Iglesia de San Martín de Biel, ampliada a mediados del siglo XVI para incorporar a los nuevos conversos.

EL LADINO: UNA LENGUA VIVA Y UN LEGADO CULTURAL
ABRAHAM HAIM
Hebrew University of Jerusalem
CANCIÓN DEL SEFARDITA LENGUA ESPAÑOL, LADINADA, CON QUE LLORÓ, SIÓN Y A TI ESPAÑA, LA POSADA, NIDO DE CONSOLACIÓN: TE APECHUGARÉ SIN MIEDO DULCE LENGUA SEFARDÍ LA QUE MANABA EN TOLEDO, CUNA DE JUDA LEVÍ, LENGUA DE TIERNO ROMANCE CON QUE ROMA NOS GUIÓ A VALERNOS EN EL TRANCE QUE EL CAUTIVERIO NOS DIO PARA MIS RESECOS LABIOS ERES LECHE E HIDROMIEL, QUE EN TI MAMARON LOS SABIOS DE NUESTRO NUEVO ISRAEL. (Miguel de Unamuno, 1928)

I. INTRODUCCIÓN

l pueblo de Israel se caracterizó a lo largo de su historia por el empleo de múltiples idiomas. Muchas causas motivaron este hecho inusitado; la diáspora es indudablemente la principal. Dos milenios estuvieron los judíos dispersos entre las naciones del planeta. Paulatinamente, la cultura hebrea recibió los aportes de otras culturas. A pesar de que los judíos se mantuvieron siempre unidos merced a su fe, y aunque en algunos casos estuvieron concentrados en ghettos, no pudieron evitar esa penetración. El comercio fue la actividad principal desplegada por los judíos fuera de Israel. El contacto con los gentiles era de rigor, y nuevos vocablos relativos a esta ocupación fueron desplazando a los equivalentes en el idioma hebreo, o se utilizaron para conceptos respecto de los cuales éste carecía de vocabulario apropiado. Por otra parte, el

Es importante señalar que la adopción de los idiomas locales no trajo como consecuencia la pérdida de la idiosincrasia judía. La forma era ajena, mas no el espíritu. Debido a un proceso natural, los diversos dialectos hablados por los judíos, tales como: judeo-árabe, judeo-persa, judeo-griego, etc., fueron diluyéndose, perdiendo su identidad y confundiéndose cada vez más con los idiomas que les dieron origen. El ladino y el yidisch constituían excepciones a esta regla. Durante largos años lucharon por su supervivencia, y hasta mediados del siglo XX eran los idiomas más hablados por los judíos de todo el mundo. Pero tampoco estas lenguas lograron sustraerse al proceso de la asimilación.

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carácter sagrado de esta última lengua, denominada por ello leschon hakodesch (lengua santa), coadyuvó a esa asimilación idiomática.

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Las dimensiones hispana y hebrea Los largos siglos de convivencia judía en la Sefarad medieval han dejado el judaísmo sefardí impregnado de rasgos hispánicos, el más notable de los cuales es la lengua. Cuando vivían en tierras de España, los judíos solían escribir el español con letras hebreas. El ladino se escribió generalmente en caracteres hebreos; de ahí que haya sido influenciado por gran variedad de temas hebraicos, en tanto que ha sido significativa la influencia de la literatura hebrea en la misma literatura española. Si los judíos salieron de España empleando caracteres latinos y escribiendo en castellano, como es justo, de izquierda a derecha, pronto en el Oriente la empezaron a escribir de derecha a izquierda y con caracteres rabínicos. En la práctica, la lengua escrita en caracteres hebraicos constituye por lo menos una especie de criptografía poco accesible a los no judíos. Ademas de tipo rashi o carácteres rabínicos cuadrados de que se servían para imprimir tanto los libros como los periódicos, los sefardíes usaban también otra ortografía especial llamada en ciertas partes de los Balcanes «el solitreo». Se utilizaba también en los negocios, y en la correspondencia de cada día. Por ejemplo, todas las cartas envíadas por el Consejo de la Comunidad Sefardí de Jerusalén a las comunidades judías en todos los continentes del planeta, hasta los años veinte del siglo anterior, se llevaba en esta clase de escritura ladina o solitreo. Hoy día se usa más el alfabeto latino. Durante su estancia en la España Medieval, los judíos que serían llamados después sefardíes, gozaron de una interacción cultural y social intensa, aunque en ocasiones problemática, con sus vecinos gentiles. La vida diaria los ponía en contacto directo con los españoles cristianos de las diversas y diferenciadas regiones del país, cada una

