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Un suceso lamentable

(… y confuso)
En las doce primeras horas del trágico suceso, la noticia se regó por toda la comarca, pero sus detalles más oscuros y especiales me los contaron cierto día que visité la comunidad en cuestión, a unas tres horas de Kankintú, río Krikamola arriba. Esta historia pudo acontecer en cualquier poblado de la región indígena, al fin y al cabo se trataba de una pareja tan joven como inestable, inmadura a todas luces, y al final… Bueno, el final lo situamos al principio de este relato. Así es mejor: comenzaremos por el final… El tercer domingo de julio, en horas del mediodía, por toda la región se regó la triste noticia: el ahorcamiento de un joven de Mutariari, Jesse Tibibo. No tenía más de veintidós años de edad. Al amanecer de esa jornada festiva apareció colgado de la rama de un marañón, en las afueras del poblado, no muy lejos de su casa y de la vivienda de sus padres. Aunque estaba asfixiado por el cuello con una resistente cuerda, el muchacho presentaba un golpe contundente, con herida sangrante, en la región occipital izquierda de la nunca. Inmediatamente se pensó en un cruel asesinato y no en una acción voluntaria de Jesse contra su vida. Sobre el mozo pesaba una amenaza de muerte: desde que malhirió a un joven vecino, por rivalidades sentimentales, su familia había jurado venganza. En las primeras horas de la trágica noticia, contra ellos fueron dirigidas las iras de la comunidad, y una desgracia mayor hubiera sucedido si no llegan a tiempo los dos números de la policía. Esa fue la primera versión al triste deceso del joven Jesse: un buen hijo y mejor muchacho al decir de la mayoría. ¡Era una muerte injusta contra él! Pero ya en horas del atardecer, con las pesquisas de los números policiales, cambiaron de orientación las malas nuevas: el ahorcamiento se produjo como reacción desesperada del mancebo por la infidelidad de su compañera y esposa, Carolina, de veinte años de edad. Con ella compartía su nueva casita, vecina a la de sus padres y hermanos. La confesa infidelidad de la muchacha provocó entre ellos una fuerte discusión el sábado por la tarde, y las trágicas consecuencias llegaron unas horas después: el joven Jesse se había suicidado por la infidelidad de su joven compañera y consorte. Según lenguas chismosas, el domingo en horas de la noche, por seguridad personal, la cónyuge desleal precipitadamente debió marcharse de Mutariari: actitudes poco amigables contra ella aconsejaban ausentarse de su residencia matrimonial. Retornó a casa de sus padres en una población cercana. A partir de entonces, esa fue la opinión generalizada: el ahorcamiento del pobre marido se debió a los celos con su mujer y a la depresión por su infidelidad. Un suicidio amoroso en toda regla.

