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EL RELATO DE LA PASIÓN Y MUERTE DE JESÚS

Mons. Silvio José Báez, o.c.d. LA PASIÓN DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE MARCOS

(Mc 14,1-15,47)
El evangelio del domingo de ramos nos introduce de lleno en el misterio de sufrimiento y de muerte de Jesús, que será el centro de la liturgia en los próximos días. De los cuatro evangelistas, Marcos es el que relata con mayor crudeza los hechos desconcertantes de la pasión y muerte de Jesús en la cruz. La riqueza de su teología está en el hecho de descubrir en el escándalo de la cruz la máxima revelación de Jesús. 1. La unción en Betania (Mc 14, 1-11). El relato inicia con la escena de la unción en Betania, de parte de una mujer desconocida, de la cual afirma Jesús: “les aseguro que en cualquier parte del mundo donde se anuncie la buena noticia será recordada esta mujer y lo que ha hecho” (Mc 14,9). Mientras los sacerdotes y los escribas andan buscando el modo de arrestar a Jesús y darle muerte (14,1), esta mujer descubre su identidad mesiánica, comprende el camino y el destino del Maestro pobre (Mc 14,7) y proféticamente lo unge en la cabeza con un perfume carísimo de nardo puro. Anticipa la unción de su sepultura y prepara a Jesús para el sacrificio mesiánico (Mc 14,8). Esta mujer desconocida es figura de la Iglesia creyente y profética, que vive indisolublemente unida a la memoria de la evangelización, y que comparte con Jesús el camino de cruz y de muerte por la salvación de los hombres. 2. La Cena de Jesús (Mc 14, 12-31). Esta segunda escena de la pasión comienza como la primera, haciendo alusión a unos “preparativos”. Mientras los jefes judíos se preparan para arrestar y dar muerte a Jesús (14,1), Jesús y sus discípulos preparan la cena de pascua. La antigua cena pascual judía se transforma en “la cena de Jesús”, expresión y símbolo de su entrega y su amor por todos los hombres. La narración de la cena (vv. 22-26) está enmarcada por dos anuncios proféticos: la traición de Judas (vv. 17-21) y la predicción de las negaciones de Pedro (vv. 26-31). En el centro de la cena no aparece ni el cordero, ni el relato de la liberación de Egipto, sino las palabras y las acciones de Jesús sobre el pan y el vino, que anticipan el banquete escatológico del reino y explican la vida y el destino de Jesús. La Eucaristía encierra todo el misterio de la vida de Jesús como donación de amor y plenitud de salvación para los hombres. El pan partido representa su vida donada por todos, en el que se hará realidad la presencia mesiánica de Jesús a lo largo de la historia futura de los hombres; el vino, es su sangre derramada que sella la alianza gratuita, universal y eterna de Dios con toda la humanidad. 3. La oración en Getsemaní y el arresto de Jesús (Mc 14,32-52). El huerto de Getsemaní se encontraba en el monte de los olivos (Mc 14,26), una pequeña colina situada al este de Jerusalén. En un monte, el de la transfiguración, Jesús había mostrado su gloria (Mc 9,2-9); en el monte de los olivos, muestra su humanidad sumida en el dolor y la angustia. En la escena resaltan dos elementos de la humanidad de Jesús: su sufrimiento y su oración. El evangelio no oculta el lado humano de Jesús, su incertidumbre, la necesidad de estar acompañado de los suyos, su dolor y su miedo. Sin esta dimensión de su persona, Jesús no sería humano, no habría podido realizar la salvación de los hombres, y tampoco representaría el principio de una nueva humanidad. Con su oración se revela como el Hijo, que sabe acoger la voluntad del Padre y se abandona a él sin reservas. El, que había escuchado con tanta certeza la voz del Padre en el Jordán y en el monte de la transfiguración, ahora debe acoger y amar también su silencio. 4. El proceso ante el Sanedrín (Mc 14, 53-65). Marcos ha colocado la escena del proceso ante las autoridades judías (14,53.55-56) en paralelo con las negaciones de Pedro (14,54.66-72). El v. 53 sirve de introducción al proceso de Jesús ante el Sanedrín y el v. 54 anuncia la escena de Pedro que niega al Maestro. Mientras Jesús declara, por primera y única vez en todo el evangelio de Marcos que él es el Mesías, Pedro niega conocerlo. El contraste es fuertísimo. A la fidelidad del Maestro se contrapone la infidelidad del discípulo. La frase de Pedro (v. 71: “yo no conozco a ese hombre del que me hablan”) es la última palabra que pronuncia un discípulo de Jesús en el evangelio de Marcos. A continuación Pedro se echa a llorar amargamente. Así termina el primero del grupo: infiel, entre lágrimas, negando conocer al

