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confiar en la madre

A. M. WE1GL

CONFIAR EN LA MADRE

MISIONEROS DEL VERBO DIVINO Avda. de Pamplona, 41 ESTELLA (Navarra) 1978

DEDICATORIA

A María, la mejor de las madres,

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tntercesora en todas nuestras necesidades, dedico este humilde librito con profundo agradecimiento.

Tradujo P. M. H. Título original Vertrau auf ¿Lie Mutter. © Verlag St. Grignionhaus Altotting — © Misioneros del Verbo Divino, Estella 1978 — Es propiedad — Printed in Spain — Talleres Gráficos: Editorial Verbo Divino, Avda. de Pamplona, 41. Estella (Navarra). Depósito Legal: NA. 827-1978 ISBN 84-7151-238-6

PROLOGO
«¿Por qué se ha borrado el nombre de María?»

Esta es la pregunta que se formulaba el obispo Rudolf Graber en su charla a la congregación de hombres de Landshut (24.3.1968). "¿Acaso es una vergüenza pronunciarse en pro de la madre del Señor?" Y, abiertamente, declaraba: "Esta decisión de la reunión de delegados, en Frankfurt (24 y 25 de febrero de 1968), según la cual, en el futuro las Congregaciones Marianas habrán de llamarse "Comunidades de vida cristiana", es un nuevo eslabón en la cadena de continuadas transigencias desde la debilidad frente a las corrientes de la época, y resultado de la universal relajación observable en todos los terrenos. Yo quisiera declarar aquí que, por lo que respecta a la diócesis de Ratisbona, no vemos razón alguna plausible para un cambio en el nombre de la Congregación Mariana, y que, en consecuencia, vamos a seguir manteniendo en nuestro obispado el nombre de "Congregación Mariana". 9

"Sí, lo mañano ha venido a ser piedra de escándalo. Pero ¿acaso es de extrañar? ¿No se dijo en el paraíso que la mujer (juntamente con su hijo) habría de aplastar la cabeza de la serpiente, y que ésta, empero, pondría asechanzas a su calcañar?" Y monseñor Graber continuó: "La revista suiza "Das neue Volk" ( = El Nuevo Pueblo) reseñaba el pasado 13 de marzo lo siguiente: "Si, por ejemplo, un joven coadjutor toma desde el pulpito un rosario en sus manos, y mostrándolo a sus feligreses, lo deja caer, y exclama: ¡esto es lo que hay que hacer con el rosario! O si otro sacerdote recoge los rosarios de sus fieles, mientras va diciendo: ¡fuera de aquí con ellos! Si, finalmente, un joven vicario le dice al jefe de una peregrinación a Lourdes: Vd. es buen chico..., pero ¡hay que acabar de una vez con este jaleo de las peregrinaciones!; si, pues, ocurre todo esto, aunque no sean más que casos aislados, ¿no es por ventura alarmante?" El obispo pasa luego a reseñar la otra cara de la medalla, desde la perspectiva que es dable observar en Checoslovaquia o Polonia. "Estas gentes —dice monseñor Graber— saben mucho mejor que nosotros, occidentales decadentes, qué es lo que ellos tienen en la Madre. Y no en vano el valeroso cardenal polaco Wyszynski abogó en nombre de los 70 obispos polacos para que el concilio reconociese solemnemente la maternidad cristiana de María sobre todo el género humano, y así fue como se realizó la consagración del mundo hecha por el papa y el concilio en pleno. Estas gentes del otro lado de la valla no entienden muy bien nuestras dudas y nuestras cautelas, no pasándoseles por el magín que la veneración a la Virgen
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habría de suponer, tal vez, una mengua para Cristo. Son conscientes de la unión de Madre e Hijo, invocando desde la más profunda indigencia a la Madre para que los socorra y abogue por ellos ante su Hijo. ¿Es que acaso no es válida esta postura para nosotros? Cuando nos hallamos ante un peligro, ante una necesidad, no nos paramos a pensar si, por ventura, es legítimo dirigirse a María, siendo como es Cristo el único mediador, sino que, sencillamente, nos ponemos a rezar la vieja oración: 'Oh María, socórreme, socorre a este pobre pecador que acude a ti, no permitas que ni en la vida ni en la muerte ande yo descaminado, mas manténme en gracia en la hora de mi muerte. Amén'. (Una oración que, a buen seguro, no habría de encontrar hoy indulgencia alguna entre nuestros liturgistas"). Con razón acentuaba el señor obispo el alto valor de la veneración mariana precisamente hoy: "Yo tengo —decía— la no infundada sospecha de que el resquebrajamiento de la obediencia hoy, así como el criticismo inmisericorde, tienen uno de sus fundamentos en el apartamiento y rechazo de la veneración a María. La revolución en el interior de la misma iglesia sólo puede ser atajada con el "sí" humilde y sencillo de la Virgen sacratísima... Y la crisis de fe que hoy padecemos tiene su origen en gran parte en el hecho de que nos hemos apartado de María, la Virgen fuerte en la fe... Ella es el primer creyente del Nuevo Testamento, siendo alabada por Isabel a causa de su fe: "Bendita tú porque has creído lo que te fue dicho por el Señor". ..."Y una última cosa: vivimos en una época en la que la impudicia hace gala de ostentación.
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...A buen seguro que habrá que ver en estas oleadas de lo sexual el resultado del retroceso en la veneración mariana. La Inmaculada es el más poderoso antídoto contra esta inmoralidad... Pues bien, en vez de profesarse rendidamente a María, a la vista de estas tendencias destructoras para la fe y la honestidad, lo que se hace es abandonar su nombre. Esto roza con la traición a la iglesia, al pueblo y al futuro. En verdad, son éstas "ora di tenebre et lampi" (horas de tinieblas y relámpagos), tal como nuestro Santo Padre ha descrito a nuestra época. Y, sin embargo, no nos abandona el valor". Hasta aquí el señor obispo Graber.
Su madre - nuestra Madre

Es un misterio insondable del divino amor: el Hijo unigénito del Padre celestial elige a una criatura humana, a la Virgen María de Nazaret, para que sea su Madre. Por la venida del Espíritu Santo se convierte ella en la Madre de Dios. Y no sólo eso: Jesús nos da también a su Madre como Madre nuestra. En la hora de la cruz, cuando, exangüe, lo había entregado todo, nos dejó a nosotros lo más valioso que él dejaba en la tierra: a su Madre. Con las palabras: "Mujer, ahí tienes a tu hijo", alude a Juan, representante bajo la cruz de la iglesia de Dios y de toda la humanidad. En aquella hora suprema, su Madre se convirtió también en tu madre, en mi madre y en madre de todos nosotros. El Concilio Vaticano II dice a manera de confirmación de esto mismo: Uno solo es nuestro mediador según las palabras del apóstol: "Porque
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uno es Dios, y uno también el mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para redención de todos" (1 Tim 2, 5-6). Sin embargo, la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder, pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la mediación de éste, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, cooperó de forma enteramente impar a la obra del salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora. Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada a la dignidad y eficacia de Cristo, único mediador (de la Constitución Dogmática sobre la iglesia). ¡Su Madre, madre de todos nosotros! ¡Qué consolador y al mismo tiempo qué responsabilidad por nuestra parte! Este librito mostrará en 13

más de 70 ejemplos que María ha sido una madre bondadosa y amante para todos cuantos a ella han acudido con filial confianza y en no importa qué peticiones respecto al cuerpo o al alma. Los ejemplos que siguen no son a modo de leyendas o sagas piadosas, sino que proceden de relatos verídicos de la vida y de nuestro tiempo. Están todos ellos documentados. Agradecemos a todos los editores y autores el benevolente permiso de impresión. De corazón deseo que estos relatos abran vuestras almas a una gran confianza, mis queridos hermanos, pues, como dice san Bernardo: "Dios derrama el óleo de su gracia sólo en la copa de la confianza". Después del amor, la confianza es lo supremo que una persona posee. Y María, la mejor de las madres, merece siempre el amor y la confianza de todos nosotros. ¡No olvides nunca! Si Si Si Si acudes a María - no desesperarás. en ella piensas - no andarás en el error ella te sostiene - nunca caerás. ella te protege - nada has de temer
(SAN BERNARDO)

I VIVENCIAS AL INVOCAR CONFIADAMENTE A LA MADRE DE DIOS

Yo estaba en el avión que se venía abajo

El día primero de año de 1953, el "St. Kerian" volaba desde Dublín a Birmingham con 25 pasajeros a bordo. Poco antes de llegar a BirrmngViam, uno de los motores del avión dejó de funcionar. Segundos después, ocurrió lo mismo con el segundo motor. Desde la cabina de mando se le ordenó a la azafata que avisase a los pasajeros para que se apretasen los cinturones de seguridad. Esta cumplió la orden con amable tranquilidad. Obviamente, los pasajeros se intranquilizaron exigiendo que se les informase de lo que estaba pasando allí. Con un par de palabras, la azafata les puso al corriente de lo serio de la situación. Luego, se arrodilló de repente en el pasillo, diciendo: "¡Señoras y caballeros: creo que ha llegado la hora de rezar!" Y, dicho esto, sacó un rosario, rezando una oración de arrepentimiento con voz fuerte y clara. Después se dirigió con acento tran15

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quilo y confiado a la Madre de Dios, pidiéndole la salvación. Y comenzó a rezar el rosario. Mientras tanto, el piloto andaba a la búsqueda de un lugar lo menos malo posible para el aterrizaje de la máquina, que iba perdiendo altura a ojos vista. Descubrió un campo roturado que le pareció apropiado para el aterrizaje de emergencia. Al ejecutar la arriesgada operación, desmochó la copa de un árbol y dos cercas de setos. El avión perdió ambos motores y una de sus alas. Al posarse con ímpetu sobre el suelo, se oyó un estruendo horrísono. El avión se había partido en dos. Los primeros que llegaron al lugar del accidente no daban crédito a sus ojos al ver surgir de las ruinas del aparato a la totalidad del pasaje sin el más mínimo rasguño. Únicamente el piloto y el oficial de navegación habían sufrido heridas sin importancia. Un experto inglés en asunto de aviones exclamó ante las ruinas del aparato caído: "¡Un milagro que en este accidente no haya perdido nadie la vida!" La iglesia no emplearía tan rápidamente la palabra "milagro". Gentes sin fe hablarían por ventura del azar. Los pasajeros, en cambio, eran conscientes de que la bondadosa madre María había visiblemente retribuido la extraordinaria confianza de la valiente azafata. "Ami du Clergé"
La huida ante el horror —la ayuda de María

He aquí un suceso conmovedor de finales de la segunda guerra mundial. Emil Gebauer escri16

be sobre ello en "Altóttinger Liebfrauenboten", número 8/1952: "¡Socórreme, María! ¡Santa Madre de Dios, sálvame para mi niña! Apretando contra su pecho a una tierna criatura de apenas tres meses, la joven madre proseguía su huida mientras, entrecortadamente, le afloraban estos y parecidos gritos de socorro. Una media docena de soldados y partisanos rusos y checoslovacos la iban siguiendo por entre los árboles del bosque. Más muerta que viva, avanzó penosamente por el matorral, cayendo agotada al suelo. Apretaba fuertemente a la criatura contra el pecho, para acallar sus lloros, mientras que ella misma se llevó la mano a la boca para atemperar sus gemidos... Ya estaban ahí los perseguidores; con toda claridad percibía ella sus palabras... Pero siguieron adelante. Daban por excluido que la fugitiva hubiese podido adentrarse en semejante maraña boscosa. La fugitiva suspiró. Tan cerca ya de la meta, y, sin embargo, tuvo aún que tropezarse con esta horda de salvajes. Y es que cual animales eran cuando se tropezaban con una mujer. ¡Ya ni siquiera una media hora hasta la frontera, y todo habría acabado! Ahora había que esperar hasta que se hiciese bien de noche. La pequeña lloriqueaba. El dolor y el agotamiento amenazaban con hacer perder el conocimiento a la madre, cuando se le pasaba por las mientes el terror de los últimos días. Los americanos se habían retirado de Bergreichenstein, ocupando su lugar los rusos y los partisanos checoslovacos. Y con éstos el infierno llegó a su Kaltenbach. También penetraron ellos en su propia casa, la casa del médico del pueblo. Eran 17

tres rusos y un checoslovaco. Uno de los rusos se abalanzó sobre ella. Su esposo intentó protegerla, pero cayó desplomado, abatido por dos disparos. Y allí quedó ella, inconsciente, tendida al lado de su marido. Al pasar de las horas, sintió los lloros de su niña. La tomó entre sus brazos y, transida de dolor, se arrodilló junto al esposo muerto. La casa había sido devastada; el caos más absoluto que allí reinaba era buena prueba de ello. Luego oyó pasos. Corrió a la ventana, y, otra vez, volvió a ver a los rusos acercándose a la puerta de su casa. En ese momento ya sólo tuvo presente a su niña. Irrumpió en el dormitorio y, saltando a través de la ventana que daba al jardín, abocó a una callejuela desde donde era posible la huida. En su caminar por las calles, la presencia de los cadáveres tendidos por todas partes daba alas a su prisa. ¡Lejos, lejos de este infierno, hacia la frontera de Baviera! Pero cuando se hizo de día, se halló que estaba ante Kaltenbach muerta de cansancio. ¡Había andado al buen tuntún durante toda la noche, y ahora se daba cuenta de que lo había hecho en vano! De la parte de la ciudad le llegaban de nuevo el ruido de los disparos, los gritos y el tumulto salvaje, el infierno todo desatado... Por eso, dobló hacia la derecha, internándose en el espeso bosque. Y durante dos días y dos noches anduvo vagando por la selva bohemia. De tanto en tanto, el encuentro con grupos de rusos y cheeos estuvo a punto de producirse, por lo que, a impulsos del terror y miedo que la embargaban, se retiraba más y más a la espesura del bosque. Y he aquí que, ahora precisamente cuando la fron18

tera estaba ya al alcance de la mano, otra vez aparecían éstos. Cuando salió de su semiinconsciencia, era de noche. Tambaleándose, intentaba salir de la espesura hacia la libertad. Apenas cien pasos más allá, el clareo de la frontera resplandecía a través de los árboles, iluminada por el brillo de la luna. La criatura lloriqueaba quedamente. Por la izquierda se oían voces confusas. El miedo otra vez intentaba paralizarla. Hizo un supremo esfuerzo. Tenía que llegar a donde hubiese alguien; su niña estaba muerta de hambre. Con sumo cuidado avanzó ella hacia el lindero del bosque. Observó hacia todas partes: ¡nada! Hizo, pues, acopio de sus últimas fuerzas y bajó por la plana pendiente los apenas cincuenta pasos que había hacia la frontera, hacia la casa de campo que allí había. " ¡Alto! " "¡Alto!" Este grito fue para ella como un rayo. Sonó un disparo. Siguió luego el repiqueteo de las ametralladoras. Las balas silbaban a su alrededor, y una docena de sombras corrieron hacia ella. ladeante —parecía como si el corazón fuera a salírsele de un momento a otro—, alcanzó en saltos locos la línea fronteriza. Uno de los perseguidores llegó tan cerca de ella, que hasta extendió su mano para agarrarla... "¡María, socórreme!", exclamó, "¡socórreme, socórreme!" Tras de sí resonó un grito de muerte. Su más próximo perseguidor cayó alcanzado por una de las balas a ella destinada... El fuego cesó, los perseguidores volvieron sobre sus pasos. Casi sin sentido, tambaleándose sobre la raya fronteriza, llegó ella a la casa de campo. Jadeante, agarrándose al picaporte, llamó a 19

la puerta. La campesina abrió. La fugitiva casi cayó sobre ella. Desde el cuarto de estar llegó el marido. "¿Qué pasa... qué quieres tú aquí?" El campesino la miraba con aire de pocos amigos. "¡Leche! ¡Unas gotas de leche para mi niña!" "¡Por favor, por favor!", suplicó. "¡No tenemos ninguna!", fue la respuesta. "¡Sólo unas gotas, por la Virgen Santa!", suplicó. "Sólo unas gotas para mi niña; está muriéndose de hambre. Llevo corriendo dos días ante asesinos y violadores, y no he probado absolutamente nada..., pero, por favor, unas gotas de leche para mi niña!" "¡Ya, ya! ¿De manera que corriendo dos días y dos noches? ¿Acaso has cometido algo gordo?" Y señalando desde la puerta: "¡Fuera! Uno os conoce". " ¡No, no!", balbuceó ella aterrorizada. " ¡Unas gotas de leche, sólo unas gotas para mi niña!", suplicaba la infeliz, los ojos tremendamente llorosos, y elevando sus desfallecidos brazos. " Fuera, mi casa no es un hogar para vosotros ". "¡Uno os conoce bien!" Y la empujó ligeramente en el hombro, fuera de la puerta. La fugitiva vaciló, cayendo inconsciente sobre el umbral. Con el pie, el dueño de la casa la empujó hasta ponerla totalmente fuera. La criatura se desprendió de sus brazos y lloriqueaba sin fuerzas ya. El campesino cerró la puerta de la casa y, mientras iban adentro, le dijo a su mujer: "¡Adonde iríamos a parar si los del otro lado viesen que nosotros metemos en casa a quien ha traspasado la frontera!" A unos 30 pasos de la granja fronteriza, la viuda de guerra Burgl Rott se hallaba postrada al mismo tiempo ante la imagen de la Madre de Dios sobre su cama, suplicándole fervorosamente
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que le socorriese en sus necesidades. Su marido, caído en Rusia hacía dos años, le había dejado un chiquillo, la pequeña casa, unas pocas tierras y una vaca, y una hipoteca registrada sobre la posesión para la que anualmente había que destinar 380 marcos como deducciones. Hasta ahora, este importe lo aportaba la vaca cada año a través de la venta de la mantequilla y el precio que se pagaba por el ternero también vendido. El sustento tanto para ella misma como para su hijo lo sacaba de la cosecha de las tierras, trabajadas con ayuda de la vaca, así como por la venta de los huevos de sus veinte gallinas. Una cabra le daba adicionalmente leche para el consumo casero. Pero ahora resultaba que la vaca hacía cuatro semanas que había parido y desde entonces estaba enferma. Los dos últimos días no había ya ni siquiera probado alimento alguno. De ahí que la señora Burgl suplicase ahora de rodillas ante la imagen de Nuestra Señora que viniese en su ayuda. Si no ocurría un milagro, mañana su vaca estaría ya muerta. Y no podría pagar las rentas anuales. Se le confiscaría el campo, o la pequeña casa o ambas cosas a la vez, y, lo más probable, habría de ponerse a mendigar con su pequeño. Desesperada, hundió su cabeza en la almohada de la cama. Estaba tan cansada por las preocupaciones, el desamparo en que se hallaba y las lágrimas, que se adormeció sobre la cama. Pues bien, le ocurrió como que veía en un sueño claro a la Madre de Dios inclinarse desde el marco del cuadro, y sonreírle amorosamente mientras acariciaba sus cabellos... "No te preocupes, todo irá bien", decía la 21

reina de los cielos. "Vete a la granja junto a la frontera; allí verás el supremo desamparo; obra en mi nombre"... Se levantó despavorida... ¿Acaso no se habían oído disparos y un griterío lejano? Miró la imagen de Nuestra Señora en la pared y pensó en el sueño. La carretera estaba vacía, el ruido y los disparos habían desaparecido. Su hijo estaba dormido. Salió de la casa. Delante de la granja fronteriza percibió el lloriqueo de un niño. Allí estaba la infeliz fugitiva con su criatura. Rápida, tomó la pequeña envoltura en sus brazos, puso en pie a la semiinconsciente, y las llevó a su casa. Una vez allí, dio el biberón a la criatura y puso ante la mujer un tazón de leche de cabra y pan negro. Admirada estaba la buena señora al ver con qué fruición devoraban madre e hija los alimentos de los que tan largamente habían carecido. Luego puso madre e hija en su propia cama y del viejo sofá se hizo ella misma su dormitorio. Llena de temor, se fue luego a ver en el establo cómo seguía su vaca enferma. Y ocurrió que la vaca estaba levantada delante del pesebre, comiendo con ansias el heno allí puesto. Llena de alegría, la buena mujer levantó sollozando sus manos: "¡Santa María Virgen, gracias!" Poco antes del mediodía se oyó en la frontera una algarabía de voces extranjeras. Sonaron los disparos. "¡¿Los rusos?!" La señora Burgl miraba interrogativamente a su protegida. Esta inclinó la cabeza, pálido su rostro como de muerte. En su miedo mortal, sólo podían rezar. Pronto oyeron pasos pesados; una docena de rusos se acercaba por la carretera a la pequeña casa de campo. La forastera señaló a la imagen de María colgada
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sobre la cama. Las dos mujeres, temblando de miedo, se pusieron de rodillas sobre la cama: "Si María no nos socorre, nada...". Los rusos habían llegado a la casa; el jefe del grupo estaba como perplejo y miraba como arrobado hacia la puerta de la casa. Como protegiéndose, levantó sus manos. La mujer lanzó un grito: " ¡Ese, ése asesinó a mi marido!" Privadas de toda posible esperanza, temblando, miraban ambas mujeres al corral a través de las cortinas. Y he ahí que el jefe extendió los brazos hacia atrás, de modo que los que le seguían se pararon. Como hipnotizados miraban hacia la puerta de la casa. Primero parecían asombrados, luego, perplejos; al final, tenían auténtico miedo. Y poco a poco se fueron retirando, al principio despaciadamente, pero cada vez más rápidos, los ojos simpre fijos en la puerta de la casa. De repente, se dieron la vuelta y empezaron a correr, como si un enemigo poderoso los hubiese sorprendido, gritando por sobre la frontera: " ¡Pañi Maruchka!" - "¡Señora María!" Sólo el jefe permaneció allí. Parecía como vencido por una visión que le prohibiese la entrada. Luego, cayó de rodillas, se inclinó profundamente hasta llegar con su rostro al suelo, estando así varios minutos mientras balbucía algunas palabras eslavas. Luego, abrió su mochila, sacó de allí una cajita y la puso en el suelo delante de sí. Se levantó, elevó sus manos, se inclinó una vez más profundamente, caminando despacio con la cabeza inclinada, alejándose de la casa, para reunirse con sus camaradas... Las dos mujeres se abrazaron desconcertadas. Qué era lo que ahí fuera había sucedido, ellas no
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lo sabían; sabían, sí, que era la Madre de Dios la que las había salvado. En profundo agradecimiento, rezaron un "Avemaria" a la Señora de los cielos. Luego, entraron al corral. En el cofrecillo reconoció la mujer del médico sus cosas robadas por los rusos, sus joyas y sus ahorros. Pero para su horror, vieron cómo ardía en llamas la casa sobre la frontera de la granja vecina; los chotos y los cerdos, empero, eran empujados más allá de la frontera, hacia el este.
EMIL GEBAUER

Quien se entrega a María, no se arrepentirá

(de la vida de un sacerdote) San Luis María Grignion de Montfort recomienda en su "Libro áureo" la entrega total a Jesús por María. Entrega total significa que no sólo se pone uno bajo la protección de María, sino que uno se entrega a sí mismo totalmente a María, con todas sus obras, sus riquezas, sus merecimientos, incluso los merecimientos futuros, dejándole, por así decir, la plena facultad para disponer a su antojo, en la confianza de que todo lo ha de disponer de la mejor manera posible, y de que, ennoblecido por su amor, pueda ser presentado ante Dios. Después de una preparación de 33 días, consistente en oraciones y ejercicios religiosos, se debe realizar esta donación total, a ser posible en una fiesta de María. Cuando el período de mi preparación hubo
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terminado, busqué yo la fiesta mañana más próxima. Precisamente era la festividad de los Siete Dolores de María, en la cuaresma. Así, pues, en ese preciso día realicé yo finalmente mi entera donación. Fue año y medio después. Las vacaciones de verano ya habían terminado. En las aulas del colegio acababa yo de fijar cuáles iban a ser las clases a impartir y había dicho a los niños: "La próxima semana, pues, vamos a empezar otra vez", cuando, una vez en casa, me encontré con que había para mí una carta del Ordinario. Una carta del Ordinario dirigida al coadjutor significa siempre algo especial. De ahí que la abriese apresuradamente y con el pulso un tanto alterado mientras sostenía aquel sobre marrón. "¡A partir del 15 de septiembre, trasladado!" Momentáneamente, fue como si hubiese aterrizado de las nubes. Yo me había sentido bien en la parroquia y no podía calcular en ese momento con un traslado. Entonces se me vino a las mientes de repente algo en que yo nunca había pensado: "Si el 15 de septiembre es en verdad un día mariano, a buen seguro que entonces ha tomado cartas en el asunto la Virgen María". Y en verdad, el 15 de septiembre es un día mariano e incluso la festividad de los Siete Dolores, la fiesta de mi donación total. Una vez que hube constatado esto, me quedé ya muy tranquilo, pues era consciente de que este traslado seguramente era para bien, y hasta podía considerarlo como una cortesía de María. Y así es como ha sido, ciertamente, pues en esta nueva parroquia encontré un amor tan agradecido por parte de la comunidad y una colaboración tan armónica y magnánima con mis superiores, como yo 25

apenas pude nunca imaginármelas. Estoy firmemente convencido de que María eligió para mí el lugar más favorable de toda la diócesis en lo que a coadjutorías se refiere. Algunos años después.—De nuevo era la festividad de los Siete Dolores de María, el Viernes de pasión, y constaté: "Hace hoy justamente cinco años que realicé mi consagración". Y me atreví a pensar: "Madre de Dios, si fue de tu agrado el que yo me consagrase a ti, házmelo saber hoy, Madre mía, deparándome una alegría especial". Ahora bien, el día transcurrió sin particulares acontecimientos. Al atardecer, empero, recibí una visita. Y cuando se iba a despedir, me puso un sobre en la mano, mientras me decía: "Aquí tengo algo para Vd., pero, por favor, ábralo sólo después de que yo me vaya". Muy extrañado, le di las gracias. Una vez que estuve solo, lo abrí finalmente y, para mi gran asombro, me encontré en ese sobre 360 marcos de libre disposición para mis necesidades. Nunca jamás recibí yo durante mi época de coadjutor tanto dinero y en forma tan inesperada como en este quinto año de mi donación total a María. He ahí una valiosa limosna para mi apostolado. Cinco años después de mi traslado anteriormente descrito.— Otra vez nos hallamos ante un nuevo traslado. El Ordinario me ofrecía erigir una vicaría en un suburbio de Munich. Debería empezar a trabajar en la parroquia madre después de las vacaciones de verano, al comienzo de las clases; esto significaba, pues, comenzar el 1 de septiembre, tal como se desprendía de la información oficial, recibida por mí en el transcurso de las vacaciones. "Esta vez no hay de por medio 26

ninguna fiesta mariana", pensé yo en mi intimidad y casi con una cierta tristeza. Pero las cosas transcurrieron de otro modo: mi párroco muniqués opinaba que yo había de despedirme holgadamente de todos los feligreses, es decir, cuando éstos hubiesen vuelto todos de sus vacaciones, de ahí que mi prédica de despedida había de tener lugar el 8 de septiembre... Así ocurrió, pues, que hube de ser presentado a la nueva comunidad el domingo siguiente, esto es, el 15 de septiembre, y que, por tanto, una vez más la festividad de los Siete Dolores de María estuvo presente al comienzo de mi nueva actividad pastoral. Y después de todo lo que hasta este momento he experimentado aquí, y la manera cómo se ha ido desarrollando, estoy convencido de que también esta mi nueva ocupación pastoral ha sido cuidadosamente elegida por María para mí.
K. M. HARRER

"Quien verdaderamente se consagra a la Madre de Dios, esté donde esté, y ya por el mero hecho de esa consagración, se adentra en el corazón de los hombres, incluso de los más miserables, y salva innumerables almas."
MAXIMILIAN KOLBE

«¡Madre gracias!» El autor del librito cuenta: si como joven comencé yo mis estudios con la mayor despreocupación, los últimos años, sin embargo, me resultaron una carga más bien pesada. El motivo fue un per27

sistente y tenaz dolor de cabeza, que no desapa^ recia nunca. Por consejo del médico, finalmente, hice una cura de aguas en Bad Worishofen. Fue en mayo de 1926. Estuve un año antes de mi ordenación sacerdotal y poco antes del diaconado. Para comienzos de los ejercicios de la ordenación sacerdotal pensaba estar de vuelta de Worishofen. Pero las circunstancias retrasaron un poco mi vuelta. "Señor Rector, discúlpeme Vd. si llego algo tarde: estoy haciendo la hidroterapia Kneipp, pero hasta el momento no ha dado muchos resultados". El Rector R. me miró serio, aunque compasivo: "¡Si Vd. no está sano, no puede ser ordenado de sacerdote!" Estas palabras me helaron el corazón. ¡Tan cerca de la meta, tan ilusionadamente pretendida, y ahora parecía esfumarse a ojos vista! Luego, a esa misma hora, fui a arrodillarme delante de la venerable imagen de la Madre de Dios de la aureola, en nuestra iglesia del seminario de "Sankt Jakob", en Ratisbona. " ¡María —dije—, Madre celestial mía! Tú lo puedes todo junto a tu divino Hijo. Tú eres la omnipotencia suplicante; la Madre de todos los sacerdotes; si he de ser sacerdote de tu divino Hijo, lo seré únicamente merced a tu ayuda maternal". Esta fue mi oración, no sólo en aquella hora, sino día a día y semana a semana. Y la Madre me ayudó: pude terminar mis estudios; se me permitió alcanzar la elevada meta. Hoy (después de más de 40 años) le agradezco siempre a la Madre de todo corazón aquella gracia. Por eso que este librito ha de ser un libro de agradecimiento. Después de 6 años de activa labor en Marktredwitz, ciudad en la diáspora, de
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pronto perdí completamente mi voz, ocurriendo este hecho singular en la iglesia parroquial de la ciudad y con ocasión del sermón final del mes de mayo. Recuerdo bien cómo por la noche subí al pulpito y desde el primer momento ya no pude pronunciar ni una sola palabra audible, sino que sólo conseguía modular algo a manera de susurro. E incluso esto lo hacía dificultosamente. Los oyentes miraban estremecidos; con las manos en las orejas intentaban cazar al vuelo los pocos sonidos que les llegaban. Todo allí eran ojos y oídos, pero tanto para ellos como para mí, todo aquello era un tormento. Sólo fui capaz de expresar en un esfuerzo sobrehumano el "amén", después de haber susurrado a lo largo de todo el sermón. El diagnóstico médico al día siguiente fue: "inflamación de las cuerdas vocales y agotamiento total". "Peligro de afonía continua en el futuro. Inmediata interrupción de cualquier tarea que implicase hablar, al menos a lo largo de algunas semanas. Ni sermones, ni clases de religión, ni trabajo en los círculos". Como consecuencia, hube de tomarme un descanso. Pero la mejoría fue escasa. A causa del duro clima del "Fichtelgebirge" fui trasladado aún en agosto de 1933 hacia el sur más cálido. El señor obispo Buchberger me pidió que tomase sobre mí las tareas de un presidente diocesano para la juventud masculina en nuestra diócesis de Ratisbona. Mi residencia había de ser, al principio, un puesto de coadjutor en las cercanías de Ratisbona, y, luego, el hogar juvenil de recreo "Werdenfels". "Madre María —le recé entonces también—, con tu ayuda he llegado a ser sacerdote, con tu 29

bendición cumpliré también estas obligaciones". Pero entonces, por los años 30, eran estas obligaciones bien difíciles. Hitler estaba en el poder. La juventud hitleriana era la única juventud reconocida en el Estado. "Las Ligas de la juventud católica son un veneno para la juventud alemana" —se gritaba desde carteles de propaganda en nuestra ciudad episcopal. Prensa y radio atizaban contra nosotros. Todo nuestro trabajo con la juventud se fue haciendo cada vez más limitado, obstaculizado y, a la postre, prohibido. Nuestra labor hubo de limitarse única y exclusivamente al terreno religioso. Pero esto resultó mucho más fructuoso. Ya en los primeros meses del año 1934, maduró a impulsos de la gracia el plan de reconvertir la casa Werdenfels, esto es: la casa de la juventud en Waldesrand, en una casa de ejercicios de la diócesis. "Es una locura —decían algunos^, pues los nazis os confiscarán en seguida la casa". "Es una presunción —decían los de más allá—, pues no serán muchos los que se atrevan ahora a hacer ejercicios, dado el creciente terror imperante". Hubo que vencer muchas oposiciones. Pero la Madre de Dios estuvo siempre presente. Nosotros fuimos testigos de las bendiciones de la Madre. Únicamente teníamos un sencillo cuarto habilitado como capilla, y allí celebramos los primeros y humildes ejercicios juveniles. En la mitad del año 1934, ya ampliamos la casa y construimos la capilla de Cristo Rey (en el actual edificio viejo). En 1935 dimos cuerpo a la capilla mariana en Waldrand, con la célebre madonna de Werdenfels (obra del maestro Bornschlegl). En 1937-38 nos atrevimos incluso con una obra de mayor enver30

gadura: San Miguel. Y todo esto en un tiempo en que los nazis tenían bien agarrada la sartén por el mango. Desde 1934, celebramos sin cesar cursos de ejercicios y días de recogimiento. Apenas si podíamos dar abasto para albergar a los interesados en estas prácticas. En siete años bien llenos, hasta septiembre de 1940, tuvimos cada año entre 6.000 y 7.000 participantes. El mayor número correspondía a participantes en los ejercicios y a cursos de adoctrinamiento. Eran, sobre todo, jóvenes que paseaban por allí antes del servicio de trabajo (masculino y femenino) y antes de cumplir su servicio militar. No hace mucho me dijo una de las participantes en los cursos de adoctrinamiento de entonces que una vez le había pedido una de las hermanas que atendían la casa: "Por favor, ayúdenos en seguida a cambiar las sábanas de las camas: ya están ahí los nuevos participantes del curso". Y una vez, la Superiora General de una gran orden de religiosas me dijo a mí: "No dejáis ni siquiera que se enfríen las camas...". Y, en verdad, así era. Por la mañana se despedía un curso, y ya por la noche daba comienzo el nuevo. Y así días y días, incansablemente, laborables y festivos. Siempre. Pues éramos conscientes de que había que utilizar la gracia, ya que no sabíamos en ningún momento si mañana tal vez la casa ya estaría confiscada para otros cualesquiera menesteres. Además, todo el mundo participaba de la idea de que la guerra era cuestión de tiempo, y que estallaría en cualquier momento. ¡Cómo nos ha protegido la amorosa Madre de Dios en todos estos años, pese a estar continuamente espiados y controlados! Los de Werdenfels estábamos siempre 31

con un pie dentro del campo de concentración. Pero María, la Madre de nuestra Casa, extendió su manto protector sobre el santuario de su Hijo y de nuestros ejercicios. Cuando, después de la campaña de Polonia, en septiembre de 1940, fue confiscada la casa de ejercicios por las SS, sirvió primeramente para alemanes de la Besarabia (Rusia) como estación de paso (pues luego éstos habían de ser devueltos y asentados en alguna otra parte). Luego se utilizó para colonos alemanes enfermos del este, y, por último, como hospital infantil de la ciudad de Ratisbona. Este fue evacuado hacia aquí en los últimos años de la guerra. Al final de ella, particularmente, sentimos nosotros la mano protectora de María sobre esta nuestra casa. Bien que apenas unos 100 metros de distancia más allá había amontonado un monte de munición artillera por parte alemana (a pesar de la Cruz Roja sobre nuestro tejado), y, aunque las baterías americanas, 400 metros más allá, habían tomado posición y barrían la ciudad de Ratisbona, ni un solo ladrillo, sin embargo, cayó de nuestro edificio, ni se rompió un solo cristal. A la entrada de los americanos, nuestras dos casas albergaban no menos de 450 personas: nuestros 120 lactantes con el personal a su cuidado, los niños huérfanos de la Institución Leonhardi, de Ratisbona, y muchas otras gentes de los alrededores, que aquí buscaron su refugio. Todos ellos encontraron aquí su asilo, todos tuvieron algo que comer. La Madre de Gracia de Werdenfels se preocupó verdaderamente de todos nosotros en aquellos días aciagos. Y una vez más le rindo yo aquí las más cordiales gracias por ello.
A. M. W E I G L

Dice el profesor Dr. F. Gypkens: "No ocurre como si primeramente hubiese que invocar a María para que se acordase de nosotros, y como si antes de eso no lo estuviese haciendo ya, María está siempre inclinada a acorrer a este mundo redimido por su Hijo. María está siempre suplicando por este mundo. Por medio de nuestra oración, más bien, lo que ocurre es que algo cambia dentro de nosotros. Es como abrir una puerta para que pueda entrar la gracia. Es como si instalásemos una antena para recibir, para que sean conectadas las fuerzas y poderes del cielo".

40 años sujeta a una cama

(María, la gran consoladora) Teresa Mauser, de Nittenau (diócesis de Ratisbona), enfermó, con 46 años, de columna vertebral y tuvo que aguantar este anónimo sufrimiento a lo largo de 40 años bien cumplidos. Incesantemente suplicó ella a nuestro salvador, por intermedio de la Santísima Virgen María, que le diese fuerzas para soportar valerosamente la prueba. Llena de una profunda fe, escribe: " ¡Allí donde está María, ahí está Jesús!" (17.8.1915). Es una prueba de que ha entendido a maravilla el núcleo de la veneración mañana: María y Cristo están siempre juntos. El amor y la confianza respecto a María llevan siempre a su divino Hijo. El verdadero amor mariano es siempre auténtico amor a Jesús. Desde este y con este amor quería la enferma pronunciar el "fíat", así como aprender a realizarlo en su propia vida. Y, sencillamente,
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lo ha cumplido. Su historia dolorosa Misterio de un amor es la conmovedora confirmación de lo que decimos. " ¡Oh, qué alivio supone el pronunciar: 'María Inmaculada, protege a tu hija'. Bajo su amparo y protección caminamos seguros a Jesús!" (20-6-1906). En el artículo 67 de la Constitución sobre la Iglesia exhorta el concilio "que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico, que estimen en mucho la práctica y los ejercicios de piedad hacia ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos, y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos". Teresa tenía un amor particularísimo a todas las imágenes de María. Sobre su cama pendía un gran cuadro de la Madre Dolorosa, y en su mano mantenía gustosamente una imagen de la Madre de los dolores, pegada a un pequeño espejo metálico de señoras. Era una grabación en cobre. En el reverso había una imagen del Ecce-homo. A menudo su mirada quedaba prendida de esta imagen. Teresa Mauser se sabía delicadamente oculta con todos sus dolores en la mano maternal de María. Con cuánto agradecimiento escribió ella en octubre de 1914: "María, Madre, cuando pienso en ti, la alegría inunda suavemente mi alma. Virgen celestial, ¡cómo será al fin, cuando mis ojos te contemplen desde la felicidad!" - "¡María, Madre de nuestra 34

vida! ¡Quien confía en ti no edifica su casa en vano!" "La mejor de las madres nos da aquello que necesitamos" (6-9-1906). Y la siguiente confesión procede de una conversación con ella: "La Madre de gracia está siempre dispuesta a socorrernos. Por eso rezamos siempre nosotros: ¡Socórrenos, Virgen María, socórrenos! Somos pobres de solemnidad y a menudo ¡somos tan pusilánimes! ¡Concédenos tu amor, Señora! ¡Oh, Madre! ¡Haz que suframos gustosamente todo aquello que el divino salvador haya dispuesto en bien de nuestra salud!" Verdaderamente, es una idea plenamente conciliar la que expresa, cuando dice: "Por la intercesión de María creceremos diariamente en el bien y produciremos los frutos más óptimos". Todos los visitantes de su pequeña habitación de enferma pudieron ver siempre el rosario enrollado en la mano de Teresa. Siempre lo tenía ella consigo, rezándolo gustosamente. Frecuentemente animaba Teresa a sus visitantes, incluso a los niños, al rezo del santo rosario. ¡Cómo podía ser de otra manera! Nada supo aún del mensaje de Fátima, ya que murió el 7 de junio de 1917, en el verano de aquel año de las memorables apariciones de la Madre de Dios; pese a ello, adivinó ella el caudal de bendiciones provenientes de la devota oración del santo rosario. (Del Geheimnis einer Liebe, de A. W E I G L ) San Luis María Grignion escribe: "Los siervos más fieles de María reciben de ella, cual hijos predilectos, los supremos testimonios del favor del cielo, es decir, las cruces". 35

María, el instrumento más humilde en las manos de Dios

Nunca se pronunció en el universo mundo un "sí" más sumiso que el pronunciado por boca de la Purísima. Y nunca tampoco hubo un "sí" más preñado de consecuencias que el "sí" modulado en el "fiat" de la Madre de Dios. Y es que este sumiso y obediente "sí" operaría la redención graciosa de los humanos de la esclavitud de Satanás y de la culpa del pecado. Este inestimable "sí" de María hubo de significar la donación total a Dios, la entera renuncia a la propia voluntad. Al manifestar el Señor su voluntad, María la acepta y asume en plenitud. Cuando el Señor pone sobre ella cruces y más cruces, no por eso dejará de seguir siendo ella un humilde instrumento en sus manos. Las oscuras y enmarañadas sendas, los tortuosos caminos por los que el Señor tuvo a bien conducirla a lo largo de su vida terrenal fueron para la Santísima Virgen un misterio inescrutable de la divina sabiduría. El anciano Simeón le había predicho que su tierno corazón de madre "sería traspasado por una espada de dolor". Otros corazones hubiesen gemido profundamente al oír una predicción tan triste. Sin embargo, el corazón de madre de María permaneció en silencio y sumiso. La voluntad de Dios era para ella algo sagrado e intocable; frente a ella, su propia voluntad no contaba en absoluto. Está escrito: "Su Madre conservaba todas estas cosas en su corazón". Fue una prueba durísima la que hubo de aguantar su sumisión a Dios, cuando en la sagrada pasión, en medio de la turba mirona y desamorada, vio cómo su amado Jesús era insultado 36

y befado cual si de un facineroso se tratase, tambaleándose bajo el pesado madero de la cruz. Pero incluso en aquella hora aciaga su materno corazón oró también: "¡Hágase, Señor, tu voluntad! " Madre, te damos gracias por tu disponibilidad para el sacrificio, por tu fortaleza de ánimo, por tu entrega. Oh Madre, haz que también se nos conceda la gracia de la santa disponibilidad para el sacrificio y la sumisión frente al dolor, ya que el mundo sólo será salvo por el amor y por el dolor. Amén. A. M. W.
La confesión de un médico

