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Fenómeno. Damien Hirst intervino la bandera inglesa para una

audiencia global en el cierre de los Juegos Olímpicos. En Londres, Viva recorrió la muestra que reúne sus hits a prueba de escándalo.

ESTOESARTE
-siga la vacaHirst posa en Kiev junto a una obra en una retrospectiva de 2009.

TexTo: Fernando García (fegarcia@clarin.com) / enviado especial a Londres foTos: Gentileza Tate Modern

L

a muerte del arte. Así se decía todo el tiempo en los medios de fines de los 60 y principios de los 70. Se decía así porque, en el último aullido de las vanguardias, el arte iba camino a disolverse definitivamente en la vida . Ahora que 26 millones de ingleses vieron por telly la bandera del Reino Unido diseñada por el mismo artista que desde abril convoca una multitud a la Tate Modern (y a su gift shop, claro), ¿está el arte muerto?

Marketing, sensacionalismo, escándalo, mer-ca-do... lo que quiera. Ningún otro artista que no sea Damien Hirst (Bristol, 1965) ha conseguido en la transición del siglo XX al XXI que al menos dos de sus obras se vuelvan imágenes reconocibles en un mundo saturado de imágenes. Tanto el cádaver en formol de un tiburón australiano como la dentadura de un hombre del siglo XVII montada en un cráneo de platino forrado de diamantes preciosos se reconocen como íconos del arte inglés de los 90, del arte que no lo es o dejó de serlo, del arte parasitario de la burbuja financiera... ¿Muerte del arte? Nah, esto más bien es el arte de la muerte. La muerte como espectáculo protagonizada por esa obra, “el tiburón de Hirst”, que recibe un trato reverencial de parte del público que, un martes a la tarde, colma la Tate Modern. Así como se ve, inmovilizado, fijo para siempre en formol, el sauro recibe una mirada cubista. Al enfrentarlo, el ángulo que rara vez se ve enlas infinitas repro-

Spin pAinTingS pinTuRA giRATORiAS
pINTuras, 1997-2004

La bandera inglesa 2.0 que mostraron los Juegos Olímpicos es un diseño de Hirst basado en una serie de pinturas automatizadas donde el artista no interviene. Están hechas con pintura de interiores doméstica.

pROmiSES Of mOnEy
INsTaLaCION

“Promises of money” (promesas de dinero) es una de las obras realizadas con animales por Hirst. Su taller es una especie de factoría de alta complejidad para poder llevar a cabo este tipo de obras de alto impacto.

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ThE phySicAl impOSSibiliTy...
INsTaLaCION, 1991

fOR ThE lOVE Of gOD
EsCuLTura, 2007

El nombre completo de la obra más famosa de Hirst es: “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien viviente”. Para Hirst, el acto de nombrar es tan importante como el objeto, lo que se muestra.

Si hay una línea transversal en la obra de Hirst es su trabajo sobre la muerte, sobre la convivencia de los vivos con la muerte. La calavera fue exhibida en un apartado especial de la Tate reforzando su carácter de joya.

ducciones fotográficas, pasa algo. El tiburón tiene aura y la costura desmesurada de su boca transmite la inminencia del peligro. Ya preferiría la Mona Lisa de Da Vinci ser observada con este cuidado (porque la mirada busca una explicación pero también porque nunca se queda uno del todo tranquilo frente al animal) en lugar de recibir un ataque morboso de flashes en el Louvre, doblemente protegida por un vidrio y una especie de corralito. La lista de animales en la muestra es extensa: corderos, peces, vacas, palomas. Podría ser la morgue de un zoológico, pero lo que hay en este sistema de

vitrinas que cita al Gabinete de Curiosidades del siglo XVII es un museo de Ciencias Naturales de autor. Hirst interviene en la eternidad de los animales, suspendiéndolos, como si pudiera sacar una foto after life. Expuestos en un museo, nombrados como obra y no con la impronunciable nomenclatura científica, se vuelven metáforas. Así, el tiburón es “La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien viviente”; una paloma batiendo sus alas que recuerda la tapa

del primer álbum de Emerson, Lake & Palmer es “La verdad incompleta”. Detenerse ante los créditos de las obras es asomarse al precipicio del disparate: “Vidrio, acero inoxidable pintado, silicona, acrílico, plástico, oveja y formol” (Black Sheep 2007). Si entre los años cincuenta y sesenta se hablaba de materiales “innobles” cada vez que la pintura echaba mano a los desechos industriales, qué habría que decir aquí, en la Tate, con terneros y peces tropicales mezclados entre los insumos del artista. Para los de PETA (la Greenpeace de los derechos de los animales) Hirst es un “sádico” o un “bárbaro”, valores negativos que en la teoría del arte contemporáneo in-

virtieron su polaridad (todo ha de ser... perturbador... hum...inquietante). El mayor problema es que hay quienes creen que Hirst directamente no es un artista. “Algunos dicen que es un gran artista, otros que es execrable, la mayoría lo pone en un aburrido lugar intermedio. Pero Hirst ni siquiera es un artista. Seguramente llevará una muchedumbre a la muestra de la Tate pero su obra no tiene contenido, ni tampoco valor artístico. Ni siquiera es una inversión”, dijo el crítico Julian Spalding que, oportunamente, sacó un libro días antes de la inauguración de la muestra: Por qué debería vender su Damien Hirst antes de que sea tarde. Sheikha Al Mayassa bint Hamad bin