Maestro. Sólo la pascua podrá rehacer a Pedro y al grupo. Por ahora todo es fracaso y miedo. El sanedrín judío, ante la declaración mesiánica de Jesús que escandaliza a todos, lo declaran reo de muerte. 5. El proceso ante Pilato (Mc 15,1-20). Ante el procurador romano cambia el motivo de la acusación contra Jesús, que es presentado ante Pilato como “rey de los judíos”. Ante la pregunta de Pilato: “¿eres tú el rey de los judíos?”, Jesús responde: “Tú lo dices”. No calla su identidad y da testimonio solemne. Pero después, ante las falsas acusaciones, Jesús no habla más, no vuelve a responder a Pilato, lo cual extraña mucho al procurador romano (v. 5). Defenderse en un proceso jurídico sería probar que los otros mienten, lo cual tendría como efecto el condenar a la parte adversa. Con su silencio, Jesús renuncia al legítimo derecho de defenderse, acepta pasar por uno que no puede responder, con tal de que su inocencia no sirva de condena para ninguno. Voluntariamente va hacia la muerte: calla de frente a las acusaciones y no huye de la condena, para que en el proceso quede claro que su deseo no era vencer a costa de los otros, sino padecer incluso la muerte con tal de no tratar a ninguno como enemigo. Las autoridades judías esperan que el procurador ratifique la sentencia de muerte y la ejecute. Pilato, “queriendo complacer a la gente” (v. 15), cae víctima de las intrigas de los sacerdotes que han manipulado la voluntad del pueblo y decide dar muerte a Jesús (vv. 2-15). Marcos narra otro proceso, oscuro, burlesco, ofensivo, realizado como una farsa jurídica de parte los soldados, en el calabozo del palacio del procurador romano (vv. 16-20). Los soldados romanos convierten a Jesús en objeto de su burla, simulando tributarle honores de rey. Se ensañan contra Jesús con toda su carga de agresividad y vulgaridad, pero Jesús aquí también calla. Su silencio prepara la victoria de la pascua: la victoria de la palabra de la vida sobre el pecado y la muerte. 6. El camino de la cruz y la crucifixión (Mc 15,21-41). Para Marcos, Jesús se revela plenamente como el “Hijo de Dios” sólo en el momento de la crucifixión (15,39). Jesús muere dando un fuerte grito (15,37), invocando de Dios una palabra que no escuchó (15,34), en medio de la burla y el sarcasmo de los sacerdotes y maestros de la ley, de la gente que pasaba por allí y de los que habían sido crucificados con él (15,29-33). Jesús hace suyo el destino de todos aquellos que en el mundo viven y mueren marginados, aplastados y oprimidos, sin respuestas de ningún tipo, abandonados de Dios y de los hombres. En aquel momento, “la cortina del templo se rasgó en dos de arriba abajo” (Mc 15,38) y un centurión romano que estaba frente a Jesús crucificado exclamó: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Con la muerte de Jesús termina el templo y toda la institución religiosa de Israel como medio de salvación, y se abre a los gentiles el camino de la salvación. Es precisamente un pagano, aquel centurión romano que estaba frente a la cruz, quien reconoce la plenitud de la manifestación divina en Cristo crucificado, en quien se revela la fuerza superior de un Dios que actúa en la debilidad y la impotencia. Al centurión romano, que ha dirigido la crucifixión de Jesús, Dios se le revela en la muerte del Crucificado. Esta es la paradoja que desde ahora en adelante marcará su vida y la de todos los que descubran a Dios en Cristo. La fuerza de Dios brota de la debilidad de la cruz; la salvación, de la impotencia de un hombre aparentemente fracasado. El pecado se vuelve principio de gracia: Jesús se revela y salva a los mismos hombres que le han dado muerte. LA PASIÓN DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE SAN MATEO

(Mt 26,14-27,66)
Para Mateo, Jesús es el justo condenado que sufre la violencia de parte de los pecadores. Su relato es profundamente teológico, lleno de alusiones bíblicas y pensado para el uso litúrgico en la comunidad. La cena pascual (26,14-35) nos recuerda el gesto y las palabras de Jesús que invita a los discípulos a comer su cuerpo y a beber su sangre, signos proféticos de la entrega de su vida en la cruz, porque desea compartir con ellos el camino y el destino de su existencia. En el huerto de Getsemaní (26,36-46) Jesús es el modelo del perfecto orante que experimenta la "agonía" que supone la búsqueda y la aceptación sincera de la voluntad de Dios. Los discípulos son invitados a "velar" con Jesús, es decir, a compartir con él su destino adoptando su actitud del Hijo, orante y fiel. En el momento del arresto (26,47-56), Jesús, que en el sermón de la montaña había declarado superada la represalia y la justicia de la ley del talión en las relaciones humanas (cf. Mt 5,39), vuelve a manifestar su apasionado amor por el perdón y la no violencia .

El proceso judío (26,57-75) es la ocasión para la última y gran revelación de Jesús delante de su pueblo: "a partir de ahora verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Todopoderoso venir sobre las nubes del cielo". La solemne declaración de realeza, de mesianismo y de divinidad, provoca el total rechazo de Israel. Paradójicamente, mientras Jesús reconoce abiertamente su identidad de Hijo y juez universal, uno de sus discípulos, Pedro, el primero de ellos, reniega de su Maestro delante de las insistentes preguntas de dos criadas y un grupo de gente.

El proceso romano (27,1-31) deja en claro la elección de Israel (Barrabás), la injusticia de las autoridades del
imperio (Pilato) y la simpatía de los paganos (la mujer de Pilato). Esta última, iluminada por un sueño, invita al marido a no involucrarse en la suerte de "este justo" (Mt 27,19). En efecto, Jesús, como los antiguos profetas y justos perseguidos y condenados a lo largo de la historia bíblica (cfr. Mt 23,29.35), muere por haber anunciado la verdad de Dios en un mundo de falsedad y de injusticia. En la imagen de Jesús, objeto de burla y de ofensas de parte de los paganos como "rey de los judíos", se mezclan las características del Mesías humilde (Mt 21,5) y del siervo de Yahvéh, insultado y sometido a crueles torturas (Is 50,6). La crucifixión (27,32-50) es el momento culminante del relato. Jesús muere como el justo perseguido y torturado injustamente (cf. Sal 22 y 69). Delante de él desfilan la humanidad que blasfema (27,39-44), las fuerzas del cosmos que anuncian una manifestación divina (tinieblas y terremoto, cf. Ex 10,22; Am 8,9), los nuevos creyentes (el centurión), y la nueva humanidad liberada de la muerte por el Cristo (los muertos que salen de los sepulcros).

