Horacio Giberti. El Desarrollo Agropecuario.

Desarrollo Económico

EL DESARROLLO AGROPECUARIO*
HORACIO GIBERTI

En el desarrollo agropecuario argentino pueden claramente distinguirse varias etapas históricas, caracterizadas por diferente orientación y técnicas productivas, como por distintas estructuras y relaciones sociales. Posibilidades de comercio, progreso técnico, ausencia o abundancia de inmigración, presión demográfica, disponibilidades o escasez de tierra aptas, son tanto causa como consecuencia de tales etapas, cuyas condiciones más salientes trataremos de describir. Reseñar las etapas que caracterizan nuestra evolución agropecuaria, pampeana equivale a reseñar la historia económica argentina, por constituir esa actividad del eje alrededor del cual giró el desenvolvimiento nacional. De ahí que los demás sectores económicos le quedaran subordinados y no puedan abordarse independientemente. Aclararemos que por región pampeana entendemos un área que sin mucho error estadístico puede asimilarse a la comprendida por las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, La Pampa y Santa Fe. DIFUSIÓN DEL GANADO Desde las primeras incursiones de la conquista española hasta principios del siglo XVII abarca esta primera etapa del desarrollo agropecuario argentino. Durante ella la llanura pampeana, donde hoy se asienta casi todo nuestro patrimonio económico, constituía poco menos que un desierto, de donde padecieron penurias de hambre, y sed casi todos los conquistadores que incursionaron por su suelo. Entonces la región más poblada era el noroeste, con culturas indígenas mucho más evolucionadas, que practicaban agricultura con
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Trabajo presentado en las "Jornadas Argentinas y Latinoamericanas de Sociología", en el Seminario Interdisciplinario: "El Desarrollo Económico Social de la Argentina, Historia y Perspectivas", organizadas por el Departamento de Sociología de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires, bajo

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riego, mantenían bajo cultivo más de veinte especies vegetales, domesticaban la llama y la alpaca, habitaban casas de piedra y residían en poblaciones estables. Los querandíes de Buenos Aires, por el contrario, no conocieron una sola planta cultivada, ignoraban totalmente la agricultura, carecían de animales domésticos y llevaban una pobre vida nómade. Los españoles no pudieron cargar sobre ellos ni sobre ninguna otra tribu pampeana el peso de su mantenimiento, ni pudieron aprovecharlos como esclavos. Su nomadismo les permitía alejarse de las zonas conquistadas si eran derrotados militarmente. El noroeste, en cambio, con sus tribus sedentarias y más adelantadas, proporcionó mucho mejor base para la vida de los conquistadores; las tribus indígenas, una vez batidas, debían someterse por imposibilidad de transportar sus pueblos y tierras irrigadas. El noroeste fue entonces la región más densamente poblada, más rica y en contacto más estrecho con la civilización europea, que se desplazaba en América desde el centro hacia el extremo sur. Las llanuras pampeanas representaban un precario papel de regiones subdesarrolladas, con intentos colonizadores explicables primero por la ilusión de tesoros fabulosos y más tarde por el deseo de lograr para el noroeste comunicaciones más directas y menos azarosas con España. La introducción de vacunos y equinos por parte de los españoles habría de cambiar el panorama económico y social de la región pampeana, donde las tribus vivían de la caza y de la pesca, sin etapa pastoril por falta de especies adecuadas para ello. La libre reproducción de vacunos y equinos proporcionó los elementos necesarios para esa etapa pastoril; los primeros proporcionaban cuero, carne, sebo y otros productos, mientras los segundos se constituyeron en el elemento motor indispensable para región tan vasta y llana, casi desprovista de obstáculos naturales. La población blanca pampeana residía casi exclusivamente en Buenos Aires (500 habitantes en 1602), cuyo puerto justificaba la existencia de la ciudad y le daba vida económica. La campiña permanecía casi desierta en virtud de la poca mano de obra necesaria para explotar el vacuno.

los auspicios de la Asociación Sociológica Argentina y el Instituto de Desarrollo Económico y Social.
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Por escasez de mano de obra esclava y poco deseo de los europeos de dedicarse a las duras faenas agrícolas —llegaban a América para enriquecerse o por lo menos vivir mejor que en su tierra natal— casi no había cultivos, que por otra parte quedaban a merced del ganado, por falta de cercos que los defendieran. Tan escaso mercado interno y la poca posibilidad de conservar económicamente un producto perecedero como la carne, hacían que ésta tuviera muy poco valor. Cuero, grasa y sebo, por sus múltiples utilidades y larga perdurabilidad, constituían los productos más valiosos, con crecientes saldos exportables a medida que proliferaba libremente el ganado. Ningún interés existía por la propiedad de la tierra como elemento de trabajo agrario; sólo interesaba para justificar la propiedad del vacuno. Las clases sociales superiores estaban constituídas por los funcionarios ,de alto rango, clero, hacendados y comerciantes. Sin transición seguían las clases bajas: artesanos, peones, labradores, etc. Los esclavos cerraban la lista. LAS VAQUERÍAS (1600 a 1750) A principios del siglo XVII comenzaron las exportaciones autorizadas de cueros, indicio de una mayor abundancia de ganado. Ello se robustece por la posterior apertura del registro de vaquerías, verdaderas expediciones al campo, para cazar ganado cimarrón. Tenían derecho a vaquear sólo los hacendados, por suponerse que el vacuno cimarrón descendía del ganado manso alzado. La tierra y el ganado propios no valían por sí sino para justificar el derecho a vaquear. En realidad, caballos y mulas eran la base de la estancia propiamente dicha. El escaso consumo interno y las trabas al comercio, monopolizado por España y obstaculizado por los negociantes limeños, permitieron el desarrollo del vacuno, pese a lo irracional del sistema de explotación. La escasa población, netamente urbana, no alcanzaba ni remotamente a constituir mercado para la posible producción. Por ello se insiste cada vez más en lograr medidas que permitan las exportaciones. Tal política interesaba fundamentalmente a los hacendados, clase que constituía la vía de ascenso social para los criollos, imposibilitados de llegar a la función pública. Los comerciantes, casi
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todos españoles y ligados al monopolio español, apoyaban empero a los hacendados, porque permitir exportaciones equivalía a aumentar las compras en España, lo cual convenía a sus intereses. Las autoridades se veían, en consecuencia, doblemente presionadas a ampliar el intercambio, sin contar con las conveniencias de orden personal. Por ello cuando no se lograba por la vía legal se resolvía mediante el contrabando, alentado por portugueses a ingleses. El tratado de Utrecht (1713), otorgó a Inglaterra por treinta años el derecho exclusivo al comercio negrero, aprovechado subrepticiamente para introducir manufacturas británicas y llevar cueros. A fin de contrarrestar esto, España concedió a su vez franquicias al intercambio legal. Gracias al vacuno, Buenos Aires cesa de vivir a expensas del intercambio entre España y el interior: posee considerables saldos exportables que le dan poder adquisitivo para absorber los excedentes tucumanos, paraguayos y cuyanos, sin salida al exterior. Nace ahí el predominio económico porteño sobre el interior, que se traduce posteriormente en predominio demográfico y político. Por eso al crearse el virreinato del Río de la Plata (1776), Buenos Aires resulta asiento de la autoridad y queda bajo su dependencia el Alto Perú. El incremento de las. exportaciones de cueros y algunos otros productos ganaderos da vida propia a la región pampeana próxima al puerto, tanto en lo comercial como en lo pastoril, pero sin hacerle perder esa característica de grupo humano concentrado urbanamente alrededor de un puerto y un intercambio comercial, con una campaña despoblada, pese a su creciente importancia económica (ver cuadro N°1). Como lógica consecuencia de las mayores exportaciones se vaqueaba con creciente intensidad, en desmedro de la riqueza ganadera, y en radio de acción cada vez más amplio, lo cual implicaba creciente lucha con el indio. Llegó así un momento en que el vacuno comenzó a escasear y debió pensarse en una explotación más racional. La agricultura continuaba tan postergada que en 1744 sobre 12.000 personas Buenos Aires contaba con sólo 33 labradores. LA ESTANCIA COLONIAL (1750 a 1810)

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A mediados del siglo XVIII, surge la estancia colonial, establecimiento pastoril con lugar de privilegio para el vacuno, asentado ahora como animal doméstico. La estructura política y económica anterior permitió que esta etapa, donde la propiedad de la tierra cobraba ya importancia por su productividad, se realizara sobre la base de grandes explotaciones en manos de pocos dueños. Con la estancia colonial, exponente del desarrollo pecuario, cobran mayor importancia política y social los hacendados, que también entran en coalición con buena parte de los comerciantes. Éstos, ligados al monopolio de Cádiz, acompañaron a los hacendados en su lucha contra el monopolio limeño, pero comenzaron a reaccionar ante la pretensión de lograr la apertura de otros puertos españoles, necesaria para absorber el creciente volumen de cueros, sebo, grasa y otros productos exportables. También el cambio en la modalidad productiva apareja arduas y continuas luchas contra el indio, inútil como esclavo y competidor peligroso como ganadero. La línea de fortines que marca la frontera interior va expandiéndose paulatina pero firmemente, para liberar cada vez más tierra donde apacentar vacunos. Cambia también la actitud del estanciero ante los peones que antes servían en las vaquerías. Éstos colaboraban antes temporariamente con el ganadero y pasaban el resto del año ociosos, viviendo a expensas de vacunos cimarrones. Tal género de vida choca ahora al estanciero, pues ya los rodeos son propios, no orejanos. Abundan por tanto las protestas y reclamaciones contra los vagabundos, que no se resignaban a perder su independencia y conchabarse definitivamente en la estancia, como personal estable. Surgió también un primitivo beneficiamiento de la res en la estancia: por ebullición se extraían sebo y grasa, primer esbozo de establecimiento industrial ligado a la ganadería. La escasez de mano de obra y la repugnancia por trabajos manuales "de a pie", así como el celoso monopolio español sobre sus majadas de merino, impedían la explotación ovina. Por análogas causales de escasa disponibilidad de trabajadores, insuficiente desarrollo demográfico y efecto competitivo de otras actividades más fáciles, la agricultura quedó totalmente relegada, como actividad marginal, mayor aliciente económico y con nula consideración social. Según Azara, un capataz y 10 peones

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manejaban 10.000 animales y producían 3.715 pesos más que si se dedicaran a la agricultura. Las repercusiones demográficas son importantes. Por una parte comienza el verdadero poblamiento de la campaña, exigido en virtud de la permanencia del vacuno en un mismo lugar, como ocurrió antes con el equino. Por otra, tal poblamiento se veía limitado en virtud de la forma extensiva de trabajo y la casi nula actividad agrícola.

Puede apreciarse en el cuadro un desarrollo relativamente rápido de la población en los últimos años, sobre todo en la campaña, por las causas ya vistas. Por las mismas razones la población bonaerense ofrecía el curioso espectáculo de ser esencialmente urbana cuando en todo el mundo predominaba en forma abrumadora la población rural. Como consecuencia de las continuas ampliaciones de la capacidad productiva vacuna, se tornaba cada vez más considerable el sobrante de carne, desprovisto de valor comercial por falta de medios para conservación, que permitieran su embarque. Se pidieron a Europa expertos para salar carne, pero la sal —materia prima esencial— resultaba carísima cuando importada, y difícil de conseguir en el país por el largo transporte terrestre que atravesaba tierra de indios. Además, las posibilidades de exportación eran mayores que el mercado potencial, limitadísimo por causa del monopolio español. Surgen entonces con toda su fuerza las luchas por el comercio libre —alentadas por los interesés británicos—, en las cuales tienen activa
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participación los hacendados, principales beneficiarios, y que van dando cada vez más vigor político a ese grupo de prestigio social creciente, donde figuran muchos criollos.

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EL SALADERO (1810 a 1850) La revolución de mayo rompe el viejo sistema monopolista y da amplias oportunidades al intercambio comercial. Se desarrolla entonces el saladero, establecimiento industrial urbano del cual pasan a depender los estancieros y que valoriza el ganado al transformar en producto principal, de valor dominante, a los desvalorizados excedentes de carne. Dominan el saladero quienes logran organizar un aprovisionamiento suficiente y barato de sal, para lo cual se recurre al transporte marítimo entre Patagones y Buenos Aires. Como además son propietarios de grandes estancias, adquieren un poderío económico y político considerable. Buena parte del poderío político se asentaba sobre la fuerza guerrera constituída por las peonadas de estancias, ahora más abundantes en virtud de la intensificación de las explotaciones, surgidas de la continua ampliación de fronteras. Esta ampliación obliga a campañas sistemáticas contra el indio. El saladero marca el fin de la comercialización directa del ganado o sus productos por el estanciero. De ahí en adelante queda dueño de la situación un intermediario urbano, que concentra la elaboración de los productos ganaderos. Por obra del continuo crecimiento de la región ganadera pampeana, el vacuno frecuentemente llega a Buenos Aires enflaquecido por penosos arreos; surge entonces el invernador, propietario de campos ubicados cerca de Buenos Aires, que recibe las tropas provenientes de establecimientos lejanos y las alimenta hasta su recuperación. Es otra división especializada del trabajo, que traerá posteriormente profundas repercusiones. Al levantarse las restricciones monopolísticas, se alienta también la cría lanar, posible por poderse introducir merinos y exportar lana. Estos animales finos, por su menor rusticidad y mayores requerimientos de trabajo, se criaban en las estancias próximas a Buenos Aires, donde el continuo pastorear vacuno había refinado los pastos y donde era más fácil lograr mano de obra para cuidados y esquilas. La dirección técnica corría casi siempre a cargo de extranjeros, por lo general irlandeses. Hubo intentos de colonización agrícola y subdivisión de la tierra por parte de quienes advertían su necesidad, pero fracasaron por
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frecuentes perturbaciones políticas y falta de incentivo económico derivada de la competencia vacuna. Las mismas causas impedían un mayor desarrollo ovino.

Señala el cuadro que los cueros vacunos, principal exportación regional, crecieron hasta finalizar el siglo XIX y luego se estabilizaron, posiblemente porque la mayor producción fue absorbida por el consumo interno, que aumentaba de acuerdo con el ritmo demográfico (ver cuadro N° 4). Cabe recordar que en esa época el cuero adquiría múltiples usos, y todo aquello no elaborado con él, con maderas o algún otro producto local, debía importarse. Elemento tan vital como la harina, provenía de Estados Unidos o Chile. La estabilización de los embarques de cuero, así como su predominio en las exportaciones, surge del cuadro N° 3.

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Los cueros vacunos representaban del 65 % al 75 % del valor exportado y eran los principales causantes de sus altibajos, como se aprecia al comparar los cuadro 2 y 3. Análogo proceso de estancamiento se advierte en el tasajo, que ya había llegado a saturar los mercados potenciales (esencialmente esclavos de plantaciones). Surgía como único nuevo producto, capaz de compensar esas estabilizaciones, la lana, pero todavía sin llegar a niveles muy significativos. Cierto es que antes de finalizar el período analizado las exportaciones se cuadruplicaron, pero sin duda continuaban siendo los cueros la principal fuente de divisas.

Con todo, como señala el cuadro N° 4, gracias al ovino y a la mayor demanda de vacunos, se puebla la campaña bonaerense en
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forma tal que al finalizar el período del saladero sus habitantes superan a los de la ciudad. Buenos Aires y su zona de influencia se diferencian netamente del interior, por la ampliación del intercambio comercial, su creciente potencial demográfico (que representaba la cuarta parte de la población total) y la imposibilidad de casi todas las otras provincias de producir y colocar el mismo tipo de exportaciones. Los excedentes del interior, de otra naturaleza y productos de una primitiva técnica artesanal o bien de rudimentarias explotaciones rurales, sobre las que cargaba un costoso transporte terrestre muy unilateral, nada podían contra las baratas manufacturas industriales o los granos producidos con mucho mayor técnica, ambos transportados por una poco onerosa vía marítima de doble sentido. Todo ello refuerza el poderío económico y político bonaerense y conduce a frecuentes luchas por una hegemonía política que posibilite la conducción económica. EL OVINO (1850-1900) La mayor tranquilidad posterior a Caseros, así como la intensa demanda textil originada por el constante incremento de la industria textil europea, alentaron a partir de la mitad del siglo XIX la cría de merinos, cuyo valor por la producción anual de lana y final de carne (aprovechada en las graserías), superaba los ingresos del vacuno. Éste, por otra parte, se debatía con poco porvenir contra la creciente merma del consumo de tasajo, que la liberación progresiva de los esclavos dejaba sin consumidores. Comienza el campo a poblarse más, favorecido por el paulatino aquietamiento político, y a incorporar nuevas técnicas, transmitidas generalmente por extranjeros. Por las causas antedichas, los merinos y sus cruzas con el ovino criollo iban aumentando en ondas concéntricas, que se alejaban cada vez más de Buenos Aires, en detrimento del vacuno. Éste quedaba relegado a zonas marginales, de pastos vírgenes o poco pastoreados y más expuesto a la amenaza de indios. Europa, dominada por el industrialismo, necesita productos agropecuarios (alimentos y textiles), que ya no produce en cantidades suficientes, y desborda de manufacturas que exigen un activo comercio recíproco. Las exportaciones, y también las importaciones,
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progresan a pasos gigantescos; pero con interesantes cambios en su estructura.

La transformación fundamental débese primero al renglón lanas, cuyo crecimiento fue vertiginoso. Hacia 1850 se exportaban menos de 8.000 toneladas, que se duplicaron diez años después, llegaban a 65.700 en 1870, tocaban casi las 100.000 un decenio más tarde y alcanzaron la cifra máxima de 237.110 durante 1899, cantidad superior a toda nuestra producción actual. Por tanto, no puede extrañar que dicho renglón pasara a encabezar las listas de exportación, hasta representar casi 50 % del valor total de los embarques. Muy lejos le siguen los cueros, antaño aportantes de las dos terceras partes de las divisas. Si la lana viene a diversificar las exportaciones ganaderas, con las importantes derivaciones económicas y sociales que reseñaremos después, no menos trascendente resulta la aparición del rubro agrícola en el comercio exterior argentino. Hasta 1880 tal renglón prácticamente no existía, pero 16 años más tarde representaba ya 37 % de las exportaciones. Fácilmente puede rastrearse a través de la estadística el cambio de estructura económica y social necesario para poder lograr tales saldos
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exportables. Veamos en primer término la distribución de los ganados.

Buenos Aires constituía la principal poseedora de ganados, en especial ovinos. Éstos superaban abrumadoramente a los vacunos en dicha provincia, mientras en las demás la preeminencia no era tan visible. Muy distinto se presentaba el panorama agrícola, como lo muestra una ojeada a las superficies cultivadas.

Hacia 1872 Buenos Aires cultivaba más superficie que todas las demás provincias de la región pampeana, privilegio que ya no
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mantiene en 1888, para ser superada durante 1895 por Santa Fe. Contrariamente a lo que acontece con el ganado, en la parte del país no incluída en la región pampeana los cultivos se incrementan en proporción considerable. ¿Qué causas explican tan dispar comportamiento? Reseñémoslas someramente. Desde tiempo atrás existía un activo intercambio comercial con Europa, cuyo centro lo constituía, el puerto de Buenos Aires; pero entonces resultaba fácil concentrar en él los productos de exportación, pues el ganado se transportaba solo. Lanas y frigoríficos, en cambio, poco armonizan con el sistema de arreos; se impone facilitar el transporte y surge entonces el ferrocarril, que a la inversa de lo acontecido en Europa, no sustituye anteriores vías de comunicación sino que las crea. Influído por la estructura económica de la época, adopta la forma de abanico convergente en el puerto de Buenos Aires, que concentra el intercambio. Inaugurado el nuevo sistema en 1857, para 1872 cuenta ya con 864 kilómetros de vía, que se tornan 7.645 en 1888 y llegan a 14.462 durante 1895. El tendido de ferrocarriles aumenta las posibilidades de exportación; éstas atraen más inmigrantes, que se dispersan por campos y ciudades. Aumenta entonces el volumen de mercadería a embarcar, así como el de productos para importar (carbón, rieles, máquinas, materiales de construcción, comestibles, manufacturas, etc.) y surge la necesidad de instalaciones portuarias capaces de movilizar ese tráfico. Hasta 1876 Buenos Aires no disponía de verdaderas instalaciones portuarias; a partir de entonces se canaliza el Riachuelo y se construyen muelles en sus riberas, para culminar hacia fines de siglo con la habilitación del puerto Madero. Al disponer Buenos Aires de un puerto con calado suficiente para grandes barcos de ultramar, robustece su dominio sobre el resto del país. Concentra, en peso, entre 70 % y 90 °ó de las importaciones y la mitad de las exportaciones, sobre todo productos ganaderos. Aún la mayor parte de los barcos que cargan en otros puertos del Paraná pasan por Buenos Aires a completar sus cargas. Además, la solución del problema Capital —triunfo para la política centralista porteña— reforzó el esquema de una economía en abanico y un país de perfil, que apuntaba a Europa. Por todo eso, Buenos Aires y su zona de influencia produce casi todos los saldos exportables, recibe la mayor parte de los inmigrantes y ve surcadas sus tierras por los ferrocarriles en escala superior al
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resto del país. Para mejor, una vasta expedición militar (1879), la libera definitivamente de los indios y su campaña puede expandirse más y trabajar sin peligros. Las otras provincias de la región cereal, y sobre todo el resto del país, quedan relegadas a un papel más modesto: abastecedoras de Buenos Aires o del restante consumo nacional. De ahí que, económicamente marginales para la ganadería de exportación o la producción lanera, Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos, sobre todo la primera, se dirijan más a la agricultura y la fomenten con más interés. Buenos Aires, en cambio, era teatro de violentas polémicas entre los partidarios de la ganadería exclusiva con agricultores sólo en las zonas poco aptas para animales, y quienes deseaban fomentar el cultivo de la tierra. Nacieron así las colonias de Esperanza, San Carlos, San José y tantas otras, donde por primera vez surgió en gran escala la agricultura comercial, tantas veces postergada y vencida. En todas el sistema era similar: facilitar la compra de la tierra por parte de agricultores inmigrantes sin capital, que pagarían sus deudas con el producto del trabajo. Sin quererlo quizá, se echaba la simiente de la futura clase media rural. La corriente agrícola se vio robustecida cuando se adoptaron medidas proteccionistas que gravaban la importación de granos y harina. Merced a ellas pudo vencerse la postergación de siglos; surgió entonces una corriente que primero apuntó a sustituir importaciones, pero más tarde ganó confianza e invadió los mercados internacionales. En sus comienzos las colonias agrícolas localizaron a su alrededor actividades conexas. Esperanza, por ejemplo, llegó a tener diez molinos harineros, que utilizaban como combustible leña de los montes cercanos. La harina producida se transportaba con más facilidad que los granos. Pero el advenimiento del ferrocarril y el agotamiento de los montes dió por tierra con esas industrias. Tarifas ferroviarias que gravaban menos la materia prima que los productos elaborados dieron más movilidad a aquéllas, y los establecimientos elaboradores pasaron a concentrarse en los núcleos urbanos principales, como la Capital Federal, Rosario, Santa Fe, etc. Buenos Aires, en cambio, continúa con preferencia la explotación ovina y vacuna. La tierra disponible está totalmente adjudicada entre los antiguos propietarios y la habilitada recientemente, por liberarla de indios, se reparte entre nuevos propietarios, que la recibieron
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como premio, dádiva o retribución de servicios. Los más modestos de estos últimos por lo general vendían sus derechos a los más favorecidos o a negociantes aprovechados. Las tierras incultas se incorporaban a la explotación mediante cría de vacunos, a los cuales sucedía el ovino una vez refinados los pastos. Imperaba entonces una clase alta —los estancieros— y otra baja, constituída por los peones. Un esbozo de clase media puede hallarse entre los ganaderos modestos dedicados generalmente a cría de ovinos y en los extranjeros que venían a difundir las técnicas poco conocidas referentes a lanares. Durante este período la inmigración, sólo interrumpida por la crisis del 90 y su secuela, alcanza cifras cada vez más altas, atraída por las posibilidades de mejor vida, propias de un país en pleno crecimiento y la facilidad y rapidez del ascenso social.

Los extranjeros representaban el 12 % del total en 1869, para subir a 28 % según el censo de 1895. Puede apreciarse que la Capital constituía el principal centro de atracción, al punto de que la mitad de
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su población no era argentina. De ahí hacia la periferia iba menguando dicha atracción, aunque con el correr del tiempo tienden a disminuir las diferencias por efecto de la saturación en las proximidades del puerto bonaerense. No sólo razones geográficas determinaban la preponderancia de extranjeros en la zona de influencia portuaria. Existían además razones ocupacionales. Como lo demuestra el censo, preferían los extranjeros el sector comercial y manufacturero, que por lo ya visto preponderaba en Buenos Aires. La cría ovina predominante en Buenos Aires provocaba mayor densidad de población rural que antes, pero la concentración urbana provocada por las causas anteriormente reseñadas, permite que este sector hacia fines de siglo vuelva a sobrepasar, como antaño, al rural. Distinta es la situación de Córdoba y Santa Fe, donde la agricultura arraigaba tanta población rural como Buenos Aires, pero no localizaba tantos habitantes en las ciudades, cuyo comercio e industria cedía frente a la absorción porteña. En consecuencia, durante la primera mitad del siglo XIX Buenos Aires absorbía el 25 % de la población total, tasa que se mantiene sin mayor diferencia en 1869, pero pasa a 44 % á fines de siglo. Adviértase que las cifras de población rural bonaerense poco difieren de la conjunta cordobesa y santafesina. El cotejo entre existencias ganaderas (ver cuadro N° 6) muestra, empero, neta superioridad para Buenos Aires; lo cual denota una vez más la importancia de la agricultura como causa de poblamiento. La raíz ganadera de la población rural bonaerense y la agrícola de las otras provincias señala también diferencias estructurales; la primera debió carecer de clase media, por constituirla esencialmente estancieros y peones; la cordobesa y santafesina, en cambio, contenía gran proporción de chacareros, típicos representantes de tal clase. Tal composición permite inferir también muy distinto índice de masculinidad. La campaña bonaerense debió tener gran preponderancia masculina, por la posibilidad de que muchos estancieros residieran sólo temporariamente en sus explotaciones, muchas veces sin familia, con el agregado de que siempre se prefiere en esos establecimientos al peón soltero. Las zonas de chacras, por el contrario, debieron mostrar más equilibrio, por tratarse de empresas generalmente atendidas por un núcleo familiar. En uno y otro caso, la forzosa estacionalidad del trabajo requería grandes desplazamientos
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de hombres, que explican la aparición de inmigrantes temporarios "golondrinas"—. En otro orden de cosas, hubo también repercusiones que interesa anotar. El desarrollo lanar, basado sobre animales refinados, y la necesidad de asegurar el dominio efectivo de la tierra, tanto para ovinos como para vacunos; impuso el alambrado, que se torna imprescindible cuando comienza a generalizarse también el refinamiento vacuno. Esa necesidad se tornó más imperiosa donde se desarrolló la agricultura, para defenderla de la voracidad del ganado. Además, al intensificarse la explotación ganadera, hubo que aprovechar campos desprovistos de aguadas naturales. Por ello, en el período que analizamos brotan por doquier sobre la llanura pampeana primero los baldes volcadores y más tarde los molinos. Aguadas y alambrados producen estancias muy distintas a las de antaño; la clásica forma rectangular, con una cabecera sobre la aguada natural, cede ante el cuadrado, que facilita los trabajos y abrevia recorridas. La chacra, por su parte, refuerza esa tendencia hacia el cuadrado, con subdivisión mayor tendencia a alejarse de los cursos de agua, por buscar campos altos. En una palabra, la explotación rural se aleja de los cursos de agua. EL FRIGORÍFICO (1900-1920) Cuando arribó a Buenos Aires el primer barco frigorífico (1877), signo de la creciente necesidad británica de carnes, se vislumbró una nueva era para el campo argentino. Pocos años después (1883) se instaló el primer establecimiento frigorífico, al que siguieron de inmediato otros. Pero los estancieros vieron defraudadas sus esperanzas en cuanto al vacuno. Fueron los ovinos quienes atrajeron el interés de la nueva industria, por tratarse de animales con mayor grado de refinamiento (hacia 1888 sólo quedaba un 24 % de animales criollos entre las majadas) y porque su menor tamaño facilitaba el proceso de congelamiento, sobre el cual poca experiencia había. Dicho factor, unido a cuestiones sanitarias y a un cambio en la demanda de lana, que buscaba fibra de mayor longitud, produjo modificaciones en las majadas. Se sustituyó aceleradamente merinos por Lincoln, raza que proporciona reses más robustas y lana de menor calidad pero mucho más longitud. Tal proceso se manifestaba
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con más intensidad en el área de influencia de los frigoríficos. Éstos se hallaban localizados en el puerto de Buenos Aires o en sus proximidades, siempre sobre aguas profundas, para permitir el acceso a los barcos de ultramar. Se reforzaba así una vez más la preeminencia porteña. El vacuno también sintió el efecto de la mayor demanda británica de carnes, pero en menor escala, por el desinterés demostrado inicialmente por los frigoríficos. Se preparaban animales gordos para exportarlos en pie al Reino Unido, que requerían mejores razas y mejor alimentación. Hubo más interés por animales refinados y siembras de forrajeras —verdadera novedad en el país del pastoreo natural—, pero todo en escala muy limitada. Por ello en 1888 había 80 % de vacunos criollos y 65 % siete años después. Como las posibilidades existían para la zona de influencia del consabido puesto, no debe extrañar que Buenos Aires tuviera 50 % de vacunos refinados. Con todo, la cifra resulta modesta frente a la vista para ovinos. En definitiva, el frigorífico no produjo cambios muy notables en la estructura económica hasta principios del siglo actual. En ese momento fue clausurado el mercado británico para las importaciones de animales vivos provenientes de la Argentina, por causa o pretexto de la aftosa. Faltó entonces carne en Gran Bretaña y sobraron vacunos en Buenos Aires; demás está decir que comenzó en ese momento la era frigorífica, que, cambió la técnica productiva ganadera, así como la cuantía y composición de las exportaciones, lo cual provocó a su vez profundos cambios económico-sociales. Puede apreciarse a través del cuadro N° 9 el predominio del frigorífico, que ubica al renglón carnes, antes insignificante por su valor económico, como uno de los más importantes, mientras los embarques de lana reducen su participación en cifras totales y absolutas. En cuanto al sector agrícola, la novedad consiste en la incorporación de un nuevo rubro (lino) a los ya conocidos durante el período anterior (trigo y maíz), sin variar mayormente su incidencia porcentual, pese al aumento fugaz de 1919. Los valores totales permiten apreciar el considerable y veloz crecimiento del conjunto de exportaciones, que casi se cuadruplican en sólo veinte años. Unas cifras complementarias (cuadro N° 10) demuestran que no sólo se trata de incrementos en la importancia del sector carnes, sino de cambios profundos en los tipos. Hasta fines del siglo anterior casi
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todos los embarques de los frigoríficos estaban constituídos por carne ovina y conservas; las circunstancias antes apuntadas hacen que a partir de 1900 cobre rápida importancia el vacuno, que poco después se transforma en el eje motor de la actividad frigorífica, con retroceso para los restantes tipos.

Como respuesta al brusco cambio en la demanda, la ganadería sufre también rápida mutación (cuadro N° 11) . Buenos Aires, debido a la proximidad de los frigoríficos, marca rumbos. Como sus campos están ya casi totalmente ocupados, entre 1895 y 1908 reduce drásticamente sus ovinos, para permitir que en los mismos campos apacienten cantidades equivalentes de vacunos (conviene recordar que cinco o seis ovinos equivalen a un vacuno). El resto de la región pampeana menos influída por los frigoríficos, continúa aumentando sus existencias ovinas, a la par que las vacunas y la agricultura, con todo lo cual pone en explotación tierras antes inexplotadas. Sólo hacia fines del período que comentamos se observa en el conjunto de la región pampeana la misma tendencia a eliminar ovinos acusada por Buenos Aires desde un comienzo. No sólo se trata de cambios cuantitativos; varía también fundamental y aceleradamente el tipo de vacunos. El frigorífico exigía animales de calidad; por eso Buenos Aires, que en 1896 tenía 50 % de criollos, baja a sólo 9 % hacia 1908. El resto del país sentía menos el influjo del frigorífico, por eso Santa Fe y Entre Ríos acusaban simultáneamente proporciones respectivas de 57 % y 41 %, y el país en conjunto 45 %. Como en tantas otras ocasiones anteriores, la
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zona próxima al puerto de Buenos Aires vivía de inmediato al compás del progreso, con paralelas mejoras en su técnica productiva, que llegaba al resto del país con retraso proporcional a su distancia al puerto.

La mejor calidad de la carne se origina en razas seleccionadas, pero éstas tienen exigencias superiores a los animales rústicos, que deben satisfacerse so pena de no lograr éxitos. Por tanto, refinar ganados impone mantenerlos mejor, lo cual obliga a subdividir los campos en potreros de tamaño adecuado, provistos de pasturas cultivadas y aguadas. Todo ello provoca demandas copiosas en la importación de reproductores, alambre, molinos y semillas, que junto con tantos otros productos manufacturados podrán adquirirse en el exterior merced al poder adquisitivo de los grandes saldos exportables propios de un país de producción extensiva, que utiliza mucha tierra y poca mano de obra para su trabajo. Por ello el intercambio comercial logró entonces su más alta expresión. Los estancieros bonaerenses, tocados más de cerca en virtud de su proximidad a los frigoríficos, carecían de elementos para trabajar la tierra y de personal idóneo. Optaron entonces por entregar parcelas de sus estancias en mediería, aparcería o arrendamiento a inmigrantes sin capital, que tanto abundaban entonces, atraídos por el vertiginoso desarrollo argentino. Estos inmigrantes se dedicaban a la agricultura sobre esos campos vírgenes por períodos breves —por lo general tres años—, para alfalfarlos al fin del lapso convenido, con lo cual restituían al propietario potreros de gran receptividad ganadera y pasaban a otro campo en las mismas condiciones anteriores.
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Entre los años agrícolas 1894/95 y 1904/05 hubo los siguientes aumentos de sementeras: alfalfa, 251 %; lino, 179 %, y trigo, 139 %. Los incrementos y también sus diferencias, resultan explicables por el proceso descripto. En efecto, el lino se cultivaba preferentemente el primer año, sobre campo virgen, para seguir al año siguiente con trigo y cerrar el ciclo con siembras conjuntas de lino y alfalfa. Por tanto, el aumento de ésta influirá más sobre la oleaginosa que sobre el trigo. La notable diferencia entre alfalfa y lino se debe a que éste es anual y aquélla perenne, por lo cual las siembras de cada año se suman a las anteriores y abultan el aumento. Explica también ese proceso la comentada aparición del lino entre las exportaciones agrícolas, que en definitiva deben considerarse en buena parte subproducto del desarrollo ganadero. También ésta origina siembras y exportaciones de avena que, como en el caso anterior, poco después llevan a la Argentina a constituirse en el mayor exportador de tales productos. En efecto, la alfalfa no proporcionaba forraje en invierno, por entrar en reposo vegetativo. Los avenales, en cambio, pueden pastorearse justamente en tal período, con lo que completan al alfalfar; por ello durante 1905/06 sembraba el país apenas 72.000 hectáreas de avena, y cinco años después superaba el millón de hectáreas. (ver cuadro N° 12).

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Refleja el cuadro N° 12 las consecuencias del proceso reseñado. Buenos Aires que en 1895 sembraba menos trigo, maíz y lino que Santa Fe, la sobrepasa muy holgadamente para 1908 y comienza después una declinación agrícola, pues las sementeras habían cumplido ya la misión de servir como cabecera para la implantación de alfalfares, cuya cifra continúa en ascenso hasta 1922/23. Proceso similar ocurre en Córdoba, con la diferencia de que como restaba tierra disponible, pudo continuar la agricultura en otras tierras una vez cumplido el ciclo descripto antes. Esa provincia, como Santa Fe, si bien aumenta sus forrajeras, continúa con carácter preponderantemente agrícola, como lo demuestra la alta proporción de trigo, lino y maíz respecto a la superficie cultivada total. En la forma expuesta se resolvió un problema ganadero y hallaron tierra para trabajar personas desprovistas de capital: Pero el sistema dejó profundas huellas en el régimen de la tierra, como lo indica el cuadro N° 13. Cuatro o cinco años del nuevo siglo bastaron para duplicar el número de chacras, pero sobre la base de no propietarios, sobre todo en Buenos Aires y Córdoba, donde más se difundió la
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implantación de pasturas mediante agricultores. Los diez años subsiguientes modifican poco el panorama.

Quedaba solucionado el problema de implantar pasturas y rotar agricultura con ganadería para aumentar la productividad de la tierra, pero a costa de una vida transhumante para miles de agricultores. Según el censo de 1914, sobre 75.500 chacareros arrendatarios, aparceros o medieros, 42.300 tenían convenios por menos de tres años y 10.600 por ese lapso. Apenas 13.000 tenían asegurada una permanencia de cinco o más años. Tal precariedad impide toda preocupación por conservar el suelo y obliga a vivir sin comodidades, pues todo es efímero. El modo de vida así forjado debería tener más tarde proyecciones negativas, pues aun convertidos en propietarios, muchos conservaban por rutina hábitos de vida y trabajos adquiridos en años iniciales. Tal sistema, agravado en muchas ocasiones por abusos de otros órdenes, no fue aceptado sin resistencias por los chacareros. Prueba elocuente 1o constituyen numerosas manifestaciones de protesta que, como el llamado "grito de Alcorta" (1912), translucían evidente malestar social. Su consecuencia más visible radica en el nacimiento de 1a Federación Agraria Argentina. Fácil resulta demostrar la preponderancia del propietario argentino en las explotaciones ganaderas, y del no propietario extranjero (presumiblemente inmigrante y casi siempre italiano) en el sector agrícola. Basta resumir algunos datos proporcionados por el censo de 1914 (cuadro N° 14).

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En conjunto, existía entre los productores agropecuarios un 44 % de extranjeros, tasa muy similar a la correspondiente a todo el país, que según el mismo censo fue de 48 %. Pero como los peones y asalariados en general eran preponderantemente argentinos, la proporción total de extranjeros entre las personas ocupadas por todo el sector agropecuario descendían al 37 %. Es que los inmigrantes preferían en general industria, , construcción o comercio, donde representaban más de la mitad del sector. Confírmase de tal modo nuestro aserto anterior de que los inmigrantes preponderaban más en el medio urbano; en el ambiente rural constituían el grueso de una incipiente clase media, ubicada entre dos sectores esencialmente nativos: los estancieros y los peones. Cabe recordar que la mayoría de los chacareros argentinos descendía en línea directa de los primeros colonos inmigrantes de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos, cosa que no ocurría con los peones, casi siempre criollos de vieja estirpe. Las mismas transformaciones económicas que promovían ese tipo de poblamiento en la región pampeana, cuyo volumen imprimía sello particular a los totales del país, causaban también transformaciones en otros órdenes. La creciente importancia del frigorífico y los granos
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obligaba a constantes expansiones en la red ferroviaria; los 16.500 kilómetros de vía con que principió el siglo, fueron 28.000 un decenio más tarde y casi 34.000 al llegar 1920. Como la producción agropecuaria argentina se orientaba fundamentalmente hacia la exportación, los rieles, que cual abanico recorrían la pampa en su busca, convergían hacia los puertos, en especial al de Buenos Aires. Pero el incremento de los granos provocó cambios de importancia en el origen de los embarques. Cuando no existía agricultura casi todo el intercambio se efectuaba por Buenos Aires, pero con el advenimiento de ésta y la carne congelada cambia parcialmente el panorama. Los granos se caracterizaban por una relación peso-valor mucho más amplia que la carne y la mayoría de los productos ganaderos. En otras palabras, a igualdad de peso los productos ganaderos valen mucho más que los agrícolas. Por ello, si bien el valor de las exportaciones agrícolas no superaba al de las ganaderas (ver cuadro N° 9), en peso la diferencia resulta abrumadora: 90 °/ del total embarcado corresponde a productos agrícolas y sólo 8 % a los ganaderos. Tal circunstancia adquiere valor, por determinar el equipamiento y magnitud de las instalaciones portuarias. Buenos Aires podría recibir sin mayor dificultad los granos por ferrocarril y transferirlos a bodegas, pero la comentada amplitud de la relación peso-valor y la carestía del flete ferroviario frente al acuático restan movilidad terrestre a los granos y obligan a embarcarlos por el muelle más cercano. Por eso nacen y se fortalecen varios puertos fluviales sobre el Paraná, que reducen la importancia, en volumen, de los embarques por Buenos Aires. Empero, la mayoría de buques cargados en tales puertos arriba a Buenos Aires para completar su carga, con productos agrícolas de su campiña o bien ganaderos, provenientes de los frigoríficos próximos. Si la capital pierde algo de su importancia como centro exportador, nada cede como importador. Juega a su favor, en sentido contrario, la misma relación peso-valor, que por ser estrecha para la mayoría de las importaciones, admite una gran centralización portuaria y posterior distribución terrestre por ferrocarril. De ahí que Buenos Aires reciba entre 75 % y 85 % en peso de las importaciones. También por influjo de la misma relación peso-valor, el tráfico ferroviario hacia los puertos superaba mucho en toneladas al efectuado en sentido inverso. En efecto, por dichos puertos salían las
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exportaciones que procuraban el poder adquisitivo para las importaciones, pero aquéllas se caracterizaban en conjunto por una relación peso-valor más amplia que el conjunto de las importaciones, consistentes en productos elaborados. Por tanto, el gran volumen de bienes que los ferrocarriles llevaban a puerto era intercambiado por mucho menor volumen de otros bienes más valiosos, cuya distribución terrestre se limitaba, por ser en su mayor parte consumidos en el principal mercado: la Capital Federal y sus alrededores. En definitiva, una serie de factores contribuyen a robustecer el conglomerado urbano que más tarde formaría el Gran ,Buenos Aires, donde se centralizan comunicaciones, transportes, bancos .y todo lo restante del vasto sector terciario indispensable para asegurar la comercialización de los bienes que entran y salen por ese punto. Tal concentración urbana creaba por sí mercado para otras actividades económicas, como industrias, que a su vez contribuirán a reforzar el proceso centralista, hasta convertirlo en círculo vicioso. Ello, junto con la distinta utilización de la tierra en Buenos Aires y otras provincias de la región pampeana (ver cuadro N° 12), se refleja en la evolución demográfica (cuadro N° 15).

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Adviértase un extraordinario incremento de la población urbana bonaerense, aglomerada esencialmente alrededor de sus puertos, que triplica a la rural. Santa Fe, si bien muestra fuerte aumento porcentual de habitantes urbanos —producto del crecimiento portuario ligado a granos—, tiene la mayor parte de sus pobladores en la campaña, como consecuencia del insumo de trabajo que demanda la agricultura. Igual panorama ofrece Córdoba. En mucha menor medida crece el resto del país, al punto que entre 1895 y 1914 su participación en el caudal demográfico nacional baja de 41 % a 33 %. Se trata de habitantes en su gran mayoría dispersos en el medio rural, que producen bienes para el abasto local o para enviar al litoral. Buenos Aires y Capital Federal, con 46 % del total, agrupan más población que esa vasta parte del territorio nacional. La expansión agropecuaria pampeana se logró durante este período por aumento de la superficie ocupada —fueron puestas en explotación 10 millones de hectáreas— y también por paso de una economía casi puramente pastoril a otra ganadera y agrícola, menos extensiva y por tanto con más demanda de trabajo y mayor productividad por hectárea. Se explica así la capacidad rural de absorción inmigratoria con paulatino crecimiento de los saldos exportables. Podría decirse que la demanda de trabajo agrario superaba a la oferta, lo cual obligaba al mayor uso posible de máquinas. La productividad por hombre era esencial para un país eminentemente exportador, mientras la productividad por hectárea sólo interesaba en función de la anterior. Cuadro típico, en resumen, de una labor agropecuaria netamente extensiva y mecanizada, con la resultante de bajas densidades de población rural. Tal mecanización debe ubicarse en función de la técnica imperante —no con los ojos de hoy— y podía considerarse a la par de los países más adelantados de la época. Concluyendo, durante el período que comentamos los vacunos, valorizados merced al frigorífico, elevan su productividad en forma que desplazan al ovino, relegado desde entonces a una función complementaria, ya no fundamental. La agricultura, a su vez, también gana amplias zonas de la región pampeana. Tras secular incompatibilidad mutua, ganadería y agricultura coexisten sin problemas, gracias al alambrado. Éste, y la aguada artificial, simbolizan la conquista de los campos altos, alejados de los cursos de
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agua, donde, a diferencia de antes, se concentra la explotación agropecuaria, lo cual equivale a concentrar la población rural. LA AGRICULTURA (1980-1940) Al comenzar la década de 1920, la región pampeana acusa neto predominio vacuno, pese al desarrollo agrícola ya comentado. Quedaban ya totalmente ocupados sus campos aptos, de modo que a partir de entonces no podrá expandirse el monto total producido por la puesta en explotación de nuevas tierras. Dicha circunstancia hubiera mermado sensiblemente la disponibilidad de bienes por habitante de no mediar el aumento de productividad por hectárea que ocurrió entonces, consecuencia no tanto de mayores rendimientos, sino de una mayor utilización de tierra para agricultura, cuya productividad es mayor que la ganadera. El proceso se advierte sin ningún esfuerzo en el cuadro N°16, que además resume el use del suelo pampeano en otros períodos.

La superficie total ocupada no varía. Pese, a las imperfecciones estadísticas puede apreciarse Su estabilización alrededor de los 48 millones de hectáreas, nivel que coincide con la superficie total de tierra apta disponible en la región. Por hallarse entonces totalmente ocupadas las tierras, cosa que aconteció en el período anterior, cualquier ampliación de superficie destinada a una actividad se logra a expensas de otra. Así ocurrió con el aumento agrícola, en desmedro de la superficie destinada a vacunos. Bien conocidas son las causas del cambio en el uso de la tierra, que tiene amplias derivaciones sociales y económicas. Una profunda
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crisis ganadera estallada .en 1921 obliga a muchos estancieros a liquidar ganados a cualquier precio. Cunde entonces mayor interés por la agricultura, cuyos productos gozan de buen mercado exterior y cuyo desarrollo armoniza con el constante flujo inmigratorio que asegura la mano de obra necesaria, y hasta obliga a ir hacia formas menos extensivas de trabajo rural, agotadas ya las disponibilidades de tierra pampeana. Recordaremos que en la década 1920-29 la corriente inmigratoria dejó un saldo neto de casi un millón de personas, aporte considerable para una población de diez millones. Claro está que ese considerable aporte inmigratorio no fue solo al campo; por el contrario, como ya señaláramos en otros capítulos, se orientó preferentemente hacia el medio urbano. Con mayor ímpetu ahora que antaño, por una , sencilla razón: la ocupación plena de la región pampeana limitaba las fuentes de trabajo y consecuentemente la movilidad social, mientras el vigoroso crecimiento de las poblaciones urbanas las convertía en semillero de posibilidades. Frenaba también la movilidad el hecho de que el tránsito hacia agricultura la efectuaban los estancieros sin desprenderse de la tierra, vale decir, trabajándola directamente o, con más frecuencia, dándola en arrendamiento o aparcería. De ahí que la proporción de propietarios en la región pampeana bajara de 40,4 a 35,5 % en 1937. Según el cuadro N° 16, si bien la superficie ocupada no varía, se altera la distribución de la misma: el vacuno pierde entre 1922 y 1937 unos seis millones de hectáreas, que pasa a ocupar la agricultura, cuya superficie durante todo el lapso que comprende el período bajo análisis marca las cifras más altas de nuestra historia. Ellas explican la absorción de trabajadores, pese a la estabilización de superficies ocupadas. En efecto, como gran promedio; podemos decir que en la región pampeana la agricultura insume hoy 447 jornadas anuales por hectárea, mientras la ganadería necesita sólo 3. Esta relación de necesidades de mano de obra debió ser más amplia en esa época, por la menor mecanización de la agricultura y la casi similar forma de trabajo ganadero. Consecuentemente con la menor extensividad de las áreas agrícolas respecto a las ganaderas, éstas por unidad de superficie, producen en promedio menos que aquéllas. Según estimaciones actuales, una hectárea de agricultura en la región pampeana brinda productos por valor de 366 pesos (a precios de 1950), mientras la
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cifra para ganadería sólo llega a 125, vale decir una relación de uno a tres. No debe extrañar entonces que el mayor énfasis agrícola, característica del período 1920/40, elevara sustancialmente el valor conjunto de la producción agropecuaria pampeana, poblara más sus campos e incrementara la importancia de la producción agrícola nacional dentro del total. Respecto de esto último, señalaremos que en 1915-19, por cada cien pesos producidos por la ganadería, 118 lo eran por la agricultura; entre 1925 y 1940, en cambio, la proporción oscila de 134 a 141. Análogamente, entre 1920 y 1938 las exportaciones agrícolas se mantuvieron alrededor del 58 % del valor total, cosa que antes sólo esporádicamente se había producido (en 1915-19 la proporción sólo llegó a 39 %) .

Reseña el cuadro N° 17 el proceso evolutivo de la producción agropecuaria. Puede advertirse el constante y fuerte aumento de la producción, orientada casi por partes iguales al consumo interno y la exportación. Tan altos saldos exportables permitían adquirir en el exterior todo lo necesario para la vida nacional. La producción pampeana era casi la única en 1900-04, pero el despertar producido por el ferrocarril hace que entre 1920 y 1940 disminuya algo ese predominio, que no deja de ser absorbente. De cualquier modo, la producción pampeana no crece al mismo ritmo que la población, como lo delata la merma constante en el promedio de producción por habitante. Si bien ello no afecta substancialmente al conjunto de saldos exportables (los agrícolas aumentan), la
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tendencia adquiere importancia, que será posteriormente mayor en un país donde casi todo lo no agropecuario debía adquirirse en el exterior. Puede notarse también que la producción pampeana, de acuerdo con la línea tradicional, se orienta en gran parte hacia la exportación, aunque el consumo interno comienza ya a retacear sus excedentes. De cualquier modo, ese mercado interno pesa menos en ellos que en el resto del país, cuya producción la absorbía en su mayor parte (78 % para 1935-39) la demanda interna. Continúa, por tanto, el viejo esquema tradicional. Si bien la tranquilidad económica del período fue bastante perturbada por la crisis mundial desencadenada en 1929, pocos años después se notó fuerte recuperación. En conjunto, se trata del último período de largo y parejo desenvolvimiento económico argentino, claro está que dentro de una economía de país esencialmente agropecuario a importador. Precisamente, la persistencia posterior de esa misma estructura en medio de un panorama demográfico y económico que ya lo desbordaba completamente, fue causa de posteriores y graves desequilibrios. A ese lapso de nuestra vida económica corresponde el famoso calificativo de "canasta de pan del mundo". Asentado sobre una preeminencia absoluta en la mayoría de los renglones del comercio internacional de productos primarios, la Argentina ocupaba el primer lugar como exportador de lino, extracto de quebracho, maíz, carne vacuna, avena y cebada; el segundo en cuanto a caseína, trigo, centeno y lana, y el tercero respecto de carne ovina. Los aumentos de producción, especialmente en el rubro cereales, repercuten sensiblemente sobre la infraestructura. Ya señalamos antes la influencia de los granos sobre el sistema ferroviario y portuario. Pero el sistema ferroviario no creció en la medida de la demanda general. El violento aumento que comentamos entre 1907 y 1914 fue seguido por una estabilización posterior hasta 1922. El incremento agrícola provoca otra expansión, hasta 1930, pero que no se manifiesta en las redes troncales sino en los ramales, que en más de una ocasión llegan al exceso, pues lo motiva el simple deseo de asegurarse el dominio de una zona. El ancho de zona correspondiente a Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba (vale decir, la relación entre superficie territorial y longitud de vías) oscila alrededor de los 25 kilómetros, o sea 12-13 kilómetros
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a cada lado de la vía. Tal densidad férrea se registró pocos años antes de ese período en Estados Unidos, pero con una densidad de población, y por ende de tráfico, muy superior a la nuestra. Por el contrario, Bélgica y Gran Bretaña, de mucho más desarrollo económico, registraban anchos de zona de 35 y 83 kilómetros, respectivamente. El desarrollo agrícola pampeano, en resumen, exacerbó la diferencia anterior con el resto del país, al punto que la longitud de vías de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y La Pampa, que representaba el 73 % del país al comenzar el siglo, subió a 78 % en 1930. Tenía el país 1,5 kilómetros de vías férreas cada 100 kilómetros cuadrados de superficie, pero sólo 1,1, de caminos de tránsito permanente. Análogo en cierta forma resulta la influencia sobre los puertos. Hacia 1929, el país importaba 12,5 millones de toneladas, de las cuales el 80 % mediante el puerto de Buenos Aires, que en 1913 sólo absorbía el 75%. En cambio las exportaciones por la misma localidad representaban en ambos períodos el 29 °/a del volumen total, que sólo en granos sumaba 12 a 14 millones de toneladas. Es que Buenos Aires concentraba especialmente las mercaderías de alto valor por unidad de peso, o bien aquellas como el carbón, de gran consumo local. Los granos, en cambio, eran conducidos al puerto más próximo. Por no poder soportar mayores gastos de fletes. Los cereales constituían la máxima actividad del sistema portuario argentino, en valor y peso. Buenos Aires, cuyo puerto se había ampliado con una nueva sección, no estaba, empero, capacitado para absorber tanto volumen, pero esas cargas constituían la vida de los otros puertos de ultramar y de gran parte de los restantes. Vemos aquí, una vez más, que la incrementación de los granos sobre la base de un esquema centralista, si bien beneficia en cierta forma la economía nacional, por otra parte agrava el esquema vicioso. Unas localidades urbanas, todas ellas cabeceras de puente hacia el exterior, robustecen su importancia absorbente, frente a un campo relativamente despoblado. La exportación de cereales requiere acceso a rutas de ultramar, depósitos y equipos; además la característica argentina estriba en exportar lo más rápidamente posible el cereal (4 meses después de la cosecha apenas resta el 40% del saldo exportable). Por eso tienen poca importancia las instalaciones de campaña, el tráfico es muy estacional, los puertos y elevadores terminales adquieren volumen
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relativamente grande y las instalaciones portuarias se destacan más por su velocidad que por su capacidad de almacenamiento. En una palabra, todo debe ir de inmediato a la bodega, permaneciendo el tiempo más breve posible en la campaña, lo cual incrementa la importancia de los núcleos urbanos y aumenta la estacionalidad del trabajo, con las previsibles consecuencias sociales. En el aspecto ganadero ocurre también una transformación de importancia: adquieren gran peso los embarques de carne enfriada. Si bien este sistema comenzó a aplicarse en 1908, cuando principiaba a adquirir volumen lo interrumpió la guerra de 1914-18. La carne enfriada es muy superior en calidad a la congelada, tanto que resulta similar a la carne fresca. Su inconveniente radica en que no puede conservarse más allá de 40-45 días posteriores al sacrificio del ganado, mientras la congelada lo hace indefinidamente si no sale de las cámaras frigoríficas. Desde la segunda década del siglo XX en adelante comienza el reinado de la carne enfriada, que desaloja de su centro al congelado (cuadro N° 18). Cuando después de 1930 se conmueve el comercio internacional por la continua expansión del proteccionismo y el país tropieza con dificultades para ubicar sus carnes, reduce considerablemente las exportaciones de congelado, pero apenas varía las de enfriado.

Si el enfriado es de alta calidad, requiere animales de buena raza y gran preparación; si no permite una larga conservación, para satisfacer una demanda constante exige una oferta constante. El
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congelado, en cambio, podría satisfacer la demanda con una producción estacional. Por todo ello cobra más valor que antes el refinamiento ganadero y la necesidad de contar con buenos pastos todo el año, especialmente en las épocas más difíciles del invierno, a fin de que no decaigan las entregas. Se erige entonces en casi dueño de la situación el invernador, que ya no es tal por encontrarse cerca de Buenos Aires (como en la época del saladero), sino por disponer de buenos pastos invierno y verano. Tal tipo de ganadero resulta esencial para el frigorífico, pues es el único capaz de asegurarle entregas constantes y voluminosas. En consecuencia, los invernadores pasan a gozar de tratamiento especial y a diferenciarse de los demás (criadores), que vienen a quedar casi subordinados a ellos, y constituyen la única vía para llegar al frigorífico. Como antes se diferenció el ganadero de la zona de influencia frigorífica de sus colegas ajenos a ella, ahora se distancia el invernador del criador. Éste ya no trata más con el frigorífico. Aquél goza de las preferencias del industrial, que le compra directamente sus tropas en estancia; si alcanzan gran volumen. La necesidad de ampliar los campos de invernada hace pensar en las excelentes condiciones que reúne el noreste de Buenos Aires y zonas vecinas de La Pampa y Córdoba para ese engorde constante. El ferrocarril permite transportar hasta allí animales desde el sudeste de Buenos Aires para completar su preparación y retornarlos a los frigoríficos sin desmedro de la calidad ni cantidad. Como se trata de una zona buena para alfalfa, pero más apta para centeno que para avena, brotan las consociaciones entre ambas forrajeras, y por eso encontramos que en esta época el centeno comienza a gravitar en las estadísticas, en las que antes no figuraba, y el país se convierte en primer exportador de ese grano. Culmina así el ciclo que iniciara el saladero, que comenzó el alejamiento entre el productor de ganado y consumidor de carne. El criador no llega al frigorífico y queda subordinado al invernador. Éste, a su vez, depende del frigorífico, que constituye su única salida. Por último, sólo puede haber posibilidad de actuar con éxito si el frigorífico coordina su acción con las bodegas provistas de equipos adecuados. Por tanto, quien disponga de éstas maneja toda la economía ganadera.

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El invernador, por trabajar en campos altos donde puede hacerse agricultura o forrajes, se encuentra a su vez en posición ideal para ejercer una u otra rama de la actividad agropecuaria, según convenga más. El criador, en cambio, es ganadero casi obligado, por tener pocas posibilidades agrícolas. Más adelante veremos como repercute esto sobre la estructura de las explotaciones. El cuadro N° 16, visto algo más atrás, señalaba que pese al aumento de agricultura y la consiguiente demanda de trabajo, disminuían en 2 millones de hectáreas las tierras necesarias para las caballadas. Tal proceso es consecuencia de una mecanización constante, que venía de antiguo, a la que se une una creciente motorización: tractores y automotores reemplazan la tracción a sangre. Dicha mecanización repercute también socialmente en una forma saludable; amengua paulatinamente la típica estacionalidad del trabajo rural, que obliga a migraciones de mano de obra. Antaño fue famosa la Argentina por los inmigrantes "golondrinas", que llegaban para la época de cosecha fina, y tras un corto lapso retornaban a sus países. Hacia 1920 ya entró en el ocaso ese sistema, que posteriormente desapareció; las inmigraciones "golondrinas" fueron sustituidas por migraciones internas, de intensidad decreciente por un mayor use de elementos mecánicos. Ello refuerza el carácter familiar de la explotación agropecuaria, que requiere cada vez menos consenso temporario. Los censos reflejan bien el proceso (cuadro N° 19): menos personas con más preponderancia del núcleo familiar y menos ayuda estacional, trabajan sobre más superficie y en forma menos extensiva.

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La crisis de 1930-33 abre cierto paréntesis a este y a tantos otros aspectos reseñados, de los cuales comienza posteriormente una recuperación que vuelve a acortar la segunda guerra mundial, estallada en 1939, pero cuyos verdaderos efectos se sintieron al año siguiente. En cuanto a mano de obra, sobreviene una fuerte desocupación, como defensa ante la cual se cierra la inmigración. Los centros urbanos amenguan su ritmo de crecimiento y el campo pierde interés en la mecanización, ante una amplia disponibilidad de mano de obra muy barata. En el año 1937, ya bastante recuperado el país de esa crisis, se levanta un censo agropecuario, del que ya utilizamos muchos datos. Quedan amplia gama de otros para ilustrar el estado del campo al finalizar este período. Sólo destacaremos algunos. Las condiciones sociales y económicas reseñadas conducen a un sistema de explotación rural sin mucha continuidad en el mismo establecimiento, como to demuestra el cuadro N° 20. Puede apreciarse que en Buenos Aires y La Pampa, cuya agricultura se desarrolló
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análogamente como subsidiaria de la ganadería, los productores con no más de cinco años de antigüedad en sus establecimientos constituyen abrumadora mayoría (casi la mitad) frente a los restantes grupos. Sólo en Entre Ríos y Santa Fe, donde la colonización tuvo más impulso, más del 50 % de los productores cuentan con más de un decenio de arraigos en los predios.

Se observa también que las categorías más frecuentes son las extremas. Ello indica una fuerte cantidad de agricultores de reciente instalación y otros de antigua data, sin nexo de continuidad entre ambos. Teniendo en cuenta la fecha del censo y los años de la categoría más antigua, cabe afirmar entonces que a partir de la segunda década del siglo se hizo mucho más difícil el acceso a la propiedad de la tierra y la contratación por plazo largo, cosa lógica considerando las modalidades económicas y que ya se había ocupado la tierra disponible de la región pampeana. Otros aspectos interesantes para nuestro estudio que surgen del censo de 1937 quedan representados gráficamente en los mapas que se acompañan. El mapa N° 20 localiza las principales regiones socialagrarias, determinadas en virtud de los tipos que constituyen la actividad agraria predominante, desde el punto de vista de ocupación de la mano de obra. La región pampeana muestra predominio de granos finos en su mayor parte, excepto la zona maicera (norte de Buenos Aires y sur de Santa Fe), la de invernada (noroeste de Buenos Aires) y la de cría (sudeste de Buenos Aires). Era la agricultura la principal fuente de trabajo en casi toda la región.
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La comparación con el mapa N° 2 permite apreciar que en la zona ganadera de cría predominan los productores argentinos, mientras los españoles cobran importancia en la agrícola ganadera del oeste de Buenos Aires y este de La Pampa; más al norte hay abundancia de italianos. .En una palabra: extranjeros en las chacras, argentinos en las estancias. No se analizan las restantes regiones que indica el mapa para no salir del esquema de trabajo trazado. Los tipos de producción, así como el régimen de la tierra, dejan influencia en las condiciones de la vivienda, indicadas por el mapa N°3. Corresponden a las zonas de grano fino, y tambo de la región pampeana los más altos índices, que decaen en la zona maicera y llegan al más bajo en la ganadera, sobre todo en la de cría. Por último, deseamos destacar la influencia del tipo de explotación en el régimen familiar de trabajo (mapa N° 4). La zona triguera y tambera ubicada al norte de la región pampeana, cuna de la colonización comercial que dio pie a la agricultura en el país ofrece la más alta proporción de explotaciones familiares. La tasa decrece hacia el sur, al entrar en la zona maicera, baja más en la de invernada (donde alternan estancias, estanzuelas y chacras) y toca su expresión más baja en la zona de cría, exclusivamente ganadera. Las razones resultan obvias: las chacras son en nuestro país explotaciones casi siempre manejadas por un productor y su familia, que viven en ellas, mientras en las estancias resulta más frecuente el trabajo asalariado y suele la familia no residir en el predio. Generalizando, podríamos decir que encontraremos abundancia de clase media en zonas de explotación familiar, en este caso agrícolas y tamberas. En las ganaderas habrá más polarización hacia las clases alta y baja.

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LA INDUSTRIA LIGERA (1940 EN ADELANTE) Ya la crisis mundial iniciada a fines de 1929 y la posterior ola de autoabastecimiento que se apoderó de los principales países, había limitado bastante las exportaciones y por ende mermado la capacidad importadora. Ello obligó a fabricar productos que antaño se importaban. Así tomó cuerpo la industria textil de lana y algodón, junto con la elaboración de aceites. Pero todo era tomado más bien como transitorio, como medio de combatir la desocupación; pocos creían en las rotundas palabras que por entonces pronunció Alejandro Bunge, advirtiendo que esa era la última generación de "estancieros a importadores". Con clarividencia ese autor sintetizó así su pensamiento: "El futuro crecimiento del país no puede esperarse de la continuación exclusiva de los métodos extensivos y del crecimiento de la exportación, sino de la mayor diversidad de su propia producción y manufactura y del desarrollo de su comercio interno". Pero a partir de 1940 el cese forzoso de importaciones provocado por la guerra tornó oficiosa toda discusión académica acerca de la necesidad de intensificar la industria. La dura realidad obligó a crear de inmediato manufacturas so pena de carecer de lo más elemental. Tomó así ritmo creciente la industria liviana, por ser la que recibió el impacto más directo e inmediato. Faltaba la industria pesada, por no haberse nunca pensado en ella, y por desgracia no hubo planes consistentes para su desarrollo, lo cual resultaría años después serio factor limitante de la economía argentina. Como contrapartida, las exportaciones agropecuarias se vieron frenadas y distorsionadas. El bloqueo marítimo de los contrincantes cerró mercados; sus necesidades bélicas decretaron la paralización de embarques de granos y la concentración de los esfuerzos alrededor de carnes conservadas y congeladas, lanas y cueros. No hubo, pues, aliento para los granos y la carne enfriada, los principales actores del período inmediatamente anterior al que comentamos. En definitiva, un verdadero retroceso desde el punto de vista de la evolución agropecuaria. Por lógica consecuencia, declinaron menos los precios ganaderos que los agrícolas y hubo una redistribución concomitante en el use de la tierra pampeana. Entre 1937 y 1947 la región pampeana dedicó siete millones más de hectáreas a vacunos y ovinos, superficie que
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restó a las sementeras de granos. Como vimos antes, eso implicaba menor ocupación y menor valor producido por unidad de superficie, factores ambos de efecto despoblador. Constituye una excepción la tendencia hacia el tambo (actividad ganadera intensiva) ocurrida en las zonas de Santa Fe y Córdoba, ocupadas por las viejas colonias agrícolas, donde los chacareros sustituyeron granos por vacas de ordeño, cuyo producto colocaban en el acrecido mercado interno. A principios de siglo la producción agropecuaria argentina representaba las dos terceras partes del producto bruto interno, y la industria manufacturera no llegaba al 14 %. Hacia 1944, por primera vez en la historia nacional, la manufactura (con 23,1 % del producto bruto total) supera al sector agropecuario, delantera que ya no abandonaría. Entre 1937 y 1947 la población argentina aumentó en un 18 %, pero la industria lo hizo en un 77 %, a un ritmo que pocos países del mundo registran. Desgraciadamente, su debilidad potencial estaba en la falta de armonía y previsión entre los sectores integrantes. Además, por inercia resultante de una estructura excesivamente centralista, ese desarrollo industrial agravó la disparidad económica entre muchas regiones del país.

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Al respecto, resulta ilustrativo el cuadro N° 21. Para 1947 la población urbana bonaerense unida a la de la Capital Federal casi quintuplica a la rural de la provincia, mientras en Córdoba ,y Santa Fe los núcleos urbanos recién sobrepasan tímidamente a los rurales. En un sector la población rural representaba apenas 20 % de la urbana; en otro llegaba al 81 %. Con posterioridad continúa también la misma tendencia hacia el urbanismo y las actividades asentadas en esos centros, que disputan abiertamente la mano de obra al campo. Este —siempre hablamos de la región pampeana— se encontraba en situación desventajosa para competir: primero porque corrientemente puede la ciudad pagar mejores salarios y ofrecer condiciones de vida más atractivas; además, en ese momento una política oficial desafortunada privó al productor agropecuario de buena parte de sus ingresos por la vía de la comercialización estatal de productos con saldo exportable, entre los cuales sufrieron especialmente los granos. Por esta última razón prosiguió la corriente ganadera finalizada la guerra, y continuó de tal manera un proceso social y económicamente negativo de sustituir actividades menos extensivas por otras más extensivas.

Durante los primeros períodos indicados en el cuadro N° 22, el sector agropecuario absorbió partes sustanciales del aumento de población activa, pero en, forma decreciente, hasta llegar a sólo 4 %
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entre 1940-44 y 1955. Por el contrario, la industria absorbió en los dos últimos periodos mucho más que el sector rural, pero no se salva de la pérdida de ritmo y al final lo superan otros sectores. A1 mermar la receptividad del sector industrial, fiel expresión del frenado que domina la economía argentina a partir de 1948, y estar colmada la capacidad del sector agropecuario, la fuerza de trabajo deriva hacia sectores menos activos (comercio, finanzas, Estado) en proporción excesiva. La falta de capacidad del sector agropecuario para absorber grandes contingentes de trabajadores, que posiblemente se acentúe en el futuro, constituye un fenómeno previsible que obedece a dos causas: una ilógica y otra lógica. La primera estriba en el estancamiento del sector pampeano, que en muchos casos hasta retrocede en su evolución y por tanto disminuye su demanda laboral; la segunda consiste en el efecto de una tecnificación que si bien no alcanza grandes índices, no puede negarse. Además, conviene señalar que aún sin progreso técnico, elevar 80 % la producción agropecuaria no alcanzaría para absorber el 50 % del crecimiento de la fuerza de trabajo nacional, que ya desborda ampliamente cualquier estrecho marco de estructura no industrial. Por consiguiente, la falla estructural reside en la insuficiente expansión industrial, no en un exceso de la misma (más adelante se verán otras razones económicas que obligan al desarrollo industrial). Dicha insuficiencia obliga a considerables masas de trabajadores a buscar otros sectores, que al absorber más personal que el estrictamente necesario pierden eficiencia, aumentan el costo de sus servicios y gravitan negativamente en el conjunto económico. De cualquier modo, el campo entró en aguda competencia con otros sectores generalmente urbanos por retener la mano de obra necesaria. Radica ahí una de las principales fuerzas que impulsaron hacia la mecanización con más vigor que antes, pese a que la relación entre precios de productos agropecuarios y de la maquinaria resultaba desfavorable respecto del período 1920-40. Nada más ilustrativo al respecto que el caso de la cosecha mecánica del maíz. A principios de siglo ya un chacarero nuestro había demostrado la posibilidad de recoger maíz mediante la misma cosechadora utilizada para trigo, que ahora se emplea; mucho más tarde surgió en Estados Unidos otra máquina. En ninguna de las dos épocas halló eco en la zona maicera argentina tal propósito; se continuaba la penosa
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recolección manual. Pero cuando cunde el proceso industrial sí se despierta el interés por la cosecha mecánica. Es que dicho proceso, al crear nuevas fuentes de trabajo, elevó los salarios en forma que resultaba antieconómica la clásica "juntada". Hacia 1900 el estipendio habitual del juntador representaba el 8 % del precio del maíz en dársena, proporción que resulta prácticamente igual 15 años después. Pero a partir de 1947 sube a un 18 % y se mantiene sin mayor variación. Entonces se popularizan los medios mecánicos para cosechar maíz, que permiten pagar altos salarios y rebajar el costo de la operación. Otro efecto de la industria que repercute sobre el campo es la creación de un fuerte mercado interno. El aumento de población ocupada, por una parte, y el mayor poder adquisitivo por otra, hacen que con el tiempo la masa de población argentina alcance gran importancia como consumidora. Sin industria ello no hubiera ocurrido, porque el sector agropecuario de por sí carece de capacidad para dar ocupación a mucho más personal que el utilizado en 1937. Además, la productividad media por persona ocupada en la industria supera siempre al promedio agrario. En nuestro país, como en muchos otros, la superioridad alcanza al 60 %, proporción que no se traduce en el ingreso y el consumo respectivos. He ahí el secreto del crecimiento del mercado argentino interno.

Tal crecimiento provocó un paralelo desarrollo de muchos cultivos destinados a satisfacerlo, que por razones climáticas y económicas se
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ubican preferentemente fuera de la región pampeana. Por eso pierde importancia dicho sector frente al resto del país; como lo acusa el cuadro N° 23. En pleno período de auge agrícola la región pampeana aportaba el 78 % de la producción agropecuaria total, pero que en la actualidad la cifra baja 10 puntos. Ello se debe al virtual estancamiento de dicha región, acompañado por un apreciable crecimiento en los cultivos del resto del país, por la circunstancia ya anotada. Al estancarse el monto de la producción pampeana y aumentar sustancialmente la población, lógico era esperar, como ocurrió, que el censo interno insumiera proporciones cada vez mayores de esa producción. En efecto, de la tercera parte que absorbía la demanda nacional en 1925-29, se pasa ahora al 70 %. No debe extrañar entonces que las exportaciones agropecuarias (provenientes en su 84 % de la región pampeana) bajaran vertiginosamente de 5.179 millones de pesos durante 1925-29, a menos de 3.000 millones en el presente (todo en pesos de 1950).

Tal declinación de exportaciones resultaba poco conveniente para un país que debía equiparse aceleradamente tras años de postergación, con bienes de capital suficientes para erigir una estructura industrial nueva y amoldar a ella muchos aspectos de su vida económica, que a su vez exigían grandes inversiones (caminos, energía, comunicaciones, etc.) . Por desgracia, la mayor parte de los ingentes fondos acumulados en el exterior durante la guerra, fueron
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invertidos en un plan orgánico que atendiera los puntos neurálgicos del país en crecimiento. A la creciente merma de saldos exportables se sumaba otro factor de valor considerable pero que disminuía el poder adquisitivo de esas exportaciones: el vuelco en los términos del intercambio (cuadro N° 24). Dicho índice relaciona los precios unitarios de importaciones con exportaciones y constituye la medida del poder adquisitivo de éstas, referido el período que se tome como base, en nuestro caso el quinquenio 1925-1929. Insistiremos algo en el tema, por resultar fundamental para comprender la posición crítica de Argentina como país exportador. El cuadro indica que en valor a pesos constantes, las exportaciones de 1947 representan un 65 % de las habidas durante 1925-29. Pero los términos del intercambio nos dicen que tienen un poder adquisitivo de 58 % respecto a ese mismo período. El efecto combinado de ambos factores hace que, en definitiva, con las exportaciones de 1957 solo se pudieran adquirir el 37 % de las importaciones factibles en 1925-29. Las mismas cifras señalan cómo dichos términos de intercambio frustran el esfuerzo que representó el aumento de exportaciones de 1957 respecto a 1955. Referida a dólares de 1950 (desvalorizados hoy un 10 % aproximadamente) la desfavorable relación de precios del intercambio que rigió la mayoría de los años posteriores a 1925-29, implicó para el país una pérdida de 9.700 millones. Sólo en el quinquenio 1953-57 la pérdida superó los 2.000 millones, suma equivalente de unos dos años de exportaciones y capaz de pagar ambiciosos planes energéticos, vales, etcétera. Parte de tal fenómeno se debe a la creciente tendencia al fomento de las producciones agropecuarias propias por parte de muchos países, que resta mercado a nuestros productos, y también a los excedentes acumulados por Estados Unidos, cuya liquidación, por muy cuidadosa que sea, deprime los precios. Además, sabido es que la mayoría de los productos agropecuarios que exporta la Argentina satisfacen una demanda que aumenta con menos intensidad que el incremento de los ingresos de los consumidores, a diferencia de los productos industriales, cuyo consumo crece con ritmo más acelerado. A título de ejemplo diremos que para la Argentina se ha determinado que por cada 1 % de aumento en el consumo general del habitante medio, se incrementó 0,48 % el consumo de alimentos y 1,37 % el
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de manufacturas. Vale decir, éstas crecen tres veces más que aquéllos. Lo expuesto explica que con el tiempo tiendan a valorizarse más los productos industriales y se deterioren los términos del intercambio en perjuicio de los países puramente exportadores de productos agrarios. También demuestran que las necesidades argentinas de importación hubieran crecido fabulosamente desde 1925-29, de no haberse desarrollado la industria nacional. Hagamos un cálculo: durante 192529 se exportó por valor de 7.913 millones de pesos (a precios de 1950), cantidad que permitió adquirir en el exterior todo cuanto necesitaba el país; para 1957 los términos del intercambio fueron de 58, el nivel de vida era por lo menos 10 % más alto y la población creció en 80 %. El efecto combinado de todos esos factores nos dice que para abastecer la demanda por la misma vía de importación hubiera debido exportarse por valor de 27.000 millones de pesos (a precios de 1950), en lugar de los 5.110 registrados. Tal volumen prácticamente duplica toda la producción agropecuaria argentina actual (ver cuadro N° 23) . No cabe duda que la industria se impone, no sólo en virtud del desarrollo demográfico, como se viera páginas atrás, sino del propio proceso económico.

Los apremios económicos que derivan de la merma de exportaciones, pérdida de su poder adquisitivo a inconvertibilidad monetaria de la libra esterlina, fuerzan a la Argentina a buscar nuevos mercados a sus productos e introducen cambios sustanciales en sus fuentes de importaciones (cuadro N° 25). Los primeros años de posguerra marcan acentuado descenso en las compras en Estados Unidos,
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efectuadas a costa de las adquisiciones en el Reino Unido; posteriormente, la escasez de dólares aminora ese mercado y expande otros. Panorama bastante similar ofrecen las exportaciones. En conjunto, el comercio internacional argentino, que tradicionalmente se desarrollaba en más del 50 % con los dos países mencionados, se orienta ahora en su mayor parte hacia otros horizontes. Pero no sólo en el origen y destino del comercio exterior radica el cambio. Modificaciones profundas pueden advertirse en las importaciones según tipo de bienes (cuadro N° 26). Como cuadra a un país agropecuario exportador, el grueso de las compras en el exterior consistía antaño en bienes de consumo. El surgimiento de la industria ligera, que brinda precisamente tales bienes, casi borra de la lista ese rubro. El poder adquisitivo vacante se encauza entonces hacia bienes de capital necesarios para equipar la industria, materias primas y productos intermedios que consumen los establecimientos fabriles, y combustible requerido por ellos y por la actividad económica general. Este último rubro, constituído esencialmente por petróleo y derivados, resulta sorprendente en un país bien provisto de ese elemento.

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Si bien la estructura contemporánea de las importaciones concuerda más con la nueva etapa económica, se encuentra resentida por falta de exportaciones. Ofrece, además, la singularidad de no admitir casi restricciones, dado el carácter imprescindible de sus componentes. Durante la crisis de 1930-33, por ejemplo, se impusieron restricciones a la entrada de mercaderías del exterior, que no causaron mayores molestias porque fue fácil prescindir de consumos superfluos o reemplazarlos por productos locales. Hoy reducir importaciones afecta a rubros vitales casi todos para el movimiento de la industria, sector que figura en primer plano entre los productores de bienes. El desarrollo minero permitirá prescindir de muchas materias primas importadas y la creación de industrias pesadas proporcionará productos intermedios que hoy deben introducirse del exterior. Mucho hemos insistido acerca del estancamiento de la producción agropecuaria pampeana y la disminución de exportaciones. Lógicamente, no cabe esperar un constante paralelismo entre población y producción agropecuaria. Los recursos naturales sobre los cuales se asienta ésta son susceptibles de mejor aprovechamiento, pero dentro de ciertos límites, de modo que en el desarrollo económico de un país siempre sobreviene una etapa durante la cual la producción agraria declina respecto al número de habitantes. Pero la Argentina es un país poco maduro para entrar en esa etapa, sólo aceptable en aquéllos de desarrollo mucho más avanzado, sus recursos naturales se encuentran muy lejos de haber brindado su óptimo económico. Comparémosla, por ejemplo, con Estados Unidos. Entre 1935-39 y el trienio 1956-58, la población de ese país aumentó 33 %, pero la producción agropecuaria lo hizo en 51%; en el nuestro, sucedió a la inversa, pues los respectivos aumentos fueron de 50 % y 26 %. La producción agropecuaria argentina no aumentó en la medida deseable y posible. Pero las cifras generales impiden deslindar bien el papel de las distintas regiones. A fin de precisarlo incluimos el cuadro Nº 27. Cabe advertir que si la producción total del país aumentó poco, fue por causa de la región pampeana, que sólo creció 15 %. Un gran aumento porcentual correspondió en cambio al resto del país, que tuvo a su cargo el abastecimiento interno de los denominados cultivos industriales (algodón, vid, caña de azúcar, yerba mate,
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tabaco, etc.) y cumplió a conciencia, al punto que su 58 % de incremento supera el ritmo demográfico. Apresurémonos a señalar que el incentivo para ello radicó en los precios, que libres de la desafortunada concepción existente para los productos más típicos de la región cereal, alcanzaron niveles estimulantes.

A fin de objetivar lo referente a precios, conviene destacar que mientras el nivel medio de inflación de precios entre 1935 y 1956 fue de 1.030, dando base 100 al citado quinquenio, las cotizaciones hacia 1956 del grupo cultivos industriales promediaban 1.154, pero cereales y lino apenas llegaban a 600 y el ganado registraba 773. Como estos dos últimos residen esencialmente en la región pampeana, se explica la distinta evolución productiva. También se explica por qué dentro de dicha región declinó la agricultura y aumentó la ganadería, sin variar mayormente el total, pese a la necesidad nacional de que así ocurriera. En la región pampeana, como en el valor de las exportaciones, vuelve a predominar la ganadería, se va hacia atrás. Como la región trabaja la misma superficie desde 1920, los aumentos de producción no podían, como antaño, ocurrir por incorporación de tierras nuevas. Tampoco pudo aumentar el valor producido, a semejanza del período 1920-40, porque en ese período la agricultura (actividad menos extensiva) se expandió a costa de la ganadería (actividad más extensiva), mientras en la etapa que estudiamos ocurre a la inversa.
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Más adelante mostraremos la repercusión de estos hechos sobre la demografía. Digamos ahora que al retroceder la agricultura (chacra familiar) y aumentar la ganadería (estancia), cobra más volumen el trabajo asalariado. Entre 1937 y 1952 el personal permanente a sueldo pasa de 286.000 a 495.000 (73 %) de aumento, mientras productores y familiares ocupados en las explotaciones apenas un 9%. Una causa capaz de contrarrestar los factores enunciados hubieran podido ser fuertes aumentos con los rendimientos de la actividad agrícola y ganadera pampeana. Por desgracia, como bien lo puntualiza el cuadro N° 28, la productividad media total por hectárea tuvo discreto aumento entre 1935-39 y 1940-44, para retroceder ligeramente a lo largo de los años posteriores, cuando en todo el mundo ocurría contemporáneamente un considerable incremento de productividad.

Podrá parecer contradictorio que la productividad media total decaiga posteriormente a 1940-44, cuando no ocurre lo mismo con la de los sectores componentes, cuyo rendimiento actual, tras algunos altibajos, supera ligeramente al del período aludido. El fenómeno puntualiza una vez más la gravedad del acrecentamiento ganadero a costa de la agricultura; como aquélla posee menor productividad absoluta que ésta (127 pesos de 1950 por hectárea, contra 359, para el trienio 1955-57), aunque ambos rendimientos aumenten, al sustituir parcialmente la actividad más rendidora por otra que lo es menos, decae la productividad total de la región. También podríamos puntualizar que los mayores rendimientos agrícolas se deben en buena parte a que la reducción de área sembrada concentra la producción en las zonas más aptas y de por sí
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eleva los rendimientos medios, sin traducir mayor eficiencia técnica. A su vez, la ganadería siente el mismo efecto al ocupar campos anteriormente dedicados a la agricultura, por ende presumiblemente de mayor calidad que los netamente ganaderos. Además la mecanización permitió prescindir de 2,5 millones de equinos entre 1942 y 1957, que liberaron para la actividad directamente productiva otras tantas hectáreas. Por último, también influye como actor de aumento ajeno a la eficiencia técnica la expansión tambera, actividad más intensiva que la cría o engorde, y por tanto de más productividad intrínseca; corresponde repetir que este último proceso, saludable y grato, neutraliza en parte la pérdida de intensidad en las explotaciones, que supone la transferencia de agricultura a ganadería. En una palabra, el aumento de productividad de la tierra pampeana resulta nulo a lo largo de la época de la industria ligera, y los índices expuestos enmascaran una menor eficiencia técnica. Todo ello contradice las exigencias del progreso y choca con lo acontecido en el mundo, que señala la etapa de coexistencia agro-industrial como la de más firme intensificación en las formas de trabajo agrario.

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Como prueba rotundamente el cuadro N° 29, sobre 15 países para los cuales se pudieron obtener datos, Argentina es el que menor aumento de productividad agraria por persona acusa, superada por sus principales competidores en el mercado internacional, y también por sus principales adquirentes. Hasta naciones que atravesaron azarosas peripecias de guerra y posguerra la superan. También cabe destacar la evidente tendencia mundial a emplear cada vez menos personas en el campo; sólo nuestro país y Chile ocupan ahora más trabajadores que antes de la guerra. Pero la menor ocupación se compensa ampliamente por mayor productividad, emergente del intenso use de máquinas y técnicas modernas. Contradicciones tan profundas como las que hemos visto entre las necesidades nacionales y la realidad, así como entre lo ocurrido en el país y en otras naciones, advierten de por sí acerca de la gravedad del mal y también respecto a la profundidad de sus raíces. Hemos apuntado anteriormente la influencia que el factor precios ejerció sobre la negativa evolución agraria pampeana; pero no creemos que baste actuar sobre ellos para corregir la situación actual, producto de todas las complejas causas que procuramos reseñar a lo largo de estas páginas. En efecto, varios intentos oficiales se realizaron con ese propósito, como las reformas económicas de 1955 y 1958, sin lograr mayor cambio en el panorama agropecuario, pese al esfuerzo nacional que representaban. El cuadro N° 30 señala cómo la reforma impuesta a fines de 1958 colocó a los precios agropecuarios en mucho mejor posición frente a los demás sectores; pero las cifras de varios cuadros anteriores, así como la realidad de hoy, no acusa mayor impacto a tal estímulo. Al parecer, el efecto más notable, como en ocasiones anteriores, sería el aumento en los precios de los bienes que compra el productor agropecuario, lo cual acarrearía necesidad de aumento en los precios agrícolas y provocaría un proceso inflacionista. La única salida verdaderamente racional consiste en aprovechar los aumentos de precios para mejorar la técnica productiva, de modo que el mayor ingreso del productor provenga de incrementos en los rendimientos y no en los precios. Ello implica formas más intensivas de trabajo, lo contrario de la tendencia actual. Si los precios, con toda su fuerza motora, no consiguen estimular en forma adecuada y permanente la producción agropecuaria, fluye
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de por sí que existen deficiencias estructurales que anulan los efectos de tales estímulos. Una de ellas, obvia por su diaria presencia, consiste en que resulta inútil centrar el esfuerzo en un solo sector, si lo que flaquea es la eficiencia económica conjunta del país. No conviene olvidar que la Argentina cambió la estructura de su producción sin variar mucho su infraestructura, inspirada en otro esquema.

Empeñarse en rebajar los costos agropecuarios, por ejemplo, es tarea indispensable, pero aisladamente nada consigue por mucho éxito que tenga. Recordemos que sobre los precios de exportación o los que abona el consumidor de productos agropecuarios, el costo de producción representa generalmente una tercera parte, cuando mucho la mitad. Rebajar 20 % el costo de producción rural, con todo el esfuerzo que significa, repercute entonces menos que lograr rebajas menores en toda el proceso de comercialización que separa al productor del consumidor. Resolver problemas industriales, energéticos, de transportes o similares, puede repercutir más sobre el campo que sus problemas específicos, aunque la acción sea indirecta. Mientras un insuficiente desarrollo industrial obligue a otros sectores a ocupar más personas que las necesarias y haga invertir divisas que podrían servir para importar bienes de producción indispensables, continuará el estancamiento agrario, se producirá menos de lo necesario y muchas mejoras técnicas servirán, como hasta ahora, para producir igual con menos hombres, no para producir más , que antes.
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Circunscribiéndonos ahora a lo estrictamente agrario, destacaremos , en primer término que si el problema radica sustancialmente en aumentar los rendimientos de la tierra pampeana, única forma de aumentar su producción, pasa a primerísimo plano el mantenimiento y acrecentamiento de la fertilidad del suelo. Esto requiere, por cierto, mayor aplicación de técnica, pero las prácticas de conservación del suelo se basan en un uso prudente del mismo o en tratamientos especiales, objetivos ambos sólo factibles cuando existe adecuada estabilidad en la tierra por parte del productor, cosa que generalmente sólo ocurre con los propietarios. Por tanto, el régimen de breves arrendamientos, aparcerías y mediarías, que antes se adecuó a las necesidades del momento, caracterizado por incorporación constante de nuevas tierras, traba ahora el progreso pues no se adapta a una época que exige producir más , en igual superficie y con más capital. Anteriormente señalamos cómo la producción agropecuaria norteamericana aumentó mucho más que su población desde 1935-39 hasta nuestros días, a la inversa de lo acontecido entre nosotros. Veamos ahora un punto fundamental en la estructura agraria: el régimen de la tierra (cuadro N° 31) .

Estados Unidos y Argentina muestran declinación en el por ciento de propietarios hasta 1937; pero nuestro país registra una merma mucho más fuerte, pues comienza con una cifra mayor y llega al año indicado con otra muy inferior. Posteriormente se produce en e1 país
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del norte una recuperación que lleva hoy a índices superiores a los originales, mientras la Argentina también mejora, pero con ritmo lento. La trayectoria es la misma que acusa el respectivo progreso técnico, y puede decirse que resulta a la vez causa y consecuencia del mismo. Corresponde destacar que entre nosotros, como medida de emergencia para favorecer a los chacareros no propietarios, se resolvió prorrogar los contratos de arrendamiento y aparcerías, y regular los precios pactados entre las partes. La medida pasó a constituir casi una norma, pues rige prácticamente desde 1941. El criterio legal, lógico para breves plazos, comenzó con el tiempo a obrar en contra de los objetivos propuestos. Muchos arrendatarios y aparceros, con tierra barata por precios congelados, mano de obra cara por la competencia industrial, y bajos precios agrarios, se vieron casi compelidos a explotaciones cada vez más extensivas, que ocupaban menos gente y producían menos por hectárea. Prácticamente, todos permanecieron muchos más años de lo previsto en el campo, pero sin seguridad de ello, y por tanto sin aliciente para encarar planes de largo plazo. En no pocas ocasiones eso favoreció el monocultivo agotador, antes no realizado por la rotación arrendataria, agricultor-propietario estanciero. Tal rotación, buena desde el punto de vista técnico, no lo era considerando el aspecto social. Ahora la rotación debe efectuarse sin que cambie de mano la conducción del establecimiento, Otro aspecto de importancia radica en la superficie de los establecimientos rurales. Por desgracia, faltan datos precisos y suficientes, pero algunas estimaciones permiten ofrecer un cuadro aproximado de la realidad. Como el país abarca zonas muy variadas, circunscribiremos el análisis a la provincia de Buenos Aires, bastante homogénea en su calidad de tierra y de gran importancia en el conjunto nacional. El cuadro N° 32 resume los resultados de estimaciones o datos de censos. Como los censos sólo registran explotaciones, sin agruparlas cuando un mismo propietario posee varias, las cifras no representan sino la importancia que cada grupo de explotaciones reviste dentro del total; pero el grado de concentración según propietarios será mayor, aunque no puede precisarse la proporción. De cualquier modo, resalta que si existió una tendencia bastante fuerte a fraccionar las grandes explotaciones entre 1914 y 1937, efecto de la expansión agrícola, de ahí en adelante ésta cesó, al
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punto que los establecimientos con más de 5.000 hectáreas no han variado sustancialmente en su monto global y acusan discreto aumento de superficie conjunta en 1952.

El tamaño de una explotación no indica forzosamente que ella no se preste para una explotación racional, pero casi siempre las muy chicas, tanto como las muy grandes, atentan contra tal objetivo. Las primeras, porque su ínfimo tamaño no permite obtener ingresos suficientes, y entonces se esquilma la tierra; las segundas porque los ingresos globales son altos y permiten vivir bien con formas de trabajo más extensivas que el promedio. Esto se torna más evidente en aquellos casos en que la tierra es recibida por herencia o adquirida como simple inversión de excedentes de capital. En ambos casos no existe el acicate de lograr una retribución adecuada al capital invertido. Por otra parte, los beneficios de la gran empresa en la agricultura no son similares a los de la industria. La dispersión territorial que caracteriza las tareas agrarias y la índole propia de las mismas obstaculizan la dirección correcta de las grandes empresas, que por tal
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causa suelen eludir las formas de trabajo que requieren más personal. En cambio las grandes empresas pueden tener ventajas, porque generalmente se hallan en manos de empresarios con capital suficiente o que por su propia envergadura financiera tienen fácil acceso al crédito. Más adelante se tocará la influencia de uno a otro tipo de explotación en la estructura social. Genéricamente hablando, en definitiva, caracteriza a la gran extensión agraria un sistema de trabajo más extensivo que el común en la zona. Cifras censales compiladas en Uruguay así como ciertos estudios previos efectuados en el país, parecerían confirmarlo estadísticamente. En el país vecino ello motivó la sanción de una ley tendiente a estimular el aumento de la productividad en los grandes establecimientos. Sin duda, toda política agraria argentina, sobre todo para la región pampeana, ha de tender como objetivo fundamental al logro de una mayor productividad de la tierra. Procuraremos reseñar a continuación algunas primeras conclusiones inferidas de los resultados del censo de población efectuado en setiembre de 1960, que ponen bien en claro los efectos demográficos del estancamiento en la productividad agraria pampeana, agravado en muchos casos por la pérdida de grado de intensidad en las explotaciones. No se han dado a conocer todavía los datos de población urbana y rural, pero un índice de sus respectivas evoluciones puede extraerse considerando los habitantes que absorben los partidos o departamentos esencialmente urbanos de cada provincia. El cuadro N° 33 resume los resultados de comparar dichos datos con los pertinentes del censo anterior, efectuado en 1947. Pese a la posible deficiencia del censo último respecto a la Capital Federal —cuya población entendemos subestimada—, cabe advertir el fuerte proceso de urbanismo habido en 13 años. .Mientras la población concentrada en los principales núcleos urbanos aumentó 39 %, la del resto lo hizo sólo en 16 % . Dichos núcleos agrupan hoy 42 % de los habitantes de nuestro suelo, cuando en 1947 incluían apenas 37 %. En la región pampeana el proceso adquiere magnitud superior. Los núcleos urbanos se incrementaron 38 % y los restantes sólo 8 %. El área esencialmente no urbana se despuebla en La Pampa y permanece estática en Santa Fe y Entre Ríos. Profundizando algo más el análisis se verá que 19 partidos bonaerenses y 6 departamentos
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cordobeses, 5 entrerrianos, 15 pampeanos y 3 santafesinos (48 en total) acusan mermas de población superiores al 10 %.

Frente a tal desequilibrio, que alcanza su máxima expresión en La Pampa, las restantes provincias ofrecen un conjunto más armónico, con superior crecimiento urbano, pero satisfactorio incremento rural. Claro que tales cifras encubren situaciones particulares poco satisfactorias; pero hablamos aquí en forma genérica. Como bien claro quedó en páginas precedentes, la concentración urbana no implica peligro; constituye un proceso normal y saludable, pero siempre que la acompañe suficiente desarrollo agropecuario y armónica y equilibrada expansión industrial. Tales supuestos no se han dado en nuestro caso para el país en conjunto. En cuanto a sus principales regiones, la parte no pampeana experimentó un interesante desarrollo agropecuario, que explica el aumento de población no urbana, tan superior al de la región pampeana. Esta última sufre los efectos de las anomalías que señalamos. Una industria ligera excesivamente centralizada aumenta la hipertrofia del Gran Buenos Aires, y el estancamiento de la productividad del suelo, cuando no negativo desplazamiento de actividades menos extensivas
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por otras más extensivas, explica el despoblamiento rural. Aun las jurisdicciones que registran aumentos en ese aspecto no se salvan del éxodo, pues retener el aumento vegetativo le hubiera adjudicado una tasa de crecimiento mayor. Por otra parte, el método de cálculo empleado en vías de la simplicidad, sin duda encubre un despoblamiento rural mucho más serio. Consideramos interesante detenernos algo más en el caso de la zona maicera, constituída por el norte de Buenos Aires, sur de Santa Fe y sudeste de Córdoba, de acuerdo con la amplitud que alcanzara en sus momentos de mayor expansión. Ella ofrece la particularidad de hallarse en pleno centro de la región-cereal, muy próxima a grandes centros industriales, y de presentar condiciones ecológico igualmente favorables para los principales granos y ganados. Por tanto, la competencia económica entre las distintas actividades posibles juega papel fundamental en el tipo de tarea de sus habitantes. La superficie dedicada a cultivos no forrajeros —esencialmente granos para cosecha— experimenta notables reducciones a través del tiempo. Tal circunstancia se debe fundamentalmente a la merma del maíz, que absorbía durante la preguerra 52 % de las sementeras y bajó a 32 % hacia 1948-49. Posteriormente no se repuso, sino que continuó disminuyendo, acompañado también en su declinación por el trigo, que pese a todo mantiene el lugar conquistado a su costa. En síntesis, la zona maicera dedica hoy a cultivos agrícolas sólo 62 % de la superficie sembrada antes. Esa declinación se compensa parcialmente por mayor interés en forrajeras, índice de más ganadería. El total de la zona acusa una caída de superficie cultivada próxima a 600.000 hectáreas. Para apreciar el efecto económico y demográfico de tales cambios hemos calculado el valor bruto que produce una hectárea en la zona maicera destinada a distintas actividades, a los precios corrientes del mercado y de exportación, así como las respectivas demandas de trabajo (cuadro N° 35). Queda patente en el cuadro que los hechos señalados anteriormente (sustitución de maíz por trigo y de agricultura por ganadería) implican pérdida de intensidad en el grado de explotación agropecuaria, que se traduce en menor valor producido por hectárea; sea en pesos ó en divisas, y menor ocupación. No puede extrañar entonces que la región pampeana quede estancada en su producción
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global aunque aumenten algo los rendimientos parciales, que el país tenga menos saldos exportables y que el campo se despueble, sin que incida mayormente en ello la tecnificación.

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Sólo restaría agregar, respecto al cuadro, que si la población considerada de la zona maicera disminuye 7 % entre 1847 y 1960, posiblemente la merma en el ámbito netamente rural resulte superior, pues dentro del área es previsible un mayor nucleamiento en los centros urbanos; como complemento señalaremos el hecho anómalo que en la zona maicera haya 108 hombres cada 100 mujeres, y 103 en región cereal no urbana. Concluyendo, la zona maicera, constituída por las tierras más fértiles de la región pampeana, se despuebla ruralmente, no porque nuevas técnicas ayuden a producir más con menos gentes, sino porque esa mejora se utiliza en el mejor de los casos para producir igual con menos hombres y en el peor se produce menos con menos trabajadores. Ambos caminos empobrecen al país; sólo difieren en el ritmo. Dijimos bastantes páginas atrás que casi inmediatamente de comenzar el período de industria ligera —para muchos antes todavía—la Argentina entró en una etapa de frenado económico, por causas estructurales. El hecho surge con toda claridad cuando se advierte que entre 1925-34 el ingreso medio por habitante argentino equivalía al 73% del norteamericano y superaba ampliamente a todos los demás de Latinoamérica. Para 1949 el mayor ritmo de desarrollo imperante en Estados Unidos aumenta la diferencia, pese al progreso argentino, de modo que nuestro ingreso medio apenas llega al 38 % de aquél. Posteriormente se agrava la situación, y en la actualidad la proporción resulta de sólo 15 %, con un nivel compartido y aún superado por otros países latinoamericanos. Empero, la ventaja argentina reside fundamentalmente en su estructura social mucho más armónica, originada por una producción agropecuaria comercial, no de subsistencia, mecanizada desde sus comienzos por la escasez permanente de mano de obra. (Ver cuadro. N°36). Por ello, si bien el sector urbano de esos otros países compite con el nuestro, la diferencia se magnifica en el rural. Así, por ejemplo, el ingreso por persona ocupada en el sector agrario en América Latina promedia unos 400 dólares anuales, mientras en la Argentina supera los mil. Este índice mide en cierta forma la productividad agraria, pero si se quiere tener idea acerca del bienestar rural, habrá de recurrirse al ingreso medio por habitante en ese sector.

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Reducida a proporciones aritméticas, la relación entre ingreso por trabajador rural argentino y el de toda América Latina es de 2.5 a 1, pero la misma relación entre ingreso por habitante agrario se amplía hasta 4 a 1. Ello se debe a que en nuestro país la familia rural es menos numerosa, la mortalidad menor y por tanto la proporción de niños menor respecto al total de habitantes. Existen más personas en edad activa en relación con el conjunto, o sea que cada trabajador debe mantener a menos personas a su cargo. Señala el cuadro N° 36 que el ordenamiento de los países latinoamericanos, según su grado de urbanismo, proporciona cierta idea acerca de su nivel de vida, pero induce a errores, como el de dar gran preeminencia a Cuba sobre Brasil o México. Considerando la proporción de habitantes que integran la clase media tampoco se aclara el aspecto; en cambio, mucho contribuye el análisis de la estructura social en campo y ciudad. Surge de esa comparación, netamente, la gran superioridad de Argentina, único país que posee similar por ciento de clase media en ambientes rurales y urbanos. Los demás países muestran un campo pauperizado al extremo.

Tal circunstancia es el fruto de ese desarrollo agrario comentado poco antes, con establecimientos mecanizados de tipo comercial, y donde la agricultura en explotaciones familiares, pese a sus limitaciones, ocupa un lugar que casi no existe en el resto de América Latina. Esos mismos factores explican también que la productividad por persona ocupada en la industria sea para nuestro país 60 % superior al del sector rural, mientras en Costa Rica, El Salvador y

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Panamá la diferencia oscila alrededor del 150 %, para llegar a 360 % en México y 530 % en Honduras. De ahí, también, la gran importancia que reviste para nuestro país el desarrollo de esa explotación familiar (chacra o tambo), que robustece el tipo de estructura social comentado. La gran empresa, en cambio, como ocurre en esos otros países, polariza la estratificación social en sus dos extremos (grandes empresarios y obreros). La conveniencia social se une entonces a 1a conveniencia económica, que mostraba a la explotación media como la más indicada para lograr crecientes aumentos de productividad.

CONCLUSIONES El pensamiento rector de esta reseña evolutiva de nuestra producción agropecuaria, consiste en destacar como los pases de una etapa económica a otra estriban simplemente en la adecuación de los métodos de trabajo al aumento de productividad impuesto por la presión demográfica. Si tal objeto se cumple aumenta el nivel de vida o por lo menos se mantiene; si no se logra tal fin sobreviene el retroceso económico. La etapa actual de nuestra economía adolece de tres fallas fundamentales: 1) insuficiencia de producción agropecuaria por estancamiento en la productividad; 2) escaso a inarmónico desarrollo industrial por insuficiencia de ciertos sectores fundamentales; 3) desequilibrada expansión del sector servicios. Frente a ese esquema deficiente se esteriliza paulatinamente la actividad productiva de cualquier sector, se resiente la estructura social y se distorsiona el desarrollo demográfico.

ADVERTENCIA La finalidad de este trabajo —servir de guía para una discusión y enunciar las principales características de un proceso económico— motivó que se prescindiera de citar fuentes bibliográficas, sin que ello implique ocultar cuánto debe al pensamiento ajeno el autor de estas líneas. Queda éste a disposición de los interesados en conocer las fuentes de información utilizadas.
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SUMMARY The main thought of this historical sketch of our agricultural and cattle production consists in point out how transitions from one economic stage to other, rests simply on the adequateness of working methods to the increase of productivity imposed by demographic pressure. If this goal comes true, the standard of living increases or at least does nos fall of economic regresion sets in. The present stage of our economy suffers three fundamentals failures: 1) insufficiency of agricultural and cattle production because of stagnation in the productivity; 2) limited and inharmonious industrial development because of insufficiency of some fundamentals sectors; 3) unbalanced expansion of the services sector. Facing this defficient scheme productive activity detriorates itself on every sector, the social structure is weakened and demographic development is distorted.

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LA EXPANSIÓN GANADERA EN LA CAMPAÑA DE BUENOS AIRES (1810-1852)
TULIO HALPERIN DONGHI∗

En 1810 las zonas ganaderas litorales se hallaban más allá del Paraná y del Río de la Plata; eran el continente de Entre Ríos, la Banda Oriental del Uruguay. Frente a esas áreas en rápida expansión la ganadería porteña había quedado atrás; las tierras situadas en el hinterland de la capital virreinal eran juzgadas pobres y poco adecuadas para criar ganados. Cuarenta años después el “corredor porteño” del que hablaba Emilio Coni, la franja de chacras y estancias medianamente extensas al norte del Salado se ha transformado profundamente: un nuevo equilibrio económico y social ha dado un poder nuevo a los terratenientes. Pero sobre todo la campaña ha más que duplicado su extensión: al sur del Salado ha surgido, sobre un vacío demográfico y económico, una vasta zona de latifundio ganadero, donde los hacendados no han necesitado, para afirmar su hegemonía, desplazar a grupos rivales, donde se han hecho (o salvado) las más de las grandes fortunas privadas de la provincia existentes hacia mediados del siglo. Esta zona, cuya producción se orienta por entero a la exportación, pesa aún más de lo que el volumen de su economía haría esperar en la vida de la nación que va finalmente a constituirse: le aseguran esta situación por una parte la homogeneidad del grupo en ella hegemónico y su enraizamiento en la vieja clase política de la ex capital virreinal, por otra la atención que las potencias extranjeras, cuando se trata de fijar su política rioplatense, conceden a una zona que proporciona parte tan importante de los saldos exportables y del poder de compra que se vuelca en la importación. La expansión de la ganadería porteña tiene entonces consecuencias que van más allá de los cambios económicos que ella implica y que seguirán gravitando cuando el proceso expansivo se haya cerrado. En este estudio se quisiera ver, en primer término, cuáles fueron los mecanismos económicos que la hicieron posible y, en

Profesor Asociado Departamento de Historia, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
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segundo lugar, el marco social en que ella se dio y al que transformó radicalmente.