de las cuales tenía su variedad local de romance, así como con musulmanes de origen norteafricano y lengua árabe que dominaron una buena parte de España desde el siglo VIII hasta finales del XV. Esta interacción llevó, en última instancia, a la creación de un idioma nuevo judeo-sefardí. El historiador israelí y segundo embajador de Israel en España, Prof. Shlomó Ben-Amí pone de relieve la dimensión cultural hispana con respecto a los sefardíes: «La conservación del judeo-español o ladino como lingua franca de los judíos españoles habría sido inconcebible sin los hondos sentimientos que los sefardíes guardaron hacia España, y sin la necesidad de mantener fuertes elementos de una común y definida identidad sefardí. El ladino es un español precervantino y precolombino; la lengua que los conquistadores llevaron consigo al Nuevo Mundo era exactamente la misma que los judíos sefardíes portaron al exilio. Era la reminiscencia de España y de sus paisajes, el sabor de la vida antes de la catástrofe de la expulsión y la dispersión. Desde Tánger a Salónica, desde Curaçao a Monastir, y desde Alepo a los ghettos del África hispana, el judeo-español fue prácticamente la lingua franca de la comunidad sefardí, la lengua de un anhelo nostálgico y de la comunicación cotidiana.» En la obra La Inquisición sin máscara, escrita por el filólogo catalán Antonio Puig i Blanc, y publicada en 1811, se refiere el autor a los judíos sefardíes que vivían durante su época en el norte de Europa y en los países balcánicos. Estos últimos consideraban a España como la segunda Palestina, como su patria, y de allí surge su gran amor hacia España, incluso en nuestros días, y se sienten muy honrados con dicho origen y hablan nuestra lengua con toda la pureza posible. Casi un siglo más tarde (1905), el senador y académico de la Universidad de Salamanca, Ángel Pulido Fernández, publicó su obra titulada: Españoles sin patria y la

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raza sefardi, donde se refiere a los sefardíes dispersos en la cuenca mediterránea, alabando su lengua y su relación con España, citando un poema escrito por el rabino Moshé Enrique Bejarano de Bucarest, director del colegio sefardí en dicha ciudad: A ti lengua santa A ti te adoro Más que a toda plata Más que a todo oro. Tu sos la mas linda De todo lenguaje A ti dan las ciencias todo el ventaje. Con ti nos hablamos Al Dios de la altura Patrón del universo Y de la natura Si mi pueblo santo El fue captivado Con ti mi querida, El fue cosolado. Estudios, definiciones y características El tema del judeo-español o ladino ha merecido gran número de estudios filológicos por especialistas y otros, desde hace más de tres cuartos de siglo. En una modesta Bibliografía sobre el judeo-español que editó Henry V. Besso, y que apareció en 1952 en el Bulletin Hispanique (Burdeos, Francia), indicó dicho editor más de cien estudios y artículos sobre el tema. Desde entonces para acá, el interés ha aumentado. Cada día que pasa notamos que estudiantes en varias universidades en España, Israel, Estados Unidos y otras partes del mundo vienen interesándose por el judeo-español o ladino, y están preparando su tesis de master o de doctorado sobre algún aspecto del idioma, del folklore o de la historia de los sefardíes en muchas partes del mundo. ¿Qué significa judeo-español o ladino? Las definiciones son muchas y varias, a la vez que interesantes y contradictorias.

Calle Puyfranco, situada en la demarcación de la judería de Luna.

