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Tentetieso, el Travieso

Era un niño tan travieso, tan travieso que nunca andaba tieso. Gateaba como los felinos, ladraba como los perros, picoteaba como las gallinas y gritaba como los monos aulladores. Nadie se explicaba las razones de ese comportamiento tan extraño. Juanito, el travieso, el trasto, el terrible, el temible, el tocatodo, el trasquilador, sí “trasquilador”: le encantaba cortar todo lo que veía colgando. Le cortaba el pelo a mami, los tirantes al pantalón del abuelo, la cinta del pelo de su hermanita; un día, a su papi intentó cortarle… ¡menos mal que se dio cuenta a tiempo! ¡Qué niño tan travieso, el tal Juanito! Todo el mundo pretendía que caminara sobre sus pies, pero no había manera. Corría, saltaba, hacía piruetas con una velocidad impropia de sus pocos años, pero a cuatro patas; hablaba poco y entendía mucho; lo que pretendía, por gusto o necesidad, al momento lo conseguía a las buenas, o las malas, en un descuido de los presentes o con sus tiernos ojos suplicantes de niño travieso. Pero una virtud sobresalía entre tantas travesuras: sabía cumplir con sus deberes: haz esto y hacía esto, aunque luego lo deshiciera; vete allí, y allá que se iba, aunque luego no volviera; no te apartes de tu hermanita, y no se apartaba de ella, aunque luego le ensuciara el vestido, la cara, las manos y los pies de la pobrecita. Era muy obediente, pero todo lo estropeaba con sus interminables travesuras. - ¿Y qué haremos con este niño -se preguntaban en la familia-, para que sea menos travieso y camine sobre sus dos piernas? - Lo de travieso –decía su papá- no importa tanto; es cosa de niños, eso va con la edad, pero Juanito debe caminar bien tieso sobre sus dos pies, si no se parecerá más a los animales que a las personas. ¡Qué desgracia la nuestra! Era el problema que más les inquietaba, y sobre eso mismo estaban comentando un sábado por la tarde, todo preocupados y sin saber qué solución adoptar. Juanito, el Travieso, escuchaba atento el diálogo familiar. - Hola Juanito, ¡cómo estás? –le preguntó su madre. Y Juanito, el Travieso, sonreía a todos con la inocencia de quien no ha roto un plato en su vida.

- ¿Qué haremos contigo –le preguntaba el abuelo- si no quieres caminar sobre tus dos piececitos como hacen los niños civilizados? Y Juanito jugaban con sus manos en el suelo, como no queriendo entender la tremenda cuestión de su abuelito; eso no iba con él. - A ver, Travieso –le habló su hermano mayor-, ¿para qué sirven tus manos y para qué sirven tus pies? ¿Todos son para lo mismo? Y Juanito, el Travieso, se puso a corretear a cuatro patas por todo el salón, llevándose por delante a su hermanita pequeña, al gato adormilado y la pequeña mesita del café. Un escándalo mayúsculo, pero nada importante para aquella consternada familia, tan acostumbrada ya a esos deportes de Juanito, el Travieso. En esas estaban todos, cuando sonó el timbre de la puerta principal de la casa. ¡Qué bueno! Se anunciaba la visita de doña Gertrudis, muy amiga de la mamá, acompañada de Milagritos, su pequeña sobrina, recién llegada de la capital. Alegre llegaba la tía y hermosísima la sobrina. Con muestras de mucha confianza saludaron todos a las recién llegadas, pero Juanito, el Travieso, desde un rincón de la sala, quedó en suspenso, mudo, expectante ante la presencia de la niña; estaba quieto como un mueble, sin ánimo de romper otro plato o de corretear en plan salvaje por todos los rincones de la vivienda. Con los saludos y presentaciones de rigor, la conversación general se fue por el camino del niño travieso. Inquietóse un poco Juanito, pero no dijo nada; sólo miraba a Milagritos, muy atenta a la conversación e interesada en lo que decían del niño travieso; travieso sí, pero ahora mismo, fija la mirada en el rostro y en el cabello de esa aparición deslumbrante, embrujado por el cuerpo y las manos de la niña recién llegada. Se habló largo del caso y los detalles fueron interminables. Tanto motivó el problema a Milagritos y tan fácil veía la solución que, en un arranque de personalidad, se puso de pie y caminó en dirección a Juanito. Al verla llegar, éste retrocedió un poco, hasta chocar con la pared. La niña, se dirigió a él con sugerente voz femenina de niña, pero autoritaria a la vez: - ¡Tente tieso, travieso, tente tieso! Vamos, ¡ponte de pie, Juanito, y camina como los niños decentes! Se asustó bastante Juanito, pero no se movió de donde estaba, sentado frente a la niña; seguía mirándola medio embobado, pero ella no se rinde, le tiende la mano e insiste en sus mandatos:

- ¡Arriba, Juanito, tente tieso! ¡Vamos, Travieso, tente tieso! Hipnotizado por la presencia de Milagritos y sus palabras, Juanito el Travieso, despacio, casi a cámara lenta, le tiende a la niña su mano derecha, mientras, ¡oh milagro!, sus pies comienzan a enderezarse y su cuerpecito se eleva como un mono de feria cuando le ofrecen cacahuetes. - ¡Así, Juanito, tú puedes, tente tieso! –Le anima la niña- Vamos, ¡tente tieso y camina como yo camino!…, ¡ánimo, Juanito, lo estás logrando!... Y Juanito, “tentetieso”, de la mano de Milagritos se puso a caminar, algo torpe todavía, pero con la mayor tranquilidad del mundo. Caminaba como si nada, orgulloso, al lado de su niña reina, niña diosa, niña milagro. Ésta le repetía: - Tente tieso, travieso, y camina como un hombre gusta a las mujeres. Y toda la familia repetía, aplaudiendo: - “Tente tieso, Travieso, tente tieso, y camina como los hombres, bien tieso…” Y Juanito, Tentetieso, siguió caminando y caminando como si lo hubiera hecho desde el primer año de su vida. Luego marchó de la mano de su padre, más tarde con su hermano mayor; luego, abrazado a su madre y, al final, casi bailando una canción:
“De pie como los hombres, al lado de una mujer, ¡qué bonito es caminar con uno y otro pie!”

Y Juanito caminaba ya sin asomo de travesuras ni monerías; sus manos, lejos ya del suelo, buscaban las de Milagros, su mejor milagro y su mayor ilusión a partir de entonces. No más travesuras ni el engorro de los cuatro pies por el amor de una niña que cambió su vida para siempre… A partir de entonces ya no se llamaría “el Travieso”, sino Juanito Tentetieso.

13 – azaroa – 2011 Kankintú Igandea

De viaje a Pumankiari…

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