Universidad de la República Facultad de Psicología Maestría en Psicología Social

Curso Optativo: Clínica y Psicología Social Profesor: Prof. Tit. Joaquín Rodríguez Nebot

Breve ensayo: no hay palabras para todo.
Maestranda: Gabriela Etcheverry Diciembre 2011

Sobre las intenciones del texto:
Más de uno, como yo sin duda, escriben para perder el rostro. No me pregunten quien soy, ni me pidan que permanezca invariable: es una moral de estado civil la que rige nuestra documentación. Que nos deje en paz cuando se trate de escribir. Michel Foucault, La arqueología del saber.

Como plantea Bajtin (2008:291), el texto puede ser ubicado como “dato primario”, como realidad inmediata. Esta es una de las pretensiones de éste. Ser un dato a propósito de lo que en tanto autora procuro decir, y también un nodo de una red de otros textos posibles. Al mismo tiempo, no puedo más que pensar que, al momento de escribirlo, y más allá de ciertas enunciaciones, pierdo su propiedad. Y por tanto puede ser interesante no establecer algún tipo de relación fetichizada con este texto. Sumado a lo anterior, nunca es posible saber hasta qué punto estamos hechos del mundo que nos toca vivir. Así que quién sabe cuántas cosas escriben cuando “yo” escribo. Se agrega además el problema “de la relación que se establece entre el pensamiento y la palabra, por una parte, y el deseo, la voluntad, la exigencia, por otro” (Bajtin, 2008: 303). Es decir que no es posible soslayar que este texto aspira a ser el resultado de un proceso de reflexión -aunque no todo lo pensado quede escrito- emergente del tránsito por un curso y a la vez diagramado por una evaluación. Asimismo, otra cuestión a destacar es que esta escritura tiene una intención dialógica; en ese sentido, “lo dialógico” es ubicado como aquello complejo que puede implicar relaciones de asentimiento, de confrontación, de lucha, de acuerdo, entre otras. Aún acompañada de Bajtin (2008: 292), si este texto puede ser pensado en tanto enunciación, es porque el proyecto o la intención de su escritura tiene relación con la posibilidad de producir algunas ideas acerca del sufrimiento en ciertos espacios, y de cómo ha sido factible su tramitación1.

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Este término es usado en su acepción de “paso de una parte a otra, o de una cosa a otra”.

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De todas maneras, este texto también tiene la intención de sostener que no hay palabras para todo.

De dónde venimos: Marx, Nietzsche y Freud aportan soporte a la hora de pensar de dónde venimos; luego otros autores- personajes aparecen en escena, siempre en conexión. Una caja de herramientas abierta a lo nuevo pero considerando una y otra vez pensamientos de otras épocas, con indudable vigencia. “Entender la teoría como una caja de herramientas quiere decir:- que no se trata de construir un sistema sino un instrumento, una lógica propia a las relaciones de poder y a las luchas que se comprometen alrededor de ellas; - que esta búsqueda no puede hacerse más que poco a poco, a partir de una reflexión (necesariamente histórica en algunas de sus dimensiones) sobre situaciones dadas” (Foucault, 1985: 85). Las nociones, los conceptos, tienen que ser operacionales, funcionales, tienen que servir. Cierta actitud cínica, cierta condición estoica, orientan la producción de formas de pensar- de hacer. Y la inquietud encendida a propósito de una interrogación permanente, resistiendo soluciones simplificadoras. Rescatamos en esta

