Un oasis en un desierto de concreto

Por Alejandro Reyes – Radio Zapatista (www.radiozapatista.org) En un área industrial de la región Sur Central de Los Ángeles, hay un gran terreno baldío que ocupa toda una cuadra. Son casi seis hectáreas cercadas con reja y alambre de púas, un espacio vacío que podría pasar desapercibido en esa cenicienta extensión de concreto y asfalto. Pero hace menos de dos años, antes de que el gobierno del alcalde demócrata de origen latino, Antonio Villaraigosa, lo destruyera, ese terreno estaba lleno de vida. Aquí, en este amarillento vacío terregoso, floreció durante 14 años lo que era probablemente la granja urbana más importante de los Estados Unidos, cultivada por 350 familias pobres, en su mayoría inmigrantes latinoamericanos, que reconstruían sus tradiciones y su vínculo con la tierra, y le brindaban a la comunidad una alternativa de comida saludable y un espacio de convivencia lejos de la violencia, la discriminación y los muchos otros problemas que afectan a las comunidades pobres en ese país. En mayo de 2006, después de más de una década de construcción colectiva, los campesinos recibieron el aviso de que serían desalojados. Se formó entonces un amplio movimiento de resistencia compuesto por los campesinos de la granja, miembros de la comunidad, activistas, integrantes de la Otra Campaña, ecologistas y un buen número de celebridades. A pesar de la resistencia, el 13 de junio de ese año tropas de choque desalojaron a los campesinos y detuvieron a cuarenta personas, y tres semanas después regresaron para destruir la granja por completo, arrasando las más de 100 especies de alimentos y plantas medicinales cultivadas con tanto esfuerzo. Para captar la relevancia de esta experiencia, es necesario entender el contexto en el que se desarrolló. El Sur Central es una región no muy lejos del centro de la ciudad con una larga historia de exclusión, segregación racial y violencia. En 1992 esta región fue el palco de una de las más violentas rebeliones de la historia estadounidense, cuando la absolución de cuatro policías que golpearon brutalmente a un taxista negro desencadenó la frustración acumulada ante el racismo y la exclusión, provocando una revuelta que duró seis días y resultó en 53 muertes y 12 mil arrestos. La situación del Sur Central no dista mucho de lo que se puede encontrar en buena parte de los barrios pobres y “de color” de cualquier gran ciudad en Estados Unidos: altos niveles de desempleo, un patrón de salarios cada vez más bajos, sobrepoblación, escasez de vivienda y rentas muy caras para los niveles de ingresos, segregación racial y división entre los diferentes grupos étnicos, altos índices de enfermedades, fuerte presencia de pandillas, altos niveles de drogadicción, un sistema educativo desastroso. La situación de la salud en el Sur Central y en otros barrios pobres es alarmante. Los costos exorbitantes de la medicina en los Estados Unidos significan que las opciones para quien no cuenta con seguro médico o programas asistenciales de gobierno, el acceso a la atención médica es muy limitado. La única opción para quien no tiene seguro es atención de emergencia, pues, por ley, los hospitales no pueden rehusar dicha atención. El resultado es un índice mucho mayor de enfermedades que podrían ser prevenidas, un exceso de pacientes en las salas de emergencia y mala atención. Además, hay mucho menos hospitales y clínicas en las áreas pobres de las ciudades. El Hospital Martin Luther King Jr, construido en los 70s como respuesta a la escasez de hospitales en el Sur Central, en poco
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tiempo adquirió la dudosa notoriedad de ser el quinto de la nación en mortalidad infantil. En 2007, cerró sus puertas tras el escándalo provocado por la muerte de Edith Rodríguez, que agonizó en el suelo de la sala de esperas mientras las enfermeras se rehusaban a atenderlas y un encargado de la limpieza trapeaba su vómito ensangrentado. La falta de acceso a los servicios médicos significa que los pobres tienen índices de problemas de salud mucho más altos que los del resto de la población. Un factor que contribuye a dichos problemas es la alimentación. Numerosos estudios apuntan a la escasez de fuentes de comida saludable como una de las razones principales de lo que se ha llegado a considerar una “epidemia” de obesidad en los barrios pobres. En estos barrios hay muy pocos supermercados u otras tiendas con productos frescos, y el precio de los productos saludables es exorbitante. En lo que parecería una paradoja a primera vista, hay una relación estrecha entre la obesidad y la desnutrición. Según las cifras oficiales, en 2004, el 36.8 por ciento de las familias pobres sufrían inseguridad alimenticia, y el 13.6 sufrían de hambre. La desigualdad, la pobreza, los problemas de salud y la pésima educación tienen un