Sobre reconocimiento y reconciliación

Carlos Pérez Soto

Ilustración por Sicario Infernal (Pavelkapaz)

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica

Sobre reconocimiento y reconciliación
Carlos Pérez Soto Profesor Universidad Arcis
“El individuo que no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona, pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento como autoconsciencia independiente” Hegel, Fenomenología del Espíritu

No tengo ninguna duda en torno a que la llamada “dialéctica Señorío - Servidumbre” no es sino una figura muy pobre y preliminar en la Fenomenología del Espíritu, sólo el esqueleto lógico de otras figuras mucho más relevantes y, en ningún caso, la clave de comprensión de toda la obra. Para cualquiera que haya leído el libro completo, tratando de atender en lo posible a su estructura y propósitos propios, se puede dar cuenta de que las reflexiones sobre la filosofía de la naturaleza, el papel de la religión, la eticidad y, sobre todo, las críticas a la Ilustración y su proyección sobre el Terror en la Revolución Francesa, son tópicos mucho más importantes en este texto, y en la obra de Hegel, que lo planteado en esas nueve páginas, muy iniciales, de un libro que, en la edición castellana del Fondo de Cultura Económica, tiene cuatrocientos setenta y tres, y que obedece a un ambicioso plan sistemático. Sin embargo ese episodio puede ser elevado a importante si se atiende al problema específico que plantea y que contiene, y buscamos la proyección de la respuesta y forma que Hegel le da sobre otras teorías fundamentales formuladas en la modernidad, y usamos esa respuesta para criticarlas. La primera constatación básica, y muy visible en el texto, es que la situación planteada NO es originariamente la de un encuentro intersubjetivo, como si dos autoconsciencias ya establecidas buscaran sólo confirmar su ser previo a través de la comprobación y la lucha. El punto de partida NO es el de una confrontación interpersonal, sino el desdoblamiento de UNA autoconsciencia meramente en sí, y meramente universal, que buscará constituirse en DOS autoconsciencias que eleven su certeza de sí puramente inicial al reconocimiento de cada una por la otra, en calidad ahora de particulares que son para sí, y a la eventual reconciliación que pueda producirse desde ese reconocimiento mutuo, que pueda devolverlas, enriquecidas por la libertad de lo particular, a la unidad en sí y para sí de UNA autoconsciencia que es una comunidad. En este ciclo de desdoblamiento, comprobación, lucha, reconocimiento y reconciliación, la autoconsciencia como sujeto total, la comunidad humana, habrá trascendido la ley de la tierra y de la noche, que sólo se rige por el “ojo por ojo y diente por diente”, y la ley diurna, puramente racional, de la ciudad, integrándolas en una comunidad de particulares autónomos y libres, capaces de reconocerse unos a otros, y de resolver los conflictos que surgen permanentemente de su condición deseante a través de un tipo de lucha en que exista la posibilidad del perdón y la reconciliación. Se trata de una perspectiva que NO establece la realidad actual y permanente de un estado reconciliado, NI contempla un perdón definitivo, que conduzca a una paz homogénea y permanente. NI, menos aún, un cierre y aquietamiento permanente de la condición deseante que es la subjetividad. Puedo desafiar con toda confianza y tranquilidad a quienes crean que Hegel imagina o propone algunos de estos finales quietos y felices a que traten de encontrar textos en su obra que, bien leídos, los avalen. La perspectiva hegeliana conduce al establecimiento de la posibilidad, cierta y efectiva, de la reconciliación, no a la prolongación de su logro, cuando se alcance, hacia una realidad homogénea y permanente. El “reino de la libertad” sigue, y debe seguir, siendo el campo de confrontaciones posibles, pero ahora bajo la doble garantía de la mediación y la posibilidad del perdón.

