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Bolivia: metáforas y retóricas en el levantamiento de octubre

Silvia Rivera Cusicanqui
Socióloga, videoasta, integrante del Taller de Historia Oral Andina, Docente emérita de la Universidad Mayor de San Andrés, La Paz, Bolivia.

La tierra tiembla fue una película del temprano Visconti, de aquél que profesaba el realismo como una convicción política encarnada en poderosas imágenes más que en programas o palabras. La tierra que él filmó, temblaba de miseria y su título señala la inevitabilidad natural de la catástrofe humana. Una especie de impotencia cruzaba los rostros ajados de los pescadores, marcaba su fuerza muscular y su silencio. Me vienen a la memoria unas imágenes: el contraste entre el "afuera" y el "adentro", la expresión de otro orden social que parecía surgir de las cocinas. Las mujeres, siempre de negro, se entregaban a los afanes cotidianos y organizaban la existencia a partir de detalles: produciendo el pan, los lienzos olorosos, el sentido común de lo que es justo o injusto en el diario vivir, alimentaban el tejido callado, pero denso, de la dignidad colectiva. En un paisaje radicalmente distinto, alejado del mar física, aunque no espiritualmente, la sociedad se estremeció de espanto, en lo que pareciera un pachakuti1, más que un temblor de la tierra. No sólo porque las mayores masacres —26 y 28 muertos respectivamente— se perpetraron el 12 y 13 de octubre, como para ratificar que la opresión colonial no ha cesado, que la historia inaugurada en 1492 continúa produciendo genocidios. Hubo también otros nexos entre el ciclo del tiempo y la acción de la sociedad. El paro total de actividades, el vaciamiento de los mercados, la negativa de los gremios de abastecer a la "hoyada" paceña2, se realiza precisamente en el momento en que la sociedad dominante toma más distancia con respecto a la sociedad aymara de El Alto y las laderas de La Paz. En octubre entramos en lo que se conoce como el awti pacha: tiempo de hambre, tiempo de aguantar la aridez de la atmósfera y la falta de lluvias, momento del ciclo anual cuando la gente se ajusta los cinturones y se repliega a una fase de no-consumo, recurriendo a las reservas de chuño3, granos, carne seca, que permiten asegurar una austera sobrevivencia hasta que llegue de nuevo la abundancia. Fue en este tiempo-espacio —el octubre del altiplano paceño y la ciudad de El Alto— donde los hechos de la naturaleza dejaron de asumir un carácter inevitable, pues el levantamiento les otorgó una nueva materialidad. La participación colectiva comenzó con el rechazo tajante a las reformas fiscales que pretendían incorporar a miles de cuentapropistas al universo de
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En aymara y qhichwa, pachakuti alude a una revuelta del tiempo-espacio y se refiere a los grandes cataclismos sociales/naturales que jalonan la historia larga de las sociedades indígenas en los Andes.
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Con esa palabra se conoce a la población blanca y mestiza asentada en el hueco altiplánico donde se asienta la ciudad de la Paz.
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Papa deshidratada.