I CONDICIONES Y LIMITACIONES ECONÓMICAS DE LA EXPANSIÓN GANADERA ¿Qué innovaciones en el comercio exportador trajo consigo la revolución de 1810, capaces de influir en el proceso expansivo de la ganadería porteña? Dos son las esenciales: el comercio libre (anterior en unos meses a la revolución misma, consolidado y extendido en su área de vigencia por ésta) y la crisis de la ganadería en Entre Ríos y la Banda Oriental. La primera de esas innovaciones es bien conocida; más adelante se examinarán menudamente sus consecuencias. La segunda, en cambio, no ha sido suficientemente subrayada. Desde 1811 la Banda Oriental es el teatro de un alzamiento campesino destinado a durar largos años, a incidir con fuerza creciente en el orden vigente en las zonas rurales. La lucha contra los realistas primero, contra los portugueses luego, consume la riqueza ganadera, desordena los circuitos de comercialización. La Mesopotamia entra tres años después en un proceso sin duda al comienzo menos violento, a más largo plazo igualmente devastador. Por otra parte, las regiones ganaderas del este del Paraná y el Plata no sólo entran en liquidación frenética: se apartan, además, cada vez más sistemáticamente de toda dependencia comercial de Buenos Aires. Artigas impondrá rupturas del tráfico con la capital dominada por quienes lo colocan fuera de la ley; los portugueses harán de la zona ganadera oriental, a la que intentan devolver una ordenada prosperidad, un apéndice del Río Grande y de Montevideo; en Entre Ríos, en Corrientes, no volverá a haber, hasta después de 1830, una riqueza ganadera que pueda contribuir en parte importante a las exportaciones pecuarias rioplatenses. En estas condiciones el estímulo que significa la libertad de comercio se orienta, sobre todo, a las comarcas no tocadas por la guerra civil: entre ellas las zonas del Interior mejor ubicadas respecto del centro exportador de Buenos Aires (y la expansión de la ganadería desde Córdoba hasta Mendoza es señalada por los
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comerciantes británicos, que en 1824 redactan un admirable informe sobre la situación económica rioplatense como una de las más importantes innovaciones que la revolución introdujo en la economía regional1. Aún antes que ellas, la campaña de Buenos Aires al norte del Salado: en 1825 el coronel Paz, que ha estado hasta entonces luchando en el Tucumán, la atraviesa para participar en la guerra brasileña; en su Diario de Marcha observa complacidamente la prosperidad de las aldeas antes miserables; en todas partes se advierten los frutos de una economía más rica y pujante, en la que el viajero ve el resultado de la libertad política ganada con la Revolución (por qué ese resultado no se dio también en el Interior, cuya progresiva miseria tan bien conocía, en Entre Ríos, cuya desolación iba a conocer bien pronto, es cosa que Paz no se pregunta2. Pero es, sobre todo, fruto de este estímulo la ampliación de la campaña porteña; más allá de Chascomús, antes puesto de frontera, cruzando el Salado, se funda en 1817 Dolores, que veinte años después será un poblado de cuatro mil habitantes, destinado a sufrir el duro destino del vencido luego del alzamiento del Sur. Comienza así un ensanchamiento del área colonizada hacia el sur de Buenos Aires, que proseguirá intensamente en la década siguiente y consolidará sus ganancias territoriales gracias a la expedición al desierto de Juan Manuel de Rosas, en 1833. Sería sin duda excelente -pero por el momento imposible- conocer la parte que estas tierras nuevas tuvieron en la formación de los saldos pecuarios exportables. Las cifras que van a examinarse, si no nos dicen nada sobre este punto, servirán en cambio para aclarar cual fue el mecanismo económico que explica la expansión ganadera. La base de ella fue la exportación de cueros: a lo largo de la primera mitad del siglo XIX los cueros nunca constituyeron menos el 60 por ciento del total de exportaciones, en valor; muy frecuentemente proporcionaron más del 70 por ciento de ese total. El resto estaba constituido en buena parte por exportaciones complementarias de las de cuero: otros productos de la industrialización del vacuno, básicamente carne salada y sebo (pero también, por valores mucho menores, astas, huesos para botones y para abono,
Reproducido en R. A. Humphreys: British Consular Reports on the Trade and Politics of Latin America, 1824-1826 (London, 1940), pp. 27 y ss. 2 Diarios de Marcha del General José María Paz, ed. por el Archivo General de la Nación (Buenos Aires, 1938), p. 189.
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crin...) completan, hasta mediados de la década del 40, alrededor del 90 por ciento del valor total de las exportaciones. La aparición de nuevos rubros exportables vinculados con la ganadería vacuna, lejos de limitar la expansión de las exportaciones de cueros, la acentuaban: gracias a una explotación más completa del animal era posible seguir produciendo cueros con buen margen de ganancia; pese a que los precios internos del ganado tienden durante este período a subir y los mundiales del cuero se orientan, sobre todo a partir de 1830, hacia una lenta baja. Esa producción de cueros, como la de sebo, se dirige hacia el mercado europeo: el monopolio de consumo que tiene en la primera y segunda década revolucionarias Inglaterra va desapareciendo en las dos décadas sucesivas: ya hacia 1845 es el mercado continental, servido por Amberes y El Havre, el más importante para el cuero rioplatense: la aparición de Estados Unidos como centro consumidor y la tan curiosa y mal estudiada reaparición de España en el comercio internacional rioplatense, en el que alcanza participación muy alta a mediados del siglo para perder luego paulatinamente esa posición, van disminuyendo aún más la gravitación de Inglaterra como consumidora de productos pecuarios rioplatenses. Más importantes que esta diversificación de centros consumidores (limitada en sus consecuencias por el predominio británico en comercialización, cambios monetarios y créditos), es el papel secundario que en el mercado internacional tienen los productos rioplatenses: en toda Europa su aporte es complementario respecto del ruso; en Estados Unidos ocupa también lugar subordinado frente a la abundante producción local. Las consecuencias de esta situación son muy graves: el movimiento de precios mundiales tiene oscilaciones que no se relacionan con los cambios de la situación local; las vicisitudes más catastróficas de ésta sólo logran, por su parte, gravitar en grado mínimo en aquellas. El productor, el comercializador rioplatense, tienen que contar entonces con márgenes de ganancias que, aun pudiendo ser muy altos, sufren a la vez disminuciones bruscas a inesperadas. No tiene nada de extraño, entonces, que los movimientos de precios muestren tan poca influencia sobre la expansión de la producción. Sólo podríamos señalar un caso en el que, excepcionalmente, ese influjo se da: es el del sebo, orientado más que los otros rubros de exportación pecuaria hacia el mercado de Londres, que encontró en éste la competencia -invencible durante
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la década del 20- de las importaciones rusas, muy deprimidas en precio, y dominantes en el mercado gracias a la acción concertada de los importadores del Báltico. Pero, desde que, a partir de 1831, resurge la exportación de sebo rioplatense, su posterior expansión no debe su ritmo a los movimientos de precios mundiales; tiende a crecer con alternativas debidas a causas locales a incontrolables por los productores (sobre todo bloqueos y sequías), ignorando en cambio las que se originan en el nivel mundial de precios.3 Es lo que se advierte en la curva de precios internacionales y cantidades exportadas a Gran Bretaña que se ha trazado para cuero y sebo. Sin duda esta curva no es utilizable sino para el propósito de comprobar la independencia respectiva de los movimientos de precios y el monto de las exportaciones. Ello, sobre todo, porque las cifras de exportación rioplatense a Gran Bretaña representan mal -como ya se ha visto- las de producción de la campaña porteña. En efecto, por una parte Gran Bretaña importa una parte decreciente de los productos pecuarios rioplatenses; desde la posición de monopolio que tiene en la primera década revolucionaria, desciende a dominar alrededor de un 25 por ciento del mercado importador hacia mediados del siglo. Por otra parte, la producción porteña representa sólo una fracción de la rioplatense, que aquí ha sido tomada en su conjunto, porque para la mayor parte de estos años las estadísticas aduaneras británicas no distinguen las importaciones de la Confederación de las de la República Oriental, y porque; además, a través de esta última se vuelca una parte (variable según muy diversas circunstancias) de la exportación del Litoral de los ríos. Sin duda una y otra discrepancia entre producción porteña a importación británica se compensan más bien que se suman; cuando baja la participación británica en el mercado importador, aumenta la parte de la República Oriental en la exportación rioplatense, que en algunos de los años inmediatamente anteriores a Caseros casi iguala la dé la Confederación. Aun así, las cifras son sólo indicativas de las líneas dominantes en el proceso de expansión ganadera, y tienden a dar una imagen disminuida de sus últimas etapas. ¿Por qué se las ha utilizado? Porque no contamos, sino para algunos años del período, con cifras de exportación de la aduana porteña; y sólo para unos pocos de estos con cifras de importaciones a Buenos Aires a partir de
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La competencia ruinosa del sebo ruso, mencionada en informe de comerciantes británicos, citada n. 1, p. 48.
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las provincias del interior. Pero sobre todo porque las cifras empleadas muestran acabadamente el clima económico en que se dio la producción ganadera en todo el área rioplatense (y, por ende, también en la campaña porteña); una producción que no recibe su estímulo, ni ve frenado su impulso por los movimientos de precios; que además es incapaz de influir en éstos con sus propias oscilaciones es lo que estas curvas ponen en evidencia. Las fuentes de los datos utilizados en ellas son las siguientes: para cifras de exportación, las cifras registradas en Public Records Office (London), sección Customs, libros 4/7 a 4/47. Para precios se han confeccionado promedios trimestrales de las cifras publicadas semanalmente en el London Mercantile Prize Courant, a partir de 1818, año en que este semanario de precios corrientes comienza a registrar los de productos rioplatenses. Una y otra fuente son extremadamente seguras; han sido utilizadas con fines estadísticos, luego de riguroso examen, por Gayer, Rostow y Schwartz (The Growth and Fluctuation of the British Economy, 1790-1850, Oxford, 1953), para otras variables que las aquí consideradas. Los precios de cueros corresponden a la denominación Río de la Plata hides (dry) y se registran en peniques por libra inglesa de peso; los de sebo a la denominación Tallow (Río de la Plata), y se registran en chelines por quintal inglés. Las cifras de exportación de cueros se dan hasta 1823, según números de cueros exportados; a partir de esa fecha en peso, teniendo por unidad el quintal inglés; para la confección de la curva se han reducido las primeras cifras a quintales, aplicando la tasa de conversión de 8,57 cueros por quintal. Los análisis que anteceden nos han mostrado una expansión limitada, a veces frenada por vicisitudes climáticas o bélicas, pero a la vez no condicionada por los movimientos de precios mundiales: el aumento de producción aparece a veces como una respuesta al supuesto estímulo del alza, a veces como una respuesta menos esperable a la baja. Este rasgo (que se repetirá también posteriormente; por ejemplo, en la gran expansión cerealera de los primeros años de la década del 90, que se dio con precios mundiales muy deprimidos) no tiene nada de caprichoso: sólo una ganadería capaz de desenvolverse independientemente del mecanismo de precios mundiales podía sobrevivir a altibajos que, como hemos visto, eran independientes del volumen, de producción local.

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Pero una ganadería capaz de sobrevivir y expandirse en esas condiciones, debe reunir ciertas características que, en efecto, se dan en la rioplatense postrevolucionaria: ganancias muy elevadas y, sobre todo, modestas inversiones iniciales de capital. He aquí -al margen de consideraciones difíciles de comprobar sobre la falta de espíritu innovador de la clase terrateniente- una causa cierta del arcaísmo técnico que caracteriza a esta etapa ganadera. Este rasgo es acentuado aún más decididamente por la escasez general de capitales que la Revolución agrava: más que una balanza de comercio deficitaria, es la pérdida del papel de intermediario comercial respecto del Alto Perú y Chile lo que provoca esa involución; si la desaparición de los retornos metálicos que la reorganización comercial de las Indias había asegurado a Buenos Aires al orientar hacia el Atlántico la economía de su sector meridional tiene consecuencias tan graves, es porque Buenos Aires había logrado -cobrando a alto precio sus funciones de intermediario comercial- transformar a una parte importante de esa plata alto-peruana y chilena, de ese oro peruano en poder de compra para ella misma y su más cercano hinterland. En todo caso, eso ha desaparecido para no volver. Hasta 1825 la ruta de Potosí queda cortada; aun después de esa fecha la apertura del Pacífico Sur al comercio europeo impedirá que Buenos Aires recapture el de Chile y Bolivia. Su papel comercial sufre necesariamente como consecuencia de esto: Buenos Aires pasa a ser, sobre todo, el puerto de unas exportaciones ganaderas que en las últimas décadas coloniales sólo habían cubierto alrededor de un tercio del total del comercio exportador porteño. Sin duda -como se verá más adelante- otros hechos agravan este proceso: bastó, sin embargo, esta transformación de los circuitos comerciales en el sur de la América que había sido española, para provocarlo. ¿Basta esa decadencia del comercio, que amenaza la supervivencia misma de un capital comercial acumulado rápidamente en las últimas décadas coloniales, para explicar el vuelco a la ganadería?

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Las fechas mismas nos prueban que no es así: la crisis de los grupos comerciales surgidos en los últimos tiempos coloniales en torno a la importación y exportación, se produce en los años inmediatos a la Revolución; el impulso nuevo de la ganadería se hace sentir sobre todo a partir de 1820. ¿Por qué este retardo? Aparte de otras razones que podrían invocarse, acaso fundadamente, hay algunas estrictamente económicas que bastan para justificarlo. Antes de eclipsarse cómo rivales de la ganadería porteña, las zonas ganaderas del litoral consumen frenéticamente su stock: los ejércitos federales y porteños son devoradores implacables de ganado (setenta mil vacas arrastrará, por ejemplo, Ramírez desde Corrientes hasta

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Santa Fe, para asegurar el alimento a su ejército invasor, en 18214); la inseguridad impulsa, además, a los hacendados a liquidar, anticipándose a sus posibles saqueadores (uno de los estímulos que mencionan los Robertson para los estancieros correntinos que tantos cueros les vendieron durante el dominio artigueño5). Parece difícil que una explotación regular pueda competir establemente con esa desenfrenada liquidación, que mientras dura pone cueros baratos a disposición de los comerciantes. Sólo la conclusión de esta etapa deja a la ganadería de las zonas menos tocadas por la guerra civil en disposición de aprovechar por entero la ampliación de su mercado consumidor. A esa ampliación se responde con un crecimiento de la producción que, pese a sus altibajos, es el movimiento dominante durante treinta años, a partir de 1820. Este aumento a su vez deriva en primer término de la ampliación del área explotada; en segundo lugar, de una utilización más intensa de la mano de obra disponible: no surge en cambio, sino en medida mínima, de progresos en los aspectos propiamente técnicos de la explotación ganadera y las industrias con ella conexas. En cuanto a lo primero, cabría mencionar tan sólo el invento del balde volcador, cuya importancia, señalada ya por Pellegrini a mediados del siglo pasado, ha sido reiteradamente subrayada. El éxito de esta innovación se debe sin duda, en primer término, a su adaptación perfecta a las condiciones económicas de la expansión ganadera: aportaba un fuerte ahorro de mano de obra sin exigir inversiones apreciables de capital; aparecido en la década del 20, el balde volcador está destinado a difundirse cada vez más a lo largo de la etapa que estamos examinando.

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Aníbal S. Vázquez: Caudillos entrerrianos: Ramírez. Paraná, 1938, p. 163. J. P. y G. P. Robertson: Cartas de Sud-América, Buenos Aires, 1950, t. I, p. 108 y ss.
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En cuanto a la industrialización, la innovación más significativa es sin duda la grasería, el “vapor”, que no sólo se incorpora al saladero,
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sino también se difunde por la campaña en la década de 1830, por iniciativa de hacendados y acopiadores locales. Pero en uno y otro aspecto las innovaciones no logran cambiar profundamente el nivel técnico de la explotación. ¿Por qué no? Se ha señalado muy reiteradamente un motivo: los centros consumidores exigen sobre todo productos de una ganadería de nivel técnico bajo: cueros gruesos de ganado rústico, carnes fibrosas más adecuadas para la salazón. Hay también otro motivo acaso igualmente decisivo: la expansión en nuevas tierras ofrecía perspectivas de grandes ganancias sin las inversiones iniciales que el progreso técnico supone. En efecto, el costo de las tierras nuevas es muy bajo, el de su conquista, llevada adelante por un estado cuyos recursos derivan sobre todo de impuestos a la importación, sólo en parte muy escasa es costeada por el grupo terrateniente. Sin duda esa expansión debe plantear un problema de mano de obra: esta es ya escasa al comenzar el proceso y corre riesgo de hacerse cada vez más cara. Pero -como se verá más adelante- en lo que toca a la mejor utilización y disciplina de la mano de obra, el grupo terrateniente demostró más espíritu innovador que en cuanto a la técnica productiva. Las mismas exigencias de baja inversión inicial rigen en las actividades industriales relacionadas con la ganadería, y en primer término en la más importante de todas: el saladero. En el primero de todos los establecidos en la banda porteña del Río de la Plata, el que en 1810 abrieron Staples y McNeile en Ensenada, los costos de instalación son inferiores a $16.300; (está suma incluye también una parte no especificada correspondiente a adquisición de sal); lo gastado en compra de ganados y en jornales durante los dos primeros años llega a $36.500;6 se advierte muy claramente la parte relativamente baja que tienen en las inversiones los costos iniciales de instalación respecto del capital en giro. Aun más modesta es esa parte en saladeros establecidos en la primera etapa de auge: el de Dorrego, Rosas y Terrero, abierto en noviembre de 1815, al concluir en primera etapa de producción intensa (que para los saladeros se da en los primeros meses del año), el 23 de mayo de 1816 ha invertido $2009 y 3 y medio reales en la instalación del establecimiento y

Alfredo J. Montoya: Historia de los saladeros argentinos, Bs. Aires, 1956, p. 35.
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$10.823 en gastos de negocio y compras.7 Más tardíamente el rasgo perdura: los cálculos que en 1840 realiza para Urquiza un francés de Montevideo sobre inversiones y ganancias de un saladero con grasería que utilizaría maquinarias importadas de Francia y se instalaría en una de las estancias del futuro gobernador, ubicada “sobre un arroyo navegable”, incluyen costos de instalación de $3.200 plata y gastos para el primer año de funcionamiento de $10.700 (éstos últimos probablemente calculados demasiado bajo, en especial en cuanto a salarios de obreros que sería preciso buscar fuera de Entre Ríos).8 Las cuentas de gastos del saladero del Reloj, de Senillosa y Mansilla, nos dan para los años 1845-52 (relativamente malos para la producción saladeril porteña) un cuadro algo confuso, que nos muestra ya ciertas atenuaciones de la situación inicial, insuficientes sin embargo para invertir la relación entre costos de instalación y de explotación. El Saladero del Reloj ha sido comprado en funcionamiento a Armstrong por la sociedad Senillosa y Mansilla en 1845, por 8.500 pesos fuertes; los nuevos propietarios lo amplían paulatinamente, hasta tener invertidos en él en 1852 44.278 pesos fuertes (que incluyen el monto de la compra inicial). En 1852, en los meses de enero a abril, el saladero gasta en compra y beneficio de ganados $1.360.000 papel, equivalentes a $77.071 fuertes (sobre la base de una cotización de $299 la onza de oro).9 Todavía en esta etapa final de la expansión de la ganadería vacuna, si la relación entre inversiones y ganancias no es ya la que había sido treinta años antes, la de costos de instalación y explotación permanece sustancialmente incambiada: los de un año de explotación siguen superando a la inversión inicial necesaria para crear el establecimiento. La producción y la industrialización del vacuno se desarrollan entonces con bajos costos de instalación. En cuanto a la primera la relación entre éstos y los de explotación es diferente de la que acabamos de ver: pese a la relativa modestia de la inversión inicial (de la que la mayor parte es exigida por la compra de ganados para poblar la estancia) los gastos de explotación son aún más reducidos. No tiene entonces que extrañarnos que la ganancia en uno y otro rubro haya sido a lo largo de todo el proceso expansivo muy alta: los
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AGN, VII, 7-7-12 Archivo Urquiza, AGN, VII, 16-2-11. Cálculo del costo y producto del saladero, en Archivo Senillosa, AGN, VII, 2-5-6.
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cálculos entonces usuales preveían provechos anuales del 30% de la inversión inicial de capital para las estancias; estos cálculos se basaban en asignar toda esa inversión e compra de ganados y prever una matanza anual limitada sólo por la necesidad de mantener el stock inicial: se juzgaba que sólo cuando ésta excedía de un tercio del total comenzaba a amenazar el nivel de población animal de la estancia. Ahora bien, estos cálculos excesivamente aproximativos son embargo inesperadamente exactos; pese a la existencia de años malos, causados por catástrofes naturales o comerciales, y no previstos por ellos, la tasa de ganancia que suponían era en efecto alcanzada con frecuencia por la ganadería vacuna ¿Por qué? Acaso porque la matanza normal excediera ese tercio sin amenazar el mantenimiento del stock originario: esos cálculos demasiado prudentes juzgaban peligrosa para el mantenimiento de la población vacuna toda matanza de vacas; éstas comenzaron sin embargo a ser sacrificadas con cierta frecuencia en la década del 20, y pese a ello el stock provincial de vacuno no dejó de crecer. Estos cálculos tan simples se apoyaban además en otra hipótesis que hasta el fin de la década del 30 seguía correspondiendo a la realidad: el costo de instalación de una estancia era el del ganado que debía poblarla; el de la tierra no era ni aún tomando en cuenta. Era precisamente ésta una de las consecuencias de que la expansión ganadera se realizase mediante apropiación de nuevas tierras. En cuanto a la industrialización de productos ganaderos, su tasa de ganancia parece haber sido decreciente: si el saladero de Rosas, Terrero y Dorrego obtuvo en año y medio de gestión una ganancia que más que duplicaba el capital invertido; los papeles de Senillosa nos muestran tres décadas más tarde una situación muy distinta: la ganancia es escasa y durante largos períodos nula. Sin duda, causas ocasionales agravan durante la etapa reflejada en los libros de Senillosa la situación de la industria saladeril, que años después volverá a conocer tiempos más prósperos. Pero aparte de estos altibajos el provecho decreciente en las actividades industrializadoras deriva de un hecho al parecer ineliminable: las ganancias iniciales pueden ser tan altas porque derivan de obtener provechos adicionales en la explotación de un ganado cuyo nivel de precios deriva de una etapa en que aún ese rubro de industrialización no había sido explotado; pero la industrialización misma conduce a un reajuste de ese nivel de precios, que comprime las ganancias del industrializador.
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Esta disminución de las ganancias puede corregirse mediante la incorporación de nuevos rubros de industrialización (es el caso de las graserías que los saladeros instalan luego de 1830); puede agravarse por la aparición de industrias rivales en zonas que están pasando más tardíamente por la misma expansión ganadera (es probablemente el caso de la industria saladeril porteña luego de 1845 respecto de la de Entre Ríos y Río Grande). Las altas ganancias que al comenzar la expansión ganadera rinden la producción y la industrialización de ganados van acompañadas de provechos igualmente altos en la comercialización en nivel local. Sin duda, como se verá más adelante, la afirmación de la hegemonía de los terratenientes en la campaña restará gravitación social a los comercializadores, hará a veces de éstos meros agentes de aquellos; no por eso la función económica que desempeñan, se ve necesariamente mal recompensada. De modo excepcional los papeles de Senillosa nos han conservado las cuentas de una pulpería del partido de Dolores, cuya administración era, según las lamentaciones de uno de sus propietarios, excesivamente descuidada. Pese a ello un capital inicial de $12.000 ha rendido al cabo de tres años -entre 1836 y 1839- una ganancia neta de $19.378. La cifra resulta menos impresionante si se toma en cuenta la desvalorización del papel moneda, intensa en esos tiempos de bloqueo; cómo contrapartida de esto, sin embargo, el mismo bloqueo disminuye la capacidad de consumo de una campaña que no puede ya vender sus frutos -”la pulpería no vende nada por la pobreza que hay”- anota el mismo plañidero copropietario el 2 de enero de 1839.10 Las altas ganancias son entonces uno de los rasgos dominantes de esa expansión ganadera: explican no sólo el triunfo de las inversiones en el sector rural sobre los modos de inversión rivales, sino también el brusco aumento en la demanda de capitales que esa expansión provocó, y se tradujo de inmediato en una subida -destinada a durarde las tasas de interés corrientes. En efecto, éstas, que se hallaban al nivel del 6% en actividades comerciales durante los últimos años de la colonia se mantuvieron en el mismo nivel a lo largo de la primera década revolucionaria; la escasez cada vez más grande de circulante no pudo afectarla dado el clima de contracción económica que caracterizó a esa etapa. Pero en 1820 se da un cambio brusco, notado esta vez con exactitud en las no siempre precisas memorias
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AGN, VII, 2-5-6 (correspondencia de Castaño a Martina Reyes).
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de Iriarte y reflejado por otra parte en libros comerciales como los de Santa Coloma y sucesores. El interés subirá durante largos años por encima del 18% anual, y duplicará en algunos momentos esa tasa ya tan elevada. Iriarte señala muy justamente la causa de esa brusca demanda de capitales: es la expansión de la ganadería, que se acelera súbitamente en ese año revuelto.11 El interés en la inversión rural va acompañado y es en parte la consecuencia de la crisis que la revolución provocó en los modos de inversión de capital más prestigiosos en los últimos tiempos coloniales ¿Cuáles eran éstos? El comercio de importación y exportación; las fincas urbanas; las compañías metropolitanas: El prestigio de estas últimas como inversión segura no podía sobrevivir a la crisis de la unidad hispánica: los papeles de la compañía de Filipinas quedaron como resto melancólico de un pasado mejor en el patrimonio de más de una casa porteña que había sido rica o seguía siéndolo. Las fincas urbanas, que eran otra de las formas de inversión juzgadas seguras, perdieron también importancia luego de la revolución. Tal como ha mostrado José Torre Revello, durante las últimas décadas coloniales se hizo común en Buenos Aires la construcción de casas pequeñas para alquiler; cuatro, cinco casas de plano idéntico eran construidas la una junto a la otra por un solo inversor, a veces adosada a la casa de más señoriales proporciones que se hacía construir para sí. La revolución hizo más lento el proceso; casas como la de altos que hizo construir para renta el ex-director Pueyrredón eran más admiradas que imitadas. ¿Las causas? sólo como conjetura podría mencionarse una crisis de mano de obra: la clase baja libre urbana fue, junto con los esclavos, fuente abundante de soldados para la guerra de independencia. Mejor comprobada está la baja en el rendimiento de las inversiones inmobiliarias: si las casas de lujo eran excesivamente caras (pero apenas si se las construía para alquilar) las destinadas a un público medio y pobre no aumentaban su renta con el mismo ritmo que el nivel general de precios: este hecho se hizo más notorio desde que el papel moneda introdujo una inflación permanente. Eso explica la disgregación de algunas buenas fortunas que, habiendo conservado su estructura colonial, resistieron mal al nuevo clima económico: así

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T. de Iriarte, Memorias, t. III, pp. 35-36.
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la muy importante que Rivadavia había heredado de sus padres; la de Mariquita Sánchez.12 Sin duda la inversión en empresas comerciales no había disminuido sus rendimientos como consecuencia de la Revolución; pero hubo aquí una transformación profunda de los grupos mercantiles: los que habían dominado la ruta de Cádiz se adaptan mal a estructuras comerciales que se orientan ahora hacia Liverpool; la primera década revolucionaria está cubierta por esta penosa readaptación; sólo los que aceptan un papel subordinado y complementario al lado de los comerciantes ingleses que en quince años se hacen dueños del mercado logran sobrevivir a ese proceso. Precisamente una forma de adaptación a la situación nueva es la vuelta hacia el campo que ejecutan a partir sobre todo de 1820 algunos de los grandes comerciantes porteños de arraigo colonial. Pero no son ellos los únicos que vuelcan los frutos de una rápida capitalización en empresas ganaderas; junto con ellos son los comerciantes extranjeros los que también participan en la expansión del sector rural porteño ¿Por qué? Aparte las ganancias altas y relativamente estables influye aquí la estructura misma del comercio internacional rioplatense, constantemente deficitario: aun antes de que se produjera el agotamiento del metálico por pérdida de su fuente peruana ya su encarecimiento local disuadió de completar totalmente con él las exportaciones: de allí la existencia de un desequilibrio que, contra lo que suele suponerse, no se cubría ni antes ni después de las prohibiciones de 1837 con remesas de metálico. Se da así una suerte de inversión constante de capital comercial extranjero, que se traduce, (a la vez que en otros hechos bien conocidos, como la emigración a Londres de las acciones del Banco de Descuentos)13 en el establecimiento de empresas ganaderas por los comerciantes extranjeros instalados en Buenos Aires, que actuaban más a menudo
José Torre Revello: “La casa y el mobiliario en el Buenos Aires colonial”, Revista de la Universidad de Buenos Aires, tercera época, V, 1945. V. sobre tdo láminas 8, 10 y 12. Sobre Rivadavia: Piccirilli, Rivadavia y su tiempo, Buenos Aires, 1943, II, p. 480 y ss. Sobre las vicisitudes económicas de Mariquita Sánchez hay material abundante en su epistolario (Biografía de una época. Cartas de Mariquita Sánchez, ed. por Clara Vilaseca, Buenos Aires, 1952). 13 A la que alude ya Manuel García en el debate sobre creación del Banco Nacional, en enero de 1826. Asambleas Constituyentes Argentinas, II, Buenos Aires, 1937, pp. 505-7.
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de lo que suele creerse como agentes de casas comerciales metropolitanas. Tal como observaba en 1836 un impetuoso cónsul francés, ese comercio deficitario estaba lejos de ser ruinoso para la economía rioplatense; los saldos en contra podían, según él, llamarse más legítimamente saldos a favor...14 Visto en otra perspectiva: los saldos en contra eran financiados por el lento apoderamiento de sectores importantes de la producción por los grupos mercantiles extranjeros dependientes de sus comitentes metropolitanos. El mismo rasgo puede observarse, por otra parte, en cuanto a las actividades industriales: son comerciantes ingleses los que comienzan la actividad saladeril en la orilla porteña del Plata, y hasta mediados de siglo otros comerciantes del mismo origen mantendrán papel importante en ella. De este modo las formas de inversión tradicionales o pierden atractivo o hallan en la inversión ganadera su complemento necesario. Juntó con este modo de inversión la Revolución hizo madurar otro, en rigor esbozado ya a lo largo de los reajustes del sistema comercial que la crisis del comercio mundial a partir de 1795 había provocado: la inversión especulativa, que se vuelve rápidamente de un rubro a otro, a la espera de ganancias excepcionalmente elevadas. Los últimos años coloniales asistieron a un avance de la especulación, unida todavía casi exclusivamente a la actividad mercantil: la apertura de mercados nuevos, el cambio frecuente del régimen legal para el comercio rioplatense abren nuevas posibilidades en este sentido; junto con ellos se da al decir de Manuel Belgrano, una deplorable decadencia de la buena fe en los negocios.15 Esa especulación, todavía mercantil, se hace cada vez más audaz, y busca influir por presiones o corrupción en un aparato administrativo ya muy debilitado en su eficacia por la crisis general de la monarquía española. La Revolución, creando un poder aún más débil frente a los sectores capaces de ejercer presión económica sobre él, no podía sino acelerar este avance de un estilo de comerciar guiado por criterios especulativos. Al mismo tiempo la miseria crónica del estado creó un nuevo rubro, bien pronto importante para los
Archive du Quai d’Orsay: Correspondance Commerciale Buenos Ayres, 2. ff. 382-4. 15 “Modo de sostener la buena fe en el comercio” (de setiembre de 1810), en M. Belgrano: Escritos económicos, ed. Gregorio Weinberg, Buenos Aires, 1954, p. 204.
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especuladores: los vales de aduana, luego los fondos públicos; por fin el papel moneda, todos de valor oscilante, fueron la base de una especulación propiamente financiera que, combatida intermitentemente y sin vigor por los gobiernos, estaba destinada a durar a lo largo de toda la etapa de expansión de la ganadería vacuna. Pero esa actividad especulativa no se daba independientemente de otras: de la comercial en, primer término (es excepcional que los especuladores sean designados en forma precisa, cuando así ocurre los acusados son también comerciantes). Esto era así porque, si la especulación era rendidora, era a la vez riesgosa, pero también porque eran otras actividades económicas las que ponían en condición favorable para ejercer la especulativa. Para la especulación comercial esto es evidente: son, junto con los acopiadores y exportadores, los grandes productores pecuarios los que (con sólo practicar una política de ventas guiada por las oscilaciones de un mercado demasiado pequeño para no vivir en medio de constantes desequilibrios) prolongan el comercio en especulación. Para la financiera esto es menos evidente pero no menos cierto: son sobre todo los grandes comerciantes importadores y exportadores, acreedores del pequeño comercio local, obligados al principio a aceptar los dudosos papeles de que el estado atiborra por acto de imperio a sus súbditos, los que terminan por hacer de esa imposición de la necesidad una nueva fuente de provecho y cosechar -por ejemplo- casi todos los beneficios de la conversión de deudas por emisión de títulos del Estado a partir de 1821 y de la posterior valorización de esos títulos.16 Son esos mismos grandes comerciantes, puestos en necesario contacto con plazas extranjeras, los que proporcionan papeles de cambio para esas plazas y se ocupan del movimiento del metálico, aun en plena prohibición de exportaciones.17 Estos dos rubros de actividad bordean ya la
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En T. de Iriarte, Memorias III, p. 48, se reseña el destino de las indemnizaciones pagadas en títulos del estado a los oficiales retirados por la reforma militar. En el Congreso Constituyente de 1824, al discutirse el problema del reconocimiento de las deudas del Estado se admite sin discrepancias que sus titulares no son ya los primeros. acreedores. V. Asambleas Constituyentes Argentinas. II, Buenos Aires, 1937, p. 662. 17 Los ejemplos que muestran como la exportación de metales prosiguió pese a la prohibición son múltiples; exportar metálico es una de las actividades habituales de Senillosa, comerciante y hacendado pero también miembro de la legislatura y alto magistrado judicial durante la época de prohibición de saca de metal (V. p. ej.:
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especulación y la originan cada vez que un brusco cambio en la situación del mercado financiero local lo hace posible. Más que rival, la inversión especulativa es entonces complementaria de la pecuaria o comercial. He aquí un aspecto más de una economía que a la vez que se caracteriza por su carácter dinámico resuelve a lo largo de su expansión sus desequilibrios originarios. Este rasgo se traduce también en el plano social: la expansión ganadera da lugar en el ámbito porteño a una sociedad más homogénea que la colonial; los conflictos latentes en esta evidentes ya en los últimos años del régimen virreinal, luego de un agudizamiento que llena la primera década revolucionaria, se atenúan progresivamente gracias a la expansión, a la que debe la clase terrateniente su creciente hegemonía que no se afirma sin embargo -salvo los momentos iniciales- en lucha con otros sectores de clase alta de más antiguo prestigio. Pero ese desenlace lleno de armonía no se explica tan sólo por consideraciones estrictamente económicas; un examen del contexto social en que el proceso se da nos permitirá sin duda entenderlo mejor.

II EL MARCO SOCIAL a) En nivel local. En las últimas décadas coloniales la campaña de Buenos Aires, entre el Plata y el Salado era, se ha dicho ya, una zona juzgada sólo mediocremente dotada para la ganadería. Causas naturales explicaban la reconocida inferioridad de la campaña porteña frente a las nuevas tierras situadas más allá del Paraná y el Plata: las colinas entrerrianas y orientales con sus cursos de agua que servían a la vez para bebida y rodeo de los ganados eran más adecuadas para una explotación ganadera de nivel técnico muy primitivo que la pampa bonaerense con sus malos desagües. No sólo motivos históricos explican entonces que dentro de esta última haya sido el sector nordeste, menos monótonamente horizontal y dotado por ende de un

carta de Senillosa a Negrón, su corresponsal en Montevideo, de 3 de enero de 1846, en Archivo Senillosa, AGN, VII, 2-5-7).
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sistema hidrográfico orientado hacia el Paraná, el que más pronto fue poblado. Esa inferioridad de la ganadería porteña estaba lejos por otra parte de apoyarse tan sólo en motivos naturales: los históricos eran aún más importantes. En primer lugar la articulación diferente con las zonas aledañas. Mientras Entre Ríos no tenía frontera indígena, mientras la Banda Oriental utilizaba los restos de su población autóctona como uno de los elementos intermediarios en el comercio clandestino con el Brasil (que si incluía una esporádica actividad de saqueo era a la vez una de las causas apenas secretas de la prosperidad ganadera local) la frontera significaba para la campaña porteña una desventaja sin contrapartida positiva alguna: si en el período 1780-1810 hubo en ella una relativa paz, ella se mantuvo a costa de la detención del avance poblador en la línea del Salado, protegido mediante el sistema de poblaciones y fuertes fronterizos comenzado a organizar en la primera de esas fechas. Detrás de esa línea la campaña de Buenos Aires estaba dividida en propiedades de extensión media (norte y aledaños de la ciudad), pequeña (oeste) y grande (sur). Estas diferencias (aquí esquematizadas; en los hechos considerablemente atenuadas por excepciones muy numerosas) iban acompañadas de una parcial diferenciación de funciones: el oeste (Luján, Lobos, Guardia de Luján) y algunos oasis del norte (San Isidro) eran centros predominantemente cerealeros; al norte y al sur el predominio de la ganadería iba acompañado muy frecuentemente -aún en las grandes propiedades- de actividades agrícolas. Pero este sector rural no era tan sólo el hinterland agrícola-ganadero de la capital; era, según la ya recordada expresión de Emilio A. Coni, el “corredor porteño”, una zona de tránsito para el comercio con el interior. De allí actividades de trasporte (concentradas en los pueblos de carreteros: Pilar, Luján) actividades mercantiles que tuvieron ya importancia antes de que la campaña alcanzara una modesta expansión como, centro productor agrícola-ganadero. División de la propiedad, diferenciación de la producción son factores que debilitan a los productores frente a los comerciantes: más que la participación en el comercio a larga distancia es la alta parte de lucro que logran extraer de la comercialización de productos locales lo que explica la gravitación alcanzada por éstos. Esta comercialización en los últimos tiempos coloniales no tiene como
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destinatario principal el mercado ultramarino: la agricultura se orienta al consumo local; en cuanto a la ganadería, si produce cueros que de un modo a otro alcanzan a los centros europeos, produce también carne para ese importante consumidor que es Buenos Aires; hasta la aparición del saladero la carne será un producto destinado exclusivamente al mercado local; hasta después de 1820 la gravitación del saladero seguirá siendo mucho menor que la de la ciudad de Buenos Aires en cuanto al volumen de los consumos. La hegemonía de los comerciantes en el nivel local de la sociedad campesina porteña se halla bien reflejada, por ejemplo, en las experiencias de Gillespie. Prisionero luego de la primera invasión, Gillespie es confinado sucesivamente en San Antonio y Salto de Areco. Alojado en su condición de oficial en las casas más decorosas, se instala en San Antonio en el granero de propiedad de un comerciante y acopiador; en Salto pasa de la casa de un teniente-alcalde que tiene tienda a la de otro tendero, un portugués. El inventario de relaciones que establece el confinado en la clase alta local es igualmente revelador: los contactos más frecuentes los tiene con un molinero próspero y con otro comerciante portugués enriquecido en tratos algo turbios con los indios. Junto con ellos abundan los funcionarios subalternos que utilizan su preeminencia para sacar ventaja en tráficos comerciales regulares, clérigos ilustrados y otros que no parecen serlo tanto. Sólo vemos aparecer a dos hacendados, dos hermanos instalados a orillas del Paraná en tierras de Areco; pese a lo extenso de sus tierras (el primero tiene una estancia de cuarenta y dos millas cuadradas) pese a que el estilo de su explotación muestra que estos hacendados están más abundantes de lo que es habitual en riquezas muebles (practican la agricultura con mano de obra esclava; el más rico de los hermanos es dueño de ochenta negros), pese a todo ello estos hacendados no parecen a Gillespie socialmente superiores a los pulperos de los que ha hecho su compañía habitual.18 Otro observador británico, J. P. Robertson, esbozó una explicación muy aguda para esa hegemonía comercial: “...La influencia ejercida por el comerciante en una campaña de escasa población y por lo tanto nómade, es mucho mayor que la influencia ejercida por el estanciero. Solamente después que el comercio, reuniendo a los
A. Gillespie: Buenos Aires y el Interior, trad. C. A. Aldao, Buenos Aires, 1921, pp. 107-8, 112-13, 126.
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hombres para proveer a sus necesidades mutuas, aumentó la población y permitió a los propietarios de tierras tener labradores y arrendatarios que le aportaran una renta, solamente entonces puede decirse que el estanciero poseyó realmente su campo, acrecido en su valor; solamente entonces tuvo más rango, riqueza a influencia que el mercader; porque la fortuna del mercader se halla siempre expuesta a naufragar en la especulación y subordinada a otros riesgos y contingencias”.19 Esa nueva etapa aun no se había abierto, según Robertson, en Corrientes en 1815; no había llegado tampoco para la campaña porteña hasta 1810. Pero había en ésta un intenso comercio; éste debía (según lo señalaba Robertson) conducir a una valorización de la producción rural y de la tierra que corrigiese a largo plazo la inferioridad de los hacendados frente a los comercializadores. ¿Por qué nada de esto parece darse en la campaña porteña? Sin duda por la gravitación que en la comercialización de los productos del campo conserva el consumo local, relativamente poco elástico: este no ofrece alicientes a una expansión sostenida de la producción cuyos provechos futuros impulsen al comerciante a renunciar a sus altos márgenes de ganancia actuales. Por al contrario el lucro presente y futuro lo encuentra el comerciante aumentando al máximo sus márgenes de ganancia: pagando lo menos posible al productor, manteniendo un nivel de producción más adecuado para no producir abundancia y derrumbe de precios en los años buenos que para asegurar contra la escasez en los malos. Para lograr estos propósitos encuentra el comerciante de la campaña porteña facilidades proporcionadas por la existencia de pequeños productores que -ya sea vendiendo sus productos en condiciones que su debilidad económica hace desfavorables, ya actuando como agentes de los comerciantes en el robo de los grandes productores- son el punto de partida para un sistema de comercialización de la producción rural en su conjunto capaz de dictar sus términos también a los grandes productores. Esta situación fue vista muy claramente por los economistas de nuestra tardía ilustración: el Correo de Comercio de Belgrano subrayó reiteradamente los peligros que las pequeñas explotaciones (por ínfimos propietarios o por ocupantes sin título) creaban para el desarrollo económico de la campaña. Pero esa hegemonía de los comercializadores podía recurrir tan
J. P. y G. P. Robertson: Cartas de Sud América, Buenos Aires, 1950, t. I, pp. 249-50.
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abundantemente a medios ilegales porque el aparato militar y judicial que controlaba la campaña se identificaba con ella: funcionarios civiles y militares hallaban en los tráficos más o menos lícitos complemento para su escaso salario; no era infrecuente que ellos organizaran, o protegieran a cambio de soborno, los sistemas de captación ilegal de frutos del campo basados, por ejemplo, en las tan denunciadas y tan inútilmente combatidas pulperías volantes. Sin embargo esa hegemonía así consolidada se apoyaba en último término, como se ha señalado ya, en las características del mercado consumidor en la etapa en que el ultramarino no dominaba decisivamente los desemboques de la producción rural porteña. En estas condiciones la hegemonía de los comercializadores en nivel local no se prolongaba en contactos estrechos con grupos de gran comercio de Buenos Aires: estos últimos, dedicados a la importación ultramarina para un mercado que llegaba hasta Puno y Santiago de Chile, dedicados a una exportación en que el metálico predominaba sobre los cueros (que por otra parte eran obtenidos más fácilmente en Entre Ríos, en la Banda Oriental o en Corrientes que en la campaña porteña) no necesitaban de la colaboración estrecha de los comerciantes rurales; aún se ocupaban menos de los hacendados y agricultores de la campaña porteña. Sin duda el desbarajuste del comercio mundial luego de 1795 y el florecimiento de la especulación que fue en Buenos Aires su consecuencia cambió en algo esta situación originaria: antes que la ganadería vacuna, (que sufría sobre todo las consecuencias negativas de esa crisis comercial mundial) antes también que el comercio mular -cuyos circuitos escapaban al control del gran comercio porteño- era la agricultura (que, pese a su alto costo de producción halló ahora mercados en el Índico) la que estableció algún contacto entre pequeño comercio local y gran comercio exportador-importador de la capital. Pero estos contactos no eran lo bastante duraderos como para provocar comunidades o rivalidades permanentes de intereses entre ambos grupos. El resultado era que la ciudad se interesaba bastante moderadamente en su campaña; sólo sectores de gran gravitación en ésta, pero de posición relativamente secundaria en la vida urbana (panaderos, comerciantes de granos, abastecedores) aseguraban el contacto entre uno y otro sector. El Cabildo intervenía sin duda para asegurar que maniobras de especulación no llevaran la carestía de productos de consumo universal a niveles intolerables; si su eficacia en este
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punto parece haber sido escasa, la tenacidad con que lo encaró fue en cambio muy grande. Intervenía también para designar, año tras año, las autoridades investidas de funciones de policía y baja justicia en la campaña. Todo esto no eliminaba la relativa independencia de la campaña respecto de las fuerzas económico-sociales más dinámicas de la ciudad, que estaba destinada a desaparecer luego de la liberalización del comercio ultramarino, y sobre todo de los cambios que la acompañan. Si la situación rural prerrevolucionaria puede examinarse en nivel local, los mecanismos que a partir de 1810 comenzaron a transformar el equilibrio social en la campaña se nos harán más claros si los consideramos en primer término en nivel provincial. b) Consecuencias de los reajustes comerciales postrevolucionarios (1810-1820) El Reglamento de Comercio Provisorio, dictado en 1809 por un virrey acuciado a la vez por la angustia financiera (que la crisis del comercio peninsular y los alzamientos altoperuanos provocaban en las reales cajas) y el deseo de complacer en lo posible a los grupos de potenciales descontentos, se preocupó, a la vez que de asegurar salidas ultramarinas para los frutos de la campaña rioplatense, de conservar el control de la comercialización de los mismos por aquellos que ya la dominaban en el momento de ser introducido el nuevo régimen comercial. La prohibición a los comerciantes extranjeros de participar en el comercio al menudeo y en la internación de los frutos, la obligación de emplear factores y consignatarios entre los comerciantes ya reconocidos, son todas disposiciones encaminadas a ese fin. La revolución comenzará por no introducir innovaciones en ese régimen: ya antes de ella hay signos muy claros de que sus intenciones tutelares respecto de los comerciantes locales se van a cumplir muy mal. Por otra parte el gobierno revolucionario dicta disposiciones que, si no suprimen esas garantías, fortifican a los que estarían tentados de ignorarlas: así la disminución de los derechos de exportación de frutos, que no logra por cierto disminuir la salida ilegal de los mismos. En 1812 y 1813 el problema se da ya en toda su gravedad: un nuevo grupo de comerciantes británicos actúa en el mercado porteño, disociando sus estructuras tradicionales: las limitaciones que pesan sobre su actividad o las esquiva (utilizando prestanombres que cumplen las exigencias fijadas en 1809) o bien
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las viola abiertamente. Luego de varias tergiversaciones el gobierno, pese a la toma de posición muy enérgica de la Asamblea de 1813, concluye por derogar todas esas disposiciones restrictivas: a partir de entonces los grupos comerciales tradicionales que esperan del gobierno auxilios para retomar su hegemonía perdida no exigen de éste prohibiciones contra sus rivales, sino privilegios para ellos mismos (bajo la forma, por ejemplo, de derechos más moderados para las exportaciones a importaciones de comerciantes patrios respecto de los extranjeros). Pero tampoco estas disposiciones, que el gobierno concluye por promulgar cambian demasiado la situación: el avance del nuevo grupo comercial parece imposible de detener. En efecto, éste tiene en sus manos demasiadas cartas de triunfo para que sea posible frenarlo mediante normas legislativas de un gobierno a menudo demasiado débil para imponer su efectivo cumplimiento. En primer término los comerciantes llegados luego de 1810 eran emisarios del mercado que iba a monopolizar durante una década tanto la exportación como la importación rioplatense. En segundo término estaban libres de las discriminaciones que el poder revolucionario aplicó con creciente energía a los peninsulares, y mejor protegidos de las exacciones que la creciente penuria financiera le obligaría a imponer a los españoles americanos y a los extranjeros no británicos. Aparte esas ventajas, los nuevos grupos comerciales utilizaban métodos comerciales renovados; dejados al margen de los circuitos tradicionales del comercio interno, los reemplazaron por otros nuevos, menos estables y por eso mismo mejor adaptados al febril cambio de coyuntura y situaciones con que tenía que contar a cada paso el comercio postrevolucionario. Esta captación del mercado es descrita melancólicamente en sus etapas sucesivas por los comerciantes locales atrincherados en el Consulado (pero la significación de este tribunal, trasformado sobre todo en intermediario entre el gobierno y los comerciantes para los nuevos tributos que son impuestos a éstos, es cada vez menor). ¿Traen los ingleses una concepción menos rutinaria y más racional del arte de comerciar, que sirva de clave a su rápido triunfo? Algunos indicios hay de ella; sin embargo sus éxitos se explican más bien por innovaciones impuestas por las condiciones económicas en que debían actuar.20
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Abundantes testimonios en los papeles del Consulado de Buenos Aires, p. ej. AGN, IX, 4-6-16, ff. 10, 12, 15-16, 37, 40 y AGN, IX, 29-1-6, ff. 14, 32, 34-5, 43.
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En efecto, los comerciantes ingleses entran en el mercado rioplatense, largamente aislado, más que a establecer sistemas comerciales estables, a “recoger la crema” de provechos extraordinarios que la acumulación de frutos durante demasiado tiempo privados de salida y la escasez de productos importados hacían posible. Su estilo de comerciar utiliza muy escasamente el crédito, deja de lado las jerarquías complicadas que incluye la estructura comercial tradicional: los más afortunados de esos comerciantes de la primera década, las Robertson, hacen girar rápidamente un capital pequeño, arriesgado en su integridad en cada una de sus empresas; no tienen en rigor sede fija, buscan aproximarse directamente a los productores (en particular a los que han quedado separados por las vicisitudes de la revolución de sus compradores habituales). De Buenos Aires a Corrientes, la Bajada y Santa Fe dominan en medio de la guerra civil la ruta del Paraná; luego de Chacabuco se dirigirán a Chile a repetir allí la misma conquista de las primicias de un mercado intacto. Estas reiteradas aventuras suelen ser a la larga ruinosas; las fortunas comerciales inglesas surgirán en la década siguiente del ejercicio menos aventurero de un comercio consistente en enviar cueros a Liverpool y traer de allí algodones; los comerciantes de Liverpool, una vez lograda su Victoria total sobre los de Cádiz, se muestran igualmente apegados a unas rutinas mercantiles a la larga más seguramente rendidoras que todas las aventuras. No por eso se borran los resultados de diez años de acción disruptiva: ya en 1811 mercaderes ingleses, en desprecio del reglamento de libre comercio, internan personalmente sus frutos, organizan caravanas que los llevan hasta Mendoza; desde 1812 se los halla organizando remates que -ignorando todas las reglamentaciones- venden al menudeo y establecen una competencia ruinosa para el comerciante al por menor.21 Bien pronto tienen a una corte de comerciantes y martilleros nativos que no sólo les prestan su nombre, sino les prodigan interesados halagos: así ese Arriola que habría hecho fortuna gracias a su habilidad para organizar agradables cabalgatas muy concurridas
Sobre introducción de frutos a Mendoza representación de comerciantes locales al Consulado y nota de éste a la Junta, AGN, IX, 4-6-16, f. 37 v. Sobre almonedas públicas; dictamen del consulado contrario al pedido del corredor intérprete Francisco Díaz Arenas, AGN, IX, 4-6-16, ff. 15 v.. 16 v. Prohibición del de Roberto Billinghurst, 23 de junio de 1812, AGN, IX, 29-1-6, f. 32 v.
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por los mercaderes ingleses...22 También -si hemos de creer a sus rivales locales- organizan en reuniones apenas clandestinas un corner que controla el mercado comprador y mantiene bajos los precios. ¿Es decir que -contra lo que suponían nuestros primeros estudiosos de historia económica, llenos de una fe algo apriorística en las bendiciones de la libertad comercial- estos a menudo poco respetable mercaderes aventureros sólo trajeron ruina a productores y mercaderes locales? Esto último no es igualmente seguro: si la crisis del sistema de comercialización es innegable, y presenta peligros graves para el futuro de la economía regional en su conjunto, el avance de las fuerzas disruptivas se realiza desde el comienzo con apoyos importantes entre los productores: la Representación de los Hacendados, que reflejaba los puntos de vista de éstos, fue seguida en su redacción como cosa propia por el delegado de los comerciantes británicos, Alexander Mackinnon23 Obtenido el comercio provisorio, los productores no debían perjudicarse necesariamente por la crisis de una estructura comercial compleja y costosa; los signos de prosperidad ganadera se hacen evidentes a partir de 1816; se traducen por ejemplo en la estadística de precios de venta de ganados por una estancia a partir de 1803 publicados en el Registro Estadístico, sobre los cuales ha llamado justamente la atención Miron Burgin.24 Que el comercio libre inaugura una nueva época en nuestra ganadería es un hecho bien conocido por sus historiadores. El hecho ha sido estudiado con particular atención ya en 1914 por Juan Álvarez, que ha señalado algunas de sus consecuencias ciertas; algunos de los pasos intermedios en el razonamiento de Álvarez son en cambio más discutibles. Álvarez halla el elemento radicalmente nuevo en la difusión del saladero; gracias a estos establecimientos la carne alcanza un precio de mercado y el campesino necesita dinero par comer. Al mismo tiempo la clase propietaria tiene necesidad creciente de mano de obra: a la vez que del establecimiento de un
Octavio Battolla: Los primeros ingleses en Buenos Aires, Buenos Aires, 1928, p. 32. 23 Copias de los informes de Mackinnon al Foreign Office en AGN, VII, 17-6-2. 24 Miron Burgin: Aspectos económicos del federalismo argentino, Buenos Aires, 1950, p. 57. Pero Burgin no toma en cuenta las cifras posteriores a 1819, que figuran en su fuente (Registro estadístico Nº 3, Buenos Aires, abril de 1822), que muestran una declinación de precios a partir de 1819, proseguida en 1820 y 21.
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régimen de salariado se sirve para lograrla de la compulsión, de la que puede disponer gracias al dominio que ha alcanzado del aparato estatal. Así una disposición tomada en 1815 establece la necesidad para todos los habitantes de la campaña de contar con una papeleta de conchabo so pena de ser tenido por vago sin oficio. Hay en estas afirmaciones de Álvarez mucho que requeriría ser discutido: más que por la existencia de una economía natural en la campaña el punto de partida está caracterizado por la existencia de un grupo comercial no subordinado a los hacendados: lo que éstos temen no es la reaparición de ciclos económicos cerrados en cada rancho ocupado por un squatter; es que éste -como carneador de ganado robado, como ladrón vinculado con indios o con otros hacendados, como cazador de “bichos” (desde nutrias hasta avestruces y zorros) que no desdeña cazar vacas y robar caballos cuando la ocasión se presenta- halle el camino para incorporar sus actividades a circuitos comerciales no controlados por los mismos hacendados, y a la vez la posibilidad de contar con protecciones que en la sociedad rural porteña no carecen de peso. Por otra parte, por modesto que se crea el nivel de exigencias de los campesinos porteños en cuanto a ajuar y habitación, siempre sus necesidades en estos rubros los vinculan con una economía de mercado: desde las jergas y ponchos que antes de venir de Europa llegan de Córdoba, de Santiago, de Catamarca, de la Tierra de Indios, hasta los cuchillos y aperos que se fabrican en Buenos Aires, cuando no vienen de la Península como luego vendrán de Sheffield. De nuevo aquí es importante el testimonio de los economistas de nuestra tardía ilustración: faltó en la zona ganadera rioplatense la artesanía doméstica, (acaso porque faltó esa condición necesaria que era la familia estable y numerosa); la consecuencia de esto, un inmitigado régimen de salariado es vista por sus contemporáneos como uno de los rasgos dominantes de esa campaña que Álvarez supone aun dominada por un régimen de economía natural.25 Otro indicador mal elegido por Álvarez: la introducción del saladero en la primera década revolucionaria no parece haber sido un hecho decisivo en la creación de una progresiva escasez de carne que la transformaba por fin en producto dotado de valor económico: ya se verá enseguida que
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Artículo “Industria”, publ. el 8 de setiembre de 1802, en el Semanario de Agricultura, ahora en J. H. Vieytes: Antecedentes económicos de la Revolución de Mayo ed. Félix Weinberg, Buenos Aires, 1956, pp. 149-55.
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durante esta etapa el consumo de carne para saladero es solo una fracción reducida del que exige el abasto. Igualmente no parece fundada la vinculación entre las disposiciones sobre enrolamiento de vagos y la aparición de la industria saladeril: disposiciones como la dictada en Buenos Aires en 1815 son tomadas por Mariano Vera en Santa Fe en 1816, por Artigas en la Banda Oriental en 1815, por Ramírez en Entre Ríos y Corrientes en 1818, por San Martín en Cuyo en 1817; es decir, se producen también allí donde falta la revolución saladeril supuesta por Álvarez. ¿Cuál era el propósito de esas normas, que por otra parte reiteraban otras de más antiguo origen? Quizá una lectura más confiada de los considerandos que suelen anteponérseles permitiría descubrir una causa menos recóndita pero es de temer que más verdadera: es la escasez de mano de obra, la indisciplina que producen las levas y el temor a ellas, la aparición de núcleos de desertores que necesariamente quedan marginados, lo que explicaría este mayor rigor de las normas que gobiernan la disciplina del trabajo rural. ¿Es decir que de la tesis de Álvarez no queda nada que merezca ser conservado? De ningún modo: es mérito de Álvarez haber señalado con admirable precisión hasta que punto las transformaciones de la zona ganadera se vinculaban con un cambio en la estructura del consumo: desde un predominio del consumo local, relativamente poco ampliable, se pasa gracias al comercio libre a contar con consumos cuya expansión futura parece ilimitada. La hegemonía de la clase terrateniente en las zonas rurales, en la medida en que esta clase, a la vez que gana en riqueza y poder con la expansión de la producción ganadera, se opone cada vez más decididamente a las estructuras de comercialización tradicionales en nivel local, no es conquistada en oposición con los grupos comerciales nuevos que actúan en nivel provincial sino por el contrario en sustancial coincidencia con éstos. Un ejemplo de como se daban estas coincidencias puede encontrarse en las vicisitudes sufridas por los saladeros en la primera década revolucionaria. Esa historia ha sido reiteradamente contada por publicistas deseosos de hallar en la historia económica moralejas adecuadas para difundir sus convicciones ideológicas. Desde José Ingenieros, que hizo del saladero una de las más evidentes encarnaciones del Mal, hasta José María Rosa, que vio en él un instrumento de lucha por la Independencia Económica, son muchos los que -utilizando un acervo
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de datos que el cambio de perspectiva ideológica no los llevaba a revisar- han contribuido eficazmente a hacer ininteligible un conflicto que acaso no lo sea del todo; la admirable monografía del ingeniero Montoya, por su parte; nos proporciona una versión más rica y justa del conflicto, menos interesada sin embargo en su contexto económico-social que en lo que significó en la evolución de la industria saladeril rioplatense.26 Los hechos son bien conocidos: ante una escasez de carnes para consumo que se acentúa cada vez más el gobierno del director Pueyrredón -impulsado por una violenta campaña de prensa- encara la prohibición de los saladeros, que decreta el 31 de mayo de 1817. A partir de entonces se suceden las alegaciones en representación de saladeristas y abastecedores, y varios proyectos destinados a atenuar la carestía. Para Ingenieros la expansión de la industria saladeril es el primer episodio en que se pone en evidencia la existencia de un “trust” que comienza por ganar el dominio económico de la campaña porteña para luego ganar el control político de toda la provincia. Ese trust es la sociedad constituida por Rosas, Terrero y Luis Dorrego en 1815: en pocos años los tres socios mediante una inversión inicial de seis mil pesos logran dominar -con estancias, saladeros, sistemas de trasporte y comercialización- la entera campaña porteña. Que la hipótesis es absurda lo muestran ya los datos (en verdad muy escasos) que Ingenieros manejó: el giro del saladero era, como lo prueba su cuaderno de gastos y entradas, relativamente modesto; sólo después de su clausura comenzó la sociedad a explotar estancias... Otros elementos que Ingenieros no tomó en cuenta permiten comprobar de nuevo la falsedad de sus suposiciones. El saladero del supuesto trust no era -como se ha visto ya- ni el primero ni el más importante de los que se establecieron en la margen porteña del Plata... Valdrá más, entonces, no imponer a los hechos de 1817 una perspectiva dominada por los datos de la situación política que iba a darse quince años más tarde. Pero aun si no reducimos ilegítimamente a este episodio a un momento de la biografía de Juan
J. Ingenieros: La evolución de las ideas argentinas, ed. 1956, Buenos Aires, t. 3, pp. 74-100. J. M. Rosa: Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, ed. 1952, Buenos Aires, pp. 63-74. A. J. Montoya: Historia de los saladeros argentinos, Buenos Aires, 1956, pp. 38-55.
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Manuel de Rosas no habremos eliminado lo que la tesis de Ingenieros tiene de más peligroso para una correcta reconstrucción del conflicto. En efecto, Ingenieros nos muestra en la aparición de los saladeros el fruto de la acción de una clase terrateniente de antiguo arraigo, que mediante el monopolio de la industrialización aumenta su hegemonía en el sector rural y alcanza alguna independencia frente al mercado inglés, que hasta entonces había sido el desemboque único para sus productos. Apenas se examina un poco más de cerca el conflicto se advierte hasta qué punto este esquema lo representa mal ¿Quiénes son los saladeristas? Pedro Trápani, barraquero, oriental establecido en esta banda y muy ligado a comerciantes ingleses; Juan Manuel de Rosas, que ha hecho su primer dinero en la administración de estancias, que lo ha acrecido en la compra y trasporte de ganados, y todavía no tiene en toda la vasta campaña un rincón de tierra que sea suyo. Junto con él sus socios, hacendados medianos de la zona norteña de vieja colonización y propiedad relativamente dividida. Pero sería inútil buscar entre las actividades ganaderas de Dorrego y Terrero y su participación en la empresa saladeril otro vínculo que el proporcionado por el origen del capital que emplean en la salazón. Detrás de Rosas están sobre todo sus opulentos primos, los Anchorena, hijos del comerciante más rico durante la última etapa colonial, dedicados ya a juntar tierras y poblar estancias en el Sur. Los lazos entre estos magnates y su rústico primo están destinados a durar: todavía cuando Rosas tenga sus estancias propias las poblará con ganados comprados para él por el corresponsal de la casa Anchorena en Santa Fe y por encargo de ésta27 En suma, un grupo sin fuerte arraigo tradicional en el campo, mejor vinculado con la clase política de origen urbano y con los elementos nuevos que dominan la vida comercial porteña. Tal como los describen sus rivales los abastecedores de ganado para el consumo de la ciudad, son “sugetos pudientes a qual más acaudalados... bien quistos y relacionados con los comerciantes extranjeros; como también con algunos Magnates autorizados no pocos Doctores, uno a otro Hacendado de buen nombre, y los Dependientes de todos ellos”. ¿Esos rivales que hablan en nombre del “pueblo miserable” quiénes son por su parte? Sin duda se presentan como un grupo intermedio, “menos letrados y de cortas facultades, pero generosos y bien
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Correspondencia La Torre-Anchorena, en Archivo Anchorena, AGN, VII, 4-1-6.
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intencionados”; pero esta caracterización es evidentemente menos exacta que la anterior; los “labradores, hacendados reseros abastecedores y artesanos” que en número inesperadamente escaso28 firman la petición en favor de la supresión de los saladeros constituyen también ellos, como sus rivales, un grupo complejo: como aquellos, incluyen un pequeño núcleo económicamente poderoso y una clientela que de él depende. El tono entre modesto y quejumbroso que adoptan corresponde más a la retórica tradicional en las presentaciones de nuestros hacendados que a actitudes espontáneas de un grupo de ubicación social desfavorable. Entre ellos encontramos a grandes hacendados de raigambre colonial, (Miguens, Cascallares) hallamos también -es cierto que firmando por su madrea Francisco Piñeyro, uno de los que tradicionalmente dominan el comercio y trasporte entre ciudad y campaña. Todos ellos controlan el desemboque principal de la carne vacuna, que es el abasto de la ciudad de Buenos Aires. ¿Los saladeros encarecen la carne porque, como dicen sus adversarios, constituyen un sector cuya demanda crece más rápidamente que el ritmo de producción y por lo tanto está liquidando la riqueza ganadera de la provincia? Así lo afirman en efecto los abastecedores y sus allegados, pero los mismos datos que aportan desmienten esa alegación. Para su vocero el consumo anual de la futura provincia en cuanto a reses destinadas a abasto es de 218.000 cabezas; la disponibilidad de animales para el sacrificio es de 200.000 (lo que supone un stock vacuno de 600.000 cabezas); los saladeros agravarían ese déficit consumiendo anualmente entre 18.000 y 36.000 cabezas. Todas estas cifras están abultadas; sobre todo las relativas a abasto. Si para la fecha de la disputa no contamos con estadísticas, las del Registro Estadístico para 1822-25 nos dan para el abasto de la ciudad un consumo anual que oscila entre 60.000 y 80.000 cabezas, y una introducción de cueros de animales sacrificados en la campaña que oscila entre las 120.000 y las 180.000 unidades; no todas ellas pueden haber correspondido a abasto en

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Lo firman José Domínguez, Antonio Millán, Juan Miguens y el redactor del documento, Lorenzo López. Se agregan al pie otros veinticuatro nombres, aparte los citados en el texto he podido ubicar un solo hacendado importante, Francisco Ramos Mejía. AGN, X, PO-3-3.
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zonas rurales; todavía entonces -en pleno auge saladeril- el consumo de carne no logra seguir el ritmo de la producción de cueros.29 No es el incremento desmesurado de la demanda lo que hace valorizar el ganado en estancia al aparecer los saladeros; es la quiebra de un sistema de monopolio de compra descrito con gran perspicacia por Rosas en 1818: el constituido por los abastecedores de las tabladas de Buenos Aires.30 El sistema de comercialización que ellos dominan tienen los rasgos que derivan del carácter relativamente estable de la demanda que debe satisfacer: grandes márgenes de ganancia, más precauciones contra la abundancia que contra la escasez. Con el saladero también la carne vacuna entra en el comercio internacional, pasa de un mercado limitado a uno que hace posible la expansión de la producción sin descenso catastrófico de precios. ¿Este nuevo desemboque para los frutos de la ganadería porteña, que no se halla en los mercados europeos sino en las plantaciones intertropicales, independiza a los hacendados de su vinculación con el sistema comercial colocado luego de 1810 bajo la hegemonía británica? Así lo supone José María Rosa; esta suposición es sin embargo infundada en la medida en que la salazón no reemplaza sino complementa la exportación de cueros, y cada etapa en la expansión del salado se traduce de inmediato en un mayor stock exportable de aquellos, que sólo podría colocarse utilizando los servicios, que siguen siendo imprescindibles, de ese sistema de comercialización. La consecuencia de la actividad de los saladeristas no es la independencia económica, sino el mantenimiento de altas ganancias para los hacendados en medio de una continua expansión productiva: En esta primera escaramuza se afirma ya lo que será la política de la clase terrateniente que llegará luego a ser hegemónica: reservarse la producción; ceder a asociados muy frecuentemente extranjeros el trasporte y comercialización, manteniendo sobre ellos el control imprescindible para que en la distribución del provecho no queden esos asociados con la parte más importante; esa política cuya eficacia se mantendrá hasta 1910 en cuanto al cereal y hasta 1925 en lo que
En las estadísticas de Introducción de productos de industria rural (para cueros) a Introducción de ganados para abasto y saladeros. En Registro estadístico de la provincia de Buenos Aires. 30 AGN, X, 22-2-6, reproducido en sus partes esenciales en Montoya, op. cit., 50 54.
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toca a la carne se manifiesta ya en sus rasgos esenciales cuando de esa clase no hay sino un esbozo. Precisamente porque no hay aún sino eso el gobierno de Pueyrredón puede pronunciarse con relativa facilidad contra el grupo innovador. Este pronunciamiento forma parte de una política que el régimen directorial no halló fuerzas para llevar hasta el fin, pero que se manifiesta por ejemplo en el reforzamiento financiero del consulado, baluarte del grupo comercial local, en las campañas de la prensa oficiosa contra los comerciantes británicos y su despiadada presión importadora, en las tentativas de acercamiento hacia Francia, que Pueyrredón había propugnado ya cuando aún la gobernaba Napoleón y no Luis XVIII. Cepeda barrió con todo eso; Sarratea que ya antes de ganar la confianza de los caudillos litorales había ganado -e iba a conservar largamente- la de los ingleses,31 suprimió la prohibición de los saladeros, que pese a ella y a las denuncias del Cabildo habían venido manteniendo una actividad apenas clandestina. Pero sería incurrir en un error análogo a los de Ingenieros querer interpretar ese cambio de frente sobre una clave excesivamente política: 1820, que ve la caída de los directoriales, ve también retomar el poder en Buenos Aires a los mismos hombres que se habían identificado con ese régimen. Ahora bien, estos hombres practican, en cuanto a saladeros como en muchos otros puntos, una política nueva; no revisarán la medida dictada por su adversario Sarratea. Porque 1820 no es tan sólo la hora más dramática en la historia de la oligarquía gobernante porteña, que pasa en pocos meses de la humillación más extrema a una inesperada restauración. Es también el momento en que la campaña porteña parte su peso político y militar al servicio de esa oligarquía, y crea con ello un nuevo equilibrio interno inesperadamente favorable a ésta. Es, por añadidura, el momento en que la economía de la recién creada provincia, luego de haber intentado vanamente mantener su estructura mercantil heredada de la colonia, se lanza con energía igualmente inesperada a la explotación de esa campaña. Una nueva etapa comienza en el ascenso de la clase terrateniente: en los diez años de la que, se cierra ésta ha venido ganando potencia económica y poder militar, de un modo que -inadvertido hasta 1820- se hizo

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Ya en 1811 Mackinnon se refiere a Sarratea como “our friend Don Manuel de Sarratea” (copia en AGN VII, 17-6-2)
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evidente en el desenlace que alcanzaron las crisis de ese año revuelto. c) Hegemonía terrateniente y avance de la frontera. Las bases de la hegemonía terrateniente en la campaña se han puesto ya en la primera década revolucionaria; los mecanismos económicos que la hicieron posible se han indicado más arriba. Hubo por otra parte una evolución en la situación militar de la campaña, que debía conducir al mismo resultado. Desde 1760 se había ido constituyendo en la campaña un sistema de defensa de fronteras (y subsidiariamente de policía rural) sobre la base de tropas regulares perfeccionado en 1780, éstas eran complementadas por milicias regladas (luego llamadas activas) y pasivas. La revolución obligó a descuidar a las fuerzas regulares de la campaña; las milicias tendieron cada vez más a ocupar su lugar. En 1820 se pudo advertir hasta qué punto éstas pesaban en el equilibrio militar no sólo de la campaña sino también de la provincia en su conjunto; sin duda en este último aspecto la gravitación que las milicias tuvieron en 1820 se vinculaba con la crisis del ejército regular, vencido por los caudillos litorales y dividido por las oposiciones políticas dentro de su cuerpo de oficiales, pero este debilitamiento del ejército regular iba a reiterarse en el futuro. Ahora bien, mientras los oficiales y suboficiales de blandengues, no necesariamente vinculados a los lugares en que estaban acantonados, pagados por la autoridad central, solían establecer vínculos locales sobre todo con comerciantes, y aún emprender por su cuenta aventuras comerciales más o menos disimuladas, la estructura de las milicias se apoya en las de las estancias ganaderas; su hegemonía militar en la campaña es la de los hacendados (a menudo por medio de sus subordinados; son capataces, y mayordomos los que suelen capitanear las milicias regladas). Así los hacendados adquieren poder militar: he aquí un elemento cuya importancia no podría exagerarse en su conquista de la hegemonía en nivel local. Pero en la medida en que ese poder militar es puesto al servicio de soluciones políticas para la entera provincia es también un medio para la conquista, de gravitación en nivel provincial. Y en efecto el equilibrio político establecido en Buenos Aires luego de 1820 concede a los hacendados participación en el poder. El sufragio universal, que teóricamente pone a la oligarquía
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gobernante a merced de la plebe urbana que le es hostil, encuentra su correctivo (aparte de los amaños electorales) en la existencia de feudos electorales en la campaña, que serán seguros para la oligarquía gobernante mientras los hacendados así lo quieran. Si los representantes de la campaña en la Legislatura tienen a menudo muy poca vinculación con ésta, en otros niveles la administración campesina es más decididamente entregada a las fuerzas locales. La supresión del cabildo pone la justicia y policía bajo la autoridad directa del gobierno provincial; las designaciones que éste hace consultan los deseos de sus apoyos locales: éstos son los hacendados que controlan las milicias y además los votos de sus peonadas; la concesión del “sufragio y la lanza al proletario”, que Echeverría reprochaba tan acerbamente a nuestra clase dirigente unitaria,32 no tenía los peligros que el poeta imaginaba, mientras esa clase política mantuviese su acuerdo con el sector de hacendados. Ese acuerdo tenía por condición primera el uso del poder político en favor de los intereses del sector ganadero. En el plano provincial: política de fronteras, política de tierras públicas. En el plano local: la transformación de la administración pública en la longa manus de los hacendados para el mantenimiento de la disciplina del trabajo rural. Pero si el acuerdo pudo hacerse tan fácilmente fue por que el grupo de hacendados estaba siendo constantemente ampliado y fortificado con reclutas provenientes de las altas clases urbanas. Para poner un ejemplo sin duda revelador: se ha visto ya cómo luego de 1820 no reaparecerá ya la enemiga gubernativa contra los saladeros. Si este cambio de política ha sido tan fácil es sin duda porque el grupo social que les era hostil ha cambiado también él de actitud: Francisco Piñeyro, que en 1817 los denunciaba como la ruina de la ganadería provincial, en 1822 es más parco en manifestaciones; entre tanto ha abierto él también un saladero...33 Del mismo modo se han resuelto las oposiciones entre grupos comerciantes de raigambre colonial y. británicos: algunos comerciantes criollos sobreviven y prosperan porque han sabido adaptarse a la situación nueva, transformarse en elementos menores de un sistema comercial que time su cabeza en Londres y Liverpool (así Braulio Costa, los Aguirre, Félix Castro, que
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En su segunda carta a D. Pedro de Angelis, Montevideo, 1847 (Cito de E. Echeverría: Dogma socialista y otras páginas políticas, Buenos Aires, 1948, p. 238). 33 Montoya, op. cit., p. 52.
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en 1824 se lanza a la gran especulación en la bolsa londinense); otros se transforman en terratenientes (los Anchorena, los Santa Coloma, los Álzaga, los Sáenz Valiente); otros, arruinados, continúan una oposición que su pérdida de gravitación económica hace poco importante o por el contrario intentan hallar un atajo hacia la prosperidad poniendo su influjo político-social y su astucia al servicio de los nuevos señores de la economía, (y desde Sarratea hasta Beláustegui los ejemplos podrían multiplicarse). La nueva atención concedida a las exigencias del sector rural es entonces algo más que la retribución del apoyo político que de él llega a la oligarquía gobernante: es la consecuencia de una nueva orientación tomada por la economía y la sociedad porteñas en su conjunto. Bajo esta luz deben examinarse la política de fronteras y la de tierras. En lo primero: desde 1820 se da un avance frontal que supera la línea del Salado (sobre la cual se habían dado ya antes avances parciales). Ese avance es fruto de la expedición militar del gobernador Martín Rodríguez y de las paces que la concluyen. A partir de entonces se abre el proceso de poblamiento y organización de la Nueva Frontera: en 1823 se funda Tandil; en 1825 (gobierno de Las Heras) una comisión formada por Senillosa, Lavalle y Rosas recorre las tierras sólo parcialmente utilizadas aunque las paces han cedido los cristianos. En 1827 (gobierno de Dorrego) Juan Manuel de Rosas concluye el arreglo de la frontera: una línea de fuertes, desde la raya de Santa Fe hasta el Atlántico, asegura una paz relativa, consolidada mediante pagos de tributos destinados a ganar la amistad de algunos de los grupos indígenas. Este resumen esconde, sin embargo, una causa de fricción entre poder provincial y hacendados: el aparato militar de la frontera, en la medida misma en que las instituciones provinciales se consolidan, tiende a escapar al control directo de los terratenientes. Este peligro se manifiesta con claridad en 1825-27 y culmina con los triunfos de Rauch sobre los indios en este último año. Sin duda Rosas organiza en sus estancias festejos para celebrar esas victorias, pero la intromisión de un aparato militar ajeno a la campaña misma es una de las razones que -junto a otras más graves- lo lleva a encabezar la oposición de la campaña contra la tentativa unitaria rivadaviana. La caída del presidencialismo permite a los hacendados esquivar ese riesgo; posteriormente, cuando Rosas haya alcanzado el dominio político de la provincia, será menos celoso en mantener el monopolio militar de las milicias en la frontera; pero
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ahora la gravitación del poder provincial no será un factor externo a los hacendados. Por el contrario la política de fronteras (que incluye una campaña de intimidación y no de conquista, como la de 1833, y el mantenimiento posterior de la paz mediante el soborno masivo de grupos indígenas cada vez más numerosos) responde ahora exactamente a los puntos de vista de aquellos, en lo que tenía de justo (una muy activa política de fronteras, cualquiera fuese su resultado a largo plazo, en lo inmediato significaba una amenaza para la producción agropecuaria) y también en su despreocupación por el futuro (fue precisamente la política de alianzas y tributos la que consolidó la hegemonía de Calfucurá, que tan cara iba a costar a la provincia a partir de 1852). Menos causas de conflicto entre poder político y hacendados se han de encontrar en las leyes de tierras. La Nueva Frontera había más que duplicado la superficie explotable de la campaña: para disponer de ella el gobierno de Martín Rodríguez introdujo el régimen de enfiteusis. Es sabido que si ese régimen tuvo alguna vez el propósito de crear explotaciones rurales de pequeñas dimensiones a cargo de productores económicamente independientes (cosa que es extremadamente dudosa)- logró todo lo contrario: Emilio A. Coni, con su agrio fervor por la verdad histórica, Jacinto Oddone, en páginas de denuncia contra la oligarquía terrateniente han elaborado extensas listas de enfiteutas; los nombres de los que son ya o serán luego los más importantes terratenientes de la campaña porteña están ya allí: los Anchorena, desde Dolores hasta Tandil y Lobería, los Sáenz Valiente en este último, inmenso partido casi despoblado, Félix de Álzaga allí y sobre las sierras pampeanas, los Miguens desde Monsalvo hasta Bahía Blanca. En tierras más abrigadas hallamos instalándose a políticos y militares; el coronel Rauch con 10 leguas cuadradas en Rojas, el general Pacheco con casi ocho entre Arrecifes y Navarro; también a comerciantes criollos e ingleses.34 Pero el régimen de enfiteusis, si no suprime la hegemonía de los grandes hacendados en el sector rural, tiene una consecuencia económico-social cuya importancia no podría exagerarse: al poner a disposición de los posibles compradores de tierras extensiones prácticamente gratuitas impide que se acelere la valorización de la tierra; asegura que el efecto de una disponibilidad tan vasta de
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J. Oddone: La burguesía terrateniente argentina, 3ª ed., Buenos Aires, 1956, pp. 76-91.
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tierras nuevas se mantenga durante un período relativamente prolongado. Gracias a ello los costos de producción ganadera pudieron mantenerse bajos. A partir de 1836 la política ha de variar: la enfiteusis será reemplazada por la venta de tierras públicas. Esta no es muy exitosa: el precio es bajo, es disminuido aun por la inflación de papel moneda, y sin embargo sólo una fracción de las tierras enfitéuticas son adquiridas en propiedad. Todavía en 1839 la superficie de las primeras abarca más de la mitad de las tierras explotadas de la provincia. Junto con la venta, el régimen rosista recurrirá abundantemente a la donación de tierras; no hay motivo alguno para atribuir a esta política intenciones serias de establecer un nuevo equilibrio social en la campaña que a la instituida quince años antes; como la enfiteusis logra por lo menos que en un clima de escasez de capitales los que se orientan hacia la expansión ganadera se inviertan útilmente en ella y no se pierdan en la especulación inmobiliaria. Junto con esa política de tierras y fronteras, sustancialmente incambiada en medio de las más graves tormentas políticas, la participación en el poder provincial da a los hacendados ventajas decisivas en nivel local. Si en cuanto a la gran política algunos nombres han vuelto insistentemente a mencionarse aquí (los de los hacendados que dirigen la expansión hacia el sur, y en primer término el de Rosas), las consecuencias del nuevo equilibrio político provincial en el plano local eran utilizables por todos los hacendados; sólo los Colorados del Monte, capitaneados por el estanciero de los Cerrillos, alcanzaron celebridad más allá de su rincón, pero jefes de milicias de ambición más modesta, de visión más limitada, prestaron en casi todos los rincones de la campaña los mismos servicios al orden ganadero local que Rosas supo obtener de sus tropas. Cuando en 1845 Sarmiento engloba en una única condena a todas esas milicias campesinas, abanderadas de la barbarie rural contra la civilización urbana, Valentín Alsina, en sus críticas tan circunspectas y a veces agudas, no puede dejar pasar este juicio excesivamente simplista. ¿No confunde acaso Sarmiento a los Colorados del Monte con los Colorados de las Conchas? Pero este último cuerpo era una columna de la causa de la civilización; en palabras más pobres, era usado por un jefe de convicciones unitarias para servir la causa

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militar de su partido.35 Que las consecuencias de la militarización de la campaña exceden al pago del Monte lo prueba aún más claramente, diez años después del alzamiento rosista de 1829, el antirrosista de 1839. Sin duda las tropas mal dirigidas de los Libres del Sur fueron fácilmente derrotadas; aun entonces, y luego de años de adoctrinamiento federal, los peones milicianos de Chascomús; Dolores y Monsalvo siguieron hasta su refugio en la Banda Oriental a sus jefes-hacendados. Este alzamiento de un pedazo de la campaña, con su estructura judicial, policial, militar, muestra hasta qué punto puede llegar la solidez del sistema erigido sobre la base de la hegemonía del grupo terrateniente. Pero la eficacia concreta del sistema se mide mejor en los servicios que prestaba a la consolidación local de esa hegemonía. Esos servicios consisten en la colocación del aparato judicial y policíaco al servicio de la disciplina del trabajo en la estancia. Los trabajadores que requieren ser disciplinados son objeto de procesos en los cuáles los jueces de paz actúan como sumariantes; cuando el reo es enviado a la capital lo acompaña una nota con frecuencia extremadamente vaga, pero suficiente para que sea destinado al servicio de las armas. Esta atribución de los jueces de paz es acaso más importante que la que adquieren más tardíamente de actuar como jueces de sentencia en juicios criminales de menor cuantía. En efecto, gracias a ella la actividad de estos funcionarios locales pone en marcha el sistema represivo preferido por los regímenes sobre los cuales ejercen ascendiente los hacendados. El retiro de mano de obra rural, imprescindible para mantener las empresas guerreras que desde Las Heras a Rosas ya apenas serían interrumpidas a partir de 1826, no tiene los efectos negativos que serían de temer en una situación caracterizada por la escasez permanente de mano de obra, precisamente porque se la transforma en un medio para disciplinar la que queda. Este sistema requiere, sin embargo, para funcionar eficazmente la solidez del aparato judicial y policíaco y su identificación total con los grupos hacendados. La década que comienza en 1820 no alcanza a ver la maduración de ese mecanismo represivo, que perfeccionará el federalismo porteño unificando los cargos de juez y comisario y colocándolos bajo su estricto control político. De allí las reservas que Rosas pudo mostrar aun en 1827
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Las observaciones de Alsina, las tomo de D. F. Sarmiento, Facundo, ed. Alberto Palcos, La Plata, 1938, p. 379.
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frente a las atribuciones tan amplias de jueces y comisarios, de las que quiso liberar a sus peones, invocando su carácter de milicianos y proponiendo para ellos un fuero personal. Esas limitaciones no iba a conocerlas por cierto durante su gobierno el poder de los jueces de paz ¿Cómo lo utilizan éstos? He aquí algunos ejemplos. El 4 de agosto de 1838 el juez de paz de la Guardia de Luján remite a la capital a José Cayetano Acosta, al que supone complicado en el robo de dos bueyes; no tiene prueba alguna de ello y no oculta esta circunstancia. De todos modos Acosta “no tiene papeleta de conchavo, sin exercicio, altanero y perjudicial a la sociedad”. El 17 de marzo de 1837, desde la misma Guardia de Luján, es remitido Laureano Agüero, con una acusación tampoco probada de robo de animales. Pero tiene “relación con los gauchos santafecinos que se exercitan en llebar y traer animales robados”. De la misma Guardia de Luján, el 12 de enero de 1838, es remitido Juan López, “gaucho altanero, que vive sin domicilio fijo”; el 4 de octubre de 1837 parte Teodoro Ibáñez, “gaucho altanero y de malas costumbres”, acompañado de Joaquín Arismendi, “gaucho ambulante sin domicilio permanente”; el 20 de octubre de ese año es remitido Juan José Rodríguez, por robo de un carrete de hilo y un pañuelo; es “gaucho ocioso”; lo acompaña Juan Jerónimo Zabala, que convive con mujer casada y “es gaucho altanero y de malas costumbres”; el 18 de enero del mismo 1837 es enviado Miguel Andrada, porque hubo un robo en la casa en que servía y es “un gaucho que no trabaja nunca y tiene comunicaciones con los santafecinos”.36 Los ejemplos podrían sin duda multiplicarse: los ya citados muestran suficientemente, sin embargo, que el sistema represivo se dirige, más que a los peones asalariados (por díscolos que éstos sean) a la población marginal de la campaña, que -muy abundante en la época colonial- se redujo necesariamente durante la expansión ganadera. Las razones de esta preferencia son obvias: la escasez de mano de obra hace que sólo situaciones extremas sean resueltas mediante el envío del peón indisciplinado a servir en el ejército. Que estas opciones se realizaban de modo del todo consciente lo muestran los textos mismos de estas conclusiones sumariales, tan

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La nota de Rosas publicada en Carlos Ibarguren: Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo, 12ª edición, Buenos Aires, 1955, p. 123. Los sumarios que se citan, en AGN, X, 21-2-2.
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defectuosos desde el punto de vista del derecho penal, tan atentos y explícitos para apreciar la utilidad social del sumariado. ¿Es posible medir concretamente la eficacia de este sistema represivo, basado en la conciliación entre los intereses de los hacendados y las necesidades de un estado ávido de soldados? En todo caso no es fácil hacerlo; parece evidente sin embargo que ella dependió de la existencia de un equilibrio entre ambas exigencias: cuando la presión de las necesidades militares se hacía excesiva, no contrarrestaba sino fomentaba la aparición de grupos marginales; esto se dio en los años que siguieron a las grandes levas para la guerra brasileña; volvió a darse en las últimas etapas del régimen rosista: uno de los signos ominosos que anticipaban su caída fue el debilitamiento de la paz rural: disturbios durante las levas son seguidos de la reaparición de grupos dedicados al bandidaje, reprimidos con dureza: para fusilar a Juan Cuello y su banda vuelven a utilizarse, después de años de aquietamiento, los paredones del cuartel del Retiro, pero aun esa prueba de que algo de la antigua llama está vivo en el anciano gobernador no impide que todo el episodio, con las melancólicas reflexiones que inspira, sea transmitido a Londres por un agente diplomático sin embargo sistemáticamente favorable a Rosas.37 Pero esos episodios son uno de los signos del agotamiento de las posibilidades que la expansión del vacuno había abierto: su avance anterior fue posible porque el equilibrio entre la función policial y la militar del aparato represivo pudo sustancialmente mantenerse. Reduciendo la población marginal, imponiéndole la integración a los grupos de peones asalariados, reprimiendo efectivamente las actividades ilícitas que habían sido uno de los medios con que los comerciantes de la campaña habían asegurado su independencia respecto de los hacendados y les habían disputado la hegemonía, la organización policíaca y judicial que se establece en la campaña luego de 1820 y se consolida durante la etapa rosista presta un auxilio capital a la afirmación de la hegemonía de los hacendados. Pero para mantener el orden de la campaña no contaban éstos tan sólo con la

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Gore a Palmerston Nº 2, Buenos Aires, 1º de enero de 1852, en Public Records Office, FO 6/157, ff. 7-8. Cuello era desertor y “head of a Party of Robbers and Assassins in the Southern part of this Province... he had succeeded in gaining a considerable prestige by his daring and bloodthirsty conduct”.
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activa benevolencia del poder político; tenían a su disposición otros instrumentos igualmente eficaces. d) El orden nuevo en la estancia. La estancia vacuna es, gracias a los cambios postrevolucionarios, no sólo el más importante centro productor de la campaña, sino también un factor cada vez más importante por lo menos en las primeras etapas de la comercialización. Esa estancia a la vez se transforma en su organización interna; el sentido de la transformación lo podemos seguir a través de un texto capital, las Instrucciones que para sus mayordomos escribió Juan Manuel de Rosas. Es sabido que de esas instrucciones se conocen dos redacciones, una de 1819 y otra, que integra en forma no excesivamente orgánica la anterior con material nuevo, de 1825. Este texto, utilizado por su editor Lemée para mostrar hasta que punto los criterios con que Rosas gobernó sus estancias eran distintos de los vigentes hacia 1890 (y esa diferencia la atribuía el editor, con muy escaso sentido histórico, a limitaciones personales de Rosas), ha sido utilizado luego por nuestros revisionistas para enriquecer la laudatio que en honor de su héroe no se fatigan de componer. Confortados por autoridades como Eduardo Gutiérrez, Vicente Fidel López y José Ingenieros38, y, no trabados por un conocimiento excesivamente preciso de nuestra historia rural, encuentran en estos textos -contemplados con los ojos de la fe- no sólo admirables rasgos de estilo,39 sino también pruebas adicionales de que Rosas fue precursor de casi todos nuestros progresos rurales, desde la ya recordada industria saladeril hasta la agricultura, que él habría introducido en la estancia (aunque todo el que quiera averiguarlo sabe que ésta formaba parte por lo menos desde el siglo XVIII de las actividades normales de la estancia porteña). Es particularmente deplorable que las Instrucciones hayan sido objeto de esta deformación interpretativa porque ocurre que, al margen de ella, son un texto importante para la comprensión de una etapa decisiva de la historia rural porteña.
Que es tanto más deplorable ver utilizados en el trabajo sin embargo sólidamente pensado de E. Astesano, Rosas. Bases del nacionalismo popular. Buenos Aires, 1960, que constituye (salvo este detalle) una excepción a la tendencia al pensamiento aproximativo que suele caracterizar a nuestros revisionistas. 39 Por ejemplo las “lindas viñetas agrarias” que Julio Irazusta descubre en las “Instrucciones”. J. Irazusta: Vida política de J. M. de Rosas a través de su correspondencia, tomo 1, 1ª parte, 2ª ed., Buenos Aires, 1953, p. 35.
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¿Cuál es el criterio que domina estas Instrucciones? Porque, pese al extremo desorden expositivo -rasgo constante en los escritos de un hombre dotado de una mente más analítica que sintética- ese criterio existe: para Rosas la dirección de una estancia debe preocuparse en primer término de controlar todas las actividades de interés económico que los hombres que viven sobre el suelo de esa estancia desarrollan. De allí las minuciosas disposiciones sobre caza de “bichos” y destino de sus cueros y plumas: si el peón, contra el uso tradicional que lo deja dueño de los despojos, debe necesariamente venderlos al capataz, el interés primordial de esta exigencia no reside en el lucro que la empresa ganadera pueda tener sino en el obstáculo que erige a cualquier actividad económica independiente del peón, a partir de la cual pueda reconstruirse el circuito comercializador rival del dominado por los hacendados.40 De allí también otras prohibiciones que el buen Lemée hallaba absurdas, como la de tener gallinas y palomas (¿acaso no sería excelente negocio criarlas, cuando la estancia cultiva abundantemente maíz?)41 Pero el destino posterior de esas aves es poco controlable por propietarios y mayordomos; y de ellas se realiza ya, cuando las Instrucciones se redactan, un activo comercio para abasto de la capital.42 De allí, por añadidura, las prescripciones sobre control del acceso a “nutrieros” y cazadores y las que limitan la instalación de esos agregados, squatters tolerados por razones que van desde la caridad al miedo de posibles represalias, y que Rosas dispone sean tolerados sólo sobre la base de una autorización explícita y condicionada a su colaboración en las actividades normales de la estancia. He aquí, entonces, una fuerte voluntad de racionalizar la explotación ganadera, no por medio de una renovación técnica dispendiosa y de resultado inmediato poco seguro, sino mediante una disciplina más rigurosa y más consciente de sus objetivos económicos a la que es sometida la mano de obra. Para mantener esa disciplina el propietario tiene también otros instrumentos: la condición de asalariados de sus servidores; muy frecuentemente la insuficiencia de esos salarios que coloca a los peones en deuda permanente con los hacendados. Sin duda este
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J. M. de Rosas: Instrucciones a los mayordomos de estancias, ed. Buenos Aires, 1951, pp. 56-7. 41 Op. cit., p. 63. 42 Hasta tal punto que las aves de corral figuran junto con ganado vacuno y ovino en las estadísticas de abasto publicadas en el Registro Estadístico, 1822-25.
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punto merece un estudio en extensión con el que no contamos hasta ahora; anotemos sin embargo un ejemplo significativo: en la estancia Arroyo Chico, de Senillosa, en 1842, todos los asalariados se encuentran en deuda con el propietario; esas deudas provienen, más frecuentemente que de adelantos de dinero, de entrega de ropas y de autorizaciones para comprar en la pulpería local inscribiendo el gasto en la cuenta del propietario.43 Estas deudas parecen nacer entonces de la satisfacción de necesidades no excepcionales de los peones, y corresponder por lo tanto a una situación general, comprobada por otra parte por la abundancia de las denuncias contra peones que son, a la vez que fugitivos, ladrones; como puede advertirse examinando los sumarios, en el estilo de conceptuación jurídica algo simplista que es el de los jueces de paz, el abandono del trabajo sin pago de la deuda esto que aparece definido como robo. ¿A qué se debe este endeudamiento de los asalariados respecto de sus patrones? En parte a la insuficiencia de salarios, en parte a la gravitación de un régimen salarial que complementa el pago en dinero con pagos en especie. Pero en cuanto a la situación de los asalariados es preciso distinguir entre trabajadores permanentes y temporarios de la estancia. Los primeros cobran sueldos mensuales, que crecen sólo lentamente con la inflación del papel moneda. En estos casos la complementación con ayudas (carne, azúcar y sal en todos los casos; en algunos también galleta y tabaco) es esencial; el resto de las necesidades es cubierto, cada vez más insuficientemente, mediante compras con dinero. Hay también un sector ineliminable de trabajadores temporarios: domadores, herradores, peones para la cosecha en las estancias que cultivan cereales. Estos últimos reciben también ayudas, pero sus salarios, computados diariamente, son mucho más altos que los de los primeros; la situación del hacendado frente a estos colaboradores indispensables y escasos es menos protegida que frente a los peones permanentes: más que de disciplinarlos se trata de atraerlos mediante paga de jornales cada vez más altos.44
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Salarios de peones en la estancia Arroyo Chico, de Felipe Senillosa, febrero de 1842, en Archivo Senillosa, AGN, VII, 2-5-6. 44 La diferencia entre los dos tipos de salario se ve, por ejemplo, en las cuentas de la estancia del Moro, partido de Lobería, del coronel Pablo Muñoz, administrada por el Estado. Los sueldos mensuales, en setiembre y octubre de 1841, son de $100 para el capataz y $60 para los peones. En octubre, para marcaciones y apartes, se
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El aparato represivo del estado puesto al servicio del hacendado frente a sus peones, las deudas de éstos con el patrón creando un nuevo lazo que los asalariados no tienen posibilidades reales de romper: he aquí al parecer descritos los rasgos fundamentales de una realidad social que repite la del peonaje iberoamericano, desde México hasta Salta, La Rioja y el Valle Central de Chile, y desde el siglo XVII hasta un momento que en muchos casos está aun por llegar y en ninguno se dio antes de nuestro siglo. Y sin embargo no es así. No sólo porque el aparato represivo, aun funcionando con relativa eficacia, no logra más que limitar un proceso que requiere su constante vigilancia para no tornarse amenazador del entero orden rural. Aun en los casos en que las fuerzas reordenadoras de la vida rural gravitan con mayor eficacia, los resultados de su acción son limitados. De esto tenemos testimonios sin duda impresionistas, pero abundantes y coincidentes. De ellos mencionaremos aquí sólo dos. En 1843, Juan María Gutiérrez, que conoce bien la campaña porteña, visita Europa, y en todas partes le impresiona el espectáculo de la miseria campesina, del inhumano ritmo de trabajo que la acompaña. En Suiza, en las comarcas más prósperas de la Italia septentrional halla ese espectáculo desazonante: campesinos agobiados de la madrugada al crepúsculo sobre el surco, mujeres viejas a los veinticinco años, hombres de rostro cuya inexpresividad hace inhumano, resultados todos de esa vida bestial a lo largo de la cual no han podido nunca comer según su hambre.45 Luego de Caseros Germán Burmeister se establece en Entre Ríos, sobre el Paraná; viene desterrado por haber participado en el 48 alemán, como miembro de la extrema izquierda sospechosa de socialismo.46 En esa provincia de la que Urquiza ha hecho (según sus admiradores) un ejemplo de actividad ganadera modernizada y productiva y (según sus enemigos) un infierno de trabajos forzados, lo que sorprende a indigna al revolucionario que en ella encontró refugio es la imposibilidad de obtener un ritmo de trabajo aceptable de sus peones: no sólo éstos lo tratan en un estilo que Burmeister encuentra insoportablemente insolente; ignoran serenamente las exigencias de
toman peones a $15 diarios, dos por cuatro días y ocho por siete días. AGN, X, 21-2-4. 45 Epistolario de D. Juan M. Gutiérrez. Ed. Ernesto Morales, Buenos Aires, 1942, pp. 46 y ss. 46 G. Burmeister: Reise durh die La Plata Staaten. Halle, 1861, I, pp, 50-51.
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actividad y eficacia que su amo intenta imponerles. Tras de una rápida sucesión de asalariados que se reemplazan pero reiteran los mismos modos de conducta, Burmeister resuelve que ociosidad e insolencia son rasgos constantes en la mano de obra local, y que lo más prudente es renunciar a una actividad en la que perderá juntamente su serenidad y su dinero. Conclusiones sin duda excesivas, que apuntan sin embargo a algo que no es preciso olvidar: la imposición autoritaria de un nuevo ritmo de trabajo aparece en el litoral argentino al iniciarse el proceso de racionalización de la actividad productiva; aquí como en otras partes es utilizada para acelerar una transición qué es extremadamente difícil; quien desde fuera de la circunstancia histórica concreta compare la magnitud de la presión ejercida con la modestia de los resultados podrá creer, o bien que esa presión fue menor de lo que los testimonios harían a primera vista suponer, o bien que fue resistida de modo más sistemático de lo que esos mismos testimonios sugieren. Esta conclusión es sin duda errónea; en todo caso el espectáculo de las primeras etapas de un proceso de modernización económica no parece sugerirla tan sólo para el Río de la Plata: en la Inglaterra del tardío siglo XVIII, en plena revolución industrial, los obreros que han sido hasta hace poco campesinos siguen festejando el San Lunes, como lo harán en el siglo siguiente los rotos del valle central de Chile según el comentario indignado de viajeros que deducen de ese espectáculo semanal conclusiones amargas sobre la indolencia hispánica. ¿Es preciso concluir de aquí, como hacen algunos historiadores en función apologética, que la Revolución industrial fue menos brutalmente renovadora y destructora de lo que la imagen tradicional supone? En la URSS, en plena etapa stalinista, en medio de un sistema que combinaba fuertes alicientes con no menos fuertes coerciones, los visitantes extranjeros se extrañaban del pausado ritmo de trabajo reinante en fábricas y minas. ¿Era preciso concluir que la presión modernizadora se ejercía con menos energía en los hechos que en los textos legales? En un caso como en otro -como por otra parte en el de la ganadería rioplatense- el error en las conclusiones nace de medir mal el abismo que media entre la actitud tradicional y la modernizada frente al trabajo. Estas consideraciones, válidas para todo proceso de modernización en sus comienzos, se acompañan en el que vivió la ganadería rioplatense de otras que le son peculiares. En primer término se ha
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visto ya cómo la modernización de las relaciones de trabajo se acompaña sólo en mínimo grado de renovaciones técnicas. Se advierte en seguida hasta qué punto esto elimina un factor importantísimo para acelerar el cambio de actitudes: al revés del campesino transformado en obrero industrial, que vive en un lugar inhabitual y ejerce tareas que no ha desempeñado en el pasado, el peón ganadero desarrolla en un marco que es sustancialmente el que siempre ha conocido, tareas que son también ellas en la mayor parte de los casos las que siempre ha tenido por suyas. Con ello la transición se hace menos cruel, pero a la vez menos fácil. Pero hay otro factor de diferenciación que creo más importante: aquí la expansión ganadera se da en medio de una penuria constante de mano de obra. La racionalización está destinada, por lo menos en parte, a paliar sus consecuencias, pero al mismo tiempo es limitada en su gravitación por la prudencia que esa escasez impone. Ella aconseja no perder brazos que no será fácil sustituir; ella hace que la acción represiva del poder público, si retira y castiga al trabajador que no satisface las exigencias de su amo, no lo devuelve enmendado y contrito a éste; también el estado necesita soldados, y no los halla fácilmente. Al revés de la afirmación del régimen de peonaje en la época colonial, que se da sin duda en período de contracción demográfica, pero en medio de transformaciones (tránsito de la agricultura a la ganadería, disolución -por lo menos en ciertas regiones- de la estructura comunitaria y extensión de las haciendas de blancos) que hacen muy frecuentemente que esa contracción de la disponibilidad vaya acompañada de una contracción mayor de la demanda de mano de obra, la expansión ganadera porteña no puede avanzar derrochando hombres en castigos y ejemplos. En estas condiciones el éxito de la tentativa de disciplinar la vida rural debe medirse, más que en los cambios -sin duda considerables- del ritmo de trabajo en la Estancia, en la transformación de la estancia en elemento económico dominante en el área rural porteña. Esa transformación se dio en toda la campaña porteña. Pero se dio más radicalmente allí donde la expansión ganadera se implantaba sobre un vacío previo: es en el sur de la provincia, en la Nueva Frontera, donde la sociedad rural configurada por la hegemonía de los hacendados se da con perfil más puro.

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e) El nuevo Sur ganadero. Si comparamos -para aquellos partidos de los cuales nos han llegado datos comparables- las cifras de los censos de 1815 y 183847 obtendremos por lo menos una imagen indicativa de los cambios en la distribución de una población rural por otra parte muy acrecida en cifras absolutas. Helas aquí:

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Los padrones de 1815 en AGN, X, 8-10-4; el de 1838 en AGN, X, 25-8-2.
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Sería peligroso querer obtener de estas cifras algo más que datos aproximativos sobre la magnitud del fenómeno. Sin embargo, siendo cada una de ellas de exactitud dudosa, en la medida en que se confirman recíprocamente es posible deducir de su conjunto el sentido del reajuste demográfico durante la expansión ganadera. Hay una orientación de la población hacia la frontera; mientras en el norte la población crece entre el 50 y el 100% en esos 23 años, aun en las zonas de frontera menos dinámicas el crecimiento es mucho mayor (Fortín de Areco 246%; Guardia de Luján 171%). En la inmediata retaguardia de esas zonas de gran crecimiento encontramos a veces otras de población estancada, sin duda porque han contribuido al crecimiento de las primeras: el caso de San Antonio de Areco parece suficientemente ilustrativo. Dentro de la zona de frontera es la del sur la más dinámica, desde la franja del Salado (Navarro, con crecimiento del 365%) hasta las tierras al sur del río; es allí una nueva región la que se ha incorporado a la vida económica de la provincia; diez mil hombres (una población comparable a la que las estimaciones de esos años asignaban a la provincia de Santa Fe) viven y producen sobre lo que ha sido un vacío económico y social hasta veinte años antes. Permítase que examinemos aquí, en primer término, los recursos humanos que esa expansión utilizó, y en segundo lugar algunos rasgos de la sociedad a la que dio existencia. En cuanto a lo primero los datos que los censos nos proporcionan son en extremo insuficientes; si en la mayor parte de los partidos de campaña registran con algún cuidado, las castas, no se ocupan en cambio de anotar orígenes nacionales o provinciales de los habitantes, ni en general la riqueza de datos que los padrones coloniales han conservado para nosotros. Sólo excepcionalmente el de Tandil nos informa sobre el origen de los habitantes de este puesto fronterizo en 1838. He aquí las cifras:

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Estas cifras no tienen nada de sorprendente: el 59% de la población es originario de la provincia de Buenos Aires, el aporte que sigue en importancia es el de las provincias del Tucumán y Cuyo, con su prolongación chilena, que abarca el 26% de la población total. Esta presencia masiva de inmigrantes del interior no es por cierto un dato nuevo: desde la época colonial se dio en la campaña porteña y santafesina; todavía en 1838 era aún más sensible que en el sur ganadero en el oeste agrícola de la provincia de Buenos Aires. Más digno de llamar la atención es el limitado aporte del Litoral, con su continuación oriental y paraguaya, que sólo proporciona el 5% de la población de Tandil. Otros datos que el celo del juez de paz de Tandil nos ha proporcionado: la población es de una elevada masculinidad -cosa por otra parte nada sorprendente- puesto que hay en el partido 123 mujeres, o sea un 23% del total de la población. En cuanto a la distribución en castas: hay en Tandil 77 negros y pardos (12% del total de población) de los cuales 22 son de origen Africano. Estos datos tan precisos no es posible utilizarlos para generalizaciones excesivamente amplias: Tandil es un puesto de frontera, de población relativamente escasa, al que sería aventurado considerar representativo de la totalidad del Nuevo Sur. En los puntos en que la comparación es posible (en particular en cuanto a la
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distribución en castas) se advierte que la población negra de este rincón fronterizo es considerablemente más baja que la de otras comarcas del extremo sur. Sobre algunos de los aspectos reflejados en el censo de Tandil pueden encontrarse, sin embargo, datos parciales coincidentes sobre otras zonas, conservados material no censal. Así, las muy minuciosas informaciones sobre los candidatos a comisarios, jueces de paz, alcaldes y tenientes alcaldes de la campaña permitirían, sobre todo para la etapa rosista, llegar a conclusiones bastante precisas sobre la participación de migrantes internos en los niveles medios del grupo hacendado (en el cual se reclutan en su gran mayoría esos funcionarios). A falta de un relevamiento estadístico completo, que la gran abundancia de datos dispersos haría a la vez que posible extremadamente engorroso, los ejemplos que he podido reunir se confirman recíprocamente. Para mencionar aquí dos: en el partido de Vecino, en 1840, de catorce alcaldes y tenientes-alcaldes propuestos nueve son porteños, dos cordobeses, dos santiagueños y uno santafesino.48 En Lobería, en 1851, de 23 alcaldes y tenientes-alcaldes propuestos catorce son porteños, seis cordobeses, uno santiagueño, uno entrerriano y uno oriental.49 Los datos, tomados de un ámbito geográficamente más vasto y socialmente más limitado que los de Tandil, confirman sustancialmente a estos últimos. Pero este aporte del interior en la formación de la nueva clase de hacendados parece haber sido un rasgo original del sur ganadero: en San Nicolás, en 1830, todos los candidatos propuestos, salvo un cordobés, son no sólo porteños sino también nativos del partido.50 Otros datos pueden obtenerse del censo de 1838 en el segundo aspecto que nos interesa: la peculiar organización social del Nuevo Sur. A partir de ellos se ha preparado la tabla siguiente, que -para todos los partidos en que ha sido posible- detalla junto con la población de cada uno el número de establecimientos en que se encuentran viviendo 20 o más personas, activas o no y el número promedio de personas allí instaladas. Se advierte de inmediato que el tipo de gran estancia es algo más abundante en el sur de la provincia.

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AGN, X, 20-1-4. AGN, X, 21-2-4. AGN, X, 20-1-4.
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Se advierte a la vez que las diferencias son en este aspecto menores que las esperables, dado el predominio de la gran propiedad en el sur. Sin duda el criterio seguido al confeccionar el cuadro tiende a atenuar más que a subrayar el contraste (si se hubiera elegido un mínimo de 40 pobladores por estancia se hubiera hallado sólo una en el norte y centro, dos en Quilmes, tres en Ranchos, tres en San Vicente, tres en Monsalvo, dos en Fuerte Azul, entre las cuales la más poblada de la provincia, la de Anchorena con 410 pobladores).

