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LOS DIOSES HAN CAMBIADO (DE MODO QUE TODO LO DEMÁS PODRÍA EVENTUALMENTE CAMBIAR) CONSIDERACIONES SOBRE LA NO EXISTENCIA DE UNA

VERDAD OBJETIVA Y EL CRISTIANISMO POSMODERNO Pierre Guillén Ramírez, o.f.m.
«Dios no ha muerto, sino que se encuentra sano y salvo, y ahora está trabajando en un proyecto mucho menos ambicioso». (Graffiti hallado en el mingitorio de un pub inglés hacia mediados de los años 90).

El filósofo italiano Gianni Vattimo en el segundo capítulo del libro Adiós a la verdad, titulado «El futuro de la religión» plantea –en un tono nietzscheano– una revisión crítica de la epistemología tradicional, que contempla la existencia de la «verdad como dato objetivo», es decir, como una suerte de correspondencia entre las designaciones que el hombre hace y las cosas designadas, entre el lenguaje y la realidad, que clásicamente se ha entendido como «adaequatio rei ad intellectum». Concebir la verdad de este modo es lo mismo que pensar la relación entre mundo y conocimiento como mundo y espejo del mundo. Sin embargo, la mencionada crítica a la verdad objetiva no es emitida escuetamente, sino que está inmersa en una interesante lectura del cristianismo en el momento actual. Se plantea el problema de Dios y de la religión en una condición histórico–cultural concreta: la Iglesia católica. Es así que el cristianismo tiene rostro y éste para el autor italiano no es otro que el de una Iglesia determinada, pues, como él mismo asegura remitiéndose a Heidegger, «no puede hablarse de religión salvo a partir de una experiencia existencial concreta de la propia religión» (Vattimo, 2010, p. 64). De este modo el autor plantea el problema de la religión en relación a cómo se dan la Iglesia y el cristianismo en nuestra experiencia cotidiana. No obstante, ¿cómo se vincula la mencionada crítica epistemológica a la verdad objetiva con el asunto de la religión? De dos modos fundamentalmente. El primero, a través de una revisión crítica de la Iglesia católica, cuyas pretensiones de reconocimiento de su autoridad incuestionable la hacen «dictar la “verdad” sobre cómo “están de veras” las cosas de la naturaleza, del hombre, de la sociedad, de la familia. Es decir, Dios fundamento, y la Iglesia como su voz autorizada a decidir en última instancia» (Vattimo, 2010, p. 67). El segundo, es la propuesta de un cristianismo auténtico (quizás posmoderno), esto es, un cristianismo kenótico, nihilista, interpretativo y caritativamente incluyente. Ambos modos poseen una idea común de base: asumir el mensaje evangélico como principio de disolución de las pretensiones de objetividad. Antes de ocuparnos de la argumentación vattimiana, considero pertinente hacer notar el hecho de que su crítica está impregnada de un peculiar lenguaje religioso, poblado de abundantes categorías teológicas (revelación, historia de salvación, antropología bíblica, kénosis, fe, entre otros.), a las cuales Vattimo les da un tratamiento un tanto irónico. Tanto es así que el texto, a primera vista, parece una radiografía de la fe cristiana del autor1.
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A este respecto no resulta fácil una caracterización precisa de las creencias religiosas de Vattimo, sobre todo si se considera un artículo suyo publicado el 10 de mayo de 2009 en el diario español El País, titulado