La muerte de Jesús. Jesús muere en total soledad, rechazado por los hombres y aparentemente abandonado
por Dios. En aquel abandono se produce, paradójicamente, la suprema comunión entre el Padre y el Hijo. La cruz del Señor es, al mismo tiempo, abandono y donación sin reservas. El grito de Jesús ("Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?") no sólo da la medida de la profunda soledad y el abismal sufrimiento del Señor, sino que indica su plena confianza en Aquel que puede salvar aún en la más desgarradora y mortal de las situaciones. Aquel silencio de la cruz revela, en forma paradójica, la infinita comunión del Padre y del Hijo, y la convierte en buena noticia para todos, los que como Jesús, viven y mueren rechazados por el mundo y aparentemente abandonados por Dios. Sólo la fe en Jesús, muerto y resucitado, puede dar sentido a tantos silencios humanos y divinos que encontramos en el camino de nuestra vida. Es la fe en Jesús, muerto y resucitado, la que hace que la Iglesia esté siempre de parte de los humillados, los débiles, los oprimidos, y los crucificados de este mundo. Es la fe en Jesús la que mueve a la Iglesia a realizar su misión a imagen de su Señor, en el ocultamiento y la sencillez, en el rechazo al poder y a la gloria, con la mística de la cruz: en la humillación y el dolor por amor, fruto de la fidelidad al Padre, y fuente de vida y liberación para el mundo y la historia.

LA MUERTE DE JESÚS EN EL EVANGELIO DE LUCAS

(Lc 23,44-49)
Nos limitamos a ofrecer algunos comentarios sobre la parte central del relato de la pasión y muerte del Señor en el evangelio de Lucas que se lee el domingo de ramos de este año. En estos pocos versículos encontramos, en forma densa y dramática, las grandes líneas de la cristología de Lucas y aspectos muy ricos de espiritualidad para la contemplación y predicación del misterio de la muerte del Señor. 1. La oscuridad Lucas describe la muerte de Jesús en un ambiente de “tinieblas”, que “cubren la tierra hasta las tres de la tarde” (v. 44). Son el símbolo de la muerte y del mal. Lo que Lucas ha llamado durante el prendimiento de Jesús en el huerto “el poder de las tinieblas” (Lc 22,53). La crucifixión de Jesús, llevada a cabo por obra de los jefes judíos, es el signo de su maldad. En el Antiguo Testamento la intervención definitiva de Dios que juzga a su pueblo es llamado “el día del Señor”, y es acompañada de la oscuridad de

la tierra en pleno día: “Aquel día, oráculo del Señor, haré que el sol se oculte a mediodía, y en pleno día cubriré la tierra de oscuridad” (Am 8,9). Lucas, en efecto, habla de un eclipse solar (utiliza el verbo griego ekleipô). La muerte de Jesús manifiesta la maldad de aquellos que han condenado al Inocente, y la maldad de todos aquellos que continúan condenándolo a lo largo de la historia. Las tinieblas que “cubren la tierra”, describen la dimensión cósmica de aquella muerte, máxima expresión de la maldad humana (Lc 1,79; 11,35; 22,53). 2. La ruptura del velo del Templo En los otros sinópticos la alusión a la cortina del santuario es colocada después de la muerte de Jesús; en Lucas, en cambio, la precede. Este velo seguramente alude a la cortina que separaba el lugar más santo del Templo de Jerusalén del atrio exterior. Lucas habla no de destrucción, sino de “ruptura”. La escena, por tanto, constituye un signo de la apertura de la presencia de Dios a la comunidad cristiana, que después de la resurrección de Jesús continua frecuentando el santuario de Jerusalén (Lc 24,50-53; Hch 2,46, 3,1-10), aunque poco a poco se irá alejando de él. La idea, sin embargo, es válida. La presencia divina que Israel ha reconocido y ha encontrado en el Templo, ahora adquiere perspectivas universales. Se ofrece como un don a todos los pueblos de la tierra: “el velo del Templo se rasgó por la mitad”. 3. La oración de Jesús Jesús se dirige al Padre para pedir el perdón de sus verdugos: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Jesús es el Mesías que revela el rostro del Padre misericordioso (Lc 15), que ama a los enemigos (Lc 6,28.35) y que perdona a los pecadores (Lc 5,20; 7,47) y a los hombres que actúan por ignorancia (Hch 3,15; 13,27). El ha sido enviado por Dios, según Lucas, con la concreta misión de perdonar los pecados del pueblo (Lc 1,77). La cruz, por tanto, no significa el juicio de Dios sobre Israel, ni su exclusión de la salvación, sino más bien la inauguración de un tiempo nuevo de misericordia y de perdón. En el evangelio de Lucas no escuchamos la dramática oración de Jesús abandonado (“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Mc 15,34), sino unas palabras llenas de gran confianza: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Estas palabras están tomadas del Sal 30,6 y expresan la infinita confianza de Jesús en un Dios que está realizando en él su proyecto de salvación. En el salmo 30 no aparece la palabra “Padre”, la cual es típica de la oración de Jesús en el evangelio de Lucas. Siempre que Jesús ora en el tercer evangelio llama “Padre” a Dios (10,21; 11,2; 22,42). Jesús no experimenta a Dios como adversario o como ausente, sino como padre. La crucifixión de Jesús no termina, como en Marcos, de una forma trágica, sino en el abandono lleno de confianza y en la plena aceptación de los planes de salvación divina que se están realizando precisamente a través de su muerte. Jesús “entrega su espíritu” al Padre, es decir, el “soplo” divino que representa la vida humana, del que habla la Biblia en el momento de la creación o del nacimiento (Gen 35,18; Sir 38,23). La muerte de Jesús no es, por tanto, un evento absurdo, angustioso y terrible, sino el momento en que él reconfirma el abandono confiado de su existencia en las manos del Padre. 3. Las palabras del centurión La primera reacción humana delante de la muerte de Jesús es la del centurión romano que “da gloria a Dios”, diciendo: “Verdaderamente este hombre era justo” (v. 47). La expresión “dar gloria a Dios” es típica de Lucas y a menudo la utiliza en contextos de milagros: la pone en boca del paralítico curado (Lc 5,25) y de la muchedumbre (Lc 5,26), de la gente que ha asistido a la resurrección del hijo de la viuda de Naím (Lc 7,16), de la mujer encorvada (Lc 13,13), del leproso samaritano agradecido por su curación (Lc 17,15), del ciego de Jericó (Lc 18,43). Por tanto, el reconocimiento del centurión adquiere el valor de un verdadero y propio milagro: un pagano reconoce la presencia de Dios en la imagen increíble de un hombre crucificado. Este centurión representa a cada creyente que a través de su fe, como por obra de un milagro, proclama la presencia y la salvación divinas en Jesús Crucificado. Al inicio del evangelio, en ocasión del nacimiento de Jesús, son los pastores quienes glorifican a Dios (Lc 2,20); al final, en el momento de su muerte, es un centurión romano. Los primeros representan a los pobres y excluidos; el segundo, a los paganos y alejados. Con la imagen del centurión se acentúa la dimensión universalista del evangelio de Lucas: todos los hombres son llamados a reconocer la presencia de Dios que no se manifiesta ya en los signos convencionales de la religión, como el Templo o la Ley, sino en

