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La Agencia Sideral de Noticias presenta una crónica sobre la anunciación de una virgen.
Daniel Buschi 2012

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El sillón de la muerte

1 Es de conocimiento reciente que la cabeza de la Virgen tomó dimensiones apoteósicas e insertó los pliegues de su manto celeste en el cielorraso de la cúpula de los ángeles, esa, que según me dijeron, emitía un rayo de luz solar sobre el altar. Los primeros en darse cuenta del milagro fueron Carmen Rodrigues y el diácono Miguel Street, no Eduardo como se dijo en un principio sino su hermano Miguel; se pensó primero en el padre Eduardo porque es el hombre de dios a cargo de la iglesia. Según relató Miguel Street lo primero que hizo fue correr hasta la oficina de su hermano, me pidió que aclarara (algo que considero crisis de una demencia temporal) que estaba de visita por el día en la diócesis y me dijo, no tanto en la diócesis

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sino en el barrio y más como hermano que como hombre religioso aunque lo último fuera también innegable porque recorría junto a la Señora Rodrigues los nuevos frescos que la Iglesia esperaba inaugurar en pocos días. La Señora Rodrigues es la madre de Wanco, el joven artista de diecisiete años famoso en Mataderos por su afición al graffiti cristiano. Con respecto a las impresiones de los testigos el diácono dijo que no notaron nada hasta que un ruido fuerte les hizo levantar la vista, la cabeza de la virgen se había inserto (según sus palabras) en la cúpula superior. La Señora Rodrigues contó que junto a Miguel Street imaginaban los posibles efectos del trabajo de su hijo cuando creyó que sucumbían en un terremoto y cayó al piso, al mirar para arriba confesó que pensó primero en los daños (creyó que había colapsado un árbol o un avión sobre el techo de la iglesia) antes de darse cuenta de la magnitud de lo ocurrido. Me reuní con el Dr. Jorge Street III, el hombre más anciano del clan, quien cuenta al momento con noventa y dos años y quien reconstruyó con anécdotas y material de su propio archivo la historia de su familia.

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No puedo dejar de destacar la presencia en la casa de Margarita, una mujer de cuarenta años que sirve a las funciones de ayuda de cámara y enfermera del Abogado y quien a pesar de su entusiasta dedicación y compañía en los momentos en que el anciano entraba en violentos letargos, “cabinas de silencio” me dijo Margarita que llamaba a esos momentos en los que el viejo sufría un gran nervio y se paralizaba… a pesar de eso, también Margarita cada día me contaba una tragedia personal, la muerte de un hijo, el tedio insoportable de un marido inválido y mentiroso, los problemas hepáticos de otro de sus hijos… Tomamos té y comimos tortas que el anciano despreciaba y comía en iguales proporciones y al final de una semana, con una nueva conquista sexual, mientras el viejo se aletargaba violentamente en el rincón de su sillón de muerte, creo, Margarita y yo dispuestos en la mesa circular de la cocina, con qué criterio las imágenes de un mundo acartonado desaparecían con las embestidas y la disposición de una mujer que emitía paciencia en vez de pasión.

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El Dr. Street me indicó que me sentara en una banqueta frente a su sillón de muerte, una mesa ratona de un metro por setenta centímetros usé para apoyar la grabadora, el cuaderno de notas y mi scanner portátil, con el cual tomé copias de las fotos y artículos periodísticos que publico en los anexos de este libro. Usé dos biromes de tinta negra, la primera desapareció en el bolsillo del viejo después de que dibujó para mí un boceto del milagro ocurrido, una serie de líneas símiles a un obelisco curvado forman un ángulo contra la cara interna de un semicírculo y dan la sensación, si evitamos el hecho de que la virgen golpeó su cabeza contra la cara interna de la cúpula, de una realización sexual fallida, se lo digo pero el viejo me muestra el resto de las líneas del dibujo, “esta es la atmósfera religiosa” me dice “y estas dos figuras diminutas representan a mi hijo y a la Señora Rodriguez”. No tardamos en abordar una breve reseña de su historia personal, hablamos sobre el rol que su mujer Isabel había tenido en su actividad, me contó los detalles de su fallecimiento, Isabel murió ahogada en el río, hace diez años atrás cuando todavía pasaban largas temporadas en el Tigre, dictó al grabador una breve pero intensa teoría acerca lo que llamó la

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espantosa batalla que había hecho durante toda su vida y en vano, para desincronizar sus preocupaciones. Al respecto de Jaime, su hijo mayor, dice saber que Miguel cada tanto se comunica pero que está seguro que Eduardo mantiene la misma postura: nada de compasión para la oveja perdida, según el, una cabeza que nunca entendió, “el único de los tres que parecía seguir mis pasos y tener talento para las funciones públicas, no como mis hijos religiosos que sí fueron una bendición para la madre y Eduardo además un escritor talentoso, el problema con Eduardo es que apenas sale de su oficina y digamos, tampoco tiene la habilidad: su posición me la debe a mí y la influencia de la familia”. “En cuanto a Miguel, fue un muchacho con gran habilidad para el dibujo pero con una personalidad muy volátil, incapaz de constancia pero con calidez y cierto carisma, además de que es el único de mis hijos que puede decirse tiene facciones agradables” Según relata el viejo, Eduardo es la encarnación de la minuciosidad. En cuanto a Jaime: “Jaime estudió derecho y después se dedicó a la ecología, según mi punto de vista no