(La conmovedora historia de una familia) En casa de unos buenos amigos conocí una vez a un médico. Hemos conversado frecuentemente luego de unas y otras cosas, y muy pronto sentí una cierta estima y simpatía por él. Era un hombre que no había estudiado sólo sus libros. Era, también, un especialista en el gran libro de la vida. Un auténtico y verdadero filántropo. Hablaba con tal claridad y tanto amor sobre temas sociales, económicos y morales, que no sabía negarle mi admiración y así se lo expresé con toda franqueza. Una vez, recuerdo que hablábamos sobre temas del matrimonio y sobre la problemática del hijo único o de la pareja. Esta conversación con él me ha resultado inolvidable. "No se extrañe Vd. —decía el médico— de que yo como médico piense de una manera tan
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católica sobre todas estas cosas. Le debo una aclaración. Soy católico y procedo de una familia de 10 hijos. Desde esta perspectiva, comprenderá usted que yo he de pensar de manera distinta respecto a la problemática del hijo único, o de la pareja, a como hoy se acostumbra alegremente hacer". Ante semejantes palabras, sentí una viva emoción y mi asombro se hizo aún mayor. "Mire Vd. —prosiguió el médico—, hoy el matrimonio católico procede, más de lo que cabría pensar, según la moda al uso. Es un rasgo típico de nuestra época: gozar, disfrutar de la vida. ¡Pero en absoluto cumplir con las obligaciones impuestas por Dios y por la misma naturaleza! Y de ahí la destrucción a la que se encamina la moderna humanidad". La conversación se iba haciendo cada vez más cálida, y el médico se expresaba sobre esta cuestión de una manera cada vez más abierta y despreocupada; y, al fin, se puso a hablar de sus padres. ¡Con qué sagrado respeto! Yo me sentía interiormente conmovido. El, por su parte, parecía como si ignorase mi presencia allí. Lo que dijo fue como un cántico de alabanza a las obligaciones paternas fielmente cumplidas, así como expresión agradecida del amor de hijo. "Yo procedo de su terruño. De una aldea. Mis padres eran pequeños agricultores. Nada ricos en bienes terrenos, pero desde el punto de vista de los bienes del espíritu, mucho más ricos que la mayoría de los hombres. El Señor les había concedido en alta medida la gracia de conocer bien sus deberes y obligaciones de esposos y padres. Y poseían ellos la fuerza santa para cumplir en plenitud con estas obligaciones. Soy el cuarto de los
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hermanos. He sido testigo de cómo mi padre trabajaba día a día, año a año. Cuando todos dormían aún en el pueblo, mi padre ya se marchaba al trabajo. Y cuando las demás gentes se maravillaban de su pasión gozosa por el trabajo, solía decir sencillamente: tengo que afanarme más. Tengo más hijos que vosotros. Yo era un niño delicado y nervioso, de modo que generalmente tardaba en dormirme por las noches. Así fui testigo de algunas cosas que mis otros hermanos no presenciaron nunca. Mi madre era la última que se iba a dormir. Y siendo yo jovenzuelo, me admiraba siempre de que se pasase tanto tiempo arrodillada, rezando junto a nuestras camas de niños. Una vez que le pregunté: "Madre, ¿por qué rezas tanto tiempo ahí arrodillada?", me contestó sonriendo: "Hijo mío, tengo que rezar mucho. Vosotros habéis de ser un día buenas personas. Y yo tengo que suplicárselo al Señor". Gustosamente también se dirigía mi madre a la Virgen María, Madre de toda bendición. De su intercesión esperaba ella mucho. Mi madre amaba a María. No puedo recordarme de un solo día en el que nosotros no rezásemos todos juntos con mi madre la oración de mañana, y, por la noche, la oración de noche conjuntamente con mi padre y mi madre. Y antes de irnos a acostar, nos arrodillábamos ante nuestros padres y recibíamos su bendición. ¡Qué buenos padres! Eran, sí, una gente sencilla, sin formación. Pero por lo que respecta a la formación de sus afectos y a la bondad de su corazón, bien podrían dar lecciones a muchas gentes de hoy en día... Nosotros éramos unos chicos bien dotados. Y
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el maestro no hacía otra cosa más que alabar nuestras aptitudes y nuestra capacidad. Un día estaba yo de nuevo intentando dormirme, privado del sueño. Y despierto como estaba, oí a mi padre en la habitación de al lado, que decía: "Los chicos van bien en la escuela. Los dos mayores hará ya pronto tres años que van al Instituto. El párroco y el maestro insisten: tenemos que enviar también al Instituto a Andrés" (era el tercero de nosotros). Mi madre suspiró. "No te preocupes, madre —decía mi padre—, el Señor nos ha ayudado siempre hasta ahora. Y hasta ahora tampoco hemos pasado hambre. Todo se andará, ya verás. Y hasta es posible que mejor de lo que nosotros somos capaces de imaginárnoslo con nuestro poco entendimiento. Mira, esta vez también voy a hacer yo un pequeño sacrificio: mañana encierro mi pipa en el armario, voy a acostumbrarme de una vez por todas". Y lo que mi padre decía una vez, eso estaba hecho. Ya entonces, con 10 años, lo sabía yo muy bien. Oí cómo mi madre sollozaba. Hoy mismo no sé cómo sucedió, pero sí sé que salí corriendo hacia mi padre, me abracé a él, apretando sus manos callosas, y balbucí: " ¡Padre, querido padre!". Mi madre, luego, me devolvió a mi cama temblando como estaba, y se quedó conmigo hasta que me dormí. Muchos años después, comprendí los suspiros de mi madre. Mi padre, un hombre amante de su trabajo y siempre de buen humor, nunca jamás se paró a ver los obstáculos que podían presentarse, y pasaba sobre las preocupaciones y sobresaltos con un optimismo a toda prueba. Nuestra madre se preocupaba mucho más, llevando sobre sí el peso principal de la familia. Ella administraba la
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casa. Así lo había querido nuestro padre. Qué extraño, pues, que ella, la pequeña y fina mujer, mirase a veces con un cierto desaliento y pusilanimidad el futuro. ¡Qué hubiese sido, si ella no hubiese poseído una confianza ilimitada en Dios y un gran amor a la Madre de las madres...! Siempre miraba mi madre a esa bendita Madre, suplicándole su ayuda maternal. Y María la socorrió. Desde esa noche, ayudaba yo a mi padre cuando me era posible, no apartándome de su lado. También los otros hermanos colaboraban en lo que podían. De ese modo, hacían las veces de una criada para nuestra madre y de un jornalero para nuestro padre. ¡Pero qué significaba nuestra ayuda comparada con la pesada carga que nuestros padres habían de llevar! Nunca he acabado de entender que nuestros padres, unos sencillos campesinos, se las arreglasen para que todos nosotros estudiásemos. Ciertamente, no hubiera sido posible sin la ayuda del cielo. En el pueblo, nuestros padres eran tenidos por unos santos. Todo el mundo los miraba con sumo respeto. Eran como los consejeros de todo el pueblo. Lo que mi padre decía, era ley en la comunidad campesina. Mis tres hermanos mayores se hicieron religiosos. El mayor murió hace cuatro años como obispo en China. Los otros tres varones, entre los que me encuentro, llegaron a ser médicos. Las tres hermanas también se hicieron religiosas, mientras que el benjamín de la familia se hizo organista. ¿No era todo esto, en verdad, un regalo del cielo para nuestros padres? Y un hermoso regalo del cielo fue también para mis padres su avanzada edad, su salud y frescor, y la felicidad de todos sus hijos. 41

Y al final de sus vidas vivieron aún una alegría tan grande y maravillosa, que me faltan las palabras para darle una expresión adecuada... Fue hace seis años, un día de primavera en que celebraron ellos sus bodas de oro matrimoniales. En tal ocasión, todos los hermanos nos congregamos en torno a nuestros padres: el obispo franciscano vino de China, los dos jesuítas y una hermana superiora, de Norteamérica, las otras dos hermanas religiosas, los tres médicos y el organista... ¡Qué encuentro! ¡Qué alegría! Pero ¡para qué malgastar mis palabras! Y es que con palabras no cabe describir este encuentro... Todo el pueblo participó con nosotros en la celebración. Cuando nuestros ancianos padres caminaron entre sus hijos y nietos a la vieja iglesia del pueblo en el día jubilar, allí estaba todo el pueblo con las calles adornadas y en vestidos de fiesta —¡todo el pueblo!—. Hasta el cielo parecía participar en nuestra alegría. El sol brillaba esplendente, en un cielo suavemente azulado... Un viento suave esparcía la blanca nieve de los pétalos de las flores de los frutales por las calles del pueblo, convirtiéndolas en una alfombra de flores. Ruido de cohetería, campanas jubilosas en las alturas. Rendían pleitesía todos ellos al deber fielmente cumplido de los dos jubilares... a la obra de sus vidas realizada en la gracia de Dios. Embargados por tanta felicidad y tanta dicha, mis padres llegaron juntamente con nosotros a la iglesia. Nuestro hermano mayor celebró la santa misa, asistido por los otros dos sacerdotes de la familia, que le servían de ministrantes. El hermano músico, un artista agraciado por el cielo con este
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don, tocaba el órgano sabiamente, y en medio de todos nosotros, sus hijos e hijas, caminaban nuestros padres hacia el altar del Señor, encorvados por los años, enjutos ya, pero nobles, venerables figuras ennoblecidas por el trabajo y las preocupaciones. Todo el mundo lloraba en la casa del Señor. La comunidad parroquial estaba profundamente conmovida. Cuando, después, estuvimos en casa sentados con nuestros padres, exactamente en los mismos lugares en los que teníamos en la infancia, nuestra madre, secándose las lágrimas de aquel rostro arrugado, dijo amorosa y sencillamente: " ¡Oh Señor, es demasiada felicidad, es demasiada felicidad, y no nos la merecemos!" "¡Deja —replicó mi padre—, el Señor se ha portado siempre bien con nosotros. Ahora hemos cumplido nuestra tarea en esta vida!" "Aún no —exclamó nuestro hermano mayor—. Primeramente, bendecidnos una vez más, tal como antaño lo hacíais en nuestra infancia". Y lo que entonces sucedió fue tan impresionante, que todos nosotros sollozábamos emocionados, como si fuésemos niños pequeños. Nuestro anciano padre se puso en pie, el sacerdote de la familia, trillándole los ojos, dirigidos a lo alto. Y también se puso en pie nuestra buena madre, la paciente. Ambos levantaron sus temblorosas manos para bendecirnos: "Dios os bendiga, hijos. Amén". Y nosotros estuvimos arrodillados, recibiendo su última y paterna bendición. Un año después, dimos sepultura a sus cuerpos, también en una primavera riente". El médico dejó de hablar. Perdido en sus recuerdos. En esta familia soplaba algo del espíritu de la sagrada familia de Nazaret.
JOHANNES LOHMÜLLER

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Encontrado en el templo En esta época nuestra, tan poco amiga en cierto modo de la fe en los milagros, tal vez resulte difícil hallar una adecuada comprensión para el siguiente hecho realmente sucedido. Y, sin embargo, es un hecho verdadero. Fue en la festividad del rosario de 1945, es decir, hace algo más de 20 años. En la pequeña iglesia de Husum, fui yo mismo testigo de un conmovedor encuentro entre un soldado que volvía y sus padres. Al día siguiente, conocía mejor a la familia en cuestión, contándome el padre —aún bajo la fuerte impresión del extraordinario destino— la prehistoria del encuentro: Klaus, nuestro hijo mayor, llamado a filas poco antes de terminar la guerra, entró en acción en el frente del este, siendo gravemente herido. Después de muchas idas y venidas en orden a su internamiento en un centro sanitario, fue ingresado en Greiz, en Turinga, en un hospital de campaña. Tuvimos noticia de ello sólo después de que Greiz fuese tomado por los americanos y luego, a su vez, por los rusos, y cuando toda conexión era ya imposible. Nosotros mismos participamos en la gran caravana de fugitivos que, pasando por Mecklenburg, fuimos a parar a Schleswig-Holstein, encontrando un refugio aquí, en Husum. Nuestro hijo, empero, quedó en lugar desconocido. ¿Estaría ya sano entre tanto? ¿Tal vez habría sido llevado a Rusia? Nos dirigimos a la Cruz Roja, remitimos la cartilla roja de búsqueda, pero todo en vano. Así pasó el verano, en temerosa preocupación. Nos refugiamos en la oración. Mi mujer pedía sobre todo al Espíritu Santo que guiase los
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pasos de nuestro hijo; por mi parte, rezaba diariamente por las noches mientras volvía a casa de mi trabajo diez avemarias, meditando el misterio: "El niño perdido y hallado en el templo". También ofrecíamos regularmente por esta intención la misa dominical. Estaba yo ayer arrodillado, participando en la eucaristía, cuando me llamó la atención un soldado que se acercó a comulgar, trayéndome el recuerdo de nuestro chico. Cuando se dio la vuelta, me di cuenta de que era él realmente. Di un salto, y llevé a Klaus a su madre, que estaba en el lugar que solemos ocupar en la iglesia. Y he de reconocer que no me avergoncé de llorar en tal ocasión... Luego, Klaus nos lo ha contado todo. Había sido dado de alta del hospital, pero no sabía adonde dirigirse para informarse del paradero de sus fugitivos padres. Todos sus esfuerzos fueron vanos, hasta que en el cumpleaños de su madre, estando delante de una imagen de María en una iglesia, le vino de repente el pensamiento de escribir a una familia con la que hacía tiempo no teníamos contacto muy íntimo. Esta familia, por casualidad, había sabido de nuestra estancia en Husum. Cuando ese sábado Klaus llamó a la casa parroquial de Husum después de un fatigoso viaje, para preguntar allí por la casa de sus padres, supo que justamente en ese momento estábamos en la iglesia. Nuestra oración, pues, ha sido escuchada y de una manera maravillosa. Hemos encontrado a nuestro hijo, literalmente, "en el templo", y precisamente la víspera de la festividad del rosario, durante la misa que tan frecuentemente habíamos ofrecido por él.
DR. HANS RASSMANN

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Devuelto por la Madre de la misericordia

Frecuentemente, los caminos de la misericordia de Dios son también los caminos de la "Madre de la misericordia". La siguiente historia de conversión lo confirma: El hombre protagonista de esta historia es una persona que en modo alguno ha quedado en el anonimato. En Indiana, estado norteamericano con una fuerte impregnación comunista, tuvo su cuna. Y si bien fue educado en un ambiente católico —su madre era una piadosa irlandesa—, el ambiente "rojo" en que se movía lo llevó pronto a convertirse en un agitador social de esos círculos. Al abandonar la casa paterna, abandonó el muchacho de doce años los últimos restos de su fe infantil. Quería vivir su propia vida, una vida en libertad y libre de ataduras. Se lanzó apasionadamente a la lucha por la solución de la cuestión social, pues aquí se ofrecía el más sugestivo campo de actividad a su espíritu ilusionado. Pronto llegó a ser portavoz de los descontentos con el orden establecido e instigador de huelgas laborales. En el transcurso de estas luchas, fue apresado y condenado a prisión al menos unas veinte veces. Pero esto fue precisamente lo que lo convirtió en "mártir" de la cuestión social. A lo largo de un decenio (1935-1945) fue el abanderado de los proletarios. Además, como editor responsable de un importante periódico rojo y como miembro del comité nacional del partido comunista, su nombre se hizo famoso mucho más allá de las fronteras del estado. Pese a todo, en lo más íntimo del corazón de este "hijo perdido" seguía latiendo la añoranza 46

por la fe de su primera infancia. ¿Acaso no cabe pensar que fue esto precisamente lo que le llevó a intentar una y otra vez la reconciliación y la unión entre el comunismo y la iglesica católica, en cuanto ésta se preocupaba particularmente de la clase trabajadora, y disponía de una dirección irreprochable y una doctrina segura? ¿Y no habrá que ver también aquí —en la explicación de esta mezcolanza de ideas— la conducta reprobable de sus compañeros de trabajo y de partido, cuya vida no se ajustaba en absoluto a lo que predicaban y escribían, llegándose en definitiva a la conclusión de que no eran sino muñecos en las manos del Kremlin? ¿Y acaso la doctrina del materialismo no parecía ser en tantos aspectos una pura contradicción en sí misma, y que, en consecuencia, abocaría pronto a su fin? Sus ideas y sus planes le pusieron pronto en agudo enfrentamiento con Monseñor Fulton Sheen, celoso predicador desde las antenas de la radio y campeón contra el comunismo. Fue en 1936 cuando tuvo lugar por primera vez un encuentro entre ambos, en Nueva York. Esta había de ser la hora decisiva para el abanderado del comunismo. "Nosotros, los comunistas, y Vds., los católicos, hemos de colaborar juntos para liberar al pueblo. Esta política de brazos abiertos será la que nos traiga la salvación". Así se expresaba este iluminado. El sacerdote, por su parte, intentó pacientemente evidenciarle con argumentos objetivos la imposibilidad de abocar a esta mezcolanza de ideas. De nada valió. Entonces, de manera imprevista, monseñor Sheen dijo: "Ahora, querido amigo, permítasenos hablar de la verdadera y última sal47

vación del mundo, del signo de salvación que Dios nos ha dado para nuestro tiempo". Y durante una hora larga, el comunista estuvo oyendo muy atentamente cómo el sacerdote se despachaba hablando de la Santísima Virgen. Fue éste el primer toque de atención, la primera llamada. Nueve años siguió él, sin embargo, trabajando como abanderado del comunismo y propugnador de sus errores. Seguía esperando la realización del socialismo a través de la marcha conjunta del comunismo y la iglesia. Pero la Madre de gracia y misericordia no abandonó ni un momento a este su hijo. La intercesión de la Madre posibilitó que diese de lado al matrimonio con una mujer divorciada y que, asimismo, volviese otra vez a rezar... Y así, mientras escribía sus artículos, a veces musitaba un avemaria. Las hermosas palabras de monseñor Sheen sobre María habían tenido la virtud de despertar en él un pasado que creía ya largamente muerto. Ante sus ojos resurgió luminosa la imagen de su propia familia, congregada cada noche en torno a un cuadro del Ecce Homo, rezando el rosario. Y otra vez volvió a tomar en sus manos el rosario y, como lo confesó más tarde, al rosario agradeció su conversión. El 10 de octubre de 1945 llevó a la radio una noticia sorprendente, escuchada por toda América: "Con alegría profunda me es grato comunicarles a todos Vds. que yo, gracias a la divina gracia, he vuelto a encontrar total y absolutamente la fe de mis mayores, reintegrándome a la iglesia católica. El poder volver a recibir los santos sacramentos es para mí la mayor alegría y el regalo más precioso del cielo. Y ahora que vuelvo a la verdadera casa paterna de Dios, he de decir con la
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máxima franqueza que el comunismo y la iglesia católica son incompatibles". Esta noticia extraordinaria comunicada por la radio, y que luego se pudo leer en todos los periódicos, iba firmada con el nombre del antiguo jefe comunista Louis Franz Budenz. En el libro que Louis Franz Budenz dio luego a la luz pública con el título Esta es mi vida, dio testimonio ante todo el mundo de que su historia no era otra que la historia de la ayuda de María en su vida. De ahí que el libro vaya dedicado "A la Inmaculada Concepción". ("La Revue du Rosaire") La confesión de un santo "Ser tu devoto, oh María, es prenda de salvación que el Señor concede a aquellos a quienes quiere salvar". "No creo que nadie pueda alcanzar una íntima unión con Jesucristo y una plena fidelidad al Espíritu Santo sin, al mismo tiempo, una muy profunda unión con María, sin una gran dependencia de su auxilio". "Quien encuentra a María, encuentra la vida, es decir, encuentra a Jesucristo, que es el camino, la verdad y la vida". (Luis MARÍA GRIGNION)
La noche más angustiosa de mi vida

Era en el mes de mayo de 1946. Cuzco, la célebre ciudad del antiguo imperio inca, era el objetivo de mi viaje. En ella tienen los HH. de las Escuelas Cristianas una floreciente institución edu49

cativa, en la que se forman centenares de jóvenes en una vida auténticamente cristiana. Luego, el placer de caminar me llevó hasta Quillabamba, al borde ya casi de la selva virgen. Allí me encontré con varios misioneros encanecidos de la orden dominicana, quienes me informaron con santo entusiasmo de sus trabajos apostólicos entre los indígenas habitantes de la selva virgen. ¡Cómo me habría gustado hacer una visita a una de esas misiones! Muy a menudo se me había dado el título de "El misionero" a causa de mi barba... Un viaje de un día de duración, caminando a pie, ¡un juego liviano! Ahora bien, si lo intentaba, necesitaba agenciarme un guía. Con seguridad —pensé— se me ofrecerá uno en la próxima aldea india. Y hasta aquí puedo viajar con un camión, pues hay una distancia de unos 100 kilómetros. Pues bien, cuando los indios ven que no llevo ni mulo, ni escopeta, ni machete, ponen caras de no entender nada. Se me presenta un "blanco", que conoce a los HH. de las Escuelas Cristianas, que está dispuesto a mostrarme el camino como servicio amistoso. Pero, eso sí, sólo podrá acompañarme unas tres horas. "Sin embargo —dice—, hasta allí ya habremos recorrido lo más espantable del camino. Con ayuda de un sencillo boceto incluso es probable que llegue hoy mismo a la granja de la misión, pernoctando allí, y mañana podrá llegarse a la vivienda de los misioneros con ayuda de un caballo y un guía". A mí todo esto me suena de una manera tan convincente, que gustosamente doy mi asentimiento. Pero la cosa no iba a resultar tan sencilla. Había caminado ya largas horas por entre sendas solitarias desde que me había despedido de 50

mi guía. La noche estaba ya a punto de caer; no podía, pues, estar ya lejos la granja de la misión. De repente, mi perplejidad fue grande: estaba ante un triple cruce de caminos. No había tiempo que perder. Como un perrillo que hubiese perdido las huellas de su amo, iba yo por uno u otro camino, sin saber qué hacer. La decisión a tomar era bien importante. Después de media hora, yo no supe dónde estaba, dando vueltas a ciegas por entre la espesura de la selva maléfica. Las enredaderas aprisionaban mis pies entre los matorrales, los espinos y los abrojos me hacían sangrar abundantemente. Un temor horrible paralizaba mis miembros. La certeza horrible: te has perdido, me embargaba. La idea de que la noche me sorprendería en ese abandono total hacía que cayesen sobre mi rostro frías gotas de sudor. Una y otra vez intentaba volver a encontrar la senda perdida; sin embargo, la oscuridad, que rápidamente se me vino encima, me ofreció la posibilidad de un alto muy necesario y urgente. ¿Dónde estaba? ¡Había andado tambaleándome justo al lado de un abismo! Allá abajo se oía el agua correr ensordecida por la distancia. Detrás de mí quedaba una escarpada pendiente, y apenas si tenía ya suelo suficiente para poder moverme y estar a salvo. Echando mano de mis últimas fuerzas, grité en medio de la silenciosa noche: ¡Socorro! ¡Socorro! Ningún oído humano hubo de percibir mi llamada. Sólo el cielo podía salvarme. Me puse precavidamente junto a un árbol, me abracé a su tallo con una pierna a cada lado, nerviosamente. Luego, extendí sobre mi cabeza el manto de la orden y comencé a rezar. Mis súplicas fueron ardientes. Tal como un hijo con su 51

madre, así hablaba yo desde mi profundo dolor con María, la consoladora de los atribulados. No pegué ojo durante toda la noche. Y a cada ruido sospechoso me sobresaltaba angustiosamente. "Ahora viene el puma, ahora me despedaza", pensaba yo, presa de gran agitación. Los jaguares y los jabalíes, los osos y las serpientes venenosas acechaban entre la maleza a su víctima indefensa. Fue la noche más horrible de mi vida. Tres armas me mantenían aún animoso y sumiso a los designios inescrutables de Dios: mi cruz de profeso, el rosario y el nuevo testamento. Poco a poco, la calma fue volviendo a mi atribulado corazón. Jaculatorias al trono del altísimo, sagrados suspiros de amor plenos de arrepentimiento y dolor hicieron que me dispusiese para esperar la muerte. Innumerables veces me encomendé a la protección de la Reina de mayo. Finalmente, prometí a mi dueña celeste algo que había de agradarle: "Si salvas mi vida y me devuelves al recto camino, lo daré a conocer en una revista para que sean muchos lo que se enteren; todos deben saber cómo tú me has liberado de una manera tan maravillosa del infierno de la selva virgen". Al fin, se fue pasando esa angustia terrible; y saludé al nuevo día como uno que hubiese resucitado de entre los muertos. ¿Qué iba a hacer ahora? La misión tenía que estar en un monte, y aquí estaba yo frente a una pendiente, por tanto, adelante. Siguieron cinco horas de esfuerzos ingentes.' Iba subiendo cada vez más alto por lugares escarpados, sin dirección segura alguna, cosido por los pinchazos de los espinos, por un paraje recubierto de lujuriante maleza: por ahí caminaba yo, gimiendo de dolor, sudoroso, cubierto de sangre. Ator52

mentado por el hambre, agotado por la sed, debilitado por la pérdida de sangre, caí finalmente al suelo. No podía seguir más allá. ¿Había de morir estando ya cerca de la meta? Una vez más renové mi promesa, confiando firmemente en ser atendida mi súplica. Lo que luego siguió, incluso hoy en día no deja de estremecerme. Fue, en verdad, la respuesta del cielo, pero no a la manera como cabría esperarla. Comenzó un vertiginoso deslizamiento hacia la hondonada. Y dado que mis manos y pies se negaban ya a prestarme su auxilio, hube de dejarme llevar pasivamente hacia el precipicio. Lo que me había costado horas enteras de fatigosa labor trepadora, quedaba destruido en unos pocos minutos. Resulta un gran misterio cómo no sufrí un mortal accidente en esa caída tan salvaje. Llegado al agua del arroyo de montaña, refresqué los miembros agotados. Me sentí rejuvenecer con este refresco. Tres horas aún duró la lucha con este mundo salvaje. Y luego, al fin, apareció el puente salvador. La alegría da alas a mis tambaleantes pasos y ¿veo yo bien? ¡Sí, veo bien! Me encuentro en el mismo lugar en el que hace ahora 20 horas que estuve, cuando lo del cruce de caminos. Un grito de júbilo salió de mi pecho: ¡Salvado! ¡Gran Dios, te alabamos! ¡Mi alma exulta al Señor! Apenas habían transcurrido cinco minutos cuando el Señor me envió la primera persona, un arriero que viene de la misión a la que quiero ir. Me señala el camnio hacia la granja misional; justamente era el camino opuesto al que yo había emprendido la víspera. Cuando, finalmente, llegué a casa del padre Rodríguez, en Chirumbia, éste me gritó ya desde 53

lejos: ¡Dios mío! ¿Pero es posible que venga Vd. sin caballo y abora nos esté mirando como la muerte corporal? ¿Qué ha pasado? ¡Hable, por favor!" El relato duró bastante tiempo. Profundamente conmovido, respondió el Padre: ¡Es Vd. un milagro viviente! Allí donde ha pasado Vd. la noche es justamente el escondrijo de los temidos pumas. ¡Es como un milagro que Vd. haya escapado vivo de estos animales! La gran debilidad en que Vd. cayó fue la respuesta de la Madre de Dios. Sólo así fue contenido Vd. para que no penetrase más profundamente en la selva, lo que le hubiese significado una muerte segura. La aparente desgracia de la caída fue su salvación, ya que sólo así pudo volver a encontrar Vd. el buen camino". Y luego, el padre me fue relatando innumerables historias horripilantes sobre gentes de mal vivir, enemigos de la luz del día, que se ocultaban por ahí para cometer sus fechorías, y con las que constantemente había uno que enfrentarse... ¡Para qué quería más! Luego, allí mismo, se me ofrecieron todas las amabilidades que cabía tener para con "el hijo perdido". Se me proveyó de ropa limpia, se me lavó la ropa sucia y me cosieron las prendas rotas. Una buena alimentación, así como un sueño reparador, me pusieron nuevamente a punto. También pude cumplir mi íntimo deseo de enseñar como "misionero" a los niños paganos. Les hablé del buen Dios, de la Madre celestial... También escucharon la historia de la salvación maravillosa... Ojalá todos aquellos que hayan oído estas cosas que a mí me ocurrieron 54

se entreguen con renovado entusiasmo a nuestra Madre celestial.
HNO. JOSEF EBERT

«Sólo un limón»

(era en Rusia, en 1941) ¿Qué acontecimientos le quedan a uno en el recuerdo? Sólo aquellos que a uno le han parecido importantes o aquellos que generan asombro o admiración. Pues quiero contar aquí uno de estos últimos. Quien lea este relato puede luego decidir él mismo si esto que a mí me ocurrió no es suficiente motivo para el asombro, y para mostrarse agradecido a la Madre de Dios. Era uno de los primeros días de julio de 1941, en Rusia. El día exacto ya no lo recuerdo. Las divisiones alemanas aún avanzaban con gran rapidez en estos momentos. Mi destino era el de simple cazador y enlace en la Plana Mayor del II Batallón del Regimiento 520, de la 296 división de infantería. Por este tiempo, tenía yo poco más de 30 años... y, al igual que los restantes milicos, maldecía de la guerra. El citado día de julio de 1941, el sargento mayor —abogado Schneider, cariñosamente apodado por nosotros "Schneider Hannes"— me transmitió la orden de localizar a la 13 compañía de IG. Era aún muy pronto cuando recibí esa orden. Como meta de destino donde localizar a esta unidad, sólo percibí un movimiento indicativo hacia atrás, señalador de unos cuantos kilómetros cuadrados, así como su lamento de que no supiese 55

describirme mejor el lugar en que podía encontrarse dicha compañía. Me dio, sí, un buen consejo: " ¡No se deje coger por los rusos!" Con estas palabras, que ciertamente no podían darme excesivos ánimos, empecé a trotar en dirección oeste, inclinándome algo hacia el norte. Por qué elegí la dirección NW, nunca lo supe. Tal vez porque el sargento apuntó en primer lugar hacia esa dirección. Por lo demás, tal vez cabría decir que en tales tiempos en que el peligro acecha por todas partes, se desarrolla en el hombre un como sexto sentido, que hace que obremos correctamente sin que tengamos motivaciones meditadas para obrar así. En la noche anterior había recibido yo el correo: un paquete de parte de mi mujer. Contenía dos panes dulces y, con gran asombro mío, también los limones. Para mí, lo más bonito eran los dos limones. Y si bien uno de ellos estaba ya casi completamente podrido, el otro, empero, tenía una soberbia impresión, color amarillo y despidiendo un aroma poderoso. De dónde había conseguido mí mujer estas preciosidades, lo ignoraba. Ni, a la verdad, tampoco me importaba gran cosa; me alegraba, sí, enormemente el que los limones estuviesen allí conmigo. Y esto tanto más cuanto que desde hacía algunos días notaba yo un cierto dolor en la garganta. Me estaba resultando difícil tragar los alimentos, y he aquí que los limones se adecuaban precisamente para esto. Normalmente, las cosas que yo recibía de casa las solía compartir con algunos de los compañeros. Pero esta vez me prometí hacer una excepción bien señalada; y es que yo mismo necesitaba urgentemente los limones para mí mismo, a causa 56

precisamente del dolor de garganta. Volví, pues, a empaquetar los panecillos y los limones, tanto el sano como el otro, y los puse en mi mochila pensando que en una pausa cualquiera daría buena cuenta de todo ello. Cuando, pues, recibí la orden de buscar a la 13 compañía —en la milicia todo ha de ir siempre muy rápido—, me propuse hacer un alto en el camino y degustar tranquilamente tanto los panecillos como los limones. Pero el hombre propone y Dios dispone. Así suena el viejo refrán. Y así, cuando me propuse parar y comerme unos y otros, me sentí intimidado por la infinita vastedad del campo que tenía ante mis ojos. A mi izquierda quedaba un campo de cereal, cuyo confín no era posible contemplar. A la derecha de la carretera —a la que tranquilamente podría llamársele "camino vecinal"—, se extendía una pradera cuya hierba había sido pisoteada en su mayor parte por los vehículos de guerra de los alemanes y de los rusos. Lejos, allá a la derecha, aparecía el inicio de un bosque. En la guerra uno ha de tener muy en cuenta los bosques, pues nunca se sabe, ciertamente, si detrás de las primeras líneas alemanas, acaso no se hallen ocultas algunas aguerridas unidades rusas, por ejemplo. Y, en efecto, esto es lo que había ocurrido en más de una ocasión durante el rápido avance alemán por el suelo ruso. También se habían dado casos de grupos de partisanos fuertemente armados, que eran capaces de entablar combate con pequeñas unidades alemanas, tales como patrullas o comandos de reconocimiento. Así, pues, yo me estuve asegurando detenidamente, mirando
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como un lobo hacia la derecha, hacia la izquierda, hacia atrás y hacia adelante. Si el trigo del campo a mi izquierda se movía, me paraba esperando en tensión, pues no podía saber si se trataba del movimiento del trigo por el viento o bien si su origen eran, tal vez, enemigos allí escondidos. Lo que sí es claro es que ya no se me pasó ni por la imaginación mi antigua propuesta de manducarme regaladamente mis panecillos y el limón que se había conservado. Y aun en el supuesto de que lo hubiese pensado, a buen seguro que tampoco lo habría hecho, dado que la situación me parecía excesivamente insegura. El caso es que, poco a poco, me fui acercando al bosque. Andaba con todo cuidado, mirando a todos los lados, acercándome siempre más al campo de trigo. El bosque aún distaba unos 150 metros de donde yo estaba. Venturosamente, la parte del bosque que yo debía de pasar no tenía una dimensión superior a los 100 metros. De repente, vi en el bosquecillo cómo se movía un arbusto en la linde del bosque. De un salto me puse dentro del campo de trigo a mi izquierda, repté hacia la derecha y allí me estuve..., pero aun antes de que quitase el seguro a mi carabina, ya oí un disparo... Yo no me moví, y procuré, en cuanto ello era posible, asegurarme de qué es lo que pasaba dentro del bosque. Pero no veía nada. Eché a correr encorvado como unos cinco minutos a través del trigal, intentando dejar tras mí el bosque. Corrí tan rápido como pude. Cuando ya creía que éste debía quedar a mi espalda, despacio me fui arrimando hacia la derecha, junto a la carretera. Seguí corriendo al trote, intentando hallar una 58

posibilidad de cruce lo más rápidamente posible, y que se realizase sin mayores peligros. Mientras tanto, tal vez había transcurrido ya más de una hora desde que me aparté, marcha atrás, de mi unidad. En este tiempo había recorrido a buen seguro más de 7 kilómetros, pues la mayor parte de este tiempo había ido corriendo a un buen trote, sólo interrumpido para recobrar fuerzas durante un breve espacio. Al fin, el trigal llegaba a su fin y allí vi —a la distancia de medio kilómetro aproximadamente— casas encaladas de blanco, así como una iglesia. Se me alegró el corazón y no pensé ni por un momento que el lugar estuviese aún ocupado por los rusos. Estaba interiormente convencido de que aquí habría de encontrar a una unidad alemana a la que podría preguntar por el objetivo de mi destino. Seguí corriendo rápidamente y pude ver delante del pueblo a un hombre uniformado, paseando despreocupadamente. También el hombre uniformado me vio a mí ahora y me salió al encuentro, despacio. Percibí que era el uniforme de oficial aéreo. Y por la insignia de Esculapio cabía deducir que era médico. Cinco pasos antes de llegar donde él estaba, me paré, me puse en posición de firme —tal como se estila en la vida militar—, saludándole, e informé: "¡El enlace Schütze Früh, de camino!" Yo ya no me acuerdo si era un médico jefe o un cirujano. En todo caso, me preguntó qué hacía, dónde caminaba. Y porque me volví desconfiado, volví a tomar mi arma con la derecha (que casualmente en ese momento la llevaba en la izquierda), mientras reflexionaba sobre una respuesta adecuada. El oficial observó mi desconfianza con visible 59

regocijo. Por eso habló de otra cosa a la que yo pudiese responder sin desconfianza. Hablaba en dialecto franconio, como yo. De ahí que me saludase como a un paisano. De resultas, el contacto se estableció muy rápidamente. No era en consecuencia un contacto rígidamente militar, sino, más bien, era un trato entre paisanos. Dado que el médico militar estaba usando conmigo unos modales "civiles", también por mi parte aflojé mi rígido comportamiento, tal como es usual en el ejército entre un simple soldado y un oficial. Y en la conversación salió a relucir el tema de mi dolor de garganta. Observó él mi boca y dijo: ¡He ahí, querido Fritz, unas hermosas anginas! Mi nombre no es ése, pero el médico militar lo utilizaba al modo como lo hacían los ingleses y franceses aplicándoselo a los infantes alemanes... Y ahora, sí, ahora viene lo bueno: algo que jamás podré olvidar. El médico militar: "Por desgracia, no tengo aquí nada. Puedes venir al hospital de campaña para que se te trate; de ese modo, la guerra se habrá terminado para ti durante un par de semanas. Eres adulto y esto ya no supone ninguna grave contrariedad para ti. Pero ahí atrás, en ese granero anguloso, ahí hay una mujer —la esposa de un profesor polaco que fue secuestrada por los rusos cuando la invasión— con una criatura de cuatro años. Este niño, sí, tiene unas anginas de extrema gravedad. Nada puedo hacer contra ellas, y el niño morirá. Por eso he salido solo a pasear; no puedo ya casi ni sufrir su presencia... ¡Si al menos tuviese un limón! La madre y su hermana llevan rezando a la Virgen desde hace días, suplicándole un limón, dado que me han oído decir que con un limón podría arreglarme, y 60

que el niño se salvaría. Y ahora están rezando sin parar, como si aquí en este lugar de mala muerte fuese a crecer un limón. Tal vez la oración les sirva de consuelo. Me gustaría conocer a mí a la María que aquí pudiera echarnos una mano". Cuando el médico dijo lo del limón, se me puso como un dolor en torno al corazón. ¡Con qué gusto lo habría comido yo mismo! Ya estaba determinado a entregar el limón, pero, sin embargo, tardé un poco. Estaba pensando justamente en mi niña de cinco años, en mi mujer y en cómo ésta, que también es católica, pediría asimismo a la Madre de Dios. Perdido en mis pensamientos, el médico me miraba. Me preguntó: "¿Qué, Fritz, ensimismado?" Por toda respuesta, le dije: "Yo tengo dos limones, uno ciertamente está podrido, pero el otro es "pico bello". Si un soldado alemán de infantería leyese esta expresión "pico bello", entenderá lo que quiero decir. Y mientras le dije esto, saqué fuera de mi mochila los dos limones. El médico estaba sin habla. Una vez repuesto, no hacía más que menear la cabeza. Y luego, al fin, rompió a hablar: "¿Es verdad esto? Santo Dios, ¿puedes perdonarme?" Y, dirigiéndose a mí: "¿quieres darme ese limón?" Se lo di. Y fui con él a la casa donde con lágrimas en los ojos nos recibieron ambas mujeres. El médico mostró triunfante el limón y las mujeres reían entre sus lágrimas. Pero no se mostraban excesivamente sobresaltadas. Parecía como si esto fuese para ellas algo del todo natural, una vez que lo habían suplicado a la Madre de Dios. El médico habló con las mujeres. Las dos hr.bla61

ban perfectamente el alemán. Pidió para mí una cama. Incluso sabía dónde se podía localizar sobre poco más o menos a la 13 compañía. Me prometió enviar de inmediato un enlace para llevar a la unidad allí donde yo la debería buscar. Después de haber descrito el camino que debía hacer la 13 compañía, y de haber prevenido del bosquecillo desde donde yo fui ametrallado, fui conducido por una mujer a una habitación donde había una cama. Estaba molido por el cansancio y la fiebre. No muy decidido, tomé el limón podrido, cerré los ojos y lo comí. Realmente no era un sabor agradable el que me producía... En seguida me adormecí. Cuando después de algunas horas me desperté, me sentí como nuevo. Apenas me había levantado, vinieron las dos mujeres, riendo felices y agradeciéndome lo del limón con encendidas palabras. El médico estaba aún en la casa. También él reía feliz, y dijo: " ¡Fritz, el niño sanará! ¡Y tú, a ver, déjame ver!" Cuando le dije que yo me había comido el limón podrido, observó mi garganta. "Casi ha desaparecido del todo. Si yo no las hubiese visto, diría que tú nunca has tenido anginas". Me comunicó también que de su unidad había partido inmediatamente un enlace para llevar a cabo mi misión. Las mujeres me hicieron después la señal de la cruz y volví a mi unidad con las palabras de agradecimiento del médico. Ni el médico ni yo nos preguntamos por el nombre de cada uno de nosotros. Tampoco esto era usual en tiempos de guerra. Después de mi regreso a la unidad, di cuenta del caso a mi sargento, sin contarle el asunto del limón; y es que esto no tenía relación con la misión encomendada. No dijo más que: "Está bien; 62

¿estás ya bien?" Y me miraba directamente, como si supiese qué es lo que había pasado: yo había sanado con una rapidez asombrosa de unas incipientes anginas. La Madre de Dios escuchó la oración de las dos mujeres. GOTTFRIED F R Ü H , en "Benediktus-Bote" " Incluso la más mínima oración a la Madre de Dios no queda sin respuesta. Los servicios más pequeños los revierte con las gracias más abundantes ".
SAN ANDRÉS CORSINI

Encuentro milagroso...

Elisabeth von Sch. cuenta: En los primeros días de la guerra, cayó en Polonia mi prometido. Su muerte inesperada y horrible me sacó completamente de mis casillas. Yo tenía entonces 19 años y como consecuencia del movimiento nacionalsocialista estaba bastante alejada del cristianismo. Ahora, pues, me encontraba totalmente desasistida. Gradualmente, me vi inmersa en una angustia neurasténica frente al hecho de la eternidad, exteriorizándose en síntomas graves de enfermedad. A lo largo de todo un año, fui languideciendo tanto corporal como anímicamente, hasta que el Señor en su infinita misericordia me salió al encuentro, extendiéndome sus bondadosos brazos de padre. Al leer algo sobre visitas a los enfermos, de repente y sin yo pretenderlo positivamente, me vi musitando una oración: "¡Oh Dios, si realmente existes, si te acuerdas del hombre, si 63

lo creaste para ti y si su corazón anda inquieto hasta que en ti descanse, hazme ver, te lo ruego, tu imagen en el rostro de un moribundo!" Mi oración fue oída y de una manera maravillosa. En agosto de 1941, una compañera me pidió que, durante sus vacaciones, me preocupase de una amiga suya enferma que, al parecer, estaba ya herida de muerte. Aunque yo no conocía a su amiga, acepté la invitación. Mi primera visita la realicé el domingo después de la asunción de María. Me conmovió de tal manera la mirada de esa joven de color ya macilento —sólo tenía 22 años— que, pese a sus grandes dolores, me saludó con una sonrisa radiante, que nunca ya podría olvidarla. La enferma apenas si podía ya hablar, a no ser con grandes dificultades; pues bien, ni antes ni después, nadie me ha mostrado un agradecimiento tan íntimo y feliz como el que entrevi en el rostro de esta criatura por la nimiedad del ramo de rosas blancas que le llevé. Con ojos bien despiertos, me fue contando ella de su vida, de sus amigos y de sus dolores. Pero no se le escapó ni una queja, ni un lamento por su actual situación. Me habló de su profunda confianza en Dios y, sobre todo, me habló de la Madre de Dios, la Santísima Virgen María, y del consuelo y la dicha que le producía siempre el venerar a esa Madre desde lo íntimo de su alma. En lo sucesivo, visité más a menudo a la joven enferma. Era para mí como un regalo del cielo. Pude también asistirla en sus momentos difíciles, cuando le venían las hemorragias o cuando se apoderaban de ella los momentos febriles. Apenas, sin embargo, el ataque había pasado, ya estaba ella con su mejor sonrisa y sus bromas, como si nada hubiese suce64

dido. Llegamos a ser buenas amigas, comulgando en parecidos intereses espirituales, y ayudándome ella mucho a encontrar a Cristo. En la noche del 23 de agosto, después de la octava de la asunción de María, murió. En su ataúd me di cuenta de que Dios se hace visible en el rostro de un moribundo... Mi amiga había muerto feliz como una santa. Como una santa había vivido ella con anterioridad, sencilla empleada de banca como era. El viernes anterior a mi primera visita, le había dicho premonitoriamente a su madre: "Vendrá alguien para quien yo soy útil aquí". Hoy estoy convencida de que debo mi vuelta a Dios a sus oraciones confiadas a María. Siguieron años plenos de dolorosos golpes del destino, de muertes dolorosas. Durante estos años, fue madurando el fruto de ese encuentro milagroso. Cuando siete años después mi querido padre murió, ya me habían atraído tanto hacia sí Jesús y María, mostrándome las magnificencias de la fe, que no pude andar de luto durante mucho tiempo. La muerte, ahora, se me había hecho inteligible, apareciéndome como un manto que envuelve el amor de Dios. Para mí, la muerte ya no tenía nada de espantable, sino que era tan sólo un paso hacia la eterna magnificencia donde ya no habrá ni lloros ni lamentos. Para quien en filial confianza hacia la Madre de Dios reza: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte", ¡cómo no va a ser. la muerte un acontecimiento beatífico!

