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Gonzalo David

ABRIL

Abril / Gonzalo David Editorial 404 Junio 2012 Editorial Digital 404 Web: www.editorial404.org E-Mail: editorial404@gmail.com Facebook: Editorial 404 Twitter: @editorial404 Edición, diagramación y diseño logo: Matías Fuentes Diseño de portada: Gabrielle Cram Impresión única para uso promocional en Dimacofi.

Abril por Gonzalo David / Editorial 404 se encuentra bajo una Licencia Creative Commons BY-NC-ND 3.0. Todos los derechos reservados, no obstante, queda permitida la reproducción, difusión o exposición total o parcial de la obras al público, en cualquier tipo de soporte, sin que sea necesario el consentimiento previo del autor siempre que sean citados: autor, editorial y el contexto de origen.

Gonzalo David

ABRIL

PROLOGO Esa rara cosumbre de amar

Acechar la palabra, provocar el colapso del conflicto en pos de la claridad del mensaje, aunar la búsqueda de una identidad en la discordia, perpetrar la poesía o lo que llamaría la pos poesía, este giro, crónico de la crónica, ante el flagelo del verso, del verso de libro, diríamos, para así, dar lugar a algo más que sencillamente prosa poética, poesía prosaica o como quiera llamársele. Es eso y más, lo que se juega en Abril, de Gonzalo David. Y más: el trueque de la palabra dicha a la palabra desnuda,

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honesta, franca, que busca aquella inspiración “pastoral” de Raúl Zurita en Anteparaíso; una imagen que, se me ocurre, es bíblica y sagrada: la de María Magdalena rescatada de su empedramiento por Jesús. Esto significa que la figura del hombre que rescata a la mujer de sus sombras es antigua y misteriosa, que es más que sencillamente literaria y que se podría decir que en algunos, los románticos, los exégetas, los bohemios, es una suerte de mandato de la concepción misma de la palabra inspiración. Que aquello que llamamos inspiración (que atraviesa todo este texto asombroso), es la inspiración misma de la compasión. La sociedad moderna ha creído encontrar en la compasión un sinónimo mal habido de la lástima. Pero la lástima lastima. La compasión es al mismo tiempo la exigencia de un juicio, de un estrado ante lo que la mujer debe compadecer por sus actos. Pero este juicio no busca culparla, y se queda, por tanto, tan solo en una declaración. Esta declaración es la clave y la esencia misma de Abril. Es el mismo David quien declara aquí, por ella y hacia sí mismo, según Abril va relatando. Esto significa que la inspiración del texto es en sí una declaración, no cualquiera, sin embargo (porque esto es poesía pura), sino una declaración de

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amor. Bajo ese compromiso, el personaje en primera persona de este libro sorprendente, nos abre hacia la compasión que deriva de la comprensión y del lamento mismo del hombre hacia la mujer en sombras. La pregunta esencial, en este caso, no es una, sino dos: si este proceso es recíproco y si este proceso se puede dar a la inversa, de mujer a hombre. A mi entender, lo que Abril muestra es que no hay compasión, no hay entendimiento ni declaración sin retribución. Que, para ponerlo en términos directos, esto es literatura, y como tal, las cartas se ven claras. No hay ingenuidad permitida y podríamos decir que el personaje en primera persona sí busca algo a cambio, lo busca, incluso, obsesivamente. Y quizás esto sea lo central de esta pequeña nouvelle, que es en sí la obsesión por la mujer en ruinas, la obsesión compulsiva por su conquista, por adueñarse de ella, de su claridad opacada en el tiempo. La relación inversa es posible pero me cuesta, admito, mucho penetrar en ella. Es oscura y misteriosa. Atisbo, sin embargo, que La Odisea podría ser un desliz de esa misma obsesión, pero encarnada en Penélope, quien ha de entregarse a su misteriosa artesanía de esperas en pos de la llegada de un hombre aventurero.

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Son solo pinceladas casi obligadas sobre un libro como Abril, de Gonzalo David, absolutamente imprescindible, necesario, y atingente, para entender incluso la dinámica amorosa de los jóvenes de hoy.