Pero entonces las cifras habrían marcado una oposición a la vez más clara y menos representativa. He aquí, entonces, un nuevo sur dividido en unidades de explotación más numerosas y menos vastas de lo que habría podido suponerse ¿Por qué? ¿Acaso porque la acumulación de tierras en manos de los grandes propietarios daba lugar, menos que a la consolidación de unidades territoriales continuas, a la multiplicación de estancias de un mismo propietario en distintos partidos? ¿O porque las cifras censales no distinguen suficientemente entre unidades de propiedad y de explotación, y separan de la estancia a agregados y puesteros que aparecen como cabezas de explotaciones independientes? Esto último puede haberse dado en alguna medida: en todo caso no invalida estas cifras en la
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medida en que a través de ellas no queremos seguir la concentración de la propiedad sino la ampliación de las dimensiones de los establecimientos ganaderos. En cuanto a la primera explicación requiere ser a su vez explicada: si no se dio concentración de la propiedad en grandes bloques fue porque no existía aliciente económico en lograrla; son las dimensiones de la explotación las que condicionan esta forma de acumulación de tierras. El punto de partida debemos buscarlo entonces en la falta de una renovación profunda de los aspectos técnicos de la producción ganadera; consecuencia de ella es que, como se ha señalado más arriba, la expansión de la ganadería porteña haya ido acompañada, más que de transformaciones en la organización del trabajo en la estancia, de cambios en el papel del hacendado en la sociedad rural en su conjunto (y que este rasgo sea también perceptible en la zona de la campaña mejor dominada por los estancieros). Esos cambios se orientan hacia la hegemonía del grupo hacendado; acompañada de una pérdida de gravitación del comercializador local. Este proceso, general en la campaña porteña, se dio más intensamente en el Nuevo Sur. En efecto, mientras en las zonas de más antigua población existían sectores comerciantes que, aunque desfavorecidos por la coyuntura postrevolucionaria, eran en su origen y siguieron siendo luego independientes de los hacendados, en el sector colonizado luego de 1820 también la actividad comercial local es controlada, y a menudo ejercida por los nuevos hacendados. El transporte en primer término: mientras en el norte de la provincia las carretas solían ser de propiedad de agricultores del oeste, vinculados sobre todo con pulperos-acopiadores, en el sur el transporte se desarrolla en empresas de más vasta escala: Francisco Piñeyro, José White, propietarios de carros y carretas numerosos que recorren la entera campaña del Sur, son a la vez hacendados en esas tierras nuevas.51 Pero los más importantes entre los productores organizan sus propias flotas de carretas: Pedro José Vela, representante eterno de Bahía Blanca en la legislatura rosista, pulpero y prestamista en ese remoto fortín, es a la vez gran hacendado en Chapaleofú; tiene allí patentadas once carretas.52 En 1841, Nicolás Anchorena ha
AGN, III, 37-7-27. Sus actividades como prestamista AGN, X, 20-1-4. Patentes de pulpero en Tandil y Bahía Blanca, para 1841, AGN, III, 3-7-21. Patentes para 11 carretas en Chapaleofú, AGN, III, 3-7-22.
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patentado diez en Pila y 8 en Tuyú, donde tiene dos de sus estancias más importantes.53 Una situación análoga en cuanto al comercio: en 1850 son descubiertos cueros robados en la pulpería de Domingo Insúa, en Vecino; del sumario se desprende que Insúa la administra para una sociedad formada por Pedro Centurión y el ya mencionado José White.54 De esas gestiones indirectas es probable que los libros de patentes sólo permitan descubrir una parte mínima; sólo una exploración necesariamente engorrosa del material notarial permitiría medir el alcance exacto de esta toma de posesión del comercio local por hacendados y grandes comerciantes de Buenos Aires. Aun así, el testimonio de los registros de patentes marca suficientemente una tendencia: en el de 1840 encontramos a Mariano Baudrix, hacendado en el Nuevo Sur, al frente de una pulpería en Arroyo Grande, tres en el partido de Chascomús y cuatro en el de Dolores.55 Jorge Keen, comerciante inglés, gran hacendado en Navarro, es también propietario de una pulpería en ese partido. Antonio Olivera, también gran hacendado, barraquero en la capital, transportista, tiene pulperías en los partidos de Guardia del Monte, Tandil y Monsalvo.56 Nicolás Anchorena, a la vez que barraca en la capital, tiene en 1841 pulperías en Pila, Mar Chiquita y Tuyú...57 En el Nuevo Sur se da entonces el ejemplo más extremo de la nueva situación rural marcada por la hegemonía del grupo hacendado. Esa hegemonía había sido alcanzada a partir de la expansión del vacuno, ininterrumpida hasta mediados del siglo. Esta había avanzado tan rápidamente gracias a las altas ganancias y las escasas inversiones iniciales que requería. Pero esas ganancias parecen haberse hecho cada vez más reducidas a lo largo de la década del cuarenta; al mismo tiempo uno de los datos fundamentales en la realidad rural que había vivido la expansión ganadera -la escasez crónica de mano de obra- comenzaba a atenuarse: la inmigración vasca a irlandesa ofrecía la posibilidad de obtener más altos rendimientos en iguales superficies explotadas pasando de la vaca a
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Patentes de Nicolás Anchorena par a 1841, AGN, III, 3-7-21. Las estancias de Tuyú y Pila avaluadas, para la contribución directa de 1846, y por lo tanto muy por debajo de su valor, en $1.600.000 y $1.200.000, respectivamente. AGN, III, 33-4-20. 54 AGN. X, 20-1-4. 55 Las patentes correspondientes en AGN, III, 33-7-21. 56 AGN, III, 33-7-18 y AGN, III, 33-7-19. 57 AGN, III, 33-7-21.
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la oveja. Ya en 1842 hay un ovejero irlandés en tierras de Senillosa, sobre el Salado,58 ocho años después aun el poco inteligente y menos innovador Prudencio Rosas pide al ministro de Inglaterra que haga buscar para él y otros hacendados pastores irlandeses.59 Era en verdad el fin de una época en la historia rural porteña. Pero esa época dejaba al futuro un legado nada ligero: en ella la campaña porteña se organizó bajo el signo de la gran propiedad y de la hegemonía ganadera: ese signo ya no iba abandonarlo, y las consecuencias de él en la historia de la provincia y de la nación fueron y siguen siendo decisivas.

RESUMEN El autor analiza la expansión de la ganadería en la provincia de Buenos Aires, entre los años 1810-1852, promovida, fundamentalmente, por el comercio libre y la crisis pecuaria en Entre Ríos y la Banda Oriental. Al estudiar posteriormente el papel que el cuero y el sebo jugaron en el conjunto de las exportaciones rioplatenses señala la limitada relación que tuvieron los movimientos de precios internacionales sobre la expansión de la producción bonaerense. La explicación de este fenómeno la encuentra en los altos rendimientos y en las escasas inversiones iniciales de capital. Factores que determinaron un desplazamiento de las inversiones que en la época virreinal estuvieron fundamentalmente radicadas en el sector comercial. Analiza luego el marco social de la campaña bonaerense destacando el papel principal que tuvieron los comerciantes antes de la Revolución de 1810. Posteriormente estudia el papel de los comerciantes extranjeros, en especial los ingleses, la evolución del poder de los terratenientes y los problemas sociales creados por la falta de mano de obra. Pone especial atención en la aparición de la industria de los saladeros. Más adelante se ocupa de la consolidación de la hegemonía de la clase terrateniente vinculándola al proceso de expansión de la línea de fronteras. En su

Recibo del ovejero Michael Connaughton, de 26 de mayo de 1842, en Archivo Senillosa, AGN, VII, 2-5-6. 59 Southern a Palmerston, Buenos Aires, confidencial Nº 76, en PRO, FO 6/145 ff. 145-8, folio 146.
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última parte trata de la estancia como una unidad funcional adecuada al nuevo orden de producción.

SUMMARY This paper analyzes the expansion of livestock breeding in the Province of Buenos Aires between 1810 and 1852, mainly promoted by free trade and the livestock crisis in Entre Ríos and Uruguay. On studying the role played by hides and tallow in the exports of the River Plate, the author shows the limited effect international price movements had on the expansion of production in Buenos Aires. This phenomenon is explained by high rates of return and low initial capital investments, factors making for a displacement of investments, which in the viceregal epoch were mainly directed to the commercial sector. The social framework of the Buenos Aires countryside is analyzed, pointing out the main role of merchants before the 1810 revolution. Then the author studies the role of Foreign merchants, especially the English, the evolution of the landholders’ power and the social problems created by the lack of manpower. Special attention is directed lo the appearance of the salted meat industry. The consolidation of the hegemony of the landholding class is studied, relating it to the process of expansion of the frontier lines. The farm as a functional unit adequate to the new mode of production is finally studied.

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Salvatore, Ricardo, Consolidacion del régimen Rosista 1835-1852, en Nueva Historia Argentina, Tomo III, Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
Existen pocos períodos históricos en la Argentina tan debatidos como el segundo gobierno de Rosas. Para sus detractores, Rosas fue un tirano que gobernó mediante métodos despóticos, instaurando un régimen de terror e intolerancia política sin precedentes en la historia argentina. Responsable de numerosos asesinatos políticos, Rosas es visto también como el gobernante que obstaculizó el arreglo constitucional del país. Para sus admiradores, por el contrario, Rosas fue un hacendado y agricultor progresista, un líder aclamado por los sectores más pobres de la población, un gobernante sagaz que supo comprender la necesidad de pacificar el país antes de organizarlo constitucionalmente, un defensor de la soberanía nacional frente a las agresiones de las potencias europeas más poderosas. Una manera de apartarse de estas visiones antagónicas -ambas exageradas y parciales- y, por ende, de un debate irresoluble, es considerar cómo los sectores populares vivieron este período. Es decir, examinar qué fue la "experiencia rosista" para los soldados, los peones, los labradores y criadores, las mujeres trabajadoras, los sirvientes y los comerciantes que debieron trabajar formar familias y expresar sus opiniones políticos contexto de una dictadura y de una prolongada guerra civil, Las experiencias de estos sujetos sociales, sin constituir por si mismas un criterio de verdad, son una perspectiva valiosa para reconsiderar este período de consolidación del régimen rosista. Esta perspectiva, de una "historia desde abajo", otorga importancia a una serie de instancias en las que los sectores populares se relacionan con el Estado: el sistema judicial, los ejércitos y milicias, las celebraciones públicas, las formas de vestir, las expresiones y el lenguaje políticos, los controles policiales a la circulación de personas, el cobro de impuestos y contribuciones, las practicas eleccionarias, etc. Viejas preguntas, antes rechazadas por ideológicas, adquieren nueva urgencia. ¿Fue realmente el periodo 1835-1852 un tiempo de "restauración de las leyes"? ¿('reían los jueces y tenientes alcaldes que estaban construyendo un sistema de justicia más justo e igualitario? ¿Cuán gravosa fue la carga tic los servicios militares sobre la población? ¿Apoyó la mayoría del pueblo a Rosas? ¿Quiénes más que otros? ¿Fueron las elecciones una farsa? ¿Participaron los campesinos en el culto a la Patria construido alrededor de las celebraciones mayas y julianas? ¿Pelearon los soldados imbuidos de un nuevo patriotismo Federal? ¿Fueron las "federalas" y las sociedades africanas que apoyaron a Rosas meros instrumentos del poder del dictador? A la distancia, el discurso político del rosismo puede parecer un producto de la propaganda del régimen. Su énfasis en la aplicación estricta de las leyes, su caracterización de la oposición como "anarquistas", "impíos" y "salvajes", su defensa del "Sistema Americano" y de la continuidad del ideario de Mayo, su visión de la revolución de diciembre de 1828 como el quiebre fundamental en la historia política de la nueva nación, su representación de la opinión pública como "decidida" y "unánime" a favor del sistema federal son, desde una perspectiva contemporánea, difíciles de asimilar, y lógicamente producen una saludable desconfianza. Para aquellos que vivieron en este período, sin embargo, éstas no eran frases vacías. El régimen político en que vivían era definitivamente una República: un lugar en el que los ciudadanos elegían a sus representantes y en el que éstos llevaban adelante los mandatos de sus representados. Aquellos que habían levantado sus armas contra el gobierno legitimo (de Buenos Aires) no pertenecían a esta Republicas y debían ser combatidos. Si la mayoría de los habitantes de Bs. As. No hubiese apoyado esta posición, es poco probable que las guerras federales, demandantes do un enorme esfuerzo en términos de personas y riqueza, hubieran podido mantenerse y, mucho menos, ganarse. De la misma forma, aquellos que habían vivido el período de la anarquía no tenían dudas de que las instituciones judiciales se habían tornado más efectivas y de que la campaña de los años 1830 y 1840 era más ordenada y estable. En comparación con los regímenes europeos contemporáneos, el Estado rosista parecía bastante menos sangriento (producía menos ejecuciones por año) y garantizaba derechos a sus ciudadanos que aquellos estados no reconocían o que otorgaban muy selectivamente, en especial el derecho al voto y a la libertad de trabajo e industria, los que al menos en la provincia de Buenos Aires fueron bastante amplios. LOS PODERES EXCEPCIONALES, EL TERROR, LA PROPAGANDA El 13 de abril Rosas prestó juramento ante la Legislatura y asumió el

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mando. Ese día la ciudad se vistió de fiesta. Se tapizaron los balcones, ventanas y puertas con colchas color damasco, rojo o amarillo. Se regó el suelo de hinojo. Se cubrieron los postes con hojas de laurel y sauce. La Plaza de Mayo quedó cruzada por lienzos pintados con trofeos, y en su centro se elevó una pirámide similar a la usada en las fiestas patrias. En la esquina del Cabildo se construyó un arco del triunfo. Hacendados y labradores, "ciudadanos ilustres", jefes militares y funcionarios de gobierno arrastraron el "carro triunfal" construido para la ocasión, mientras los cívicos guardaban en hilera el paso de la comitiva oficial. El clero se sumó a los festejos, aceptando que el retrato de Rosas fuese venerado en el altar de las iglesias de cada parroquia. Tanto los representantes que votaron la ley del 7 de marzo, como los vecinos que ovacionaron a Rosas en la ceremonia de asunción del mando, parecieron aceptar que el costo de salvar la Confederación serla un alto grado de intolerancia política y de violencia do Estado, La proclama leída por Rosas al asumir el mando hacía presumir los imperativos que dominarían durante su administración: persecución a muerte "al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida y sobre todo, al traidor’’ La restauración del orden federal exigía una guerra sin cuartel ''a los unitarios, así como un aumento de la represión a quienes violaban las leyes y ofendían a la religión católica. Por mecanismos legales y con todo el ceremonial se había establecido un gobierno republicano de excepción, un gobierno que, para garantizar la sustentabilidad del sistema representativo/electoral, debió concentrar buena parte de las facultades de los otros poderes y suspender ciertas libertades individuales. En principio, aquellos cuyas libertades serían coartadas constituían una minoría: eran ciudadanos de los sectores acomodados que el propio régimen había definido como "subversivos", "anarquistas", y 'traidores" de la Patria. Parte del mandato que Rosas había recibido consistía precisamente en llevar la guerra `a muerte' a los unitarios. Ciertamente, el orden político instaurado en 1835 no era liberal: no pretendía defender los derechos de las minorías ni de los individuos. Sólo interesaba defender el sistema federal y, por medio de éste, los derechos adquiridos de los pueblos; esto es, la independencia de la Confederación, el gobierno republicano y la igualdad ante la ley. Pero sí era republicano, en la medida en que la legitimidad del gobierno, aunque dotado de poderes extraordinarios, estaba basada en la voluntad popular y había sido elegido dentro del marco de las instituciones de la República. La "opinión pública" ese impreciso sustituto de la voluntad popular constituía la base de legitimidad y poder del régimen. La Sala de Representantes había concedido poderes extraordinarios a Rosas interpretando el "sentir de la opinión pública" y, cada año, Rosas refrendaba su autoridad por medio de

elecciones en las que participaba una altísima proporción de los votantes. Los instrumentos usados por el gobernador para sostener su poder y para combatir a la oposición política fueron múltiples: reservar cargos públicos para quienes eran "decididos federales", la intimidación y el asesinato de aquellos que, abierta o encubiertamente, desafiaban al régimen, la confiscación de sus propiedades, la censura de la prensa, la obligación de usar la divisa punzó, entre otros. Si bien estos instrumentos indican la existencia de un régimen dictatorial en tanto es el gobierno de una persona con monopolio de los poderes públicos, ejercido sin restricciones, no alcanzan para caracterizar al gobierno de Rosas de totalitario. Aunque es cierto que, después de 1839, buena parte de la oposición buscó el exilio y que el aumento de la censura a la prensa hizo que el "unanimismo" -la idea de que el pueblo debía apoyar en forma unánime al gobierno federal- ganara terreno, en la práctica Rosas no pudo erradicar el disenso ni la crítica. Desde ámbitos tan distintos como las academias de medicina y las pulperías se escuchaban voces de crítica, más o menos abierta a la "Dictadura", aun en los momentos más represivos del régimen. Cierto, Rosas trató de construir un sistema de información orientado a controlar las acciones y expresiones de todos los ciudadanos -mandando confeccionar listas de unitarios, criminalizando las expresiones en contra de la causa federal, controlando los colores de la vestimenta y de las viviendas-. Pero el incipiente desarrollo del aparato estatal impidió que el Estado controlara la totalidad de la vida social y privada de los ciudadanos. Sin duda, la exclusión y la intolerancia política formaban parte del "federalismo rosista". La censura previa de la prensa, restablecida en 1833, hizo que los periódicos opositores fueran pocos y el contenido de sus críticas, moderado. Rosas, por su parte, tenía publicistas que apoyaban su gestión. Desde el Archivo Americano y desde La Gaceta Mercantil, Pedro de Angelis defendió los aciertos del gobierno y trató de contrarrestar la crítica de los opositores en el exilio, Desde un costado más popular, periódicos como El Restaurador de las Leyes o El Torito de los Muchachos excitaban a la población a desenmascarar y denunciar a los unitarios. También la prensa rosista explotó el patriotismo de los sectores populares, estimulando la reacción popular ante amenazas y humillaciones de países extranjeros u la Confederación. Conforme fue creciendo el terror, los periódicos opositores fueron cerrando. Después de los sucesos tic 1840, muchos de los publicistas opositores emigraron cuando vieron que las posibilidades (le expresar abiertamente sus ideas eran prácticamente nulas. Afincados en Montevideo, los emigrados atacaban a la "Dictadura" a través de periódicos tales como El Grito Argentino, Muera Rosas, El Comercio del Plata, Nacional, El Iniciador, El Talismán y otros. Desde Santiago y Valparaíso, periódicos como El Nacional, El Progreso, Crónica

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Contemporánea de Sudamérica, El llene/do Argentino y El Mercurio lanzaban devastadoras críticas contra el gobierno de Rosas. Para un régimen comprometido en una guerra "Santa" contra los unitarios, una forma efectiva de excluir a los opositores consistió el] etiquetarlos de "unitarios". Listas de unitarios, confeccionadas por los jueces de paz, circulaban entre los distintos juzgados y policías, sirviendo de advertencia o amenaza para los opositores al régimen. Aquellos incluidos en estas listas estaban sujetos a intimidaciones, golpizas, prisiones, confiscaciones y últimamente el asesinato. Usadas por primera vez en 1831, estas listas se reiteraron cada año a partir de 1836, como una forma de afirmar la comunidad federal y de identificar a los posibles unitarios. Otra manera de debilitar a la oposición consistió en confiscar las propiedades de aquellos sospechados de unitarios. Las principales confiscaciones se ordenaron en 1840 y fueron la represalia del gobierno a la invasión de Lavalle; se pretendía que los unitarios mismos pagasen los costos en que había incurrido el Estado para defender la provincia de los invasores. Mientras que las estancias eran por lo general retenidas para usufructo de los ejércitos federales, sus muebles y utensilios, vendidos en subasta pública, servían para retribuir los servicios de los que habían contribuido a la causa federal. Estos "pagos" hacían partícipes de la violencia del Estado a miembros de las clases bajas, quienes veían en el federalismo una oportunidad de acceder a bienes de otro modo inaccesibles. El uso mandatorio de la divisa y el cintillo federal, así como la prohibición de expresar opiniones contrarias a la Federación, constituyeron otras formas de exclusión política. Pero fue el terror ejercido desde el gobierno lo que contribuyó más poderosamente a crear el estado de miedo que hizo gobernable a la provincia. La Sociedad Popular Restauradora, una organización para-policial formada por alrededor de doscientos fervientes federales, estaba encargada de llevar adelante la identificación y separación de los unitarios del cuerpo de la República. Su fuerza de choque, la Mazorca, llevaba adelante las intimidaciones y asesinatos políticos ordenados por aquella Sociedad. En las noches, los mazorqueros cabalgaban por la ciudad, disparando tiros en las ventanas o paredes de las casas de aquellos sospechados de opositores, a fin de intimidar a sus ocupantes. También era práctica común allanar las viviendas particulares en búsqueda de evidencia incriminatoria. Por lo general, los que resultaban escogidos por uno u otro medio, si salvaban sus vidas, elegían el camino del exilio. Después de varias de estas advertencias, venían los asesinatos. El método preferido por los mazorqueros fue el degüello a cuchillo, realizado luego de someter a las víctimas a humillantes rituales de feminización y sadismo. En el pico de la ola de terror, agosto de 1840, cuerpos descabezados podían

encontrarse en las calles de Buenos Aires cada mañana. El terror de Estado, además de ser aplicado en forma selectiva en tanto las víctimas fueron principalmente miembros de los sectores acomodados o ilustrados de la sociedad, no fue constante en su magnitud a intensidad, Utilizado para desarticular o intimidar a la oposición en momentos de crisis política o militar el terror, apareció en oleadas de exaltación y calma, Cuando la Federación parecía amenazada, el terror se intensificaba. Así, Buenos Aires vivió su período de mayor terror entre los años 1838 a 1842. La caída del gobierno de Oribe en Uruguay en 1838 hizo evidentes las conexiones entre los emigrados unitarios y los franceses, acentuando los temores del régimen sobre una invasión a la provincia. Como reacción, el gobierno confeccionó listas de unitarios, confiscó sus propiedades y forzó a muchos a dejar el país. La conspiración de Maza en junio 1839 y la Rebelión del Sur en octubre de ese mismo año alimentaron reacciones contra los unitarios que se hicieron sentir en un aumento del número de arrestos, intimidaciones y asesinatos. De la misma forma, la seguidilla de asesinatos a opositores que luego serían conocidos como los "crímenes del año 40", se correspondieron con la gran ansiedad pública creada por la invasión de Lavalle. Aunque no exitosa, esta incursión estimuló a los unitarios unidos en la Liga del Norte a reiniciar su ofensiva en contra de las fuerzas federales. Por el contrario, cuando el régimen y el sistema federal parecían volver a la calma, el terror se atenuaba visiblemente. Después de 1841, la amenaza que representaba Lavalle, los asesinatos políticos disminuyeron drásticamente. Hacia 1846 el régimen se sintió tan seguro que Rosas ordenó el desmantelamiento de la Mazorca y el ingreso de sus miembros a las milicias. En 1848, luego de la batalla de Vences, que garantizó la hegemonía del ejército federal, y del levantamiento del bloqueo anglo francés que había mantenido amenazada a la Federación, Rosas pudo mostrarse generoso. Permitió el regreso de los emigrados, devolvió los bienes confiscados y, por un momento, levantó las restricciones a la prensa. Por ello, el fusilamiento de Camila O’ Gorman y de Ladislao Gutiérrez en agosto de 1848 tomó a la población por sorpresa; no sólo el castigo parecía excesivo al delito, sino que además fue ordenado en una época de relativa calma política. La magnitud del terror de Estado no es fácil de determinar. El número de asesinatos políticos durante el período 1829-1852 oscila, de acuerdo a la estimación de que se trate, entre un mínimo de 250 y un máximo de 6.000. Las estimaciones contenidas en las Tablas de Sangre de Rivera Indarte contrastan con las cifras provistas por La Gaceta Mercantil en 1845, y ambas no son consistentes con las aportadas por la fiscalía en el juicio a Rosas (1857). Sólo un estudio más minucioso de estas muertes

permitiría precisar mejor este aspecto del régimen rosista. EL ORDEN REPUBLICANO EN EL DISCURSO Y EN LAS PRÁCTICAS
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La tradición liberal presentó la experiencia rosista como un ejemplo de un régimen despótico profundamente anti-republicano, como una desviación abrupta de los principios de Mayo y como un regreso a tradiciones de gobierno de la época de la Colonia. Los publicistas del rosismo, por el contrario, asociaron constantemente la experiencia del régimen con la defensa del sistema republicano, en particular del sistema representativo. Para ellos, los poderes excepcionales, lejos de negar los principios republicanos, servían para defenderlos. Es que, en un contexto político y social caracterizado como la anarquía, el sostenimiento de las instituciones republicanas requería antes la restauración del orden social. Lejos de defender el sistema absolutista antirrepublicano, los que siguieron a Rosas creían que el federalismo representaba una continuidad con la república imaginada por los hombres de Mayo, sólo que adaptada a las circunstancias históricas que les tocaron vivir. El federalismo rosista era, en este sentido, una adecuación de los principios abstractos del republicanismo a la realidad política de la Argentina pos independiente. La defensa de la independencia n las amenazas de potencias extranjeras, la preservación de un orden político federal que impidiese el desmembramiento de las Provincias Unidas en unidades auto-suficientes, el restablecimiento del orden social a fin de proteger la propiedad privada y la seguridad personal, y la adhesión a un principio de representación basado en la voluntad popular constituyeron creencias esenciales del federalismo rosista. La política de esta época se entiende a través de los significados que los federales acordaron al orden republicano. El discurso republicano del rosismo estuvo asentado sobre cuatro componentes. El primero de ellos fue el ideal de un mundo rural estable y armónico, con fronteras claras a la propiedad y con jerarquías sociales bien delimitadas, una sociedad en que cada uno tenía un rol social "natural". Aunque algunos autores han visto en este ideal un deseo de Rosas de volver al pasado colonial, a un orden jerárquico, racial y católico, nada está más lejos de la verdad. La sociedad ideal planteada por el rosismo era moderna, basada en la difusión de la propiedad privada de la tierra y en relaciones igualitarias entre los vecinospropietarios. Labradores y pastores, convertidos en ciudadanos por obra dela revolución, convivían en paz y armonía, luego de haber derrotado a los profetas de la anarquía, es decir, luego de haber recuperado la república. Dentro de este orden republicano, el ideal de virtud era aquel Gran

Ciudadano que, siendo meramente un labrador o un pastor (un propietario rural), entregase su tiempo y esfuerzos a la construcción del orden social y a la restauración de las instituciones republicanas, volviendo después a su espacio natural, la vida en la campaña. Rosas, con sus reiteradas renuncias a ocupar el poder y su vocación por retornar a sus estancias, parecía cumplir con este ideal republicano. Un segundo componente importante de este imaginario fue la imagen de una república amenazada por una banda de conspiradores de clase alta. Los unitarios -identificados en el discurso rosista con los intelectuales, los comerciantes, los artistas, las personas de gustos refinados y dinero- aparecían como un grupo irreformable de alienados mentales, perversos morales y herejes, siempre dispuesto a subvertir el orden institucional. Ellos constituían la principal amenaza a la continuidad de la república. Esta imagen maniquea -de una república jaqueada por un grupo de conspiradores aristocráticos- gozaba de gran credibilidad entre los contemporáneos do Rosas. Es que los unitarios no sólo se habían levantado contra el gobierno elegido por la voluntad popular en diciembre de 1828 sino que, además, se habían asociado con potencias extranjeras como Francia y Gran Bretaña en contra de la República. La "opinión popular", de acuerdo con los publicistas del rosismo, ya se había pronunciado por el sistema federal, de modo que aquellos que insistían en el sistema de la unidad revelaban su posición aristocrática contraria a la voluntad popular. Un tercer componente del republicanismo rosista fue la defensa del "Sistema Americano". Para responder a las amenazas que se cernían sobre la "causa federal" y sobre la integridad territorial y la soberanía de los estados de la Confederación Argentina, los publicistas de Rosas hicieron uso de un imaginario "Sistema Americano", una confraternidad de repúblicas americanas enfrentadas con las ambiciosas monarquías europeas. Era una especie de patriotismo ampliado, de extensión continental, con la cual se suplía la inexistencia de una identidad nacional mas precisa, en momentos en que la propia geografía de la nación permanecía imprecisa en que las provincias se unían a la causa federal o al sistema de la unidad, de acuerdo al devenir cambiante de la guerra civilera preciso recurrir a una identidad amplia, que evocase la unidad de las luchas por la independencia y no la desunión del período postindependiente. Este "americanismo" estaba asociado a la temprana modernidad política y económica de la región: los "estados americanos" habían adoptado el sistema representativo republicano y la libertad económica antes que muchos de los estados europeos. Las repúblicas de Hispanoamérica, insistían los publicistas del rosismo, eran "civilizadas": la "barbarie" existía pero no en mayor grado que en las naciones europeas. Aunque impreciso, este patriotismo ampliado tenía la virtud de poner en su

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lugar las pretensiones y las críticas extranjeras. Sólo los "americanos" entendían la naturaleza sui generis de sus propias sociedades y sólo a ellos correspondía elegir su forma de gobierno. Tanto en la economía como en la política los propios "americanos" habían encontrado fórmulas innovadoras, adaptando las teorías europeas a las realidades americanas. Un último componente del discurso republicano rosista se refería principalmente a esta adaptación entre teoría y realidad políticas. El orden republicano requería restaurar el orden social, calmar las pasiones de la revolución, para poder funcionar. De nada servían las instituciones si los ciudadanos no obedecían la ley, si bandas facciosas se sublevaban contra el gobierno legítimo, si no se respetaba la propiedad, si el comercio y la industria eran presas de los saqueos de gauchos e indios. Si por una parte el federalismo rosista pretendía preservar la independencia política y la paz de la Confederación, por otra parte trataba de reconstruir el entramado de relaciones sociales en base al imperio de la ley, a la difusión de la propiedad privada, y a la civilización delas costumbres. El "orden" que prometía restaurar el federalismo rosista era a la vez un orden económico, político y social. Principalmente se trataba de restablecer la autoridad dentro de los sitios productivos: la estancia, el saladero, el matadero, e imponer a los habitantes de la provincia la obediencia a las leyes, disminuir la criminalidad en tanto ésta afectaba la seguridad de la propiedad y de la vida, erradicar las costumbres "bárbaras" de los habitantes de la campana como los duelos a cuchillo, la embriaguez, el juego, el ocio y la itinerancia; pacificar de alguna manera a las naciones indígenas y reconstruir sobre esta base relaciones armónicas entre los diferentes Estados La persecución del comercio indígena, de las pulperías volantes y de los cazadores furtivos, así como la creciente regulación de la marcación, transporte y comercio de ganado se orientaban ciertamente hacia la constitución de un orden propietario. Pero no era éste el orden de los grandes terratenientes imaginado por Sarmiento, Ingenieros y Oddone. Por el contrario, los pequeños "pastores y labradores" eran la garantía del régimen. No sólo en el sentido de que era su interés defender el imperio de la ley, sino también porque sólo entre ellos, los propietarios-ciudadanos, podía encontrarse la virtud que sostendría el sistema republicano ele gobierno. La gran propiedad terrateniente, por el contrario, no era ideológicamente consistente con el orden republicano. El orden rosista tampoco era, como generalmente se sostiene, un orden católico. El federalismo rosista trató de ordenar las costumbres de los habitantes de la campaña, haciendo que los paisanos respetaran los domingos y las fiestas religiosas, que se diera cierta sacralidad a los cementerios y a las iglesias, y que los pueblos contaran con los esenciales servicios religiosos. Pero esto no hizo de la causa federal un movimiento de

restauración católico. El catolicismo jugó un papel bastante marginal dentro de las enunciaciones rosistas. Si el federalismo rosista defendía "la religión" de los ataques de los "impíos" y "ateos" unitarios, lo hacía en nombre de una no definida religiosidad popular y no en nombre de la Iglesia Católica, con la cual Rosas se enfrentó en mas de una ocasión. Más que fortalecer la fe católica, el federalismo rosista hizo uso de la religión para afianzar su propio catecismo político. En este sentido, el orden demandado por los publicistas del rosismo era un "orden federal", es decir, implicaba un supuesto acuerdo previo entre los estados provinciales que debía mantenerse a toda costa. Era un orden de carácter coercitivo, por el cual las provincias del interior debían unirse a su hermana mayor en la persecución de la causa federal, la tranquilidad social y el imperio de la ley. La invocación recurrente a los "pactos federales" no podía esconder esta contradicción básica del ideario federal: el hecho de que la declarada defensa de un orden "federal" sólo fuese posible mediante la centralización del poder político en Buenos Aires. Los críticos contemporáneos de Rosas decían con razón que su régimen político se sostenía en un arreglo entre gobernadores -a veces obtenido mediante la fueran- que dejaba sin resolver el problema constitucional, Rosas se oponía a la convención de un Congreso Constituyente a nivel nacional porque consideraba que, mientras no se apaciguaran las pasiones encendidas por la revolución, una constitución no solucionaría por sí las diferencias entre provincias, facciones y clases. Así, antes de poder opinar sobre una constitución nacional, las provincias del interior debían contribuir a la derrota del sistema de la unidad y de sus defensores. Una sociedad agraria estable y armónica, un americanismo moderno y pragmático enfrentado a la tradicional y monárquica Europa, la amenaza permanente de conspiradores unitarios y una obsesión por el orden constituyeron las bases del discurso del republicanismo rosista. Contrastar este discurso con las prácticas autocráticas del gobierno y con el ejercicio del terror de Estado, una tarea emprendida con éxito por los publicistas unitarios desde el exilio, sería repetitivo e improductivo. Porque el republicanismo rosista nunca pretendió defender valores liberales como la división de poderes, la separación Iglesia-Estado o el respeto a las opiniones de las minorías. Más importante, cuando se quiere examinar el grado de consenso popular y legitimidad política que gozó el gobierno de Rosas, es evaluar de qué manera las prácticas políticas y, en general, la cultura política del período hicieron creíble este imaginario republicano. Ciertamente los que apoyaban a Rosas sentían que estaban viviendo de un orden republicano. Aquellas "gentes decentes" que en la noche del 31 de julio de 1835 se disfrazaron de senadores romanos para representar la tragedia "Bruto o Roma Libre", creían llegado el momento en

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que un gobierno fuerte salvara a la república de los exaltados homicidas. De la misma forma, una serie de rituales públicos, muchos de los cuales se llevaron a cabo por iniciativa popular, dejan entrever que este ideario republicano estaba bastante difundido entre los sectores más pobres de la población. En las celebraciones de Semana Santa, el gobierno ordenaba la quema pública de Judas de trapo en las principales plazas de la ciudad. Estos muñecos, vestidos de celeste y con patillas a la francesa, representaban al demonio unitario que, en su locura y herejía, había atacado a las instituciones de la república. Su quema, de la que participaba la comunidad federal, anticipaba la extirpación de este mal y estimulaba a los federales a continuar apoyando el esfuerzo de guerra. En las fiestas mayas y julianas, la ciudad y la campaña celebraban la independencia de la nación por medio de un complejo y rico ritual que incluía, entre otras cosas, adornos en la plaza, casas iluminadas, bailes públicos, diversiones de toros, juegos de sortija, paisanos disfrazados de beduinos, vivas y mueras y salvas de fusilería. El significado de estas fiestas republicanas podía leerse en los carteles que se fijaban alrededor de la pirámide colocada en el centro de la plaza. Ellos pedían honor y gloria para los generales de los ejércitos que habían defendido a la Confederación y para el Gran Ciudadano, Rosas, quien con sus sacrificios había salvado al país de la anarquía y restablecido el orden y la ley. El lenguaje de tales carteles era inequívoco: ellos hablaban de la "salvación de la república", de los "derechos de los pueblos", de la invitación a los "ciudadanos de todas las clases" y, obviamente, del "sistema federal". LA LEY, EL DELITO Y EL CASTIGO Por haber ayudado a la recuperación del orden institucional en la provincia en 1820, Rosas fue nominado "Restaurador de las leyes". Para sus críticos y opositores, que veían en su gobierno sólo arbitrariedad y despotismo, este título carecía de valor de verdad. Para los federales y para amplios sectores del público político de este período, en cambio, la nominación era merecida. Rosas habla restaurado, hacia 1835-40, no sólo el orden institucional, sino también la confianza de los ciudadanos en la justicia y su obediencia a la ley. Existió durante este período un sistema de justicia que funcionaba regularmente y, aunque sostenido por el miedo al castigo, también se dio un elevado grado de acatamiento a la ley por parte de la ciudadanía. Esta condición, sin embargo, no debe confundirse con el estado de derecho, porque no existía una justicia independiente del Poder Ejecutivo y porque el debido proceso no constituía un derecho de todos los ciudadanos. La "restauración de las leyes" se refería casi exclusivamente a la elevada legitimidad de que gozaron la ley y sus agentes entre los

ciudadanos federales. En particular, Rosas reforzó la imagen entre sus comprovincianos sosteniendo que, mientras él gobernara la provincia, regiría una ley para todos y cada uno de los ciudadanos, independientemente de su status, condición social o riqueza. A pesar de gozar de facultades extraordinarias, Rosas prometió interferir lo menos posible con la administración de la justicia, como él mismo decía "dejando correr las cosas por su orden y conductos regulares". De hecho, permitió a los jueces de paz conducir la mayor parte de los casos civiles o correccionales en la campaña y hacerse cargo de la instrucción de los casos criminales. Dejó casi sin modificar la legislación heredada, leyes provenientes del período colonial y de la experiencia rivadaviana y no introdujo modificaciones sustanciales en la organización de la justicia. En la Capital funcionaban dos juzgados de primera instancia además de los jueces de paz de cada parroquia; en la campaña actuaban sólo los jueces de paz, uno en cada partido. Alcaldes y tenientes alcaldes, dos a cuatro para cada partido, servían como auxiliares de la justicia en el medio rural. El sistema judicial de la época de Rosas era, en muchos sentidos, la continuación del instrumentado en el período 1821-1825. De hecho, los jueces se guiaban por "instrucciones" y "manuales" distribuidos en esa época. Los cambios que introdujo Rosas se verificaron en el terreno de la aplicación. Las leyes, durante la era rosista, adquirieron un carácter regulador de las relaciones sociales entre los individuos y entre estos y el Estado porque los jueces se preocuparon por hacer que se cumplieran. El aprendizaje de la ley por parte de los jueces, el control mas frecuente de de las actividades de los jueces, la visibilidad de los castigos, la cooperación de los vecinos y la circulación de información sobre delincuentes contribuyeron a hacer más efectivo el sistema de justicia. En los cuerpos de los detenidos, en las "filiaciones" de desertores, asesinos y ladrones que circulaban de juzgado en juzgado, en las frustraciones de quienes querían evadir las formalidades legales, en las reprimendas del gobernador a sus jueces, podía notarse que la ley se había tornado más visible y tangible. Era, para una buena parte de la población, una realidad que no podía ignorarse. El conocimiento de las leyes por parte de los jueces, pensaba Rosas, era esencial para su eficaz aplicación. Por ello, el gobernador estableció que los jueces de paz enviaran cada cuatrimestre un informe sobre el cumplimiento de las leyes, decretos y circulares en su jurisdicción, lo cual obligaba a los jueces a copiar estas disposiciones una y otra vez. Al cabo de un tiempo, aprendían de memoria las normas que sostenían la Pax Rosista, y casi ritualmente informaban al gobernador sobre su cumplimiento. Aunque esto es indudablemente exagerado, pues el cumplimiento de la ley no era absoluto, los datos disponibles sobre presos

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en la campaña dejan entrever que los delitos graves, como homicidios, robos, heridas, hurtos, fueron bastante infrecuentes. En realidad, pasaban meses en un partido sin que se registrara un solo arresto. Un aspecto importante en relación con el cumplimiento de las leyes era la forma en que éstas llegaban a la población en general. Para que los Paisanos conocieran la letra de la ley, los jueces daban "reconvenciones", advertencias o penalizaban con multas a los que infringían las disposiciones por primera vez, siempre que se tratara de faltas o delitos leves. Para los reincidentes, los jueces recurrían a la didáctica del castigo ejemplar y público: el cepo, los azotes y los trabajos públicos. Se pensaba que aquellos que presenciaran estos castigos aprenderían a relacionar el delito con la certidumbre del castigo. Rosas se reservaba las sentencias de los delitos mayores, castigando homicidios, robos, violaciones, deserciones y heridas con penas de servicio en el ejército y, en casos excepcionales, la ejecución pública. Que los ciudadanos vieran los castigos corporales servía para mostrar la determinación del gobierno de castigar el delito y de inculcar la letra de la ley por medio de la violencia. El temor al castigo junto a un mejor flujo de información sobre los delincuentes contribuyó a un aumento de la seguridad de las personas y de los bienes, aunque nuevamente habría que excluir de estos beneficios a aquellos sindicados como unitarios para quienes, obviamente, no existía ninguna garantía de seguridad. Los archivos del período están atestados de filiaciones, clasificaciones, circulares y solicitudes de arresto relativas a delincuentes, algunos de estos documentos conteniendo información muy detallada sobre las señas, ropa y apariencia general de los sujetos buscados. Es que los jueces estaban obligados a circular información que permitiera el arresto de aquellos que contravenían las leyes. Además, los vecinos ayudaban a los jueces en la identificación, arresto y sumario de los delincuentes. Muchas veces eran los propios vecinos quienes pedían el arresto de aquellos sospechados de haber cometido un delito, y en ocasiones llevaban arrestado al sujeto. Esta cooperación, sin duda influida por la nueva credibilidad en el sistema de justicia, resultaba esencial para la aplicación de la ley en un contexto de grandes distancias y de reducida fuerza policial. En parte, la efectividad del sistema de justicia dependió también de la estabilidad de los jueces. En la campaña, los jueces de paz que cumplían con las disposiciones del gobernador eran reelegidos por varios períodos consecutivos. Esto torno predecible, en cierta forma, el sistema de justicia. Cualquier transeúnte o acarreador de ganado podía esperar que al cruzar de un partido a otro un policía lo registrara y que de no tener documentos o de resultar sus explicaciones insuficientes, lo remitiera al juez de paz del partido. Distintos historiadores han puntualizado que la concentración de facultades en manos de los jueces de paz convertía a

estos funcionarios en pequeños tiranos locales. Esta interpretación parece exagerada, pues no considera que éstos estuvieron bajo la constante supervisión del gobernador, quien, por el motivo que fuese, insistía en que aquellos hicieran cumplir la ley. Además, el estricto control del gobernador sobre los jueces hacía más difícil la connivencia entre éstos y los poderosos propietarios locales, y aunque se dieron casos de jueces que respondieron o protegieron los intereses de grandes estancieros, fueron la excepción. Más interesados en defender sus credenciales como buenos federales y "adeptos a la persona de Rosas", los jueces pudieron actuar en contra de los estancieros si así lo requería el cumplimiento de la ley. ¿Quiénes eran estos jueces de paz? La ley establecía que serían designados por el gobernador a partir de ternas confeccionadas por el juez de paz saliente. En la campaña era difícil encontrar personas aptas para esta función. Eran pocos los que podían leer y escribir con solvencia y menos aún los que deseaban abandonar sus sembradíos y ganado para atender esta carga pública. La residencia en el lugar se volvía entonces determinante: aquellos que tenían casa en el pueblo eran preferidos. Si a la residencia local el candidato sumaba el atributo de ser "federal neto" la designación era casi segura. En muchos casos la elección de Rosas recaía sobre el juez saliente o sobre algún vecino federal de reconocido prestigio en la zona. Por lo general, los jueces eran escogidos entre vecinos de "buena o mediana fortuna"; la mayoría, sin embargo, no eran grandes estancieros. Como vecinos propietarios los jueces de paz estuvieron comprometidos directamente con la defensa de la propiedad y de la seguridad de los pueblos. Por lealtad a Rosas y a la causa federal, ellos debieron sostener uno de los principios del gobierno: la restauración de las leyes. ¿Cuáles eran las leyes que velaban los jueces? Rosas llamaba "leyes" a un conjunto de disposiciones, leyes, decretos, circulares, nunca codificadas ni ordenadas. Había normas inherentes a la marcha de la administración -pago de sueldos, papel sellado, informes periódicos, nombramientos-, normas sobre el cuidado de los bienes públicos -los "caballos patrios" y las "invernadas" y las obligaciones fiscales de los ciudadanos -la contribución directa, los derechos de corrales, las patentes de pulperías y carretas-, normas relativas a la propiedad, transporte y comercio de ganado -marcas de ganado, registro de acarreadores, control de corrales, pulperías volantes, caza de nutrias- y normas que reprimían los delitos contra el Estado -la deserción y la evasión del servicio militar y la no portación de documentos-. Además de estas disposiciones, los jueces de paz debían controlar la aplicación de normas más minuciosas que regulaban las "buenas costumbres" de los pueblos de la campaña. Debían sancionar los juegos de azar en las pulperías, la portación de cuchillos y armas de fuego, los alborotos alrededor de los cementerios, la ebriedad,

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los juegos de carnaval, y aun el no guardar las fiestas religiosas. Por último, había normas de control político ideológico destinadas a identificar, excluir y castigar a los unitarios. Los jueces debían controlar que los paisanos llevaran la divisa punzó en sus chaquetas o el cintillo punzó en sus sombreros, informar sobre personas con simpatías unitarias, levantar ocasionalmente listas de unitarios y federales, y administrar, si los hubiese en su distrito, bienes confiscados a los unitarios. Las atribuciones de los jueces de paz de campaña eran enormes. Los jueces realizaban los inventarios de los bienes de aquellos que fallecían sin testamentar, controlaban la tranquilidad de las pulperías, allanaban viviendas, perseguían desertores, organizaban los "auxilios" de ganado para el ejército, levantaban padrones de propietarios, etc. En muchos casos cumplían funciones de jefes de policía, cuidando de la seguridad personal de los habitantes de su distrito y mandando arrestar y castigando a personas que cometían delitos o faltas. Entendían en todos los casos criminales, al menos durante el proceso de instrucción sumarial, y después los casos eran enviados a Rosas para su consideración y sentencia. Menos frecuentemente se involucraban en la operación del reclutamiento y sólo lo hacían cuando ellos mismos eran los comandantes de milicia. Debían, sin embargo, enviar cada tanto un "contingente" de jóvenes para el ejército. Los amplios poderes acordados a los jueces de paz los convertían en personas muy influyentes; esos mismos poderes hacían que la ley estuviese presente en cada aspecto do la vida social de la campaña. La labor de "pacificación realizada por los jueces de paz fue importante. Los delitos en la campaña fueron menos violentos y frecuentes de lo que se cree. Las deserciones del ejército y el viajar sin pasaporte o papeles de identificación-papeleta de enrolamiento, de conchabo, o papeles de baja o licencia- fueron los delitos más frecuentes. En un segundo lugar estuvieron el robo y los delitos contra la propiedad: el carneo de una o dos vacas para alimento o por el cuero, o el robo de un caballo para transportarse fueron las formas típicas que adquirieron estos delitos. En tercer lugar se ubican los delitos contra el orden público, como la vagancia, los disturbios, el juego, la ebriedad, etc. Los jueces de paz parecen haber sido eficaces en mantener estos delitos bajo control. El cargo de "vagancia", el más reiterado del grupo, se usó muchas veces como complemento de otro delito, real o supuesto, o simplemente como un calificativo moral del arrestado. Los delitos contra las personas, homicidio, heridas, violación, mucho menos numerosos que los robos o las deserciones, aparecen en cuarto lugar. Aunque es posible pensar que muchos de los hechos de sangre, sobre todo aquellos resultantes de peleas, se llevaron a cabo fuera del alcance de las autoridades, el escaso número de arrestos por homicidio pone en duda la visión de la pampa

como un territorio naturalmente violento. El bajo nivel de criminalidad estuvo asociado en parte a la efectividad de este sistema de justicia, pero también al bajo grado de conflictos posibles de juicio que generaba la sociedad de la época. Los conflictos interpersonales, motivados por insultos, deudas, juego o mujeres, hallaron expresión en las pulperías, carreras de caballos y otros centros de sociabilidad. Muchos se resolvieron sin muertes, debido en parte al control de armas blancas al que eran sometidos los concurrentes. La mayoría de los conflictos entre estancieros y peones, así como aquellos que involucraban a amos y esclavos, se resolvían en el interior de las estancias o casas, llegando a la justicia sólo aquellos casos de más difícil resolución. Los jueces, por su parte, no se preocuparon demasiado por perseguir peones incumplidores o esclavos escapados. Defendieron la propiedad arrestando a ladrones de ganado, pero no en la medida y con la intensidad en que lo harían después de la sanción del Código Rural de 1865. Las guerras civiles y su correlato necesario, el reclutamiento forzoso, fueron los procesos que generaron mayores conflictos y violencias. El hecho de que la deserción fuese el delito más frecuente del período es indicativo de que la resistencia de las masas rurales se dirigió a contrarrestar la violencia del Estado, más que a luchar contra los estancieros. Las leyes gozaron como dijimos, de un elevado grado de legitimidad durante el periodo de Rosas. Esto era sobre todo una cuestión de percepción: los ciudadanos federales creían que las leyes se estaban respetando más que en el pasado y que, en especial, los privilegios interferían menos que antes con la aplicación de la ley. La cooperación de los hacendados con las tareas de reclutamiento, llevando a sus peones- a registrarse en el juzgado, muestra que aun los poderosos debían aceptar las disposiciones de las leyes. También ellos tenían la impresión de que Rosas no toleraría resistencias o incumplimientos. Las órdenes impartidas por el gobernador a los jueces de paz para que persiguieran a quienes daban protección a desertores y a fugitivos de la justicia, sin importar el poder y la riqueza de los implicados, contribuía a sostener esta impresión. Algunas decisiones del gobernador ayudaron, sin duda, a dar credibilidad a la idea de que el federalismo respetaba en la práctica el principio de igualdad ante la ley. Cuando un sobrino de Rosas, Felipe Escurra, entró en problemas con la ley por "abrigar" a un supuesto delincuente, el gobernador defendió la posición del juez de paz aun cuando su propio sobrino debió permanecer preso. Otros episodios nos muestran que las personas de los sectores populares confiaban en la justicia. Las esposas o madres de varones reclutados injustamente escribían a Rosas demandando justicia, es decir, la libertad de sus esposos o hijos y el castigo a los militares o policías responsables del atropello. Humildes criadores pedían que Rosas

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rectificara las acciones arbitrarias de ciertos jueces de paz. Morenos y morenas pedían el otorgamiento de cartas de libertad prometidas o pedían que se los declarara libres por abusos cometidos por sus amos. A veces los jueces mismos acusaban ante el gobernador a los comisionados militares de abusos cometidos contra pobladores de su jurisdicción. El lenguaje de estos peticionantes no deja dudas sobre la creencia de que los jueces debían aplicar la ley en forma imparcial y ecuánime y que, bajo Rosas, esto era posible. Aunque los peticionantes se quejaban de la falta de justicia, todos creían en la posibilidad de obtenerla. Rosas, sin duda, trató de reivindicar la igualdad ante la ley como uno de los logros de su gobierno. En la práctica, sin embargo, existieron importantes desigualdades. Gran parte de los arrestos recayeron sobre personas no residentes en el partido, en su mayoría peones, jornaleros, acarreadores de ganado o picadores de carretas obligados a Menea de trabajo. Considerados como "desconocidos" o "transeúntes" por los vecinos o residentes, sobre ellos recalan las sospechas de los crímenes que conmovían a los pueblos. Por otra parte, a pesar del igualitarismo social que el federalismo parecía sustentar, los jueces identificaban a los miembros de la "clase de peón de campo" -personas que trabajaban como peones, usaban poncho y chiripá y no sabían leer ni escribir-, con los sujetos peligrosos de la campaña. Aunque no hubiesen cometido delitos, éstos eran arrestados y enviados a servir a los ejércitos federales. Los vecinos propietarios, aun pequeños labradores y criadores, estaban menos expuestos a estos arrestos arbitrarios. Los estancieros y grandes propietarios raramente figuraban en las listas de presos comunes. Por último, hasta muy entrados los años '40, los amos continuaban sometiendo a sus esclavos, y particularmente a las esclavas domésticas, a castigos de corrección como latigazos o tiempo en el cepo, en la cárcel pública. Esta violencia del Estado para fines privados, aplicada contra personas de color, contradecía el imperativo de la igualdad ante la ley. VIVIR LAS GUERRAS CIVILES El segundo gobierno de Rosas fue un tiempo de guerra. Para sostener el armazón político-militar de la Confederación y asegurar la tranquilidad a sus habitantes, además de mantener su propio poder frente a otros líderes regionales o frente a la amenaza de unitarios y de otras naciones, Rosas mantuvo a la población en pie de guerra durante una buena parte de su mandato. Las campañas militares se sucedieron una a otra, cubriendo una vasta superficie del territorio patrio. Se luchó en Cuyo, en las provincias del noroeste, en Córdoba, en el Litoral, en la Banda Oriental, en el sur de la provincia de Buenos Aires, en Bolivia. Para sostener estos conflictos, fueron necesarios frecuentes reclutamientos que

tuvieron movilizada a una importante proporción de los varones adultos de cada provincia. Los residentes de la provincia de Buenos Aires, en particular, pagaron el orden y la prosperidad del período rosista con una elevada cuota de servicios militares. Ya fuera realizando "ejercicios doctrinales" en las milicias, concurriendo a "cantones" en fortificaciones cercanas, uniéndose a las expediciones punitivas contra los indios o enlistándose en una campaña militar, los varones de quince a cuarenta y cinco años pasaron parte de su tiempo en actividades ligadas con la defensa. Esta militarización de la vida cotidiana constituye un elemento importante de la experiencia de las personas que pertenecían a los sectores populares durante el segundo gobierno de Rosas. Medidos con relación a estándares modernos, los ejércitos que lucharon en las guerras civiles de este período no parecen importantes. Los partes de guerra indican que en la mayoría de las batallas se enfrentaron fuerzas de 500 a 2.500 efectivos de cada lado sumados, infantería y caballería, siendo excepcionales los combates de más de 5.000 hombres. Por ejemplo, las fuerzas que se enfrentaron en Caseros, la batalla que puso fin al régimen rosista, ascendían a más de 20.000 efectivos de cada lado. Sin embargo, la frecuencia de los enfrentamientos, la diversidad de frentes de batalla y las continuas e importantes deserciones hicieron que los ejércitos federales estuvieran casi constantemente reclutando. Por supuesto, el esfuerzo de este reclutamiento recaía un mes sobre una región y el mes siguiente sobre otra, conforme se movilizaban los ejércitos. El impacto a nivel local y regional de los reclutamientos habría sido muy importante. Cada tanto, el ejército sustraía de las poblaciones de la campaña una cierta proporción de la fuerza de trabajo masculina, poniendo en peligro la continuidad de las actividades productivas. Previsiblemente, esto producía aumentos en el nivel de los salarios o, simplemente, reducía las posibilidades que tenían los productores rurales, labradores, estancieros, propietarios de saladeros, acarreadores do ganado y matarnos, do encontrar suficientes peones. ¿Quiénes soportaron la carga del servicio militar? Aunque todos los habitantes rurales hombres parecían tener cabida en el sistema defensivo de la Confederación, en la práctica hubo importantes diferencias en la forma y extensión de los servicios militares prestados por cada grupo social. Los milicianos, o vecinos-ciudadanos, prestaron servicios menos arriesgados y por tiempos más reducidos que los soldados regulares o de línea. Los peones y jornaleros fueron más frecuentemente seleccionados para el servicio activo que los pequeños productores rurales y éstos, a su vez, más que los comerciantes o hacendados, quienes casi no prestaron ningún servicio de combate en los ejércitos federales. Los capataces y mayordomos de establecimientos de campo estuvieron por lo general exceptuados del servicio activo, no así sus peones mensualizados o por

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jornal. Lo mismo ocurrió con los extranjeros residentes, que no estaban obligados a registrarse en las milicias pero podían ser convocados en ocasiones de guerra. La edad daba ciertos privilegios: los mayores de cuarenta y cinco años debían prestar sólo "servicios pasivos", es decir, contribuir con acarreos de ganado, partidas vigilantes o guardias en el pueblo sin realizar actividades de combate. Los menores, sin embargo, no estaban protegidos; era costumbre enviar, por voluntad de sus padres o sin su acuerdo, niños de doce a quince años para servir de trompas, tambores y cornetas en las bandas del ejército federal. Las milicias, como vimos, eran la base sobre la que se distribuían los derechos y obligaciones de los ciudadanos. Todo habitante rural hombre residente de una población debía registrarse en las milicias, ya fuera en forma activa o pasiva. La policía rural, alcaldes y tenientes alcaldes, se ocupaba de controlar que los viajeros y transeúntes tuviesen en regla sus papeles de enrolamiento en las milicias. A la hora de organizar las campañas militares, sin embargo, las milicias debían Complementarse con fuer zas del ejército regular o de línea. Estas fuerzas, por diversas razones, terminaban siendo mayoría en los enfrentamientos. Debido a las excepciones y protecciones de que gozaban los milicianos, fueron los soldados de línea quienes sostuvieron las campañas al interior y a los países vecinos. Después de 1852, una memoria que pretendía representar a los pequeños productores se quejaba de que la Dictadura había hecho recaer el peso del servicio militar sobre el grupo social productor de los alimentos y las exportaciones que hacían económicamente sólida a la provincia. Esta queja no refleja adecuadamente la realidad. Los pequeños propietarios, criadores y labradores, en su calidad de vecinos-ciudadanos, debían por cierto enrolarse en las milicias locales y estar a disposición de las autoridades militares para cualquier servicio militar, desde ejercicios doctrinales hasta campañas y combates. Pero, en realidad, no fueron ellos los que proveyeron el grueso de los combatientes al ejército federal. Los soldados regulares o de línea, por lo general reclutados por medios coercitivos entre los peones y jornaleros itinerantes de la campaña, engrosaban la infantería y buena parte de la caballería empleada en los combates. Reclutados principalmente entre quienes no tenían residencia definitiva ni propiedad en una determinada población, los soldados de línea carecían de la protección formal e informal de que gozaban los vecinospropietarios. Aunque no se puede establecer cual fue la proporción de soldados reclutada por la fuerza, se sabe que hubo tres formas de ingresar al ejército federal: en primer lugar estaban los "destinados", personas que el gobernador o los jueces habían condenado por algún delito real o ficticio, a servir cierto número de años a la causa federal. En segundo lugar, los

"levados" o reclutados a la fuerza, algunos de los cuales formaban parte de los "contingentes" que Rosas encargaba enviar periódicamente a los jueces de paz. En tercer lugar estaban los "enganchados", quienes ingresaban voluntariamente al servicio mediante un adelanto de dinero y la promesa de un puesto pago. Otras formas de reclutamiento, como el ingresar morenos al ejército bajo promesa de libertad, fueron gradualmente dejados de lado en este período. El cambio importante que se dio durante los gobiernos de Rosas fue que el sistema judicial comenzó a operar como fuente principal de nuevos reclutas. Como comentaba Sarmiento, luego de la Campaña del Ejército Grande, el ejército rosista estaba compuesto por una mayoría tic veteranos, muchos de los cuales habían participado de varias campañas y de numerosas batallas. Esto se debía a los largos períodos de servicio que debían cumplir los soldados regulares y al hecho de que muchos optaban por desertar sin completar sus términos. Recapturados, estos desertores eran castigados con años adicionales de servicio, llegando a cumplir ocho o más años. Otros realizaban una carrera en el ejército, re-enganchándose una y otra vez, por un adelanto de dinero. Sin embargo, Sarmiento no observó que buena parte de los soldados veteranos lograban huir sin ser recapturados, reduciendo su condena en el ejército a un año o menos. La vida dentro del ejército era dura, marcada por la arbitrariedad de los oficiales, el exceso de trabajo, la mala comida, los castigos corporales y la paga escasa y ocasional. Debido a estas condiciones las deserciones eran frecuentes, a pesar de que el castigo prometido a los desertores era la muerte. Lejos de aceptar su suerte, los soldados veteranos trataron de negociar mejores condiciones con sus oficiales. Apelando a sus servicios anteriores, a valores compartidos, o a su "necesidad" y "desnudez", lograron algunas concesiones. La distribución de cueros corno adicionales al sueldo, mejores raciones de carne, tabaco y sal, el permiso para ir a trabajar en las estancias por un tiempo o el traslado hacia otro regimiento fueron algunos de los beneficios obtenidos. Durante periodos de campañas era costumbre dar a los soldados "auxilios" adicionales con los cuales financiar sus "vicios" así como refuerzos en las dotaciones de uniformes. ¿Constituyó el ejército una institución disciplinadora de los hábitos y costumbres de los paisanos? En general, no. La experiencia del ejército acostumbró a los soldados a vivir como dependientes asalariados durante largos períodos pues muchos de los soldados habían tenido experiencias como asalariados, pero no permanecían más que unos pocos meses en sus trabajos. También sirvió para socializar a personas nacidas en diferentes provincias y, por lo tanto, para crear sentimientos de pertenencia más amplios que la provincia o pueblo de origen. Y, tal vez, la experiencia militar contribuyó a hacer a los soldados más conscientes políticamente, es decir a recibir y elaborar información sobre los procesos políticos de la

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Confederación. Pero difícilmente pueda decirse que el ejército disciplinó a los soldados. Los castigos corporales no consiguieron cambiar las personalidades de los reclutas en el sentido deseado por Rosas. Los robos de equipamiento y cabalgaduras, los insultos y violencia contra oficiales, el rechazo de ciertos trabajos y las insurrecciones muestran que la obediencia y las reglas no formaron parte de la vida militar. Las mujeres participaron directa e indirectamente de la vida militar. Aunque la existencia de mujeres en los cuarteles comenzó a ser objeto de debate en este período, es sabido que en varias de las campañas de las guerras civiles, las mujeres acompañaron a sus esposos, hermanos o hijos. Esto creaba complejos problemas logísticos para los comandantes, quienes debían llevar reses, caballos y vicios adicionales para las familias de los soldados. También fue importante la participación de las mujeres en la confección y reparación de uniformes, un. rubro de actividad al que el estado de Buenos Aires destinó importantes recursos. Las viudas, esposas y madres de los soldados en campaña consiguieron que los batallones les distribuyeran alimentos mientras duraba la guerra. También fueron las mujeres quienes más frecuentemente pidieron excepciones del servicio para sus parientes hombres, aduciendo razones de necesidad y pobreza. EXPRESIONES, IDEAS Y PRÁCTICAS POLITICAS La historia tradicional, sea ésta liberal, revisionista o marxista, ha tendido a reducir el papel de las prácticas políticas y de la cultura política en la formación del federalismo rosista. Presentó a Rosas como el constructor y detentador de un poder sin límites como defensor de la soberanía nacional o como representante de una determinada clase social respectivamente. Así dieron visiones estereotipadas sobre el problema de la representación política. Rosas sólo se representaba a sí mismo, Rosas representaba los intereses de ganaderos y saladeristas, Rosas representaba los intereses de la nación. Esta visión simplista del problema hacía que el Gobernador apareciera como tirano, enemigo de clase o héroe nacional, según el prisma ideológico del historiador. En cualquiera de estos casos, el rol protagónico de la sociedad civil y política quedaba reducido sustancialmente. En particular, no había lugar en estas interpretaciones para la masa de ciudadanos creados por la revolución: los comerciantes, labradores, criadores, artesanos, peones y soldados que habían defendido a la república y se sentían con derecho a participar de su vida política. ¿Acaso habían desaparecido del escenario político? Las guerras civiles y la dictadura rosista servían, en la historiografía tradicional, para justificar la desaparición del pueblo urbano y rural como protagonista político. El monopolio de los asuntos políticos por parte de los caudillos, que actuaban

en base a estrategias militares o decisiones personales, hacía irrelevante la participación popular y, por tanto, hacía innecesario examinar las prácticas políticas y la cultura política de la época. Esta ausencia o pasividad tic la masa ciudadana en el período pos-independiente resulta hoy poco convincente. Ni la "dictadura" ni las guerras civiles eliminaron a la "política". Los ciudadanos continuaron votando, enlistándose en las milicias, organizando y participando de fiestas patrias, armándose para defender a la Patria o a un determinado proyecto político. Las visiones heredadas de la historia del período rosista requieren al menos dos importantes correcciones. En primer lugar, es necesario recuperar el protagonismo de las "masas" rurales y urbanas en la conformación del régimen rosista. En segundo lugar, es preciso comprender la relación entre Rosas y los líderes federales con las masas de ciudadanos en el contexto de la cultura política propia del período, es decir, teniendo en cuenta las particulares concepciones que sobre "la política" tenían sus participantes, y a las formas en que era aceptable o posible "expresar" opiniones políticas. Con respecto al protagonismo de los sectores populares, resulta importante reconsiderar las prácticas políticas más salientes: las elecciones, las fiestas públicas y las actividades asociativas. La participación política de la población de menores recursos a través de las elecciones, las festividades patrióticas, las milicias y las sociedades africanas dieron especificidad y dinámica a la política del período. Estas formas de participación política no pueden considerarse simplemente como muestras de subordinación obsecuente al Restaurador; sirvieron para definir las identidades de los grupos sociales subalternos como morenos, mujeres, peones rurales y pequeños propietarios en sus relaciones, no sólo con el Estado sino también con la política. En estos escenarios los agentes subalternos leyeron, interpretaron y usaron el ideario federal para relacionarse con las autoridades del Estado y con sus superiores de clase. ¿Qué era "la política" en esta época? En una sociedad sin partidos políticos en el sentido moderno, con formas de comunicación escrita muy limitadas y con un electorado prácticamente analfabeto, la pregunta no carece de relevancia. De hecho, en este periodo la "política" no estaba separada de la vida cotidiana y, por lo tanto, no "hacía política" en múltiples ámbitos y de diversa forma, Los rumores, las canciones y los chistes que circulaban en las pulperías y los cuarteles y los fogones formaban parte de la política, tanto o más que lo que ocurría en Palermo o en las redacciones de los periódicos de la época. Por ello, las expresiones políticas comprendían más que el voto o la adhesión a un determinado jefe político. Se reflejaban directamente en las formas de vestir, de hablar y de comportarse, maneras que definían la identidad política del individuo. Ser federal implicaba expresarse en contra del "sistema de la unidad", vestir "a

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la usanza federal" y contribuir con bienes y servicios personales a la causa federal. Las elecciones constituyen la práctica ciudadana por excelencia. La consolidación del régimen rosista afectó radicalmente el modo de relación entre gobernantes y gobernados. Después de 1835, el sistema de competencia electoral entre notables -con varias listas de candidatos publicitadas por la prensa, característica ele la política bonaerense desde la época de Rivadavia- fue reemplazado por un régimen de unanimidad, con reducida o nula competencia entre líderes y con listas únicas de candidatos aprobados por el gobernador. Esto coincidió sin duda con el triunfo de los "federales netos" sobre los "federales doctrinarios", únicos defensores de la separación de poderes y opuestos a conceder al Ejecutivo facultades extraordinarias. Aunque el sufragio popular ejercido de manera amplia por los varones desde la ley de 1821 siguió legitimando la autoridad de los gobernantes, el sistema de lista única sirvió para excluir de la contienda política a los opositores a Rosas. En adelante, los candidatos a representantes serían elegidos y refrendados por Rosas y votados por unanimidad. Esto último significaba que, por lo general, el número total de sufragantes resultaba igual al número de votos obtenidos por el o los candidatos de la lista única. ¿Cómo se llevaban a cabo estas elecciones? Rosas hacía imprimir boletas con los nombres de los candidatos para cada partido y las distribuía a los distintos distritos electorales, en Capital, por el Departamento de Policía; en la campaña, por los jueces de paz y sus ayudantes. A fin de movilizar el mayor número posible de sufragantes, el gobernador insistía en que los jueces de paz dieran suficiente publicidad al acto eleccionario. En el día designado, los votantes concurrían a las mesas electorales dando su firma, marca en cruz o consentimiento verbal a la lista de candidatos. No votaban los soldados de línea pero sí los milicianos; esto hacía que el número de votantes se redujese significativamente en distritos donde los milicianos estaban en maniobras militares. Los votantes llegaban a las mesas electorales grupos numerosos. Los opositores Rosas sostenían que las autoridades "arriaban" a "morenos e Inocentes" menores hacia las mesas electorales con el fin de aumentar los votos. La evidencia judicial, sin embargo, sugiere que las decisiones de voto eran voluntarias. "Arriados" o no, el poder de "elección" de los sufragantes era muy limitado: con el sistema vigente la única oposición posible consistía en no votar. Los resultados de tal sistema eran previsibles: una abrumadora mayoría de la población de los distritos electorales "se pronunciaba" por los candidatos oficiales. Dado que la "opinión pública" se suponía unánimemente a favor del sistema federal, sólo se trataba de demostrar la verdad de este supuesto en la práctica movilizando una suficiente cantidad de votos. Las elecciones servían así más para refrendar la acción de

gobierno y para confirmar la popularidad de ciertos líderes locales que para elegir un representante. Otro método usado por Rosas para consolidar su hegemonía fue el plebiscito, empleado en muchos casos como complemento de las elecciones. Usado primero en 1835, el sistema volvió a aplicarse durante la invasión de Lavalle en 1840. Por lo general, se trataba más bien de amplios listados de firmas pidiendo la reelección de Rosas. Ambos sistemas servían para testear el consenso popular de Rosas y del partido federal en momentos clave para la Confederación. Si bien las elecciones y los plebiscitos contribuyeron a consolidar el régimen de unanimidad y la hegemonía de Rosas, representaron, por otra parte momentos cruciales en que los sectores subalternos se acercaron a la política. Las elecciones fueron prácticas políticas que involucraron a grandes sectores de la población urbana y rural, sobre (ocio aquellos de menores recursos económicos y educativos. Más que rituales de la "dictadura", sirvieron para hacer que estos sectores se sintieran partícipes de la construcción de la Confederación. El ejercicio periódico del voto sostenía y vindicaba la idea de un orden republicano en funcionamiento. El hecho de que el derecho de voto recayera sobre los milicianos, es decir sobre todos los "vecinos" o residentes hombres en edad de defender activa o pasivamente a la Patria, hablaba de la importancia que tenían los ciudadanos-vecinos para el orden republicano rosista. Mientras la Confederación necesitara de sus servicios militares, las autoridades no podían quitarles derechos políticos ni prescindir de la "opinión" de los vecinos-ciudadanos. Fuera de las elecciones, y en forma más frecuente, la "política" se localizaba en una serie de festividades en las cuales Dictador y "pueblo" reafirmaban su compromiso de continuar luchando por la "Santa Causa". En los carnavales, por ejemplo, los federales de chaqueta expresaban su repudio a los señores de levita y frac, vejando sus ropas, "sus" mujeres y su honor. Los morenos demostraban su adhesión al Dictador en bailes que, por su desafiante sexualidad la gente decente" miraba con estupor y asombro. Esta reversión do roles entre clases sociales y razas iba por lo general acompañada de intimidaciones -de parte de federales exaltados- a los unitarios. Hombres de a caballo, con ponchos y chalecos colorados, recorrían las calles marcando las casas de los unitarios. Estas acciones y expresiones, festivas y brutales a la vez, eran parte de la política de la época; servían para identificar al adversario político, reafirmar las razones del liderazgo de Rosas y clarificar la naturaleza de la lucha entre federales y unitarios. De modo similar, las fiestas patrias servían al gobierno como un escenario donde se representaban ante el pueblo los principios del federalismo, la necesidad de continuar el esfuerzo de guerra y la gratitud del pueblo federal a Rosas y sus jefes militares. Estas fiestas contaron con

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el apoyo explícito y activo de una parte importante de la ciudadanía. Su organización y desarrollo requería de una participación activa de los vecinos-ciudadanos y de sus familias. Llegada la época de las fiestas mayas o julianas, grupos de vecinos federales organizaban en cada pueblo de la campaña bonaerense actos muy similares a los que se llevaban a cabo en la plaza de la Victoria. Recurriendo a suscripciones públicas, los vecinos federales obtenían fondos para construir una gran pirámide de madera y papel, para preparar los carteles alegóricos a la fecha, para construir las pilastras, columnas y faroles, para abastecerse de alimentos y bebidas para una fiesta que duraría tres días. Grupos de personas, organizados en compañías de comparsas y "mojigangas" contribuían a los festejos presentando actos de toros, beduinos, monos y figurones. Luego venían las procesiones en las cuales los vecinos conducían el retrato de Rosas desde una parte del pueblo a otra, generalmente del juzgado a la iglesia, y las marchas, en las cuales las mujeres federales gritaban, junto con sus hombres, "vivas" a Rosas y a la Federación. En ninguno de estos eventos la participación era coercitiva: la realización o no de las fiestas mayas y julianas quedaba supeditada a la capacidad organizativa y a la generosidad financiera de los residentes. Tampoco puede decirse que quienes concurrían a los festejos, apoyando con su presencia o sus voces al gobierno de Rosas, no sabían lo que hacían. Porque las fiestas contenían referencias explícitas y claras al objeto de las celebraciones: el recuerdo de la Revolución de Mayo y de la Independencia, el entusiasmo colectivo por la Victoria de los ejércitos federales, la visita de un líder federal de otra provincia o el fracaso de algún atentado contra Rosas. Las fiestas ponían a disposición de los sectores de menores recursos, en su mayoría analfabetos, noticias acerca de la marcha de las guerras civiles, del estado de las relaciones internacionales, y de las amenazas que se cernían sobre la Confederación. También traducían a un lenguaje accesible los principios del "sistema federal" y su relación con el ideario de Mayo. Ya no se mencionaban los nombres de Saavedra, San Martín, Alvear, Belgrano o Moreno; los héroes de la Independencia habían sido reemplazados por los caudillos provinciales como López, Rosas, Quiroga, y por los generales de los ejércitos federales, Santa Coloma, Mansilla, Echagüe, Pacheco, como si la república hubiese sido refundada en 1829. Pero los principios de Mayo, como la independencia y los derechos de los pueblos, la igualdad ante la ley y la fraternidad entre las provincias, adaptados a las nuevas circunstancias históricas, parecían continuar vigentes en la nueva era del federalismo. Quienes presenciaban estas fiestas no podían evitar asociar la continuidad de la república y de la independencia con el éxito de la lucha contra los unitarios. De hecho, la "política" estaba constituida por una serie de prácticas tendientes a que los ciudadanos federales acompañaran las decisiones

gubernamentales. El gobierno representaba a la opinión popular, supuestamente expresada en forma unánime por el sistema federal y, por tanto, la función de la "política" era la de refrendar la acción de gobierno: los ciudadanos federales debían apoyar con sus acciones y palabras la causa del federalismo en todo momento. Los vaivenes de las guerras civiles instalaron en el gobierno una recurrente ansiedad: que posibles fisuras dentro de la comunidad federal pudiesen volcar el resultado de la guerra en favor de los unitarios. Por ello, el gobierno debía constatar en cada momento la fidelidad de sus seguidores y éstos, a su vez, expresa clara su apoyo a la causa federal. Es entendible entonces que el federalismo requiriese de los ciudadanos federales adhesiones que iban más allá del apoyo al gobierno durante actos eleccionarios o festivos. Los "federales" debían hacer evidentes sus simpatías políticas en forma continua, en los diversos espacios de la vida social: la calle, los bailes, la pulpería, las oficinas públicas, los batallones del ejército, etc. Esto hacía del "ser federal" una condición de vida, algo que debía exhibirse en diferentes ocasiones y de modos distintos. Hubo en realidad diversas formas de "ser federal", relacionadas en cierta medida con los recursos y la posición social de los sujetos. Algunos eran despectivamente llamados "federales de bolsillo", simplemente porque su adhesión a la causa federal era motivada por el interés y porque sus muestras de federalismo consistían sólo en donaciones de caballos y reses para el ejército. Los grandes hacendados y comerciantes, aquellos que habían recibido tierras y contratos de gobierno, figuraban entre este tipo de federales. En el otro extremo estaban los llamados "federales de servicios", quienes se habían unido al federalismo por sus convicciones y estaban dispuestos a contribuir a la causa no sólo con bienes sino también con sus personas. Se contaban en este grupo los vecinos-milicianos de los pueblos y de los barrios, aquellos que prestaban servicios de patrullas y policías, ejercicios militares y arreos de reses y caballos, además de acudir al llamado de las armas cuando eran convocados. Para apoyar con bienes la causa del federalismo no era necesario ser rico. En épocas de campañas militares los principales vecinos federales solicitaban el concurso de los residentes, ricos y pobres, para apoyar el esfuerzo bélico o para organizar fiestas en apoyo del federalismo. Las listas que han quedado de estas colectas indican que personas de muy escasos recursos, pequeños criadores, peones, soldados y viudas, contribuían a la par de los "principales" vecinos. Más frecuentemente, los habitantes de la campaña tenían ocasión de mostrar sus simpatías federales cuando el ejército federal requería de "auxilios". Personas de diferente condición social entregaban entonces una cantidad de bueyes, vacas y caballos en proporción a sus recursos. Otros apoyaban la causa federal pagando la contribución directa a pesar de estar exentos o no cobrando al Estado el

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ganado entregado a los ejércitos. También existían "federales de opinión", que se expresaban públicamente por la causa federal. Esto no sólo comprendía los esperados "vivas" y "mueras" gritados en los actos públicos y en las festividades patrias, sino también la defensa de las posiciones federales en aquellos momentos en que éstas eran desafiadas o burladas. Si alguien, con su palabra, defendía a la federación en espacios públicos como pulperías, carreras de caballos, plazas, este hecho quedaba registrado en la memoria del vecindario y servía como evidencia de la adhesión federal del enunciante. Las listas de federales y unitarios recogían esta memoria colectiva, haciendo notar qué personas de la comunidad se habían expresado en forma clara e inequívoca por la causa federal. Quienes, por el contrario, habían levantado sospechas sobre los jefes militares federales, esparcido falsos rumores de victorias unitarias o se hablan burlado de doña Encarnación o de Manuelita, quedaban sospechados de ser unitarios. Por supuesto, quienes se declaraban abiertamente en favor de la "causa de la unidad" eran arrestados. Para acceder a los cargos públicos se requería ser federal decidido", es decir, haberse pronunciado públicamente en favor de la causa federal, Si, además, el candidato resultaba ser "adicto a la persona de Rosas sus chances de resultar favorecido con un cargo aumentaban. Pero para los habitantes en general, el partido federal no esperaba que se expresaran de palabra por la causa federal. Bastaba con que mujeres y hombres, jóvenes y viejos, lucieran como federales. Es decir, se esperaba que todos -de acuerdo con su género y condición social- fueran "federales de apariencia". La uniformidad en materia de colores y estilos constituía un sustituto de 1o policial, muchas veces ineficaz y Costosa, acerca de quien era verdaderamente federal. En cierta medida, la apariencia federal protegía o escondía las opiniones e identidad política tic una persona: en tanto uno vistiera como federal no era necesario pronunciarse como adepto al federalismo. La vestimenta incluía, para los hombres, la obligatoriedad de usar la divisa en la chaqueta y el cintillo en el sombrero y, para las mujeres, la necesidad de llevar un moño federal en el cabello. Más allá de esto, la apariencia del buen federal era materia de convención social. La comunidad le exigía al buen federal diferenciarse de los comerciantes, literatos y grandes propietarios vestidos a la usanza europea: con frac, levita, chaleco, corbata y pantalones. Para el buen federal la chaqueta era preferible al frac o la levita, el chiripá reemplazaba los pantalones, y en lugar de corbata usaban un pañuelo. Por supuesto, no todos los federales tenían apariencia gauchesca. Una persona de buena condición económica combinaba los elementos de su vestimenta para parecer a la vez pudiente y federal: usaba chaleco, corbata y pantalones, cuidando de que alguno de éstos fuese de color grana, punzó o colorado.

De la misma forma, no todos los federales usaban bota de potro. Entre los federales de ciudad, los que podían calzaban bota fuerte. Pocos, sin embargo, se atrevían a usar zapatos de charol. Es que el igualitarismo en materia de vestimenta traducía a la vida cotidiana uno de los principios del federalismo: la igualdad social. Si bajo la ley todos los ciudadanos eran iguales, la ostentación y el lujo eran materia de reproche porque tendían a establecer diferencias entre los derechos de diversos grupos sociales. La cuestión de la apariencia y, en general, de los colores, dio oportunidades a los sectores populares para canalizar sus resentimientos de clase. Las morenas sirvientas podían acusara sus señoras de tener vestidos celestes en sus armarios, los federales podían pegar moños colorados a las mujeres que no los usaran, los matarifes y carniceros podían burlarse de la vestimenta de los jóvenes educados de clase alta. La cuestión del servicio, a su vez, constituyó un espacio cargado de críticas. Aquellos que habían defendido con sus servicios personales la causa del federalismo -por lo general pequeños productores y peones- se sentían moralmente agraviados por la presencia de ciudadanos acaudalados que podían comprar con dinero su adhesión federal. Los grandes propietarios de tierras y saladeros eran los blancos de estas críticas: ellos habían recibido los beneficios de la Pax Rosista sin dar demasiado a cambio en términos de compromiso ideológico y político. Las diferentes prácticas políticas de la época y las formas de expresar la adhesión federal dan cuenta de la importancia de los sectores medios y bajos en el sostenimiento del régimen rosista. Por lo general fueron pequeños productores rurales, "labradores" y "criadores", y los miembros de las clases bajas urbanas quienes, atraídos por el discurso de igualdad social y de legalidad que proponía el federalismo rosista, apoyaron a Rosas. El compromiso de los estancieros fue más circunstancial y condicionado, como lo demuestra la Revolución del Sur. Los sectores medios urbanos, especialmente aquellos con cierta educación y capital social, adhirieron tibiamente al federalismo rosista. Los peones rurales, contrariamente a lo sostenido por la historiografía tradicional, no tenían demasiados motivos para respaldar el gobierno de Rosas. Llevados a una vida de servicio militar casi permanente y agraviados en forma constante por las autoridades judiciales y militares, ellos trataron de mantenerse lo más alejados posible de los representantes del Estado. Fueron aquellos pequeños propietarios rurales que por obra de Rosas ascendieron a posiciones de relevancia política y social, los que brindaron un apoyo más sólido y decidido a la causa federal. LOS DESAFÍOS INTERNOS Y EXTERNOS Los mensajes ideológicos del federalismo rosista y, sobre todo, su

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aceptación entre los sectores bajos de la población no serían comprensibles si en realidad la Confederación no hubiese estado bajo permanente amenaza por fuerzas internas y externas. Dicho de otro modo, el Rolas hubiese gobernado en un tiempo de paz interior y seguridad externa otra seria la recepción de su peculiar forma de republicanismo, esto no ocurrió, El período del segundo gobierno do Rosas estuvo marcado por recurrentes campañas militares destinadas ti conjurar golpes de Estado, conspiraciones, rebeliones, bloqueos navales, invasiones protagonizadas por caudillos provinciales, jefes unitarios y mandatarios extranjeros. Cada uno de estos eventos, en mayor o menor grado, puso en peligro el gobierno, los límites o la soberanía de alguna parte de la Confederación. La naturaleza de estos desafíos internos y externos, y el modo en que Rosas los resolvió, nos ayudan a comprender la popularidad de su gobierno y su continuidad en el poder. Los desafíos internos al poder de Rosas entre los años 1839 y 1841 tuvieron diversos orígenes. Las provincias de Salta y Tucumán, con sus recursos disminuidos por la guerra contra Brasil y descontentas por el manejo de los asuntos externos por Buenos Aires, respondieron formando la Coalición del Norte y llevando la guerra a varios gobernadores federales. Razones económicas y constitucionales movieron a la provincia de Corrientes a alzarse contra Buenos Aires. Los estancieros del sur bonaerense, por su parte, reaccionaron contra las políticas de tierras y los abusos de poder del gobierno. Lavalle, con el apoyo de la escuadra francesa, lanzó una invasión infructuosa sobre la provincia de Buenos Aires, buscando un objetivo político-militar: la caída de Rosas. Todos estos desafíos resultaron a la postre no exitosos debido a la falta de cooperación de la población con los ejércitos libertadores, a las disputas de poder dentro del campo unitario, y a la impericia militar de algunos de sus principales generales. Recordemos algunos de estos episodios:

invadido la provincia de Corrientes para castigar a su gobernador por negarse a enviar tropas a Oribe. Para protegerse de una nueva invasión, Berón de Astrada buscó el apoyo de Rivera, que lo convirtió en enemigo de Rosas. En la batalla de Pago Largo el 31 de marzo, se enfrentaron correntinos y entrerrianos, resultando vencidos los primeros. El gobernador Berón de Astrada fue muerto en el campo de batalla y ochocientos de sus hombres fueron degollados. Echagüe, entonces, invadió Corrientes y estableció un gobierno leal a Rosas. La conspiración de Maza En Buenos Aires, miembros de la Asociación de Mayo decididos a derrocar a Rosas planearon un alzamiento militar en la ciudad que sería encabezado por Ramón Maza. En junio de 1839 el plan estaba listo para ser llevado a cabo cuando Rosas se entero de la conspiración e hizo arrestar a sus principales mentores: Maza, Albarracín, Ladines y Tejedor. Este incidente causó una enorme reacción popular. Nicolás Mariño, uno de los jefes de la SPR, denunció públicamente la existencia de una conspiración para asesinar a Rosas, responsabilizando a Manuel Vicente Maza de ser uno de los principales conspiradores. El pueblo federal pidió entonces la destitución de Maza como presidente de la Sala de Representantes, aunque no llegó a realizarse porque Maza fue asesinado por mazorqueros el 27 de junio antes que la Sala pudiera considerar su renuncia. Al día siguiente, su hijo Ramón fue fusilado por orden de Rosas. La prensa rosista explotó el supuesto atentado para mantener a los federales en estado de, agitación. Después de estos sucesos se intensificaron las manifestaciones de violencia contra los unitarios y el pueblo gritaba en las Callos contra los Maza, a quienes sindicaba como agentes "vendidos al oro francés". Por meses, en la ciudad y en la campaña se organizaron fiestas para agradecer que Rosas hubiera salido ileso del "alentado". La rebelión del sur El plan de provocar un levantamiento en la campaña, llevada cabo cuatro meses después de la conspiración de Maza, también fracasó. Consistía en aprovechar el descontento que la política de tierras de Rosas había provocado entre los hacendados sureños y las expectativas de cambio generadas por la anunciada invasión de Lavalle para provocar una rebelión. El mayor Pedro Castelli, modesto estanciero de El Volcán y ex guerrero de la Independencia, había conseguido importantes adhesiones al plan entre los hacendados locales, algunos de ellos ex oficiales de la Independencia y actuales jefes de milicias. Dolores y Chascomús serían el centro del levantamiento. La decisión de Lavalle de invadir Entre Ríos antes que Buenos Aires y el temor a que Rosas hubiese descubierto el plan precipitó a los organizadores a anticipar su ejecución. El 29 de octubre de

El conflicto con Berón de Astrada En febrero de 1839, el gobernador de Corrientes, Berón de Astrada, declaró la guerra a Buenos Aires y Entre Ríos. Las razones de su oposición deben buscarse en los perjuicios económicos que producía la aduana de Buenos Aires al comercio de Corrientes y en diferencias entre las dos provincias con respecto a la cuestión constitucional. Corrientes había exigido la libre navegación de sus ríos, la habilitación de puertos para el comercio de ultramar y la sanción ele una constitución nacional en breve plazo. Además de estas diferencias políticas existían antecedentes bélicos Un año antes, las fuerzas pro-rosistas de Echagüe, de Entre Ríos, habían

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1839 se desató la rebelión en Dolores: el comandante Rico tornó el pueblo y comunico a los pueblos vecinos que había llegado el tiempo de la "libertad". El 3 de noviembre convergieron en Chascomus fuerzas de milicianos provenientes de Dolores, Monte Grande, Magdalena, y se pusieron a las órdenes de Castelli. Como en Dolores, los habitantes arrojaron sus cintillos y divisas punzó y destrozaron los retratos de Rosas. La reacción federal no se hizo esperar: los comandantes Nicolás Granada y Prudencio Ortiz de Rozas, con fuerzas de Azul y Tapalqué, mejor disciplinadas y pagas, sofocaron fácilmente la rebelión. Luego de la batalla de Chascomús el 7 de noviembre y de otras pequeñas escaramuzas, la rebelión quedó virtualmente eliminada. Castelli fue decapitado y su cabeza expuesta en una pica en medio de la plaza de Dolores. Rico pudo huir y se unió a las fuerzas de Lavalle. Las propiedades de los rebeldes fueron confiscadas, sirviendo luego para pagar premios a los federales que sofocaron la rebelión. La coalición del norte Liderada por las provincias de Tucumán y Salta, gobernadas por Marco Avellaneda y Manuel Solá, se constituyó a fines de 1839 la coalición del norte, a la que adhirieron las provincias de Catamarca, La Rioja y Jujuy. Era propósito de la coalición erigirse en oposición a Rosas, denunciando sus métodos de gobierno, quitándole la representación de los asuntos exteriores y armando un ejército que pudiera oponérsele. El general Lamadrid, que había cambiado de bando al ser desafiado por la población de Tucumán, fue el comandante de las más importantes acciones militares de la coalición. Con las milicias tucumanas y con refuerzos provenientes de Catamarca y La Rioja, defendió la provincia de La Rioja de los ataques del fraile Aldao, enviado de Rosas. Luego dirigió su ejército hacia Córdoba. Allí, los habitantes de la ciudad habían depuesto al gobernador federal el 10 de octubre de 1840, integrando momentáneamente la provincia a la Coalición. Lamadrid trató luego de reunirse con las fuerzas de Lavalle pero, para entonces, éstas ya habían sido derrotadas por el ejército de Oribe. Hacia noviembre del año '40, aunque la guerra continuaba en las provincias de Cuyo, las expectativas de derrotar a Rosas parecían inviables. Ibarra y Aldao habían contenido efectivamente el avance de los unitarios en Cuyo y Santiago del Estero. Las fuerzas de Lavalle reagrupándose en las sierras de Córdoba no constituían ninguna amenaza. Y Rosas ya habían logrado la paz con Francia. La invasión de Lavalle En agosto de 1840, Lavalle invadió la provincia de Buenos Aires y

estuvo a punto de atacar la ciudad. El ataque había sido planeado un año antes, pero la marcha de la guerra en Entre Ríos y la Banda Oriental lo habían forzado a cambiar sus planes. Dispuesto a ayudar a Rivera, Lavalle había dirigido sus fuerzas hacia Entre Ríos, donde, luego de algunas victorias inconsecuentes, su ejército libertador había sido derrotado en Sauce Grande en julio de 1840. Sus tropas menguadas habían sido rescatadas por la escuadra francesa y ayudadas a cruzar el Paraná. En la primera semana de agosto de 1840, contando con nuevos refuerzos y con barcos franceses, Lavalle desembarcó cerca de Baradero. La invasión avanzó sin oposición llegando hasta Mercedes, muy cerca de la ciudad de Buenos Aires, pero en este punto Lavalle se detuvo diez días a esperar refuerzos de los franceses. Rosas, mientras tanto, consiguió reunir una enorme fuerza. No tuvo que utilizarla porque, al no recibir los refuerzos esperados, Lavalle decidió abandonar la provincia y marchar hacia Santa Fe. Alegó luego que los pastos de Buenos Aires no favorecían un ataque, pero en realidad fue la falta de apoyo de la población lo que lo decidió a marchar hacia el norte. En retirada hacia Córdoba sus tropas fueron diezmadas por el ejército federal al mando de Oribe en la batalla de Quebracho Herrado el 28 de noviembre de 1840. Éstos no fueron los únicos desafíos que debió enfrentar Rosas durante su gobierno, aunque fueron, sin embargo, los más importantes. A través de estos episodios Rosas pudo consolidar su hegemonía sobre la Confederación mientras que los jefes unitarios aprendieron lecciones importantes. Los ejércitos federales no sólo eran más numerosos y disciplinados sino que, contando con el apoyo de la población campesina, tenían menos problemas de aprovisionamiento, comunicaciones y transporte. Para ganar la guerra era necesario contar con el apoyo de provincias clave como Entre Ríos, Córdoba y Santiago del Estero, las que, por el momento, permanecían controladas por los federales. La alianza con los franceses había aportado pocos recursos financieros y mucha oposición, aun dentro de las filas unitarias. Y, finalmente, los reclamos contra Buenos Aires (y contra Rosas) eran tan disimiles que hacían que cualquier alianza fuese insostenible, Encargado de las relaciones internacionales de la Confederación, Rosas tuvo que afrontar una serie de desafíos externos a la integridad territorial y a la soberanía de la incipiente nación. Para impedir la intromisión del dictador Santa Cruz en asuntos internos de la Confederación y la posible anexión de dos provincias argentinas, Rosas sostuvo una guerra con la república de Bolivia en 1837. La guerra se extendió hasta 1839, absorbiendo importantes recursos de las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy. El intento del gobierno francés de obtener privilegios para sus súbditos residentes en la Argentina, junto a la influencia que ejercieron los unitarios desde Montevideo, llevaron a Rosas a una con-

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frontación con Francia entre los años 1838 y 1840. El bloqueo francés, aunque no totalmente efectivo, redujo el comercio exterior y, por ende, los recursos de la aduana. Pero tal vez el desafío más formidable que enfrentó Rosas fue el bloqueo mantenido pollas fuerzas combinadas de Francia y Gran Bretaña entre 1845 y 1848. Este conflicto, directamente ligado a la cuestión de la independencia y al legítimo gobierno del Uruguay, también puso en duda el control argentino de los ríos interiores. En la mayoría de estos conflictos, con la excepción de la guerra con Bolivia, las fuerzas federales, y la posición de Rosas en particular, resultaron victoriosas. La guerra con Bolivia La guerra contra la confederación peruano-boliviana (18371839) fue una campaña corta, a la que puso fin la propia inactividad de los ejércitos argentinos. Aunque los motivos de la guerra nunca quedaron suficientemente claros, es indudable que la cuestión de Tarija, reclamada por Salta y retenida por Bolivia, fue uno de los detonantes. Los obstáculos que el dictador Santa Cruz ponía a la importación de artículos de ultramar vía Salta o Jujuy también contribuyeron a empeorar las relaciones. Un tercer factor fue la sospecha de Rosas de que Santa Cruz continuaba brindando asilo y tal vez ayuda militar a los unitarios. Con interioridad a 1831 9antu Cruz había ayudado con armamentos a la Liga del Interior y había entretenido planes planes para incorporar Jujuy y Salta a Bolivia. En 1833 el gobierno boliviano no reconoció a la misión Cavia enviada por de Rosas para negociar el fin del apoyo boliviano a los unitarios argentinos. Rosas, en represalia, no recibió al comisionado enviudo por el dictador Santa Cruz. La creación de la confederación peruano-boliviana en octubre de 1836 fue interpretada como una amenaza a la estabilidad de las fronteras. Chile declaró la guerra a Bolivia ese mismo año y buscó el apoyo de la Confederación Argentina. Respondiendo a esta invitación, Rosas le declaró la guerra en mayo de 1837. Los resultados de esta guerra fueron desfavorables para los ejércitos federales. Las reducidas fuerzas del ejército argentino, financiado casi exclusivamente, por las provincias del norte, pues Buenos Aires ayudó muy poco, no pudieron impedir que el ejército boliviano ocupara la Quebrada. La guerra en el norte argentino terminó en abril de 1838, cuando Santa Cruz declaró finalizada la campaña por la dispersión de las tropas argentinas. Luego se produjo la victoria del ejército chileno al mando del general Gamara en Yungay, en enero de 1839, lo que llevó a la disolución de la confederación peruano-boliviana y la caída de Santa Cruz. Rosas festejó esta victoria como propia, haciendo que los pueblos de la campaña rindieran culto a los "valerosos federales" que liberaron a Bolivia del "ambicioso dictador".

El bloqueo francés Durante el corto gobierno de Lavalle, en 1829, se dispuso conceder la exención del servicio de armas a los franceses como premio a su decidido apoyo a las fuerzas rebeldes. Luego de que Rosas asumiera el gobierno, se desconoció esta concesión, quedando los franceses residentes obligados a prestar servicio militar, de acuerdo a una ley de 1821. Las protestas interpuestas por el gobierno francés desde 1830 no tuvieron resultado. A fines de 1837, el vicecónsul de Francia, Aimé Roger, exigió de la Confederación la exención del servicio militar a los súbditos franceses y el pago de indemnizaciones por abusos cometidos por el gobierno en perjuicio de súbditos franceses. Uno de los damnificados era el litógrafo Hipólito Bacle, arrestado por supuestas simpatías con los unitarios de Montevideo y con el dictador de Bolivia. Ante la negativa de Rosas a considerar la demanda de Francia, en marzo de 1838 el almirante Le Blanc Inició el bloqueo del puerto. Esto fue el principio de una confrontación con Francia que durarla hasta octubre de 1840. El bloqueo francés produjo importantes perjuicios económicos y políticos ti la Confederación. La escuadra francesa se apoderó de la isla Martín García y hostilizó a las fuerzas federales en los ríos Paraná, Uruguay, y de la Plata. El apoyo naval francés dio confianza a los unitarios, facilitó la alianza entre Corrientes y Uruguay e hizo que Rivera declarase la guerra a Rosas, en febrero de 1839. La disminución de los ingresos de aduana produjo el aumento de la presión fiscal interna y la reducción de importantes gastos públicos. Al final del bloqueo, sin embargo, Rosas salió fortalecido. Por el tratado Arana-Mackau, Rosas consiguió la devolución de la isla Martín García, el levantamiento del bloqueo y el reconocimiento francés de la independencia de Uruguay a cambio de muy pocas y ambiguas concesiones. Los residentes franceses gozarían de los derechos concedidos a la nación más favorecida, las indemnizaciones quedarían supeditadas a una comisión de arbitraje, y se brindaría amnistía a los emigrados argentinos que depusieran las armas. Internamente, el tratado fue reconocido como un éxito. La Sala de Representantes concedió nuevos honores, títulos, medallas y premios a Rosas por haberlo logrado. La intervención anglo-francesa La intervención de las fuerzas navales combinadas de Gran Bretaña y Francia durante el período 1845-1848 para, entre otras cosas, terminar con la guerra en el Uruguay, fue uno de los conflictos más complejos de resolver para Rosas. Hacia 1845 el balance de fuerzas en Uruguay había

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cambiado. La aplastante victoria de Urquiza sobre Rivera en India Muerta había hecho desaparecer a uno de los principales contendientes al poder. El general Oribe, al frente del ejército sitiador, estaba a punto de tomar Montevideo cuando los unitarios residentes en esa ciudad solicitaron la intervención armada de Gran Bretaña y Francia. El ministro inglés Aberdeen, presionado por los comerciantes de Liverpool que pedían la apertura de los ríos interiores de la Confederación a la navegación de ultramar y preocupado por los temores de los residentes extranjeros en Montevideo, decidió forzar la resolución del conflicto. Ordenó, a través de su enviado Ouseley, que la flota inglesa impidiera el asalto final a Montevideo y exigió del gobierno de Bs. As. que se levantara el sitio a Montevideo y que se retiraran las fuerzas argentinas del territorio oriental. Ante la negativa de Romas, el 29 de setiembre de 1845 la flota anglo-francesa declaró el bloqueo de Buenos Aires. Las acciones de guerra, sin embargo, habían comenzado un mes antes. En agosto de 1845, las escuadras francesa y británica habían apresado buena parte de la escuadra argentina. La flotilla uruguaya al mando de Garibaldi había atacado la isla Martín García y la costa del río Uruguay. En noviembre la flota anglo-francesa organizó una incursión aguas arriba del Paraná para abrirlo a la navegación internacional. Rosas ordenó que se les cortara el paso mediante el establecimiento de una batería en la Vuelta de Obligado. A pesar de la tenaz resistencia de los artilleros federales, el 20 de noviembre las naves británicas consiguieron pasar, escoltando un convoy de cien buques mercantes. Esta victoria no expandió los mercados para las importaciones ni produjo ganancias políticas para los unitarios. Por el contrario, el apoyo a Rosas creció con la reacción nacional en contra de este acto de invasión externa. Este hecho prolongó el sitio de Montevideo por tres años más, redujo el comercio exterior en el Plata, y complicó las relaciones entre la Confederación Argentina, Gran Bretaña y Francia. No decididas a llevar adelante una invasión mayor, estas naciones enviaron sucesivas misiones entre 1846 y 1848 tratando de obtener una paz que garantizara el libre comercio, la independencia del Uruguay y la seguridad de los extranjeros. Las diferencias de criterio entre Francia y G. Bretaña llevaron a esta última a levantar unilateralmente el bloqueo en marzo de 1848. También en esta ocasión la política exterior de Rosas obtuvo un triunfo. El tratado AranaSouthern el 24 de noviembre de 1849 levantó la intervención inglesa en el Río de la Plata y fue netamente favorable a la Confederación Argentina. Oribe fue reconocido presidente de Uruguay y los extranjeros que peleaban del lado unitario fueron desarmados. Inglaterra y Francia se comprometieron a evacuar Martín García, a devolver los buques de guerra tomados y a reconocer la navegación del río Paraná como un problema interno a la Confederación.

Los conflictos entre la Confederación Argentina y los gobiernos de Francia, Gran Bretaña y Bolivia estuvieron muy relacionados con las actividades de los unitarios. Los unitarios exiliados en Montevideo comenzaron a atacar el gobierno de Rosas hacia 1838. Creían que su régimen era una dictadura cruel que coartaba las libertades de expresión, así como las garantías de propiedad y seguridad individual propias de todo régimen republicano. Sus actividades políticas hicieron posible el apoyo de la provincia de Corrientes a la causa de Rivera, así como las diferentes incursiones sobre el Litoral y el centro argentinos comandadas por Lavalle. Los unitarios exiliados en Bolivia, por otra parte, se aliaron a los opositores a Rosas en Jujuy y Salta y apoyaron las acciones del dictador Santa Cruz. Los exiliados en Chile y Brasil también ocasionaron dificultades diplomáticas al gobierno de Rosas. El recurso frecuente a la intervención extranjera por parte de los unitarios no hizo más que ayudar a la causa federal. La figura de Rosas, ya acreditada con el título de "Restaurador de las Leyes", se engrandecía con el mérito de ser el único jefe americano que había resistido las presiones de las dos naciones más poderosas de la tierra. De esta forma, el federalismo rosista conseguiría imponer su hegemonía en las provincias del norte a partir de 1846 y en las provincias del Litoral a partir de 1848. De acuerdo al historiador inglés John Lynch, a la conclusión de las guerras en ambos frentes siguió un relajamiento de las condiciones políticas. Los años 1844-1846 fueron años de relativa tranquilidad, en los cuales se devolvieron las propiedades confiscadas, se disolvió la Mazorca, y se permitió el regreso de 10% emigrados. En los años que siguieron a la intervención anglo francesa, 1848-1851, Rosas pareció consolidar su control sobre la vida política de la Confederación. Se fortificó el "unanimismo", se extendió el uso de las divisas federales, y las provincias dejaron de insistir en la necesidad de una organización constitucional del país. Aun opositores como Sarmiento y Alberdi concedieron, después de 1845, que Rosas y su régimen tenían ciertos atributos positivos. La Gran Alianza y la caída de la "tiranía" En febrero de 1850, las tensiones con el Imperio del Brasil recrudecieron cuando el barón de Jacuhy, con tropas reclutadas en Río Grande, invadió el norte de la Banda Oriental, arrasando con las haciendas de la zona. Las quejas interpuestas por el ministro Guido ante el Imperio no fueron escuchadas por el gobierno de Río de Janeiro, que desde hacía tiempo buscaba la forma de derrocar a Oribe y de llevar a Rosas a un enfrentamiento decisivo. El problema de la Banda Oriental llevó al rompimiento de relaciones entre la Confederación y el Brasil un año

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después. A principios de 1851, la guerra con el Brasil parecía inminente. Su desenlace, sin embargo, debió esperar a que, desde la propia Confederación Argentina, surgiera un líder capuz de disputar el poder a Rosas. El 1 de mayo de 1851 'e1 general Urquiza (gobernador de Entre Ríos) publico un "pronunciamiento", en el que expresaba la decisión de su provincia de reasumir el ejercicio de las facultades delegadas en Buenos Aires hasta tanto se produjera la organización constitucional de la República. De esta forma, Entre Ríos aceptaba la renuncia que había presentado Rosas a continuar ejerciendo la representación de las relaciones exteriores en nombre de la Confederación. El "pronunciamiento" expresaba además que había llegado el tiempo de poner fin a las guerras civiles y organizar definitivamente a la nación sobre bases constitucionales. La invitación de Urquiza a que las provincias se unieran al pronunciamiento no produjo el efecto esperado. A excepción de Corrientes, ninguna provincia aceptó como legítimo el acto de Urquiza. Muchas, por el contrario, reiteraron su confianza a Rosas en momentos en que, aparentemente, la Confederación se encaminaba hacia una guerra con el Brasil. Las provincias de Entre Ríos y Corrientes carecían de los recursos necesarios para costear un ejército capaz de enfrentarse al ejército de Buenos Aires. Es por ello que Urquiza buscó el apoyo del Brasil, resignando a cambio, parte del control de las operaciones militares. El gobierno de Montevideo, opuesto a Oribe, también sería parte del emprendimiento. La alianza entre los gobiernos de Uruguay, Brasil y Entre Ríos quedó consolidada en un tratado firmado el 29 de mayo. En él se acordaba como objetivo primario consolidar la independencia del Uruguay y, en forma indirecta, se aludía a la respuesta firme que daría la alianza a una posible acción militar del gobierno de Buenos Aires. La prensa de Brasil y Uruguay supo leer entre líneas: la alianza buscaba el derrocamiento de Rosas y de Oribe. En Buenos Aires, el pronunciamiento de Urquiza desató una reacción popular en favor de Rosas. Los periódicos llamaron "loco" a quien pretendía alzarse contra el Restaurador y desestabilizar a la Confederación. Discursos públicos, poesías, procesiones, paradas militares y representaciones teatrales en contra de Urquiza demostraban que la popularidad de Rosas se mantenía intacta. El público federal coincidía en que, muy pronto, el "traidor" y "loco" de Entro Ríos sería ajusticiado. El propio Rosas no creía que Urquiza representara una amenaza importante a su poder y, por ello, no ordenó ningún preparativo militar hasta noviembre de 1851, cuando naves brasileñas comenzaron a bombardear las costas y aun entonces, confió en que el general Pacheco, al frente de un poderoso ejercito de no menos de 10.000 hombres, sabría contenerlos. En realidad, la movilización para la defensa de Buenos Aires fue

tardía y desorganizada. El general Pacheco, jefe de las fuerzas de] centro y norte, retiró el grueso del ejército federal hacia el suroeste -cerca de Lujánsin atinar a defender las costas del Paraná. De esta forma, el ejército aliado, luego de desembarcar sin obstáculos cerca de San Pedro, avanzó fácilmente hasta Chivilcoy y Luján. Sin dar batalla, el ejército federal se concentró entonces cerca de la ciudad, luego de sufrir numerosas defecciones de sus oficiales y soldados. Finalmente, el 3 de febrero de 1852 se batieron en los campos de Caseros las fuerzas principales de ambos ejércitos, resultando victorioso el ejército aliado. La batalla de Caseros puso fin al régimen rosista, un experimento republicano que había involucrado a los sectores populares en prácticas electorales, festividades patrióticas y una "Guerra Santa" muy costosa en términos humanos y materiales; un régimen en cierta medida paradojal que defendía el sistema federal mediante el centralismo político, que sostenía la voluntad de los pueblos por medios autoritarios; un régimen que sus opositores liberales llamaban "Tiranía" mientras que sus seguidores, los vecinos federales, concebían como la forma más adecuada que la República podía tener bajo las condiciones extraordinarias de la guerra civil, Sin comprender demasiado las causas de su caída, Rosas aceptó los hechos y emprendió el camino del exilio. Herido en la mano derecha y acompañado sólo por un asistente, Rosas buscó protección en la casa del encargado de negocios de Gran Bretaña, Robert Gore, y en la mañana siguiente se embarcó con Manuelita en la fragata de guerra Centaur. Por un día o dos, Buenos Aires quedó librada a las "pasiones" que Rosas había logrado controlar. La ciudad fue saqueada por una combinación de dispersos federales y de regulares del ejército aliado, hasta que Urquiza frenó, violentamente, estos excesos. La violencia parecía marcar la transición hacia un período de afianzamiento constitucional. Santos Lugares, ahora ocupado por el ejército aliado, parecía a la vez un sitio de terror y de concertación política. Allí Urquiza negociaba con los liberales porteños la transición hacia un sistema de libertades públicas y hacia un proceso constituyente. Pero allí también se ejecutaban a ex oficiales rosistas, así como a muchos soldados aliados que se habían pasado a las fuerzas de Rosas antes de Caseros. En el camino entre Santos Lugares, Palermo y la ciudad, los visitantes podían ver, como símbolo del fin de una era, cadáveres colgados de los árboles. Algunos de los visitantes, cuentan los contemporáneos, se cubrían el rostro.

ESTRUCTURA SOCIAL Y CAUDILLISMO 1810 - 1870

Ruben Zorrilla

GRUPO EDITOR LATINOAMERICANO Buenos Aires - 1994 Este material se utiliza con fines exclusivamente didácticos

Capítulo II LA ESTRUCTURA POLÍTICA
Es imposible comprender las condiciones emergentes del caudillismo argentino sin recuperar los aspectos más generales del sistema político colonial, donde las rivalidades locales –dentro de las regiones definidas por las intendencias– preanuncian el complejo marco de feroces conflictos que serán característicos después de 1810. Entre esos aspectos, uno de los distintivos del sistema político colonial es que la lucha política institucionalizada no existe.1 Hay, en cambio, un poder absoluto que decide desde la metrópoli hasta los menores detalles de la dirección virreinal. En ese contexto, las oligarquías locales desarrolladas con la formación y el crecimiento de las peculiaridades zonales que naturalmente han surgido desde la instalación colonial, son todavía demasiado débiles para discutir con éxito la carta de una oposición política, por cauta que ella sea. Sólo hay pedidos, solicitudes, a la Corona, y, en las proximidades del estallido revolucionario de 1810, cuando ya las invasiones inglesas (1806-1807) han sacudido el poder político vigente con una violencia y profundidad que los hachos posteriores mostrarán como definitiva, presiones cada vez más crudas y conflictivas, que preparan los moldes en que habrán de desenvolverse las corrientes políticas de la vida independiente. Las guerras contra Gran Bretaña primero, y con la Francia napoleónica luego, ablandan peligrosamente los lejanos controles de una metrópoli, cada vez más incapaz de satisfacer las apetencias crecientes de la estructura económica colonial. Apetencias en aumento, precisamente porque, sobre todo a partir de la creación del virreinato en 1776, Buenos Aires se torna extraordinariamente próspera (en los términos relativos del contexto colonial) y las mismas condiciones del dinamismo reclaman más intensos y perentorios intercambios. Con audaz e inmisericorde verdad dirá Mariano Moreno –el futuro secretario del primer gobierno patrio– en 1809: “Las fábricas nacionales (españolas) jamás pudieron proveer enteramente al consumo de América; jamás bastaron para las necesidades de la (propia) Península (España)...”2 Si antes no lo pudieron, hacia 1810 lo podían menos que nunca, porque ese consumo y esas necesidades se habían agrandado como resultado imprevisto del mayor desarrollo económico, no sólo en el hinterland de Buenos Aires, sino de la misma España, empeñada en el exitoso aunque arriesgado programa de reformas que encara la nueva monarquía borbónica después de la guerra de la Sucesión de España (1701-1713). Por otra parte, la invasión francesa napoleónica agregaba un factor perturbador insuperable a las insuficiencias habituales del epicentro colonial. Además, en la propia periferia del imperio español, las tensiones del mercado mundial tendido en el Atlántico, y los ensayos que proponen las invasiones inglesas –fracasadas en lo puramente militar, pero triunfantes en sus tácitas metas políticas (menos ambiciosas, aunque más razonables, de separar a las colonias del poder español) – completan los datos previos al desenvolvimiento de las primeras manifestaciones políticas abiertas, que finalmente desatarán su fuerza dinámica y renovadora en 1810. En conjunto, en el ámbito del poder, la remoción de la estructura política virreinal lleva a despertar y movilizar a todas las regiones y todos los sectores y grupos sociales. Las invasiones inglesas habían iniciado esta espectacular dinamización política en la capital virreinal; la revolución de Mayo la difundirá, urgida por opciones ineludibles, en todo el territorio de la dependencia colonial. Así, regiones y estratos sociales –aún los más lejanos y más bajos, respectivamente– harán la novedosa y cruel experiencia de la lucha por el poder, si bien desde condiciones y posibilidades iniciales muy diferentes. 1. La quiebra del sistema político colonial

La fractura definitiva de las instituciones políticas coloniales –sustentadas en un absolutismo irrestricto– en ese año crucial para América, y la expresión libre3 de la política activa, son condiciones iniciales decisivas para la aparición del caudillismo en el área de la estructura del poder. Ellas hacen posible que, por primera vez, se plantee el inusitado problema de consentimiento hacia los que ejercen precariamente el poder, no sólo en el ámbito de lo que constituía la

La lucha por el poder es una dimensión definitoria de todo grupo humano, cualquiera sea su naturaleza y magnitud. La intensidad, la formalización, el consenso, las formas de participación, entre otros, definen tipos de poder y por ende la lucha política. Una posibilidad es que la lucha política no sea reconocida; digo entonces que no está institucionalizada. Pero no por eso desaparece. Asume formas especiales, donde el secreto es esencial y la oligarquización es máxima. 2 Moreno, Mariano, “Representación de los hacendados y labradores” en Escritos políticos y económicos, Ed. OCESA, Buenos Aires, 1961, pág.139. 3 Es “libre” en el sentido de que la política (la lucha por el poder) se admite como “normal”. Esta libertad puede tener severas limitaciones, al unto de que la política se reserve de unos pocos, de modo que configura lo que llamo “contexto político oligárquico”. Pero la libertad no es una categoría (existe o no existe), sino una variable (es susceptible de estimarse según grados, de modo que haya más o menos libertad). En la colonia había grados ínfimos de libertad, al punto de que la lucha política no existía en ella, ni en términos de un contexto oligárquico. Este rasgo se modifica radicalmente desde 1810, y sus comienzos pueden situarse poco antes, hacia 1806, en las invasiones inglesas.