componente claramente racial. Es justamente en el período en que estos problemas se agravan (en la década de 1980), que la población “blanca” pasa a ser minoría en Los Ángeles. De 1970 a 1990 esa población disminuyó de 70.9 a sólo 40.8 por ciento, mientras la población latina creció de 14.9 a 36.4 por ciento. Hoy, los latinos conforman la mitad de la población de Los Ángeles. Buena parte de esta población latina está compuesta por campesinos que fueron desplazados de sus países de origen por las guerras genocidas en Centroamérica y por más de dos décadas de políticas neoliberales que han provocado abismos de desigualdad en toda Latinoamérica. Pero en muchas partes de Estados Unidos, estos campesinos son protagonistas de resistencia y, sobre todo, de la creación de alternativas como la Granja Sur Central que, a contrapelo del sistema, ofrecen la posibilidad de una vida más digna. La granja constituía no sólo una alternativa de autosustentabilidad alimenticia e independencia económica, sino una fuente inédita de alimentación de alta calidad a bajos precios, para una de las poblaciones más desfavorecidas de los Estados Unidos. Además, los campesinos de la granja preservaban antiguas tradiciones de cultivo, conocimientos de medicina natural y semillas ancestrales. La granja era un lugar de convivencia lejos de la violencia, las drogas, las pandillas, el racismo y la descomposición social de los barrios pobres y de color: una especie de refugio donde los niños podían jugar sin miedo, donde se realizaban fiestas y ceremonias tradicionales y donde se fortalecía un sentimiento de identidad y de valor comunitario. Era, también, un espacio educativo, donde las nuevas generaciones aprendían a convivir con los más viejos, y donde las tradiciones, los idiomas y las expresiones culturales se transmitían y preservaban. La tradición democrática indígena y campesina de las asambleas comunitarias se veía reflejada en las reuniones semanales de la Asamblea General, durante la cual se tomaban las decisiones colectivas. La destrucción de la granja respondió a una compleja trama de intereses económicos y políticos. El Corredor de Alameda, un proyecto ferroviario que conecta los puertos de Long Beach y Los Ángeles a la red transcontinental ferroviaria, que se empezó a construir en 1997, significó un importante aumento de los precios inmobiliarios en la zona industrial del Sur Central. Ralph Horowitz, el empresario a quien el terreno había sido expropiado en los
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80s para beneficio público, primero demandó a la ciudad y luego negoció a puertas cerradas para recuperarlo. Con la complicidad de la concejal Jan Perry y del alcalde Antonio Villaraigosa —que en la época de su elección prometía ser una respuesta para la muy aguerrida población latina de Los Ángeles—, la ciudad le vendió el terreno a un precio muy inferior al valor de mercado, en un proceso lleno de irregularidades. Todo indica que esta complicidad tiene que ver con las relaciones de Jan Perry con empresarios que buscaban lucrar con proyectos de desarrollo industrial. Al mismo tiempo, en el contexto de la agresivo ambiente antilatino reinante en Estados Unidos después de las marchas de los inmigrantes del 2006, el alcalde Villaraigosa no quiso pagar el costo político de apoyar una causa latina en el corazón de Los Ángeles. Hoy, dos años después del desalojo, un grupo de campesinos de la Granja Sur Central aún lucha por reconstruir y preservar una alternativa campesina ante la marginación que viven los “de abajo” en Estados Unidos. Todos los viernes los campesinos viajan tres horas a un terreno en Bakersfield y otro en el Valle Imperial, donde cultivan productos orgánicos que venden en un tianguis los domingos a un lado de la antigua granja, donde también realizan eventos educativos y culturales. Al mismo tiempo, continúan luchando por recuperar el espacio original de la granja. Este año, la ciudad aprobó la propuesta de Horowitz de construir una bodega de la empresa textil Forever 21 en el local, saltándose el requisito de producir un reporte de impacto ambiental. La amplia movilización convocada por los campesinos logró revertir la aprobación. Al mismo tiempo, los campesinos unieron esfuerzos con el Centro de Trabajadores de Costura para denunciar las violaciones laborales de la empresa Forever 21 —la cual, desde la destrucción de la granja, ha donado 1.3 millones de dólares al gobierno de Villaraigosa—, cuyos contratistas emplean mano de obra migrante en condiciones de explotación. La concejal Jan Perry insiste en afirmar que el proyecto de Horowitz traerá empleos al Sur Central. Los campesinos entienden la ironía de sustituir una alternativa autogestiva y liberadora por una que explota la mano de obra de las mismas comunidades desplazadas.

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