Segun Henry V. Besso, algunos han dicho «que el judeo-español o ladino es un idioma bastardo, un patois bárbaro a la civilización. Se le ha llamado indistintamente ladino, gudezmo, romance, espaniolit, sefardí, lingua franca, zargon, español, hakitia, gudío, gidio, etc.». Haim Vidal Sephiha elabora este tema diciendo que aquellos judíos españoles o españoles judíos hablaban las variedades españolas de aquel entonces comunes a las tres religiones. No existía un español hablado específicamente por los judíos. Sólo hacia 1620 se formó a partir de aquellas variedades un judeo-español vernáculo, identificado como tal por los cristianos españoles que consideraban su lengua «algo rara», sin darse cuenta de que se trataba del estado de la lengua de 1492, que también hablaban sus antepasados. El carácter arcaico de dicha lengua lo atribuyeron al judaísmo de sus hablantes. Se trata en fin de cuentas de un contrasentido histórico. Lo mismo hubiera pasado con los canadienses francófonos, si en vez de ser cristianos hubieran sido judíos. Entonces, por igual analogía, hubieran dicho «esto es el francés de los judíos, esto es el judeo-francés». Verdad es que para los turcos musulmanes el español de los judíos fue analógicamente lo que llamaron yahudice («judio» en turco) y que finalmente los judíos del ex imperio Otomano y del norte de Marruecos se identificaron por su español,

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el judeo-español vernáculo o djudezmo (por antonomasia), identificador de la etnia judeo-española o de los judeoespañoles. El judeo-español seguirá su desarrollo tomando préstamos de las lenguas con las que entra en contacto, y particularmente de las lenguas prestigiosas de entonces, como el turco en Oriente y el árabe en Marruecos (lo que dará un judeo-español llamado hakitia). Otras lenguas serán utilizadas: el griego (piron «tenedor» que no existía en 1492), el italiano, el persa (hazino, «enfermo desahuciado»), el hebreo, etc., y más recientemente el francés de la «Alliance Israelite Universelle», cuya influencia fue tal que se puede hablar de un nuevo estado de la lengua que la titula judeo-frañol. Según dicho autor, el ladino no se habla, el djudezmo sí. Traducir literalmente, palabra por palabra, era y es «ladinar«, y ladinados lo fueron muchísimos libros tanto bíblicos y litúrgicos como moralizadores, que constituyen un verdadero tesoro absolutamente distinto de estos otros que son los refraneros, los romanceros y cancioneros y los «konteros» (conjuntos de konsezas y de kuentos), toda aquella literatura oral llevada de España por los exilados, y que los rabinos supieron perfectamente aprovechar para retener sus «parroquianos» en el seno de la sinagoga (kal, en Oriente). En efecto, en 1510, ya fueron publicadas en Constantinopla, baqasoth, en las que se podía leer que tal o tal «baqasah se cantará en la melodía de tal o tal romance». Así se aseguraba la continuidad entre religión y afectividad, la de dichas melodías evocadoras de días felices en España o de parientes y familiares quedados allá. (Lo mismo ocurre con la Misa Criolla o con los Negro Spirituals). La imprenta en ladino Al llegar al Imperio Otomano, los expulsados traen consigo el arte de la imprenta, y son ellos los primeros en imprimir libros allí. En poco tiempo se crean numerosas estamperías en las comunidades sefardi-

tas. En primer lugar en Constantinopla (Estambul) y Salónica, y después en Izmir y en varias otras comunidades: Belgrado, Sarajevo, Sofía, Ruschuk, Filipopoli (Plovdiv). En Europa Occidental y Central los sefarditas imprimen libros en Amsterdam, Livorno, Venecia, Pisa y Viena. Aparte de los libros hebreos, se imprimen también libros en ladino. Uno de los primeros fue el Regimiento de la Vida del rabino Moshe Almosnino, que se publicó en Salónica en 1564. Es un libro de moral y Teología. No se basa solamente sobre los manaderos hebreos tradicionales, sino también sobre fundamentos científicos y obras filosóficas ajenas, en primer lugar de Aristóteles. La lengua de este libro es muy semejante al castellano hablado en aquel tiempo en España. Después de unas cuantas generaciones se abrió una gran distancia entre esta lengua y el ladino hablado en Oriente, de manera de los que hablan hoy día el ladino, apenas la pueden entender. La autoridad Nacional Israelí del Ladino y su cultura, bajo el conservador e investigador Avner Pérez, prepararon hace tres años una exposición titulada «Sueños de España: 500 años de Libros en Ladino», que se presentó, entre otros lugares, en Zaragoza. Dicha exposición es una muestra clara de la vitalidad que la lengua sefardí ha mantenido a lo largo de su evolución histórica, y su capacidad para transmitir, unas veces vestida de hebreo y otras con ropas latinas, toda suerte de textos y géneros literarios, desde documentación comercial a las grandes obras literarias de carácter patrimonial (ladinamientos de la Biblia, el Meam Loez, las coplas de diferente tipología) y aquellas otras que aparecen como imitación de los géneros literarios occidentales (periodismo, novela, poesía), sin olvidar la producción literaria tradicional de transmisión oral que camina en paralelo con el resto de los géneros mencionados (cuentos, refranes, romancero).