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es más que un investigador de estereotipos… sé que tuvo una hija, pero no sé si vive con ella o si formó una familia.” El diácono Miguel tiene otra opinión, lo llama el ecólogo: “siempre fue diferente Jaime, tenía demasiada cabeza para la clasificación tradicional, no consiguió apoyo en sus primeros proyectos y se fue, viajó y sé que tiene una vida plena y eso papá no lo puede soportar”. Tuve que hablar con Eduardo para entender porque Jaime es el ecólogo o ese hombre de los estereotipos que resiente su padre, me dijo que cualquier cosa que pudiera decir en ese momento estaba pasada por un filtro de angustia y que no existía una lectura que ejemplificara el hecho de que la virgen hubiera encontrado la cúpula, “una curva lejos de las leyes de la física pero también de la fe cristiana”. Le pregunté si decía esto porque la virgen había tomado la forma de un falo en el escape fallido y el golpe a pleno sobre la cúpula superior. Me dijo que esa cuestión lo tenía sin dormir y que había recordado una conversación con un compañero del seminario, veinte años atrás, un muchacho muy fantasioso le

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había dicho que la teoría sobre la concepción de Jesús en la virgen María por logro del espíritu santo dejaba entender el concepto de un ideal hermafrodita, justificación plena de un proyecto para la existencia de una raza única y autosuficiente. “¿Acaso la virgen maría no es el ideal del hermafroditismo utópico? ¿qué función cumplirían los curas y las monjas en una conspiración controlada por esta clase de sexualidad?” Cuestiones que en su momento le hacían reír ahora habían vuelto vestidas de fantasmas. Eduardo me dijo “Las declaraciones de un hombre religioso al respecto de este evento no deberían salir de nuestra charla, por lo menos hasta que el vaticano mande a su científico y de un comunicado formal”, sobre Jaime dijo que su cambio de vida torturó durante muchos años a sus padres, sin embargo él no está de acuerdo con la fantasía del talento arruinado sino al contrario, “Jaime desarrolló todos los talentos que nuestro padre vio en él pero en otra vía, una vía poco convencional que, al fin y al cabo estos tiempos ven con mejores ojos, no estoy de acuerdo con este réquiem de la oveja perdida del que siempre habla papá y sé que en su

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ámbito Jaime es una persona que se ha desarrollado muchísimo y que así como es siempre se puede esperar una sorpresa…” En ese momento me pidió que lo disculpara y dijo que estaba fuera de su eje, “tengo emociones de pánico y sueños muy violentos”. La Señora Rodriguez me recibió en su casa a las cinco de la tarde, una taza de té humeaba arriba de una biblioteca y una enorme colección de videos estaba apilada en un rincón del living, todos documentales sobre el tema ovni. “son de mi marido, estamos separados pero todavía no sacó su sombra de la casa”. Me sorprendió encontrarme con una mujer aturdida en vez de la estirada señora que me pareció entender el día del milagro, “estoy empezando una nueva etapa en mi vida, me ocupo de los asuntos de mi hijo, sé que está obsesionado con la imagen de Jesús y lo comprendo, pero es sólo un momento de su vida que trato de que pueda concretar de la mejor de las maneras, nosotros no somos religiosos, yo no por lo menos, mi marido es un hombre dedicado a la parte mística pero de una manera muy cultural, todas las expresiones de fe le resultan

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interesantes… Wanco suele hacer un graffiti de Jesús tripulando un ovni, la iglesia no lo aprobó pero ese es su sello, hubo que trabajar mucho hasta que se aprobaron los diseños, así y todo creo que es una experiencia única, sé que el se sintió por momentos bastante fuera de si y que leyó e investigó mucho sobre el tema, es un muchacho que tiene una gran capacidad para absorber y transportar, tiene mucho talento pero también es flaco y enfermizo y requiere de muchos cuidados… hay veces que desaparece de casa por algunos días, por suerte sé donde anda porque la gente del barrio me llama y se ocupa de que yo esté al tanto, lo ven en la calle con sus amigos, pintando paredes, se lamentan porque dicen que le preguntan cosas pero que él no responde, se lamentan porque piensan que se está arruinando la vida con la marihuana, que tiene una personalidad muy extravagante, ¿en qué puede terminar? me preguntan. Sé que en el barrio lo quieren porque embellece todo lo que toca pero la mayoría de los vecinos son personas muy cortas, no entienden las necesidades de un grupo de muchachos que tiene herramientas y no tiene miedo de adueñarse de la calle”.

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Pasé una tarde con Wanco, recorrimos dos veces a pie el barrio desde el garage de su casa hasta la pared del hospital de quemados… “me dijeron que me venían a buscar con una ambulancia pero les salió una emergencia, prefiero llevar las cosas en dos viajes y empezar lo más temprano que pueda”. Al respecto de los trabajos en la iglesia me dijo: “Fueron terapéuticas esas pinturas, de alguna manera fue como cortar el lazo con la iglesia, ahora en el hospital hacemos una escena de un acuario y las ventanas de las habitaciones son los peces”. “Me llevó tiempo entender ciertas cuestiones de la jerarquía eclesiástica, ahora me siento mucho más propio que antes, te quiero decir con esto que antes la imagen de Jesús estaba por encima de todas las cosas, no podía dejar de dibujar la cara de Jesús y después a Jesús en una fila en el supermercado, a Jesús viviendo ahora… en positivo y en negativo, pero son cuestiones personales”. Las ventanas toman la forma de un pez en movimiento circulando con el efecto de ondas azul oscuras, mosaicos rojos y pintura naranja, amarilla, verde, fosforescentes escamas refrescan