No mucho tiempo después, por compromisos comunitarios y religiosos, me vi en la responsabilidad de visitar la población de Mutariari, arriba en la montaña. Interesado por el asunto, los detalles del triste suceso se multiplicaron hasta llegar a confundirme. Había dudas, temores y vacíos, pero la opinión más generalizada era coincidente: Jesse se suicidó por la infidelidad conyugal de Carolina, su compañera de cama y mesa. En Mutariari no había más que buscar. Por eso inicié el retorno a Kankintú, pero a la salida del poblado se me acercó un señor de mediana edad y fuerte complexión; lo conocía de vista por sus negocios madereros. Después de saludarme con cierta familiaridad, quiso compartir conmigo unas palabras: sabía de mi interés humanitario por el caso del joven ahorcado: - Mire, mi Padre, no crea mucho de lo que por ahí se dice o se murmura: en este caso la gente de este pueblo habla por hablar. En realidad, Jesse debía mucho dinero a nuestra empresa familiar por la madera que empleó para construir su nueva vivienda. Confiados en la seriedad y solvencia de sus padres, fuimos suministrándole casi todo el material de construcción, pero desgraciadamente, al final, nos encontramos con la cruda realidad: no podía pagar el presupuesto de la madera empleada. - Pero ustedes –objeté yo- podían contar con el apoyo de sus padres. - Por nada del mundo aceptaba esa solución –nos replicaba él-. Sus padres no debían conocer semejante fracaso en su hijo preferido. Por eso, cansados ya de tantos aplazamientos, el viernes por la tarde, mantuvimos una fuerte discusión con él; yo mismo le amenacé de muchas maneras, sin mala intención, claro está, sólo para que buscara una solución a la deuda contraída con nosotros. El muy cobarde, y perdone estas palabras sobre un ahorcado, en vez de planificarse un poco o buscar soluciones viables, se emborrachó con guaro del peor y en abundancia; volviendo de madrugada a su casa se cayó al suelo golpeándose fuertemente en la nuca con una piedra del camino. - ¿Y nadie conoció ese accidente? –Pregunté yo- Todos nos hubiéramos ahorrado muchísimos problemas y casi un linchamiento familiar. - Así fueron son las cosas, pero nadie se enteró de ese asunto, sólo los familiares más cercanos –respondió mi interlocutor-. Casi amaneciendo, su padre y Carolina lo encontraron tendido en la orilla del camino con sangre en la cabeza, sucias las ropas, empapado de orina y una borrachera que no le tenía en pie. Casi a escondidas lo llevaron a su casa para que nadie se enterara de tamaña vergüenza en un joven tan bien considerado por casi toda la comunidad de Mutariari.

- Entonces… -recalqué yo-, usted cree que Jesse se suicidó por miedo a ustedes. - No por miedo a nosotros –quiso dejarme bien claro-, sino porque se sentía incapaz de pagar la deuda pendiente con nuestra familia. Se mató porque era un gran cobarde: no deseaba aparecer como el gran fracasado ante la gente, ante sus vecinos y amigos. Todos ellos lo tenían en palmitas y era digno de la mayor consideración. Entonces, más que la respuesta definitiva, nació en mí otra nueva incógnita: - ¿Sería verdad la versión de este señor? Al despedirme de mi interlocutor reinicié el camino abajo de la montaña, pero a cada paso que daba crecía en mí una obsesión: no podía abandonar esta historia con tantos hilos sueltos volando por el aire. Por eso me desvié de la senda principal hacia Necativitacaren, el pequeño poblado donde ahora vivía Carolina, en la casa de sus padres y hermanos. Necesitaba conversar con ella: era el testigo principal en este drama. Algo nos conocíamos por mi trabajo parroquial, por eso confiaba encontrar en sus labios un poco más de luz en este confuso asunto de muerte por ahorcamiento. No tardé mucho en llegar a mi improvisado destino, a orillas del río Karoste, afluente del Krikamola. De una vez me dirigí a la casa-familia de mi interés. Rodeada de un numeroso grupo de niños y niñas, la mamá de Carolina me recibió con la serena hospitalidad de los indígenas ngobes a los extranjeros conocidos. Después de los saludos, le expliqué mi interés por hablar con la muchacha. - Carolina no está en casa –me explicó-. Ayuda a su padre en finca no muy lejos. De una vez quisieron ir a buscarla, pero por comodidad y discreción, preferí marchar con uno de sus hermanitos hasta el lugar del trabajo. Por la orilla izquierda del Karoste caminaba detrás del pequeño; le regalé algunos confites para ganarme su confianza, pero no conseguí mayor información del asunto que tanto me interesaba. Llegados a la finca, todos los presente se sorprendieron con mi presencia, pero me acogieron con respeto y curiosidad: había muchas ayudas de por medio. Después de los saludos y algunos regalos de costumbre, llamé a un aparte a Carolina y a su padre. Me dirigí a él:

- Señor, quisiera tener el permiso de usted para charlar a solas con su hija del asunto que a todos aún nos preocupa. Se lo aseguro, es una cuestión personal y mi único interés está en conocer la verdad del suceso: toda la verdad. - Por mi parte –me respondió el padre- no hay problema. Lo que ella decida. Al principio noté un poco de indecisión en la muchacha, pero se fue diluyendo cuando su progenitor nos dejó solos. Sentados a la orilla del riachuelo, le expliqué a Carolina todo lo que sabía del asunto, sin omitir detalle alguno. Al final se me quedó mirando con una media sonrisa triste y dolorosa: percibí en ella la necesidad de desahogarse. Sólo faltaba el último empujón. - Mira, Carolina, tú me conoces y sabes que sólo deseo lo mejor para ti en medio de todo este asunto tan triste como enrevesado. Eres la pieza más importante en este rompecabezas: lo que tú me cuentes quedará entre los dos hasta que tú misma me des permiso para lo contrario. Si no te sinceras conmigo esta tragedia quedará envuelta en tinieblas y misterio, y tú siempre aparecerás como la mala de esta película de amor y de muerte. - Está bien –así comenzó su relato-. Voy a contarle a usted todo lo que sé o me acuerdo. Ciertamente surgieron algunos problemas con Jacinto, el muchacho de la pelea; él siempre me ha querido, pero nunca he tenido nada serio con: se lo aseguro. El conflicto con los señores de la madera no eran para tanto: el papá de Jesse podía ser su garante completo. Ésas no fueron las verdaderas razones de su muerte. - ¿Entonces? –le interrogué para que fuera sincerándose. - El verdadero, el auténtico problema se encuentra escondido en otro lugar y casi nadie lo conoce… - O sea, según tu testimonio, nada de lo que se habla y se comenta por ahí está cerca del suicidio de tu marido. - Así es. Y le cuento: hace ya un tiempo, casi dos años viviendo juntos, noté en Jesse un cierto desinterés en nuestros intercambios de pareja. No le di mayor importancia, pero sí me molestaba como mujer esa creciente indiferencia suya: me sentía joven y bonita, y eso suponía un desprecio a mi feminidad, a mi amor propio. Nuestras relaciones sexuales se distanciaron mucho y… ¡eso me salvó! - ¿Cómo es eso? –Repliqué del todo sorprendido- ¿De qué te salvó?

- Al tiempo de este desinterés por mi persona, Jesse tuvo un fuerte bajón de salud: frecuentes diarreas, fiebres altas, descenso de peso corporal. Los análisis del laboratorio, me los dieron a mí no a él. Y eran muy claros: ¡estaba infectado por el SIDA! ¿Me entiende usted? Tenía la terrible enfermedad, y yo sin enterarme. Allí mismo surgió nuestra primera gran discusión de pareja. Pero no conseguí enterarme llegar al fondo del problema. - ¿Y tú sufres o no sufres ese terrible “síndrome”? –le interrogué de una vez. - A Dios gracias, por ahora los análisis son negativos, pero en el laboratorio de Kankintú me han exigido repetirlos cada seis meses durante cuatro años. - ¡Dios mío! –Exclamé yo- ¿Y no conseguiste conocer el origen, el secreto de ese mal en tu compañero? - En esos momentos, no, pero poco antes de su muerte sí conocí la razón de todos sus problemas y de nuestras desavenencias. - ¿Cómo fue la cosa? - Sigo contándole: el domingo anterior a la muerte de Jesse celebrábamos el cumpleaños de su padre y desde muy temprano nos afanamos en preparar una fiesta por todo lo grande. Por el asunto de una paila envié a nuestra prima a mi casa: estaba a unos pasos de la de sus padres. Cuando ella subió a la planta segunda la encontró muy silenciosa, pero algo extraño notaba ella en nuestra habitación; se acercó silenciosa y ¡oh sorpresa!, encontró a Jesse desnudo junto a otro muchacho, también desnudo. ¡Puede usted imaginarse! - Me lo imagino…, me lo imagino… - Jesse alcanzó a verla cuando Juanita se echaba hacia atrás. Él la llamó y le rogó que no dijera nada a nadie sobre el asunto, hasta la amenazó de muerte si me contaba lo que había presenciado. - Claro. Y la prima no te confesó nada en varios días. - Así fue. Pero el viernes por la tarde, el viernes antes del…, ausente Jesse por el encuentro con los señores de la madera, solas las dos en nuestra casa, ante la presencia de la habitación violentada, no aguantó más y me contó el suceso de pe a pa: ¡Mi marido homosexual! Mi compañero de vida con otra vida por debajo, poniendo en riesgo su salud y la mía. - O sea: has estado compartiendo intimidades y secretos de pareja con un hombre afeminado… ¡y tú sin enterarte! Me cuesta creértelo, pero…