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1. ¿UNA «EPISTEMOLOGÍA ECLESIÁSTICA» UNIVERSALMENTE VÁLIDA? Tradicionalmente la Iglesia católica se ha presentado al mundo como «dispensadora de la verdad» y «los fieles, recordando la palabra de Cristo a sus apóstoles: “El que a vosotros escucha a mí me escucha” (Lc 10, 16), reciben con docilidad las enseñanzas y directrices que sus pastores les dan en diferentes formas»2. No obstante, ante la creciente consolidación de abundantes fenómenos de secularización, la Iglesia, «presenta cada vez con mayor presión pretensiones de reconocimiento de su propia autoridad, y lo hace [como se enuncia líneas atrás] en nombre del hecho de que a ella, desde la propia revelación cristiana, le ha sido confiada la tarea de defender la auténtica “naturaleza” del hombre y de las instituciones civiles» (Vattimo, 2010, p. 65). Aunque la doctrina cristiana ha hecho, sobre todo a partir del Concilio Ecuménico Vaticano Segundo, un loable intento por leer «los signos de los tiempos» y hablarle a la humanidad de hoy en categorías más o menos comprensibles, aún se percibe en el tono de los documentos oficiales de la Iglesia (cartas encíclica, constituciones, exhortaciones y cartas apostólicas, bulas y breves papales y motu proprio et certa scientia) una visión negativa del momento actual, pues «la modernidad es vista en lo fundamental como un enemigo: bastaría con leer muchos documentos pontificios que giran sobre estos problemas para confirmarlo» (Vattimo, 2010, p. 65). Quienes están familiarizados con los discursos de los Papas se habrán percatado de la insistente alusión al peligro del «relativismo» que padece la época actual. Constantemente el magisterio de la Iglesia se pronuncia con severidad contra el relativismo, sobre todo el de naturaleza moral. La Iglesia, en efecto, se ha dado cuenta que el lenguaje de los valores absolutos, de las verdades inmutables, de la llamada «verdad sin adjetivos» (como suele llamarla Benedicto XVI) ha caído en profundo descrédito y que cada vez es más difícil compartir su mensaje y obtener una adhesión total a las normas de conducta que ella enuncia. Vattimo asegura, por ejemplo, que irónicamente la mayoría de los jóvenes que participan de la famosa y multitudinaria Jornada Mundial de la Juventud y que aclaman frenéticamente al Papa durante sus intervenciones, utilizan preservativos durante sus ya anti–doctrinales relaciones sexuales, pues «hasta los creyentes que no tienen dudas y que aceptan su predicación y su disciplina corren el riesgo de hacerlo sólo poniendo entre paréntesis estas posiciones de claro matiz reaccionario. Así, poquísimos entre los católicos que se declaran practicantes y asiduos a los sacramentos dicen hoy que aceptan y practican (al menos lo intentan) la ética sexual predicada por el Papa» (Vattimo, 2010, p. 68). De este modo, se presenta en gran parte del mundo occidental una especie de escepticismo que se generaliza cada vez más, marcado por una desconfianza muy grande frente a toda
«Separarse de la vida (y de la Iglesia)», en donde, comentando el caso de la mujer italiana Eluana Englaro, quien debido a un accidente de tráfico quedó en estado vegetativo durante 17 años y a quién se le practicó la eutanasia, aseguró lo siguiente: «Para mí, el caso Englaro ha resultado decisivo para poder darme cuenta de la definitiva necesidad de distanciarme de la Iglesia católica, a la que creía amar incluso por encima de las numerosas inmoralidades que constelan su historia antigua y reciente. […] La jerarquía católica no puede seguir contando con la resignada anuencia de un “pueblo de Dios” que se pregunta cada vez con mayor frecuencia si no será hora ya de poner en discusión a la propia Iglesia en su estructura jerárquica, que se convierte, no ya en un sostén para la fe, sino en un escándalo continuo y un obstáculo para escuchar el Evangelio». (Este texto es un extracto del publicado en el número de la revista italiana Micromega dedicado íntegramente al caso de Eluana Englaro. Traducción de Carlos Gumpert). 2 Catecismo de la Iglesia católica, n. 87.