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la pared del hospital, tal cual lo piensa el jefe de planta, el Dr. Mario Corsik, “entendí enseguida el proyecto de Wanco, traer fe a un hospital donde se atiende a quemados también para el imaginario de la gente del barrio tiene que ver con la abundancia de agua, además de que estos ejercicios hechos de buena voluntad y con alta calidad artística ponen a Mataderos en otro nivel al respecto de los barrios de la ciudad. Wanco apenas cobra los materiales, la comida y nuestra colaboración para sus futuros proyectos”. La cabeza de otro muchacho se asoma y grita… “¡mirá la lengua que tiene ese edificio!”. No quiero entrar al hospital pero el Dr. Mario Corsik me pide que por favor registre algo del sistema operativo que implementó, “acá atendemos a la gente bien, esto funciona bien” dice el Dr. “Bueno, jefe” le digo y vuelvo a salir a la calle. Wanco fuma un cigarrillo sentado en el cantero que da a la pared en la que están trabajando, hace un rato llegaron dos de sus compañeros; Marcelo trajo una valija con planchas de pvc, que según me mostraron, sirven como moldes para escamas y otros efectos… “algunos los hice para ahora, pero estas son cosas en las que venimos trabajando

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desde hace tiempo”. Le pregunto a Wanco como se preparan para hacer un trabajo de este tipo, “para esto me inspiré en un libro de Hundertwasser que fue una personalidad importante… me dieron ganas de recuperar las fachadas de los edificios públicos del barrio, somos tres pero trabajamos rápido, estamos hasta cualquier hora acá, trabajamos con faroles o con linternas porque en este caso no podemos molestar a la gente”. El otro muchacho, Pablo, pinta colgado de un arnés en la ventana del cuarto piso. Después le pregunté, ¿por qué te dejan hacer esto? Me dio un mate, “no entiendo” me dijo, “la gente te quiere” le digo, “les gusta lo que hago, trato bien a todos, en este caso Mario quiere ocupar un puesto político y el piensa que esto lo ayuda, a mi no me importa porque yo puedo hacer lo que me gusta”. Le pregunto si tiene algo que ver con el milagro de la virgen, se ríe… “creo que no conozco a nadie que pueda hacer que pase eso, ¡cómo estirás una estructura de madera y cemento quince metros de alto?” Le digo que un científico del vaticano estaría llegando para hacer un informe del milagro, “se dio la casualidad de que yo dibujé un ovni tripulado por Jesús en el manto de la virgen, es en

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la espalda y es una miniatura, yo no volví a entrar en la iglesia, pero ahora el dibujo se estiró y el detalle del ovni con Jesús se puede ver, no soy un brujo ni tengo nada en contra de la mente pero nadie se lo toma en serio…” Miguel me invitó a un espectáculo de stand up cristiano, nos encontramos en la puerta, el monigote comía una empanada de carne agarrada con una servilleta, aproveché para preguntarle.“¿Por qué dejaste el seminario?” Me dice que empezó el seminario ya grande, a los veinticuatro, y que a los veintiocho conoció a una mujer que le hizo desistir de seguir la carrera pastoral… “Matilde está adentro, es la organizadora de estos espectáculos, los hacemos afuera de la parroquia porque a mi hermano le parecen estúpidos”. El teatro donde se hace la función se llama Pájaro Búho y me presenta a su dueño, “El es Enrique”… un hombre con la cara tapada por una barba espesa y gris… nos damos la mano. Matilde tiene el pelo largo y ondulado, teñido entre rubio y rojizo, extraña señora católica de estilo artístico, igual que su marido, especies de

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actores o productores de un catolicismo para los espíritus mundanos. Registré parte de la rutina de Tirintín, pregunté dos veces y así se hace llamar Pablo García: “soy un artista semi profesional”. Parece que cobra las presentaciones y además trabaja de día como empleado municipal. Registré lo de Tirintín porque la audiencia no paraba de reírse.

Tirintín
“las mujeres toman el embarazo como un estado de pureza, dicen que no les resulta difícil dejar de tomar alcohol o fumar porro y consideran que eso sería un capricho… ayudas para adaptarse a la nueva situación… dejar de fumar porro, tomar un vaso de vino cada tanto... en el segundo embarazo las cosas se ponen un poco más dudosas, ¡hacía falta dejar de fumar un porro? Cuestiones como esta vienen en la segunda etapa llenas de actitud… ¡por qué te hace bien! ¿y el bebé? ¡El bebé es el bebé y yo soy yo!” 2

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El Dr. Jorge Street amaneció muerto, la noche que me quedé a dormir en su casa, a escondidas, colgado del cuerpo grande de Margarita. Tengo una serie de fotos muy extrañas del cadáver del viejo, arremangado sobre su sillón de muerte, las patas levantadas sobre la tarima de entrevistas. En los últimos dos días el viejo estaba ansioso, esperaba la llegada del científico del vaticano, como si estuviera viviendo en un recuadro cinematográfico con continuas interrupciones espaciales. Esperé que Margarita terminara de hablar con Miguel y salí de la casa, desayuné en un bar, eran las nueve de la mañana y esperé a que se hicieran las once, cuando volví me encontré con la cara pálida de Miguel y la sonrisa medio cómplice que me resultó ahora un poco estúpida de Margarita, Eduardo vestía de sotana y acomodaba a su padre sobre un diván que habían bajado desde alguno de los cuartos, Matilde esparcía incienso por el living de la casa y las ventanas estaban abiertas por primera vez desde hace tiempo, Margarita se había encargado de buscar un martillo y destrabar a

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golpes el óxido que impedía girar las bisagras. Barrieron, metieron las pilas de papeles que había sobre los estantes de las bibliotecas en cajas y las llevaron al cuarto de herramientas del patio, sacaron el polvo que había en las estanterías y Matilde también hizo una especie de rito al acariciar el pelo muerto del Dr. Street mientras tomaba la mano de Miguel que lloraba y ocultaba la cara. Después almorzamos, Margarita hizo fideos con estofado y nos sentamos todos en la mesa redonda de la cocina, tomamos vino y Eduardo le preguntó a Miguel si lo había podido ubicar a Jaime, Miguel le respondió que prefería que lo llamaran estando juntos. Surgieron dudas acerca de la celebración de una misa en la iglesia aunque también les pareció lo otro una herejía, esperaban para mañana la llegada del hombre del vaticano y hasta entonces la iglesia estaba clausurada. El científico del vaticano resultó ser un hombre de treinta años; sus logros académicos, que los tenía, habían sido terminar sus estudios como físico a los veintidós, resultado de sus investigaciones: cabeza avanzada de generación, había trabajado durante