2

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
La dialéctica Señorío-Servidumbre está ciertamente muy lejos de esas posibilidades de la libertad consumada y, en algún sentido, en la antípoda. Es sólo el inicio, bastante torpe, meramente lógico y abstracto, de un largo camino que requerirá, como el mismo autor lo expresa reiteradamente, del despliegue de las restantes trescientas cincuenta páginas del libro. Y está lejos, entre otras cosas, justamente porque es un intento que fracasa. Pero como intento inicial y particular fracasa no porque establezca la imposibilidad rotunda y permanente de su éxito. Si esa hubiese sido la intención de Hegel, el libro habría terminado sólo unas cuantas páginas después, su filosofía se parecería más a la de su archi enemigo Schopenhauer que al idealismo alemán, y probablemente el mismo Hegel se habría ganado la vida mucho mejor como psicoanalista lacaniano que como rector de la Universidad de Berlín. No faltarán, por supuesto quienes, desde su infinita soberbia intelectual (y estupidez), crean que ese habría sido un mejor destino para el buen Hegel que las dificultades del concepto. Quizás una buena parte de la dificultad para entender el lugar de ese episodio en el plan general pase por el hecho de que Hegel, consistente con ese plan, dedica todo el resto de la obra al destino de la autoconsciencia que ha sido derrotada (y, como tal, reducida a consciencia) y, en cambio, sólo describe de manera muy rápida el propósito de la que aparentemente triunfa, y que se encuentra, en medio de esa apariencia, con que no ha logrado lo que realmente quería. Es decir, se encuentra con que también fracasa, y se ve reducida también a la dimensión de mera consciencia. Si se logra especificar mejor qué es lo que el polo que deviene Señor realmente deseaba, entenderemos mejor por qué fracasa, y entenderemos también en qué consiste la derrota de aquel que ha devenido Siervo más allá, y de un modo más profundo, que desde su mera condición empírica de oprimido. Al hacerlo encontraremos que está muy bien que Kojeve haya sido marxista, pero que quizás fue demasiado marxista; y que está muy bien que Lacan haya sido psicoanalista pero que quizás fue un muy mal psicoanalista. Y, para decirlo de un modo muy directo de una vez, lo que aquí entiendo por “demasiado marxista” es poner la opresión y la miseria empírica por delante de la enajenación; y lo que entiendo por “mal psicoanalista” es uno que no entiende la naturaleza real del deseo porque se detiene a priori sólo en el momento y en la posibilidad de su fracaso. Lo que el polo que deviene Siervo desea aparece muy claramente en el texto pero, sobre todo, para quienes lo leen desde la desgracia de esa posición: quiere ser reconocido como una autoconsciencia independiente. Un poco menos visible, pero igualmente explícita, es la pretensión del Señor: también está buscando ser reconocido como una autoconsciencia independiente. Parece estar muy claro por qué el Siervo podría querer ser reconocido, y hacia él suele derivar el peso de la famosa frase “la autoconciencia sólo alcanza su satisfacción en otra autoconciencia”. Al parecer si el Siervo fuese reconocido por el Señor siendo éste un Señor (una autoconsciencia independiente) podría alcanzar su satisfacción. Mucho menos clara parece, en cambio, la aparente torpeza del Señor que, en lugar de llevar al Siervo a su independencia y hacerse acreedor a su reconocimiento, busca torpemente su devoramiento, su sojuzgamiento, lo hace perder su independencia y luego, en el colmo de la torpeza y la vanidad, termina dependiendo él mismo de los servicios de un Siervo que en su obstinación no sólo ha aprendido destrezas que a la larga le permitirán derrotar al señor, sino que ha conservado en su interior una libertad aún meramente pensada pero que tarde o temprano se expresará de manera real. Es cierto, quizás, que el burgués Hegel despreció profundamente (un poco en secreto, claro) la ostentosa inutilidad y vanidad de los Señores alemanes de su tiempo, pero tanta torpeza reunida parece excesiva para un filósofo que no se caracteriza por sus excesos. Salvo, claro está, ¡ay!, por el exceso de su sutileza. 3