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capital del virreinato, sino también en las diversas y conflictivas localidades y regiones diseminadas en un horizonte geográfico vastísimo. A partir de ese momento es preciso decidir quién o quiénes gobernarán, cómo elegir y quiénes participarán en la elección, además de formular cuáles serán las reglas a las que se verá sometido el complejo mecanismo de tomar decisiones últimas, es decir, decisiones políticas y no meramente administrativas. Toda la constante y renovada lucha política rondará, una y otra vez, con penosa reiteración, esta elemental problemática, en busca de una solución resueltamente hegemónica, o del acuerdo, parcial o total, que concilie intereses contrapuestos de grupos y provincias. No es difícil encontrar las huellas de estas manifestaciones novedosas. Inmediatamente después de instalada la Primera Junta de gobierno el 25 de mayo de 1810, ella debe buscar su aceptación –como poder central heredero del que ha desplazado son consultar a nadie en el inmenso virreinato– en cada uno de los centros de poder regionales (las intendencias sus principales centros urbanos) hasta entonces meras delegaciones del Rey. La Junta de Mayo les pide ahora la elección y envío de diputados; les solicita inmediatamente la formación de Juntas provinciales y Juntas de ciudades o villas, subordinadas a las de la capital, cuya misión es mantener la seguridad y unidad de los pueblos, así como la de propagar la revolución. Pronto les pedirá una tarea más ardua y comprometedora, de consecuencias incalculables: el reclutamiento de tropas para el puntual cumplimiento de las órdenes de Buenos Aires. De esta experiencia excepcionalmente aleccionadora, tanto militar como política, surgirán los caudillos. De aquí se derivan por lo menos dos resultados inesperados: por una parte, el poder heredero de las atribuciones coloniales traslada la práctica regular de la política al interior; por la otra, establece la frecuentación del ejercicio militar. Además, si esta cooperación en la guerra de la independencia inducía poderosas razones para la centralización, típica del virreinato, las medidas concretas para hacer la guerra tendían, en cambio, a consolidar y despertar la ambición política de los poderes locales. Por ende, la mitigación o terminación de la guerra de la independencia disminuía o cegaba la fuente del centralismo y, en consecuencia, forzaba a revelar la fuerza latente o expresa de los poderes locales. Mientras las fuerzas del primero se desvanecían con la paz o la desaparición del peligro español, las de los segundos, por el contrario, se sentían más libres de responsabilidades o limitaciones generales o centrales, y se empeñaban en dominar a otras provincias o en defenderse de su amenaza de dominación. Este llamado de la Primera Junta, en síntesis, al reconocimiento de su liderazgo, si prueba la conciencia que tenía el gobierno patriota acerca de su dudosa legitimidad, por la otra despertará en todos los rincones adonde llega la certidumbre de la importancia de las mismas regiones a las que pide acuerdo, y la necesidad, ineludible para ellas, de introducirse inmediatamente en las ambigüedades y dudas de las opciones políticas, responsabilidad y sentimiento por completo inédito en el estrecho mundo de las preocupaciones provincianas. Si la Primera Junta quiebra la estructura política elaborada paso a paso por una autoridad que no admitía ninguna discusión, como es la virreinal, se ve impelida a sustituirla por otra que no sabe –ella misma– cuál es. En todo caso, comienza a innovar, involuntariamente, desde luego, urgida por los más variados problemas, precisamente allí, en la discusión acerca de cuál debe ser: así difunde y despierta la acción política en todos lo estratos, aun en los populares con los riesgos que sabe o intuye, pero que no puede medir, y desarrolla los gérmenes latentes –en sí misma y adonde su eco llega planteando decisiones conflictivas– de la lucha política oligárquica,4 en la que ponen su peso, sin embargo, las masas movilizadas por su intensa prédica. Así descubre aceleradamente, muy a su pesar, los centros de poder regionales y locales, antes inadvertidos, en cuyo marco se incuba el caudillismo., Uno de los rasgos de este proceso es que los elementos de concepciones políticas modernas, elaborados y propagados por la Revolución para lograr el apoyo popular contra el poder español, serán utilizados después en el interior del país contra el dominio –o la amenaza de dominio– de Buenos Aires y, dentro de ella, para dirimir conflictos entre grupos contrapuestos. La posibilidad y las conmociones de esta movilización popular ya se habían concretado en la resistencia a las invasiones inglesas y conservaron su dinamismo demoledor, a duras penas latente, hasta el 25 de mayo de 1810. El amago de recurrir a la totalidad de la población, como se había consumado en aquellos espectaculares sucesos –y no sólo a lo más granado y confiable de ella– se computaba entre los recursos advertidos entre los que serán más tarde patriotas, y aún en Liniers: en una carta de Felipe Carducci a la princesa Carlota Joaquina, del 20 de junio de 1809, se alerta sobre el “horrendo atentado” –proferido como amenaza, según él, por Liniers– de dar libertad a los esclavos en caso de que los partidarios de la princesa atacasen el virreinato.5 El terremoto social provocado por la presencia de los ingleses en

Llamo “lucha política oligárquica” a la que se desarrolla en los estratos superiores de la estratificación social. Los estratos inferiores ofician de meros apoyos utilizados por alguna fracción de los superiores para romper el equilibrio en la lucha por el poder. Esto no quiere decir que esta participación subordinada de los estratos inferiores no tenga trascendencia, negativa o positiva, para ellos. Además, si la movilización de los estratos bajos se realiza independiente o al menos al margen de los estratos altos, constituye para éstos una grave alteración del orden. El término “oligarquía” y sus derivados, recuerdo que está utilizado en este libro en su connotación de “gobierno de unos pocos”, sean éstos estancieros, obreros, empleados, militares, intelectuales o miembros de otras categorías ocupacionales. 5 Mayo documental, UBA, F. de F. y L., 1962, tomo IX, pág. 91.

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Buenos Aires había originado este tácito protagonismo de los sectores inferiores de la estratificación: iban a ser las “masas disponibles” que utilizarían la Revolución y luego los caudillos. Cuando en agosto de 1812, Manuel Belgrano, como jefe del Ejército del Norte, dicta un bando ordenando el completo abandono de los pueblos y lugares que debía ocupar el enemigo (a fin de dejar sin recursos a éste), un observador monótonamente alerta como el general José María Paz no deja de señalar el tremendo efecto movilizador –en absoluto previsto ni deseado– que tienen las prácticas (militares y políticas) de la Revolución, y que en rigor no eran diferentes a las pensadas antes de ella por Liniers: “...estas medidas enérgicas, que recaían indistintamente sobre las personas más elevadas de la sociedad, hirieron la imaginación de las masas de la población, y las predispusieron a desplegar aquella fuerza gigantesca que ellas mismas ignoraban, y que después han hacho las Provincias Bajas un baluarte incontrastable.”6 MAPA 4: El país al declararse independiente (1816)

Más adelante, el general Paz advierte la completa inconciencia de los jefes militares acerca de esas potencialidades que, en cambio, explotarían a fondo los caudillos, desde Artigas a Rosas, pasando por Güemes y Quiroga, entre otros: “... en aquel tiempo (hacia 1813) ese elemento popular, que tan poderoso ha sido después en manos de los caudillos, era casi desconocido; en consecuencia, los generales poco o nada contaban fuera de lo que era tropa de línea”.7 Un ejemplo más de esta apertura política8 a los estratos populares aparece nítido en la prédica y la acción de Manuel Dorrego. El inflamado enemigo del Directorio ejercido por Pueyrredón, basará su carrera por el poder en los halagos que propone tácitamente a la plebe porteña desde su banca de diputado –como representante de Santiago del Estero– en el Congreso Constituyente de 1824 – 1827. A la caída de Rivadavia, y después del breve interinato de Vicente López y Planes, desaparecida la institución presidencial, la figura de Dorrego concita las esperanzas populares y la de los más altos círculos de la provincia; con esos atributos es nombrado gobernador de Buenos Aires en agosto de 1827. El levantamiento del ejército que regresa de la guerra contra Brasil, y que se halla comandado por Lavalle, en diciembre de 1828, interrumpe esta experiencia. Dorrego es fusilado, y en medio del estupor que provoca su desaparición, Rosas intentará exitosamente insertarse en la herencia populista explorada fructuosa y efímeramente por aquél. Dorrego, un federal “viejo” y “doctrinario”, abrió los ojos a Rosas, un federal “nuevo” (es decir, reciente), sobre las posibilidades políticas abiertas por la Revolución para manejar a la numerosa plebe bonaerense, a fin de romper el equilibrio interno del grupo dirigente.
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Paz, José María, UBA, Memorias póstumas, Ediciones Estrada, Buenos Aires, 1957, tomo I, pág. 59. Ibíd, pág. 104, también del tomo I. 8 Para Tulio Alperín Donghi (Revolución y guerra, Siglo XXI, 1972, pág, 181), uno de los problemas de los dirigentes consistirá en disciplinar las adhesiones de los sectores populares.

En una carta famosa, citada reiteradamente, Rosas expone al agente oriental Vázquez, en 1829, con absoluta conciencia, el uso de aquellas prácticas populistas –y muy modernas– que la Revolución había hecho posible al promover la lucha política y movilizar a las masas, y que había explotado con éxito: “A mi parecer todos cometían un grave error: se conducían muy bien con la clase ilustrada pero despreciaban a los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son la gente de acción. Yo noté esto desde el principio y me pareció que en los lances de la Revolución, los mismo partidos habían de dar lugar a que esa clase se sobrepusiera y causase lo males mayores, porque Ud. sabe la disposición que hay siempre en el que no tiene contra los ricos y superiores. Me pareció, pues, muy importante, conseguir una influencia grande sobre esa gente para contenerla, para dirigirla, y me propuse adquirir esa influencia a toda costa; para eso me fue preciso trabajar con mucha constancia, con muchos sacrificios, hacerme gaucho como ellos y hacer cuanto ellos hacían, protegerlos, hacerme su apoderado, cuidar sus intereses, en fin, no ahorrar trabajos y medios para adquirir más su concepto.”9 Este testimonio excepcional de un político sagaz, nos ofrece una medida de la rapidez del proceso de politización, así como de la magnitud de su profundidad: tocaba ya a los últimos estratos. Y éstos podían ser utilizados en la lucha intraoligárquica. Este llamado a la participación política –sin duda de límites muy precisos– da un tono sorprendentemente moderno a los conflictos en torno al gobierno de Buenos Aires. Muestra también los comienzos del profundo proceso de movilización difundido por las revoluciones liberales en el mundo, y no solamente en la Argentina. Por otra parte, en punto a la superación de los continuos conflictos interprovinciales mediante el sistema federal de gobierno, Dorrego no satisfizo las esperanzas de las provincias, por más que su paso por la gobernación fue breve. Eso es lo que sugiere el testimonio de un testigo excepcionalmente calificado de su tiempo: “Si D. Manuel Dorrego, calculando la fuerza de la opinión que se había prestado al lado derecho del sistema federativo, logró bajo esos auspicios ocupar la silla del gobierno, sus ideas estuvieron muy distantes de otorgar a las provincias la carta de la libertad...”10 En resumen, la quiebra de la autoridad virreinal se tradujo, desde el punto de vista de la estructura del poder, en los siguientes hechos: 1. Aparición de lucha política, fenómeno inexistente en la colonia. 2. Descubrimiento de los poderes locales (regionales y provinciales) que se fortifican en las condiciones de democratización y militarización impuestas por las nuevas necesidades de gobierno. 3. El reclamo imprevisto, pero indispensable, dada la urgencia de reunir recursos humanos y materiales, a la movilización psicológica de las grandes masas de la población. La Iglesia criolla cumplió en este aspecto un papel capital. 4. Los conflictos interprovinciales e intercaudillos, además de intergrupales, por el dominio político. 5. Los inicios de la creación de un nuevo Estado, surgido sobre los desechos de aquel desplazado por la revuelta de 1810. Hacia 1819 – 20, este intento deberá computarse como un fracaso. El resultado: múltiples poderes provinciales, en procura de su reconocimiento y consolidación recíprocas, a través del método inmemorial de la guerra, La fuerza militar y los recursos económicos para financiarlas serán más cruciales que lo habitual, a la vista de la áspera remoción de las condiciones productivas provocada por la guerra de la independencia, la guerra civil, el mismo esfuerzo de crear un Estado, y la apertura del libre intercambio internacional. 2. Fuentes de las tensiones políticas

Desde el estallido de la Revolución de Mayo, las grandes líneas que definen las tensiones políticas se tienden según tres focos principales: a. En primer lugar, respecto del poder central, cuya consolidación, en beneficio de Buenos Aires, puede significar la desaparición de las autonomías regionales y/o locales11, ahora convalidadas tácitamente por las autoridades surgidas de la propia revolución. Una fuerte centralización despojaría a las oligarquías locales de sus pretensiones de dominio sobre su hinterland e implicaría también la destrucción de sus propósitos de dominio regional, allí donde éstos pudieran manifestarse. El proceso de autonomización provocado por la ruptura del poder virreinal cubrió también, desde luego, a las intendencias (ver mapa 1), extensas regiones de las que dependían las que hoy son varias provincias. La capital dominante de las antiguas intendencias procuraba mantener su hegemonía sobre la zona de su tradicional influencia, en contra de los deseos localistas de los centros urbanos dependientes. Este fue el origen de permanentes rivalidades entre las provincias. El caudillo es entonces el personero de la soberanía local, no sólo frente a Buenos Aires (hasta

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Floria; García Belsunce, op. cit., tomo II, pág, 9. Ferré, Pedro, La constitución de la nación bajo el sistema federativo, Juárez editor, Buenos Aires, 1969, pág. 84. 11 Esto no significa que algunos caudillos no hayan comenzado a ejercer un cierto dominio derivado a veces de atribuciones militares concedidas por el poder central instalado en Buenos Aires. No significa, además, que la política a adoptar respecto del poder central no divida a la oligarquía provincial, y alguno de sus sectores busque apoyo en Buenos Aires.
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donde ello es posible, según lo permiten los recursos locales), sino también frente a los otros núcleos de poder regionales. Véase el punto III. La lucha contra el poder central afirma a la oligarquía provincial primero y luego al propio caudillo, como celosos defensores de los intereses regionales y locales. Es explicable entonces que la mayor emergencia de caudillos tenga lugar en la primera década revolucionaria (véase el cuadro 1). b. En segundo lugar, respecto del dominio dentro de la oligarquía local. Esto genera una violenta lucha interna cuyas vicisitudes varían de acuerdo con el caso considerado, inclusive en las relaciones que mantienen los contendientes con el poder central. La lucha política intraoligárquica –es decir, dentro de cada situación provincial– se convierte en un centro promotor de líderes no institucionales. En estos conflictos internos, la piedra del escándalo no sólo es la preeminencia de conexiones políticas excluyentes en el seno de la diminuta escena doméstica (y aún más allá, en el horizonte nacional). Consiste en escapar a los costos de la guerra. Primero, a los costos de la guerra de la independencia; después, a los costos inmedibles de las guerras civiles. Y si en este caso los altibajos de las luchas, emprendidas sin misericordia, encaran invariablemente la posibilidad de una pérdida total 8aún la de la vida), sugieren a veces el espejismo o la realidad de una recuperación, con el más que probable agregado de una ganancia neta. En todo caso, es un juego brutal que los protagonistas sienten como inescapable, no solamente para los caudillos y sus seguidores inmediatos, sino también para la masa mayor e indiferenciada que más sufre sus efectos de crueldad y destrucción. MAPA A: El conflicto portuario: Buenos Aires vs. Interior

Por otra parte, la condición de caudillo abre la posibilidad de ventajas, lucros o prebendas que sin una jefatura política arbitraria no existirían. La Madrid ofrece apenas un ejemplo de su vasta experiencia: “Todo el mundo decía en La Rioja que Quiroga tenía grandes tapados o entierros de dinero, así de las contribuciones que había sacado a los pueblos, con el pretexto de costear a sus tropas, que nunca pagó como del producto de los diezmos, y del comercio exclusivo que sólo él tenía, de vender carne en toda la provincia. (...) Ya que he hablado de diezmos y del abasto de carne en la provincia de La Rioja, daremos una idea exacta del modo como se manejaba Quiroga en dichos negocios, puesto que he sido informado por los mismos vecinos de aquel pago. El ramo de los diezmos en toda la provincia de La Rioja no bajaba creo de veinte y tanto, o treinta y tanto mil pesos anuales, pues se pagaban con religiosidad en todas las provincias, y allí mejor que en ninguna. Quiroga era el rematador exclusivo de dicho ramo, desde que se alzó con el cuerpo con el que se defeccionó Corro del ejército del general San Martín, en San Juan, el año 1820, pues aunque usaba la ceremonia del público remate, los vecinos sólo concurrían a él para aparentar la legalidad del acto. ¡Presentábase Quiroga, o en su defecto el que hacía sus veces, y ofrecía, por ejemplo, tres o cuatro mil pesos, o sólo 500 si le daba la gana, por toda la gruesa del diezmo! ¡Seguro estaba de que nadie ofrecería un cuartillo más! Se vencía el tiempo designado para los pregones, y se remataba por lo que él quería. Algunas veces cuando estaba de humor, me dijeron que hacía una postura razonable, pero que esto era muy rara vez. Pasaremos en el modo de recoger el diezmo del ganado, y demás animales cuadrúpedos Los mismos propietarios que se los pagaban eran guardianes, le pasaban una relación del número de cabezas que les correspondía dar, y cuidado que era exacta, y les ponía la señal de Quiroga, y después la marca; y seguían así encargados de su cuidado, pero con

mucha más vigilancia esmero que con el cuyo propio, de modo que llegaba a suceder que muchos de los estancieros tenían a su cuidado más ganado de Quiroga, de sólo los diezmos, que suyo. Réstame ahora dar a conocer a mis lectores el método que guardaba para abastecer al pueblo de carne. He dicho que ningún otro que él podía abastecer de carne al pueblo, y es la verdad; pero faltábame agregar que ningún hacendado podía traer un animal vacuno para el abasto de su familia, sin su expresa licencia y que cuando se le antojaba negar dicho permiso lo negaba también. ¡Pero cuidado con que el que lo obtenía obsequiase con un cuarto de carne o un asado a sus hermanos, parientes o amigos! La multa que él quisiera imponer no había más remedio que pagarla.”12 La molesta extensión de esta cita se justifica ampliamente: ahí se describe el mecanismo de coacción que induce un poder político prácticamente ilimitado. Ho hay razones atendibles para pensar que ellos se limitaron a una provincia y menos a la voluntad de una persona. Todo centro de poder tiende siempre, y en todas partes –y aún en un marco democrático– a hacerse ilimitado o absoluto, a menos que haya otros centros de poder que lo contengan. El caudillo es meramente un ejemplo de esta ley sociológica: evidencia la quiebra de toda limitación, la ruptura de toda institucionalidad. No hay poder institucional que pueda contenerlo o limitarlo. Cuadro 1 Períodos de emergencia de los caudillos

1813-1825 1835-1852 1852-1870 José G. De Artigas Alejandro Heredia Felipe Varela Bernabé de Aráoz Pedro Ferré Antonino Taboada Martín Güemes Félix Aldao Estanislao López Nazario Benavidez Francisco Ramírez Justo J. de Urquiza Juan B. Bustos A. Vicente Peñaloza Juan Felipe Ibarra Facundo Quiroga Juan M. de Rosas Fructuoso Rivera

Fuente: Zorrilla, Rubén H., Extracción social de los caudillos, La Pléyade, Buenos Aires, 1972, pág. 44.
c. En tercer lugar, respecto del dominio dentro de la región. Aquellas provincias que mantenían la hegemonía dentro de la formación de las intendencias, deseaban conservarla, en tanto las provincias dependientes procuraban desprenderse de ella. Hay allí un semillero de conflictos: Jujuy contra Salta, Salta contra Tucumán, La Rioja contra Córdoba, Santiago del Estero contra Tucumán, entre otros, señalan los enfrentamientos que responden a peculiaridades regionales y a relaciones políticas contrapuestas.13 Estas reyertas tienen sin duda muy lejanos antecedentes: “En 1739 se reunió una junta de delegados de los cabildos de Tucumán en Salta (recuérdese que se trataba de Salta del Tucumán, y no sólo de la provincia que hoy lleva ese nombre), a la que asistió la representación de Córdoba. Se acordaron allí gravámenes a toda la provincia para proveer los fondos para combatir a los indios. Cuando al año siguiente se puso en práctica lo resuelto, Córdoba se alzó airada contra la resolución tomada sin su intervención. La misma lucha contra los indios dio origen, años después, a los levantamientos de las milicias catamarqueñas y riojanas que se negaban a abandonar sus lares en lo que juzgaban que era ir a defender intereses ajenos. (...) Cuando se da el caso de combatir a los portugueses en 1762 y las milicias de Corrientes son divididas en partidas para luchar contra los indios, los milicianos disgustados pidieron ser licenciados y regresar a su región, y ante la negativa desertaron.”14 Situación y conductas que se repetirán con insistencia en las guerras civiles e, inclusive en la guerra contra el Paraguay, ya comenzada la serie de las denominadas “grandes presidencias”, en la ruta definitiva hacia la organización
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Memorias del general Gregorio Aráoz de La Madrid, EUD EBA, 1968, tomo I, Págs. 353-354. 13 En el dictamen y proyecto de la Comisión de Negocios constitucionales del Congreso general Constituyente de 1824-27, sesión del 14 de julio de 1826, se dice: “Otro de los defectos que ha producido la disolución del gobierno federal (en 1820, con la caída del Directorio) ha sido la separación de casi todas las ciudades de sus antiguas capitales (los centros de las antiguas intendencias): separación sostenida por una irrevocable resolución de no agregarse a ellas. Muchos señores diputados traen terminantes instrucciones de sus pueblos a este intento (el de mantenerse como provincias separadas)”. Emilio Ravignani, Asambleas Constituyentes Argentinas, seguidas de los textos constitucionales, legislativos, y pactos interprovinciales que organizaron políticamente a la nación, Instituto de Investigaciones Históricas de la facultad de Filosofía y letras de la Universidad de Buenos Aires, 1937, tomo III, pág. 216. 14 García Belsunce, H.; Floria, Carlos., op. cit., tomo I, pág. 179.

nacional. La misma declaración de la independencia no fue firmada por varias e importantes provincias porque no enviaron representantes al Congreso de Tucumán: Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, sometidos a la influencia de Artigas no estuvieron allí; en cambio, habían celebrado en 1815 el Congreso de Oriente en Concepción del Uruguay. Las enormes distancias y la escasez de población, unidas a la pequeña estructura militar, contribuían decisivamente a crear, ya en el virreinato, un aislamiento en el que se escudaban las intendencias para ejercitar un poder en los hechos casi independiente o soberano, pero sobre todo arbitrario, para lesionar la autoridad de los virreyes y de aquellos que en su misma jurisdicción debían vigilar el cumplimiento de la ley. Así lo demuestra el oficio de Antonio Luis Pereyra a Su Majestad, fechado el 10 de diciembre de 1809: “6º. La distancia al trono y a la misma capital de los Virreinatos en que suelen estar las de provincia, facultades del mismo establecimiento, y pie de autoridad, y respeto con que entraron los Gobernadores Intendentes, los constituyeron en deidades impenetrables que celosas de su propia autoridad se abrogaron (arrogaron) todo género de facultades de que los mismos Virreyes tuvieron que desentenderse por haber influido en su gabinete la misma divinidad de que se cubrieron. Sus Tenientes (de Letras) en estas circunstancias no pudieron jamás reclamar los derechos de su empleo que frecuentemente se los usurpaban, y el que más espíritu, y energía ha tenido, lo ha empleado en asesorar en ley y justicia, que no es poco porque siempre han sido tenidos en menosprecio, o sujetos a la pura voluntad de los Intendentes.”15 La nota continúa señalando la invariable autoridad despótica de los Intendentes. Estos ejemplos hacen patente el trasfondo histórico de los disensos regionales y provinciales, que explican, como un vector más, el cuadro estructural y social en el que aparece el liderazgo del caudillo. En los conflictos que allí se desarrollan tercian tanto el poder central –cuando puede y le interesa, sea el Directorio, Rosas o los presidentes posteriores-, como otras provincias o poderes hegemónicos de otras regiones. El desgarramiento de las provincias desde las regiones y su separación de las intendencias (ver cuadro 2 y mapa 1) son una demostración de la fuerza política de las autonomías locales desde el momento de la ruptura del poder central virreynal. Esa lucha, porque es nueva en términos políticos –lo mismo que la intraoligárquica- y porque se realiza en un marco institucional que no la contempla como posible (tornándola, por eso mismo, en completamente inservible) se decide en función de líderes y recursos no previstos por la normatividad, entre otras razones, no incluye regulaciones para encauzar el conflicto político, ni siquiera bajo las formas de usos y costumbres. En esta profunda quiebra del poder central colonial, como nudo y sostén de la estructura política, y la proyección de sus consecuencias sobre los poderes regionales y locales latentes (aún en el de Buenos Aires, como lo demostrará la crisis de 1820, cuando la ficción de un poder central desaparece y cada provincia asume formal y espontáneamente mayor autonomía) donde corresponde situar la génesis del caudillismo. También, por supuesto, en la naturaleza de la cultura política decantada por la conquista y la colonización y su choque con las ideas difundidas por la Ilustración, la revolución norteamericana y la revolución francesa. Cuadro 2 Emergencia de regiones o provincias autónomas PROVINCIA AUTÓNOMA Banda Oriental Misiones Santa Fe Córdoba y La Rioja Buenos Aires San Juan y San Luis Mendoza, Santiago del Estero Entre Ríos, Catamarca Corrientes Jujuy

AÑO REGIÓN AUTÓNOMA 1813 Provincia de Cuyo 1814 Salta y Tucumán 1814 Corrientes y Entre Ríos 1815 Salta 1819 Tucumán 1820

1821 1834

Allí está, precisamente, el área abandonada por la institucionalidad debido a la violencia revolucionaria. El caudillo es el portavoz de lo imprevisto, es la expresión de una ruptura del orden, y es, al mismo tiempo, el intento de crear un orden que supere el caos en el que ha nacido. En principio, ese orden puede ser o es de facto, pero puede y debe pasar al plano de una nueva institucionalidad.

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Mayo documental, ya citado, Tomo X, pág. 192. La ortografía ha sido modernizada. Pereyra indica al Rey, en veintiún puntos, cuales son los defectos fundamentales de la administración española en América.

En otras palabras: el caudillo debe obtener un consenso duradero si quiere elaborar y consolidar un orden nuevo: en esa misma medida tiene que incluirse en una línea de descendencia “legal”. Necesita superar su condición de caudillo para poder prolongarse en el orden que instaura y que pretende conservar. Esto no lo logró ninguno de los caudillos argentinos, salvo acaso el discutible ejemplo de Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos y primer presidente de la República, después de la caída de Rosas en 1852. Él logró prolongarse en la organización nacional con el mismo poder político que detentaba antes de ella. Cualquiera sea el caudillo que se considere, su política se mantuvo dentro de lo que he denominado “contexto político oligárquico”. Esto significó que la actividad política se reservara a los miembros de la clase “decente” y que sólo dentro de ella se seleccionara a los protagonistas del liderazgo. Aunque merece ser consignado este hecho no es de ninguna manera sorprendente: así ocurría en todas partes del mundo y es todavía más explicable si se tiene en cuenta el horizonte económico y social en el que tiene lugar. Extrañan, por el contrario, los aspectos políticos modernos desplazándose en un medio comparativamente simple y ostensiblemente rústico. En efecto: el caudillo impuso un elemento modernizante en la dinámica de ese contexto: creó, con variantes a veces notables, lo que llamo “populismo oligárquico”. En el curso de la lucha intraoligárquica el caudillo llamó a los sectores populares movilizados por la revolución, para romper el equilibrio interno en beneficio de su política. A pesar de este llamamiento, que dio color y calor populista a su liderazgo, éste siempre se encarnó en los miembros de la clase “decente”, y entre ellos, casi siempre en los de fortuna elevada. El testimonio vehemente de un contemporáneo comprometido y muy bien informado, como es Dorrego, da cuenta del segundo de los aspectos, patente en la naturaleza dual del liderazgo caudillista: por una parte, su encarnación en las clases propietarias, señaladamente en los hacendados; por la otra, su apoyo en los sectores más bajos de la estratificación social. En “El Tribuno” de octubre de 1826 Dorrego asegura: “... lo que no es opinable, lo que es un hecho constante y que todos hemos presenciado, es la cooperación de las masas o el por mayor de los pueblos a secundar los proyectos de los caudillos; cooperación que era el resultado de la destreza que aquel empleaba en preparar y difundir la idea del federalismo, como que sabía prácticamente toda la influencia que él ya ejercía sobre los espíritus”.16 Seguramente no es el federalismo teórico, derivado de la innovadora experiencia norteamericana, 17 aquel que podía suscitar los entusiasmos de las masas iletradas, sino la consigna, cargada de significación y de emocionalidad, por la defensa del “nacionalismo” provinciano. Cuando El Mensajero pregunta retóricamente sobre la posibilidad de que los caudillos tengan “por objeto que el pobre robe al rico y que la ignorancia y la barbarie triunfen de las luces y la civilización”, Dorrego aclara prontamente las intenciones irreprochables de los caudillos: “¿Ignoran estos (los periodistas del Mensajero) por ventura, el influjo y especie de clientela que las clases propietarias, los hombres ilustrados, los de concepto y propiedad notoria, ejercen sobre el por mayor de los hombres?. ¿Y cómo querrían esos caudillos provocar en contra de sus pretensiones toda la masa compacta de medios y recursos que sabían (sic, por sabrían) oponer a sus designios los hombres pensadores, los ciudadanos virtuosos de casa y solar conocidos?”.18 Es decir: jamás los caudillos, a pesar del apoyo de las masas, atacarán a los propietarios para, en compensación, satisfacerlas. Ese apoyo, por lo tanto, no tiene ninguna contrapartida, ninguna gratificación. En los hechos esto significará que, cuando el caudillo despoja a sus rivales, los recursos obtenidos en la lucha política irán a robustecer los medios del gobierno que ejerce el propio caudillo (o sus haberes personales), y no a los sectores populares que colaboraron decisivamente con él. Dorrego descubre también las intenciones non sanctas de los unitarios, que se expresan a través de El Mensajero: “Él procura (El Mensajero) entusiasmar a las clases propietarias, a los hombres de luces, de influjo, y de categoría, queriéndoles persuadir que todas sus propiedades y calidades recomendables corren un gran peligro si los pueblos interiores (con los caudillos al frente) triunfan en la contienda.”19 Sin duda, Dorrego tuvo razón, como lo probarán los hechos posteriores, al sostener que los caudillos no tenían como propósito sacar al rico para dar al pobre. Pero se equivocó al pensar que no entablaran una lucha política enconada contra un sector de estrato oligárquico –al que ellos mismos pertenecían–, en cuyo desarrollo apelaron a las masas populares para superar los “medios y recursos” que supieron oponerles en muchos casos “los hombres pensadores, los ciudadanos virtuosos, de casa y solar conocidos”, como señalé en un trabajo anterior.20

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Dorrego, tribuno y periodista, selección de Alberto del Solar, Imprenta Coni, Buenos Aires, 1907, pág.245. Sin embargo, es de allí, de Estados Unidos, de donde se importó la idea de federación. Ésta no se halla en la tradición política española. Es tan foránea, por lo tanto, y tan “ideológicamente burguesa e imperialista” como la democracia, los derechos humanos, la brújula, los antibióticos y los aviones a reacción. Hay que recordar, sin embargo, que el partidario del federalismo en los Estados Unidos era el partidario de la unión, es decir, el enemigo del separatismo. 18 En Ibid, pág. 346. 19 En el mismo artículo anterior, pág. 351, publicado el 28 de febrero y el 3 de marzo de 1827. 20 Zorrilla, Extracción social de los caudillos, ya citado.

Cuando el contexto oligárquico se modifica y la sociedad argentina inicia su tránsito hacia la modernidad – precisamente hacia 1870– la aparición de una nueva clase media y de los obreros “avanzados modernos” (maquinistas ferroviarios, gráficos, marítimos, ferroviarios, portuarios, entre otros), tornan cada vez menos viable el ejercicio del “populismo oligárquico”. Hace posible, en cambio, el desarrollo del populismo burgués y de los primeros conatos de un mesianismo de expresión fundamentalmente política (anarquista y socialista), incubado al principio en estrecha conexión con el basamento que ofrecía el crecimiento de la masa obrera organizada y complementado de inmediato con el apoyo decisivo de una parte respetable, en magnitud, calidad y extracción social, de la intelligentzia. En síntesis, una de las variables fundamentales en la explicación del caudillismo debe buscarse en la fragmentación de un poder central omnímodo, que no logró encontrar un heredero suficientemente fuerte, ni –en su lugar– bases consensuales mínimas como para hacer posible un acuerdo estabilizador y creador. Allí, en ese clivaje, el caudillo introdujo la cuña de su poder no institucional. Como resultado, la presencia de la guerra civil, aunque con intervalos variables de paz según las regiones, será ineliminable hasta la organización nacional, en la segunda mitad del siglo XIX. 3. Conflictos políticos interprovinciales

En la vasta y dolorosa gama de conflictos que sacuden la antigua colonia es posible distinguir matices y, desde luego, intensidades, no sólo en las regiones que delimitan con alguna vaguedad las constantes luchas, sino también en los momentos históricos en que ellas se manifiestan. Aquí solo intentaré definir los grandes núcleos estructurales de los conflictos interprovinciales, que se integran dentro de la gran trama estructural mayor de la política argentina, antes de la organización definitiva del país. Existe un conflicto general, que denominaré “portuario” (ver Mapa A) y que tiene como protagonistas enconados a Buenos aires (el puerto) y las provincias. Comienza a expresarse inmediatamente después de 1810, hasta hacer trizas el endeble sistema político existente y obligar a una redefinición de su elementos, meta que comienza a realizarse con los tanteos rosistas en 1829. Esta redefinición se concreta a partir de la segunda gobernación de Rosas (1835), cuando éste constituye una inorgánica Confederación. Aunque los recelos y aún la oposición a Buenos Aires continúan, la amenaza de las provincias y los caudillos es mucho más débil. En primer lugar, los dos únicos grandes caudillos que quedan –como son Estanislao López y Justo José de Urquiza, de las provincias más próximas a Buenos Aires– son sus leales partidarios (salvo en el final, cuando el segundo se revela para derrocarlo). En segundo lugar, los caudillos existentes, con mucha menos capacidad política y recursos militares que los dos indicados y que los anteriores (Artigas, Ramírez, Bustos, Güemes, Quiroga), comprenden que una lucha con Buenos aires es imposible. Comprenden más: que si no molestan a Rosas, éste no se entrometerá en sus provincias. Superada la dura dirección de Rosas después de Caseros (1852), las provincias del litoral, y especialmente Entre Ríos, intentan la desesperada lucha para imponer su solución propia al viejo diferendo. En la definición que imponen las armas, sin embargo, Entre Ríos está siempre prácticamente sola. Ella es la que lleva el pesadísimo esfuerzo que dura diez años. Cuando Urquiza, al cabo de esta torturada porfía, reconoce el fracaso y se retira ya para siempre de la escena central, Mitre inaugura desde 1862 los pasos que culminarán en 1880, con el cierre definitivo del conflicto “portuario”. Mientras este conflicto sigue abierto, dejando las huellas indelebles de su omnipresencia aún en los momentos que parecen más tranquilos, otros más variados y acaso tan importantes como aquel desgarraban simultáneamente el país. En primer lugar, un conflicto parcial que tiene por marco la zona litoral (ver Mapa B). Allí aparece una hoguera constantemente renovada, no obstante la casi vertiginosa aparición y desaparición de figuras, y las incesantes batallas, en las que también participan las fuerzas portuguesas, y luego de 1822, las brasileñas. La Banda Oriental contra Entre Ríos; ésta contra Santa fe, aliada a veces con Córdoba, y contra Corrientes y Buenos Aires. Estas dos, por su parte, luchan entre sí, lo mismo que Entre Ríos-Buenos Aires y Buenos Aires-Santa Fe. Los rivales son ArtigasRamírez, Ramírez-Estanislao López, Echagüe-López, Echagüe-Cullen, Echagüe-Ferré, Echagüe-Berón de Astrada, López-Dorrego, Urquiza-Rivera, Urquiza-Madariaga y Urquiza-Rosas, entre otros conatos menores. Esta pesada lista de personas y conflictos bélicos tiene el propósito de señalar la persistencia, casi rutinaria, de las guerras. No da una idea, sin embargo, de la ferocidad con que fue encarada. Los degüellos masivos eran una costumbre al final de cada batalla. En general, las inquietudes éticas de los historiadores -completamente justificadas- se orientan a subrayar la iniquidad que significó la muerte violenta y premeditada de algunos grandes personajes (Liniers, Dorrego, Quiroga, Peñaloza, entre otros) pero rara vez a puntualizar detalladamente las tragedias masivas de estas aniquilaciones de personas anónimas, por más que ambas series de hechos formaban parte de la cultura de la época. Veamos un documento cuyo contenido es común: Mariano Masa, jefe montonero, escribe al gobernador de Santiago del Estero, Ibarra, el 3 de noviembre de 1841: “estará usted impuesto del triunfo tan completo que obtuve contra el salvaje Cubas: no he dado cuartel, todos los jefes y oficiales que se han tomado después de la acción han sido degollados...”21

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Coni, Emilio, op cit, Págs. 230-231

MAPA B: El conflicto Litoral: Provincias vs. Provincias.

En segundo lugar, otro conflicto parcial –que incluye, como el anterior, múltiples enfrentamientos– y que llamaré “mediterráneo” (ver Mapa C), y que opuso a la Rioja contra Santa Fe y Tucumán, a ésta contra Salta y Santiago del Estero, y en las que intervinieron, aunque con menos frecuencia e intensidad, Catamarca, Mendoza, San Juan y Córdoba. Aquí los nombres son muy conocidos y numerosos: Güemes-Aráoz, Quiroga-Estanislao López, LatorreHeredia, Heredia-Ibarra, éste último con la simpatía de Brizuela (La Rioja), y Cubas (Catamarca). He aquí un ejemplo de este tipo de conflicto: las provincias de Catamarca y La Rioja suscriben una alianza contra Alejandro Heredia, gobernador de Tucumán, el 10 de noviembre de 1838, dos días antes del asesinato de aquel (con el que no tuvieron nada que ver). El texto muestra la virulencia de los desacuerdos mediterráneos: el artículo 1º dice: “Habrá alianza defensiva y ofensiva entre el gobierno de Catamarca y el de La Rioja en caso de ser invadidas algunas de éstas por cualquier otra”. El artículo 5º establece. “Será deber del gobierno de La Rioja de cooperar para que le de Catamarca reintegre la provincia con los departamentos de Belén, Santa María y Tinogasta (anexados por Tucumán).”22 Otro ejemplo: la muerte de Quiroga en 1835, a manos de la partida de Santos Pérez se produce –como ya indiqué– durante el viaje de regreso que había realizado para superar el conflicto entre Latorre (gobernador de Salta) y Alejandro Heredia (gobernador de Tucumán). Poco antes –ya asesinado el general Latorre como resultado de una conjura interna– había inducido a los gobiernos de Salta, Tucumán y Santiago del Estero a firmar un tratado de amistad. Tanto la necesidad de este convenio, forzado por la presencia de una autoridad incuestionable como la del caudillo riojano, entre provincias permanentemente hostiles, como la misma muerte de Quiroga, instigada por el gobernador Reinafé, de Córdoba, constituyen un indicador de la presencia y gravedad del conflicto mediterráneo. Estas luchas interprovinciales, si son igualmente crueles y encarnizadas allí donde llegaron a las armas, en conjunto, sin embargo, parecen menos violentas. La oposición entre Quiroga y López, por ejemplo, se mantuvo latente. Cuando Quiroga es asesinado, López pretende señalar a Ibarra como posible culpable. No simpatiza un ápice con él. Pero lo que procura es salvar a Vicente Reinafé, gobernador de Córdoba y amigo suyo, sobre el que recaen las más graves sospechas. Rosas -árbitro perpetuo en los conflictos entre caudillos- utiliza admirablemente la oportunidad: insiste en culpabilidad de Reinafé, a quien reclama y ajusticia, y coloca en su lugar, al frente del gobierno de Córdoba, a Manuel “Quebracho” López, amigo suyo y enemigo de Estanislao López, el “Patriarca de la Federación”. Estos odios, como es previsible, son normales: “...Quiroga despreciaba a Ibarra, y lo consideraba cobarde desde su actuación en la campaña de Tucumán de 1827... (...) El saladino (Ibarra) le temía.”23

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Méndez Avellaneda, Juan M., Alejandro Heredia, Marco Avellaneda, Tucumán, 1838-1841, Imprenta del Congreso Nacional, 1977. 23 Puentes, Gabriel Antonio, Juan Felipe Ibarra, Facultad de Filosofía y Letras, talleres Peuser, Buenos aires, 1944, pág. 105.

MAPA C: El conflicto mediterráneo. Provincias versus provincias.

Si se llegaba al enfrentamiento bélico, las consecuencias eran penosas, no sólo para los protagonistas vencidos sino también para la provincia que representaban. Cuando Quiroga se impuso a Lamadrid y Xavier López el 4 de noviembre de 1831 en La Ciudadela (Tucumán), la paz que se impuso a Salta y Tucumán fue devastadora: “Salta pagaría los gastos de la guerra: a La Rioja, treinta mil pesos metálicos y catorce mil quinientas cabezas de ganado mayor de dos años; dos mil caballos y ochocientos bueyes; cinco mil cabezas de ganado a Catamarca y otras tantas a Santiago del Estero; los productos de San Juan y Mendoza quedarían libres de derechos de importación durante ocho años. El nuevo gobierno indemnizaría a los federales cuyos bienes hubiesen sido confiscados; el metálico se abonaría en el término de cuarenta días y el ganado se entregaría en el de noventa. Salta quedaba despojada de toda su riqueza. “El propio Estanislao López debió intervenir cuando el Tigre de los Llanos exigió el estricto cumplimiento del Tratado de Tucumán, firmado sin su acuerdo. Quiroga adujo en su descargo, que el país necesitaba demasiado de la paz y que las señaladas ventajas que obtenía La Rioja se debía a que había soportado el peso de la guerra. El gobernador de Santa Fe lo debió reconocer, ya que lo fue de acuerdo con el espíritu de las instrucciones impartidas a Ibarra y Latorre.”24 En el tejido de estas luchas implacables, Santiago del Estero es el centro de las más distintas y voraces apetencias: las de Aráoz, de Tucumán; las de Manuel Antonio Gutiérrez, de Catamarca; las de Alejandro Heredia, también de Tucumán (aunque muchos años después); sin omitir los amagos de Quiroga y López. Una curiosidad: el santiagueño Juan Felipe Ibarra sobrevivirá a todas las acechanzas, y mantendrá una inalterable fidelidad a Rosas, por razones perfectamente comprensibles. Morirá al filo de Caseros, en julio de 1851. Junto con el mismo Rosas será un extraño caso de supervivencia política –y también física, desde luego- en un mar de fracturas y dislocamientos. Estos conflictos no son resultado, sin embargo, de una tardía manifestación del deterioro del poder central instalado en Buenos Aires a partir de mayo de 1810. Están desde el comienzo de la guerra de la independencia. Un ejemplo que será típico y que desencadenará brutales enfrentamientos: muchas ciudades dependientes de otras desean –como señalé- desembarazarse de la sujeción cuando la Junta de Mayo les revela su importancia al impulsarlas a la participación política y militar. Es lo que hace Manuel Ignacio Gorriti, diputado en Buenos Aires del cabildo de Jujuy, entonces sujeto a Salta: ‘...Gorriti reclamó del gobierno (la Junta de Buenos Aires) el cumplimiento de sus promesas de establecer la absoluta igualdad de derechos de todos los pueblos, concluyendo con la dependencia de unas ciudades respecto de otras: ‘ que cada ciudad se gobierne por sí con la sola dependencia del gobierno supremo; que todas las Juntas (de provincias,

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Ibid, págs. 139-140.

ciudades o villas) sin distinción de principales o subalternas se llamen territoriales y ejerzan cada una en su territorio la plenitud de facultades que en el día ejerce el gobierno en toda la provincia’.”25 El caudillismo no es, según lo que se deduce de esta sumaria capitulación, ni la paz ni la seguridad, sino la búsqueda de un camino, conciente de su carácter precario. Fue, finalmente, el estallido de hegemonías cuestionadas o en formación, de recelos y amenazas, y en todos los casos, de rivalidades manifiestas o latentes, que tuvieron ocasión de manifestarse, con ferocidad permanente cuando la trama del poder político central heredada de la colonia se erosionó rápidamente hasta quebrarse.

Capítulo III LA ESTRUCTURA ECONOMICA
Desde antes de la caida del poder virreinal se venía gestando en el Río de la Plata un lento y penoso reordenamiento de la estructura económica global, mas evidente y espectacular cuanto mas acelerado era el crecimiento de Buenos Aires. A la decadencia de la red comercial y productiva tendida en torno a la ciudad de Potosí, en el Alto Peru y a la explotación argentifera aalí instalada, que era la fuente del circulante con que contaba el circuito económico, se sumaban las incitaciones tentadoras de un mercado mundial cuyos aldabonazos sonaban en las puertas de Buenos Aires con una insistencia difícil de eludir. La Revolución de Mayo apresuró dramáticamente los reacomodamientos que hasta entonces se estaban insinuando. Forzó, sin desearlo –porque fue el resultado de una derrota militar definitiva- el abandono del Alto Peru (hoy Bolivia y entonces territorio dependiente del virrey instalado en Buenos Aires) y llevó a un drástico redimensionamiento de las estructuras productivas y comerciales, bajo el signo de una economía alterada por la guerra de la independencia y casi enseguida por las guerras civiles. Los resultados fueron desiguales si los estimamos según regiones, sectores productivos y grupos sociales significativos. Veamos cada uno de estos aspectos. 1. En las regiones La región del litoral y aquella aledaña que podía participar de los estímulos del mercado internacional se vio favorecida con un contacto ahora sin trabas y por eso mismo, mas intenso, con él –y dentro de él- con Inglterra, que era su protagonista dominante. Las otras regiones,en cambio, se vieron afectadas, algunas gravemente, por la abrupta ruptura de sus relaciones con Potosí, no obstante que este fenómeno fuera a mediano plazo inevitable, al menos en términos de las riquezas metalíferas que pudiera suministrar el Alto Peru, debido al irreparable agotamiento de las minas, explotadas, además, con los métodos mas primitivos y dispensiosos. En ciertas provincias, sin embargo, el mismo desarrollo de Buenos Aires, promovido por el comercio externo, fue una compensación suficiente al expandir el mercado de los productos locales. En otras, la apertura a Chile, propuso una compensación que parece suficiente, pero que habría que matizar; algunas como Mendoza, por la proximidad a la ruta mas importante para cruzar los Andes, obtienen mayores beneficios. Las actividades de algún hacendado notable y tambien caudillo ejemplifica este comercio por la vía cuyana: “Quiroga acostumbraba a mandar sus tropas de ganado todos los años a San Juan y aún a Mendoza a invernarlas en los alfalfares, para de allí hacer sus remesas a Chile, Copiapó o Coquimbo, y traer tambien el ganado gordo para venderlo con mas estimación [más precio] en La Rioja y demás pueblos de la provincia.”26 Más allá de esta búsqueda independiente de una apertura económica, que en algunos casos no logra concretarse y en otros sólo se alcanza con intermitencia, están las aduanas interiores que la provincias establecen, el proteccionismo recíproco y las discriminaciones mutuas, así como los recelos políticos antagónicos, seguidos de guerras, para ejemplificar el autarquismo fragmentado que expresó el caudillismo. La carta de Estanislao López, gobernador de Santa Fe, a Juan Manuel de Rosas, en la que expresa su violenta hostilidad hacia Pascual Echagüe, gobernador de Entre Ríos, es una buena muestra de las rivalidades y penalidades que transitaban las provincias durante el aislamiento que propuso el caudillismo dentro de la compleja trama de relaciones con las otras, que aspiraban a las mismas metas. “Jamás el Gobierno de Santa Fe ha cobrado derecho alguno al trigo, que se ha introducido de la Provincia de Entre Ríos, ni menos al que de ésta se ha exportado para allí, hoy [1835] Don Pascual [Echagüe] hace pagar al trigo cosechado en esta tierra 22 por ciento a su entrada a Entre ríos. El ganado de cría, que varios lo han llevado de aquí
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De Vedia y Mitre, Mariano, El Deán Funes, su vida, su obra, su personalidad. Ed. Kraft, Buenos Aires, 1954, pág. 357. Memorias del general Gregorio Aráoz de La Madrid, ya citado, pág. 354, tomo I

para aquella proviencia sin cargo alguno de derechos, ahora el que se traiga para acá, se le ha impuesto como un 40 % y a las ovejas un 50%; así es que alguno de los infelices que huyendo de los salteamientos de los indios se había refugiado al Entre Rios con sus hacenditas, y ahora meditan volver a ocupar sus antiguas posesiones,no pueden realizarlo por ese terrible derecho, como tampoco pueden pasar sus haciendas algunos vecinos de ésta que los habían ocupado antes de establecido aquél, y ahora se les obliga a que lo paguen.”27 Otro ejemplo: el gobernador de Santiago del Estero, Felipe Ibarra, en carta del 27 de octubre de 1838, desahoga en Rosas, a quien toma invariablemente como protector y árbitro, toda su animosidad contra Alejandro Heredi, gobernador de Tucumán. En la cuidadosa descripción de las tensas vicisitudes políticas regionales, no omite mencionar tambien las diferencias económicas aparentemente insalvables dentro del sistema de poder establecido de facto por los caudillo: “... el general en jefe [Alejandro Heredia, del ejército de la Confederación Argentina en guerra contra Bolivia ] ha venido a tucumán [desde la frontera norte] e inmediatamente ha tratado de hostilizar a la provincia de Santiago [del Estero ], tratando de de privarla de los derechos de tránsito que percibe para el sostén de su inmensa frontera [indígena] cuando dicho general [...] hace años que sin tener frontera [indígena] que cuidar ni otro fundamento plausible, cobra en tucumá mayores derecho de tránsito que los de Santiago- el general en Jefe [Heredia] por no haber hallado cooperación para este asunto de derechos con el señor Cubas, gobernador de Catamarca, ha ordenado al comandante Balboa hostilice a dicha provincia.”28 Juan José Real recuerda otros casos: “ Cuando Ibarra se apodera por primera vez del gobierno de Santiago, su primer paso es aumentar los derechos de tránsito y establecer uno especial para los productos tucumanos. Por su parte, Tucumán se venga del proteccionismo correntino imponiendo un peso por arroba de azúcar que entrara de fuera de la provincia (1834). Y, como los cueros y suelas de Salta y Jujuy no tienen entrada en la provincia, pero pasan por ella, deben pagar altos derechos de tránsito.”29 El mismo autor cita el testimonio contemporáneo de Vicente Fidel López: “Una carga de aguardiente de Tucumán o Mendoza pagaba once pesos fuertes por ser pasada meramente por el territorio desierto de Santiago o de Córdoba, para pagar cinco duros más todavía como impuesto de consumo. Las harinas, los granos y las frutas estaban en peor caso, y los vinos de San Juan o de La Rioja eran artículos de lujo en Córdoba, en Tucumán o en Salta, por el precio de los derechos que pagaba en las aduanas de tránsito. Santiago y Córdoba hacían la guerra a los productos de Tucumán y de Cuyo; las carretas de mercancías europeas que pasaban por su territorio pagaban treinta duros de pasaje. Tucumán y Catamarca se desquitaban sobre las harinas de Córdoba, de Santiago y de Mendoza, y sobre los caldos de La Rioja; y San Luis, Mendoza y San Juan interceptaban el paso, con sus aduanas, al comercio de mulas y ganados de córdoba y de Buenos Aires, que buscaban los mercados de Chile los bosques [boquetes] de la cordillera. Si todas estas producciones buscaban el mercado de Buenos Aires, tenían al paso no menos líneas de aduanas; y por último, las de Santa Fe, que indemnizaban con ellas del pobre estado de sus rentas.”30 Buenos Aires también era afectada por esta política: “Ya a principios de 1828, buenos Aires era hostilizada con disposiciones que contrariaban grandemente sus intereses mercantiles; una de ellas consistió en imponer fuerte tasa al transporte de metálico desde el interior, decretándose que la extracción de plata sería gravada con el dieciséis por ciento de su valor, y se comunicó a las demás provincias. Don Beltrán Martínez, gobernador delegado de Santiago, expidió órdenes para darle cumplimiento”31 La polémica entre Pedro Ferré, de Corrientes, y Juan Manual de Rosas después del Pacto Federal del 4 de enero de 1831, sobre la libertad de comercio y proteccionismo- que se proyectaba sobre el problema de la posesión de la aduana

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Estanislao López, en carta del 25 de junio de 1836, en Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López, Ed. Hachette, Buenos Aires, 1958, pág. 366 28 Méndez Avellaneda, Juan M., op. Cit.,pag 245. Este es un texto excelentemente documentado. Heredia fue asesinado sólo días después, el 12 de noviembre de 1838, debido a una venganza personal. La ortografía de la cita ha sido actualizada, como en otras citas de este libro. 29 Real, Juan josé, “Notas sobre caudillos y montoneros”, en Revista de Historia, N° 2, 1957, Buenos Aires, pág. 71. 30 Ibíd., págs. 71-72. 31 Puentes, G. A., op. Cit., pág 13

y, por ende, sobre el problema global de organizar el país- muestra la magnitud e irreductibilidad de los diferentes intereses provinciales.32 Las dificultades en elaborar un entendimiento concernían tambien a la movilidad de las personas, por razones políticas, militares y laborales (el control de la mano de obra). Santiago del Estero aplicó un medio que fue utilizado tambie´n por otras provincias: nadie podía entrar o salir de la provincia sin pasaporte.33 Estos ejemplos muestran lo que no es, de ninguna manera, una situación excepcional sino, por el contrario, cumplidamente general, como asegura Burgin: “Los impuestos eran aplicados tanto a los artículos de exportación como a los de importación, componiéndose habitualmente de aranceles de los derechos de importación de tasas máximas y mínimas, las primeras para los países de ultramar y las segundas para las importaciones de las provincias de la Confederación. A veces se introducían tasas intermedias para los paises sudamericanos.”34 Es decir, a pesar de la conformación geográfica, que impelía a una concertación económica o a un acuerdo global que compatibilizara la diversidad de intereses, y a una vinculación entre los diversos centros de poder provinciales, las peculiaridades regionales y locales, los liderazgos vigentes en ellos y la ruptura, sin recomposición, de la estructura política, conducían a oposiciones sumamente onerosas, aunque sin duda más para algunas provincias que para otras. El caudillo fue la resultante imprevista de estas poderosas fuerzas centrífugas, que se agitaban en el horizonte inmenso y casi desierto del nuevo país, bosquejando un conflictivo mosaico, que a mi juicio definen- como señalé- tres núcleos problemáticos: 1. 2. 3. el “portuario” (Buenos Aires versus interior); el “litoral” (provincias versus provincias, incluida Buenos Aires); y el “mediterráneo” (provincias versus provincias, en que no figura Buenos Aires).

En particular, las peculiaridades de los conflictos interprovinciales, su relativa independencia, como bloque, no ha sido suficientemente subrayada, oculta tras lo que resalta por su gravitación general: las luchas de las provincias por imponer a Buenos Aires algún acuerdo ventajosos. En rigor,esta última oposición se entremezcló, con variable intensidad, en las rivalidades interregionales y locales, e hizo asumir a ellas la convencional denominación de conflictos entre unitarios y federales. Que el problema del caudillismo no reposaba únicamente en la dilucidación de si el país habría de seguir el camino que proponían esas dos orientaciones políticas, lo revela el hecho definitorio de que el triunfo concluyente de los federales no llevó a la organización nacional, ni siquiera a la paz interprovincial entre los propios caudillos federales, envueltos en conflictos o amenazas mutuas casi permanentes. Enrique Barba define este tema muy bien: “Como consecuencia de la victoria de Quiroga [en la Ciudadela], el escenario político argentino se veía animado por tres figuras de primer plano: el gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Rosas; el de Santa Fe, Estanislao López y el caudillo de La Rioja. El unitarismo había sido vencido. ¿Qué haría entonces el Partido Federal, adueñado del poder en todos los ámbitos del país? Su primer empeño parecería ser ordenar constitucionalmente la Nación. Pero he aquí que Rosas se opondrá, haciendo infructuosos los intentos de López y Quiroga. Esto entraña una seria divergencia entre los caudillos vencedores, que apunta enseguida de la victoria. Y no sólo era ese el motivo de diferencia entre los caudillos federales. Una honda divergencia personal entre López y Quiroga y una distinta manera de apreciar las cosas políticas nublaban el horizonte cuando todo antojaba ser ventura y alegría. Y si pareciera poco, debe señalarse, además, como elemento disgregador, la intemperancia de Quiroga, que recordaba rencorosamente como había sido dejado solo en su lucha contra Paz, primero, y contra La Madrid, después.”35 En la explicación de este fenómeno es preciso subrayar un rasgo esencial: ningún caudillo tuvo alcance o resonancia popular mas allá de su provincia. Ni Artigas, ni Quiroga, ni Rosas convocaron a las poblaciones de todas las provincias, y ni siquiera a las de su región. Si tenían un liderazgo político de fundamento masivo, éste era exclusivamente provincial. Rosas constituía un blanco de animadversión, a veces profunda –hasta llegar a la militancia opositora, aún bélica-

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La posición de Ferré se halla en La constitución....;ya citado, donde contesta a Pedro de Angelis, Feliciano Cavia y Jose Maria Roxas y Patrón, voceros de Rosas. 33 Puentes, G. A. op. Cit., pág 143 34 Burgin, miron, Aspectos económicos del federalismo argentino, Ediciones Hachette, Buenos Aires, 1960, pág. 180 35 Barba, Enrique M., “Estudio preliminar” en Correspondencia entre Rosas, Quiroga y López, ya citado, pág. 12

entre los mismos federales de las provincias. En los hecho, era tan “porteño” – en expresión peyorativa- como los unitarios de Buenos Aires. Por lo tanto, si los caudillos federales se hallaban unidos en la defensa de la autonomía de cada uno, recelaban de un acuerdo general que afectaría a sus poderes, así como de cualquier autoridad nacional, la que tendría sin duda idénticos efectos. Además, carecían de una concepción política global para ampliar su vago y primario federalismo, o de una clase política que tomara a su cargo esa tarea o al menos una figura de predicamento y respeto nacionales capaz de superar sus ríspidas incompatibilidades. En todos los casos, los caudillos lucharon por su provincia, objetivo que incorporaba como inevitable su dominio político personal dentro de ella, y, de ser posible, fuera de ella. No hay en ellos metas nacionales-salvo quizás en Rosas- aunque la fantasía de una remota constitución sobrevuele a veces sus posturas coyunturales. Este provincialismo esencial tiene múltiples ejemplificaciones. Una de ellas la ofrece la experiencia de La Madrid.36 Cuando en abril de 1840 decide pasar de jefe militar representante de Rosas, a general de una coalición dirigida contra él, apoyado por las provincias de Jujuy, Salta, Catamarca, La Rioja y Tucumán, pronto comprueba que el deseo de lucha contra la hegemonía de Buenos Aires no supone otros sacrificios que los de una estricta defensa de su territorio. Nadie quiere destinar recursos a una empresa que supere los límites de la provincia. Ni en Tucumán, donde es gobernador su primo Piedrabuena, y donde la hostilidad a rosas parece mas intransigente, halla la colaboración que exige la aventura de desprenderse del gobernador de Buenos Aires. Los gobernadores Cubas (de Catamarca) y Brizuela (de La Rioja), que comparten los emprendimientos de La Madrid- nombrado además general por las provincias comprometidas. Rehúsan enviarle la ayuda que necesita. Los pocos que lo siguen, o desertan, o se los arrancan las misma provincias que debían ayudarlo. 2. En los sectores sociales

De los sectores productivos, el ganadero fue el que recibió el impulso más decidido, sobre todo en Buenos Aires, debido a su proximidad a las vías de comunicación con el intercambio de ultramar, y a que fue mucho menos afectado por el rigor de los enfrentamientos armados con las provincias limítrofes. Todas las actividades y grupos conectados con la producción ganadera, tanto en el centro de su desarrollo- que era el literal- como, menos notablemente, y sólo en algunas provincias, en el interior, se vieron privilegiadas por una demanda de cueros (y una mucho menor de carne salada en Buenos Aires) prácticamente ilimitada, dado lo reducido de la oferta rioplatense, comparada con la magnitud del mercado mundial.37 Esto implicó, en algunas provincias donde dominaban, disminuir relativamente la cría del mular- destinada a suministrar animales preponderantemente, y en su origen, para las minas de Potosí- y aumentar la del vacuno criollo, un animal rústico, magro de carnes y grasa, pero de cuero grueso y fuerte, ideal para sus múltiples elaboraciones posteriores en la talabartería. Pero como se indicó, las guerras civiles y la misma guerra de la independencia impidieron que los estímulos del mercado mundial y el crecimiento que generó fueran homogéneos para todo el litoral, allí donde se daba o podía dar, y aunque, en su lugar, se propagara la degradación y la devastación económicas, según los casos. Buenos aires, 38 que apenas fue afectada por las correrías de los ejércitos y de las depredaciones que provocan, se benefició con las destrucciones sufridas por las provincias que estaban en inmejorables condiciones para competir airosamente con ella, como eran la Banda Oriental y Entre ríos, especialmente. Para tener una idea de la devastación provocada por las guerras intercaudillos, el ejemplo de Fructuoso rivera, descripta por Adolfo Saldías, generalizable sintitubear, es suficiente: “ Sus dicisiones señalaban siempre la devastación en el territorio; y sus adisctos y sus ´procedimientos, inspirados en el odio al adversario, a quien no le dab cuartel, que tal era la escuela de represalias de la ´wepoca, llevaban la muerte y el espanto a las poblaciones. Aunque no se puede decir de él que fuera personalmente cruel y sanguinario, es cierto que las ventajas que en la guerra obtuvo se marcaron con carnicería, saqueos, incendios y otros hechos atroces... ( ...) y en estas campañas y derrotas desbarató recursos cuantiosos y sumas ingentes...”39. Pero éstas eran condiciones normales de la guerra – de tyoda guerra- tal como se hacía de acuerdo con la época y las tradiciones del lugar y el país. Cuando Ferré apunta los aportes de Corrientes a la causa de la revolución, recuerda cuál fue el costo que pagó la provincia:

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Memorias del general Gregorio Aráoz de La Madrid, ya citado, especialmente de la página 110 (“Pronunciamiento de Tucumán contra Rosas”) a la página 126, del tomo II 37 Ver el cuadro que ofrece Donghi, Tulio Halperín, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852)”, en la Revista Desarrollo Económico, N° 12, Vol. III, abril-setiembre 1963, pág 63. 38 No se pudo evitar en cambio, las correrías de los indios y los efectos de sus ataques. Pero ´stos fueron mitigados , especialmente después de la expedición de rosas en 1833, aunque sólo por algunos años. 39 Saldías, Adolfo, Cómo surgió Urquiza, Ed. Plus Ultra, Buenos aires, 1973, pags. 68-69.

“ La sangre y las propiedades de los correntinos se derramaron sin economía. Más de cien mil cabezas de ganado vacuno y treinta mil caballos dieron la subsistencia y la movilidad a la pequeña fuerza que salió de Buenos aires [ al mando de Belgrano, en la campaña contra Paraguay] y que los hijos de Corrientes aumentaron notablemente sin pre [ sic] ni gratificación.” 40. Costos similares y aún peores, si tenemos en cuenta su extencsión y duración provocaron los conflictos interprovinciales. La guerra devoró la riqueza de zonas altamente productivas. Aunque con otros datos y otra situación, el panorama que ofrece Gregorio Araoz de la Madrid es similar, si bien su origen es aquí otra vez el robo y la depredación: “ Los cuerpos nuestros [el ejército que el gobernador Manuel Dorrego dirige en 1820 contrra Estanislao López, gobernador de Santa Fe] que hasta allí habían consumido [para comer] seis u ocho reses, fue preciso tolerar después que carneasen mucho más que el duplo, a excepción de mi división, contándose en ella la del comandante Rosas que no tomaba sino la carne precisa y con solo la diferencia de haberles aumentado un par de reses o tres para ambas divisiones , y esto sólo en fuerza del escandaloso número de reses que carneaban los demás cuerpos”.41 Hay más: “...cuando llegamos [ a reunirnos con las otras fuerzas] encontramos reses muertas como para triple número de fuerzas. Al poco rato de3 estar acampados empezaron a caer las caravanas [ de soldados ] que se habían desprendido temprano de la columna pero cada soldado [ iba] cargado de patos, gallinas [robadas], pavos ; el uno con una lengua de buey o de vaca ...el otro con un costillar con cueros, aquel con una picana, etc. Así siguieron llegando hasta las ocho de la noche (...) ...conforme avanzábamos íbamos descubriendo por derecha e izquierda, aquí una vaca que sólo le faltaba la lengua, allí un buey que [le faltaba] la picana, más allá una tercera que sólo le faltaba la entrepierna, al otro un novillo que después de muerto le habían dado sólo un tajo en el pecho y no estando bien gordo le abandonaron. Y no se crea que esto es exagerado, es la pura verdad. (...) Baste decir que la campaña de Buenos Aires no había presenciado nunca un destrozo semejante ni por los mismos santafecinos, que eran abonados para eso de destruir el pueblo que invadían. Si estos hechos son chocantes a todo hombre sensato, practicados aún contra sus propios enemigos, con cuanta más razón me chocaría a mí verlos practicar entre los mismos nuestros y atropellando hasta lo que los mismos, a quienes perseguíamos, habían respetado.”42 Inmediatamente las tropas toman San Nicolás y las arbitrariedades se acrecientan: “ Bajar los prisioneros y empezar el resto de nuestro ejército a descerrajar balazos a todas las puertas y empezar el más horroroso saqueo fue todo uno. (...)...era el campo una tienda de efectos y bebidas [ robados] de todas clases. Hasta la noche estuvieron llegando grupos de hombres cargados cada uno de inmensa cantidad de efectos; llena la crin y cola de sus caballos de ricos encajes y cintas de todas clases y con cuarterolas y barriles de bebida a la cincha de sus caballos.”43 El General Paz dirá en sus Memorias algo similar de la campaña en la Banda Oriental durante la guerra con Brasil. En estos testimonios se aprecian los efectos destructores de la guerra –interna y externa- y los violentos reacomodamientos en grupos sociales, actividades y provincias que ello ocasionó. El sector comercial, por ejemplo, a diferencia del ganadero vio afectada sus estructuras tradicionales, aquéllas justamente que se habían modelado durante la instalación colonial y especialmente durante el virreynato, cuando Buenos Aires dirigía con provechoso resultado la intermediación comercial entre España y el territorio que encabezaba. La escasez del circulante proveniente de Potosí y casi de inmediato la brusca quiebra de su flujo, trabó sobre todo el comercio, asentado, por otra parte, en una red de intercambios donde el trueque y el crédito ocupaban un lugar destacado. La guerra de la independencia y los constantes conatos de4 guerras internas, transformados luego en guerra civil, hizo inseguras e intransitables las ya precarias rutas. Finalmente, la presión impositiva y los empréstitos forzosos, aplicados por la necesidad de pagar los costos militares eran más fáciles de recaudar y más recompensadoras para el erario público si castigaban al sector comercial, de modo que éste tuvo que sufrir un peso que pronto se tornó insoportable. Aquéllos que más habían influido en el establecimiento de la revolución resultaban los más perjudicados por sus consecuencias, aun en el caso de su triunfo incuestionable. La competencia de los comerciantes ingleses dio un golpe de gracia a este sector, precisamente el que más esperanza había depositado en los logros del cambio institucional promovido audazmente en 1810. Uno de los protagonistas de la revolución recapitulará su aleccionadora experiencia en estos contritos términos: “En aquella época [1810] fui yo uno de los que creí que el continente del Sur vendría a ser muy luego una nación grande y poderosa [obsérvese cómo gravita aquí, en esta esperanzada visión, el exitoso y envidiado ejemplo de Estados Unidos]. Buenos Aires puso en ejecución todos sus recursos y nadie pensó que el torrente de la opinión no allanase los pequeños obstáculos que se oponían al proyecto de su independencia; pero desde el principio nuestras pasiones o
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Ferré, P, op. Cit. ,pág 117. Subrayado en el original. Memorias del General Gregorio Aráoz de La Madrid, Tomo I, págs. 178-179 ya citado. 42 Ibíd., págs. 179-180. 43 Ibid, pág. 183

nuestros errores empezaron a paralizar su ejecución. Los partidos se multiplicaron con las frecuentes revoluciones populares; la división que pone trabas y se hacía sentir en nuestras filas, aseguró el triunfo por más de una vez a los enemigos y la necesidad de reparar los ejércitos destruidos, agotaba los recursos del Estado. Los gobernadores oprimiendo a los pueblos hacían odioso el sistema; las contribuciones aniquilaban las riquezas territoriales; el comercio pasó a manos extranjeras ; se abandonaron las minas; la población empezó a sentir los estragos de la guerra; y en esta continuación calamitosa, las derrotas de Vilcapugio [14/ XI/13] hacían la última demostración de que la América en s infancia no tiene estado para constituirse en nación independiente”44 Esta descripción admirable por su concisión y verosimilitud muestra el cuadro de las consecuencias indeseadas e impensadas q2ue deparaba la Revolución para toda la sociedad envuelta en la tentadora experiencia pero especialmente para aquellos más empeñados en desencadenarla: “...Las contribuciones aniquilaban las riquezas territoriales; el comercio pasó a manos extranjeras...”.Una prueba más, por si no hubiera otras igualmente terminantes, para demostrar cuán falsa es aquella afirmación –tan atractiva en su misma ingenuidad y tan repetida por los maxistoides- según la cual “la clase [social] nunca se equivoca.” El director Pueyrredón hace sin duda esfuerzos desesperados para evitar que los comerciantes ingleses desplacen a los nativos pero se ve impelido por los costos crecientes del Estado a permitir la introducción de productos extranjeros para poder recaudar fondos a través de los aranceles aduaneros, única fuente financiera con que cuenta el gobierno. Si los deseos son defender el comercio local –apelando, por ejemplo, a la prohibición de importar- las exigencias de la realidad militar y administrativa, que se mueven en sentido contrario, son mucho mayores. Por otra parte, es preciso rechazar la idea simplificadora de que esos comerciantes ingleses operaban en función del gobierno inglés o del “imperialismo” . Eran particulares, casi aventureros que sólo tenían a la vista sus propios intereses personales y que comerciaban mercaderías inglesas como podrían haber traficado productos de cualquier otro origen. Muchos de ellos se establecieron definitivamente en el país donde hicieron fortuna, y a veces la perdieron. La posibilidad de importar estaba abierta a todos y si fueron los ingleses los que principalmente la aprovecharon es porque dominaban las rutas atlánticas y, embarcados en la revolución industrial, contaban con más y mejores mercancías que los otros países. Contaba, también, con más aventureros. Además, existieron comerciantes norteamericanos, suecos, franceses y alemanes, entre una gama extraordinariamente extendida de diversos orígenes. En muchos casos, los comerciantes ingleses operaban como intermediarios de varios países.45 En otros, tropezaron con una enconada competencia: “El análisis metódico del mercado argentino por comerciantes alemanes en 1818 con el envío de muestrarios dio sus frutos. La industria alemana predominaba en la Argentina alrededor de 1825 sobre todo en el campo de la ferretería, pero también logró competir con Inglaterra en su producto principal, los tejidos, que en 1812 constituía el 85,5 por ciento de las exportaciones británicas a buenos Aires.”46 La Revolución de Mayo abrió las posibilidades de nuevas conexiones políticas y económicas con el resto del mundo y especialmente con Europa Occidental. Y estas relaciones no deben concebirse como implicando “dependencia” o sujeción, sino como un enriquecimiento –si bien no exento inevitablemente, de difíciles opciones- en la apertura a la modernidad. En general, es la mezcla y la promiscuidad, y no la preservación de una ilusoria pureza, lo que impulsa el desarrollo de sociedades y cultura. 3. En los grupos

Si el bosquejo propuesto es válido, no resulta sorprendente comprobar que de todos los grupos sociales el más favorecido haya sido el de los terratenientes, cuya presencia volcaba preocupaciones insistentes ya en la mesa no siempre tranquila de la conducción virreinal. Un caso entre otros: después de relatar las dificulatades que tuvo para hacerse obedecer por el capitán de Blandengues D. Jorge Pacheco (en la Banda Oriental) y por el Teniente Gobernador de Yapeyú, el Virrey Avilés apunta en su memoria del 21 de mayo de 1801: “El alma de todos estos manejos no es otra que querer algunos hacendados dilatar sus posesiones a lo infinito, apoderándose con ursurpasión de aquellas pingües tierras que verdaderamente son de los indios [guaraníes, cuya estabilidad desea el virrey].”47 Aquí se patentiza las dificultades qu tenía aún el indiscutido poder virreinal, para ejercer su autoridad en las regiones alejadas del centro político, y evidencia las condiciones de aislamiento que contribuyeron a la aparición del caudillismo. Pero el propósito de la cita es ofrecer un ejemplo de peso latente que tenía el sector rural –más que del grupo de hacendados- y que las nuevas condiciones de la revolución habrían de potenciar. No es el poseer tierras, sin embargo,

Herrera, Nicolás citado por Floria; García Belsunce, op. Cit., Tomo I, pág. 424. “El comercio alemán se sirvió de Inglaterra , aun más que de Holanda, como intermediario para llegar al Río de la Plata”, Körner, Karl Wilhelm, “El Cónsul Zimmermann”.Su actuación en buenos aires, 1815-1847, separata del Boletín del Instituto de Historia Argentna, “Dr. Emilio Ravignani”, 1966,Tomos VII-VIII, Segunda Serie , pág. 25 46 Ibid, pág. 43
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Memorias de virreyes, Ed. Bajel, Buenos Aires, 1945, pag. 501.

la base de la riqueza sino el de comercializar ganados o sus productos, en especial el cuero u otros artículos de la hacienda. El dominio de la tierra es, sin embargo, de gran valor en la lucha por el poder y el prestigio social. Innumerables ejemplos se podrían aportar par demostrar que la posesión de tierras no era un hecho baladí, más allá de que el mercado de tierras fuera tan endeble. Después de producida la Revolución de Mayo, comerciantes con fortuna en Buenos Aires, o en dificultades, se convierten en ganaderos,48 si ya no lo eran, o amplian sus inversiones –relativamente pequeñas- si poseían estancias, porque es de allí de donde salen los artículos comercializables en el mercado internacional. La evolución de la familia Anchorena, si excepcional por la magnitud económica y la influencia política, es, en cambio, característica. Es el ejemplo de un gran proceso de movilidad social a través del comercio, que se expande con la importancia creciente del puerto de Buenos Aires. Un modestísimo pulpero, el fundador, Juan Esteban de Anchorena y Zundueta, se transforma en comerciante notable, condición que sus hijos Juan José Cristóbal, Tomás Manuel y Mariano Nicolás prolongarán y consolidarán, entre los tumultos revolucionarios, hasta llevarla al plano de las finanzas y la explotación ganadera. 49 La guerra de la independencia y la guerra civil exaltaron, en varias dimensiones (los recursos militares, el comercio exterior, y su contrapartida, las dificultades del comercio interno) al sector rural, cuyo jefe natural era el hacendado. De ahí que en muchos casos éste se transforme en el reclutador militar, en el comandante de campaña, en el caudillo, y al mismo tiempo, en el gobernador. 50 Es que, al margen de las condiciones específicas que surgieron de la revolución, y de aquellas más amplias, derivadas de la época, la estancia opera, en la inmensidad del escenario geográfico donde se halla emplazada, como un minúsculo oasis humano, asediado y penetrado por la rusticidad o la barbarie. Un deslumbrado testigo ha dejado el registro de sus pupilas sensibles: “Yo he presenciado una escena campestre digna de los tiempos primitivos del mundo anteriores a la institución del sacerdocio. Hallábame en la sierra de San Luis, en casa de un estanciero cuyas dos ocupaciones favoritas eran rezar y jugar. Había edificado una capilla en la que los domingos por la tarde rezaba él mismo el rosario, para suplir al sacerdote, y el oficio divino de que por años había carecido. Era aquel un cuadro homérico: el sol llegaba al ocaso, las majadas que volvían al redil hendían el aire con sus confusos balidos; el dueño de casa, hombre de uno sesenta años, de una fisonomía noble, en que la raza europea pura se ostentaba por la blancura del cutis, la frente espaciosa y despejada, hacía coro al que contestaban una docena de mujeres y algunos mocetones, cuyos caballos, no bien domados aún, estaban amarrados cerca de la puerta de la capilla. Concluido el rosario, hizo un fervoroso ofrecimiento. Jamás he oído voz más llena de unción, fervor más puro, fe más firme, ni oración más bella, más adecuada a las circunstancias que la que recibió. (...) Yo soy muy propenso a llorar, y aquella vez lloré hasta sollozar...”51.

Cuadro 3 Secuencia de roles
ARÁOZ: Hacendado comerciante- Alcalde de 2° voto (1811) – Mimbro del Ejército del Norte (1812) – Gobernador (1815-1819). ARTIGAS: Hacendado contrabandista- Jefe militar blandengue; - Jefe en la Banda Oriental (1811) – Protector de los Pueblos Libres (1815). BENAVIDEZ: Trabaja en la hacienda del padre- Arriero por cuenta propia – Jefe militar en el ejército de Quiroga – Comandante general de armas (1835) – Gobernador (1836-1855). – Brigadier general del Ejército nacional (1855). – Comandante en jefe de la División Oeste de la Confederación. BUSTOS: Trabaja en la hacienda del padre – Ganadero y comerciante – Jefe militar (1806) – Miembro del Ejército del Norte – Gobernador (1820-1829). FERRÉ: Fabricante de barcas – Soldado (1810) – Jefe militar (1820) – Gobernador (1825-1828) – Brigadier (1833) – Gobernador (1839-1842).

Halperín, Donghi, Tulio, “La expansión ganadera en la campaña de Buenos Aires (1810-1852)”, en la Revista Desarrollo económico, ya citada. 49 Ver Carretero, Andrés M., Los Anchorena. Política y negocios en el Río de la Plata, Ediciones 8° Década, Buenos Aires, 1970. 50 Ver el Cuadro 3, que ofrece la secuencia de roles sociológicamente significativos que fueron asumidos sucesiva y a veces simultáneamente por el caudillo. 51 Sarmiento, D. F. , Facundo, Ed. Sur, Buenos Aires, 1962, págs. 43-44. Un cuadro similar describe González, Joaquin V., en Mis montañas, Ediciones Estrada, Buenos Aires, 1944, págs. 55, 56, 57 y 58. Hay sin embargo, una diferencia llamativa: el que dirige la ceremonia religiosa es un viejo negro analfabeto, esclavo del bisabuelo del autor, y criado o labriego de su padre de enorme prestigio en el lugar y de una difusa y respetada actitud paternalista en el seno de la familia.

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GÜEMES: Militar de carrera (1799) – Oficial en la Reconquista de Buenos Aires – Capitán de la Revolución (1810) – Comandante general de avanzada (1815) – Gobernador (1815). HEREDIA: Estudiante en la Universidad de Córdoba – Doctor y catedrático (1808) – Teniente en el Ejército del Norte (1812-1820) – Diputado por Tucumán (1824) – Gobernador (1832-1839). IBARRA: Hacendado – Jefe militar en el Ejército del Norte – Comandante general de la frontera en Santiago del Estero (1817) – Gobernador (1820-1851). LÓPEZ: Jefe militar en la frontera – (cs. 1800) blandengue; - Alférez (1812) – Capitán (1816); - Comandante de armas de la provincia y Teniente general – Gobernador (1818-1838). PEÑALOZA: Ayudante de Facundo Quiroga (1820)- Comandante militar de los Llanos (1835) – Miembro de la Coalición del Norte (1840) – Coronel (1841) – Arbitro en La Rioja (1854- 1862) – Gobernador virtual (1862). QUIROGA: Trabaja en las estancias del padre – Capitán de las milicias (1816) – Comandante militar de los Llanos (1818) - -Virtual gobernador al vencer a Dávila (1823-1835). RAMÍREZ: Trabaja en la estancia del padre – Alcalde (1803) – Oficial en el Cuerpo de Cívicos (1810 – Apoya a la Revolución (1811) – Arbitro del Litoral (1811) – Jefe del Ejército Federal (1819) - Supremo Entrerriano (1819-1821) . RIVERA: Trabaja en las estancias del padre – Se incorpora a las fuerzas de Artigas – Capitán comandante coronel – Brigadier general del Imperio (1823) – Con los 33 (1825) – Brigadier general por el gobierno de Buenos Aires – Presidente (1831) . ROSAS: Administra las estancias del padre. Capataz en la estancia de los Anchorena. Se instala por su cuenta “Rosas, Terrero y Cía.” (1815). Forma los “Colorados del Monte”. Coronel de caballería (1820). Comandante de Campaña (1828). Gobernador (1829-1832). Gobernador (1835-1852). VARELA: Lucha a favor de la Coalición del Norte (1840). Teniente coronel en la frontera indígena (1855). Coronel, jefe de policía y virtual comandante de armas (1862). Revuelta con el Chacho y exilio. Revuelta final y derrota (18661867). TABOADA A.: Trabaja en la estancia del padre. Estudia en Buenos Aires. Trabaja como dependiente en un comercio. Trabaja en la barraca de Zúñiga. Ayudante de Lavalle. Apoya la gobernación de su hermano (1851). URQUIZA: Pulpero comerciante. Hacendado. Diputado, capitán, sargento mayor (1826). Teniente coronel (1832). Coronel graduado (1834). Comandante (1832). Brigadier general (1841). Gobernador (1842). ALDAO: Sacerdote. Miembro del Ejército de los Andes (1815-1823). Trabaja en su estancia (1824). Lucha contra el indígena. Forma parte en el ejército de Quiroga. Campaña del Desierto (1833). Comandante general de armas (1832). Gobernador (1842-1845).

En el clima invasor de este primitivismo, donde el estanciero debe convertirse en sacerdote, padre espiritual, juez y policía, no puede haber, como dice Sarmiento, “res pública”, o, en el mejor de los casos, él, el terrateniente, es la “res pública”, aunque sea a veces tan pobre como aquellos sobre los que ejerce dominio. Otros elementos gravitaron decisivamente sobre este contexto. En un medio sumamente escaso de mano de obra y donde, por ello, el salario era alto para satisfacer necesidades extremadamente simplificadas de la cultura existente, la ganadería- un tipo de explotación que requiere pocos hombres- sufrió menos que otros sectores el costo de los salarios y la simultánea reducción de la población activa provocada por las frecuentes levas militares. Por el contrario: captó probablemente parte de la masa de trabajadores que expulsaba el sistema de transportes, en brusca degradación debido a la decadencia comercial y a la guerra si bien ésta fue su gran competidora. Grupos de gauchos sueltos recorren la campaña dedicándose al pillaje, mientras escapan al reclutamiento militar. El que será luego el general Paz testimonia muy tempranamente lo que será lugo la proliferación de vagos y la base social de lo que a menos en parte constituirá la montonera de las guerras civiles. Después de la batalla de Tucumán, librada el 24 de septiembre de 1812, describe así un episodio muy ilustrativo:

“ En el camino, buscando al General en jefe [Belgrano], me vi rodeado por una partida de gauchos que me desconocieron o afectaron desconocerme, y me asestaron sus armas bajo el pretexto que me creían enemigo; no me costó poco trabajo persuadirlos. A mi hermano D. Julián le sucedió ese día otro tanto, y aún más, pues lo hicieron prisionero y ya le había quitado parte de su ropa; otros oficiales que llegaron lo salvaron de ese disgusto”52 La guerra acentuó además la posibilidad de que algunos ganaderos formaran milicias propias, adecuadamente provistas de hombres y caballada, factor este esencial, con lo que su poder político tuvo una base sólida, mas difícil de resistir si se unía a prerrogativas militares, concedidas primero por el cada vez mas débil poder central, y luego asumidas por la violencia como propias. La estancia, como unidad económica fundamental en el campo, fue asi también, en muchos casos, un centro de formación de cuerpos armados para decidir los litigios intraoligárquicos y, desde allí, los más complejos que deparaba la liza política nacional. Solo los hacendados contaban con peonada y recursos suficientes- por sí mismos y por la intimidación que podía inducir sobre una extensa comarca- para ejercer una violencia terminante, o para intervenir con esperanzas de éxito en ella. Sin embargo, ellos también sufrieron las depredaciones, las violencia, y las atroces arbitrariedades de la guerra. 4. La estancia

Si se repasa atentamente el Cuadro 3, se observará en qué proporción abrumadora participaban los hacendados notables en el conjunto de los caudillos. Y es que en medio de la pampa, la estancia era el centro de la actividad económica, el centro de la protección contra el indígena, el centro del reclutamiento militar, y , por cada una de estas razones, una fuente fundamental de poder. No es extraño entonces que el caudillo, además de hacendado, fuera legislador y jefe militar supremo, lo que no significa que fueses necesariamente rico. La jerarquía de sa estructura multifuncional que es la estancia, y los vectores de su influencia, son los moldes de la jerarquía militar que responde al caudillo. Algunos ejemplos: el 26 de abril de 1815, después que el caudillo artiguista Eusebio Hereñú desaloja de Santa Fetodavía formalmente dependiente de Buenos Aires- a las fuerzas dictatoriales de Díaz Vélez, esa provincia elige a su primer gobernador, Francisco Antonio Candioti, muy amigo de Artigas. ¿Quién era? Los Robertson, que lo conocieron y trataron dejaron su retrato: “ Era el verdadero príncipe de los gauchos, señor de trescientas leguas cuadradas de tierra, propietario de doscientas cincuenta mil cabezas de ganado, dueño de trescientos mil caballos y mulas y de más de quinientos mil pesos atesorados en sus cofres en onzas de oro importadas de Peru”53 En Córdoba ocurre algo similar, también bajo la presión artiguista: Jose Xavier Díaz, “rico propietario de tierras perteneciente a una de las más antiguas familias cordobesas”54 , es nombrado gobernador el 29 de marzo de 1815. No siempre, sin embargo, el caudillo es de origen acaudalado, ni el hacendado es un personaje de riqueza. Además no tengo la menor intención de indicar que Candioti o Díaz, entre muchos otrops casos, por ser hacendados y ricos deban ser vilipendiados por no pertenecer a la categoría de los ángeles- o no tener la calidad moral del historiador que los vilipendia- y se les atribuya, para mayor injusticia, las calamidades de la época, cuando en rigor lo que hacían era promover las pocas explotaciones posibles en la región, para hacerla mas habitable, si bien el interés- legítimo- que los guiaba podía ser (y sin duda era) el de hacerse mas ricos. Mas allá de este aspecto, la ruptura del poder colonial y la guerra de la independencia pusieron al descubierto las peculiaridades productivas y las desigualdades económicas existentes entre las distintas regiones y provincias, así como la virulencia de sus intereses políticos y económicos contrapuestos. Ya he apuntado que las provincias trataron de defenderse unas de otras, creando aduanas interiores. Era, sin duda, el resultado esperable de la autonomización, en la medida que ésta requería el acopio de recursos propios, al menos para los gastos que demandaba el constante esfuerzo militar de la defensa. Estos gastos insumían una proporción desorbitada del total de costos que exigía la administración de las provincias. Veamos algunos casos: en San Juan, el presupuesto de guerra se apropió en 1823 del 50 % del total de gastos y en
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Paz, Jose María, Memorias, ya citado, tomo I, pág 46, nota 1. Sobre la montonera y el gaucho afirma Emilio Coni: “en la década 1810-20 aparece la montonera, que recoje en sus filas a la hez de la población rural del interior y cuyos componentes no demorarán mucho en ser designados con el nombre de gauchos. En 1819, el teniente gobernador de San Juan, en un bando, dice que los españoles prisioneros que se sublevaron en San Luis, contaban con el apoyo de cincuenta y tantos montoneros de Santa Fe que el gobierno de Córdoba había remitido, además de otros criminosos que todos estaban en la cárcel. Más adelante agrega que las campañas limítrfes estan infestadas de montoneros. Como lo iremos viendo, el hecho histórico que mas ha influido en la semántica rural de gaucho ha sido la montonera, por su larga duración, pues durante 70 años, escribe páginas sangrientas, especialmente fuera de la provincia de Buenos Aires, y para toda la población rural del Norte, Centro y Cuyo, montonero será sinónimo de gaucho”. Coni, op. Cit. Págs. 213-214. 53 Robertson, J. P. y G. P., La Argentina en la época de la Revolución. Ediciones La Cultura Argentina, Buenos Aires, 1920, págs. 84 y 85. Candioti murió a los pocos meses, el 27 de julio de 1815. No era, como creían los Robertson, “un gaucho”. 54 Bosch, Beatriz, “El caudillo y la montonera”, en Revista de Historia, N° 2, 1957, pág. 57.

1837 de más del 38 %; en Tucumán, del 57% en 1822, el 77% en 1827 y 34,7% en 1838; en Córdoba, del 64,7% en 1824 y del 56,7% en 1836; en Corrientes, del 57,3% en 1827 y del 44% en 1834.55 En un medio en que el orden no podía ser impuesto por ningún poder hegemónico- ya sea consensual o simplemente forzado por la violencia- esas oposiciones aparecían en conjunto mas agudas y mas destructivas. Por eso mismo, el caudillo podía aparecer como el brazo armado defensor de los intereses locales frente a oras provincias y, sobre todo, frente al poder central.56 En Buenos Aires, en particular, Juan Manuel de Rosas, fue también la seguridad y sobre todo, aquél orden para la sociedad y el trabajo que constituyó acaso su meta política suprema: “¿Por qué lo quería usted tanto a Rosas?- le pregunté un día a un paisano trabajador, y conocido en el pueblo por su entusiasmo federal- . Señor-me contestó- porque no se podía vivir en el campo antes que él fuese gobierno.”57 Y agrega enseguida Carlos Lemme: “Hizo contra los indios su campaña del río Colorado, y más tarde se apoderó del mando para dominar la anarquía”. Atributos casi generales de los caudillos, que deben traducirse a las condiciones específicas de su horizonte lugareño.

CAPITULO VI LA ESTRUCTURA MILITAR
Uno de los hecho llamativos de la estructura militar virreinal es la poca cantidad de efectivos armados para mantener el dominio de un territorio tan extenso (alrededor de 5 millones de kilómetros cuadrados), así como la participación táctica –pero a veces real- de todo el pueblo adulto en la integración de la milicia armada, constituidas en los momentos de peligro y dirigidos por vecinos caracterizados. Es esta posibilidad militar, y su practica, precisamente, la que tiene una relevancia particular para entender al menos partes de los acontecimientos que culmina la Revolución de Mayo. 1 La estructura de 1810

El comandante de marina y capitán de navío José Maria Salazar, en carta de 6 de diciembre de 1810 al secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina, describe la situación del poder español antes de las invasiones inglesas: “antes de la fatal época de la entrada de los ingleses en la capital de Buenos Aires , los pacíficos habitantes de estas provincias vivían en la mas dichosa tranquilidad amando y reverenciando al Soberano, y a sus representantes los señores virreyes y demás jefes; apreciaban particularmente al español europeo, y en suma se podía decir que todos los habitantes no formaban sino una familia”.58 A su juicio, la dotación militar era escasa y de formación deficiente (“la tropa que había era poca y mala; pero aun ésta, necesaria para la tranquilidad del interior, porque no se alteraba sino en cosas de poca entidad militar”). Con la invasión inglesa de 1806, el horizonte de preocupaciones militares se alteró radicalmente: “…desde los primeros días de su entrada [la del general Beresford] empezó a publicarse un periódico intitulado La Estrella Americana, en que se ponía en ridículo nuestro gobierno, nuestras leyes, nuestras costumbres”.59

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Datos extrídos de Burgín, Miron, Aspectos económicos del federalismo argentino, ya citado, págs. 173 a 176. Se puede decir que esto no es cierto en el caso de Güemes. Este se halla en buenas relaciones con el poder central porque, en primer lugar, cumple excelentemente la prevista e inevitable tarea militar de defender la frontera norte, donde existe la permanente amenaza de la penetración española. Releva así al mismo poder central de una fuente de responsabilidades militares y económicas. En segundo lugar, porque mantiene una constante lucha contra los simpatizantes de los españoles en la propia Salta, miembros de la aristocracia local. En tercer lugar, porque está muy lejos de Buenos Aires y el mismo no puede convertirse en peligro inmediato para ella. En suma, una actividad que exigiría un ejército costeado por varias provincias y especialmente por Buenos Aires, las realiza un caudillo que exacciona a la aristocracia antipatriótica de la propia provincia. En este esquema, el desarrollo de la guerra interna en Salta y de la guerra contra los españoles absorve completamente la preocupación de Güemes. De ahí que en su caso no aparezca con demasiada claridad la condición de defensor armado de los intereses locales. No llegó a la etapa en que esto podía hacerse patente. No obstante, su conflicto armado con Tucumán muestra un atisbo de lo que habría ocurrido sin su muerte inmediata en 1821. Sin embargo, Güemes tuvo un grave conflicto con Rondeau en 1816, cundo éste-entonces al frente del Ejército del Norteera ya Director Supremo, pero no había tomado todavía el cargo. El conflicto terminó en paz el 7 de abril de 1816. 57 Léeme, Carlos, en el Prefacio a Instrucciones a los mayordomos de estancias, de Juan Manuel de Rosas, Ed. Plus Ultra, Buenos Aires, 1968, pág. 28. 58 Bruno, Op. Cit., 1971, tomo VII, Pág. 229 59 Ibíd., tomo VII, Pág. 229

¿Cuáles eran las condiciones de militares en el virreinato? En 1802 el virrey del Pino recibió una comunicación del Márquez de Sobremonte – el futuro virrey, y en ese momento subinspector- acerca del estado en que se hallaban las fuerzas militares.60 El informe describe el cuadro de la situación cuando se declaro la guerra contra Portugal en 1801, oportunidad optima –dada la proximidad de la proximidad de la invasión inglesa- para estimar el grado de preparación del ejercito de esa época crucial, tanto en su capacidad para la defensa como para el ataque. Allí consta que la extensísima frontera con la colonia portuguesa de Brasil estaba guarnecida con apenas 1000 hombres, la mitad de los cuales eran denominados Blandengues, dirigidos por hacendados y constituidos por vecinos y peones, y especializados en el resguardo de las fronteras. Sin embargo, eran incapaces de contener las correrías de las partidas portuguesas, que llegaban sin dificultad hasta las cercanías de Montevideo. El resumen del mismo informe es muy elocuente acerca del volumen de los efectivos militares con que se contaba en ese momento:

Unidad Regimiento de Infantería de Buenos Aires…………………………………876 Regimiento de Dragones de Buenos Aires…………………………………584 Regimiento Blandengues de Buenos Aires…………………………………637 Regimiento Blandengues de Montevideo…………………………………..412 2506 Si de la cifra total se restan los regimientos Blandengues, el personal del ejercito propiamente dicho alcanza la exigua de 1460 hombres. Y si, observa la inmensidad de la frontera, el volumen de las fuerzas militares parece decididamente irrisorio, la escasísima densidad de población lo hace explicable. ¿Por qué en “gran parte”, en lugar de “totalmente explicable”? porque podría pensar que la Corona comprendería la importancia que una mejor dotada organización militar tendría, no solo para la defensa de la fronteras frente al constante acecho portugués, sino también para la seguridad interna de las posiciones imperiales. Hay que inferir ,entonces, que por miopía política o carencia de recurso, o – mas probablemente- por ambas cosas, el gobierno español era incapaz de responder a los peligros que amenazaban su dominio. Por estas razones, las invasiones inglesas -1806 y 1807- muestran, en el núcleo mismo del poder virreinal, las necesidades de formar cuerpos ad-hoc61 , denominados “urbanos” y dirigidos por criollos, que constituyen inmediatamente en una fuerza susceptible de ser utilizada por grupos sociales interesados en promover la autonomía, sino del poder central madrileño – ahora quebrado por la institución napoleónicas en España- por lo menos de sus molestos personeros locales. Cuando después de la Invasión Inglesa Liniers encaro la necesidad de fortalecer la defensa militar de la ciudad, llamo a la población a constituir “cuerpos de tropas de los naturales” –según atestigua el ya citado José Maria Salazar- y comenzó a “dar empleos y grados con profusión para vender la natural antipatía... al servicio (de armas)”, y así como a elevar “a la clase de jefes y oficiales a todos los que creía mas apropósito”.62 Después de la proclama de Liniers, en septiembre de 1806 por la que solicitaba voluntarios para hacer frente a un inminente ataque ingles –que se producirá efectivamente al año siguiente- se alcanza a reunir una fuerza numéricamente extraordinario para la época y, sobre todo, en comparación con la magnitud de la fuerza preexistente de la invasión: 8000 hombres, que solo circunstancia excepcionales hicieron posible y que se distribuyeron así:63 Marina……………………………………………482 soldados Artillería………………………………………… 219 voluntario (veteranos) Milicianos………………………………………..1142 voluntarios Infantería…………………………………………167 (veteranos) Milicianos………………………………………..4538 voluntarios Caballería…………………………………………461 (veteranos) Milicianos……………………………………… 1575 (voluntarios)
Los veteranos designan aquí a los profesionales, mientras los voluntarios hacen referencia a los que realmente son tales, y no como podría pensarse a los “enganchados”. Son civiles incorporados transitoriamente a las actividades militares para cooperar con las fuerzas regulares. Desde luego, después de la segunda invasión y de las arduas vicisitudes políticas y militares que estallan en 1810, esa “transitoriedad” se revelara ficticia. De todas maneras, las magnitudes del cuadro permiten deducir cuales eran los efectivos profesionales hacia el 1810: la sumatoria de los veteranos alcanza a los 1329 soldados.
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todos los datos utilizados hasta el fin del capitulo que tienen relación con la distribución y magnitud de las fuerzas militares en el virreinato han sido extraídos del articulo de Guido, Horacio J., “las armas y los regimientos virreinales”, publicado en la revista Todo es historia , Nº 145, Buenos Aires, junio 1979, Págs. 8-27 61 señala Guido: “la reconquista y rechazo de la segunda invasión estuvo a cargo de los grupos de voluntarios y después del 25 de mayo [ de 1810] esos fueron los soldados de la Patria”.(Ibíd., Pág.23.)
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Bruno, op. Cit., Tomo VII, Pág. 229 Guido, H., op. Cit., pag.16.

Como contra partida, el monto de voluntarios muestra la superioridad incuestionable de los nativos y explica su inmediata gravitación en la sorprendente vida política y militar que entonces irrumpe tumultuosamente. Un rasgo notable de esta primera ola de militarización provocada por las invasiones inglesas es que los principales jefes militares son al mismo tiempo los lideres políticos de las milicias y de lo que habitualmente se conceptualiza como “pueblo”. Estas precisiones, quizás excesivas para la naturales de este trabajo, ofrecen un marco adecuado para comprender la importancia de la dotación militar virreinal, así del lugar que, a partir de la invasiones inglesas, comienzan a ocupar las milicias –casi completamente criollas- creadas por las exigencias originadas en los sucesos. El surgimiento del caudillismo debe ubicarse dentro de los cambios estructurales que ocurren, con inusitada velocidad, en el área vital de las fuerzas militares. 2. DESPUES DE 1810 producida la revolución, el decreto del 29 de Mayo de 1810 transforma los batallones de Infantería de las milicias urbanas, donde, como ya señale el numero de nativos era aplastante, en regimientos con la categoría de veteranos. El mismo jefe de la primera Junta , coronel Cornelio Saavedra, ejerce además la Comandancia General de Armas. Un día antes del decreto citado, Mariano Moreno, Secretario de la Junta , es designado Departamento de Gobierno y Guerra, recién fundado, cargo que comparte con el presidente de gobierno. Además, se crean dos ejercito, uno dirigido al interior por la ruta de Alto Perú (unos mil hombres) y otro al Paraguay (200 soldados). Posteriormente, se constituye el llamado Ejercito del Este, encargado de sitiar Montevideo – la plaza donde resisten los realistas- y a partir de 1814, cuando se hace cargo de la Intendencia de Cuyo (las actuales provincias de Mendoza, San Juan y San Luis), San Martín comienza a preparar su ejercito “pequeño y bien disciplinado”, con el cual tres años después cruza la Cordillera de los Andes e inicia la campaña libertadora sudamericana. En ese momento, con poco mas de 5000 hombres, es la formación de la guerra mas importante que ha conocido América Latina, no solo por su numero sino también por su minucioso equipamiento, notable si se tiene en cuanta la general pobreza del medio social en el que se crea. Este formidable esfuerzo militar, realizado en el cuadro de grandes conflictos internos y externos, y de la angustiosa escasez de alimentos – demográficos y económicos- y de una idea de la intensidad de la militarización. El ejercito ahora si –a diferencia de lo que ocurría en la época virreinal- una carrera y una fuente de poder y prestigio para los criollos. El entusiasmos bélico se apodera de los jóvenes nativos. Ser jefe militar significa tener autoridad en un momento en que el poder político se reciente y las instituciones tradicionales pierden aceleradamente consenso y vigencia. Significa también la capacidad para mover tropas según las posibilidades mas atractivas de la lucha política local y aun nacional. Además los ejércitos de la revolución son casi siempre, escuela de los grandes caudillos, como lo son las fuerzas militares de la frontera indígena, o de las milicias de la campaña, subordinadas a ellos, y embarcadas también en la movilización política que impone la guerra de la independencia. Allí aprenden la técnica para manejar las escuadras armadas, y allí fundan su prestigio militar y político inicial. A medida que el poder se debilita, hasta hacerse insostenible en 1820, el ejército nacional comienza a ser atomizado por los jefes militares deseosos de asentar su poder sobre bases locales, que ofrecen perduración e independencia a su dominio. Se convertirán en caudillos o en jefes federales. Pero otra fracción de los jefes profesionales que no exploran esta alternativa –por razones ideológicas o por calculo- perciben se desplazamiento como una afrenta y optaran por mantenerse fieles al gobierno central. Sostendrán, inclusive con las armas, la necesidad de un ejército nacional y por eso serán unitarios. Los generales José Maria Paz y Juan Lavalle constituyen ejemplos supremos de esta posición. La guerra contra Brasil (1825-2828) y la efímera presidencia de Rivadavia (1826-1827) les permitirán una recuperación muy breve. Aunque luchen en las guerras civiles, ninguno de ellos lograra tener arraigo local, ni siquiera en Buenos Aires. Por eso, si, en sus inicios, que coincide con el estallido revolucionario, el ascenso de la actividad militar implica conceder al ejército un lugar importante en la vida política,64 no deben confundirse con la existencia del ejército

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Como ejemplo del creciente peso político del sector militar, doy a continuación un sintético inventario de las intervenciones militares a partir de las invasiones y hasta la disolución del poder central en 1820: 1. Cuando en 1809 un grupo español solicita la renuncia del virrey Liniers, el jefe del Cuerpo de Patricios, Cornelio Saavedra, en compañía de altos jefes criollos, decide el episodio con la amenaza del empleo de sus fuerzas. Como resultado, Liniers queda en el poder. 2. Cuando el virrey Cisneros pide apoyo durante los sucesos de 1810, otra vez la actitud de Saavedra y su fuerza militar es el factor decisivo para su derrocamiento. 3. El Primer Triunvirato (22/9/1811) se constituye con importante apoyo militar. 4. La caída de ese Triunvirato en octubre de 1812 y la formación del segundo tiene su base en el pronunciamiento de las fuerzas militares inspiradas en San Martín. 5. Cuando el director supremo Alvear ordena suprimir al caudillo oriental Artigas, las fuerzas que envía se sublevan en Fontezuelas y provocan su caída.

nacional mismo. Que desaparezca no quiere decir que lo militar se extinga. La militarización perdura y asume un nuevo carácter cuando el ejército nacional se disuelve, barrido por las fuerzas irregulares esgrimidas por los poderes locales. Esas fuerzas provinciales los sustituyen, aunque con un sentido social completamente diferente, en la misma medida en que la Nación desaparece como realidad política. Desde luego, si en la primera década revolucionaria la condición de comandante de la frontera en la zona de peligro indígena parece ubicarse en un segundo plano, pronto adquiere una importancia similar, y con posterioridad mayor, que la pertenencia al ejercito de línea, en tanto la guerra de la independencia desaparece de las preocupaciones inmediatas, y, después de la batalla de Ayacucho (1824), se esfuma completamente. Además, a medida que el peligro externo se aleja, la disensión interna aumenta,65 Hasta alcanzar su cenit en la llamada “anarquía del año 20”. Un testigo admirable, al describir la situación política y militar del año 1814, reflexiona abatido: “Una experiencia constante nos ha enseñado que el peligro sólo reunía a los anónimos y hacia esconder su cabeza a la anarquía; de modo que, cuando parecía desesperada, un esfuerzo patriótico y unánime nos ha redimido del abismo. Por el contrario, cuando nuestras victorias y otros sucesos felices presentaban esperanzas las mas lisonjeras, cuando el poder de los enemigos estaba agonizante, (…), se desencadenaban las pasiones, las facciones de agitaban convulsivamente y nuestras propias divergencias volvían a sumirnos en el desorden, en la debilidad y en la impotencia.”66 En la tierra de nadie de este desorden, el caudillismo encuentra un campo ideal para su florecimiento. Estos hechos modifican el carácter de la militarización: el ejército nacional –y, por ende, profesionaldesaparece, y no se organiza hasta cuando comienza la trabajosa formación del Estado nacional, después de la batalla de Caseros (1852). La burocracia militar iniciada penosamente en 1810 para consolidar al nuevo poder, debe dejar paso a los más sólidos apoyos locales (fundados a veces en ese mismo ejército) que orientan su capacidad para ejercer la violencia según las características y los intereses particulares de la zona y, dentro de ella, de las fracciones en que de dividen el grupo oligárquico local. 3. Poder y militarización El poder del caudillo se inserta entonces en una tradición militar que se inicia con el proceso revolucionario,67 en su decidido propósito de afirmarse. En un poder innovador, que se ejerce con la arbitrariedad que justifica –derecha o torcidamente- el desarrollo de ese mismo proceso. Lo que se hace primero en nombre de la Revolución se hará luego en nombre de los propios intereses del mando, como se podía predecir sin peligro de ser desmentido por los hechos. A través del dominio del poder local se tratará de escapar a las expoliaciones y depredaciones que alcanzan a otros, especialmente a los rivales, y se buscará compensar la perdida privada con los escasos fondos del erario público. Infaliblemente, con la requisa despiadada del enemigo político derrotado. Ese mando, salvo en los casos excepcionales de Ferré y Aráoz, es principalmente rural, no urbano, aunque su origen se halla en la ciudad, y viva prácticamente de ella. Se arraiga en la supremacía sobre la campaña, no es rara entonces que se halle unida casi siempre la condición de propietario rural y, en el rango de militar, a la de Comandante de campaña. Quiroga Y Rosas, para citar solo dos ejemplos notables, asumen esa doble condición. Como es previsible, este avance de un poder rural y militar a la vez, no es visto con simpatía por la “intelligentzia” urbana, allí donde esta tiene alguna importancia, porque ella siente la perdida de algo que debe quedar bajo la dirección de “los que saben”. No

Cuando el gobierno central envía tropas para reprimir a los caudillos, se sublevan en la posta de Arequito y el Directorio cae definitivamente poco después. Carece de fuerzas para oponerse a los caudillos López y Ramírez (ambos, en ese momento, subordinados de Artigas). Bustos e Ibarra, oficiales del ejercito sublevado, se convierten en caudillos de sus provincias (Córdoba y Santiago del Estero, respectivamente). 65 A punto de embarcarse para emprender la campaña de Perú y desde su cuartel general en Valparaíso, San Martín expresara –el 22 de julio de 1820- la coincidencia del militar con los propósitos generales de la Revolución y su terminante rechazo de las aspiraciones localistas y regionalistas:”el genio del mal os ha inspirado el delirio de la federación: esta palabra esta llena de muerte, y no significa sino ruinas y devastación” (…)”Pensar establecer el gobierno federativo en un país casi desierto, lleno de celos y antipatías locales, escaso de saber y de experiencia en los negocios públicos, desprovisto de rentas para hacer frente a los gastos del gobierno general, fuera de lo que demanda la lista civil de cada estado; es un plan cuyos peligros no permiten inmutarse, ni aun con el placer efímero que causan las ilusiones de la novedad” (…)”… temo que cansado de anarquía superéis al fin por la opresión y recibáis el yugo del primer aventurero feliz que se presente…”( Galván Moreno, C., Bandos y Proclamas del general San Martín, Ed. Claridad, Buenos Aires, 1947, pág. 183. Esta expectativa es coherente: los miembros del ejército nacional, ideológica y/o materialmente comprometidos con él, debían necesariamente simpatizar con la centralización. Aquellos, en cambio, que basaban su carrera política o militar en la explotación de los intereses locales debían ver la centralización, y consolidación de ese ejército, como una amenaza a las bases militares de su propio poder local. 66 Paz, J. M., op. cit., tomo I, Pág. 247. 67 Subrayemos algunos ejemplos: Bustos, Ibarra, López, Aráoz, Güemes, Quiroga y Heredia fueron oficiales del general Manuel Belgrano. Aldao fue oficial en el Ejercito de los Andes.