perspectiva la idea de resistencia como la condición de hacerle frente a ciertas prácticas y procedimientos que apuntan al sometimiento. No es entonces la resistencia al cambio que planteó Pichon (1999), aquella que impedía que el movimiento fuera sostén transformador, que frenaba la tramitación de ansiedades y miedos, aquella que, en definitiva, paralizaba; no es la resistencia que hay que elaborar, remover, procesar; no es la resistencia como transferencia. Es la resistencia de la firmeza, de la intransigencia, de la potencia. Es la resistencia al poder, tomado éste en su peor acepción. Desde que el capital va quedando conectado con la idea del conocimiento, van desapareciendo ciertos horizontes revolucionarios y lo que importa es finalmente siempre es el capital, por lo pronto en sociedades como la nuestra. En esa dirección, la academia ha sido ganada por un modelo de cientificidad, y en ese sentido pierde valor (al tiempo que se cuestiona) la idea de ensayo. Sin embargo, ensayar posee un valor ético, en la perspectiva de trabajar un tema, ponerlo a
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rodar, hacer jugar sus conexiones en la inmanencia de las situaciones. La universidad parece necesitar únicamente la confirmación de los saberes probados. Queda poco lugar para la ignorancia. Sin embargo, la ignorancia termina siendo la única ocasión para la producción; la ignorancia implica el reconocimiento de los límites del conocimiento, así como la asunción de una posición de ignorar que se sabe. Concibo este ejercicio escritural como una oportunidad: la de poder experimentar con ciertas ideas. Auxilia en esta perspectiva la propuesta de Winnicott a

propósito del garabato: “Primero tomo algunas hojas de papel y las rompo por la mitad, dando así la impresión de que lo que vamos a hacer no tiene una importancia desmesurada, y luego empiezo a explicar: "Este juego que a mí me gusta no tiene reglas. Simplemente tomo el lápiz y hago esto...", y probablemente mirando hacia otra parte trazo un garabato a ciegas. Continúo entonces con mi explicación:"Me dirás a qué se parece esto que yo hago, o si puedes conviertes tú en alguna cosa; después tú harás lo mismo para mí, y veré si puedo hacer algo con lo tuyo" (Winnicott, 1964-68). Este juego propuesto por un excepcional clínico como fue D. Winnicott parece apropiado por aquello del entre: entremedio/ encuentro donde la idea es la producción de un proceso de juego creativo, cuya resultado es una creación transicional de autoría compartida. Otras procedencias aparecerán mencionadas en lo que sigue.

Casuística (excusa para las ideas): Lo que viene a continuación no es historia concluida, ni capítulo cerrado. Simplemente algún relato para dar cauce a fragmentos de ideas. Centro Hospitalario Pereira Rossell; año 2009; turno vespertino, encuentro con personal de enfermería. Hace ya unos meses que el “Grupo de Investigación y Extensión del CHPR2” viene interviniendo en ese ámbito. Se trata de la atención a un pedido formulado por varios actores institucionales para abordar un tema
En adelante equipo CHPR. Dicho grupo-equipo ha sido construido a los efectos de trabajar en el centro hospitalario, luego de producido un pedido al entonces Área de Psicología Social de la Facultad de Psicología- UdelaR.
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asociado a la relación asistencial: los enfermeros en su trabajo cotidiano sufren situaciones de violencia de parte de los pacientes (niños y adolescentes) y sus familiares. Este pedido explícitamente se orienta a que el equipo CHPR asista, y por tanto resuelva la diversidad de situaciones conflictivas que se generan. El trabajo se concibe, desde un inicio, como una intervención institucional, pensando a la misma como “…un derrotero clínico que va a hacer actuar, al mismo tiempo que ciertos procedimientos, una forma de presencia para asumir y tratar los procesos sociales, buscando su evolución”. (Ardoino, 1987). Lo clínico aquí está pensado en términos de desvío, como la producción de acontecimientos, como algo del orden de la divergencia o de lo disruptivo; cortar con ciertas cosas preestablecidas para inventar algo nuevo. Por otra parte, también esta intervención, siendo en este sentido clínica, coloca en el centro la necesidad del movimiento hacia el doliente (Rodríguez Nebot, 2010), en la escucha y análisis de lo sufriente, en aras de la transformación del sufrimiento en otra cosa. “Pero. ¿cómo distinguir el dolor que es inevitable, del sufrimiento que es innecesario?” (Percia, 2010: 8). Porque ciertas formas pre-establecidas, del orden de la violencia, de la barbarie, de la crueldad, son innecesarias. El dolor por las pérdidas, por el paso del tiempo infalible, por los desencuentros del amor, son parte de lo que no es posible evitar. Con esa disposición, ese punto de vista, comenzamos la intervención. Las rutas de dicha labor nos llevaron por caminos insospechados e imprevistos. Luego de un período inicial exploratorio, apoyado en diversas reuniones, entrevistas personales, observación del trabajo de los enfermeros, elegimos una forma de trabajo particular. Propusimos sostener espacios de conversación con los enfermeros, donde la tensión singular- colectivo pudiera mantenerse y nutrirse. Un dispositivo donde lo único dispuesto era el encuentro, más allá de ciertas “concepciones”3 grupalistas que componen al equipo CHPR. Suponíamos además que “La acción de las grupalidades remite a la producción de múltiples sentidos” (Rodríguez Nebot, 2004: 98). En ese sentido la construcción de un espacio grupal, cuidando cualquier pretensión de constituirlo en un espacio de encierro, haría posible la emergencia de aquellos –múltiples sentidos-, habilitando al mismo
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Esta es otra procedencia: la formación pichoniana que nos compone, y cierta convicción de que “los grupos” pueden ser espacios de conspiración en el mejor sentido del término.