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Así, concluye el investigador Avner Pérez, empieza un período de 500 años de publicación de libros en ladino. La literatura sefardí Ana María López Álvarez y otros señalan que la literatura sefardí se extiende durante varios siglos y ha durado mientras han perdurado las condiciones que la hicieron

posible: una red de comunidades que disponían de una lengua propia como medio no sólo de comunicación oral y escrita sino también de expresión literaria. Su Edad de Oro la alcanza en el siglo XVIII. Casi toda la producción de los primeros siglos, y seguramente la más castiza, desarrolla una temática netamente judía; pero a partir del proceso de modernización y secularización de mediados del siglo XIX, se abre

Detalles de tocados de personajes medievales. Museo Comarcal de Daroca.

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a corrientes culturales europeas, y adopta nuevos géneros de contenido universal. Las obras de contenido patrimonial judío están basadas en las creencias y valores que conforman el mundo espiritual, mental y vivencial del judaísmo tradicional. Hay complicaciones de oraciones, comentarios bíblicos, tratados de moral, de normativa religiosa, relatos piadosos. En prosa merece destacarse la vasta obra llamada Me’am lo’ez, iniciada por Jacob Juli (1689-1732), continuada por diversos autores a lo largo de casi dos siglos y reeditada repetidamente. Estructurada como comentario lineal de la Biblia, intercalado con temas más o menos relacionados, expone la suma del saber tradicional judío de un modo atractivo al lector y asequible a los que no tenían acceso a las fuentes hebreas. Según la investigadora española Pilar Romeu y otros investigadores, el Me’am lo’ez es la obra magna de la literatura religiosa sefardí y la más representativa, pero no la mejor conocida. Ideada como un amplísimo comentario lineal del texto bíblico, resultó al fin una vasta compilación del saber rabínico en la que se recogen materiales de muy diversa procedencia. Jacob Juli la concibió e inició su andadura con la primera edición de su comentario del Génesis (Constantinopla, 1730). Pero Juli sólo llevó a cabo, además, una parte del comentario de Éxodo. Sus continuadores se atuvieron al sistema expositivo ideado por Juli, y fueron publicando sucesivos comentarios. Sin embargo, el objetivo no llegó a cumplirse, ya que nunca se completó el previsible comentario de todo el texto bíblico. Cierra el ciclo el último de los comentarios, al Cantar de los Cantares, que se publicó en Constantinopla en 1899, hace poco más de cien años. Esta obra gozó de una gran popularidad entre las comunidades sefardíes. Las familias la utilizaron como lectura piadosa y todavía hoy los mayores recuerdan con nostalgia