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María en el alcázar

(la historia de una gran confianza) En julio de 1936, después del alevoso asesinato del líder nacional Calvo Sotelo, la guerra fue un hecho en España. Toda la península se sintió invadida por la furia guerrera. Grandes trozos de España quedaron en manos de los rojos. Toledo, al sur de Madrid, también. Sólo su alcázar se mantuvo. El alcázar era una academia militar, una escuela para oficiales. En esta pequeña fortificación se recogieron únicamente 15 falangistas, en tanto que sus otros camaradas se hallaban de vacaciones. A éstos se unieron efectivos de la guardia civil hasta un número de 750 hombres con sus familias, de modo que la guarnición contaba con 1.100 hombres y 800 mujeres y niños. Sobre el alcázar ondeaba la enseña nacional. Sus defensores constituían una isla en medio del inmenso océano rojo; pero su situación era extremadamente crítica. Todas las mañanas, el comandante de los rojos telefoneaba al coronel Moscardó: "¿Os vais a rendir?" "¡Jamás!", era su respuesta. Seguros de su victoria, a finales de julio anunció Radio Madrid: "10.000 hombres avanzan para tomar el alcázar". Pero no se había calculado con una cosa: que los 1.100 soldados allí sitiados eran soldados de María. El coronel Moscardó y numerosos cadetes eran miembros de la Congregación Mariana. Estos jóvenes, en edades comprendidas entre los 18 y los 20 años, pusieron al alcázar en situación de defensa. El obispo de Cartagena, monseñor Díaz, declaraba en Roma: "No me extraña que los cadetes de Toledo hayan dado 66

tales pruebas de valor y heroísmo: eran caballeros de Nuestra Señora, vencedora de Satán..." Visto desde una perspectiva puramente humana, la guarnición del alcázar parecía estar liquidada. Pero sus defensores pusieron su confianza en la Virgen celestial. En la enfermería se encontró una vieja estatua de María. Con gran solemnidad se celebró su entronización. Desde este momento, fue María la gran "capitana" en cuyas manos estaba la defensa del alcázar. Un capitán de aviación organizó ante la estatua el rosario perpetuo. Cada cuarto de hora daba comienzo el rosario con el cántico adicional de "Sálvanos, Virgen María..." Dos veces por día se reunía la guarnición ante la imagen de María para rezar todos juntos el santo rosario. La Madre de Dios puso a sus venerados en una prueba bien difícil. En vista del incesante retumbar de los disparos y de la lluvia de granadas y bombas, las 1.900 personas se refugiaron en los sótanos. ¡Allí no había ni aire, ni luz, ni noticias! Y, sin embargo, nada ni nadie fue capaz de conmover en lo más mínimo su confianza en la Señora durante estos 71 días de existencia terrible. Después de 32 días de asedio, al fin les llegó una sonrisa del cielo: un avión dejó caer un mensaje de Franco, jurando liberarlos. El entusiasmo de los sitiados fue indescriptible. Se oyeron gritos como: "¡Viva la Virgen! ¡Viva la Inmaculada! ¡La Virgen nos salvará!" Posteriormente, el coronel Moscardó informaría: "...llorando y cantando, se dirigieron todos a la estatua de la Virgen María. Yo los acompañaba con nuestra bandera, tomé profundamente conmovido a la Madre en mis brazos, y derramando abundantes lágrimas, le supli67

qué: "¡Madre, sálvanos! Pues tú no abandonas a aquellos que en ti confían". En agosto, el fuego aumentó su intensidad. Se creyó entonces que la rendición sería un hecho. Faltaba de todo, incluso el agua. La Madre de Dios fue asediada por las súplicas de sus hijos. Alguien descubrió una cisterna con 40.000 litros de agua. El coronel Romero cuenta cómo María mostró su protección también en otros apartados de la vida en el alcázar: "María fue la que dirigía la mano de nuestros tres médicos, de los que ninguno era cirujano. Sin los instrumentos pertinentes, sin antisépticos, sin cloroformo operaban ellos a los enfermos con todo éxito a la luz de las velas. La Señora era la que sostenía nuestro ímpetu. Nosotros, incluso los niños, debíamos contentarnos con muy poca carne, y ¡qué carne! Pero sólo fueron 80 las almas que subieron al cielo durante este tiempo de tormento. La Virgen nos ha conservado para que contemos a la posteridad lo que se puede alcanzar de ella a través de la oración..." Para el Dr. Martín, uno de los tres médicos, la historia del asedio fue un continuado milagro de la Santísima Virgen. Entre otras cosas, dijo al parisino "La Croix": "...Los materialistas que no creen en los milagros, se reirán y me tendrán por un ingenuo, pero no me importa gran cosa. En todo caso, deberían entonces respetar y tener en mucho nuestros saberes superiores, ya que sin ayuda de cualquier tipo que fuese no tuvimos ni un solo caso de epidemia ni enfermedades. Habrían de pensar tan sólo en esto: durante 70 largos días, nuestro alimento fue pan infeccionado y carne de mulo. Esto pudiera abrirles los ojos; sería mejor que se olvidasen de su 68

falsa ciencia y entonces comprenderían lo referente a Dios. La Madre celestial, a la que nunca olvidaré, fue la que nos salvó". El hijo de Moscardó estaba en poder de los rojos. Estos lo querían poner en libertad si el coronel cejaba en la defensa del alcázar; en otro caso, fusilarían a su hijo. "No me atemorizan las amenazas", replicó el comandante. En consecuencia, el joven Moscardó fue fusilado. Su último grito fue: "¡Viva Cristo Rey!" Después de un infructuoso asedio, decidieron los rojos cavar dos túneles bajo los muros de la fortaleza. El 18 de septiembre, el alcázar volaría por los aires. Los sitiados supieron del peligro, siendo conscientes de que sólo un milagro podía salvarlos. Acogiéndose a la protección de la Madre, oraban extendiendo los brazos: «¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte!" Se oyó una tremenda explosión. Todos cuantos se hallaban ante la imagen de la Madre de Dios cayeron a tierra. Una lluvia de piedras y cascotes cayó sobre ellos, pero nadie sufrió heridas. "¡Milagro!", gritaban todos. Los rojos creyeron que ahora el alcázar era un inmenso sepulcro. Pero se equivocaron. Al intentar penetrar, fueron rechazados por sus esforzados defensores. Las tropas de Franco, entre tanto, se habían ido acercando a Toledo. Los rojos se apresuraron a poner bajo los muros de la fortaleza una carga de dinamita de 6.000 Kg. En el lugar de la explosión surgió una brecha de unos 70 metros de profundidad y un diámetro de 100 metros. Pero los héroes del alcázar, siempre bajo la dirección de su "capitana", pusieron nuevamente en fuga 69

a los rojos que intentaban penetrar. Las tropas de Franco, colaboradoras asimismo en la victoria por sus ataques, entraron el 27 de septiembre en la fortaleza. N. El directo Québec-Montréal Pascua, 8 de abril de 1928. Un cálido sol de primavera ha ido derritiendo las huellas del invierno sobre los campos. En el río San Francisco, el hielo se rompe y resquebraja, mientras que los témpanos van marchando río abajo, continuadamente. Son las 4 de la tarde. Dentro de pocos minutos, el directo Québec-Montréal entrará en la estación de Drumondville. En el vagón de equipajes está el jefe del servicio de mercancías, el "rápido", como se le llama, charlando amigablemente con otros dos empleados, habiendo ya terminado su correspondiente trabajo. Pero dejémosle que sea él quien nos cuente la verídica historia: "Charlábamos tranquilamente. Yo había puesto mi revólver y mi gran reloj sobre la mesa, pues la verdad que es un incordio tenerlos todo el día sobre uno. De repente, se oyó un ruido terrible. Al momento entendí qué es lo que había pasado: el puente había sido barrido por las masas de hielo y agua y, en consecuencia, el tren se había precipitado a la corriente. Estábamos en el fondo del río. La primera idea que tuve fue que ahora tenía que morir, que la hora había llegado realmente. Recé el acto de contrición: "¡Oh Señor y Dios mío, me arrepiento de todos los pecados
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de mi vida", y mientras decía esto, intentaba nadar por sobre las aguas. Tuve luego un pensamiento para mi esposa y mis hijos... "porque eres infinitamente bueno y amable..." Y un nuevo pensamiento se me vino a las mientes. Ya como niño pequeño había rezado yo diariamente hasta el día presente tres avemarias a la madre de Dios, para que no me dejase morir sin haber recibido los santos sacramentos. ¡Imposible que me dejase ahora morir ahogado! Mientras todos estos pensamientos pasaban como una exhalación por mi cabeza, observé sobre mí un resplandor de luz. Seguí nadando en esa dirección, y logré subir sobre el agua. Al fin podía respirar otra vez. Pero seguía aprisionado dentro del vagón de los equipajes. Gracias a Dios, todas las puertas, incluso la puerta pequeña en la parte de atrás habían sido abiertas por la caída. La parte anterior del vagón estaba sobre el lecho del río, quedando la parte de atrás a flote sobre las aguas. Logré navegar, nadando hacia esa parte alta del vagón. Pero aún no estaba salvado. Estaba totalmente solo sentado en medio del río, en la cima de un vagón que amenazaba por momentos sumergirse, rodeado como estaba por todas partes de grandes témpanos de hielo. Me decido y salto sobre uno de esos témpanos, avanzando ahora por el río. Pero como guiado por una mano invisible, el témpano de hielo fue llevado contra la cabeza de puente donde ya se había congregado una gran cantidad de gente. Alguien me tendió sus manos y me ayudó a trepar hacia arriba. En el momento en que me puse a mirar para ver de dónde había salido, la parte de atrás del vagón desapareció entre las aguas. Después de haber sido atendido en un hotel, 71

pude llegar a Montréal utilizando un tren especial. ¡Estaba salvado! En casa me esperaba mi mujer, temerosa de lo que pudiera haber pasado. Ella no sabía aún nada del accidente, pero se había apoderado de ella un miedo inexplicable. Cuando abrió la puerta de la casa, me espetó, excitada: "¡Qué tarde vienes! ¿Ha pasado algo? ¡Dios mío, estás lívido!" Brevemente, comuniqué a mi mujer, que estaba aterrorizada, el accidente que habíamos tenido y mi salvación milagrosa. Luego telefoneé a la compañía para comunicarles mi salvación. Por toda respuesta, hube de escuchar: "¡Imposible! Se le cuenta entre los muertos. Ya lo habíamos comunicado a su hermano y a su párroco. El maquinista, que pudo contemplar el accidente, había constatado que del vagón de equipajes nadie podría haberse salvado. Según su informe, pues, todos se habían ahogado". Dos semanas después, el "rápido" pudo empezar otra vez su trabajo. Todos sus colaboradores habían muerto. Vivió aún doce años y lo contaba a todos cuantos se lo querían oír: "el acto de arrepentimiento, la idea de que yo podía nadar y salvarme tal vez, el hecho de que yo, sin barruntar nada, me había despojado de aquellas cosas que hubiesen sido un obstáculo para nadar, todo ello era un milagro. Si diariamente rezamos con confianza a la Madre de Dios, no nos olvidará cuando estemos en un apuro". "Der Christliche Pilger" 1954

El «milagro junto al Vístula»

El Dr. Rudolf Graber, actual obispo de Ratisbona, publicó cuando era profesor universitario, en 1953, el siguiente texto en la revista "Hoffnung": En Rusia y en los países dominados por el bolchevismo, el materialismo se ha convertido en una especie de "religión". En el materialismo dialéctico se le atribuyen a la materia cualidades espirituales, e incluso creadoras y divinas. Dios ha sido expulsado de su trono y en su lugar aparece el hombre que se arroga el ser dios. En lugar del hombre-dios Cristo, aparece el hombre que quiere ser dios. Este habla como Lucifer: "¡No serviré!" María, por el contrario, al darnos a Cristo salvador, dice: "He aquí la esclava del Señor". Es ella, en verdad, la vencedora del materialismo diabólico. Para vencer al materialismo ateo, el papa Pío XII consagró a Rusia y al mundo al Inmaculado Corazón de María. Ciertamente sigue amenazadora la negra nube en el este, y los hombres se preguntan angustiados cuándo y cómo va a descargar. .. Pero no es la primera vez que el bolchevismo ataca al oeste. Ya una generación anterior, exactamente hace ahora 33 años, en 1920, el ejército rojo se dispuso a avanzar sobre el corazón de Europa. Entonces occidente fue salvado por la Madre de Dios. Y porque todos estos acontecimientos han sido olvidados, y dado que, en general, se desconoce en particular el carácter mariano del "milagro militar junto al Vístula", importa mucho rememorar aquí ahora aquellos acontecimientos. El decisivo año de 1919 fue un año en que estuvo a punto de irse a pique el joven dominio
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de los soviets. Los "blancos", esto es, el ejército contrarrevolucionario de Koltschak, Denekin y Wrangel, habían penetrado profundamente en Rusia; a buen seguro que les hubiese reportado la victoria sobre los "rojos", si los "blancos" hubieran procedido con un mínimo de unión entre ellos, y si Inglaterra no hubiese obligado a Wrangel al cese de la lucha. Para este tiempo, primavera de 1920, los polacos habían penetrado hasta Kiev, pero debían retirarse a mediados de mayo ante los "rojos". La retirada de Polonia se transformó muy pronto en huida desordenada. A comienzos de agosto, la "caballería roja" había penetrado ya en Galizia. Incluso hasta Varsovia y hasta la misma frontera alemana progresaba el ejército ruso. La "Entente" estaba tan sobresaltada por esta "blitzkrieg", que de inmediato envió no sólo armas y municiones a Polonia, sino que también envió oficiales de Estado Mayor bajo el mando del general francés Weygand. Bajo su dirección se llevó a cabo, pues, en sangrientos combates que van desde el 12 hasta el 16 de agosto, el llamado "milagro junto al Vístula". Los rusos fueron rechazados y la Paz de Riga, del 18 de marzo de 1921, fue el resultado de esta batalla de Varsovia, una batalla, en verdad, de proporciones universales. Hasta el Epítome de Historia de Ploetz, compuesto bajo la influencia del espíritu nacional socialista, escribe sobre esta "batalla del Marne polaco" (p. 740): "Polonia y también Alemania se salvaron del bolchevismo". Una consideración de la historia en términos puramente naturalistas atribuirá esta victoria junto a Varsovia a la dirección francesa del ejército y, en gene74

ral, al apoyo del oeste, así como a la deficiente retaguardia rusa respecto a municiones y tropas, aunque incluso esta manera de escribir la historia hable de un "milagro", dando a entender con ello que el resultado de aquella batalla ocurrió contra toda esperanza y cálculo humanos. El creyente cristiano, por el contrario, no verá azar alguno en el hecho de que precisamente la decisión de la lucha se ventilase en la festividad de la asunción de María. Como otras muchas veces en la historia, María intervino decisivamente, parando el avance del ejército ruso y, de ese modo, salvando en el último momento a occidente. Y es que si no se hubiese detenido aquí el ejército "rojo", Europa entera sería hoy bolchevique. Téngase en cuenta tan sólo que en Alemania, en la primavera de 1920, y tanto en Sajonia como en la cuenca del Ruhr, estalló una agitación comunista, subvencionada por los rusos. La iglesia y Roma han visto aquí más profundamente que los historiadores al uso. En el "propio" polaco del breviario, se atribuye formalmente en dos lugares distintos a la Madre de Dios el "milagro junto al Vístula"; estos dos lugares son precisamente en la festividad de la Virgen de Czenstochova (26 de agosto), y, sobre todo, en la festividad de María, reina de Polonia (3 de mayo). Y así, la sexta lectura del breviario correspondiente al 26 de agosto reza que "en el día de su asunción a los cielos, cuando en Czenstochova era invocada por muchísimos fieles con creyente corazón, aconteció en la ribera del Vístula el desmoronamiento del frente de los enemigos, siendo por ello asegurada la libertad de Polonia». Y aún más explícitamente hace referencia a este 75

acontecimiento la sexta lectura del breviario, del 3 de mayo: "Cuando apenas la libertad de Polonia había sido restablecida, apareció el enemigo del nombre cristiano, destruyéndolo todo a su paso, acercándose hasta casi las mismas puertas de Varsovia. En este terrible y renovado peligro, la Virgen María se mostró como la única salvación. Ella fue la que, en el día de su asunción a los cielos, rompió el poderoso frente del enemigo. Este fue rechazado y, de ese modo, el país se vio libre del terrible peligro". En cumplimiento de un voto hecho una vez por el rey Johann Kasimir, pidieron todos los obispos polacos al papa Pío XI se dignase permitirla celebración de una fiesta propia para honrar a la Santísima Virgen María como reina de Polonia; el mismo papa, entonces nuncio en Polonia, había contribuido no poco al fortalecimiento de los espíritus con su permanencia en aquellos momentos aciagos. Aprobó, pues, Pío XI esta piadosa súplica, autorizando que en adelante se celebrase la festividad del 3 de mayo como fiesta doble de segunda clase, confirmando al mismo tiempo un oficio propio con su misa correspondiente. En aquel entonces, los rusos estuvieron justo ante las puertas de Europa (1920). Hoy están ciertamente en el Elba y el Danubio, en el corazón de Europa. ¿Se repetirá el milagro de otrora y atacará de nuevo María, "la vencedora en todas las batallas del Señor"? Lo hará, si nosotros sabemos vencer en nosotros mismos el bolchevismo que nos acecha con su afán materialista del placer y con una actitud puramente terrena".
PROF. DR. GRABER:

La vencedora en todas las batallas de Dios

"Hoffnung" (1953)

Ha aparecido un libro de Antón Bóhm, en el que se designa a nuestra época como la "época del diablo". Con razón. Pero allí donde hace su aparición Lucifer, también se presenta María. Tal vez alguien se extrañe de que no sea el mismo Cristo el que conduzca la lucha. Pero yo creo que se reserva para el último momento, para su parusía, cuando venga sobre las nubes del cielo. En este nuestro tiempo, María tiene que reñir las batallas de Dios según el plan divino de salvación. Y sabemos por qué: Lucifer, el dios del orgullo, será más gravemente humillado si esto sucede a través de una humilde y sencilla mujer. María, sí, es la "vencedora en todas las batallas de Dios". Y este combate decisivo en nuestros días se anunció el 19 de febrero de 1858, en Lourdes, cuando, de pronto, el río se alborotó y Bernadette percibió, a través del salvaje movimiento de las masas de agua, el grito que decía: "¡sálvate!, ¡apártate!" Al parecer, el espíritu malo quería confundir y amedrentar a la muchacha. Y he ahí que sucede en la historia algo totalmente singular: la Señora muestra por primera vez un rostro extremadamente severo. Frunce el ceño y mira con ademán amenazador al río, enmudeciendo en seguida las voces, el alboroto y el estrépito del río. Apenas podía haber mostrado María de una manera más convincente su poder sobre el infierno que con esta muda mirada. Estamos, pues, en el más grave enfrentamiento del reino de Dios; la lucha que ante nosotros está, es la lucha entre Dios y Satán. Conocemos de sobra el cínico juego que hoy se utiliza con pala77

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bras tales como "paz y libertad", los intentos de oscurecerlo todo y las maniobras de alucinación, la siembra de conceptos y de sofismas, de medias verdades y de mentiras, éste es el grandioso juego del diablo, del enredador, del —literalmente traducido— calumniador, que cree ahora llegada su hora. Y precisamente esta hora es en el plan salvífico de Dios la hora de María. Es desde este trasfondo desde donde hemos de ver la devoción maríana de nuestros días . Es ya tiempo de que saquemos lo mariano de zonas periféricas más o menos consentidas del mundo religioso y de que, de nuevo, lo situemos allí donde debe estar según el plan salvífíco de Dios, esto es, en Jesús, que es en verdad la única salvación; este Jesús que se sabe indisolublemente unido a su Madre. Es en este gran contexto donde hemos de situar lo mariano, en medio de la lucha en la que no sólo se trata de nuestra salvación personal, sino del futuro del occidente otrora cristiano.
PROF. DR. RUDOLF GRABER, 1959

dres, bendita entre las mujeres! ¡Seas tú el norte que los lleve a Cristo, única y suprema luz del mundo! ¡Implora para él el saber del verdadero sentido de la vida humana! ¡Para los que sufren, consuelo, y la vida eterna para los difuntos! ¡Muéstrate como Madre! ¡Que todos nosotros lleguemos a saber que tú eres nuestra Madre! Te lo suplicamos nosotros, amable, dulce y amorosa Virgen María. Amén. ¿Quién ha telefoneado...? La correspondencia de la Unión Sacerdotal por la Oración informa del siguiente acontecimiento singular en América: Un párroco de la diócesis de Bismarck, en Dakota del Norte, fue llamado telefónicamente una mañana hacia las cinco de la madrugada desde una población que a esas horas intempestivas no tenía comunicación de larga distancia con el lugar del susodicho párroco. Estas fueron las palabras: "Reverendo, venga Vd. rápido a casa de un enfermo grave en N. N...." El sacerdote se apresura y llega al lugar después de un viaje de tres horas en coche. (De haber estado el camino en mejores condiciones, fácilmente hubiese llegado aproximadamente en una hora). Una vez llegado allí, se dirige a la única familia católica del lugar y pregunta que quién estaba enfermo. " En nuestra familia nadie está enfermo, y aquí, como sabe, no hay más católicos". El sacerdote no queda satisfecho con esta respuesta, y sigue preguntando: "¿Acaso no hay nadie enfermo en el pueblo?" "Sí, sí, hay un hombre enfermo, pero
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Recemos con Pablo VI María, Madre, mira a toda la humanidad, mira a nuestro mundo de hoy en el que nos ha puesto el decreto divino. Es un mundo que vuelve las espaldas a Cristo, luz verdadera. Un mundo que tiembla y gime bajo la peligrosa oscuridad por él mismo creada. Que tu materna y dulce voz lleve a este mundo a la verdadera vida y luz de la humanidad, ¡oh Virgen hermosísima, la más digna de las ma78

no es católico". Después de haberlo pensado un poco, dice el sacerdote: "Voy a acercarme a ver". "Mejor que no lo haga, reverendo", le contestan. "La esposa del enfermo es una metodista muy estricta, y lo más probable es que ni siquiera le abra la puerta". / El sacerdote no se deja desviar de /su propósito, y en consecuencia va hacia la casa y la mujer le franquea la entrada después de una débil oposición. La conversación con el enfermo pone pronto al descubierto que había sido católico. Sin dificultad accede a recibir los santos sacramentos para los moribundos, pues ciertamente no cabía dudar de que pronto se produciría su óbito. Después de la administración de los mismos, preguntó el sacerdote al enfermo, que hacía más de 30 años que ni pisaba una iglesia católica ni había cumplido con pascua: " ¿Cómo se explica Vd. esta gracia extraordinaria de que haya recibido ahora a un sacerdote, pudiendo recibir los santos sacramentos?" El enfermo contestó: "Cuando mi madre estaba cercana a la muerte, me dijo: "No dejes pasar ni un solo día sin al menos haber rezado un "Dios te salve, María". Se lo prometí. Además, jamás he rechazado a un hambriento de mi casa". Hasta aquí el relato. Posteriores investigaciones por parte del sacerdote dieron como resultado la constatación de que, evidentemente, durante ese tiempo no hubo conexión telefónica entre esos dos lugares. ¿Quién telefoneó, pues? Cada cual puede responder a esta pregunta según más le plazca. En todo caso, también está justificado admitir que aquí hubo una intervención del Buen Pastor y de su benditísima Madre. "Hoffnung", n. 212
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¡Oh, mamá, qué hermoso!

Edith, el sol de una buena y honrada familia, estudiaba en Munich, en Angerkloster. Apenas tenía 15 años; en vez de irse de vacaciones de navidad, hubo de ingresar en un hospital. Su estado empeoró. La madre fue informada telegráficamente, poniéndose rápidamente en camino para estar junto al lecho de muerte de su única y amada hija. La valerosa madre hizo saber ella misma a su hija moribunda que probablemente no había ya ninguna ayuda posible. Le dijo: "Edith, en casa todo está preparado para el aguinaldo; el niño-Dios ha querido regalarte muchas cosas, pero ahora casi creo que es el mismo niño Jesús el que quiere venir para llevarte consigo al cielo". Al oír esto, Edith quedó como paralizada en un primer momento, pero luego de unos pocos minutos, dijo: "Madre, si esto es así, quisiera hacer una confesión general". La madre ayudó a su bija a prepararse para recibir los sacramentos de los moribundos. Con auténtica devoción recibió Edith al Señor en el viático, la unción de los enfermos y la absolución general. Realizada la sagrada ceremonia, la valerosa madre pidió al sacerdote —es éste el que nos ha contado la presente historia— el poder preparar ella misma a su hija a bien morir, dirigiendo las oraciones de moribundos. Pues bien, lo hizo con tal unción y con tanta fortaleza cristiana, que todos los presentes derramaron abundantes lágrimas. Cuando terminó, elevó sus ojos al cielo, y dijo: "Querida Madre de Dios, recibe en tus manos a mi hija, si así lo ha dispuesto la voluntad de Dios". En ese preciso momento, la pequeña moribunda se incorporó sobre
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su cama, la mirada resplandeciente, y exclamó para edificación de los presentes: " ¡Oh, mamá! ¡Qué hermoso! Ahí está la Madre de Dios con el niño Jesús... que vienen para llevarme". Dicho esto, se recostó otra vez y su alma se fue con Jesús y María a gozar de la eterna felicidad.
HERMANA AGNELLA

II VIVENCIAS CON EL SANTO ROSARIO

"María es la administradora de los tesoros de la divina gracia. De ahí que enriquezca ella a sus servidores ".
SAN ALBERTO MAGNO

Recemos:
Vivencia emocionante de un misionero

Cuando la muerte nos aterre, estáte a nuestro lado, oh Virgen Madre, y sea suave nuestra marcha de este mundo, ¡oh reina y madre nuestra!

El padre Kassiepe nos cuenta lo siguiente: Era una población industrial de Alemania occidental. Llevábamos ya ocho días metidos de lleno en la labor misional. Un trabajo duro, pero también enormemente consolador y confortante. Los sermones son a las cinco de la mañana y a las nueve; por la tarde, los tenemos a las tres y a las ocho por la noche. Mientras tanto, y siempre después del último sermón del día, oíamos confesiones hasta cerca de la medianoche. Por la noche, también teníamos un sermón en polaco en la escuela, y asimismo otro en italiano en la capilla vieja, cerca de la gran cantina de éstos. Hoy es viernes. Las mujeres y las jóvenes ya se han confesado en su mayor parte, así como la mayoría de los varones de edad, y muchos pequeños comerciantes y artesanos por cuenta propia. Toda la población anda muy seriamente afectada
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por el hecho de estas misiones populares: los lugares de esparcimiento están vacíos, ya que todo el mundo acude a los sermones. Se cuentan cosas extraordinarias de gentes que no se confesaban desde su infancia y que ahora han vuelto otra vez a la vieja tradición. A un agricultor le han sido devueltos 1.600 marcos, robados hacía algunos años, no habiendo hasta entonces encontrado al autor de semejante robo. Enemistades mantenidas durante años desaparecían esos días, etc. Pero tanto a nosotros como al cura párroco nos preocupaba hondamente el hecho de que aún nos faltaba por confesar entre 1.200 y 1.500 hombres, y mañana, sábado, era el último día de confesiones. ¿Se acercarían todos a la santa confesión? Hoy por la noche he de predicar yo sobre la fe y la confesión de la fe, dirigiendo una última exhortación a hombres y jóvenes para que se acerquen a confesarse; la iglesia estaba repleta hasta no caber ni un alma más, y fundamentalmente eran hombres los que la llenaban. No sé bien cómo sucedió, pero después que hube estigmatizado las falsas disculpas del respeto humano, se me reblandeció el corazón a la vista de la gran multitud de hombres que tenía a mis pies, y, de repente, siguiendo una inspiración del momento, me puse a hablar de la Madre de Dios. "Si hay aún alguno entre vosotros que no se haya decidido todavía a su conversión, que invoque, queridos hermanos, a nuestra querida reina celestial, la Virgen María, nuestra Madre. Todo aquel que sienta, aunque sea muy poco, algo de amor por tan buena Madre, que se anime: puede estar seguro de que será salvado por su intercesión. Que no diga nadie: ¿De qué me vale el
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rezar? ¡Si es que yo ya no creo...! No, querido hermano. Intenta de todas veras rezarle a María desde las migajas de tu fe que aún es posible percibir en lo más profundo de tu corazón. María entonces te alcanzará de Dios la gracia de la fe, la completa paz de tu corazón y la perseverancia en el bien". No sé qué otras cosas aún pude decir. En todo caso, a buen seguro que todo lo que entonces dije no correspondía al sermón que para ese momento tenía dispuesto, sino que eran palabras espontáneamente pronunciadas por mí, como puestas por alguien sobre mis labios, de modo que mi superior, que pudo oír una parte del sermón desde la sacristía, hubo de reprenderme suavemente a causa de esta desviación del asunto principal. Luego, nos metimos en los confesonarios. Eran las doce y media de la noche cuando me levanté para marcharme a la casa parroquial. Pero en ese momento observé ante la imagen de la Madre Dolorosa a un hombre arrodillado con el rosario en la mano, llorando amargamente. A mi pregunta de si tal vez quería confesarse, contestó tan sólo con sus lágrimas... Luego dijo: "Padre, hace más de 25 años que no me he confesado; llegué a no creer en nada, y, por supuesto, tampoco he ido a la iglesia. Pero este rosario, padre, es de mi difunta madre allá en Lorena. Es un recuerdo que me dio en su lecho de muerte. Sí, padre, prometí a mí bendita madre rezar cada día al menos un misterio del mismo. Por su amor, he cumplido hasta el día de hoy con aquella promesa. Estoy muy hundido; he pensado siempre que he llegado demasiado lejos, que ya es demasiado tarde para poder ser ya nunca jamás salvado. Pero hoy por 85

la noche, por curiosidad, me he acercado a la iglesia de nuevo. Y sólo tuve oídos para lo que Vd. dijo en su sermón de la Madre de Dios. Dijo Vd. que quien tuviese un poquito de amor a la Madre de Dios, que sería salvado con toda seguridad. Padre, hoy he vuelto yo a tener esperanza; pues si en verdad es muy poco lo que yo valgo, en nada le he faltado nunca a la Madre de Dios; siempre he tenido en gran estima su rosario, y lo que prometí una vez a mi madre, lo he cumplido fielmente. ¿Es verdad realmente que aún hay salvación para mí?" Por toda respuesta, lo tomé por el hombro y lo llevé al confesionario. Lo que ahí sucedió, Dios sólo lo conoce. Era ya bien pasada la medianoche, cuando dos personas extremadamente felices abandonaron la casa de Dios, toda oscura ya. Sentí que sobre mi rostro caían cálidas lágrimas cuando el hombre tomó mi mano delante de la iglesia y la besó agradecido. Es sábado, el penúltimo día de las misiones, y el último disponible para confesiones. Desde un lado de la iglesia hasta el otro, largas filas de hombres se apiñan desde las cinco de la mañana ante los confesionarios, esperando pacientemente hasta que les toca su vez. Muchos de ellos han pedido permiso en sus fábricas para, en total tranquilidad, poner en orden sus cosas por medio de una confesión general. Hoy sólo hay dos pequeñas charlas, pues es el día de la recolección en el confesionario, y el segador no gusta de interrumpir en su labor recolectora... ¡Mañana habrá una magnífica comunión general en el mundo de los hombres! La alegría y el consuelo que experimentamos al oír las confesiones de estos hombres nos hace más llevadero el 86

fatigoso y casi interminable trabajo. Y es que se siguen acercando grupos y más grupos de hombres: no parece que la iglesia se vaya vaciando. La solución es: seguir adelante. No podemos marcharnos hasta que no se haya confesado el último hombre, ¡aunque tuviésemos que estar aquí toda la noche! En las pequeñas pausas que nos concedemos cada dos horas para tomar un pequeño refresco en la sacristía, o simplemente para darnos un breve respiro y desentumecer los miembros agarrotados, nos animamos mutuamente. Ninguno de nosotros piensa en el descanso, aunque apenas si hemos dormido unas cuatro horas diarias. De pronto, soy llamado por el párroco. Debe ser urgente, pues hace media hora lo he visto que marchaba rápidamente a viaticar a alguien. "Padre, le transmito las últimas gracias de un moribundo. El hombre que sobre la una de la pasada noche se confesó con Vd. acaba de morir. Fue cogido entre las ruedas de la máquina. Pero no perdió la conciencia, y en presencia de testigos me ha dicho cómo vino para convertirse. Hoy por la mañana ha comulgado en la iglesia. Acabo de administrarle la extremaunción, y le he impartido también la absolución general. A pesar de los grandes dolores, murió como un héroe, resignado a la voluntad de Dios. Ha sostenido hasta el último momento en sus manos el rosario que le ha salvado. Me mandó saludarle y agradecérselo todo, y le ruega que cuente por todas partes que él, por medio de María, recibió la gracia de morir reconciliado con Dios en un día a ella consagrado".
KASSIEPE

Erlebtes un Erlauschtes. Echter-Verlag, Würzburg).
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El 10 de mayo de 1964 decía Pablo VI: "Una de las características del rosario, la más significativa, la más importante y hermosa de todas es que el rosario es una devoción que, por María, nuestra Señora, nos lleva a Cristo. Jesucristo es siempre la meta de esta larga y repetida invocación a María. Se dirige uno a María para llegar a Jesús. María lo ha traído a este mundo. Es la Madre del Señor. Ahora ella nos lleva a él si le somos devotos, si la veneramos..."

En el rápido Toledo-Madrid Los actores dramáticos rodeaban a su gran colega después del estreno, felicitándole por su fabuloso éxito en su gira de invitado por España. Estaban naturalmente curiosos por conocer qué aventuras había vivido en tan celebrado país. Cuando, después, se hallaban sentados en un pequeño círculo, les contó lo siguiente: Fue un día de otoño ya avanzado, en octubre, cuya temperatura, sin embargo, es comparable por su bondad a la que entre nosotros se da por agosto. Viajaba yo en el rápido Toledo-Madrid, camino de mi "premiére" española, con sentimientos enfrentados de esperanza y temor. Ciertamente, era consciente de cuan críticos se nos mostraban después de la guerra los públicos de todas partes, y con qué rigor, en consecuencia, se había de enjuiciar mi arte. Y Madrid
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tiene justamente un público habituado a estos menesteres, y, pese al célebre temperamento hispano, es bastante parco en prodigar sus alabanzas y su aplauso. Estaba decidido, naturalmente, a desempeñar mi papel con la máxima unción de que yo fuese capaz, temiendo, no obstante, que ese clima extraño para mí dañase mi voz. Mientras, pues, rápidamente me iba dirigiendo a Madrid, meditando con cierta aprensión los pros y los contras, observaba a mis compañeros de departamento, tal como si de un ensayo se tratase, intentando calibrar su apatía o su compenetración conmigo. Pero no tuve mucha oportunidad para semejante estudio. Únicamente un señor anciano, y que parecía ser en su compostura un Grande de España salido de uno de los cuadros famosos, se mantenía sentado allí, en un extremo del asiento, imperturbable a todo cuanto a su alrededor estaba sucediendo. Y justamente frente por frente de mí, una dama, extraordinariamente hermosa, de rasgos típicos castellanos. Pero toda su figura expresaba una gran reserva. No había, pues, posibilidad alguna de entablar la más mínima conversación. Sólo cuando llegamos a Aranjuez, el ambiente se volvió más animado. Aquí tuve que moverme, pues subió a nuestro departamento una señora mayor con una niña. Al parecer, venían de alguno de los numerosos lugares de peregrinación que tan frecuentes son en España, pues la niña portaba una pequeña bandera con la imagen de la Virgen, hablando continuamente de la "Madre de Dios". Poco a poco, observé cómo se iban humanizando los rasgos de la hermosa dama que tenía frente a mí. Miraba a la niña con tierno interés y, en un determinado momento, le dijo amablemente: 89

"¿Vas a bajarte en Madrid, Fernanda, o seguirás más allá? " La pequeña movió la cabeza: "No, estamos muy cansadas de rezar en alto. En Madrid vamos a casa de mi tía, y mañana por la mañana seguiremos". Su abuela sonrió. "Sí, sí, ya es hora de que Fernanda se vaya rápido a la cama". La pequeña, al oír esto, la miró con un mohín. "No, abuelita, primero tenemos que rezar el rosario de la radio, como las otras noches". La abuela se opuso: "Hoy ya está bien". La delicada dama de enfrente se ruborizó ligeramente. "¡Qué lástima, me hubiese gustado tanto rezar el rosario junto con mi pequeña amiguita!" Y sonreía levemente al observar que los ojos de todos estaban fijos en ella por lo que acababa de decir. "Sí, realmente es un encuentro singular. Hoy por la noche dirijo yo el rosario de la radio". Creí no haber entendido bien, pues es obvio que el dominar una lengua extraña no es cos^ de todos los días... La anciana señora exclamó entonces: «¡Oh!, ¿es entonces V. D.a Isabel del Carene, la gran cantante? " Ahora el fino rostro de la dama de enfrente enrojeció sobre su cutis moreno. "Sí, soy yo, pero grande sólo cabe decirse de alguien cuando podemos juzgar su vida en el momento de su muerte". La pequeña fue hacia ella y le puso sus manecitas confiadamente sobre su regazo: "Pues entonces me quedaré despierta. Sabes cantar tan bien, doña Isabel, que ahora quiero oír cómo rezas. Ayer hubo uno... ¿cómo se llama, abuelita, el que estuvo ayer en la radio?" "Ayer dirigió la oración uno de los heroicos coroneles del alcázar; y mañana, un cardenal". Hice esfuerzos por dominar mi emoción. Disimuladamente saqué un prospecto de teatro sobre
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las representaciones que se daban en Madrid... No había duda, la dama era la célebre cantante de ópera que en el estreno había de ser mi "partenaire". Y ahora, sí, tuve yo una buena razón para presentarme, como así lo hice. El asombro fue grande. (En un momento desapareció la engolada reserva de antes). Ahora, de pronto, fui testigo de la auténtica cordialidad española frente al huésped. La alegría era sincera. Pero la capital se nos echó encima sin apenas darnos cuenta. Hubo una entrañable despedida de la niña, fuera de sí de contenta. "Hoy por la noche, cuando rece en la radio, pensaré particularmente en ti, Fernanda", le prometió la cantante a la pequeña, "y cuando tú, en casa, contestes al avemaria, lo sentiré yo en mi corazón. Esto será aún más hermoso que cuando canto en la radio". Se despidieron largamente. Al final, la cantante se dirigió de nuevo a mí. "Señora —le dije, perplejo—, yo no conozco nada de las costumbres españolas. ¿Es posible? ¿Rezará Vd. el rosario ante todo el público? " Sus ojos oscuros me miraron con un gran brillo: "Ciertamente, y es una alta distinción y un honor poder hacerlo. Tantos científicos, artistas o políticos de España intentan por todos los medios posibles, al igual que lo hacen los simples trabajadores o artesanos, el pertenecer al grupo de los elegidos y poder dirigir el santo rosario desde la radio en este mes de octubre. No hay diferencia en este aspecto entre sacerdotes y religiosos o seglares cualesquiera de toda condición". "Le ruego, por favor, señora —le dije confuso, mientras nos despedíamos— que me diga a qué hora será eso. Quisiera escucharla". Sonrió, indicándome la acostumbrada hora de la noche cuando toda España
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enciende la radio. "En ese momento —dijo— nuestro pueblo es una gran familia reunida para rezar en torno a la mesa, honrando a la Madre común". De repente, todas mis inhibiciones se fueron al diablo. "¿Querría ser tan amable, señora, de tenerme presente en sus oraciones? Si he de serle franco, temo no poco mi presentación en Madrid. ¿Podría Vd. suplicar que esta mi presentación aquí fuese un buen testimonio de mi patria?" "Lo haré con sumo gusto —aprobó con seriedad—. No hay mejor preparación para habituarnos como "partenaires". Rezar juntos significa vivir y creer juntos desde los fundamentos primordiales. Y ahora, adiós". La vi marchar... Esa misma noche oí yo su melodiosa y repetitiva voz femenina, en el ritmo tranquilizador de la oración. "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros..." Era como si sintiese el latido de todo un pueblo. ¿Qué añadir? Acaban de felicitarme Vds. mismos por el extraordinario éxito que tuve en la escena española. No sólo fue la profunda compenetración con mi "partenaire" lo que me hizo cantar y representar mejor mi papel. Percibí algo de aquello que se da en la fuerza de unión que subyace en la fe católica, lamentando aún hoy en mi corazón que no haya arraigado esta costumbre de rezar unidos en todos los pueblos de Europa a la Virgen Madre, haciendo oír en las ondas, tan desacralizadas a menudo, palabras de paz y de unidad, palabras que llevan en sí virtualidades divinas, y no sólo para el teatro, reflejo de la vida, sino para todo el ser... Y, para terminar, mostró a los actores dramáticos, sin temor alguno, el rosario consagrado que, 92

como despedida le regaló su "partenaire" española —cinta de paz suficientemente poderosa como para abarcar al mundo entero.
C. M. LAKOTTA

El P. Sorge confiesa: "El rosario es el testimonio cotidiano de las grandezas de María, y precisamente en el sentido pretendido por la teología conciliar; pues es necesario que reflexionemos y nos llamemos a la Escritura y a la Tradición. No aislar a María del contexto de la historia salvífica, sino darle la posición privilegiada que le corresponde en el plan divino. En el rosario encontramos sólo aquello que las fuentes de la revelación nos dicen de ella. Desde la anunciación hasta el nacimiento del Señor en navidad, hasta el calvario y hasta la resurrección, ascensión y venida del Espíritu Santo. Se pasa revista a todo el camino de salvación; se lo hace desfilar ante sí. Cada misterio es una etapa, un descubrimiento progresivo del plan salvífico de Dios en la historia del mundo. ¡Cuan verdadero, cuan real y sublime se nos aparece ahí la grandeza de la Madre de Dios y de la iglesia, sin que necesitemos echar mano de exageraciones retóricas o sentimentales!
Las dos joyas: el Nuevo Testamento y el rosario

(las vivencias de una septuagenaria en un campo de concentración) Estábamos precisamente sentadas para desayunar en nuestra recoleta casa —era el 7 de enero 93

de 1944—, cuando sonó chillonamente el timbre de la puerta y, de inmediato, hicieron su aparición dos miembros de la Gestapo. En pocas palabras plantearon a mi madre, una anciana de casi 70 años, la inexcusable necesidad de que se dispusiese a salir con ellos en el plazo de 20 minutos; mi madre sería evacuada. Mi madre, de ascendencia judía, pero que se había convertido hacía 40 años, y que nunca se había entrometido en política, temblaba la pobre al levantarse penosamente para recoger algunas provisiones y alguna ropa. Poco tiempo después, teníamos dispuesto un bolso con las cosas más imprescindibles. Las dos estábamos medio muertas de miedo y de dolor, pero nos contuvimos para no dar ese placer a los hombres de la Gestapo. Actuábamos como si estuviésemos petrificadas. Tan sólo una vez estuvo a punto mi madre de perder la compostura cuando Peter, de tres años, bajó corriendo las escaleras, y gritó: " ¡No te marches, abuela, no te marches!" Sin embargo, se repuso, y con pasos seguros se marchó con los dos hombres. Entre las pocas cosas, empero, que llevaba en su bolso había dos joyas: el Nuevo Testamento y su rosario. Ambos le acompañaron al campo de concentración, adonde, a los pocos días, la enviaron. Comenzó allí una vida sin sol, sin humanidad, sin esperanza. Día a día, un duro trabajo le aguardaba: hacer la colada. Día a día, la misma monótona alimentación, muy lejos de ser suficiente. Tiradas sobre el suelo, cubiertas sólo con una manta, las 52 mujeres que se amontonaban en un cuarto del cuartel esperaban que amaneciese. Durante
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meses, no hubo ni catres ni estufa, hasta que las reclusas se las agenciaron por sí mismas —con el temor continuo de posibles castigos terribles— para traer materiales para quemar, secretamente sustraídos, calentándose de ese modo con peligro de sus vidas. ¿Cómo habría podido soportar mi madre el martirio de esas noches sin fin, si no hubiese podido deslizar entre sus dedos las cuentas del rosario? ¿Cómo habría podido escapar a la desesperación, de no haber sido su consuelo y fortaleza la Madre de las madres todas, surgida del mismo tronco que ella? Mor taimen te largos se hacen 17 meses cuando se ve privado uno de la libertad, e incluso de los más elementales derechos como persona humana. La vida es horrible cuando se está amenazado cada hora por la muerte. Muchas murieron de hambre, otras muchas se volvieron locas. Mi madre se aferraba con todas sus fuerzas al rosario, del que no se separó ni de día ni de noche, y que logró escapar a todos los cacheos e investigaciones. Llegó el verano y luego llegó el invierno. Empezó el año 1945. Ninguna de las allí encerradas barruntaba que estuviese cerca la salvación, ni que un régimen que pisoteaba los más elementales derechos humanos estuviese al borde de su holocausto; que un poder que se vanagloriaba de tener una existencia de mil años, se hubiese ido a pique en unos pocos más... Ya las cámaras de gas se hallaban en construcción, los trabajos para ultimarlas se acercaban a su fin. Las pobres condenadas temblaban todo el día, temiendo por su vida, arrojándose a la desesperación más negra o en el regazo misericordioso de Dios. 95