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tiempo un camino hacia la multiplicidad. Así entonces, semanalmente nos reuníamos en las salas de estar de enfermería, proponiendo como pregunta inicial “¿cómo están?”. Entendíamos que era imprescindible construir los problemas, transformando el pedido explícito en el desarrollo de unas potencias: la del análisis, la de la acción política, la del acontecimiento. En la perspectiva del análisis, la idea era procurar la formulación de una demanda, sostenida en el deseo; la presencia del equipo CHPR podría echar a andar la pregunta que conllevara la reflexión. En el terreno de la acción política, la apuesta era visualizar el encargo institucional trabajando nuestra implicación, y en definitiva procurar así un proceso de transformación. Y en la zona del acontecimiento, apuntar a la producción de un proyecto. El encargo comenzó a hacerse evidente con el paso de los encuentros: la idea principal era que el equipo CHPR “aplacara los ánimos” del personal de enfermería, dejando concentrados los padecimientos en “el problema de la violencia…de los pacientes psicosociales”….o “el problema de fulano o mengano…que son personalidades difíciles”. Hacerse cargo del encargo, y no cómplice de ciertas lógicas instituidas, fue nudo del trabajo. Un analizador de dicho nudo se produjo al proponer un dispositivo de trabajo donde se utilizara un cuaderno como vía de conversación. Así, se propuso que el cuaderno estuviera conformado por “decires”; que fuera un espacio de producción de palabras, de ideas, de frases, y que pudiera circular 4. Luego de unas semanas, el cuaderno desapareció. Y dicen a propósito del hecho, en uno de tantos encuentros: E. 1: “Se distorsionó todo” E. 2: “Es porque nuestro cuaderno fue mejor que el otro5” E. 3: “El cuaderno se lo llevó la jefa” E. 2: “El cuaderno decía que la gorda xx chupa del pico igual que nosotros 6”.
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No es la intención relatar detalles del trabajo que alargarían el texto; solamente cabe aclarar que los colectivos de enfermeros con los que trabajamos estaban compuestos por no más de 8, que compartían un piso y un turno. 5 Hace referencia al cuaderno entregado en otro piso.

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E. 3: “Y decía que la Jefa favorecía a xx y xx con días libres”. E. 4: “Escribieron que xx y xx son lesbianas. Una de ellas se lo llevó a la jefa al cuaderno”. E. 2: “A muchos nos divertía el cuaderno. Lo leíamos, pero muchos no lo escribíamos” E. 3: “Porque sabíamos lo que iba a pasar. El cuaderno lo tiene la policía” E. 1: “A mí se me pasó desapercibido el cuaderno, no lo veía. No me daba cuenta. Si quieren yo se lo puedo pedir a la Jefa”. Lo que fue pensado como herramienta de trabajo, se transforma en un analizador –artificial-, operando como una especie de catalizador, generando visibilidad sobre las lógicas en juego. Por nuestra parte, propusimos un instrumento sin ubicar muchas de las posibles consecuencias de su operación; una vez efectuada, pudieron hacerse visibles múltiples dimensiones. Por ejemplo, que la presencia del equipo CHPR podía generar situaciones peligrosas (la denuncia de que la jefa es como todos los demás, la enunciación de prácticas de amiguismo –por todos conocidas pero nunca escritas-, la evidencia de niveles de discriminación y de falta de límites entre lo público y lo privado, entre otras). Otra dimensión que se hizo evidente fue la del peso de la jerarquía institucional (“el cuaderno se lo llevó la jefa”), y como corolario de toda esta situación, la evidente puesta en juego de lógicas persecutorias7.