- Así fue. Entonces todo comenzó a aclararse en mi escenario de vida con Jesse durante esos dos años de pareja formal. Superada mi novedad femenina, parece se despertó en él su instinto femenino de toda la vida; entonces se aparta de mi cuerpo, gusta de uno o varios hombres, se infecta con el SIDA y… ¡yo sin enterarme de nada! - Entonces, al día siguiente, el sábado… - Harta ya de él y de todo: ¡tan bien considerado por toda la comunidad! Con la borrachera de la noche, la caída y el golpe en la cabeza, ya en la madrugada, su estado lamentable… ¡Mi paciencia se agotó definitivamente! Cuando estuvo un poco más sobrio comencé a pedirle cuentas: allí nació la última y más grande discusión. La familia, los vecinos, cualquiera que pasaba por el lugar, oía nuestras voces, pero nunca entendió el fondo del problema. - Entonces, arrastrado por la vergüenza que iba a sufrir, va y se ahorca. - ¡Exactamente! Se suicidó porque el escenario bueno y bonito de Mutariari se había terminado para él. Ya nada sería igual y entonces… - Pero ¿por qué no se lo contaste así a la gente? Aunque sea a los más cercanos: te hubieras ahorrado muchísimos problemas y tu deshonra. Ésa aún continúa… - Es verdad, pero ya muerto Jesse y descolgado del árbol, en medio del tumulto y la confusión de los primeros momentos, la ira de la gente al contemplar la herida del muchacho… Resultó una situación caótica, aquello era un puro descontrol en todas las direcciones… - Entonces… - El papá de Jesse, más tranquilo que nadie, me apartó fuera del tumulto y a solas conmigo me rogó y me suplicó, se puso de rodillas: - Carolina, ¡salva la honra de mi hijo! Necesito que seas, que seas… - Ya lo sé qué te pidió –intervine entonces-: en España eso se llama “chivo expiatorio”. - Él lo sabía todo de su hijo más querido, por eso me pidió que aceptara la dura realidad: ser la culpable indirecta de su muerte, por mi infidelidad conyugal. Jesse se habría suicidado por mi culpa. Así su hijo bajaba a la tumba con la cabeza alta. - ¿Y tú lo aceptaste?

- Me dio pena y sentí compasión por ese padre suplicante, luchando con todas sus fuerzas por el buen nombre de su hijo muerto. Me prometió ayuda de todo tipo y el apoyo a mi persona en los momentos más difíciles. Y acepté con resignación esa cruz para mi vida futura. Esa fue la versión que se dio a la policía. - ¿tan mal reaccionó la gente contra ti? - Sí. Conocidas las pesquisas policiales, de una vez contemplé sobre mí cara de pocos amigos, sobre todo entre los familiares más cercanos, en su panda de amigos y en las muchachas siempre envidiosas de “mi suerte con Jesse”. - ¿Y decidiste retornar a casa de tus padres? - ¡Qué remedio! Su padre me entregó algunos balboas y me presenté en la casa familiar, casi con lo puesto. No pude asistir al entierro y no he sabido explicar el asunto a mis padres sin faltar a la promesa que hice. - En conclusión, y lo siento por ti –así la sentencié-: la versión oficial proclama que Jesse Tibibo se ahorcó por motivos conyugales, donde se resalta la más que probable infidelidad de Carolina Santiago contra su compañero de vida marital. - No ha podido decirlo usted con palabras más exactas: esa es la sentencia contra mí por toda la región y para siempre, pero en nada, absolutamente en nada, responde a la verdad de los hechos. - En realidad, ¡pobre de ti!, Jesse Tibibo se suicidó por su condición de homosexual, agrandada por la infección del SIDA que ya lo tenía contra la pared del otro lado. - Así es… -dijo ella- De ninguna manera quería sentir la vergüenza de su oculta condición sexual ante sus compueblanos. Me lo insistió muchas veces en la discusión del sábado por la tarde: ni enfermo ni avergonzado. - Bueno, muchacha: esto se queda entre nosotros dos, pero yo lo organizaré en un pequeño relato con nombres ficticios. Pero sólo verá la luz cuando tú me lo permitas. ¿Te parece bien? - Estoy de acuerdo. Además, he podido desahogarme con usted y eso me hace sentirme bien. - Pero escucha: tienes derecho a recuperar tu dignidad desde la razón de la verdad. La verdad debe estar por encima de otros intereses.