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tres años en su tesis, quiero aclarar esto porque Marino así lo dijo, siendo un completo escéptico, conoció durante dos semanas a una mujer, la primera con la que mantuvo una relación profunda y sexual, dos semanas en que los niveles de ansiedad de su calculada vida habían subido hasta paranoias que se le acercaban en semicírculo como chicos africanos raquíticos que según él, se lo iban a comer. La mujer lo dejó sin darle ninguna explicación, el le escribió una carta más parecida a un decadente y autocompasivo informe científico y tomó una beca de una fundación que financiaba a un grupo de estudio interdisciplinario para el análisis de un hecho milagroso que se había dado en un pueblo campesino del Ecuador: una niña curaba y anunciaba toda clase de profecías. Me explicó Marino que el hecho milagroso no residía solamente en el poder de esta niña sino en que el poder de esta niña era concedido por la imposición de las manos en un muro de piedra derruido y recubierto de pasto y flores, que pertenecía a un recinto histórico que la población actual había semi mantenido, es decir que no lo había desplomado porque según supo Marino la tierra no servía para su sembrado; además descubrió después que los hombres llevaban ahí a las

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prostitutas. Me dijo además esa noche, mientras tomábamos algo en un bar cerca de su hotel, yo había querido hacerle algunas preguntas, pero salvo en el desayuno que la parroquia había organizado por la mañana no habíamos vuelto a tener contacto, todo el día Marino había estado con Eduardo y supongo que también trabajando. Me dijo que había una condena social para los hombres que encontraban placer fantaseando con la vida de otras personas, fantasías me explicó que tenían que ver con el impulso de convertir el mundo en un lugar más seguro, me dijo también que la misma actitud en las mujeres no era del todo condenada, a veces, me repitió con elocuencia, era algo celebrado y correspondido, sin embargo el hombre que fantaseaba era considerado un idiota, un fantasma o un manipulador. Me dejó en un nocaut frío que me duró hasta que terminé de tomar el vaso de cerveza. Me pregunté si Marino estaría hablando sobre ciertas cosas de mi pasado aunque lo que le dije después del último trago fue si con esto se refería a la personalidad del Padre Eduardo o si acaso estaba hablando sobre él mismo, calificándose de esa manera, le pregunté también si estaba haciendo una metáfora de la paternidad o

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la vocación religiosa, se me ocurrió preguntarle si de lo que estaba hablando era de la tragedia de esa niña ecuatoriana milagrosa, se me ocurrió pensar, quemado por el ritmo de todo lo que me había contado Marino que, el milagro ecuatoriano, de haber sido un niño en vez de una niña, la cerveza había tomado un sabor metálico, le esbocé si lo que me estaba diciendo era que si ese niño no hubiera sido ecuatoriano sino el Marino de los siete años, él hubiera sido transformado y automatizado hasta la muerte, concluí estáticamente con un comentario que podría haberme demostrado la influencia de esta larva, le dije si acaso no era esa la manera en la que terminábamos todos. Marino empezó a reírse a carcajadas como si de repente se encontrara frente a un chico y no un coetaño, se rió durante varios minutos y cuando empezó a pausar la apertura de su boca, le dije… “todo esto es imposible”. Me tomé un taxi hasta el hospital de quemados, sabía que lo iba a encontrar ahí, Wanco trepado a la ventana del segundo piso, colocando uno a uno pequeños mosaicos en tonos de rojo, rodeando esos con otros mosaicos de tonos verdes y así,

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azules, largas grietas de cemento que parecían haber sido alisadas con el pico de una pala. Agarré de adentro de la mochila una botella de whisky que le ofrecí, con chistidos, desde abajo, lo vi asomarse entre los rulos, decir algo entre murmullos… ¿qué? “bajá” le dije pero con los brazos, la botella de whisky en la mano derecha. Una ambulancia entró por asalto en la curva de las emergencias, el camillero me miró sorprendido, yo mantenía a noventa grados el pico de la botella entre los labios, el líquido estaba suspendido entre mi boca abierta y la botella, el momento en el que Wanco tocó el suelo con los pies y salió desde adentro de la ambulancia una mujer entubada y con la cabeza llena de sangre. “¿La primera vez que te pasa algo así?” me preguntó Wanco “¿me das un trago?”. “¿Y vos estás ahí poniendo mosaicos mientras adentro se están haciendo mierda?”. Me miró también él como si todo esto fuera en realidad una parodia, se apiadó y me dijo “Por comentarios como ese Buenos Aires es una cagada”. 3

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Subiendo la escalera se accede al hall de entrada, una habitación a la izquierda y el living a la derecha. Adentro de la pileta de la cocina hay una olla y una sartén sucias con salsa de tomate, el piso sin embargo está limpio, el señor Rodrigues estaba terminando de barrer cuando llegamos. Sobre la pared, abajo del reloj, un recorte de una revista que por más extraño que pueda resultar, me esperaba y encontré con gran naturalidad. La niña milagrosa del ecuador apareció violada y con la cabeza rota en el rincón de las prostitutas. Hay dos botellas de vino sobre la mesada de la cocina, “¿cuál está bueno de estos?” pregunta Wanco, el padre lo insulta y saca el corcho de una de las botellas: “éste está bueno”. “La niña milagrosa del Ecuador” le digo al Sr. Rodrigues señalando el recorte, “la mataron”. Los dos me miran con la cara de rinoceronte en cautiverio, los ojos mudos tantean el espacio que hay entre nosotros. “La reventaron las prostitutas” me dice Rodrigues y Wanco se ríe. “El periodista viene de tomar unos tragos con el vaticano”. “En ese caso…” dice el Sr. Rodrigues y busca en un cajón hasta que encuentra un sobre que abre arriba de la mesa: una serie de fotos de un grupo de hombres y mujeres junto a la niña ecuatoriana en diferentes