el desconcertante signo de la cruz. El centurión lo proclama “justo”. Jesús es, en efecto, el “justo sufriente” esperado en la tradición bíblica, que muriendo en la cruz obedece al proyecto misterioso de Dios para la salvación de los hombres. 4. La gente y las mujeres Lucas habla de un grupo de personas que habían acudido a ver la crucifixión (v. 48a). El verbo griego utilizado es theôreô, que significa “observar atentamente”. Probablemente se quiere decir que esta gente estaba conmovida comprendiendo con profundidad el acontecimiento, lo cual provocó que se volvieran a la ciudad “golpeándose el pecho” (v. 48b), un signo que no sólo indica luto o dolor, sino arrepentimiento verdadero. En el evangelio de Lucas la gente se da cuenta del error que han cometido pidiendo la condena a muerte de Jesús. El tema del arrepentimiento es, en efecto, muy querido al evangelista. Recordemos a la pecadora perdonada (Lc 7,36-50), las parábolas de la misericordia (Lc 15); la figura del publicano al fondo del Templo (Lc 18,9-14), el diálogo de Jesús en la cruz con el ladrón crucificado a su lado, ofreciéndole el paraíso (Lc 23,39-43). Al final se habla de “los conocidos” de Jesús y de “las mujeres” (v. 49). Este grupo, que quizás incluye también a los discípulos, los cuales en el evangelio de Lucas nunca abandonan al Maestro, aparece “viendo” lo ocurrido, adquiriendo así un papel de testigos de la muerte de Jesús. Para Lucas, la cruz de Jesús revela en profundidad la salvación de Dios, y su contemplación debe llegar al arrepentimiento y al nuevo conocimiento de la fe. Conclusión La cruz, que parece desmentir la condición mesiánica de Jesús, en realidad se transforma en instrumento para descubrir el modo nuevo en que Dios se manifiesta a los hombres. Serenidad, confianza, intimidad, confidencia, son los sentimientos que acompañan a Jesús en el momento de la muerte. Precisamente, a causa de esta actitud, el centurión pagano y la gente, reconocen en el Crucificado la plena y definitiva manifestación salvadora de Dios a la humanidad

EL RELATO DE LA PASIÓN SEGÚN SAN JUAN La narración de la pasión según el evangelio de Juan se proclama cada año en la celebración litúrgica del Viernes Santo y ciertamente no fuera de contexto, pues el evangelio de Juan es leído diariamente en las últimas tres semanas de cuaresma y posteriormente, a través de todo el tiempo pascual. Y esto tiene su importancia, pues sólo en el contexto total del evangelio se puede entender la teología tan singular de esta narración. Todos los exegetas contemporáneos están de acuerdo en que los cuatro evangelistas han elaborado, cada uno, una teología propia y nos ofrecen diferentes facetas de Jesús. Y esto es particularmente notable en las narraciones de la pasión y muerte del Señor. Dado que Mateo difiere muy poco de Marcos en la narración de la pasión, podemos hablar prácticamente de tres diferentes perspectivas: Marcos, Lucas y Juan. Marcos nos ofrece un Jesús que toca los límites más hondos del abandono y sólo después de la cruz puede ser reconocido como Hijo de Dios (cf. Mc 15,39). En Lucas el abandono no es presentado de forma tan cruda y radical y la pasión y crucifixión aparece como la ocasión para manifestar la grandeza del amor y del perdón divino (cf. Lc 23,28.34.43). La narración de Juan es muy diversa. Es la narración de un Jesús dueño de su propio destino cuya vida nadie se la quita sino que él la entrega voluntariamente (cf. Jn 10,18). Es su glorificación. Casi la entronización de un rey como veremos más adelante. El evangelio de Juan está todo él construido a partir de un dato fundamental: la encarnación. Ya anunciado en el prólogo (cf. Jn 1,14) este principio joánico no es sólo importante como fundamento de su cristología sino como criterio hermenéutico para la interpretación de todo su evangelio. Deberemos distinguir siempre en él dos niveles: "la carne" de Jesús de Nazaret (cf. Jn 1,14a), es decir, su dimensión humana y por otra parte, "la gloria (cf. Jn 1,14b), es decir, el misterio de Dios. Misterio que se hace transparencia a través de la humanidad de Jesús. El principio de la encarnación nos lleva a la idea teológica fundamental del cuarto evangelio, la revelación. La revelación constituye su tema central. Probablemente las