- Esperaremos a que muera su papá… - Tal vez entonces ya sea tarde para ti. Pero, bueno, respeto tu decisión. Y así nos despedimos los dos: entre amigos y confidentes; tranquila la muchacha e inquieta mi persona. Intercambié unas palabras con sus familiares de la finca, di la mano a su padre y me pude nuevamente en camino, de vuelta a Kankintú. Al entrar en esta población, no sé por qué, se me ocurrió tomar la vía paralela a la principal, la que atraviesa el pueblo por su interior, cerca del edificio de la Audiencia. Quería saludar a mi amigo, le juez Carlos Beltrán: a los dos nos unía una gran confianza profesional. En cualquier conflicto comunitario daba luz a mi mente con sus datos de primera mano: de juez de guerra a juez de paz. En su despacho, junto a una mesa repleta de papeles y legajos, lo encontré más pensativo que de costumbre: siempre saltaba de buen humor en cada encuentro forzado u oficial. Pero esa tarde me pareció dominado por algún extraño desasosiego: - ¡Hola, Carlos! ¿Cómo te va la vida? - Aquí estoy – me respondió con voz de circunstancias-, confundido con las piruetas de mi profesión. Muchas veces nuestra vida no tiene lógica. - A mí me sucede algo parecido en estos momentos. Vengo desde Mutariari y en mi cerebro las piezas del caso Jesse Tibibo no cuadran bien; parece un rompecabezas lleno de contradicciones: cada personaje al que he interrogado me orienta en una dirección opuesta. - ¿Tan complicado ves el caso? –Me ironizó el juez- ¿No estaba ya todo resulto y aceptado por la mayoría? - No te rías de mi profesión de detective aficionado. Tengo tantas respuestas como testigos principales, muchas de ellas contradictorias… En fin, ¡ya no sé qué pensar! - Entonces, mi querido investigador, lee esta nota: a ver si te aclaras un poco o aún te confundes por encima. Acaba de entregármela un muchacho, amigo íntimo de la víctima en cuestión; se la dio el sábado por la noche, en medio de la bebedera: debía entregármela personalmente a mí, el juez principal de toda esta región.

- A ver, dámela: me tienes intrigado –eran tres líneas mal escritas sobre una hoja de cuaderno escolar. “señol jues no se crea nada de los que diga las gente sobre muerte mia me suicidio porque ya esta bien yademas quiero azerlo. De algo tenemos que morir… no le pareze?” jesse tibibo

18 – utzaila - 2012-07-31 Kakintú Asteazkena En homenaje sincero y admirado al gran escritor VIRGILIO DÍAZ GRULLÓN Por todos sus cuentos tan gratamente leídos durante mi estancia en R. Dominicana, Pero sobre todo por su relato “CRÓNICA POLICIAL” y su curioso “perspectivismo”. Siempre quise hacer algo como el suyo, pero desde mi pluma y mis vivencias: Nunca seré como él pero ésta es una historia panameña en su memoria dominicana… Xabier