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
No hay excusa alguna, al tratar de entender ese lado de la lucha, para saltarse las primeras seis páginas, que la anteceden. Allí consta explícitamente que la autoconsciencia es, de manera primaria y fundante, vida y apetencia. Es vida en tanto infinitud viviente, es decir, un campo en que se da un complejo entramado de fuerzas que se oponen entre sí de manera permanente. Hay que ver, para esto, qué significa y cómo surge la categoría de infinitud en las últimas páginas de la sección Consciencia. Pero es justamente viviente debido a la apetencia, es decir, debido a que su desdoblamiento proviene de una tensión negativa y constituyente que puede llevarla a la escisión y, con ella, al surgimiento de la realidad efectiva de lo particular desde el fondo puramente en sí de una universalidad móvil y conflictiva, pero en que no se da aún la posibilidad de la libertad. Sostengo que la clave de todo el asunto está en entender hasta qué punto la noción de apetencia, y luego su proyección sobre las categorías de deseo y de voluntad, difiere de manera sustancial de las ideas que la modernidad elaboró respecto de los mismos conceptos. Y, para eso, hay que ubicarla teniendo siempre como trasfondo el conjunto de la obra de Hegel, y su relación con esa tradición. La apetencia hegeliana difiere de manera esencial de lo que la modernidad entiende por instinto en que no deriva de ninguna disposición biológica, ni natural en general, y en que su correlato, la necesidad que se podría llamar “primaria” o “esencial” no es concebida como un hueco que podría ser llenado por objetos naturales determinados apropiados. No es ni obedece a metáfora mecánica alguna. Es un tipo de entidad orgánica como las que se pensaron en el marco de la filosofía de la naturaleza del romanticismo alemán, y que a los herederos de la concepción mecánica del mundo les cuesta tanto pensar e, incluso, siquiera concebir su posibilidad en términos teóricos. La apetencia no es una capacidad inercial (es decir, que tenga que ser activada por otra cosa) sino una tensión originaria en sí misma. Es una tensión positiva en tanto pone ella misma sus fines y, en esto, se parece a la idea de pulsión formulada por Freud. O, más bien, que Freud rescata, sin saber, del fondo filosófico del romanticismo. Pero es también una tensión negativa en tanto su relación con el fin que pone es negarlo, disolverlo apoderándose completamente de él, ya sea llenándolo, copándolo, desbordándolo desde dentro, o devorarlo, asimilándolo completamente a sí, consumiéndolo. La apetencia se satisface en el proceso total de poner el fin, oponerse a él, devorarlo o llenarlo, y hacerse uno con él. En términos lógicos, en el ciclo de poner la diferencia, radicalizarla, reflejarse en ella, e integrarla en un todo ahora internamente diferenciado. La apetencia es el equivalente existencial, en términos relativos real y efectivo, de la acción de la negatividad. Pero a su vez, es meramente la estructura lógica, aún sólo en sí, abstracta, del deseo, que es, a su vez, su equivalente existencial de hecho real y efectivo. Que el Señorío se constituya desde la apetencia debería indicar de inmediato al que lea el texto que se trata de un episodio de carácter meramente lógico. Que carece de la riqueza real y efectiva de la mediación. En ese estado, en rigor, no cabe preguntarse qué desea el Señor, pues aún algo complejo como el deseo no se da en el plan de la obra. El Señor simplemente apetece. De la misma manera, no cabe preguntar en que podría consistir su placer, sino sólo aún en qué consistiría su satisfacción. Puestas las cosas de esta manera, se puede entender qué apetecen las autoconsciencias contrapuestas. En lenguaje coloquial se podría decir “qué buscan”. O, también, qué cosa o suceso les reportaría, en ese estado, su satisfacción. Pues bien, lo que apetecen es sorprendentemente pobre: apetecen ser. O, en lenguaje técnico: elevar su certeza de sí mismas a verdad. Y lo extraordinario es que para lograrlo requieren del reconocimiento de la otra. Y esto es extraordinario porque difiere de toda la tradición filosófica moderna hasta allí, que asume el ser del sujeto particular como un dato originario, como algo dado ya en y por sí mismo. Tal como lisa y 4