Un día, todo este juego macabro llegó a su fin. Las puertas fueron abiertas. Personas demacradas, desnutridas, avanzaban a tientas hacia la luz, no comprendiendo de inmediato qué es lo que significaba la libertad. Eran muy pocas las que habían quedado de las 120.000 que se habían hacinado por el campo. Entre óstas, una anciana de 70 años, mi madre. De las pocas cosas que trajo entonces, mucho es lo que entre tanto se ha extraviado. Pero en su bolso sigue estando el Nuevo Testamento, y sus manos aprietan el rosario, que, aunque gastado y destrozado, sigue, sin embargo, estando ahí. Todavía vivió mi madre un año entero, un tiempo que aprovechó para dar gracias a la Señora celestial. Tuvo la dicha de morir en la paz del Señor, rodeada por sus hijos, y con el consuelo de los santos sacramentos. E incluso en el momento de la muerte, sus dedos sostenían, abrazándolo, el santo rosario. "Mann in der Zeit"
El rosario tras los muros de la cárcel

Una cárcel de las SS, en Berlín. Se permite a los prisioneros respirar un poco de aire fresco. Marcha uno detrás del otro, mientras los guardianes los observan atentamente. "Padre, ¿tiene un rosario?", escuchó el provincial jesuíta, padre Rbsch, a alguien detrás de sí. El padre no tiene ninguno. "Padre, procúreme uno, por favor, pues yo lo necesito urgentemente", insistió de nuevo la susurrante voz desde atrás. La noche siguiente, el padre Rbsch está echado 96

en su camastro sin poder pegar ojo. Sus manos están atadas y una lámpara alumbra únicamente el ancho de una mano sobre su rostro, para que el centinela pueda observarlo en todo momento. La puerta de la celda chirria sobre sus goznes, y el prisionero se pone' en pie despavorido. ¿Control, interrogatorio o...? Nada de eso, es únicamente el centinela de turno, uno de los pocos con buen corazón. Entabla un diálogo con el padre, contándole que era católico. El padre se atreve. "Me gustaría tener un rosario", le suplica. "¿Para Vd. o para otros?" "Para mí y para los otros". "Vendré otra vez", dice el centinela, y abandona la estrecha celda. En medio de la noche resuena otra vez la llave en la cerradura. El centinela se acerca con cuidado al camastro del sacerdote. " ¿Duerme Vd., padre? ", preguntó. El padre mueve la cabeza. " ¡Pobre! Pero traigo algo para Vd., ¡un rosario!" El sacerdote no quiere dar fe a sus ojos. "Sí, padre, puede quedarse con él. Es de mi madre. Lo puede usar hasta que me haga con otro en la ciudad. Buenas noches". Al padre los ojos se le llenan de lágrimas, quedando luego solo otra vez, solo con su rosario. Sin embargo, no lo retiene para sí. Las cuentas de este rosario recorren toda la tétrica prisión, en donde gentes torturadas aguardan la muerte. Cada uno puede tenerlo media hora consigo, y todos los católicos lo hacen. Incluso aquellos que antes nada querían saber del rosario. Ahora, en cambio, les parece como una cadena con la que agarrarse a Dios. Posteriormente, uno de los presos le dijo al padre: "Antes el rosario no me decía nada, abso97

lutamente nada. Pero ahora, en la miseria de la prisión, he experimentado cuál es la fuerza y la alegría que se ocultan en los misterios del santo rosario". En mi abandono he rezado varios salmos y suplicado el auxilio de Nuestra Señora". De "María" (1959) "Desde las más altas jerarquías eclesiásticas se ha vuelto a insistir más y más en el rezo del rosario, y quien conozca el Diario espiritual del papa Juan X X I I I , sabrá qué es lo que ha significado para este hombre el rosario a lo largo de toda su vida".
D R . T H . BERGNER

En un campo ruso de prisioneros Una joven, arrastrada como tantas otras incontables miles de mujeres y jóvenes alemanas al cautiverio ruso, algo, en verdad, incomparable por lo que hace a las miserias y sufrimientos que comportaba, informa de lo que sigue, una vez que logró la feliz vuelta a casa: "No nos estaba ni siquiera permitido tener un rosario. Cuando fui llevada al cautiverio de Siberia desde mi pueblo cercano a Kónigsberg, tenía yo 17 años. Ya durante el mismo camino hacia la cautividad nos fue quitado el rosario tanto a mí como a las restantes compañeras de sufrimiento. Nos pareció que perdíamos algo muy importante, ciertamente. Pero cuando llegó mayo, en las silenciosas horas nocturnas se fue despertando en ñoco

sotras el deseo, cada vez más fuerte, de aquella fortaleza y consuelo que dimanan de la oración del santo rosario rezado en comunidad. Rezábamos por los dedos, "la biblia de los abandonados", a quienes ningún sacerdote tiene acceso. El rosario debía servirnos de sustituto de todo aquello a lo que nosotras estábamos acostumbradas respecto a ejercicios religiosos. La miseria ejercita la inventiva. Entre nosotras había una estudiante de la academia de arte que quería ser escultora. Cuando un día encontró algunas migajas del pan comido en el campo convertidas en algo tan duro como una piedra, se le ocurrió la idea de formar pequeñas bolas de la miga tierna del pan, ocultándolas luego en una cajita. Ante nuestras preguntas curiosas, ella no dijo ni una palabra. Al final, ultimó también asimismo una cruz con tales materiales. Después de algunos días, nuestra artista tomó la común aguja de zurcir y el hilo, y perforó cuidadosamente un agujero a través de cada "cuenta", pasando el hilo a su través y anudándolo luego. Entonces supimos, al fin, cuál era el secreto que se traía entre manos. Por nuestra parte, diariamente ahorrábamos asimismo una migaja de nuestra magra pitanza de pan. Y así, cuando mayo andaba por la mitad, cada una de nosotras ya poseía un rosario, literalmente "quitado de la boca" de cada una. Era ciertamente la materia más singular de la que nunca fueron construidas las "cuentas del rosario de Nuestra Señora". Nuestra alegría interior y nuestro amor podrían ante Dios sustituir la bendición, pues el rosario de tales siervas era ante Dios más valioso que el oro. 9y

Pero un día fui toda turbada y con lágrimas en los ojos por la vergüenza a donde estaba Anke, la artista, y le confesé que, por un descuido, había dejado abandonado mi rosario, y que los ratones lo habían roído, dejándome sólo el cordón carcomido también. Anke se propuso inmediatamente hacerme otro rosario de su propio pan de cada día, y yo le di el mío. Pero trabajando en esto con una cierta despreocupación, pues la práctica ya era mucha, fue sorprendida en medio de su labor, siendo llevada de inmediato al director del campo. Hicimos desaparecer apresuradamente nuestros rosarios, todas rezamos temerosas por Anke. Pero, después de breve tiempo, volvió ya a estar con nosotras. Todas le preguntamos que qué había pasado. Nos contó que el director del campo le gritó amenazadoramente que qué diablos quería hacer ella con este "fetiche de superstición" (así llamó al rosario). La segunda pregunta fue que de dónde tenía ella esto y de qué estaba construido. Anke invocó en su corazón a la Madre de Dios, y luego dijo valientemente: "Esto está hecho de pan, es nuestro alimento inalterable". En un primer momento, calló el ruso, mirándola asombrado, luego tomó una de las cuentas entre los dedos, aplastándola y oliéndola... Meneó la cabeza y luego gritó: "¿Alimento inalterable? ¿Qué significa eso?" "Sí, realmente es un alimento inalterable para nuestras almas, que están hambrientas". El ruso la miró como atontado, luego su mirada se vio cruzada por un extraño fulgor. Le tendió rápidamente el rosario y con voz bronca le dijo: "¡Quédese con él!" Así es como nos protegió la reina de mayo, ayudándonos en nuestra vuelta a casa desde la cautividad". "Hoffnung" (1952) 100

Reinhold Schneider, uno de los poetas más significativos, dijo una vez: "Habríamos de admitir de una vez por todas que las objeciones contra el rosario provienen del hecho de que no se reza. Son objeciones que proceden de quienes no saben rezarlo. Una oración únicamente se descubre en el rezar, así como la verdad se le patentiza a quien la practica, y el sacramento transforma e ilumina a quien lo recibe..." Y continúa diciendo: "En la hora actual, nuestro mundo necesita ampliamente de la oración, en cuya virtud el yo se difumina en la humanidad suplicante. De ese modo, el rosario llegará a ser el regalo de la gracia en esta hora. Podrá aparecer de nuevo según su auténtica esencia como la oración de la humanidad bajo el dominio protector de María". Petrusblatt (1966/40)
¡Santa Madre de Dios, socorre a nuestro papá!

En la última estación había subido al tren un caballero. Frente a él, en el asiento justo al lado de la ventana, iba sentada una señora, al parecer francesa, como cabía deducir del libro que estaba leyendo. Al vivaracho francés del sur le hubiese gustado entablar una conversación en la lengua patria, y así consumir más cómodamente el tiempo, pero era demasiado educado como para parecer impertinente. Tal vez ya se ofrecería alguna ocasión más adelante de charlar sobre cualquier cosa... La dama abrió su bolso de mano para sacar su pañuelo. 101

Pero, al intentar esta operación, algo se cayó al suelo. El caballero lo levantó presto. Era un hermoso rosario de cuentas de marfil. Algo perplejo, se lo pasó a la dama en cuestión. "¿Es Vd. también francés?" El caballero dijo que sí. El hielo se había roto... "¡Qué ligereza por mi parte! El rosario significa para mí muchísimo. Me lo regaló mi marido antes de la guerra, trayéndomelo de Roma con ocasión de una peregrinación de hombres a la Ciudad Santa. Está bendecido por el Santo Padre. Nosotros, los bretones, hemos quedado muy ligados a la fe de nuestros padres. De ahí que utilicemos este rosario en las oraciones comunes de la mañana y de la noche. Sus cuentas pasaron por los dedos de mi marido. Han pasado por los míos cuando él ha estado de viaje y yo lo rezaba sola con mi hijita". Luego calló, sumida en el recuerdo. Imágenes del pasado desfilaron por su imaginación. "Mi marido —continuó— tenía un puesto importante en el movimiento de resistencia. A menudo le supliqué que renunciase a esa peligrosa actividad por amor nuestro. Mis noches se convirtieron en una auténtica pesadilla. Soñaba siempre con su captura y con todas las horribles consecuencias previsibles. Y ya ve, un día mis sueños se hicieron triste realidad. Fue precisamente la noche del desembarco aliado en Normandía. En Bretaña, nosotros no sabíamos nada de esto. Nuestra casa está junto al mar. Esa noche yo no podía pegar los ojos. Salí fuera, al balcón. Estaba como sonámbula. En la lejanía se oyó de pronto ruido de motores. El zumbido se hizo cada vez más claro. Los reflectores proyectaban su luz sobre el paisaje. El ruido de los motores se hacía más y más
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próximo... Y, de repente, la luz de los reflectores desapareció... Llena de miedo, volví al dormitorio y desperté a mi marido: "Pierre, ruido de motores. Se acercan cada vez más. Tal vez te buscan... " Profundamente dormido, Pierre no me hizo caso. "Andas siempre con tus eternos temores. Mis camaradas no me delatan..." Me sentí impulsada a salir otra vez al balcón. Ya era demasiado tarde. El zumbido de los motores había cesado del todo, pero percibí más de lo que pude ver: la casa estaba rodeada. Nuestra casa. Presa de gran agitación, irrumpí en el dormitorio. "Están ahí..." "¿Quién está ahí?", preguntó Pierre, sumido aún en profundo sueño. "¡Los alemanes!... ¡Los alemanes!" En este preciso momento, la puerta de la casa se abrió. Me refugié en la cama y me abracé a mi marido. Quiso coger la pistola oculta en la mesilla de noche... Yo lo retuve, pues hubiese sido un sinsentido... Toda la casa se hallaba invadida por murmullos y ruidos. Los alemanes buscaban por todos los cuartos por si había armas. Los focos de grandes linternas pasaban de un lado para otro sobre nuestras cabezas. Alguien acertó con la llave de la luz. Las pistolas apuntaban sus cañones sobre nosotros. Delante de la puerta había más soldados, con las armas también dispuestas. Un oficial alemán se dirigió a mi marido en correcto francés: "Está Vd. detenido. Levántese y prepárese rápido. Es inútil cualquier resistencia". Los soldados rebuscaron por la habitación. En la mesita de noche hallaron la pistola. Mi marido se dirigió al oficial: "En la casa no hay más armas. Le doy mi palabra de honor". El oficial lo miró inquisitivamente desde su imponente estatura: 103

"Bien, replicó, entonces no hago revisar las camas ". Lisette, nuestra hijita de 5 años, se había despertado con el ruido. La pequeña no entendía bien lo que allí se estaba desarrollando, pero miraba con grandes ojos a los hombres extranjeros, a su padre, que se estaba vistiendo en mitad de la noche, a su madre, que mordía la almohada para sofocar sus sollozos. Pierre vino a la cama, se inclinó sobre mí y me besó en la frente. En sus ojos pude leer yo la despedida para siempre. Se apartó rápido de mí y fue a la cuna de la niña, inclinándose también sobre ella. Y asimismo la besó en la frente. Y separó las manecitas de la niña que le había echado al cuello. Luego dijo: "Señores, estoy a su disposición". Entonces sucedió algo verdaderamente inesperado. Lisette había saltado en pijama desde su cuna y cogió el rosario que estaba sobre la mesita de noche. Se arrodilló en medio del cuarto, hizo pasar por sus pequeños dedos las cuentas, tal como nos lo había visto hacer a nosotros, y rezó: "Señor, socorre a nuestro papá". Y siguió un padrenuestro. Y luego: "Santa Madre de Dios, socorre a nuestro papá", y rezó un avemaria. Los soldados bajaron sus armas. Conmovidos, todo el mundo tenía fija su mirada en la niña y en el rosario en sus manos. Cuando hubo terminado, se lo tendió a su padre. Entonces, el oficial que había hablado francés, se dirigió a la pequeña, le pasó una mano por su rubia cabecita y le dijo unas palabras que nosotros apenas podíamos entender: "Te prometo que tu padre estará pronto de nuevo en casa". Y en los próximos días, en verdad, volvió a estar con nosotros, sano y salvo. El

oficial lo había dejado venir, recordando la oración de su niña y su promesa, ofreciéndole la libertad si le prometía bajo palabra de honor no emprender acción alguna contra las tropas alemanas en lo sucesivo. Y hasta concedió, en idénticas condiciones, que otros tres camaradas cogidos antes que él, fuesen igualmente puestos en libertad". El caballero había escuchado en silencio, sentado en su asiento junto a la ventana del tren. La narración le había impresionado. No obstante, le preguntó a la dama: " ¿Conoce Vd. a este oficial? ¿Están en contacto con él? " La dama sonrió. "Nos escribió, una vez acabada la guerra. Sólo entonces supimos cómo se llamaba. Y nos dijo que este rosario bendecido había obrado el milagro, o por mejor decir, dos milagros. La niña que lo había rezado le había recordado de pronto a su madre, que, cuando él era niño, le había enseñado a rezar el rosario, entregándole uno bendecido cuando él se fue a la guerra, con la esperanza de que recobrase la fe. El 13 de febrero, su ciudad natal, Dresde, quedó arrasada por una lluvia de bombas enemigas... Entre los muertos se hallaba su madre. Cuando después de un largo y difícil cautiverio pudo volver al trozo de su patria que había quedado libre, se encontró con que había perdido a su patria y a su madre, pero también había recobrado la fe..." "¿Y no se han vuelto a ver con él desde aquella noche?" —"Precisamente mi marido está ahora de visita en su casa. Y me ha pedido que vaya también yo y que lleve conmigo el rosario. Como instrumento del doble milagro, queremos regalárselo..." P. M. SCHAAD en "Trierer Bistumsblátt" 105

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Escribe san Francisco de Sales: "Hay un gran engaño en creer, tal como lo creen el mundo y las gentes en general, que allí donde está el Señor no puede haber ni disgustos ni sufrimientos, antes bien, que habría de haber tan sólo consuelo y plenitud. Esto no es así: al contrario, el Señor se halla mucho más cerca de nosotros en medio de los sufrimientos y las contrariedades, dado que es ahí precisamente donde más necesitamos su ayuda protectora". "También María, la Madre dolorosa, se halla siempre amorosamente cercana de sus dolientes hijos, socorriéndolos y ayudándoles a pronunciar valientemente el "sí" a la voluntad de Dios". Una actitud fundamentalmente mariana es, según palabras del obispo Graber, el "sí" de María en la anunciación; esta actitud fundamental es la incondicional y definitiva entrega a Dios en la fe, la esperanza y la caridad y en la obediencia total. Precisamente esto es lo que evidencia que lo cristiano y lo mariano no son algo distinto, sino que son una misma cosa en este "fiat" de la Virgen. 13-6-1968

La portada de un periódico austríaco independiente, correspondiente a ese mismo 6 de junio, muestra en una gran fotografía al senador Kennedy mortalmente herido, tendido sobre el suelo y con el rosario sobre su pecho. Así es como luego se lo ha transportado en la camilla y al hospital, llevando el rosario sobre su pecho. Robert Kennedy fue en su vida un fiel devoto del rosario. El rosario no es sólo para las mujeres, sino que también es para los hombres. No sólo para niños sin experiencia, también para los grandes en lucha con la vida. Y no sólo para los viejos, también para la juventud. No sólo para los fatigados, mas también para los hombres de acción. Ni sólo para los retrógrados, sino también para los hombres que creen en el progreso y en el futuro. No sólo para las capas sociales más bajas, también para los grandes, para los ricos, para los hombres con influencia y valía. Robert Kennedy con el rosario sobre su pecho es un modelo para todos nosotros.
P . SlEGWARD, OCAP.

Mi mujer rezaba fielmente el rosario

Con el rosario sobre el pecho

En el "Daily Express" del jueves 6 de junio de 1968 leí: "El fotógrafo del "Express", Harry Benson, testigo presencial del asesinato de Robert F. Kennedy, telefoneó: ..."Bobby está aún ahí, con un rosario negro que le ha puesto un sacerdote sobre el pecho..."
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Era por los años de 1933-1945. Viejo funcionario, nunca fui yo miembro del NSDAP. Durante esos años fui llevado a la comisaría siete veces a causa de mi labor en la Acción Católica. "¿Vas a poder volver, marido mío?", preguntaba cada vez que esto ocurría mi mujer enferma y angustiada. "Sí, mujer, sí, rezarás el rosario y yo me marcharé tranquilo. Yo confío en tus oraciones ".
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En la Gestapo, a menudo hube de escuchar cosas muy fuertes, tales como "vieja rata", amenazas con el campo de concentración, etc., pero todas las veces se me dejó en libertad. Percibí formalmente el poder que proviene del rezo del rosario cuando se hace con fe y confianza. Yo mismo también lo rezaba devotamente. E. K. Podemos estar convencidos de que la Madre de Dios escuchará gustosa nuestros ruegos a ella dirigidos en confianza, si nuestras peticiones han de servir para la salvación de nuestras almas.
El milagro en Siberia

En 1951, diez monjas ucranianas fueron arrestadas; se las encerró en prisión, haciéndolas sufrir hambre y sed, martirizándolas con castigos tanto corporales como anímicos. Pero estos castigos no lograron su objetivo. Las religiosas siguieron fieles a su fe católica y a sus votos, y ninguna de ellas delató a su superiora. El juicio que se les siguió determinó que habían de sufrir 10 años de trabajos forzados al este del Ural. Las prisioneras fueron cargadas en un vagón para el ganado. En este vagón en que hacían su viaje las religiosas también se encontraba Theodor B., un prisionero de guerra alemán, que un año después logró ser amnistiado junto con otro grupo de compatriotas, volviendo a Alemania, y a quien le debemos el siguiente relato; en el vagón, Theodor B. se dirigió a sus compañeras de infortunio, preguntándoles: "¿De dónde proceden Vds.?" Dado que las religiosas conocían que bajo el raído uniforme había un prisionero de guerra
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alemán, le contestó una de las religiosas en un alemán irreprochable: "Somos religiosas católicas ucranianas". "¿Y por qué se las deporta, hermanas?" "Porque hemos preferido seguir siendo fieles a nuestra fe católica y a nuestros votos religiosos". —"¿Hay entre Vds. muchos católicos?" —"Unos seis millones entre 40 de población ortodoxa". Theodor B. sentía admiración por estas ucranianas. Siempre estaban limpiamente vestidas y bien peinadas. Ya a las 6 de la mañana estaban de pie con sus rezos y meditación. Los inquilinos del vagón escuchaban maravillados sus edificantes conversaciones. Por la noche cantaban en idioma eslavo con una voz suave y melódica sus oraciones de noche. El viaje transcurrió en un principio a través del fértil paisaje ucraniano, adornado en mayo con todo su esplendor. Día y noche rodaba el tren hacia el este. Después de tres semanas, los prisioneros llegaron al fin a su lugar de destino en Siberia Central. Había 5 campos de concentración en la región: con barracones, alambre espinoso y un numeroso equipo de vigilantes con caras torvas, rasgos duros y ojos impasibles. El comandante del campo, un ateo militante, era un hombre de mente obtusa. Por cualquier motivo dejaba que sus soldados descargasen su odio contra las hermanas. Las llamaba únicamente "las perras rabiosas del Vaticano". Un día entró de repente en el cuarto de las hermanas, les arrancó el crucifijo y una imagen de la Madre de Dios en la pared, tirándolos en el suelo y pisoteándolos con sus botas, mientras bramaba: "¡Basta de superstición, perras!"
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Durante todo el verano y el otoño, las pobres religiosas estuvieron entregadas impotentes al odio y a la ira del comandante del campo. Pero, pese a todas sus bellaquerías, persecuciones y malos tratos, su respuesta siempre fue la misma: una paciencia angelical, una calma inalterable y una alegría interior por poder sufrir por Cristo y su iglesia. A consecuencia de ello, su prestigio fue creciendo en su propio campo y en los campos vecinos. Incluso hasta los ortodoxos y mahometanos las llamaban "ángeles del cielo" y "santas vírgenes ucranianas". Las hermanas atendían secretamente a las mujeres y a las jóvenes en el campo y bautizaban a cientos de adultos. Habían de utilizar todas las argucias más inimaginables para no llamar la atención de sus vigilantes. Una vez al mes venía por la noche un clérigo ucraniano también deportado allí, y celebraba la santa misa. Por la mañana, las hermanas repartían luego la sagrada comunión. Luego llegó el terrible invierno siberiano, que dura siete meses, de octubre hasta abril. La temperatura bajó hasta 50 y 60 grados bajo cero; el aliento mismo se congelaba, y por las noches resonaba el ulular de los lobos. El día de los Reyes Magos, Napluef mandó que las hermanas fuesen a su despacho. Sin andarse por las ramas, les espetó: "El estado soviético ha agotado todos los medios normales para adoctrinaros y educaros para que seáis buenas ciudadanas soviéticas. Pero todo ha sido en vano. Entre tanto, he recibido órdenes concretas de la central en Moscú. Vosotras sois agentes fanáticas del Vaticano y del nacionalismo ucraniano y tengo órdenes de emplear más rigurosas medidas para quebrar vuestra absurda oposi110

ción. Se os va a encerrar a lo largo de una semana en celdas de castigo, separadas. Como alimentación vais a recibir un trozo de pan y una taza de agua caliente al día. En caso de que también estas medidas resulten infructuosas, vais a ser expuestas durante tres horas a la vista de todo el campo, vestidas únicamente con el camisón. Veremos entonces quién tiene razón, si vuestro Dios o el frío siberiano y el poder del proletariado. Aquí tengo una declaración. Sólo tenéis que firmarla y olvidaremos todo lo anterior". Y al decir esto, tendió Napluef a su secretario un papel escrito a máquina, que éste leyó: "Nosotras, las monjas suscritas, de la Congregación de..., reconocemos nuestros errores ideológicos y desde este momento renunciamos voluntariamente y sin coacción alguna, gozosa y entusiastamente a nuestros votos, y prometemos que desde ahora en adelante no vamos a realizar ninguna actividad religiosa ni propaganda alguna entre los prisioneros". Una vez leído el documento, preguntó el comandante a las hermanas: "Os pregunto por última vez: ¿vais a firmar o no?" Las hermanas contestaron tranquilas: "¡Nunca, comandante! Nuestra conciencia nos prohibe firmarlo!" "¡Jarraschó! ( = bien), pequeñas. En tal caso, se os tratará como corresponde. ¡Karaúl! ( = guardia): lleva en seguida a estas idiotas papistas a las celdas de castigo ". Siguieron 6 días de indescriptibles tormentos. Las hermanas fueron encerradas en celdas aisladas, sin calefacción alguna. El domingo siguiente, Napluef se acercó sobre las 8 de la mañana, y pasando por cada una de las celdas, preguntaba: "¿estás dispuesta a firmar?" Pero la respuesta uní111

sona de todas fue: "¡No!" "Jarraschó", mascullaba el comandante con ademanes amenazadores, y ordenó que a las 10 de la mañana todos los prisioneros habían de estar congregados en la plaza del campo. A la hora prevista, estaban allí los 2.000 prisioneros, formando un gigantesco cuadro. Los fusiles apuntaban amenazadores desde las cuatro torretas de vigilancia. No menos de 10 comandos de las fuerzas de MWD estaban situadas fuera del cuadrado. Todos estaban cubiertos con gruesas pieles, llevando gigantescos gorros de astracán. Cada cual llevaba un perro policía sujeto por el cuello con una cadena, adiestrado para atacar a las personas. Con voz bronca ordenó el comandante: "¡Que traigan a las prisioneras!" Después de unos breves momentos, la masa de los prisioneros vio aparecer a 10 mujeres envueltas en un largo camisón y descalzas, dirigiéndose al centro del cuadrado formado por los restantes prisioneros. Cientos de voces bramaron con impotente ira: "¡Verdugos! ¿Cómo podéis tratar así a esas pobres mujeres? ¡Asesinos! ¡Malditos!" Inmediatamente, las armas automáticas se orientaron a la muchedumbre de los prisioneros, mientras Napluef bramaba: "¡Tranquilos! ¡Tranquilos, perros! ¡Tranquilos, o disparamos!" Y el griterío de la turba fue sofocado ante la amenaza evidente. Luego, el comandante del campo se dirigió a las monjas, que, entre tanto, habían ocupado el centro mismo de la plaza del campo: "Ciudadanas, éste es mi último aviso. O firmáis este documento o en un cuarto de hora quedaréis transformadas en bloques de hielo". La multitud de los prisioneros esperó la respuesta de las hermanas: "Nos negamos a firmar. Nuestra conciencia de
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\. cristianas no nos lo permite". —"Jarradlo. Veremos. Tenemos tiempo". Napluef y su acompañamiento encendieron un cigarrillo. Las hermanas, entre tanto, se habían arrodillado sobre la nieve congelada y comenzaron a rezar en voz alta el rosario. Pasó un cuarto de hora, pasó media hora, lentas, lentísimas. Y las hermanas seguían ahí arrodilladas en la misma postura y continuaban rezando. A ojos vistas, el comandante iba perdiendo la paciencia y sus nervios. Al fin, no pudo aguantar ya más y gritó: "Si en 5 minutos no estáis dispuestas a firmar, los perros saltarán sobre vosotras". Apenas terminó de hablar, las hermanas entonaron el credo. Napluef ya no pudo contenerse más. El y sus agentes soltaron los perros, atizándolos contra las mujeres. La muchedumbre de los prisioneros miraba aterrada a lo que podía suceder. Si los perros no eran llamados de inmediato, se abalanzarían a la garganta de las hermanas y las destrozarían. Con agudos aullidos se lanzaron los perros contra sus víctimas. Las hermanas siguieron cantando. A dos metros de distancia, cuando ya estaban prestos a lanzarse sobre ellas, se pararon de repente echándose sobre la nieve. Un griterío incontenible se levantó entre los prisioneros, aliviados de su emoción: "¡Alabado sea Dios! ¡Milagro! ¡Las heroicas hermanas vivirán! ¡Muerte a los verdugos!" Y el millar de deportados ucranianos entonaron el "Te Deum". La cara de Napluef se puso primeramente roja y luego lívida. Con rabia impotente dio orden de que tanto las hermanas como los demás deportados se volviesen a sus barracones. Esto ocurrió en enero de 1952. Desde ese mo113

mentó, Napluef dejó en paz a las hermanas, pero el prestigio de éstas entre los deportados subió muchos puntos. Al año siguiente, tuvo lugar en casi todos los campos de concentración la huelga célebre, iniciada y organizada por los patriotas ucranianos. Y luego llegó como un rayo la noticia de la muerte de Stalin. Poco después, se comenzó a hablar del "deshielo". Entre los prisioneros corría el rumor de una parcial disolución de los campos de concentración, dejándose invadir, en consecuencia, por la esperanza. Y aunque no todos hubieron de quedar libres, sin embargo, muchos de ellos pudieron volver a sus casas en los años 1953-54. De "Ecclesia", París Sobre los pueblos pesa un sentimiento de pánico. Nosotros no estamos de acuerdo con esta profecía de desdichas, sino que lo que hay que Viacer es intervenir en el proceso del mundo pidiendo la protección de Nuestra Señora en favor de las grandes y graves intenciones de ese mundo, así como de nuestra propia patria y nuestras familias, ¡En lugar de andar haciéndonos mutuamente dañe?, deberíamos cobijarnos todos bajo el manto de María!

III
VIVENCIAS CON IMÁGENES Y MEDALLAS MARIANAS

Yacía muerto y en la mano tenía la imagen de María

(estremecedora vivencia en el frente) Este relato hay que situarlo en algún lugar de Alemania Oriental, en los últimos meses de la guerra. Nos habíamos atrincherado en una colina chata que había delante de la débil línea principal, constituyendo un punto de apoyo avanzado. Ante nosotros, en los mismos bordes del bosque, cabía reconocer con toda claridad las posiciones rusas. El segundo día, un ataque de los rusos cortó nuestra posición de las líneas principales a nuestras espaldas. Al tercer día, un blanco certero en nuestra posición avanzada hirió a dos camaradas. En la noche siguiente, nuestra moral fue cada vez más débil, y es que no teníamos ni agua ni provisiones. Por mi parte, me decidí a ir a buscar agua. Hacia la una de la madrugada salí arrastrándome hacia un charco que había en la tierra de nadie, entre las posiciones rusas y nosotros. Puse el fusil
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a un lado y enganché cuatro cantimploras a mi cinturón. Arrastrándome despacio y con mucho cuidado, oteaba hacia adelante. Cada poco me paraba y escuchaba bien atento en medio de la oscuridad. Divisé claramente los tres cauces junto a la charca, cual negras sombras ante mí. Pocos metros antes de la charca, me paré nuevamente observando e inspeccionándolo todo antes de llegar al agua. Luego, me arrastré a la pequeña hondonada donde estaba el agua. Con gran cautela llené la primera y la segunda cantimplora. Cuando hube llenado asimismo la tercera, eché un trago. ¡Qué buena es el agua! Luego creí oír un ruido. Rápidamente me puse en pie. "¡Alto! ¡No disparar, camaradas!", dijo alguien dirigiéndose a mí a medía voz. El cañón de una pistola ametralladora rusa estaba apuntado sobre mi pecho. Yo estaba como paralizado. Ante mí se hallaba acurrucado un ruso fuertemente armado. Nos estuvimos contemplando mutuamente. ¡Todo se había acabado! Hecho prisionero, se me dispararía un tiro sobre la cabeza. El ruso no parecía estar seguro de lo que iba a hacer conmigo. Por de pronto, puso a un lado su pistola ametralladora y examinó mis bolsillos. En el bolsillo de la izquierda de mi guerrera se tropezó con mi cartilla militar y los restantes papeles y documentos. A la luz de una lámpara de bolsillo que mantenía recubierta, examinó mis documentos. Encontró también dos estampitas de santos que yo siempre llevaba conmigo. Las miraba como fuera de sí. "¿Tú no fascista, tú cristiano?", murmuraba el ruso, asombrado. Yo asentí. Entonces me devolvió todos mis documentos, se agachó para coger mí cuarta cantimplora, aún vacía, la llenó y me la 116

dio. Yo no podía entender qué es lo que allí estaba pasando. Luego, el ruso se sentó junto a mí y me dijo con un tono de voz susurrante: "¡Oh, yo hablar muy mucho bien alemán! ¿Por qué tú aquí en el agua?" "No tenemos agua y tenemos mucha sed", le repliqué. Me pareció que leía en mis ojos el hambre que tenía, y luego volvió a decirme: "¿Tú no comer?" "Poco pan", dije yo esquivando su pregunta. Luego sacó de su bolsillo un buen trozo de pan, lo partió y me invitó a comer. ¡Qué bien sabía! " ¿Tú tener aguardiente? ", volvió a preguntarme. "Sí, donde mis camaradas", le contesté. "¿Cuándo tú de guardia?" "¡Yo siempre estoy de guardia!", le dije. Rápidamente nos pusimos de acuerdo: la noche siguiente volveríamos a encontrarnos aquí sobre las 11 de la noche. Yo traería aguardiente, y él pan. Me dio la mano y salí de allí, arrastrándome como había venido. Y él también partió del mismo modo. Grande fue la alegría de mis camaradas cuando yo llegué con el agua. Pero decidí no contarles nada de mi experiencia, al menos por el momento. Cuando se hizo otra vez la noche, me sentí, no obstante, algo atemorizado. ¿Y si el ruso había decidido tenderme una emboscada? Pensé en ello; pero, aunque así fuese, mis camaradas y yo apenas si podíamos ya sostenernos de debilidad y desánimo. Salí, pues, otra vez, reptando hacia la charca. Llegué allí al igual que lo hiciese la noche anterior. El ruso ya estaba allí. Primeramente llenamos las cantimploras con el agua. Luego me preguntó: "¿Tú, aguardiente?" Lo afirmé sin hablar y le tendí una botella. Quitó el corcho y me la devolvió. Aún no se fiaba del todo, por lo que yo tomé un trago. Entonces también la probó él. 117

"¡Buena!", opinó satisfecho y reconocido. A su vez, me dio un gran paquete con pan. De buena gana le hubiese abrazado... "Tú aún tiempo?", me preguntó. Dije que sí. Y de repente, me espetó: "¿Tú realmente buen cristiano?" Yo me eché a reír. Entonces empezó él a contarme su vida. Después de la revolución de 1917, sus padres, personas nobles de la región de Petersburgo, habían sido llevados a Siberia. Cuando se los puso en libertad, pudieron seguir viviendo en las cercanías de Vladivostok, donde él, Alex, vino al mundo en 1921. Como todos los niños, también él debía ir a una escuela comunista, pero su padre se opuso y consiguió que Alex fuese a China, a una escuela misional donde operaban unos misioneros austríacos. Alex se hizo cristiano, y allí aprendió también alemán. Posteriormente, logró volver secretamente a casa de sus padres y vivió oculto en su casa. Pero una noche sus padres fueron encarcelados y a él se lo llevaron a una institución escolar comunista. Nunca más supo desde entonces nada de sus padres. Trabajó en una fábrica hasta que en 1943 fue alistado. Pese a la educación atea recibida durante años, Alex había seguido siendo fiel a su fe. Su mayor ilusión era la de tropezarse de nuevo con algún cristiano. Ahora me había encontrado por fin a mí. Nos pareció a ambos como un milagro. Finalmente, me pidió que le contase qué es lo que había ocurrido en los últimos años en la iglesia. Entre otras muchas cosas, le conté sobre la consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María, realizada poco tiempo antes por el papa Pío XII. Y como la oración de esa consagración estaba en una de las estampitas que yo tenía, la
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\ rezamos los dos juntos. Nunca olvidaré cómo nosotros dos, entre dos frentes, soldados de ejércitos enemigos, en medio del ruido de la guerra, íbamos leyendo sobre un papel semiborroso: " .. .Reina de la paz..., concede la paz de las armas al mundo enfrentado... y concédele también la paz de las almas... Te pedimos también que concedas la paz a los pueblos separados por el error y la discordia...". Alex me pidió que le dejase la estampita con la imagen de María y la oración, y yo se la di. Nos despedimos con la promesa de volvernos a encontrar otra vez a la noche siguiente. Mis camaradas apenas podían entender de dónde diablos podía yo sacar el pan que traía conmigo... Pero tampoco ahora dije ni media palabra. Por la mañana hubo un duro intercambio de fuego de artillería. Luego, los rusos se lanzaron desde el límite del bosque contra nuestra posición. Pero su ataque no prosperó ante nuestro fuego de rechazo. Al filo de la medianoche me arrastré a través de un paisaje sembrado de hoyos, hacia la charca de agua. Había por todo el recorrido bastantes rusos caídos. Cuando llegué al lugar convenido con Alex, éste no había llegado aún. Ni llegó; por lo que me puse intranquilo. Despacio, pues, me volví a mis posiciones. A pocos metros de la hondonada había un muerto. Un extraño sentimiento me impulsó a arrastrarme hacia él. ¡Era Alex! Estaba boca arriba, con los brazos abiertos. Sus ojos también abiertos miraban a las estrellas. Alex tenía en la mano la imagen de María. Me quedé largo rato junto a mi amigo muerto. Luego, me arrastré hacia atrás
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otra vez. El Señor le había cumplido su deseo, llevándoselo luego consigo...
UN ANTIGUO SOLDADO

(en "Altottinger Liebfrauenbote", 9-12-1962) Librados de una muerte cruel bajo la tierra Allá abajo, bajo la tierra, la muerte tiene su morada. Ya son muchos miles de personas los que allí la encontraron... La muerte, allá abajo, en forma de gas venenoso, los tomó de las oscuras galerías, camino de la eternidad. Hace años, corrió por el mundo la noticia de un nuevo y terrible accidente minero en la mina Gresford, en Wrexham, Inglaterra. 271 mineros habían bajado a la mina para nunca más volver a subir de allí abajo, ni siquiera como cadáveres... Y es que se cerró, amurallándolo, el pozo ardiente. 120 han sido igualmente emparedados hace pocos años en la terrible explosión ocurrida en la mina Nelson, en Bohemia. Cientos, miles de mineros bajan día a día a la eterna noche de la tierra. ¿Cuántos de estos mineros llevan a Dios o piensan en Dios allí dentro, en las galerías, bajo la tierra? Yo, al menos, conozco el caso de un minero de Bohemia, de nombre Franz Bartosch..., joven aún, hijo único de su anciana madre. Ya hacía dos años que bajaba a la mina. Por desgracia, al contacto con tantos mineros malos ya había perdido buena parte de la fe de su infancia, allí abajo en las tinieblas de la mina. La fe en Dios ardía aún en su alma, pero tal como arde una vieja y casi
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ciega lámpara minera, o como un candil, cuya llama mortecina está a punto de apagarse a cualquier golpe de viento un poco más fuerte de lo normal... Su madre había ido una vez de peregrinación. De mañana, antes de que Franz se disponga a marcharse a las cinco hacia el negro edificio de la mina, para allí, como de costumbre, descender a lo profundo a la hora del relevo, la mamá Bartosch saca una cadenita del bolso. Una pequeña y brillante medalla cuelga de ella. "Franz, te he traído la medalla de Nuestra Señora. Te ruego que te la pongas ahora". Y mientras le decía esto, ya se la ha puesto alrededor de su cuello, y el hijo le deja hacer. No le es lícito negarse a un deseo de la anciana madre. Los que están en la mina, ésos sí, a buen seguro que ésos le quitarán del cuello esa cosa brillante... Y seguro que habrá risas y burlas... Pero, en fin, veamos qué es lo que pasa. Ya se oye silbar desde lejos la sirena de la explotación cuando justamente llega él a grandes zancadas, se cambia de ropa y salta dentro del tambor de extracción al lado de dos compañeros que trabajan con él en la misma galería. Luego, la maroma desciende desde el cabrestante. Llegados abajo, salta fuera. Otros a su vez se introducen en el cesto para, después del trabajo nocturno, salir a la luz del día y marcharse a sus casas. «¡Salud y suerte!» Van al tajo. Franz opera en la galería con el viejo Hannes y con August. Toda la fuerza de su juventud intacta se emplea aquí junto al negro mineral. Hoy se siente poseído por un indefinible deseo de estar en casa. ¿Morriña de la mamá? ¿Por qué no, muchacho? Tararea una canción. Quiere
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alejar esas sensiblerías, pero cuando reflexiona un poco, cae en la cuenta de que está canturreando una canción mariana. Esta melodía andaba oculta en su mollera, aún desde los días de la escuela... ¡qué barbaridad! Menos mal que los otros no se han dado cuenta... Hoy está ocurriendo algo extraño. Hasta se ve andar de aquí para allá al mismísimo ingeniero de la explotación. Esto, a la verdad, no ocurre todos los días. Los viejos mineros lo saben bien. También saben que ayer, un par de metros más allá, hubo de ser levantado un triple muro de cemento ante una galería ya abandonada..., y que en los últimos días aparecían con mucha frecuencia ratones muertos en los pozos... "Procurad que nadie fume, que nadie encienda una cerilla, que nadie rompa la lámpara", oye Franz que dice el ingeniero al viejo Hannes. Este dice que sí, que naturalmente. Un rato después, Hannes exclama: "¿Cuántas vagonetas se han descargado ya, August?" "Tres", contesta desde atrás. "Bien, entonces vamos a descansar un poco, ya son las 11". Los tres hombres se sientan junto a la brillante pared de carbón. Se desenvuelven los termos y las servilletas en que vienen envueltos los alimentos. Mientras comen, las lámparas de seguridad penden de los punteros puestos de pie. Hay un calor sofocante. Incluso mientras están comiendo, claras gotas de sudor brillan sobre los morenos rostros y los desnudos cuerpos de cintura para arriba de los tres compañeros de destino. "Hoy, dice August, esto no anda bien ventilado". Y sigue comiendo. "¿Qué tienes tú ahí en el cuello?", le suelta, de pronto, el viejo Hannes, admirado. Y se ríe luego burlonamente,
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mientras August va a donde Franz y tira de la cadenita donde está la medalla, que a la macilenta luz de la mina, resplandece y centellea. "Déjame ver qué es lo que hay ahí escrito", mientras lentamente va deletreando: "ruega por nosotros - santa - Ma-dre - de - Dios. "Mi madre —protesta Franz— no ha quedado tranquila hasta que esta mañana no me ha puesto esta cosa en el cuello". Y al decirlo, siente que está avergonzado. Aún sostiene August la medalla en su mano, y va a descifrar también su reverso, cuando, de pronto, se produce un trueno horrísono, interminable, precedido de un relampagueo deslumbrante y cegador, que, por momentos, alumbra la oscura noche que reina siempre allí abajo... En todos los pasillos, en las galerías más alejadas y en los pozos de unión, en el último rincón de la mina este trueno terrorífico, repetido cientos de veces por el eco aterrador; las paredes se desploman, los pozos también se derrumban, los postes quiebran: todo tiembla y se tambalea... "¡Una explosión!", gritan los dos jóvenes, desesperados. "¡Cuerpo a tierra! ¡Avanzar cuerpo a tierra!", grita el viejo minero, tirándose al suelo. "¡Seguir tras de mí hacia el pozo de subida!" " ¡No os encorvéis, sobre nosotros hay gases venenosos! " Y como si fuesen serpientes, se van arrastrando, lentamente —¡Dios mío!—, pareciendo los segundos una eternidad. Sólo ha quedado en pie una lámpara, y ésta la lleva el viejo Hannes entre sus dientes, tal como un perro lleva en su hocico el cesto de las provisiones. Y entonces sucede lo más extraño de esta mañana terrible: el viejo Hannes farfulla de manera apenas inteligible: «¡chicos, rezad!; ¡toda otra pa123

labra es vana ahora! ¡Rezad, os lo digo yo!" Ahora, con el miedo entre los huesos, ante el peligro inminente de muerte, el viejo Hannes, el endurecido Hannes redescubre también la oración... Pero siguen arrastrándose. Es algo interminable. Luchando entre la vida y la muerte. Hasta que, de repente, encuentran cerrado su camino. Aquí el mineral se ha derrumbado y una pared de separación se interpone entre ellos y la galería de subida. Una pared de separación, si bien no excesivamente gruesa, tal como el viejo constata después de un ligero examen de reconocimiento. "¡Si pudiésemos perforarla!", dice. "Pero sólo lo podríamos con un puntero pequeño, pues, de lo contrario, tal vez todo podría venirse abajo y entonces estaríamos perdidos. Y además, tampoco sabemos qué es lo que hay detrás de esta pared. ¡A lo peor está ardiendo todo del otro lado!" "Yo me vuelvo y busco el puntero", exclama Franz, y se vuelve hacia donde han venido. Ha de caminar arrastrándose en la oscuridad, pues la lámpara se le podía apagar en el camino. Así va avanzando por entre la oscuridad más desolada, con un miedo mortal y aterrorizado. Al fin, percibe que debe ser ahí donde antes estaban. Localiza los termos de los que aún hace poco habían bebido. Ahora se hallan ya medio sepultados por el material desprendido. ¿Dónde localizar un puntero entre tanto derribo? Busca y busca, una y otra vez, lo toca todo, lo examina todo, pero el puntero no aparece —¡Dios mío!— ¡el puntero del que penden tres vidas humanas! De repente, cuando ya casi está desesperado, percibe un suave sonido metálico. ¿Qué pasa? Se vuelve rápido en la dirección de donde procedía el 124

sonido y, ¡he ahí el puntero! ¡Y hasta encuentra asimismo un martillo! ¿Y el sonido? ¡Milagro de la misericordia! La pequeña medalla que pendía de su cuello había tropezado con las herramientas, dado que él iba a gatas, arrastrándose por el suelo... ¿Qué decir más? Pues nada, si no que lograron perforar la pared, actuando con mucho cuidado, utilizando el puntero y sus propios dedos, alcanzando, al fin, un aire fresco no invadido por los gases. Desde ese lugar, aún había un gran trecho hasta la planta desde donde subir arriba. Pero los tres anduvieron corriendo ese camino, bañados de sudor y muertos de miedo, y un solo pensamiento en sus almas: ¡ruega por nosotros, santa Madre de Dios...! Los tres hombres volvieron a la luz del día. Eran los únicos supervivientes. Y bajo ellos la mina toda está en llamas... Arriba hay una gran multitud de gente. Esposas e hijos llorosos, padres ancianos, hermanos y hermanas: ¡un lamento indescriptible! Los tres supervivientes, medio desnudos, ennegrecidos, descalzos, caen en medio de la multitud, que los evita silenciosa..- Y es que algo inefable e incomprensible se ha cernido sobre la cabeza de esos tres hombres... Estos no ven nada, no miran a ninguna parte, ni a derecha ni a izquierda. Uno sostiene en alto una lámpara de mina, el otro aprieta algo brillante sobre su pecho desnudo, algo prendido a una cadena..Avanza en medio de un día resplandeciente de otoño hacia el pueblo, hacia la iglesia, abierta de par en par. Allí, a los pies del altar, se desploman los tres hombres. La sangre corre de sus pies desnudos, de sus hombros lacerados. ¡Pero están vi125

vos! ¡Viven! ¡Escaparon a una muerte cruel y horrible allá abajo en las profundidades de la tierra! Y desde aquel momento, en la iglesia del pueblo, junto a la luz del sagrario, pende una lámpara de mina, y arrollada a ésta una pequeña medalla. Tres familias mineras cuidan de que la lámpara de mina arda día y noche junto a la lámpara del sagrario... "Hoffnung" (1957)

