más abiertas y disponibles a la escucha de las palabras de Dios y sus mensajes -el Templo de Jerusalén y la sinagoga de Nazaret- están las gentes que la rechazan más claramente, pues la actitud correcta ante la palabra de Dios y su enseñanza es la de una escucha atenta y delicada, pues se trata de palabras esenciales que hay que oír con gran atención, a ejemplo de la Virgen María: “meditaba todas estas cosas guardándolas en su corazón”, aunque fueran cosas difíciles de entender o avisos de un futuro de sufrimientos. Seguro que conocemos a mucha gente así: se quejan de que han ido a la Iglesia y han escuchado esto o aquello, o que el sacerdote dice cosas que no gustan y molestan a la gente, y propagamos la idea de que un buen sacerdote es aquel que no disgusta a los oyentes y, al contrario, es mal predicador el que advierte a los fieles o dice la verdad íntegra de lo que debe proclamarse. Si esto fuera cierto, Jesús sería un predicador fracasado. El rechazo a la palabra anunciada puede llegar a la violencia y el odio, sobre todo si toca aspectos esenciales de nuestra vida que no queremos cambiar. Así, la reacción ante las palabras de Jeremías consiste en que “lo agarraron los sacerdotes y profetas y el pueblo, diciendo: -eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada? Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor”. En el caso de Jesús, “desconfiaban de Él”. La actitud que encontramos es la misma, pues se trata del mismo prejuicio: Dios no puede hablar de un modo tan claro y directo, de un modo tan fácilmente comprensible que no hay dudas de lo que nos dice; preferiríamos una palabra del Señor oscura, difusa y difícilmente inteligible, que no afecte a mi vida ni me muestre las consecuencias de mis pecados. Si en tiempos de Jeremías se puede entender la reacción adversa del pueblo y los dirigentes, pues el anuncio de una próxima destrucción no puede dejar a nadie indiferente, no se entendiente tanto con Jesús, por eso Mateo da la clave explicativa de la razón del rechazo de estos supuestos “creyentes” que van a la sinagoga a rezar y escuchar la Palabra de Dios: “y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.” La razón por la que hoy muchos denominados creyentes ponen en duda la enseñanza del Evangelio, del Papa y de la Iglesia es porque no tienen fe, pues la actitud del verdadero creyente es siempre de agradecimiento ante una palabra tan clara e iluminadora como la de Cristo. Y aunque en un primer momento nos puedan doler las duras advertencias que algunas veces nos dirige, no cabe duda de que una vez que hemos meditado en el corazón sus palabras, brota espontánea la alegría de que haya alguien que nos ama de tal manera, que no le importa disgustarnos o recriminarnos el mal que hacemos, con tal de reconducirnos por el camino correcto de la vida, y una vez salvados del desastre, llorar de emoción al haber tenido la suficiente fe como para haber dado un voto de confianza a las palabras de Cristo y haber obrado en consecuencia, pues eso es lo que nos salva la vida. Que el Señor nos conceda una escucha atenta y vibrante de todas y cada una de sus palabras de luz y vida, aunque a veces nos duela.

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