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
llanamente hay átomos y vacío, así también, casi por decreto, hay individuos, y la sociedad no es sino una colección de ellos. En Hegel, en cambio, el dato originario es ese campo de subjetividad apetente al que llama infinitud viviente, que ya es en sí y de manera total sujeto. Y el sujeto, ahora como particular, como individuo, es un efecto. El episodio de Señorío y Servidumbre muestra el esqueleto lógico, y el principio del camino (del camino lógico, no empírico) a través del cual terminará constituyéndose este efecto, hasta ponerlo ante la posibilidad, plenamente histórica y mediada, de su consumación como ciudadano libre. ¿Qué apetece la autoconsciencia que deviene Señor?: ser, en verdad, una autoconsciencia independiente, confirmarse como tal. ¿Cómo puede conseguirlo?: luchando por su reconocimiento, poniendo en juego su vida. Pero, aparte de la trivialidad empírica de su vida meramente biológica, 1 ¿qué “vida” está poniendo en juego, y de qué modo? Lo que está haciendo es ponerse en situación de ser apetecido, es decir, llenado, devorado, disuelto por la apetencia del otro. ¿Cómo logra, torpemente, vencer?: negándose a ser devorado, viendo en ello sólo la muerte, y proclamando no tener miedo a la muerte. Pero el otro, el que resultará luego, provisoriamente, Siervo, posee, aún en su temor, una sabiduría mucho mayor que la que hay en semejante torpeza. Porque ama la vida y teme la muerte acepta ser derrotado, pero no muere. Y este es el punto crucial en toda esta trama: la aparente valentía del Señor está fundada en un error, el que sea derrotado no morirá. Lo que está en juego no es la muerte en sentido biológico, ni natural. Lo que está en juego es la independencia, es decir, el simple confirmarse como particular en sí. Y con ella, de manera inmediata (pero pobre), y a la larga (en un devenir lleno de posibilidad), lo que está en juego es la libertad. Por eso el que no tuvo temor a la muerte biológica, natural, y con eso obtuvo su triunfo torpe e inmediato, resulta doblemente derrotado. Uno, porque la verdad de su certeza de sí sólo se podía alcanzar si su oponente se mantenía como autoconsciencia independiente. Es decir, no debía derrotarlo sino devorarlo, asimilarlo, consumirlo; y, dos, porque a fin de cuentas la vanidad de su Señorío requiere de manera concreta y efectiva del Servicio, es decir, tampoco podía matarlo en sentido literal. Por eso el que profirió la vida retuvo en sí las claves para construir su victoria. Uno, porque no podía perderlas, es decir porque, como apetencia originaria, era imposible destruir en él el germen de su libertad; y, dos, porque en el Servicio tendrá la oportunidad de aprender y adquirir las herramientas que harán posible la construcción de su libertad efectiva. Es interesante observar cómo la vanidad Señorial frustrada y, peor aún, impostada, entre los intelectuales elabora esta derrota estratégica que surge de la victoria del Señorío. Elaboran y resuman una frustración que, por supuesto, sólo puede corresponderles por arribismo, o por una adscripción falsa y pretensiosa. El discurso predominante que proviene de esas fuentes consiste en afirmar que el “deseo” del Señor (al que llaman, en virtud de una mala traducción francesa “Amo”) fracasa simplemente porque todo deseo fracasa, porque ningún deseo tiene realmente un objeto determinado, real, y porque en el fondo todo deseo humano sólo desea desear. Con esto incurren en dos errores de fondo, al menos en lo que a Hegel respecta o, para sacar a Hegel del medio y plantear la discusión de manera directa, asumen supuestos y opciones que no tendríamos por qué compartir. El primero es simplemente confundir apetencia y deseo, o no hacerse cargo de que entre ambas categorías hay una notoria diferencia. El segundo, que deriva del anterior, es asumir sin más que si la apetencia no puede ser satisfecha entonces el deseo tampoco puede serlo. De estos dos errores (u opciones)
1

Por supuesto, para los católicos, que viven temiéndole a la muerte, no se trata de ninguna “trivialidad empírica”. Pero, recordemos aquí, una vez más: Hegel no era católico.