No puedo expresar cuan conmovido estaba (emotiva historia desde el Japón) El 25 de mayo de 1935, la ciudad japonesa de Sendai celebraba el 300 aniversario de la muerte de uno de sus hombres más célebres, Daimyo Date Masamune. Fue éste el que llamó a los primeros mensajeros de la fe cristiana a la región de Sendai y al norte de Japón. Fueron los franciscanos, bajo la dirección del bienaventurado Luis Sotelo, los que desarrollaron una ingente y fructífera actividad en el reino de Daimyo. Hoy quisiera narrar una pequeña historia, vivida por mí, con motivo de la festividad jubilar que celebraron las gentes de Sendai de Obihiro en honor del gran Daimyo. Sabían que yo había adquirido algunos conocimientos sobre la historia de Daimyo, y, en consecuencia, se me pidió que diese una conferencia sobre Date Masamune. Y, por mi parte, acepté muy gustoso. Después de la conferencia, un señor, al que yo no conocía de nada hasta entonces, me
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pidió que lo visitase en su casa, pues quería, según me dijo, mostrarme una reliquia de la época primitiva cristiana del Japón. Al día siguiente, por la tarde, pude presentar mis respetos a dicho señor. Después de los habituales saludos y de algunas expresiones intrascendentes, buscó en un armario una pequeña cajita en la que se hallaba una estatuilla de la Madre de Dios en marfil, cubierta totalmente de guata. Con el correr del tiempo, había perdido su brillo y casi se había vuelto totalmente negra. Extrañado por este raro descubrimiento, pregunté al señor qué es lo que él podía decirme sobre la procedencia de esta estatua. Sonriendo me informó de lo que sigue: "Como Vd. dijo ayer en su conferencia, Date Masamune fue un gran amigo y protector del cristianismo. Sólo bajo su sucesor se desató también en las regiones del norte de Japón la persecución en toda su crueldad. Los cristianos que no fueron atrapados, huyeron a la soledad de los montes; incluso se refugiaron en la isla de Yeco, la actual Hokkaido: a Date Mombetsu en las proximidades de Muroran. Los habitantes de este lugar hoy ya no saben nada del cristianismo; pero allí se han encontrado hace algunos años viejos recuerdos de la época cristiana. Yo mismo procedo de ese lugar y recibí esta estatua de mi abuelo cuando, habiendo terminado la enseñanza secundaria, me marchaba a Tokio, a estudiar en la universidad " • Entonces, el señor sacó la estatua de la cajita y me la pasó. La tomé en mis manos y la observé atentamente. Sin lugar a dudas, su antigüedad era evidente, y, a juzgar por los rasgos de la cara, habría que concluir que su artífice debió ser qui127

zas japonés. En el pedestal había grabadas, con escritura latina un tanto desmañada, las siguientes palabras: "Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genitrix" ( = Bajo tu auxilio nos ponemos, santa Madre de Dios). "Cuando mi abuelo me entregó esta estatua, me dijo: "¡Consérvala bien. Tú eres el heredero de nuestra estirpe y, en cuanto tal, el cuidador de este tesoro, que se halla en nuestra familia desde muy antiguo. Si eres un fiel cuidador, la dicha te acompañará; pero si te separas y apartas de este santuario, poco a poco la desdicha se cebará en tu persona!" Mi abuelo dijo estas palabras con gran solemnidad, y yo temo olvidar su legado, aunque yo no vea otra cosa en esta estatua sino un recuerdo histórico". "¿No recibió Vd. de su abuelo ninguna noticia sobre la procedencia de esta estatua?" "Sí, por cierto, algo me contó el abuelo. En una tranquila noche de invierno, cuando mis hermanos ya estaban dormidos, me llevó consigo a su habitación, encendió una vela y me mandó en voz baja que me arrodillase. Luego abrió un arcón que siempre tenía cerrado y anduvo buscando una pequeña cajita que estaba metida en medio de la ropa que allí había. En silencio, se arrodilló él luego junto a mí, poniendo cuidadosamente la cajita en la mesa delante de él. Asombrado por este extraño proceder del abuelo, le miré a los ojos y pude ver que resplandecían con un extraño brillo, pendientes de la cajita. Sus labios se movían casi imperceptiblemente. Creo que estaba rezando. No osé molestarlo en absoluto. Finalmente, tomó mis manos, las mantuvo bien estrechadas entre las suyas y me dijo en tono susurrante:
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"Ya eres lo suficientemente mayor para que conozcas el secreto de tu estirpe. Tu padre murió antes de que yo pudiese revelárselo todo. Y por mi parte, siento cómo mi vida se va lentamente deslizando de este cuerpo, por lo que ha llegado la hora de que se determine quién sea el nuevo custodio de este tesoro. ¡Muéstrate digno de tus mayores, y cuida lo que fue sagrado para ellos!" Luego, abrió cuidadosamente la cajita, sacó esta pequeña estatua, juntó las manos y se inclinó en señal de veneración. Yo vi por primera vez la estatua aquella noche, y hasta entonces no tuve la menor idea de que hubiese algo semejante en nuestra casa. Después de un profundo silencio, me preguntó el abuelo: "¿Sabes tú qué es esto?" "Quizás, le respondí yo, una Hotoke ( = divinidad budista) particularmente venerable". "No, no. Esto es la Birgen Santa María.1 Desde hace cinco generaciones es éste el santuario de nuestra familia. Yo no puedo contar mucho de esto, pues este tesoro no fue mostrado a nadie, y su existencia sólo es conocida por uno de la familia. Sin embargo, sí sé que la "Birgen Santa María" es un buen espíritu protector de nuestra familia. Si este pequeño santuario se conserva fielmente, la dicha nunca se apartará de nosotros. Yo mismo he de agradecer mi vida a la "Birgen Santa María". Cuando yo tenía 11 años, sufrí una enfermedad grave. Mi padre y mi madre ya habían muerto y el abuelo me educó a mí y a mis dos hermanas, mayores que yo. Una noche, cuando mi enfermedad había alcanzado el punto crítico, y cuando

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Así en el original. 129

ya nadie creía en mi posible salvación, mi abuelo envió fuera del cuarto en donde yo estaba a la mujer del vecino que me atendía, así como a mis dos hermanas, me sacó de la cama y me vistió con mis mejores vestidos, llevándome ante su arca, ésta que aquí ves. Pero no la abrió, tal como yo lo he hecho ahora, sino que la corrió hacia un lado, y en la pared apareció un pequeño nicho, y tras una cortina de brocado, la estatua de la "Birgen María" se hizo visible. Nunca olvidaré con qué respeto se arrodilló el abuelo ante ella, abrazándome fuertemente entre sus brazos. Los ojos fijos, dirigidos a la estatua, musitó entre hondos suspiros el siguiente voto: ¡Birgen Santa María! Tú sabes que nosotros en tiempos bien difíciles te ofrecimos en nuestra casa seguro hogar. Mira ahora mi tribulación y salva a este niño de quien depende el futuro de la familia. Pero si es inevitable que la muerte entre en esta casa, ¡he aquí mi vida en favor de la del niño! Luego, el abuelo calló, siguiendo con los ojos fijos en la estatua. Por mi parte, sentí de pronto un gran cansancio y le dije: "Abuelo, quiero ir a dormir". Su cuerpo, al oírlo, tembló, mientras una sonrisa se dibujaba sobre sus arrugadas mejillas, y con voz sonora dijo: ¡gracias, gracias! ¡Mi oración ha sido escuchada! Así me dijo mi abuelo. Y cogiendo fuertemente mis manos entre las suyas, en tono casi amenazador, continuó: "Pero tú, en tanto yo viva, cuídate de no tocar jamás esta estatua o, después de mi muerte, de dejarla abandonada a la vista de todos!" Y dicho esto, cerró el abuelo la cajita y la puso en el arca entre sus vestidos. Puso de nuevo la tabla en la abertura de la 130

pared y corrió el arca delante de ella. Luego me desvistió con cuidado y me metió en la cama. "¡Duerme, duerme!", me dijo con mucho cariño, mientras me acariciaba la cabeza, abandonando luego la habitación. Debí dormir mucho tiempo, pues cuando me desperté el sol ya estaba bien alto en el cielo. Junto a mi cama, mis hermanas lloraban, arrodilladas. Como sabía que ayer se temía por mí vida, pensé que ellas lloraban por mí, y dije por eso: "Me pondré bueno, el abuelo rezó por mí". Pero ellas seguían llorando con más intensidad aún, y la hermana mayor dijo: "El abuelo ha muerto esta noche". Aunque yo era todavía un niño, entendí la temible grandez? del voto que el abuelo había hecho en favor de mi vida, y yo estaba seguro de que la "Birgen Santa María" había oído su oración. Me entró un gran miedo ante el misterioso poder de aquella criatura de la que ya nada sabía, no osando nunca entrar al cuarto donde se hallaba oculta la estatua. Sólo más tarde, cuando la casa iba a ser renovada y existía el peligro de que se descubriese el santuario, lo saqué temblando de allí y lo mantuve oculto desde entonces en mi arca". Aquí terminó el señor su narración y me pareció como si su rostro hubiese adquirido una extraña expresión de temor. Por eso le pregunté: " ¿Le ha hablado de esto a alguien más que a mí? " "No, yo, en realidad, no creo, pero temo la venganza de los antepasados" —"¿Y por qué me ha mostrado precisamente a mí el santuario de sus antepasados?" Entonces el señor se puso en pie y dio unas vueltas por el cuarto, todo excitado. Finalmente, se paró delante de mí, y me dijo: 131

"¿Sab Vd.? Yo quería tener claridad de una vez sobre esta "Birgen Santa María". ¿Quién es realmente la "Birgen Santa María"? Ayer por la tarde habló Vd. tres veces en su conferencia de este nombre, y cada vez que Vd. lo nombró, noté yo que hacía una breve inclinación de cabeza. Vd. debe saberlo, Vd. debe creer en la "Birgen Santa María". Esa es la razón de que yo le haya manifestado el secreto de mis antepasados". Con toda claridad, dos cosas me parecían evidentes: primero, que yo estaba ante un descendiente de los antiguos cristianos japoneses, y segundo, que la gracia ya había trabajado esta alma. Se lo dije así, y le hablé detenidamente de la Madre de nuestro Señor. El me escuchó maravillado, sin osar interrumpirme. "¡Agradézcale Vd. a la "Birgen Santa María", pues ella siempre protege a aquellos que amorosamente conservan en sus casas su imagen! Y yo tan sólo deseo que también Vd. siga rezando eso que está escrito a los pies de esta estatua: "Bajo tu auxilio nos ponemos, Santa Madre de Dios". Y aún quiero enseñarle a Vd. una oración, para que la rece a ser posible diariamente". Y le fui diciendo el avemaria, y él la copió. Luego, se inclinó ante mí y me dijo con profunda emoción: "Le doy las gracias, pues me ha traído la paz a mi corazón. Y yo le pido que rece Vd. conmigo por primera vez ante esta estatua que ya ha escuchado a tantos atribulados y oprimidos". No sé expresar cuan conmovido estaba, al rezar junto a un descendiente de los perseguidos cristianos de antaño: "Ave María, gratia plena... Dios te salve, María, llena de gracia". MOOSHAMER, Geschichten dar Jahr hindurch —Frühling (Herder) 132

La Virgen de Fátima se va de peregrinación

(viaje bienhechor a través de Europa) El 13 de mayo de 1947, la estatua de Nuestra Señora de Fátima abandonó la Cóva da Iria y comenzó su marcha triunfal a través de la Europa rota y herida por la guerra. La Madre de Dios, de Fátima, quería visitar a sus hijos envueltos en el desánimo, llevándoles una nueva esperanza y nuevas alegrías. Por eso, varias personas de diferentes países tuvieron coetáneamente la misma idea: peregrinación por Europa Occidental. En verdad, desde un punto de vista humano, una empresa así era una temeridad, pero la Señora reunió a aquellas personas que ella quiso pusiesen esta idea en ejecución; fue ella la que obvió las dificultades, abrió las fronteras entre los países y los corazones de los hombres. Y sucedió lo inesperado: en todas partes se recibió a la Señora como si de una reina se tratase. Las gentes actuaban espontáneamente, según su amor se lo reclamaba, por puro entusiasmo brotado de sus corazones. Así fue recorriendo la Señora todos los países, bendiciendo y consolando a todos, creyentes e incrédulos. La primera ciudad visitada en Portugal fue Vila Nova de Ourem, la ciudad de la que antaño partieron las más agudas críticas contra las apariciones de Fátima. ¿Qué es lo que ahora sucedió? Millares de hojas volantes con el saludo de bienvenida: "Te saludamos, reina", revoloteaban sobre la "dama blanca". Por todas partes había coronas y guirnaldas, arcos y alfombras de hierba fresca, cantando todo el mundo con una sola voz: 133

"Ave María, reina". Y la Virgen siguió adelante a través del país portugués. Las gentes acudían de los lugares más apartados con cestos sobre sus cabezas y con sus niños en los brazos, o bien viajaban montados en sus burros. En las ciudades se recibía a la Señora con cañonazos y música. Por todas partes flameaban las luces. Al pasar delante de un cuartel, los soldados presentaban armas... Y la reina celestial iba derramando sus dones en su caminar por las ciudades y los pueblos, y, ante todo, la gracia de la conversión en muchos casos. Sólo Dios sabe cuántas personas que habían perdido a Dios, lo volvieron a encontrar merced a la suave violencia interior que ella ejercía y que nadie podía resistir... Pocos momentos antes de que la Señora abandonase Portugal, dos blancas palomas se posaron a los pies de la Madre de Dios. En España se recibió a la Señora con entusiasmo meridional, con canciones, luces y flores. En Valladolid, más de 100.000 personas aguardaban la entrada de Nuestra Señora de Fátima. Los aviones sobrevolaban a baja altura las procesiones y arrojaban ramos multicolores de flores. Los campesinos salían montados a caballo de sus aldeas y pueblos para recibir a la Señora. Los pescadores del pequeño puerto de Bermeo colocaron a la Madre en un barco al que habían dado el nombre de "La Virgen de Fátima", y luego, acompañada por muchos barcos de pescadores, la reina del mar (la estrella de los mares) dio un paseo por la costa. En San Sebastián, 4.000 ciclistas abrían la mar cha, adornadas sus bicicletas con las más variadas flores. Les seguían unos 25.000 hombres. En 134

Cyarzun, una aldea en las proximidades de la frontera francesa, un grupo de jóvenes vascos marchaba ejecutando danzas populares del país delante de la Madre de Dios. Lentamente, casi majestuosamente, se levantaron en Irún las barreras fronterizas entre España y Francia, cerradas a cal y canto durante dos largos años. Y una vez ya dentro de suelo francés Nuestra Señora, una imponente muchedumbre iba tras ella, cantando todos llenos de entusiasmo: "¡Reine de France, priez pour nous! Oh, notre esperance, venez et sauvez nous!" ( = Oh reina de Francia, ruega por nosotros! ¡Esperanza nuestra, ven y sálvanos!). En Anglet, la esperaban 30 conventos de religiosas, que miraban en silencio y felices a la peregrina celestial; eran monjas de la Trapa, que habían rezado y se habían sacrificado mucho para que se lograse esta peregrinación. En Labenne, la Señora fue llevada a un hospital. Allí había una joven incurable y que apenas podía hablar, ni ver, ni oír. La muchacha se dirigió a la Virgen y le dijo: "Ah, María, voilá! Tu es venue me voir?" ¡Qué hermosa eres y yo soy feliz! Haz que yo sufra por la conversión de los pecadores". En las carreteras de Francia, la peregrinación fue una prédica continuada de oraciones invocantes: "¡Nuestra Señora de Fátima, convierte al mundo; salva a Francia; danos la paz!" Bélgica. Lieja, la ciudad del Smo. Sacramento, dispuso a continuación un emocionante recibimiento a Nuestra Señora. En Bastogene se celebró a medianoche una santa misa en medio de una gran plaza abierta. A la elevación, todos los mineros levantaron sus linternas. Era un espectáculo 135

verdaderamente impresionante: en torno al altar, cientos de hombres en sus trajes de mineros, un paño rojo al cuello, orgullosos y fieles de poder hacer la guardia de honor a la Virgen de Fátima. En Sereing, conocido como el «Pays Rouge», los mineros bajaron a su Blanca Señora a 960 metros de profundidad bajo la tierra, y sobre el negro carbón de allí abajo brilló inmaculadamente clara la imagen de Nuestra Señora de Fátima. La Señora tomó luego el camino de Holanda, Luxemburgo y Alemania. Por todas partes se constataba indéntica veneración y entusiasmo. El 29 de febrero de 1948, la Señora volvió otra vez a la Cóva da Iria, pero ya venían ruegos de todas las partes del mundo, pidiendo que Nuestra Señora los visitase. Y así lo hizo, visitando a continuación el "continente negro" hasta la Ciudad del Cabo, siguiendo luego hasta los países del lejano Oriente como Australia y Japón. También a América del Norte y del Sur. Se llenaría un grueso libro si hubiera que describirlo todo. Sólo Nuestra Señora sabe las grandes bendiciones que ha supuesto para las almas esta su peregrinación. ¡Eternas gracias a su amor maternal! "Der Siegeslauf Unserer Lieben Frau von Fátima ais Welt-Pilger-Madonna" Es interesante lo que el Padre Werenfried van Straten escribe en su revista "Echo der Liebe": "Hace algunos días encontré a un obispo de Checoslovaquia, que sostiene que es el mayor milagro de los últimos años la libertad parcial recobrada por su país, pese a lo frágil que aún ella pueda ser. Agradecido, contaba que la estatua de la Madre de Dios había llegado en octubre de 1967 a 136

Praga. Como reguero de pólvora se extendió la noticia de su llegada, y tanto en las iglesias como en las casas privadas se desató un aluvión de oraciones. Desde entonces, todo ha ido mejorando. Nosotros estamos firmemente convencidos de que la Señora de Fátima nos ha salvado por su pederosa intercesión, y de que también nos seguirá protegiendo en el futuro". (Y ella lo hará si en ella se confía, pese a que, entre tanto, otra vez han vuelto a cambiar las cosas.)

Conversión de un judío por la Señora de Fátima

El profesor Dr. William Hermanns, de origen alemán, cuenta en su libro, publicado en los Estados Unidos, bajo el título de Mary and the Mocker ( = María y el mofador), la historia de su vida. Cuenta cómo ía Señora de Fátima fue el indicador que le llevó a la conversión del judaismo a la fe católica. Esta obra fascinante viene avalada con un prólogo del célebre obispo auxiliar de Nueva York, Fulton Sheen, que también actuó de padrino de su conversión. Empieza su libro el profesor doctor William Hermanns con las palabras siguientes: "Antes hubiese estado dispuesto a creer que la tierra se hundía bajo mis pies y me engullía, a que yo habría de terminar mis cuarenta años de peregrinación por el desierto religioso con la composición de un "mea culpa" dirigido a María; y, sin embargo, había dedicado toda una vida como exegeta 137

bíblico a buscar la verdad... Me había ocupado con el judaismo y el protestantismo, la metafísica de Swendenborg, había creído en una ciencia cristiana y estudiado los escritos del hinduismo y el Corán. En una palabra, yo había buscado por todas partes una respuesta a mi desasosiego religioso en todas, menos en la fe católica, pues mi educación y mis prejuicios me lo prohibían". La absoluta transformación de su vida la obró el contacto con la Señora de Fátima. ¿Fue un azar el que fuese invitado como huésped a una celebración sobre Fátima en la iglesia de san Patricio, en San José, California? ¿Eran acaso imaginaciones suyas, imaginaciones de un poeta el que los rasgos esculpidos de la Señora de Fátima le pareciesen por un momento que se animaban? ¿Era imaginación el que una voz interior le dijese: "Vuelve a casa; corrígete"? Eran palabras que contradecían íntimamente su actual manera de pensar, pues creía que era bueno. Salió de la iglesia, pero antes de que hubiese alcanzado el dintel de la puerta, escuchó en su interior las palabras: " ¡No permitas, oh Dios, que muera en mis pecados!" ¿Quién hablaba estas palabras que así contradecían su entero pensamiento? ¿Acaso había tocado María su corazón? Pero, ¿era ello posible, siendo así que durante toda su vida no había hecho más que mofarse de esa figura? Volvió otra vez a la iglesia. Su vida entera fue pasando por su cabeza con la rapidez de un programa televisivo; y se dio cuenta de que había hecho todo lo posible en su vida para esquivar a María. Se vio siendo niño reírse de la gente que rezaba el rosario; cuando estudiante, se esforzó todo lo que pudo para contradecir el dogma de la Inmaculada Concepción; como 138

maestro, evitó nombrarla, tal como uno no cita el nombre de una mujer de la que lo mejor es no hablar de ella. Y, con ocasión de la guerra y de la cautividad en un campo francés, se vio a sí mismo negándose a traducir para sus compañeros católicos un relato sobre Fátima que venía en un periódico francés! Se vio arrojando el periódico al suelo, diciendo: "¡Superstición y forraje para cabezas vacías!" ¡Cómo se lamentaba ahora de aquella actitud! Recordó también cuando, después de la muerte de su madre, la sirvienta le trajo a su propia madre y cómo ésta en su presencia se postró ante una imagen de María, diciéndole: "Ahora será para Vd. su madre". También pasó por su imaginación otra vez el moribundo joven Bergmann, que sostenía convulsivamente el rosario en sus manos y lo rezaba constantemente. Sufría de tuberculosis. Le habían sido extirpadas varias costillas, pero la herida no curaba. En el camino hacia su casa desde el hospital, el profesor Hermanns se sintió impulsado a entrar en una iglesia y rezar por él. A la mañana siguiente, el médico le dijo que había sucedido un milagro, que la herida del moribundo se había cerrado... Una voz interior, empero, no le permitió hablar... El profesor doctor William Hermanns escribe: "En el momento en que yo exigía cambiar, sentí que hacía su aparición un cambio". Ahora, el antiguo burlador se convirtió en un incansable buscador. Y, en verdad, no fue sencilla la labor que se fijó. Estudió los acontecimientos de Fátima; entró en contacto con católicos sencillos y con católicos sabios, con religiosas, con sacerdotes y con estudiantes; visitó a dos cardenales, tres 139

arzobispos, cuatro obispos. Habló con ellos y los observó. Investigó con minuciosidad todo aquello que se argumenta contra la iglesia católica. Siguió imperturbable su camino, aunque sabía que habría de perder a sus mejores amigos. Les dijo a sus amigos la verdad en el amor, tal como corresponde a un amigo. "Para ser católico, debe Vd. pedir a Dios que le ilumine y le dé fuerzas para seguir esa iluminación". Así le había dicho alguien. Y él, el judío, había seguido ese consejo. Bajo el influjo del obispo americano Fulton Sheen, con el que tenía una buena amistad, se convirtió en el año 1953. Para honrar a la Señora de Fátima, escribió un poema, juzgado y valorado en América como hecbo literario. "María und der Spótter" "María ha recibido de Dios tan gran poder sobre las almas, para transformarlas en Jesucristo y a Jesucristo en ellas". Luis MARÍA GRIGNION
La sonrisa de la Virgen negra

(consuelo en un grave sufrimiento familiar) El cartero iba subiendo por el sinuoso camino que llevaba hacia el chalet, que, cual travieso abejorro, se ocultaba tras las ramas y arbustos florecidos. " ¡Cómo calienta este sol de mayo!", murmuró, secándose el sudor de su frente. En ese lugar, se paró junto a la bienhechora sombra de un manzano en flor, donde el caño de una fuente derramaba el agua vivificante... Sobre el terreno, 140

unos rientes pensamientos azulados. Los tulipanes brillaban en su intenso colorido rojo, mientras que, apartadas en su timidez, las herbáceas nomeolvides alegraban el conjunto. Volaban las laboriosas abejitas; era todo un espectáculo ver cómo zumbaban, mientras revoloteaban y trabajaban... La señora Hanna, de pie en la escalera, esperaba al cartero. En su rostro cetrino era imposible detectar la más mínima huella de esta superabundante eclosión de alegría de esta mañana de mayo. Sus ojos delataban bien a las claras que la pasada noche apenas si había dormido más de cinco minutos; algo, pues, no marchaba. Sus preocupaciones debían ser muchas. Y es que ayer le había sorprendido la terrible noticia de que su marido había sido gravemente herido en un ejercicio de protección aérea. Y todo ahora era inseguro. Los médicos y las enfermeras caminaban silenciosos por los pasillos cuando salían del cuarto del herido, y sus rostros serios no dejaban mucho lugar para la esperanza. "Naturalmente, señora, que lo intentaremos todo, pero no le puedo prometer nada", había dicho a Hanna el médico jefe cuando angustiosamente le había suplicado que hiciesen todo lo posible por salvarle la vida. ¡Y en casa, dos niños pequeños! El día de su joven felicidad había amanecido radiante y sin una sola nube. Ahora, en cambio, cuando nadie lo hubiese creído posible, la noche sobrevenida amenazaba ahogar con su frío el esplendor primaveral de sus ilusiones. En su angustia, Hanna había telefoneado a su hermano: " ¡Dile a la Madre de Dios que tenga compasión, que yo no voy a poder soportarlo!" Y ahora, el cartero traía una carta. El sello 141

venía timbrado con la siguiente inscripción: "Einsiedeln, 1.000 años de cultura". Nerviosa abrió el sobre. Se reclinó sobre la misma barandilla de la escalera, y empezó a leer. Echó un vistazo rápido a toda la carta, moviendo de un lado a otro sus negros cabellos, se paró un segundo ensimismada, y volvió otra vez a leerla. Sus sienes martilleaban, y las negras letras revoloteaban ante sus ojos. Fue a su cuarto, se sentó en la mesa y empezó a leerla por tercera vez. Leía cada palabra en voz alta para sí: "Mí querida hermana: acabo de volver de las vísperas. En realidad, debía haber tenido yo la lectura espiritual, pero mis pensamientos andan sueltos como caballos desbocados. Te escribo ahora para ver si, de ese modo, echo fuera este tormento que me invade. Durante el "Salve Regina", presenté a la Virgen tu grave asunto. Al cantar: "En este valle de lágrimas", supliqué a la Madre de Dios que tuviese compasión de vosotros. Le dije: "Tú has tenido también una familia y sabes por propia experiencia las tribulaciones y miserias que se pasan cuando falta el sostén. Mira a Hanna, que está inconsolable. Su marido no pudo escapar a tiempo de la frágil casa en llamas, y se quemó horriblemente sus manos y su cara. Ahora está negro como tú lo estás. Pero su cara no se ha ennegrecido tan suavemente como tu divino rostro lo está. Su cara es una llaga completa ¡Piensa en los dos pequeños! No los olvides, no olvides que sus padres te los confiaron en esta capilla de gracia el pasado año en las vacaciones. No, no olvides a esta familia, no la dejes en la estacada". tensaba yo que la Madre de Dios pondría una cara de preocupación al ver tamaña desdicha su142

frida por una familia en un momento inopinado y fulminante. Observé con todo cuidado su rostro, examiné al detalle sus rasgos, pero su cara seguía siendo una cara sonriente, sonriendo suave y blandamente al contemplar a su hijo jugando con los dos pajaritos... "Debéis mirar el futuro, como yo", parecía querer decirme. "Mira, ahora mi hijo juega con esos animalitos de madera, pero pronto se abrazará a otro leño duro, al madero de la cruz. Estíe le producirá dolor, y a mí también me dolerá su dolor, pero sobre la cruz se proyecta el día de pascua; por eso, a pesar de todas las preocupaciones y dolores, puedo seguir sonriendo. El sufrimiento y el desamparo son tan sólo las semillas de las que germinará la felicidad". Querida hermana: ¡no desesperes! Dirige tu mirada a la Madre de Dios ahí en tu cuarto, donde está la réplica de la Virgen de Einsiedeln. ¿Acaso no sonríe? Y, sin embargo, tiene preocupaciones, y preocupaciones tan altas que superan infinitamente a las nuestras. Y, pese a ello; la Madre sonríe. También tú, querida hermana, has de saber sonreír, incluso aunque tu corazón quiera estallar. Sabes que en la vida todo acontece según un plan, y que Dios mismo es el que ha proyectado ese plan, y que Dios te ama. ¡Por eso, querida hermana, sonríe también tú!" "¡Qué extraños son estos hombres de iglesia!, hubo de pensar Hanna. "¡Como no tienen familia, no saben nada de las angustias y preocupaciones de una familia!" Pero su mirada se fijó en la estatua de la Madre de Dios, que estaba sobre su escritorio. Y una voz interior le susurraba: "También ella supo lo que es el miedo y las preocupa143

piones, y, pese a ello, sigue sonriendo". Hanna apoyó la cabeza entre sus manos. Lentamente empezó a amanecer en su interior. Corrió las cortinas de colores y la hermosa luz del sol inundó la oscura habitación. Niklaus, el pequeño de dos años, de ojos negros, estaba sentado en el suelo y chillaba lleno de alegría y placer. Y reía despreocupadamente. "¡Cómo puede estar todo tan alegre!", se dijo Hanna y miró por la ventana, viendo las flores en el jardín brillar a la luz del sol con sus múltiples colores. Se sentó en el sofá y sonrió cansada. Después de horas de horrible espera, el sueño cerró sus párpados. En medio de su sueño, sonó chillonamente el teféfono. La joven señora se sobresaltó. ¿Es del hospital? ¿Una mala noticia? Mecánicamente, descolgó el auricular, mientras sus ojos se fijaban en la Madre de Dios, que seguía allí sonriendo siempre: "Si ella pudo ser tan valiente, yo también lo podré", murmuró Hanna, y se dispuso a escuchar en tensión la llamada: "¿Es Vd., hermana?" "Sí, señora Beller, una buena noticia: su marido ha pasado bien la noche. Lo más terrible puede que haya pasado ya. Cuando volvió pasajeramente en sí, le transmití sus saludos. Al oírlo, hubo como una sonrisa en su rostro fatigado. Ahora está relajado. Después de comer, puede Vd. visitarlo por primera vez. Me alegro con Vd. por la buena noticia que puedo comunicarle". Llena de agradecimiento, Hanna miró a la virgen negra, que imperturbable, seguía allí con su suave sonrisa en sus facciones bondadosas, con el niño en sus brazos... P. NATHANAEL, "María Einsiedeln", Confiar es siempre un nuevo comienzo 144

¡María, Madre, lo pongo en tus manos! (las preocupaciones cíe un padre) El señor Etchegarry, un trabajador vasco, tenía un hijo de 13 años que lo traía a mal traer. Hasta ahora, nada había podido con él: ni rigores ni transigencias. Parecía imposible corregirlo. Martín —así se llamaba el chico— era malo y testarudo, haciéndole frente a su padre, no haciendo caso de su autoridad. "¡Sigúeme!", le dijo un día su padre. Lo llevó a una pequeña capilla dedicada a Nuestra Señora, levantada sobre una roca y a unos dos kilómetros de distancia de la casa paterna. Se fue directamente al altar, y apoyando la mano sobre el hombro de su hijo, dijo: "Madre, lo pongo en tus manos. Haz de él un buen cristiano, cosa que yo no he conseguido hasta ahora. Haz que sea tu hijo. Protégelo". Luego, el padre se arrodilló y siguió rezando calladamente. Las lágrimas caían sobre sus hundidas mejillas. Pero el hijo permanecía a su lado inconmovible. Al principio, indiferente y frío, luego, perplejo, mirando ora a la imagen de María, ora a su padre rezando con tanta unción y devoción. Pero ¿qué está sucediendo en él? De pronto, también se arrodilla él. La oración y las lágrimas de un padre tienen mucha adquiescencia en el misericordioso corazón de la Madre. Y así, mientras los ruegos del padre suben piadosamente al cielo, la gracia del arrepentimiento desciende sobre el hijo. La quietud del santuario es perturbada por un sollozo. Etchegarry se sobresalta. ¿Es que Nuestra Señora le ha escuchado ya? Martín em145

pieza a sollozar. Su frente se reclina sobre el nombro del padre. "¡Padre, perdóname! ¡Perdóname! ", murmura. " ¡Oh, sí, yo te perdono!", contesta Etchegarry. Toma a su hijo de la mano y le señala a la santísima Virgen: " ¡Muéstrate digno de ella!" Los años van pasando. Martín cuenta ahora 17 años. Sus faltas de jovenzuelo ya las ha expiado, su conducta se ha hecho ejemplar. "Padre", le dice un día después de una semana de duro trabajo, "acompáñame a donde Nuestra Señora". Esta vez es Martín el que con firme mirada y cabeza erguida entra primero en la capilla de la Virgen. Se arrodilla y suplica con voz fuerte: "Madre, dile qué es lo que tú quieres de mí. Muéstrale el lugar adonde me destinas. Hazle comprender que me quieres enteramente para ti, que tengo que dejarlo para ir a sembrar otros campos. Di a mi padre que tú me has elegido, a mí, que soy del todo indigno, para ser un oblato de María". Etchegarry interrumpió aquí a su hijo con su voz grave, diciendo: "¡Lo que yo di una vez, no lo vuelvo a tomar. Ve, hijo mío, a donde la Madre te llama. Bendito sea el futuro sacerdote del Señor!" Según Le Chardonnet, de LEONART, Le riel, assuré par Mane

Allí quedó el rostro de María

(conmovedor suceso ocurrido en Ucrania) Desde hace muchos siglos, Ucrania ha mostrado siempre una tierna y filial veneración por 146

la Madre de Dios. Ya en 1037, el Gran Príncipe Joroj, el Sabio, realizó la solemne consagración de la capital y del país a María. Hay miles de iglesias, monasterios y capillas por todo el país puestos bajo la advocación de la Virgen, encerrando en ellos centenares de maravillosos iconos. La santa Virgen es la reina de Ucrania. Además del célebre monasterio-cripta de Kiev, y del Potchaiv en Volinia y el de Povtck-Maria en el sur de los Cárpatos, hay que nombrar también el de Zarvanytzia, en Podolia. Después de la segunda guerra mundial, la iglesia católica fue sañudamente martirizada en Ucrania. Lo que de ella quedó, perdura en las catacumbas. Irritados por la activa oposición de Ucrania, los bolcheviques dieron rienda suelta a su furor contra los centros de veneración mariana. Y así. confiscaron muchas imágenes venerandas, o bien las destruyeron; pero durante largo tiempo no osaron atacar de frente el icono milagroso de Nuestra Señora de Zarvanytzia. Habían, sí, cerrado el santuario, pero no se habían atrevido a tocar el icono. Los fieles de Zarvanytzia hacían guardia día y noche, venerando la imagen sagrada y, al mismo tiempo, protegiéndola. Durante el verano de 1957, un pelotón armado de la policía bolchevique se presentó en el lugar, irrumpió en el santuario y se llevó el icono por la fuerza, pese a la fortísima resistencia que el pueblo les opuso. Las campanas convocaron a los habitantes de los pueblos vecinos, en señal de ayuda, pero todo resultó vano. Pero ese mismo día, el manantial (llamado curiosamente con una palabra alemana: "der Brunnen" = la fuente) existente bajo la capilla, reflejó una imagen en todo 147

semejante a la imagen de gracia ahora confiscada por los bolcheviques. Todo el mundo pudo ver reflejado en el agua el rostro de la Señora, impregnado de una profunda tristeza. La noticia de tal acontecimiento se extendió como el viento por toda Ucrania. Las multitudes venían a millares hacia Zarvanytzia de todas partes del país. Este extraordinario despertar de la fe en el pueblo perturbó hondamente a los comunistas. Una comisión investigadora apareció por Zarvanytzia, proveniente de Kiev. El reflejo del icono milagroso se mostraba en el agua del manantial bajo la capilla. Los miembros de la comisión investigadora hubieron de admitir públicamente haber visto el reflejo de la milagrosa imagen en cuestión sobre el agua. Durante el verano de 1958, una segunda comisión llegó a Zarvanytzia directamente desde Moscú. Poco después de esta visita, los gerifaltes comunistas prometieron al pueblo que el icono se repondría pronto en su antiguo sitio. La peregrinación de los fieles a Zarvanytzia fue cada vez más abundante desde entonces. Y, al fin, llegó el tan anhelado día, el 14 de octubre de 1958: los soviets devolvieron al pueblo su icono. Y ahora se halla otra vez en su antiguo lugar. Los fieles consideran su devolución como una gran victoria de su fe, confirmada por un milagro de la Señora. Marta siegt, 1961
Madre de todas las madres

(fue en el refugio, en el frente) Una lluvia suave caía sobre el paisaje recién despertado a la primavera. En el refugio, en tor148

no al cual todo verdecía ahora con tanto esplendor, se charlaba animadamente en una hora de asueto. Viejos recuerdos de juventud, el recuerdo —como no podía ser por menos— de la madre... "Entonces mi madre me dijo...", o bien: "si entonces mi madre no me hubiese echado una mano...", etc. Apenas puede darse una infancia feliz, si no hay por medio una estrecha relación con el concepto "madre". Uno de los reunidos se expresó así: "A buen seguro que la mayoría de nosotros tiene consigo una foto de su madre. ¿Por qué no las ponemos todas sobre la mesa y así hacemos una exposición sobre la madre en el refugio?" Dicho y hecho. Los bolsos de las guerreras grises de campaña se empezaron a desbotonar, se sacaban las carteras de cuero, o se revolvía entre papeles y documentos... La mayoría tenía allí una foto de su madre. A veces, en vez de una foto solitaria de la madre, se presentaban fotografías de toda la familia, aunque también allí la madre ocupaba, como en la familia misma, el centro de la imagen. Había imágenes para todos los gustos: madres más jóvenes, otras ya mayores, unas con los cabellos aún oscuros, otras ya con sus cabellos encanecidos o blancos. Pero casi todas ellas tenían ese amoroso rasgo maternal en el rostro, que es lo que lo hace inolvidable para todos los hijos. Pero en todo este concierto, en medio de todos aquellos soldados inclinados en corro sobre las fotografías de sus madres, recordando historias de la vida pasada, uno de ellos se mantenía apartado un tanto distante. "Qué, Gerhard, ¿no tienes ninguna foto de tu madre contigo? " Gerhard movió la cabeza. "Mi madre murió cuando yo nací", dijo a media voz. "Sin embargo, dijo alguien, todas 149

las noches lo veo yo sacar de su cartera una pequeña foto". "Venga, pues, Gerhard, muéstranos también tú esa foto que guardas, no seas tímido". El joven soldado receló un momento, pero luego desabotonó decidido el bolsillo de su guerrera. "Es también la imagen de una madre —dijo con suavidad—, pero de aquella madre que desde la muerte de mi propia madre ha ocupado en mí su lugar". " ¿Tienes, pues, una madrastra, Gerhard? ", quisieron inquirir sus camaradas. Pero Gerhard movió negativamente la cabeza: "¡Vedla vosotros mismos, y juzgad luego!" Abrió su pequeña cartera de cuero y puso una imagen sobre la mesa, en medio de las fotografías de las restantes madres... Sus camaradas se inclinaron curiosos sobre ella. Pero luego se miraron entre sí, asombrados. "Pero esto no es, Gerhard; tú hablaste de alguien que ocupaba el lugar de tu madre... y ésta ¿no es la Madre de Dios?" El joven soldado se enderezó orgullosamente. Una gran seriedad apareció sobre su rostro cetrino: "Esta imagen me la ha dado mi única hermana, y, al dármela, me ha dicho: "Gerhard, nosotros ya no tenemos madre, desde ahora la Madre de Dios será también la nuestra". Y esto es lo que en verdad ha sido para nosotros, tanto en la paz como ahora, en la guerra. ¿Acaso la Madre de Dios no es la madre de todas las madres?" Por un momento, el silencio más absoluto se hizo en el refugio. Los compañeros de Gerhard se sentían conmovidos por las sencillas palabras de su camarada. "Tienes razón, Gerhard, la madre sigue siendo la madre. Y cuando sobre esta tierra ya no se tiene a la madre, gracias a Dios seguimos te150

niendo otra en el cielo: la madre de todas las madres".
J. ADAMS

«¡Virgen María, haz de mí un santo!» El autor de este relato, el párroco Kreutzberg, fue durante la guerra capellán militar en Berlín. Una minuciosa exposición puede hallarse en el libro Franz Renisch, un mártir de nuestro tiempo. Lahn-Verlag. El 20 de agosto de 1943, a las 8,30, una llamada de la prisión berlinesa, en Lehrter Strasse 3, me notificaba: "Señor cura, quisiera pedirle que esta noche prestase sus servicios por última vez a un joven belga que ha de morir fusilado mañana temprano". A las 10 de la noche ya estaba yo dentro de la prisión junto a la Lehrter Bahnhof. Los pasillos de la misma estaban iluminados, mientras que las celdas, por el contrario, quedaban en la oscuridad. El ambiente de una prisión adquiere su máxima prestancia cuando cae la noche con su silencio opresivo, y cuando, desde las celdas, aquí y allá, se oyen leves ruidos, indicadores de que aquí dentro hay alguien intranquilo, alguien atormentado, alguien que no es capaz de conciliar el sueño reparador. Sí, ¡cuánto sufrimiento y cuánta miseria, qué tormentos anímicos, qué martirio interior no encierra esta casa dentro de sus paredes! ¡Cuántos en este momento no están temiendo por su futuro, por su vida! ¿Qué traería el día de mañana, pasado mañana...? Ocupado con estos pen151

samientos, llegué hacia las diez y media a la celda de Roger Libion, que, por ser la última noche, había sido alojado en una celda del piso inferior, al final del lado derecho. Roger era un joven estudiante de Bruselas, de 22 años, de cabellos rubio-oscuros, facciones pálidas y ojos grandes y oscuros. Cuando entré, estaba sentado y escribía algo. Al verme, se puso en seguida de pie y me saludó. Luego continuó: "Señor cura, mi hermano quiere hacerse dominico. Mi tía lleva 22 años de monja en Australia. ¿Puedo yo llegar aún a ser santo? ¿Puedo yo llegar aún a ser santo?" Esta doble pregunta con el acento de un profundo anhelo me afectó muy mucho, y le respondí: "Ciertamente, quien con tanta intensidad anhela la santidad, en realidad ya posee a buen seguro una no pequeña dosis de esa santidad que busca tan afanosamente". Luego, empezó a contarme su vida con todo lujo de detalles. Su relato se reproduce en parte aquí textualmente: "Yo siempre quise ser oficial. Creía que esa era mi vocación, dado que ahí pensaba que podía ejercer un gran influjo sobre las almas. Ahora he comprendido que el sacerdote tiene un mayor influjo sobre éstas. Cuando tenía 18 años, me di cuenta en una semana santa de que yo tenía que hacerme sacerdote. Le dije a Jesús: "No sé lo que tú ahora mismo quieres de mí, pero si quieres que sea sacerdote, persigúeme con amor y con dolor"... Y durante 5 años he sufrido mucho, muchísimo. Por cinco veces he estado ante los tribunales; cuatro veces fui condenado a muerte por haber luchado por mi patria: por haber transmitido noticias prohibidas. 152