palabras: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14,9) constituyen el resumen más logrado y completo de la teología joánica. La existencia corporal de Jesús, "la Palabra hecha carne", su caminar histórico, es verdadero "sacramento". Sus palabras y acciones son auténticos signos de una realidad superior. Este es un principio hermenéutico de gran importancia para la recta comprensión del evangelio joánico. Antes de analizar con cierto detenimiento la narración de la pasión conviene señalar algunas ideas teológicas fundamentales del cuarto evangelio, sin las cuales no sería posible comprender tal narración: "la Hora" de Jesús, "la elevación" del Hijo del Hombre y "el juicio" de este mundo. Toda la vida de Jesús está orientada hacia ese momento que Juan llama "la Hora", que será como la meta del camino. Es el momento en que Dios mostrará toda su gloria -su amor fiel a los hombres- en el Hijo. Se habla de "la Hora" desde el inicio del evangelio (cf. 2,4), pero será hasta después del capítulo 12 que "la Hora" aparece cercana: "Ha llegado la Hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado" (12,23); "había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre" (13,1). Y las primeras palabras de la llamada oración sacerdotal de Jesús son: "Padre, ha llegado la Hora, glorifica a tu Hijo" (17,1). "La Hora" aparece íntimamente unida al momento de la glorificación que tiene lugar en la crucifixión. El texto más significativo sobre el otro tema, la elevación del Hijo del Hombre, es Jn 12,32: "Y yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí". Se trata de la elevación en la cruz, simbolizada -por contraste- con "la caída" en la tierra del grano de trigo (12,24-32). La muerte del grano de trigo, en el plano de la naturaleza, hace brotar "mucho fruto", una vida nueva. En otro plano, la muerte de Jesús también hará surgir la vida eternamente nueva. "El juicio de este mundo" es una idea joánica que refleja su teología acerca de la venida de Jesús. Juan describe la obra de Cristo en el mundo, en términos de un gran enfrentamiento, casi de un proceso judicial, entre la luz y las tinieblas: "El juicio está en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz" (3,19). La muerte de Jesús se considera como el punto culminante de ese juicio: "Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera" (12,31). Toda esa teología se percibe en la narración de la pasión. Y además todo esto explica el porqué de un Jesús tan distinto al de los otros evangelios: posee plena conciencia de su misión, demuestra una libertad asombrosa para donar la vida y es descrito con una majestad imponente al afrontar su pasión y muerte. Historia y fe se funden maravillosamente. Juan, sin traicionar el dato histórico, más bien partiendo de él, lee los hechos desde la fe y los transfigura a la luz del profundo misterio que en ellos se encierra. Podemos dividir la narración (Jn 18,1-19,42) en cinco grandes bloques: 1. El enfrentamiento en el jardín (18,1-12); 2. El interrogatorio delante de Anás y la negación de Pedro (18,13-27); 3. El proceso romano ante Pilato (18,28-19,16a); 4. Muerte en el Gólgota (19,16b-37); 5. Colocado en la tumba en un jardín (19,3842). 3.1 Enfrentamiento en el jardín (18,1-12) La narración comienza en un jardín (en griego képos) y termina en un jardín (19,41). ¿No estará Juan pensando en el jardín del Edén de Génesis 2-3? Más de una vez Juan parece evocar el Génesis: "En el principio..." (Jn 1,1; Gn 1,1); la semana inicial del evangelio (Jn 1,29.35.43; 2,1) y la semana inicial de la creación (Gn 1); después de la resurrección Jesús "sopló" sobre los discípulos (Jn 20,22) como Yahvéh en la creación del hombre (Gn 2,7). Probablemente al leer la pasión de Jesús Juan quiere que pensemos en la narración de una nueva creación, la que brotará del costado abierto del Señor (cf. 7,39). En la narración joánica el episodio del huerto es un auténtico enfrentamiento entre la luz y las tinieblas. Jesús no es sorprendido, más bien se adelanta (18,4). Las tinieblas están representadas por Judas y sus acompañantes, símbolos de todos aquellos que se cierran a la Verdad y a la Luz. Judas ha preferido las tinieblas a la luz que ha venido al mundo (cf. 3,19). Cuando abandonó a Jesús durante la cena entraba en la noche: "En cuanto Judas tomó el bocado, salió. Era de noche" (13,30). Ahora necesita luz artificial pues ha rechazado a aquel que es "la luz del mundo" y que cuando se le sigue no se camina en tinieblas (cf. 8,12). El Jesús que enfrenta a Judas y sus acompañantes no aparece postrado en tierra pidiendo al Padre ser librado de aquella hora, como en los otros evangelios. En Juan, Jesús y el Padre son uno (10,30). "Ahora mi alma está turbada. Y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero si he llegado a esta hora para esto. Padre glorifica tu