cuando sus abuelos les leían pasajes en las largas veladas de invierno. Juli podría jactarse de haber cumplido con creces su fin primordial: acercar la ley y la sabiduría religiosa judía tradicional, oral y escrita, a las gentes del pueblo, que en cierta medida habían ido perdiendo debido a las circunstancias históricas que hubo de vivir la diáspora sefardí. Sin embargo, la gran mayoría de los sefardíes desconocía o no conocía suficientemente el hebreo, lengua que había pasado a ser de uso casi exclusivo entre los rabinos. El medio más útil para facilitar su conocimiento era poner por escrito los textos sagrados en la lengua sefardí que la mayoría comprendía y utilizaba. En este sentido, pues, la lengua actuó, efectivamente, a través del Me’am lo’ez como elemento de cohesión entre las diversas comunidades sefardíes. Según Ana María López Álvarez y otros, las coplas son la manifestación poética más genuina y castiza de los sefardíes. Los varios cientos de poemas estróficos, de variada extensión y esquema métrico uniforme, tienen temática específicamente sefardí, cuando no general judía, mientras que en lo formal desarrollan algunos rasgos que apuntaban en la poesía medieval española. Entre los géneros adoptados tardíamente de otras literaturas merecen destacarse la narrativa y el teatro, muy populares a partir de mediados del siglo XIX. Vehículo importante en la propagación de la nueva estética literaria fue el periodismo (en Estambul, Esmirna, Salónica, Viena, etc.) que alcanzó notable desarrollo. Paralelamente a la literatura culta de autor, ha tenido un amplio cultivo entre los sefardíes. Los géneros tradicionales de transmisión oral, tales como el romancero y el cancionero, en verso, o como el cuento y los refranes en prosa. Han sido estos géneros los más estudiados y también los más conocidos, haciendo creer a

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algunos que en lengua sefardí no hubiera habido otra literatura que la de transmisión oral, por desconocer lo que a lo largo de los siglos se ha creado por escrito. Este desconocimiento de las obras de creación, concluyen Ana María López Álvarez y otros, puede explicarse porque aunque estando formulados en una lengua hispánica, hasta época relativamente reciente, se han transmitido escritas mayoritaria-

mente con letras del alfabeto hebreo, lo que suscita la engañosa impresión de que hebreo fuera también la lengua, y no sólo la apariencia gráfica. El romancero Según el Prof. Shlomó Ben Amí, el romancero fue el reflejo más auténtico de la personalidad colectiva hispánica del judaísmo

Barrio judío de Luna.

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español. Tras la expulsión fue un medio de expresión literario popular e incluso religioso, siempre relacionado con los recuerdos y la experiencia de su vida en España. Los judíos salieron de España como una comunidad de exiliados económicamente desposeídos; el único tesoro de verdad que se llevaron a sus nuevas diásporas fue un extraordinario corpus de romances, nostálgico recordatorio de la patria perdida. Siglos después de la expulsión seguían resonando los romances sefardíes en las juderías de Salónica, Sofía, Bucarest, Sarajevo, Belgrado, Esmirna, Jerusalén, Hebrón, Damasco, Alepo, El Cairo, Tánger y Alejandría. Además, muchos testimonios dan prueba de que las comunidades sefardíes siguieron recibiendo el influyo de la creatividad literaria española hasta mucho después de su expulsión, conservaron su cohesión cultural mediante la educación y siguieron en constante y fértil contacto con las nuevas corrientes literarias de España. Los judíos sefardíes adaptaron también, a menudo, la tradición del romancero a sus cambiantes necesidades espirituales y colectivas, conservando con ello este extraordinario género literario. Esta libertad y flexibilidad creativas son indicios claros de la increíble cohesión y vitalidad de la cultura popular sefardí, vitalidad que estuvo en todo momento informada por un sentido de singularidad, y aun de superioridad frente a otros judíos no sefardíes. Sólo entre los sefardíes es tan general y tan importante la noción de pureza étnica. El deterioro de la lengua judeo-española y su creatividad literaria Según Moshe Shaul, Moshe Liba y José Luis Najenson, una de las preguntas que cabe formularse es: ¿por qué los judíos sefardíes continuaron hablando el judeo-español, con una pureza considerable, durante un período tan largo despues de su expulsión?