Ideas en conexión: Dentro de la enfermería hospitalaria (de un hospital público), existe algo del orden de “unos comandan, y otros obedecen”. Esta característica genera la transinducción del conjunto subjetivo. Se van tomando partes de otros, los elementos van mutando, y dan como resultado la emergencia de la condición de
Se refieren a la Jefa del Dpto. de Enfermería Este término, “lógicas persecutorias”, alude tanto a ansiedades persecutorias y a operaciones de persecución, lo cual resulta algo paradojal si pensamos que las ansiedades persecutorias no necesariamente responderían a situaciones de persecución de la “vida real”. Obviamente éste no es el caso.
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subalterno; el sometimiento y la inconformidad se corresponden con la aparición de síntomas diversos. Porque “la relación social está efectivamente en el presente, desde el punto de vista de cada individuo” (Simondon, 2009:435). Así queda el foco puesto en “personalidades difíciles” de ciertos enfermeros. El analizador de la desaparición del cuaderno muestra que no es posible limitarse a ese análisis. “No se puede decir que el grupo ejerce una influencia sobre los individuos, pues esa acción es contemporánea de la vida de los individuos y no es independiente de ella…el grupo es complemento de individuación a gran escala que reúne a una pluralidad de individuos” (Simondon, 2009: 444). Es posible, además, pensar lo que se hizo visible en algunos momentos del trabajo, en clave de lo que plantea Ulloa (1999: 246) como “encerrona trágica”: esta idea tiene relación con una suerte de “cultura de la mortificación” (Ulloa, 1999:238), cuando alguien, para poder vivir (trabajar, recuperar la salud, etc.), necesita o depende de algo o alguien que maltrata. El caso de la enfermería tiene puntos de conexión con esa mortificación, cuando existe una situación de sometimiento a la autoridad y/o a los pacientes/familiares, solamente a los efectos de mantener el trabajo. Esta encerrona produce comportamientos del tipo del trabajo a desgano, continuas faltas, cansancio, automatización de ciertas funciones, naturalización de ciertas formas. En ese sentido, en un inicio era posible escuchar discursos del orden de la queja, sin ningún tipo de accionar crítico o autocrítico, y con pocas posibilidades de transformar aquella en protesta, mucho menos en enunciación. El personal de enfermería aparecía entonces, desde esta perspectiva, como encerrado en lo instituido. Recuperar cierta capacidad de enunciación fue una deriva positiva de la intervención; en definitiva, se pudo poner palabras a lo que ocurría, a lo callado, palabra escrita y luego verbalizada, más allá de la desaparición del cuaderno. Como corolario de la emergencia de palabras, se puso en juego un movimiento de los cuerpos; comenzaron a circular, a moverse, propusieron otras lógicas de funcionamiento, empezaron a vehiculizar sus fuerzas de otra forma. Este momento fue de inflexión, puesto que comenzó a descentrarse lo conflictivo de la verticalidad de ciertos actores y del problema de los pacientes psicosociales, al

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tiempo que hizo foco un anudamiento de dimensiones institucionales y organizacionales. Nuestra implicación –analizada- también generó visibilidad sobre lo sucedido; ya que la neutralidad es un mito del pasado, nos reconocimos afectados por las lógicas institucionales, y en muchas ocasiones fabulando alianzas con los sujetos con los que trabajamos. Quedó a la vista cómo “lo otro” nos formatea, y muchas veces nos hace actuar.