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es extraño que el grupo intelectual, o una parte muy representativa de él, vea al militar como su enemigo nato en la disputa por ejercer influencia sobre el poder. En la ya citada sección del 14 de julio de 182, cuando en el Congreso Constituyente se discute el proyecto de constitución, el diputado Mancilla trata de demostrar que los elementos ilustrados son tan escasos en algunas provincias que es imposible formar tribunales de justicia, lo que impediría garantizar la división de poderes, base de la vida republicana y en particular del federalismo, al que combate en beneficio de una constitución que espera sea unitaria. Pregunta entonces el diputado Galisteo, representante de Santa Fe enviado por Estanislao López y defensor por lo tanto del federalismo: “…´ Yo desafio al señor Diputado [Galisteo] que diga si la provincia de Santa Fe tiene algún letrado ´. Galisteo contesta:´ No lo tiene. Mancilla: ´ Yo digo mas, la provincia de Entre Ríos tampoco ha tenido otro que un fraile de San Francisco. La provincia de Misiones tampoco; la de Corrientes no tiene mas letrado que el Dr. Cosio; y véase que en cuatro provincias no hay mas que un letrado, habiendo población que sabemos hay. Esto no causa escándalo, pero estos pueblos no se gobiernan bajo ningún sistema de gobierno, sino por la espalda militar.”68 Es decir, no sólo el poder militar ha crecido en prestigio y magnitud, convirtiéndose en actor privilegiado de la escena social, virtud de condiciones excepcionales, sino que la “intelligentzia” urbana casi no tiene peso en la mayor parte de la provincias, pero allí donde tiene alguno, se opone hasta donde pueda el caudillo o lucha intransigentemente contra él, como es el caso ejemplar de Sarmiento, miembro ilustrado de la clase “decente”. La “organización nacional” es el lema de los sectores más cultivados frente a la “barbarizacion” que propone el poder del caudillo, cuyo secretario, sin embargo, es miembro de esa precaria y castigada “intelligentzia”, al igual que el restante equipo administrativo, como ocurre en Buenos Aires, donde la complejidad urbana adquiere cierto pretencioso lustre. La organización nacional habría supuesto, si no necesariamente, la desaparición del caudillo –como lo ejemplifica el caso de Urquiza después de la batalla de Pavón (1861)- si la del caudillismo como solución política, en cuanto a su base militar autónoma debía sujetarse a la nueva institucionalidad, cuya perduración sólo podía apoyarse en la reconstrucción del ejercito nacional y el acuerdo político que la hacia posible. Es lo que ocurrirá, paso a paso aunque no sin grandes sobresaltos, precisamente después de 1862, con la iniciación de las llamadas “grandes presidencias”.

Capitulo VII LA ESTRUCTURA CULTURAL
El proceso de la independencia americana no puede extenderse sin incorporar el intento explicativo de su desarrollo las prolongaciones de un vasto movimiento de transculturación ideológica que culmino con la difusión en el Rió de la Plata de enciclopedismo, la fisiocracia, las ideas norteamericanas de federación y constitución, las nacientes economía política clásica, e ideas conexas que pueden incluirse bajo la denominación de “liberalismo”. El vector que surge de allí, como propuesta política concreta, consiste en modernizar el país. Los modelos son patentes: Inglaterra, Francia y Estados Unidos, principalmente. En la Revolución, y aun antes de ella, este modelo es penosamente compatibilizado con las posibilidades que ofrece la herencia colonial, con sus peculiaridades y, en suma, con drásticas limitaciones. Pero no es posible examinar las medidas del primer gobierno patrio y de aquellos que le siguen, al menos hasta Rosas –figura política suprema desde 1829- sin percatarse que la inspiración proviene inocultablemente de aquella ideología liberal, dominante inclusive en las corrientes mas contrapuestas, como es el caso de los unitarios y federales. 1. Rasgos contradictorios

Frente a ella, la posición de los caudillos, auque mas decidida en unos que otros, es ambigua: si por un lado refuerzan con su comportamiento elementos tradicionales, a veces radicalmente conservadores, como es el caso de Rosas – el único decididamente o liberal- por el otro lado practican métodos de movilización popular sorprendentemente contemporáneos, como lo ejemplifica el mismo Rosas, quien ha sido llamado por eso – en expresión sin dudad inadecuada y descalificadota- el “primer fascista argentino”. 69 Rescato la frase porque sugiere rasgos populistas y autoritarios, propios de sociedad de tipo tradicional. Lo que revela, a mi juicio, que ésta has ido tocada por un traumático intento modernizador. Como realmente lo indujo la perspectiva liberal de los hombres de Mayo.
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Rivigni. Op. cit., Tomo III, Pág. 225. Creo que la expresión pertenece a un artículo muy viejo de un muy conocido historiador comunista, después expulsado de su partido. Aunque nunca cito de memoria, aquí me veo precisado a hacerlo porque seria casi imposible ubicar la fuente.

Es precisamente la “modernidad” e su connotación ideacional –y no en su contenido económico y tecnológicoasí como en los procedimientos políticos que implica, proyectados en formas muy características de participación popular, lo que confiere un tono liberal y novedoso, propio de una “democracia bárbara”, a la movilización que se aprovecha e induce, simultáneamente, el caudillo, si bien de virulencia, contenido y tonalidad diferentes según regiones y provincias. Pero esta movilización es, como indiqué, un epifenómeno de aquella inaugurada por la propia Revolución, con la particularidad de que se vierte en un molde decididamente oligárquico y predominantemente tradicional. Además el caudillo reivindicó, con gran repercusión sobre los sectores populares movilizados por el poder revolucionario –vacilante y enseguida gravemente amenazado- la idea de “federalismo”, de evidente contenido liberal y extraño a la tradición política española. E este caso, es el modelo triunfante y altamente atractivo de los Estados Unidos y su organización lo que se halla detrás de su uso, como meta y divisa. El federalismo – como forma de organización política- trata de conciliar apetencias aparentemente contradictorias: por un lado, admitir el hecho de una gran diversidad sociocultural, tal como la expresan regiones y provincias, y el deseo simultaneo de preservar la autonomía que el ejercito del nuevo pode ha despertado en ellas, para sorpresa de él y de las mismas provincias; por otro lado, crear una unidad, si bien superior a esas autónomas, que sin embargo no las elimine. El primero y sin duda uno de los más grandes caudillos, como Gervasio José de Artigas, tiene como paradigma explicito el federalismo norteamericano, el único, por lo demás, existente. Sobre este punto recuerda Beatriz Bosch: “Las exégesis de los documentos representativos del ideario artiguista permite afirmar que el caudillo aspiro a reproducir entre nosotros el ciclo recorrido por los Estaos Unidos de Norteamérica hasta que formaron una gran nación, ya por entonces admirada, ciclo que pudo conocer a través de las paginas del libro traducido por Manuel García Sena, Historia concisa de los Estados Unidos, desde el descubrimiento de la América hasta el año 1807, que s e sabe le perteneció y que trato de divulgar. La base del sistema preconizado radicaba en la soberanía particular de los pueblo, de la que se pasaría sucesivamente a la soberanías provinciales, al sistema de confederación y por fin al Estado federal, partiendo del principio ´rousseauniano´ de que el origen de la autoridad dimana del pueblo. Dichos documentos representativos (…) son: la nota de Artigas a la Junta Gubernativa del Paraguay del 7 de diciembre de 1811; la de los jefes del ejercito oriental al cabildo de Buenos Aires, del 27 de agosto de 1812; el acta de la sesión inaugural del congreso de Tres Cruces, reunido para reconocer la Asamblea General Constituyente, el 8 de abril de 1813; el oficio de Artigas al Cabildo de Corrientes, del 29 de marzo de 1814; las instrucciones dadas a Tomas García de Zúñiga en comisión ante el gobierno de Buenos Aires en enero de 1813 y las instrucciones dictadas a los diputados elegidos por el pueblo oriental en la asamblea de Tres Cruces. En su conjunto deparan los principios fundamentales del sistema republicano: independencia política, separación de poderes, trabas el absolutismo militar, amplísima libertad civil y religiosa.”2 Aparte del testimonio decisivo que representa una traducción de la Constitución de los Estados Unidos realizada por mariano Moreno (ejemplar que se halla actualmente en la Biblioteca Nacional), existen otras vías para demostrar que la influencia de la republica norteamericana fue capital en la transformación de metas y valores, tanto de los diversos gobiernos patriotas – hasta la irrupción de Rosas- como de los caudillo, y señaladamente en la idea de federalismo. El coronel Manuel borrego, táctico jefe de la oposición federal hacia 1824 –después de haber sido tenaz opositor al Directorio, que lo había desterrado por decreto del 15 de noviembre de 1816- había vivido en los Estados Unidos y admiraba (al igual que Sarmiento después) su sistema político. Cuando es diputado por Santiago del Estero en el Congreso General Constituyente que inicias sus cesiones en 1824, no trepida en llamarlo “país clásico de la libertad”3 y lo erige, en sus numerosas y ríspidas intervenciones, en ejemplo digno de imitación. Defiende al sufragio universal – una de las características de la democracia que impuso el liberalismo- con aguda y, a la distancia, audaz decisión: “Yo no concibo como pueda tener parte en la sociedad, ni como pueda considerarse miembro de ella a un hombre que ni en la organización del gobierno, ni en las leyes tiene una intervención.”4 Y si se desea tener una confirmación más de este liberalismo, para la época, extremo – no exento de la demagogia- es suficiente repasar este trozo: “La Constitución debe ser ventajosa no sólo para los ciudadanos que encuentran su subsistencia y conservación dentro del país, sino también para los que la buscan fuera de él, en cualquier parte que sea.” 5

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Bosch, Beatriz, “El caudillo y la montonera”, Revista de historia, Pág. 54, articulo ya citado del Solar, Alberto, op. cit., Pág. 170. En el mismo sentido, véase la página 144 de ese mismo texto. 4 Ibíd., Pág. 122. 5 Ibíd., Pág.122. es interesante contrastar esta idea con las restricciones totalitarias de los países socialistas.

Este matiz liberal, si era muy evidente en Borrego, en los caudillos resultaba más superficial: el federalismo, por ejemplo, era una idea extraña al medio argentino, sobre todo provincial, pero se adapta admirablemente a los intereses locales y personales de los caudillos. También se adapta admirablemente a los intereses hegemónicos de Buenos Aires, como la demostrará prácticamente la lucidez política de Juan Manuel de Rosas, cuyos tenaces opositores serán tanto unitarios como federales.6 La idea de que España era la nación menos conveniente para proveernos de población sostenida por Dorrego con criterios idénticos a los de Rivadavia: “Señor, se dice que importaría que viniese inmigración de la parte del mediodía de Europa, particularmente de España, cuando es lo menos que nos acomodaría porque es la menos industriosa e ilustrada. Yo creo que no el la población que mas interesa, por que pertenece a una nación contra la cual siempre debemos esta en alarma, porque estamos en contra de su gobierno y si a alguna se debía poner trabas era a ésta por que es de quien debemos temer, atendido el peligro que corre el país con una población numerosa de esta nación.”7 Me he detenido en esta ejemplificación para mostrar que las dimensiones de los comprometidos en la lucha política que se arraigaba en diferencias ideológicas, sino en los mecanismos idóneos para instrumentar una misma meta política final, en el seno de las tormentosas apetencias desarrolladas entre los disímiles grupos locales y regionales, y dentro de cada uno de ellos. Desde luego, el modelo que ofrece Estados Unidos no es conocido en sus detalles sino en un grupo reducido de la “intelligentzia”, de donde pasó a los caudillos, auque no seguramente a todos y acaso ni siquiera a la mayoría, lo que no impide, sin embargo, esgrimir su federalismo como meta. Creo, en particular, que Rosas aplicó un federalismo limitado y de hecho, que garantizaba en primer lugar la supremacía de Buenos Aires y, en segundo, lo hacia al mismo tiempo no responsable frente a los costos económicos de un poder nacional. Por otra parte, permitía que cada provincia hiciera lo que deseara, siempre que no comprometiera el dominio político de Rosas. No obstante, el modelo del federalismo norteamericano es el propuesto para organizar el país y, simultáneamente, preservar los derechos provinciales. Cuando se abre la posibilidad de dar una carta constitucional, después de la Declaración de la Independencia en 1816, y asoma efímeramente el proyecto de una monarquía para centralizar el poder en un momento particularmente difícil, los caudillos del litoral – que son al mismo tiempo los mas fuertes- se opone en términos de una proclamada vocación republicana, de indudable filiación liberal. Desde 1820, cuando las fuerzas de Estanislao López y Francisco Ramírez –entonces aliados de Artigas- se aposentan, vencedores, en las inmediaciones de la atemorizada Buenos Aires, la vía monárquica desaparece para siempre como solución política viable. Los contenidos liberales difundidos por la Revolución significaron un apoyo para el caudillo. Pero también lo fueron ciertas características culturales de profunda raigambre tradicional, en gran parte opuestas al liberalismo. El terrateniente es, además de “gaucho”8 – y por ello profundo conocedor de las tareas rurales tal como se practicaban en la pampa aledaña al Rió de la Plata- el jefe nato, político y militar, de la peonada, de los pulperos sujetos a él directamente o indirectamente, y de los campesinos comprendidos en su jurisdicción. 2. Tipo de liderazgo Estos rasgos sumariamente expresados cristalizaron en un liderazgo típicamente paternalista. La relación terrateniente-peón o capataz no es la de asalariado-patrón, sino la de padre-hijo, en términos de los sentimientos generados por la relación social implicada. El terrateniente es un centro de lealtades que conserva los elementos de la sacralización filial. Es el núcleo de la relación no alcanzada todavía por la secularizad, e indemne, por ello, el impacto de la ideologia9 “moderna” que impone el proceso revolucionario en alguna de sus manifestaciones, a veces se desearlo sus propios lideres ocasionales. Detrás de este hecho esencial existe un marco de valores compartidos que logra trascender airosamente cualquier oposición clasista y que es la medula de lo que llamo “populismo oligárquico”. Es lo que testimonia no sin
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Enrique Barba afirma que “...llegado Rosas al poder, se produce la quiebra y liquidación definitiva del federalismo”. (En “Orígenes y crisis del federalismo argentino”, Revista de Historia, Nº 2, 1957, Pág. 22.) Un ejemplo: el “Chacho” Peñaloza será enemigo permanente de Rosas, al que combatiría (1840) con las armas, en la persona del caudillo Félix Aldao, de Mendoza, que responde alas ordenes del gobernador de Buenos Aires. Ya en 1835, Peñaloza había urgido al gobernador de La Rioja, Villafañe, a romper relación con rosas. 7 Discurso de Dorrego del 16 de septiembre de 1826 en el Congreso General Constituyente al discutirse la 3ra parte del articulo 3 del proyecto de constitución que concede ciudadanía a los españoles establecidos en el país antes de 1816. En Dorrego, tribuno y periodista, recolección del Solar, ya citada, Págs. 92-93. 8 “Gaucho” en el sentido que se indica a continuación: dominador absoluto de las tareas rurales. 9 De los innumerables significados atribuidos al termino de “ideología” escojo para este trabajo el de “sistema de ideas”, que incluye la selección de ciertos valores. Así entendido, ese sistema comprende mucho más que su posible contenido científico. Además, “sistema” implica en este caso interrelaciones, pero no necesariamente coherencia lógica.

asombro, y en ejemplificaciones paradigmáticas, el general José Maria Paz cuando relata en sus memorias el comportamiento de l montonera que lo apresa el 10 de mayo de 1831, y las reflexiones a que da lugar ese dramático instante de su vida: “! Al presenciar el alborozo y grita con que salían aquellos paisanos a celebrar mi desgracia, como un acontecimiento, el mas funesto para su prosperidad y bienestar ¡Ello me confundiría y me haría detestar al género humano, si no lo explicase todo la profunda ignorancia de los habitantes del campo y las simpatías que ella produce a todo lo que dice relación a un estado salvaje.10” Es decir, la solidaridad rural y local logra conformar un frente político unido, trascendió sus posibles diferencias clasistas. Junto al paternalismo y al localismo, el caudillo capitalizo las prevenciones tradicionalistas de las masas populares contra todo lo que fuera innovar en las costumbres heredadas de la colonia. Así, representó no sólo lo autónomo provincial, sino, en general, lo autónomo contra lo extranjerizante, que era en rigor lo modernizante injertado en la tradición colonial por una élite intelectualizada que había sido permeable al deslumbramiento del avance europeo. Desde Recuerdos de provincia, la admirable y nostálgica prosa de Sarmiento nos testimonia como habían penetrado hasta en los últimos rincones del antiguo virreinato las nuevas ideas destiladas por el siglo XVIII: “Nuestra habitación permaneció tal como la he descrito, hasta el momento en que mis dos hermanas llegaron a la edad núbil, que entonces hubo una revolución interior que costo dos años de debates y a mi madre gruesas lagrimas el dejarse vencer por un mundo nuevo de ideas, hábitos y gustos que no eran aquellos de la experiencia colonial de que ella era el ultimo y mas acabado tipo.”11 Y casi enseguida subraya el origen del cambio: “Estas ideas de regeneración y de mejora personal, aquella impiedad del siglo XVIII -¡quien lo creyera!entraron en mi casa por las cabezas de mis dos hermanas mayores.”12 “Ellas … empezaron a aspirar las partículas de ideas nuevas de belleza, de gusto, de confortable (sic), que traía hasta ella la atmósfera que había sacudido la Revolución.”13 3. La resistencia tradicionalista Gran parte de estas nuevas ideas y comportamientos despiertan en el grueso de la sociedad una tenaz resistencia. La política de Rosas consistió precisamente en capitalizar con admirable habilidad odas las reservas tradicionalistas de las masas populares, despertadas a la vida política por la guerra de la independencia. Aquí se explicita una de las paradojas que despertara la historia: la aplicación de un modelo liberal derivaba en consecuencias que hacían posible –y triunfante- una política antiliberal. El rechazo de lo extranjero, que contradecía la tónica liberal impuesta como uno de los propósitos fundamentales de la Revolución, asumía en elusivo carácter transitivo y atacaba en realidad a la “intelligentzia” urbana, en su pretensión de imponer un cambio modernizador. Así como Rosas manipula con éxito la reacción natural a las nuevas ideas, y al desorden difundido por la Revolución, los intelectuales advierten que ya no cuentan en la dirección de los asuntos públicos. Más aún: que tienen ante si a un enemigo implacable. Las reformas de Rivadavia en la década del ´20 –aparte de la atendible discusión acerca de su pertinencia y viabilidad- desataron la mofa y el desprestigio hacia su grupo, constituido básicamente por intelectuales. El mismo efecto tuvieron las consecuencias de la guerra contra Brasil. La introducción de papel moneda – de vigencia sólo en la provincia de Buenos Aires- se considero una estafa. Cuando el general Paz es gobernador de Córdoba y se halla al frente del ejército unitario, debe luchar contra la prolongación de estos perjuicios:

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Paz, J. M., op. cit., tomo III, Pág. 25 Sarmiento, Domingo Faustino, Recuerdos de provincia, EUDEBA, 1961, Pág. 148. A continuación dice Sarmiento: “El siglo XVIII había brillado sobre la Francia, y minado las antiguas tradiciones, entibiando las creencias y aun suscitando odio y desprecio por las cosas hasta entonces veneradas; sus teorías políticas trastornado los gobiernos, desligado le América de España, y abierto sus colonias a nuevas costumbres y a nuevos hábitos de vida”. (Ibíd., Pág. 148.) Aquí esta descrito el efecto seculizador de la transculturación liberal. La médula de la modernización es precisamente la secularización. Esta debe ser entendida como desacralización del mundo natural y social. No entraña necesariamente irreligiosidad, pero si irreligiosidad. Así, los próceres más modernizadores – y muy liberales- eran muy católicos, lo que no debe estimarse como contradicción. Por otra parte, tanto unitarios como federales se hallaban penetradores de liberalismo, variable en intensidad según los personajes. Es que esa era la atmósfera de ideas de los que se rebelaron contra la metrópoli y crearon las naciones independientes de América. También la Organización nacional mostrara tenaces y a veces crueles rencillas, que no afectará el fondo ideacional común de los protagonistas de base liberal. 12 Ibíd, Pág. 149. 13 Ibíd., loc. Cit.

“La voz, propagada por nuestros enemigos políticos, de que yo pretendía dar curso forzoso al papel moneda de Buenos Aires, es otra de las armas que manejaron para dañarnos, y el medio de que se valieron para sublevar la ignorante multitud. En vano veían que el ejercito ni el gobierno [de Córdoba] hacían uso de semejante moneda; los corifeos de la oposición hacia entender que solo duraría esa reserva mientras tardarse es afianzarse en el poder.”14 Sobre la creación del papel moneda: “con la colaboración de los ministros Rivadavia y García, Martín Rodríguez pone en marcha el proyecto de creación de un banco privado, dotado de completa autonomía y apoyado por el Estado, que concedía el privilegio de la emisión de billetes y que durante 20 años actuaría1 como banco único. La ley respectiva fue sancionada el 21 de junio de 1822 y promulgada el 26 del mismo mes. El banco abre sus puertas el 6 de septiembre. (…) En el cumplimiento de lo estipulado en el artículo 15 de sus estatutos, el banco inicia su emisión el 16 de septiembre de 1822, con 250.000 pesos en billetes. Los billetes se imprimían principalmente en Londres, en planchas de acero. Algunas emisiones se imprimieron en planchas de cobre.” Rafael Olarra Jiménez, Evolución monetaria argentina, EUDEBA, 1968, Pág. 22. La introducción del papel moneda estaba –parece- tan justificada, mas allá de las posibles objeciones a su instrumentación practica, que el nuevo medio de cambio no fue ya abandonado por la provincia de Buenos Aires, no obstante la diversidad de gobiernos y situaciones. Otro ejemplo de resistencia a la modernización: el intento fracasado de perforar pozos artesianos para proveer de aguas corrientes a un sector de la ciudad y el proyecto de construir un puerto para Buenos Aires, fueron considerados locuras de “gringos”, es decir, de extranjeros, y de aquellos que realizaban esos proyectos. Algo de razón había en atribuirlas a individuos extraños al medio porque, en efecto, muchos de ellas habían sido contratados especialmente para ejecutar esos trabajos. Sementales introducidos también por Rivadavia para mejorar el plantel de corderos merinos fueron presa de la voracidad gaucha y alegremente sacrificados. Es que la misma Revolución había recibido la indiferencia de los gauchos, esos pobladores marginales de la campaña, cuyo número aumentará con la guerra: “La iniciativa de la independencia que se materializo el 25 de mayo de 1810 fue la obra de la juventud porteña, y para los gauchos de la campaña bonaerense sólo significo un peligro más, el de que los incorporaban al ejército patriota. Es así como el Cabildo de Buenos Aires, en su sesión del 21 de noviembre de 1810, dice que ´ las gentes del campo, ociosas en la mayor parte del año, se han ahuyentado de la jurisdicción con motivo de la levas y banderas de reclutas ”15 “Desde las primeras horas de la Revolución de Mayo, el gaucho porteño se alzo a la frontera a los Montes del Tordillo para no incorporarse a las tropas patriotas, para no sujetarse a la disciplina militar. Las masas de los ejércitos de la patria se componían de pobladores urbanos y campesinos sedentarios, y los gauchos de Güemes no eran gauchos; los pocos gauchos que a la fuerza fueron incorporados, desertaron al poco tiempo.”16 En la élite intelectual surgió la evidencia –quizás antes de las experiencias que ejemplifican resumidamente las anécdotas iniciadas – que el gaucho no podía ni debía entrar como factor político y social positivo en ningún proyecto destinado a imitar y alcanzar a los países que “presiden en civilización”, como gustaba decir Rivadavia. No era este juicio el resultado de una perspectiva racista, sino la comprobación de que el gaucho estaba inmerso en valores incompatibles con cualquier intento de modernizar el país. Se quería introducir, por ello, inmigrantes, en lo posible de norte de Europa. El caudillismo argentino combina, en síntesis, elementos disímiles. Cualquier pretensión de obviarlos de beneficio de formulas simplificadoras y esterilizantes, como la de que “le estructura determina la superestructura”, o semejantes, dejará de lado apoyos racionales irremplazables para entender un fenómeno político capital, renuente a las simplificaciones, tanto para explicar la historia argentina y americana, como para proporcionar material empírico indispensable a la teoría sociológica del mas elevado nivel.

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Paz, J., M., op. cit, tomo II, Pág., 317 Coni, op. cit., Págs. 187.188 16 Ibíd, Pág. 262.

LA INVENCIÓN DE LA ARGENTINA Historia de una idea

Nicolás Shunway

EMECE EDITORES

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CAPITULO 5 LA GENERACIÓN DE 1837

Parte I

(fragmentos) . . . Pese a sus simpatías en general unitarias, la generación del 37 se distinguió de la vieja guardia unitaria en varios aspectos. Primero aunque eran ávidos lectores de pensadores europeos (Locke, Benthamn, Mill, Spencer, Saint Simon, Fourier, Comte, Lamenais, Leroux, Lerminier, Hegel, Savigny) los hombres del 37 trataron de ser mas cautos que sus antecesores rivadavianos al aplicar teorías europeas a problemas argentinos. En su Ojeada Retrospectiva de 1846 Echeverría afirma que un vicio peculiar de la Argentina es ‘’ buscar lo nuevo.. olvidando lo conocido’’. Dice luego que ‘’sus libros, sus teorías especulativas contribuyen muchas veces a que no tome arraigo la buena semilla y a la confusión de ideas... mantienen en estéril y perpetua agitación a los espíritus inquietos’’ (Echeverría, Ojeada Retrospectiva 116). Antes, en el Dogma Socialista, escribió que ‘’cada pueblo tiene su vida y su inteligencia propia... Un pueblo que esclaviza su inteligencia a la inteligencia de otro pueblo es estúpido y sacrílego’’, puesto que tales actitudes violan la ley natural (169). Alberdi también afirmo la necesidad de independencia intelectual en su discurso inaugural en el primer encuentro del Salón ‘’continuar la vida principiada en Mayo, no es hacer lo que hacen la Francia y los EEUU, sino lo que nos manda hacer la doble ley de nuestra edad y nuestro suelo, seguir el desarrollo es adquirir una civilización propia aunque imperfecta y no copiar la civilizaciones extranjeras aunque adelantadas. Cada pueblo debe ser de su edad y de su suelo. Cada pueblo debe ser el mismo’’ (Alberdi, OC, I 264). De modo similar Sarmiento pese a su admiración por Rivadavia, critica a los unitarios porteños por imitar ciegamente las costumbres europeas ‘’ Voltaire había desacreditado al cristianismo, se desacredito también en Buenos Aires, Montesquieu distinguió tres poderes y al punto tres poderes tuvimos nosotros, Benjamín Constant y Bentham anulaban el ejecutivo, nulo de nacimiento se lo constituyo allí, Smith y Say predicaban el libre comercio, libre el comercio se repitió, Buenos Aires confesaba y creía lo que el mundo sabio de Europa creía y confesaba’’ (Sarmiento, Facundo 66-67). No obstante pese a tales afirmaciones los hombres del 37, como veremos mas adelante manifestaron una pasión similar por las ideas europeas y los modelos norteamericanos, tal como había pasado con los unitarios. Sus altisonantes palabras sobre la independencia del pensamiento extranjero no bastaron para quebrar el condicionamiento que tres siglos de colonialismo, como había pasado con los morenistas y los rivadavianos las nuevas ideas y los modelos sociales para la generación del 37 vinieron de afuera, pese a todo lo que pudieran decir en sentido contrario. Un segundo terreno donde la Generación del 37 trata de romper con sus padres intelectuales, y otra vez con éxito discutible, fue su intento de terminar con las sangrientas divisiones entre unitarios centralistas y federales autonomistas, división que más de una vez había amenazado la integridad del país. Según Echeverría, los unitarios eran “una minoría vencida, con buenas tendencias, pero sin base locales de criterios socialistas, y algo antipática por sus arranques soberbios exclusivismos y supremacía” (Ojeda, 83). La palabra socialista, tal como la usa aquí, (siguiendo a su admirado Saint-Simon), parece significar algo afín a “conciencia social”, en la cual bien de la sociedad es el determinante principal. No hay referencia a un orden económico en particular. En contraste con el objetivo unitario, el de la nueva generación era, según Echeverría, “unitarizar a los federales y federalizar a los unitarios... por medio de un dogma que conciliase todas las opiniones, todos los intereses, y los abrazase en su basta y fraternal unidad” (Ojeda 86-87). Lamentablemente, en otros pasajes sabotea estas dulces perspectivas de inclusión sosteniendo que el federalismo era un sistema que “se apoyaba en las masas populares y era la expresión genuina de sus instintos semibarbaros” (Echeverría, Dogma, 83). Como Moreno, Echeverría podía ser inclusivo en las palabras, pero la suya era una inclusividad que no daba lugar a los no educados. De modo similar, Alberdi afirma que las disputas estériles entre unitarios y federales, “conduce la opinión publica de aquella republica al abandono de todo sistema inclusivo”. La nueva Argentina que aspiraba a crear debía tener un “sistema mixto que abracé y concilie las libertades de cada provincia y las prerrogativas de toda la nación como un todo” libre de “vanas ambiciones por el poder exclusivo” (Bases, 290). Aunque Alberdi acepta como genuino el choque entre unitarios y federales sugiere con frecuencia, como ya hemos visto, que la división mas básica en la sociedad argentina pasa entre Buenos Aires y las provincias. Este es un tema recurrente en el pensamiento de Alberdi, y, como queda documentado en capítulos posteriores, constituiría un arrea importante de desacuerdo entre el y Sarmiento. Al explicar los problemas de la Argentina, el pensamiento de la generación del 37 corre entre dos polos. En un extremo esta Sarmiento, apasionado, romántico, impulsivo y a menudo mas poético que practico, como lo pone en evidencia el comienzo del Facundo: Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo. Tu posees el secreto: ¡ revélanoslo!(Facundo, 1.)

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En el otro extremo esta Alberdi, lucido, analítico, y con frecuencia irritado por las exageraciones tan fáciles de citar, de Sarmiento. Aunque Alberdi y Sarmiento están de acuerdo en muchos puntos teóricos, su antipatía personal es hoy materia de leyenda. Mas aun, como se vera en capítulos posteriores, tras la caída de Rosas, cuando ya no compartían un enemigo en común, Alberdi y Sarmiento de revelaron irreconciliables enemigos. En un sentido curioso, la democracia era a la vez el problema y la solución para los pensadores de 1837. por un lado, suscribían en principio las ideas de gobiernos representativos institucionales; por el otro, desconfiaban profundamente de la voluntad del pueblo, ya que las masas se encolumnaban detrás de Rosas y el autoritarismo tradicional que él representaba. Sin el apoyo activo de las masas, Rosas nunca podría haber retenido el poder tanto tiempo como lo hizo. La misión de los hombres del 37 era paradojal. Debían desacreditar a las masas y la “democracia inorgánica” representada por el caudillismo, al mismo tiempo que reorganizar la sociedad argentina en nombre de las masas y echar los cimiento para la democracia institucional una vez que las masas estuvieran preparadas para ella. En pos de este objetivo paradójico, lanzaron un persistente ataque contra lo que veían como las bases del poder de Rosas: la tierra, la tradición española, y la clase humilde y mestiza consistente de gauchos, criados domésticos y peones. Respecto de la tierra los hombres del 37 veían a las pampas argentinas como una bestia que era preciso domesticar. En una línea de ideas influida por De l’esprit des Lois de Montesquieu, Sarmiento vio en la tierra argentina la fuente primordial de los problemas del país. Escribe que “el mal que aqueja a la Republica Argentina es la extensión” (Facundo, 11). Es una tierra sobre la que reinan la muerte y la incertidumbre, donde misteriosas fuerzas eléctricas excitan la imaginación del hombre y la tierra misma milita contra la civilización europea. Como los románticos que leía, Sarmiento se muestra fascinado por lo poderes horrendos de las tormentas eléctricas, cuando “un poder terrible, incontrastable, le ha hecho en un momento reconcentrarse en si mismo, y sentirse su nada en medio de aquella naturaleza irritada; sentir a Dios, por decirlo de una vez, en la aterrante magnificencia de sus obras” (Facundo, 22). Pero la de Sarmiento es una fascinación que no produce gozo, en su mirada la fuerza misteriosa de las pampas, no templada por bosques o ciudades, es la fuerza de la barbarie. Mas que una madre perdida a que volver, la naturaleza debe ser superada si la Argentina y su gente quiere llegar al estadio de la civilización. Sarmiento se lamenta una y otra vez, de que Buenos Aires, pese a su fachada europea cuidadosamente esculpida por los rivadavianos, haya aceptado la ley bárbara de Rosas porque “el espíritu de la pampa ha soplado en ella” (13). Los caudillos, en la mente de Sarmiento, eran la encarnación del “espíritu de la pampa” y Rosas un bárbaro engendrado en “el fondo de las entrañas de la tierra” (10). La causa de su generación no fue, entonces, apenas una riña contra un político en particular, sino un combate monumental que enfrento a la fuerza de la civilización con los poderes de la barbarie; Civilización o Barbarie son las gritos de batalla de toda la generación. Pero la elección obvia que dicta Sarmiento, de la civilización sobre la barbarie, enmascara una compleja ambivalencia muy estudiada por investigadores como Noé Jitrik, Beatriz Sarlo, y Carlos Alonso. Mientras Sarmiento, el progresista liberal, quiere erradicar todos los vestigios de “barbarie”, Sarmiento, el poeta romántico, encuentra atractivo al gaucho , como lo muestra sus hermosos retratos de tipos gauchescos, sus costumbres, canciones y su poesía (Facundo, 21-34). De modo similar se muestra atraído por la personalidad titánica del caudillo, el héroe primitivo que desafía y trasciende la ley humana. Aunque innegable en un nivel literario, esa ambigüedad ha casi desparecido el la vida publica de Sarmiento, campo en que hizo todo lo que estaba a su alcance para erradicar al gaucho y al indio (por medio del exterminio si era necesario), por excluir a los que disentían y forzar en los sobrevivientes su visión de la civilización: una Argentina moderna, europeizada. La descripción que hace Sarmiento como fuente de barbarie, también marco y quizás inicio una tradición el las letras argentinas: una tendencia a atribuir los problemas argentinos a causa naturales antes que a errores humanos, concepto con el que se asegura una defensa contra toda acusación de culpa. La idea de que el fracaso del país derivaba de una debilidad orgánica inherente seguirá reconfortando a intelectuales desilusionados durante generaciones. El determinismo negativo de Sarmiento encontraría, por ejemplo, un fuerte eco en uno de los libros mas influyentes de este siglo, la Radiografía de la pampa de Ezequiel Martínez Estrada, publicada en 1933, cuya tesis es que la Argentina, como una persona enferma con una enfermedad congénita, no puede evitar el fracaso. Alberdi se mostró poco paciente con las polaridades sarmientinas, y menos todavía con su obsesión romántica con la tierra como determinante maligno del espíritu argentino. En una clara reputación de la famosa dualidad de Sarmiento, Civilización y Barbarie, Alberdi afirma que la única división real en la sociedad argentina corre entre “el hombre del litoral” vale decir de la costa, y el “hombre de la tierra”, o sea del interior del país, argumento que destaca su interés principal en las relaciones entre Buenos Aires y las provincias (Bases, 243). Alberdi también le discute a Sarmiento la idea de la tierra como fuente de barbarie. “La patria”, escribe, “no es el suelo. Tenemos suelo hace tres siglos, y solo tenemos patria desde 1810”. Al fijar el comienzo de la Argentina con una fecha precisa

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Alberdi muestra que creía, en ese momento por lo menos, que la construcción de una nación era resultado de la voluntad humana antes que de las circunstancias históricas y materiales, aunque, como veremos mas adelante, en otros contextos suscribía un punto de vista cuasi historicista, evolucionista, de la historia, en que las culturas superiores, que no estaban necesariamente vinculadas a una tierra en particular, inevitablemente reemplazaban a las inferiores. En la concepción de Alberdi es mediante ideas (las palabras correctas), trabajo, esfuerzo e instituciones que se construyen las naciones modernas, y no mediante los elusivos modelos de la naturaleza (Bases, 248). Hasta Echeverría, el poeta romántico por excelencia, critica a Sarmiento por su rigidez y manifiesta su deseo de que hubiera pasado mas tiempo formulando “una política para el futuro”en lugar de una cuestionable explicación del pasado (Ojeda, 122). De todos modos están de acuerdo con la receta de Sarmiento para la domesticación de la tierra: ferrocarriles, mejores transportes fluviales, nuevos puertos de mar, propiedad privada de la tierra, e inversión extranjera. Este programa para domesticar la tierra repetía lugares comunes del liberalismo económico europeo, tal como habia hecho Mariano Moreno en su famosa “Representación de los hacendados” tres décadas atrás. Pero Sarmiento va mas allá del común anhelo de prosperidad, y propone ideas capitalistas de laissez faire. A su juicio, la propiedad privada era también un paso necesario hacia la erradicación de la vida nómade del gauchos e indios. De acuerdo con su idea determinista de que el ambiente decide el estilo de vida, Sarmiento mantiene que los gauchos e indios argentinos se parecen a los beduinos de Medio Oriente, porque en ambas regiones la distribución de la tierra permitió que la gente viviera de modos semejantes. Aunque en 1845, cuando escribió Facundo, Sarmiento nunca habia visto ni las pampas ni Medio Oiente, insistió en que la vida en las llanuras argentinas mostraba “cierta tintura asiática que no deja de ser bien pronunciada” (Facundo, 14). Posteriormente desarrollo esta idea en forma extensa, tras haber visitado el norte de África y haber observado la cultura de los beduinos; decidió entonces que Francia, al “civilizar” a los beduinos, habia enfrentado problemas semejantes a los de la Argentina al “civilizar” a los gauchos e indios (Viajes por Europa, África y Estados Unidos, II, 78-103). En resumen, para Sarmiento y su generación, el desarrollo capitalista no solo traería prosperidad a las pampas; también terminaría con la “barbarie” de los habitantes naturales de la pampa. Además de conceder que la dominación de la tierra era esencial para el progreso, los hombres del 37 estuvieron en casi total acuerdo sobre las supuestas deficiencias de España, la madre cultural. El drama edipico en el que los hijos argentinos de España tratan de hurgar la influencia española asume muchas caras. El sentimiento antiespañol caracteriza comprensiblemente mucho del movimiento independentista argentino. Pero aun después de haber obtenido la libertad política de España, los liberales argentinos siguieron despreciando a España. Tomas de Iriarte, por ejemplo, el prolífico memorialista que observo casi medio siglo la historia argentina, escribió no mucho después de 1820 que el colapso de la Confederación de 1816 estaba causado por el “estado semisalvaje” de “pueblos educados por la España” (Memorias, III, 19). El sentimiento antiespañol se hizo mas virulento aun entre los hombres del 37, simbolizado por una notable tendencia, todavía común en el siglo XX, a excluir a España siempre que se habla de Europa. Europa en la Argentina llego a significar el norte de Europa, la fuente de la cultura moderna (no hispánica). El impulso detrás de este uso peculiar puede verse con claridad en los hombres del 37. Echeverría, por ejemplo, afirma que España dejo en la Argentina una tradición de “la abnegación del derecho de examen y de elección, es decir, el suicidio de la razón” (Dogma, 191). Mas adelante deplora “la rancia ilustración española, sus libros, sus preocupaciones, cuanta mala semilla dejo plantada en el suelo americano” (Ojeada, 121). De modo similar, Sarmiento lamenta que la Argentina no haya sido colonizada por un país mas “civilizado”, que habría dejado a la Argentina una herencia mejor que “la inquisición y el absolutismo hispano”. Para Sarmiento, España es “la hija rezagada de Europa”, un país maldito y paradojal donde los impulsos democráticos son aplazados por déspotas populares y la religión ilustrada debe someterse el fanatismo contrarreformista. Para Sarmiento, de España viene “la falta supina de capacidad política e industrial (de los países latinoamericanos) que los tiene inquietos y revolviéndose sin norte fijo, sin objeto preciso, sin que sepan por que pueden conseguir un día de reposo, ni que mano enemiga los echa y empuja en el torbellino fatal” (Facundo, 2). Las acusaciones de Sarmiento contra España quedaron reforzados en 1847, cuando visito por primera vez la Península Ibérica, dos años después de haber terminado Facundo. Con una arrogancia que sigue asombrado a los lectores modernos, Sarmiento anuncia que visito España con el “santo propósito de levantar el proceso verbal” a España, para “fundar una acusación” que él, Sarmiento, “como fiscal reconocido”, ya ha hecho “ante el tribunal de la opinión de América” (Viajes, II, 8). Como la cultura española en 1847 estaba en uno de los puntos mas bajos de su historia, Sarmiento no tardo en encontrar mucho material con que confirmar las acusaciones ya registradas en el Facundo. A su juicio, todo lo que hubiera habido de grande y noble en España ya estaba muerto. En el campo intelectual, solo las traducciones le ofrecían al lector inteligente algo substancial, puesto que los escritores españoles se limitaban a vestir su vacuidad con “tanta frase anticuada, tanto vocablo vetuso y apolillado”. De modo semejante, sus historiadores se entregaban rutinariamente al “mal gusto nacional” de violar el hecho histórico para “darse aires de ser algo” (II, 45-46). Y al nivel popular, Sarmiento encuentra a los españoles increíblemente

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ignorantes del mundo mas allá de sus fronteras: “Para el español, no hay mas habitante del mundo que el francés y el ingles. Cree en la existencia del ruso; el alemán es ya algo problemático; pero eso de suecos o dinamarqueses son mitos, fábulas, invenciones de los escritores” (II, 44). En términos igualmente vividos, Sarmiento se burla del gobierno español. El general Narváez, gobernante delegado de la degenerada Isabel II, cuyos adulterios eran la comidilla de toda Europa, es visto como representante del caudillismo, igual que el odiado Rosas. Lo que habia sido la gloria de España, Sarmiento lo encuentra simbolizado en El Escorial, el palacio, museo y monasterio construido por Felipe II y admirada proeza arquitectónica del país. Para Sarmiento, el Escorial es “un cadáver fresco, que hiede e inspira disgusto”, símbolo de un país que, con la muerte de Felipe II en 1598, también empezó a morir, hundiéndose poco a poco en la esterilidad del militarismo y el monasticismo (II, 49). Pero, como en Facundo, aunque el gobierno, la cultura y la visa intelectual españolas repugnan a Sarmiento, encuentra un placer ambivalente en sus tradiciones populares y en el espectáculo violento de las corridas de toros, a la que considera a la vez perversamente atractiva y simbólica de “un gobierno que corrompe”, que divierte a las masas abyectas a la vez que da salida a sus peores instintos (II, 25-37). En una palabra, el viaje de Sarmiento a España no hizo mas que confirmar lo que creía: que España era la cuna de la barbarie, una madre que habia que expulsar y reemplazar. La idea sarmientina de que la herencia española en la Argentina es fuente de barbarie repite su critica a la tierra; ambos argumentos apelan a condiciones preexistentes para explicar el fracaso. Este determinismo implícito es también una excusa para justificar el error humano, ya que el fracaso siempre puede culparse a la barbarie de la tierra y a la inadecuación del pasado español del país. Aunque Alberdi, como Sarmiento y Echeverría, también condena el “cristianismo de gacetas, de exhibición y de parada” de España, y su falta de capacidad industrial (Bases, 236), le agrega al debate una perspectiva diferente sobre los errores de España. Como ha sido notado, la fe de Alberdi en los resultados positivos de la acción humana informada lo alejaban de la ingenua creencia historicista de que el progreso humano surge inevitablemente de todo movimiento histórico; de todos modos, lo central a su pensamiento es la idea de que la América española es el resultado de una expansión orgánica en la cual las civilizaciones superiores inevitablemente reemplazaran a las mas débiles. España participo en este proceso histórico natural conquistando las “primitivas” civilizaciones indígenas e implantando la cultura europea en la América hispánica. Alberdi sigue diciendo, sin embargo, que España dejo de ser una herramienta de la naturaleza (y en un sentido dejo de ser parte de Europa) cuando trato de cerrar Hispanoamérica a la cultura superior de Francia e Inglaterra, violando de ese modo la ley de la expansión cultural (Bases, 155-158). Este prejuicio antiespañol entre intelectuales argentinos nunca fue seriamente negado hasta el siglo XX, cuando, como lo ha mostrado Marytsa Navarro Gerassi, autores argentinos como Ricardo Rojas, Enrique Larrea, Manuel Galvez y Carlos Ibarguren, trataron de vindicar, en lo que se volvería el movimiento de la hispanidad, la herencia española en la Argentina (107-108). Paradójicamente, una gran parte de la corriente antihispánica entre los intelectuales argentinos del siglo pasado fue inspirada por el autor español Mariano José de Larra (1809-1837), que escribió devastadoras criticas a la cultura española bajo el seudónimo de “Fígaro”. Alberdi admiraba tanto a Larra que firmo algunos de sos propios artículos en La Moda con el diminutivo “Fígaro”, explicando que “me llamo Figarillo...porque soy hijo de Fígaro...soy resultado suyo, una imitación suya, de modo que si no hubiese habido Fígaro...tampoco habría Figarillo: yo soy... la obra póstuma de Larra” (La Moda, 16 de diciembre de 1837,1. En consonancia con el entusiasmo de Alberdi, Sarmiento llamo a Larra “el Cervantes de la regenerada España” (El Mercurio, 19 de febrero de 1842). En su libro La tradición republicana Natalia R Botana describe en gran detalle otros vínculos entre el pensamiento de Sarmiento y Alberdi y algunas corrientes intelectuales de Europa. Además del desdén a la herencia española, los hombres del 37 mostraban un acuerdo casi universal respecto de la inadecuación de los grupos étnicos de la Argentina, sus “razas” como eran llamadas. La palabra raza durante la mayor parte del siglo pasado, como lo señala Nancy Stepan es su libro The Idea of Race in Science, se refería a cualquier grupo étnico, de europeos a españoles, de indios a gauchos mestizos (170-189). Siguiendo las teorías racistas de su tiempo, Sarmiento escribe: por lo demás, de la fusión de estas tres familias (española, africana e india) ha resultado un poco homogéneo, que se distingue por se amor a la ociosidad e incapacidad industrial, cuando la educación y las exigencias de una posición social no vienen a ponerle espuela y sacarla de su paso habitual. Mucho debe haber contribuido a producir este resultado desgraciado, la incorporación de indígenas que hizo la colonización. Las razas americanas viven en la ociosidad, y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española, cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos. (Facundo, 15.)

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Sarmiento explicita asimismo la supuesta conexión entre raza y fracaso político burlándose de los partidarios mestizos de Rosas con el apelativo de “lomos negros” (Facundo 130) y aun sugiere que el éxito político de Rosas se debe en gran medida a un celoso espionaje formado por sirvientes negros de una “raza salvaje” infiltrada “en el seno de cada familia de Buenos Aires” (141). Un miembro joven de la Generación, José Mármol, en su novela antirrosista Amalia, de 1851, también habla del miedo de los unitarios por sus propios sirvientes, la mayoría de ellos negros y mulatos, quienes en general eran partidarios de Rosas. En un episodio particularmente revelador, Eduardo le aconseja a Amalia que despida a todos sus sirvientes de Buenos Aires pues “(bajo del gobierno de Rosas) se les ha abierto la puerta a las delaciones, y bajo la sola autoridad de un miserable, la fortuna y la vida de una familia reciben el anatema de la Mazorca” (18). En un episodio similar, una criada delata ante la Mazorca a su empleador que esta tratando de escapar al Uruguay (48). Sarmiento volvió a una explicación racial del fracaso hispanoamericano en su ultima obra importante, Conflictos y armonías de las razas en América, un tratado mal organizado que según algunos no es mas que una recopilación de notas de un futuro libro que Sarmiento no llego a escribir. Terminado en 1883, cuando Sarmiento tenia setenta y dos años, Conflictos es un libro melancólico que Sarmiento mismo llamo “un Facundo envejecido” (citado en Bunkley, Vida de Sarmiento, 503). En Conflictos, Sarmiento afirma que pese a una Constitución ilustrada, una democracia aparente, prosperidad, transporte moderno, escuelas, academias, universidades, y todos los artefactos del progreso, la sociedad argentina en 1883, aunque mejor vestida y mas educada que bajo Rosas, sigue plagada por la corrupción, el personalismo y un desprecio general por las instituciones. Explica este fracaso como resultado de la inadecuación racial. El libro, intento ambicioso de rescribir gran parte de la historia del mundo bajo una perspectiva recial, provee detallados análisis del exilio ingles y el fracaso español en la colonización. En cada caso, Sarmiento sugiere que el fracaso de la democracia en Hispanoamérica puede explicarse solo tomando en cuenta la inadecuación de los pueblos latinos, especialmente cuando se los combina con los indios “bárbaros”, para gobernarse a si mismos. De acuerdo con Sarmiento, todos los caudillos latinoamericanos a los que considera “bárbaros” (Rosas, el Dr. Francia en Paraguay y Artigas, por ejemplo) provienen de la mezcla fatal de sangres latina e india (OC, XXXII, 284-313). En uno de sus últimos artículos, “El constitucionalismo en la América del Sur”, publicado en forma póstuma y quizás pensado como comienzo de un segundo volumen de Conflictos, Sarmiento vuelve sobre la incapacidad política de la raza: “ Obsérvese que todo el mundo cristiano esta en posesión del voto efectivo del pueblo para dirigir su gobierno, y que todos nosotros estamos persuadidos que no tenemos este resorte en nuestra maquinaria política, por excepción de la regla; téngase presente que este mal es general a todos los pueblos de la raza latina en América del Sud, lo que hace que después de setenta años no se haya podido organizar definitivamente el Gobierno” ( OC, XXXVIII, 273). La Argentina, concluye, esta mejor que otros países hispanoamericanos porque tiene mas habitantes blancos. En contraste, un país como Ecuador “ cuenta un millón de los cuales solo cien mil son blancos. Resultado: Tres tiranuelos militares abrazan casi toda su historia” (XXXVIII, 282-283). Todos los hombres del 37 estaban de acuerdo con Sarmiento en lo esencial respecto de la raza. Mármol, con brevedad no característica de él, define a los partidarios de Rosas como “ese pueblo ignorante por educación, vengativo por raza y entusiasta por clima” (Amalia, 44). Hasta Alberdi, que por lo general evita las caricaturas raciales que se encuentran en Sarmiento, lamenta los orígenes mestizos de la Argentina. Para Alberdi no hay América digna del mundo aparte de la europeizada: las republicas de la América del Sud son producto y testimonio vivo de la Acción de Europa en América... Todo en la civilización de nuestro suelo es europeo; la América misma es un descubrimiento europeo. La sacó a la luz un navegante genovés, y fomento el descubrimiento... Los que llamamos americanos, no somos otra cosa que europeos nacidos en América. Cráneo, sangre, color, todo es de fuera... ¿Quién conoce caballero entre nosotros que haga alarde de ser indio neto? ¿Quién casaría a sus hermanos o a su hija con un infanzón de la Araucania, y no mil veces con un zapatero ingles? En América todo lo que no es europeo es bárbaro: no hay mas división que esta: 1, el indígena, es decir, el salvaje; 2, el europeo, es decir, nosotros, los que hemos nacido en América y hablamos español, los que creemos en Jesucristo y no en Pillan. (Bases, 239-241) Alberdi tampoco acepta la idea de que puedan forjarse cambios sustánciales entre los mestizos pobres mediante la educación. “ Haced pasar el roto, el gaucho, el cholo, unidad elemental de nuestras masas populares, por todas las transformaciones del mejor sistema de instrucción: en cien años no haréis de él un obrero ingles” (252). También en las Bases Alberdi afirma que “ utopía es pensar que podamos realizar la republica representativa... si no alternamos y modificamos profundamente la masa o pasta de que se compone nuestro pueblo hispanoamericano” (405. Como se vera en capítulos posteriores, Alberdi altero considerablemente su opinión de las razas mestizas de la Argentina; pero como indicadores de un punto de vista generacional, sus palabras se explican por sí mismas. Fue Echeverría, sin embargo, quien escribió la declaración más eficaz de la Generación sobre la raza, no en un ensayo sino en uno de los

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primeros y mejores cuentos de la literatura hispanoamericana, “El matadero”, escrito probablemente alrededor de 1840 pero inédito hasta después de la muerte del autor. El argumento de “ El matadero” es simple. Por causa de una escasez de carne, los partidarios de Rosas están empezando a dudar de la capacidad de su caudillo para proveer a la nación. El anuncio de que varios toros serán carneados en determinada fecha atrae en masa al matadero a las clases inferiores de Buenos Aires. Echeverría describe con asqueante detalle como hombres sucios y manchados de sangre matan y desmiembran el ganado; como la gente lucha por diferentes partes de los animales, incluyendo sesos, testículos y entrañas; y como la muerte accidental de un niño no provoca ninguna compasión entre la muchedumbre hambrienta y carnívora. Pero el clímax de la historia muestra a un joven culto que casualmente pasa por el matadero sin llevar la obligatoria insignia rosista. Obviamente, es un unitario, un símbolo de la Argentina civilizada que Rosas habia suprimido; la muchedumbre lo ataca y lo hace desmontar. El tumulto se descontrola; la turba amenaza con desnudar, azotar y tal vez violar al joven, quien antes que sufrir un escarnio, muere de noble furia: “ un torrente de sangre broto borbolloneando de la boca y las narices del joven” (Echeverría, “El matadero”, en Obras completas, 324. Las ecuaciones obvias del matadero con la Argentina de Rosas y de los matarifes con los esbirros del régimen podrían ser tediosas si el problema ideológico implicado no fuera tan peculiar. Al reconocer que Rosas seguía en el poder en virtud de un amplio apoyo de las clases bajas, Echeverría no se limita a escribir una diatriba mas contra Rosas, sino que propone desacreditar a las masas mismas, quines, desde su punto de vista, son la verdadera razón del poder de Rosas. Echeverría logra su objetivo de difamar a las masas registrando en horrendo detalle su conducta y llamando repetidamente la atención sobre su raza. Por ejemplo, las “negras y mulatas achuradoras, cuya fealdad trasuntaba las arpías de las fábulas” (316. Mas adelante leemos que “ dos africanas llevaban arrastrando las entrañas de un anima; allá una mulata se alejaba con un ovillo de tripas y, resbalando de repente sobre un charco de sangre, caída a plomo, cubriendo con su cuerpo la codiciada presa. Acullá se veían acurrucadas en hilera cuatrocientas negras...” (317). Estas referencias raciales siguen a todo lo largo del texto. La intención de Echeverría de desacreditar a los rosistas se realza en vividos retratos de su conducta bárbara: luchan por los testículos de un toro, usan el lenguaje mas vulgar y blasfemo, atacan cobardemente a un ingles inocente, y al fin asesinan con brutalidad al joven unitario. Para que no queden dudas sobre su intención, concluye la historia con estas palabras: “ En aquel tiempo los carniceros degolladores del Matadero eran los apóstoles que propagaban a brega y puñal la federación rosina, y no es difícil imaginarse que federación saldría de sus cabezas y cuchillas... por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la de Federación estaba en el Matadero” (324). Tales son las palabras de un escritor que en otros contextos habla piadosamente de reconciliar federales y unitarios. Por mas admiración que pueda generar el talento literario de Echeverría, no puede negarse la intención antipopular que hay detrás de esta historia. Ya que Rosas retenía el poder con el apoyo de las masas, criticarlo a él no era suficiente; las masas mismas debían ser denigradas y rebajadas. Pocos documentos en la historia argentina reflejan mejor la extraña mezcla de miedo y hostilidad que los argentinos de la clase alta han sentido hacia sus conciudadanos humildes. (El cuento de Echeverría inspiro interesantísima imitación en nuestro siglo. Durante la primera presidencia de Perón (1946-1955), Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, bajo el seudónimo de Bustos Domecq, escribieron un cuento titulado “ La fiesta del monstruo”. El personaje principal es un obrero que relata su participación en una demostración peronista en la Plaza de Mayo. Usando los términos mas chabacanos imaginables, Borges y Bioy describen a los peronistas como deformes, vulgares, estúpidos, feos, de pies planos, narices aplastadas, sobrepeso... en suma, basura genética indigna del menor respeto y mucho menos del voto. Cuando la muchedumbre converge hacia la Plaza de Mayo, tropiezan con un judio al que asesinan brutalmente. Echeverría, Borges y Bioy Casares, pese al siglo que los separa, enfrentaron un dilema similar: como apoyar en teoría la democracia desacreditando al mismo tiempo el apoyo mayoritario a Rosas o Perón. Su solución es retratar a las clases bajas argentinas de la manera mas brutal, denigrante y en ultima instancia despreciativa posible. De ese modo Echeverría, Bioy Casares y Borges ilustran la paradoja del liberalismo argentino tanto en el siglo XIX como en el XX: mientras teóricamente es pro democrático, es profundamente antipopular y de ningún modo igualitarista.) ¿Pero por qué esa conciencia de raza? De todas las explicaciones posibles del fracaso, ¿por qué la raza ocupa un lugar tan importante en el pensamiento de la Generación del 37? La explicación mas fácil diría que los argentinos se limitaban a repetir prejuicios comunes en Europa, donde la idea de la inferioridad inherente a los pueblos oscuros, llevaba dos siglos de vigencia. Aunque la influencia del racismo europeo en la Argentina es innegable la emergencia del prejuicio racial en Europa señala una explicación adicional. La denigración de los africanos en el pensamiento europeo, de acuerdo con Nancy Stepan, era relativamente rara antes del trafico de esclavos. Con la institucionalización de la esclavitud, la supuesta inferioridad de los africanos obtuvo amplia credibilidad precisamente porque el racismo proporcionaba una ideología a la subyugación de los negros ( Race in Science, xxixxiii). En una palabra, el racismo se hizo popular para justificar la explotación de un grupo particular. En el caso de la Argentina, estos argumentos sugieren que en algún nivel la Generación del 37 estaba levantando un marco ideológico a priori para un sistema político que excluiría, perseguiría, desposeería y a menudo mataría a los

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“racialmente inferiores”: gauchos, indios y mestizos. Y de hecho, fue exactamente lo que paso. El proceso de quitarles lentamente tierras a los indios, que habia comenzado en tiempos coloniales, se incremento abruptamente después de que liberales como Sarmiento, Avellaneda y Roca llegaran al poder. En el equivalente argentino del “ganar el Oeste” de los norteamericanos, los gobiernos liberales se embarcaron en una campaña de ganar tierras, operación que en la Argentina se llamo “Conquista del Desierto”, que desplazo o mato a miles de indios y gauchos, dejando disponibles sus tierras natales para los colonos blancos o los especuladores. Mas adelante, mediante un sistema electoral sagazmente excluyente, esos mismos grupos fueron mantenidos al margen dl proceso político. Usando la estereotipia racial de la Generación del 37, la justificación ideológica de tales acciones estaba a mano. Los hombres del 37, entonces, atribuyeron los males de su país a tres grandes causas: la tierra, la tradición española y la raza. Pero además de explicar el fracaso, los hombres del 37 tuvieron que recetar remedios para su problemática patria. El capitulo siguiente estudia como planeaban hacer realidad sus sueños para la Argentina.

Capitulo 6 LA GENERACIÓN DEL 37

Parte II

Como vimos en el capitulo anterior, los hombres del 37 diagnosticaron con imaginación y vigor, los problemas del país. Pero identificar los males era apenas la mitad de su misión; también era necesaria la prescripción para mejorar y sanar, una nueva fórmula de principios de gobierno y ficciones conductoras que pusieran a la Argentina en camino del progreso Afirmaron que el progreso no era mero resultado del movimiento histórico hegeliano: al progreso había que ganarlo mediante una lucha consciente, contra las fuerzas de superstición, los moldes culturales reaccionarios heredados de España, la raza y los privilegios asentados. Ninguno de ellos creyó que el combate sería ganado en su generación: antes bien, se preocuparon de crear un marco ideológico de “fundar mitos” en palabras de Halperín Donghi, que a los futuros gobiernos permitieran avanzar hacia la prosperidad y la democracia bajo un régimen constitucional (Pensamiento de Echeverría, 26) ¿Cuál era la solución, entonces para una población “maldita” por la tradición española y la inadecuación radical? La solución cabía en una palabra: imaginación. Rivadavia ya había abogado por ella como solución para los problemas argentinos, y Alberdi la mencionaba en su fragmento preliminar al estudio del derecho de 1835 (OC, I, 123). Pero nadie propuso la inmigración con mas vigor que Sarmiento, en las páginas finales de Facundo, donde declara que “el elemento principal del orden y moralización que la Republica Argentina cuenta hoy es la inmigración europea”(159). Unos dieciocho meses después de haber terminado el Facundo, Sarmiento visitó Alemania, donde sus experiencias confirmaron la conveniencia de llevar europeos al norte de Argentina. Citando a los románticos alemanes, afirma que “la raza alemana” es históricamente emigrante, que se inicio en la India, paso al norte de Europa en tiempos romanos, y en el siglo XIX seguía trasladándose a los Estados Unidos de América: los autores alemanes, según Sarmiento, habían, reconocido “como hecho inevitablemente fatal la emigración de sus compatriotas”(viajes II, 232) propone una política oficial para atraer alemanes a las playas sudamericanas, para lo cual los gobiernos sudamericanos deberían subsidiar los viajes, la instalación, la compra de herramientas, semillas y adquisición de tierra para los recién llegados recomienda que se establezcan centros de información y emigración en Alemania para dar a conocer esas mediadas a gente que de otro modo se iría a Norteamérica (II, 231-236). Un año después, durante su primera visita a los Estados Unidos, Sarmiento quedó asombrado de que algunos norteamericanos vieran al inmigrante como un elemento de barbarie (¿por qué?) sale de las clases menesterosas de Europa, ignorante de ordinario y siempre no avezado a las prácticas republicanas de la tierra (viajes, III, 83) De todos modos se maravilla del proceso por el cual los inmigrantes de Estados Unidos se asimilaban, primero mediante la religión y la educación pública, a una cultura que a despecho del influjo de inmigrantes se mantenía según él, básicamente puritana. Alberdi también apoyo la inmigración europea como una solución segura para los males argentinos. En las Bases escribe:

Cada europeo que viene a nuestras playas nos trae más civilización en sus hábitos que luego comunica a nuestros habitantes, que muchos libros de filosofía, se comprende mal la perfección que no se ve, toca ni palpa. Un hombre laborioso es catecismo más edificante. ¿Queremos plantar y aclamar en América la libertad inglesa, la cultura francesa, la laboriosidad del hombre de Europa y Estados Unidos? Traigamos pedazos vivos de ellas en las costumbres y radiquémoslas aquí. (250)
De estas ideas deriva el aforismo más celebrado de Alberdi: “gobernar es poblar” Nos dice que no es mediante la educación o “muchos libros de filosofía” que se cambiara a la Argentina, sino trayendo “pedazos vivos” de la cultura

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europea para plantearnos en suelo argentino y cambiar así la estructura étnica del país pero, pero para que estos pedazos vivos echen raíces, Alberdi insiste en que sean plantados en un ambiente nutricio, lo que significa que la Argentina debe cambiar sus leyes sobre adquisición de tierras, derechos civiles y religión. De estos elementos, la religión era potencialmente el más explosivo. Recordemos los problemas que había tenido Rivadavia con la jerarquía católica, los hombres del 37 extremaron sus precaucione en la cuestión religiosa: afirma su fe en Dios a la vez que promovían la libertad de culto y la educación secular como religión “ilustrada”. En las “Palabras simbólicas” de la Asociación de Mayo, Echeverría con referencias frecuentes a las escrituras cristianas, defiende “la religión” (el impulso primordial de la humanidad de creer en un poder mas alto) y la religión positiva (la religión basada en los hechos histórica). Afirman además que “es la mejor de las religiones positivas del cristianismo, por que no es otra cosa que revelación de los instintos morales de la humanidad. El Evangelio es la ley de Dios por que es la ley moral de la conciencia y la razón” (Dogma 175). Critica a los curas rosistas por haberse vuelto “dóciles y utilísimos instrumentos de tiranía y retroceso”, y espera que en el futuro el clero “comprendiese en su misión y se dejase de política” (Ojeda, 99-100) La educación religiosa era un problema particularmente espinoso. Alberdi, de todos modos, no ahorra criticas al papel del clero en la educación: “Que el clero se eduque a sí mismo, pero no se encargue de formar nuestros abogados y estadistas, nuestros negociantes, marinos y guerreros, ¿Podrá el clero dar a nuestra juventud los instintos mercantiles e industriales que definan al hombre Sudamericano? ¿Sacara de sus manos esa fiebre de actividad y de empresa que lo haga ser el yankee hispanoamericano?” Más aún, Alberdi siente no solo que el clero debería abandonar las aulas si no también que la educación humanística, que a su juicio era un rasgo del escolasticismo católico, debería ser reemplazada con estudios prácticos en física e ingeniería y que el ingles como idioma de la libertad, la industria y el orden debía reemplazar al latín “¿Cómo recibir, pregunta “el ejemplo y la acción civilizadora de la raza anglosajona sin la posesión general de la lengua?” (Bases, 234-235). Sin estas reformas que predica, las escuelas y universidades argentinas seguirán siendo nada más que “fábricas de chantalismo, de ociosidad, de demagogia y de presunción titulada” (232). Pero ninguno de los hombres del 37 quería terminar con la religión en la Argentina. Echeverría critica a los intelectuales argentinos, los rivadavianos en particular, por su indiferencia, o más bien por hostilidad, hacia la religión. “En nuestra orgullosa suficiencia, hemos desechado el móvil más poderoso para moralizar y civilizar nuestras masas... si le quitáis (al pueblo) la religión, ¿qué le dais?... ¿qué autoridad tendrá la moral ante sus ojos sin el sello divino de la sanción religiosa?” (Ojeda, 97) Más puntilloso Alberdi escribe:

Respetad su altar cada creencia... La América española, reducida al catolicismo con exclusión de otro culto, representa un solitario y silencioso convento de monjes... Excluir los cultos disidentes de América del sur, es excluir a los ingleses, a los alemanes, a los suizos, a los norteamericanos que no son católicos; es decir, a los pobladores que más necesita este continente. Traerlos sin su culto, es traerlos sin el agente que les hace ser lo que son. (Bases, 258-259)
Más adelante, en un guiño, nada convincente, a Roma declara que oponerse a la libertad de culto es un “insulto a la magnificencia de esta noble Iglesia, tan capaz de asociarse a todos los progresos humanos” En este complejo intento de garantizar la libertad religiosa para los inmigrantes protestantes, sin ofender a Roma, Alberdi y Echeverría revelan su verdadero propósito: Usar la religión como una herramienta para construir su visión de la Argentina. En ninguna parte dan indicio de ser creyentes fervorosos. Como dice Halperin Donghi de la relación de Echeverría con el cristianismo; “Todo el camino del pensamiento de Echeverría está puntuado por residuos ideológicos, signos que han sido vaciados de todo sentido... el sentimiento religioso no tiene ningún lugar entre sus intereses más profundos”. (El pensamiento de Echeverría, 85-86). Lo que querían los hombres del 37 era una iglesia dócil que renunciaría a una autoridad y verdad exclusivas para asumir un rol útil en la formación de la Argentina positivista. Que la generación del 37 creyera que la iglesia aceptaría pacíficamente ese papel muestra una considerable ingenuidad basada en la misma arrogancia hacia la religión que aquellos denunciaban en los unitarios. Antes que incluir a la iglesia en un diálogo productivo, preferían dictar normas religiosas en ese nombre del “evangelio ilustrado” de Echeverría y el llamado de Alberdi a los sentimientos nobles. La jerarquía eclesiástica Argentina resistió a tales ataques a sus prerrogativas, en especial a la educación religiosa. La Iglesia perdió muchas escaramuzas con los reformistas del 37 y sus vástagos invariablemente del lado de la tradición. Aun hoy, los jerarcas de la Iglesia Argentina son los más conservadores, por no decir reaccionarios, de toda América Latina. Los hombres del 37 comprendieron que sus planes inmigratorios, esquemas económicos y prescripciones de libertad religiosa estaban teñidos de utopismo y no daban la clave de qué hacer mientras tanto. Dada la posición tomada por la Generación del 37 respecto de sus conciudadanos, la cuestión era saber que clase de gobierno podía llenar el vacío hasta que en palabras de Echeverría ‘’el pueblo fuese al fin pueblo’’ (Ojeada, 106).

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El sufragio universal y el gobierno numéricamente representativo esta fuera de cuestión. Recordando la popularidad de rosas y los interminables litigios electorales entre Buenos Aires y las provincias, Echeverría escribe: “el sufragio universal dio de sí cuanto pudo dar: el suicidio del pueblo por sí mismo, la legitimación del Despotismo” (Ojeda, 104), Antes que permitir a todo el pueblo acceso inmediato al poder, recomienda comenzar por “un punto de arranque que nos llevase por una serie de progresos graduales a la perfección de la institución democrática” (106). Para lograr este objetivo, el poder real debe ser dejado ante todo en manos de una elite natural, una jerarquía natural, “la única que debe existir... aquella que trae su origen de naturaleza” y que consiste en “la inteligencia, la virtud, la capacidad, el merito probado” (Dogma, 173). Echeverría argumenta lo siguiente:

La soberanía del pueblo sólo puede residir en la razón del pueblo y que solo es llamada a ejercer la parte sensata y racional de la comunidad social. La parte ignorante queda bajo tutela y salvaguardia de la ley dictada por el consentimiento uniforme del pueblo racional. La democracia, pues no el despotismo absoluto de las masas, ni de las mayorías es el régimen de la razón.(Dogma, 201).
En un alejamiento notable del sentimiento casi populista expresado en su fragmento preliminar Alberdi no se muestra menos enfático cuando llama ignorancia universal al sufragio universal. “El sufragio universal donde la universalidad de los que sufraguen, es ignorante en la materia sobre la que el sufragio versa, el sufragio de uno de unos pocos; y en ninguna parte impera el régimen de las minorías, como donde la mayoría nacional es proclamada soberana” (“América” EP VII, 344). Se hace evidente así que la democracia para la Generación del 37, como para los morenistas antes que ellos, se definía como un gobierno para el pueblo pero no por el pueblo. Que el nuevo gobierno no debía incluir al “pueblo” en ningún sentido universal ya queda explicito en Sarmiento: “Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir patriota” (citando en Paoli, Sarmiento, 175). Como los morenistas, los rivadavianos y Beruti y su gente decente, los hombres del 37 quisieron una democracia exclusiva. Lejos de la democracia radical de Hidalgo y Artigas, su interés en el pueblo mostraba una extraña semejanza a la ley autocrática y paternalista de Rosas. La cuestión del sufragio popular obligó a los hombres del 37 a explicar el gobierno que ya tenía la Argentina: el del caudillo, que, más que un símbolo, era también un hombre de carne y hueso, apoyado quizás por una mayoría aunque no se hubiese dado elecciones formales. Nadie describe el fenómeno del caudillo mejor que Sarmiento. El caudillo, escribe, es “el espejo en que se reflejan, en dimensiones colosales, las creencias, las necesidades, preocupaciones y hábitos de una nación en una época dada de su historia” (Facundo, 6). Es un enemigo predeterminado del progreso, el hombre natural surgido de las profundidades del salvaje suelo americano, heredero de la tradición medieval española (18). Su enaltecimiento al poder es “fatal forzoso, natural y lógico”. La explicación más perdurable que se dio Sarmiento del poder del caudillo postula un vinculo irracional entre las masas y su líder, por el cual el caudillo refleja de manera misteriosa la voluntad inarticulada de las masas (130), argumento también usado más adelante para justificar a lideres populistas tan diversos como Mussolini, Hitler, Perón y Castro. Se ha sugerido que la fascinación de Sarmiento con el caudillo no hace más que reflejar el interés de su siglo por la figura del héroe, el individuo titánico que deja su marca personal en la historia, tema popularizado por Hegel y después retomado por hombres tan diversos como Beethoven, Stendhal, Wagner y Arnold, pero el héroe de Hegel es muy diferente al caudillo de Sarmiento. En la filosofía de la historia, Hegel insiste en que los grandes hombres de la historia se destacan porque “sus objetivos particulares engloban grandes problemas que son la voluntad del espíritu del mundo”. Pero su grandeza personal es más aparente que real, ya que “parecen tomar impulso de sus vidas de sí mismos” cuando en realidad son meros reflejos del espíritu del mundo (30). Aunque el interés de Sarmiento en la figura del caudillo comparte la fascinación romántica por el héroe en Hegel, invierte los términos hegelianos. En Sarmiento, el caudillo refleja no el espíritu del mundo, que es la fuerza que mueve a la historia y el progreso, sino el espíritu popular, que es la fuerza de la barbarie. Lejos de permitirle seguir su curso, al caudillo es preciso eliminarlo, si es preciso por la fuerza, para poner en su lugar la ley de la razón. Por mucho que se acerque Sarmiento al irracionalismo romántico, en última instancia la visión que junto a toda su generación quiere imponer a la Argentina es racional y positivista: el pueblo no debe ser necesariamente una pieza manipulada por fuerzas históricas invisibles, sino un grupo de seres racionales capaces de transformar el mundo de acuerdo a su visión esencialmente positivista.

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En constante con una visión racional del mundo, el caudillo es la voz de la sinrazón. Puede reflejar una volunta popular inarticulada, pero toda la autoridad está centrada en una persona. En opinión de Sarmiento, gobierna por decreto, no por la persuasión. Dado que la obediencia esclava de sus secuaces le basta para validar su autoridad, la fuerza para asegurarse esa obediencia se vuelve la única forma necesaria de gobierno. La justicia del caudillo es administrada “sin formalidades de discusión”, ya que la discusión a diferencia del decreto, coloca la autoridad fuera de la persona del caudillo(facundo, 130). Su gobierno es creación de su voluntad arrogante. “Es el Estado una tabla rasa en que él va a escribir una nueva cosa, original... va a realizar su república ideal, según él ha concebido... sin que vengan a estorbar su realización tradiciones envejecidas, preocupaciones de la época... garantías individuales, instituciones vigentes... todo va a ser nuevo obra de su ingenio” (131-132). Alzando la vista de la evidente ironía de estas palabras, es fácil ver cómo el héroe romántico (el hombre más grande que la naturaleza, figura titánica que, como Dios, crea de la nada) influyó la descripción que hace Sarmiento del caudillo. En realidad Sarmiento quiso emular al caudillo que tanto odiaba. Por ejemplo, condena al caudillismo como forma de gobierno “sin formas sin debate”: ninguna descripción mejor del Sarmiento escritor. En lugar de usar argumentación cuidadosamente construidas, basadas en pruebas verificables, Sarmiento recurre a la declaración apasionada basada en una sola prueba de autoridad personal y de sus conocimientos. En una palabra, escribe por decreto, motivo por el cual Alberdi lo llamó “caudillo de la pluma” (citado en Bunkley, 356). En los mejores libros de Sarmiento (Recuerdos de provincia vida de Dominguito)este estilo declaratorio está felizmente ausente. Pero pese a la fascinación romántica de Sarmiento con el caudillo titán, pasó su vida condenando al caudillismo. El caudillo para Sarmiento es la encarnación del mal que debe ser exorcizado si la Argentina quiere civilizarse. Como Sarmiento, Alberdi reconocía que el caudillo era un elemento nativo de la Argentina. Como vimos en su fragmento preliminar, en el comienzo Alberdi se mostró interesado en usar a Rosas como un escalón hacia una república moderna. No tardó en perder las esperanzas en Rosas, pero no abandonó su creencia de que la figura recurrente del caudillo era prueba visible de un hecho de la vida peculiarmente argentino: la necesidad de un Ejecutivo fuerte. Esta necesidad, según Alberdi, explica los intentos de varios argentinos distinguios de las generaciones anteriores, incluyendo al general José de San Martín, por establecer una monarquía como el modo más eficaz de darle al país la estabilidad necesaria para su supervivencia. “Dad al Ejecutivo todo el poder posible”, escribió Alberdi. “Pero dárselo por medio de una constitución. Este desarrollo del Poder Ejecutivo constituye una necesidad dominante del derecho constitucional de nuestros días en Sudamérica. Los ensayos de monarquía, los arranques dirigidos a confiar los destinos públicos a la dictadura, son la mejor prueba de la necesidad que señalamos” (Bases, 352).Cita con aprobación a Simón Bolívar: “los nuevos Estados de América antes española, necesitan reyes con el nombre de presidentes” (229). Por causa de esa preferencia de Alberdi por un Ejecutivo fuerte, la constitución de 1853, que en lo fundamental sigue a la de los Estados Unidos de diferencia de ésta en un punto de importancia: el Ejecutivo puede “intervenir” en casi cualquier aspecto de la vida argentina que a juicio amenace la integridad de la Nación. Este poder de intervenir a sido usado, a menudo con interesada arbitrariedad, para todo, desde anular los resultados de elecciones provinciales hasta clausurar universidades. Domesticar al caudillismo mediante un Ejecutivo fuerte no fue la única receta de la Generación del 37 para los males de la nación. También dedicaron considerable atención a definir una política económica para la Argentina que soñaban. El principal en ese sentido fue Alberdi, que habiendo leído a los economistas de su tiempo partidarios de laissez faire. Preparándose para la ola inmigratoria que esperaba atraer, escribe que: “Los grandes medios de introducir Europa en nuestro continente en escala y proporciones bastante poderosas para obrar un cambio portentoso en pocos años, son el ferrocarril, la libre navegación y la libertad comercial. Europa viene a estas lejanas regiones en alas del comercio y la industria, y busca la riqueza de nuestro continente. La riqueza como la población, como la cultura, es imposible donde los medios de comunicación son difíciles, pequeños y costosos” (Bases, 261). Pero, entre tanto, la Argentina era un país subdesarrollado, rico en recursos naturales y pobre en capital y tecnología. No bastaba con proyectar lo que había que hacer; lo fundamental era la inversión de capital y tecnología para hacerlo. La solución sugerida con más frecuencia para remediar la escasez argentina de capital y tecnología era, cosa que nadie puede sorprender, Europa así como los inmigrantes europeos resolvían los problemas demográficos argentinos, las inversiones y experiencia europeas eran consideradas el modo mejor de construir la infraestructura del país. Con argumentos que recuerdan poderosamente a la Representación de los Hacendados de Moreno, Alberdi recomienda abolir todos los aranceles proteccionistas y abrir de par en par el país a las inversiones extranjeras, a los prestamos y a la sociedad en los negocios (Bases, 181, 425). Al enfrentarse con la objeción que había hecho Washington en su “Discurso de Despedida”, de que las naciones Americanas debían evitar los compromisos exteriores, Alberdi responde: “Todo va cambiando en esta época, la repetición del sistema que convino en tiempo y países sin analogía con los nuestros, sólo servia para llevarnos al embrutecimiento y pobreza” (181). Insiste además en que “los tratados de amistad y comercio son el medio honorable de colocar la civilización sudamericana bajo el protectorado de la civilización del mundo”.Y a cualquier que tema que una potencia extranjera pueda invertir sólo por su provecho y no por el de la Argentina, Alberdi responde: “Tratad con todas las naciones, no con algunas, conceded a todas las mismas garantías, para que ninguna pueda

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subrayarnos, y para que unas sirvan de obstáculo contra las aspiraciones de otras” (256). Más adelante recomienda, tal como lo había hecho Rivadavia antes que él, que los ferrocarriles y otros proyectos necesarios para en progreso sean pagados con créditos externos. “Seria pueril esperar a que las rentas ordinarias alcancen para gastos semejantes: invertid ese orden, empezad por los gastos... y tendréis rentas... proteged al mismo empresas particulares para la construcción de ferrocarriles. Colmadlas de ventajas, de privilegios, de todo el favor imaginable... ¿Son insuficientes nuestros capitales (para proyectos)? Entregadlas entonces a capitales extranjeros” (264-265). Consejo semejante se da respecto al desarrollo de la navegación fluvial y a los puertos. Con capital externo, con inmigrantes extranjeros, todo es posible. “Abrid las puertas de par en par”, escribió Alberdi, “a la entrada majestuosa del mundo” (Bases, 272). Hemos visto en algún detalle cómo los hombres del 37 consideraban los problemas del país sobre todo en términos de tierra, raza y tradición. Después examinaremos cómo sus soluciones por lo general implicaban alguna suerte de apelación a Europa y Norteamérica, mediante la imitación, la inmigración, las inversiones o la importación de tecnologías. ¿Pero cómo veían su propio destino como nación? ¿Cuál era el puesto futuro de la Argentina entre las naciones del mundo? Lamentablemente, parecería que su misión era menos de creación que de recreación. Su objetivo era recrear la civilización europea en América y en un grado menor, repetir el éxito de los Estados Unidos, esto debía realizarse trayendo literalmente a la Argentina “Pedazos vivos” de esas sociedades en forma de inmigrantes, e imitando sus instituciones. Aunque Sarmiento, Echeverría y Alberdi criticaron a los unitarios por su servil imitación de Europa, en gran medida ellos cayeron en la misma trampa. Su admiración por el europeo era demasiado grande para que hubiera podido evitarla Alberdi, por ejemplo, en cierto punto afirma con toda seriedad que “el inglés es el más perfecto de los hombres”, y que los Estados Unidos son “el modelo del universo” (Bases, 271-272). Echeverría proclama que “Europa es el centro de la civilización de los siglos y del progreso humanitario” (Dogma, 169). Y en Facundo Sarmiento justifica sus opiniones y observaciones con una apelación continua a esa autoridad llamada Europa, sitio que en ese momento sólo conocía por libros. Como José Arcadio Buendía en Cien años de soledad de García Márquez los hombres del 37 al parecer creían que la civilización y la cultura debían ser importadas el norte ya que los pueblos y tradiciones autóctonas (española, india y africana) eran enemigos del progreso. En cierto punto la Generación del 37 se limitó a reformular lo que había sido el objetivo general de sus ancestros españoles que conquistaron y colonizaron la Argentina en el primer momento: Extender Europa. Esa Europa de los hombres del 37 estaba compuesta por potencias industriales: Francia, Inglaterra y Alemania antes que la contrarreformita España, y eso establece una diferencia significativa; pero el impulso básico por imponer una visión particular de Europa sobre los parámetros americanos es algo en que coinciden tanto la conquista española como la Generación del 37. Los pensadores nacionalistas de nuestro siglo, hombres como Arturo Jauretche, han sugerido que el objetivo de recrear Europa fue indebidamente modesto, que mutiló la energía creativa que la Argentina necesitaba para establecer una nación vigorosa y soberana (Jauretche, El medio pelo, 81-100).Para ser justos con los hombres del 37, debe señalarse que, al menos en teoría, desaprobaron la imitación servil de Europa y Estados Unidos, que los acusan de nacionalistas actuales, tanto en sí mismos como en sus antepasados unitarios, por ejemplo Echeverría, en su poema “El regreso”, compuesto en 1830, poco después de su regreso a Argentina de Europa escribe:

Confuso, por tu vasta superficie Europa degradada, yo no he visto Más que fausto y molicie Y poco que el espíritu sublime; Al lujo y los placeres Encubriendo con rosas, Las marcas oprobiosas, Del hierro vil que a tu progenie oprime.
Más adelante elogia a los insurgentes argentinos de 1810, quienes “Con rara osadía / el fanatismo y la opresión hollaron”, liberando así un hemisferio entero de un “largo y degradante cautiverio” (OC, 736-737). Sarmiento mostró parecida ambivalencia hacia Europa y Norteamérica durante su primer viaje más allá de las fronteras de Argentina y Chile. Francia fue su mayor desilusión. Al llegar a Le Havre en 1846, un año después de terminar Facundo, lo escandalizo la codicia franceses pobres: ¡Ah, la Europa! Triste mezcla de grandeza y de abyección, de saber y de embrutecimiento, a la vez sublime y sucio receptáculo de todo lo que el hombre eleva o lo tiene degradado, reyes y lacayos, monumentos y lazaretos, opulencia y vida salvaje (Viajes, I, 146). Horrorizado por la influencia y la mezquina corrupción de los burócratas franceses, se refiere a ellos en una ocasión como “animales de dos pies” (I, 176). Especialmente irritantes era la ignorancia y el desinterés que los políticos franceses tenían por América Latina (I, 173-175). Una tarde en la Cámara de Diputados francesa bastó para convencerlos de que el gobierno era poco más

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que una “turba de cómplices” y lo estimulo a escribir una tormentosa, y hoy divertida, lista de recomendaciones mediante la cual Francia podía redimirse (I, 180-188). Aunque nunca dejo de admirar a Francia como capital cultural del mundo, dejo el país convencido que Argentina debía buscar modelos por otra parte. Italia, como Francia, lo cautivó con su belleza y su sentimiento del pasado, pero tampoco encontró mucho en los italianos o en la Italia contemporánea que pudiera contribuir a la construcción de la Nueva Argentina. Suiza y Alemania fueron otra cosa, escribe: “Traíame triste y desencantado hasta entrar en Suiza el repugnante espectáculo de miseria y atraso de la gran mayoría de las naciones. En España había visto en ambas Castilla y la Mancha, un pueblo feroz, andrajoso y endurecido en la ignorancia y la ociosidad: los árabes en África, me habían tornado fanático hasta el exterminio; y los italianos en Nápoles mostrándome el último grado a que pueda descender la dignidad humana bajo cero. ¡Que importan los monumentos del genio en Italia, si al apartar de ellos los ojos que los contemplan, caen sobre el pueblo mendigo que tiende la mano... La Suiza, empero, me ha rehabilitado para el amor y el respeto del pueblo, beneficiando en ella, aunque humilde y pobre, la república que tanto sabe ennoblecer al hombre” (II, 220-221). En Alemania encontró más todavía que alabar, empezando con el sistema de educación pública prusiano que, en su opinión, había alcanzado “el bello ideal que pretenden realizar otros pueblos” (II, 227). Más adelante, en marcado contraste con suspicacia respecto del voto popular en la Argentina, declara que “La Prusia”, gracias a su inteligente sistema de educación, esta más preparada que Francia para la vida política y el voto universal no sería una exageración donde todas las clases de la sociedad tienen el uso de la razón, por que la tienen cultivada” (II, 229) El último tramo del viaje de Sarmiento lo llevó a Estados Unidos, donde visito Nueva York, Boston, Washington y viajo por el medio Oeste hacia el norte por los ríos Ohio y Mississipi. Escribe que dejó los Estados Unidos “Triste, pensativo, complicado y abismado: la mitad de mis ilusiones rotas o ajadas, mientras que otras luchaban contra el raciocinio para decorar de nuevo aquel panorama imaginario en que encerramos siempre las ideas que no hemos visto, como damos una fisonomía y un metal de voz a un amigo que sólo por cartas conocemos” (Viajes, III, 7). Pero, a despecho de estas restricciones iniciales, el diario de viaje de Sarmiento indica que sus impresiones de los recursos norteamericanos, sus transportes fluviales y ferrocarriles, su gobierno, educación, tecnología, industria, pueblo y política de inmigración son abrumadoramente favorable, que el país lo impresiono como “la altura de civilización a que ha llegado la parte más noble de la humanidad” (III, 9). Incluso apoyó la guerra expansionista de los Estados Unidos contra México y Canadá afirmando que estuvieran bajo las barras y las estrellas, “La unión de los hombres libres principiará en el polo Norte para venir a terminar por falta de tierra, en el Istmo de Panamá”(III, 14); es ésta una postura que lo distancia netamente de la mayoría de los latinoamericanos, quienes igual que Emerson, Lincoln, y Thoreau, reconocían la guerra de los Estados Unidos contra México como lo que era: una vergonzosa rapiña de tierras por causa de la cual México perdió la mitad de su territorio. El más sostenido uso de los Estados Unidos como modelo de referencia para la Argentina, en la obra de Sarmiento, está en “Argirópolis”, un libro breve escrito en 1850; en él, a la vez ataca a Rosas, esboza un programa para una Argentina postrosista. Dedicado a Juan José de Urquiza, el caudillo progresista de Entre Ríos que con el tiempo destronaría a Rosas (y que probablemente no leyó el libro de Sarmiento); “Argirópolis” reformula temas que ya estaban en “Facundo”: La necesidad de desreglar la navegación de los ríos, el libre comercio, mejores escuelas, inmigración, gobierno institucional, etc. Pero “Argirópolis”, también afirma que Argentina esta destinada a ser los Estados Unidos de Sudamérica, y debería incluir a Uruguay y Paraguay... siendo ésta una idea que han llevado a no pocas guerras (OC, XIII, 31-37). Sostiene que la ciudad capital como Washington DC, debería alejarse de Buenos Aires, hacia un sitio más central del territorio, Sarmiento eligió la Martín García, una diminuta isla infestada de mosquitos ubicada donde influyen los ríos Paraná y Uruguay, Sarmiento nunca había estado allí, pero como Martín García estaba cerca del centro geográfico del país imaginario, le pareció bien verla del mapa. Una vez más, esta propuesta queda justificada mediante constantes referencias a los Estados Unidos (OC, 45-53). “Argirópolis”, en palabras de Bunkley, es “típica del pensamiento de Sarmiento”. Se trata de un plan concebido del principio al fin abstracto, un proyecto intelectual, muy alejado de la realidad, (323) “Argirópolis”, también muestra hasta que punto Sarmiento creía que el destino más exaltado de Argentina era volverse una imagen de los Estados Unidos al otro extremo del hemisferio. Fue así como, aunque Echeverría, Alberdi y Sarmiento encontraron mucho que criticar a Europa y Norteamérica, cuando llegó el momento de dar sustancia a sus declaraciones de independencia de la cultura europea y norteamericana, ninguno de los hombres del 37 reconoció gran cosa en Argentina que pudiera definirse como positivo y único. De hecho lo que era peculiar de América, glorificado en el americanismo de Artigas e Hidalgo, era para ellos era un obstáculo en el progreso. Tampoco vigorizaron ninguna misión especial o potencial peculiar para su país; basada con transplantar Europa e imitar a Norteamérica. En consecuencia, no puede sorprender al pensar una estructura para su Nueva Argentina, no pudieran salir de los modelos extranjeros y crear instituciones propias para el país. Entre los hombres del 37 y sus descendientes culturales, como sucedió con sus antecesores morenistas y rivadavianos, la imitación de la cultura europea y norteamericana siguió siendo sello de refinanciamiento. Antes que forjar una nueva identidad libre de guías europeas, la Generación del 37 y su progenie intelectual en gran medida sustituyó una tutela cultural por otra; lo que había hecho a España ahora lo hacían Francia, Inglaterra, y los Estados

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Unidos. Por lo demás las letras argentinas en su corriente principal seguirían adorando a Europa hasta el presente. En ningún tramo del pensamiento argentino encontramos nada como la arrogancia insolente y adolescente frente a Europa que ejemplifican libros de Mark Twain como Innocents Abroad, The prince and the pauper y A Connecticut Yankee in King Arthur´s Court. Para Mark Twain, emular a Europa sonaba a pretencioso. Para los argentinos educados, sonaba a cultura. La reverencia de la Generación del 37 hacia la Europa del Norte y los Estados Unidos contrasta gradualmente con su desenvoltura para hacer a un lado a España. Para los hombres del 37, España fue cuna de la barbarie, la hija atrasada de Europa, del pariente pobre que conviene evitar a cualquier costo. Una actitud tan parricida difícilmente podía construir una autoconfianza nacional. De hecho una de las corrientes intelectuales más importantes del siglo XX, el movimiento de la Hispanidad que empieza a comienzos de siglo y figura de modo prominente en la suba al poder del nacionalismo, estuvo apuntada específicamente contra el prejuicio antíhispanico de los liberales del siglo anterior. Pero, aunque los hombres del 37 miraron a Europa y Norteamérica en busca de modelos culturales, al parecer sintieron, como Mariano Moreno y los rivadavianos antes que ellos, que el resto de América Latina debía aprender de Argentina. Sarmiento, en “Argirópolis”, afirma que la Argentina está destinada a conducir a América Latina, aunque más no sea por virtud de su mayor población de origen europeo. Hasta Alberdi por lo general es más sensato estas materias, proclamó a la Argentina líder de Sudamérica. En un panfleto escrito en 1847 para condecorar la Revolución de Mayo, titulado La República Argentina 37 años después de su revolución de Mayo escribió:

La Republica Argentina no tiene un hombre, un suceso, una caída, una victoria, un acierto, un extravió de su vida como nación, de que deba sentirse avergonzada... En todas épocas la Argentina aparece al frente del movimiento de esta América. En lo bueno y en lo malo, su poder de iniciativa es el mismo: cuando no se arremenda a sus libertadores, se imita a sus tiranos. En la revolución, el plan de Moreno da la vuelta a nuestro continente. En la guerra, San Martín enseña a Bolívar el camino de Ayacucho. Rivadavia da a la América el plan de sus mejoras e innovaciones progresistas (OC, III, 222-223).
Alberdi llega a elogiar a Rosas por unificar el país, “un mal y un remedio a la vez”, y siguiere que un dictador así podría ayudar a otros Estados Sudamericanos en su revolución retrasada. Pero se apresura a agregar que la grandeza de Rosas por matizada que sea, no es suya propia, sino que de la Argentina que desde los primeros días de este siglo nunca dejó de hacerse expectable por sus hombres y sus hechos” (III, 226) Alberdi matiza también su elogio de la Argentina atribuyendo su grandeza a su poder de imitación: “Como la más próxima a Europa, (la Argentina) recibió más pronto el flujo de sus ideas progresistas... (es él) futuro para los Estados menos vecinos del manantial transatlántico de los progresos americanos, lo que constituía el pasado de los Estados del Plata” (III, 233) En este sentido a la Argentina busco ser una guía para América Latina, pero no como fuerza destinada a cambiar el mundo, descartar los viejos métodos europeos y crear una nueva Jerusalén en la que todos los pueblos buscarían luz y saber. No. Alberdi en 1847, como los rivadavianos, cree que América Latina debe seguir a la Argentina por que es buena imitación. En la confesada intención de la Generación del 37 de imitar y recrear modelos extranjeros hay una profunda ironía, pues sus escritos constituyen un notable testimonio de la creatividad Argentina (y latinoamericana) y una creatividad que desafía los modelos literarios e intelectuales europeos a cada fase. No hay mejor ejemplo que el Facundo de Sarmiento. Se han vertido mares de tinta tratando de decidir si el Facundo debe catalogarse bajo el rubro de la historia, sociología, biografía, ensayo o alguna otra categoría inventada para letras europeas. Demasiado desconfiable e indocumentado para ser historia, demasiado intuitivo para ser sociología y demasiado histórico, biográfico y sociológico para ser ensayo, Facundo crea su propio género. No es más fácil de etiquetar la orientación ideológica del libro: los críticos, incluyendo algunos de la generación de Sarmiento, siguen pensando que Facundo es fundamentalmente una obra romántica. Aunque algunos elementos del libro reflejan el impulso romántico, especialmente en la referencia del autor por la prosa apasionada y la intuición personal por encima de los hechos comprobables, Facundo es en otros aspectos específicamente antiromántico: encuentra en la tierra una fuente de mal, desconfía antes que glorifica la tradición popular, convierte a los hombres fuertes en tiranos antes que héroes y sus aspiraciones son claramente internacionales que nacionales. En resumen, como mucha literatura latinoamericana, que desde las crónicas coloniales en adelante se ha atendido a sus propios géneros, Facundo exige una comprensión nueva de lo que constituye la literatura. Como ora literaria, Facundo, del mismo modo que los pueblos mestizos que el autor deploraba, recoge como un prisma los matices variados de influencia europea y novedad americana, en una obre de inmensa originalidad. En resumen, Facundo seria inconcebible sin el genio peculiar de Sarmiento y la constante intrusión del Nuevo Mundo erosionando los modelos representacionales desarrollados en Europa. Que ironía que un texto de tanta novedad en el campo del discurso literario deba denigrar a la Argentina autóctona y predicar una sumisión imitativa de a modelos culturales extranjeros. Pero más que original, Facundo es profético, pues anticipa los aspectos más distintivos de la ficción latinoamericana contemporánea: Como lo hace Cien años de soledad de García Márquez, Facundo abruma al lector con una vertiginosa

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abundancia de detalles a través de los cuales el autor pinta en anchas pinceladas el retrato de todo un pueblo; como en Los pasos perdidos y El siglo de las luces de Carpentier, Facundo describe marcos temporales sincrónicos que coexisten en la vida primitiva de las pampas, el escolasticismo colonial de Córdoba y las pretensiones europeizantes de Buenos Aires, que siempre se ha considerado la Paris sudamericana, como en La vorágine de José Eustaquio Rivera y Pedro Páramo de Juan Rulfo, el Facundo evoca la presencia corruptora e ineludible de la naturaleza indómita, como en El Otoño del Patriarca de García Márquez, La muerte de Artemio Cruz de Carlos Fuentes, El señor presidente de Miguel Ángel Asturias y Yo el supremo de Augusto Roa Bastos, Facundo explora la sicología de los caudillos y sus seguidores, según lo analiza Roberto González Echeverría en su articulo ‘’The dictatorship of rhetoric / The rhetoric of Dictatorship: Carpentier, García Márquez y Roa Bastos’’. Los nacionalistas de hoy que denuncian a Sarmiento como un imitador a la busca de modelos extranjeros, lo leen demasiado literalmente y no captan las notables contradicciones entre las confesadas intenciones sociopolíticas de Sarmiento y el libro que escribió en realidad, mientras Sarmiento predica la imitación en la economia y el gobierno, escribe un libro que burla todos los modelos extranjeros, mientras quiere explícitamente que la Argentina sea como los países mas progresistas de su tiempo, su libro se aparta claramente del impulso romántico de sus contemporáneos, mientras Facundo es denunciado aun hoy por los nacionalistas como obra de un cipayo, el libro anticipa los aspectos mas originales de la ficción latinoamericana contemporánea. Si bien no podemos ignorar ni la intención de Sarmiento ni el efecto que pudo tener su libro en lectores literales Facundo sigue siendo una obra de asombrosa y profética creatividad. Sin embargo aun con toda su originalidad no puede olvidarse este hecho lamentable: Los hombres del 37 en ultima instancia se preocuparon mas por recrear Europa en el Cono Sur que por desarrollar un país nuevo que mezclara lo mejor del Viejo y del Nuevo Mundo. Casi ninguno de los hombres del 37 viviría para ver sus ideas puestas en práctica. De todos modos, su comprensión de los problemas del país y sus propuestas para resolver esos problemas serían y seguirían siendo ficciones orientadoras del liberalismo argentino. A partir de la década de 1860, y especialmente durante los años de bonanza argentina entre 1880 y 1915, los gobiernos liberales persiguieron con uniformidad esencial el problema enunciado por los hombres del 37; dominio de una elite ilustrada europeizante basada en Buenos Aires; intentos de construir una sociedad a la europea en la Argentina; gobierno aparentemente democrático que en la realidad limitaba el debate de la elite, mediante el fraude si era necesario; economía de laissez faire confinada primordialmente a quienes tenían riquezas y posición para acceder al orden económico; un espectacular progreso material promovido por las inversiones externas, endeudamiento y consiguiente perdida de la soberanía nacional: siempre el desdén por los pobres rurales y urbanos, reflejando en complejos intentos de “mejorar” la mezcla étnica por infusión de inmigrantes del norte de Europa. El juicio histórico de la Generación de 37 es matizado. Hasta la aparición de los historiadores revisionistas que pasaron a primer plano en la década de 1930, parecía como si los hombres del 37 fueran a ocupar un puesto indiscutido de honor en el panteón de héroes nacionales, en parte por que las primeras historias argentinas fueron escritas de hecho por hombres asociados con la Generación, siendo Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López los más conocidos. Estas historias formaron posteriormente la base de textos escolares que predicaron con éxito a los jóvenes argentinos las glorias de los próceres liberales. Pero ya en el siglo XX el sentimiento nacionalista antiliberal anticolonial, de izquierda y de derecha, ha desacreditado sistemáticamente a los hombres del 37, con Sarmiento como blanco principal de los ataques. El fervor antisarmiento en algunos círculos llego a ser tan ridículo que en 1978 el gobierno de la provincia de Neuquen prohibió la lectura de Sarmiento en las escuelas públicas. Solo el prejuicio más ciego podría negar que la Generación del 37 hay mucho que elogiar. Tanto sus miembros como sus sucesores ideológicos diagnosticaron con inagotable energía la “barbarie” del país, pensaron soluciones e hicieron todo lo posible por meter a la Argentina en los moldes “civilizados” con los que soñaban. En el combate con la barbarie de los espacios vacíos, usaron a los gauchos para matar indios, liberando así vastas extensiones de tierra que fueron parceladas, cercadas con alambre de púa y destruidas en parte a colonos, pero en mayor medida a los grandes especuladores de Buenos Aires. Para combatir con la barbarie de la distancia, atrajeron a inversores e ingenieros extranjeros, en su mayoría ingleses para que cruzaran el país con líneas de telégrafo y construyeran el mejor sistema ferroviario de América Latina. Para combatir con la barbarie de los caudillos populistas instituyeron una política electoral que permitía el debate y la elección libre entre la elite, conservando el derecho de “intervenir” allí donde la “la arbitrariedad popular” amenazara sus planes. Para combatir la barbarie de la ignorancia construyeron literalmente cientos de escuelas públicas en las que ocuparon puestos los recién graduados de escuelas normales, que le darían a la Argentina el porcentaje de alfabetismo más alto del continente. De hecho, los que hoy critican a Sarmiento probablemente aprendieron a hacerlo en las escuelas que él fundó. Para combatir la barbarie de la raza, instituyeron políticas que con el tiempo atrajeron a millones de inmigrantes a las costas argentinas, aunque la mayoría de los recién llegados resultaron ser italianos y españoles en lugar de suizos y alemanes. Para combatir la barbarie de la pobreza expandieron la economia sembrando grandes extensiones de

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tierra con trigo y sorgo, a la vez que abrían las puertas al comercio y la inversión de tierras, principalmente de Gran Bretaña, Aunque los principales beneficiados de sus políticas económicas fueron terratenientes, comerciantes y abogados (ingleses), los obreros también alcanzaron un nivel de vida más alto que sus contrapartidas del resto de América Latina. Para combatir la barbarie de los ejércitos populistas fundaron academias militares para personalizar las fuerzas armadas. El éxito práctico de estos programas es tema de amplia discusión, cuyo tratamiento excede los limites de este estudio. Más pertinente a nuestro propósito es legado ideológico que dejaron los primeros liberales argentinos, gran parte del cual hoy parece lamentable. En primer plano está la relativa modestia del objetivo final, de la principal ficción orientadora: traer Europa a cono Sur. En lugar de crear algo bueno, de construir una Jerusalén que fuera un faro para las naciones del mundo, se limitaron a tratar de recrear Europa y Norteamérica en la Argentina, de ser un faro solo para el resto de Latinoamérica, no como una idea nueva sino como una imitación afortunada. Quizás tres siglos de colonialismo, con ojos vueltos a Europa, hicieron inevitable ese modo de pensar. Pero el resultado fue asfixiar la inventiva y recompensar la imitación y probablemente ahí esté la clave de la cualidad peculiar de reflejo que tiene mucho de la alta cultura Argentina, especialmente Buenos Aires. Aun algunos de los aspectos más originales de la cultura argentina (folklore, tango, las discretas subversiones borgeanas de las premisas literarias y cognitivas de occidente) fueron reconocidos en la Argentina sólo después de que hubiese sido apreciado en Europa. No menos dañina que la explicita recomendación de la Generación del 37 de establecer Europa en América Latina, a menudo a expensas de un sentimiento de destino nacional, es una corriente en sus escritos que podría describirse como una metáfora subterránea de malestar nacional, la idea de que el país esta enfermo que sólo puede funcionar con él las curas drásticas, ya sea la cirugía violenta de erradicar porciones de la sociedad (indios, gauchos o “subversivos”) o la inserción del tejido sano en forma de inmigrantes extranjeros. Estas idas probablemente subyacen a la predisposición en la historia moderna argentina a aceptar cambios radicales, desde la represión militar al populismo mesiánico, como hechos necesarios, incluso naturales para resolver problemas. También ha hecho de la economia argentina la más sujeta a experimentos y manipulaciones del mundo, con resultados desastrosos, cualquiera sea el viento que sople en doctrina desde Londres, Chicago o París, encuentra en la Argentina un inmediato y bien dispuesto laboratorio. Un corolario a la metáfora de la enfermedad es la metáfora de la incurabilidad. Cuando la Generación del 37 explica el fracaso en términos de la tradición española, la raza y la mezcla radical, sugieren que la enfermedad es un resultado inescapable del pasado, la tierra, la etnia. Si la enfermedad es incurable, no hay soluciones y nadie es culpable de lo que salió mal. Abundan representantes de este pensamiento entre los pensadores liberales argentinos. En 1885, por ejemplo, Eugenio Cambaceres publicó En la sangre, una novela basada en ideas de darwinismo social e inadecuación radical como explicación de los problemas argentinos. En 1889, el doctor José Maria Ramos, llamado “el padre de la psiquiatría argentina”, publico un panfleto supuestamente científico contra el carácter argentino titulado las masas argentinas: Un estudio de sicología colectiva donde postula que las clases bajas argentinas, nativas e inmigrantes se combinan para formar los guarangos, termino que abarca todo lo vulgar, chabacano e ignorante, según Ramos Mejía, inmejorable (véase Salesi, “La intuición del rumbo”, 69-71). En nuestro siglo, el adepto más importante de la metáfora de la enfermedad incurable sigue siendo el todavía influyente Ezequiel Martínez Estrada, que en 1933 publicó Radiografía de la pampa, libro que desarrolla ideas sarmientistas de fallas congénitas en la tierra, herencia cultural y la raza que predestinan a la Argentina al fracaso. La gente en las calles expresa el mismo sentimiento con la ubicua frase “Este país no tiene arreglo”. Por último, la rígida polaridad de la retórica de la Generación del 37, especialmente en las irreductibles dualidades de Sarmiento, dejaron un marco poco servicial para el debate porque impide toda media tinta o acuerdo. Los hombres del 37 describieron a su país en términos de oposiciones binarias: España contra Europa, campo contra ciudad, absolutismo español contra razón europea, razas oscuras contra razas blancas, catolicismo de la Contrarreforma contra cristianismo ilustrado, hombre del interior contra hombre del litoral, educación escolástica contra educación técnica y como slogan abarcador, Civilización contra Barbarie. Aunque no faltaron en la Generación del 37 las voces piadosas reclamando la reconciliación, su sentimiento de acuerdo productivo fue saboteado por el odio a Rosas y sus seguidores de clase baja, hecho que inevitablemente militó contra retórica inclusiva. Cuando en lado es tan correcto y el otro tan erróneo, el acuerdo y la inclusión se vuelven sinónimos de renuncia y pecado. Hasta Alberdi, el más conciliador del grupo, cae con frecuencia en una retórica que divide en lugar de sintetizar, lo que implica que las soluciones sólo pueden venir de la eliminación de una de las partes para que sobreviva la otra. Los hombres del 37 describieron la división. En sentido real, la división sigue siendo su legado más influyente y menos afortunado.