Nombre" (12,27). Es el inicio de la hora de la gloria. "La copa que me ha dado el Padre, ¿no la voy a beber?" (18,11). Si alguien cae en tierra en el huerto no es Jesús sino sus enemigos ante la declaración solemne: "Yo soy" (18,5). "Yo soy" es el Nombre de Dios. Y ante Dios caen y retroceden sus enemigos. "Confusión y vergüenza sobre aquellos que buscan mi vida" (Sal 35,4); "Cuando se acercan contra mí los malhechores a devorar mi carne, son ellos, mis adversarios y enemigos, los que tropiezan y caen" (Sal 27,2). Jesús aparece dominando la situación con libertad soberana: "Doy mi vida, para recuperarla de nuevo. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente" (10,18). Es además el Buen Pastor que no abandona a sus ovejas: "Si me buscáis a mí, dejad marchar a éstos" (18,8). Y Juan anota: "Así se cumpliría lo que había dicho: 'de los que me has dado, no he perdido a ninguno'" (18,9). Jesús había dicho de sus ovejas: "Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano" (10,28). En síntesis, asistimos a un verdadero enfrentamiento, entre "el mundo" (las fuerzas hostiles a la Verdad) y Jesús y los suyos (la luz del mundo). Este enfrentamiento será permanente en la historia. Por eso Jesús ha orado por los suyos al Padre: "El mundo los ha odiado, porque no son del mundo como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno" (17,14-15). 3.2 Interrogatorio delante de Anás y negaciones de Pedro (18,13-27) Jesús es conducido donde Anás, suegro del sumo sacerdote Caifás. Y es Anás quien le interroga sobre "sus discípulos y su doctrina" (18,19). Por lo tanto no hay verdadero proceso judicial contra Jesús. Y es que para Juan toda la vida de Jesús ha sido un inmenso proceso judicial desde el interrogatorio a Juan Bautista (1,19) hasta la decisión de matar a Jesús (11,49-53): "Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, se vuelvan ciegos" (9,39). Cada hombre se juzga a sí mismo cuando toma posición frente a Jesús: "el que no cree, ya está juzgado porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios" (3,18). El mundo, rechazando la luz y prefiriendo las tinieblas, se juzga a sí mismo: "Y el juicio está en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz" (3,19). En el interrogatorio frente a Anás el verdadero interrogado es Anás mismo. Es a él a quien Jesús interroga y le deja callado (18,23). Jesús frente a Anás no es un reo silencioso, es un revelador. Juan tiene mucho cuidado en remarcar por 4 veces en esta sección el verbo "hablar" (en griego laléo: verbo técnico que Juan aplica siempre a Jesús como revelador del Padre). La sección describe simbólicamente el rechazo del mundo a través de "la bofetada" de uno de los guardias y lo describe de forma real a través de las negaciones de uno de los suyos, que se ha quedado "fuera" (18,16), como abandonado a su propia debilidad. El servidor de Anás representa al mundo que ha rechazado la Palabra reveladora de Jesús. Pedro representa al discípulo "que ha oído lo que ha hablado y sabe lo que ha dicho Jesús" (cf. 18,21) y, sin embargo, niega tener algo que ver con el Maestro. Son las posibilidades de rechazo a la Verdad y a la Luz: el mundo obstinado en el pecado y el discípulo que se queda "fuera". 3.3 El proceso romano ante Pilato (18,28-19,16a) Esta sección está cuidadosamente construida por el evangelista a través de una serie de escenas "dentro" y "fuera" que sirven para llevar adelante la trama del relato. A través de un constante "entrar" y "salir" de Pilato asistimos a uno de los momentos más ricos de la narración. La sección se puede estructurar así: Fuera: (18,28-32) Dentro: (18,33-38a) Fuera: (18,38-40)

