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LA SOLEDAD Y EL SILENCIO DEL ESCRITOR Libertad Regalado Espinoza Cuando hablo de la soledad del escritor, no me refiero a la física, sino

a esa que se presenta en el momento de la concepción, de la creación, en esos momentos en que se gesta el nuevo producto, hablo de esa soledad necesaria en que debemos enfrentarnos con los demonios o ángeles que habitan en nuestro mundo, esos que se confunden con la realidad que la saboreamos a diario, esa realidad que nos quita el tiempo valioso que lo podríamos dedicar a la creación, hablo de esa soledad necesaria, vital, la que obliga a evadirnos de todo, para entregar a ese dios de la creación lo que somos; no las migajas de tiempo, que nos queda después de trabajar, no en una, sino en dos o tres labores a la vez, para tratar de sobrevivir en un mundo donde no existe control de precios, en eso que llamamos libre mercado, en ése donde todo tiene un precio, en ése donde no damos valor a lo que sale de nuestro ser espiritual, de nuestro ser creador. Resulta paradójico que después de que nos poseyera la palabra o que la descubriéramos y derrotáramos el silencio primigenio de la materia, nos asalte ese deseo de volver al silencio, de buscarlo, de sumergirnos otra vez en ese instante en que se produjo ese milagro, en el cual Dios nos entregó la palabra viva, así como Prometeo, en la mitología griega, después de robarle el fuego a los dioses concede a la humanidad el don del fuego. Silencio y soledad son los alimentos de la creación, momentos cuando intentamos como Marsias enfrentar al dios Apolo, para por minutos creernos dioses cuando podemos multiplicar las palabras, cuando dotamos a éstas de ese poder de perdurar. Esa soledad necesaria de la que nos habló Freud para bucear en nuestros sueños, para adentrarnos en el inconsciente, de escarbar en esas rocas que la vida va dejando como un sedimento, para lavarlas y extraer de ellas su esencia, soledad amada en cuya búsqueda nos obsesionamos, por cuyos caminos nos extraviamos y muchos llegan al silencio de la palabra como ocurrió con Holderlin, Rimbaud los dos más grandes poetas, “ambos llevaron a la palabra escrita a los sitios más lejanos de la posibilidad sintáctica y perceptiva”, y Nietzsche, gran genio de la literatura, del pensamiento y de la filosofía, con él “la palara se supera a sí misma”. Posiblemente en un acto de negación se adentra, en su última instancia en la tierra, en ese cascarón de silencio, o se abandona en los oscuros y silenciosos mundos creando su propia entelequia, que no es más que la búsqueda de ese estado de perfección que le correspondía por su naturaleza. Que difícil ser escritor en un lugar y en una época como la presente, donde el silencio y la soledad no tienen cabida.