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CAPÍTULO 7 ALBERDI Y SARMIENTO: EL ABISMO QUE CRECE Mientras Rosas estuvo en el poder, los hombres del 37 se mantuvieron unidos en la causa común contra el dictador. Con su caída, esta unión en la oposición se disolvió. La manifestación más importante de la quiebra ideológica es el debate entre Sarmiento y Alberdi, debate que toca puntos de importancia fundamental en las ficciones conductoras de la Argentina. Como el debate surge de los hechos políticos del momento, en este capítulo examinaremos la caída del dictador, los primeros gobiernos que le sucedieron, y después los detalles de la polémica Alberdi-Sarmiento. En 1849, Rosas parecía mantener un control firme del poder. La Legislatura provincial de Buenos Aires acababa de reconfirmar su título de gobernador, tras otra de las rutinarias y teatrales renuncias que él presentaba; franceses e ingleses no tenían mas remedio que mostrar respeto por quien había soportado el bloqueo y mantenido el orden en un país desordenado; las conspiraciones de los exiliados unitarios no parecían poder resultar en nada; y los caudillos provinciales también parecían aplacados. Pero tres problemas internos militaban contra un feliz desenlace de la historia de Rosas. Primero, Rosas que ya tenía cincuenta y cinco años, parecía aburrido de mantener la disciplina y la intriga en que se sustentaba su poder. Segundo, la corrupción, el favoritismo y el nepotismo estaban saliéndose de cauce, aun dentro de las normas impuestas por Rosas. Y tercero, enfrentaba el perenne problema de los gobiernos personalistas: la sucesión. Sin Rosas no habría rosismo. Sus hijos no mostraban interés en la política, y como Rosas había eliminado sistemáticamente a sus allegados talentosos, para suprimir rivales potenciales, no había heredero a la vista dentro del gobierno. Siempre magistral en el despliegue de gestos, Rosas se ocupó de mantener su fachada vigorosa renovando sus reclamos sobre el Uruguay y el Paraguay. Pero estas medidas lograron poco, ya que hasta sus partidarios estaban cansados del gasto y las conscripciones forzadas de la guerra. Además de la decadencia interna del rosismo, los años 1849-1850 vieron nuevos movimientos por la autonomía en el interior, cuando algunas provincias federalistas admitieron en vos alta que el supuesto federalismo de Rosas no era más que una mascara de la hegemonía porteña. Las primeras grietas del edificio rosistas se hicieron visibles cuando Justo José de Urquiza, caudillo de la prospera Entre Ríos, sumó a su ritual apoyo a la reelección de Rosas un pedido de reorganización nacional bajo el gobierno constitucional, palabras que Rosas consideraba antitéticas a su estilo personalista. Volvía a la superficie, además, el resentimiento por el monopolio aduanero de Buenos Aires, sobre todo en el Litoral, un área potencialmente tan rica como Buenos Aires. Al mismo tiempo, las nuevas industrias derivadas de la lana habían atraído a inmigrantes vascos, gallegos e irlandeses, quienes, a diferencias de los estancieros y los peones criollos, no sintieron una lealtad automática hacia Rosas (Scobie, La lucha, 19). No obstante, el resentimiento provinciano no bastó para sacudir al dictador. El golpe adicional que se necesitaba para ello vino en octubre de 1850, cuando Brasil, cansado de la intromisión de Rosas en el Uruguay y su rechazo a permitir la libre navegación del Río Paraná, rompió con Buenos Aires y formó la alianza con el Paraguay. En Entre Ríos, Urquiza, alentado por la acción del Brasil, sorprendió a todo el mundo rechazando renovar su pacto con Rosas y entrando en acuerdos con el Brasil y el Uruguay. Poco después se rebelaba contra Rosas colaborando con el Brasil en la remoción del gobierno uruguayo, favorable a Rosas. La defección de Urquiza fue un golpe importante para Rosas. Pues no sólo el caudillo de Entre Ríos era el más poderoso y respetado de los líderes provinciales; también disponía de un gran ejército que había sido equipado por el mismo Rosas como contención de los exiliados unitarios en el Uruguay. Sabiendo que el conflicto con Rosas era inevitable, Urquiza siguió sumando tropas hasta llegar a casi 28.000 hombres, 50.000 caballos, y 45 piezas sin contar tripulación de navíos y su armamento. Sus fuerzas incluían diez mil de sus propios soldados t otros catorce mil voluntarios de otras provincias, Buenos Aires, Brasil, y la comunidad de exiliados en el Uruguay. Fue el ejército más grande reunido nunca en suelo americano. Los intelectuales unitarios, incluidos Sarmiento, corrieron a unirse a la campaña de Urquiza. Pero la alianza que formaron era incómoda, desde el punto de vista unitario, pues Urquiza había colaborado demasiado tiempo con Rosas y estaba demasiado identificado con los demás caudillos como para que pudieran confiar en él. Sarmiento en especial se llevó mal con el caudillo entrerriano. Ya irritado porque Urquiza no hubiera hecho de su Argirópolis el catecismo de la Nueva Argentina, Sarmiento quedó más desanimado cuando Urquiza lo nombró cronista oficial de la campaña, sin darla mando de tropas. Aunque sarmiento no tenía experiencia militar, creía que sus campañas periodísticas contra Rosas le daban títulos para aspirar a una mayor gloria en la lucha militar contra el dictador. Los ejércitos de Rosas y Urquiza chocaron en Caseros, cerca de Buenos Aires, el 3 de febrero de 1852. Aunque militarmente habría sido más correcto que Rosas fuera a esperar a las tropas de Urquiza lejos de la cuidad, la baja moral de sus hombres le impidió mandarlos lejos, donde no pudiera vigilarlos. Los hombres de Urquiza, con ayuda de soldados brasileños, derrotaron a las fuerzas de Rosas en menos de medio día. Temiendo por su vida, Rosas redacto una precipitada renuncia a la Legislatura, se disfrazo de gaucho y huyó a la casa del encargado de negocios inglés, capitán Robert Gore. De ahí, él y su familia fueron transferidos al HMS conflict para su viaje al exilio. Rosas se instaló en Inglaterra en una pequeña granja cerca de Southampton, donde pasó su vejez en la soledad y la

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autocompasión. Hubo rosistas, sobre todo entre las clases populares, que siguieron siéndole fiel, pero la mayoría de sus seguidores ricos, incluyendo a su primo Nicolás de Anchorena, se apresuraron a hacer las paces con los nuevos gobernantes, demostrando una vez mas que el dinero, y no los principios, era su preocupación mayor (Sebreli, Apogeo, 203-206). Irónicamente, Urquiza se volvió el principal defensor de Rosas en Argentina. No sólo trató (inútilmente) de proteger la propiedad de Rosas contra la confiscación; también le envió al exiliado dinero para su manutención (Lynch, 341-343). Urquiza también sorprendió a sus detractores mostrándose como un político sensato y pragmático, dedicado a mantener el orden mientras unificaba el país bajo una Constitución. Aunque algunos rosistas fueron ejecutados y otros fueron desterrados, Urquiza se las arregló para impedir la marea de terrorismo que podría haber cubierto al país, y envió a sus mejores soldados en ayuda de la policía porteña para impedir saqueos (Scobie, La lucha, 23). Además, sabiendo que ningún gobierno nacional podía triunfar sin la cooperación de los gobiernos provinciales y sus caudillos, se identifico con la causa de los derechos iguales para las provincias, y dio a entender que bajo su gobierno no habría purgas. En una palabra, lo que ofrecía era un federalismo real para reemplazar el simulacro porteño que había sido el rosismo. Estas concesiones no le cayeron bien a muchos unitarios, incluido Sarmiento, que quería hacer tabla rasa con todos los colaboradores de Rosas. Ya descontento porque Urquiza no hubiera querido darle un papel más importante en el nuevo gobierno, Sarmiento se indignó porque Urquiza y sus seguidores siguieran usando la insignia roja del federalismo. Con el tiempo, Sarmiento le presentó una condolida renuncia a su cargo a Urquiza, no sin reprocharle haber disipado “toda gloria que por un momento se había reunido en torno a su nombre” (OC, XIV, 59). Con su vanidad herida, se embarcó para el Brasil a fines de febrero de 1852, donde inmediatamente lanzó su campaña contra “el nuevo Rosas”. Fue también durante este exilio que tomaron forma las ambiciones presidenciales de Sarmiento. Sin el menor rastro de modestia, instruyó a su confidente y partidario Juan Posse: “Preséntame siempre como el campeón de las provincias en Buenos Aires; y como el provinciano aceptado por Buenos Aires y las provincias, único nombre argentino aceptado y estimado de todos: del gobierno de Chile, del de Brasil, con quien estoy unido en estrecha relación, del Ejército, de los federales, de los unitarios, fundador de la política de fusión de los partidos, como resulta de todos mis escritos” (citado en Bunkley, 300). De esta estrategia surgió el lema con que el mismo Sarmiento se definió: “Provinciano en Buenos Aires, porteño en las provincias”, título del libro de autopublicidad que escribió varios años después (OC, vol. XVI). Tras una corta estada en Río de Janeiro, Sarmiento partió a Santiago de Chile, desde donde seguiría luchando contra “el nuevo Rosas”. Para Urquiza, lograr algo parecido a un gobierno de orden era infinitamente más urgente que atender a la sensibilidad de Sarmiento. Para aplacar los temores porteños de que era un bárbaro provinciano dispuesto a imponer la ley gaucha sobre la culta capital, asumió el lema “Ni vencedores ni vencidos”, y proclamó una amnistía general con “confraternidad y fusión de todos los partidos” (citado en Bosch, Urquiza y su tiempo, 227). Nombró un gobierno provincial interino que fiel a su objetivo de reconciliación incluyó a Valentín Alsina, a quien el historiador James R. Scobie considera “perteneciente a la antigua escuela Rivadaviana partidaria a cualquier costo de la supremacía de Buenos Aires” (La lucha, 28). Para resolver los problemas más graves de la redacción de una Constitución nacional, Urquiza nombró un comité de dirigentes porteños, provincianos, federales y unitarios para que decidieran las condiciones de reunión de una convención constituyente, y previeran el gobierno nacional interino. De este comité surgió el Pacto de San Nicolás, del 31 de mayo de 1852, que estipuló que una convención consistente en dos representantes de cada provincia redactaría una Constitución nacional que sería ratificada posteriormente por las legislaturas provinciales, que la cuidad de Buenos Aires sería la Capital Federal de todo la Argentina, y no sólo de la provincia de Buenos Aires, que los ingresos aduaneros del puerto serían en consecuencia parte del tesoro federal y provincial, y que Urquiza tendría plenos poderes para mantener el orden hasta que pudiera establecerse un gobierno constitucional: medidas muy similares a las intentadas por Rivadavia en 1826 y recomendadas posteriormente por Sarmiento en Argilopolis (Bosch, 248-250; Mayer, Alberdi y su tiempo, 412-413). En palabras de Scobie, “el acuerdo no constituía una amenaza de dictadura, sino que era un paso necesario para asegurar el orden mientras estaba en marcha el proceso de la organización nacional”. (La lucha, 47). Pese a lo razonable del Pacto, los porteños intransigentes se negaron a aceptarlo. Los lideraba Bartolomé Mitre, un nombre nuevo en la política argentina, historiador y creador fundamental de ficciones orientadoras en la Argentina (lo que será tema del capitulo siguiente). Desde su asiento en la Legislatura provincial, y a través de su recién fundado diario Los Debates, Mitre lanzó una estentórea campaña contra el Pacto de San Nicolás, afirmando que éste le daba a Urquiza “poderes dictatoriales, irresponsables, despóticos y arbitrarios”, con los que “hemos sido despojados de nuestros tesoros” (citado en Mayer, Alberdi y su tiempo, 411-427). De hecho, Urquiza alentó el debate legislativo y la libertad de prensa. Aunque llegado un punto, exhausto por las chicanas porteñas, disolvió el congreso provincial y llamó a nuevas elecciones, en ningún momento flaqueó en su apoyo al gobierno constitucional y democrático. Aunque no podía decirse que éste fuera el comportamiento de un déspota, los ataques de Mitre se hicieron cada vez más vehementes, apelando al espíritu exclusivista porteño que siempre había resistido a compartir el poder y los ingresos aduaneros. Algunos dirigentes porteños más sensatos, como Juan María Gutiérrez y Vicente Fidel López se manifestaron caballerosamente a favor del Pacto. López, en particular, se opuso a la mayoría de los legisladores de su provincia al decir:

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Yo concibo muy bien cuánto eco deben encontrar entre nosotros los que se proponen lisonjear las pasiones provinciales, y los celos locales; peor señores, por lo mismo me levanto más alto contra ellos; y no quiero tener otro interés que la Nación… ¡Amo como el que más al pueblo de Buenos Aires, en donde he nacido! Pero alzo mi voz también para decir que mi patria es la República Argentina y no Buenos Aires (citado en Chiaramonte, Nacionalismo y Liberalismo, 122-123)
Pese a tales esfuerzos, menos de tres semanas después de la firma del Pacto, la provincia de Buenos Aires, bajo el liderazgo de Mitre, lo rechazaba. La mayoría de los porteños, cualquiera fuese su persuasión política, cerró filas tras él incluyendo a los unitarios liberales que volvían del exilio y secuaces de Rosas como Nicolás de Anchorena. El 11 de septiembre de 1852, los rebeldes porteños, bajo la dirección de Mitre y Valentín Alsina, marcharon contra Urquiza. La rebelión triunfó, al menos por el momento, no por el poder militar de los porteños, sino porque Urquiza, todavía con la esperanza de atraer a la provincia rebelde a un gobierno de unidad nacional, se negó a aplastarlo (Bosch, 267-270). La retirada voluntaria de Urquiza, sin embargo, no le impidió a Mitre editorializar con inconducente elocuencia en el diario El Nacional:

Reinstalada en el goce de su soberanía provincial y reivindicados sus derechos conculcados, la provincia de Buenos Aires se ha puesto de pie, con espada en mano, dispuesta a repeler toda agresión, a sostener todo movimiento a favor de la libertad, a combatir toda tiranía, a aceptar toda cooperación y a concurrir con todas las fuerzas del triunfo a la grande obra de la Organización Nacional. (El Nacional, 21 de septiembre de 1852, 62)

Estas frases grandilocuentes tenían poco que ver con los hechos. El “triunfo” de Buenos Aires se debía principalmente al deseo de Urquiza de evitar el derramamiento de sangre. Urquiza seguía creyendo que, dando un buen ejemplo, podía poner a los obstinados porteños de su lado. En esto se equivocaba. Con el retiro de Urquiza, Buenos Aires volvía a ser una nación aparte. El autonomista Alsina fue nombrado gobernador de la provincia y Mitre fue su ministro de Gobierno y Asuntos Externos, confirmando así la afirmación de Mitre de lo que los porteños “concurrirían con todas sus fuerzas” sólo después de que hubieran organizado la Nación en sus propios términos. Pese a la secesión de Buenos Aires, Urquiza reunió a Congreso Constituyente es Santa Fe a fines de 1852. en su discurso inaugural, Urquiza declaraba: ”Porque amo al pueblo de Buenos Aires me duelo de la ausencia de sus representantes en este recinto. Pero su ausencia no quiere representar un apartamiento para siempre, es un accidente transitorio. La geografía, la historia, los pactos, vinculan a Buenos Aires al resto de la Nación. Ni ella puede subsistir sin sus hermanas ni sus hermanas sin ella. En la bandera argentina hay espacio para más de catorce estrellas, pero no puede eclipsarse una sola” (citado en Urquiza y su tiempo, 49). La Constitución quedo completada en 1853, bajo la considerable inspiración de bases y puntos departida de Alberdi, aunque éste, todavía en Chile, no escribió una palabra del texto constitucional propiamente dicho. Ratificado por todas las provincias salvo Buenos Aires, la Constitución de inmediato se volvió la ley del país. Urquiza fue elegido el primer presidente constitucional, y la capital federal fue ubicada provisoriamente en Paraná, capital de Entre Ríos. Desde Paraná, Urquiza trato honestamente de organizar una sociedad progresista. Pasó por encima del gobierno porteño al obtener el reconocimiento oficial de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Para incrementar el comercio con en el interior y romper el monopolio del puerto de Buenos Aires, estableció aranceles diferenciales para los productos que entraran en la Confederación a través del puerto de Rosario. Inició un programa ambicioso para mejorar los transportes en el interior, fundó un sistema de escuela pública, y trató de imitar algunas de las instituciones culturales de Buenos Aires. Además de ello, envió a Alberdi a los Estados Unidos y Europa como su embajador plenipotenciario, para asegurar su apoyo exterior y conseguir los muy necesarios créditos externos. Pero la economía milito contra su programa, y el gobierno de Paraná se hundió en un endeudamiento cada vez mayor sin las rentas de la provincia más rica, no tardo en hacerse evidente que ningún gobierno podría salir adelante. Además, en la medida en que el gobierno central perdía credibilidad por falta de fondos, los caudillos provinciales se veían tentados por la campaña incesante del gobierno porteño por arrebatárselos a Urquiza (Scobie, La lucha, 63-75). En contraste, Buenos Aires se embarco en un periodo de construcción que recuerda el periodo rivadariano, con escuelas, teatros, bibliotecas, y sociedades literarias. El gobierno de Buenos Aires también nombró a Mariano Balcarce, yerno de San Martín, como embajador en Europa, donde en su campaña por la legitimación se cruzo más de una vez con Alberdi. Pero, lo mas importante, con su agricultura ya desarrollada y con el control del principal puerto del país y las rentas aduaneras, la provincia de Buenos Aires no carecía de dinero. En consecuencia, pese a los traspiés en el campo internacional, no tardo en hacerse evidente que Buenos Aires podría vivir más fácilmente sin las provincias que viceversa. Por lo demás, Buenos Aires nunca ceso en sus reclamos y conspiraciones contra el gobierno de Paraná. Como editorializaba Mitre El Nacional, pese al hecho de que 13 de las 14 provincias apoyaban a Urquiza, Buenos Aires todavía tenia “el derecho de actuar como rectora nacional” (citado en Scobie, La lucha, 126). En su constitución provincial, ratificada en 1854, Buenos Aires se arrogaba autoridad sobre el Congreso Nacional, sosteniendo que “Buenos Aires es un estado con el libre ejercicio de su soberanía interior y exterior, mientras no la delegue expresamente en un gobierno federal” (citado en Scobie, La lucha, 127). Con políticas como ésta, no es

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sorprendente que la reconciliación entre Buenos Aires y las provincias fuera posible sólo en los términos dictados por Buenos Aires. El período 1852-1854 fue, entonces, de una importancia decisiva en la historia Argentina. Vio la derrota de Rosas, la ascensión de Urquiza a la preeminencia, el pacto de San Nicolás, la secesión de Buenos Aires de la República, la convención constitucional de Urquiza con las otras trece provincias, y el establecimiento de dos gobiernos nacionales, uno en Paraná y otro en Buenos Aires, ambos con reclamos sobre el resto del País. También fue un año importante en la evolución intelectual Argentina. En Chile, Sarmiento y Alberdi se entrenzaron en un debate público sobre temas de importancia trascendental en el concepto de la Nación, mientras en Buenos Aires Mitre se afirmaba como el principal polemista y pensador político. En el resto de este capítulo examinaremos el debate Alberdi – Sarmiento; en el siguiente hablaremos de Mitre y la invención de la historia Argentina. El conflicto Alberdi – Sarmiento se inició a mediados de 1852, poco después de que Sarmiento volviera a Chile, donde Alberdi había permanecido durante la campaña de Urquiza contra Rosas. Conociendo la influencia de Alberdi, Sarmiento sintió el deber de mantener al taciturno pensador tucumano lejos del gobierno de Urquiza. Aunque Alberdi combatió junto a otros miembros de la Generación del 37 contra Rosas, los unitarios puristas siempre habían sospechado de él por verlo blando con los caudillos. Muchos recordaban el famoso Fragmento escrito en 1837, estudiando aquí en el capítulo 5, en el que afirmaba que Rosas estaba destinado a jugar un papel histórico en el desarrollo de una Argentina orgánica, ya que el director con todos sus defectos representaba una transición necesaria entre nación informe y primitiva y una moderna república democrática. De vuelta en 1847, en un famoso panfleto titulado La República Argentina 37 años después de su Revolución de Mayo, Alberdi decía que Rosas y los caudillos eran factores que no debían ser excluidos de la ecuación argentina (OC, III, 229-242). Al parecer a Rosas le había agradado tanto este panfleto que había invitado a Alberdi a volver a la Argentina y trabajar con el régimen, invitación que Alberdi declinó (Lynch, 307). Aun así, aunque lo sospechaba de simpatía por el caudillismo, Sarmiento consideró crucial ganar el apoyo de Alberdi para los porteños. Alberdi y Sarmiento nunca se habían llevado bien, pero antes del conflicto Urquiza – Mitre sus desacuerdos habían sido más académicos que prácticos. Esta vez, en cambio, hubo cuestiones políticas reales de por medio. La más seria era la existencia de un gobierno secesionista en Buenos Aires que necesitaba legitimación ideológica. Para convencer a Alberdi, Sarmiento trató al principio de atraerlo, elogiando a su introvertido contemporáneo por el libro recién publicado, Bases, al que llamó “el Decálogo argentino”; Alberdi respondió enviando ejemplares de su libro al Congreso Constituyente de Urquiza. Con Sarmiento en una finca en Yungay y Alberdi en Valparaíso, se inició un intercambio de correspondencia. Sarmiento trató de volver a Alberdi contra Urquiza, mientras que Alberdi recomendaba espíritu práctico y paciencia, con la esperanza de mantener atemperado el famoso carácter de Sarmiento. La ruptura abierta comenzó el 16 de agosto de 1852, cuando Alberdi y varios amigos favorables a Urquiza formaron El Club Constitucional de Valparaíso, un grupo de discusión de argentinos exiliados que usó la organización para oficializar su apoyo a Urquiza. Sabiendo la hostilidad de Sarmiento hacia Urquiza, para no mencionar modales polémicos, el club resolvió no invitarlo a participar (Mayer, Alberdi y su tiempo, 433-437). La noticia de la formación de el club de Alberdi y la revuelta de Mitre contra Urquiza el 11 de septiembre le llegaron a Sarmiento casi al mismo tiempo. Furioso con Alberdi, Sarmiento no tardó en organizar su propio club, el Club de Santiago, para apoyar a Buenos Aires y a los antiurquicistas. Sus miembros eran en su mayoría viejo exiliados porteños demasiados débiles para volver a Buenos Aires. En una carta fechada el 14 de noviembre de 1852 a Félix Frías, Alberdi se refirió al club de Sarmiento como una organización de “momias respetables” (citado en Mayer, Alberdi y su tiempo, 439). Ciego de furia, Sarmiento redactó de prisa tres panfletos: una carta abierta a Urquiza llamada “Carta de Yungay”, el 1° de octubre de 1852; un largo artículo periodístico evaluando el Pacto de San Nicolás, fechado el 26 de octubre; y un folleto exaltando la contribución de los nativos de San Juan (provincia natal de Sarmiento) a la construcción de la Argentina. Aunque se publicaron en periódicos chilenos, los panfletos estaban dirigidos a un lector en particular; Juan Bautista Alberdi. La “Carta de Yungay” despliega lo peor del Sarmiento más irritable e insultante. Para sugerir que Urquiza no es más que un caudillo localista, y no un líder nacional, Sarmiento dirige la misiva al “General de Entre Ríos”, a continuación de lo cual transcribe una cita de Facundo con la que Sarmiento solía defenderse cuando se lo acusaba de intolerancia: “Entre los mazorqueros mismos hay, bajo las exterioridades del crimen, virtudes que un día deberían premiarse”. Habiéndole asegurado de este modo a Urquiza que podía tener algunas cualidades redimibles, Sarmiento niega cualquier intento de conciliación preguntando: “¿Cómo disimularse que su vida pública anterior requerirá la indulgencia de la historia?” (OC, XV, 23). Sarmiento al parecer considera conciliatorio ese estilo. Lo que sigue es una falsa acusación tras otra. Acusa a Urquiza de haber formado el gobierno con “la servidumbre domestica” (24), pese a los intentos de Urquiza de incluir unitarios, federales y representantes de todas las provincias, hasta Buenos Aires, en la convención constitucional. Lo critica por no escuchar los consejos de “publicistas patriotas” que podrían haberlo ayudado a evitar el error (25). En especial, le dice que debería haber escuchado al autor de Argirópolis, que no era otro que Sarmiento mismo (47-49). Concluye llamando a Urquiza “un hombre perdido, sin rehabilitación posible”, y le asegura que su único motivo para escribir la “Carta de Yungay” es “decir la verdad por entero, sin cortapisas, la verdad como se dice cuando tenemos a Dios por testigo en el cielo”. Un motivo más probable aparece

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en la Argentina “me han hecho el gravísimo mal de forzarme a renunciar a mi porvenir”, a lo que sigue la amenaza de adoptar definitivamente la ciudadanía chilena en caso de que Urquiza no le hiciera caso (51-52). Seguramente Urquiza habría visto con alivio el cumplimiento de esta amenaza. Los otros dos panfletos, Convención de San Nicolás de los Arroyos y San Juan, sus hombres y acciones en la regeneración argentina, no agregan nada nuevo a la “Carta de Yungay”. El primero se limita a repetir la posición porteña de que la provincia más populosa debería tener una cantidad proporcional de representantes, lo que le habría dado a Bueno Aires el control absoluto de la convención. El segundo ataca a la convención constituyente de Santa Fe por varios motivos, el principal que los mejores hombres de la Argentina, de los cuales Sarmiento se consideraba uno, no era parte de ella. El intento más directo de Sarmiento de comprometer a Alberdi en un debate, y su ataque más virulento contra Urquiza, es un libro titulado Campaña en el Ejército Grande de Sud América, publicado en varias versiones a fines de 1852. Escrito de apuro, la Campaña es ostensiblemente una historia de la campaña de Urquiza contra Rosas. Pero de hecho es una confusa narración tomada de tres fuentes principales. La primera son los boletines oficiales de guerra que Sarmiento publicaba para su distribución entre los soldados cuando viajaba con el ejército. La segunda fuente son sus cartas y diarios personales en que registraban sis desacuerdos privados con Urquiza, a menudo en clara contradicción con los elogiosos boletines que estaba publicando oficialmente. Y por último el libro incluye material nuevo agregado en Chile, consistente en su mayoría en inflexibles ataques contra Urquiza. Con característica tenacidad, Sarmiento le dedica el libro a Alberdi, con la sugerencia de que los soldados de sillón (como Alberdi) deberían respetar la opinión de gente más informada (como Sarmiento) quien realmente participó en la campaña (OC, XVI, 78-81). Aunque en la superficie el libro es una historia del triunfo de Urquiza sobre Rosas, en realidad es un furibundo ataque al caudillo entrerriano, motivado sobre todo por el resentimiento de Sarmiento al verse excluido del poder. Estos mismo se hacen claros en el último capitulo, cuando escribe que “he querido con (esta) narración mostrar el origen de las ideas que en diversos escritos he emitido contra la utilidad, justicia y necesidad de levantar de nuevo al general Urquiza. He querido, sobre todo, disipar las perversas preocupaciones que hombres mal informados, por favorecer a Urquiza, amontonan contra Buenos Aires…” (353). Para realizar estos fines, Sarmiento presenta a Urquiza como “hombre dotado de cualidades ningunas, ni buenas ni malas, sin elevación moral como sin bajeza… [sin] ningún signo de astucia, de energía, de sutileza” (125). Más adelante es retratado como “un pobre paisano sin educación” cuyo gran ejército es poco más que un “levantamiento en masa de paisanos” (221). Una y otra vez se refiere a los gauchos que componen el ejército de Urquiza como “gente de chiripá y mugrienta, que no tenía ni listas de sus cuerpos, ni podía hablar dos palabras en orden” (221). Cuando no está atacando a Urquiza y ridiculizando a sus seguidores, Sarmiento no pierde oportunidad de elogiarse a sí mismo y magnificar su contribución a la caída de Rosas. De hecho, la auto exaltación de Sarmiento termina haciendo autobiográfico al libro. El siguiente pasaje es representativo:

Por lo que a mi respecta, pues ya sabía quien yo era, traje a la memoria, al volver de mi trascuerdo, que, dejando atrás familia y cuidados de fortuna, en busca de una patria libre y culta, por quince años de destierro suspirada, había costeado el Atlántico y el Pacífico, remontando el majestuoso Uruguay y el fecundizante Paraná; atravesado las provincias argentinas Entre Ríos y Santa Fe; visitando y combatiendo, soportado rudas fatigas y gozando de emociones profundas; pensando, escribiendo y viviendo de la vida febril del entusiasmo de la lucha (OC, XVI, 63-64).
Según el propio Sarmiento, su gloria como escritor rivalizaba con la de Urquiza. “Es natural que yo, como escritor muy conocido, muy odiado y perseguido por Rosas”, observa, y no de payasada, “debía ser un objeto de curiosidad, por lo menos en Buenos Aires… y no era raro que se reuniese en torno mío un grupo igual de gentes que las que rodeaban al general” (247). En cierto momento Urquiza se irritó tanto con las bravuconadas de Sarmiento que le escribió un breve recordatorio diciéndole que “las prensas han estado agitando en Chile y otros lugares durante muchos años, y hasta ahora Juan Manuel de Rosas no se ha asustado” (citado en Bunkley, 339). Especialmente revelador del entusiasmo de Sarmiento por sí mismo es su relato de la única entrevista de cierta extensión que se encontró que tuvo con Urquiza durante la campaña. Admite él mismo que se encontró con Urquiza sólo en tres ocasiones, hecho que no concuerda demasiado con su pretensión de conocer bien al caudillo entrerriano. De este encuentro en especial escribe Sarmiento: “Entré a detallar lo que era el objeto práctico de mi venida, a saber: instruirle del estado de las provincias a opinión de los pueblos; la capacidad y los elementos de los gobernadores; los trabajos emprendidos desde Chile, y cuanto podía interesar a la cuestión del momento” (126). ¿Y de dónde venía este conocimiento de las provincias, al pueblo (tan ridiculizado por Sarmiento como ignorante y sucio), los gobernadores y todo lo relativo a las cuestiones del momento? Ciertamente no del contacto personal con la Argentina, ya que Sarmiento acababa de volver de su exilio de diez años, parte del cual había pasado en Europa, África y los Estados Unidos. Comprensiblemente a la defensiva, Urquiza trató de mostrar que no era un pelele de cabeza hueca esperando ser “instruido” por un sujeto de aire extraño al que apenas conocía. Después de todo, Urquiza gobernaba con buenos resultados la provincia más próspera de la Argentina después de Buenos Aires, mandaba el ejército más grande de la historia sudamericana, encabezaba una coalición de caudillos provinciales, confiaba en derrocar a Rosas (en el momento de esta entrevista), y era notablemente culto respecto de un hombre

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que, como Sarmiento, había tenido poca educación formal. “Lo que más me sorprendió en general”, continua Sarmiento, “es que pasaba aquella simple narración de hechos con que me introduje, nunca manifestó deseo de oír mi opinión sobre nada, y cuando con una modestia que no tengo, con una indiferencia afectada, con circunloquios que jamás he usado hablando con Cobden, Thiers, Guizot, Montt o el Emperador de Brasil, quería emitir una idea, de atajaba a media palabra” (127). En este punto es probable que Sarmiento haya extrañado a Rosas: al menos el dictador lo había tomado en serio. Dado el escaso contacto de Sarmiento con los líderes de la campaña, su punto principal de crítica son las apariencias externas. Y, predeciblemente, su objeción primordial a Urquiza es que no hace las cosas como las hacen los europeos. No organiza su ejército de acuerdo a los textos militares franceses (228). No monta y saluda como un inglés durante su entrada triunfal en Buenos Aires (267). Y lo peor de todo, no sabe cómo vestir. No solo Urquiza no usaba uniforme a la europea (247-248); sino que permitía que sus soldados usaran poncho t chiripá, como gauchos, mientras marchaban bajo la roja bandera de la Federación, no la celeste de lo unitarios (268-273). La insistencia de Urquiza en usas la insignia roja de la Federación se debió probablemente a un deseo de conservar el apoyo de los gobernadores provinciales, quienes, aunque cansados de Rosas, temían comprensiblemente a los unitarios porteños, en especial a los que volvían del exilio. De todos modos, la atención desproporcionada que le dan tanto Sarmiento como Urquiza a la cuestión parece un poco pueril. Sarmiento, por supuesto, se describe como el ejemplo de cultura, llamado a imponer normas europeas de gusto exquisito. De modo que se fundó en un uniforme europeo recién hecho, que debe haber lucido extraño en las polvorientas pampas en pleno verano, y en una tienda militar hacía gala de “un epicureísmo refinado” (214). Y para divertirse le gustaba decirle a los gauchos, hombres que vivían de a caballo desde su primera infancia, que los ingleses y franceses eran mejores jinetes (227). Poco confiable como historia, difamatorio en su tratamiento de Urquiza e inconexo como narración, la Campaña muestra los peores aspectos de la compleja personalidad de Sarmiento. Su ambición, su desvergonzada autopromoción, su don para el epíteto y el insulto, su desdén por las clases populares y su fascinación con Europa y los Estados Unidos, su tratamiento creativo de los hechos, su incapacidad de reconocer un talento ajeno… Todo invita a un juicio duro sobre su autor, que en otros contextos fue un hombre de lo más admirable. Y aun así, la Campaña sigue siendo un libro para disfrutar. Aun cuando difama a todo el resto del mundo en el trabajo de elogiarse a sí mismo, Sarmiento sigue siendo un estilista soberbio cuyo sentido narrativo y reflexiones ocasionales lo hacen digno de ser leído. El libro además provocó otra respuesta: llevó a Alberdi a un debate que devolvería a la vida ciertas ficciones orientadoras argentinas que habían estado dormidas desde los tiempos de Artigas e Hidalgo. Además, el debate obligó a Alberdi a reevaluar algunos de los supuestos de sus Bases y abrazar posiciones que definirían su pensamiento por el resto de su vida. La respuesta más conocida a la Campaña salió en forma de cuatro extensas cartas abiertas escritas en enero y febrero de 1853, dirigidas a Sarmiento. Tituladas “Cartas sobre la prensa y la política militante de la República Argentina”, son más conocidas como Cartas quillotanas, por haber sido escritas a una casa donde momentáneamente vivía Alberdi en Quillota, Chile. Las Cartas quillotanas marcan un hito significativo en el pensamiento de Alberdi, que aquí se aleja del elitismo de la Generación del 37 y se acerca a posiciones de cuño nacionalistas, provincianistas y hasta se podría decir, populista. De modo que es posible ver las Cartas como un regreso a intereses que Alberdi enunció ya en el Fragmento de 1837, donde había mostrado una visión mucho más pragmática de Rosas. Las Cartas también pueden verse como una continuación del sentimiento provinciano e inclusivo que encontramos en los decretos de Artigas o en la poesía gauchesca de Hidalgo. En suma, aunque Alberdi era demasiado cosmopolita para abrazar el populismo fácil de Saavedra, Artigas e Hidalgo, en las Cartas vuelve a conectarse con una tradición nacionalista, populista, que había estado presente en el Río de la Plata al menos desde que Saavedra organizo la Junta Grande en 1810. Además, el Alberdi de las Cartas es mucho más típico de posiciones que apoyó durante toda su vida. Lo que significa que el libro más conocido de Alberdi, las Bases, es, tal vez, el menos representativo suyo. En las Cartas, Alberdi identifica un enemigo nuevo: el liberalismo argentino tal como se refleja en los viejos unitarios y en el grupo porteño de Mitre. “Yo soy conservador aquí [en Chile] y conservador allá [en la Argentina]… allá en acción, aquí por simpatía” (OC, IV, 79-80). Lo que quiere decir con este término “conservador” queda claro en pasajes subsiguientes donde reprocha la preferencia de los liberales para el cambio rápido y su intolerancia con las cosas tradicionalmente argentinas. En particular critica la retórica inflamada de Sarmiento y Mitre; no porque esté en desacuerdo con sus principios confesos, sino porque usan esos principios para enmascarar la ambición personal. En una prosa fría y lúcida, tan distinta de los incendiarios párrafos de Sarmiento, Alberdi encuentra en el liberalismo argentino dos fuerzas desestabilizadoras: “la prensa de combate y el silencio de guerra, son armas que el partido liberal usó en 1827; y su resultado fue la elevación de Rosas y su despotismo de veinte años” (IV, 12). La referencia, por supuesto, apunta a los rivadavianos que mediante el periodismo desestabilizaron el gobierno de Dorrego, abriéndole camino a Rosas para imponer el orden de la dictadura. Más adelante Alberdi señala que las guerras liberales fueron en realidad “guerras de exterminio contra el modo de ser de nuestras poblaciones pastoras y sus representantes naturales (los caudillos)” (IV, 12). Aquí, en una prosa donde resuena el populismo de Artigas e Hidalgo casi cuatro décadas atrás, Alberdi no sólo sugiere que los gauchos y su modo de ser con una parte

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Se hizo un crimen en otro tiempo a Rosas de que postergase la organización para después de acabar con los unitarios; ahora sus enemigos imitan su ejemplo, postergando el arreglo constitucional del país hasta la conclusión de los caudillos… Se debe establecer como teorema: toda postergación de la Constitución en un crimen de lesa patria; una traición a la República. Con caudillos, con unitarios, con federales y con cuanto contiene y forma la desgraciada República, se debe proceder a su organización, sin excluir ni aun a los malos, porque también forman parte de la familia. Si establecéis la exclusión de ellos, la establecéis para todos, incluso para vosotros. Toda exclusión es división y anarquía. ¿Diréis que con los malos es imposible tener libertad perfecta? Pues sabed que no hay país tal cual es y no tal cual no es. Si porque es incapaz de orden constitucional una parte de nuestro país, queremos anonadarla, mañana diréis que es mejor anonadarla toda y traer en su lugar poblaciones de fuera acostumbradas a vivir en orden y libertad. Tal principio os llevará por la lógica a suprimir toda la Nación Argentina hispano colonial, incapaz de república, y a suplantarla de un golpe por una Nación Argentina anglo-republicana, la única que estará exenta de caudillaje… Pero si queréis constituir esa patria que tenéis, y no otra, tenéis que dar principio por la libertad imperfecta… El día que creáis licito destruir, suprimir al gaucho porque no piensa como vos, escribís vuestra propia sentencia de exterminio y renováis el sistema de Rosas. (OC, Cartas, 16-17).

necesaria de la identidad argentina, sino también que “sus representantes naturales” deberían de tener algún papel en el emergente sistema constitucional. Estas ideas alcanzarían su plena madurez en los ensayos escritos durante la década de 1860, algunos de los cuales aparecen en Grandes y pequeños hombres del Plata, una útil colección póstuma de trabajos de Alberdi, publicada en 1912. En estos ensayos tardíos, Alberdi afirma que el caudillo representa “la voluntad de la multitud popular, la elección del pueblo”. En sus palabras el caudillismo es “una democracia mal organizada” , y por ello mejor que la antipopular “democracia inteligente” que hace lugar sólo para la minoría porteña europeizada (Grandes y pequeños, 197 -198). En su tardía apreciación de los gauchos y sus caudillos, Alberdi señala un alejamiento notable de la condena racista a los nativos mestizos y el subsiguiente reclamo de inmigración, tal como se veía en las Bases. Su aceptación del caudillo ayuda a explicar su apoyo a Urquiza, que era a la vez gaucho astuto y un caudillo. La vindicación del gaucho y su caudillo por Alberdi también extiende a cuestiones prácticas de política. Condena la altivez exclusivista de los unitarios, afirmando que su interés por la pureza ideológica y perfección étnica sólo posponía la organización política del país:

Este notable pasaje es mucho más que un llamado al pluralismo. Al reconocer que la Argentina es diferente por esencia de los modelos extranjeros que europeizantes como Sarmiento trataban de imponerle, Alberdi afirma que la población peculiar de la Argentina (los gauchos), su gobierno (los caudillos) y su herencia (la España colonial y el rosismo) eran los únicos puntos de partida posibles para construir el país. Estos argumentos rechazaban explícitamente el europeísmo fácil y exclusivista de los morenistas, los rivadarianos y Sarmiento, quienes, en las palabras de Alberdi, “predicaban el europeísmo y hacen de él una arma de guerra contra los caudillos” y las masas que éstos representan (OC, IV, 21). En este punto Alberdi se acerca más a Artigas e Hidalgo que a los maestros rivadarianos con los que estudió de joven. Su posición en las Cartas también difiere claramente de la de los pensadores del Salón Literario, incluyendo el mismo Alberdi joven, quien mediante la inmigración quería traer “pedazos vivos” de culturas extranjeras para reemplazar la población local y eliminar así la base popular del caudillismo. En términos prácticos, los argumentos de Alberdi representan un apoyo al caudillo ilustrado Urquiza, una colaboración con los gobernadores provinciales, muchos de ellos caudillos, y el respeto a las tradiciones hispánicas de las clases populares. Además, al defender al gaucho, al caudillo y a la tradición española, Alberdi anticipa el sentimiento populista que una y otra vez vuelve a la superficie en la historia argentina. La reevaluación que hace Alberdi de los gauchos y los caudillos, sin embargo, no desplaza su propósito confeso en las Cartas, cual es explorar el lugar del periodismo en la política argentina. Repetidamente Alberdi acusa a Sarmiento y Mitre de ser “caudillos de la prensa”, quienes, como los gauchos que critican, gozan con la “indisciplina, la visa de guerra, de contradicción y de aventuras” (IV, 21). El suyo es un periodismo que “subleva las poblaciones argentinas contra su autoridad de ayer, haciéndoles creer que es posible acabar en un día con esa entidad indefinible [la autoridad del caudillo] y pretende que con sólo destruir a este o aquel jefe es posible realizar la república representativa desde el día de su caída, es una prensa de mentira, de ignorancia, de mala fe: prensa de vandalaje y de desquicio, a pesar de sus colores y sus nombres de civilización. (IV, 17-18). La insistencia de Alberdi en una prensa responsable podía leerse como un llamado a la censura. La censura, sin embargo, no es lo que tenía en mente. Antes bien, estaba atacando al periodismo de Sarmiento y Mitre como una actividad no menos políticamente motivada que una guerra civil, un golpe de Estado o una rebelión de caudillos. Es un lugar común de nuestra época decir que todos los escritores llevan a sus textos preconceptos culturales y políticos heredados, muchas veces inconscientes. Los críticos freudianos se dedican a psicoanalizar escritores, lectores y públicos, así como los comentaristas marxistas invariablemente encuentran supuestos políticos y clasistas en textos al parecer apolíticos. En el caso de Sarmiento y Mitre, sin embargo, Alberdi no necesitó teorías freudianas o marxistas para identificarlos como políticos que también escribían. Ambos tenían ambiciones confesadas, y estaban hasta el cuello en la intriga política. Para ambos, escribir era una estrategia consistente de auto promoción que incluía no sólo la publicación de artículos y libros sino también la fundación y dirección de

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periódicos. De la obra autobiográfica Recuerdos de provincias, se Sarmiento, por ejemplo, observa Alberdi que “su biografía de Ud. no es un simple trabajo de vanidad, sino el medio muy usado y muy conocido en política de formar la candidatura de su nombre para ocupar una altura, cuyo anhelo, legítimo por otra parte, le hace agitador incansable” (IV, 71). En algún sentido, entonces, los mayores logros de Sarmiento y Mitre están en la distinción efectiva de sus motivos en textos que pretendían ser históricos, periodísticos, objetivos y desinteresados. Alberdi de ningún modo se propone censurar a sus rivales; sólo quiere hacer ver las ambiciones políticas detrás de su periodismo. Para afirmar esta acusación de escritura personalista, Alberdi señala que la Campaña es “una historia sin documentos”, que se espera que el lector crea sólo en base al testimonio de Sarmiento (IV, 41). Esta crítica puede extenderse a la mayoría de las obras “historicas” de Sarminto. Para escribir Facundo, por ejemplo, Sarmiento contaba con algunos informantes como Antonio Alverstain y Amaranto Ocampo, pero cuando se cansaba de esperar otros documentos que había pedido a amigos que vivían en la Argentina, escribía sobre la sola base de la observación personal, el rumor y el prejuicio. Facundo también incluye frecuentes referencuas a pensadores extranjeros, pero esas referencuias no son más que exhibición de algún nombre; lo importante no es lo que los autores extranjeros contribuyan a los argumentos de Sarmiento, sino que el lector sepa que Sarmiento es un hombre cuyos argumentos no deben discutirse. Los envenenados dardos de Alberdi en las Cartas quillotanas dieron en el blanco. Sarmiento respondió en una serie de cartas abiertas después reunidas en un libro titulado Las ciento y una. La invectiva de estas cartas sólo queda a la par de su vacuidad intelectual. Furioso más allá de la capacidad de pensar, Sarmiento sólo puede insultar... es cierto que lo hace extraordinariamente bien. Las Cartas quillotanas, en su repertorio de epítetos, se vuelve ”una olla podrida... condimentados sus trozos con la vistosa salsa de su dialéctica saturada de arsénico” (Sarmiento, OC, XV, 134). Alberdi es calificado variadamente de “compositor de minuets y melodías para piano... tonto inbécil que ni siquiera sabe medirse en las mentiras, que no sospecha que causa náuseas” (XV, 147I). Más adelante se lamenta: “¡ Y no ha habido en Valparaíso un hombre de los que pertenecen a la multitud de frac que le saque los calzones a ese raquítico, jorobado de la civilización y le ponga polleras; pues el chiripá, que es lo que lucha con el frac, le sentaría mal a ese entecado que no sabe montar a caballo; abate por sus modales; saltimbanqui por sus pases magnéticos; mujer por la voz, conejo por el miedo; eunuco por sus aspiraciones políticas” (XV, 181). Hay pocas pruebas de que Las ciento y una fuera ampliamente leída, hecho que probablemente contribuyó a la depresión e impotencias que sintió Sarmiento antes de que la discusión concluyera. Como le escribió a Mitre en una carta fechada el 19 de octubre de 1853: “ Vivo solo, como un presidiario al que guardan Alberdi y su club; gimo bajo lu látigo. Son los poderosos de la tierra” (Bunkley, 310). Después de dos intentos fallidos de volver a la Argentina e intervenir en la política de un nativa San Juan, Sarmiento al fin respondió a la invitación de Mitre y tomó residencia en Buenos Aires en mayo de 1855. Allí renovó amistad con los caudillos porteños Valentín Alsina y Mitre. A las dos semanas de su regreso fue nombrado asesor del gobernador provincial Pastor Obligado, y al cabo de un año era nombrado jefe del Departamento de Escuelas de la provincia. Dos semanas después, Mitre, que acababa de ser nombrado ministro de Guerra, le pedía a Sarmiento que dirigiese el diario El Nacional, sucesor de Los Debates. Aunque Sarmiento seguía insistiendo en que era “un provinciano en Buenos Aires y un porteño en las provincias”, para entonces sus simpatías se inclinaban claramente hacia Buenos Aires. Menos claras son sus razones para no haber vuelto antes a Buenos Aires; se ha sugerido que, pese a su odio por Urquiza, Sarmiento en algún nivel también cuestionaba la legitimidad del gobierno porteño. Mientras tanto, Alberdi se volviá embajador plenipotenciario del gobierno de Urquiza, primero antes los Estados Unidos y después en Europa. Por causa de los hechos expuestos en capítulos posteriores, Alberdi no volvería a la Argentina hasta 1878. Pese a este misterioso exilio autoimpuesto, la Argentina siguió siendo su pasión, y siguió jugando un papel importante en las letras argentinas hasta su muerte.

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Nueva Historia de la Nación Argentina
Tomo 4 La configuración de la república independiente (1810-1914)

Academia Nacional de la Historia

Ed. Planeta Este material se utiliza con fines exclusivamente didácticos

ÍNDICE
TERCERA PARTE LA CONFIGURACIÓN DE LA REPÚBLICA INDEPENDIENTE 1810-c.1914 .................... 11 INTRODUCCIÓN................................................................................................................................. 13 Miguel Ángel De Marco Transformaciones sociales..................................................................................................................... 14 La dimensión política ............................................................................................................................ 17 La dimensión religiosa .......................................................................................................................... 26 El orden jurídico .................................................................................................................................... 28 La economía .......................................................................................................................................... 29 Vida cotidiana, pública y privada .......................................................................................................... 35 La educación.......................................................................................................................................... 36 La cultura y sus ámbitos ........................................................................................................................ 38 I. POBLACIÓN Y SOCIEDAD ......................................................................................................... 43 1. LA POBLACIÓN. DESARROLLO Y CARACTERÍSTICAS DEMOGRÁFICAS........................ 45 Dora E. Celton Crecimiento de la población .................................................................................................................. 46 Crecimiento regional ............................................................................................................................. 47 Distribución de la población.................................................................................................................. 50 Estructura y composición de la población............................................................................................. 61 Composición étnica ............................................................................................................................... 64 Actividad económica de la población.................................................................................................... 65 Fecundidad ............................................................................................................................................ 68 Mortalidad ............................................................................................................................................. 70 Orientación bibliográfica....................................................................................................................... 74 2. LA INMIGRACIÓN ....................................................................................................................... 77 Fernando J. Devoto Las migraciones tempranas ......................................................................................................... 80 Imágenes, políticas y flujos migratorios de Caseros a la Ley de 1876........................................ 85 Las condiciones para la migración de masas............................................................................... 89 Expansión, crisis y debate: la década de 1880 ............................................................................ 94 La inmigración en el tránsito entre dos siglos............................................................................. 96 Movilidad, integración e identidad.............................................................................................. 98 Orientación bibliográfica........................................................................................................... 104 3. LA SOCIEDAD ENTRE 1810 y 1870.......................................................................................... 109 Silvia C. Mallo Estructura, cambios y permanencias ................................................................................................... 109 El espacio y los hombres ..................................................................................................................... 111 El tiempo y los hechos......................................................................................................................... 112 La identidad y la experiencia heredada ............................................................................................... 113 Rasgos y permanencias: en torno a los comportamientos de la sociedad............................................ 114 Modificaciones formales y cambios profundos................................................................................... 115 Diferencias regionales e independencia .............................................................................................. 120 Nuevas responsabilidades y una renovada identidad........................................................................... 124
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Proyectando el porvenir....................................................................................................................... 129 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 130 4. LA SOCIEDAD ENTRE 1870 Y 1914......................................................................................... 133 Eduardo A. Zimmermann Inmigración, crecimiento demográfico y urbanización ....................................................................... 134 Los cambios en la estructura social ..................................................................................................... 140 Consumo, estilos de vida y clases ....................................................................................................... 146 La construcción cultural de la estructura social argentina................................................................... 152 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 155 5. LA SOCIEDAD INDÍGENA ........................................................................................................ 161 Eduardo A. Crivelli La región chaqueña austral .................................................................................................................. 161 Las pampas .......................................................................................................................................... 167 Patagonia ............................................................................................................................................. 175 Los nómades de Tierra del Fuego........................................................................................................ 178 La actitud de los grupos indígenas móviles ante la expansión de la sociedad nacional ...................... 181 Pérdida de identidad de las comunidades ............................................................................................ 184 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 185 6. LA CIUDAD Y SUS TRANSFORMACIONES.......................................................................... 189 Ramón Gutiérrez y Alberto Nicolini La ciudad argentina en la primera fase del siglo XIX ......................................................................... 189 El proceso de urbanización de la Confederación Argentina................................................................ 191 Las transformaciones internas de las ciudades .................................................................................... 193 Las nuevas tipologías urbanas ............................................................................................................. 197 Los elementos de la estructura urbana................................................................................................. 200 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 215 II. LA DIMENSIÓN POLÍTICA (acontecimientos, ideas e instituciones) .............................................................................................. 219 7. LA CRISIS DE LA MONARQUÍA ESPAÑOLA Y SU MARCO INTERNACIONAL......... 221 Eduardo Martiré Un colonialismo agotado ..................................................................................................................... 221 El gobierno español ante la revolución francesa ................................................................................. 223 España y América ante la ocupación napoleónica............................................................................... 233 Las Cortes de Cádiz y América ........................................................................................................... 242 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 245 8. LA REVOLUCIÓN RIOPLATENSE Y SU CONTEXTO AMERICANO ............................. 249 Tulio Halperin Donghi Buenos Aires, como centro administrativo y militar del Imperio. El Virreinato, jalón de la expansión agroexportadora del s. XIX. Elites locales y clientelismo peninsular. El impacto de las reformas borbónicas. Aparato burocrático y redes mercantiles. El ocaso imperial. El nuevo contexto internacional. El discurso revolucionario de Mayo. Legado ideológico del Antiguo Régimen. Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 268

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9. LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA ................................................................................. 271 José Teófilo Goyret La proyección y defensa de la Revolución .......................................................................................... 271 La primera expedición auxiliar al Alto Perú ....................................................................................... 279 La expedición al Paraguay................................................................................................................... 284 Las operaciones en Entre Ríos y la Banda Oriental ............................................................................ 288 Las operaciones navales ...................................................................................................................... 295 Las operaciones en las provincias del norte: 1812-1813 ..................................................................... 297 Las operaciones en las provincias del norte: 1814-1815 ..................................................................... 303 El Ejército Auxiliar del Norte: espera y ocaso (1816-1820) ............................................................... 307 Las guerrillas en el norte ..................................................................................................................... 309 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 311 10. LAS CAMPAÑAS LIBERTADORAS DE SAN MARTÍN ..................................................... 315 José Teófilo Goyret San Martín y la estrategia .................................................................................................................... 315 La campaña de los Andes .................................................................................................................... 316 Las campañas del sur de Chile ............................................................................................................ 327 Antecedentes de la campaña del Perú.................................................................................................. 332 La campaña libertadora del Perú ......................................................................................................... 335 La finalización de la guerra de la independencia................................................................................. 344 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 346 11. DESACUERDOS Y ENFRENTAMIENTOS POLÍTICOS (1810-1828) ............................... 349 Carlos S. A. Segreti Los principios básicos ......................................................................................................................... 349 La indefinición..................................................................................................................................... 363 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 376 12. LA HEGEMONÍA DE ROSAS. ORDEN Y ENFRENTAMIENTOS POLÍTICOS (1829-1852).................................................................................................................. 379 Carlos S. A. Segreti, Ana Inés Ferreyra y Beatriz Moreyra Las ligas Interior y Litoral................................................................................................................... 379 Hacia la hegemonía de Rosas .............................................................................................................. 400 Consolidación y crisis de un poder...................................................................................................... 405 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 422 13. LA ORGANIZACIÓN CONSTITUCIONAL.. LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA Y EL ESTADO DE BUENOS AIRES (1852-1861) ........................................................................ 427 Beatriz Bosch El imperativo constitucional................................................................................................................ 427 La campaña por la organización nacional ........................................................................................... 429 El Acuerdo de San Nicolás.................................................................................................................. 430 La rebelión porteña.............................................................................................................................. 432 El congreso constituyente de Santa Fe ................................................................................................ 432 Sanción, promulgación y jura de la Constitución Nacional ................................................................ 434 El Gobierno Delegado Nacional.......................................................................................................... 436 El primer período presidencial ............................................................................................................ 437 El conocimiento del territorio.............................................................................................................. 439 El Estado de Buenos Aires .................................................................................................................. 439 Tentativas de retorno de los emigrados ............................................................................................... 440 Las relaciones exteriores ..................................................................................................................... 441
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Relaciones con Brasil y Paraguay ....................................................................................................... 442 Cuestiones económicas........................................................................................................................ 443 Inmigración y colonización ................................................................................................................. 443 Fronteras terrestres .............................................................................................................................. 444 La campaña por la integridad nacional................................................................................................ 444 Convenio de unión............................................................................................................................... 445 Segundo período constitucional .......................................................................................................... 445 La convención nacional reformadora .................................................................................................. 446 La última campaña .............................................................................................................................. 447 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 450 14. LA POLÉMICA ENTRE 1862 Y 1880 ...................................................................................... 453 Isidoro J. RuIz Moreno Los partidos y sus tendencias .............................................................................................................. 453 Liberales contra federales.................................................................................................................... 454 División partidista y entendimiento político ....................................................................................... 461 Guerra internacional y rebelión interna ............................................................................................... 463 Combinaciones electorales .................................................................................................................. 469 Una renovación partidista.................................................................................................................... 472 Consolidación del Partido Autonomista Nacional............................................................................... 476 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 479 15. LA OBRA DE GOBIERNO DE LOS PRESIDENTES ENTRE SARMIENTO Y AVELLANEDA ............................................................................................................................. 483 Miguel Ángel De Marco Primer mandatario de la Nación definitivamente unificada ................................................................ 484 Primeras medidas de gobierno............................................................................................................. 485 El edificio del Congreso ...................................................................................................................... 487 Delegación del mando en el vicepresidente Marcos Paz..................................................................... 488 Fin de la presidencia de Mitre ............................................................................................................. 490 Asunción de Domingo Faustino Sarmiento......................................................................................... 491 Promoción de la inmigración, el agro y la industria............................................................................ 492 "Una crisis de crecimiento" ................................................................................................................. 493 La presidencia de Nicolás Avellaneda................................................................................................. 499 Crisis financiera y logros materiales y culturales ................................................................................ 500 Logros del presidente Avellaneda ....................................................................................................... 505 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 507 16. LA CONSOLIDACIÓN DEL ESTADO Y LA REFORMA POLíTICA (1880-1914) .......... 511 Ezequiel Gallo El marco institucional.......................................................................................................................... 512 Tradiciones y hábitos políticos ............................................................................................................ 517 Parlamento, prensa y comicios ............................................................................................................ 520 Partidos y agrupaciones políticas ........................................................................................................ 523 La dimensión socio-política ................................................................................................................ 533 La Ley Sáenz Peña y sus consecuencias ............................................................................................. 535 Orientación bibliográfica..................................................................................................................... 538 COLABORADORES DEL TOMO IV ............................................................................................ 543

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CAPÍTULO 16. LA CONSOLIDACIÓN DEL ESTADO Y LA REFORMA POLÍTICA (1880-1914)
EZEQUIEL GALLO

Las tres décadas y media que transcurrieron entre 1880 y 1914 estuvieron signadas por acontecimientos de singular importancia en el terreno político-institucional. Fueron tiempos cambiantes, difíciles de resumir en una cronología detallada. Por este motivo este capítulo se centrará más en el análisis interpretativo, corriendo el riesgo, por lo tanto, de perder en precisión descriptiva. Antes de entrar en materia, sin embargo, resulta útil hacer una breve referencia al contexto general dentro del cual actuaron los diversos protagonistas de la vida institucional. La sociedad argentina fue afectada por cambios muy significativos durante el período bajo estudio. Ciertamente, el país de 1914 era radicalmente distinto al que asomaba en 1880. El rápido crecimiento económico que caracterizó la época no se reflejó solamente en transformaciones materiales, sino que impactó fuertemente, también, en el tamaño y composición de la población, en los hábitos y costumbres, en la vida cultural, etc. Bastaría ilustrar estos cambios con lo ocurrido con la población del país. Los alrededor de 2.000.000 de habitantes existentes en 1880, se convirtieron en cerca de 8.000.000 en 1914. Este vertiginoso crecimiento se produjo como consecuencia de la entrada masiva de inmigrantes europeos, que lo hicieron en proporciones relativas superiores a las registradas en los Estados Unidos. Aumento sustancial en el número de habitantes, acompañado por cambios decisivos en la composición de la población. El impacto de la inmigración puede observarse, hacia 1914, en el origen nacional de quienes dirigían empresas económicas en el litoral pampeano: en el comercio y la industria manufacturera, los inmigrantes representaban más del 75% del total; en la agricultura, superaban holgadamente el 60% y aun en la ganadería, la más tradicional de las industrias, casi el 50% había nacido fuera del país. Cabe agregar que todos estos cambios se dieron en un período relativamente corto, algo que, también, contrastó con lo ocurrido en los Estados Unidos donde el proceso fue mucho más gradual. No debe haber sido fácil la adaptación a situaciones que cambiaron tan rápidamente. Este problema, que incidía en la vida cotidiana, aparecía aún con más fuerza en el ámbito público. Nuevos sectores plantearon problemas desconocidos hasta entonces y generaron demandas sobre las cuales no habían experiencias previas. Todas estas circunstancias debieron ser procesadas por políticos que se habían formado en ambientes mucho más provincianos. Parece importante, entonces no descartar este factor al evaluar la actuación de quienes tuvieron que tomar decisiones en escenarios tan inestables.

EL MARCO INSTITUCIONAL
Hacia 1880, la Argentina contaba con un conjunto de instituciones básicas que establecieron reglas sobre aspectos centrales de la convivencia social. La Constitución de 1853/60 había adoptado el sistema republicano, representativo y federal siguiendo, mayoritariamente, el precedente fijado por la Constitución de los Estados Unidos de 1787. La Carta Magna local difería, sin embargo, en algunos aspectos con su ilustre predecesora, de las cuales el- que interesa recordar aquí es el sesgo más centralista del sistema federal argentino. Esta característica fue producto de la influencia ejercida sobre nuestra constitución por el estatuto unitario chileno de 1833. Es bueno recordar también, que el predominio del poder central en la Argentina descansé, en buena medida, en la facultad de intervenir en las provincias que otorgaron los constituyentes de 1853 al ejecutivo nacional. La Carta Magna fue seguida por una serie de constituciones provinciales y por una legislación nacional complementaria dentro de la cual ocuparon un lugar destacado los códigos civil, comercial y penal. Por otra parte, en 1862 se dio un paso decisivo al instalarse la Suprema Corte de Justicia, institución que jugó un papel de importancia en la protección de los derechos civiles (prensa, asociación, reunión, etc.) Los problemas argentinos hacia 1880 no eran, entonces, problemas de diseño institucional; eran primordialmente de estabilidad política. La vida institucional del país se hallaba, en efecto, permanentemente amenazada por revueltas provinciales y, en un par de ocasiones, por levantamientos armados de dimensión nacional. En 1874, Bartolomé Mitre había liderado una rebelión general para oponerse a la asunción de Nicolás Avellaneda a la presidencia de la República. En 1880, con motivo de la sucesión presidencial de ese año,
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estalló una verdadera guerra civil que enfrentó a las milicias de Buenos Aires con las tropas nacionales. El motivo fue la oposición del gobernador Carlos Tejedor de Buenos Aires a la candidatura de julio Roca que contaba con el apoyo de la gran mayoría de los gobernadores de provincias (la excepción eran la ya mencionada Buenos Aires y Corrientes). El enfrentamiento terminó con el triunfo de las tropas nacionales y la derrota de las milicias provinciales. Para muchos esta permanente inestabilidad era consecuencia de la debilidad de las autoridades nacionales. Esa debilidad había quedado de manifiesto, según esta visión, durante un conflicto entre el Banco Nacional y el de la Provincia de Buenos Aires que había tenido lugar en 1876. El resultado, desfavorable a la institución nacional, fue al decir de un influyente político (Rufino Varela) «dolorosísimo para la República» Tanto mayor era la solidez económica de las instituciones provinciales que el representante de la casa bancaria británica Baring Brothers vaticinaba el triunfo del gobernador Tejedor en el conflicto de 1880. No es de extrañar, en consecuencia, que hayan sido cada vez más numerosas las voces que exigían un fortalecimiento mayor de la autoridad nacional. Los combates que finalizaron en 1880 con la victoria de las fuerzas nacionales y la derrota de las milicias bonaerenses marcan, por lo tanto, un punto de inflexión importante en la historia del país. Fueron varios los procesos políticos que se comenzaron a gestar o se consolidaron a partir de aquel momento. En primer lugar, la derrota del ejército provincial significó un duro golpe para el Estado de Buenos Aires, hasta ese momento el principal rival del gobierno central. El resultado fue, por el mismo motivo, un paso decisivo en las consolidación de las autoridades nacionales. En segundo término, los eventos de 1880 inauguraron el largo período de predominio político del nuevo Partido Autonomista Nacional, y la declinación definitiva de los otrora poderosos partidos porteños (Autonomistas y Nacionalistas). Finalmente en ese año asumió la presidencia el general Julio Roca (1880-86) destinado a ser, quizás, el político más influyente en buena parte del largo ciclo político que culminó en 1914. Para muchos historiadores una de las características más salientes de este período fue la consolidación del Estado nacional, proceso que, según esta interpretación adquirió su mayor intensidad durante la década del ochenta. La afirmación encierra una buena dosis de verdad y representa bien las intenciones que guiaron la acción de los gobernantes de la época. Julio A. Roca las sintetizó de la siguiente manera en su primer mensaje al Congreso Nacional: «Parece que fuéramos un pueblo recién nacido a la vida nacional, pues tenéis que legislar sobre todo aquello que constituye los atributos, los medios y el poder de la Nación» (1880). En realidad, la serie de iniciativas propuestas por Roca comenzaron muy poco antes de su asunción del mando, pero fueron aprobadas por una legislatura que ya estaba controlada por sus partidarios. Ése fue el caso de dos medidas sancionadas hacia fines de 1880: la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la supresión de las milicias provinciales. Por la primera ley, la provincia de Buenos Aires quedaba privada de su principal ciudad que pasaba así a depender del Estado nacional. El sesgo centralista de esta decisión fue claramente percibido por Juan Bautista Alberdi, que la aprobó con indisimulado entusiasmo: «Dar al gobierno nacional por capital y residencia la ciudad de Buenos Aires, es completar el poder que necesita para dejar de ser un poder de nuevo nombre" La misma tendencia fue advertida por Leandro Alem, que se opuso a la federalización y predijo que la nueva norma marcaría el fin de lo que ya era, en su opinión, un tambaleante sistema federal. El mismo sesgo es inocultable en la disposición sobre las milicias por la cual se otorgaba el monopolio de la fuerza pública a la autoridad central. Las mismas ideas que predominaron en ocasión de la federalización volvieron a expresarse para fundamentar la ley militar. El senador Aristóbulo del Valle, que luego será opositor a Roca, manifestó en 1880 que, como la mayoría de sus colegas, se alineaba claramente «con los que querían llevar la fuerza de la periferia al centro". Ya con Roca en la presidencia, se aprobaron otras leyes que se inscribían en la misma dirección. Entre ellas, cabe mencionar la ley de unificación monetaria de 1881 que prohibía a las provincias la emisión de dinero, derecho que recaerá exclusivamente en el gobierno nacional. La ley tuvo dificultades en su aplicación, las que intentaron ser superadas por la aún menos exitosa ley de bancos garantidos de 1887, aprobada por la administración de Miguel Ángel Juárez Celman (1886-90). Los problemas monetarios continuaron por un buen tiempo y sólo fueron solucionados con la ley de convertibilidad. de 1899. En este largo recorrido, plagado de dificultades financieras, lo que nunca estuvo en duda, sin embargo, fue el principio político institucional que fijó la ley de 1881 y que fue reiterado por el diputado Wenceslao Escalante al defender la ley de bancos garantidos, cuando sostuvo que lo que se buscaba afianzar era «el imperio de la legislación nacional [...] lo que significa dar un paso más en la evolución hacia la consolidación del poder nacional. Las tres leyes mencionadas (Capital Federal, ejército y moneda) eran consistentes con un cuerpo de ideas que ganaba adeptos en Europa como consecuencia de los avances de los procesos de unificación
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nacional en Alemania e Italia. Para el llamado "nacionalismo unificador" otro de los ingredientes importantes fue el territorio. A esta orientación respondió en nuestro país la ley de territorios nacionales que otorgó status institucional a las tierras incorporadas durante la Conquista del Desierto. La ley no estableció la autonomía de los nuevos territorios (decisión que dejaba para el futuro) ni permitió que fuesen incorporados a algunas de las provincias limítrofes. En palabras del diputado Ramón Cárcano, serían «exclusivamente dependientes del gobierno general, apoyadas por la mano poderosa de la Nación". El problema de la ocupación territorial fue contemplado, también, en la legislación sobre tierras públicas aprobada en 1882 y 1884. Estas normas intentaron, sin mayor éxito, completar y mejorar, la ley sobre colonización e inmigración de 1876. La educación fue otro de los temas que ocupó un lugar destacado dentro de las ideas prevalentes en la época. En este caso confluyeron problemas de muy distinta índole: pedagógicos, institucionales, religiosos y políticos, estos dos últimos elocuentemente ilustrados durante las ásperas polémicas entre "católicos" y "liberales" Todas estas dimensiones emergieron durante los debates parlamentarios de 1884 que culminaron con la sanción de la ley 1.420 de educación común. La ley estableció la enseñanza primaria, obligatoria, gratuita y laica, y fue, al comienzo, de aplicación en la Capital Federal y territorios nacionales, para luego extenderse gradualmente al resto de las provincias. El debate fue tan intenso que desencadenó la expulsión del nuncio apostólico y la suspensión de las relaciones diplomáticas con el Vaticano. La ley otorgó un papel central a las autoridades nacionales y recortó considerablemente el lugar que ocupaba la Iglesia Católica en la materia. Los partidarios de la nueva disposición consideraron que una ley neutra en materia religiosa era crucial para un país que se había propuesto estimular la entrada de los extranjeros. No es de extrañar, entonces, que por estas y otras razones se haya decidido establecer la supremacía del Estado nacional que, al decir del diputado Delfín Gallo, «no podía ceder ante el poder de los papas" El gobierno central no se limitó a establecer el marco legal; creó, además, instituciones que hicieran efectivo el cumplimiento de la ley. Entre estas sobresalió el Consejo Nacional de Educación que, aparte de velar por los temas estrictamente educativos y pedagógicos, se transformó, a través de su incidencia en los planes de estudios, en una herramienta activa en la transmisión de las ideas "nacionalista" vigentes en la época. Algunos de los aspectos político-institucionales del tema educativo se reflejaron, también, en la sanción de otra norma importante, verbigracia, la ley de matrimonio civil aprobada durante la administración de Miguel Ángel Juárez Celman. En este caso, también, se transfirió al ámbito de los poderes nacionales funciones que hasta entonces habían sido ejercidas por la Iglesia Católica. El ministro Filemón Posse fundamentó la medida con el mismo tipo de razones que se utilizó para legitimar la legislación anterior: «El matrimonio es la base de la familia, da a la Nación sus hijos, los futuros ciudadanos [...] y esto no puede estar legislado sino por el Congreso de la Nación». No fueron las mencionadas las únicas medidas que se aprobaron durante aquellos años. Hubo otras, que sería largo enumerar, que se relacionaron especialmente con la esfera judicial y administrativa. Tampoco la legislación destinada a la organización de los poderes nacionales se limitó a los años ochenta, por más activos que estos hayan sido. En el campo económico, por ejemplo, se dictó en 1891 la ley de impuestos internos que, al otorgar la recaudación del mismo al gobierno central, y no a las provincias productoras, acentuó la tendencia centralista de la legislación anterior. De mucha importancia para la organización monetaria fue la ya mencionada ley de convertibilidad sancionada en 1899. En 1902 se aprobó la Ley Ricchieri de servicio militar obligatorio, que completó la organización del ejército nacional iniciada por la ley de milicias provinciales de 1881. En 1904 se aprobó la polémica Ley de Residencia que otorgaba poderes al Ejecutivo Nacional para expulsar extranjeros que comprometieran, según las autoridades, la paz interior. La norma introducía cambios en una legislación sobre inmigración que hasta ese momento se había caracterizado por su espíritu liberal. Esta ley fue completada en 1910 por la de Defensa Social que proseguía fines similares, pero que fue de aplicación más limitada. En 1905 se sancionó la Ley Láinez de educación que creó las escuelas del mismo nombre, que extendieron a todo el territorio las estipulaciones de la ley de educación común de 1884. Hubo proyectos que tuvieron la intención de completar leyes anteriores, pero que no fueron aprobadas por el Congreso. Fue el caso, por ejemplo, del relacionado con el divorcio, que fue rechazado en la Cámara de Diputados por un estrecho margen de votos. Lo mismo podría decirse, en otro orden de cosas, del voluminoso proyecto de Código de Trabajo de 1904 que intentaba una ordenación novedosa de las relaciones laborales, y que fue rechazado por las partes interesadas. Finalmente, en 1898 se aprobó una muy limitada reforma de la Constitución Nacional que amplió de 5 a 8 el número de ministerios fijados por la Carta Magna de 1853. La reforma coincidió con un momento de ampliación y modernización de la administración pública que había quedado superada por el rápido crecimiento del país.

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Se ha dejado para el final la mención de la ley que tendrá una influencia decisiva en la evolución política posterior de la República. En 1912 se aprobó la reforma electoral que fue conocida como Ley Sáenz Peña, nombre del presidente de la República en el momento de la sanción. La reforma tenía como objetivo principal poner fin a la secuela de fraudes que distorsionaron desde siempre el sistema electoral. La historia institucional argentina registra otros intentos que perseguían el mismo fin. En 1902, para no retroceder demasiado en el tiempo, Joaquín V. González (ministro del interior durante la segunda presidencia de Roca) había introducido una ley que instauraba el voto uninominal (por circunscripciones) en la Argentina. La reforma fue aplicada en las elecciones legislativas de 1904 pero no produjo los resultados esperados, y dejó como única novedad la elección del primer diputado socialista de América (Alfredo Palacios). La ley fue criticada porque se señaló que habla facilitado la compra de votos y, por lo tanto, fue derogada para los comicios siguientes, en los que se volvió al viejo sistema de la lista completa (sólo la lista ganadora consagraba candidatos). Para algunos, el fracaso de la ley se debió a que el Congreso no aprobó el voto secreto, que era una de las disposiciones del proyecto de González. Carlos Pellegrini fue uno de los que sostuvo esta hipótesis, a pesar de que, estando de acuerdo con la mayoría de los artículos de la ley, se pronunció en el Senado a favor del voto público. Mucho mejor suerte corrió el proyecto que presentaron el presidente Sáenz Peña y su ministro del Interior Indalecio Gómez. El proyecto, inspirado en la ley Maura española, fue aprobado en 1912 luego de superar ciertas reticencias de parte de algunos políticos y legisladores oficialistas. La ley estableció el voto universal (masculino), secreto y obligatorio. En rigor, la universalidad del sufragio había sido proclamada desde muy temprano por la legislación electoral argentina. La novedad, entonces, provenía del carácter secreto y obligatorio del sufragio. La nueva legislación establecía, además, que los comicios estarían bajo la vigilancia del poder judicial y serían custodiados por las fuerzas armadas en reemplazo de las policías provinciales, percibidas como muy susceptibles a las presiones de los caudillos lugareños. La ley, finalmente, adoptaba el sistema de lista incompleta para las elecciones de, electores de presidente y vice y de diputados nacionales. De esta manera, se facilitaba la incorporación de las minorías al otorgárseles un tercio de la representación. Una visión retrospectiva del período 1880-1914 ilustra la celeridad con las que se gestaron y afianzaron instituciones claves en la conformación de los poderes nacionales. Desde la perspectiva de la visión de los hombres del ochenta se podría sostener que se habían consolidado, con ciertas imperfecciones, algunas de la instituciones básicas de un sistema republicano y, en los tramos finales, representativo. Estos desarrollos tuvieron un costo visible, verbigracia, el debilitamiento de la dimensión federal que habían postulado los constituyentes de 1853. La Argentina de 1914 fue el fruto, en buena medida, del intenso proceso de centralización político-institucional que se había iniciado con fuerza durante la década del ochenta.

TRADICIONES Y HÁBITOS POLÍTICOS
Los actores Políticos desempeñaban su actividad dentro de marcos que son sólo parcialmente consecuencia de su voluntad. Hasta aquí se ha hecho referencia a las cambiantes alternativas de la vida económica y social, y a las modificaciones que alteraron aspectos importantes de la dimensión institucional. Esos marcos fueron, también, influidos por las ideas prevalentes, las que en su gran mayoría fueron importadas desde los países más avanzados. En el período analizado, por ejemplo, es posible rastrear la presencia de vertientes del pensamiento liberal, conservador, nacionalista, socialista y anarquista, todas ellas de raíz europea aunque afectadas, muchas veces, por heterodoxias de origen local. Instituciones e ideas son presencias habituales en la vida política. Éstas están casi siempre acompañadas por dimensiones menos precisas y, por lo tanto, menos estudiadas. Es el caso de las tradiciones y los hábitos heredados, de lo que algunos llaman "cultura política" que suelen tener una influencia no desdeñable en los procesos institucionales. En el caso argentino, y dentro del período 1880-1914, hay dos aspectos del problema que merecen una breve referencia. El primero de ellos fue la gran influencia del personalismo, o, dicho de otra manera, de la indudable gravitación de los grandes líderes o "caudillos". Esta característica no es ni fue privativa de la Argentina, pero su presencia excedió lo que es habitual en aquellos países con regímenes políticos estables. El apoyo a un líder, por encima de agrupaciones y programas, fue, con bastante frecuencia, el principal factor de identificación política. La presencia de "mitristas" y "alsinistas", justo antes del ochenta, es una clara ilustración de la afirmación anterior. Ya dentro del período analizado, dos ejemplos tomados de la provincia de Buenos Aires en los años noventa confirman la persistencia del mismo factor. Los partidarios de los partidos oficialistas o autonomistas no se identificaban
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con el nombre de sus agrupaciones; se definían simplemente como "pacistas", "casaristas", "roquistas", "pellegrinistas", etc. En el partido de oposición, la Unión Cívica Radical, las cosas no fueron diferentes. Hacia 1898, el partido se dividió en dos facciones, una encabezada por Hipólito Yrigoyen; la otra, por Bernardo de Yrigoyen. La identificación, como es obvio, no podía apoyarse en la utilización del término "yrigoyenistas"; pero la dificultad fue rápidamente sorteada cuando los partidarios de ambos bandos se denominaron "hipolistas" y "bernardistas", respectivamente. En un ambiente semejante no es de extrañar el papel preponderante jugado por líderes como Roca e Yrigoyen, cuya presencia o ausencia podían resultar cruciales. Pero aun dirigentes como Juan B. Justo en el Partido Socialista o Lisandro de la Torre en la Liga del Sud, críticos de este rasgo de lo que despectivamente denominaban "política criolla" tuvieron en sus propias agrupaciones una presencia similar a la que alcanzaron en las suyas los políticos más tradicionales. No parece necesario señalar que esta característica no se limitó solamente al plano nacional: estuvo presente con la misma fuerza en la vida provincial y municipal. El segundo rasgo distintivo de la cultura política argentina fue la ausencia de alternancia en el ejercicio del poder. En otros países (España, por ejemplo) la presencia de distorsiones en el sistema electoral no impedía que partidos rivales se alternasen en el gobierno (el conocido "turno"). En la Argentina un solo partido, el Autonomista Nacional, ejerció el gobierno durante prácticamente todo el período analizado. Salvo en contadas ocasiones, lo mismo ocurrió con los poderes provinciales. El oficialismo se caracterizó, entonces, por un marcado exclusivismo que cerró casi todos los caminos a la oposición, incluida aquella que había surgido de sus propias filas. Para estos propósitos utilizó indistintamente el fraude electoral o la intervención federal. Esta última, según el diputado autonomista Osvaldo Magnasco, se utilizaba con dos propósitos centrales: "o levantar un gobierno local que garantice la situación doméstica del Ejecutivo o [...] derrocar un gobierno local desafecto al central" (1891). El exclusivismo del oficialismo encontró su contrapartida en la actitud rígida de la Unión Cívica Radical, el principal partido de oposición. Esta actitud se reflejó en la pertinaz negativa a negociar, a realizar coaliciones o acuerdos con otras fuerzas políticas (denominados despectivamente contubernios). Para los radicales, el término intransigencia se convirtió en una de sus principales banderas, en un principio moral irrenunciable. Para su fundador, Leandro Alem, la noción de que en política se hace lo que se puede era inaceptable y debía ser sustituida por la noción de que si no se puede hacer lo que se debe, "no se hace nada". La posición intransigente postulada por Alem fue continuada, con diferente retórica, por Hipólito Yrigoyen cuando asumió el liderazgo del partido en 1898. Exclusivismo e intransigencia estaban en la base de otra dimensión importante de la vida institucional argentina, verbigracia, el levantamiento armado o la rebelión cívico-militar. El período se inició, como se dijo, con la cruenta guerra civil de 1880 que enfrentó a las tropas nacionales con las milicias bonaerenses. El período de paz que siguió a estos episodios fue bruscamente interrumpido por la formidable rebelión de 1890, acaudillada por la Unión Cívica, una nueva agrupación que intentó derrocar al gobierno de Miguel Ángel Juárez Celman. El levantamiento fue trabajosamente derrotado, pero forzó a la renuncia del Presidente que fue reemplazado por el Vice, Carlos Pellegrini (1890-92). En 1893, y durante la frágil presidencia de Luis Sáenz Peña (1892-95) se produjeron movimientos armados liderados por la Unión Cívica Radical en las provincias de Santa Fe, Buenos Aires (donde también participó la Unión Cívica Nacional) Tucumán y San Luis y por la Unión Cívica Nacional en Corrientes. En algunos casos, los revolucionarios derrocaron a las autoridades establecidas y las sustituyeron por gobiernos afines que, sólo después de un tiempo, fueron reemplazados por interventores federales enviados por el gobierno central. En algunos lugares, los enfrentamientos fueron violentos, especialmente en la provincia de Santa Fe, donde un par de miles de colonos extranjeros se unieron con sus armas a las fuerzas revolucionarias. Finalmente, en 1905 se produjo el último levantamiento radical dirigido por el nuevo líder, Hipólito Yrigoyen, en lo que fue, quizás, el episodio militar de menor envergadura. Esta propensión de algunos dirigentes a la rebelión armada fue ironizada, alguna vez, por la prensa oficialista que señaló, luego de los acontecimientos del ‘93, que si Leandro Alem fuera elegido presidente "acabaría por hacerse la revolución a sí mismo" (La Tribuna, 1894). Durante el período 1880-1914, los movimientos armados fueron derrotados, pero dejaron un saldo considerable de víctimas y alteraron y condicionaron el clima político de aquella época. Un clima institucional que fue certeramente definido por Carlos Pellegrini luego del frustrado alzamiento militar de 1905: "Nuestra historia política de estos últimos quince años, es con ligeras variantes la de los quince años anteriores; casi podría decirse la historia política suramericana, círculos que dominan, y círculos que se rebelan; oposiciones y revoluciones [...] vivimos girando en un circulo de recriminaciones recíprocas y de males comunes. Los unos proclaman que mientras hayan gobiernos personales y opresores, ha de haber

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revoluciones; los otros contestan que mientras haya revoluciones ha de haber gobiernos de fuerza Todos están en la verdad o más bien todos están en el error".

PARLAMENTO, PRENSA Y COMICIOS
El levantamiento armado fue un ingrediente no desdeñable del estilo político vigente. No fue el único ni el más importante. El debate parlamentario, la prensa partidaria, los clubes y comités, las manifestaciones callejeras y los actos públicos, y, desde luego, las elecciones ocupaban con mayor habitualidad la atención pública. El parlamento, por ejemplo, cumplió una función importante como caja de resonancia de las principales opiniones políticas, económicas y sociales, vertidas tanto en los debates entre parlamentarios como en las frecuentes interpelaciones a los ministros. Estos debates podían resultar doblemente ilustrativos porque pocas veces los legisladores estaban obligados a seguir las posiciones fijadas por sus partidos. Por otra parte, el Congreso era un lugar crucial en la gestación de las carreras políticas de quienes aspiraban a posiciones más encumbradas. La difusión del debate parlamentario se hizo generalmente a través de una prensa partidaria tan activa como diversa. Los diarios fueron un factor crucial en la disputa política, una plataforma desde donde, también, se forjaban carreras y reputaciones: "Un diario para un hombre público es como un cuchillo para el gaucho pendenciero; debe tenerse siempre a mano", le escribía Ramón Cárcano a Juárez Celman en 1883. Esta necesidad explica la cantidad de publicaciones políticas, algunas de vida efímera, que emergieron durante el período, generalmente al ritmo del calendario electoral. La existencia de este mundo periodístico tan variado y combativo fue posible, entre otras cosas, por la reiterada actitud de la Suprema Corte de justicia en defensa de la libertad de prensa. No todas ellas eran partidarias: La Prensa, por ejemplo, la más sólida financieramente y la de mayor circulación, se mantenía independiente de los partidos, aunque no era para nada renuente a dar su opinión sobre los principales problemas políticos. El prestigio profesional podía coincidir, sin embargo, con la afiliación partidaria como lo demostraba el caso de La Nación, vocero de los partidos "mitristas" (cívicos nacionales y, luego, republicanos). Otros periódicos se definían, también, como portavoces de los distintos partidos, como lo ilustran los casos del Sud América (juarista), La Tribuna (roquista), El Argentino (radical), El País (pellegrinista y, luego, roquista), La Vanguardia (socialista) y La Protesta (anarquista). Este conjunto incluía, también, a los periódicos humorísticos, algunos de los cuales dieron muestra de gran sofisticación gráfica con sus caricaturas y de un afinado estilo literario en sus ironías políticas. Ejemplos de este género fueron: El Mosquito, Don Quijote, PBT, Caras y Caretas, La Bomba, entre otros. Los debates entre estas publicaciones acicatearon muchas veces pasiones que distaron de ser pacíficas; en otras ocasiones, sin embargo, ilustraron con bastante precisión y civilidad las distintas ideas que circulaban en el mundo político. En algunas instancias, no se limitaron exclusivamente a la vida partidaria y registraron la presencia de sectores que no participaban habitualmente en ella. Es el caso, por ejemplo, de la interesante polémica que tuvo lugar entre La Vanguardia, socialista y La patria degli Italiani, uno de los tantos voceros de la distintas colectividades extranjeras radicada en la Argentina. El debate giró alrededor de la actitud que debían adoptar los extranjeros frente a la adopción de la ciudadanía argentina. La prensa partidaria se hallaba estrechamente vinculada a los comités y clubes parroquiales, que eran los lugares destinados al reclutamiento y al intercambio entre adherentes de una agrupación. Estas instituciones eran, además, otro de los canales en donde se desarrollaban las carreras políticas. Durante buena parte del período funcionaron especialmente en épocas electorales, para permanecer inactivas una vez finalizados los comicios. Este ritmo fue alterado en parte con la aparición de radicales Y socialistas, muy especialmente con las actividades desarrolladas por los segundos. Clubes y comités participaron muy activamente en la organización de las reuniones más coloridas y vivaces de la vida pública, verbigracia, las manifestaciones y mitines a los que los porteños, por ejemplo, ya eran muy afectos desde antes de 1880. Estas reuniones podían ser convocadas con distintos propósitos y reunir audiencias de tamaños muy dispares. Estaban las grandes manifestaciones callejeras (o en plazas públicas) como el famoso mitin del Frontón organizado en 1890 por la Unión Cívica para protestar contra el gobierno de Juárez Celman. En abril, el diario La Nación informaba: "No ha sido sólo una manifestación, han sido cuatro manifestaciones en que el pueblo ha estado presente. Diez mil ciudadanos de acuerdo al cómputo de los diarios oficiales llenaban las tribunas y las anchas avenidas" Estos actos se repetían en otras ciudades del país y hasta en pueblos rurales. En la colonia Esperanza de Santa Fe se daba cuenta, con motivo de los mismos acontecimiento del noventa, que «la fiesta ha sido magnífica al compás de la música, cohetes y bombas 1, manifestación recorrió las calles vivando [...] a la Unión Cívica y a la revolución» (La Capital Rosario, 1890). Estas reuniones se celebraban muy habitualmente en locales cerrados (teatros, por ejemplo), y algunas de ellas dieron lugar a
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acontecimientos políticos muy significativos. Es el caso, entre muchos otros, del acto en el Teatro Odeón (1897) donde Pellegrini decidió apoyar la candidatura de Roca para lo que luego sería su segunda presidencia (1898-1904). Como se dijo anteriormente, buena parte de las actividades mencionadas se hallaban vinculadas a la celebración de los comicios. El tema electoral ha dado lugar a una serie de controversias, por lo cual es necesario evitar generalizaciones indebidas, especialmente cuando existió una variación muy grande tanto en el tiempo como en el espacio. La década del ochenta, por ejemplo, se caracterizó por una marcada indiferencia electoral, tal vez motivada por la falta de alternativas opositoras. La primera mitad de los años noventa, por e¡ contrario, registró un alza notable en el interés político, con elecciones disputadas que dieron lugar a algún triunfo opositor en la Capital Federal y en la provincia de Buenos Aires. Esto no era habitual, sin embargo, y luego de 1896, la ola de entusiasmo disminuyó, aunque la concurrencia a los comicios siguió en aumento hasta la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912. ¿Quién concurría a los comicios? Desde siempre (1821) la legislación argentina estableció el voto universal para varones nativos (o nacionalizados) mayores de 17 años (luego, de 18). No hubo, por lo tanto, como en otros países, limitaciones relacionadas con los ingresos (voto censitario) o la educación (exclusión de los analfabetos). Hubo sí una ausencia importante, la de la numerosa población extranjera que se había radicado en el país. Este vacío fue consecuencia de que muy pocos de los inmigrantes habían solicitado la carta de ciudadanía argentina, por más que el requisito legal para hacerlo no era demasiado exigente (dos años de residencia en el país). La baja tasa de nacionalización contrastó, también, con los niveles más altos que se obtuvieron en los Estados Unidos o en la vecina República Oriental del Uruguay. Varias han sido las razones que se han esgrimido para explicar el caso argentino. Se ha señalado que la reiteración de prácticas electorales fraudulentas no estimulaba a los extranjeros a actuar en la vida cívica. Se ha mencionado, también, que al revés de lo ocurrido en otros países, los partidos políticos argentinos (con la excepción del socialista) no demostraron mayor interés en promover la nacionalización de los inmigrantes. Otras explicaciones apuntaron a la amplitud de los derechos civiles de que gozaban los extranjeros, lo que hacía que no tuvieran mayor interés en adquirir la carta de ciudadanía. Más aún, manteniendo la nacionalidad de origen, los inmigrantes podían acceder a dos fuentes de protección: la de las leyes civiles argentinas y la de los representantes diplomáticos de sus países de nacimiento. En relación a este último tema se han mencionado, también, las activas campañas de cónsules y de "aciones extranjeras para convencer a sus connacionales de que no adquieran la nacionalidad argentina. La ya mencionada polémica entre La Vanguardia y La Patria degli Italiani se refería precisamente a este problema. La no concurrencia a los comicios no significaba una abstención total de la vida pública. En rigor, muchos inmigrantes lo hacían a través de otros canales: las asociaciones a que pertenecían participaban muchas veces en debates sobre temas institucionales y peticionaban frecuentemente a las autoridades establecidas. Los sindicatos obreros fueron, quizás, el caso más conocido por su permanente presencia en la vida político-social. No fueron, sin embargo, los únicos; lo mismo ocurría, aunque con menor intensidad, con las organizaciones empresarias, las asociaciones voluntarias, etc. En algunos lugares los extranjeros podían votar y ser elegidos en las elecciones municipales, y ya se han señalado instancias más dramáticas de participación política como la intervención armada de los colonos santafesinos en la revolución radical de 1893. ¿Qué ocurría, mientras tanto, con la población que reunía las condiciones legales para emitir el voto? La existencia de una legislación amplia no abría automáticamente las puertas del comicio. Para participar en la elección era necesario inscribirse previamente en el Registro Electoral. El éxito o fracaso en la inscripción tenían una incidencia decisiva en el resultado de la posterior confrontación en las urnas. En líneas generales, y con las variaciones apuntadas anteriormente, el cuadro que emerge analizando inscripciones y elecciones es el de concurrencias bajas, con mayor participación de los sectores de bajos ingresos y escasa instrucción (los analfabetos, por ejemplo), y con mayor participación en los distritos rurales que en los urbanos. Esto último no fue siempre así, pero alcanzó, en ciertos lugares, niveles bastante llamativos. En la provincia de Buenos Aires en 1894, por ejemplo, en el partido de La Plata (60.991 habitantes) sólo votó el 1,23% de la población total y el 7% de los que estaban en condiciones de hacerlo. En el partido de Pila (3.111 habitantes) votaron el 9,45 y el 17%, respectivamente. En Santa Fe votaba más gente en el casi despoblado departamento de Vera que en la ciudad de Rosario. Si bien es difícil hablar de situaciones homogéneas, la indiferencia electoral (no necesariamente Política) parece haber sido más elevada en los sectores altos de la sociedad. En 1894, el diario La Prensa se quejaba de esa indiferencia calificando a esos sectores "como una sombra que cae sobre el campo de lucha, que nada crea, que nada sostiene, que de nada se responsabiliza". Seis años después, Carlos Pellegrini volvía a lamentarse de la inacción política de lo que denominaba "la burguesía rica e ilustrada".
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Existe un amplio consenso entre los historiadores acerca del carácter poco transparente y fraudulento de buena parte de las elecciones que se celebraron durante el período bajo estudio. El fraude se aplicó especialmente en épocas en las que la oposición (que alguna vez también lo aplicó) decidía concurrir y competir en los comicios. Se utilizaba tanto durante la inscripción en los registros corno en el momento de emisión del sufragio y procuraba impedir que la oposición se registrara o votara. Los métodos utilizados fueron diversos y variaron desde la aplicación de triquiñuelas inofensivas hasta la utilización, menos habitual, de métodos violentos. Durante la primera década del siglo, especialmente en la ciudad de Buenos Aires, se utilizó la compra de votos. No resulta necesario señalar que cuando la oposición no concurría a esos comicios, los mismos se desarrollaban en forma pacífica y los candidatos de la lista oficial eran elegidos unánimemente. Con fraude o sin él, las elecciones se realizaban periódica y puntualmente, y a pesar de las distorsiones que las afectaban ocupaban un lugar importante en el escenario institucional. La existencia de los comicios obligaba a las distintas agrupaciones a reclutar clientelas, tarea que se desarrollaba en los ya mencionados comités o clubes. Quienes estaban al frente de estas organizaciones eran los "caudillos" de distritos o de barrio, quienes ocuparon un lugar central en la vida política. Eran, como se verá luego, los intermediarios entre las "clientelas" y los principales dirigentes y debían asegurar la lealtad de las primeras hacia los segundos. La tarea no era sencilla, entre otras cosas porque la actividad electoral entrañaba riesgos que muchos no estaban dispuestos a correr. El "caudillo", hombre generalmente de origen humilde, fue uno de los personajes más controvertidos de su tiempo, siendo percibido por algunos como quien "recibía del gobierno la policía y el correo y se le permitía el manejo de la ruleta y el cuatrerismo [...] y toda clase de ayudas para sus amigos y persecución para sus enemigos", mientras que para otros era considerado como "el hombre que es útil a sus vecinos y que siempre está dispuesto a prestar servicios". Para observadores menos propensos a juicios emotivos, estos personajes eran resultado de condiciones políticas que favorecían su existencia. Para Carlos Pellegrini, por ejemplo, esa condición era la falta de una opinión pública independiente y el "caudillo" no era otra cosa que "la mala yerba que crece en tierras abandonadas".