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institución, comprendida la Iglesia, que propone certezas y verdades inalterables. La insistencia del Papa y de los obispos en el «peligro» del relativismo, que para Vattimo no es sino otro nombre para indicar la sociedad liberal, son todos signos del hecho de que a la Iglesia «le cuesta vivir en el mundo “moderno” y en el clima de laicismo que lo caracteriza» (Vattimo, 2010, p. 65). A la Iglesia le resulta muy complicado seguir existiendo en un mundo donde Dios ha dejado de ser el «fundamento» de la convivencia humana y su voz que habla en nombre de la verdad cada día es menos escuchada por las personas. El filósofo italiano considera que no sólo la idea de una Iglesia que se presenta como «voz oficial de Dios» es incompatible con una sociedad multicultural, es decir, por necesidad tolerante y «neutral» respecto de las éticas de las diferentes culturas que se muestran como multiplicidad de voces; sino que la propia idea de un Dios como «fundamento» del mundo humano, que es explícitamente metafísica, choca violentamente contra una cultura muy compartida (y fragmentada) que rechaza rotundamente la idea misma de la «fundación», al menos ahí donde el problema de la fundación se plantea en términos explícitos. Por tal motivo, la exigencia de una metafísica monoteísta que la Iglesia considera inseparable del cristianismo y, por lo tanto, de la posibilidad misma de salvación, es repelida fuertemente por muchas personas. La Iglesia sigue, pues, vociferando cada vez más fuerte una metafísica, que se evidencia en su pretensión de una «verdad absoluta» y «objetiva», a la que las leyes civiles deberían conformarse para no traicionar la llamada (y demasiado problemática) «naturaleza humana». De aquí surgen, según Vattimo, las luchas contra el divorcio, el aborto, las uniones homosexuales, así como la desconfianza hacia toda manipulación genética, incluso las que tienen fines sólo terapéuticos. Por ello, las razones por las que hoy una persona abandona la Iglesia «están relacionadas [directa o indirectamente] con la pretensión eclesiástica de conocer la “verdadera” naturaleza del mundo, del hombre, de la sociedad» (Vattimo, 2010, p. 66). Si una institución es poseedora de la verdad absoluta, no hay espacio allí para ninguna otra verdad. Por tal motivo, las personas se sienten acosadas por la institución y se encuentran en una encrucijada evidente: o abandonan sus propias convicciones (verdades) y aceptan la «única» verdad oficial, o se alejan de la asfixiante situación y viven conforme a sus propios principios. El problema está en que el número de los que optan por la segunda cada vez sigue en aumento. En pocas palabras, existe una reiterada voluntad eclesiástica de afirmar que Dios es el autor del mundo material y, por lo tanto, la fuente de las leyes que lo regulan. La Iglesia es depositaria de la verdad absoluta y objetiva, mientras que el mundo es un maremágnum relativista. De este modo nos resulta más diáfana la irónica expresión (que pareciera un oxímoron) «epistemología eclesiástica», que no quiere decir otra cosa que propensión por una «verdad objetiva». 2. HACIA UN CRISTIANISMO POSMODERNO, ES DECIR, KENÓTICO, NIHILISTA, INTERPRETATIVO Y CARITATIVAMENTE INCLUYENTE De acuerdo a la clave de lectura que se propuso para los temas de nuestro curso, luego de abordar el tema de una filosofía en crisis después del fenómeno Auschwitz, es importante mencionar que la postura de Vattimo no descarta dicho fenómeno. Por el contrario, asegura que «las reflexiones de los teólogos judíos después de Auschwitz deberían enseñar algo también a los teólogos cristianos: no sólo que Dios no puede ser

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omnipotente y bueno al mismo tiempo, sino también y sobre todo que tal vez ya no puede pensárselo como el demiurgo platónico, como el productor del mundo material y, por consiguiente, responsable supremo de su (a veces pésimo) funcionamiento» (Vattimo, 2010, p. 67). La religión cristiana deberá ser, por fin, cristiana y la Iglesia católica dejando a un lado la nostalgia por la verdad absoluta, deberá predicar a un Dios kenótico3. Para Vattimo hablar de un Dios kenótico, es lo mismo que hablar de un Dios «relativista» (según la expresión de Heidegger »nur noch in relativistischer Gott kann uns retten«). De ahí que, con «relativista» no se está refiriendo a la idea de que «todo vale» y que cada cual puede decir lo que le parezca o pero aún que Dios es sencillamente un ser aleatoriamente variable, sino que es necesario concebir a Dios de un modo no metafísico. Luego, «hablar de un Dios kenótico, o “relativista”, […] no es un mal al cual intentar adaptarse en espera de poder combatirlo con mayor decisión, sino que forma parte de la propia historia de la salvación» (Vattimo, 2010, p. 69). Vista bajo esa luz, la kénosis, que para Vattimo (e inclusive para mí) es el sentido mismo del cristianismo, significa que «la salvación consiste ante todo en romper la identidad entre Dios y el orden del mundo real; en definitiva, en distinguir a Dios del ser metafísico entendido como objetividad, racionalidad necesaria, fundamento» (Vattimo, 2010, p. 71). Es necesario abandonar la idea de un Dios metafísico, pues cada vez se hace más imposible pensar a Dios como verdad objetiva ya que, así pensado, Éste no sería otra cosa que la fundación de la inhumanidad del mundo donde todo es sólo funcionamiento predeterminado de un colosal mecanismo insensato. De manera que la superstición más grave y peligrosa, según Vattimo, consiste en creer que la fe es «conocimiento» objetivo; ante todo de Dios, y luego de las leyes de lo creado, de las cuales derivan todas las normas de la vida individual y colectiva. La metafísica está vinculada con la dominación y con al autoritarismo, pues ella pretende comandar, en nombre de algo universal llamado «naturaleza del hombre», el comportamiento humano, un régimen disciplinario que se instaura a través del lenguaje eclesiástico. En este sentido, la kénosis sería el destino final de la metafísica, la disolución de la misma, pues una vez que culmina su dominación, es decir, que se «vacía» que se «abaja», ella misma culmina. Lo anterior, «es una tesis muy análoga a la de Adorno, según la cual la “verdad” de la tesis hegeliana por la que sólo “el todo es lo verdadero” se invierte en el preciso momento en que la “totalización” de lo real deviene un hecho» (Vattimo, 2010, p. 71). Por tal motivo, un Dios diferente del ser metafísico ya no puede ser el Dios de la verdad definitiva y absoluta que no admite diversidad doctrinal alguna. Por eso puede llamársele un Dios «débil», si se quiere, que no devela nuestra debilidad humana para afirmarse Él mismo, o en palabras de Vattimo, contra las expectativas racionales, con el misterio al que deberíamos someternos, con la disciplina eclesiástica que deberíamos aceptar. Dios ya no puede seguir siendo omnipotente, soberano, tremendo, verdad absoluta, según los rasgos propios del personaje amenazante y asegurador de la religiosidad natural–metafísica. Por consiguiente, es la experiencia de un Dios diferente a éste a la que son llamados los cristianos en el mundo de la multiplicidad explícita de las culturas, «al que no puede ya contraponerse, violando el precepto de la caridad, la pretensión de pensar lo divino como absoluto y como “verdad”» (Vattimo, 2010, p. 71–72). A estas alturas no
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Por «kénosis» (κένωσις de κενός (kenós) «vacío».) se entiende el «vaciamiento de Dios», es decir, su encarnación en Jesucristo, su abajamiento a la condición humana.