FELIPE RUIZ VALENCIA Doctor en Filosofía

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Sobre Abril

ABRIL, la joven protagonista de la novela y no tan solo nombre de mes, busca instalar el territorio que sueña en un país en llamas, mientras su carácter gritante deviene alegoría y la rajadura en su alma síntoma del mundo en que vive y Chile el escenario en donde se riñe su batalla no tan solo interior y de la cual igualmente infectado el autor de estas líneas desesperadas, el yo ficticio enamorado de ella y del conflicto que incorpora reflejando el suyo simultaneamente. Al Sur de Chile, actualmente quemándose tanto como ellos mismos los protagonistas, quieren huirse, según las palabras de un chico que sí llora, refugiarse

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ahí para empezar a construir un presente y futuro paralelo mejor, el paraíso codificado. El sueño como ficción de una realidad posible sería el mensaje más optimista de esa novela inquietante corporeal cuyo entorno actual está condicionado por los regímenes de un capitalismo frío que igualmente impera a sus habitantes. ABRIL es una historia de (des)amor marcada y limitada en sus expresiones por las imposibilidades de un entorno hostil en cuyo escenario aparece el frío capitalismo como actor que incluso prohibe al amor y no puedo evitar que LWTUA, la versión de Susanna and the Magical Orchestra que mata lentamente, resuena y resuena en mi oído interior… “When routine bites hard, And ambitions are low. And resentments ride high, And emotions won’t grow. Love, love will tear us apart, again. Love, love will tear us apart, again”. Dije que está infectado igualmente el protagonista de la esquizofrenia de emociones de ABRIL quién a la vez ha devenido su enfermedad obsesiva: „Es tan extraño sentir que la odio y la amo al mismo tiempo. Ella es la perversión y el deseo pero en una línea narrativa incomparable, Love le dicen, Rabia le dicen, Ternura le dicen.“ ¿Por qué?, si la enfermedad de la protagonista tan solo es expresión y síntoma de su entorno enfermizo que no sabe ofrecerle una vida aceptable: “cuando se le ofrece con una mano

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la dicha y con la otra el desdén, no sabe qué hacer, se bloquea y escabulle.” Claro, ¿quién sabría? Así el protagonista es afectado de ABRIL e infectado del mismo entorno que les incluye a los dos y hace que se siente incapaz de actuar, impotente ante su rabia, su vulnerabilidad, que igualmente son suyas, incapaz de traer su mochila ya que ni sabe cargar su propia. La distancia, la cobardía y los juegos de poder en el amor, que les impide a los dos de finalmente encontrarse son síntomas de la misma historia. Pero, ¡un momento!, también la esperanza se inscribió como un susurro en esa novela, que suena tan inmediata como un live-script en el cuál el punto final todavía no se escribió. ¿Qué ganará, la cobardía y los juegos de poder en el amor o el amor con todos sus expresiones de ternura? ¡Decídete!

GABRIELLE CRAM Editora edición austriaca de “Abril” ELT Publikationen

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ABRIL

“Las niñas bonitas siempre son las que están más tristes porque saben que hay más tíos dispuestos a hacerles daño” Ray Loriga

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Abril aún no sabe qué mierda hacer con su vida, se quiere cambiar nuevamente de carrera, no tiene idea para dónde va la micro. Me aferro a la esperanza de poder imaginar los desiertos floridos que ya iluminaron una Atacama postmilenial, ahora en forma de algoritmos sobre las superavenidas de este paraíso en llamas, porque sé que Abril es una geografía que ha sido explorada pero no redimida. Sabe que algo sigue mal y pienso si alguien querrá reescribir “La Novela Nacional”, pero dejando de jugar a ser niños terribles para asumir que en estos actos poéticos hay que tener el coraje de empuñar mucho más que un par de

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versos sufridos y sublimes. Abril me quiere acompañar a recorrer el sur de Chile, y temo que podría volver a caer en el deseo de lamer sus heridas, incluso las más profundas. Pensé que era el capítulo cerrado de un libro perverso con nombre de mes, pero aparece, otra vez, toda inestable y violenta como sus mil posibilidades de reencarnarse y así disimular el miedo de vivir en una patria que no nos quiere. He buscado todas las maneras de escabullirme y de escribir nuevos versos en los parques de esta ciudad, pero me habla a partir de nada como queriendo acribillarme o no sé qué, como probando formas inéditas para sobrevivir en estos precipicios hermosos y etílicos, pero asquerosamente solos. Abril es un sueño rabioso que se enciende para recordarnos que aún existe la orfandad y el delirio a los pies de la cordillera de Los Andes. Sonríe y hace malabares con sus emociones para verse menos dolida, ocultando esas noches inmensas sin padres ni pequeñas caricias donde poder