PARTIDOS Y AGRUPACIONES POLÍTICAS
Hasta aquí se ha hecho referencia a los distintos factores que configuraron el escenario político de aquellos años. Corresponde ahora referirse a quienes poblaron esos escenarios, es decir, a las distintas fuerzas políticas. Parece oportuno comenzar este análisis con el Partido Autonomista Nacional (PAN) la agrupación que gobernó al país, en los hechos, durante las tres décadas y media que abarca este capítulo. El PAN surgió a fines de la década del setenta con el propósito de influir en la renovación presidencial de 1880. Fue formalmente el resultado de una alianza entre sectores muy representativos del Partido Autonomista bonaerense de Adolfo Alsina y una coalición de partidos provinciales que habían apoyado la candidatura presidencial de Nicolás Avellaneda en 1874. En esos primeros momentos, el PAN tuvo el apoyo de la Liga de Gobernadores, un acuerdo entre los mandatarios de Córdoba, Santa Fe y Tucumán que obtuvo la adhesión de la mayoría de los magistrados de las provincias (las excepciones fueron Buenos Aires y Corrientes). La nueva coalición apoyó la candidatura del general Roca que venía prestigiado por haber conducido exitosamente la expedición militar que derrotó a las tribus indígenas en la frontera sud del país. Roca contó, además, con la simpatía de la mayoría de los oficiales del Ejército y de destacadas figuras del mundo económico porteño. Estos apoyos fueron suficientes para superar la oposición de la opinión y de las armas bonaerenses, y ser consagrado presidente de la República en 1880. Durante este primer período presidencial, la supremacía del PAN fue indiscutible, al punto de que la renovación de 1886 se disputó, en la práctica, entre candidatos pertenecientes a distintas facciones del partido oficial (Miguel Ángel Juárez Celman, Bernardo de Irigoyen y Dardo Rocha). La oposición, una improvisada y frágil coalición, los Partidos Unidos, no llegó nunca a amenazar el cómodo predominio del PAN. De esa confrontación surgió triunfante el senador nacional Miguel Juárez Celman, líder de la facción cordobesa que había sido crucial para el triunfo de Roca en 1880. El nuevo presidente intentó desplazar a Roca de la jefatura del PAN, y relegar a la otra figura fuerte del autonomismo, el vicepresidente Carlos Pellegrini. Sustentado en una fuerte bonanza económica, Juárez Celman estuvo cerca de lograr sus propósitos y, hacia 1889, había agregado la jefatura del PAN a la presidencia de la República, en una combinación que los contemporáneos bautizaron como el Unicato. La bonanza, sin embargo, llegó a su fin y dio lugar a una profunda crisis económica, acompañada por un creciente descontento político que culminó en el ya mencionado levantamiento armado de julio de 1890. La rebelión militar fracasó, pero la combinación de circunstancias económicas y políticas adversas obligó a
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Juárez Celman a presentar su renuncia, siendo reemplazado en el cargo por el vicepresidente Carlos Pellegrini. Para este último, el resultado fue auspicioso pues habían triunfado "la autoridad y la opinión al mismo tiempo", no "dejando un gobierno de fuerza, como son todos los gobiernos nacidos de una victoria" (septiembre de 1890). Los acontecimientos posteriores demostraron, sin embargo, que la situación era mucho más complicada que la prevista por el nuevo presidente. La revolución de 1890 iba a inaugurar el quinquenio más difícil dentro del largo predominio del PAN en la política argentina. Un año después, Miguel Cané escribió con un tono radicalmente distinto: "Esta atmósfera [...] que forma en Europa la conciencia de que somos incapaces de gobernarnos compadezco a los hombres que gobiernen a nuestro país dentro de un año; si no salvan la independencia llevaran en la historia la más tremenda e injusta condenación". Con Juárez Celman apartado de la vida pública, Roca y Pellegrini volvieron a ocupar las posiciones más influyentes dentro del PAN. Ahora, sin embargo, esas posiciones estaban considerablemente más debilitadas. El oficialismo se hallaba amenazado, por un lado, por la flamante Unión Cívica, y por el otro, por el reagrupamiento de los partidarios de Juárez Celman que, a través del Partido Modernista y de la candidatura de Roque Sáenz Peña, demostraron tener en varias provincias más apoyos que los imaginados. Para sortear esta situación, el oficialismo se vio obligado a realizar una alianza con la fracción más moderada de la Unión Cívica, la liderada por el general Bartolomé Mitre. Esta alianza impuso la candidatura presidencial de Luis Sáenz Peña, un viejo dirigente con afinidades cívicas y católicas, pero con muy menguados apoyos políticos. Luis era padre de Roque y su candidatura forzó la renuncia del hijo, con lo cual Roca logró sortear la amenaza de los modernistas. La presidencia de Luis Sáenz Peña se caracterizó por su fragilidad, jaqueada por los ya citados levantamientos armados provinciales y por las continuas crisis de gabinete. En apenas dos años y un par de meses, pasaron por la cartera de Relaciones Exteriores siete ministros; por el de Justicia, seis, al igual que la de Guerra y Marina. Siete ocupantes se sucedieron en la estratégica cartera del Interior. Por fortuna para la atribulada economía nacional, sólo dos personas ocuparon la cartera de Hacienda. Fue, quizás, el momento de la historia institucional argentina donde funcionó en la práctica un gobierno de estilo parlamentario con los ministros del Interior, y una vez el de Guerra y Marina (del Valle), comportándose como verdaderos jefes de gabinete. La filiación política de estos ministros ilustra claramente la inestabilidad que caracterizó a la presidencia de Sáenz Peña: un cívico nacional, un autonomista roquista y otro antirroquista, un político con fuertes afinidades radicales y dos independientes con pocas simpatías por el PAN. Como puede apreciarse, el predominio de los autonomistas estuvo cerca de naufragar y sólo la renuncia del Presidente permitió la superación gradual de tan compleja situación. Sáenz Peña fue reemplazado por el vicepresidente José Evaristo Uriburu (1895-98), un político salteño de filiación autonomista. La figura de Roca volvió a afianzarse dentro del PAN con el eficiente apoyo de Pellegrini, siendo elegido por segunda vez a la presidencia de la República (1898-1904). La fuerte alianza entre Roca y Pellegrini duró poco. En 1901 el político porteño decidió quebrarla, retirarse del Partido Autonomista Nacional y fundar con sus amigos una nueva agrupación que tomó el viejo nombre de Partido Autonomista (a secas). La nueva agrupación adoptó una posición opositora y restringió su actuación a la ciudad y provincia de Buenos Aires. El rompimiento de la vieja alianza debilitó al PAN y forzó a Roca a convocar en 1904 a una pintoresca Asamblea de Notables que consagró a Manuel Quintana, un independiente con un leve pasado mitrista, como presidente y a José Figueroa Alcorta, un político cordobés ex juarista y ex modernista, para la vicepresidencia. Quintana falleció en 1905, por lo que Figueroa Alcorta completó el mandato hasta 1910. La presidencia de Figueroa Alcorta marcó el fin del predominio de Roca en el PAN. Poco a poco fue perdiendo sus apoyos provinciales, que quedaron prácticamente reducidos a Manuel Ugarte, un fuerte líder bonaerense. Figueroa Alcorta, por su parte, apoyó exitosamente la candidatura de Roque Sáenz Peña, político porteño que había sido figura relevante en el juarismo, en el modernismo, y en el partido de Carlos Pellegrini (que había fallecido en 1906), del cual tomó la bandera de la reforma electoral. Roque Sáenz Peña fue elegido en 1910 y falleció en 1914, siendo reemplazado por el vicepresidente Victorino de la Plaza que completó el mandato hasta 1916. Para esta altura, el PAN había perdido a sus dirigentes históricos (Roca, Pellegrini y Sáenz Peña) y se hallaba debilitado y dividido, situación que ilustró elocuentemente en 1916 la elección de Lisandro de la Torre, un dirigente santafesino de trayectoria antiautonomista, como candidato a la presidencia de la República. El PAN fue una coalición de partidos provinciales a la que no le resultaba fácil establecer una dirección nacional unificada. Esto no era exclusivamente un problema de partido; se había convertido, también, en un problema de gobierno. El predominio del PAN durante tantos años descansó, como lo señaló Natalio Botana, en la posibilidad de ejercer un cierto control sobre la sucesión presidencial. Este control exigía arreglos políticos, bastante complejos, entre los distintos componentes de la agrupación oficialista. En
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el peldaño superior de esta organización se encontraba, generalmente, el presidente de la República, que procuraba ejercer influencia sobre los gobernadores de provincias, los que, a su vez, basaban su autoridad en los apoyos que recibían de los ya mencionados "caudillos" de distrito. Las relaciones entre cada uno de estos escalones distaban de ser automáticas; exigían, por el contrario, negociaciones arduas y cambiantes. Especialmente complejas podían ser las que se entablaban con los gobernadores de provincias. Un ejemplo, extraído de la renovación presidencial de 1886 en la provincia de Santa Fe, ilustra bien el tipo de situación que podía plantearse. La competencia presidencial se había establecido entre Miguel Juárez Celman y Bernardo de Irigoyen (ambos por aquel entonces miembros del PAN). En un primer momento, Irigoyen contaba con el apoyo del dirigente santafesino José Gálvez, mientras que Juárez Celman estaba respaldado por el rosarino Estanislao Zeballos. Ambos políticos locales aspiraban a la gobernación de la provincia. Durante la campaña quedó claro que Gálvez contaba con bastantes más apoyos locales que su rival, y que la candidatura presidencial de Juárez Celman aparecía como bastante más sólida que la de Irigoyen. No es de extrañar que, luego de una serie de negociaciones, la combinación final terminara reuniendo a Gálvez con Juárez Celman. Este episodio demuestra el peso que tuvieron, en su momento, gobernadores como Racedo en Entre Ríos, Civit en Mendoza, Irondo y Gálvez en Santa Fe, Rocha, Paz y Ugarte en la provincia de Buenos Aires, Nougués y Córdoba en Tucumán, Vidal en Corrientes, etc. Las mismas negociaciones tenían lugar en un escalón más bajo entre los gobernadores y los caudillos de distrito, o, como decía irónicamente uno de estos últimos, entre el "verdadero elemento de la campaña" y "la parte decorativa y metropolitana." Cualquiera haya sido la tensión generada por estos intercambios, no caben dudas de la importancia adquirida por estos modestos jefes rurales. Simón de Irondo supo plantear el problema con llamativa crudeza: "A mí no me importa de la prensa, de los clubes y de las oposiciones organizadas en las ciudades cuando cuento con la masa y los caudillos que las levantan en el espacio de unas pocas horas". A estas relaciones verticales complejas que caracterizaban al PAN y a sus gobiernos habría que agregar el peso de algunas individualidades que se destacaron en la función legislativa y, especialmente, en la ministerial. La lista, en este caso, sería bastante extensa; a título de ejemplo bastaría con mencionar a los muy influyentes políticos que ocuparon el Ministerio del Interior, la cartera política dentro del gabinete: Bernardo de Irigoyen, Eduardo Wilde, Joaquín V. González, Marco Avellaneda e Indalecio Gómez. El PAN reunió, por lo tanto, una gama variada de figuras políticas, muchas de las cuales representaban diferentes alternativas institucionales. Curiosamente el oficialismo, que hizo gala de un marcado exclusivismo en sus relaciones con la oposición, no tuvo inconvenientes en mantener una actitud interna flexible y propensa a la cooptación. Las características hasta aquí señaladas del PAN resaltan el papel decisivo de líderes nacionales que pudieran minimizar la naturaleza centrífuga y heterogénea de la coalición oficialista. El cetro máximo tuvo varios aspirantes de los cuales, algunos, como Dardo Rocha en el ochenta o Manuel Ugarte ya en el siglo XX, ilustraron casos frustrados, aunque con algunas pretensiones. Otros, como Miguel Ángel Juárez Celman durante su presidencia, lo lograron por un período relativamente breve. Más continua fue la presencia de Carlos Pellegrini, candidato en dos oportunidades con alguna posibilidad de éxito (1897 y 1904). En rigor, el único que parece haber ejercido la función exitosamente durante un período relativamente largo fue Julio Roca, quien condujo al PAN durante buena parte de los veinticinco años que transcurrieron entre 1879 y 1905. Dentro de este panorama heterogéneo era posible encontrar, desde luego, varios puntos en común. Uno de los más importantes se refería al lugar que se le otorgaba a la actividad política y al estilo con el cual debía ser conducida. Los autonomistas, en líneas generales, tuvieron siempre una actitud reticente frente a la movilización política y a las retóricas que exaltaban la virtud cívica. Para julio Roca no era "confiadas en los entusiasmos de la plaza pública ni en los arrebatos del momento que las naciones conservan su independencia e integridad" Para esta visión, las agrupaciones partidarias debían actuar en épocas de elecciones; fuera de ellas, los políticos debían concentrarse en problemas legislativos y administrativos. La actitud opuesta era la que había llevado a la inestabilidad que, según esta versión, había caracterizado la vida política argentina antes de 1880. "Paz y Administración" fue el lema que caracterizó el pensamiento que presidió el primer gobierno de Julio Roca, y que siguió orientando las posiciones del PAN durante todo el período bajo análisis. Esta actitud gradualista, amante del orden, estuvo estrechamente ligada a la otra gran aspiración de los autonomistas, verbigracia, la modernización y el crecimiento económico del país, metas que sólo podían alcanzarse sobre bases políticas estables. La reticencia frente a la valoración reiterada de la actividad cívica se manifestó, desde luego, con intensidad desigual en distintos períodos y bajo diferentes líderes. Fue clara pero mesurada en el caso de Roca y del Pellegrini anterior a fin de siglo. Fue expresada en tono agresivo por Juárez Celman, quien pudo
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señalar (1888) que la prosperidad económica quitaba "para bien de la patria materia prima a la actividad política". En general, una actitud más positiva frente a la vida política se manifestó en las facciones dentro del PAN que se opusieron al liderazgo de Julio Roca. Fue el caso de los "modernistas" (en evidente contradicción con el pensamiento de Juárez Celman) a comienzos de los años noventa, de los "pellegrinistas" a comienzos del nuevo siglo y de quienes acompañaron a Roque Sáenz Peña a partir de 1910. La oposición a los gobiernos autonomistas no fue homogénea, y varió significativamente de acuerdo a los distintos períodos y a las diferentes agrupaciones que asumieron ese papel. La década del ochenta, como se señaló, estuvo signada por una marcada indiferencia política y caracterizada por una oposición débil y dividida, muchas veces limitada a esfuerzos personales (el del senador del Valle, por ejemplo). Militaban en esa oposición figuras prestigiosas (como la de Bartolomé Mitre) del Partido Nacionalista y algunos ex autonomistas que habían acompañado al gobernador Tejedor en 1880. A ellos se le había unido un grupo reducido de dirigentes que habían formado la Unión Católica para oponerse a las leyes laicas del presidente Roca. Los Partidos Unidos, la coalición que formaron en 1886 para oponerse a la candidatura de Juárez Celman, fue abrumadoramente derrotada en las urnas y se disolvió casi de inmediato. Todavía en 1889, la atonía política era tan marcada, que las primeras convocatorias contra el gobierno, de Juárez Celman partieron de un grupo de estudiantes universitarios que formaron la Unión Cívica de la Juventud. A partir de 1890, sin embargo, el panorama político argentino sufrió un vuelco significativo. La agrupación de los jóvenes dio paso a la Unión Cívica, una agrupación que organizó formidables manifestaciones callejeras contra Juárez Celman, y que terminó liderando el frustrado levantamiento militar de julio de 1890. La flamante organización tuvo corta vida, pues a poco de andar se dividió en dos facciones (1891), la Unión Cívica Nacional (UCN), heredera del Partido Nacionalista que seguía reconociendo al general Mitre como su máximo dirigente, y la Unión Cívica Radical (UCR) que reunía a los jóvenes universitarios con algunos viejos dirigentes que provenían del autonomismo porteño. Al frente de la UCR se encontraba Leandro Alem, un autonomista clásico, antirroquista, que en 1880 se había opuesto elocuentemente a la federalización de Buenos Aires. La causa de la división fue la dispar actitud adoptada frente a quienes habían asumido el poder luego de la renuncia de Juárez Celman. Para la UCN la gravedad de la crisis (económica y política) justificaba la negociación con las nuevas autoridades para Regar a una fórmula compartida para las elecciones presidenciales de 1892. La negociación culminó con el conocido Acuerdo que terminó imponiendo al binomio Luis Sáenz Peña - José Evaristo Uriburu. Los que luego integrarían la UCR, por su parte, rechazaron todo arreglo con el oficialismo y proclamaron su propia fórmula (Bernardo de Irigoyen - Juan M. Garro), adoptando a partir de ese momento una clara actitud opositora que se extendería por el resto del período. La evolución posterior del radicalismo reconoce como mínimo dos épocas claramente diferenciadas entre sí. La primera transcurrió entre la fundación en 1891 hasta la división que tuvo lugar en 1898. En esta primera etapa la UCR reconoció el liderazgo de su fundador Leandro Alem, situación que se mantuvo hasta el suicidio del político porteño en 1896. En esta etapa, la UCR definió principios muy claros que intentaron establecer diferencias marcadas con las posiciones adoptadas por el oficialismo. El nuevo partido comenzó, paradójicamente, por reivindicar los valores prevalentes en la "vieja" Argentina, es decir en el país anterior a la solución alcanzada en 1880. Al hacerlo exaltó, en abierta oposición a la filosofía del PAN, a la actividad política y al ejercicio permanente de las virtudes cívicas. Consideró que estos valores, comenzando con los proclamados en la Constitución de 1853, habían sido avasallados por las administraciones autonomistas, y que esa situación justificaba la apelación a un derecho a la rebelión de corte lockeano. De ahí a proclamar el principio de la intransigencia política, y la negativa a la negociación, el trecho era corto. De ahí, también, surgía la legitimidad del levantamiento armado ("de la rebelión cívico-militar") como los que tuvieron lugar en 1893 en algunas de las provincias argentinas. La primera UCR no se limitó exclusivamente a la conspiración cívico-militar. Su originalidad estuvo dada porque, al mismo tiempo, utilizó los canales institucionales vigentes. Participó en los comicios en la ciudad y la provincia de Buenos Aires, obteniendo algunos éxitos en las elecciones legislativas. Estuvo, por tanto, representada en el parlamento nacional, desde el cual sus legisladores, conjuntamente con la prensa partidaria, explicitaron los principios que debían guiar la acción del partido. Además de la ya mencionada reivindicación de la acción política, los radicales "alemistas" pugnaron enfáticamente por la transparencia del sufragio, por un retorno a la tradición federal, y por el librecambio en materia económica. De más está decir que la UCR criticó acerbamente las tendencias centralistas que veía consolidarse en el panorama institucional. Esta primera etapa se extendió hasta 1898. Luego del suicidio de Alem comenzaron a generarse divisiones dentro del partido, las que hicieron eclosión dos años después con la emergencia de dos facciones opuestas. Una, basada en el Comité Nacional, se encolumnó detrás de Bernardo de Irigoyen ("bernardistas");
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la otra, que controlaba el poderoso Comité de la provincia de Buenos Aires, respondía al liderazgo de Hipólito Yrigoyen ("hipolistas"). El motivo de la división fue que los "hipolistas" rechazaron la posibilidad de un acuerdo con los cívicos nacionales propuesto por el Comité Nacional (la llamada "política de las paralelas", como la bautizó irónicamente Carlos Pellegrini). La facción bernardista tuvo una existencia breve a pesar de que su líder llegó a ejercer la gobernación de la provincia de Buenos Aires (189 8-1902). Sus partidarios se dispersaron en distintas direcciones, tan opuestas entre sí como las que expresaron los que adoptaron posiciones anarquistas o librepensadoras o los que, en el otro extremo, concurrieron a la formación del Partido Conservador bonaerense que iba a liderar Manuel Ugarte. La historia del Partido Radical a partir de comienzos del siglo XX va a quedar limitada, por lo tanto, a la evolución del sector que lideró Hipólito Yrigoyen. El nuevo radicalismo tuvo en algunos temas posiciones similares a las que había defendido la agrupación dirigida por Leandro Alem. Como entonces, la UCR siguió otorgando un lugar central a los reclamos por la pureza del sufragio y mantuvo la postura intransigente frente a la realización de acuerdos y coaliciones. Al mismo tiempo, no abandonó la predisposición favorable a la organización de rebeliones militares, como ocurrió con la frustrada intentona de 1905. También compartió el discurso "regeneracionista" que tendía a dividir el mundo tajantemente entre buenos y malos. Todavía hacia 1913, un comentarista, que no le era favorable (A. Peralta en la Revista Argentina de Ciencias Políticas), sostenía, analizando la retórica radical, que "el prestigio de este partido emana del culto de los símbolos mencionados que contribuyen al espíritu bueno de esta religión política que para su complemento tiene también su espíritu del mal, el demonio, representado siempre por el enemigo antiguo del oficialismo". Las semejanzas convivieron, sin embargo, con diferencias significativas. El "yrigoyenismo" se alejó visiblemente de las posiciones federalistas de sus antecesores y se volcó a ideas centralistas muy semejantes a las sostenidas por el oficialismo. En materia económica aparecieron, también, algunas discrepancias, aunque menos tajantes que la señalada en el caso anterior. En su conocida polémica con Pedro Molina (dirigente radical cordobés), Yrigoyen estableció que el partido debía mantenerse neutral en el debate entre proteccionistas y librecambistas, que, como en otras cuestiones, debía subordinarse a la reivindicación por la regeneración política. La diferencia principal con el primer radicalismo fue, sin embargo, la declaración de la abstención electoral, como consecuencia de la cual la UCR estuvo ausente de los comicios durante cerca de catorce años. En esta etapa, por lo tanto, el partido careció de representación parlamentaria y no participó de los principales debates legislativos, entre ellos el dedicado a la reforma de la ley electoral. Quienes dirigieron al radicalismo durante sus dos etapas tuvieron la misma inserción en la vida social argentina. Eran, en general, miembros de los grupos más encumbrados de la sociedad, tanto por ingresos como por nivel educativo. En rigor, en esta dimensión no tenían diferencias significativas con los líderes de los partidos oficialistas, con quienes compartieron, también, el mismo estilo de vida y la pertenencia a las mismas instituciones sociales. Es probable que esta característica se haya ido modificando gradualmente a partir de 1916, pero hasta ese momento ilustraba con alguna fidelidad la observación de Federico Pinedo, para quien los miembros de ambos grupos políticos no diferían en ubicación social y "tenían el mismo concepto de la vida colectiva y parecidas concepciones en cuanto a la vida económica". El otro partido de oposición fue la segunda facción que nació con la revolución de 1890, la Unión Cívica Nacional, denominada a partir del nuevo siglo Partido Republicano. Los "mitristas", como eran comúnmente llamados, tuvieron en el plano institucional principios no demasiado alejados a los proclamados por la UCR. Los postularon, sin embargo, con un estilo bastante más moderado y estuvieron siempre dispuestos a establecer alianzas y coaliciones con otras fuerzas políticas. A través de estas alianzas, impusieron en 1894 a Guillermo Udaondo como gobernador de Buenos Aires, y en 1906 triunfaron en la Capital Federal integrando una lista encabezada por Carlos Pellegrini. La influencia del "mitrismo" estuvo limitada a la ciudad y a la provincia de Buenos Aires, y a Corrientes a través del Partido Liberal. Compensó su limitado caudal electoral con la presencia de dirigentes de gran influencia nacional: Bartolomé y Emilio Mitre, Guillermo Udaondo, Antonio Bermejo, Bonifacio Lastra, etc. La naturaleza de este capítulo llevó a prescindir de importantes agrupaciones provinciales, muchas de ellas alineadas dentro del Partido Autonomista Nacional. Parece oportuno, sin embargo, hacer una breve mención a una agrupación provincial, la Liga del Sud, que, además, de presentar características no habituales, tuvo una actuación que trascendió el plano regional después de la sanción de la Ley Sáenz Peña. La Liga (luego de 1914, Partido Demócrata Progresista-PDP) actuó en la provincia de Santa Fe y fue uno de los tantos desprendimientos de la Unión Cívica Radical tuvo como su dirigente más importante a Lisandro de la Torre, luego candidato a presidente por el PDP en las elecciones de 1916. La Liga propuso al comienzo una plataforma típicamente localista, como el reclamo del traspaso de la capital provincial desde la ciudad de Santa Fe a la de Rosario. Influida por el modelo estadounidense, planteó reivindicaciones municipalistas y
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presionó por otorgarle el sufragio a los extranjeros, pero propuso, además, el voto censitario. En rigor, la posición de algún relieve en el plano nacional que la Liga alcanzó hacia 1914 fue más el producto del prestigio personal de Lisandro de la Torre que del peso electoral del partido. La tercera agrupación nacional que actuó durante parte de este período fue el Partido Socialista, fundado por Juan B. Justo en 1896. La nueva agrupación fue la expresión local de un vasto movimiento internacional que trasladó a la arena política una serie de reivindicaciones que se habían originado en el campo económico-social. Los socialistas argentinos adhirieron a la II Internacional y, dentro de ella, se identificaron con las ideas expresadas por el ala más reformista y moderada, de la cual el social demócrata alemán Eduardo Bernstein fue, quizás, el vocero más representativo. Recibieron influencias, además, de los cooperativistas belgas, de los laboristas británicos y de sus equivalentes en Australia y Nueva Zelanda. Si bien Justo era un lector atento de las obras de Marx y Engels, éstas influyeron parcialmente en su pensamiento, donde se combinaron con otras corrientes provenientes, especialmente, del positivismo y del evolucionismo spenceriano. En el plano institucional, los socialistas fueron partidarios de la llamada "vía parlamentaria y participaron, por lo tanto, activamente en los comicios y en los cuerpos legislativos. Distinguieron entre un programa "mínimo" de aplicación inmediata y otro«máximo» que apuntaba a la sociedad del futuro. El primero postulaba introducir mejoras en las condiciones de trabajo, en el sistema fiscal (libre cambio e impuesto a la renta) y monetario (patrón oro). Reclamaba, además, las mismas reformas políticas por las que bregaban los partidos de la oposición y algunas facciones disidentes dentro del oficialismo. Los socialistas eran partidarios, también, de sustituir el sistema federal por uno explícitamente unitario. Los socialistas no se limitaron exclusivamente a la participación política y legislativa. Fueron también activos en la organización y dirección de entidades cooperativas, a las que Juan B. Justo otorgaba, además de la función económica, un significativo valor educativo. Más importante aún para los socialistas fue su participación en el naciente movimiento sindical. La presencia de las organizaciones gremiales, en rigor, fue uno de los aspectos más novedosos del período, y merece, por tanto, una breve referencia a sus principales características.

LA DIMENSIÓN SOCIO-POLÍTICA
El rápido crecimiento económico registrado en el período trajo consigo fuertes mutaciones sociales. Entre ellas, sobresalió la aparición de nuevos grupos socio-económicos tanto en el ámbito urbano como en el rural. La aparición de una vasta capa de sectores medios, con sus consiguientes subdivisiones, y la emergencia de un proletariado urbano fueron claras ilustraciones de este proceso. Los nuevos grupos pronto se agruparon en instituciones que procuraron defender y promover sus intereses. Ya antes de 1880 se había formado la influyente Sociedad Rural Argentina que congregó a los propietarios ganaderos del litoral pampeano. Aparecieron, asimismo, una serie de asociaciones comerciales con el mismo propósito y, en 1882, se fundó la muy activa Unión Industrial Argentina. Más adelante, en 1912, se formó la Federación Agraria Argentina que representó a los agricultores arrendatarios de la región cerealera. Todas estas nuevas instituciones sociales incidieron en la vida política, a la cual llevaron protestas, peticiones y reclamos. De todas ellas, las que mayor actividad desplegaron fueron, sin duda, los sindicatos obreros. Hasta fines del siglo XIX, el movimiento obrero avanzó lentamente y con alguna erraticidad. Este ritmo se modificó sustancialmente a partir del nuevo siglo, que asistió a un crecimiento llamativo del número de organizaciones gremiales. Este incremento llevó a la formación de las primeras centrales sindicales. En 1901 se constituyó la Federación Obrera Argentina (FOA) que fue reemplazada al poco tiempo por la Federación Obrera Regional Argentina (FORA). En 1905, la llamada FORA del V Congreso proclamó su adhesión a los principios anarquistas, posición que mantuvo, con serias dificultades a partir de 1910, hasta 1915. Este año, un nuevo Congreso de la FORA (el X) marcó el comienzo del predominio de los llamados sindicalistas, predominio que se mantendría por más de dos décadas. En 1907 se había formado la Unión General de Trabajadores (UGT) central adherida al Partido Socialista, aunque caracterizada, por una tensa relación entre la parte gremial y el sector político de la agrupación. El movimiento obrero así conformado se fue organizando alrededor de dos núcleos principales, los grandes puertos como Buenos Aires y Rosario que se habían constituido en verdaderos emporios laborales, y los centros ferroviarios con su red de industrias conexas. La acción desarrollada por los distintos gremios fue consecuencia, en buena medida, de las ideologías que adoptaron. Los más combativos fueron, desde luego, los sindicatos de orientación anarquista, los que propiciaron en algunas ocasiones la declaración de huelgas generales. Más moderadas fueron las
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posiciones de los sindicalistas, los que, sin embargo, coincidían con los anarquistas en su rechazo a la participación política y a la negociación con los poderes públicos. Los gremios socialistas, por el contrario, apoyaron las campañas políticas de su partido y defendieron la idea de que el parlamento era un instrumento útil para lograr mejoras en las condiciones de trabajo. Los datos que aportó el nuevo Departamento Nacional de Trabajo para el período 1907-1916 dan cuenta de la existencia de cientos de huelgas en la ciudad de Buenos Aires, de las cuales cinco fueron de carácter general. Más de la mitad de esos paros procuraron obtener aumentos salariales o reducciones en las jornadas de trabajo. Como resultaba normal en una etapa inicial, muchas de las huelgas (alrededor del 35%) estuvieron dirigidas a formar y a consolidar a las organizaciones gremiales. Cerca del 40% de los paros obtuvo, total o parcialmente, la satisfacción de las demandas sindicales. Es posible que el porcentaje citado sea mayor si se tienen en cuenta sólo aquellos movimientos relacionados exclusivamente con las condiciones de trabajo vigentes (salarios, horarios, etc.). La huelga general, finalmente, estuvo muy en boga en algunos países latinos del continente europeo. En la Argentina, en realidad, nunca abarcó al conjunto del país, ni siquiera a todas las industrias de las zonas afectadas. Al impactar, sin embargo, en actividades cruciales para una economía exportadora, tuvo consecuencias económicas que iban más allá de su dimensión regional o numérica. La demanda permanente de las huelgas generales fue reclamar la derogación de la ya mencionada Ley de Residencia (1902) que facultaba al Poder Ejecutivo a expulsar (sin necesidad de juicio) a los extranjeros que consideraba peligrosos para la seguridad interior. El movimiento obrero modificó, entonces, aspectos importantes de la vida cotidiana y afectó, además, la actitud de algunos actores políticos. El gobierno, por ejemplo, debió tomar decisiones frente a la demanda de las organizaciones sindicales. Las respuestas variaron desde la adopción de medidas represivas, como la ya citada Ley de Residencia, hasta la propuesta de normas que incorporaban parte de las demandas gremiales. La más interesante de estas propuestas fue el voluminoso y original Código de Trabajo presentado en 1904 por el presidente Roca y su ministro Joaquín V. González. El Código introducía, por primera vez, la noción de contrato colectivo y legislaba sobre una serie de medidas tendentes a mejorar las condiciones laborales. En su redacción habían colaborado con González algunos conocidos intelectuales socialistas como José Ingenieros y Augusto Bunge. A pesar de estas circunstancias, el Código fue rechazado por los sindicatos que consideraron que la nueva legislación incorporaba normas que conducían a una, para ellos, inaceptable injerencia del Estado en las relaciones laborales. Los conflictos sociales no sólo afectaron las zonas urbanas. En 1912 estalló una inusual huelga entre los arrendatarios de la región del maíz (Santa Fe, Buenos Aires y Córdoba) que se negaron a levantar la cosecha. Reclaman que los propietarios rebajaran el precio de los arriendos. La huelga, conocida luego como el Grito de Alcorta, se extendió por cerca de dos o tres meses y conmovió tanto al gobierno nacional como a las autoridades de las provincias afectadas. La reacción de estas últimas fue dispar, pues los gobiernos autonomistas de Córdoba y Buenos Aires demostraron poca simpatía hacia los huelguistas, mientras que no ocurrió lo mismo con las recientemente elegidas autoridades radicales de Santa Fe. En líneas generales, el conflicto concluyó con la obtención de leves ventajas para los huelguistas. La región afectada por el movimiento fue un área intensamente disputada por radicales y socialistas, y en Santa Fe, por los partidarios de la Liga del Sud. En general, hacia 1914 se había afianzado una mayoría radical a la par que se hacían evidentes las dificultades que encontraba el socialismo para lograr adhesiones en las zonas rurales.

LA LEY SÁENZ PEÑA Y SUS CONSECUENCIAS
Por iniciativa del presidente de la República, el Congreso Nacional aprobó en 1912 la ley electoral luego conocida como Ley Sáenz Peña. La nueva norma produjo variaciones importantes en el panorama político argentino. La primera de ellas fue, quizás, un aumento significativo en la proporción de gente que concurrió a los comicios. La participación electoral venía creciendo ya con anterioridad a la sanción de la ley pero el salto que se registró a partir de 1912 fue llamativo: en 1910 había votado algo más del 20% del electorado; en 1912 lo hizo alrededor del 70%. Cierto es que este porcentaje cayó en 1914 al 55%, pero aun así el aumento fue importante. La posición de los distintos partidos comenzó, también, a modificarse como consecuencia de la aplicación de la nueva ley. En los comicios legislativos de 1912, los partidos oficialistas se impusieron en casi todos los distritos del país, con las importantes excepciones de Santa Fe y la Capital Federal. En este último lugar, la elección fue tan reñida que el tercer partido, el socialismo, logró elegir a dos diputados nacionales. En 1914, nuevamente en elecciones de diputados nacionales, los radicales agregaron un triunfo en Entre Ríos e importantes avances en Córdoba y la provincia de Buenos Aires. Las novedades mayores se
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produjeron en la Capital Federal, donde los socialistas desalojaron a los radicales del primer lugar. La elección repetía el resultado de un comicio aislado de senador nacional de 1913, y produjo temor en algunos sectores dentro del oficialismo y, también, de la UCR. Estos temores no habían conmovido al presidente Sáenz Peña, que analizó el problema con bastante realismo: "Se trata de partidos [los socialistas] que operan dentro del orden y de la libertad, con sus doctrinas y sus hombres amparados por la Constitución. Por el hecho de votar no son partidos revolucionarios» A pesar de los avances registrados por la oposición, todavía hacia 1914 existían ventajas para las agrupaciones oficialistas, ventajas que hacían razonable el optimismo de Lisandro de la Torre, candidato a presidente por la coalición oficialista para las elecciones de 1916. Teniendo a 1914 como fecha final, el historiador debería narrar los hechos como J. Huizinga aconsejaba hacerlo en circunstancias similares: "Si escribe sobre el golpe de Estado de Brumario debe hacerlo como si todavía fuera posible que Bonaparte no estuviera por ser ignominiosamente rechazado por sus compatriotas." En 1916, sin embargo, los comicios consagraron el triunfo de la UCR con la consiguiente derrota de los partidos oficialistas. Es conveniente, en consecuencia, reflexionar brevemente sobre las razones que condujeron a un resultado que en 1914 no aparecía necesariamente como el más probable. Las facciones reformistas del PAN habían arribado a la Ley Sáenz Peña luego de un trabajoso y largo recorrido. Ya a comienzos del siglo (para no retroceder hasta la experiencia modernista del '91), Pellegrini y sus amigos (Cané, Casares, los Ramos Mejía, Sáenz Peña, etc.) habían fundado el Partido Autonomista para impulsar el saneamiento del sistema electoral. Estimaban que el cambio era necesario para renovar a una vieja generación autonomista demasiado dependiente del apoyo de los caudillos lugareños. Los jóvenes, por otra parte, eran percibidos como desinteresados de la vida política y atentos solamente a las oportunidades que abría la prosperidad económica. Para Pellegrini (y Cané), la forma de revertir esta situación era a través de una competencia electoral transparente que revirtiera la declinación de los valores cívicos. La posición de los "pellegrinistas" fue retomada por uno de ellos, Roque Sáenz Peña, en 1910. Los argumentos esgrimidos a favor de la reforma eran similares a los que había expresado su predecesor cuatro años antes. Ante los reparos de algunos dirigentes oficialistas, Sáenz Peña sostuvo que la manera de encarar los problemas futuros era mediante la constitución de un sólido partido conservador con capacidad de competir en comicios francos. Si bien la tesis del Presidente fue aceptada por la mayoría de los autonomistas nacionales, y la ley electoral finalmente aprobada en el Congreso, hubo dirigentes de peso que consideraron que la reforma constituía un salto en el vacío. Uno de ellos fue julio Roca, quien ya retirado de la vida política tuvo expresiones críticas sobre la ley: "Ya veremos en qué se convierte el sufragio libre cuando la violencia vuelva a amagar. Los líricos, los ingenuos, los que no conocen el país ni han vivido su vida, ni saben lo que contiene, claro está que no han podido pensar en todo esto" Roca presagiaba un futuro similar al que estaba viviendo México después de su revolución. Desde el punto de vista reformista, pues, el éxito futuro dependía de la constitución de un partido unificado y con principios claros. Disciplina partidaria sin grandes jefes o, en palabras de Sáenz Peña, «partidos orgánicos e impersonales", una combinación que no había sido demasiado habitual en las filas conservadoras. Hacia 1914, sin embargo, el intento pareció materializarse con la formación del Partido Demócrata Progresista, una coalición de partidos oficialistas a los que se agregó la Liga del Sud santafesina. El nuevo partido reunió a los más calificados dirigentes de la facción reformista del autonomismo (Joaquin V. González, Indalecio Gómez, Benito Villanueva, Julio Roca [h], etc.) y ungió, como se señaló, a de la Torre como candidato a presidente. El "partido orgánico e impersonal" parecía una realidad con sólidas aspiraciones de éxito. Había perdido; sí, a uno de sus máximos inspiradores, al presidente Sáenz Peña que falleció en ese mismo año de 1914, luego de una larga enfermedad. El nuevo partido no tardó en suscitar problemas de alguna envergadura. El primero, y muy importante, fue la tensión que se generó entre el proyecto reformista y las tradiciones que habían implantado los "caudillos" en muchos distritos del país. En esas tradiciones se apoyaban, por ejemplo, las pretensiones políticas del fuerte dirigente bonaerense Manuel Ugarte, que no veía con buenos ojos el "experimento reformista" En este sentido, la candidatura de Lisandro de la Torre, con su pasado antioficialista, no ayudaba demasiado a disminuir las tensiones existentes. Ya no existían, tampoco, los influyentes líderes de antaño (Roca, Pellegrini y, quizá, Sáenz Peña) capaces de unificar al partido en apoyo a una candidatura extrapartidaria. El viejo PAN (ahora Partido Demócrata Progresista) parecía estar sin timonel en el momento que más lo necesitaba. En la oposición, por el contrario, se vivía un clima muy diferente. Luego de superadas algunas reticencias, atribuidas al mismo Yrigoyen, la UCR decidió abandonar la abstención y participar activamente en las elecciones que tuvieron lugar a partir de la sanción de la ley Sáenz Peña. La abstención había
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consolidado al partido y las épocas de conspiración habían repercutido sobre la organización de la vida partidaria fortaleciendo a los centros más fuertes y, especialmente, al liderazgo de Hipólito Yrigoyen. Ya en 1914 el radicalismo tenía una organización nacional unificada y un líder reconocido por casi todas las facciones que integraban la agrupación. El primer aspecto contrastaba claramente con la dispersión regionalista de sus principales adversarios. El contraste había sido claramente advertido por Antonio Sagarna, un conocido comentarista de la Revista Argentina de Ciencias Políticas, quien analizando una campaña electoral en Córdoba sostuvo que «mientras el partido del poder se empeñaba en sostener la elección [...] sobre la base estrecha y localista [...] del rancio poder provincial [...] el partido del llano [UCR] desplegó [...] la bandera del nacionalismo solidario" Hacia 1914, como se mencionó, ya era visible el avance electoral del radicalismo en los centros más avanzados y poblados del país. Ésta era, en consecuencia, la situación reinante en el país hacia 1914. Con algunas disidencias, la mayoría de los sectores más influyentes de la vida política había aceptado los cambios introducidos por la Ley Sáenz Peña. El único nubarrón preocupante en aquel año provenía, en rigor, de la vieja Europa. En ese momento se iniciaba lo que sería la más horrenda experiencia bélica que hubiera conocido hasta entonces el género humano.

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ORIENTACIÓN BIBLIOGRÁFICA
Esta referencia bibliográfica se basa, casi exclusivamente, en libros y artículos orientados a describir y analizar procesos y acontecimientos nacionales. Razones obvias de espacio han obligado a prescindir de historias provinciales, salvo en los contados casos donde el impacto sobre la realidad nacional fue de consecuencias directas e inmediatas. Existen varias obras generales que tratan sobre este período, comenzando con la publicada por la ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, Historia argentina contemporánea 1862-1930, vols. 1 y 2, Buenos Aires, 1964 y 1966. Son útiles, también, el volumen 4 de RICARDO LEVILLER (compilador), Historia Argentina, Buenos Aires, 1968; EZEQUIEL GALLO y ROBERTO CORTÉS CONDE, La República Conservadora, Buenos Aires, 1972, y la colección de ensayos reunida en GUSTAVO FERRARI y EZEQUIEL GALLO (compiladores), La Argentina del Ochenta al Centenario, Buenos Aires, 1980. Entre las obras más recientes, debe mencionarse a EZEQUIEL GALLO, "Política y Sociedad en Argentina, 18701916", en LESLIE BETHELL (compilador), Historia de América del Sur, c. 1870-1930, Barcelona, 1992 (1a edición en inglés, 1986). El lector interesado debe cotejar este trabajo con el artículo de David Rock publicado en la misma compilación y donde se ofrece una interpretación diferente a la ofrecida en el trabajo anterior y en el texto de este capítulo. Cf. DAVID ROCK, "Argentina en 1914; las Pampas, el Interior, Buenos Aires" Rock ya había adelantado una versión similar en Argentina 1816-1917. Desde la colonización española hasta Alfonsín, Buenos Aires, 1988 (1a edición, 1985). Consúltese, también, CARLOS FLORIA y CÉSAR A. GARCÍA BELSUNCE, Historia política de la Argentina contemporánea, Madrid, 1993. La obra más importante escrita desde una perspectiva político-institucional es NATALIO BOTANA, El orden conservador: la política en Argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, 1977. En la cuarta edición de este libro el autor agregó un "Estudio Preliminar" donde se analizan las obras aparecidas después de la publicación de su libro (Buenos Aires, 1994). C£, también, NATALIO BOTANA, "El federalismo liberal en la Argentina: 1852-1930", en MARCELO CARMAGNANI (comp.), Federalismo latinoamericano, México, Brasil Argentina, México, 1993. En este terreno sigue siendo de utilidad consultar algunas obras clásicas: RODOLFO RIVAROLA, Del régimen federativo al unitario, Buenos Aires, 1908; JOSÉ NICOLAS MATIENZO, El gobierno representativo federal en la República Argentina, Madrid, 1917; Luis H. SOMMARIVA, Historia de las intervenciones federales en las provincias, 2 vols., Buenos Aires, 1929, e ISIDORO RUIZ MORENO, La federalización de Buenos Aires. Los debates y las leyes, Buenos Aires, 1980. Muy útil para el papel político de la Corte Suprema es JONATHAN MILLER, "Courts and the Creation of a 'Spint of Moderation’. Judicial Protection of Revolutionaires in Argentina (1863-1929)", International and Comparative Review, Gran Bretaña, 1998. Existen algunas biografías que contienen información útil sobre el período, entre las que cabe destacar las dos obras de AGUSTIN RIVERO ASTENGO, Juárez Celman. Estudio histórico y documental de una época argentina, Buenos Aires, 1944, y Pellegrini 1846-1906, 5 vols., Buenos Aires, 1941. Igualmente valiosos son los aportes de JOSÉ BIANCO, Bernardo de Irigoyen. Estadista y pionero, Buenos Aires, 1943, y de RICARDO SÁENZ HAYES, Miguel Cané y su tiempo, 1851-1905, Buenos Aires, 1955. Otras biografías que pueden consultarse son JOSÉ ARCE, Roca, 1843-1914. Su vida y su obra, Buenos Aires, 1960, y Marcelino Ugarte 1855-1929. El hombre, el político, el gobernante, Buenos Aires, 1950; FÉLIX LUNA, Soy Roca, Buenos Aires, 1989; DANIEL F. WEINSTEIN, Juan B. Justo y su época, Buenos Aires, 1978; MIGUEL ÁNGEL CÁRCANO, Sáenz Peña, la revolución por los comicios, Buenos Aires, 1963, y las más recientes de DARÍO ROLDAN, Joaquín V. González a propósito del pensamiento político liberal (1880-1920), Buenos Aires, 1993, y de EZEQUIEL GALLO, Carlos Pellegrini. Orden y Reforma, Buenos Aires, 1997. Corresponde incluir en esta sección dos extensas obras completas de dos políticos muy influyentes en la época: LEANDRO N. ALEM, Mensaje y Destino, 8 vols., Buenos Aires, 1955, e HIPÓLITO YRIGOYEN, Pueblo y Gobierno, Buenos Aires, 1956. Las biografías deben completarse con memorias y autobiografías referidas a la época analizada. Entre éstas, debe citarse en primer lugar al excelente libro de PAUL GROUSSAC, Los que pasaban, Buenos Aires, 1919. Son muy útiles, también, EXEQUIEL RAMOS MEJÍA, Mis memorias, Buenos Aires, 1936; RAMÓN J. CÁRCANO, Mis primeros ochenta años, Buenos Aires, 1944; NICOLÁS REPETTO, Mi paso por la política, de Roca a Irigoyen, Buenos Aires, 1956; CARLOS IBARGUREN, La historia que he vivido, Buenos Aires, 1955; ENRIQUE DICKMANN, Recuerdos de un militante socialista, Buenos Aires, 1949, y EDUARDO GILIMON, Un anarquista en Buenos Aires, Buenos Aires, 1971. No es el propósito de este capítulo analizar la evolución de las ideas en este período, pero la reciente antología de NATALIO BOTANA y EZEQUIEL GALLO, De la República posible a la República
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verdadera (1880-1910), Buenos Aires, 1997, contiene información relacionada con muchos de los aspectos aquí tratados. Entre los trabajos generales sobre partidos políticos, merecen citarse el clásico de CARLOS MELO, Los partidos políticos argentinos, Córdoba, 1970, y el tradicional de ALFREDO GALLERTI, La política y los partidos, Buenos Aires, 1971, y, desde una perspectiva sociológica, DARÍO CANTÓN, Elecciones y partidos políticos en la Argentina. Historia, interpretación y balance, 1910-1966, Buenos Aires, 1973, y K. REMMER, Party Competition in Argentina and Chile. Political Recruitment and Public Policy, Lincoln, 1984. Existen varios trabajos sobre la Unión Cívica Radical. Siguen siendo útiles los artículos y documentos contenidos en los ya citados volúmenes dedicados a Alem e Irigoyen. Lo mismo puede decirse, a pesar de algunos vacíos en la selección, de GABRIEL DEL MAZO, El radicalismo. Ensayo sobre su historia y doctrina, Buenos Aires, 1957. De mayor actualidad es el volumen de DAVID ROCK, por más que su contribución importante se concentre en el período posterior al aquí tratado. Desde una perspectiva sociológica, puede consultarse EZEQUIEL GALLO y SILVIA SIGAL, "La formación de los partidos políticos contemporáneos: la Unión Cívica Radical", Desarrollo Económico, 311-2, Buenos Aires, 1963. Un importante avance en el conocimiento de la primera década de la historia radical, aspecto descuidado hasta ahora, se encuentra en PAULA ALONSO (que ya había publicado un par de artículos sobre el tema), Between Revolution and the Ballot Box. The Formation of the Argentine Radical Party (18801906), Cambridge, en prensa. Sobre el Partido Socialista siguen siendo útiles JACINTO ODDONE, Historia del socialismo argentino, Buenos Aires, 1943; DARDO CÚNEO, Juan B. Justo y las luchas sociales en la Argentina, Buenos Aires, 1963, y el más ajustado y actual de J. RICHARD WALTER, The Socialist Party in Argentina 1890-1930, Austin, Texas, 1977. Dos recientes e interesantes aportes se encuentran en JAVIER FRANZE, El concepto de política de Juan B. Justo, 2 vols., Buenos Aires, 1993, y JEREMY ADELMAN, "Socialism and Democracy in Argentina in the Age of the Second International", Hispanic American Historical Review, 72,2, Durham (NC), 1992. Dada la importancia que tuvieran las fuerzas autonomistas y conservadores es relativamente poco lo que se ha investigado y publicado sobre el tema. Mucha información se encuentra dispersa en historias provinciales. Sobre una perspectiva nacional puede consultarse a OSCAR CORNBLIT, "La opción conservadora en la política argentina", Desarrollo Económico, XV, 56, Buenos Aires, 1975; EZEQUIEL GALLO, "El roquismo", Todo es Historia, N 100, Buenos Aires, 1975, y, muy recientemente, PAULA ALONSO, "En la ‘primavera de la historia’ El discurso político del roquismo de la década del ochenta a través de su prensa", Boletín del Instituto de Historia Argentino y Americana "Dr. Emilio Ravignani", 15, Buenos Aires, 1997. Sobre la etapa final resulta útil consultar FERNANDO DEVOTO, "De nuevo el acontecimiento: Roque Sáenz Peña. La reforma electoral y el momento político de 1912", Boletín del Instituto de Historia Argentino y Americana "Dr. Emilio Ravignani", 14, Buenos Aires, 1996, y CARLOS SEGRETTI, "La enfermedad del presidente Sáenz Peña: un doble problema", Investigaciones y Ensayos, L 15, Buenos Aires, 1995. A pesar de que se trata del análisis de un caso provincial, el trabajo de JULIO MELON tiene indudable interés para la situación política nacional: "La ley Sáenz Peña de Ugarte o el éxito de la reforma conservadora en la provincia de Buenos Aires", en FERNANDO DEVOTO y MARCELA FERRARI (comp.), La construcción de las democracias rioplatenses. Proyectos institucionales y prácticas políticas (1900-1930), Buenos Aires, 1994. Un serio problema surge de la falta de trabajos sobre las agrupaciones "mitristas" que actuaron en el período. Hay un trabajo reciente y bien informado de sobre la Liga del Sud y el primer Partido Demócrata Progresista: CARLOS MALAMUND, Partidos políticos y elecciones en la Argentina. La Liga del Sur (1908-1916), Madrid, 1997. Existen varios trabajos de interés sobre los levantamientos armados que tuvieron lugar durante el período. Sobre el ochenta sigue siendo muy útil BARTOLOMÉ GALÍNDEZ, Historia política argentina. La revolución de 1880, Buenos Aires, 1945, que puede complementarse con E. M. SANUCCI, La renovación presidencial de 1880, Buenos Aires, 1959. Sobre el noventa se han publicado algunos trabajos bien documentados, comenzando con el clásico ensayo de JUAN BALESTRA, El noventa: una evolución política argentina, Buenos Aires, 1971. Debe consultarse, también, el ensayo interpretativo de H. ZORRAQUIN BECÚ, La revolución del noventa. Su sentido político, Buenos Aires, 1960, y el número dedicado a la crisis de 1890 por la Revista de Historia, Buenos Aires, 1957. Una interpretación discutible pero con mucha información se encuentra en LUIS V. SOMMI, La revolución del noventa, Buenos Aires, 1957. Para las revoluciones de 1893 puede consultarse a R. ETCHEPAREBORDA, Tres revoluciones. 1890-1893-1905, Buenos Aires, 1968, que, también, analiza al movimiento de 1905. CE, además, EZEQUIEL GALLO, Farmers in Revolt: the revolution of 1893 in the Province of Santa Fe, Londres, 1976. Es escasa, también, la producción referida a la prensa del período, aunque existen dos sólidos trabajos dedicados a los años ochenta; uno de TIM DUNCAN sobre Sud América (en la citada colección compilada por G. FERRARI y E. GALLO) y otro, ya nombrado, de PAULA ALONSO referido a la Tribuna ("En la primavera de la historia
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..." cit.) Sobre la prensa surgida de colectividades extranjeras, hay en buen trabajo de EMMA CIBOTTI, "Periodismo político y política periodística, la construcción pública de una opinión italiana en la Argentina", Entrepasados, 7, Buenos Aires, 1994. Para la parte final debe consultarse RICARDO SIDICARO, La política mirada desde arriba. Las ideas del diario La Nación, 1909-1989, Buenos Aires, 1993. Muy pocos trabajos se han dedicado a lo que fue la importante prensa humorística del período. Véase ANDREA MASTELLANA, Humor y Política. Un estudio comparativo del humor político, Buenos Aires, en prensa. Es mucho lo que se ha publicado sobre la inmigración. Aquí sólo corresponde mencionar tres trabajos que pueden ser útiles para lo tratado en el texto: F. DEVOTO y G. ROSOLI (comp.), La inmigración italiana en la Argentina, Buenos Aires, 1985; OSCAR CORNBLIT, "Empresarios o inmigrantes en la política argentina", Desarrollo Económico, VI, Buenos Aires, 1967. y FRANCIS KORN, Buenos Aires, 1895. Una ciudad moderna, Buenos Aires, 1981. Sobre el movimiento sindical argentino existen los trabajos publicados por quienes han participado activamente en la vida gremial. Entre éstos, son destacables los debidos a SEBASTIÁN MAROTTA, El movimiento sindical argentino, 3 vols., Buenos Aires, 1960, y DIEGO ABAD DE SANTILLÁN, La FORA. Ideología y trayectoria, Buenos Aires, 1971. Véase, también, H. SPALDING, La clase trabajadora argentina. Documentos para su historia (1890-1912), Buenos Aires, 1970; el buen trabajo de IAACOV OVED, El anarquismo en los sindicatos argentinos a comienzos de siglo, Tel Aviv, 1975; RICARDO FALCÓN, "Izquierda, régimen político, cuestión étnica y cuestión social en la Argentina (1890-l912)", Anuario, N° 2, Rosario, 1986-87, y la sólida contribución de EDUARDO ZIMMERMANN, Los liberales reformistas. La cuestión social en la Argentina 1890-1916, Buenos Aires, 1994. Sobre los grupos dirigentes en la Argentina puede consultarse JORGE F. SÁBATO, La clase dominante argentina Formación y características, Buenos Aires, 1988.

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Oscar E. Cornblit; Ezequiel Gallo (H.) y Alfredo O’Connell. La Generación del 80 y su Proyecto... Desarrollo Económico

LA GENERACION DEL 80 Y SU PROYECTO: ANTECEDENTE Y CONSECUENCIAS
OSCAR E. CORNBLIT, EZEQUIEL GALLO (H.) y ALFREDO O'CONNELL

INTRODUCCION El objeto del presente trabajo es analizar un período de la historia argentina, la década del 80, no sólo por considerarlo relevante para la comprensión del proceso posterior a él, sino por la riqueza de hechos que presenta en su acontecer social, económico y político. El centro de nuestra atención será la elite que tomó el poder legalizado a comienzos de esa década, que con su proyecto específico de desarrollo simbolizó la etapa determinante, en gran medida, del ritmo de crecimiento posterior de la Argentina. A partir de él trataremos de señalar el margen de acción real a que dio lugar la estructura económica del país y las fuerzas sociales que controlaron el poder político. Conjuntamente con este análisis procuraremos indicar que otras combinaciones de poder pudieron haber sido factibles para promover proyectos antitéticos al que desarrollaron los hombres del 80. Nos proponemos, fundamentalmente, depurar y apuntar algunas de las variables primordiales que caracterizaron todo este proceso formativo y sus proyecciones, señalando hipótesis que consideramos de cierta utilidad para la concreción de investigaciones más extensas sobre el tema. ALGUNAS VARIABLES DEL PROCESO ARGENTINO Para describir el contorno real en el que se desenvolvió la práctica política de la generación del 80, hemos tomado las siguientes variables: a) Tierra; b) Colonización; c) Inmigración; d) Distribución de la riqueza; los ingresos y la población; e).Factores externos; f) El proceso de centralización del poder político; g) los grupos político-sociales. y las ideologías predominantes.
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a) TIERRA: A comienzo de la década del ochenta la participación en el ingreso de los sectores propietarios de la tierra habían alcanzado niveles tan altos, que unidos al prestigio social que otorgaba su tenencia, la constituían en uno de los elementos básicos de la distribución -del poder en la Argentina. A pesar de ello la situación difiere de provincia a provincia. En la de Buenos Aires, se puede afirmar que al iniciarse la década del 80 casi toda la tierra del Estado bonaerense había pasado de manos del mismo a la de los particulares. La campaña al desierto de Alsina-Roca puede considerarse el último mojón de este procesó que llevó la Línea de fronteras a una situación similar a la actual. Según Mulhall, en el año 1884, el 25% en extensión, y aproximadamente el 10% en valor, de las tierras de la provincia de Buenos Aires estaban en manos oficiales, muchas de las cuales se hallaban en arrendamiento (1, páginas 28 y 266). Estas tierras se hallaban ubicadas en las zonas de fronteras en su mayoría. (En el Gráfico Nº 1 puede verse la evolución de la línea de fronteras con sus avances y retrocesos. Fuente: Censo Provincia de Buenos Aires, año 1881). Es de hacer notar, sin embargo, que, a excepción de Rosas, la mayoría de los gobernantes argentinos se preocuparon por incorporar la tierra a la economía del país dentro de una legislación que asegurara una cierta equidad en su distribución. En tal sentido pueden citarse, la ley de 1864; Ley Avellaneda (1876), ley del 3 de noviembre de 1882 y ley del Hogar del 2 de octubre de 1884. Todas estas leyes se dictaron teniendo en cuenta la necesidad de utilizar el recurso natural de rendimiento marginal más alto, y se manifiesta en ellas una relativa preocupación por impedir el desarrollo del latifundio. Es notoria también la utilización de los antecedentes surgidos de la experiencia norteamericana; la ley del Hogar, por ejemplo, es una copia exacta de leyes análogas de los Estados Unidos. Sin embargo, en su aplicación práctica toda esta legislación provincial fue desnaturalizada, sirviendo precisamente a los fines que se querían combatir. La resultante de todo este proceso fue, paradójicamente, la concentración de la propiedad territorial en escasas manos.

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Podrían apuntarse tres factores que condicionaron la estructuración latifundista de la propiedad agraria en la provincia de Buenos Aires: a) La entrega de la tierra se hizo, en la mayoría de las ocasiones, teniendo en cuenta primordialmente la necesidad de enjugar déficits fiscales. Para satisfacer esta necesidad, se entregó la tierra en forma masiva. Por ejemplo, la ley de 1864 lanza a la venta todas las tierras públicas dentro de la línea de fronteras: 800 leguas (2, pág. 171).

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b) El mecanismo de implementación y control del gobierno era muy débil como para atender eficientemente estas distribuciones masivas de tierras. En la práctica la decisión efectiva en cuanto a la adjudicación queda en manos de jefes de fronteras, caudillos y elementos muy vinculados a factores de poder ya establecidos. c) A la oferta de tierra pública en las condiciones señaladas concurrieron sectores sociales con peso muy desigual. En consecuencia, aquellos que habían sido favorecidos en distribuciones anteriores tendían a mantener o acrecentar su situación de predominio. En la provincia de Santa Fe el proceso se da en forma esencialmente distinta a Buenos Aires. Allí las consecuencias de las medidas gubernamentales se acercan más a lo sucedido en Estados Unidos. El pequeño propietario tuvo posibilidades de acceso a la tierra desde los comienzos de la explotación de la misma. Veremos con más detalle el mecanismo de distribución al estudiar la colonización, pero bástenos apuntar que en Santa Fe la propiedad territorial no estaba tan consolidada como en Buenos Aires. En el año 1850 era una de las provincias más pobres, al punto que el gobierno de Rosas tenía que remitir anualmente las sumas necesarias para el pago de sueldos del gobernador y empleados de la administración. La explotación de la tierra fue impulsada por el gobierno; cuyo poder no fue eclipsado por sectores locales ya estatuidos (3, pág. 375). Este proceso desde sus comienzos recibió el apoyo no sólo del gobierno local sino también del de la Confederación, que desde la separación del estado de Buenos Aires se vio compelido a adoptar políticas desarrollistas que lo llevaran a un equilibrio de poder con aquélla. Esta lucha interregional por el poder fue probablemente un elemento determinante en la política de entrega de la tierra de las provincias del litoral que quedaron bajo el gobierno de la Confederación. Si bien el estado santafesino y los sectores sociales preponderantes podrían haber optado quizás por una distribución menos equitativa, ésta no hubiera desarrollado la producción de la tierra ni hubiera aumentado la población a corto plazo con el ritmo con que ocurrió de hecho. Nicasio Oroño, gobernador de Santa Fe, dice al respecto: “Las leyes que se han dictado en la provincia de Santa Fe son el resultado de una alianza feliz de ambos sistemas (donación gratuita y ventas a bajos precios y largos plazos), combinación afortunada que ha duplicado la riqueza pública en menos de cinco años,
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acrecentando la población en una proporción del 10% anual” (4, pág. 44). Mulhall incluye el siguiente cuadro de crecimiento de población: (1, pág. 401)

Este proceso se traduce en la siguiente configuración de la distribución de la tierra en 1884, (1., pág. 4).

De las 1.370 en poder del gobierno, se reservaban 460 leguas para nuevas colonias. Por el contrario, en el año 1928 todavía el 30% de la tierra en la provincia de Buenos Aires, estaba en poder de los grandes propietarios, (5, pág. 182). b) COLONIZACION: La colonización de tierras estuvo íntimamente ligada a la producción agropecuaria y a la distribución de aquélla. En cada una de las provincias su evolución, por responder a situaciones diferentes, se encaminó en distinto sentido. En 1865 las colonias existentes por provincia y su extensión, eran: (6, Pág. 85).

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Todavía no hay gran diferencia entre estas provincias, aunque ya se nota a Santa Fe adelantada con respecto a las otras. Por otra parte; Corrientes cuyo primer intento de colonización es anterior al santafesino (empresa de Brougnes), no ha podido dar permanencia a ninguna. A partir del año 1865; Santa Fe inicia el movimiento colonizador en gran profundidad. Podría decirse que en ese año se genera un proceso automático para esta provincia. La evolución de sus colonias es la siguiente:

En 1895, sobre un total de 9.835.000 de Ha., se habían colonizado aproximadamente más de 3.700.000 de Ha., o sea alrededor del 37% de la misma. Las colonias representaban en 1884 el 84% del área total bajo cultivo en explotación en la provincia de Santa Fe (1, pág. 33). Las colonias de Santa Fe se convierten en un centro de
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irradiación y desbordan hacia Córdoba y Buenos Aires (7, pág. 232). El Censo Nacional de 1895 (8) inserta las siguientes cifras:

Buenos Aires desarrolla a partir de 1890 el cultivo extensivo del trigo, utilizando la forma jurídica del arrendamiento para este propósito. Scobie, explica esta diferencia con al proceso de Santa Fe, dado el carácter subordinado a la ganadería que tuvo el desarrollo del trigo en Buenos Aires (9, pág. 1). Otro factor operante pudo haber sido la tendencia a retener la tierra en vista a su valorización y, además, el prestigio social que ésta otorgaba (7, pág. 252). Algunos factores que promovieron el desarrollo de las colonias de santa Fe con la intensidad ya señalada, fueron: a) El buen sistema de comunicación, en sus orígenes fluvial a través del Río Paraná, y luego ferroviario, en un proceso de interacción recíproca, dado que la presencia de las colonias aseguraba buenas ganancias a las compañías ferroviarias. Para el año 1895 el Censo nacional da las siguientes cifras:

La no existencia de un sistema de comunicaciones en Córdoba, por ejemplo, retrasa la fundación de colonias hasta el establecimiento de las líneas férreas. b) Los primeros intentos de colonización santafesina encontraron un alto grado de protección estatal. Luego el efecto de demostración
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de las empresas exitosas automatizaba la fundación de nuevas colonias. En el caso de la de Esperanza el gobierno de la Confederación se hizo cargo de las deudas de los agricultores a la agencia de colonización (4, pág. 44). c) La ya mencionada fortaleza del gobierno provincial en lo que se refiere al control de la distribución de tierras. d) Aunque difícil de evaluar como factor, cabría tener en cuenta el hecho de que los colonos que al principio eran muy débiles, hayan tenido que armarse y fortalecerse en su lucha contra los indios, con lo cual acrecentaron su poder. Esta situación llegó al extremo de que en 1893, luego de haber participado en varias revoluciones, un grupo de ellos entró en la ciudad de Santa Fe enarbolando banderas suizas (3, pág. 364). e) Es interesante señalar qué en el procesó de colonización de Santa Fe intervienen compañías comerciales, en su gran mayoría dirigidas por extranjeros. Cochran considera que en Estados Unidos este hecho jugó un papel positivo, al. introducir una atmósfera de capitalismo moderno en la dinámica de afincamiento de los inmigrantes (10, pág. 341). En nuestro país, aunque desde un ángulo, diferente, que analiza solamente la relación empresa-colono, este hecho ha sido juzgado negativamente, basándose en el carácter muchas veces leonino de los contratos (11). Reconociendo la veracidad de estas afirmaciones, nos parece importante, establecer la aparición de una nueva actitud empresarial con referencia a la explotación de la tierra. Sin embargo, debido, a que la mayoría de estos empresarios eran extranjeros, no parece que, esta haya significado un cambio de actitud en los grupos nacionales ligados a la actividad agropecuaria. c) INMIGRACION: Podemos decir que el tipo de inmigración que recibe la Argentina es, a rasgos generales, concordante con las tendencias de la época en que se incorpora a este fenómeno. Las grandes migraciones internacionales comienzan alrededor de 1830, pero el lapso que va desde este año a 1882 escapa casi completamente a la influencia argentina. Esta circunstancia es de gran importancia para definir las particularidades del flujo migratorio en nuestro país. Veamos los marcos generales dentro de los cuales se desenvuelven las migraciones en el mundo. En total, 65 millones de
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emigrantes dejaron Europa entre 1830 y 1950. La distribución por países de origen está representada por el siguiente cuadro (12, pág. 216):

Es decir, que el 50,4% de los emigrantes provienen del noroeste de Europa y el 35% del sudoeste del mismo continente, Esta clasificación tiene importancia por los rasgos culturales que ella implicó. La emigración del noroeste de Europa proviene de países de transición hacia él industrialismo con actitudes favorables hacia ese proceso con todos los componentes sociales; políticos y educativos que esto representa. La que viene del suroeste, por el contrario tiene un gran atraso cultural y sale de países de estructura predominantemente agraria y pastoril, con preponderancia de formas absolutistas de decisión político-social. Algunas cifras tomadas de la inmigración en EE. UU. sirven para confirmar este aserto: (19, pág. 454)

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La distribución de migrantes dada por los cuadros anteriores es global y agregada entre 1830 y 1930. Si se analiza la composición a través del tiempo por medio de cortes sucesivos hay una gran variación en las proporciones respectivas. En Woytinsky (14, pág. 76) se incluyen los siguientes datos:

De estas cifras puede deducirse que cuando la Argentina aparece en escena como país receptor de inmigración masiva ya se había producido un vuelco en la relación Noroeste-Sudeste a favor de esta última. Las cifras de la inmigración en EE. UU. confirman este vuelco.

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Puede observarse un paralelismo entre las tendencias migratorias generales de los EE. UU. y de la Argentina, anotándose que a pesar de la curva descendente general de la migración N. U., los Estados Unidos retienen una proporción mayor de esta procedencia que la Argentina. La explicación de esta diferencia puede ser la resultante de los siguientes factores: a) Relación país colonizante-colonizado. Es decir, por ejemplo, tendencia inglesa a dirigirse a EE. UU., española a Argentina y portuguesa a Brasil. _.. . b) La existencia de núcleos inmigrantes exitosos en Estados Unidos provenientes de países del N. O. Es de hacer notar que en este período (1830-1857) la Argentina, cerró sus fronteras a la inmigración. c) Afinidades lingüísticas-culturales más acentuadas entre los países del NO. y los EE. UU. Al mismo tiempo la primera inmigración que fue a América del Norte contribuyó a la formación de una estructura económico-política similar y a veces perfeccionada, a la existente en los países de origen. Esto produjo un proceso de automatización circular que influyó en el mantenimiento de una corriente más estable para la nación del Norte. d) Suelen mencionarse algunos factores de tipo político que no estamos en condiciones de evaluar adecuadamente. Estos serían, por un lado, la propaganda inglesa destinada a enviar a la Argentina mano de obra no calificada, que se integrase dentro de la estructura exportadora del país; y por el otro, en cierta manera complementaria de la anterior, el interés de sectores de ganaderos bonaerenses, empeñados en esa época en el desarrollo de explotaciones agrícolas extensivas. Coincidentemente con esto, parece claro que la política oficial inglesa estaba encaminada a poner trabas a la venida de sus súbditos al Río de la Plata (17, págs. 373, 394 y 447). Evaluaremos posteriormente la importancia de este hecho cuándo analicemos algunas de las actitudes de las elites nacionales. Sin embargo, Foerster (7, pág. 327) señala que la inmigración italiana con más posibilidades de ligarse a una estructura industrial se dirigió a la Argentina, en cambio los Estados Unidos recibieron fundamentalmente italianos del sur. El mismo autor (pág. 234) señala que a partir de 1873, por un decreto del gobierno argentino se deja una sola agencia en Florencia, en Italia, dado el carácter
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espontáneo que había tomado el flujo italiano. Ese mismo decreto establece una agencia en Alsacia-Lorena (en poder de Alemania), zona industrial, para variar la composición de la inmigración. Podría añadirse, además, la escasa organización exterior gubernamental destinada a compensar las tendencias internacionales mencionadas a favor del S. E. de Europa. En este sentido, los mensajes presidenciales durante la década del 80, señalan el abandono de la política oficial a la espontaneidad del flujo inmigratorio (18, Mensajes de Roca: 1882, pág. 33; 1883, pág. 83; 1884, pág. 97).

Asimilación del inmigrante. Una característica general visible y compartida por la mayoría de los autores es la poca integración de la inmigración en las estructuras políticas, fenómeno este que recién se concretará ya muy avanzado el siglo XX. Las causas que operaron en esta dirección fueron: a) El escaso interés de los extranjeros en asimilarse. En este sentido la preeminencia de las nacionalidades del sudoeste europeo, con poca experiencia de participación política en sus países de origen, conspiraba contra su integración. b) La alta proporción de italianos en la emigración configura en ésta una fuerte tendencia a retornar a su país de origen; esta característica de la inmigración italiana se manifiesta también en Brasil y Estados Unidos (7, pág. 32; 6, pág. 92). No se descarta la existencia de factores que acentuaron la mayor predisposición de la inmigración italiana al retorno, como ser: las dificultades de afincamiento en el campo, debido a la gran cantidad de tierras fiscales entregadas a particulares, por un lado, y por otro, las pocas posibilidades de trabajo urbano, debido al limitado desarrollo industrial. Además, las situaciones de crisis producían fuertes alzas en las tasas de retorno.
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c) La legislación argentina, ya sea la emanada de la Constitución Nacional o de la ley de 1876, no preveía ningún sistema de nacionalización, tal cual sucedía en EE. UU. Más aún, nuestra legislación otorgaba en ciertas ocasiones primacía a los no nacionalizados, a lo que se sumaba la protección que recibían de sus propios gobiernos mientras continuaran con su nacionalidad de origen. d) Por otra parte, el cerrado y arbitrario sistema política existente conspiraba contra la participación electoral de los extranjeros, que, al igual que los nativos, seguían con indiferencia el desarrollo de los comicios. En 1891, el diario “La Unión”, de la colonia de Esperanza, describía esta situación con suma claridad (11, págs. 48-50). Asimismo el poder oficial no parecía muy interesado en esta, participación, y más bien ponía trabas a la misma. El mismo periódico reproduce una cita de un diario oficialista de Córdoba, que critica y previene a los extranjeros por su ingerencia en los asuntos políticos nacionales: “Los extranjeros en Córdoba están sufriendo las consecuencias de sus errores, pues han tomado una ingerencia activa en nuestras turbulencias políticas” (11, pág. 51). d) DISTRIBUCION DE LA RIQUEZA, LOS INGRESOS Y LA POBLACION: El crecimiento de la riqueza en el período es intenso: de 1857 a 1884. el capital nacional se quintuplicó. Su distribución no fue, empero de ningún modo uniforme. En tanto que en la provincia de Buenos Aires (incluida la ciudad) el ritmo anual de acrecentamiento medio de la riqueza fue en 1864-84 de 35 millones de Dls., o sea 54 Dls. por cápita, en el resto de las provincias fue de sólo 24 millones de Dls., o sea 20 Dls. por cápita. Cabe señalar que la cifra correspondiente a Buenos Aires (54 Dls. o £ 11) se compara favorablemente con las de otros países: £ 5 en Gran Bretaña, £ 5 en Francia, £ 6 en Estados Unidos y £ 9 en Australia. En 1884 la riqueza se encontraba distribuida de la siguiente manera:

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La acumulación anual en 1884 era de alrededor de 80 millones de Dls., o sea el 25% de los ingresos, en tanto que el coeficiente medio de producto-capital, era de sólo 17%, como puede inferirse de las cifras anotadas sobre riqueza a ingresos nacionales. La escasa magnitud de este último obedece fundamentalmente a la baja productividad de la explotación ganadera. Como puede observarse en los cuadros anteriores, la distribución entre las diferentes provincias de la riqueza, no era pareja. En 1884 a la provincia de Buenos Aires le correspondía el 61% del capital nacional (excluida la ciudad de Buenos Aires -que participa con un 23%- le correspondía el 38%), y aproximadamente 3/4 partes estaban ubicadas en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos (corresponde 6% a Santa Fe). Esta distribución desigual de la riqueza
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Buenos Aires (ciudad), 425; Buenos Aires (campaña), 710.
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se refleja en la de los ingresos; la provincia de Buenos Aires, con la ciudad incluida, representaba el 50% de los ingresos (la ciudad sola, 15%) y las de Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe, el 61%. En cuanto a la participación de los sectores de la producción, que puede ofrecernos algunos indicios en cuanto al peso relativo de distintos grupos sociales, podemos reseñar las siguientes cifras: El sector ganadero de la provincia de Buenos Aires constituía el 27% de la riqueza nacional y el 44% de la zona; si le agregamos los de Santa Fe y Entre Ríos su participación en el capital nacional se eleva a 33%. Los ingresos del sector comercial, bancario, de transportes y de construcción en Buenos Aires (provincia y ciudad) eran, por otra parte, el 12% de los ingresos globales y el 24% de los de la región; en esta misma la manufactura sólo representaba el 5% de los ingresos. Cabe señalar, por otra parte, que el gasto público total, nacional y provincial, representaba un 15% de los ingresos; el del gobierno nacional algo menos del 10%. En cuanto a la distribución de la población por ocupaciones se puede estimar que en la provincia de Buenos Aires la correspondiente a la ganadería era alrededor de 28%, la de la agricultura 18% y el resto al sector urbano. (Para la construcción de estas cifras hemos recurrido a las estadísticas de Mulhall (1) y al censo de 1881 para la provincia de Buenos Aires (19). Estos guarismos nos sugieren las siguientes consideraciones: 1. - El predominio de Buenos Aires es evidente, sobre todo si se tiene en cuenta que la segunda provincia en riqueza -la de Entre Ríos- sólo poseía un 10% de la de aquélla. 2. - El sector de Buenos Aires, ligado a la ganadería y que indudablemente poseía intereses en otras actividades (agrícola, comercial, etc.) detentaba un poder económico sin rival; el peso del sector urbano de la capital no era, sin embargo, desdeñable. 3. - Por otra parte, no era pequeña la participación estatal en los ingresos; en Buenos Aires el monto de los sueldos y salarios pagados por el sector oficial era tan alto como los ingresos totales generados en el sector comercio.

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e) FACTORES EXTERNOS: 1. -- Dependencia comercial. El comercio exterior argentino estaba altamente concentrado, tanto en lo referente a productos como a países de intercambio; esta situación revela un primer elemento de dependencia del exterior. Daremos algunas cifras al respecto:

Como puede observarse, el grueso del intercambio comercial se realiza con Francia y el Reino Unido, aunque ambos iban perdiendo terreno frente a Bélgica y Alemania; la diferencia entre ellos es tan grande, sin embargo, que su posición no peligró fundamentalmente. La situación de estos países difería, si consideramos además las importaciones y exportaciones por separado.

Como se puede observar, el papel que juega Bélgica obedece casi exclusivamente a su importancia como cliente, la de Inglaterra, en cambio, no obedece a su situación de comprador de los productos de exportación, sino al de abastecedor.

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En cuanto a las vinculaciones económico-políticas que contribuyen a crear el comercio exterior, es interesante destacar que la provincia de Buenos Aires acapara del 70 al 80% del mismo. En lo que se refiere a la distribución por productos, al comienzo del período que nos ocupa, la lana es el principal artículo de exportación, representando cerca del 50% del valor total de las ventas al exterior; le siguen en importancia los cueros, con un 20%. Es necesario señalar que, dada la limitada actividad manufacturera en el territorio del país, el abastecimiento de productos elaborados estaba fundamentalmente a cargo del extranjero. La Argentina configuraba algo así como un ejemplo de libro de texto de la especialización por medio del comercio exterior. 2. - El déficit del balance comercial. Hasta 1890 la Argentina fue básicamente deficitaria en su comercio exterior; el monto disponible de muchos artículos de consumo y de inversión dependió pues hasta entonces de la posibilidad de atraer fondos del exterior.ya sea por medio de las colocaciones de bonos públicos o de las inversiones directas.

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Esta dependencia del exterior desembocaría en una fuerte carga, en la forma de servicios financieros, sobre las exportaciones y la capacidad de importar.

3. - El capital extranjero. El movimiento de mercancías y el de capitales se estimulan mutuamente; es difícil en un momento determinado decidir cuál de ellos determina al otro. En la Argentina las inversiones extranjeras -fundamentalmente británicas- se vieron alentadas, por el conocimiento de la plaza adquirido por medio de la vinculación comercial; pero, por otra parte, es evidente que las inversiones en ferrocarriles, por ejemplo, estimularon una intensificación sin precedentes de las exportaciones británicas, en este sentido, ver (17, pág. 428 y ss.). Hacia 1884 podemos calcular que el capital extranjero era propietario de un 10 a un 15% de la riqueza nacional; por otra parte el monto de los servicios financieros pagados en ese año al exterior representaron alrededor del 8% de los ingresos totales. Pero más que su importancia en general, él capital extranjero y sobre todo el británico, pasó a ocupar una situación estratégica por su control sobre los ferrocarriles y posteriormente el comercio de carnes.
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f) CENTRALIZACION DEL PODER: La dispersión espacial del poder; característica de la Argentina anterior a Caseros, y que se exterioriza por la presencia de los caudillos, confluye a partir de 1852 en el último gran antagonismo interregional: las provincias del interior bajo el liderazgo del litoral, englobadas por el gobierno de la Confederación, en abierta oposición al Estado de Buenos Aires. No corresponde analizar aquí los pormenores de este enfrentamiento. Señalaremos solamente que a partir de la derrota de la Confederación en Pavón Buenos Aires, paulatinamente, mediante el afianzamiento del poder regional, concentrara en sus manos casi todas las decisiones políticas de alcance nacional. Sus dos partidos, Autonomistas (alsinistas) y Nacionalistas (mitristas), cuya razón de ser obedece a causas de carácter local, dirimirán a través de la consecución del gobierno provincial, el manejo de la República. El poder de decisión del resto de las provincias comienza a decrecer, lográndose al mismo tiempo la eliminación de los últimos focos de resistencia con la derrota de los caudillos Peñaloza y López Jordán. Es decir, la centralización del poder se logra en la Argentina, a partir de 1862, mediante el fortalecimiento de una de sus provincias, que impone “geopolíticamente” su preeminencia en la medida que refuerza su autonomía y en cuanto no transfiere a una superestructura nacional los elementos en que basa su supremacía. Baste recordar los datos ya citados sobre la distribución espacial de la riqueza, para encontrar en ellos la causa de esta situación. Tenemos entonces para el período que corre desde 1862 a 1880, globalmente, el siguiente cuadro: a) un poder provincial fuerte, desde donde se toman las decisiones nacionales; b) poderes regionales débiles, con escasa participación en el gobierno central, y c) un gobierno nacional que carece de los elementos necesarios para imponer su soberanía. La relación entre el poder nacional y el poder regional bonaerense ha sido, a nuestro criterio, justamente valorada por Alberdi: “La Constitución actual crea, en efecto, dos gobiernos nacionales para la República Argentina..... El uno (gobierno Nacional de nombre) es el gobierno que debió su creación a la Constitución de 1853; el otro (gobierno Nacional de hecho) fue la obra de la Constitución reformada de 1860, la cual puso en manos del
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gobierno provincial de Buenos Aires, todos los medios y recursos del poder nacional (21, pág. 225). Y más adelante: “Dar al gobierno nacional por capital y residencia la ciudad de Buenos Aires, es completar el poder que necesita para dejar de ser un poder de mero nombre, pues la ciudad de Buenos Aires quiere decir, el Puerto, el tráfico directo, la Aduana, el mercado, el crédito, el tesoro de la Nación entera... Lo que falta al gobierno argentino no es una capital, es el poder” (21, pág. 231). La situación de subordinación del gobierno nacional se reflejó claramente en 1876, cuando renunció a uno de los instrumentos básicos de su soberanía; cual era la de emitir billetes en todo el territorio de la República. El Banco de la Provincia de Buenos Aires, acreedor del gobierno nacional, logró imponer en ese año esta situación, posibilitada, en gran parte, por la debilidad políticaeconómica del poder central (22, págs. 55 a 58). Este estado de cosas encuentra su solución, por lo menos en el plano político institucional, con la federalización de Buenos Aires en 1880. Contemporáneamente con este suceso, el triunfo de la guardia Nacional sobre las milicias de la provincia de Buenos Aires, establece el punto de partida del afianzamiento del ejército nacional. En el último capítulo analizaremos el contenido de esta transferencia de poder, apuntando aquí algunas de las causas que coadyuvaron a tal acontecimiento: a) el desarrollo de lo que Rivarola (23, cap. XVII al XX) denominaba “los grandes factores unitarios” (el ferrocarril, p. ej.); b) la necesidad de poner fin a la intranquilidad provincial, que entorpecía la puesta en marcha de una política económica que basaba gran parte de su éxito en el logro de financiación desde el exterior, y c) la presión de las provincias por una mayor participación en el poder, encontró eco esta vez en parte del sector más influyente de la provincia de Buenos Aires. Los ganaderos que adecuaban la explotación agropecuaria a las exigencias del mercado ultramarino, pugnaban también por el logro de la paz interior; a través de la legalización definitiva del poder nacional. (Es muy significativa la lista de Electores de Roca, candidato de las provincias donde figuran los más prominentes estancieros bonaerenses, como Unzué, Alvear, Caseres; Alzaga, Cambaceres, Díaz Vélez, etc.) (22, pág. 207). Roca, en carta a Juárez Celman, revela también el vuelco de estos elementos en pro de su candidatura (24, pág. 135).

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Hemos visto hasta aquí la estructura del poder en el plano espacial. Cabe agregar que la debilidad del gobierno nacional se hace más patente cuando intenta políticas modificatorias del status quo. Sarmiento ha llamado varias veces la atención sobre las distintas barreras; institucionales o administrativas, que coartaron repetidamente tentativas de ese carácter durante su gestión presidencial (25, págs. 187-188, 276, 48687). La misma situación se dio en el plano provincial, en lo que se refiere a la debilidad del sector Estado. Un gobierno respetado. y fuerte como el de Santa Fe, no fue ajeno a este hecho, como en ocasión en que los intereses regionales, con cierto apoyo del gobierno nacional, dieron por tierra con la administración Oroño, cuándo ésta intentó implantar el Registro Civil (3, pág. 343-44). g) LOS SECTORES POLITICOS Y LAS IDEOLOGIAS PREDOMINANTES: El proceso de formación de los partidos políticos argentinos no escapa a la dinámica general en que se desenvuelve el mundo. Es decir, su aparición, en el sentido técnico-organizativo, estará condicionada al surgimiento de las grandes masas en la escena política. El principio organizativo, que es su base de existencia; o sí se quiere, la toma de conciencia de la utilidad de organizarse, surge, precisamente, de la necesidad de los nuevos grupos de proveerse de un instrumento que equilibre el poder de los sectores tradicionales (26, págs. 21-22). Este hecho recién se produce en el país en 1891, cuando la Unión Cívica, a través de la primera carta Orgánica que se conoce en el país, comienza a proyectar en un sentido nacional y democrático la estructura política basada en el comité electoral (27, pág. 347 y ss.). Es decir, que recién a partir de los grandes movimientos masivos y de la necesidad de éstos de dar a conocer nuevas “elites” surgidas de su seno, prestigiándolas ante el público elector a través del aparato político, se inician en Argentina la era de los partidos. Luego de la Unión Cívica, la Unión Cívica Radical, su sucedáneo, afianzará más este sistema, que se consolidará definitivamente a partir de la Ley Sáenz Peña. En este sentido, la Argentina no es ajena al proceso mundial, por lo menos en lo que al plano institucional se refiere. Dice Duverger: “De hecho, los verdaderos partidos datan de hace apenas un siglo: En 1850 ningún país del mundo (con excepción de los Estados Unidos) conocía partidos políticos, en el sentido moderno de la palabra; había
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tendencias de opiniones, clubes populares, asociaciones de pensamiento, grupos parlamentarios; pero no partidos propiamente dichos (28; pág. 13). Y, en rigor; esto era lo que existía en la Argentina anterior a 1880. Desde 1862, la lucha política queda planteada entre sectores del liberalismo bonaerense autonomistas y nacionalistas. No hay elementos objetivos que permitan una diferenciación programática o de composición social entre ambos. El “leit-motiv” de la existencia de uno de ellos; el autonomista; que era la oposición a la nacionalización de Buenos Aires, desaparece cuando años más tarde es el Nacionalista quien se opone a tal medida. Es decir, cada partido es nacionalista en el gobierno y autonomista en la oposición. Las interpretaciones “economicistas” de la historiografía argentina para diferenciar ambos grupos no parecen satisfactorias, pues hay elementos de distintos matices sociales en ambos partidos. Lucio V. López cree ver en el enfrentamiento una lucha generacional, argumento no desdeñable, pues parece evidente la participación universitaria en las filas del autonomismo (28, pág. 28), partido cuyo lenguaje presenta también matices de corte popular. Es dentro del autonomismo donde pueden encontrarse diferenciaciones de mayor envergadura. La puja interna entre los clubes “Libertad” y “25 de Mayo”, representante este último de los sectores más jóvenes, muestra una actitud disímil en cuanto a la percepción de los problemas de estructura, distingo que no existe en el enfrentamiento autonomismo-nacionalismo. Es a través del club “25 de Mayo” y sus sucedáneos donde se comienzan a exteriorizar las primeras variables anti-statu quo en el campo político, tales como la democratización de la propiedad territorial; la libertad electoral y la protección industrial (30). Cuando el nacionalismo y la plana mayor del alsinismo se coaligan, los jóvenes autonomistas forman el Partido Republicano, dando por primera vez un acentuado matiz ideológico a la controversia. El Partido Republicano, y luego el Autonomista Nacional de 1868 (no confundir con el del mismo nombre de 1881), en cuanto a partidos programáticos, constituyen el primer intento de modernización de las estructuras políticas, todavía muy incipiente. Duverger, citando el “Essay on Parties” de David Hume, señala “que el programa desempeña un papel esencial en la fase inicia en la que sirve para coaligar a individuos dispersos, pero que la organización pasó luego a primer plano, convirtiéndose en accesoria la plataforma” (28, pág. 18). Pero la falta de organización de los republicanos se
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daba en función directa a la estructuración social del país. Los sectores a quienes se dirigía su mensaje, manufactureros y agricultores, por ejemplo, eran demasiado incipientes como para tener algún peso en la decisión política. Por otra parte, al estar integrados en su mayoría por extranjeros, se mantenían alejados, o se les ponían trabas para su participación en la actividad política, y, cuando más, reducían sus reclamaciones al plano local o regional, como hemos visto que sucedía con los colonos santafesinos. La composición netamente bonaerense de los hombres del partido, lo privó al mismo tiempo de base nacional como para coordinar una acción de envergadura con sectores provinciales antagónicos a las clases dirigentes del primer Estado argentino. Las clases populares nativas mostraban el mismo indiferentismo por la política, ya sea por estar subordinados en su mayoría a las actividades de la sociedad tradicional, no alentadoras de actitudes democráticas, o por riesgo y la inutilidad que significaba participar en elecciones donde la coacción física y la violencia eran habituales. La escasa clientela electoral hacía, en consecuencia, innecesaria la organización. Una cita de Sarmiento nos aclarará el marco reducido en que se desarrollaban las contiendas electorales; en la ciudad de Buenos Aires: “sobre 187.0110 habitantes, con 12.000 votantes, hubieron en la ciudad 2.400 registrados, de los que sólo votaron 700°' (25, pág. 284). Parece verosímil, entonces, que la ausencia de un mecanismo político que permitiera la presión de vastos sectores sobre la estructura del poder, posibilitó una cierta comodidad a los grupos económicos preponderantes en cuanto al manejo de la cosa política. Hemos visto ya que el sector ganadero representaba un 27% de la riqueza nacional, y que los sectores antagónicos más importantes estaban lejos de poseer un 10%. Estos hechos es posible que hayan permitido una cierta “autonomía” en el plano político que facilitó la formación de grupos personalistas, como el mitrismo y el alsinismo, que se desgastaron en una puja que no conmovía en nada la estructuración de la sociedad argentina. La centralización institucional de 1880 introducirá una nueva variable que analizaremos a posteriori la formación del PAN exteriorizará la nueva necesidad de organizar estructuras de alcances nacionales, por más que este primer intento solo englobe “élites” provinciales ya arraigadas en la estructura del poder.

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Las variables ideológicas que se exteriorizan: en la época de la Organización Nacional, por lo menos en el período 1862-1875, presentan un matiz preponderante: una fuerte tendencia a dicotomizar en tomo a problemas planteados por ideologías importadas sin una previa valorización de las estructuras objetivas y la práctica política-social que llevó a formularlas en los países de origen. El liberalismo político y económico se presenta como el denominador común de las facciones en pugna, y sus principales premisas son aceptadas por todos. La no valorización de la dinámica social sobre la que se estructuró ésta ideología, llevó a la Argentina a la paradójica situación de que la adopción global del sistema se realiza dejando sumergidos una cantidad de variables que fueron primordiales en Europa y Estados Unidos. La resultante fue, en consecuencia, la no comprensión de la antítesis entre la ideología y la supervivencia de estructuras características de las sociedades tradicionales; con lo cual se adoptaban políticas que daban por supuesto premisas no cumplidas y que puestas en práctica, chocaban con la realidad social existente. Tal el caso, por ejemplo; de las leyes de tierra. En este sentido cabe señalar que en la Argentina nuestras “élites” adoptaron el liberalismo tal cual se data en Europa en ésa época; es decir como ideología ya acabada que descansaba en un sistema socio-económico, el capitalismo, que ya había logrado asentarse definitivamente. Se ignoró, en cambio, al primer liberalismo, o en todo caso se lo tergiversó, que fue la concepción del mundo de ese mismo sistema, pero cuando todavía luchaba por triunfar sobre las estructuras de la sociedad feudal. La situación descripta es característica sobre todo en la época de nacionalistas y autonomistas, que heredan tal concepción del tronco común, que fue el Partido Liberal porteño. Miguel Cané, que defendió el sistema proteccionista, daba una clara visión del estado de opinión de la época: “Todos, señor Presidente, al abandonar las aulas de la Universidad somos librecambistas acérrimos” (31, pág. 31). Excepciones individuales como la de Sarmiento, en su comprensión del proceso estadounidense, o la de Nicasio Oroño en Santa Fe no llegan a tener repercusión social desde el momento que no se estructuran en movimientos de opinión. El caso del gobierno de la Confederación (1853-1862) es distinto, y merecen destacarse algunas de sus componentes:

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a) El gobierno de la Confederación se estructura sobre la base de. una alianza entre los caudillos del interior y las provincias del litoral, conduciendo estas últimas el proceso. b) Este heterogéneo frente adquiere cohesión ideológica por la presencia de dos elementos: la lucha común contra Buenos Aires y la presencia en los cuadros gubernativos de los hombres de la “generación del 37” (Gutiérrez, Alberdi, Fragueiro, López, etc.), que le imprimieron una dinámica más moderna a la coalición antibonaerense. El gobierno de la Confederación introdujo nuevas variables en el comportamiento argentino, que es conveniente destacar: a) La adecuada comprensión de Alberdi de las causal del caudillismo (32) se unió a las reclamaciones provinciales para programar una distribución espacial más racional de la riqueza. Esta actitud implicaba la nacionalización de ciertas estructuras del poder económico concentradas y retenidas por la provincia de Buenos Aires, como la Aduana, facilitando además una más adecuada política extensiva interior. b) Como ya mencionáramos antes, la necesidad de equilibrar el peso de Buenos Aires obligó a la adopción de medidas de promoción del desarrollo en las provincial, tales como la colonización. Lo mismo puede decirse de la adopción de políticas evolucionistas en el sistema crediticio, bajo la influencia del ministro de Hacienda, Mariano Fragueiro (33, págs. 174-75). El fracaso del proyecto de la Confederación puede encontrarse en diversas causa: a) La lucha con Buenos Aires en el campo económico se realizó en condiciones muy desparejas, por la desigualdad de riqueza. El bloqueo económico de los porteños y el fracaso de los medios para superar las tarifas diferenciales, unido al escollo que la política bancaria y crediticia encontraba en la escasez de recursos de las provincias, colocaron a la Confederación en situación muy angustiosa (33, pág. 88 y ss.). b) La indecisión del comando militar de la Confederación posibilitó la recuperación de Buenos Aires, vencida en Cepeda, y presumiblemente facilitó su posterior triunfo en Pavón. Una hipótesis factible descansaría en el hecho de que la dirección confederacionista estuviese en manos del Litoral que como región productora estaba mucho más ligada con Buenos Aires, sobre todo a partir de la apertura de los ríos interiores y con el comercio de exportación.
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c) La claudicación de Corrientes, por razones de dependencia económica con Buenos Aires, debido a la comercialización de la madera (33, págs. 183-84). Otro vasto movimiento de opinión de características industrialistas se produce en el país a partir de la crisis de 1875. Se introducen en la controversia política actitudes adversas hacia el libre cambio, haciéndose notoria la mención a la experiencia norteamericana y utilizándose elementos programáticos de pensadores de esa nacionalidad, como Carey (31, pág. 89). Este fuerte movimiento de opinión abarcó el Parlamento (31), la prensa a través de una campaña organizada por el diario “El Nacional” (34), la plataforma de partidos políticos como el P.A.N. de 1878, organizado por Sarmiento, y hasta el mensaje gubernativo en la Legislatura de Buenos Aires, inspirado por el ministro de Gobierno, Aristóbulo del Valle (36,.págs. 132 y ss.). Esta actitud disímil no logra integrarse dentro de la vida política nacional, ni amenizar siquiera la estructura tradicional del poder. Leyendo los documentos de la época, a pesar de la vastedad del movimiento, queda la impresión de que careció de la fuerza necesaria para instrumentar, al menos, una importante facción opositora. La polémica alrededor de proteccionismo y librecambio quedó relegada al mundo político-cultural, sin invadir: al político-organizativo, pues hombres de divergente posición en la materia, convivían sin dificultades dentro del mismo partido, tal como sucede con el P.A.N. de 1878. La lucha personalista seguía siendo el “leit motiv” de la existencia de las agrupaciones políticas. No parece correcto descartar, en este sentido, el estado incipiente de nuestra estratificación social, todavía no conmovida por el impacto inmigratorio masivo. De todas maneras, tanto los ya establecidos como los que posteriormente arribaron a nuestras playas, por sus características, tardaron mucho en asimilarse a la vida nacional, como lo hemos visto en el capítulo correspondiente. Por otra parte tal como lo señalamos al analizar el Partido Republicano, es probable que aquí también haya influido el escaso poder de los sectores económicos a quienes iba a favorecer el planteo proteccionista. Todos estos factores, indudablemente, pesaron en la limitación y debilidad que exteriorizó este movimiento, pero es importante destacar el hecho de que los hombres interesados en esas metas no salieran a la búsqueda de ese apoyo, ni trataron de modificar los canales de ascensión política para permitir la participación de sectores
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potencialmente adictos. Más aún, creyeron factible el triunfo de sus ideas, respetando el juego de las “élites” tradicionales, y tratando de adecuarse a él para el logro de sus objetivos. Restaría señalar que en este movimiento aparecen esbozados con alguna continuidad matices que indican la presencia de cierto nacionalismo reactivo pocas veces observable en el país, sobre todo en cuanto hace referencia directa a la relación de dependencia con Gran Bretaña. Es interesante verificar como en los años formativos de la Argentina las tendencias nacionalistas se manifiestan en una actitud hostil hacia los Estados Unidos, con lo cual el país mantiene menor vinculación comercial o política (37, págs. 196 y 259), pasando desapercibida la presencia de Inglaterra, con la cual los lazos eran mayores. Es probable que en esto hayan influido algunos factores, tales como: a) el interés de fuertes sectores internos, ganaderos y comerciales, estrechamente ligados a Gran Bretaña; b) el hecho de que Inglaterra coadyuvó en gran parte en el logro de la independencia nacional, lo que la prestigió frente a nuestras clases dirigentes; c) la importación de cultural paralela a la de productos manufacturados, que incidió en la adopción de ideologías como la spenceriana, como asimismo, por parte de las “élites”, de pautas de comportamiento social características de Gran Bretaña (los clubes, por ejemplo), y d) la política exterior inglesa asumió en la Argentina formas más discretas que en otros países subdesarrollados en la medida que alejaban toda posibilidad de tutela política, tal cual se vio al mencionar la actitud del Reino Unido en lo referente a inmigración. El divorcio existente entre los grupos políticos dirigentes y la población nativa, a la cual se consideraba incapaz de participar en la vida nacional, también puede asignarse el carácter dependiente de nuestra ideología liberal, y condujo a la apología del inmigrante europeo como factor de evolución. Sin embargo, el inmigrante siempre fue considerado como un instrumento en manos de la “élite” tradicional, inapto para participar en las luchas políticas. La estructuración de todo nacionalismo concreto requiere un fuerte grado de confianza en las fuerzas internas, tal como sucedió en Estados Unidos, que asimiló al inmigrante sobre este supuesto.

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EL PROYECTO DE LA GENERACION DEL 80 La coalición política que promovió al general Roca a la primera magistratura del país, estuvo integrada por corrientes dispares y encontradas que hacen difícil su caracterización. Al mismo tiempo, el hecho de que la producción político-cultural de la época se exteriorizase fragmentariamente no hace fácil la sistematización de su programa de gobierno. En este capítulo trataremos de analizar ambos aspectos, procurando señalar sus matices más remarcables teniendo en cuenta la limitación señalada. El general Roca obtuvo su apoyo institucional de las diversas estructuras de poder provinciales, que comenzaron por aquella época a organizarse en la llamada “Liga de los gobernadores”. De esta manera logró un doble respaldo: el del ejército -la Guardia Nacionaly el del Congreso, al estar la mayoría de las representaciones del interior subordinadas a sus respectivos mandatarios. Conjuntamente con esto, su instrumento político, el Partido Autonomista Nacional (P.A.N), creado en 1880, dio a su campaña un cierto matiz popular y aglutinó al mismo tiempo a una importante facción del sector de presión más influyente de la época. Lo primero lo logró a través de la adhesión que prestó a su candidatura la juventud universitaria y profesional del país, imbuida de modernidad y hastiada de los personalismos que engendraba la continuidad de las luchas interregionales. Lo segundo a través del apoyo a su candidatura que exteriorizaron los más prominentes ganaderos de la provincia de Buenos Aires, deseosos de lograr la paz interior para el buen éxito de una política económica que fijaba sus objetivos en la integración definitiva del país dentro de los marcos del mercado ultramarino. Cabría agregar que las situaciones provinciales se manifestaron a favor de Roca en función de su lucha contra Buenos Aires, y en pos de una mayor participación en el manejo de los asuntos nacionales. Es interesante señalar que a partir de 1880 la provincia de Córdoba, centro político de la coalición roquista, pasará a integrar el núcleo de los estados rectores, tal como lo hicieron en 1853 Santa Fe y Entre Ríos. El programa de los hombres de la generación del 80, si bien nunca enunciado explícitamente en forma integral, se puede reseñar a través de discursos políticos y parlamentarios, mensajes presidenciales; correspondencia, notas periodísticas, etc. El carácter
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fragmentario de todos estos textos, lejos de constituir un accidente, es notorio en toda la actividad política, literaria y científica de la época, en parte es consecuencia de la ausencia de formación cultural especializada en los sectores dirigentes. Por esta razón, nos permitiremos, a riesgo de desvirtuar el pensamiento real de sus autores, utilizar algunas categorías que nos parecen fructíferas para el análisis de su contenido. Quedaría por señalar que, a nuestro criterio, una vez ordenado orgánicamente el pensamiento de esta generación, se nos aparece uno de los programas más coherentes que se llevaron a la práctica en el transcurso de nuestra historia. En principio, pueden distinguirse dos “momentos”: político y económico, íntimamente relacionados, en la formulación programática y en su exteriorización concreta, en la acción gubernamental. Al primero lo llamaremos “momento político”, y sus principales mojones lo constituyen la federalización de Buenos Aires, la Conquista del Desierto y la serie de medidas institucionales que tendieron a transferir poder de las regiones a la Nación. Roca lo simbolizó con su conocido slogan de gobierno: “Paz y administración”. En este sentido, cabe señalar que el programa del P.A.N. hace hincapié exclusivamente en la necesidad de legalizar el poder y pacificar el país. El mismo general Roca ha señalado con suma claridad la trascendencia que tuvo para la continuación de su política posterior este momento: “La gran cuestión queda terminada. Desde Rivadavia, que la inició como una solución, hasta el Congreso de 1880, que la declaró una necesidad política y social, todos los argentinos la hemos buscado, y los que nos precedieron en el gobierno y en las filas populares han sido colaboradores de la obra fecunda. “La última jornada de nuestra vida constitucional está ya recorrida. “La organización política de la República queda completada. “Honor a la Legislatura de Buenos Aires. “Honor al Congreso de 1880. “Honor y gloria a la generación que ha coronado con tan soberbia cúpula el edificio de la nacionalidad. “Desde este momento nos sentimos con la conciencia de nuestro ser y con plena posesión de los atributos que dan consistencia, poder, riqueza, orden y libertad a un pueblo. “Felices aquellos que puedan contemplar a la República Argentina dentro de 50 años con 50 millones de almas, después de medio siglo

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de paz no interrumpido, en el apogeo de su gloria y poderío” (38, pág. 678). Y en su primer mensaje al Congreso con la parte primordial del plan cumplido, afirmaba: “Parece que fuéramos un pueblo nacido recién a la vida nacional, pues tenéis que legislar sobre todo aquello que constituye los atributos, los medios y el poder de la Nación, tan grande era la falta de una capital permanente para la República” (18, pág. 1). Esta fase del programa quedará concluida, en sus aspectos más salientes, con la ascensión del general Roca a la presidencia de la República. Hemos señalado ya la interacción recíproca de ambos “momentos” y, en este sentido, el plan político consolidó, por primera vez, las instituciones indispensables para la puesta en marcha del programa económico. Ferns ha puesto el acento sobre este hecho: “El papel de las autoridades políticas argentinas en la construcción de una base para la recuperación (de la crisis de 1875) no fue precisamente pasivo. En realidad, la actividad en la esfera política fue un factor de importancia, quizás decisiva. Entre 1878 y 1881 fueron conducidas a feliz término tres líneas políticas, y éstas produjeron los mayores efectos en la esfera económica” (17, págs. 386-87). Ya hemos analizado la trascendencia de la federalización de Buenos Aires, al tratar el proceso de centralización del poder: “...este acuerdo, más o menos dictada a la provincia por la fuerza, terminó con el conflicto entre la provincia y la Nación como un todo y preparó el camino para las antítesis modernas de la vida política argentina. A partir de entonces, los recursos financieros de la República fueron indudablemente controlados por el Gobierno Nacional, y la autoridad soberana a pertenecer a un único gobierno residía en su propia ciudad capital, tanto de hecho como de derecho” (17, pág. 392). El éxito del gobierno nacional en la guerra con el indio y su consiguiente expulsión más allá del Río Negro, constituye otro de los rasgos salientes de este “momento” político. Este evento tuvo, como lo señala Estanislao Zeballos, una triple repercusión: económica, política y militar (39, pág. 368). Al mismo tiempo que se reafirmaba la soberanía nacional sobre la Patagonia, en aquella época en litigio con Chile, y se eliminaba uno de los últimos reductos de conflicto armado, se rescataba para la Nación inmensas extensiones de tierra productiva, a la par que se eliminaba definitivamente el pillaje y la
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destrucción causados por las constantes incursiones de los indios. En este sentido se ha señalado que “entre 1820 y 1870 los indios habían robado 11 millones de bovinos, 2 millones de caballos, 2 millones de ovejas, matado 50.000 personas, destruido 3.000 casas y robado bienes por el valor de 20.000.000 de pesos”... “en términos económicos, el control indígena del sud de la provincia de Buenos Aires y del oeste y norte de Santa Fe, significaba la preservación de una forma primitiva de producción y la absorción de excedentes de producción primitivos hacia Chile” (17, pág. 387). Logrados estos dos propósitos; la tarea posterior se facilitaba grandemente, restando adecuar los restantes factores institucionales para la realización de los programas desarrollistas. Surge a partir de aquí toda una legislación destinada a proveer al gobierno central de todos los atributos inherentes a su soberanía. A este postulado responden leyes como la de organización de la Municipalidad y los Tribunales de la Capital, Código de Procedimientos en lo Civil, ley 1.130 de la moneda y la de inconversión, los bancos Hipotecario y Nacional, la de consolidación de la deuda pública, organización de los territorios nacionales, las leyes de educación común y Registro Civil (esta última bajo Juárez Celman) y la adecuación de la política internacional. Creemos nosotros que algunas de ellas merecen cierta consideración especial. Las leyes laicas son en parte consecuencia del impacto sufrido por la asimilación global de las corrientes de pensamiento liberal de la época; pero por otro lado se armonizan coherentemente con la necesidad de aplicar políticas de atracción de capital y mano de obra extranjeras, que no siempre proceden de países católicos. Las mismas colonias ya arraigadas en el país hacían necesaria la concreción de una legislación que les permitiera una mayor integración a la vida nacional, y algunas de ellas, como las inglesas, dedicadas a la explotación de lanas, tenían la suficiente importancia estratégica como para presionar el logro de tales medidas. El carácter no democrático de este liberalismo centralista se exteriorizó con claridad durante el debate de la ley de enseñanza, cuando el ministro Wilde sostuvo que la irreligiosidad era privilegio de sectores minoritarios, pero altamente peligrosa si se expandía dentro de la masa de la población. Su desconfianza en la capacidad democrática del pueblo los llevó a optar por decisiones políticas represivas, que muchas veces se tradujeron en falseamientos de la voluntad nacional, expresada en los comicios.
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La política internacional fue uno de los instrumentos claves para la realización del programa económico, y desde este punto de vista se alcanzaron éxitos resonantes. Interesada la clase dirigente en el afianzamiento de su relación con Europa, desechó toda tentativa que pudiese encauzar al país por otras vías, tal como sucedió con la tentativa de integración económica panamericana debatida en la Conferencia Interamericana de 1889, que fuera promovida por Estados Unidos a tal efecto. La hábil gestión de Sáenz Peña y Quintana, representantes argentinos, hundió a la Conferencia en el más rotundo de los fracasos. La posición del país fue claramente expuesta en la ocasión por el gobierno. “La formación de una liga aduanera americana involucra; a primera vista, el propósito de excluir a Europa de las ventajas acordadas a su comercio... Tal pensamiento no puede ser simpático al gobierno argentino... bajo ningún concepto querría ver debilitarse sus relaciones comérciales con aquélla parte del mundo adonde enviamos nuestros productos y de donde recibimos capitales y brazos” (37, pág. 196), El “momento económico”, por el contrario, se caracteriza por el hecho de que la connotación principal gira alrededor de medidas destinadas a la promoción del desarrollo de los recursos materiales, relegándose la actividad política a un plano subordinado. Este “momento” encuentra su máxima expresión durante la presidencia de Juárez Celman, cuyas palabras son claras al respecto: “Acabo de hablaros de los hechos relativos a lo que en el lenguaje tradicional de nuestros documentos se llama la política. La materia prima de ese capítulo, como lo habéis notado, comienza a ser escasa, para bien de nuestra patria, y pronto habremos de prescindir de ella o transportar su sentido a los hechos administrativos, que ninguna conexión tengan con los movimientos electorales” (18, pág. 215). Al año siguiente reafirmaba: “Consagrad, señores Senadores y Diputados, vuestros talentos y vuestros esfuerzos a leyes que fomenten el progreso del país, en el sentido de su engrandecimiento moral y material, por el aumento de sus producciones, de sus industrias y de su instrucción. El bienestar que acompaña al trabajo hará que vuestras leyes políticas sean innecesarias” (18, pág. 259). Antes del análisis del programa económico, nos parece prudente hacer alguna referencia al entorno histórico que lo determinó. El punto de partida de todo este proceso ha sido señalado con toda
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justeza por H. S. Ferns: “El hecho es que la inauguración de Mitre como presidente marca la formulación de una decisión política fundamental en la sociedad entera. Habiéndose efectuado la decisión política primaria en favor de la expansión económica y la integración en los mercados mundiales de mercancías y capitales, ahora se presentaban como posibles una multiplicidad de decisiones secundarias en el campo de la política económica... Legalmente, el sistema de libre comercio fue establecido por la Constitución de 1853, pero el sistema sólo devino una realidad operante bajo el régimen de Mitre (17, págs. 329-25-26). La política económica que se formulará a partir de aquí, pondrá el acento en la atracción del inmigrante europeo y del capital del mismo origen. Ambos elementos se constituirán en los factores fundamentales de un proceso de transformación que tenderá a poner bajo explotación las enormes extensiones de pradera cultivable, que hasta ese momento eran base de una economía rudimentaria cuyos productos fundamentales eran el cuero, el sebo y la carne salada. Ya es sabido que el rol del capital extranjero se exteriorizó, primordialmente, en la construcción o financiación de líneas férreas bajo la protección de garantías estatales. Como resultado de estas medidas, en la campaña se inició un proceso de innovación en las técnicas de explotación, que tuvo por características salientes la mestización del ganado vacuno y ovino, el incremento en la producción del lanar, de la agrícola en general y cereales en particular. Sin embargo, la continuación de este proceso se veía sin duda amenazada por la debilidad del gobierno nacional y su situación conflictual con la provincia más dinámica, con la consiguiente ansiedad que esto provocaba en el resto del país. Por otra parte, la presencia del indio determinaba una gran inseguridad en la explotación rural más allá de una reducida zona alrededor de los centros urbanos. El gran mérito de la generación del 80 radicó en la toma de conciencia de estos elementos institucionales que frenaban el desarrollo del país, y en la voluntad encaminada hacia su supresión. Con las medidas adoptadas en lo que hemos descripto como “momento político”, se lograba dar el punto de partida indispensable para la integración del país en el mercado internacional de mercancías y capitales, que fuera el propósito permanente de la política estatal a partir de la administración de Mitre.

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En rigor de verdad, la síntesis entre ambos elementos, el político institucional y el económico, había sido ya formulado en los escritos de J. B. Alberdi; pero ni Mitre, ni Sarmiento, ni Avellaneda lograron su efectivización. No es extraña, por lo tanto, la siguiente afirmación del autor de “Las Bases”: “...y si al bajar de su presidencia (Avellaneda) alguna influencia pudo ejercer en la designación del presidente llamado a garantizar la estabilidad y desarrollo de su victoria espléndida, ni buscado con una antorcha eléctrica en la mitad del día, pudo acertar mejor con el candidato que la grande y nueva situación reclamaba” (21, pág. 215). La política económica esbozada en el programa de los gobiernos de Roca y Juárez Celman, no difiere sustancialmente con respecto a las que se venían formulando desde hace veinte años. Solucionados los problemas institucionales en pugna con el tipo de crecimiento deseado y establecido un contorno nacional para su realización, los hombres de la generación del 80 se propusieron tan solo acelerar a intensificar las decisiones políticas ya tomadas desde 1862. Durante la administración Juárez Celman este matiz característico de la década alcanzará su punto álgido. La facción llegada al poder guiada por un ideal de progreso material y ligada ideológicamente a una corriente que no pone él acento sobre la interacción de estructura y fenómeno en la economía, escoge como línea de política económica la que sugiere la realidad en sus manifestaciones más obvias, a saber: la expansión y el perfeccionamiento de la explotación agropecuaria y su integración en el mercado ultramarino. ¿Qué elementos exigía este plan? Primordialmente, mano de obra y capital para aplicarlos a las labores rurales, y medios de transporte para el traslado de los productos de la tierra. En consecuencia, inmigración, construcción de nuevas líneas férreas y atracción de capital extranjero para financiar las anteriores y otras inversiones necesarias, constituyen sus coordenadas fundamentales. Es decir, intensificación y aceleración lineales de la, política ya trazada de antemano, lo que armonizaba perfectamente con la ideología del “progreso” spenceriana, adoptada al pie de la letra por esta generación argentina. Antonio del Viso, ministro del Interior, de Roca y organizador, de la Liga de los Gobernadores, le escribía a Juárez Celman: “Lucharemos y venceremos; vamos a activar la continuación de los ferrocarriles y estimular la inmigración al interior. Esa será nuestra primera divisa de trabajo” (24, pág. 229).
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La crisis de 1875 había despertado dos tipos de reacciones: la oficial, que insistía en la prosecución de la misma política y ponía el énfasis en el cumplimiento de los compromisos contraídos con el exterior, y la que se manifestó en el movimiento proteccionista que hemos descripto, que propugnaba un cambio profundo del sistema vigente. Como toda actitud sustitutiva, esta última llevaba implícita la necesidad de una intensificación y una mayor especificidad de la actividad estatal en el campo económico. Los hombres del 80, no sólo adhirieron a la posición oficial sino que, mientras los gobernantes del período 1862-1880 la sustentaban sobre la base de una fuerte participación estatal, ellos procuraron dejar en manos de la actividad privada el margen más amplio en las decisiones económicas. La década posterior fue testigo de una progresiva descentralización en la conducción de los hechos económicos y de la asunción, como ideología predominante de la confianza en las fuerzas automáticas del mercado; como reguladoras de las actividades productivas. Ya en el año 1880, siendo candidato a la presidencia de la República, el general Roca manifestaba a la prensa (22, págs. 151-52): “Mi opinión es que el comercio sabe mejor que el gobierno lo que a él le conviene; la verdadera política consiste, pues, en dejarle la más amplia libertad. El Estado debe limitarse a establecer las vías de comunicaciones, a unir las capitales por vías férreas, a fomentar la navegación de las grandes vías fluviales... levantar bien alto, el crédito público en el exterior... Respecto de la inmigración, debemos protegerla a todo trance...”. Su sucesor en la presidencia va aún más lejos; en 1887 dice: “Por lo tanto, lo que conviene a la Nación, según mi juicio, es entregar a la industria privada la construcción y explotación de las obras públicas que por su índole no sean inherentes a la Soberanía...” (18, pág. 187). Esta diferencia de actitudes se refleja claramente en el caso de los ferrocarriles, ya que mientras que en 1885 el 45% del capital invertido en ellos era oficial, en 1890 éste solo constituía el 10% (20, pág. 86). . Sin embargo, la comunidad de opiniones de ambas administraciones era grande; un hombre prominente en las dos, E. Wilde, dijo ante el Senado de la. Nación: “Qué son malos administradores, es una idea que en política tiene los caracteres de un axioma; que los gobiernos son siempre, con relación a los progresos, un elemento de

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retardo, es un axioma que nadie niega y que puede todavía demostrarse” (40; página 160).