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escenarios, entre ellas varias en el muro de piedra: reconozco entre la gente al hombre del vaticano, unos años atrás, con una expresión menos fraudulenta… entre los hombres uno muy alto en relación a los demás tiene en brazos a la niña ecuatoriana, todos los demás sonríen pero sonríen con la boca abierta, el hombre del vaticano también... “Este es Jaime Street” me dice el Señor Rodrigues y tuerzo el mentón. “A Jaime lo conozco desde que éramos chicos, fuimos vecinos… madre española y padre satanista… yo lo inicié en algunas cuestiones, cuando éramos estudiantes Jaime estaba aterrorizado porque tenía un apuro anormal por independizarse… quiero decir… no tuvo cualquier padre ni cualquier familia… para él Mataderos resultaba, creo, lo mismo que para mi el negocio familiar… mucho tiempo trabajé con Jaime, durante muchos años viajamos por Asia buscando a personas que sin ninguna educación formal hubieran sido vehículos de algún tipo de energía occidental culta …en un pueblo de Irán conocimos a una mujer de setenta años, analfabeta, que en un rapto de quince días escribió un libro de poemas que resultaron ser ciertas adaptaciones de William Blake, algo extrañísimo… La mujer no podía hablar…

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balbuceaba y nos traducían… “¡esto del cielo! ¡esto del infierno!”. Wanco antes que nada se ríe, es una actitud habitual, baja la cabeza un poco y se ríe. “Piensa que mi graffiti tiene que ver con lo que pasó con la virgen” dice. El Señor Rodrigues explota: “No es el dibujo, si querés tomalo como una estrategia para distraer… como una muestra del sentido del humor de mi hijo que a veces se cree que es un artista”. “Entonces ¿qué es?” “Es la nena ecuatoriana” dice el Señor Rodrigues “Pero también es Marino… Marino se comió a la ecuatoriana… y no se si no se lo comió a Jaime también…” “¿Se los comió?” “Se los comió, se los tragó… a la nena la reventaron… Jaime está más muerto que vivo… vení” me dice y lo sigo por una escalera que sale de la cocina y lleva hasta un área de servicio donde hay una terraza, un lavadero y una habitación: Rodrigues abre la puerta del cuarto y me dice que mire… un hombre está acostado en la cama, tiene los ojos abiertos y blancos. Doy media vuelta y salgo a la terraza, enciendo un cigarrillo. “Ahí lo tenés a Jaime” me dice Wanco. “¿Eduardo y Miguel saben que está acá?”. El Sr. Rodrigues dice que Eduardo no quiere escuchar, que ni

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siquiera se escucha a si mismo, y que según su punto de vista Miguel siempre fue un inútil. “Hay que pararlo a Marino antes de que nos coma a todos… mañana te vas a sentir un poco adormecido, como si te hubieran puesto anestesia y así te vas a sentir, lo sé porque veo que Marino te involucró… querías encontrar una historia entretenida… tomá estos hongos, tomalos ahora y vas a entrar en un estado de mucha sensibilidad pero no te asustes… te quedás en nuestra casa…”

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“A veces me parece que vivo una percepción del tiempo donde pasado, futuro y presente son la misma cosa y pasan al mismo tiempo” le dice Miguel a Matilde, los dos acostados en el viejo cuarto de la casa grande. “Cuando te conocí yo dormía en esta misma cama” dice Miguel “vos en cambio querías crecer, yo no entendía nada Matilde… no es que no supiera pero no entendía y sigo sin entender nada”. “Tranquilo Miguel acordate que tu papá murió” dice Matilde en susurros, Miguel se levanta y se descubre de las sábanas… “tengo frío”. “Vení acá Miguel, vení más cerca”. Tengo esta escena en la cabeza, se me repite todo el tiempo y por eso tuve que anotarla… se la cuento a Wanco porque estamos los dos acostados en la sala, Wanco en una bolsa de dormir sobre la alfombra y yo en el sillón de dos plazas. Después de redactarla estoy un poco más tranquilo y se la leo. -¿vos decís? -¿Que digo qué?

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-Que recién estaba pasando eso en la casa del viejo. -no sé… no creo. -¿que más escuchás? -nada más, es un eco horrible… se me repite en la cabeza, ¿te pasó alguna vez? Como si estuviera rebotando y encimándose un murmullo líquido que se expande y se contrae. En otro lugar de la casa… Eduardo se acerca al ataúd del viejo, todo está a oscuras… como si fuera un Eduardo de nueve años jugando con una linterna, espiando las conversaciones desde adentro de una caja grande que hay en un rincón de la sala, Eduardo de nueve años haciendo un agujero con la punta de su navaja, hasta que lo descubren… esta vez no su padre sino Margarita. -¿Qué hace adentro de la caja Padre? -… -venga por favor, no es lugar para una persona ese. -porque no te metés en tu cuarto y me dejás tranquilo Margarita, esta es mi casa... -no estea mal Eduardo… no se haga el tonto. -…