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refugiarse; a pesar de sus disfraces me pregunta si practico algún tipo de magia ancestral. Quisiera acabar con el determinismo social y con los prejuicios. Quisiera que se esfumaran los temores de reconstruir un sueño suyo sobre las ruinas de este largo y angosto pedazo de estropajo. Le insisto que no compre una polera feminista porque no está para discursos baratos ni caricaturas del poder, sí que vaya al puesto donde están vendiendo el libro Canciones punk para señoritas autodestructivas, porque el nombre es ad hoc a su sonrisa tan vulnerable y debería tenerlo entre sus lecturas de la semana. Seguimos caminando junto a otros amigos. Según Héctor, esta es la mejor forma de terminar el día, y estoy totalmente convencido que así es. Le explico que cada silencio es una marea de palabras sin dirección, y que una dedicatoria es muy poco para lo que quiero decir. Me pide que ponga todo, absolutamente todo lo que está en mi cabeza sobre el papel; pienso en todos los

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errores de mi vida y en las formas de remediarlos. Me confundo. Se rie. Bebe lo último de cerveza. Quiero llevármela a San Fernando, Chillán o a cualquier lugar donde podamos correr y escondernos. O mejor no, una ciudad donde podamos reescribir La Novela Nacional. Han pasado un par de días y siento que estoy perdiendo el tiempo. Estas páginas son peores que los bodrios leídos por poetillas en esos antros provincianos entre borrachos escandalosos; y no se trata de problemas literarios, sino de esta incertidumbre muchas veces bella pero también tormentosa, de no saber si estos poemas terminarán siendo solo escombros de un libro eternamente inédito o el presagio de todas las expresiones de la ternura. Me ha costado dormir las últimas noches. La distancia, por muy pequeña, aprieta el estómago y corta el aire. La extraño como solo se extraña a las personas de las que uno no quisiera separarse nunca más. Es asombroso de sobremanera, no en-

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cuentro las palabras, pienso en un par de versos de Sarah Kane y en un poemario que creí que había quedado en el pasado. Paso horas sentado frente a mi netbook escribiendo estas líneas casi como un flujo de conciencia. Abril me pregunta qué tanto llevo porque está ansiosa de leer este capítulo. Toda la música que escucho es la banda sonora de una novela enorme, donde lo que hacemos poco y nada tiene que ver con lo que sentimos. Mis días están saturados de imágenes poéticas y Abril es una de ellas, pero mucho más, porque la ficción es una excusa cuando la vida es tremenda. Verla llegar al GAM es el mejor regalo de cumpleaños que me podría haber hecho y le da un nuevo sentido cuando digo que mis fines de semana son una “Norteamérica adolescente”. Estoy lleno de lugares comunes, de versos repetidos, de figuras manoseadas. Me siento como el compositor de todas esas cancioncitas lastimosas de la radio que corean las mismas niñas felices que jamás leerían un libro como este, o como los

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de mis amigos. Es imposible no caer en el imaginario poético de los noventa, en la música y la TV que me malcriaron, en todos los fenómenos políticos y estéticos de las hiperdictaduras. “Los chicos que no lloran” desaparecieron y con ellos la lucha. El único enemigo es un mal chiste sacado del cómic, un Lex Luthor travestido. Abril quiere un abrazo, necesita un abrazo. Imagino los modos que podría usar para escribirle una nueva historia en una “Inglaterra sudamericana”. No necesita arrancarse a otro país ni recostarse sobre las avenidas de Santiago soñando una ruleta rusa; en su rostro todo amanece, como si fuera un relámpago atraviesa la noche de oriente a occidente. Ella brilla en un mundo con fobia, en una ciudad que se estrella contra el suelo, como un alcohólico esquizoide sobre el pavimento en las entradas de los peores bares. La capital no es más que una provincia sobrepoblada y mejor vestida. Como una primavera en Chernobyl han