Para responder a tal pregunta, habría que tomar en cuenta ciertos factores básicos. En primer lugar que, para los judíos emigrados y expulsados de España, el español era su lengua materna, la lengua que ellos hablaban, leían y comprendían mejor que cualquier otra. Además, muchos de los expulsados formaban parte de la élite cultural e intelectual de España, entre ellos había escritores y poetas, sabios y maestros de escuela, médicos, cartógrafos, astrónomos, etc., que poseían un excelente conocimiento del español de aquella época, y que escribieron numerosos libros de esta lengua antes y después de su expulsión. Otro factor que incidió en la continuidad centenaria del judeo-español fue que, a pesar del alejamiento de España, los sefardíes continuaron estando al corriente –durante muchos años– de los acontecimientos en dicho país y de la evolución de la creación literaria. Esto último, gracias a los «marranos», que venían a unirse a las comunidades, bastante regularmente y en grupos más o menos grandes, según las presiones ejercidas sobre ellos por la Inquisición en la Península. A ambos factores cabe agregar el hecho de que los judíos que se asentaron en los países del Imperio Otomano fundaron allí comunidades firmemente establecidas, que no se asimilaron a los pueblos en cuyo seno vivían, sino que conservaron sus usos y costumbres, así como su lengua y cultura en general. Pero esto sólo pudo continuar mientras las comunidades judías lograron mantener su relativa autonomía respecto de la cultura del país donde vivían. La situación cambió cuando, por una parte, dejaron de venir «marranos» –cortándose con ello el último nexo vital que los sefardíes tenían con España– y, por otra, en época más reciente, el aumentó de la presión asimilatoria de los movimientos nacionalistas que surgieron en Turquía, Grecia, Bulgaria y países del Levante. Con el avance de estos movimientos como, por ejemplo, el de «Los Jóvenes Turcos», que culminó con el ascenso al poder de Kemal Ataturk, llegó a su fin la

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privilegiada autonomía cultural de que gozaban los judíos sefardíes. Ellos fueron obligados, entre otras cosas, a enviar a sus hijos a las escuelas públicas o, en su defecto, a desarrollar los estudios generales de las instituciones pedagógicas comunitarias en el idioma del país. Como consecuencia de esto, las nuevas generaciones aprendieron las lenguas locales y se empaparon de tal manera en su cultura, que el judeo-español, en la medida en que todavía era hablado, quedó reducido al seno de la familia. El proceso de transformación del judeo-español en una lengua que parcialmente iba perdiendo su carácter de tal, fue agravado por otros dos factores adicionales: a. La emigración de decenas de miles de judíos sefardíes, y justamente entre los más jóvenes y capaces, a Europa y América; lo que redujo la población de las comunidades y el número de potenciales hablantes en la lengua materna. b. El Holocausto (la Shoa), en el que murieron centenares de miles de judíos sefardíes de Grecia, Yugoslavia, Rumanía y otros países ocupados por los alemanes nazis, y durante el cual la comunidad judía de Salónica, que en la primera parte del siglo XX era el principal centro de la cultura judeo-española, fue casi totalmente exterminada. En nuestros días, el centro de gravedad del judaísmo sefardí se encuentra en Israel, donde vive la gran mayoría de los judíos sefardíes, y también la mayor parte de los que todavía hablan o entienden el judeo-español. Pero también en dicho país, la lengua y la cultura sefardíes registran la influencia de la cultura nacional israelí y de la lengua hebrea dominante. En los primeros años del Estado de Israel había que reconstituir un solo pueblo, con una sola lengua y una cultura común, de entre la multiplicidad de grupos y comunidades con diversos idiomas y estilos de vida que llegaron al país. Lo mismo puede ser dicho, y en mayor medida, de la situación en las otras comuni-

dades sefardíes en el mundo, cada una de las cuales ya está casi completamente integrada en la lengua y la cultura del país donde vive. Sin embargo, bien pronto se hizo evidente que los usos y costumbres de un antiguo grupo social, sus cantos y bailes, cocina y vestimenta, rituales y valores, su «folklore», en suma, no desaparecerían fácilmente en el transcurso de unos pocos años. Sin desmedro de la participación en la vida nacional, la tendencia más reciente ha sido revivir los usos folklóricos comunitarios. Como consecuencia de esta evolución, subraya Moshe Shaul, parecía que se secó casi completamente el manantial de la actividad cultural del judeo-español, especialmente en el campo de la creación literaria. Durante largos años casi no fue publicado ningún libro en ladino; los pocos periódicos que lucharon con todas sus fuerzas para que el público de habla judeoespañola tuviera información regular, en su propia lengua, sobre lo que acontece en el mundo, tuvieron también que cerrar o adaptarse a las nuevas condiciones, y ser publicados en la lengua del país, con a lo sumo unas cuantas páginas en ladino; la actividad teatral menguó mucho, hasta el punto de ser prácticamente inexistente, y lo mismo los cantes y los cuentos populares judeo-españoles empezaron a ser olvidados –la mayoría de la gente ya no puede cantar más que, unos pocos versos, sólo de los tan hermosos y melodiosos cantes del folklore judeo-español que fueron transmitidos de una generación a la otra, durante cinco siglos, y ahora están en peligro de perderse. El ladino y su legado en la actualidad Sólo en los años 60 del siglo XX la situación empezó a trocarse, con más y más personas manifestando interés sobre el ladino y su creación cultural, así como adoptando una serie de iniciativas para que no se pierda esta hermosa herencia. Aunque la situación en este campo continúa siendo