Algunas otras palabras: Los actos clínicos del equipo CHPR fueron limitados; como toda acción micropolítica dentro de una organización- institución, algunas líneas pudieron ser abordadas, trabajadas, y se pudo producir en el entremedio del trabajo la idea de que otro mundo es posible. Trabajando con la idea de Prigogyne (1983: 166) de estructura disipativa, inventamos la de grupalidad disipada/ disipativa: “Podemos considerar las estructuras disipativas como fluctuaciones gigantes mantenidas con flujos de materia y energía. Son realmente el resultado de fluctuaciones, pero una vez formadas pueden ser estables frente a un amplio rango de perturbaciones”. Esa invención procuró mostrar cómo son los tránsitos y las formas de encuentro en el hospital: los enfermeros entran y salen, motivados por el trabajo con los pacientes; a veces permanecen mientras cenan, a veces solamente pasan por allí mientras atienden llamados, o se dirigen a la “sala de procedimientos”, o salen a un pequeño descanso a los alrededores del hospital. Desde afuera, podría pensarse que se dispersa la energía que podría producirse y que lo que allí sucede es algo alejado del orden; sin embargo, este tiempo de intervención nos muestra la productividad de ese caos, lo posibilitador en referencia a la emergencia de discursos, de situaciones, de acontecimientos. Como todo dispositivo, genera visibilidad sobre unas cosas y sobre otras no. Es un régimen de producción que no permite que existan integrantes estables y permanentes en número fijo. Cada semana hay algo de la incertidumbre que se juega: nunca sabemos con quiénes vamos a trabajar, ni si será posible hacerlo, ni cuántos participarán. Al ingreso se acuerda un horario en
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el que el equipo CHPR estará en el piso, tomando como referencia el espacio físico del estar de enfermería. Allí, el personal se reúne para hacer diversas tareas tales como completar historias clínicas, cenar, ponerse al día de las novedades, recibir a los supervisores, atender a los familiares de los pacientes que solicitan distintas cosas; por el estar de enfermería (que dimos en denominar “cocina”) pasa mucho de la vida del piso y del personal; en esa nominación (casi del orden del lapsus), se condensan ciertos sentidos: en ese espacio físico se “cocina” mucho de lo que pasa. Entonces, cuando observamos el nivel de encuentro en el estar, producimos un movimiento que da cuenta de la existencia de un puente que permitió el acceso a lo posible. El trabajo con esa grupalidad, procuró evitar todas las tentativas del conjunto de constituirse en una unidad, de reducir su existencia a ese grupo, de transformarse en un bando opuesto a todos los grupos que quedaran por fuera de él. Si se fijaron ciertas condiciones de posibilidad del trabajo (nuestra presencia, semanalmente, durante 1 hs 15 min., en el espacio físico del estar de enfermería, y la pregunta inicial del “¿Cómo están?”), entendiendo que las mismas generan lo viable, lo situado. Situar debió sortear el riesgo de sitiar. La propuesta además se enfocó en articular las diferencias, posibilitar la expresión de singularidades y no la sumisión a una unidad imaginaria que siempre estaría fuera del grupo. El desafío fue pensar una situación grupal que no aplanara las diferencias, negara la singularidad o redujera la diversidad, y que sostuviera procesos compuestos por

estabilidad/inestabilidad al mismo tiempo. Que todo lo que dispusiera el dispositivo, lo hiciera sin cerrar, sin vallar, con un horizonte abierto. Por otra parte, la noción de pliegue acompañó todo el tiempo de intervención. Esto importa en la perspectiva de que ya no puede pensarse la relación grupo- sociedad en términos de influencia, cuando lo que se denomina “realidad externa” es parte del propio texto grupal; las formas que un grupo produce no son más que pliegues del social histórico, que se manifiestan de forma singular en esa situación. Las dimensiones referidas a la transversalidad fueron de difícil abordaje, hubo momentos del proceso donde, siguiendo a Guattari (1976), el grupo fue capaz de enunciaciones varias, evidenciando un alto coeficiente de transversalidad, en otros hizo juego con la jerarquización institucional, acatando las lógicas más instituidas.
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Si lo rizomático es lo que subroga a la transversalidad 8, podríamos pensar que lo interesante de la intervención, más allá de los “resultados”, son las conexiones que se disparan en múltiples superficies y espacios, profundidades, larguras, formatos. Múltiples entradas y salidas, expansiones posibles, capturas, conquistas, variaciones. Cuántas mutaciones a partir de las conexiones se fueron produciendo, no es posible saberlo. Al final, “Tal vez, lo que realmente cambia en el curso de la intervención es la mirada que los actores dirigen hacia la situación que sufrían hasta entonces sin poderla comprender muy bien, por el hecho de su complejidad y de su opacidad” (Ardoino, 1987:37).