5

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
deriva la noción oscura y triste, y claramente innecesaria, de deseo vacío, es decir, de que el deseo sólo desea desear. En términos hegelianos lo que la apetencia apetece (o busca) es simplemente confirmar a la autoconsciencia como ser en sí, o solamente como ser. El objeto que puede producir la satisfacción de esta tensión es sólo una autoconsciencia independiente, es decir, otra autoconsciencia en tanto, igualmente, es simplemente en sí, o es sólo ser. Y el modo en que este “reconocimiento” se busca es la precariedad de una lucha que debe conducir al devoramiento del otro a través de su derrota simple, de su sojuzgamiento. Y por eso el modo contradice flagrantemente al fin y, en buenas cuentas, al carácter esencial de las autoconsciencias en juego, que no es otro que ser en sí ya, aunque de manera embrionaria, libres. Si el deseo coincidiera con esta pobreza, querría decir, puesto en el lenguaje feminista que suele ser habitual entre los que ejercen esa confusión, que el deseo sólo sería realizable a través del sojuzgamiento patriarcal, y a la reducción a la opresión y a la derrota de un semejante. Si eso fuese así, tanto las feministas, como el mismo Hegel, tendrían que convenir en que ese es un modo no sólo poco delicado, e indecoroso, sino simplemente imposible. La diferencia es que las primeras tendrían que aceptar para ello que “la mujer no existe”, en cambio a Hegel le basta con afirmar que la mujer es un sujeto libre. En un caso, bajo la cerrazón de que el “deseo” es irrealizable (no se puede colmar) hay que llegar a la conclusión de que su objeto es simplemente ilusorio. En el otro caso ese “deseo”, así formulado (sólo como apetencia) es irrealizable, justamente al revés, por la extrema realidad de su objeto, por la realidad de su libertad. Nuevamente en términos hegelianos, la diferencia crucial entre apetencia y deseo es que lo que el deseo desea (busca) no es sólo confirmar el ser en sí, sino confirmarlo a la vez como en sí y como para sí, es decir, el deseo desea un devoramiento, un copamiento del otro que lo preserve como otro en un modo tal que haga posible de manera sostenida esa reflexión sobre sí desde lo otro que es el ser para sí. Para que esto sea posible no es suficiente con que la otra autoconsciencia sea simplemente independiente (sólo un ser en sí), sino que debe ser una autoconsciencia libre, es decir, una que ha llegado a la certeza de ser tanto en sí como para sí, lo que, a su vez, le hace necesario ser reconocida por la primera. Lo que el deseo conserva de la apetencia es la idea primaria y radical del devoramiento, de que el reconocimiento supone una lucha, de que en el curso de esa lucha de algún modo el otro tendrá que disolver su ser en sí y constituir su ser para sí en un momento puro de ser para otro. Las figuras que he usado para esto, ampliando las de Hegel, son el ser devorado, el ser consumido, o el ser llenado y desbordado desde dentro. Se podría agregar, en el lenguaje religioso tradicional, el estar poseído. Pero lo que el deseo conlleva de específico, y de complejo, es la exigencia de que en el curso de esta posesión, o devoramiento, el otro se mantenga como libre. Y hay sólo una manera en que esto puede ocurrir: que acepte ser poseído. Es decir, el reconocimiento que supone el deseo requiere una reciprocidad que la pobreza de la apetencia no necesita. Es necesario decir en términos más específicos, y apropiados a la complejidad del deseo, lo que significa en esa reciprocidad “devoramiento” o posesión del otro. Esto se puede decir de manera directa así: ser reconocido, en el orden del deseo, no puede ser sino ser deseado. Esta es la conexión esencial entre apetencia y deseo. Ser deseado significa aquí estar presente en el deseo del otro, pero de tal manera de coparlo, desbordarlo desde dentro y, en ese sentido, devorarlo. Y ser reconocido significa ser aceptado en esa posesión, en esa ocupación interior. Aún más: mutuamente. Si consideramos esta condición extraordinaria con lo que se ha dicho más frecuentemente entre los hegelólogos más competentes, lo que estoy sosteniendo es que se debe pensar el reconocimiento como algo que tiene un contenido mucho más hondo y radical que la pura virtud cívica de ser “re-conocido”, en 6

