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En torno al conflicto de la Pucp

Una sabrosa ironía histórica
Federico Prieto Celi Veo que en El Comercio se respira un clima de sana libertad, porque mientras que Rossana Echeandía, a quien no tengo el gusto de conocer, escribe con lucidez un magnífico artículo sobre el Papa y los obispos, en relación con la PUCP, Fernando Vivas escribe otro, el mismo día, 24 de julio pasado, en sentido inverso. Este colega, al que tampoco tengo el gusto de conocer, se ha referido a un libro mío, una entrevista biográfica al ex presidente Francisco Morales Bermúdez, para argumentar a favor de la PUCP. No voy a abusar de la acogida de este Diario para terciar en el debate. Simplemente me veo obligado a discrepar del uso que hace Vivas de una sana opinión de Morales Bermúdez para llevar el agua a su molino, lo que considero una falacia. Afirma que así como el ex presidente renunció en 1980, a nombre del Estado peruano, para dejar que los obispos sean nombrados sin intervención política, de la misma manera, la PUCP ahora tiene la oportunidad de dejar de lado la intervención de la Iglesia, para nombrar a sus rectores por procedimientos exclusivamente internos, en el ejercicio de su autonomía universitaria. La falacia consiste en usar mal la analogía, porque el razonamiento lógico es de otra manera: así como el Estado peruano no ha querido intervenir en el nombramiento de obispos, para respetar la esfera propia de la autonomía de la Iglesia; de la misma manera, la Iglesia no debe tener cortapisas en las leyes peruanas, y de hecho no las tiene, para defender la esfera propia de su autonomía para gobernar, con las leyes canónicas, sus universidades católicas. Así, pues, lo que Vivas llamó "una sabrosa ironía histórica", revierte su sentido a favor de la decisión de la Santa Sede, concretada en un decreto papal firmado por su secretario de Estado, el cardenal Bertone, reclamando del rector de la PUCP el acatamiento de las normas canónicas; e invocándole en una carta a rectificar, así como al presidente de la Asamblea Episcopal Peruana a defender el sentir de la Santa Sede y a secundar al arzobispo de Lima en su defensa de los fueros eclesiásticos, en el caso de la PUCP. Más allá del debate jurídico y canónico, en el que no voy a entrar, quiero subrayar una frase de la carta del cardenal Bertone a monseñor Salvador Piñeiro: lo que está en juego, le dice, es la libertad de la Iglesia para enseñar, para cumplir su irrenunciable deber de extender el evangelio por todo el mundo, sin la injerencia indebida del poder político ni el expolio interno de sus propias instituciones confesionales. No podemos olvidar esa lúcida advertencia del secretario de Estado al presidente de la Asamblea Episcopal Peruana, porque la Iglesia tiene en el Perú, como en tantas naciones de mayoría de fieles católicos, otras universidades

católicas, multitud de colegios de enseñanza media y primaria, entre otras instituciones educativas, cuya libertad de enseñanza está en juego.