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sido los últimos cuarenta años de Chile, los diarios a manera de esquirlas, los parques un campo minado; todos los sueños parecen una telenovela mexicana producida por Televisa S.A. Cree que morirá de cirrosis o de un hematoma crónico en el corazón; lo dice entre chistes y me bombardea la cabeza solo por las malditas se da la vida, como un canto nacional que me inquieta mientras sepa que no ha llegado ese momento perfectamente fotográfico donde no tema esperar con calma la muerte. Ahora entiendo por qué a la gente le gusta tanto Eternal sunshine of the spotless mind y 500 days of Summer. Todas las metrópolis son una caja de Pandora de la que intentamos huir. He reconocido en sus calles una estela de cicatrices sobre la acera, el dolor instalado como una realidad paralela incluso en los antros de moda, la perversión en el centro como una galería subterránea y multicolor entre lucha de géneros y comercio exótico. Las ciudades en las que he vivido han sido un crimen pero también una oportunidad. Cuando miro a

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Abril pienso que Santiago no podría existir sin ella, convencido que tiene las respuestas a sus preguntas y la capacidad de entender que el tic tac del reloj no es una bomba de tiempo. Necesito que me envíe señales de humo. Estuve en el Biobío y ahora me voy a la “Tierra Prometida”, me siento como un forastero sobre un terreno baldío y sin embargo la oigo como un futuro condicional. Si me preguntara por qué aparece el personaje en un libro anterior, le diría que es porque mucho antes de conocerla todos los poemas eran sobre ella, y que esas historias fueron figura de quien habría de venir. Estoy sobrepasado de incertidumbres, y eso ya es mucho. Escribo, escribo y escribo; camino por el borde costero entre Concón y Viña; intento descansar cuando llega la noche; trato de leer para un trabajo que debo terminar, pero como vuelvo a escribir, le digo a mi editor que quiero ser “El Nuevo Mesías Cyberpunk de la Poesía Chilena en Llamas”; converso con Courtney Love y presien-

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to que tiene el autoestima literaria por el suelo, incluso más abajo; es de una ternura inconmensurable sentirla tan frágil que me da risa y pena a la vez. Abril no es la chica perfecta, está muy lejos de serlo, y eso me encanta. No me preguntaron si quería nacer en Chile, no me advirtieron de estos nudos mentales. Morrissey tenía razón. He conocido el cielo y el infierno. He visto a la gente que quiero con sus mejores máscaras, aparentando ser personas decentes y felices, clase media perfecta, consumidos por la gangrena extrema que los corroe. Ella es una fractura expuesta totalmente curable. Abril sabe muy en el fondo que los sueños son la hoja de ruta de un paraíso codificado, y que si escribo estas líneas es porque estoy totalmente convencido que uno de estos días pintará de colores el arcoíris monocromático en el cielo de Arica a Puerto Montt. Está acostada. No se ha drogado. Espera que ya sea 31 para celebrar Año Nuevo. La veo

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mientras duerme: hace figuritas con los ojos, dibuja escenas de una película que aún no se ha filmado, conversa en el living de una casa sobre sus proyectos, viajes, vida loca. No quiero que se vaya, soy capaz de hacer cualquier cosa para detenerla; Abril no tiene que escapar de este país, aquí se puede construir un paraíso codificado, yo puedo construírselo. Probablemente se sintió ridiculizada porque debe ser la enésima vez que da la PSU. Es tan fácil dejar por el suelo la reputación de una persona, como si fuésemos mejores unos que otros. Ella no ve su belleza, aunque sabe que la tiene, pero duda como si fuese un espejismo posmo del que debemos sospechar. Para salvar a Abril hay que borrar estas hojas y volver a escribirlas, pero se puede, como también se puede reconstruir una nación acabada cuando todo arde y se consume. Según Donoso, “la ley es el mapa del crimen, ata de manos, limita”. He pensando en todas

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las soluciones, en los subterfugios, las salidas alternativas, pero es imposible. Escarbar en las canciones de Serrano. Tener miedo y hambre, pero no frío. Esperar a que Manu llame para que vayamos por unas birras e insistir que no hay generación posible en el actual panorama del mapa poético nacional, pero aún así, se puede ser parte de una hermosa complicidad con los discursos de mis amigos loquillos y sus estéticas del desborde. La superficie de Latinoamérica arde, pero en el cielo sus lumbreras no dejan de brillar. Chile se está quemando y no es una metáfora. Los incendios en el sur se extienden cada vez más. Miles de hectáreas arrasadas por el fuego que prendió no sabemos quién. La incertidumbre y la esperanza son dos palabras que por separado saben amargas pero que juntas son un sortilegio para el futuro inmediato. Una obra es mucho más que ochenta páginas bond con una portada papel couché a todo color, mucho más que un puñado de