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
el sentido cognitivo de “conocido”, y en el sentido ético de “aceptado”. O, más bien, que esos planos cognitivo y ético deben ser entendidos como resultado de una operación más fundamental, que no es sino la de ser, de manera radical, susceptible de deseo. Si comparamos ahora la noción de deseo que está en juego en esta concepción hegeliana con las otras ideas modernas formuladas al respecto, es necesario indicar que, a diferencia de la concepción clásica, el deseo no es algo que el sujeto tenga, es decir, una impresión en la subjetividad cuyo origen es netamente exterior, y que podría no estar,2 sino algo que lo constituye, a él mismo, como una tensión esencial. Por otro lado, el objeto que puede satisfacer, y luego colmar, al deseo no es un objeto natural, particular y determinado. Es un objeto libre (es decir, un sujeto), que se particulariza y determina en una situación social e histórica concreta, respecto de la cual es, sin embargo, en esencia libre.3 Al compararlo con la noción de deseo que se origina en Schopenhauer (y que ya fue predicada por Gotama, Buda, dos mil quinientos años antes), el deseo vacío que sólo desea desear, y que la tradición lacaniana se empeña en atribuir a Freud, y en aplicar erróneamente a Hegel, lo que vemos es que el deseo en Hegel tiene un objeto que es real (no ilusorio) y plenamente alcanzable. Sobre un deseo de este tipo pesa, sin embargo, una incertidumbre fundamental, pero que no proviene de su irrealidad sino, exactamente al revés, de la extrema realidad de la libertad. El reconocimiento, como la posibilidad de ser deseado, sólo puede ocurrir si es mutuo porque sólo se satisface cuando somos deseados de manera libre, por un sujeto al que a su vez reconocemos como libre y susceptible de deseo, por alguien a quien deseamos. esta reciprocidad que, como está dicho, depende completamente de la aceptación mutua, es la base y contenido de lo que se puede llamar placer, y la tensión hacia ella es lo que puede llamarse necesidad. Es interesante observar que, en la medida en que la consumación mutua del deseo requiere de aceptemos el momento de nuestra propia disolución, el ser poseídos, la tensión que es la necesidad resulta una tensión negativa. No tanto porque niega al objeto, como ocurre de manera preliminar y algo bruta en la apetencia, sino porque pasa por la reflexión de la negación del otro sobre el propio sujeto deseante. Esta valentía es la que no tiene el Señor, que prefiere la muerte antes que entregar su ser; ni Fausto, que prefiere retener su obrar en el mero para sí antes que regalarlo como un para otro; ni el superhombre que Nietzsche nunca fue, que prefiere la soledad violenta y desastrosa, o la locura carente de generosidad, antes que reconocer que en lo que estigmatiza como rebaño está presente la sabiduría esencial de saber morir, nacer, y volver a morir y nacer infinitas veces. La supuesta valentía del Señor no es sino la obstinación abstracta que no está dictada por la libertad sino por el mero arbitrio del que cree que puede ser él solo y por sí mismo todo el mundo. La obstinación idiota del burgués, que es un remedo mezquino de aquella otra, que le parece aristocrática, no proviene de su afán de poder sino simplemente de la avaricia, y de la vanidad que proyecta sobre su obra. El escape fascistoide hacia la estepa donde se puede ejercer poder y arbitrio sólo sobre los cactus y la arena no es sino el reverso iracundo e impotente del que, si tuviese poder, convertiría gustoso a sus semejantes sólo en cactus y arena. El escape delirante hacia el margen, la excentricidad y la locura no es sino el espectáculo triste, entrañable cuando es real, detestable cuando es fingido, del delirio moderno llevado por y desde sí mismo al extremo de la derrota.
2

El sujeto cartesiano es capaz de desear, pero no desea nada por sí mismo. Todos los contenidos de lo que desea le son dados desde el exterior. 3 La dificultad de que sea a la vez determinado y libre sólo aparece si ambas categorías se consideran de acuerdo a las dicotomías ilustradas. En Hegel, determinación y libertad coexisten perfectamente, por cierto de manera conflictiva, en la categoría de posibilidad.