Pero (y además) no hay palabras para todo:
Uno vive con los muertos que están ahí con los sufrientes vive y con los despojados y con los presos vive Idea Vilariño. Uno Vive.

Llegado a este punto, y siempre en la línea del “ensayando ideas”, al releer el texto encuentro que procuré hablar del pensamiento que se piensa en nosotros. Lo interesante es que a veces los pensamientos son inclasificables, y no logran transformarse en palabras, solamente imágenes, solamente sensaciones. Existieron relatos dentro del hospital para los cuales no hay palabras; sufrimientos inconcebibles; sensaciones insoportables imposibles de compartir; afectos cuya localización es completamente corporal y para los cuales no hay pensamiento. Procuramos frente a ello objetar el furor interpretativo. Y sostener/ acompañar sin explicar. Dar hospedaje, alojamiento, solamente a través de la mirada empática. Entendiendo que no hay una verdad única, y menos aún cuando se trata del sufrimiento.
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Idea planteada por J. Rodríguez Nebot en el desarrollo del curso del que es resultado este texto

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No hubo marco para este texto, porque el marco es un territorio cercado, separado; meramente un pequeño territorio del cual es necesario desprenderse al finalizar. Algo del ensamble, de la improvisación musical, del “entre nosotros”, se jugó en la escritura. Algunas irrupciones no quedaron escritas, sino que fueron “cortadas y pegadas” para otros textos, aquellos de los que hablábamos al principio, los otros posibles. Esperamos haber podido mostrar la pregnancia de ciertas figuras que traman la producción de subjetividad. Y haber podido mostrar el pensamiento provocado 9 por el curso. Por cierto que queda, aún, inconcluso.

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Incitado, movido, estimulado.

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Bibliografía de referencia Ardoino, J. (1987). “La intervención: ¿imaginario del cambio o cambio de lo imaginario?”. En Guattari, F. et all. La Intervención Institucional. México: Plaza y Valdés. (p. 21). Bajtin, M. (2008). “El problema del texto en la lingüística, la filología y otras ciencias humana”s. En: Estética de la creación verbal. Buenos Aires: Siglo XXI editores. (pp. 291- 319). Deleuze, G. & Guattari, F. (2002). “Rizoma”. En: Mil Mesetas. España: Pre- textos Foucault, M. (1985). “Poderes y Estrategias”. En: Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Madrid: Alianza Ed. (p. 85- 101). Foucault, M. (2006). Arqueología del saber. Buenos Aires: Siglo XXI. Guattari, F. (1976). Psicoanálisis y Transversalidad. Buenos Aires: Siglo XXI. Percia, M. (2010). Inconformidad. Arte, Política, Psicoanálisis. Buenos Aires: La Cebra. Pichon Rivière, E. (1999). El proceso grupal. Del psicoanálisis a la psicología social. Buenos Aires: Nueva Visión. Prigogyne, I. (1983). La Nueva Alianza. Madrid: Alianza Editorial. Rodríguez Nebot, J. (2010). Clínica y Subjetividad. Montevideo: Psicolibros universitario. Rodríguez Nebot, J. (2004). Clínica móvil: el socioanálisis y la red. Montevideo: Psicolibros- Narciso. Simondon, G. (2009). La individuación. Buenos Aires: Cactus/ La Cebra. Ulloa, F. (1999). Novela clínica psicoanalítica. Buenos Aires: Paidós. Vilariño, Idea. (2009). Poesía Completa. Montevideo: Cal y Canto. Winnicott, D. (1982). Realidad y Juego. Barcelona: Gedisa. Winnicott, D. (1964- 68). “El juego del garabato” En Voices: The Art and Science of Psychotherapy n.º 1, vol. 4, en 1968, la revista de la American Academy of Psychoterapists. Disponible en: http://www.adisamef.com/fondo%20documental/salud_mental_infante_juvenil/1 0_el_juego_del_garabato_winnicott.pdf. Recuperado Diciembre, 2011. (p. 27)

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