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imágenes poéticas o el delirio escritural de lo que se ha visto o presume. Abril me escribe después de dos semanas sin verla y no sé qué hacer, no sé qué decir; la distancia debería ser tipificada como un acto criminal. Te imaginas que de verdad exista un cielo y tierra nueva, una creación restaurada después del fin de los tiempos, un lugar eterno donde podamos correr y comer de todos los árboles frutales. Si fuese así estoy seguro que ahí no existirá el dolor y que la ley será solo un mal recuerdo por causa de una vieja naturaleza; tendremos la oportunidad de comenzar denuevo sin el terror a la ortodoxia, porque la ortodoxia será parte nuestra. He intentado encontrar los argumentos suficientes pero ha sido en vano; en un lugar como aquel te buscaré sabiendo que la muerte nos da una nueva oportunidad porque el fin de la restauración será volver al modelo antes de la caída.

Escribe sin puntuación. Sirve el pitcher me-

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jor que los hombres. Llega cuando pienso que no lo hará. Entra a las shoperías más rascas. Toma la iniciativa. Se compra libros perversos. No conoce la vergüenza. Se escabulle demasiado rápido. Desea inventar un paraíso codificado. Es la enfermedad pero también el antídoto. Esconde la basura debajo de la alfombra. Continuamente lo estropea todo. Viaja, regresa, se vuelve a ir. Se reconoce en la poesía. Es víctima de los chismes. Transforma las superavenidas en un desierto florido cuando sonríe. Sabemos quienes somos, pero no donde estamos. Diseminados en la geografía y los colores ya empezamos a construir el territorio, esa “República Mental” que nos ha sido esquiva pero que cientos de libros podrán darle forma imaginaria y consistente, de tal manera que en veinte años será otra la historia, seremos nosotros en la historia, los que sobrevivimos al “Bosque del Abandono”. Es comprensible hablar de escrituras subversivas cuando sabemos que los terroristas están en las oligarquías.

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Quise llamarla pero no encontré su número. Pensé ubicar a un par de amigos para conseguírmelo pero era demasiado tarde. Le escribí un mail, pero no lo envié. Si los temores fuesen un océano, me estaría hundiendo. Me encontré con Cristián en el Bar de la Gringa. Él se reconoce como uno de los cuerpos celestes que se están extinguiendo en la galaxia colchagüina de la periferia sentimental. Había peleado con su novia y borró todos los archivos de su guión; rompió y quemó la versión impresa y anillada a menos de un día de la entrega. Son solo sesenta escaletas. No es tanto, ¿cierto? Es bastante. No sé por qué somos tan idiotas que queremos a las peores nenas. Es la chica ideal. No se parece en nada a Abril, Summer o a la Courtney Love de la “chilean poetry”. Podemos salir a caminar por el centro durante la noche, tomar helado en una gelatería topísima, y ya es suficiente. Me hace sentir que

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estamos dentro de una película filmada en 35 mm, con una fotografía perfecta y locaciones sutiles y hermosas. Pucha, no estoy dispuesto a llevarla para pasar vergüenza; usté tiene el corazón muy liviano mijita. Con usté tengo todo que perder. Abril tiene la pura cagada. No le renovarán el contrato hasta marzo. No terminó amasando fortuna en una agencia de Ciudad Empresarial ni de notera en algún programilla de cuarta. Me escribe después de mucho tiempo. Quiere que nos juntemos. Es tan extraño sentir que la odio y la amo al mismo tiempo. Ella es la perversión y el deseo pero en una línea narrativa incomparable, “love” le dicen, rabia le dicen, ternura le dicen. No sé si responder, no sé si llamarla. Estoy con esa sensación de no querer hacerla sentir importante, que no me afecta su ausencia, que no quiero verla o que me da lo mismo. Abril hace todas las cosas más difíciles, no sé si tanto para mí como para ella. La poesía chilena es una joda, un

