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Pepe, el etrusco

La primera vez que lo dijo, en una reunión de amigotes, todos creyeron que era una broma. A mí, en cambio, me llamó la atención cierta mueca de convicción en la cara de Pepe. Se hablaba de apellidos de origen italiano. —Yo no soy tano— dijo Pepe. —Soy etrusco. Pepe, según creíamos hasta ese momento, era un tano como tantos de nosotros. Es decir, alguien cuyos bisabuelos nacieron en un país ya extinguido, establecido dentro de los mismos límites territoriales que hoy comprenden la opulenta República Italiana. Un tano puede sentir simpatía y nostalgia por aquella patria vetusta y eternizada por los relatos de los ancianos de la familia sin reconocer el acento ni las costumbres de la Italia actual. Pero por lo visto las lealtades de Pepe eran aún más complejas. El apellido de Pepe es el nombre de una ciudad italiana. Me niego a revelar cuál: no quiero dar malas ideas a otras almas trastornadas; ya bastante he visto sufrir a Pepe. Un mal día mi amigo descubrió que esa ciudad, la de su apellido, había sido fundada en tiempos de los etruscos y en el corazón de la antigua Etruria. A partir del día en que experimentó esa pequeña epifanía toponímica, Pepe comenzó a obsesionarse con su nueva etnia y se dedicó a estudiar cualquier cosa relacionada con los etruscos que pudiera encontrar. En unos meses se convirtió en un erudito, aunque su sabiduría era bastante tendenciosa y estaba repleta de conclusiones antojadizas o directamente imaginarias. A veces casi causaba dolor ver con cuánto empeño trataba de recuperar la memoria y los sentimientos de una comunidad que en realidad le era tan ajena como es posible imaginar. —Pero Pepe —le dije— los etruscos no existen desde hace como dos mil cuatrocientos años. —No te molestes en recitarme la historia oficial —contestó Pepe imperturbable. La conozco de memoria. Es la historia que los ganadores nos impusieron. Hasta hoy se habla de “Tarquino el Soberbio”, para difamar a nuestro antepasado Tarchnas, que fue rey de Roma. Porque los etruscos, ignoro si lo sabías, gobernamos Roma antes que ustedes. Todo

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el relato oficial sobre Tarquino es una infamia, y la historia de la violación de Lucrecia no es más que un intento de justificación del cruento golpe de estado con el que comenzó la “república” romana, que de república tenía poco y nada. Tarquino no logró reconquistar Roma, pero los etruscos tampoco desaparecimos. La historia oficial nos ocultó y nos negó, es cierto, pero a lo largo de los siglos dimos muestras de que aún existíamos. Muchos siglos después de la época que me mencionaste Napoleón Bonaparte convirtió el Ducado de Toscana en el Reino de Etruria. Napoleón, un conocedor de la historia antigua, rodeado de grandes arqueólogos que le ayudaron a descifrar los misterios de Egipto, eligió el nombre de Etruria para un estado moderno. Seguíamos vivos un par de milenios después de la fecha de nuestra partida de defunción oficial como pueblo. Los datos que Pepe manejaba eran demasiado para mis vagas memorias del secundario. Me vi obligado a recurrir a la red de redes para entender un poco más. Una objeción que le planteé a Pepe fue el idioma. Los motores de búsqueda en Internet eran unánimes: el último hombre capaz de leer el idioma etrusco fue el emperador romano Claudio, que vivió muy pocos años después de Cristo. Además, según sostiene la famosa novela de Robert Graves, Claudio era inclinado a los estudios más oscuros y arduos; su habilidad para leer el idioma etrusco ya en su época era toda una rareza. Pero Pepe no se arredró: —Muchos pueblos colonizados han perdido su idioma y sin embargo han conservado su alma. Los irlandeses, por ejemplo, que hablan el idioma del dominador y sólo aprenden el gaélico en academias. O los vascos, o las varias etnias celtas de toda Europa. Mi siguiente objeción fue la religión. —Pepe, yo se que no has entrado en una iglesia en décadas más que para algún casamiento. Pero me imagino que los etruscos tendrían una religión bastante diferente de la que figura en tu certificado de bautismo. —También eso les pasó a muchos pueblos que han sufrido etnocidios, aculturaciones, colonizaciones —replicó Pepe—. Pero la religión de mis ancestros