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puedo contener más mi deseo de enunciar (¡y solo de enunciar!) la idea de Dios que Leonardo Boff expresa al inicio de su «franciscanísima» (perdón por la invención del superlativo) obra titulada: «San Francisco de Asís: ternura y vigor» y que está en perfecta sintonía con la idea vattimiana del cristianismo. Boff sostiene que Dios, a diferencia de lo que la tradición eclesiástica oficial ha considerado, no es precisamente «logos», sino «pathos». Esto quiere decir que Dios en lugar de ser principio racional, ordenador, legislador, discursivo, fundamento, etc., es afección, esto es, capacidad de ser afectado y de afectar, es ternura y es vigor, es «eros», es creatividad y fantasía, es debilidad y contingencia, es proximidad porque se hizo hombre. El momento actual, según Vattimo, es propicio para despojar el mensaje evangélico de todo lo que lo mantiene alejado de los hombres de las diferentes culturas que se encuentran y desencuentran de forma explícita en nuestro tiempo. Es la encarnación de la kénosis la que se debe realizar hoy de modo más pleno, si se quiere despojar a Dios de esa horrible costra metafísica que ha tenido durante tanto tiempo. Por otra parte, la tendencia a considerar la existencia de algo llamado «naturaleza humana» debe dar paso a una auténtica caridad cristiana. Para ello es necesario cambiar este aspecto y declarar abiertamente que «el hecho “natural” no es más un hecho» (Vattimo, 2010, p. 74). Por ejemplo, la abierta oposición la Iglesia a las uniones homosexuales, por considerarlas «inclinaciones objetivamente desordenadas y contrarias a la ley natural»4, permite leer que la sexualidad no puede cambiarse, una suerte de límite natural que debe respetarse y conservarse, deber permanecer inmutable, porque como suscribe el libro del Génesis, «varón y mujer los creó»; ésa es la «naturaleza humana», que hombre y mujer se unan, lo demás son «desordenes anti–naturales». Aquí, según Vattimo, encontramos el frecuente error naturalista en el que se basa gran parte de la ética católica, «una clara violación de la así llamada ley de Hume (derivar una norma de un hecho)» (Vattimo, 2010, p. 74). Sin embargo, dicho error se resuelve a partir de un nihilismo activo, es decir, de un cristianismo nihilista, puesto en otros términos, la muerte de Dios anunciada por Nietzsche, para Vattimo no es otra cosa que la muerte de Jesús en la cruz. Esto significa que, al igual que para el filósofo alemán la muerte de Dios quiere decir la disolución final de los valores supremos, del canon moral y de la creencia metafísica en un orden del ser objetivo y eterno, para el cristianismo es acuciante una similar disolución de la esclavitud de los sistemas oficiales «en la medida en que Jesús no vino al mundo para mostrar el orden “natural” sino para destruirlo en nombre de la caridad» (Vattimo, 2010, p. 74). En este sentido es que se puede hablar de un cristianismo nihilista, pues amar a tu enemigo, hacer el bien al que te odia, curar en sábado, mostrar a Dios como padre, hablar de un culto auténticamente espiritual y no solo de gestos externos, practicar la caridad con los «diferentes» (los no judíos), no es con exactitud lo que ordena la naturaleza y, sobre todo, no es lo que ocurre de forma «natural». El llamado Reino de Dios no es otro «orden natural», ni otro sistema regulativo, pues no hubiese tenido sentido la venida de Jesús, si hubiese llegado a sustituir una cosa por otra semejante. Ahora bien, cuando la Iglesia defiende el orden natural de la familia reproductiva monogámica frente a las uniones homosexuales, o prohíbe el sacerdocio a las mujeres (de nuevo, en nombre de una supuesta
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Catecismo de la Iglesia católica, n. 2358.