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juego de niños, pero las alternativas están, siempre puedo hallarlas. Olvida el amanecer ahogado que nunca pudimos. El amanecer es parte de la ficción. Mientras caminaba por Condell ya sabía de la furia en contra de una nación lejana que no me quiere y que yo tampoco quiero. Lanzaría estas páginas a la papelera de reciclaje o quemaría una bandera como rito purificador. Europa es el patio trasero de América Latina, una tribu antiquísima con pretensiones mayores. Si en estas líneas existiera el rencor seguirían existiendo “los chicos que no lloran”, por eso sé que retroceder no es una alternativa y que La Novela Nacional se convertirá en una fogata extinguida en medio del “Bosque del Abandono”. Me envía mensajes de texto todas las noches, mientras duermo, para que nos juntemos en algún lugar del centro. Está en pijamas, me visto rápido, nos reunimos en la esquina de su casa; siempre se me olvida llevar un ejemplar del libro. Abril está bordando con fuego los sueños que al-

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guna vez tuvo, pero que las imposibilidades eternas de todo le robaron. “Los chicos que no lloran” están deconstruyendo el sentido del proletariado por medio de la cumbia, vestidos de guayaberas, al ritmo del cariño latino y entrometiéndose en las radios nacionales; nunca he entendido por qué se apropian hasta de lo que no es suyo. El lenguaje es abuso y carencia, un jugueteo pobre de labios, si es que acaso algo rescata de los recovecos locos y codificados en el corazón del corazón. Puede decir que me extraña un kilo pero se oye tan falso, tan a compromiso con la buena onda de unas salidas y la complicidad bonita ante el intento de un nuevo pacto. Mis viejos dicen que las palabras se las lleva el viento, como todas esas veces que repetí “estaré”. Ningún epígrafe de Ray Loriga me hará cambiar de opinión, a menos que. Lucybell es la peor banda del mundo. Han editado unos discos horribles en formato superventas y con un puñado de letras para las calcetineras. He visto algunos afiches de sus conciertos

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caminando por Merced, también de Manuel García y Combo Ginebra. El espectro musical en la cartelera chilena es una amalgama multicolor de la que estoy huyendo por salud mental. Necesito tenderme en el pasto húmedo y escuchar electrónica francesa tardes completas como solo los malabaristas del indiepop pueden hacerlo. No me digas que son delirios de grandeza porque si no creeré que también los seres infelices odian a los que no son como ellos. Ya, si respondiera a su señal, si la buscara dejando atrás los juegos de poder, no tengo la seguridad que podamos dar el salto a un nuevo capítulo para extinguir el fuego mental de esas décadas que tendrán que releerse, pero aún así lo intentaría. No me interesa ser el mejor poeta de mi generación, mientras sepa que ella desea huir para ver si en otro lugar existe la posibilidad de comenzar de cero. Toma el teléfono y marca, no lo dudes. Abril es la chica más bella de la ciudad. Ilu-

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mina las noches más que todas las constelaciones en el cielo al que mira esperando las respuestas para combatir el determinismo histórico, el pasado, el miedo y las caravanas de la muerte a cuestas. Está cansada de luchar, desde que estaba en la Arcis intentó un cambio, una “nuevísima independencia”, pero quiero que entienda que no hay que transformar el país, sino las cosas mínimas, las más pequeñas, las historias, porque La Novela Nacional son los fragmentos que todos día a día escribimos con el gesto y la ternura, unos de los pocos ingredientes que quedarán para la posteridad. Cuando el cerro San Cristóbal se estaba incendiando ella caminaba por algún lugar. Alguien no le avisó, o quizás así debía ser, todo a su tiempo, sin apurar los hechos; algo me hizo pensar que el fin de un poemario no era el fin de una historia, sino el principio de una reencarnación definitiva y permanente. Un amigo poeta escribió un texto casi como sacado de un viaje con LSD; cree que Abril tiene algo en común con Nadia, ese per-

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sonaje extraño y taciturno de Teillier. Podría ser, aunque a Abril le encanta The Smiths (…). Las palabras escritas y dichas son fragmentos de un futuro incierto. Ya se lo había anunciado con señales entrecortadas en un sucucho de mala muerte a metros de Lastarria. Nunca fui bueno para anotar el lenguaje de mi corazón, o esas provocaciones impetuosas que nacen a partir de la intuición y las premoniciones. Abril no es como Yin Yin. Prefiere no escuchar canciones de niña lesa porque sabe que no podría dormir y avanza entre las personas con la esperanza que alguien pueda ver. Es tan fácil entender que no debemos derrocar el constructo social y económico, la clave está en la microafectividad y en todas las pequeñas revoluciones del cariño sobre el desierto florido que ella pinta durante las cuatro estaciones desde los puntos cardinales que forman la Alameda y la Gran Avenida. Cuando sonríe todo amanece, cuando duerme, también. Cree que muy lejos de aquí podría curar sus