7

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
Por supuesto todas estas figuras tristes, nacidas de la dicotomía, ponen ante ellas como toda la otra realidad posible lo que creen que es su contrario dicotómico. El Siervo glotón, que ama demasiado su vida; el ignorante que no quiere ir más allá de sí mismo; la simple masa que opera como rebaño; la conjura mezquina de los cuerdos que los empuja al margen.4 Una manera de escapar de la simplicidad de la dicotomía, y examinar mejor la complejidad del deseo, con la que sospecho Hegel no habría estado de acuerdo, es fundar su consideración en la radicalidad de la sexualidad, como lo ha hecho lo mejor de la tradición psicoanalítica. Por una cuestión de contexto social, de desarrollo histórico y de contexto filosófico, Herbert Marcuse es, en eso, más sabio que Hegel. La dignidad auténtica del ser reconocido debe estar fundada en el hecho material de ser considerado como susceptible de deseo, y en el hecho actual, efectivo, de ser deseado, aunque tal deseo no se consume en una relación inmediata y efectiva, física, y aunque no se busque consumarlo. Los que se desean y llevan esa tensión a su realidad actual y efectiva arraigan su reconocimiento en la materialidad del erotismo realizado, encuentran placer en ello, y pueden ser felices en esa particularidad.5 Los que se desean y han optado, en virtud de su libertad, por no llevar su reconocimiento hasta esa relación inmediata, logran construir una amistad esencial, fundada en la mutua seducción, arraigada en ese mismo erotismo, conservada en un campo de mediaciones que es un juegos de complicidades, lealtades, confianzas, sobre las que opera constantemente la negatividad del desborde, de la pérdida de sí, del sobrepasar, que hacen necesaria la mantención permanente de la seducción. La amistad como sublimación productiva del erotismo, el reconocimiento como erotismo actuante y contenido. Hegel, ciento cincuenta años antes que cualquier tipo de salida del clóset, cien años antes que Freud, consideró que en este orden de amistad la relación entre hermano y hermana era superior a la que hay entre esposo y esposa. Hay que decir, en primer lugar, que su comentario trata de la relación en tanto ética, es decir, en tanto que puede ser modelo y sostén de las relaciones sociales universales, frente a la cual la relación esposo – esposa apunta más bien a una conexión intersubjetiva particular, el eventual amor de pareja. Y hay que decir, en segundo lugar, que muy probablemente el viejo Hegel consideró que el campo de la sexualidad era propio de esa relación particular, y no de la otra, filial y social. Hoy, gracias a Freud y a Marcuse, sabemos que esa diferencia no es necesaria, y aún así podemos conceptualizarla bajo una base común a partir de la sabiduría y la complejidad de la lógica hegeliana. Tanto la fraternidad hermano – hermana, que se puede proyectar como célula modelo de lo social, como la particularidad de la sexualidad esposo – esposa, podemos hoy fundarlas en la complejidad erótica del deseo y la apetencia. Y el que esa diferencia pueda formularse puede servirnos para evidenciar la complejidad de la libertad sobre la que se construye ese fundamento. Incidentalmente, y quizás en el fondo no sea casual en absoluto, notemos que mientras Freud traza el fundamento de lo social en la fraternidad de un clan de hermanos, para las cuales las “hembras” no son sino, primordialmente, objetos de disputa, la sabiduría hegeliana pone ese fundamento en la generalización de la relación entre hermanos y hermanas, con el efecto de que la potencialidad y virtud ética de la mujer resulta llevada al primer plano. Es bueno explicitarlo, aunque ya está dicho, ¿cómo puede el deseo lograr un devoramiento que no obedezca a la lógica de la opresión y la derrota?: a través de la seducción. La seducción es el modo en que
4

Un curioso artífice de la dicotomía, rabiosamente argentino porque nació en Italia, creyó condensar este mundo moral en blanco y negro contraponiendo el “hombre de ideales” al “hombre mediocre”. Curiosa mezcla de nietzscheano de arrabal y filósofo ilustrado (era psiquiatra), su manual sigue siendo inspiración para las desilusiones de los individualistas. Como ya se notará, me refiero a José Ingenieros y su libro “El Hombre Mediocre”. 5 A diferencia de la soberbia intelectualista lacaniana, bajo esta noción de deseo la felicidad no es una simple ilusión neurótica, sino una posibilidad real y realizable que surge de la materialidad de la libertad.