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-…¡y cómo lo voy a escuchar yo el domingo a la misa si ahora lo veo en estas condiciones? Eduardo se pone de pie, con algunas dificultades se agarra de los brazos de Margarita y se caen los dos al suelo: las paredes de la caja se rompen. -… -… -… -… -despacio Eduardo… baje los brazos, déjeme a mí. Escucho la respiración de Wanco mientras repaso en la cabeza una y otra vez lo que me está pasando, creo que el hongo me convirtió en un receptor de la energía de la casa del viejo Street… escribo todo, el eco pierde un poco de su característica estruendosa, ya no me produce una sensación de mareo, cada vez el diálogo es más continuo… por ejemplo, puedo ver la cara blanca del viejo Jorge recostado sobre un almohadón aterciopelado, cubierto por una red de encaje… la cara deformada del viejo, el maquillaje del muerto como el personaje principal de una película muda. Me puedo detener en los azulejos del baño

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principal, las miles de variantes del terror que se forman en las manchas sonoras… se me aparecen y desaparecen, máscaras, y camino por el pasillo… el olor a incienso de mirra sale de la habitación de Miguel, olor a detención en la casa vieja… fuerte olor a piel en descomposición, a sangre… olor a sangre en el cuarto de Margarita. Sonidos extraños en el baño del altillo. Matilde baja las escaleras y entra en la cocina… está casi desnuda y no puedo controlar el deseo de tocarla… me acerco a pocos centímetros y la rodeo con los brazos, apoyo las dos manos en su nuca y digo: “sorpresa, sorpresa, sorpresa” pero nada cambia, salvo que Matilde se da vuelta y parece que me mirara sino fuera porque me tiran del brazo muy fuerte… tiran y tiran… hasta que abro los ojos. -¡Despertate! -…¿Mario? Tuve unos sueños horribles, esos hongos que me diste… -casi te morís me parece… soy Wanco, son las cuatro de la mañana… ¡me escuchás? Se te pusieron los ojos blancos y movías las manos en el

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aire… “Sorpresa, sorpresa, sorpresa” dijiste, ¡qué pasó, contame todo! Pero no puedo hablar y otra vez estoy en este estado receptivo en el que me muevo por la casa del Viejo Street como si fuera una mosca tenebrosa. Escucho ruidos en la escalera, es Matilde que otra vez sube hasta la habitación, la sigo… Miguel está dormido y respira, Matilde no respira, cierra los ojos y aguanta la respiración todo lo que puede, por fin abre los ojos, “¿Quién sos?” pregunta, “¿es usted doctor?”. Se levanta de la cama y se desnuda, deja caer su camisón en el suelo de la alfombra, “¡quién sos? te puedo sentir” dice y sale de la habitación, camina por un pasillo y recorre las habitaciones del segundo piso, en la última entra y encuentra una sala de proyección, un cine casero que Miguel nunca le había mostrado, a considerar por su sorpresa… varias cajas apiladas pero ordenadas con fechas contienen un archivo de películas etiquetadas como “vacaciones en el palomar”, “viaje a salta”, “Eduardo y Jaime en el campo de la familia O’Paul”, “Africa francesa”, “Viaje a Balcarce con el padre F.”, “Ampliación de la Iglesia…” Matilde se recuesta en el sillón, una cinta está puesta en el

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proyector, busca como se enciende y por fin encuentra, el switch rojo y se apaga la luz… “soy tu ciervo señor, tu víctima cazador…” Me recuesto al lado de ella en el sillón, la película empieza a correr… un hombre viejo quema hojas secas en un descampado… podría ser Mataderos hace muchos años, podría ser cualquier cosa… un hombre viejo llevando y quemando hojas… Los chicos, Eduardo y Miguel tiran piedras contra un palo de luz… se me ocurre que el que está filmando debe ser Jaime, si no fuera, porque Matilde empieza a acariciarse… “soy tu bulbo de lirio gran zorro rojo” repite y la miro, me doy vuelta hacia ella… si no fuera por que la película se acerca al viejo recolector de hojas, los gemidos de Matilde se hacen regulares e intensos… el viejo toma la cámara y encuadra al muchacho que había estado filmando… la boca del Jaime de doce o trece años se abre y dice: “…sorpresa, sorpresa, sorpresa”. Un tirón me saca de la casa del viejo, como una manta… me estiran y me doblan, escucho las voces de Wanco y Mario... -Arriba arriba…. Vamos, arriba…- siento golpes en la cara pero no reacciono… veo que ponen un embudo adentro de mi boca y siento pasar un líquido espeso por mi garganta… empiezo a sentir

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el sabor del café… Café, otra vez estoy en mi cuerpo, creo… pero siento un retorcijón en el estómago, abro los ojos. No estoy acostado, Mario me sostiene boca abajo, mi cabeza está a la altura de un balde colorado… vomito, estoy vomitando… ahora estoy abajo de la ducha… -De casualidad- escucho decir a Mario –No te agarró una embolia de casualidad. Estoy acostado, estrujado en una toalla y con una piel de oveja sobre los hombros. -¿Jaime se quedó duro por esto no? Se quedó viviendo en el otro lado. -Jaime… -Lo vi -¿Estaba en la casa de la familia? -Si, no él pero lo vi proyectado en una pared y nos habló, no sé si a mi o a Matilde…

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5 Cuando nos dimos vuelta que otra cosa que la forma herbácea de Jaime recomponiéndose contra la pared de la cocina, “dame café” dijo, y Mario calentó una olla a sólo dos metros de distancia, como si ayer hubieran hecho lo mismo Jaime tomó el café con lentitud cuando me miró y me dijo: “me sacaste del funeral de mi viejo”. Me quedé seco, era lo mismo que hablar con un árbol: pero yo también me recompuse; “tenemos que hablar de la nena ecuatoriana y de Marino, de la cabeza de la virgen que chocó contra la cúpula de la iglesia”. Jaime me dio la mano y me dijo que por alguna razón yo había participado en el punto clave, le aclaré que activamente Matilde había actuado como una loca al desnudarse y recorrer la casa como si intuyera una presencia. “Matilde también” me dijo y me resultó extraña su pronunciación, pero la repetición de la palabra sorpresa tres veces, de alguna manera, como si salieran de su boca, “no sé porque, es por la influencia de Marino, Mario me dijo que te había comido, que nos está comiendo a todos” me precipité pero el no se dio por aludido porque la