CONCLUSION Las consecuencias prácticas de la realización de este programa de gobierno fueron las siguientes: “Desde 1885 hasta 1889 entraron al país 739.000 inmigrantes; la exportación, que en 1881 fue de 57.000.000 de pesos oro, se elevó a 100.000.000 en 1888; y el intercambio comercial de 113.000.000 de pesos oro en 1881, ascendió a 254.000.000 en 1889. En 1880 el movimiento de embarcaciones en todos los puertos de la. República, fue de 2.195.000 toneladas, llegando en 1889 a 9.938.000 toneladas: Las rentas nacionales en el mismo tiempo, pasaron de 19.594.000 a 72.000.000, y los ferrocarriles, que en 1871 solamente tenían una extensión de 852 kilómetros, capitales por 20.983.000 pesos oro y una entrada de 3.077.000 pesos oro, veinte años después poseen líneas que alcanzan a 12.475 kilómetros; capitales por 379.000.000 e ingresos por 26.000.000 de pesos oro. En 1875 se exportaron 223 toneladas de cereales y en 1890, 1.166.000; en 1872 existían cultivadas únicamente 73.000 hectáreas de trigo y en 1891 llegaron a 1.320.000, y el maíz, que en aquel año alcanzó a 130:000 hectáreas, en 1888 se llevó a 801.000; en 1872 la producción de azúcar fue de 1.400 toneladas, pasando a 49.321 en 1889. El valor de exportación del trigo, que en 1882 fuera de 60.000 pesos oro, en 1891 ascendió a 13..677.000 pesos oro, y el del maíz, de 1.717:000 pesos oro en 1882, a 11.316:000 en 1890. Los viñedos ocupaban en 1891 una superficie de 29.000 hectáreas. Mendoza tenía cultivada con viñas, en 1881, 3.874 hectáreas, alcanzando en 1890, 8.691 con 174 bodegas. La producción total de vinos en 1890 fue calculada en 602.000 hectolitros; por valor de 8.370.000 pesos oro. En 1877 se importaron 22.912.000 kilogramos de azúcar, reduciéndose a 12.853.000 kilogramos, porque dentro de un consumo de 50.000.000 de kilogramos, el 75% lo cubría ya la producción local” (41, pág. 153). Por otra parte, la riqueza y los ingresos experimentaron la siguiente evolución:

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En este proceso jugaron un papel relevante las sociedades anónimas, fundamentalmente extranjeras, como surge del siguiente cuadro:

John H. Williams señala que: “No es mucho decir que en esos diez años la Argentina tuvo un desarrollo económico mayor que en todas las décadas que le precedieron en ese siglo” (20, pág. 27). Efectivamente, es indudable que en términos agregados el crecimiento económico durante la década del 80, se puede calificar de vertiginoso.
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Sin embargo, a la luz de la experiencia histórica posterior de nuestro país y de otros que partieron de premisas similares, es fácil advertir los graves desequilibrios que caracterizaron a este período. Un análisis desagregado por ramas de la actividad económica revela un retraso manifiesto del sector manufacturero. Asociado en parte a este fenómeno, se agrava el estancamiento de las provincias no pertenecientes a la zona del litoral, que quedan aún más rezagadas. Asimismo; y pese a algunos intentos de colonización, la estructura de tenencia de la tierra permaneció invariable. Otro elemento de desajuste lo constituyó el ingreso masivo de capital proveniente de Inglaterra y de hombres de negocios del mismo origen. En el primer caso, si bien bajo la protección de la Ley de Aduanas de 1876 la manufactura tuvo un cierto desarrollo, éste se circunscribió a falta de una política coherente de promoción de industrias básicas a una primera elaboración de los productos de la tierra y de los artículos de use común y producción más simple. En 1892 menos del 9% de los ingresos totales en Buenos Aires (ciudad y provincia) se generaban en la manufactura (42). De 427 establecimientos en 1887, 98 eran destilerías, 89 imprentas, 84 fábricas de carros, 36 aserraderos, 35 curtiembres; 31 fábricas de calzado, 23 molinos harineros, 23 herrerías y fundiciones y 8 lavaderos (42, pág. 293). La modificación continua y en gran parte arbitraria de las tarifas, no es ajena a esta situación; oigamos a Carlos Pellegrini al respecto: “El mal nuestro es que las tarifas de aduana, ya sea con tendencias proteccionistas, ya con fines puramente fiscales, han sido votadas sin plan y sin método, generalmente al azar de iniciativas parlamentarias, produciéndose así incongruencias y exageraciones notorias: Ha faltado entre nosotros el estadista que someta esas leyes tan vitales a un estudio prolijo y comparativo, determinando exactamente cuáles son las industrias que deben ser fomentadas” (43, tomo III, pág. 415). Faltó, al mismo tiempo, un mecanismo de crédito a largo plazo para las industrias, como el que proveyeron en Francia y Alemania los bancos de inversión para este punto ver 44): El mismo Carlos Pellegrini, al poner en funciones al primer Directorio del Banco de la Nación Argentina, lo observa: “Si alguna recomendación pudiera hacernos, sería en favor de un gremio que no ha merecido, hasta hoy, gran favor en los Establecimientos de Crédito, y que es, sin embargo, del mayor interés. Hablo de los pequeños industriales” (43,
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tomo V, pág. 98). Sin embargo, las operaciones de aquella institución estuvieron caracterizadas por la concesión de créditos a corto plazo -90 y 180 días- destinados, en su mayor parte, a la actividad agropecuaria y comercial (de 51.354.894.000 prestados en los primeros 50 años, solo 3.000 millones se asignaron a la industria) (41, Cap. XX). Por otra parte, una lectura de los mensajes presidenciales no revela una preocupación por la sustitución de importaciones en los renglones de bienes de producción (en una sola ocasión -1889Juárez Celman expresa su satisfacción por la sustitución operada en los sectores alimentos, bebida, tabaco y madera). Aquí es necesario señalar que en países igualmente bien adaptados al desarrollo de actividades agropecuarias, como los Estados Unidos y Australia, nunca dejó de tenerse en cuenta la necesidad de proteger el crecimiento industrial hecho por otra parte bien conocido en la Argentina, como lo hemos señalado al hacer mención al debate sobre la Ley de Aduanas. Asimismo, al centrarse casi exclusivamente el aumento de la producción en la zona de la pradera fértil, se agudizó y, en cierta manera, se otorgó formas definitivas a las desigualdades regionales de nuestra economía. En este sentido podemos señalar que entre 1884 y 1892 la participación de las tres provincias del litoral en los ingresos aumento en 4% (42). En consecuencia, la transferencia del poder regional central, lograda en 1880, quedó limitada a una relativa participación en el mecanismo institucional, pero no fue acompañada por una igualación progresiva en la distribución espacial de la riqueza. “La victoria de los provincianos sobre los porteños resultó ser una ilusión óptica, que se disipó ante las realidades de la geografía económica” (37, pág. 31). En cuanto al problema de la tierra, al describir esta variable observábamos que la legislación sobre la materia fue desvirtuada en la práctica, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Al respecto, en 1901 Bernardo de Yrigoyen, ministro del Interior de Roca, decía en carta a Eleodoro Lobos: “Usted recuerda la ley que se llamó del Hogar, en términos muy favorables, y que aprecio mucho porque me tocó proyectarla. Pienso que fue excelente, como usted dice, y así se califica dentro y fuera de la República. Sospecho que a pesar de la aprobación general con que fue recibida, ni principio de ejecución tuvo hasta el año anterior, en que creo, se han hecho algunos ensayos incompletos, según los diarios” (46, pág. 207). La estructura
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latifundista no fue superada, y pese a la opinión emitida por un hombre de activa participación en el oficialismo de la época de Juárez Celman “Con el llamado latifundio hemos llegado al progreso actual y a nuestras estupendas capacidades económicas y de producción. El sistema de la gran propiedad nos hizo ricos, pues” (46, pág. 161). Posiblemente representa un obstáculo importante al usufructo intensivo de la tierra, el asentamiento del inmigrante y a la formación de una capa de agricultores independientes, cuya existencia fuera de tal importancia en la historia norteamericana. Por lo contrario, se consolidó una clase terrateniente ligada. a la explotación extensiva de la tierra primordialmente a la ganadería. Sobre el particular dice Scobie: “Por un instante, en los primeros días de las colonias santafesinas, parecía que el colono próspero e independiente emergía para poblar el desierto. Esta esperanza se desvaneció en el momento en que el valor de la tierra empezó a subir, en que el propietario perdió interés en venderla y en que los chacareros se veían obligados a tomar el camino de la agricultura extensiva. La difusión sur del trigo y la formación de la clase arrendataria eran simples consecuencias de estas posesiones” (9, pág. 406): El mismo autor explica coma se produjo este proceso en función lo los intereses de los ganaderos de Buenos Aires: “En consecuencia (para la formación de praderas cercanas a puertos), se necesitaban cultivadores de trigo en Buenos Aires para fraccionar la tierra y alfalfarla, proposición cara e imposible para los ganaderos obrando solo con sus propios recursos...” (9, pág. 404), El tercer elemento de desajuste provino de la acentuación de un fenómeno ya característico del país: “Gran Bretaña era entonces (18601880) el banco, el corredor de bolsa, el constructor de ferrocarriles y el abastecedor de la República Argentina” (17, pág. 429). Si bien en la nueva década la competencia de otros países (Francia, Estados Unidos, Alemania) se intensificó en parte alentada por el mayor cosmopolitismo del país, la posición del Reino Unido no hizo sino crecer en importancia: “La comunidad británica en el Río de la Plata puede ser que haya declinado en su posición relativa en términos de números, pero los ciudadanos británicos allí residentes estaban pasando a ocupar una posición estratégica mayor en la economía argentina. Este hecho resultó de las inversiones de capital y de la organización de empresas...” (17, pág. 430). Los aspectos de desequilibrio anotados confluyen, además, en la explicación de la falta de surgimiento de una clase capitalista nativa
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que asegurara la dinámica autónoma del proceso. En primer lugar, salvo durante un breve lapso, caracterizado por las transformaciones necesarias para adoptar su operación al frigorífico, la actividad ganadera, al no estar regida por una lucha intensa por el mercado, no estimula la aparición de actitudes innovadoras; además, la inflación desencadenada por la política monetaria del gobierno sobre todo el de Juárez Celman y el sistema de préstamos del Banco Hipotecario Nacional y el de la Provincia, permitió a los terratenientes realizar fáciles ganancias en la especulación en tierras, y, por la devaluación cambiaría consiguiente, fuertes beneficios en la explotación de sus posesiones, por lo que no aportaron capitales a empresas de mayor envergadura como ferrocarriles, etc. La acentuada especialización que caracteriza al proceso, ha llevado a la CEPAL a calificarlo como la etapa del crecimiento hacia afuera (47). La Argentina pasó, a partir de ese momento, a depender definitivamente de los avatares del mercado internacional de materias primas y de la afluencia persistente de capital extranjero para asegurar la continuación de su progreso. De esta manera se vio sujeta a fuertes crisis -la primera a partir de este momento en 1890-, y cuando en 1930 se quiebran los mercados internacionales de mercancías y capitales se cierra el período de nuestro crecimiento basado en la división internacional del trabajo. En el campo político, el sistema engendrado por la “élite” liberal, que limitaba la participación popular en la elección de los gobernantes, entró en colapso. Las aspiraciones de Juárez Celman, lúcidamente encuadradas en la ideología del grupo; en cuanto a la supresión espontánea de la lucha partidaria, se desmoronaron cuando la crisis de 1890 posibilitó la irrupción de vastos sectores hasta entonces alejados de las manifestaciones públicas. En este hecho se revela el carácter fragmentario de las decisiones políticas tomadas por los gobiernos que presidieron el país durante el período de la Organización Nacional. La Constitución de 1853, la reforma de 1860 y la federalización de Buenos Aires en 1880 fueron considerados, cada uno en su época, como etapas finales dentro del proceso institucional. Sin embargo, 50 años después de Caseros, los sucesores de Roca y Juárez, que habían considerado definitivamente superada el problema, vuelven a levantar como condición fundamental de su programa una reivindicación netamente política: el voto secreto. En 1905, en efecto, lo que Sáenz Peña proclamaba: “He

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dicho que el problema del presente se condensa todo en el sufragio...”. (48, pág. 180). Tales fueron, a grandes rasgos, las consecuencias más salientes del programa de los hombres de la generación de 1880. Creemos nosotros que toda tentativa de aceleración en el ritmo de crecimiento engloba, por igual, a dos factores: por un lado el desarrollo de ciertas condiciones estructurales a institucionales, y por el otro, la voluntad explícita de un grupo que tienda a. proyectarlo en la práctica. En la década del 80 ambos elementos se combinaron satisfactoriamente: la política innovadora de la “élite” armonizó coherentemente con la situación internacional en el mercado de mercancías y capitales y con las tendencias y contenido de la expansión en el sector agropecuario. La presión de estos fue sin duda decisiva, dada la concentración del poder económico descripta anteriormente, sin que querramos por esto señalar una relación mecánica determinante. Es interesante acotar, sin embargo, que aquellas proposiciones de la “elite” tendientes a desviar el proceso de los cauces tradicionales fracasaron en su gran mayoría, como hemos visto al referirnos a los planes de colonización política bancaria y, también, entre otros, al proyecto de Pellegrini y López por establecer los impuestos internos (49, cap. Y, XI y XII). La falta de desafío por parte de sectores antitéticos debido a la incipiencia de nuestro desarrollo social y a la propia inmadurez política posibilitó aún más esta situación de subordinación con respecto a los grupos de presión económica. En última instancia, entonces, el proyecto y sin aplicación estuvieron condicionados por el liderazgo de una “elite”, estrechamente vinculada a la explotación ganadera y que carecía, por las razones ya apuntadas; de la dinamicidad de los grupos industriales -como el textil de Inglaterra (50, cap. III)- que condujeron el proceso de desarrolla capitalista en los países de Europa y en otras regiones del mundo anglosajón, otorgándole permanencia.

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34. Juan Alvarez: Guerra económica entre la Confederación y Buenos Aires, 1852-1861, en “Historia de la Nación Argentina desde los orígenes hasta la organización definitiva en 1862”, Academia Nacional de la Historia, Vol. VIII. Imprenta de la Universidad, Buenos Aires, 1946. 35. “El Nacional”, por ejemplo, editorial del 24 de julio de 1875. 36.Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires, Publicación Oficial, año 1875. Buenos Aires, 1875. 37. Thomas McGann; Argentina, Estados Unidos y el sistema interamericano, 1884-1914, EUDEBA; Buenos Aires, 1961. 38. Arturo B. Carranza: La cuestión capital de la República, Tomo V, Año 188, Buenos Aires, Talleres J. L. Rosso, 1932. 39. Estanislao S. Zeballos:, La Conquista de Quince mil Leguas. Estudio sobre la traslación de la Frontera Sur de la República al Río Negro. Estudio Preliminar de Enrique M. Barba: Librería Hachette, Buenos Aires, 1958. 40.Congreso Nacional: diario de Sesiones de la Cámara de Senadores, período de 1887. Stiller y Laass, Buenos Aires, 1888. 41.“El Banco de la Nación Argentina en su Cincuentenario”: Publicación oficial. Buenos Aires, Kraft, 1941. 42. M. G. y E. T. Mulhall: copia, Ed. de 1892. 43.Agustín Rivero Astengo: Pellegrini – 1846-1906, “Obras”, 5 tomos, Buenos Aires. Ed. Coni, 1941. 44. Alexander Gerschencron: Economic Background in Historical Perspective, en “The Progress of Underveloped Areas”, The University of Chicago Press, Chicago, 1959. 45. Escritos y Discursos del Dr. Bernardo de Irigoyen, Gobernador de Buenos Aires (1898-1902); Buenos Aires, Imprenta Coni, 1910. 46. Lucas Ayarragaray: Cuestiones y Problemas Argentinos Contemporáneos, Tomo 1°, 3° edición, Buenos Aires, Talleres Rosso, 1937. 47. CEPAL: El problema del desarrollo de la economía argentina, en “Boletín Económico de América Latina”, Vol. 10, Nº 1, Santiago de Chile, marzo de 1959. 48. Roque Sáenz Peña, Escritos y Discursos, compilados por E. Olivera, Tomo III, Buenos Aires, Jacobo Peuser Ltda., 1935. 49. Adolfo Dorfman: Evolución Industrial Argentina, Editorial Losada, Buenos Aires, 1942.. 50. W. W. Rostow: The stages of Economic Growth. A non Communist Manifiesto, Cambridge At. the University Press, 1961.
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Oscar E. Cornblit; Ezequiel Gallo (H.) y Alfredo O’Connell. La Generación del 80 y su Proyecto... Desarrollo Económico

RESUMEN En este artículo se analizan las relaciones entre el desarrollo económico y el papel que juegan las “élites” dirigentes dentro de dicho proceso. El estudio se centra en un período histórico que puede considerarse como el punto de partida de la etapa conocida como de “crecimiento hacia afuera”. En la primera parte del trabajo se describe el contorno real dentro del cual enmarcó su acción “la generación del 80”, para lo cual se analizan las siguientes variables: Tierra, colonización, inmigración, distribución de la riqueza, los ingresos y la población, factores externos el proceso de centralización del poder y los grupos políticos-sociales y las ideologías predominantes. En la segunda parte se estudia el proyecto específico con el cual los “hombres del 80” trataron de modificar la realidad nacional. Finalmente se esbozan algunas conclusiones sobre el carácter y contenido del proceso desencadenado a partir de 1880, señalándose algunas de las implicaciones que tuvo en el desarrollo posterior del país.

SUMMARY The relationship between economic development and the role played by the “élites” within this process is analysed in this article. The analysis is centered upon a historical period which may be considered to be the point of departure of the stage known as “of outward growth”. In its first part the work describes the real framework within which the “generation of the `80's” developed their course of accion. Consequently the following variables are analized: Land, colonization, inmigration, wealth distribution, incomes and population, external factors, the centralization process of the power structure of, the politico-social groups, and the predominant ideologies. In .the second part the specific proyect whereby the “men of the `80's” tried lo change the national reality is studied. Finally, some conclusions are summarized concerning the caracter and content of the process which began in 1880. Some of the implications for the later developments of the country are pointed out.

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Orígenes históricos del corporativismo argentino: el rol de la inmigración masiva Torcuato S. Di Tella ________________________________________________________________________________________________________________

Versión revisada de un artículo originalmente publicado en la revista Estudios Migratorios Latinoamericanos, Agosto 1989. --------------------------------------------------------------------

ORÍGENES HISTÓRICOS DEL CORPORATIVISMO ARGENTINO: EL ROL DE LA INMIGRACIÓN MASIVA
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Torcuato S. Di Tella Universidad de Buenos Aires

1992

La relativa debilidad del sistema de partidos políticos en la Argentina, y la fuerza de las formas corporativistas de acción y presión social es un fenómeno que merece especial atención, pues es uno de los factores de l aún débil consolidación del régimen democrático. Su etiología es a sin duda compleja y múltiple, pero como contribución a su esclarecimiento me propongo, en este ensayo, analizar el impacto de la gran masa de extranjeros formada en la Argentina por la inmigración masiva. Para empezar, es preciso distinguir entre la condición de inmigrante y la de extranjero, que son cosas parecidas pero no iguales. La Argentina ocupa el primer puesto en el ranking mundial en cuanto a la proporción de extranjeros que albergó durante largas décadas de su formación como país moderno (aproximadamente entre 1880 y 1930). Dentro de los países de inmigración masiva, la Argentina se destaca, junto a Australia y Nueva Zelandia, por haber tenido un muy alto porcentaje de inmigrantes sobre su población total, aproximadamente un 25 a 30% en la época mencionada, contra un 15% para Estados Unidos o Canadá. Pero en Australia y Nueva Zelandia (y en Canadá) la casi totalidad de los inmigrantes, en esa época, eran britànicos, o sea, no perdían ni cambiaban la ciudadanía al cruzar el océano, y no tenían que amalgamarse con una población inmigrante preexistente, de diverso carácter étnico. En los Estados Unidos sí eran extranjeros, como en la Argentina, y debían amalgamarse con los sectores nativos de más antigua inmigración, pero eran proporcionalmente muchos menos. Todos estos datos nadie los discute, aunque no siempre se distingue, en los análisis comparativos, entre la condición de inmigrante y la de extranjero. El inmigrante, aún transoceánic o, en lugares como Australia, en que tanto el país de origen como el de llegada están bajo la misma bandera, se comporta casi como un migrante interno. No está en juego el complejo problema de la formación de una nueva nacionalidad, o al menos no en el mismo grado. Lo que ocurre, en todo caso, es la reproducción, en tierras nuevas, de un trozo de la antigua nación expulsora de gente, problema muy distinto del que le cupo en suerte protagonizar a la Argentina. Por otra parte, dentro de los extranjeros, hay q distinguir ue entre los que tomaban la ciudadanía y los que no lo hacían: en este rubro también la Argentina le "gana" a los Estados Unidos, porque entre nosotros sólo un 2 ó 3% se nacionalizaba, contra casi el 70% en el país del Norte, de manera que la diferencia ya importante entre un 30 y un 15% de nacidos en el exterior, se magnifica si se toman en cuenta sólo los que retenían su ciudadanía original. Ahora bien, esta competencia entre los Estados Unidos y la Argentina por el primer puesto en cuanto a extranjería, termina de definirse si se considera no sólo el número sino también el status relativo de los inmigrantes en la sociedad receptora. Ocurre que los inmigrantes europeos en la Argentina ocupaban una posición relativamente alta en la pirámide social, a pesar de sus modestos orígenes: desde ya, tenían la aristocracia de la piel, y aunque muchos provinieran de zonas bastante atrasadas del Sur de Europa, traían un caudal de cultura campesina o artesanal, que les facilitaba saltar por encima de las clases populares nativas, y aún de los estratos medios del interior. En los Estados Unidos la situación era distinta, pues los inmigrantes del Sud o el Este europeos, o de Irlanda, tenían que aceptar una situación de clara marginación e inferioridad respecto de los primeros settlers, por motivos parecidos aunque simétricos a los que los colocaban
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.Una primera versión de este trabajo apareció en la revista Estudios Migratorios Latinoamericanos, Agosto 1989.

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en posición de superioridad en la Argentina. En cierto sentido, los italianos o polacos en Estados Unidos se sentían como los paraguayos o bolivianos en la Argentina de hoy: había una clase obrera nativa claramente "por encima" de ellos, por no hablar de la clase media, y aunque la movilidad era posible, había que adaptarse a las reglas de juego establecidas por la sociedad local. En la Argentina de comienzos de este siglo la clase dirigente política era la que establecía, claro está, las reglas de juego en última instancia, pero en la sociedad civil el peso y el status social de los extranjeros era tan significativo, que se puede decir que los que tenían problemas de adaptación eran los nativos tanto o más que los extranjeros. Resultó entonces que dos clases particularmente estratégicas en un proceso de desarrollo y modernización capitalista, la burguesía empresaria urbana, y la clase obrera, sobre todo la calificada, eran abrumadoramente extranjeras -- no sólo inmigrantes -- y retenían su ciudadanía original. Los argentinos se concentraban, en cambio, de arriba hacia abajo, entre los estancieros, los militares, los funcionarios públicos, la clase media tradicional, sobre todo del interior, y los sectores bajos de las clases trabajadoras. Por supuesto que con el tiempo los hijos de los extranjeros fueron dando un tinte argentino, ciudadano, a las posiciones que ellos ocupaban en el espacio económico creado por sus padres, pero a pesar de eso los censos están ahí para señalar el 60 ó 70% de extranjeros que había entre los empresarios y los obreros urbanos. Y claro está que los hijos adoptaban en gran parte las actitudes de los padres. Pero ¿cuáles eran estas actitudes? Es difìcil reconstruirlas con exactitud, pero mi hipótesis es que en gran medida implicaban una actitud de superioridad respecto al paì s, de desprecio hacia sus tradiciones, su sistema político, y su antigua composición étnica. En esto me separo de muchos de mis colegas, que señalan más bien el fenómeno opuesto y simétrico, de desprecio por parte de la clase alta criolla, y de algunos intelectuales, hacia los recién venidos, para quienes no escaseaban los motes, adoptados incluso por la población local de más modestos recursos. Es que en este espinoso y feo tema del orden del picotazo étnico, o de los mutuos desprecios humanos, los abismos a que se puede llegar son insondables, pero a ellos hay que asomarse porque son una parte de la realidad. Los desprecios de los unos no quitan los de los otros, pero cuando se hacen las sumas y restas finales, quedan dos hechos a mi juicio igualmente importantes, aunque de diverso grado de verificación: (i) los extranjeros (no meramente inmigrantes) formaban, en la Argentina, y sobre todo en la burguesía y la clase obrera, un abultadísimo porcentaje del total, y gozaban de un status social muy alto por comparación al que tenían o tienen en otros países; (ii) los extranjeros se sentían relativamente superiores al resto del país -- con la excepción de la clase alta estancieril -- y ése era uno de los motivos por los cuales no se tomaban el trabajo de adquirir la ciudadanía. La segunda afirmación, claro está, es más cuestionable que la primera. Es conocido que una buena parte de la dirigencia política argentina no tenía muchos deseos de facilitar la nacionalización de los extranjeros, cuya preponderancia y eventual izquierdismo se temía. Se han hecho incluso estimaciones del número de horas que se hubieran necesitado simplemente para hacer los trámites. Pero este último argumento no es válido para las capas más altas de la burguesía, que sin embargo también preferì an retener la protección de sus consulados antes que la muy dudosa de las leyes argentinas. Respecto a las clases populares, bien podría algún sector político haberse decidido, como en los Estados Unidos, a facilitarles los trámites, a cambio de una contrapartida electoral. ¿Porqué no existió tal sector político? Se ha buscado a veces la explicación en las actitudes de los dirigentes partidarios argentinos, tanto los conservadores como los radicales, que no visualizaban la necesidad de incorporar al extranjero. Aunque esta hipótesis puede ser atractiva en estos tiempos de rebelión contra los determinismos simplistas de tipo estructural, me parece que ella da excesivo peso a las variables actitudinales. Porque grupos que querían incorporar a los inmigrantes había, entre ellos el Partido Socialista, cuya prédica, de todos modos, fue desoída. Es demasiado fácil y esquemátic o decir que el socialismo se vio trabado en su acción por el régimen oligárquico, porque tal cosa no ocurrió en Chile, no menos oligárquico que la Argentina. Simplemente, los extranjeros, en su mayoría, no querían tomar la ciudadanía. En realidad, hubiera sido un poco absurdo, dada su
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Oscar Cornblit, "Inmigrantes y empresarios en la política argentina", Desarrollo Económico, vol.6, No. 24, enero-marzo 1967, pp. 641-691. Algunos casos hubo de verdaderos intermediarios políticos, que se dedicaban a reclutar extranjeros y conseguirles la ciudadanía, a cambio de su voto (que era fácil de comprobar, porque no era secreto). El más conocido era un italiano, Cayetano Ganghi, que trabajaba para Figueroa Alcorta. Ver Solberg, Immigration and Nationalism, p. 122.

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posición en el espacio social, que quisieran hacerlo. Tan absurdo como que a un emigrante argentino de estos últimos tiempos, instalado en Venezuela para ganar más plata o por estar perseguido en su país, se le ocurriera la peregrina idea de adoptar la ciudadanía venezolana. Otra es la situación para ese no tan imaginario argentino cuando él se encuentra en un país que le impone más respeto, como los Estados Unidos o la Italia o España de hoy. La participación política de los extranjeros Dada la situación descripta -- dejando de lado las hipótesis explicativas -- tenemos la siguiente cadena argumental: (i) existía en la Argentina una gran masa de extranjeros, mucho mayor que en cualquier caso comparable, con mucho peso económico y social, y ellos no tomaron, salvo contadas excepciones, la ciudadanía; (ii) al no poder votar la gran mayoría de los miembros de la burguesía y de la clase obrera, estas dos clases veían su influjo en las contiendas electorales y en la formación de partidos políticos seriamente reducida por comparación a lo que hubiera ocurrido en un país en que todo fuera igual excepto que los que eran extranjeros hubieran sido nativos (o por lo menos ciudadanizados); (iii) por lo tanto, el desarrollo de un sistema institucional liberal moderno se vio seriamente afectado, pues él depende en buena medida de la acción de las dos clases sociales antes aludidas: la burguesía urbana y el proletariado calificado. Una argumentación parecida ya había sido hecha por Sarmiento, quien ponía énfasis en la incongruencia entre el peso económico y social de los extranjeros, que formaban la mayoría del país productivo, y su escasa participación política, medida por su no nacionalización. Germani volvió a señalar este hecho, dando por sentado que los extranjeros no participaban mucho en la actividad política. ¿Pero era esto realmente así? Porque a lo mejor la adquisición de la ciudadanía, o el hecho de votar, son aspectos muy periféricos de eso que puede llamarse realmente participación política. Tanto o más importante que el voto -- siguen diciendo los críticos de la hipòtesis germaniana -puede ser la actividad asociativa profesional o cultural, la protesta, la huelga, el enfrentamiento violento contra el orden establecido, o bien, en los sectores altos, la acción corporativa en defensa de sus intereses, la corrupción de funcionarios o políticos, el cultivo de la amistad y los negocios con los gobernantes. Ante esta amplia panoplia de formas de participación, el mero ejercicio del voto parece reducido a una dimensión secundaria, "formal", sobre todo en etapas en que el fraude era endémico, como ocurrió hasta 1912, pero aún bajo condiciones más respetuosas del veredicto de las urnas. Por cierto que el poder verdadero no radica sólo en las elecciones, sino en otro orden de cosas, que van desde las antes mencionadas de la organización de intereses, la rebelión, o su contraria la represión y la intervención militar, hasta el simple peso del dinero. Este aporte temático fue por cierto un paso positivo, aunque no puede decirse que los analistas previos, desde Sarmiento a Germani, lo ignoraran. Pero la investigación avanza a menudo a través de estas puestas selectivas de énfasis en determinadas dimensiones de la realidad. El enfoque que cuestiona a la hipótesis tradicional acerca de la "no participación política de los extranjeros" ha generado una serie de investigaciones concretas que muestran importantes casos de involucración de inmigrantes. Pero demasiado a menudo se ha incurrido en una sobresimplificación de la teoría criticada, convirtiéndola en una especie de straw man o caricatura contra la cual es demasiado fácil anotarse tantos. Efectivamente, la teoría que podemos llamar clásica nunca pretendió que los extranjeros no tenían ninguna participación política, o que no tenían opiniones o ideologías, o interés en lo que pasaba en el país político. Incluso fue siempre un lugar común de la historiografía argentina el rol importante de los extranjeros en la formación de los partidos políticos de izquierda, en el sindicalismo, y en el anarquismo. Para avanzar en este tema del impacto de la masa inmigratoria, es conveniente construir un modelo detallado del sistema político, definido en la forma amplia vista más arriba. Hay que superar el nivel usual de las discusiones que se reducen a demostrar que había -- o no había -extranjeros en determinadas áreas de actividad política o protopolítica. Al observar con cuidado, en general se descubre que efectivamente había extranjeros, y a veces bastantes, en diversas áreas de ese frente de acción. Aparte de los casos muy conocidos arriba citados, ligados al movimiento obrero, se puede recordar la alta participación italiana en el Grito de Alcorta, así como las investigaciones de Ezequiel Gallo sobre los colonos santafesinos en 1893, o de Hilda Sábato y Ema Cibotti sobre la política boanerense hacia las décadas de 1860 y 1870. La vinculación de los

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italianos con el mitrismo es un hecho bien documentado, así como su participación en legiones 3 militares -- algo mercenarias quizás -- en las guerras civiles y en la del Paraguay. Como resultado de estas investigaciones, seguramente va a quedar una imagen más matizada de la intervención extranjera en política que la que se desprende de una interpretación algo esquemática de las tesis germanianas. De lo que se trata, sin embargo, es del monto y forma de esa involucración, y en eso creo que sigue siendo correcto el planteo "clásico" sarmientino-germaniano que señala la muy grave caída de participación que se deriva de la condición extranjera de la mayoría de los miembros de dos de las clases sociales más dinámicas y más protagónicas en un proceso de modernización y democratización paulatina de tipo capitalista. Un modelo del sistema político En cualquier sistema político la participación de la población se da en una gama, un continuo desde lo más pasivo a lo más activo, que constituye una especie de destilación de energías y voluntades. Dentro de esa gama se pueden establecer tres grandes grupos: (i) Los meros participantes son los que votan en elecciones (nacionales o municipales), y los afiliados a partidos políticos, sindicatos, asociaciones mutuales o culturales. El significado de cada uno de estos actos puede ser distinto según el tipo de sociedad. Así, por ejemplo, hoy día en la mayor parte de los países democráticos el hecho de votar -- casi automático, a veces obligatorio -no significa gran cosa, y quizás no permite clasificar al que lo realiza como "participante"; distinta es la situación, en cambio, en sociedades donde el voto estaba restringido censitariamente, o bien por la condición de extranjero. También, el hecho de ser afiliado a un partido refleja grados diversos de involucración según cuàl sea el tipo de organización partidaria, y los r equisitos para mantener la afiliación. En la situación argentina del período considerado (1880--1930) para poder calificar a alguien como "participante" esa persona debe haber sido votante, o si no, ser afiliada a algún partido, sindicato, mutual, o asociación cultural. Se trata, claro está, de criterios diversos y algo heterogéneos dada la peculiaridad de la sociedad muy extranjerizada. Aunque normalmente votar es lo menos, y lo más es afiliarse a asociaciones, en la Argentina de aquella época bien podía haber un cierto sector de extranjeros que aunque no votaran, tenían afiliaciones asociacionistas, y en ese caso entraran en nuestra categoría de "participantes". (ii) Los activistas pueden ser definidos como los individuos que concurren con frecuencia a las reuniones, las asambleas u otras acciones colectivas, o que ejercen cargos de delegados locales o sus equivalentes. Estamos aquí refiriéndonos a una minoría muy marcada de cualquier grupo social, por cierto no más de un 5 ó a lo sumo un 10% del total salvo coyunturas muy especiales, y a menudo bastante menos que esa cifra. Se trata de personas con una motivación interna bastante fuerte (que puede ser más ideológica o más emocional, o aún meramente economicista), lo que las hace vencer barreras culturales o sociales. Debido a ello, en este nivel la condición de extranjero es menos un impedimento -- dada la fuerte motivación existente en este grupo -- que en el nivel de la mera participación. Sin embargo, hay que ver en qué medida el extranjero puede llegar a interesarse en este tipo de actividades, dado su mundo cultural y grupos de referencia. Es más probable para un extranjero llegar al activismo en los ambientes de la acción profesional, sindical, o cultural que en el del partido político, si ve que en éste no tiene muchas perspectivas de trascender dada su ausencia de voto. Claro que si tiene suficiente motivación de activista, seguramente terminará por adquirir la ciudadanía. Es bien probable que ese 2 ó 3% de extranjeros que se

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Plácido Grela, El grito de Alcorta (Rosario: Editorial Tierra Nuestra, 1958); Gallo, op. cit.; Hilda Sabato y Ema Cibotti, Hacer política en Buenos Aires: Los italianos en la escena pública porteña, 1860-1880 (Buenos Aires: Cisea-Pehesa, 1988); Eduardo José Míguez, "Política, participación y poder: Los inmigrantes en las tierras nuevas de la Provincia de Buenos Aires en la segunda mitad del siglo XIX", Estudios Migratorios Latinoamericanos, No. 6 Agosto-Diciembre 1987, pp. 337-379; -7, Carina F. de Silberstein, "Administración y política: Los italianos en Rosario (1860-1890), Ibidem, No. 6-7, pp. 381-390; Fernando Devoto, "Programas y políticas en la primera elite italiana de Buenos Aires, 1852-1880," Anuario de la Escuela de Historia, Facultad de Humanidades, Universidad Nacional de Rosario, Vol. 13, 1988, pp. 371-400; Beatriz Guaragna y Norma Trinchitella, "La revolución de 1880 según la óptica de los periódicos de la colectividad italiana", mimeo, presentado a las Jornadas sobre Inmigración, Pluralismo e Integración, Buenos Aires, 1984; Torcuato S. Di Tella, "Argentina: un'Australia italiana? L'impatto dell'immigrazione sul sistema politico argentino", en Bruno Bezza (compilatore), Gli italiani fuori d'Italia: Gli emigrati italiani nei movimenti operai dei paesi d'adozione, 1880--1940 (Milano: Franco Angeli, 1983), pp. 419-451.

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nacionalizaban en la Argentina incluyera desproporcionadamente a este tipo de activistas. (iii) La elite política, grupo mucho más seleccionado aún que el anterior, está formada por quienes ejercen cargos directivos nacionales o regionales, a veces locales, así como por individuos prominentes en sus esferas de actividad, que debido a eso son cooptados o incorporados a los círculos dirigentes de la organización. En este nivel se puede actuar también a través del lobbying, los negocios, la presión personal, los vínculos de amistad y de familia. También se puede actuar desde posiciones ya no en asociaciones sino en instituciones "guardianas" como las fuerzas armadas o la Iglesia, o la burocracia estatal. Para los extranjeros la acción en este nivel se da sobre todo en las áreas económicas y profesionales, siéndoles más difícil o imposible la acción en lo político partidario o en esferas como las de las fuerzas armadas (no así la Iglesia). Para cada sector de la pirámide de estratificación social hay que ver cómo contribuye él a las diversas formas de participación o activismo, en cada una de las àreas (económico-cultural hasta específicamente político-institucional) y según el grado de violencia involucrado. Es preciso analizar, para cada canal de conexión entre estructura social y activismo político, la influencia que puede tener la alta presencia de extranjeros sobre el flujo de personas que circulan entre una y otra casilla conceptual. La situación para los extranjeros, en cada uno de estos tres niveles (meros participantes, activistas, y elite política) es distinta según el área de que se trate. Hay un primer grupo de áreas de actividad (que hoy llamaríamos "corporativistas"), muy ligadas a la vida diaria y a la defensa de intereses, que les es bastante accesible. En cambio en el área específicamente político partidaria se precisa mucha determinación y vocación, para un extranjero, para superar la barrera de su falta de ciudadanía. También es posible que la situación deba diferenciarse cuando se encuentran contextos de mucha frustración, que llevan a la violencia. En estos casos, en que la gente está más presionada por las circunstancias, independientemente de su ideología, el sentirse más "contra la pared" posiblemente lleva al activismo a sectores normalmente más pasivos, y tamb ién a grupos extranjeros, movilizados por una situación límite. En muchos de los países de donde venían nuestros inmigrantes la participación electoral 4 estaba limitada por exigencias de alfabetismo o de tipo censitario. Pero debe tenerse en cuenta que en ese caso los sectores eliminados de la participación eran los más bajos de la pirámide social. En la Argentina, en cambio, justamente esos grupos tenían en principio el voto, y eran a menudo usados como masa de maniobra por los políticos criollos; mientras que los que no lo tenían eran quienes estaban por encima de ellos: la burguesía y el proletariado calificado. De ahí la incongruencia ya antes referida, como característica argentina, entre el peso económico-cultural y el político de ciertas clases sociales, que en cambio no se daba en equivalente medida en Europa . Como ejemplo tomemos, dentro de la pirámide social, a la burguesía comercial. Y analicemos, de sus varias formas eventuales de actividad política (en el sentido más amplio de la palabra), el que corresponde al nivel del activismo, en el área específicamente político-institucional (o sea, partidaria), y en condiciones no violentas. ¿En qué medida la condición mayoritariamente extranjera de la clase considerada afecta la circulación de individuos hacia el casillero del activismo en partidos políticos? Obsérvese que lo que se busca no es simplemente determinar las simpatías políticas del grupo en cuestión, sino averiguar cómo contribuyen ellos a la existencia del casillero considerado del sistema político. Si resultara que abrumadoramente, para la burguesía comercial, las formas de involucración política privilegian las conexiones financieras, los negocios, las influencias detrás de escenas, y dejan de lado el activismo en los partidos y también el voto, el resultado será algo bien distinto del paradigma europeo de desarrollo de la democracia liberal. No es que debamos dejar de valorar la importancia que en ese paradigma tienen las "connexions" de todo tipo de que tan elocuentemente hablaba Edmund Burke, ni mucho menos dejar de dar su
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Ver Carlo Ghisalberti, Storia Costituzionale d'Italia, 1848-1948 (Roma: Laterza, 1984); A. William Salomone, Italy in the Giolittian Era (Philadelphia: University of Pennsylvania Press, 1960; 1a. ed., 1945); José Varela Ortega, Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración, 1875--1900 (Madrid: Alianza Editorial, 1977); Jacques Chastenet, Histoire de la Troisième République (Paris: 6 vols., Hachette, 1952--62).
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En España se dió desde muy temprano u incongruencia entre el derecho de voto y la capacidad económica y cultural para na ejercerlo, como consecuencia de la Constitución gaditana de 1812, una constitución dada en circunstancias de guerra nacional revolucionaria. Ver Josep Fontana, La crisis del antiguo régimen (Barcelona: Crítica, 1979).

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debido peso a los negocios, la corrupción y la amistad, bases poco brillantes pero sòlidas de más de un sistema democrático liberal. Pero la retracción de toda una clase social de ciertas áreas de activismo político partidario no puede menos que dar pies de barro al sistema. Contra esto a veces se arguye que también en los casos de desarrollos más exitosos del régimen democrático liberal, a menudo los empresarios no son los más activos en el frente político partidario, dejando esas tareas en las manos más expertas de los políticos profesionales, los miembros de la aristocracia, o a veces 6 los mismos militares. Esto es en parte cierto, pero hay que analizar el tema en perspectiva comparativa y tratando de cuantificar algo las afirmaciones. Efectivamente, desde ya podemos decir que en ningún caso el flujo de individuos de la esfera privada a la pública será o masivo o nulo. Siempre hay una selección, una circulación bastante restringida, especialmente en todo lo que supere la mera participación pasiva. Los motivos de retracción pueden ser muy diversos, y de ningún modo se limitan a la condición de extranjero. La existencia de regímenes dictatoriales, sean militares y caudillistas como en muchas partes de América Latina, o más tradicionalmente monárquicos autoritarios como en Alemania y otras partes de Europa, son obvios motivos de retracción. Pero siempre habrá minorì as que se orientan a la esfera de la acción pública. Lo que se debe estudiar en el caso que aquí nos preocupa, es cómo se daban esos procesos de circulación en la Argentina, cuáles eran los factores de estímulo o retracción, y en qué medida eran afectados por la condición de extranjero.

La formación de las actitudes entre los extranjeros Los extranjeros estaban sometidos, por supuesto, a presiones sociales y económicas, principalmente ligadas a su pertenencia de clase y condición cultural, que operaban sobre cualquier individuo para determinar sus actitudes políticas. Pero además había algunos factores específicos que actuaban sobre ellos, que complementaban o corregían las determinaciones más generales. Estos factores específicos operantes sobre los extranjeros eran los siguientes: (i) el "corrimiento hacia arriba" en el status que ocupaban, que era más alto que el que correspondía a su ubicación ocupacional; (ii) el efecto de "audiencia cautiva" que predisponía, sobre todo en sectores populares y de clase media, a los extranjeros a aceptar el mensaje de ciertos ideólogos provenientes de sus países de origen; (iii) la escasa "deferencia de status" que los extranjeros sentían hacia la clase alta nativa, lo que dificultaba las posibilidades de consolidación de una fuerza política conservadora moderna (aparte de que se pudiera o no votar por ella); (iv) la tendencia a privilegiar la "acción corporativa", dada la poca repercusión que las iniciativas de los extranjeros podían tener en el ámbito electoral, del cual no formaban parte; (v) el aparente "internacionalismo", que en realidad ocultaba un nacionalismo residual de sus países de origen, y que dificultaba las alianzas con otros sectores de la "política criolla". Veamos por separado cada uno de estos temas. (i) El "corrimiento hacia arriba" del status. Dada la valoración étnica que tanto los mismos inmigrantes como la mayor parte de la población local tenían, los extranjeros formaban parte de un sistema de estratificación social algo dual. Ellos sentían, aún siendo pobres, que en el país había bastante gente más abajo que ellos, lo que dificultaba la formación de una conciencia clasista en el proletariado, sumándose al otro efecto, bien conocido y comentado, de la alta movilidad social, lo que es un fenómeno distinto, y que no está necesariamente ligado a la condición extranjera (aunque la pertenencia étnica en más de un caso ayudaba a ascender socialmente, o a evitar el descenso). Obsérvese que en los Estados Unidos este corrimiento hacia arriba no existía para los extranjeros, más bien lo contrario; en

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Ver Jean Lhomme, La grande bourgeoisie au pouvoir, 1830--80 (Paris: Presses Universitaires de France, 1960). Para un estudio de la situación más reciente en este campo, ver Michael Useem, "Business and politics in the US and the UK. The origins of heightened political activity of large corporations during the 1970s and early 1980s", Theory and Society, vol. 12, No. 3, mayo 1983, pp. 281-308.

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Australia tampoco se daba, siendo en ese país la situación lo más parecida (aparte la mayor movilidad social) a la del país de origen, Gran Bretaña. (ii) La "audiencia cautiva" para los ideólogos extranjeros. Los extranjeros, en gran medida provenientes de zonas rurales atrasadas, traían una buena dosis de valores tradicionales, familísiticos y religiosos. El desarraigo del viaje transatlántico contribuyó mucho a abrirles nuevas perspectivas, a darles una experiencia de movilización social, o sea de ruptura de vínculos verticales, aunque lo má s probable es que su carga de tradicionalismo fuera todavía muy alta. Pero al mismo tiempo venía entre ellos una minoría de activistas e ideólogos, en general socialistas, anarquistas o republicanos de izquierda. Para esos activistas sus connacionales constituían una presa relativamente fácil, lo que los estudiosos de la comunicación social llaman una "audiencia cautiva". Efectivamente, la común nacionalidad hacía que esa masa mayoritariamente campesina estuviera más predispuesta a escuchar el mensaje, que lo que hubiera estado en sus aldeas de origen, o que lo que sería el caso si el mensaje lo emitiera un nativo criollo. Es cierto que entre los extranjeros también venían miembros del clero, pero estos eran mucho menos numerosos que los otros, aunque no debe subestimarse su rol en generar, o mantener, un catolicismo popular. Para avanzar en el estudio de este tema es preciso reconstruir las estructuras de influencia y de formación de opinión que estaban en funcionamiento. El resultado de esos mecanismos fue la difusión de actitudes socialistas o de izquierda entre la clase obrera, que sin ser totalmente hegemónicas, estaban bastante en "avance" respecto a lo que se podría haber esperado de un país con el grado de desarrollo industrial de la Argentina. Este fenómeno se daba también en los Estados Unidos, pero ahí los extranjeros sometidos a él eran un porcentaje menor del total de la clase obrera. (iii) La escasa "deferencia de status" y la debilidad conservadora. La peculiar posición que tenían los ext ranjeros en la pirámide social, ya antes aludida, hacía que sintieran bastante poco respeto por las clases altas locales, a cuyos equivalentes en sus países de origen hubieran considerado sus superiores naturales. En la Argentina, por más distinguidos que fueran, eran criollos, y ya eso los ponía en una categoría distinta. Este efecto, aunque presente en todos los niveles de estratificación, estaba particularmente preñando de consecuencias entre las clases medias y empresarias extranjeras. El resultado: debilidad del conservadorismo, que quedaba reducido en la Argentina a las fuerzas estancieriles, incapaces de cooptar en la escala necesaria a la burguesía inmigratoria. Tanto en los Estados Unidos como en Australia, Nueva Zelandia, Canadá y la misma Gran Bretaña, los partidos conservadores (en algunos casos con el nombre de liberales, o nacionales) son muy fuertes, porque cuentan con el apoyo de la mayoría de la clase media, e incluyen orgánicamente a casi toda la clase alta, de cuyo seno extraen numerosos dirigentes, militantes e ideólogos. (iv) El predominio de la "acción corporativa". La combinación de los factores ya señalados llevaba a privilegiar la acción corporativa, economicista, o en todo caso cultural, soslayando la actividad directa en partidos políticos. Las potencialidades desestabilizantes de esta pauta son evidentes. Ella no se debía a una mera característica cultural, sino que derivaba muy directamente del predicamente en que se encontraban importantes clases sociales del país moderno. Es cierto que no sólo la situación de los extranjeros, sino también otros factores podrían haber llevado a esta forma de acción corporativa y poco respetuosa de los canales político-partidarios. En algunos países latinoamericanos de menor desarrollo que la Argentina, y con escasa presencia de extranjeros, también se dan a veces pautas corporativistas, y una reticencia de los sectores acomodados a entrar en el juego político. Sería preciso, de todos modos, para poder juzgar comparativamente el fenómeno, ver más exactamente cómo se da en cada caso la involucración política de la burguesía. Aunque no es éste el lugar para hacer una tan larga excursión, se puede señalar que en muchos países latinoamericanos existen fuertes partidos conservadores, lo que es una señal de acción menos corporativista por parte de las

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clases altas. Por otro lado, en la clase obrera de esos países a menudo se encuentra una mayor tendencia a la acción política de signo socialista que en la Argentina, lo que también puede ser un reflejo de lo que ocurre en cuanto a ligazones entre el área económico-cultural y la políticopartidaria a niveles populares o de baja clase media radicalizada. (v) El "internacionalismo" y la dificultad de las alianzas. El internacionalismo es una expresión ideológica muy obviamente ligada a la posición de los extranjeros en el sistema social, y que fácilmente se transmite a sus hijos. En la Argentina, sin embargo, él era más aparente que real: no implicaba un esfuerzo por superar los lazos tribales, sino que má s bien reflejaba la persistencia de los que seguían atando a las comunidades a sus países de origen. Toda una masa mayoritaria del país moderno sentía nostalgia e identificaciones positivas fuera de sus fronteras: una situación fascinante para muchos observadores pero difícil de construir con ella una nación. Y la reacción nacionalista no tardó en venir, generando toda esa larga serie de expresiones ideológicas xenófobas y nativistas que son la contracara del extranjerismo de amplios sectores del país. El resultado fue un país dividido en dos mitades culturales, de las cuales una, la criolla, estuvo mucho tiempo tapada, pero con el desarrollo urbano e industrial se vino del campo (o el interior) a la ciudad, y además influyó a las nuevas generaciones de hijos o más bien nietos de inmigrantes, que se iban adaptando a su condición de argentinos. En los Estados Unidos, previsiblemente, ese internacionalismo fue siempre mucho menor que entre nosotros, como resultado del menor peso que tenían los extranjeros en ese país. En cuanto a Australia o Nueva Zelandia, ahí la condición del inmigrante no producía internacionalismo, y la identificación británica fue la pregenitora del espíritu nacional en formación, mera mutación del del viejo país de origen.

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Raíces del sistema partidario argentino Para terminar, vamos a hacer una breve caracterización del sistema político partidario argentino de comienzos de siglo, contrastándolo con los ejemplos -- a menudo dados en aquel entonces -- de Australia y de Europa Occidental, así como con el del más vecino Chile, menos usualmente visualizado pero no por ello menos importante en una estrategia comparativista. Tomaremos como punto de partida la célebre polémica entre Juan B. Justo y Enrico Ferri, en 1908, con motivo del viaje del político socialista italiano a Buenos Aires. Afirmó Ferri en sus conferencias que en el sistema político argentino faltaba un partido radical serio, pues no se podía tomar como tal al "partido de la Luna" dirigido por Hipólito Yrigoyen. ¿Porqué no se lo podía tomar en serio al radicalismo argentino? Seguramente, por su carácter caudillista, su personalismo, las insondables estrategias del jefe, la falta de planes orgánicos de gobierno, en otras palabras, su pertenencia al área de la "política criolla". En la Europa latina, en cambio, eran fuertes los partidos radicales "orgánicos", basados esos sí en las clases medias productivas, y en algún apoyo obrero calificado (sin por eso debilitar demasiado a los conservadores). También en Gran Bretaña el 8 partido Liberal, bajo el liderazgo de Lloyd George, se orientaba en dirección radical. Había que hacer lo mismo en la Argentina, y Ferri le recomendaba al partido Socialista cumplir ese rol si la Unión Cívica Radical no lo asumía. Porque en un país tan poco industrializado como la Argentina no se podía pensar en un partido genuinamente obrero y socialista. Pero analicemos un poco más en detalle este argumento. ¿Cómo podría ser posible formar

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Ver R. Albert Berry, Ronald G. Hellman y Mauricio Solaún (comps.), Politics of Compromise: Coalition Government in Colombia (New Brunswick, N.J.: Transaction Books, 1980); Howard R. Penniman, Venezuela at the Polls: The National Elections of 1978 (Washington: American Enterprise Institute, 1980); Ricardo Donoso, Las ideas políticas en Chile (México: Fondo de Cultura Económica, 1946); René León Echaiz, Evolución histórica de los partidos políticos chilenos (Buenos Aires: Francisco de Aguirre, 1971; 1a. ed., 1939); Bolívar Lamounier y Fernando Henrique Cardoso (comps.), Os partidos e as eleiçôes no Brasil (Rio de Janeiro: Paz e Terra, 2a. ed., 1978).
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Octavio Ruiz Manjón, El Partido Republicano Radical, 1908--1936 (Madrid: Ediciones Giner, 1976); Ernest Lemonon, De Cavour a Mussolini (Histoire des partis politiques italiens) (París: Editions A. Pedone, 1938); H. V. Emy, Liberals, Radicals and Social Politics, 1892-1914 (Cambridge: University Press, 1973); Kenneth Morgan, The Age of Lloyd George: The Liberal Party and British Politics, 1890-1929 (Londres: Allen and Unwin, 1975).

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en la Argentina un partido moderno -- radical o radical-socialista -- si el país electoral no era moderno? Justamente los que votaban, debido al tipo de trabajo que realizaban y a las condiciones sociales en que vivían, no podían menos que tener una expresión política congruente con esas características. El país moderno -- relativamente hablando -- era el de los extranjeros, no porque éstos trayeran la modernidad consigo, sino porque ellos ocupaban los lugares de trabajo y los entornos sociales productores de ese tipo de mentalidad. Si los extranjeros hubieran participado en política de manera "normal" (o sea, como si no fueran extranjeros) seguramente hubieran creado las condiciones para la existencia de un partido radical a la europea, o incluso de uno liberal, igualmente a la europea. Armar un partido a la europea no tiene nada de malo, sobre todo en un país que hubiera sido realmente muy parecido a Europa. Justamente, en Australia había un partido Liberal, que con el tiempo fue englobando cada 9 vez más a las clases medias y a la burguesía, y se transformó en el principal partido de la derecha. El ejemplo australiano era muy tenido en cuenta en aquel entonces en la Argentina, porque eran obvios los parecidos, y porque el partido Laborista estaba ya muy cercano a ejercer el poder a nivel nacional. Ferri hizo una referencia lateral a este hecho, diciendo que lo que había en Australia, bajo el nombre de laborismo, era realmente un partido radical, no socialista, debido a lo limitado de su ideología y su programa. En realidad se equivocaba, porque el laborismo, aunque moderado en sus objetivos, tenía como columna vertebral a un combativo sindicalismo, y por lo tanto era un animal político bien distinto a los radicalismos europeos, enraizados en la clase media, con relativamente pocos (aunque no inexistentes) vínculos sindicales. Pero antes Ferri había dicho, usando una variante de la teoría marxista acerca del desarrollo de los partidos de la clase obrera, que en condiciones de escaso desarrollo industrial (como en Australia o Argentina) difícilmente pudiera haber partidos fuertes de clase obrera. Ocurre que esa hipótesis es correcta sólo de manera muy aproximada. Aún con poca industria, si hay una fuerte urbanización, escasez de mano de obra, y alta movilización social inducida por la migración transoceánica, se dan condiciones para la formación de sindicatos fuertes, y también de partidos obreros con alguna versión de la ideología socialista. Este era el caso, precisamente, de Australia, Nueva Zelandia, y la Argentina, que debido a eso podían estar algo en avance respecto a los países europeos mediterráneos. Pero en la Argentina esa clase obrera tendía más, ya desde entonces, a la acción corporatiivista que a la político partidaria. De hecho, el partido Socialista argentino, aunque todavía débil cuando Ferri nos visitó en 1908, pronto evidenciaría, al amparo de la Ley Sáenz Peña, que podía reunir fuertes contingentes de votos, al menos en la Capital, con perspectivas de irse extendiendo gradualmente al resto del país. Esta extensión no se dió más que marginalmente, mientras que en Australia y Nueva Zelandia el laborismo cuajó y pervive hasta el día de hoy como ocupante casi exclusivo de uno de los dos hemisferios de la política. ¿Los motivos de la diferencia? Sería cómodo echarle la culpa -- una vez más -- a Juan B. Justo, su reformismo, su fascinación con el librecambio y la "democracia formal". Pero ocurre que todas esas lacras afeaban también al laborismo australiano, sin conseguir matarlo, ni siquiera herirlo. Veamos: ¿cuál era el país electoral al que el partido Socialista podía dirigirse a comienzos de siglo? Era un país sin burgueses y sin obreros, o casi. Que no existieran burgueses no importaba para los socialistas, aunque podía ser grave para la derecha o los radicales. Que no hubiera, o que hubiera muy pocos obreros en el registro electoral era en cambio gravísimo. Es casi un milagro que un partido autodefinido como socialista, y con componentes bastante radicalizados en su seno, obtuviera las fuertes votaciones que consiguió en la Capital ya desde 1912 y 1913. Los lazos orgánicos con la clase obrera sindicalizada (extranjera) inevitablemente se debilitaban, ante el peso excesivo que tenía la rama política, debido al tipo de electorado (nativo, pero en buena parte de clase media) que había que convencer para ganar elecciones. Si los extranjeros hubieran votado, o sea si hubieran tomado la ciudadanía, es casi seguro que el partido Socialista se hubiera extendido mucho más, al menos en el país moderno, lo que le hubiera dado un mayor arraigo que el que tuvo. Aún le hubiera quedado, en ese caso, el problema de cómo trascender al otro sector, "criollo", del país. Pero dadas las cosas como estaban, mismo en el país moderno le era difícil echar sólidas raíces, porque su electorado potencial, su caudal de simpatizantes, no tenía acceso a las urnas, que

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Gordon Greenwood (ed.), Australia: A Social and Political History (Sidney: Angus and Robertson, 1955); Keith Sinclair, A History of New Zealand (Londres: Penguin, 1980; 1a. ed., 1959).

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constituyen si no el todo, al menos una parte muy central del esquema de poder en un país semidemocrático y semiliberal como la Argentina de aquel entonces. ¿Qué hubiera pasado si en la Argentina hubiera habido muchísimos menos inmigrantes y, con una dotación de recursos económicos parecida a la que tuvo, su población hubiera sido casi completamente nativa? En realidad, hay sólo que mirar al otro lado de la cordillera para ver la más cercana aproximación a ese espejismo. Chile se parece a la Argentina y a Uruguay (y a la Europa mediterránea de aquel entonces) por su economía agropecuaria de clima templado, y su ausencia de experiencias de esclavitud, o de conquista y superposición étnica como en los países andinos. Y como nunca tuvo excesivo número de extranjeros, terminó por parecerse más a Europa que la Argentina o Uruguay. Es que estos dos países, justamente por tener en su seno demasiados extranjeros, se diferencian radicalmente del modelo trasatlántico: en Europa no hay europeos, hay italianos, franceses, alemanes. Dicho de otra manera: en los países europeos, igual que en Chile, había muy pocos extranjeros, mientras que la Argentina, por su gran cantidad de extranjeros, entraba en otra categoría, era un país menos "europeo" que Chile. El resultado fue que el sistema político chileno era (y es) mucho más parecido al europeo que el argentino o el uruguayo. En Chile había un partido Radical que era más parecido a los europeos: no tenía un líder populista o enigmático como Yrigoyen, tenía componentes laicistas importantes (a diferencia del argentino), y estaba dispuesto a entrar en arreglos con los demás partidos para compartir el gobierno, criterio esencial para Ferri de madurez política. Nunca había necesitado pasar por una larga etapa de abstención revolucionaria para acceder a las urnas. El tipo de arreglo que intentò en la Argentina Luis Sáenz Peña trayendo al gobierno a Aristóbulo del Valle (líder radical moderado) en 1893 fracasó, pero estaba a la orden del día en Chile, donde constituyó la vía maestra hacia la 10 apertura del sistema. Había además un partido conservador y otro liberal muy capaces de conseguir votos (algunos comprados) y que siguieron teniendo gran vitalidad, después de fusionarse, hasta la actualidad. En la izquierda, en 1908 todavía no existía un partido Socialista significativo, aunque pronto se lo formó, con vínculos orgánicos fuertes con la clase obrera organizada, y capacidad de penetración en las más diversas zonas geogràficas del país, desde las salitreras del norte a las minas de carbón del área de Concepción y las estancias laneras de la Australia chilena. Es que el país era más homogéneo culturalmente, no existía el abismo que separaba en la Argentina a regiones enteras, dominadas por los extranjeros, d las que tenían e predominio nativo. Claro está que los extranjeros que había en Chile (un 4% hacia 1910) también ocupaban, como en la Argentina, una posición en el espacio social más alta que lo que sus ocupaciones justificaban. Pero eran tan pocos que tenían escaso efecto sobre el panorama político. El país político-electoral y el país real eran más congruentes. En Chile los analfabetos no votaban, pero eso justamente contribuía a la congruencia, pues eliminaba del electorado a quienes tenían una muy baja ubicación en la pirámide social (y no a quienes ocupaban posiciones bien altas, como en la Argentina). Volviendo ahora a este país, es preciso hacer un par de comentarios sobre el radicalismo. A veces se piensa que éste fue -- o es -- nuestro equivalente de un partido liberal burgués, y que los hijos de los inmigrantes que habían llegado a la condición de clase media fueron su principal electorado. Esto último a la larga fue cierto, pero eso no permite pasar por alto la fuerte diferencia entre un partido liberal o radical a la europea, y la Unión Cívica Radical. Así como el partido Socialista no podía ligarse orgánicamente con la clase obrera y sus sindicatos, el radicalismo se veì a privado del voto de los sectores más sólidos de la burguesía y la clase m edia empresarial, lo que lo dejaba en manos de la clase media nativa o sectores marginales de la burguesía o aristocracia 12 provincianas. Una vez más, incongruencia y falta de vinculación estrecha entre clase y partido, en
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Peter Snow, El radicalismo chileno (Buenos Aires: Francisco de Aguirre, 1972); Ricardo Donoso, Alessandri, agitador y demoledor (México: Fondo de Cultura Económica, 2 vols., 1952); Julio Heise González, Ciento cincuenta años de evolución constitucional (Santiago: Andrés Bello, 1960), y del mismo, El período parlamentario, 1891-1925 (Santiago: Editorial Universitaria, 1982).
11

Paul Drake, Socialism and Populism in Chile, 1932--1952 (Urbana, Ill.: University of Illinois Press, 1978); Benny Pollack, "The Chilean Socialist Party: prolegomena to its ideology and organization," Journal of Latin American Studies, vol. 10, No. 1, 1978, pp. 117-152.

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Orígenes históricos del corporativismo argentino: el rol de la inmigración masiva Torcuato S. Di Tella ________________________________________________________________________________________________________________

contraste con Chile. En cuanto a la derecha, ya se dijo que ella tampoco podía establecer conexiones orgánicas suficientemente fuertes con la burguesía, el sector más modernizado y dinámico de las clases dominantes del país. El resultado fue un constante zigzagueo entre intentar controlar el país apoyándose en el extraño electorado que le quedaba, o volcarse directamente al golpismo militar. No es mi objeto seguir describiendo el sistema político argentino de la época bajo análisis, ni mucho menos rastrear sus transformaciones en el tiempo, hasta llegar incluso a la crisis de la segunda guerra mundial, de la que emergió el peronismo. Creo sin embargo que algunas de las características señaladas siguieron expresándose hasta esa época y aún después, porque las actitudes y formas de actuar que se generan en un período particularmente creativo y largo de la vida de un país tienden a prolongarse por un par de generaciones. La tendencia a la acción corporativa, extendida a amplias capas de la población, y la facilidad con que sectores de la derecha apoyan a los golpes militares, tienen sus raíces en la peculiar forma en que se dio en la Argentina la transición hacia la modernidad. Por lo mismo, es de esperar que el tiempo, y la percepción de los terribles efectos producidos, hagan cambiar en el futuro estas características.

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Ricardo Caballero, Hipólito Yrigoyen y la revolución radical de 1905 (Buenos Aires: Libros de Hispanoamérica, 1975); Roberto Etchepareborda, Tres revoluciones: 1890, 1893, 1905 (Buenos Aires: Pleamar, 1968); David Rock, El radicalismo argentino: 1890--1930 (Buenos Aires: Amorrortu, 1977).

____________________________________________________________________________________________________ Documento descargado de http://www.educ.ar

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Nueva Historia Argentina. Tomo 7
Crisis económica, avance del estado e incertidumbre política (1930-1943)

Alejandro Cattaruzza
Director de Tomo

Editorial Sudamericana Buenos Aires Este material se utiliza con fines exclusivamente didácticos

ÍNDICE
COLABORADORES .............................................................................................................................. 7 INTRODUCCIÓN por Alejandro Cattaruzza........................................................................................................................... 11 Capítulo I. La economía por Juan Carlos Korol................................................................................................................................ 17 Capítulo II. Partidos, coaliciones y sistema de poder por Darío Macor ........................................................................................................................................ 49 Capítulo III. La política bajo el signo de la crisis por Luciano de Privitellio.......................................................................................................................... 97 Capítulo IV. País urbano o país rural: La modernización territorial y su crisis por Anahí Ballent y Adrián Gorelik .......................................................................................................... 143 Capítulo V. La nueva identidad de los sectores populares por Ricardo González Leandri................................................................................................................... 201 Capítulo VI. El movimiento obrero por Joel Horowitz ...................................................................................................................................... 239 Capítulo VII. Enfermedades, médicos y cultura higiénica por Diego Armus y Susana Belmartino ..................................................................................................... 283 Capítulo VIII. Posiciones, transformaciones y debates en la Literatura por María Teresa Gramuglio ..................................................................................................................... 331 Capítulo IX. Entre la cultura y la política: Los escritores de izquierda por Sylvia Saítta ........................................................................................................................................ 383 Capítulo X. Descifrando pasados: Debates y representaciones de la historia nacional por Alejandro Cattaruzza........................................................................................................................... 429

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CAPÍTULO III LA POLÍTICA BAJO EL SIGNO DE LA CRISIS
por LUCIANO DE PRIVITELLIO

SEPTIEMBRE DE 1930: LA “HORA DE LA ESPADA”
“Sólo un milagro pudo salvar la revolución. Ese milagro lo realizó el pueblo de Buenos Aires...” Esta ajustada apreciación del entonces capitán conspirador Juan D. Perón, quien había formado parte del grupo del general José Félix Uriburu hasta que, desencantado por su falta total de organización y la escasa prudencia de los conspiradores, se acercó a los hombres del general Agustín P. Justo, ilustra dos características salientes del movimiento del 6 de setiembre: su debilidad en lo militar y su éxito en la opinión. La columna revolucionaria se integró con grupos de civiles mal armados, convocados por los partidos opositores y algunos diarios como Crítica, acompañados por adolescentes del Colegio Militar y una escasa tropa de línea; los jefes principales, Uriburu y Justo, eran militares retirados. En un relato muy poco marcial, Roberto Arlt revelaba, en un articulo aparecido en El Mundo dos días más tarde, el tono festivo de la marcha: “En fin, aquello era un paseo, una revolución sin ser revolución todas las muchachas batían las manos y lo único que le faltaba era una orquesta para ponerse a bailar. La agresión que como se dice, partió del Molino, no tiene nombre. [...] Pues al paso de los soldados que venían de Flores y que cortaron luego por Caballito Norte, no fue un camino de soledad, de miedo o de indiferencia, sino que, en todas partes, estallaban aplausos, y la gente se metía entre los soldados como si hiciera mucho tiempo que estuviera familiarizada con esta naturaleza de movimientos”. La columna llegó hasta la Casa Rosada y se apoderó de ella sin que nadie intentara seriamente detenerla; la única excepción fue la resistencia organizada en el Arsenal de Guerra por el ministro del Interior Elpidio González junto a los generales Nicasio Aladid, Enrique Mosconi y Severo Toranzo. El Arsenal se rindió cuando recibió la notificación de la renuncia del vicepresidente Enrique Martínez, llevada personalmente por el general Justo. Algunas escaramuzas que se produjeron el día 8 fueron fácilmente sofocadas. En muchas provincias, las administraciones radicales abandonaron espontáneamente las sedes de gobierno, dejando sus instalaciones a merced de quien quisiera ocuparlas. Muy lejos de las tradiciones pretorianas a las que se acostumbrarían años más tarde, la mayor parte de los cuadros militares se negaron a movilizar sus tropas; otros simplemente no sabían que debían hacerlo. Una fuerte cultura legalista hacia dudar a la mayoría de los oficiales sobre la conveniencia de un movimiento de este tipo: paradójicamente fue esa misma cultura la que aseguró el acatamiento inicial al nuevo presidente Uriburu, una vez que éste se encontró instalado en las oficinas de la Casa Rosada con las renuncias de Yrigoyen y Martínez en sus manos. El primer acto de un proceso que vendría a restaurar la supremacía de los poderosos de la Argentina, desde la “oligarquía” hasta los “monopolios petroleros”, pasando por el “partido militar”, impresiona mucho menos que la dimensión de sus supuestos móviles. Esta atribución cómoda de responsabilidad a unos actores tan tremendos como ocultos ha impulsado a pasar por alto la profunda crisis de la estructura política del yrigoyenismo, que arrastró consigo a su partido y, finalmente, al propio régimen institucional. ¿Cómo se llegó a esta situación, apenas dos años después de la espectacular victoria electoral del radicalismo en 1928?

LA CRISIS DEL YRIGOYENISMO
El escrutinio de los comicios presidenciales realizados el 1° de abril de 1928 arrojó un resultado contundente: 839.140 votos del radicalismo yrigoyenista contra 439.178 votos
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del radicalismo antipersonalista, que había contado con el respaldo de las agrupaciones conservadoras. Ante estos números se perfilaron dos reacciones extremas: en el personalismo, la convicción absoluta de su identidad total con “La nación”, más aún cuando había arrojado el lastre del antipersonalismo; en la oposición, un profundo desconcierto que paulatinamente provocó el acercamiento a opciones conspirativas, junto con un desencanto frente a la “cultura cívica” de los argentinos y frente a la práctica del sufragio. El radicalismo concibió la reelección de Yrigoyen como un verdadero plebiscito. Esta lectura no era una simple metáfora; por el contrario, exhibía una vez más una vocación totalizante de la cultura política local, adaptada ahora a lenguajes y procedimientos que, como el plebiscitario, se utilizaban en otras latitudes como alternativa a la democracia liberal en crisis. A despecho de las acusaciones de sus opositores, esta vocación no era una novedad introducida por el radicalismo, sino que estaba sólidamente instalada en la política argentina desde varias décadas antes de su llegada al poder. En muchos sentidos, la ley electoral de Sáenz Peña había permitido consolidar esta cultura política, en parte porque los autores de la ley la tomaron como propia y, en parte, porque acrecentó el dramatismo de la competencia política y del lenguaje en el que ella se expresaba, al aumentar las dimensiones del electorado. A pesar del establecimiento de la representación de las minorías, la reforma de 1912 fue refractaria al pluralismo ya que, en la visión de sus defensores, la sociedad fue concebida como un bloque único con un atributo también único y determinante: su ideal de progreso. En consecuencia, los comicios no tenían por objetivo manifestar las voces de intereses sociales diversos, sino garantizar la representación de la unánime voluntad progresista de la nación, que era también la de cada uno de sus ciudadanos. Así, la ley electoral vino a consagrar, mediante la ampliación del electorado, una visión de la sociedad que la planteaba homogénea en clave espiritual: la representación política estaba llamada a expresar el “alma de nación”, cuyo contenido concreto Sáenz Peña no dudaba en reconocer tanto en su propia voz como, más ampliamente, en la del “grupo pensante” del que era miembro. Pero, a pesar del optimismo de Sáenz Peña, no fue el "grupo pensante" quien se benefició de la reforma sino la UCR que, a favor de sus victorias electorales, fue asociando su propia identidad a la integración ciudadana en la monolítica comunidad política nacional. Junto a sus reiterados triunfos en diversas elecciones, otro factor preponderante en esa asociación fue la “religión cívica” proclamada por el partido, en especial a través de su autoidentificación con una “causa” llamada providencial y mesiánicamente a desplazar a la clase política anterior al espacio demonizado del “régimen oligárquico”. Su éxito, a pesar de la evidente incongruencia entre la pretensión de ruptura y las trayectorias recientes del partido y sus dirigentes, demuestra el potencial ideológico de la religión cívica radical, versión renovada y formidable de la tradicional matriz totalizante de la cultura política argentina. En efecto, entre sus tópicos no se advierte ni un solo rastro de un pluralismo sociológico o político: a quienes pretendían imponerles un programa partidario que permitiera distinguir a la agrupación de otros partidos, los radicales gustaban responder que expresaban la voluntad única de la nación que, esta vez, encontraba su mejor intérprete en el partido y, especialmente, en Yrigoyen. Esta identidad política, tan extensamente asumida, se adecuaba bien a una sociedad articulada alrededor de la experiencia de la movilidad real y virtual. En efecto, más que a la “clase media”, el radicalismo apelaba al “pueblo” o a la “nación”, sujetos que remitían a un conjunto real de dimensiones tan vastas como imprecisos eran sus limites. Su mayor virtud no era el recorte de un sector económico-social determinado, sino su asociación con un conjunto de valores integradores. Funcionaba así como la oposición especular de la “oligarquía”, cuya referencia social era tan arbitraria y escasamente especifica como la del “pueblo”, pero transmitía el disvalor diametralmente opuesto de la exclusión. En un periodo en el que grandes sectores de la sociedad se embarcaban de una u otra manera en la aventura de la movilidad social o el progreso individual, la UCR logró asociar su identidad con esta suma de experiencias individuales en términos de una inclusión emocional dentro de la comunidad nacional por la vía de la política. La práctica del sufragio fue uno de los rituales que renovaban cíclicamente esta identidad inclusiva. Expresión sin igual de esa religión cívica, Yrigoyen había sabido despertar una gran expectativa alrededor de su figura durante la camparla de 1928. Sin embargo, la desmesurada
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magnitud de esas expectativas redundó en un rápido y proporcional desgaste, una vez que los datos de la realidad comenzaron a manifestarse bien diferentes de los previstos. Las primeras señales de la crisis económica afectaron las finanzas del Estado incluso antes del crack de Wall Street y provocaron el aumento de la inflación, el descenso de sueldos y la disminución del ritmo del gasto público, uno de los motores esenciales del patronazgo oficial. Aunque no se produjo una situación de conflicto social intenso como había sucedido durante el primer gobierno de Yrigoyen, decayó profundamente la adhesión al presidente. En un escenario político en el que los partidos tendían a construir identidades totalizantes, negándose a asumirse como una parte y habituados a deslegitimar y repudiar drásticamente a los opositores, la crisis favoreció una creciente tensión. En este clima, entre 1928 y 1929 el gobierno inició un avance sobre la oposición con el objeto de ganar el control del Senado, la ofensiva incluyó intervenciones muy conflictivas en San Juan, Mendoza, Corrientes y Santa Fe. La oposición se exponía a perder el último reducto que dominaba y, ante esa posibilidad, se volcó agresivamente hacia la opinión y las calles. En pocas semanas, los actos comenzaron a acomodarse a las palabras y la violencia política aumentó su frecuencia e intensidad. En ocasiones, sólo se trató de proclamas efectistas, como la del radicalismo antipersonalista entrerriano, que apelaba desde el Senado provincial a un Urquiza capaz de derrocar al nuevo tirano Rosas. Pero también se produjeron hechos graves, como el asesinato de Washington Lencinas en diciembre de 1929, por el cual sus seguidores culparon directamente a Yrigoyen, o el frustrado atentado contra el presidente, ejecutado por un militante anarquista solitario, pero atribuido por los personalistas a la oposición. Poco después del asesinato de Lencinas, se produjo un agitado debate en la Cámara de Diputados, en el cual cada sector planteó una larga lista de muertes violentas de las que sus adversarios serian culpables. Las elecciones legislativas nacionales de marzo de 1930 revelaron la gravedad de la situación. Tanto la campaña como los comicios se vieron plagados de incidentes, donde no faltaron los enfrentamientos armados, los muertos, las presiones policiales y las maniobras de fraude. En San Juan y Mendoza, los interventores de Yrigoyen se preocuparon bien poco por ocultar las acciones destinadas a obtener resultados favorables a cualquier precio; en Córdoba, la policía detuvo a fiscales opositores y se denunció la posterior aparición de urnas abiertas. Finalmente, triunfó la UCR, pero la victoria fue lo suficientemente exigua como para que fuera procesada como una derrota: la religión cívica radical no incluía una explicación política ni emocionalmente satisfactoria para un descenso del caudal de votos como el experimentado entre 1928 y 1930. Menos aun la tenia para una derrota resonante como la sufrida en Capital Federal frente al Partido Socialista Independiente. Un radicalismo confundido aparecía dando la espalda a aquella religión cívica que, entre sus certezas, incluía la que asociaba al partido con procedimientos electorales transparentes y con la condición de mayoría incontrastable. De todos modos, la UCR veía significativamente acrecentada su representación en la Cámara baja, dado que el sistema de mayoría y minoría prescrito por la Ley Sáenz Peña era poco elástico ante el descenso de votos a favor de un partido. En la oposición coexistían el entusiasmo electoral, fundado en el buen desempeño en esos comicios, con la preferencia por una salida rápida a través de una ruptura institucional. La doble situación de crisis económica y política se veía agravada por la crisis interna que vivía el gobierno, consecuencia del rápido desgaste de la autoridad de Yrigoyen. Ciertamente, el deterioro físico del presidente explica en parte esta circunstancia, aunque también lo hace la apenas disimulada lucha entre sus más cercanos colaboradores, quienes, convencidos de una sucesión anticipada tan próxima como inevitable, buscaban beneficiarse con ella. Paradójicamente, estas luchas que fragmentaban la administración política del Estado potenciaban un estilo de gobierno que hacia de Yrigoyen el centro de toda decisión, ya que lo convertía en árbitro final de las disputas personales. Se acentuaba así la inoperancia de un gobierno sometido a enconadas luchas palaciegas y a las decisiones de un árbitro que era incapaz de asumir su rol. Esta situación dio, dramáticamente, el tono a la estrategia seguida frente a las notorias actividades conspirativas de civiles y militares, todas ellas ampliamente conocidas por el gobierno. Políticos opositores y oficiales del Ejército se reunían sin disimulo en lugares conocidos, como la sede de Crítica y la casa del general Uriburu, cuyo estilo tan poco prudente atemorizaba al capitán Perón, para quien era inminente una reacción represiva
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del gobierno. Pero no fue así. En el gabinete se recortaron dos grandes tendencias: una, encabezada por el ministro de Guerra, general Dellepiane, quien pretendía desarticular por la fuerza a los conspiradores; otra, la integrada entre otros por el vicepresidente Martínez, el ministro del Interior González y el canciller Horacio Oyhanarte, quienes minimizaban la situación y preferían no alterar los ánimos con iniciativas apresuradas. La decisión presidencial se inclinó por el segundo grupo: el 3 de setiembre se conocieron los términos violentos de la renuncia de Dellepiane, luego de que González desautorizara la detención de varios supuestos conspiradores ordenada por él. Yrigoyen, enfermo y retirado en su casa de la calle Brasil, había sido convencido de que la situación no era peligrosa, sólo dos días después de un frustrado intento de Uriburu por iniciar el movimiento y a tres de su definitiva realización.
¿GOLPE O REVOLUCIÓN?

Dispersión del poder y centralización de las decisiones fueron las dos caras de una misma crisis de gobierno y ambas ofrecieron múltiples flancos para las estrategias de la oposición: las prácticas conspirativas atravesaban la escena política de una forma compleja y sinuosa, un ida y vuelta de la oposición al oficialismo. Pero, más allá de la trama de intrigas e intereses sectoriales y personales, el movimiento del 6 de setiembre recibió múltiples apoyos, que fueron expresados con fervor o tomando veladas precauciones: desde instituciones patronales hasta algunos sindicatos, de dirigentes de la derecha a ciertas agrupaciones de izquierda, todos los partidos importantes con excepción de la UCR personalista, la casi totalidad del periodismo, el movimiento estudiantil universitario... ¿Qué acción era la que recogía tan amplios apoyos? E1 6 de setiembre fue visto por muchos de sus contemporáneos como una más de las “revoluciones” o “movimientos cívicos” de origen netamente civil, apoyados por militares, que constituían una ya larga tradición local. Vale recordar que esta tradición había sido insistentemente reivindicada por el propio Yrigoyen y por el radicalismo, evocando los movimientos que se habían sucedido desde 1890. El objetivo proclamado, tampoco demasiado original en tanto provenía del mismo repertorio revolucionario, era la restauración de un régimen democrático e institucional que estaría siendo violado por el presidente. Es difícil entender hoy esta lectura ya que, proyectado hacia el futuro, el derrocamiento de Yrigoyen es justamente considerado como el inicio de una larga serie de golpes militares; sin embargo, ésta no era la visión predominante en 1930. Este fenómeno nos coloca ante una versión autóctona y, en parte, original de las dificultades que los sistemas democráticos liberales venían experimentando desde el fin de la Gran Guerra. Original, en tanto se impugnaba al gobierno afirmando los mismos principios que lo sostenían, incluyendo la Constitución liberal y la reforma de Sáenz Peña y no, como sucedía en Europa, descartando globalmente el sistema. Dado que buena parte de la oposición compartía la convicción sobre el rol pedagógico que debían cumplir la ley electoral y, fundamentalmente, los partidos, pero sostenía que esta apuesta reformista en favor de la creación del sufragante esclarecido aún no se había cumplido, el razonamiento sólo podía responsabilizar del fracaso a la demagogia de la UCR y a Yrigoyen. Imágenes reiteradas en los editoriales de la prensa y en múltiples discursos políticos, como la “política criolla” o el “elector independiente”, apelativo este último que remitía directamente al ciudadano racional que opta entre partidos en un libre mercado electoral según lo había pensado Sáenz Peña, se recortaban sobre este diagnóstico critico que, sin embargo, dejaba abierta la puerta a una posible redención. La condición era evidente: el fin de la “demagogia personalista”. La UCR también era considerada la culpable de males que en otros ámbitos se atribuían a la democracia en general, tales como la inoperancia de sus administraciones, o las votaciones parlamentarias en bloque, una práctica introducida por las nuevas formas de mandato imperativo inscriptas en los procedimientos de los partidos políticos modernos. La primera critica retomaba la vieja asociación de Sáenz Peña entre la razón progresista y las ideas de un grupo político; la segunda había estado presente desde el momento en que

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Yrigoyen buscó conformar un bloque parlamentario disciplinado. Ambas encontraban en el presidente su blanco predilecto. Así, muchos opositores formulaban las criticas habituales en el marco de la crisis de las democracias occidentales de entreguerras contra la UCR y se lanzaban, a diferencia de otros casos, desde lo que se consideraban las promesas frustradas de una democracia liberal naturalmente positiva. La escasa atención que se ha prestado a estas posiciones, que eran las de la mayor parte de los actores del movimiento de setiembre, se debe al sobredimensionamiento del poder y la influencia de Uriburu y su grupo. Sin embargo, la fuerza de la concepción mayoritaria explica no sólo la impotencia de Uriburu para imponer su visión militarista y corporativista del golpe, sino también la rápida conformación de una oposición al presidente provisional en los mismos grupos revolucionarios, que se institucionalizó el 27 de setiembre en la Federación Nacional Democrática, inicialmente constituida por los partidos Socialista Independiente y Conservador de Buenos Aires, a la que luego se incorporaron agrupaciones conservadoras y antipersonalistas de las restantes provincias. La insistencia de Uriburu para imponer la reforma constitucional en un sentido corporativista, ya anunciada en declaraciones periodísticas por oficiales adictos y por el propio presidente el 1° de octubre de 1930, sólo sirvió para erosionar su de por si escaso poder y, paralelamente, para consolidar la figura de Justo como abanderado posible de la continuidad legal y de una rápida apertura comicial. La interpretación que Uriburu y los grupos nacionalistas buscaban imponer, según la cual se enfrentaba una crisis definitiva del sistema liberal, de la Constitución y de la Ley Sáenz Peña, estaba claramente a contramano con la visión predominante en la opinión pública. Pero no fue éste el único límite de su estrategia, ya que el Ejército, la institución que Uriburu pretendía transformar en fuente de su legitimidad, sostén y administrador del poder, convertida por el golpe en árbitro de la situación política, estaba controlado por Justo tanto material como ideológicamente.

EL EJÉRCITO HACIA 1930
Desde comienzos de los años veinte, el Ejército se encontraba en plena consolidación de una serie de estructuras institucionales creadas aproximadamente entre los años 1880 y 1910. Como parte de este proceso, se había formado una poderosa burocracia que controlaba el funcionamiento, los destinos, las jerarquías y los ascensos desde el Ministerio de Guerra y el Estado Mayor. En general, los miembros de esta dirección se destacaban como funcionarios y docentes de los institutos que, desde el Colegio Militar hasta los organismos superiores de instrucción técnica, conformaban cada vez más los peldaños ineludibles para la carrera de ascenso de todos los oficiales. La imposición de una mística corporativa y la invención de una tradición militar, que también se imaginaba asociada unívocamente a la existencia de la nación, amalgamaban a los cuadros y profundizaban la estructura de poder interno de estas jerarquías. La burocracia castrense consideraba toda interferencia externa como perjudicial para su recién ganado ascendiente, en particular si ella respondía a los avatares de las tormentosas coyunturas políticas. Sin embargo, la prolongación de la política en el Ejército era una tradición demasiado sólida como para desaparecer con facilidad, y no fue precisamente el radicalismo en el poder desde 1916 quien contribuyera a modificar esta actitud. Un importante grupo de oficiales "radicales" se habla formado al calor de los levantamientos revolucionarios (en especial el de 1905) y, ya en la presidencia, Yrigoyen buscó asegurarse el control de la institución favoreciendo a este grupo con destinos importantes y ascensos extraordinarios. Así, frente a la mística corporativa teñida de un fuerte mesianismo patriótico, que se construía paulatinamente rechazando como ajeno lo político, se recortó otra identidad interna que sobreimprimía a lo anterior diversas dosis de afinidad con la “causa” del gobierno radical que, en el ámbito militar, asumía la forma de la “política de reparaciones”. La política militar del primer mandato de Yrigoyen chocó muy rápidamente con las estructuras burocráticas y despertó rechazos incluso entre oficiales que simpatizaban con el radicalismo, como Uriburu o Justo. Para ellos era intolerable que Yrigoyen colocara a un

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civil, Elpidio González, como ministro de Guerra, y lo era todavía más que pasara por sobre su autoridad. A comienzos de los años veinte, los grupos descontentos comenzaron a organizarse en logias y a identificarse como “profesionalistas” para distinguirse de los “radicales”, división que se acopló naturalmente a la polarización de toda la sociedad política en torno a la figura de Yrigoyen. Durante la administración de Alvear, la balanza se inclinó en favor de los “profesionalistas”, mientras su ministro de Guerra, el general Justo, aventajaba a Uriburu como líder del sector y creaba una poderosa red de lealtades entre la oficialidad. Esta nueva posición de caudillo militar venia a consagrar el gran prestigio que había sabido ganar entre la oficialidad joven e intermedia durante su paso por la dirección del Colegio Militar entre 1914 y 1922. Allí introdujo una importante renovación de los planes de estudios que incluyó, junto con las materias técnicas y los primeros rituales corporativos de “camaradería militar”, disciplinas de educación cívica fuertemente apegadas al republicanismo liberal. De este modo, difundió entre los futuros oficiales una versión de la sociedad y la política que lo tendría por muchos años como primera fuente de autoridad. Como ministro también alimentó su imagen de militar profesionalista, aumentando desproporcionadamente el presupuesto del área. Durante su breve paso por la comandancia de la fuerza luego del 6 de setiembre, Justo recuperó para su sector las posiciones perdidas durante el ministerio Dellepiane y no dudó en utilizarlas contra Uriburu. A comienzos de 1931, un nutrido grupo de altos oficiales reclamó al dictador un rápido retorno a la normalidad institucional. Semanas más tarde, la decisión de Uriburu de convocar a elecciones detuvo un importante alzamiento castrense, muy probablemente promovido por Justo. De todos modos, ya sin oportunidad de triunfar, grupos de oficiales radicales comprometidos en la conspiración se alzaron en Corrientes al mando del coronel Gregorio Pomar. Acorralado en la opinión y derrotado en el Ejército, Uriburu ensayó una salida electoral diseñada por su ministro del Interior, el nacionalista y conservador bonaerense Matías Sánchez Sorondo. Se trataba de plebiscitar la figura y los proyectos presidenciales mediante un sistema de elecciones de autoridades provinciales que comenzaría en Buenos Aires. E1 5 de abril de 1931 se votó en Buenos Aires y la UCR ganó por un margen algo mayor que el de 1930, aunque escaso en relación con los resultados registrados durante los años veinte: 218.783 votos radicales contra 187.734 conservadores; el socialismo sorprendió con los 41.573 votos que lo transformaron en árbitro del futuro colegio electoral El carácter de plebiscito que el grupo uriburista había dado a los comicios bonaerenses no le dejaba alternativas intermedias entre el éxito y la derrota. Además de consagrar el derrumbe de Uriburu, el acto electoral demostró claramente que la retirada del radicalismo distaba mucho de ser un desbande ya que, aun sin poder contar con algunos recursos clave como la policía y las intendencias, su "máquina" electoral se mostraba vital y eficaz. Por otra parte, la continuidad de la crisis que un año antes había perjudicado a la UCR ahora se encaminaba en contra del interventor de Uriburu, Carlos Mayer Pellegrini, cuyas medidas de ajuste presupuestario deterioraron la ya pobre popularidad de un régimen empeñado en introducir innovaciones repudiadas incluso por quienes lo habían apoyado el 6 de setiembre.

JUSTO PRESIDENTE
La UCR no fue el único sector político en alentar y festejar la derrota de la facción del conservadurismo bonaerense alineada con la estrategia de Sánchez Sorondo: Justo tenia sobrados motivos para desear la derrota del ministro del Interior. Decidido a llegar a la presidencia, el fracaso y desbande del ala dura del gobierno le permitieron asumir el control de parte del aparato oficial, sin necesidad de comprometerse formalmente con un gobierno repudiado en la opinión. . Así, Justo comenzó a diseñar una candidatura cuyo camino seria lo suficientemente sinuoso como para no eludir un importante intento por encabezar la fórmula del radicalismo. El paso no era descabellado ya que, detenido y proscrito Yrigoyen, el partido quedaba en
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manos de Alvear, de quien Justo había sido ministro. Sin embargo, sus intentos fracasaron: por una parte, Alvear desconfiaba de las maniobras de su ex colaborador; por otra, y esto era crucial, las negociaciones para armar una candidatura radical, que contenían imposiciones de Uriburu y guiños de Yrigoyen, iban por carriles que no lo incluían. Justo buscó entonces la división del partido que desde el golpe parecía volver a unirse, como había sucedido en la provincia de Buenos Aires en ocasión de los comicios de abril. En esta empresa tuvo un suceso relativo ya que consiguió el respaldo de varios grupos antipersonalistas, que fueron los primeros en proclamar su candidatura, y hasta logró la adhesión de algunos dirigentes personalistas como el santafesino Ricardo Caballero. Pero sus maniobras sólo culminaron en un éxito total una vez que, utilizando todo su poder dentro del gobierno, hubo logrado el veto de la candidatura de Alvear, lo que llevó a la UCR a decidir la abstención. Con esta medida, tomada por el Comité Nacional a pocos días de los comicios presidenciales de noviembre de 1931, el radicalismo recuperaba uno de los componentes más sentidos de su religión cívica, pero dejaba el campo allanado para la victoria electoral de Justo. La Alianza Civil, formada por socialistas y demócratas progresistas que proclamaron la fórmula Lisandro de la TorreNicolás Repetto, no estaba en condiciones de disputar seriamente la presidencia. Mientras tanto, Justo se aseguró el apoyo de los partidos conservadores provinciales que se hablan reunido en el Partido Demócrata Nacional, y también el del Socialista Independiente. De este modo, se transformó en un candidato polifacético: continuador o critico de la revolución, radical, masón o católico, conservador, nacionalista o liberal, general o ingeniero, todo a medida de la ocasión. Una novedad anticipaba nuevos tiempos: su candidatura obtuvo el apoyo explícito de la cúpula de la Iglesia Católica, alarmada por el público anticlericalismo de los dos componentes de la fórmula de la Alianza. Por el momento, también contó con el apoyo del nacionalismo, cuya crispada voz se dejaba oír desde el periódico La Fronda. Con la ausencia de candidatos de la UCR, Justo ganó los comicios presidenciales de noviembre de 1931 con comodidad. A pesar del llamado radical en tal sentido, el nivel de abstención de votantes fue muy bajo y no era difícil advertir que el electorado radical se había dividido: muchos habían votado a la Alianza y otros, a pesar de todo, a las listas justistas. Tampoco se registraron maniobras de fraude, con excepción de los ocurridos en Buenos Aires y Mendoza. En ambos casos, el fraude no buscó perjudicar a la Alianza, sino que fueron parte de la lucha entre las agrupaciones que llevaban a Justo a la cabeza de su fórmula pero disputaban entre ellas la vicepresidencia, los cargos legislativos y todos los puestos locales. En efecto, a pesar de una versión que quiere ver detrás de Justo a una alianza formal y estable entre partidos llamada “Concordancia”, tal cosa no existía en 1931.

LA CUESTIÓN RADICAL
El 24 de febrero de 1932, el general Justo asumió la presidencia; el conservador Julio A. Roca lo acompañó como vicepresidente. Justo debió tomar medidas destinadas a enfrentar la crisis económica y, al mismo tiempo, maniobrar en un terreno político muy complicado. La situación presentaba dos datos salientes: por un lado, la impugnación a la legitimidad de su gobierno por parte de la UCR, que asumía la forma de la abstención y los levantamientos armados; por otro, la tirante relación entre los conglomerados políticos que lo habían tenido como candidato. En un marco donde la situación local favorecía las lecturas de la realidad en clave de crisis, tal como sucedía en buena parte del mundo occidental, Justo consideraba por su parte que en el caso argentino se trataba sólo de un sacudón leve y pasajero. Confiaba en una pronta normalización de la economía y del sistema político y, en consecuencia, no veía razón para abandonar el régimen republicano y la Ley Sáenz Peña. Las opciones totalitarias abiertas por el derrumbe de las democracias liberales las juzgaba por demás exóticas y descartables. Esta creencia profundizaba automáticamente la importancia de la cuestión radical, en tanto que la abstención del partido mayoritario constituía una irregularidad evidente para el régimen que decía defender. Justo pretendía solucionar el problema de un modo sencillo: la UCR se reincorporaría al sistema una vez que demostrara su adhesión a una práctica política “civilizada”. A tono con una opinión más general, Justo pensaba que la
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prueba de esta conversión debía ser el repudio de la figura de Yrigoyen, pero su ambición política le prescribía una segunda condición más personal: la aceptación de su propia figura como líder redentor del partido. El fracaso de su primer intento por alcanzar este lugar era, a su juicio, totalmente reversible. El optimismo presidencial parecía desproporcionado toda vez que pretendía cooptar en su favor un partido que no sólo era opositor, sino que además objetaba abiertamente la legitimidad de su gobierno. No era otro el significado de la estrategia de la abstención y los sucesivos levantamientos armados que, si no eran organizados por la cúpula del partido, tampoco eran rechazados por ella. Estos intentos armados no tenían ninguna posibilidad cierta de quebrar el firme control del Ejército, consolidado por Justo a través de su ministro de Guerra, general Manuel Rodríguez, pero permitían sostener y recrear componentes sentidos de la religión cívica radical. Las máximas autoridades radicales estaban dispuestas a enfrentar la prisión y el exilio porque sabían hasta dónde, en ausencia de la mística generada por las campañas y las victorias electorales, se convertían en señales que ayudaban a sostener emociones e ideales identitarios del partido y, por extensión, su propia legitimidad como dirigentes. Esta estrategia del Comité Nacional de la UCR tenía, sin embargo, un problema. En tanto que la vía armada carecía de posibilidades de éxito, la disputa con el gobierno tenia como tribunal último el impacto de los levantamientos en la opinión pública. Sin embargo, ante cada alzamiento, la abrumadora mayoría de los diarios, junto a la oposición demócratasocialista, se unía en una condena que también involucraba a la política de abstención. Cómodamente respaldado por este clima, Justo no se privó de recurrir a un variado arsenal para aprovechar el descrédito de la política radical, imponer una imagen de normalidad institucional y transferir al radicalismo la responsabilidad por cualquier irregularidad. Así, cultivó un estilo deliberadamente opuesto al de Yrigoyen: su presencia en actos públicos era frecuente, sus discursos se difundían por la prensa escrita y la radio, se preocupaba por cumplir puntillosamente con cada uno de los rituales republicanos (en especial la apertura de sesiones parlamentarias, habitualmente ignorada por Yrigoyen), y acostumbraba reivindicarse como expresión de un pluralismo político que habría sido violado por el ex presidente. Como confirmación de esta última pretensión, podía exhibir la colaboración en el Congreso con la oposición socialista y demócrata progresista: la bancada oficialista, por ejemplo, aprobó varios proyectos de la oposición —en particular sobre temas sociales—, lo que se ofrecía como prueba del pluralismo oficial y del abandono de una política facciosa. Finalmente, Justo recurrió con frecuencia a la más tradicional critica antiyrigoyenista; cuando hacia 1934 las condiciones de la economía mejoraron, gustaba difundir la eficacia de su política económica en un implícito contraste con el antecedente del radicalismo personalista. Esta prédica en favor de la eficacia gubernamental remitía, por un lado, a la citada “razón” de Sáenz Peña pero, por otro, empalmaba con el más moderno entusiasmo tecnocrático del equipo económico encabezado por el ministro de Hacienda, Federico Pinedo. El juego de impugnaciones mutuas entre el gobierno y el radicalismo tendría su fiel más contundente en ocasión de los comicios nacionales para renovación de la Cámara de Diputados de marzo de 1934, cuando se revelaría si las expresiones de la opinión se ajustaban o no a las decisiones del electorado. Excluida la UCR, la expectativa de estas elecciones no era su resultado final expresado en la distribución de bancas, sino la disputa entre dos visiones enfrentadas de la realidad política argentina, representadas por la abstención y la concurrencia. Además, se plebiscitaría la pretensión gubernamental de normalidad institucional, cuya mejor expresión debía ser unos comicios tranquilos y transparentes. En este contexto, cobró especial importancia el caso tucumano, donde el radicalismo local decidió levantar la abstención en abierta disidencia con las autoridades partidarias nacionales. Poco importaban las escasas bancas puestas en juego: lo que allí sucediera se ofrecería como prueba de verdad para las partes en disputa. Justo, advertido de la naturaleza del juego, puso en alerta a los jefes militares de aquella zona y envió veedores propios para evitar que el gobernador Próspero García utilizara la máquina oficial para volcar en su favor la elección tucumana. García reclamó por lo que interpretaba como un avance sobre la autonomía de la provincia, pero Justo subió la apuesta lanzando una

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advertencia pública al gobernador, pocos días después de un ataque armado contra un acto radical. En la elección de marzo de 1934 no se registraron problemas importantes; el nivel de concurrencia alcanzó un porcentaje aceptable para una elección de diputados —62,8% del padrón— y, sobre todo, la UCR rebelde de Tucumán ganó la elección. La prensa repudió a coro la abstención radical, mientras Justo inició su discurso de apertura de las sesiones legislativas de ese año con una extensa apología de la limpieza de los comicios y una referencia particular al caso tucumano. El gobierno había impuesto su visión de la realidad. Para el radicalismo, las elecciones alteraron dramáticamente la balanza de costosbeneficios de la abstención. Era evidente que la apuesta había sido demasiado alta, ya que la concurrencia electoral era promovida por la obligatoriedad legal, por los medios de prensa, por la oposición socialista y demoprogresista, por los grupos radicales disidentes y, fundamentalmente, lo era de un modo apenas velado por la misma máquina electoral del radicalismo. Las autoridades del partido no desconocían que muchos punteros y jefes parroquiales que aceptaban formalmente la abstención negociaban sus votos con la UCR a cambio del acceso parcial a los beneficios materiales necesarios para mantener su patronazgo, ya que advertían mejor que nadie el hecho de que las máquinas electorales sólo pueden reproducirse participando de los comicios. La existencia de estas estructuras establecía una diferencia sustancial con la abstención anterior a 1912, cuando el partido y su aparato electoral estaban en formación. Por otra parte, cuando el sufragio era una práctica de minorías, la abstención era fundamentalmente una cuestión de dirigentes; el sufragio ampliado involucraba, en cambio, a una multitud de actores cuyas acciones eran difíciles de prever y controlar. Si hasta los comicios de 1934, el Comité Nacional de la UCR había aceptado pagar ciertos costos a cambio del beneficio que la abstención suponía para la religión cívica partidaria, el fracaso público de esta estrategia daba por tierra con el cálculo. El riesgo era ahora la fragmentación del partido, detrás del cual acechaba expectante el presidente Justo Así, la concurrencia a los comicios decidida entre el 2 y 3 de enero de 1935 por la Convención Nacional de la UCR fue promovida por Alvear y buena parte de los dirigentes atendiendo al fracaso de la abstención y de los movimientos cívico-militares, y a las críticas cotidianas que soportaban ambas estrategias dentro del propio radicalismo. Estas circunstancias obligan a revisar la interpretación que hace del levantamiento de la abstención una concesión al oficialismo, tomada a contramano de posiciones combativas e intransigentes que habrían sido las de la base partidaria y, por añadidura en ese argumento, las genuinamente populares. La decisión impulsó el retorno de grupos que se habían aproximado al antipersonalismo, y Alvear obtuvo el respaldo unánime de la prensa. Estos éxitos resultaron infinitamente más importantes y significativos que la oposición y las críticas de sectores que estaban en minoría, entre los cuales se encontrarían futuros miembros del grupo FORJA, fundado en ese mismo año de 1935, cuyo brillo póstumo y retrospectivo revela mal el rol por demás modesto que le cupo en las disputas políticas de los años treinta. Sólo a medida que se fuera advirtiendo que el concurrencismo provocaba también sus propias consecuencias negativas para el partido, aparecería una seria oposición interna que se identificaría como “yrigoyenista” en oposición al Comité Nacional presidido por Alvear. Pero, alimentado por la victoria en las elecciones legislativas de 1936, hasta la votación presidencial de 1937 el clima general fue optimista: se celebraba la vuelta a los comicios, la probable victoria y la virtual reunificación del partido detrás de la línea AlemYrigoyen-Alvear.

LAS FUERZAS OFICIALISTAS
Incluso antes de que el levantamiento de la abstención alejara aun más la posibilidad de formar su partido a partir de un tronco radical, para Justo se hacia necesario coordinar un gobierno conformado por un conjunto de agrupaciones que estaban lejos de constituir una fuerza homogénea. El PDN era una federación de partidos provinciales, incapaz de evitar las disidencias que, en ocasiones, se transformaban en conflictos abiertos; el antipersonalismo tampoco era mucho más que un puñado de estructuras provinciales con algún peso en Entre
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Ríos, Santa Fe, La Rioja, Santiago del Estero y Capital, y el PSI, luego de un efímero intento por disputar el espacio de la izquierda al PS, en particular en el Concejo Deliberante porteño, languideció hasta desaparecer. Las fricciones entre los diferentes grupos en busca del favor presidencial fueron frecuentes. Los conservadores criticaban a Justo por el lugar destacado que reservaba a los antipersonalistas en el Ejecutivo, argumentando no sin razón que eran ellos quienes aportaban la mayor cantidad de votos. Para Justo, los cálculos eran otros. Otorgando al antipersonalismo un espacio mayor al que le hubiera correspondido por su caudal de votos, Justo lograba, a corto plazo, el mantenimiento de un equilibrio que le daba libertad de maniobra y sostenía la apariencia de una coalición. A largo plazo, el antipersonalismo podía ser la mejor plataforma para su estrategia de acercamiento al radicalismo. Sin embargo, una situación conflictiva que se reprodujera en todos los escenarios podía amenazar la marcha de la administración, lo cual era particularmente peligroso en momentos de crisis política y económica. Justo entendió que si no podía ni convenía eliminarlo, el conflicto debía ser acotado y su política se orientó a coordinar las bancadas en el Congreso. Sobre este acuerdo parlamentario elaborado durante los dos primeros años de su gobierno se fue estructurando la Concordancia. No es probable que Justo pensara en ella como una solución duradera: si bien era un instrumento eficaz para evitar que los conflictos interfirieran en la labor parlamentaria, la armonía rara vez se trasladó al terreno de los comicios. Por el contrario, con excepción de la elección presidencial de 1937, cuando la única representación en juego fue la cabeza del Ejecutivo, los partidos mantuvieron su identidad en cada provincia, compitiendo entre ellos con enconada virulencia si era necesario. A pesar de su deseo de conformar un partido orgánico, del que él mismo se veía como constructor y líder, y al cual tenia como elemento imprescindible para el funcionamiento del régimen, Justo pasó toda su presidencia, y aun el resto de su vida, tratando de manejarse entre los inestables equilibrios de los múltiples y fragmentados actores del sistema político argentino, intento que llevó adelante con particular destreza y total ausencia de escrúpulos. La distancia entre el modelo de un partido mínimamente organizado y la Concordancia fue una expresión más de la distancia entre el ideal de la reforma saenzpeñista y el funcionamiento efectivo de la política partidaria en la Argentina.

LA SUCESIÓN Y EL FRAUDE
Si bien parte de la apuesta política de Justo parecía coronada por los comicios de 1934 y el levantamiento de la abstención radical de comienzos de 1935, esta última medida venia a poner en cuestión su posición electoral y, fundamentalmente, sus ambiciones personales hacia el radicalismo. La posibilidad cierta de alcanzar la presidencia en 1937 encolumnó a la UCR tras la conducción de Alvear, incluyendo las expresiones provinciales más reacias a someterse a los dictados del Comité Nacional como el entrerriano o el tucumano. Justo se inclinó, entonces, más decididamente hacia los sectores conservadores, los más firmes de su alianza y aquellos que podían garantizarle, sino la mayoría, al menos un importante número de votos. Asimismo, había profundizado otras estrategias de cooptación de votantes, como su acercamiento al catolicismo, que había tenido su momento cúlmine en el Congreso Eucarístico de 1934, o su intento de reconquistar la adhesión de los grupos nacionalistas, que se habían apartado poco después de su llegada a la presidencia, concediéndoles, por ejemplo, la persecución legal del Partido Comunista. Sin embargo, la impresión generalizada era que ninguna maniobra pública alcanzaría para formar la mayoría capaz de garantizar a Justo el control de su sucesión. De esa convicción surgió su decidido compromiso con el fraude electoral. Así, con el aval presidencial, se produjo la rápida transformación de las prácticas irregulares y violentas de control y producción clientelística de sufragio que, desde 1912, venían utilizándose de modo puntual y limitado, en un mecanismo de alteración y manipulación sistemático del ejercicio y los resultados electorales. En 1935 debían renovarse varios Ejecutivos provinciales, acontecimiento de gran relevancia dado que las provincias seguían siendo las piezas clave del control electoral. Las leyes electorales de 1912 habían intentado terminar con lo que Sáenz Peña llamaba la lucha
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de la “quimera contra la máquina”, buscando desarticular el control electoral de los gobernadores sobre el electorado de sus provincias y, a su vez, el control que el presidente ejercía sobre los gobernadores en su calidad de "gran elector". Sin embargo, las máquinas electorales no sólo no desaparecieron luego de 1912, sino que se perfeccionaron, adecuándose a las nuevas situaciones creadas —aunque no exclusivamente— por la ampliación del número de sufragantes. Más allá de estos cambios, las provincias siguieron siendo los marcos de referencia del funcionamiento comicial: cada una constituía un distrito donde la elección era organizada y ejecutada. En la mayoría de ellas y a pesar de la ampliación de votantes, las cifras de electores siguieron siendo lo suficientemente pequeñas como para no poner en riesgo el desempeño de los caudillos locales, ni el control de estos últimos desde las capitales. En provincias más grandes, se producía una mayor fragmentación, como en el caso de Buenos Aires y Santa Fe. Por su parte, la Capital Federal era un caso sui generis: con una magnitud de electores apenas menor que la bonaerense y con la mayor densidad de población, era el único distrito completamente urbano. La marcada complejidad de su tejido social condicionó siempre el funcionamiento de las máquinas electorales tradicionales, hasta hacerlas perder parte de su influencia frente a otras prácticas sociales productoras de sufragio, como las que constituyen el fenómeno de la “opinión pública”. Aun con muchas precauciones, puede plantearse que este distrito fue el que más se aproximó al ideal "de mercado" de Sáenz Peña, situación que era frecuentemente celebrada por los periódicos, que mostraban como prueba las habituales oscilaciones electorales y los frecuentes triunfos opositores. Sin embargo, los equilibrios de fuerzas del sistema institucional delineaban una situación paradójica, ya que la relevancia del distrito en la distribución de cargos representativos nacionales siempre fue significativamente pobre en contraste con la influencia de una opinión capitalina que, incluso en lo que respecta a las más mínimas cuestiones municipales, se habla conformado y se proyectaba políticamente en una dimensión indiscutiblemente nacional. En consecuencia, frente a la decisión concurrencista de la UCR, la cuestión de las provincias se transformó en la llave que definiría la elección presidencial de 1937. El oficialismo conservador cordobés daba claras muestras de no adherir a la política de fraude, permitiendo la victoria radical de fines de 193 5 que llevó a Amadeo Sabattini a la gobernación. En la Capital, la perspectiva era aun más oscura para Justo, dado que existía la posibilidad cierta de perder no sólo la mayoría ante la UCR, sino también la minoría contra el socialismo. Esto fue, en efecto, lo que sucedió en marzo de 1936, en ocasión de la elección de diputados. Esta situación guió en adelante los pasos oficiales que apuntaron al dominio de Buenos Aires y Santa Fe. En el primer caso, el objetivo se aseguró mediante una oportuna ley provincial conocida como “ley trampa”, que otorgó al gobierno el control total de las mesas de votación, junto con la consagración de la candidatura de Manuel Fresco, una figura capaz de poner en suspenso los graves conflictos internos del conservadurismo bonaerense. En Santa Fe, el problema era más acuciante dado que el gobierno pertenecía a la oposición demoprogresista; allí, Justo recurrió al tradicional mecanismo de la intervención federal sin ley del Congreso o, como se dijo entonces con ironía, con “media ley” ya que la intervención sólo había sido aprobada por el Senado el último día de sesiones ordinarias de 1936. La provincia pasó a ser controlada por el radicalismo antipersonalista, liderado por el ministro de Justicia e Instrucción Pública, Manuel de Iriondo, quien en 1937 seria elegido gobernador mediante comicios fraudulentos. Esto le permitió a Justo no sólo disponer de los electores santafesinos, sino también mantener el equilibrio dentro de una Concordancia que, en la coyuntura, aparecía demasiado volcada hacia los conservadores. A pesar de la ofensiva sobre ambas provincias, persistían algunos riesgos derivados de la distribución de electores de presidente entre mayorías y minorías por cada distrito provincial. En el mes de setiembre de 1937, el Congreso aprobó una iniciativa del Ejecutivo para reformar la ley electoral, eliminando el sistema de lista incompleta para el caso de electores de presidente. En adelante, el partido ganador de una provincia se llevaría todos los electores y no solamente los dos tercios. A través de esta medida, que daba marcha atrás con una de las innovaciones de la Ley Sáenz Peña, Justo resignó la minoría de algunos distritos, entre las cuales la de la Capital ni siquiera era segura, pero ganó para la Concordancia la totalidad de los electores de Santa Fe, Buenos Aires y las provincias chicas, donde la
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hegemonía era conservadora. Con todos estos reaseguros, que incluían el aval al fraude, Justo garantizó su lugar como gran elector. Perdía, sin embargo, buena parte de la opinión favorable que su gobierno había podido mantener hasta 1934 en lo relativo a la cuestión electoral, precisamente a raíz de ese aval. Quedaba pendiente el nombramiento del sucesor. Detrás de la opción por el radical antipersonalista Roberto M. Ortiz se escondía una estrategia cuyo objetivo era el mantenimiento del poder personal de Justo que, de todos modos, seguiría teniendo su base más sólida en la autoridad que ostentaba dentro del Ejército. Ortiz era un hombre políticamente débil, representante de un partido ya casi inexistente, que despertaría la desconfianza de sus aliados conservadores, sometidos por Justo a una nueva frustración ya que, a pesar de realizar el principal aporte electoral a la Concordancia, quedaron relegados al segundo término de la fórmula. La debilidad de Ortiz y el contrapeso que podría ofrecer ante los grupos conservadores parecían una garantía de la dependencia personal que Justo esperaba de su sucesor. El objetivo final de esta estrategia era sencillo: buscaba utilizar a Ortiz para acceder a un segundo mandato en 1943, esta vez, esperaba, a la cabeza de una UCR agradecida por la eliminación del fraude y por el regreso al poder bajo su liderazgo. El resultado de los comicios presidenciales fraudulentos de noviembre de 1937 tuvo importantes consecuencias. Entre los diversos sectores afines al oficialismo, el proceso abierto en 1935 venía alentando un nuevo y más profundo abandono de la visión optimista de las prácticas electorales. Más allá de los conocidos respaldos públicos al “fraude patriótico” o de los textos que, como el de Rodolfo Moreno, aludían al fracaso de la Ley Sáenz Peña, la más notable manifestación de esta sensación