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sobrevive oculta, a pesar de los intentos deliberados de negarla y desfigurarla. Voy a contarte una historia que tal vez te permita entender mejor este tema. A mediados del siglo XIX, un diplomático del Imperio Austrohúngaro estaba de vacaciones por Egipto y como recuerdo decidió comprar una momia. Dicho de otra forma: el cadáver momificado de una mujer. No te asombres. Ese era el respeto que se tenía por la memoria de los antiguos pueblos: sus muertos podían comprarse como cachivaches para turistas. Este buen señor se llevó el juguete a su casa en Viena y lo colocó como adorno en una vitrina de su sala de estar. Como el vendaje, que era de lino, le pareció algo desprolijo, lo quitó. Al hacerlo descubrió que las vendas estaban escritas en algún antiguo alfabeto. Conservó las vendas en otra caja. En la vitrina quedó expuesto el cuerpo esquelético, desnudo, oscuro y reluciente como bronce. Con el tiempo, los sucesores del diplomático donaron el macabro conjunto a un museo. Los egiptólogos analizaron la momia y concluyeron que podría ser del siglo III antes de Cristo. También analizaron el vendaje. Descubrieron que las vendas tenían escrito un texto en un idioma que no podían descifrar. Por otra parte, les llamó mucho la atención que las vendas fueran de lino, algo inaudito en una momia egipcia. Tardaron mucho tiempo en determinar de qué idioma se trataba. Era etrusco. Esta última frase la pronunció Pepe en un tono profundo y desolado, con la mirada perdida en el vacío, casi como alucinando. Y continuó: —Los especialistas no pudieron traducir todo el texto de las vendas, pero por las palabras que alcanzaron a decifrar cayeron en la cuenta de que se trataba de un texto religioso, donde reconocieron los nombres de varios de nuestros dioses. Entonces crearon su despreciable conjetura oficial. Según ellos, alguien había vendido el lino de las vendas como quien vende un rollo de tela, es decir sólo por el valor de la tela. Los deudos de la difunta habrían comprado el lino quizás a un mercader que a su vez lo habría adquirido en el sur de Italia. Así explican que el cuerpo de una mujer egipcia del siglo III antes de Cristo apareciera vendado con un manuscrito etrusco. Esa historia no tiene sentido, porque los mismo “expertos” reconocen que en todo Egipto no hay ningún otro caso de momificación con lino ni con manuscritos. No quisieron seguir las pistas más evidentes.

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Esa mujer, cuyo cuerpo fue momificado en Egipto y siglos después profanado en Viena, era evidentemente una autoridad religiosa, una misionera de los dioses etruscos que intentaba difundir la Verdadera Fe en la otra orilla del Mediterráneo. Pero para el discurso científico oficial, Etruria era un terreno prohibido, una civilización oficialmente desaparecida mucho antes del siglo III antes de Cristo, de modo que inventaron esa explicación banal. No contentos con profanar el cuerpo de una mujer consagrada, idearon un relato que en sí mismo es una blasfemia y un sacrilegio. El tono de indignación que iba tomando la voz de Pepe comenzaba a preocuparme, pero luego de una pausa volvió al modo inicial: —Según los expertos, el manuscrito de Viena está incompleto. Pero en Italia, en poder de los romanos, hay un fragmento de escritura etrusca sobre lino cuyas dimensiones, caligrafía y época coinciden con el de la momia. Está en el museo de la ciudad cuyo nombre es mi apellido. Es la parte faltante del manuscrito de Viena; he estudiado todos los detalles y tengo esa convicción absoluta. Durante los meses siguientes, Pepe siguió con sus actividades habituales. El trabajo, el club, la familia. Pero algo en su actitud había cambiado. Todo lo que hacía era en realidad una distracción provisional, un entretenimiento hasta que pudiera recibir la revelación que lo esperaba en Etruria. La Verdad no estaba en su vida cotidiana de Buenos Aires, sino cerca del Tirreno. Las “redes sociales” también contribuyeron a socavar la lucidez cada vez más precaria de Pepe. La Causa Etrusca había ganado ya una docena de militantes italianos, argentinos y uruguayos, que se reunían en un foro creado por Pepe. Comenzaban a ponerse de acuerdo acerca de la verdadera historia moderna de Etruria y su gente. El pueblo etrusco había logrado evitar que lo borraran del mapa. Para esto se había ocultado en Italia o había marchado al exilio. Disfrazados de inmigrantes tanos, muchos etruscos habían encontrado en América la libertad y la seguridad que serían impensables bajo el yugo romano.

