Justicia electoral en el Ecuador

• Richard Ortiz Ortiz
Estudios de Ciencias Jurídicas, Abogado y Doctor en Jurisprudencia, PUCE. Estudios en Ciencias Políticas, Derecho Público y Sociología, Universidad de Heidelberg, Alemania. Estancia de investigación en el Instituto-Max-Planck para Derecho Público Comparado y Derecho Internacional, Heidelberg, Alemania. Doctor of Philosophy (Ph.D.) en Ciencias Políticas, Universidad de Heidelberg, Alemania. Catedrático Universitario en Ecuador y Alemania. Asesor de la Asamblea Constituyente, Montecristi, Ecuador. Consultor en Ingeniería Constitucional y Ciencia Política Aplicada. Profesor de la Maestría en Gobernabilidad y Gerencia Política, PUCE. Profesor de la Maestría en Salud Pública, PUCE. Profesor de Lógica Jurídica, Teoría General del Estado y Derecho Constitucional, Universidad Internacional del Ecuador. Docente del IDE. Secretario General del Tribunal Contencioso Electoral, Quito. Entre sus publicaciones, se mencionan: “Lógica”, Quito 1994. “El institucionalismo contextualizado. La relevancia del contexto en el análisis y diseño institucionales”, México 2006 (editor). “Demokratie in Gefahr. Institutionen und politische Entwicklung in der Andenregion” [Democracia en peligro. Instituciones y desarrollo político en la Región Andina], Marburg: Tectum, 2007.

No hay actividad humana más delicada, ni más perjudicial cuando se corrompe, que la de administrar justicia. La calidad profesional de los jueces es el termómetro que mide la salud de las instituciones públicas y su credibilidad. De seguro, jamás podremos erradicar la corrupción, pero combatir la impunidad devuelve la esperanza en una sociedad de iguales ante el derecho. El Ecuador vive un proceso de reestructuración institucional y, en este proceso, la administración de justicia no ha sido la excepción. Con el afán de aumentar la confianza en los valores democráticos, y en la imparcialidad y celeridad de las decisiones jurisdiccionales electorales, el nuevo Código Político ha dado a la Función Electoral una nueva configuración y una distribución funcional del trabajo tendiente a la especialización. El constituyente de Montecristi separó tajantemente las funciones administrativas de las jurisdiccionales electorales, uniéndose a las tendencias del contencioso electoral jurisdiccional imperante en América Latina y el mundo. La tendencia del contencioso electoral político se vio interrumpida con la Election Petition Act de 1868 que estableció el contencioso electoral jurisdiccional en Inglaterra; luego siguieron España en 1907, Grecia en 1911, Alemania en 1919, Austria y Checoslovaquia en 1920 y Polonia en 1921. >11

Esta tendencia europea de extraer de las asambleas políticas la facultad de decidir sobre reclamos electorales y establecer un contencioso electoral jurisdiccional, repercutió en la institucionalidad electoral de América Latina. En 1924 en Uruguay, se crea la Corte Electoral; en 1925 en Chile, se establece el Tribunal Calificador de Elecciones; en 1934 en Brasil, se organizó la justicia electoral dentro del Poder Judicial, con el Tribunal Superior Electoral; y, en 1949, se crea el Tribunal Supremo de Elecciones en Costa Rica. La constitución peruana de 1993 da nuevas facultades y atribuciones al Jurado Nacional de Elecciones. Tres de los casos más recientes, Paraguay 1995, México 1996 y Venezuela 1999, han ubicado al respectivo tribunal dentro del poder judicial. Con la Constitución de 2008, el Ecuador se une a esta tendencia internacional y latinoamericana, con la creación de un órgano de justicia electoral independiente, el Tribunal Contencioso Electoral, que tiene la ardua tarea de garantizar los derechos de participación política y contribuir a la consolidación democrática. Esta separación funcional evita que el mismo órgano sea juez y parte, establece jueces especializados en materia electoral, e impide la politización de la justicia electoral mediante una selección de jueces a través de un concurso de merecimientos y oposición. La ventaja de contar con una justicia electoral independiente de la justicia ordinaria –incluso de los Tribunales Distritales de lo Contencioso Administrativo– es, a más de la especialización, proteger al poder judicial de los eventuales cuestionamientos y ataques político partidistas. Los máximos principios que caracterizan al Tribunal Contencioso Electoral son la imparcialidad, independencia e integridad. Un tribunal en materia electoral siempre estará expuesto a las presiones y contaminación de la política diaria; por ello, es vital asegurar que sus decisiones se basen en criterios técnicos jurídicos y de orden público, pues su único compromiso es con los valores democráticos. La independencia del Tribunal está constitucionalmente establecida; ninguno de los poderes públicos pueden influir en sus decisiones, ni ejercer presiones de ningún tipo. Finalmente, la integridad y probidad de los jueces electorales, junto a su conocimiento técnico, asegura una administración de justicia que resguarde la voluntad soberana y los espacios de participación ciudadana. El Tribunal Contencioso del Ecuador, en suma, responde a las modernas tendencias de los órganos contencioso electorales. Su misión fundamental es la protección auténtica y eficaz del derecho a elegir y ser elegido, y en general, de los derechos de participación política de una sociedad que aspira a ser profundamente democrática. Quito, febrero 2009.

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TRIBUNA DEMOCRÁTICA

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