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fracasos y fracturas e insiste que no la podré convencer de lo contrario. No es de egoísta, sólo que me gustaría construir un territorio imaginario dentro del que ya vivimos, donde el único modo de comunicarse sea la poesía, por medio de palabras y caricias y todas las formas posibles en las que se pueda experimentar el lenguaje, un territorio donde no seamos víctimas de las circunstancias ni de la moralidad que nadie respeta pero con la que todos, en algún momento, se abanderizan. Si pudiera recobrar el tiempo, estoy seguro que habría hecho callar a un par de personas. Está investigando sobre las artes que se encuentran en extinción. Todas las maniobras emocionales tienen distintos nombres pero apuntan al mismo hecho. “No Decir” siempre será una fobia extendida pero remediable. En la ecosofía no está la receta ni menos la conclusión. Terrorismo es ser cómplice del determinismo social, dejar las cosas como están, la pasividad y la cobardía de una boca cerrada y unos pies quietos.

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Mi “Norteamérica Adolescente” no es una caricatura burda del candor provinciano, sino que la manifestación estrepitosa de una pequeña revolución ante el calor de una noche falsamente perfecta, porque es en esas ocasiones que se encubren miles de auras de gemidos indecibles, porque es en esas fiestas que se disfrazan los árboles genealógicos en llamas. Mi cabeza es el wurlitzer de todas las canciones que jamás se reescribirán y que Abril tararea antes de dormir. A Abril le encantan las novelas macabras creyendo que su vida es una de ellas. Le señalo que no se adelante a los hechos; podemos iniciar un ritual para sobrevivir al invierno como los hijos insurrectos del mercantilismo sentimental. Si me contara sus secretos podría dibujarle un oráculo como telaraña sobre los parques de la ciudad, como todos los pentagramas imaginarios de una era premoderna. David Foster Wallace la conoció el invierno de 2006. No recuerda el nombre del bar, sólo que estaba junto a un par de amigas. No se acercó; la

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miraba sentado desde la barra intuyendo que sería la protagonista de su obra póstuma y de absolutamente todos los libros eternamente inéditos que ningún editor querría publicar, pensando que el acto escritural tiene un carácter profético. Se fue entristecido de sobremanera sabiendo que sería el único que ve en ella lo que nadie más. Mañana sabré si la desdicha suya ha sido un anagrama futuro o sólo las señales de una atrofia con posibilidad de sanación. Si le insisto que se quede es porque estoy totalmente seguro que la “Nuevísima Poesía Chilena” es una pandemia que infecta y no mata, un jardín botánico en medio de la capital cuando los sietes días sean un fin de semana permanente. Sus deseos son un misterio en forma de sistema codificado que se entrelaza con las gentes y las calles y los lugares que conoce por vez primera. Atraviesa las madrugadas y las festividades como los cuerpos celestes; no conoce la luz. La “Piromanía de Sueño” es una de las dis-

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ciplinas más antiguas en la historia de la humanidad, se aprende durante la infancia y se practica hábilmente entre los veinte y los treinta años. Abril ha conseguido experimentar un punto mayor: dañar a las personas que ama. Los sábado son un grado de inflexión de la narrativa que intentamos comenzar. Vagamos por este pueblo fantasma del que queremos escapar prontamente y terminamos en un boliche del centro casi vacío. El calor, el tedio y la distancia nos cercenan el ánimo hasta sentirnos los niños malos de las postvanguardias en la tierra del olvido, fotográficamente lárica, como esos lugares nebulosos donde se ambientan los videojuegos de zombies. Se ríe a carcajadas de la fauna sepia a la entrada de la catedral de la Plaza de Armas. No es falta de azúcar. Es entretenido pero también bizarro. Todo es tan kitsch... La ausencia de un padre puede explicar muchas cosas. Mientras más escarbo más motivos encuentro para justificar o por último para enten-

