Con la muerte de Gore Vidal recordé un breve intercambio con Martin Amis en la mesa del desayuno de un Hay Festival

en Cartagena de Indias. Todo comenzó cuando le dije que a mí, las novelas de Saul Bellow me parecían tediosas. Me miró indignado, desde su cabezota de genio británico, y preguntó: ---¿Y a quién pondrías por encima de Bellow? ¿No será a Gore Vidal? ---Phillip Roth y Vidal vendrían primeros en mi lista ---lo provoqué. ---Vidal funciona sólo como ensayista. Incluso sus puntos ciegos son iluminadores. Pero sus novelas naufragan en la historia. Sigo teniendo la misma imagen que me dejó el intercambio con Amis: Gore Vidal era un aristócrata norteamericano ---contradicción en los términos--- escribiendo sobre cómo la civilización en su entorno se viene abajo. Su civilización es la de la Primera Enmienda y el individualismo de la costa Este: “Mi familia ayudó a construir este país desde los 1690´s. Tengo un sentido de propiedad sobre este país”. Nieto de un senador ciego al que le tenía que leer en voz alta y vagamente relacionado con Jacqueline Kennedy y Al Gore, Vidal practicó dos géneros: la polémica y la novela histórica. Pero lo hizo desde una radicalidad a la Oscar Wilde, en la que cada argumento se resume en un aforismo: “Votamos por el analgésico X o el analgésico Y. Pero, al final, los dos son la misma puta aspirina”. O: “En EU sólo existe un partido, el de la propiedad privada. Tiene dos alas de derecha: los republicanos y los demócratas”. Desde su novela de 1948, La ciudad y la columna ---que escandalizó por su tratamiento de la bisexualidad y su historia de amor con su compañero en St. Albans, Jimmy Trimble, muerto en la toma de Iwo Jima en 45--- hasta sus supuestos amoríos con Anais Nin, Joanne Woodward y un posible trío con Paul Newman, Vidal hizo del alboroto un personaje:

aparece en el falso documental de Fellini sobre Roma, en Gattaca, y en un capítulo de Los Simpson. Pero de sus novelas históricas poco se escribe: son una larga historia del liberalismo norteamericano, con Lincoln como figura emblemática. En 1994, Harold Bloom escribe en El canon occidental: “Gore Vidal me dijo una vez, con amarga elocuencia, que su franca orientación sexual le había negado la categoría canónica. Lo que en mi opinión ocurre es que la novela histórica ya no conseguirá la canonización. Narrativa e historia se han separado y nuestra sensibilidades no parecen capaces de conciliarlas”. Como siempre, estoy en desacuerdo, pero es cierto que hay algo artificioso en las novelas históricas de Vidal que lo convirtieron en consultor de guiones para la MGM y las series de televisión. Al final, de Gore Vidal nos quedan sus alborotos, desde su postulación como candidato demócrata en Washington hasta su ataque merecido a George W. Bush: “Es el hombre más tonto de los Estados Unidos. Por eso no creo que el 11-S haya sido una conspiración. No era capaz de eso”. Pero, como dijo Martin Amis, son sus ensayos (reunidos en 2008) donde nos deja claro por qué fue una figura central, junto con Truman Capote y Norman Mailer ---con los que se peleó a golpes de ingenio. En la presentación de un libro, Mailer le dio un puñetazo en plena nariz. Vidal, en el suelo, sangrando, respondió: ---A Mailer le han fallado las palabras, una vez más.