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El siguiente paso fue el viaje. Pepe no logró convencer a su familia, pero a pesar del agrio conflicto provocado por su decisión, se dispuso a viajar a Italia, a la ciudad llamada como su apellido. Allí daría los primeros pasos rumbo a la toma de conciencia y la recuperación de la identidad del pueblo etrusco. Un día partió Pepe rumbo a la odiada Roma. Luego de un mes sin noticias recibí una carta suya, al viejo estilo, con estampilla y sello. Me extrañó que un revolucionario convencido enviara una postal turística durante una misión. Pero ese no era el caso. La dirección del remitente era uno de los pabellones de la prisión de Regina Coeli. Pepe había pasado las últimas dos semanas encarcelado. Tras llegar a Roma se había dirigido a “su” ciudad. Allí había visitado el museo donde se exhibía el manuscrito sobre lino, la supuesta continuación del manuscrito de Viena donde estuvo envuelta una momia egipcia. De alguna forma se las ingenió para robarlo. Pepe no tenía ninguna experiencia en el delito, pero logró salir del museo con el manuscrito oculto bajo su ropa, después de haber sido registrado por varias cámaras, dentro y fuera del museo. La policía no tardó en arrestarlo. La carta decía, entre otras cosas: “Querido amigo: La pasión por mi Etruria irredenta me causa mucho más dolor que la cárcel. No es simple fanatismo político: es algo que me quema y me consume. Desde la celda escribo esta declaración de amor a mi Etruria adorada, por cuya causa estoy dispuesto a aceptar el martirio. He tratado de recuperar uno de nuestros símbolos más sagrados y a esto el fiscal lo llama 'robo calificado'. Los romanos han recapturado nuestra escritura sagrada. No sé cuánto tiempo estaré aquí, pero mientras no exista una Etruria redimida donde puedan descansar mis huesos no me importa mi libertad”. Los romanos no fueron particularmente severos con Pepe, si se tiene en cuenta que lo sustraído era muy valioso y que en Italia se da mucha importancia al patrimonio arqueológico. A los pocos meses Pepe fue liberado. Pero Roma, aunque laxa en el castigo, conspiró para presentar a Pepe no como un rebelde o un sublevado, sino como un ladrón. Algunos diarios italianos informaron brevemente de un simple robo fracasado. No hubo manifestaciones de apoyo, sentadas callejeras, huelgas de hambre, muestras de

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solidaridad. Las masas etruscas de Italia, adormecidas por los medios masivos de comunicación, optaron por continuar su siesta milenaria. Con la Revolución Etrusca derrotada volvió a la Argentina un Pepe adusto y rendido. No logró reconstruir su familia; sus amigos nos ocupamos de que no quedara en la calle. Pepe está hoy rehabilitado desde el punto de vista de la ley. No reincidió en el delito. Procuro no hablar con él de la historia de Etruria, pero hace unos días un diario publicó una de esas noticias cuya exactitud nadie se molestaría en verificar; era una breve nota, casi en broma, sobre un supuesto remedio para la obesidad descubierto por los etruscos. La estaba leyendo Pepe, que se sabía observado por mí. —Qué locura, ¿no?— se limitó a comentar. Y mientras él fingía una sonrisa de incredulidad, yo fingía no advertir un brillo sombrío y enfermizo en su mirada.

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