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rael y España, así como en Francia, Grecia, Inglaterra, Estados Unidos, Argentina, México, etc. Fueron escritos numerosos libros y estudios sobre la creación literaria y periodística judeo-española, y se nota un renacimiento en la creación literaria contemporánea en ladino: poemas, cuentos, obras musicales, romances históricos, etc. No menos importante es el reconocimiento a nivel oficial, por iniciativa de factores gubernamentales, de la importancia y valor cultural de la lengua judeo-española y su cultura. El primer y más importante paso en este campo fue dado por la Keneset, el Parlamento israelí, que el 7 de marzo de 1996 adoptó una ley para la creación de una Autoridad Nacional para el Ladino y su Cultura (ANL), a fin de apoyar y ayudar los esfuerzos para la conservación y promoción de esta cultura. Sus objetivos son: 1. Profundizar el estudio y conocimiento de dicha lengua y cultura en todos sus géneros y formas, promoviendo para ello la investigación de dicha cultura y su enseñanza, incluso en los medios de comunicación. 2. Promover, ayudar, apoyar y estimular la creatividad contemporánea en ladino. 3. Ayudar a crear instituciones y conservar las que ya funcionan, y llevar a cabo actividades con respecto al ladino y su cultura. 4. Promover, apoyar y estimular la recolección, documentación y catalogación de los tesoros del folklore oral y escrito en ladino. 5. Promover, apoyar y estimular la publicación de obras selectas de la creatividad cultural en ladino oral y escrita, tanto en su original como en una traducción al hebreo. De conformidad con esta ley, el 6 de noviembre de 1997, la ANL fue oficialmente,

Las plagas de Egipto. Haggdah de Sarajevo.

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difícil, se ha producido una situación que permite tener esperanza y ser más optimistas, principalmente en Israel, pero en cierta medida también en otros países. En primer lugar, la larga serie de congresos y conferencias, conciertos y exposiciones que tuvieron lugar en el marco de los programas para la conmemoración del V Centenario de la Expulsión de los judíos de España (1992), así como los cientos de libros y miles de artículos publicados sobre este tema en las diversas partes del mundo, propiciaron un incremento muy apreciable del interés sobre esta cultura y el deseo de investigar y conocerla mejor. Esta actividad se continuó después del ‘92 y hoy se nota que los temas de la cultura sefardí se encuentran en el centro de numerosos congresos y otros encuentros académicos y culturales que tienen lugar en Is-