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palabra sorpresa tres veces le habían hecho ver a través de una cinta de super ocho, un día de 1963 en que el casero quemaba hojas en el baldío vecino a la casa de la familia, Eduardo y él habían estado pensando formas de combinar una serie de palabras que habían escrito a la manera de los surrealistas en diferentes bolsas, Jaime no paraba de hablar sobre simón el mago, simón el mago y Eduardo le dijo que el quería poder escribir y que el seminario le iba a dejar tiempo para dedicarse a sus novelas. “el seminario” me dijo Jaime “y la carrera al obispado… metas estúpidas que pesaron después de la muerte de mamá, Eduardo odia la iglesia, Miguel la ama... pero a Miguel siempre le gustaron las mujeres, el seminario lo deprimió para siempre”. Wanco encendió un cigarrillo, todos nos dimos vuelta hacia él: “Marino está en Buenos Aires, está supervisando lo que pasó en la Iglesia”. Mario le mostró el recorte y Jaime dijo “tengo que juntarme con Zapata, Mario ¿dónde terminó Zapata?” “Zapata no está, pero en Ecuador la nena habló no hace mucho con Quispe: está con Rojas, están esperando que los llame”

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Rojas y Quispe llegaron a la hora del llamado: todos se conocían desde hace tiempo y antes de que nos sentáramos, Jaime fumó un cigarrillo en el Patio con Quispe que lo escuchaba y también le soltaba con las manos y la manera de expresarse además, de estar hechos de la misma madera: “Jaime es el tipo de personas que hacen cualquier cosa” me dijo Wanco en voz baja, lo dejé de mirar y me concentré en la escena del patio, pero escuché la voz de Wanco que le hablaba también a Mario pero en especial a Rojas, “parece que gana las elecciones tu amigo” y Rojas le hizo un puño en el aire en forma de juego tonto, “Ratazzi” me dijo Wanco y se empezó a reír y enseguida Mario lo mandó a callar. Los logros futbolísticos del director técnico Gustavo Ratazzi lo habían elevado como gran orador a un escenario que motivaba a jóvenes y adultos por igual: conferencias en escuelas y universidades nacionales y extranjeras así también como sus conferencias sobre liderazgo y coordinación de equipos de trabajo para grandes empresas lo habían convertido en un gurú de la honestidad y la autoexigencia y a propósito de eso estaba, a punto de ser electo como Jefe de gobierno de la ciudad.

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Jaime entró y me habló, pero Quispe se quedó en el patio fumando otro cigarrillo. “Necesitamos un cebo con Marino”.

6 A la mañana siguiente fui a la iglesia y me sorprendió encontrar a Marino en una posición diferente, colgado con un arnés a quince metros del suelo y en realidad no lo vi hasta que Eduardo me lo señaló, Marino orbitando alrededor de la cabeza de la virgen. Salí con Eduardo al patio y me comentó “salimos del hijo de Mario Rodrigues y ahora entramos en esto...” “los eufemismos son terribles Eduardo” dije como me pidieron que hiciera… me sentí un idiota pero Eduardo me preguntó donde estaba Jaime y levante la cara, le dije que tenía que acompañarme hasta un lugar. No me di cuenta hasta que salimos que haberlo visto a Marino

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había despertado una influencia en mí que se estaba segregando a través de la transpiración, y cuando llegamos a la esquina le dije a Eduardo agotado: “hay que buscarlo a Miguel y llevarlo con nosotros” “no hace falta involucrarlo” me respondió Eduardo, pero con el peso que sentía arriba de la cabeza pude decirle que sorpresivamente me había insolado, Eduardo me miró con aprensión: “Jaime me lo indicó así” dije, “tenemos que buscarlo a Miguel y reunirnos con ellos”. Eduardo me sostuvo hasta que encontramos una canilla en la entrada de una casa y metí la cabeza abajo del agua… combiné el efecto refrescante con dos hongos que Mario me había indicado que tomara… era como si el sol me estuviera despellejando vivo y Eduardo me sostuvo otra vez hasta que llegamos a la casa de la familia. Recostado en la sala, en el sillón de muerte que ahora está cerca del ataúd del viejo Street todavía en situación de velorio, con la tapa abierta, separados sólo por una corona de la asociación de Hipocampos de Mataderos, una red inconexa de escalofríos me surcan desde abajo y desde arriba, por la espalda y los hombros… escucho la voz de

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Eduardo que vuelve otra vez hasta donde me dejó: “Miguel y Matilde salieron hace un rato al teatro de Enrique”. Como en la experiencia de la noche anterior, ahora me vienen a la mente la cara de búho de Enrique y el comportamiento asmático de Tirintín, lo llamo a Eduardo por el nombre de Jaime, “Jaime, Jaime” digo. “Descansá un momento” dice Eduardo “yo lo busco a Miguel”. Estoy semi rígido y empotrado a la pared de uno de los lados del Teatro Pájaro Buho, tengo una vista ampliada de la entrada y el salón del bar, una visión cinematográfica de 180º con diferentes condiciones lumínicas, la imagen quemada de luz del escenario tiene un alto contraste con la figura agazapada de Tirintín, como si hubiera una puesta de sonido mis ojos y oídos continúan un trazado de escenas destacadas y hay bocas que se mueven pero no consigo escuchar, Miguel habla con Enrique pero mis ojos siguen a Matilde que se mueve entre dos espaldas y camina recta, hasta un mueble donde está apoyado el proyector de super ocho de la familia Street, el sonido de ambiente se convierte en un eco que deja en primer plano las voces de Miguel y Enrique, Matilde enciende el proyector, Tirintín ya no contrasta su figura contra