La Coronación de espinas y el manto (19,1-3)
Fuera: (19,4-8) Dentro: (19,9-12) Fuera: (19,13-16a) Jesús siempre aparece en las escenas descritas "dentro", en las que hay un ambiente de diálogo y de serenidad. En las escenas descritas "fuera", en cambio, están los judíos. Y la atmósfera predominante es de odio, rechazo y confusión. Pilato sale y entra. Pasa de un ambiente a otro. Cambia una y otra vez de posición. Es él el que verdaderamente está siendo juzgado. Jesús se mantiene soberano y libre, dominando en todo momento la situación. Lo que está en juego en toda la sección no es lo que ocurrirá con Jesús sino cómo acabará ese Pilato vacilante y cobarde, que si en algún momento "trataba de librarle" (19,12), se dejaba manipular ante los gritos de la turba que amenazaba con acusarlo de no ser amigo del César (19,12). Es Pilato el que tiene miedo (19,8). Jesús aparece dueño del drama. Sereno y soberano. Aunque Pilato piense que él, el procurador romano, tiene poder sobre Jesús, Jesús le advierte que su autoridad sobre él es recibida y relativa: "No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado de arriba" (19,11). Jesús es el que tiene el poder. Como todo un rey. Con razón hablará de su reino. "Mi reino no es de este mundo", (en griego: e basileia e eme, ouk estin ek tou kosmou toutou: 19,36; cf. Jn 3,3.5). La expresión "no es de este mundo" no indica lugar donde se realiza ese reino, como si el reino de Jesús no tuviera que ver nada con la historia humana. Indica más bien proveniencia (eso indica la partícula griega ek), cualidad. Es decir, el reino de Jesús no surge del mundo, no tiene su fundamento en las estructuras tenebrosas de pecado de este mundo. No es como los reinos de la historia. Su reino se basa en "la verdad" (19,37) (aletheia que en Juan indica siempre la palabra reveladora de Jesús). Para entrar en su reino hay que aceptar su Palabra. "Todo el que es de la verdad escucha mi voz" (18,37). Jesús, como Rey, no sufre las humillaciones y burlas que narran los otros evangelistas. Sólo habla de azotes (19,1) y bofetadas (19,3). En cambio, aparece la coronación de espinas y la colocación del manto, como a un rey auténtico (19,1-3). De hecho así es saludado por los soldados: "Salve, rey de los judíos" (19,3). Pilato presenta a Jesús a la turba como "el Hombre" (19,5). Probablemente el título refleje un antiguo título cristológico, como el de "Hijo del hombre", pero en el drama joánico tiene la función de ofrecer al lector del evangelio en el rechazo de Jesús un ejemplo de acto "inhumano". El poder romano comete un acto inhumano por excelencia y los judíos, al preferir al Cesar (19,15), se cierran a toda esperanza mesiánica. Ambos son juzgados. 3.4 Muerte en el Gólgota (19,16b-37) La crucifixión en el evangelio de Juan es narrada a través de una serie de escenas cortas, algunas de ellas similares a la de los otros evangelistas, pero conteniendo una teología muy peculiar. En primer lugar, no aparece Simón de Cirene. Es Jesús mismo quien carga con la cruz (19,17). "Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente" (10,18). Los cuatro evangelios mencionan el letrero sobre la cruz, pero en Juan es más que un simple letrero. Es una solemne proclamación. Pilato había presentado a Jesús a su pueblo como rey (19,14) y había sido rechazado (19,16). Ahora, en las tres lenguas del imperio, hebreo, latín y griego (19,20), Pilato reafirma la realeza de Jesús y lo hace con toda la precisión legal de la normativa del imperio romano: "Lo que he escrito, lo he escrito" (19,22). A pesar del rechazo de los jefes religiosos de Israel, un representante del más grande poder sobre la tierra, ha reconocido que Jesús es rey. Los otros evangelios hablan implícitamente del reparto de los vestidos de Jesús a partir del salmo 22,19. Juan lo hace citando explícitamente el salmo y anota una peculiaridad: la túnica era sin costura (19,23). Algunos han visto una alusión a la túnica sin costuras del Sumo Sacerdote, según la describe Flavio Josefo. Otros, y quizás sea esta la interpretación más acorde con la teología de Juan, han visto en ella un símbolo de unidad. Ya en el Antiguo Testamento el partir los vestidos simbolizaba división, como en 1Re 11,29-31 queda simbolizada la división de la monarquía. En Juan, la túnica sin costuras, simboliza al pueblo de Dios que en torno a Jesús está sin división alguna. De hecho, Juan había señalado antes de la crucifixión

que "se originó una disensión entre la gente a causa de él" (7,43; cf. 9,16; 10,19) y nos da una clave interpretativa de su muerte: "Jesús iba a morir por la nación -y no sólo por la nación-, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos. La túnica sin costuras es, pues, símbolo del Pueblo Nuevo congregado en torno a la cruz de Jesús. Y esto que aquí queda expresado simbólicamente, a continuación aparece encarnado en algunas personas concretas, pero que juegan también una función simbólica especial. Junto a la cruz de Jesús aparece congregada simbólicamente la Iglesia (19,25-27) sobre todo en la persona de "su Madre" y en "el discípulo a quien amaba". Son personas reales, pero que interesan al evangelista principalmente no en su identidad histórica, sino como "personalidades corporativas", a nivel simbólico. Su Madre es figura de Sión, lo mejor del pueblo de Dios (cf. Is 66,8-9 donde Sión-Jerusalén aparece engendrando a sus hijos). Y el discípulo es figura del creyente, "el discípulo a quien Jesús ama". Al pie de la cruz nace la nueva familia de Jesús, "su Madre y sus hermanos" (cf. Mc 3,31-35), "aquellos que hacen la voluntad del Padre". El discípulo acoge a la Madre de Jesús como algo suyo. "Desde aquella hora, el discípulo la acogió entre sus pertenencias" (literalmente en griego: en ta ídia, que es más que "en su casa"). La Madre del Señor pasa a ser parte del tesoro más preciado del discípulo creyente. Así, al pie de la cruz, asistimos al nacimiento de la Iglesia en Juan. En los sinópticos le acercan a Jesús la esponja con una caña. En cambio, en Juan, con un "hisopo" (19,29), que recuerda Ex 12,22 donde con un hisopo se roció la sangre del Cordero sobre las casas de los israelitas. Además fue sentenciado a muerte hacia la hora sexta del día de la Preparación (19,14), la misma hora en que en la víspera de la Pascua los sacerdotes comenzaban a degollar los corderos pascuales en el Templo. Además no le quiebran ningún hueso (cf. Ex 12,10). No muere como en los sinópticos. Es una muerte solemne: "E inclinando la cabeza entregó el espíritu" (19,30). Entregó totalmente la vida, por una parte. Y por otra, entregó el Espíritu, fuente de la vida, que nos llevará hacia la verdad completa (cf. 16,13). Para Juan aquí, en la cruz, ocurre la glorificación de Jesús. No hay que esperar Pentecostés, como en Lucas. En la cruz Jesús es glorificado y brota el Espíritu, que antes no había "pues Jesús todavía no había sido glorificado" (Jn 7,39). El Espíritu es donado a aquellos que simbolizan y forman la Iglesia, su Madre y el discípulo amado. A diferencia de los sinópticos no ocurren signos cósmicos especiales al morir Jesús. Todo se centra en su cuerpo glorificado, verdadero santuario (cf. Jn 2,21: "él hablaba del santuario de su cuerpo"). Por eso, de su cuerpo brota "sangre y agua" (19,34). La sangre y el agua, en primer lugar, aluden al paso de Jesús de este mundo (sangre) al Padre a través de la glorificación (agua) (cf. 12,23; 13,1). Pero también hay que ver aquí una alusión a aquellas dos realidades por las cuales Cristo glorificado dona el Espíritu a la Comunidad: el bautismo ("nacer del agua y espíritu": Jn 3) y la eucaristía ("quien no come mi carne y no bebe mi sangre": Jn 6). Como ya había anunciado Juan: "de su seno correrían ríos de agua viva" (7,38) vivificando a "todos los que creyeran en él", formando la comunidad que nacía al pie de la cruz. 3.5 Colocado en la tumba en un jardín (19, 38-42) La sepultura de Jesús es narrada también por los otros evangelistas pero en Juan, una vez más, lleva otros acentos con el fin de acentuar la soberanidad de Jesús. No es sólo el tradicional José de Arimatea el que aparece en escena sino un personaje propio del cuarto evangelio, Nicodemo, que había ido donde Jesús "de noche" (3,1-10). Nicodemo va ahora donde Jesús, abiertamente (19,39). Se cumplen de nuevo las palabras de Jesús: "Cuando yo sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí" (12,32). Cristo glorificado es la meta de todo hombre sobre la tierra. Por otra parte, el cuerpo de Jesús, el nuevo y eterno santuario destruido por los hombres y levantado por Dios (2,19-22), en donde los hombres encontrarán la comunión plena y podrán adorar a Dios "en Espíritu y Verdad" (4,24), es venerado como tal. Es el cuerpo de un rey, santuario lleno de gloria. Por eso es "envuelto en vendas con aromas" (19,40) y con una cantidad inmensa de mirra y áloe (19,39). Su sepulcro no es cualquiera, "es un sepulcro nuevo" (19,41), acorde con la novedad absoluta de su gloria. Y terminamos donde iniciamos, en el jardín. De principio a fin la pasión de Jesús en el cuarto evangelio es la narración de una victoria. "Yo he vencido al mundo" (16,33). La realeza de Jesús ha quedado