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creada en una reunión en la cual los 21 miembros del Consejo de la Autoridad recibieron sus credenciales del ministro de Educación y Cultura, y eligieron un Comité Ejecutivo que empezó inmediatamente con la realización de sus primeros proyectos. En primer lugar se decidió apoyar los proyectos relativos a la enseñanza del ladino: ayuda a las instituciones que enseñan esta lengua y becas a los alumnos y estudiantes que la estudian; redacción de un diccionario básico ladino-hebreo, así como manuales para el estudio de esta lengua y, en fin, un curso para la formación de profesores que puedan enseñar el ladino en las escuelas, así como cursos para adultos. Conclusión La Península Ibérica fue, hasta fines del siglo XV, la patria relativamente estable de una buena parte de los judíos del mundo. Su nombre –Sefarad– dio origen a una de sus ramas, los sefarditas o sefardíes, en cuya cultura los rasgos de la España medieval tienen un peso notorio. Su idioma y su folklore arrancan directamente de los tiempos en que llegaron a desarrollar en España una civilización floreciente que influyó en la Historia de Occidente más de lo que sería posible creer a primera vista. Sin embargo, los Reyes Católicos de España, y los dirigentes de la Iglesia y de la Nobleza, no tuvieron éxito cuando quisieron herir y destruir el corazón de la cultura de los judíos sefardíes en el sentido amplio de la Halaja o la Ley religiosa judía y de las leyes comunitarias, el idioma judeo-español, los refranes, las consejas, los cuentos, las canciones, romances y aun los alimentos, que pueden denominarse «Perlas de España». Los expulsados salieron de las fronteras de España casi sin carga material, pero sí llevaron consigo su poderosa carga espiritual a los países de su nuevo exilio. Jamás en la Historia de la Humanidad se conoció un pueblo más leal que aquellos sefardíes, quienes, no obstante haber sido expulsados de su tierra, continuaron amándola hasta nuestros días y

guardaron un recuerdo imborrable de lo que significó Sefarad para muchas generaciones de sus ancestros. Estos «Españoles sin Patria», como bien los llamara D. Ángel Pulido, supieron transmitir de padres a hijos el idioma, las costumbres y su lírica, lo que hace que hoy en día lleguen a nosotros enriquecidos por el tiempo y el espacio. Los habitantes de la España de nuestra generación se asombran y conmueven ante la existencia de este fenomeno, cuando se encuentran con judíos sefardíes en su tierra, en Israel o en cualquier otro lugar, y se agrupan junto al tesoro judeo-español, en especial en el idioma, la música y la poesía. A pesar de las raíces históricas comunes que los unen, no se puede aducir que todos los sefardíes de hoy presentan homogeneidad cultural. La diversidad cultural de los sefardíes contemporáneos es el resultado de emigraciones de continente a continente, así como de la inevitable influencia de los diferentes ambientes. La diversidad es también la principal caraterística de la música sefardí contemporánea. Con todo, de entre esta gran variedad estilística, emergen características comunes, cuyas raíces se encuentran en el pasado remoto. Esta es una de las razones por lo cual la música tradicional sefardí se mantiene como una de las vías más tenaces para la manifestación de la identidad cultural sefardí. Se puede considerar a la comunidad sefardí mundial de nuestros días como una «comunidad musical», un heterogéneo grupo de comunidades conectadas por la memoria de su pasado común y por un ramillete de oraciones, cantos folklóricos y otros géneros culturales. Para terminar, citamos dos textos con respecto al ladino y su cultura: Primero, la placa colocada en la Iglesia de Consolación, antigua Sinagoga Mayor de Calatayud: «La sinagoga mayor de la judería de Calatayud fue restaurada el 15 de mayo de 1995 como muestra patente de íntimo y

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emotivo homenaje del Ayuntamiento y los vecinos de la ciudad a la Comunidad Sefardí dispersa por el mundo, ejemplo vivo de fidelidad para con su fe y su herencia milenaria, la cual siempre tendrá en nuestros hogares y nuestros corazones una entrañable Sefarad dispuesta a acogerles en un abrazo fraterno.» La segunda cita es un párrafo del discurso del presidente del Gobierno de España, Sr. D. José María Aznar, en la inauguración del Instituto Cervantes de Tel-Aviv, Israel, que tuvo lugar el día 28 de junio de 1998: «Pocas veces ha habido en la historia de nuestro país personas que hayan amado tanto sus orígenes sin esperar nada a cambio. El judeo-español ha sido durante siglos la lengua familiar y el vínculo de unión de los sefardíes, una lengua que tiene en el romancero o en las coplas el más hermoso de los testimonios. Los tiempos han cambiado, pero entre todos hemos de conseguir que la inmensa tradición cultural sefardí no caiga en el olvido.» Bibliografía
BEN-AMI, Shlomo, «España y el Legado Sefardí», Escudo, 70 (enero-marzo 1989), pp. 5-14.
25. El ladino: una lengua viva y un legado cultural ABRAHAM HAIM

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