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la luz que sale desde atrás del escenario sino que ahora las luces del escenario se apagan y se proyectan los cuerpos de Miguel, Eduardo y Jaime en un Palomar y cientos de brillantes palomas salen al aire desde sus jaulas, se ven oscuras las figuras de Jaime, Miguel y Eduardo adelante del magnífico vuelo contra el cielo cortado por nubes; Jaime se tapa los oídos y Eduardo se ríe, Miguel de nueve años agarrado a los alambres de una de las jaulas, sus dos piernas flacas y sus dos manos apoyadas al alambre, un gesto eterno y consecutivo entre planos con la mirada de Miguel del Pájaro Búho. Después la proyección pasa a Jaime y Eduardo que levantan los brazos, las piernas flexionadas en el salto de los brazos en alto de Jaime y los brazos de Eduardo mirando hacia cámara cuando la puerta de calle se abre. Eduardo camina hasta donde está Miguel, las caras no importan, “acompañame, tenemos que ir a buscar a Jaime” dice Eduardo y la cara de Matilde al lado del proyector se contrae, como si la lente se abriera mecánicamente haciendo una proporción armónica en Matilde de cuerpo entero entre muchas mesas, una pared y una de las ventanas del teatro que tiene pintada sobre el vidrio la inscripción Pájaro Búho, una imagen apenas

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desenfocada que se corrige y de repente se pinta, remarcando a Matilde que atrae la luz en reversa del proyector, el switch rojo que se traga a los clientes del teatro y también a Enrique que se acerca corriendo hacia el lente del proyector, vaciado ante el gesto sorprendente de Matilde. Estoy pegado a la pared y veo a Jaime, Mario, Quispe, Rojas y a Wanco… me pregunto cuando entre todos los momentos tiene que aparecer Marino y no me sorprende ver que Margarita entra al teatro; Miguel y Eduardo están al centro, con Quispe Rojas y Jaime, Wanco camina alrededor de la sala con la mano izquierda apoyada en la pared y la derecha en el bolsillo de la campera. No pasa nada hasta que Margarita empieza a hablar: Tu auto limpio Tu ropa nueva Tu hijo blanco Y sacado de su arnés cae Marino al suelo del Pájaro Búho, como un punto quieto, la luces son pálidas en el momento de la revelación: Quispe abre la boca de Marino que como una máscara es flexible y muestra primero la costura y al estirarse,

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Margarita saca con las manos, como si fuera el alma de una pelota, a la nena ecuatoriana. 7 Cuando me desperté, me pregunté como podía haber sucedido, a pesar de todo, que la virgen pudiera convertirse a su vez en un obelisco, nada de esto se me había aclarado… se lo dije a Quispe cuando vinieron a buscarme a la casa y cerraron el cajón del Viejo: estaban todos eufóricos, Mario se acercó con Quispe para revisarme, los demás habían tomado la casa y sólo podía escuchar los ruidos: la música que llegaba a mis espaldas, le pregunté a Quispe si lo que había pasado había sido un proyecto exitoso, Quispe me dijo “trajimos sana y salva a la nena ecuatoriana, es un bien folclórico de nuestra tradición”. Me ayudaron a levantarme y caminé hasta donde estaban todos, abracé yo también a la nena de ecuador y le pregunté a Jaime por Marino, “¿qué le pasó a Marino?” “Marino no importa, ella es la que importa” dijo. Cada tanto repito como un reflejo espontáneo mi visión desde la pared del Pájaro Búho, se repite

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como un incendio la cara de Quispe transpirada y vibrante después de la maniobra que llevó adelante con el cuerpo de Marino, la forma en que se desató desde adentro la nena y el primer paso que dio en el suelo como un caballo recién nacido. Esa noche, antes de irme de la casa de la familia tomé una cerveza con Wanco, nos sentamos en los escalones de la puerta de entrada, con la vista del cerco vivo y el jardín, la nena ecuatoriana salía cada tanto a hablarnos y contarnos algo, Margarita preparaba sus cosas para volver a su casa, nos abrazamos y le dije “gracias por todo” y Margarita guardó algo en el bolsillo de mi camisa, después lo vi: era un pedazo de madera y se lo mostré a Wanco, “es una astilla de la virgen”. Miguel y Matilde hablaban con Jaime y con Rojas sentados en los sillones de la sala, “no sé nada sobre esta gente” le dije a Wanco y se rió, “hay algo extraño entre Jaime, Miguel y Matilde” me dijo. Eduardo hablaba con Quispe y Mario de pie, a espaldas nuestras, apoyados en el marco de la puerta: la nena ecuatoriana tenía que pasar entre las piernas de Mario cuando salía y entraba, algo que hacía todo el tiempo. Wanco me dijo “en estos días está

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llegando Silvia, es la hija de Jaime, vive con la madre en Estados Unidos, tenemos que vernos”. Pedí una semana en el diario para poner en orden las partes que fui escribiendo para este artículo sobre La anunciación de la virgen de Mataderos, me pidieron que lo llame Misterio en la casa de la virgen pero no saben que voy a mandarles un texto de cincuenta páginas y no creo que les guste cuando lo sepan, probablemente se rían de la documentación gráfica que adjunto… ellos no van a publicarlo. Quispe me dijo cuando me restablecí que sólo dos cosas iban a ser importantes para los medios, que una virgen de madera había hecho algo espectacular y que eso había sucedido adentro de una iglesia. Sobre el graffiti de Wanco que se expandió en la espalda de la virgen me repitió lo mismo que en su momento me había dicho Mario, que eso era algo intrascendente, “todo esto es intrascendente” dijo.

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