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vocación natural de la mujer), demuestra una preferencia por el Dios metafísico del orden natural contra el mensaje de Jesucristo, es decir, está siendo lo más anticristiana posible. El cristianismo debe ser un mensaje de liberación respecto de la metafísica, y sólo puede llegar a serlo si se lo ve como una doctrina de la interpretación. El mensaje del cristianismo «es verdadero porque Cristo mismo se presenta como alguien que interpreta una escritura precedente» (Vattimo, 2010, p. 84). Que el cristianismo sea visto por Vattimo como interpretación, se entiende a partir de la definición que da de la misma: «la interpretación es la idea de que el conocimiento no es el reflejo puro del dato, sino el acercamiento interesado al mundo con esquemas que también son cambiantes en el curso de la historia» (Vattimo, 2010, p. 75). Pues no puedo decir con exactitud cómo están las cosas, sino sólo como son desde mi punto de vista, cómo me parecen a mí, cómo creo que son. Soy, pues, intérprete porque no soy alguien que mira el mundo desde el exterior; yo miro el mundo exterior porque estoy dentro. De allí que el cristianismo posea una vocación hermenéutica que se opone a la pretensión metafísica de definir la verdad como dato objetivo. El cristianismo es interpretativo, en cuanto está dentro de una situación, la afronta como alguien que no vive en Marte sino que tiene una historia, pertenece a una comunidad y sobre todo porque el cristianismo considera que «nos salvamos sólo dirigiendo nuestra mirada al interior y buscando la verdad profunda dentro de nosotros» (Vattimo, 2010, p. 82). Profesar la fe en el cristianismo es profesar la fe en el carácter ineludible de cierta textualidad que nos es transmitida. Sin la textualidad bíblica, por ejemplo, no nos quedarían elementos para pensar, para hablar, pues finalmente «no podemos decirnos, sino hablando como cristianos» (Vattimo, 2010, p. 86), porque no logramos formularnos, es decir, no logramos articular un discurso dentro de nuestra cultura si no es aceptando ciertas premisas. No puedo hablar desde fuera de cierta tradición lingüística, de cierta enciclopedia, de cierto diccionario, y esas son las bases de mi existencia. Finalmente, solo queda una sola cosa por decir: «si leéis con atención los Evangelios y a los padres de la Iglesia, al final la única virtud sigue siendo siempre la caridad» (Vattimo, 2010, p. 90). El cristianismo debe ser incluyente, debe aceptar las formas diversas de pensamiento y las variadas formas de cultura. Debe cantar la muerte de lo absoluto y gloriarse del nacimiento de lo múltiple. El futuro del cristianismo, y también de la Iglesia, es convertirse en la religión de la caridad y no del precepto. Se pregunta Vattimo: «alguien como yo, ¿todavía puede rezar el padrenuestro? Sí, porque cuando rezo sé muy bien que empleo palabras que no puedo usar forma literal y lo hago más por amor a la tradición dentro de la que me encuentro que por amor a la realidad misma» (Vattimo, 2010, p. 90).

Bibliografía VATTIMO, G. (2010). Adiós a la verdad. Barcelona: Gedisa.

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