Khalifa Al-Thani parece haberse perdido el desesperado aviso de Spalding ya que son sus petrodólares los que hicieron viable esta muestra millonaria, cuya logística incluye una sala climatizada para la crianza de mariposas tropicales. El extenso nombre árabe es el primero que se lee en el catálogo y habla en nombre del museo de Qatar, que espera parte de esta muestra para 2013. Es en este dato donde se lee el lugar de Hirst (cuyo patrimonio asciende a las 215 millones de libras) en el mundo de hoy. Si las arenas doradas de Doha mueven a las colecciones de instituciones como el Louvre y el Guggenheim, es en la obra de Hirst donde se revela la ambición del programa qa-

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opinion Eduardo Stupia, pintor

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El espectador forense
Si, como se dice, cada artista construye su espectador, Damien Hirst concibe al suyo imponiéndole un modo forense de mirar. El emblemático tiburón y otros cadáveres de animales disecados y/o conservados en formol, la enorme figura escultórica The Virgin Mother –una mujer embarazada dividida en dos mitades, una de las cuales deja ver huesos, músculos y el feto– su serie de pinturas sobre tejidos cancerosos titulada Biopsy Paintings, incluso su celebérrima calavera tachonada de diamantes, nos convierten en observadores clínicos, intrigados por ver, por ejemplo, cómo son las vísceras de un ternero partido en dos. Es como si el formol de Hirst quisiera preservar la anatomía exterior del gesto duchampiano, trayendo una vez más al ámbito del museo o de la galería aquello que pertenece a otro orden, sólo que vaciado de sorpresa, relleno de curiosidad.

SympAThy in whiTE mAjOR (DETAllE)
pINTura, 2006

Esta obra (“simpatía en blanco mayor”) forma parte de una serie realizada con alas de mariposa sobre pintura de interiores. Hirst retoma así el paradigma de la belleza en el arte.

mEDicinE cAbinETS (DETAllE)
INsTaLaCION, 1999-2000

Las vitrinas que presentan series se han vuelto una marca en la obra de Hirst. Colillas de cigarrillos, peces, diamantes y colecciones de pastillas ansiolíticas se suman como pequeños monumentos contemporáneos.

tarí por migrar una creación occidental hacia la península arábiga. El mecenazgo del Museo de Qatar habla aquí de una Inglaterra de capitales transnacionales capaces de hacerse con creaciones simbólicas (el Chelsea del oligarca ruso Roman Abramovich; el Manchester City y el Arsenal sultanizados) de su historia cultural. Es ahí donde la discusión sobre Hirst se vuelve un tanto estéril. Guste o no, significa. Su recorrido es también el de las instituciones británicas (el premio Turner de 1994, esta retrospectiva compartiendo cartel con Munch) y en estas paredes hay una discusión permanente con lo que late afuera. A muy pocos metros de la Tate, sobre el puente Blackfriar’s, una fotografía monumental de la familia real domina el paisaje. En una sala del museo, Hirst dispuso una serie de gabinetes farmacéuticos que empiezan con las recetas que su abuela le dejó antes de morir. Cada uno de los gabinetes lleva el nombre (a veces abreviado) de las canciones de Never Mind the Bollocks,

el disco de los Sex Pistols que marcó la apoteosis del punk como gesto sedicioso y vanguardia cultural en 1977. Una de las vitrinas se llama God por God save the queen (Dios salve a la reina), la canción que proclamaba que “la reina no es un ser humano”. Hoy, la familia real y los Sex Pistols conviven en el parnaso de la cultura popular británica como mostró la apertura olímpica. Pero aquí, ahora, se pueden volver a diseccionar. Los Pistols no están en ninguna gigantografía sino en un cúmulo farmacéutico dispuesto a combatir cualquier anomalía. Damien Hirst, también, es arte después del punk. Lo dice la obra For the love of god, donde una calavera anónima refulgente libra una batalla silenciosa contra las joyas de la corona que se exhiben, también en vitrinas, en la Tower of London. Allí no hay cabezas, han quedado las coronas y sus diamantesentando la vida y la muerte de reyes y reinas . Por eso, parece, la calavera plebeya finalmente ríe... ¿Está viva?

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