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der que nada ocurre por caprichos de unos años furtivos y etílicos en caída. Imagino que hay mucho por reconstruir y demasiado por comenzar; cada hora por muy insólita es una nueva oportunidad de susurrarle misterios al oído y así trazar las primeras manchas de un cuento para las mismas “Abriles” que necesitarán soñarse con la rajadura en el alma cicatrizada y el corazón abandonado en el desierto florido que bordó en los parques de su ciudad. No quiero forzar nada, no quiero escribir más de lo debido. El terror del mundo es una esfera lumínica en el techo de la fiesta. Abril siempre busca la felicidad pasajera, pero cuando se le ofrece con una mano la dicha y con la otra el desdén, no sabe qué hacer, se bloquea y escabulle. Siente un delirio asombroso, mientras sea recíproco, por el desamor de unos analfabetos megalómanos que no entregan más que esa felicidad momentánea. Me cuenta de los hombres con los que se ha acostado últimamente con la facilidad de conocer y desechar, como si estuviese hablando de comer-

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cio sexual. El deseo y los juegos de poder también son una de las manifestaciones del capitalismo exacerbado y depredador. Es curioso cómo todos intentan construir la identidad social a partir de la autoestima. Verse onderamente rancia para sumar puntos al interés que causa en “los chicos que no lloran” y sus viernes bailables, para sentir la admiración a la que puede aspirar una imitación burda de una estrella de garaje rock en decadencia, como si Facebook fuera la Rolling Stone transversal y de mayor alcance, y la mala fama un capital al que se puede echar mano. Abril se toma la ficción demasiado en serio. La poesía es mucho más que un sumario de revelaciones a priori; anoche me acosté con el temor de que mis desvaríos eran un holograma de la proyección mental de mi otro yo. Es como un sueño que se repite y se repite y se repite, cada vez más nítido y bello, pero más cercano a la imposibilidad instalada en el mismo territorio de la inde-

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pendencia. No quiero saber más nada, no voy a perdurar en una trampa que me he tendido sabiendo que algunos gestos son parte del efecto óptico; mientras “No Decir” sea un estandarte o un muro de protección, no haré ni el mínimo esfuerzo por derribar los puentes del alma de las autopistas del mundo. Recurre al horóscopo chino para descifrar un futuro inmediato que le aterra pero intenta abrazar. Algo no está saliendo bien. Siento el coraje de ver en ella a la peor chica que podría haber conocido; camino por el Parque Forestal escuchando unos covers de Jiminelson y pensando que la mayoría de nuestros encuentros han sido como una jauría de impulsos desenfocados. La extraño y repito que una semana en mi lugar es una eternidad. Felipe me pregunta por ella y siento una descarga sinestésica en el oído medio de mi conciencia. El neoliberalismo es mucho más notorio en las relaciones afectivas que en la economía. El ca-

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riño como un bien de consumo protegido y condicionado al poder adquisitivo del otro; no me dice lo que piensa, pero lo da a entender de alguna forma descifrable. Este jueguito tonto y cobarde de no querer mostrarse expuesto ante la posibilidad de perder no durará mucho. Una divina revelación me enseña que el miedo no es posible cuando la sinceridad está detrás de nuestras motivaciones. ¿Recuerdas cuándo comenzó? Yo sí, perfectamente. Todas las palabras transcurrieron a veinticuatro fotogramas por segundo en mi memoria visual, nada fue al azar, ni siquiera esa primera salida frustrada por mi horrible horario de clases. Me arrepiento de no haber hecho callar a un par de personas que con un ojo panóptico observaron solo sobre la superficie, ignorando la parcialidad al medir nada más que los actos reflejos. Hoy podría respirar bajo el agua y no solamente escribir en la arena del mar, encontrar un traje de superhéroe que sí me quede a la medida; dime si puedes leer estas líneas escritas mucho antes en el fondo de tu corazón, y si es así, promete que no será una

alegoría en vano. El “Sueño Americano” no es más que un puñado de excepciones elevadas a una potencia imaginaria. No te dejes engañar por una esperanza artificial que lo novedoso no dura mucho tiempo. Piensa más de dos veces antes de tomar una decisión. Recuerda que de los errores se aprende. Pronto te llegará un libro desde Temuco, atesóralo. Si no te sientes bien, ve a un parque, recuéstate en el pasto y escucha esos temitas de Telepopmusik. Si estás peor, llámame. Baja las dosis de todo.

BUENAS NOCHES.