Martes XVIII del tiempo ordinario (año par) ¡Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo! Lecturas: Jer 30, 1-2. 12-15.

18-22; Sal 101; Mt 14, 22-36 El relato de hoy es como una prueba que Jesús quiere que experimenten los discípulos, para irles enseñando cómo deben actuar cuando ya no tengan su presencia física, una clave para entender lo que será la futura vida del grupo de los discípulos en el océano abierto del mundo. Efectivamente, es Jesús quien voluntariamente manda a los discípulos a que se embarquen sin Él: “Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la gente.” Los discípulos podrían pensar que Jesús llegaría enseguida, lo que tardara en despedir a la gente, pero no es así. Jesús se retrasa, y la barca va adentrándose en el mar más y más. Mientras, Jesús “subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí, sólo”. De este modo tan significativo Jesús nos dice sin palabras que mientras los discípulos, la Iglesia, surca la historia hacia su meta definitiva, Él ora, pues los creyentes no quedan solos a expensas del mar y sus acometidas, sino que cuentan con la intercesión continua de Cristo. Porque llegará un día, tienen que entender los apóstoles, que Jesús ya no estará con ellos, y deben continuar sin detenerse. Mejor dicho: Él siempre está con sus discípulos acompañándolos en todas las circunstancias de la vida; aunque no puedan verlo físicamente, Jesús está ahí. Esta es la fe que quiere ver Jesús en Pedro y en su Iglesia, que Él no les deja solos, sino que les acompaña siempre con su intercesión poderosa, y no hay que dudar ni por un momento que Él vaya a dejar que su barca se hunda. Para que entiendan esto, Jesús prolonga la travesía del grupo, y la “barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario”. ¿Cómo de lejos? ¿Mil, dos mil años? Así es la Iglesia hoy, lejana en el tiempo del Jesús terreno, tanto, que una parte de los cristianos, cuando llega la madrugada, la noche más oscura, el derrumbe de todo el entramado secular que se ha ido construyendo durante siglos, no son capaces de creer en la intervención personal, visible, de Cristo, que aparece con poder para fortalecer a su Iglesia: “los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma”. Lamentable comportamiento de un grupo de temerosos y amedrentados, confusos y dudosos, que no creen que sea posible ya -tan lejos- la intervención de Cristo, y anuncian un naufragio seguro. Así Jesús les dice enseguida: “¡ánimo, soy Yo, no tengáis miedo!” ¡Soy Yo! ¿Quién va a ser sino el salvador de la Iglesia? Ni la sociología, ni las técnicas evangelizadoras, ni la propaganda, ni los nuevos movimientos, ni las teologías, ni mucho menos modernidades y progresismos de todo tipo salvarán a la Iglesia de Occidente: ¡sólo Cristo en persona! Y he aquí que de nuevo, entre la mediocridad y parálisis de los miedosos creyentes, surge la figura de Pedro, el Papa, que toma la iniciativa de acercarse a Cristo despegándose del convulso contexto, del coro de plañideras y catastrofistas, de revolucionarios y airados renovadores, para dirigirse dónde hay que ir: “mándame ir hacia ti andando sobre el agua”. Y Jesús le dice: “Ven”. Esa es la orden que recibe el grupo de los discípulos si quiere sobrevivir en las críticas travesías históricas: ir a Él. Pedro, y con él todos los creyentes, pone en marcha su débil fe, y se lanza al encuentro de Cristo, “pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: -Señor, sálvame.” Y he aquí la respuesta de Jesús:

nada más escuchar la sentida llamada de Pedro, de la Iglesia -y esto es la oración- “extendió la mano, lo agarró y le dijo: -¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.” Si hoy Cristo sigue estando lejos para muchos, y para otros todo esto es un desastre en el que la Iglesia europea va a la deriva, es porque siguen sin orar, ni llamar a Jesús, con una oración intensa, con un grito del corazón, para que Jesús calme las turbias aguas de nuestra tormentosa y atormentada sociedad. Así, Jesús no sube a la barca con Pedro hasta que este no le grita y le agarra. Cristo está muy cerca, sí, pero quizá no gritamos lo suficiente, pues enzarzados en luchas internas, en criticarnos unos a otros, en discutirlo todo, en debilitar continuamente la enseñanza del Papa y de la Iglesia, los cristianos contemporáneos no vemos a Jesús ni le escuchamos. ¿Cómo saber si Cristo ha tomado posesión de esta embarcación que va a la deriva, tanto de mi vida como de mi comunidad? Si tú y tu comunidad sois de aquellos que se postran y adoran -“los de la barca se postraron ante él diciendo: -Realmente eres Hijo de Dios.”-, y reconocen en Jesús a su Salvador, no dudes ni por un momento que Él te conducirá a puerto seguro: “¡Ánimo, soy Yo, no tengáis miedo!”