contribuyentes, mientras los grandes evasores, entre ellos las compañías petroleras, hacían su agosto con recursos legales y extralegales. La bronca se amplió con la muerte de los mineros de Ventilla y se convirtió en indignación vociferante cuando, para abastecer a La Paz de gasolina, las tanquetas y ametralladoras dejaron un reguero de muertes. El hambre y la caminata a pie pasaron entonces a ser estrategias de lucha, expresiones de rebeldía, formas de manifestar la insobornable voluntad de abrir un espacio público a la dignidad y a la justicia. Es en esta dimensión pacifista y ética de la multitud, que el papel de las mujeres fue absolutamente crucial. Al organizar minuciosamente la rabia cotidiana, al convertir en asunto público el tema privado del consumo, al hacer de sus artes chismográficas un juego de rumores "desestabilizadores" de la estrategia represiva, al organizar circuitos de trueque y ollas populares para los marchistas, lograron derrotar moralmente al ejército, dando no sólo el sustento físico, sino el tejido ético y cultural que permitió a todos y todas mantenernos furibundamente activos, roto el muro doméstico y transformadas las calles en el espacio de la socialización colectiva. Y así se quebró de pronto el sentido común dominante, que opone lo privado a lo público, la emocionalidad al raciocinio, la ética a la política, pues aquí todas y todos hemos pensado con el corazón y amado y odiado —amado a esos 85 muertos, a esos 500 heridos, odiado a sus victimarios y al sistema que representan— con toda la fuerza de nuestra lucidez y de nuestro pensamiento. ¿Pero qué ocurre con esta revolución del sentido común cuando se alcanza la tregua y se consigue la "sucesión constitucional" que demandaban las organizaciones de base, las juntas vecinales, los y las marchistas, las y los huelguistas de hambre? Si durante el levantamiento, eran mayormente mujeres y jóvenes de la ciudad más indígena de Bolivia quienes daban sustento a la ética del levantamiento y le otorgaban un sentido de dignidad y soberanía colectivas, a la hora de repensar la democracia y proyectar hacia el futuro las lecciones de estas jornadas, los y las protagonistas brillan por su ausencia en los ampliados sindicales o en las antesalas del parlamento. Si a la hora de la revuelta la multitud consigue interpelar al país entero en torno al tema del gas, articulando a ello otros problemas centrales como la inequidad, la corrupción y la intransparencia en el manejo de la cosa pública, a la hora de discutir soluciones vuelven a escucharse tan sólo voces masculinas, occidentales e ilustradas, como si de las cosas serias o de los momentos constructivos no pudieran ocuparse más que ellos. Está claro que la indignación colectiva, el llanto y los vituperios fueron la cara más visible de la conciencia colectiva, pero son indisociables del proceso de reflexión, razonamiento y discusión política que se vivió en carreteras, calles, plazas e iglesias, que de pronto se transformaron en una especie de cabildo abierto en sesión permanente. Fue allí donde el odio a Chile, inculcado en décadas de escuela pública y cuartel, se transformó en requisitoria a un sistema de saqueo sistemático por las rapaces corporaciones que alimentan el despilfarro de los países ricos. Fue allí donde se identificó al gringo Goni (el presidente Gonzalo Sánchez de Lozada) y al zorro Sánchez Berzaín (Carlos, ministro de Defensa), no como los malos de la película, sino como expresión de un sistema colonial y de casta, que utiliza las palabras — como dijo Octavio Paz— no para designar los objetos, sino para encubrirlos. Un sistema que llama "mercado libre" al intercambio desigual, "acción humanitaria" a la masacre, "equidad" a la ley del más fuerte y "justicia" a la impunidad de los poderosos. Y la brecha entre las palabras y las cosas no se ha cerrado al retornar la normalidad al trabajo y al consumo. Ya los artefactos explosivos, de procedencia yanki, están segando nuevamente vidas en el Chapare, para sustanciar la acusación de narcoterrorismo y justificar el acoso a los liderazgos y estrategias populares, aunque ahora quienes mueren son soldados indígenas,

fichas de ajedrez en el siniestro plan imperial de hacer de Bolivia un nuevo Irak. Pero los periodistas de algunos medios debaten sobre la "dictadura sindical" de los cocaleros, y surgen decenas de "analistas" y caudillos, que nos hacen escuchar palabras altisonantes, ausentes de las calles y los cabildos populares: "petroquímica", "industrialización", "tractores", o bien "reforma", "guerra del gas", "utopía". Y así los mitos progresistas, tan afines al pensamiento masculino y a los estilos de vida de las élites, enfrían ese sentido común construido al calor de la revuelta, que asociaba el tema del gas con la potestad soberana de un pueblo para decidir sobre la propiedad y el uso de sus recursos (no sólo el gas, también el agua, la hoja de coca). Olvidan que si algo se hizo claro en este octubre de paro total y rebeldía en masa, fue el valor de uso de este recurso. En los hogares y en las cocinas de todos los sectores sociales, salvo los más privilegiados, se sintió la escasez de todo y de gas, poniendo en el tapete la prioridad de contar con un acceso universal a este recurso. A una semana de inaugurado el nuevo gobierno, y mientras la gente trabajadora y luchadora de El Alto y de La Paz se recoge en el luto y la veneración de las almas, la política y el discurso público se comienzan a deslizar sigilosamente hacia el terreno de una normalidad capciosa, racionalista, monolingüe y masculina. Los partidos que hasta hace una semana respaldaban al gobernante asesino, lo han convertido hoy en chivo expiatorio de los pecados de toda la casta de la que formó parte. La retórica vuelve a esparcirse, como una mancha de aceite, sobre el espacio público, y los medios amplifican las piruetas verbales de esta casta, que se afana en demostrar que son "amigos del indio" y aliados del pueblo, mediante maximalismos verbales que se alejan por completo del tejido ético y comunitario que hizo posible esta revuelta. De esta manera, la política de los caballeros, la de los discursos voluntaristas, se reinstala en el espacio público como si lo que acabamos de vivir hubiese sido un temblor de la tierra, y no el levantamiento social más grande de los últimos 50 años, donde más allá de los mitos progresistas e ilustrados, se produjo una crítica práctica a la organización del detalle, una revuelta del sentido común y el trastrocamiento de la arquitectura invisible de la sociabilidad cotidiana. Entre tanto, esa sociedad y esa democracia de las y los de abajo, la que convocó minuciosamente a organizar la rabia y a romper el silencio, se sumerge de nuevo en el manqhapacha4, retorna a los lenguajes del símbolo y a los idiomas ancestrales, pero se mantiene vigilante y alerta ante estos mecanismos de escamoteo que son tan sólo la otra cara de la masacre: un maquillaje engañoso con el que las élites patriarcales y coloniales, pretenden nuevamente encubrir su dominio arbitrario y disfrazar su incapacidad de ejercer soberanía a nombre de
http://www.jornada.unam.mx/2003/11/03/articulos/63_silvia.htm

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Espacio-tiempo interior.