Vd. conoce al P. Mauroy, de Namur. El 19 de julio me dijo durante un paseo por el patio de la cárcel: "Reza, reza mucho pidiendo humildad, y ten mucha confianza en María. Vive sólo para el sacerdocio. Reza y sacrifícate por los sacerdotes". En julio empecé a rezar dos rosarios cada día. Siento en mí mucho amor. Desde agosto he venido rezando tres rosarios. Luego comencé a hacer apostolado con mi compañero de celda. Es un holandés: Nico de R. No es creyente ya de familia. He hablado mucho con él sobre María. Nico me decía: " ¡Para los protestantes y para los ateos, María no cuenta en absoluto!" Pero yo seguía exhortándole: "La fe no es cosa del entendimiento, sino de la oración y del corazón". Nico ha comenzado a rezar. En casa rezábamos todas las noches la oración en familia al sacratísimo Corazón de Jesús, después de que mis padres se hubiesen consagrado a él en 1917. Por mi parte, le pedí que me concediese muchos sufrimientos. Anteriormente recibía cada viernes del Corazón de Jesús la santa comunión, y en los últimos meses, cada viernes del Corazón de Jesús he experimentado algo especial. En abril prometí hacerme sacerdote. Esta vez lo hice únicamente por amor. En la festividad del Corazón de Jesús me dijo una voz interior: ¡tienes que morir! Ahora resulta que voy a morir en viernes. Mis hermanos deben rezar mucho cada viernes del Corazón de Jesús. Mis padres han de peregrinar a Banneux y colocar allí una placa con la inscripción: "¡Roger, a la Madre del cielo, en agradecimiento!" Yo, padre, tengo mucha confianza en María". 153

Luego, con profunda unción, con un gran amor y anhelo, dijo: "María, María". Y lágrimas de alegría brotaron de sus ojos. "Entrego mi vida a Jesús por mis padres, por mis hermanos, por la conversión de mi compañero de celda Nico, por la extensión de la iglesia y para la bendición de Bélgica. También ruego por Vd. y por Mauroy". Hacia las 0,30 horas, Roger se confesó por última vez. Luego escribió una conmovedora carta de despedida a sus padres. Su traducción es la siguiente: "Queridísima familia: Acabo de tener una larga conversación con mi capellán, que ha recibido mis últimas expresiones de amor para con Jesús y María. Dentro de siete horas ya estaré yo con ellos. Luego, después de un breve sufrimiento, podré refugiarme en los brazos de la Madre de Dios y estar frente al amor de Jesús —¡al fin!— tan desconocido por los hombres. He rezado mucho a Jesús, queridísimos míos, pidiéndole que me permitiese sufrir por vosotros, por vuestra dicha. He sufrido muy poco, si me paro a pensar en la infinita gracia que conseguí por medio de la Madre de Dios de Banneux, de Dios Padre. ¿Quién es él? ¿Quién soy yo? ¡El me ha perseguido con su amor! ¡Ah, querida madre y querido padre, sed eternamente alabados porque, a través de vuestro ejemplo, habéis posibilitado que muera yo como cristiano un día! ¡Gracias, mil gracias! Entrego con alegría mi vida por vosotros. Mientras viváis, estaré yo a vuestro lado para haceros más fácil la vida y para conseguiros las gracias que yo suplicaré para vosotros a Jesús. ¡Qué son diez, 154

veinte años, toda una vida comparados con la eternidad! Mi última noche, toda entera, la he pasado con un capellán católico y ahora comprendo mejor que antes cuan infinitamente grande es el amor. El 7 de agosto, el primer viernes del mes, he llorado por primera vez en mi vida de alegría. En ese día tan maravilloso he entendido a Jesús. ¡Lo he sentido y lo he amado! ¡Oh infinita dicha! Yo pediré a Jesús en el cielo que os fortalezca en los momentos en que hayáis de recibir la triste noticia de mi muerte. ¿Triste noticia? Sí, una noticia triste para los corazones que no creen, pero para ti, querida madre, y para ti, querido y valeroso padre, ¡qué gracia más maravillosa de parte de Dios! Con perseverancia y confianza habéis invocado vosotros a nuestra Señora de Banneux para que me concediese la gracia de la vida. Yo también: pero, queridísimos padres, ¿acaso no hemos sido escuchados e incluso de una manera más alta de la que podíamos esperar? El 7 de agosto me consagré a Dios en una donación inspirada en el amor para dedicarle mi vida entera por vosotros. Desde entonces, viví con el anhelo de ser sacerdote en esta disponibilidad para la entrega. ¡Ya soy sacerdote! ¿Acaso ser sacerdote es otra cosa que sacrificarse? ¡Y sacrificarse totalmente por amor a Cristo! Esto es lo primero que yo suplico a Jesús como sacerdote. El sacrificio de mi vida, pero con alegría, con amor. ¡Oh Señor, no soy digno de que entres en mi casa...! Hoy entiendo perfectamente estas palabras: doleré in Domino - sufrir en el Señor. Permaneced en esto, queridos míos: Jesús bendiga vuestro amor. ¡Os ama tanto a todos! ¡Estad 155

alegres, sonreíd! Pensad que yo estaré con Jesús y pediré por vosotros. ¿Es que acaso ha de resultar tan difícil decir: "fíat voluntas tua" ( = hágase tu voluntad), cuando se entiende qué es lo que significa la voluntad de Dios? ¡Gracias a Jesús, gracias a María que me han dado tales padres! Esta carta llegará a vosotros. Os dejo asimismo un cuaderno con mis últimos apuntes y algunos recuerdos que aún guardo de vosotros: mi misal, mi rosario, mi reloj, mi bolígrafo y mi pluma estilográfica. Esta noche rezo particularmente por N. N. Rezo también por la conversión de mi amigo Nico. Rezo por todos y entrego mi vida por madre, por padre y por toda la familia. '¡Jesús, ven pronto!' Roger". Desde las 5,30 oraba Roger, arrodillado ante su taburete, preparándose para la última sagrada comunión, que habría de recibir con gran recogimiento y unción a las 6 de la mañana. Después de un breve desayuno, viajamos cerca de las 6,40 en un coche cerrado hacia el lugar de la ejecución, en Tegel. A las 7,05, llegamos. Por el camino decía: "No está bien que yo venga a la muerte en un coche. Jesús fue andando a la suya". Le dije: "Dios proveerá. Después aún habremos de andar un poquito a pie". Le pregunté luego que cómo se encontraba. Señalándome su corazón, me dijo: "¡Tranquilo como el plomo, tranquilo como el plomo!" Hablamos luego sobre la última oración. Quería rezar: "¡Jesús, María, os amo!" Aún tuvo tiempo para rezar dos rosarios a solas. Al terminar, recé yo con él la letanía lauretana, así como el inicio de la santa misa. El gloria, el credo, la oración del ofertorio, y, como conclusión, el prefacio con el sanctus: "Santo, santo, santo es el 156

Señor... El cielo y la tierra están llenos de tu gloria! Hosanna en los cielos. Bendito el que viene en el nombre del Señor: hosanna en los cielos". Afuera oímos unos pasos que se acercaban. ¡Es la hora! Hemos de interrumpir las oraciones de la misa; pero la misa de la vida sigue. Muy pronto será la elevación. El sacrificio de la vida de Roger. Su elevación de lo terreno a lo divino. En seguida alcanzará el punto culminante de su vida, cuando haga la unión del sacrificio de su joven vida con el sacrificio de Jesucristo. Un sargento entra en nuestro coche y da una señal. Otra vez aún le doy a Roger, arrodillado, la bendición junto con el Santísimo Sacramento. ¡Nos damos un apretón de manos! Nos despedimos. Luego bajamos del coche y caminamos hacia el lugar de la ejecución, a unos 50 metros de distancia. Después de la lectura de la sentencia, Roger besa una vez más la cruz devotamente. Se le ata ligeramente; pero, a petición suya, sus ojos no son vendados. Ahí está Roger con sus rasgos rientes, iluminados incluso. Su mirada va hacia arriba, al cielo. Luego cierra los ojos, es el fin. El comando recibe las órdenes, casi en voz baja: "¡Carguen! ¡Fuego!" Diez balas alcanzaron su corazón. Inmediatamente cayó al suelo y su alma se fue hacia la eternidad. Son las 8 de la mañana. Dos minutos después, el cuerpo de Roger ya está en el ataúd. Rezo en mi intimidad un padrenuestro y le doy la bendición. El ataúd se cierra y es cargado sobre un camión. Pocas horas antes de su muerte, pedí yo a Roger Libion un pequeño recuerdo. Me dio una imagen de la Virgen de los pobres de Banneux, 157

escribiendo en el reverso las palabras: "Nuestra Señora de Banneux haga un santo de mí. Roger Libion, 21 de agosto, 1943, a las 2,30 de k mañana". Verdaderamente vivió y murió como un santo. No lo dudo: su primera intercesión y su primera gracia fue la conversión de su amigo Nico. D.K. "Nadie posee más poder para unir a los hombres con Cristo que la Virgen María". Pío X

IV VIVENCIAS CON LA LLAMADA MEDALLA MILAGROSA

El origen de esta medalla

En el año 1830, la Madre de Dios se apareció a la joven novicia Catalina Labouré, en la iglesia del convento de las vicentinas, en la rué du Bac, en París. En la segunda aparición ve Catalina cómo en torno a la Santísima Virgen se forma un marco oval de luz, apareciendo escrito en mitad del círculo con letras de oro: "Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que en ti tenemos nuestro refugio". Y oye que una voz le ordena: " ¡Haz que se acuñe una medalla según este modelo!" Y: "Las personas que lleven esta medalla alcanzarán grandes gracias; las gracias serán superabundantes para quienes la lleven con confianza". Luego, la imagen se dirige hacia Catalina, pasando por delante de sus asombrados ojos, y ve ésta la letra "M" dominada por una cruz que descansa sobre un travesano, bajo el que está el 158 159

Corazón de Jesús, rodeado por una corona de espinas, y el Corazón de María, atravesado por una espada. Luego, todo volvió otra vez a su sitio... Catalina se arrodilló en la oscura capilla. El cielo volvió a cerrarse otra vez. Catalina informa a su confesor, el cual, después He no pocas dudas, llega finalmente a convencerse de que las apariciones han tenido realmente lugar. Va, por eso, al arzobispo de París, un gran enamorado de la Virgen, y le cuenta todo exactamente tal como se lo contó a él la joven novicia. El arzobispo desea que la medalla se acuñe inmediatamente, y en 1832 ya están en circulación los primeros ejemplares. Justamente en este tiempo, el antiguo arzobispo de Pradt, von Mecheln, está agonizando. Von Mecheln ha apostatado de la fe. Por eso quiere el arzobispo de París, de Quélen, probar la medalla que él ha recibido el primero de todos. Va, pues, con la medalla al moribundo, pero es rechazado con un claro "no". En casa, postrado de rodillas, suplica de Quélen: "¡María, socórrenos! ¡Muestra tu poder a través de esta medalla, tal como prometiste!" Ora y suplica largo tiempo por la conversión del arzobispo de Pradt. Apenas se ha incorporado, se le comunica que el apóstata moribundo quiere verlo. Y el arzobispo de Quélen puede aún administrar al penitente los sacramentos finales; y la misma noche muere en paz con Dios el antiguo arzobispo von Mecheln. Después de este primer prodigio, da comienzo la maravillosa marcha victoriosa a través del mundo entero. De todas partes llegan informes de conversiones, curaciones y auxilios milagrosos. En pocos años se acuñan millones y millones de medallas, y pronto ya sólo se la nombra sin más como la 160

"milagrosa", la "medalla maravillosa". El libro de Werner Durrer, Der Siegeszug der Wunderbaren Medaille ( = Triunfo de la medalla milagrosa), publicado por la Editorial Verbo Divino en edición castellana, da cuenta detallada de las apariciones y de los milagros más llamativos en esta primera época de su propagación por el mundo. El 19 de julio de 1947, Catalina Labouré fue canonizada por el papa Pío XII.

Revelación privada, sí, pero... Las revelaciones privadas, independientemente de a quién les acontece, gozan hoy entre muchos cristianos de una estima más bien escasa. Vamos a ceder aquí la palabra al profundo teólogo, el obispo Dr. Rudolf Graber. Respecto a las revelaciones privadas ocurridas en Fátima, manifestó de una manera clara y rotunda en Vilsbiburg, el 13 de julio de 1965: "La revelación privada está hoy, por decirlo así, indisolublemente unida al asunto de Fátima: es como su etiqueta... Hoy resulta interesante hacer preguntas y observaciones tales como: "¿Qué es lo que pretendéis con vuestro eterno Fátima en los labios?", o: "Fátima es tan sólo una revelación privada", o bien: "Yo me atengo a la gran revelación de Dios en la biblia y en el mundo apostólico, y esta revelación se concluyó con la muerte del último de los apóstoles. ¿Por qué, pues, tanto ruido?" Sí, tienen Vds. razón: la gran revelación de Dios se cerró con Cristo y los apóstoles; pero esto 161

no significa que Dios no pueda hablarnos con posterioridad. .. Cada palabra de Dios es grande y santa: independientemente de que se dirija a un profeta del Antiguo Testamento, o a una joven campesina que, por no saber, no sabe ni leer ni escribir. .. Por lo demás, ya Pedro habló antaño en su sermón de pentecostés —y con una claridad meridiana— diciendo que el espíritu se derrama sobre toda carne, y que los hijos y las hijas hablarán y que los ancianos tendrán sueños... ¿Acaso no se derrama incluso sobre las siervas y los siervos? Y si esto no sucediera, no se cumpliría entonces la palabra de Dios. Las revelaciones privadas son sólo la actualización de aquellas palabras de pentecostés, es decir, que el espíritu habría de derramarse sobre toda carne. Y el cumplimiento de las palabras de Cristo en el sentido de que permanecerá con nosotros todos los días hasta el fin de los siglos; y el cumplimiento de las palabras del profeta, que dice: "Voy a firmar con vosotros una alianza eterna, y no cesaré de hacerles el bien" (Is 55, 3). En buena hora ha llamado la atención un importante teólogo sobre el hecho de que en las revelaciones privadas hay que distinguir exactamente entre aquellas que sólo se dirigen a la persona agraciada y aquellas que, al mismo tiempo, contienen también un mensaje para todo el mundo: las primeras pueden dejarse a un lado, pero las últimas habrá que tenerlas en una gran consideración. Y Fátima —esto es evidente— pertenece a estas últimas". (Hasta aquí las palabras del obispo Rudolf Graber, el 13 de julio de 1965). Y a estas últimas revelaciones pertenecen tam162

bien las revelaciones privadas de María en París, respecto a la utilización creyente de la medalla milagrosa. Los siguientes relatos tal vez mostrarán que la Santísima Virgen también hoy en día sigue posibilitando a través de su medalla gracias abundantes cuando ésta se utiliza con gran confianza.
Arrojó el rosario por la ventana

Un joven sacerdote, extenuado por gravísimos trabajos en su quehacer apostólico, fue ingresado en un hospital de enfermedades nerviosas después de sufrir una grave depresión nerviosa. La convivencia con otros muchos enfermos no hizo más que empeorar en poco tiempo el estado del paciente, de modo que, a las molestias anteriores, se le añadieron ahora depresiones graves y manías persecutorias. Y así, después de unos cuatro meses de estancia en esa institución, los médicos se vieron obligados a enviarlo al servicio para incurables, donde quedó bajo la constante observación de un enfermero y en compañía de otros 40 pacientes semejantes. Sin embargo, en este ambiente las depresiones del coadjutor de 32 años fueron en aumento, especialmente por cuanto era consciente de la situación en que se hallaba. Su mayor sufrimiento consistía no sólo en no poder celebrar la santa misa —tal era la prescripción médica—, sino que también le estaba prohibido el participar los domingos en los servicios divinos en la iglesia de la institución en que se hallaba. Añadíase a ello el hecho de que en la sala de vigilancia de los incurables no se recibía correo alguno, ni siquiera llegaba un periódico. Los otros 163

enfermos hacían circular noticias patéticas; así, por ejemplo, que había estallado la tercera guerra mundial a través de una declaración de guerra por parte rusa, que el papa había tenido que abandonar Roma, huyendo, etc. Muchas otras cosas hacían insoportable la estancia de este sacerdote en este servicio para incurables, estando como estaba plenamente consciente de su estado; particularmente le resultaba muy desagradable, por ejemplo, la utilización compartida de los retretes en el mismo cuarto, con tantos enfermos mentales... El joven sacerdote llegó a sentirse abandonado por Dios y por los hombres. En esta situación, una noche que estaba de pie junto a los barrotes de la ventana de la sala de vigilancia, mirando hacia fuera, pleno de desesperación y desorientado, se dijo a sí mismo, con gran desánimo: "¡Estás perdido, ya no hay ninguna ayuda para ti, ya no queda ninguna salida!" En tal situación desesperada, sacó su rosario del bolsillo, hasta ese momento celosamente utilizado por él, y lo arrojó fuera a través de los barrotes. "Nada tiene ya sentido para mí", suspiró el pobre desgraciado. Y ésas, en verdad, fueron las semanas más terribles para el infeliz: ¡Ya no rezaba siquiera! Cada vez más frecuentemente se repetía: " ¡Estás perdido; nunca has sido ordenado válidamente como sacerdote; una eterna condenación es lo que te espera!" Una persona sana apenas puede imaginarse qué martirio ha de suponer a un enfermo de este tipo pareja situación mantenida a lo largo de varias semanas. Por medio de repetidos electroschocks, cada vez más frecuentes, intentaban los médicos amortiguar más y más la memoria del paciente. 164

¡Y he aquí que es precisamente ahora cuando se opera el giro decisivo! Una tarde, el joven sacerdote hundido en su resignación y en su desesperanza "paseaba" juntamente con otros pacientes en un patio interior rodeado por un muro de unos cuatro metros, bajo la inspección de un guardián. Los enfermos, todos vestidos con sus trajes de rayas azuladas, marchaban en fila india en torno al muro, abandonado cada cual a sus diálogos interiores y a sus pensamientos... Y así por una hora. De repente, entró en el patio una anciana de 82 años, hermana del capellán de la institución, muerto hacía poco tiempo... Y se puso a buscar entre el grupo de los cuarenta enfermos. Al fin, se acerca al grupo y le dice al que buscaba: "¿No es Vd. el reverendo N. N.?" El sacerdote dice que sí con la cabeza. Y en un momento la anciana señora toma maternalmente la mano derecha del enfermo, le pone en ella la "medalla milagrosa", y le dice: ¡"Reverendo, un joven sacerdote como Vd. no puede desmoronarse justamente en esta hora! Aquí le traigo yo una medalla que encontré entre las cosas de mi difunto hermano, que la había traído de Lourdes pocas semanas antes de su muerte. ¡No confíe Vd. ya más en ninguna ayuda humana, sino única y exclusivamente en la Madre del perpetuo socorro! ¡Rece Vd. a menudo las palabras que se leen en esta medalla!" Después de esto, la señora N. abandona prestamente el patio de los enfermos. El enfermo volvió continuamente sobre la medalla y la leyó en secreto: "¡Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros, que en ti tenemos nuestro refugio". Y como un rayo se le pasó por las mien165

tes: "No digas a ningún médico ni a nadie qué es lo que te pasa, confíate únicamente en la Madre de Dios". A la noche siguiente, que como otras muchas veces apenas consiguió pegar los ojos, el paciente rezó miles de veces la oración impresa en aquella medalla. A la mañana siguiente y en los días próximos a la visita del médico, el enfermo contestaba siempre a lo que se le preguntaba: "Gracias, no me puedo quejar". Algunos días después escuchó cómo el médico le decía al guardián: "¿Qué opina Vd.? Podíamos trasladar al coadjutor al departamento de caballeros, a ver cómo reacciona". Y así se hizo. El paciente pasó al servicio de enfermos menos graves, con habitaciones individuales y que disponían de dos horas al día para salir al exterior. Después de nueve horribles meses, esto era para el joven clérigo un milagro apenas creíble. En una de las salidas de la tarde, se llegó nuestro hombre a la oficina de correos del lugar, y puso un telegrama al sacerdote de su pueblo. Decía así: " ¡Por favor, venga pronto!" El cura párroco, que desde la temprana juventud del paciente profesó siempre a éste una relación verdaderamente paternal, se presentó de inmediato. El enfermo fue llevado a la portería por un vigilante, pudiendo charlar allí solo con su cura párroco. Después de una conversación de más o menos un cuarto de hora, el anciano sacerdote, ya encanecido, preguntó a su protegido: "Pero dime, querido, ¿por qué estás todavía aquí?" El coadjutor respondió: "Si Vd. sabe darme una respuesta, o bien si, aunque sólo sea, debe decirme por qué ya no puedo celebrar el santo sacrificio de la misa, no me importaría seguir estando aquí"... "¿Cómo? ¿Acaso no puedes ya celebrar? ¡Esto 166

no puede ser! ¡Mañana celebras tú aquí la santa misa! Y no dejo esta casa antes de haber conseguido esto. ¿Sabes acaso qué día es mañana?" El paciente dijo que no, y es que hacía tiempo que no veía ni un calendario ni un periódico. A esto contestó el viejo sacerdote: "Tú siempre fuiste un especial hijo de María, procedes de una parroquia mariana, todos los grandes acontecimientos de tu vida cayeron en el mes de María, y mañana es la fiesta del nacimiento de María. ¡Mañana, pues, subirás nuevamente al altar, después de tanto tiempo de no poder hacerlo!" El coadjutor lo escuchaba con gran atención; luego buscó en su cuello la medalla sujeta a una cadenita, y dijo: " ¡ Ahora sé por qué vuelvo a celebrar otra vez mañana!" A la mañana siguiente, celebró el joven sacerdote en el altar mariano de la iglesia de la institución, hondamente conmovido por ser ésta la primera vez desde meses que podía celebrar el santo sacrificio. Desde ese día su recuperación, si bien lenta, se fue confirmando, y hoy es el día en que ya hace más de doce años que trabaja a pleno rendimiento en su labor pastoral, un hombre que había sido declarado incurable por la ciencia de los hombres... Sus primeros ahorros los fue acumulando para poder realizar una peregrinación a Lourdes, donde en la festividad del rosario de 1954 dio las gracias a la Virgen, pletórico de felicidad, por la salvación que en él se había operado, y en la que ya nadie creía desde una perspectiva puramente humana. K. M. H. También a los sacerdotes pone el Señor a me167

nudo una pesada cruz sobre sus espaldas. Algunos llevan un duro sufrimiento expiatorio. «El sacerdote no vive para sí, sino para los otros» (Pablo VI, 3 de julio de 1968). ¡Cuan necesario es, pues, rezar y sacrificarse por los sacerdotes! Dios bendice a menudo esta oración en forma muy sorprendente. Recemos: María, Madre de los sacerdotes, bendice a todos tus hijos sacerdotes en su difícil misión. Suplícales la gracia de una fe humilde y profunda y de un amor dispuesto al sacrificio. Suplícales particularmente también la pureza, la fortaleza y la disponibilidad para servir abnegadamente a Dios y a las almas...

Experiencias de un capellán de enfermos Era medianoche. Fui llamado para asistir a una joven madre moribunda en el hospital, que tenía seis niños pequeños. Después de haberle administrado en su forma breve la sagrada extremaunción y de haber rezado las oraciones de los difuntos, le puse bajo la almohada, donde reposaba su cabeza ya inconsciente, una medalla milagrosa, diciéndole a la enferma: "Hoy la Madre de Dios podría suplicar al Señor un pequeño milagro, salvando la madre de los seis niños". Una esperanza particular me daba el hecho de que era el 11 de octubre, que estaba por terminar; era el día de la maternidad de María. Los dos médicos volvieron entre tanto para ocuparse nuevamente con la enferma. Yo, por mi parte, abandoné la sala de operaciones. 168

Cuando a la mañana siguiente volví al hospital, la enfermera me contó inmediatamente que la enferma, que anoche estaba al borde de la muerte, hoy se encontraba muy bien, siendo la admiración de todos. En ese momento precisamente llegó el médico jefe, y en la misma puerta exclamó asombrado: "¡Cómo, ¿aún sigue viva la enferma?!" La enfermera nos introdujo a ambos en la habitación de la enferma en cuestión, sorprendiéndonos una figura sonriente, sosteniendo, radiante, una medalla milagrosa en la mano. El médico jefe no pudo articular palabra. Todos estábamos convencidos de que la intervención de la Madre de Dios era manifiesta. Y así, un par de días después, la madre de los seis pequeños fue dada de alta, totalmente sana, pudiendo reintegrarse a su familia...

«¡Diez años de oraciones en vano!»

"Conocí a una madre —relata una asistenta social de O.— que llevaba rezando ya más de diez años por su hija Helga y sus tres hijos, suplicando el retorno de todos ellos al seno de la iglesia católica. Por presiones familiares —del padre del novio, fundamentalmente—, su yerno había permitido que su boda se efectuase a la manera evangélica, siendo luego también bautizados sus hijos en la misma iglesia evangélica, e igualmente por lo que se refiere a la educación de los pequeños. Su esposa Helga, que procedía de una familia católica distinguida, sufría lo indecible durante todos estos años bajo la escisión espiritual a que 169

se veía sometida. Parecía como si todas sus oraciones y las de su madre hubiesen sido en vano. Era el día del Corpus Christi del año 1960, antes de la procesión, cuando la madre de la joven esposa me contó todo su sufrimiento. Tenía con ella, de la mano, una nietecita, la cual, con cualquier ocasión, repetía continuamente la pregunta: "abuela, ¿por qué no puedo ir en la procesión?" O: "Yo también quiero tener un domingo de cuasimodo", etc. Yo, por mi parte, di a la pequeña una medalla milagrosa y otras tres a la abuela para que se las diese a su hija, indicándole que a buen seguro que la Madre de Dios haría algo... No habrían pasado ni tres meses después de este día del Corpus, cuando un buen día se me acercó la señora B., llena de alegría, y me dijo que había sucedido un milagro. Su yerno había dicho a su mujer después de un enfrentamiento con su padre: "Helga, toma a nuestros hijos y llévalos al cura católico. Prepara para nosotros un matrimonio también católico". Ahora, sí, la pequeña Mariane podrá celebrar, también ella, el domingo de cuasimodo...

Mi oso - mi talismán Era en el año 1945. Por la hermosa tierra de Silesia avanzaba la furia de la guerra. La angustia y la miseria hacían acto de presencia sobre una región rica y agradable a los ojos del Señor. El condado de Glatz tampoco se libró de estos avatares guerreros. Las jóvenes y las mujeres vivían continuamente angustiadas, y, ante la desesperación, a menudo buscaban el suicidio. En la vieja 170

casa de la viuda Schóngarth nabían encontrado cobijo un par de mujeres con sus hijas y jóvenes muchachas. La casa quedaba oculta detrás del desfiladero, existiendo una pequeña esperanza de quedar protegidas ante lo más terrible. "Yo confío en mi talismán", dijo una señora, apretando un pequeño oso contra su pecho. "Siempre me ha traído felicidad y también hoy me va a preservar de lo más terrible". " ¡ Señora Haberlein, ¿quiere Vd. desatar la ira de Dios sobre mi casa?", se disparó irritada la viuda Schóngarth. "Yo pienso que nosotras necesitamos ahora una protección muy diferente a la que puede prestarnos su pequeño oso...". "No te enfades, madre, déjalo", dijo una joven, poniendo cariñosamente la mano sobre el hombro de la madre. Luego se dirigió a la vecina recogida en aquella casa y le dijo con voz bien clara: "¡déme el oso, por favor!" Y la mujer le dio su tesoro a la muchacha, que la miraba amable pero firmemente también. Rosemarie, la muchacha en cuestión, abrió con un impulso rápido la puerta de la estufa y arrojó el osito al fuego... La mujer entonces puso el grito en el cielo, pero Rosemarie la mantuvo sentada con suave violencia, y llevando el dedo a su boca, dijo: "Yo conozco una protección mejor". "¿Una mejor protección que mi oso?" estalló la mujer, y comenzó a llorar. "¡Oh... oh..., Vd. me ha quitado mi talismán, mi benefactor". Pero Rosemarie ya no escuchaba los lamentos de la señora. Ante el altarcito de casa encendió una vela, luego se dio la vuelta hacia las otras mujeres, sacó una medalla de la Madre de Dios de debajo de su vestido, y dijo sencillamente: "La Madre de Dios prometió a santa Catalina Labouré que quien 171

llevase la medalla milagrosa de la Inmaculada Concepción, recibiría muchas gracias. Yo llevo esta medalla desde mi primera comunión y creo en la promesa de la Madre de Dios. Pidamos la gracia de que por esta pequeña medalla nos venga a todas nosotras la bendición de su maternal protección ". Después de estas persuasivas palabras, la joven se arrodilló y empezó a rezar el rosario. Las mujeres, las jóvenes y los niños hicieron lo mismo. Incluso la supersticiosa mujer del osito empezó a mover sus labios, después de un primer recelo. Pero sobre la región andaban desatados los perros de la guerra. A menudo las puertas de las casas eran amenazadoramente golpeadas con las culatas de los fusiles, y los gritos y cantos de los hombres borrachos hacían estremecerse a las gentes. Pero las mujeres aquí reunidas rezaban día y noche de una manera ininterrumpida. Las valientes mujeres y muchachas no hacían otra cosa que rezar. Volvían a encomendarse continuamente una y otra vez a la reina de los cielos. Y el milagro sucedió. No hubo casa en el pueblo que quedase inmune ante la furia destructora de la guerra. Únicamente la sencilla casa de madera, en la que se oró día y noche, ella quedó inmune, y quienes en ella buscaron refugio fueron protegidas del grosero ataque del enemigo, aunque el peligro se cernió sobre ellas amenazador. El saludo del ángel, que brota siempre de las personas atormentadas, evidencia la poderosa protección de la Madre de Dios, y permite comprender sus palabras a santa Catalina Labouré, cuando antaño le mostró su medalla milagrosa: "Los rayos son el símbolo de la gracia que derramaré sobre todos los que me lo pidan.
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Todos cuantos lleven esta medalla alcanzarán grandes gracias". Después, cuando estas valientes mujeres encontraron una nueva patria en lejanos países, Rosemarie recibió un buen día una carta inesperada. Procedía de la antigua vecina del amuleto, y entre otras cosas expresaba su agradecimiento: "Hoy —decía— llevo también yo una medalla de la Madre de Dios, y siento la bendición de la reina de los cielos. ¡Qué simple era ya entonces cuando ponía toda mi felicidad en un oso!" J.H. "Hoffnung" (1957)

Protección en la carretera

Hace algunos años, el padre H. vino del convento de M. a nuestra parroquia para ayudar en el confesonario y en el pulpito. Una vez cumplida la tarea, se me ofreció llevar de vuelta al Padre a su convento en mi propio coche. Al subir al coche, me dijo el P. H.: "¿No llevas en tu coche ninguna medalla milagrosa?" Le dije que no, y que no era ello necesario, dado que ya llevaba conmigo una tal medalla. Pero el padre H. no se dejó convencer con estas objeciones mías. Echó, pues, mano de su cartera de bolsillo y me tendió una medalla milagrosa con la observación siguiente: "También tienes que poner en tu coche una medalla". Después de un pequeño viaje, dejé al padre H. en su convento y me dirigí de nuevo hacia casa. Pues bien, en este viaje de vuelta estuve en un tris de chocar con otro coche cuando un conductor, al que yo pensé adelantar, giró brusca173

mente hacia la izquierda sin señalizar en absoluto esa maniobra, torciendo hacia una entrada privada... Con gran presencia de ánimo y con unos reflejos de primera, logré evitar el encontronazo. Cuando posteriormente me encontré nuevamente con el padre H., le conté el percance, dado que a mí me había impresionado mucho. Y no hizo más que fortalecerme en mi idea: es decir, que esa indudable protección había que agradecérsela a la medalla milagrosa. K. M. H. Confiar en la medalla es confiar en la Madre misma. Ella nos la ha dejado como signo de su materna protección.

...ayudó a vencer la bebida En los años posteriores a 1947, se desarrollaba en Urucani, en el estado brasileño de Minas, un espectáculo diario maravilloso: la providencia divina había dado a ese pueblo miserable, completamente desconocido hasta entonces, un segundo cura de Ars: el P. Antonio Ribeiro Pinto. Este sacerdote había sido siempre un celoso sacerdote, inflamado de amor a la santísima Virgen. Durante 27 largos años había sido cura párroco en un asentamiento de colonos en el interior del país, y allí imperaba el vicio de la bebida, juntamente con todas las pasiones y todos los vicios que suele tener como consecuencia: inmoralidad, pendencias y, ante todo, indiferencia religiosa. El padre Antonio buscó su refugio en la santísima Virgen y 174

Madre de las gracias, y la Virgen no le defraudó. A borracho que se tropezaba por la calle, le ofrecía el padre Antonio un vaso de agua, previamente bendecido, y en el que había introducido también a su debido tiempo una medalla de la Inmaculada. Recomendaba a sus feligreses que, tan pronto como sintiesen la inclinación al alcohol, bebiesen siempre agua en la que hubiesen previamente introducido una medalla consagrada. El éxito fue fantástico. Tres años después, no hubo nadie ya que se entregase al vicio de la bebida. También otros afligidos, enfermos y oprimidos venían al sacerdote pidiéndole la bendición. Y el bueno del padre Antonio ayudaba a todos; pero lo que a él le importaba era la curación y salvación de las almas. Por ello exhortaba a todos a llevar una vida cristiana, a recibir más a menudo los santos sacramentos de la confesión y la sagrada comunión. " ¡Tened gran confianza en María, la Madre de la gracia!", decía a todos. Luego les entregaba la medalla de la Inmaculada y les aconsejaba hacer una novena a la Madre de la gracia. H. Dice san Bernardo: "Cristo se hubiese bastado para que ahora todo contento nos viniese de él... Pero por cuanto Dios tiene un ardiente corazón, la mujer tiene reservado un lugar en la reconciliación... "Dios quiso que nosotros lo consigamos todo por María".

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«¡No quiero ningún sacerdote!»

(vivencia de una enfermera) Era una hermosa mañana del mes de abril. Mí servicio me llamaba a un nuevo enfermo con pulmonía doble. Noté en seguida, nada más llegar, que Dios no era habitual de esta casa. La señora J. me explicó que era deseo del enfermo que se me llamase a mí porque me conocía de vista. Pero que mi deber era única y exclusivamente ocuparme con la cura prescrita por el médico y no con religión. "No es ésta nuestra costumbre", me aclaró la señora formalmente. Me puse, pues, a la tarea de atender al enfermo, siendo aceptada por éste con gran entusiasmo. Pasaron los días y el estado del enfermo se fue haciendo cada vez más preocupante. El sábado me encomendé a la protección de María y me atreví a preguntar si tal vez no sería bueno que un sacerdote hiciese una breve visita al enfermo. "Como Vd. desee, hermana; hace dieciséis años que abandoné todo, aunque yo me casé por la iglesia e hice bautizar a mi hijo; dígale al sacerdote que venga, tal vez después me sienta mejor". Por desgracia, el enfermo recibió con malas maneras al sacerdote, insultándolo incluso. Cuando aparecí yo por allí, me gritó: "¡He cambiado de opinión, no quiero ningún sacerdote, ni quiero ninguna hermana; desaparezca!" Durante los tres días siguientes, volví sólo en virtud de la obediencia a mi superiora: idéntico recibimiento, los mismos insultos. El cuarto día era miércoles. La señora de la casa me dijo al abrir la puerta: " ¡Aún sigue viniendo Vd.!" "Sí —le respondí—, ¿puedo 176

ver al enfermo? " "Si Vd. tiene arrestos para ello... Pero ahora ya no pasará nada, pues está en coma desde la medianoche". Mi corazón se contrajo doloridamente cuando vi al pobre moribundo completamente inconsciente; los ojos vidriosos, la boca abierta; agonizaba. Me arrodillé junto a su cama, tomé mí rosario y comencé a rezar en voz alta un misterio. Y como su mujer protestase, le dije que ya que me había llamado al principio, yo me quedaría allí hasta el final. Estando de rodillas, veía impotente, al mismo tiempo que no cesaba de rezar, cómo bramaba la muerte ya cercana. De repente, me vino la idea de ponerle la medalla milagrosa. Hice un cordón en torno a su cuello y le puse la medalla sobre su corazón, que estaba golpeteando como loco en la última batalla. De pronto, los labios del enfermo empiezan a moverse, y parece que habla. ¿Qué dice? " ¡Estoy condenado, estoy condenado!" "No, Vd. no está condenado, Vd. está aún vivo. Nunca se está condenado mientras uno está aún sobre esta tierra". " ¿Qué tengo que hacer para no ser condenado? " "¡Diga conmigo las oraciones!" Y el enfermo va repitiendo cada una de mis invocaciones. Luego vuelve a decir: "¿Qué tengo que hacer para no ser condenado?" Me aventuro a decir: "Recibir al sacerdote". Llama a su madre y a su mujer. Estas se presentan excitadas. "¡Vosotras dos, id rápido y buscad al sacerdote!" Un padre jesuíta viene en seguida desde el colegio vecino. Lloré. "¿Qué pasa, hermana?" "¡Oh, padre, esto ha sido cosa de la santísima Virgen! Ya estaba muriéndose. Es ella la que lo volvió a la vida!" " ¡La santísima Virgen! ¡Oh, hermana!" Dejo al religioso con el moribundo y voy a la 177

iglesia para rezar. Después de un buen rato llega el buen padre, y sonríe. "Voy a buscar la sagrada unción y el viático, pues está preparado". Algunos momentos después, el señor J. recibe a su salvador, y la sagrada unción lo fortalece para el gran viaje. En su acción de gracias, me pregunta: "Hermana, ¿conoce la canción "Pongo mi confianza en ti"? Digo que sí y la cantó de todo corazón. Después de eso, vuelve el sueño del coma. Yo permanecí a su lado hasta su último suspiro, ocurriendo dos horas después. Aquí experimenté yo, por así decir, milagrosamente la protección que María concede a todos cuantos llevan su medalla, no dudando en absoluto de la omnipotencia suplicante de María. K. M. H. Recemos a menudo: ¡Jesús, María y José, os amo! ¡Salvad las almas! Nuestro corazón tiene que ensancharse para esta oración y a través de esta oración.

V
VIVENCIAS CON EL ESCAPULARIO BENDECIDO

Un soldado rojo grita: no disparar

El pasado año, un sacerdote y profesor español pasó varias semanas en la casa "María Reina", en Bonn. Era un modelo de sencillez, de humildad, de bondad subyugante y de edificante piedad. Como impregnado del ser de nuestra Madre celestial, era todo humildad y negación de sí mismo, dispuesto en todo momento a poner su vida por Dios y su reino. A un sacerdote de nuestra sociedad le contó una vez la siguiente conmovedora historia, vivida por él durante la guerra civil española: "Como neopresbítero, pude tener en mi iglesia parroquial el primer sermón público. La guerra civil rugía con cruel violencia. Los rojos estaban en pleno avance, no sabiendo exactamente nadie dónde se encontraban en realidad. El general Franco, que mandaba las tropas cristiano-nacionales reunidas en torno suyo, acababa de desembarcar en el continente desde África, prosiguiendo 179

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su marcha por la costa suroeste de España. Mi lugar de origen había sido hasta entonces perdonado por los comunistas, y también ahora se lo creía libre de un ataque. Dado que casualmente se celebraba la festividad del escapulario, y por cuanto yo mismo —como el papa Pío XII— llevaba desde mi juventud, pleno de fe, de esperanza y de caridad, el escapulario del Monte Carmelo, prediqué sobre el origen, la historia gloriosa y las grandes bendiciones del santo escapulario y de la hermandad del escapulario. Al finalizar mi sermón, no sabía yo quién estaba más conmovido por las bondades maternales de nuestra Madre celestial, si yo, el joven sacerdote, o los oyentes... Durante todo el día no cesaba el rumor de que los rojos se estaban acercando a nuestro pueblo. Sobre su efectiva llegada, les iban precediendo los relatos sobre las crueldades por ellos cometidas —un verdadero rosario de terrores, ruinas y sufrimientos. La sangre de los mártires que fueron descuartizados a causa de su fe saturaba la tierra. A la mañana siguiente, celebré una vez más aún en privado el santo sacrificio de la misa, para luego dedicarme a mis futuras tareas pastorales. No era ya mucho el tiempo que me quedaba para desaparecer del pueblo. A cada momento podían hacer acto de presencia los rojos, y yo estaba convencido de que significaría mi muerte sí llegaban a encontrarme. Inmerso en una atmósfera divina, abandoné la iglesia. Pero, de repente, sucedió lo que tanto temíamos: una camioneta llena de comunistas armados atraviesa rápidamente la carretera del pueblo. Sus caras son un paradigma de todos los vicios, y en un primer momento me inspiran un verdadero terror.
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Ahora ya no cabe pensar en una huida. El primer rojo que se fija en mi sotana negra, da la voz de alto al conductor del vehículo, saltando de la camioneta, seguido por otros. Me agarra por los hombros y me empuja contra la pared, teniéndome encañonado mientras tanto. "¡Manos arriba! " Obedezco maquinalmente, pensando únicamente en mi sagrado escapulario y en las promesas de la santísima Madre de Dios. Una gran paz me sobreviene. De repente, me siento protegido por María. Lo que luego sucede sólo puedo interpretarlo como una milagrosa providencia del cielo: un soldado rojo salta del coche, y a grandes zancadas se planta en medio de sus camaradas, y, ante todo, se acerca a aquel que me tiene sobre la pared, desviándole el cañón de la escopeta hacia abajo, y le grita: " ¡no disparar! " En un santiamén se enciende una acalorada disputa entre la soldadesca comunista, formándose dos partidos: uno que me quiere liquidar de inmediato, y el otro que se opone. Las opiniones suben violentamente de tono, enzarzándose entre sí. No consigo entender por qué razón se me quiere perdonar la vida. El caso es que una parte de ellos lucha tenazmente por conservármela, y en esta algarabía logro escabullirme de sus manos. Sigue siendo un misterio sobrenatural cómo pudo suceder esto. Yo lo atribuyo al escapulario gris de la familia carmelitana. Sigue una fuga excitante y llena de aventuras a lo largo de los Pirineos y en la frontera portuguesa. Durante semanas hube de albergarme en una choza abandonada de pescadores. Una anciana mujercita fue la que me mostró este refugio. Y todas las mañanas me llevaba algunas patatas cocidas, único alimento que debía bastarme para
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toda la jornada. Lo mismo que para la buena anciana. En las condiciones más primitivas celebraba yo cada mañana la santa misa, acompañado sólo por la anciana señora. Pero pronto este refugio se vio también amenazado. Los rojos empezaban a abrigar sospechas y por eso hube de ponerme otra vez en movimiento. Al fin, logré felizmente llegar al campo de Franco. ¡Estaba salvado! No me cabe la menor duda, y es mi más firme convicción de que fue la reina del monte Carmelo, cuyo escapulario gris llevo fielmente, la que me salvó de manera tan milagrosa. Cuando, posteriormente, hube de predicar como capellán militar, testimoniando la providencia de Dios ante mi muerte, se apoderaba de todos los oyentes una profunda emoción. Los soldados me pedían entonces el sagrado escapulario y, consagrados de ese modo a María, rezaban conmigo todos los días el santo rosario, arrodillados". Esto es lo que también quiere, como sabemos, Nuestra Señora de Fátima, para que termine finalmente la guerra fría entre los hombres y se impida, efectivamente, la guerra caliente que a todos nos amenaza. Pero para eso hemos de cambiar también nuestras vidas. "Hoffnung" (1957)
Escapulario ¿llamado a desaparecer?