8

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
se logra estar completamente en el deseo del otro contando con su libertad. La seducción es el campo de las mediaciones que hace posible fundar el reconocimiento en el mutuo ser deseado. La seducción que busca ganar aquello que a su vez la seduce. Se trata, por cierto, de un campo completamente fundado en el erotismo. Y ese debe ser el fundamento de todo reconocimiento que se presuma real. Pero es un campo de mediaciones, en que la realidad del lenguaje, la posibilidad de la ilusión, el eventual golpe de mano que fascina, el arte y la artesanía, en fin, del engañador que logra la complicidad del engañado están, y deben estar, en juego. La seducción es el campo, negativo por excelencia, en que el engañado acoge su involucramiento en el engaño que reconoce, sin delatarlo como tal, sin romper su magia, para hacerse fuerte en él y revertirlo sobre el que a su vez está disponible para la operación inversa. No se trata, desde luego, y en absoluto, de ese tipo de diálogo de caballeros que la ingenuidad presume sería el modo de llegar a acuerdos que luego se respetarán de manera educada. Ni de esos intercambios ilustrados de información y seguridad cognitiva que le permitirán a cada uno saber a qué atenerse ante la libertad del otro. Ni de una transparencia comunicativa que revele y contenga los intereses dentro de los buenos modales de la ponderación civilizada. No, muy lejos de todo eso, se trata más bien de la enjundia y la expansión de la vida, llena de doblez, de ocultamiento que termina revelándose, de amable falsedad que puede ser aceptada y comprendida, de contraposición en fin, que haga posible que cada uno experimente la dignidad de su triunfo y la dignidad de la complacencia que pueda encontrar en su derrota. Todo un mundo, por supuesto, que la sabia estupidez del caballero ilustrado que espera que un sí sea siempre y sólo un sí, y que un no sea consistentemente un no, no puede entender. Ni, peor aún, ¡ay! dolor, tolerar vivir. El reconocimiento debe ser el resultado de una lucha. Tratándose del deseo, es decir, del reconocimiento que busca la confirmación del Ser y de la Esencia, del en sí y del para sí, de la dominación y de la entrega, la seducción es el campo de esa lucha. Que ya no es, por cierto, la tozuda lucha a muerte en que sólo cuenta el ser o el no ser, sino la lucha determinada y diferenciada en que la vida se reproduce, y en que los particulares pueden encontrar la realización de su libertad. Es sobre esta base y modelo6, en que están contenidos la apetencia y el deseo, bajo sus formas materiales de erotismo y seducción, que se puede extender la noción de reconocimiento a su realidad cívica de conocimiento y aceptación mutua. Sin este fundamento el “reconocimiento” que postulan hegelólogos ilustrados, como Axel Honneth o Robert Pippin, resulta apenas distinguible de la tolerancia liberal, ganada a través de unas “luchas” que no son sino diálogos que promueven el conocimiento mutuo, y que a muy poco andar se hace apenas distinguible de la indiferencia. Un ejercicio en que tras “darnos a conocer” se llega a establecer un “está bien, te acepto” o, más bien, un “acepto tu diferencia porque no se aleja en lo sustantivo del mismo tipo de humanidad que tengo”. Y una aceptación, a su vez, que a poco andar resulta equivaler a un “te acepto porque no interfieres en nada de lo mío” o, “te acepto porque nada de lo que haces daña de manera significativa lo que soy”. Juntos pero no revueltos: acepto que vivan negros o chinos en mi barrio, pero no tengo porqué casarme y tener hijos con ellos. Y, por supuesto, que por favor recojan la basura. El reconocimiento no se puede dar sin darse uno mismo en ello. No se puede recibir como algo dado, debe ser ganado. No puede haber reconocimiento real sin la dignidad que aporta una lucha. O, como está dicho, sólo son reconocidos aquellos que han logrado ser deseados gracias a las artes de su seducción. Por supuesto, no gracias a un pacto de caballeros.
6

Más bien “en” esta base, en el sentido hegeliano de Fundamento [Grund], que se expone en el segundo libro de la Ciencia de la Lógica.

9

www.sicarioinfernal.blogspot.com

Sicario Infernal – Sociología Crítica
Sólo ahora, y bajo estas condiciones, podemos preguntarnos ¿deseados cómo qué? El modelo ya está establecido: queremos ser deseados como sujetos y objetos eróticos. En su dimensión más inmediata se debe aceptar que eso significa siempre, en primer lugar, como objetos y sujetos sexuales. Pero, más allá del modelo, queremos ser deseados como hermano o hermana por aquellos a los que deseamos como tales. Queremos ser deseados como hijos y como padres por aquellos a quienes deseamos como padres e hijos. Y, sólo ahora, por fin, queremos ser deseados como ciudadanos en el marco de aquella sociedad que deseamos como nuestro lecho, como nuestra familia, como nuestro hogar, como nuestro barrio. Sólo cuando todo esto ocurre podemos decir que hemos sido realmente reconocidos. En el título de este texto prometí escribir también sobre reconciliación, ese engañoso concepto que suele estar tan tristemente impregnado de moralina cristiana o, peor, de hipocresía católica. Por esta asociación, tan recurrente y intensa, no sólo lo he dejado para el final, sino que sólo le dedicaré una frase: la única reconciliación que puede considerarse como tal, sin moralina ni hipocresía, es la que se ha logrado tras ganar la lucha por el reconocimiento. Punta de Tralca 29-30 Julio 2012.
Para Dolores

10

www.sicarioinfernal.blogspot.com