de manifiesto. "En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la vencieron" (1,4). Cada creyente, cada comunidad, unida a Jesús, Verdad, Luz y Vida, vence al mundo. "A todos los que le recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su Nombre" (1,12). +++ "La Hora" y "el Juicio"

Dos conceptos fundamentales del evangelio de Juan
1. "La Hora" Desde el primer signo en Caná hasta el final de la vida de Jesús el lector sigue paso a paso el acercarse progresivo de "la Hora" (cf. Jn 2,4; 7,30; 8,20; 12,23; 13,1; 17,1). Toda la vida de Jesús está orientada hacia ese momento que Juan llama "la Hora", que será como la meta del camino, cuando Dios mostrará su gloria – su potencia salvadora – a través de la muerte de Jesús. "La Hora" de Jesús, en efecto, coincide con el momento de su glorificación a través de la “pasión – exaltación”, que Juan llama "ser elevado sobre la tierra" (12,32; 3,14; 8,28). El evangelista utiliza el verbo griego ypsóo ("levantar", "elevar") que puede indicar tanto el hecho de levantar algo materialmente como la acción de exaltar o glorificar. Para él, en el momento en que Jesús es alzado en la cruz es también exaltado y glorificado por el Padre que en él muestra su gloria. Se habla de "la Hora" desde el inicio del evangelio (2,4) pero será hasta después del capítulo 12 que "la Hora" aparece cercana: "Ha llegado la Hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado" (12,23); "había llegado su Hora de pasar de este mundo al Padre" (13,1). Las primeras palabras de la llamada oración sacerdotal de Jesús son: "Padre, ha llegado la Hora, glorifica a tu Hijo" (17,1). "La Hora" aparece, por tanto, íntimamente unida al momento de la glorificación que tiene lugar en la crucifixión. 2. El juicio En la “Hora” se realiza el "juicio" de este mundo (12,31). Juan describe la obra de Cristo en el mundo en términos de un gran enfrentamiento en forma de proceso judicial entre la luz y las tinieblas, entre Jesús y el mundo: "El juicio está en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz" (3,19). Jesús ha venido para esto, para un juicio (en griego krima, de donde viene krisis, que significa purificación, separación) (cf. Jn 9,39). En este juicio hay testigos que hablan en favor de Jesús para que el hombre crea y se adhiera a su palabra. De Jesús dan testimonio Juan Bautista (1,19), las Escrituras (5,39); Jesús mismo da testimonio de él, pero sobre todo el Padre (8,18). Ambos dan testimonio juntos como manda la Ley (8,17). También las obras que Jesús hace dan testimonio de él (10,38) ya que en ellas se revela la gloria divina. En este juicio los judíos y el mundo, juzgan según la carne (8,15). Cuando parece que es juzgado y condenado Jesús, en realidad es el mundo el que se juzga y se condena a sí mismo por no haber creído en el Hijo de Dios (3,17-19), y con el mundo, es condenado y echado fuera “el príncipe de este mundo” (12,32). Este juicio – enfrentamiento continúa aún después de la muerte de Jesús y se prolonga en la vida de cada creyente y de la comunidad eclesial. Por eso será necesaria la ayuda de un defensor, de alguien que esté al lado del creyente. Aquí se inserta la promesa del "otro Paráclito" (para-kletós, en griego: alguien llamado a estar junto a otro para defenderlo y consolarlo (16,7-15). El Paráclito, el Espíritu de la Verdad, asistirá a los creyentes y seguirá dando testimonio de Jesús en el corazón de sus discípulos y frente al mundo.