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LA FORMACIÓN DE LOS VALORES (1) Libertad Regalado E.

La trilogía en la educación de los valores la conforman los padres de familia, las instituciones educativas y la comunidad; cuando esta funciona de manera coordinada, solidaria, buscando los mismos fines en cuanto a la educación y formación de los niños, niñas y adolescentes, el triángulo que hemos formado es perfecto; si uno de sus lados falla, este triángulo fracasa, el resultado niños, jóvenes con trastornos en el aprendizaje, patrones de conducta violenta, altos niveles de agresión, baja autoestima, desafiantes de la autoridad, manipuladores, tratando de llamar la atención por todos los medios. La primera influencia educativa que como seres humanos experimentamos, es en el entorno de nuestro hogar, es en ese espacio vital donde aprendemos actitudes fundamentales como caminar, hablar, asearnos, vestirnos, obedecer a nuestros mayores, proteger al más pequeño, convivir con los demás bajo normas de respeto, compartir alimentos, libros, juguetes, respetar la autoridad paterna y materna, distinguir lo que está bien de lo que está mal, y la bases de la formación religiosa. Como ven el hogar va formando y sentando las bases sólidas y primarias de lo que será la personalidad; más tarde la escuela, el colegio realizará el trabajo de formar la parte cognitiva, sin olvidar la parte espiritual del individuo, esa que le ayuda a ser considerado como un ser humano capaz y responsable de sus actos. Si en el hogar el primer proceso fue bien manejado, la escuela no tendrá inconvenientes en realizar la formación pertinente; caso contrario el tiempo destinado a su labor lo deberá invertir realizando el trabajo que a los padres les correspondió en su momento. La enseñanza de valores falla cuando los padres no han disciplinado con amor a sus hijos. Los padres que aman a sus hijos los disciplinan, y disciplinar es guiar, mostrar el camino correcto, el no corregirles, el tolerar las conductas inapropiadas es ser permisivos y la permisividad lo único que consigue es crear seres carentes de afecto y respeto a todo lo que les rodea. Lo que aprendemos en familia lo hacemos bajo el código del afecto y eso tiene un enraizamiento imborrable en nuestras vidas, por la fuerza de los principios morales que se inculcaron en la edad de la inocencia, principios que nos mantendrán incólumes ante cualquier problema. Lo lamentable se da cuando los hogares no realizan la tarea de formar las pautas mínimas de conciencia moral y social arraigado en nuestros hijos prejuicios que más tarde serán imposible extirparlos y que los convertirán en seres carentes de afecto, personas que no saben distinguir entre los principios morales y prejuicios, y que para ellos actuar mal es como lo más normal de la vida.