" ¿Pero es que cosas como el escapulario, algo tan accidental y legendario casi, tienen alguna importancia en el día de hoy?" ¿Acaso la reforma litúrgica no ha intentado cortar con todo lo "accesorio", orientando nuestra piedad hacia lo verdaderamente esencial? ¿Es que vamos a hacer depender nuestra piedad de una cosa tan "externa" como es un trocito de tela? ¿No es mejor, acaso, concentrarnos "únicamente en el solo altar"? Estas preguntas son hoy de la máxima importancia y no sólo se refieren al escapulario, sino que afectan también igualmente al rosario, al vía crucis, etc.; dicen relación asimismo con el hecho de nuestra pertenencia a las Congregaciones y a las Hermandades Marianas y al campo entero de la "piedad subjetiva", a los ejercicios y oraciones de devoción privados. ¿Tiene todo esto algún sentido en nuestros días? Muchos quisieran despachar limpiamente estas preguntas con la exigencia de eliminar gustosos todo lo accidental, todas las imágenes barrocas de los santos, todos los altares laterales, en una palabra, quedarse sólo con una piedad de tipo bíblico-litúrgico..." ha constitución sobre la liturgia da una precisa respuesta Quien así piense, en modo alguno ha leído, o lo ha hecho de una manera superficial, e n e l decir del obispo Graber, la constitución sobre la liturgia, y, en todo caso, no la ha entendido correctamente. Pues si bien es verdad que la liturgia es la "cima", el culmen a que debe aspirar todo 183

Sobre esto ha hecho unas atinadas observaciones el pastor de la diócesis de Ratisbona, el doctor Rudolf Graber, con ocasión de la festividad del escapulario, en julio de 1965, en Straubing. Entre otras cosas, dijo lo siguiente: 182

el quehacer de la iglesia, siendo al mismo tiempo la "fuente" de la que brota toda su fuerza, la constitución sobre la liturgia pone, sin embargo, junto a ella los tres significativos principios siguientes: 1. En la sagrada liturgia no se agota todo el obrar de la iglesia. 2. Y ni siquiera la vida espiritual, la piedad y la interioridad del cristiano cabe reducirlas sencillamente a la participación en la sagrada liturgia. 3. Los ejercicios devotos del pueblo cristiano son recomendados grandemente, en tanto éstos se corresponden a las prescripciones de la iglesia, debiendo en lo posible participar del espíritu y del tiempo de la liturgia. Estos tres principios son de la máxima significación. En verdad, cabe pensar que estas ideas comprenden la parte más amplia, desde una perspectiva temporal, de nuestra existencia cristiana, el mayor ámbito vital del vivir cristiano. El escapulario - «vestido con Cristo» "Así, pues, el escapulario pertenece —continúa el obispo Graber— a los «pia populi christiani exercitia", a los ejercicios piadosos del pueblo cristiano", tal como dice el concilio, a las prescripciones y reglas de la iglesia. Y es que el escapulario es un "sacramental", y el llevarlo significa hacerse acreedor de grandes indulgencias. Hoy, ciertamente, hay que exigir que tales y parecidos usos se hallen entroncados en el uso bíblico y en el litúrgico. Y por lo que hace al escapulario, esto es realmente factible: dos veces habla el apóstol Pablo de que nos revistamos de Cristo:
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"induimini Dominum Jesum Christum" (Rom 13, 14) y (Gal 3, 27): "En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de él". ¿Y acaso no es una idea extraordinariamente profunda el que nosotros como cristianos nos hayamos vestido con él, con Cristo el Señor? Pero, de otro lado, qué responsabilidad habremos de tener entonces frente al mundo: en cuanto vestidos con Cristo, aparecer como "cristianos", incluso desde una perspectiva puramente externa, con el vestido de Cristo, presentarse con la vestimenta y, por decirlo así, con la figura del Señor: ¿acaso no sería lícito e incluso no sería lo indicado construir un día una "teología del vestido", es más, una "teología de la moda"? ¡Ved a lo que nos lleva en último análisis ese trocito de tela tan pequeño e inaparente, el escapulario! Visto desde esa perspectiva, ¿acaso no cabe entender el escapulario como algo realmente muy "moderno"? Hasta aquí el obispo Graber, quien luego habría de profundizar con todo detalle en la conexión litúrgica del escapulario. El sentido profundo del escapulario es, pues, el de vestirse con Cristo, con su luz, con su amor, mientras que el pecado es un vestirse de Satán, un revestirse con su espíritu impuro. El escapulario es también un vestido protector Sí, según la voluntad de la Madre de Dios, tiene que ser también un vestido protector. Esto es válido particularmente para aquellas personas
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que ya no esperan nada de la vida, que desesperan de sí y de su entorno, que se sienten solas en su soledad... Incluso el conocido refrán acierta seguramente, cuando dice: "¡Ay de aquel que está solo!" Podemos confiar plenamente en la protección de María, que nunca nos defraudará. Como prenda segura de ello, nos ha dado incluso una señal visible, un símbolo de su manto protector, bajo el que nosotros estamos. Este signo lo podemos contemplar en cualquier escapulario mariano bendecido por la iglesia, un trocito de materia que María nos entrega de mano de nuestra madre la iglesia como señal y prenda que nos cobija bajo su manto maternal. El escapulario no es, pues, un amuleto provisto de una fuerza de encantamiento supersticioso. El escapulario remite simbólicamente a todo aquel que lo usa a la gran protectora María, y actúa en virtud de la confianza que en ella se deposita. ha misma Madre de Dios ¡o ha ofrecido El escapulario mariano más antiguo y conocido es el escapulario gris del monte Carmelo, que, según la tradición de la orden carmelitana, entregó la Madre de Dios al general de los carmelitas, Simón Stock. Ahora bien, el escapulario más extendido en nuestra época es, sin embargo, el llamado escapulario verde del Inmaculado Corazón de María. Consiste en un trocito de tela verde, mostrando de un lado la imagen de la Madre de Dios y, de la otra parte, su corazón envuelto en llamas, atravesado por una espada. La Santísima Virgen así lo reveló el 28 de enero de 1840, en 186

París, en una aparición a la joven hermana Justine Bisqueyburu, de una gran y profunda piedad, siendo confirmado luego en revelaciones posteriores. Esta hermana pertenecía a la Congregación de las Hijas de la Caridad de san Vicente de Paúl, como Catalina Labouré. La hermana Justine recibió asimismo el importante encargo de dar a conocer por todas partes el llamado escapulario verde del Inmaculado Corazón. Este, al igual que la medalla milagrosa, debía de operar especialmente la conversión de los incrédulos y pecadores, posibilitándoles una muerte dichosa. Tanto la umversalmente conocida medalla milagrosa como el escapulario verde son un regalo del maternal Corazón de María. Por medio de ambos, habría de manifestarse de una manera particular a todo el mundo el amor y el poder de este corazón: a los creyentes en la veneración, a los pecadores en la salvación. Los siguientes y consoladores ejemplos deberían estimular en nosotros una gran confianza. Librados de la muerte por un pelo Era el 13 de noviembre de 1965. Habiendo recibido por la mañana la comunicación del "imprimatur" eclesiástico para mi librito Erlebnisse mit dem Gruñen Skapulier {=• Vivencias con el escapulario verde), decidí enviar los originales aquel mismo día a la imprenta; pero, antes de comer, una llamada telefónica me pone al corriente de que mis dos hermanos (de 67 y 50 años) habían sufrido un accidente grave de coche. Un coche cisterna había patinado en un paso inferior a consecuencia del aguanieve. Mi hermano se pre187

cipitó con su coche justamente contra él y en cuestión de segundos fue prensado de tal forma por el camión cisterna que el coche familiar fue reducido a la estricta dimensión de un metro. ¡Un estropicio absoluto! Como por un milagro, no resultaron muertos de inmediato los dos hermanos, sino que únicamente estaban heridos, sí bien mi hermano más joven gravísimo. En seguida de recibir esta noticia, pleno de confianza, cubrí en espíritu a mis dos hermanos con el escapulario del Inmaculado Corazón. "Madre María —supliqué—, acéptalos ahora totalmente en tu vestimenta protectora. Si es la voluntad de Dios, consérvalos para su familia. Pide para ellos su recuperación". Y la Madre de Dios vino en su socorro. Las heridas no supusieron la muerte. Incluso después de varias semanas de permanencia en el hospital, ambos fueron dados de alta, nuevamente sanos. Y desde entonces (hace ahora tres años) han podido otra vez dedicarse sin obstáculos a su profesión. ¡Gracias cordiales a la Madre de Dios!
A. M. WEIGL

No se pierde nadie tras del cual ande el amor

(por el autor de este librito) "¿No ha llamado aún la patrulla de reconocimiento?" Así pregunté yo desde mi lecho de enfermo. "¿Aún no se ha encontrado ninguna pista? " Mi ama de llaves comenzó a llorar. " ¡No, nada, nada en absoluto!", sollozaba. Su hermano Alex, un enfermo nervioso, el más joven de diez hermanos, había desaparecido de nuevo. Ya había pasado casi un día entero desde que desapareció. Toda la noche había estado lloviendo; y en toda la mañana tampoco había dejado de llover ni un solo momento. ¡Y el pobre Alex dando vueltas y más vueltas por los bosques cercanos! ¿Qué había sucedido? Como de costumbre, había llevado Alex mis cartas al correo poco después de comer del día 9 de agosto. Siempre lo había hecho de una manera concienzuda. Cuando salió del edificio de correos —así se nos contó después—, había visto venir del bosque a un hombre que traía en un pequeño serillo algunas setas. "¿Qué, hay setas?", preguntó Alex. "Si te matas dando vueltas, tal vez encuentres un par de ellas", le respondió el hombre en cuestión. Al oír esto, Alex se sintió como electrizado. Por su imaginación pasó el llevarnos a casa las primeras setas del año. Y con la esperanza de que habría de encontrar pronto algunas, se fue al bosque cercano a buscarlas. Nunca le había permitido yo ir al bosque, pues no conocía lo bastante aún esta gran región boscosa. 189

De nuestra parte hemos de hacer todo aquello que la razón reclama; debemos ser cautos, emplear todos los remedios naturales que podamos, pero, al mismo tiempo, hemos de esperar de la parte de Dios toda ayuda y toda bendición... Y nuestra mejor intercesora sigue siendo la Madre de Dios.
A. M. WEIGL

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Eran las 14,15 de la tarde. A las 15,10, Alex aún no había vuelto del correo. Teniendo en cuenta su acostumbrada puntualidad, nos sorprendió esta tardanza de hoy. Así, pues, llamé a la oficina de correos: "¿Anda Alex por ahí?" "No, probablemente se ha ido a buscar setas; al menos así me lo ha dicho el señor X". ¡Oh Dios, pensé yo, entonces a buen seguro que no sabe dar con el camino de vuelta! Y es que ya por dos veces habíamos sufrido parecida situación. La primera vez que Alex se perdió en el bosque tardó dos días y dos noches en volver a casa; fue en 1963. Y la segunda, el extravío duró 25 días completos. Había sucedido esto en la extensa región boscosa de la baja Baviera, entre Arnstorf y Éggenfelden, en 1964. Todas las acciones de búsqueda de entonces, tanto por parte de la familia de los condes de Deym, como por parte de la policía, fueron vanos. Sólo al cabo de esos 25 días fue hallado Alex a la vera del bosque, en las cercanías de Éggenfelden, vistiendo únicamente camisa y pantalón. Durante todo este tiempo había subsistido casi sólo de agua, mendigando algunas pocas veces un trozo de pan, pues era excesivamente tímido para preguntar a nadie dónde se hallaba. Y precisamente porque estaba impedido y enfermo, lo habíamos recogido en 1962 en nuestra comunidad. Sólo Dios sabe cuantos sufrimientos nos ocasionó en esa ocasión, perdido durante tantos días... Pero el cielo escuchó nuestras confiadas oraciones y nos lo devolvió sano, sin ninguna enfermedad seria. Esta vez, empero, el retorno ocurrió de una manera mucho más rápida. Al tener noticia de su desaparición, pedimos inmediatamente a nuestros buenos vecinos y a otros conocidos que nos 190

ayudasen a localizarlo. Y todos nos ayudaron magníficamente: unos a pie, otros con sus coches, hasta bien entrada la noche. También avisamos inmediatamente a la policía para que estableciese su servicio de retén. Y así lo hizo. Pero, a la verdad, esta vez nos atormentaba particularmente el hecho de que en nuestra región se daba desde hacía algún tiempo la rabia. Todos los zorros habían sido tocados por ella. Y así, nadie se atrevía a entrar en el bosque sin su escopeta. De otro modo, cabía la posibilidad de ser atacado por algún animal rabioso. Incluso en nuestra parroquia ya se habían matado algunos perros, atacados de ese mal por las mordeduras de los zorros del bosque. ¿Acaso no podía un hombre ser atacado también por tales animales enfermos? En nuestra miseria, acudimos particularmente a la ayuda del cielo, una vez que ya todas las posibilidades de ayudas humanas se habían agotado. En espíritu puse lleno de confianza el escapulario bendito sobre Alex, suplicándole a la Inmaculada Concepción y madre nuestra: "Querida Madre, en tu nombre lo hemos tomado con nosotros hace 6 años, ¡protégelo tú ahora en este peligro, cubriéndolo con tu manto protector! ¡Condúcelo de nuevo al hogar!" Teníamos una gran confianza. Ofrecimos nuestro gran dolor por la salvación de los moribundos en pecado mortal, y particularmente por las míseras almas extraviadas en sus pecados. Esta fue nuestra oración toda aquella tarde y toda la noche, mirando continuamente la imagen de María: "¡Madre, no permitas que sufra daño alguno en medio de esta lluvia incesante! ¡Tráelo a casa!" Y la Madre nos socorrió. Hacia las 12 del día siguiente, regresó Alex, completamente empa191

pado y cubierto de follaje y espinos. El solo había encontrado el camino de vuelta, después de que había pasado la noche en una espesura del bosque, en donde se recogió al caer aquélla. La Madre lo había traído de nuevo a casa. Y en mi alma constaté otra vez de nuevo el hecho de que nadie se pierde cuando tras él está el amor. El amor que ora, se sacrifica y sufre. El amor que confía. ¿Cuántos extraviados hay hoy de cuerpo y de alma? ¿Está tras ellos el amor? ¿Tu amor? A. M. W.

La boda con el divorciado, frustrada Era en el comienzo de la clase en un colegio. Todas las alumnas estaban ya metidas de lleno en la materia, excepto una. ¿Dónde estaba? Ella, ¡la siempre tan puntual y tan entregada a su trabajo! ¡Oh, cuitada N.! Una gran pena la embargaba esta mañana, y por eso esperó a la hermana superiora para confiársela a la buena hermana. A buen seguro que la ayudaría, pensaba ella. "Buenos días, N., ¿qué deseas?", preguntó la hermana. Entre lágrimas y sollozos, le dijo la muchacha: " ¡Oh hermana, hermana, mi madre se va a morir hoy, de seguro que mi madre va a morir hoy". "¡Pero si tu madre no está enferma!" "Yo le digo, hermana, que mi madre va a morir del disgusto que le va a dar mi hermana por casarse con un señor divorciado. Yo nada he podido hacer para impedirlo, y esta mañana se casarán. ¡Oh hermana, de seguro que mi madre se morirá!" Y la pobre chica lloraba y gemía allí, al lado de la hermana. De 192

repente, dijo ésta: "Tu madre no morirá y tu hermana no se casará con este hombre. Toma, lleva a tu madre inmediatamente este escapulario verde. Dile que comience a rezar: "Corazón Inmaculado de María, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte". Que lo rece continuamente, que no cese; te digo que ese hombre no se casará con tu hermana. Apresúrate y dile esto a tu madre, que rece confiadamente a la Virgen Santísima y todo irá bien, ya verás". La pobre chica marchó a casa e hizo como se le había dicho. La atormentada madre recibió el mensaje de la hermana respecto a su pobre hija engañada. Ciertamente, María habría de ayudar en esos momentos de angustia. También la madre superiora y las alumnas suplicaban a la Santísima Virgen por esta urgente intención, y todas esperaban ilusionadas la solución a ese gravísimo problema. A la mañana siguiente, N. vino al colegio, apresurándose en comunicar a la Madre Superiora que su hermana no se había casado con el hombre divorciado, pues cuando éste vio lo destruida que estaba la madre de su futura mujer, dijo: "Mejor esperamos; no podría casarme viendo el dolor que tu madre está sufriendo. Vamos a esperar un poco, a ver si se le pasa, y tal vez luego contamos con su aprobación". ¡Qué sorpresa! ¡Qué alivio! La Madre sacratísima había actuado. La boda se postergó. Se decidió que se casarían en las próximas vacaciones, ya cercanas. Hasta entonces, tal vez la madre de ella ya se habría hecho a la idea. La hermana, empero, urgió a la chica para que dijese a su madre que no cesase de rezar. Que 193

la oración a buen seguro que sería escuchada. Pocos días antes del permiso antes dicho, la división a la que pertenecía el futuro marido recibió la orden de partir hacia una región alejada. Con ello quedaron rotos todos los vínculos entre el divorciado y la muchacha, y no sólo momentáneamente, sino para siempre. De este modo mostró María su poder, pagando así la confianza de sus hijas. Esta historia, así como otras muchas, se halla testimoniada tanto por lo que hace a la precisa reseña de las personas, como la época y el lugar, en el Sanct Josef-Center, de Emmitsburg-Maryland.

circunstancias verdaderamente asombrosas tuvo tiempo para recibir a su debido tiempo —cuando todavía era una persona consciente— los santos sacramentos de los moribundos. Me llevaría muy lejos extenderme aquí en particularidades. Pero, sí puedo asegurarle, que nosotros tenemos por seguro que esas circunstancias aludidas hay que referirlas a que el enfermo llevaba el escapulario verde". C. G., Klagenfurt, 12 de febrero de 1965 "Mi hermana dio el escapulario a una mujer que nunca iba a la iglesia. No tardó mucho sin que esta mujer fuese otra vez a la casa del Señor. Ahora está allí todos los domingos, sin faltar ni uno solo, llevando consigo a su niño. Sigue con atención el sermón, y nos dijo que ahora tiene que ir todos los domingos a misa, que, de lo contrario, no tendría ninguna paz interior, y que desde entonces es otra mujer, que acepta las cosas graves de la vida con otro temple bien diferente al de antes".
Aumentan los testimonios de la intervención de la gracia

Trozos de cartas

Sr. F., Waldshut, 2." domingo de adviento de 1964 "Vd. no se creerá qué alegría tan grande experimentan las gentes a la vista de mi escapulario, así como las bendiciones que de éste brotan... Le voy a poner aquí sólo un ejemplo: un hombre había de ser operado en los mejores años de su vida de un tumor cerebral purulento; los médicos lo habían deshauciado. Durante la operación, el paciente sostenía con una gran confianza el escapulario verde en sus manos; su curación puede considerarse como un milagro". O. W., Westernkotten, 17 de enero de 1965 "Seguramente le interesará saber que un escapulario verde ayudó a bien morir a un moribundo que sufría una grave enfermedad (cáncer). En 194

Apenas tiempo alguno anterior comportó un carácter tan satánico como nuestra época. Dios debe ser destronado. La fe, la moral, la paz de las familias, la paz en el mundo, todo parece conmoverse. En tiempo alguno tampoco, sin embargo, han sido tan evidentes las pruebas de la benevolencia protectora de la Madre de Dios ante su 195

Hijo respecto a nosotros. Las repetidas apariciones mañanas hasta el momento presente, la actuación milagrosa en todos los lugares de peregrinación mariana, la creciente respuesta a las oraciones en base a la confianza en la medalla milagrosa y en el escapulario verde, todo, todo nos lleva a concluir que la intervención de la gracia del cielo aumenta expresamente en este nuestro tiempo de rasgos francamente apocalípticos. Conversiones llamativas, curaciones no menos estruendosas, protección en los peligros corporales y otras muchas gracias de toda especie y condición son la prueba más fehaciente de esta intervención de lo alto. Testimonio del amor maternal de María a todos los que confiadamente acuden a ella.

Hasta en las profundidades de Rusia, en todo el mundo

¡"Envíeme, por favor, nuevos escapularios verdes del Inmaculado Corazón de María! Yo los envío hasta Siberia. Una mujer que distribuye allí escapularios, me escribió hace unos días diciéndome que hay una gran demanda de tales escapularios bendecidos. Yo creo que el salvador, si volviese, exclamaría: "Tal fe no la he encontrado en occidente". Así escribe un expulsado de las regiones del este, el 2 de septiembre de 1965 desde Franconia. Por todas partes, el escapulario del Inmaculado Corazón de María es recibido con agradecimiento, especialmente en los países amenazados por la impiedad y por otros peligros. Todos no196

sotros vivimos en una época de catástrofe, en un tiempo de pruebas graves, a través de las cuales han de ser llevadas muchas almas a Dios. No es ninguna casualidad que el escapulario lleve precisamente el color verde. El verde es el color de la esperanza; este escapulario muestra a María como la Madre de la esperanza, incluso como la esperanza de los desesperanzados, de los que ya san Efrén, el sirio, decía: "¿acaso no sabéis que María es la esperanza de aquellos que desesperan, de aquellos de quienes se desespera, de aquellos de quienes habría que desesperar?" Así, pues, el escapulario verde está ahí para todos. Para los sanos y para los enfermos, para los católicos y para los no católicos, para los creyentes y para los infieles. En eso precisamente radica la diferencia entre éste y casi todos los restantes escapularios de la iglesia. La mayoría de las veces ya presuponen éstos una actitud especial en la voluntad del utilizador. El escapulario verde puede ser utilizado por cualquiera que quiera entregarse a sí mismo o que quiera entregar a otro —incluso sin conocimiento de éste— a la protección de María. Sólo la confianza es lo que requiere. Lo puede llevar uno mismo, personalmente, o bien pasarlo a otro, o también guardarlo respetuosamente en casa. Únicamente se requiere que el que tiene la intención, bien sea por sí, bien por otro, rece diariamente al menos una vez la jaculatoria: "Nuestra Señora del verde escapulario, esperanza de los desesperanzados, ruega por nosotros. Inmaculado Corazón de María, ruega por nosotros, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén".

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No, nadie debe desesperar

Y no nos está permitido desesperar de nadie mientras tenga aún un hilillo de vida. María, la Madre del Hijo de Dios, es la garantía de nuestra esperanza. Ella es realmente la Madre de los desesperanzados, el refugio de todos los pecadores, la consoladora de todos los atribulados, la salud de los enfermos. No en vano dice el gran san Bernardo: "Dios quiere que lo alcancemos todo por María". ¡Todo, todo por María! Detrás de ella está su divino Hijo, la salud de todos los hombres, la fuente primigenia de todas las gracias, la omnipotencia eterna del amor. "María es el camino hacia Cristo" (Pablo VI). Y quiere llevarlos a todos hacia él. A nosotros, lo único que se nos pide es mantener dispuesta la copa de la "confianza". En todo momento. ¡ Qué maravillosa confianza la que tenía el papa Juan XXIII en María! Al morir aún la llamaba: "¡Madre mía, en tí confío!" También el papa Pablo VI pone una infinita esperanza en ella en esta nuestra época preñada de peligros. En el concilio insistía una y otra vez sobre este punto, y también ahora alude a ella continuamente. La Madre de Dios nos ha dado muchas pruebas palpables de su amor maternal. Y precisamente el escapulario verde, el llamado escapulario del Corazón de María, es una prenda auténtica de su amor maternal, un símbolo de su poderosa protección. ¡Confiemos, pues, en su ayuda maternal!
Una crítica sin amor

respecta a la crítica en la iglesia, hoy, se presenta con tales tonos negativos que, más bien, se asemeja a la maledicencia. Lo que se tiene ante los ojos ya no es la "madre iglesia", tal como una vez y aún hoy la llamamos. Más bien es la imagen de una señora cubierta más y más con faltas y debilidades, incluso con acciones vergonzosas y hasta violentas. Paul Claudel escribió una vez una pieza teatral con el título El padre humillado. Hoy, cabría igualmente escribir otra pieza titulada "La madre humillada". Claudel señalaba al papa; hoy, se trataría de la iglesia". Así escribe el "Regens burger Bistumsblatt", 28/1968. Hoy también se trata de María, la Madre de la iglesia. También ella experimenta la amarga crítica y la vergonzosa postergación por parte de algunos. ¿No tenemos, pues, toda la razón para salir tanto más por su honor, amándola y también orando por aquellos que ofenden su honor? ¡Algo muy consolador! También podemos confiar en nombre de otros, en nombre de aquellos que nos son queridos y por cuya salud espiritual hemos de preocuparnos especialmente. ¡Qué gracia tan grande! Nosotros podemos confiar vicariamente, incluso en nombre de todas y por todas las almas. El Señor acepta este amor de nuestro corazón, pues él mismo es el amor. ¡Y hay tantos que aguardan la ayuda espiritual de los hermanos, dado que ellos mismos ya no son capaces de esperar en nada! De María se dijo una vez: " ¡Bienaventurada tú porque creíste!" Y es que María creyó en aquella hora cuando el cielo se inclinó sobre ella y el Hijo de Dios se 199

He de dejar constancia de ello: "Por lo que
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hizo hombre en su seno. En nombre de toda la humanidad aceptó el Padre eterno entonces su profunda fe y su confianza. En nombre de todas las almas y en favor de todas las almas nos ponemos también nosotros, pobres pecadores, en manos de María. Sí, con un amor y una confianza ilimitados queremos cobijarnos y queremos que cobije a los nuestros bajo el extraordinario poder de su Corazón Inmaculado; que cobije a todos los hombres. ¡Por María a Jesús! También a través del apostolado de su escapulario.

Apóstol seglar con corazón sacerdotal

Se trata de la gloria de Dios, de la glorificación de su Madre virginal, de las almas de muchos hombres. Llevar muchas almas a Cristo, ir a buscarlas para él no es sólo una misión de los sacerdotes, sino también de los seglares; también es misión tuya. ¡Toma, por eso, el escapulario, toma esta prenda visible del poder y del amor de María! ¡Llévalo tú mismo sobre ti! ¡Guárdalo en tu casa, ponió en tu coche! No olvides la jaculatoria diaria: Inmaculado Corazón de María...; distribuyelo entre tus conocidos, propágalo por todas partes. ¡Sacrifícate para que en los países de misión puedan distribuirse numerosos escapularios! Y es que hay muchos pedidos de escapularios de diferentes países, y, ante todo, del escapulario verde... A menudo no dan abasto los fabricantes de escapularios. ¡Si, pues, tienes tiempo, colabora en fabricarlos también tú gratuitamente! ¡Notifica
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tu disposición a una de las direcciones que abajo se indican! Satanás duplica su trabajo para dar muerte a la vida de gracia en las almas. ¡Satán es un policida! Y ya que Dios dio a los hombres el libre albedrío de poder decidirse por él o por Satán, esta decisión es la más importante en la vida de los mortales. Es la decisión sobre la vida eterna o sobre la muerte también eterna. Pero Dios quiere que las almas vivan; Dios quiere que todos se salven. Ahora bien, los escapularios han de ser bendecidos antes de ser utilizados. Todo sacerdote católico puede hacer esta labor. Escapularios bendecidos y medallas milagrosas pueden adquirirse en todo momento en alguna de las direcciones que luego se citan. Se agradecerá muy mucho cualquier pequeña ayuda en orden a cubrir los gastos que su fabricación y puesta a punto implican. Indíquese también a una de las susodichas direcciones las peticiones atendidas en la oración, indicando con toda exactitud los hechos en cuestión, la persona o personas que intervengan, el lugar, el tiempo, etc. He aquí las direcciones a tener en cuenta: Fátima-Arbeitskreis, 4 Dusseldorf 1, Postfach 3011; St. Grignionhaus, 8262 Altótting, Neuottingerst. 69; A. M. Weigl, Pfarrer i. R., 8301 Oberroning über Landshut. Y para terminar, veamos aún el siguiente y consolador capítulo.

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VI VIVENCIAS EN LOS LUGARES DE PEREGRINACIÓN MARIANA

«Dejó de atender la Madre»

"¡No, oh Madre, pues entre tus hijos resuena que nunca jamás un ruego dejó de atender la Madre!" ¡Qué creyente confianza, qué seguridad y qué esperanza se desprende de estas frases que confiadamente se le cantan a María! De los corazones de los peregrinos cargados con sus cruces brota siempre esta canción dirigida a la Madre de todas las gracias, cuando, al anochecer, marchan en torno a nuestra capilla portando sus velas... Y en verdad ¡así es! ¿De dónde, si no, los miles de exvotos de agradecimiento que adornan la "veneranda y primitiva" capilla de Altótting, en que se habla de la ayuda milagrosa de Nuestra Señora? Todo nos atrae en este santuario de gracia. Todo el espacio irradia alabanza, agradecimiento y amor. Miles de veces puedes leer aquí: María me ha ayudado en peligro de muerte, en
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una grave enfermedad, en múltiples peligros, en las desgracias familiares y de los pueblos, en los horrores de la guerra... Con emocionante sencillez se han expresado muchas situaciones en las cuales se ha sentido la mano de la Madre; pero también se hallan representadas diversas oraciones y súplicas a la reina de los cielos. He aquí una súplica particularmente emotiva: "Los letones expulsados de su patria por los avatares de la guerra de 1935-1945, presentan sus votos al Dios omnipotente a los pies de la Madre de gracia de Altótting, orando por la liberación de su patria y por sus hermanos y hermanas que sufren desperdigados por el mundo"... ¡Sí, verdaderamente, esta Madre es nuestra esperanza y nuestra vida! Nuestra luz es ella, y quien vive en ella, tendrá luz, pese a todas las tinieblas del mundo. Pero no sólo nos auxilia en las necesidades y miserias del cuerpo. Son sobre todo las necesidades del alma las que particularmente atiende su materno corazón. Por las almas ha sufrido su Hijo, su amadísimo Hijo, de una manera tan terrible, y ella con él. Por eso su materno Corazón no sabe hacer otra cosa con más agrado que socorrernos en las tribulaciones de nuestras almas, salvándonos de los peligros que nos amenazan continuamente. Son innúmeras las gracias con que ella nos inunda, con tal únicamente que se lo supliquemos. Y es que María es la mediadora y la administradora de todas las gracias; María es, en verdad, la omnipotencia suplicante. Con pocas excepciones, nuestros exvotos nos cuentan la intervención graciosa de María en sus necesidades "corporales". Sin embargo, también se dan las excepciones, como ésta que a continua203

ción se cita, verdaderamente conmovedora: "Gracias, santa Madre de Dios, porque no me escuchaste durante 18 años, habiéndome enseñado entre tanto a orar por medio de no pocas pruebas y desengaños". Si quisiéramos en todo caso saber algo más de las tribulaciones "anímicas", deberíamos ciertamente preguntar a los confesionarios de Altótting. Si sus paredes pudiesen hablar, nos informarían a buen seguro de los acontecimientos más maravillosos, mucho más que los exvotos de manos y pies de cera, o que las cruces y los rosarios, los corazones y las velas y las imágenes que adornan nuestro santuario. Hace algunos años, vino también hacia Altótting una dama junto con un grupo de turistas más. Había viajado por todo el mundo y ahora aprovechó la oportunidad para acercarse también hasta aquí. Después de haber visitado la santa capilla, entró en la iglesia del Buen Pastor, examinando con mucho interés el artesonado allí existente. Casualmente su vista se fijó en uno de los confesionarios que por allí había. La dama en cuestión era católica, pero hacía ya bastante tiempo que no se confesaba. Y ciertamente tampoco era su intención confesarse hoy. ¡No había venido para confesarse! No obstante, la vista del confesionario la perturbaba más y más. Tras la ventanilla entreabierta se veía sentado un sacerdote, a la espera de poder cumplir con su ministerio de mediador. Al fin, como empujada por un poder invisible, pero sin pretenderlo ella misma, se acercó al confesionario. Cuando luego lo abandonó, estaba tan alegre y feliz su corazón que apenas si ella misma se reconocía. Estaba tan feliz en su interior que, una vez en la calle, no pudo por menos de diri204

girse a la que más cerca tenía contándole su vivencia de esos momentos: "¿Qué van a decir en casa mis familiares? ¡No van ni a conocerme!", repetía una y otra vez. Había viajado por todo el mundo, pero para ser feliz hubo de venir a Altótting, al lugar de gracia de Nuestra Señora. Así es como nuestra Madre celestial atrae a sí a aquellos que son accesibles a las incitaciones de la gracia. Y desde su corazón de Madre no está nada lejos el corazón de su Hijo. Para ella nadie es excesivamente grande, ni nadie tampoco es excesivamente pequeño. Los corazones de los reyes de Baviera descansan en su capilla milagrosa, pero a sus ojos ningún pobre es menor, ni tampoco más alejado de su corazón. Para todos es ella la Madre amable y bondadosa, la Madre auxiliadora. Es sencillamente la bondad y la misericordia. Quien confiadamente se dirige a cobijarse bajo su manto protector, recibe el consuelo, la fuerza y la ayuda para todas sus necesidades. ¿Acaso no deberías peregrinar también tú un día al santuario de Nuestra Señora de Altótting? M. R. El familiar nombre de «Madre», "Madre de Dios", que acostumbramos a dar a María es en este sentido relativamente joven. Y además, tal vez también algo manoseado. ¿Qué pasaría si volviésemos a tomar otra vez en nuestras devociones marianas el nombre que nuestros antepasados dieron preferentemente a María? Nuestros mayores decían "Nuestra Señora". Las viejas iglesias y las catedrales no se dedicaban a la "Madre de Dios", sino a "Nuestra Señora". Intentemos, pues, mirar 205

las razones y los sentimientos que movían a nuestros antepasados para llamar a la Virgen "Nuestra Señora". Quizás encontremos algo susceptible de enriquecernos y que haga más viva otra vez nuestra relación con María".
P. DR. F. GYPKENS

Un evidente milagro en Altótting

En la fiesta en honor de la Madre de Dios, festividad de la Asunción de María a los cielos, en la administración de Altótting, se halla constatado documentalmente el siguiente acontecimiento milagroso: En el año 1924, la esposa de un comerciante, la señora V. W., de Suabia, se sintió atacada por una grave enfermedad. Cada vez tenía mayores dificultades digestivas, llegando a no saber ya apenas qué comer. Pronto se presentó una visible pérdida de energía vital y todo parecía abocar a una catástrofe irremediable. Sus parientes, y particularmente su hijo sacerdote, sufrían por esta situación. Los dos médicos del lugar coincidían en su diagnóstico: ¡cáncer de estómago! Y si bien a la enferma se le ocultó este hecho, sus parientes y allegados eran bien conscientes de la grave situación en que se encontraba su madre. Por eso la llevaron a que la viese otro médico. Pero éste, después de haberla examinado detenidamente, coincidió en todo con el diagnóstico de sus dos colegas: ¡cáncer! Un consejo urgente de todos los médicos era que la enferma fuese operada cuanto antes. Pero a esto la enferma no estaba muy decidida. 206

Siendo esto así, la enferma fue ingresada en la clínica privada de un profesor universitario de Munich, y allí estuvo bajo observación durante varios días. El profesor le hizo una radioscopia, lavados de estómago y otras cosas que se estilan, concluyendo sus análisis de la enferma con el informe escrito al médico de cabecera en el sentido de que la enferma en cuestión sufría de un caso grave de cáncer de estómago. La operación, de hacerse, habría de llevarse a cabo en las dos semanas siguientes. En caso de que se postergase, él desaconsejaba tal operación, pues ya no tendría ningún sentido. Los parientes estaban preocupados por si la enferma, debilitada como estaba hasta tales extremos, sería capaz de superar la operación. Y, por otra parte, ¿qué sentido tenía operar el cáncer? ¿Cabe aún la posibilidad de curación? En esta incertidumbre leyeron por casualidad en el "Liebfrauenboten" lo siguiente: alguien se quejaba de que en la capilla milagrosa de Altótting ya sólo ardiese una única lámpara; en épocas anteriores ardían, sin embargo, hasta seis. A causa de la inflación, la fundación de la capilla se había visto privada de todos los medios. También el aceite resultaba caro y muy costoso. Al leer esta noticia, a los parientes de la enferma suaba se les ocurrió lo siguiente: ¿qué tal si para honrar a la Madre Milagrosa de Altótting, hiciésemos una fundación de una lámpara perpetua? Quizás se compadezca la Madre de Dios y, por medio de su poderosa intercesión, suplique la curación o al menos el alivio de los dolores de nuestra madre... ¡Y es que toda posible ayuda humana no parecía tener ya nada que hacer! Se pusieron, pues, inmediatamente en contacto con
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la administración de la capilla, indicándole su deseo de hacer la fundación de una lámpara perpetua. Y, acto seguido, enviaron el importe para la adquisición del aceite con que poder encender la lámpara. Un par de días después, la enferma experimentó una significativa mejoría. Hacía ya muchas semanas que no se sentía tan bien y con tanto ánimo. Fue en noviembre de 1924, cuando la enferma pudo levantarse otra vez de nuevo. La mejoría se mantuvo durante varias horas, y durante ese rato la enferma fue capaz de andar por el cuarto de aquí para allá. Finalmente, incluso se atrevió a abandonar la casa y acercarse a la iglesia para agradecer a Dios su mejoría. Le volvió el apetito, y, con cuidado, fue probando otra vez alimentos consistentes. Resultado: ningún vómito. Siguió probando alimentos en los días sucesivos. ¡Qué alegría entre sus allegados! ¿Devolverá la salud la Madre de Dios a nuestra madre? Algunos días después de la primera salida de nuestra enferma, llegó una carta de Altótting: "Hoy hemos encendido su lamparilla en el santuario de la Madre Milagrosa". Se constató el día en que la carta había sido escrita. La fecha indicaba exactamente el mismo día en que la enferma había experimentado tan visible cambio. " ¡Gracias, Madre de Dios!". La mejoría se mantuvo y progresó constantemente. No hubo retrocesos. Los nombres y las firmas de los testigos autentificadores de este relato se recogen protocolariamente en la administración de Altótting. Como el ángel Rafael después de la curación
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del ciego Tobías (Tob 12, 6), alabemos también nosotros a Dios: "Alabado sea Dios...". Todo lugar importante de peregrinaje a María tiene una cámara llamada de los milagros. Las personas que fueron escuchadas de manera milagrosa dejaron luego allí colgados sus exvotos en piadoso agradecimiento. Cada uno de estos exvotos narra una historia de dolor, a menudo bien dura y difícil. Pero también anuncia al mundo la alabanza a la bondadosa Madre de Dios, nuestro consuelo y nuestro auxilio en todas nuestras necesidades.

Peregrinamos a la consoladora de los atribulados (Kevelaer)

¡Cuan alegres estamos el día en que la procesión se pone en marcha desde nuestra ciudad hacia Kevelaer! A la salida misma del sol, celebramos comunitariamente el santo sacrificio. Por tres largos días, dejamos nuestros coches en el garaje, y caminamos rezando y cantando por los campos del Bajo Rhin, por carreteras y caminos, bajo la canícula y bajo las lluvias y los vientos... La meta de nuestra peregrinación es Kevelaer, un conocido lugar de peregrinaciones del Bajo Rhin, próximo a la frontera holandesa. Desde hace siglos, se venera aquí la imagen milagrosa d; la "consoladora de los atribulados". Ya desde generaciones, nuestros antepasados tomaron sobre sí las fatigas de la marcha para poner a los píes
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de la Señora sus preocupaciones y deseos y las preocupaciones y deseos de los que quedaban en casa y se los encomendaban, y para suplicarle su ayuda. La procedencia de la imagen milagrosa, ante la que se postran las gentes desde hace más de 300 años para rezar a la Madre de Dios, y que incluso atrae hacia sí a hombres de otras creencias, en modo alguno se fundamenta en sucesos legendarios incontrolados. El protocolo del sínodo de Venlo (13-2-1647), chocante por su laconismo, nos informa meridianamente que hubo de ocuparse, a la más clara luz de la historia, con los sucesos que condujeron a la peregrinación. El llamamiento hecho a los sabios del estado clerical y del estado laico, a sacerdotes y médicos, es decir, el llamamiento a un tribunal en toda regla, permite reconocer que se tenía la intención de investigar los sucesos de Kevelaer desde todas las perspectivas y, en consecuencia, que se quería dar por válido tan sólo aquello que, según el juicio de la época y de los siglos posteriores también, pudiese sostenerse racionalmente. Se trataba entonces de examinar una voz de lo alto, percibida por el negociante Heinrich Busmann: "¡En este lugar has de construirme una capillita!". Además, también se trataba de la "aparición de una luz" —de una visión— tenida por su esposa, Mechel Schrouse. Esta había visto en la luz la capilla a construir con la imagen de la consoladora de los atribulados. Son los menos los que conocen hoy, entre los peregrinos, la historia de la imagen milagrosa, de la "consoladora de los atribulados de Kevelaer"; pero lo que sí saben es que es aquí donde la gracia 210

de Dios se derrama abundantemente. Basta con haberse arrodillado una vez en la capilla de confesiones, o haber participado en una misa de peregrinos en la basílica, o recorrer una vez el largo vía crucis, para constatar cómo María lleva a sus hijos a Jesús. ¡Y cuántas oraciones se elevan al cielo! Kevelaer es el lugar de la oración. Y la consoladora de los atribulados retribuye bien a sus hijos. Les toma sus preocupaciones y los colma de una indescriptible alegría. Así ocurre que en Kevelaer uno sólo ve rostros transidos de esperanza. A los escépticos, a quienes les place motejar como anticuadas las "revelaciones privadas", cabe decirles: ¡Dios es el Señor del cielo y de la tierra! Puede muy bien servirse de los lugares y de los hombres que le plazca para derramar abundantemente sus gracias. ¿Cómo cabe, si no, explicar que hoy, después de más de 300 años, una imagen tan pequeña e inaparente, en todo semejante a centenares que por entonces existían, siga atrayendo, sin embargo, a millares de personas cada año? Es evidente que al diablo le escuece horriblemente un lugar de gracia como éste y que ha hecho todo lo que ha podido para deshacerse de él... Y así, en la segunda guerra mundial, la basílica de Kevelaer debía haber saltado por los aires, pues Kevelaer quedaba situada en la línea del frente. El suboficial Peter Staudt, de Aschaffenburg, tenía que preparar las cargas explosivas. Sin embargo, dicho suboficial, que había sido bautizado en una iglesia dedicada a María, no quiso hacerse culpable de un crimen semejante perpetrado contra este santuario mañano. La carga explosiva fue, sí, llevada al lugar correspondiente, pero era inepta para explotar. En la mañana del 3 de marzo, se dio la
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orden por teléfono para que se hiciese estallar la carga. Pero la explosión no se produjo, por lo que la basílica se salvó. Staudt, ciertamente, tenía que haber comparecido ante un tribunal militar, pero la captura de su unidad por los aliados lo libró de ser fusilado. Y aún no cabe silenciar la siguiente circunstancia: dado que Kevelaer debía ser defendido hasta la última gota de sangre alemana, la artillería enemiga había tomado posiciones el 2 de marzo de 1945 detrás de Weeze, para disparar cómodamente y arrasar el lugar milagroso. En una alquería vecina estaba empleado el prisionero de guerra francés Irénée Aguillon, que provenía de Gaillaigos de Aucun, un lugar a 18 Km. al suroeste de Lourdes. Aquí sólo se lo conocía por "Irénée de Lourdes" (pues ya llevaba unos años trabajando allí). Este, en la noche del 3 de marzo, se deslizó hasta las líneas enemigas y comunicó que Kevelaer estaba libre de defensores. No se le quiso creer, pues una patrulla enviada de descubierta aún no había vuelto desde la noche anterior. En su camino de regreso, Irénée se tropezó con uno de los participantes de esta patrulla, herido por fuego de granada, mientras que sus ' compañeros habían muerto. El francés regresó y lo comunicó. Su noticia recibió ahora confirmación a través de los informes del herido. Así, pues, sin haber disparado un solo tiro, las baterías artilleras pasaron adelante sin ni siquiera rasguñar a Kevelaer. "Dios ha afirmado las jambas de tus puertas", dice la misa propia que se reza en Kevelaer. El santuario sobre la carretera se ha mostrado como bastión y hogar, y la mano de la Madre estaba
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allí cuando el poder de Satán quiso también extender su mano sobre él. Es esto bastante motivo para acudir también hoy confiadamente a María. Y para los habitantes de Kevelaer, además, la sagrada obligación de conservar y cuidar el santuario que les fue confiado. Querido lector, si alguna vez tienes la oportunidad de acercarte hasta el Bajo Rhin, ¡no olvides de hacer una visita a la Madre de Dios en Kevelaer! Kevelaer tiene estación de ferrocarril y queda en la línea entre Krefeld y Kleve. También puedes utilizar las excelentes carreteras que hasta allí conducen... W. H * Satisfactorias visitas a los lugares de peregrinación Según las estadísticas, también el año 1967 fue muy importante el movimiento de peregrinos a los lugares marianos milagrosos. Parece incluso que en el pasado año han aumentado en parte las peregrinaciones. En Fátima se contaron en 1967 más de tres millones de peregrinos. También Lourdes ha seguido manteniendo su gran fuerza de atracción. En el espacio alemán, Altótting sigue estando en primera línea con más de 500.000 peregrinos. Le sigue inmediatamente Kevelaer con no muchos menos. También Banneu y Beauring, en Bélgica, recibieron buena cantidad de peregrinos.

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Bailarina curada en Lourdes

Se las llamaba las "Fulda-Sisters", hermosas figuras de jóvenes muchachas vienesas en vaporosas y rosáceas nubes de tul, que iban bailando por Europa los clásicos valses vieneses... Bailarinas de una especie que cada vez se está haciendo más rara. Pero con ocasión de la "tournée" por Italia, Edeltraud Fulda sufrió inopinadamente una perforación de estómago. Era el fin de su carrera artística. Durante trece años hubo de estar sujeta a una cama, desde el fatídico 1937 cuando se le presentó esa desgracia. Trece años de fiebre. Llegó a pesar no más de 34 Kg., y no parecía más que un manojo de huesos y piel, una consagrada a la muerte, abandonada por los médicos, una joven mujer llegada a tales extremos de miseria que hubo de vender sus propios muebles y los muebles de su madre para poder ir tirando. Pero en su desesperada situación, tenía aún un deseo: ir a Lourdes. Para ello, va pidiendo dinero a sus conocidos. Un sacerdote refugiado, pobre de solemnidad también él, recibe un día algo de dinero y le ofrece una ayuda inesperada a la moribunda, posibilitándole el largo viaje desde Viena hasta Lourdes. Era la primavera de 1950. Sobre una silla de ruedas, un "Brancardier", un compasivo holandés, la lleva en Lourdes a la comisión médica. Se examinan los documentos de los médicos vieneses y se determina que la enferma sin esperanzas se bañe diariamente en las piscinas. Edeltraud Fulda se estremece ante los baños helados en los que dos veces por día se renueva el agua que contienen. Intenta retrasar
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el baño al menos un día, pero el "brancardier" Mijnheer Hutten la lleva ya el primer día, 12 de agosto de 1950, hasta los baños de detrás de la gruta. Aquí, las enfermeras la toman en sus manos, cambiando sus vestidos por un pesado albornoz chorreando agua, y la meten en ella. Por momentos, cree la enferma que su pulso se para. Las enfermeras la van sumergiendo despacio en el agua helada hasta el cuello. Cuando sale de allí, deslizándose otra vez en su silla de ruedas, su madre la recibe con una mirada anhelante, mientras que el holandés opina que la enferma tiene muy buen aspecto. Edeltraud Fulda misma se siente de pronto muy feliz, se encuentra indescriptiblemente bien. Se la lleva a la gruta para la acción de gracias. Luego, de vuelta al hotel, la enferma experimenta un hambre descomunal... Esto era algo extraño, dado que durante largos años pudo ir viviendo por la dieta a que se vio sometida y sólo podía pasar algo estando echada. Ahora, en cambio, se dirige a su madre y le pide que le dé de su filete. Después de comer, se la lleva nuevamente a la procesión sacramental, dando una vuelta por la amplia "explanada". Ante cada enfermo, el sacerdote está de pie con la custodia, bendiciéndolo, mientras suplican: " ¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de nosotros! ¡Señor, haz que yo vuelva a ver, que yo ande, que yo oiga! ¡Oh Señor, di sólo una palabra y seré sano!" En todas las lenguas del mundo los enfermos suplican que se les conceda la salvación y la salud. Ahora llega el momento en que el sacerdote levanta la custodia sobre Edeltraud Fulda. Desde ese mismo instante, Edeltraud se siente sana; puede, de pronto, ponerse en pie y caminar, 215

pese a sus 34 kilos... No lo puede creer de pura felicidad. Viene al hotel y sigue sin comprenderlo aún; tiene un hambre tremenda. La madre la previene: las consecuencias podrían ser terribles; pero la hija no la escucha y sigue comiendo como una persona normal, y no sucede nada. Es incomprensible, en verdad. Permanece aún dos semanas en Lourdes. Doce médicos la examinan antes de que vuelva a Viena. Los galenos no saben explicarse por medios naturales esa curación y la envían a otra comisión más numerosa compuesta de 33 médicos, creyentes unos y los otros no. Durante dos horas la examinan detenidamente. El resultado de todo este examen es que todos están de acuerdo en que, desde el punto de vista de la ciencia, la curación es inexplicable. Cuatro años después, el 23 de agosto de 1954, el cardenal de Viena, Innitzer, declara oficialmente en un decreto la curación milagrosa de Edeltraud Fulda. Es la 50.a curación de Lourdes que la iglesia ha reconocido oficialmente como milagro. Después de la vuelta a Viena, los trece años sujeta a una cama de enferma quedaron pronto olvidados. Hoy, Edeltraud Fulda, con sus ya casi 50 años —que, en verdad, no los aparenta—, goza de una buena salud, y ha vuelto a pesar sus 54 kilos. Ha vuelto a encontrar su camino en la vida. Trabaja media jornada en una oficina de turismo para ganar el sustento para sí y para su anciana madre. Ha vuelto a habitar de nuevo una casa espaciosa que atiende ella sola, pero, así y todo, esto no le basta. Edeltraud Fulda está sólo movida por una idea que no la deja en paz: ¡quiere agradecer! Y así se dedica con ahínco al cuidado de enfermos. 216

Quien necesita consejo o ayuda, llama a su puerta en la esperanza de ser atendido. Edeltraud Fulda tiene, pues, mucho que hacer. Ha escrito un libro, editado ahora también en América, cuyo título es: ...y seré sana, en donde cuenta la historia de su curación. Con su importe, Edeltraud ha comprado un terreno en la región de Mariazell. Pero no lo ha comprado para construirse, por ejemplo, una hermosa casita y pasar allí el otoño de su vida. En ese terreno ha de surgir un día una capilla de acción de gracias, siendo su idea el conseguir ella misma los medios para su erección. Tres o cuatro tardes por semana, Edeltraud Fulda anda dando conferencias por ahí, con la finalidad indicada. Un coche de la Obra Católica de Formación, de Viena, la lleva de un lado para otro, en la misma Viena, o en provincias, y en todas partes la menuda mujer de ojos brillantes cuenta lo que le ocurrió en Lourdes, así como su agradecimiento a la Señora. Y una vez que termina su charla, un sacerdote hace entrega de una suma a Edeltraud, y cada vez va creciendo un poquito más la capilla de acción de gracias, allí en Mariazell... K. M. H. El T>r, Josef Kogl escribe: "Desde hace 110 años, vivimos en Lourdes unos acontecimientos extraordinariamente concretos. Curaciones milagrosas de las que 54 (hasta 1958) han sido reconocidas por la iglesia. Podemos constatar estos acontecimientos exactamente igual que lo hicieron los contemporáneos de Cristo con sus milagros. Aquellos milagros eran señales para cualquier inteligencia. No era necesario un médico para confirmar la curación repentina y absoluta de un tullido o 217

de un ciego, los cuales eran conocidos como tales desde hacía muchos años. En Lourdes estamos en la situación de que un hecho de experiencia concretísimo es examinado con todos los medios científicos modernos a través de una comisión de médicos: el hecho de la enfermedad, la rapidez de la curación y la permanencia de la misma. Después de una curación determinada, históricamente constatable, los médicos examinan la inexplicabilidad. Los médicos no hacen afirmación alguna sobre el cómo. El creyente ve en estos milagros, sin estar obligado a ello, una respuesta de Dios a la oración humana y a la confianza en la intercesión de la Inmaculada".
Una incurable, curada

(el primer gran milagro ocurrido a una alemana) El 28 de junio de 1961, por un decreto del obispo de Lourdes, Mons. Théas, fue oficialmente reconocida y confirmada la primera curación milagrosa a una alemana en Lourdes. Es ésta la 51. a curación milagrosa oficialmente reconocida. El milagro aconteció a la señorita Thea Angele, de Tettnang, ciudad de la Alta Suabia, próxima a Friedrichshafen en el Lago de Constanza. Thea había sido curada el 20 de mayo de 1950 en la fuente de Lourdes de una "esclerosis múltiple". Hoy vive en el convento de la Inmaculada Concepción, en Lourdes, y lleva el nombre de Hermana María Mercedes. ¿Cómo le sobrevino esta terrible enfermedad y acaeció su curación? Era en el año 1944. La se218

ñorita Thea estaba empleada en las oficinas del consejo comunal de Tettnang como taquimecanógrafa. Era una muchacha alegre, siempre sonriente, buena trabajadora y también buena gimnasta. ¡Sin embargo, las nubes se amontonaron sobre su horizonte risueño! De pronto, sus dedos empezaron por no sufrir el contacto con las teclas de la máquina; pronto hubo de dejar de escribir. Se puso enferma. Un sufrimiento orgánico de los nervios se iba apoderando de ella, inmisericorde: tenía esclerosis múltiple, algo incurable para las técnicas médicas. Pronto Thea hubo de guardar cama, completamente paralítica. La conciencia iba desapareciendo poco a poco, su voz se hizo inaudible. Al fin, ya sólo pudo ser alimentada artificialmente. Con paciencia y fortaleza, la muchacha lo iba soportando todo. Su médico, el doctor Kohler, cuidaba de ella con un gran sentido del sacrificio, pero todos sus esfuerzos estaban condenados a la esterilidad. Pero la enferma misma no se daba por perdida. Su esperanza no desfallecía, día a día, año a año. Y ella esperaba en Lourdes. ¿Pensó alguna vez acaso en una posible curación en Lourdes? Apenas si cabe suponerlo. Lo que ella quería era, sobre todo, fortaleza, consuelo y nuevos ánimos para seguir viviendo. Desde una perspectiva humana, era una locura dejarla viajar. Pero resultaba que ahora ya hacía tiempo que su pequeña hucha puesta junto a su cama había sido completada por la calderilla de los visitantes, movidos por el ruego que allí figuraba de: "¿Quién me quiere ayudar a una peregrinación a Lourdes? " Este hecho la había alegrado mucho. ¿Cómo, pues, venirle ahora con que 219

estaba enferma de muerte y que apenas si podría sobrevivir al viaje? Y, por lo demás, ella era bien consciente de ello. El miércoles 17 de mayo de 1950 llegaba a Lourdes en un estado sin esperanzas desde una perspectiva puramente humana. Medía 1,65 metros y pensaba tan sólo unos 34 kilos. Se le administró la extremaunción. El obispo Théas visitó por la tarde a una moribunda... Pese a su debilidad, al día siguiente se la llevó a la fuente, siendo bañada en el agua caliente a 14 grados. Empezaron unas horas dramáticas. ¿Se dio ya una mejoría después del primer baño, o eran sólo imaginaciones? Lo que sí fue claro es que después del segundo baño por la tarde, su estado volvió a empeorar. No obstante, tomó parte con gran entusiasmo en la procesión sacramental. A una amiga de escuela, la única que entendía su balbuceo de enferma, le prometió confiadamente: "¡Yo sé que el sábado me socorrerá la Madre de Dios!". Pero la Madre de Dios incluso ya con anterioridad vino en su ayuda. Por medio de sus súplicas, Thea estuvo ya casi completamente libre de sus dolores el mismo viernes. Radiante, pidió un vaso de agua. Volvió a hablar, volvió a comer. El sábado ya pudo mover las manos y los pies. El domingo anduvo unos veinte hermosos metros por la capilla de la casa donde estaba alojada. Unas palabras pronunciaba sin cesar: ¡Gracias, gracias, gracias! Los médicos se quedaron sin palabras, y conmovidos los millares de peregrinos venidos de todas las partes del mundo. La curada se abrazaba a su amiga: " ¡No puedo entenderlo, sólo Dios me ha ayudado!".
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A este mismo juicio llegaron también las comisiones eclesiásticas después de un examen de once años llevado con una gran responsabilidad. Mientras, Thea Angele hubo de visitar repetidamente a los comités médicos. Thea fue luego cada año a Lourdes, una vez curada. Pero en 1955 decidió no marcharse ya más. En agradecimiento a la Madre de Dios, se hizo monja en el mismo Lourdes. En abril de 1961, los médicos internacionales de las comisiones declararon "clínicamente inexplicable" la curación de Thea Angele, así como otras dos curaciones más ocurridas también en Lourdes. Esta curación fue propuesta por la autoridad eclesiástica para ser reconocida como milagro. El obispo Théas instituyó una comisión canónica que investigase el asunto el 5 de mayo del mismo año. El 27 de junio, el informe ya estuvo listo. Un día después, el Ordinario impartió este decreto: "Declaramos que la curación de Thea Angele, en religión Hermana María Mercedes, acontecida en Lourdes el 20 de mayo de 1950, es milagrosa y debe ser atribuida a una manifestación de poder de la Santísima Virgen María, la Inmaculada y Madre de Dios".
CLAUSEN,

en "Bildpost"

Si Jesús no quisiese una veneración mañana, ¿por qué iba a permitir los grandes y autentificados milagros a través de María? ¿Por qué entonces tantas súplicas atendidas por María? ¿Por qué en la cruz nos habló, dirigiéndose a Juan: "¡ahí tienes a tu madre!"?
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La gruta de la reconciliación

Para alabanza y honor de la Madre de Dios pongamos a sus pies un manojo de flores multicolores. No han de faltar ninguna de éstas, ni la sencilla flor silvestre, ni la rosa esplendente. Tampoco quiero olvidar el cardo argénteo, esa flor maravillosa y misteriosa que sólo se abre al rayo del sol; es un símbolo del amor a los enemigos. Hacía unos años que se había concluido la segunda guerra mundial, pero el múltiple sufrimiento de estos años difíciles pesaba aún sobre las espaldas de los hombres. Por esos días se organizaron desde Saarbrücken varias peregrinaciones a Lourdes, tal como había sucedido antes de la guerra. A mí me resultaba inaguantable que Alemania se doblegase de ese modo. Hablando francamente, yo era entonces aún muy francófoba. Pues bien, para mi mayor irritación, una prima mía había decidido participar en una de esas peregrinaciones. Y lo más grave era que me había pedido que la acompañase. Esta pretensión por su parte me parecía francamente un insulto. Y es que ella conocía bien mi aptitud frente a Francia. Sus ruegos, o por mejor decir, sus cartas suplicantes, se hicieron cada vez más apremiantes. El permanente martilleo de todos los lados en este asunto, unido al particular cariño que yo profesaba a esta prima, que, por estar impedida, necesitaba de mi ayuda, hizo que, pese a toda testarudez por mi parte, al fin accediese a acompañarla. Me sentía francamente mal. Y aunque ya había dicho que sí, puse una condición. En ninguna de las estaciones intermedias (los peregrinos pensaban visitar también Nevers y Paray-le-Monial) saldría yo de mi departa222

mentó, por lo que, o bien quedaba allí conmigo, o habría de renunciar a mi ayuda, pues mi intención más firme era no pisar este país innecesariamente, evitando así en lo posible todo contacto con los franceses. Bien mirado, lo más apropiado para mí hubiese sido viajar en un vagón precintado... Y es que yo sufría muchísimo con las condiciones tan lastimeras que la conclusión de la guerra impuso a Alemania. Tenía —lo confieso abiertamente— un odio directo contra la Francia victoriosa. ¡Oh, yo, francamente, me obstinaba en mi odio! Así, pues, un día me encontré embarcada en Saarbrücken, y ciertamente con no muy buenos sentimientos. Mi prima estaba feliz al verme. En el tren cada cual llevaba sus asientos numerados. Justo frente a mí tomó asiento una dama de mediana edad. Y al despedirse de un joven que la había acompañado al departamento, escuché, pasmada, que hablaban en francés... No, esto no podía ser verdad; mi prima dijo que sí, mientras me miraba con angustia... Mi primer pensamiento fue: ¡Dios mío, cómo me puedes hacer esto a mí, precisamente a mí, que me conoces tan bien! Posteriormente supe la razón precisa: me lo hacía justamente porque me conocía tan bien... Ese encuentro imprevisto me supuso un buen sopapo en la cara. Me sentí como tullida. Se me representaba más y más lo absurdo de esta grave situación. En este tren viajaban unos 650 alemanes a Lourdes, y sólo una única francesa, y ésta, precisamente, había de viajar en mi departamento y frente por frente de mí ...¡No y no, y mil veces no! Me arrebujé en mi rincón y conversaba airadamente con Dios y con el mundo.
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¡Cómo había de soportar un viaje tan largo en esas condiciones, teniendo justamente enfrente esa cara! Interiormente me sublevaba contra mí misma y si en ese momento el tren no hubiera estado ya en marcha, me habría bajado, y tanto mi prima como su equipaje y el mismo Lourdes se hubieran ido a hacer puñetas... Inmensamente desgraciada por mi intransigencia, odiaba a todo y más que nada a mí misma. La percepción de mi impotencia y la falta de soluciones a mi situación tan embarazosa, me hizo levantarme de golpe y salir al pasillo. Justamente en ese momento estábamos entrando en la estación de Metz. La perspectiva de la otrora ciudad alemana no era la más indicada para tranquilizarme. Ahí estaba Metz, nuestra Metz, nuestra perdida Metz. Mí rostro estaba pegado a la ventana, y apenas si pude contener un sollozo convulsivo... De repente, sentí una sombra junto a mí, y, al volverme, pude contemplar frente a mí a mi francesa que me estaba mirando con ojos bondadosos y alegres. Se había apercibido de mi situación interior y había venido detrás de mí. Mis ojos fieros en su odio y el no haber respondido en Saarbrücken a su saludo, le habían hecho entender lo que me pasaba. Su autodominio, en verdad, me llenaba de asombro. Y cuando pronunció las hermosas palabras: "Viajamos a la Madre común, Vd. por Alemania; yo, por Francia", mí camino de Damasco ya estaba andado... Un llorar incontenible apaciguó mi tensión. Tranquila ya, volví a mi departamento. También ella, como luego me fue contando, había sufrido lo suyo; por eso me había comprendido tan bien. Casada con un oficial alemán, había tenido que sufrir, como francesa, un aislamiento
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total y la proscripción en un mundo que se le enfrentaba. Los parientes de su marido vivían en Silesia, no habiéndolos conocido nunca. A su patria, Francia, no podía volver. Su marido había caído luchando contra Francia (doble sufrimiento el suyo). Cuando la guerra estaba para acabar y podía haber vuelto, renunció a ello por amor a sus hijos. Quería que sus hijos mantuviesen la patria alemana, a la cual sacrificó ella todo, y a la que también amaba, sin embargo... Me contaba todo esto de una manera sencilla. Su trato durante el viaje hizo que el tiempo se me pasase en un santiamén. Y así, al igual que anteriormente acechaba yo cada uno de sus movimientos para criticarlos amargamente, ahora, en cambio, se me aparecían todas sus cualidades en todo su esplendor. ¡Tan convincentemente sabía explicarse la francesa! Mi anterior decisión de no poner el pie más en este país, se esfumó como por encanto. Me contó de las peregrinaciones en Bretaña a la allí muy venerada madre santa Ana, así como de las pequeñas fiestas en el centro de Francia. Conocía bien la historia de su país y me iba explicando y contándome cosas sobre las ciudades y los paisajes por los que pasábamos. Me fui convenciendo de que los franceses se diferencian poco de mis compatriotas. Y que sufrían de las mismas miserias y necesidades que nosotros. Ahora lo veía yo todo con los ojos del amor; la francesa me había servido de llamada y acicate. Una francesa que tan exquisitamente representaba a su nación ante Dios y ante los hombres. En Lourdes, donde nuestros caminos se separaron, pero que muy a menudo nos volvimos a encontrar por las calles, siempre vino a saludarme con premura. El 225

amor de una auténtica hija de Dios brillaba en sus ojos radiantes. "Recemos la una por la otra", me dijo con su temperamento sureño, tomándome por el brazo. Sí, verdaderamente, la Madre de Dios se sirvió de una santa para abrir una brecha en la mentirosa construcción del odio y de la autojustificación; una brecha que luego en Lourdes habría de agrandarse hasta derribar por completo todo el edificio. Aquí, en Lourdes, concluí yo la paz conmigo misma, con Dios y con Francia. Por eso en la gruta de Massabielle deposité yo mi cardo argénteo, la ruda y preciosa flor, milagro de la naturaleza: ¡el amor al enemigo! ¡Milagro de la gracia, aquí, donde el cielo toca a la tierra! Ahora esta noble señora ha muerto ya; los sufrimientos de la guerra quebrantaron prematuramente su amante corazón. ¡La Madre de Dios le habrá salido al encuentro, pues vivió de manera tan acabada y perfecta el amor al prójimo, incluso el amor a los enemigos! Señora A. E. (1968) ¡Confía en la Madre! María ayuda a cambiar los corazones, incluso los más confundidos. Su intercesión junto a su divino Hijo es capaz de operar un milagro de la gracia. ¡Madre, gracias!
Mi peregrinación a la madre milagrosa de Fátima

(por el autor de este librito) Para cerrar el año mariano de 1954, pude viajar a Fátima en peregrinación con gran número de 226

personas provenientes de todas las regiones alemanas. Hicimos el viaje en autobús. La distancia, ida y vuelta, supuso casi unos 6.000 kilómetros. En parte, este viaje de peregrinación nos supuso no pequeñas molestias, particularmente por los días tan calurosos aún del mes de octubre, pero nos sentíamos impulsados a acercarnos a la Madre de Dios, para presentarle nuestras múltiples peticiones. Por lo que a mí respecta, había tomado en espíritu las intenciones de toda mi comunidad parroquial —algo más de 3.000 almas—. Todo lo que en Fátima vivimos y pudimos ver en cuanto a la fe, la confianza, la disponibilidad para el sacrificio y el amor a la Madre de Dios, nos impresionó hondamente. La primera y profunda impresión en Fátima lo constituía la turba inmensa de peregrinos que, a pie, en asnos, sobre carretas, en coches, en autobuses, etc., afluían de todas partes. Los americanos habían llegado en un avión acompañando a un obispo misionero. Un mar de gentes de algunos cientos de miles. Nadie podía saber cuántos eran. Era una imagen perdurable verse poner en movimiento la procesión de las candelas, a las 10 de la noche. Todos portaban sus velas en las manos. Sus rostros estaban radiantes. Del corazón brotaba permanentemente la oración y el saludo del ángel. Era una noche sagrada de luz y de paz. Cova de Iria significa "hondonada de la paz". En la procesión caminábamos de treinta en fondo. Había allí muchos hombres, también jóvenes. Esto, particularmente, era extraordinario. Algunos peregrinos avanzaban sobre sus rodillas hasta que quedaban rendidos por el agotamiento. Parecía como que nunca iba a tener fin el rezo del avemaria
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y la canción correspondiente. Se la podía escuchar de continuo, como eterno "ritornello", alegre y agradecido. Se dirigía a la Madre de Dios cuya estatua se había sacado, llevándola en solemne marcha triunfal. Este profundo y fiel amor a la Madre de Dios era un amor auténtico y profundo. Era profundamente impresionante ver cómo, después de concluir la procesión, la pequeña estatua de la Madre de Dios era llevada de nuevo al sencillo santuario mariano. La infinita turba de los creyentes iba afluyendo entonces hacia el altar festivo de la basílica. Aquí se expuso ahora el Santísimo, que permaneció expuesto durante toda la noche. ¡Con María a Jesús! Era visible cómo nos había conducido a su Hijo, a quien se le debe todo honor y todo nuestro amor. Ella misma se pone en un segundo término. Hasta bien entrada la noche, seguían arrodillados hombres y mujeres. Un ejército semejante por fuerza ha de comportar una eficacia grande. Muy lentamente se fueron difuminando las grandes masas. A falta de lugares donde dormir, el campo abierto fue convertido en lugar de descanso. Sobre una manta extendida en el suelo, la mayoría de los peregrinos se echaban envueltos en una bufanda o una toquilla, o cualquier otra cosa, bajo un olivo. A menudo, toda la familia se reunía en un corro, y allí pernoctaba. La noche estaba fresca. No pocos hubieron de sufrir grandemente con el frío reinante. Pero estos sacrificios, tal como oíamos, se aceptaban en todo caso con gran naturealidad y comprensión. También los sacerdotes
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dormimos tan sólo cuatro horas sobre un saco de paja en un humilde cuartucho. Se va a Fátima a rezar y a hacer penitencia. No a otra cosa. Y cuando de mañana comenzaron las santas misas, y a las siete, cincuenta sacerdotes con los copones llenos caminaban simultáneamente por entre las largas filas en la Cova de Iría, los fieles se arrodillaban en una espera emocionada. ¡Era una estampa única! Así hubo de ser en el caso de la multiplicación milagrosa del pan, donde miles de personas fueron también saciadas con el pan divino. El auténtico amor a María lleva siempre a Jesús. Y que esto es así lo confirma cada lugar de peregrinación mariana. Las santas misas no cesaban nunca. 150 fueron celebradas según las intenciones del Santo Padre, desde el domingo temprano hasta el miércoles al mediodía en una cadena ininterrumpida: por la pacificación del mundo, por la conversión de Rusia, por la iglesia perseguida, por la santificación de las familias, por el aumento de los sacerdotes y religiosos. A las 11, se celebró la última de estas misas y fue oficiada por el cardenal-patriarca de Lisboa, el Dr. Cerejeira. Fue una "missa solemnis". Hubo una avalancha incontenible de peregrinos. 26 obispos y centenares de sacerdotes estaban también a su lado. De nuevo fue sacada la estatua de la Madre de Dios de su humilde caoillita. Los centenares de miles la saludaron jubilosos, agitando sus manos y ondeando sus pañuelos. ¡Un extraordinario espectáculo este flamear de innumerables pañuelos blancos! Existía un indescriptible sentimiento sobre este acontecimiento. Era como si la Madre de Dios caminase ella misma por entre las filas de la muchedumbre ju229

bilosa. Con todos nosotros subió ella al altar festivo donde fue celebrado el santo sacrificio. ¡Con María a Jesús! Apenas sí cabía vivir este acontecimiento con mayor magnificencia. La Madre lleva a l Hijo; la pequeña capillita apunta a la gran catedral. Todo el pueblo, fundamentalmente portugueses y españoles, cantaba las melodías, solemnes del canto religioso. El tema de la predicación fue una llamada muy seria a la oración, a la penitenC1 a y a la consagración a María. El sol de justicia meridional suponía no poco sacrificio, ciertamente. Para finalizar, se leyó en portugués la oración de la consagración del mundo del Santo Padre, •kn estos momentos, cada uno de nosotros percibía los lazos que existen entre los pueblos, la unión, la hermandad que se da en Cristo. Sólo e n él se encontrarán un día todos los pueblos de a tierra. Su Madre es el camino para lograr esa meta, "el camino a Cristo". Luego vino la bendición a los enfermos. Eran casi 600 los enfermos y dolientes que allí se habían congregado. Fueron alojados en las galerías e columnas a ambos lados de la basílica, que se acababan de terminar. Son ya muchos, muchos los enfermos que han sido curados aquí. No tuvimos noticia si en esta ocasión ocurrió alguna curación, Pero lo que sí vimos fueron las alegres miradas ye tantos y tantos enfermos que recibían nueva tuerza para poder seguir llevando su cruz. Y esto precisamente es lo que la Madre de Dios había . . a . k*s t r e s n i ñ o s : "haced sacrificios, muchos sacrificios para la salvación de los pecadores" Las solemnidades duraron hasta cerca de las dos de la tarde. Luego, la estatua de la Madre de Dios, que había estado al lado del altar mayor, fue nueva230

mente transportada a su sitio entre un inefable júbilo y el ondear de los pañuelos de sus fieles devotos. ¡Qué gracia más extraordinaria cuando a la mañana siguiente pude celebrar la santa misa a las tres de la madrugada en la capilla de las apariciones! El obispo de Leiria dio personalmente el permiso. ¡Qué sencilla es, pese a todo, esta capillita! Está levantada exactamente en el lugar donde la Madre de Dios se apareció en 1917. Tiene solamente unos dos metros de largo por dos de ancho, con un atrio cubierto, desprovisto de cualquier tipo de adorno. Todo en Fátima es sencillo: la capillita, la basílica con su blancura, y el áspero cemento dominando la extensión de la hondonada. Todo aquí es modesto, llano, sin calor casi. Y, sin embargo, las gentes se sienten tan "tocadas" cuando vienen a Fátima... ¡Nosotros mismos lo hemos experimentado! El lugar es sagrado. Aquí se apareció un día la Madre de Dios; aquí habló; aquí oró; aquí exhortó ella a los tres niños, seria y suplicante... Sí, en este lugar pidió maternalmente: " ¡rezad, rezad por la conversión de los pecadores! ¡Van tantas almas al infierno porque no tienen a nadie que se sacrifique y rece por ellas!" "Rezad todos los días el "terko" (todo el salterio)". Pueblos enteros perecerán si los hombres no se convierten y cesan de ofender a Dios. El mundo entero debe ser consagrado a su Inmaculado Corazón. A su Corazón Inmaculado se le ha de ofrecer expiación por las injurias e insultos contra él cometidos (sábados expiatorios). Pero, al final, triunfará este Corazón Inmaculado. Ahora bien, los indicadores más serios habrán de ser la oración 231

y la penitencia. En estos lugares sagrados me fui dejando penetrar por estos estremecedores pensamientos. Millones de personas ya han cumplido con el mandato de la Señora. ¡Cientos de millones deberían aún hacer lo mismo! Por la tarde del día 13 de octubre visitamos a los padres de los videntes que aún viven. Estuvimos, pues, con los padres de la pequeña Jacinta y de Francisco (el padre, 81 años; la madre, 85), así como con la hermana y el hermano de la vidente que aún hoy vive, Lucía. Pudimos hablar con ellos. Los sacerdotes los bendecimos. ¡Qué pobreza en esta aldehuela de Ajustrel! Las casas pobres y viejas, con fogón abierto todavía, los campos en derredor pedregosos y estériles... Añádase a esto que este año todo estaba agostado. Desde mayo, según se nos dijo, no había caído ni una gota de agua. Me pareció como si esta región fuese la más mísera de todo el país. Sólo olivos y algo de praderas para las ovejas. Uno no podía por menos que pensar en las palabras del Magníficat: "exaltó a los humildes". Sí, Dios elige lo pequeño, lo pobre, lo inoperante... ¡Qué transformación más maravillosa la sufrida por Portugal con ocasión de Fátima! Portugal era un país al borde del abismo. Desde 1910 hasta 1925, no tuvo menos de 8 presidentes, 44 veces cambió de gobierno, 20 golpes de estado y revoluciones. Con Fátima llegó la transformación. Portugal es un país floreciente con un estado de derecho, incluso con una de las monedas más firmes del mundo. "Sólo hay que abrir los ojos y mirar a la Cova de Iría, transformada desde entonces en un manantial de gracias extraordinarias, de milagros físicos y, mucho más; de milagros morales
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que irradian desde allí sobre Portugal y sobre todo el mundo" (Pío XII). La Madre de Dios ha preparado el camino y —esto es asimismo importante— el pueblo la ha acompañado. Verdaderamente: ¡Nada sin ella, pero también nada sin nosotros! Todo el mundo ha de participar seriamente. Para el que cree en humildad, Fátima sigue siendo una llamada milagrosa del cielo. Pero una peregrinación a Fátima es una de las gracias máximas de esta vida.
A. M. WEIGL

El papa Pablo VI, dirigiéndose a los peregrinos reunidos el 13 de mayo de 1968 en Fátima, dijo en una alocución radiada: "Con vosotros saludamos también a María; la honramos y alabamos; todos nosotros queremos darle nuestros corazones en una entrega totalmente sincera y con filial devoción, con la promesa conscientemente hecha de ser fieles a Cristo y a la santa iglesia, cuya Madre bondadosa y buena ella es, tal como todos nosotros confesamos. Y en unión con vosotros, queridísimos hijos, le pedimos a la Bienaventurada Virgen Santísima, la Madre de Cristo, tal como ya lo hicimos de manera especial el pasado año en ese lugar a ella consagrado, que, en virtud de sus súplicas, alcance por medio del Espíritu Santo la paz interior para la iglesia católica y la paz exterior para el mundo, la cual sigue siendo perturbada todavía por los conflictos y luchas dolorosas que enfrentan el fraternal amor de los hombres entre sí". El obispo Dr. R. Graber, de Ratisbona, predicó el 15 de octubre de 1967 en la catedral:
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"Cuando sé que la tierra puede ser destruida, o que varias naciones serán destruidas, y que hoy es perfectamente posible esta suposición por medio de las armas atómicas; y si, de otro lado, sé también con toda precisión que todo esto puede evitarse por medio de la oración y la penitencia —tal como María exigió en Fátima en 1917—, entonces es un deber mío sacratísimo interponer este medio salvador. Y si no utilizase ese medio, me haría copartícipe en la culpa por la destrucción de estos pueblos. La falta de oración y de penitencia —lo digo con toda seriedad— es un crimen contra la humanidad". Escribe el párroco O. Fuss, Fátima: "El gran ruego materno que se desprende de Fátima es que, de todo corazón, nos decidamos, por fin, a pronunciar el "fiat" de María".

• De ahí el título de "mujer de todos los pueblos" que antaño fue María (esto es, la sencilla muchacha de Nazaret). • Millones de personas rezan esta importante y decisiva oración desde hace ya años.

Es una «época de madre»

Una importante oración para nuestra época

Señor Jesucristo, Hijo del Padre, envía ahora tu espíritu sobre la tierra. Haz que el Santo Espíritu habite en los corazones de todos los pueblos, para que sean preservados de la ruina, la desgracia y la guerra. Que la mujer de todos los pueblos, que antaño fue María, sea nuestra intercesora. Amén. Notas de complemento a la oración • La Sagrada Escritura llama a María "mujer" siempre que nos intenta evidenciar su papel mediador (paraíso, bodas de Cana, calvario).
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Era todo un pequeño mundo allí comprimido, tal como a menudo suele ocurrir en los departamentos de un tren cualquiera. Después de una reserva inicial, se puso en marcha una discusión muy viva. El motivo lo ofreció una revista que se le había caído a una joven y que, al punto, tres caballeros se agacharon para recogérsela del suelo. En esta operación, la mirada de los tres caballeros cayó sobre la última página, en la que estaba escrito: "La canción de Bernadette". El debate, pues, partió de este film, y su punto álgido se centró en la cuestión de si "la Madre de Dios se ha aparecido alguna vez a los mortales". Los argumentos, que al principio eran bastante comedidos, se fueron haciendo cada vez más agresivos, tanto en pro como en contra. Evidentemente, la cuestión interesaba. La única que permanecía callada era precisamente la joven de la revista, motivo de la presente discusión. "¿Por qué no habría de aparecerse?", opinaba una señora ya mayor. "Pudiera ser que los celestiales de allá arriba también se aburriesen de vez en cuando. La literatura mitológica de todos los pueblos está llena de estas bajadas de los dioses a los hombres". 235

"Esto es absurdo —protestó un caballero corpulento, mirando por sobre sus lentes—, los periódicos viven de cosas así, y la iglesia, dando su adquiescencia a esas supuestas apariciones, no menos. Todo esto no es más que puro negocio, traficando con el afán sensacionalista de las masas". Inmediatamente fue replicado por una dama muy vistosamente vestida: "La cuestión clave es la siguiente: ¿Hay algo así como una 'Madre de Dios'? Por mi parte, lo dudo muy mucho. Pero si realmente se diese una Madre de Dios, ¿por qué se dirige al pueblo inculto, a gentes altamente primitivas? " En este momento, uno de los caballeros más jóvenes miró a la señora que había hablado, y haciendo un gesto casi imperceptible con la comisura de sus labios, replicó: "Aceptando que una décima parte de las apariciones fuesen auténticas, entiendo muy bien que la Señora de Lourdes y de Fátima no deseasen ser confundidas con unas actrices que buscasen el aplauso de la inteligencia". Otro joven que se sentaba justo frente por frente de la muchacha, dijo tranquilamente: "En todo este asunto, sólo me interesa una cosa: si estas cosas son hechos reales, ¿por qué precisamente en nuestra época y de una manera tan llamativa? ¿Qué razón puede tener una criatura celestial para aparecer en una época que frente a tales manifestaciones presenta una actitud más distanciada que nunca? Yo encuentro que la edad media hubiese sido un período mucho más apropiado". Llegado aquí, la joven de la revista, frente a él, levantó la vista, lo observó desde sus ojos claros y echó una mirada por todo el departamen236

to. Luego, levantó un poco la revista y dijo: "De la mano de esta revista yo puedo explicar por qué se suceden en nuestro siglo las apariciones de la Madre de Dios y por qué yo, al igual que miles de personas, las tengo por auténticas". Todos en el departamento fijaron su vista en la muchacha. Esta hizo una pequeña pausa, abrió la revista y señaló una página: " ¡Banda criminal juvenil ante el juez!" Con figuras de rostros descompuestos, fotografías instantáneas. La muchacha siguió hojeando: "¡Contrabando humano y trata de blancas!", se decía en la parte superior de la página, mientras en la parte de abajo decía: "Broadway-Melodien". Chicas de revista en plan de baile con un mínimo de ropa, instantáneas en locales nocturnos, etc. La muchacha pasó, silenciosa, a una tercera página. Era la página de los crímenes: muerte y crímenes sexuales, relatos estremecedores. "Revelaciones en el mundo de la investigación atómica", se decía en la página siguiente. Y además: "Divorcio de una famosa diva del cine, escándalo, desvergüenzas". "¡Niños apatridas en la frontera: la miseria del fugitivo!", se gritaba en la penúltima página. Y como conclusión, por razón de las sensaciones: "La canción de Bernadette". La muchacha cerró la revista, y dijo: "Vean ustedes, el mundo anda desamparado como un niño sin su madre, como un leproso sin ayuda, y por todas partes crecen en el horizonte las sombras de una catástrofe mundial que pudiera ser apocalíptica. Pienso que es hoy precisamente una época de madre, más que nunca antes en la historia. Me extrañaría si la Madre de todas las madres no viniese a salvar de la fatalidad a aquellos que 237

quieren ser salvados. No a los sabios, los orgullosos, los ricos, sino a los pobres, los pequeños, los humildes de quienes exulta el Magníficat". Y diciendo esto, dobló la revista y la puso junto a sí, levantándose. Su destino estaba ya próximo. El tren se paró. En el departamento se había hecho el silencio. La muchacha saludó amablemente y bajó. La señora elegante volvió otra vez a tomar la palabra, y dijo encogiéndose de hombros: "Vaya apóstol tan singular que tiene la Madre de Dios. No puedo entusiasmarme, ciertamente. Tan joven y ya tan chiflada". Pero el joven que se sentaba frente a la chica tomó la revista que ella había dejado allí. "Su nombre está en el borde —dijo con ojos iluminados—, voy a copiarlo". —"¿Por qué?", preguntó el señor mayor, que estaba a su lado. Sonrió: "Era una chica fina. La han oído: es una época de madre. Esta joven se asemeja un poco a la Madre de Dios, a la que ella venera y ama. Comprendo bien a la muchacha, pues yo mismo no tengo madre". "Herders Hauskalender", 1952
La maternidad de María permanece por siempre

junto de la historia salvífica y en el conjunto de la humanidad, señalando su lugar en la iglesia como pueblo de Dios y comunidad de los santos. Formalmente se acentúa: "La maternidad de María permanece por siempre". María no es presentada como la inalcanzable, como la reina de un lejano más allá, sino como madre que participa en que "Cristo nazca y crezca en los corazones de los fieles". Los fieles han de corresponderle con su calor, su aprecio, su amor y su alabanza; una veneración que no sea una "falsa exageración", pero tampoco "que no restrinja su singular dignidad como Madre de Dios". El concilio reclama la "verdadera devoción" a María. De este modo, el concilio vuelve a poner en un primer plano a la María bíblica. Hemos de volver siempre a la Sagrada Escritura para conservar viva en nosotros su imagen y lograr de ese modo la maduración de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. Esta madurez —así piensa Karl Rahner— habrá de medirse también en el hecho de si "logramos, tanto en el espíritu como en el corazón, encontrar una relación a María que sea personal, creyente y amorosa". "Ruhrwort". Essen "Quien ama a María, también amará a la iglesia". "Quien ama a la iglesia, también amará a María".
PAPA PABLO VI

Una sana veneración a María es consustancial al espíritu de la iglesia. Abarca tanto a los afectos como al entendimiento teológico, y no cabe separarla del misterio de Cristo. Por eso, el concilio ha incrustado la enseñanza sobre María en el con238

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Palabras del papa, plenas de confianza

"El moderno desarrollo de la mariología y de la piedad mañana en la iglesia es la señal más segura y la más feliz indicación de que María es la más grande ayuda que Dios nos ofrece para la consecución de la unidad. Nuestra época es una época mañana, y día a día aparece más claro que el camino de la vuelta a Dios para los hombres pasa por María; que María es el fundamento de nuestra confianza, la prenda de nuestra seguridad y la base de nuestra esperanza". PAPA JUAN XXIII Con S. Bernardo rezamos llenos de confianza "Piensa, oh bondadosísima Virgen María, que nadie oyó jamás desde la eternidad que quien a ti acudió como su refugio, invocando tu protección y suplicando tu intercesión, haya sido abandonado por ti. Animado con esta confianza, acudo a ti, Virgen de las Vírgenes; Madre, a ti vengo, ante ti estoy gimiendo, pobre pecador. ¡Oh, no rechaces mis palabras, Madre del Verbo eterno, sino atiéndeme misericordiosa y escúchame! Amén". Que Dios os lo pague Esto es lo que me viene decir a todos cuantos han colaborado a que este libro fuese una realidad; a todos cuantos pusieron sus ejemplos a disposición, o me ayudaron a examinarlos y a copiarlos; y particularmente, a aquellos que, por medio de sus oraciones y sacrificios, invocaron la bendición divina sobre él. 240

¡Que Dios se lo pague también a todos cuantos colaboran en propagar este libro! He de agradecer mucho a todos los apóstoles de la palabra escrita. ¡Dios los bendiga a todos! Propagar buenos libros es un ministerio sagrado del amor a las almas, precisamente en nuestra época actual. ¡A todos ellos mi bendición sacerdotal, tanto de día como de noche, y también a los queridos lectores de este libro, extendidos por el mundo! ¡Y que, por favor, todo aquel que conozca una historia mariana cautivadora, que nos la comunique! A vosotros todos, queridos hermanos y hermanas, os deseo desde la plenitud de un corazón sacerdotal una confianza filial para con nuestra buena Madre María, y aún más: os deseo un auténtico celo para encomendar amorosamente cada día a todos los hombres atribulados y cansados al bondadoso Corazón maternal de María.

El Corazón maternal de María nunca falla

"Esta es la voluntad de Dios, que lo consigamos todo por María".
SAN BERNARDO

" ¡María! En tus manos están todos los tesoros de las misericordias de Dios, el Señor. Nunca jamás están ociosas tus manos".
SAN BERNARDO

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María, Madre de la victoria

¡Augusta reina del cielo, señora de los ángeles, tú has recibido de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satanás; te pedimos humildemente que envíes los ejércitos celestiales para que, bajo tu mandato, persigan a los espíritus intérnales, los debelen por doquier, desbaratando su osadía y arrojándolos a los abismos del infierno! ¿Quién como Dios? ¡Oh buena y tierna Madre, tú serás siempre nuestro amor y nuestra esperanza! ¡Oh augusta Madre, envía a los santos ángeles para que me protejan y aparten lejos de mí al enemigo sanguinario! ¡Santos ángeles y arcángeles, defendednos y amparadnos!

ÍNDICE

Prólogo I. II. III. Vivencias al invocar confiadamente a la madre de Dios Vivencias con el santo rosario Vivencias con imágenes y medallas mañanas IV. Vivencias con la llamada Medalla Milagrosa V. VI.
242

9 15 83 115 159 179 202
243

Vivencias con el escapulario bendecido Vivencias en los lugares de peregrinación mariana

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