amo

Integración de los dinamismos del placer, el afecto y la elección

Yo

Yves Saint-Arnaud

YO AMO
Integración de los dinamismos del placer, el afecto y la elección
2. a edición

Editorial SAL TERRAE Guevara, 20 - Santander

índice
Págs.

INTRODUCCIÓN I. YO 1. Yo vivo 2. Yo soy libre II. YO AMO
1. Y o d e s e o .....-•

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2. Me siento a gusto contigo 3. Yo elijo 4. Yo amo III. TE AMO 1. 2. 3. 4. Título del original francés: J'aime. Essai sur l'expérience d'aimer © 1978 by Les Éditions de l'Homme Montréal (Canadá) Traducción: /. J. García Valenceja © 1988 by Editorial Sal Terrae Guevara, 20 39001 Santander Con las debidas licencias Impreso en España. Printed in Spain ISBN: 84-293-0807-5 Dep. Legal: BI-2195-91 Impresión y encuademación: Gestingraf C.° de Ibarsusi, 3 48004 Bilbao Quiero que seas mío/a Es contigo con quien me encuentro a gusto Me abandono a ti Te amo

21 26 30 35 35 38 41 44 49 49 54 56 59 62 63 65 67 71 75 76 78 81 84 86

IV. TE QUIERO 1. 2. 3. 4. Me siento libre contigo Me encanta verte Comparto contigo Te quiero

V. TE ACOMPAÑO 1. 2. 3. 4. Te acojo Me desagradas Me aburres Te acompaño

VI. LOS CAMINOS DEL AMOR 1. 2. 3. 4. 5. Los elementos de la experiencia de amar Ya no te amo Te soy fiel Te descubro Me hago libre 5 -

Introducción
Cuando Pedro, María, Juan o Luisa pronuncian las palabras yo amo, ¿qué viven?, ¿qué experiencia humana traducen con esas palabras? Tal es la pregunta a la que el presente libro quiere responder. El título se compone de dos palabras, y cada una tiene su importancia. La experiencia que nos permite pronunciar las palabras yo amo supone otra experiencia más profunda, que se expresa con el simple término yo. En el primer capítulo vamos a describir esta experiencia como un prerrequisito para la experiencia de amar. Utilizaremos el sistema de la psicología llamada experimental o descriptiva. No pretendemos analizar todos los mecanismos subyacentes a la experiencia del amor. El amor no existe; solamente hay personas que aman. Nuestro objetivo es formular la experiencia de esas personas tal como la hemos percibido en la vida de cada día, fuera de las aulas, cursos o conferencias. Formularla con la esperanza de que Pedro, María, Juan, Luisa y el lector puedan reconocerse y pronunciar con mayor lucidez y fuerza las palabras yo amo, yo te amo, yo te quiero mucho... Quien se pregunta por su experiencia de amar no quiere, ciertamente, contentarse con identificar y formular lo que está
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viviendo. Lo que a él le preocupa es el cómo; busca los medios para amar mejor o para superar los obstáculos que le impiden amar. El autor de este libro, que es psicólogo de profesión, entiende perfectamente esa preocupación, pero no cree que existan recetas, ni siquiera una manera estándar de vivir la experiencia de amar. Cree, además, que quien llega a identificar correctamente lo que está viviendo, está en las mejores condiciones para responder a las preguntas que puedan formulársele. El autor se ve a sí mismo, en estas páginas, como el secretario de las personas que aman. Quiere tributar un homenaje a su experiencia, pretendiendo identificarla y sistematizarla. No aporta soluciones ni recetas, sino que invita al lector a ponerse a la escucha de su propia experiencia de amar. Ahí es donde encontrará cada uno las mejores respuestas a las preguntas que en él surjan. Este libro no se inscribe, pues, en la línea de los tratados sobre el amor. No está destinado a los especialistas en ciencias humanas. Se dirige a toda persona capaz de pronunciar las palabras yo amo: también éste es un especialista, a su manera, en la experiencia de amar. Las descripciones psicológicas se mezclan con algunos textos literarios que abren sus ventanas al mundo poético. Los poetas son otros especialistas en la experiencia de amar que han intentado traducir lo intraducibie con un lenguaje más sugerente y, ciertamente, más bello que el de los psicólogos. La finalidad de estos extractos es liberar de vez en cuando al lector de la sensación de sequedad que pudiera producir en él la lectura de una descripción psicológica. El poeta que evoca la experiencia de amar, por impreciso que pueda ser, conserva todos sus imponderables. Puede ayudar al lector a mantenerse a la escucha de lo que vive, aunque también acepte someter su experiencia a la sistematización del psicólogo. A continuación del capítulo primero, que explícita la experiencia del yo, otros cuatro capítulos presentan, sucesivamente, una descripción general de la experiencia de amar, y luego tres formas de vivir esa experiencia: en una relación de enamoramiento, en una relación de amistad y en una relación que vamos a llamar de acompañamiento. El último capítulo vuelve sobre la evolución de estas distintas experiencias, subrayando su aspecto dinámico. - 8 -

Tomémonos tiempo para vivir, para ser libres, amor mío, sin proyectos ni costumbres, y podremos soñar nuestra vida. Ven> estoy aquí, es sólo a ti a quien espero. Todo es posible; todo está permitido. (Canción de Georges Moustaki)

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I Yo
Antes de pronunciar las palabras yo amo, Pedro o María han de ser capaces de decir yo. No hay amor sin una persona que ame, sin una persona libre y consciente de sí misma. Es toda la historia —el drama, a veces— de cada existencia humana lo que se contiene en la experiencia del yo. El niño recién nacido es incapaz de amar, porque aún no tiene la posibilidad de decir yo. Aunque es heredero de miles de años de experiencia humana, de la que más tarde se aprovechará, ha de conquistar esa herencia: tiene que aprender a subsistir, a amar, a producir, a dar un sentido a su existencia; en una palabra, a llevar a cabo la experiencia de la vida. El recién nacido no percibe aún las fronteras entre su cuerpo y el mundo exterior. Irá descubriendo progresivamente su propia mano, su pie, sus dedos, su figura; irá aprendiendo que esto forma parte de él y aquello otro es parte del mundo exterior a él: así comienza la experiencia del yo. Pedro oye, por ejemplo, el sonido Pedro dirigido a él, y enseguida ese nombre que le han puesto le permite identificar la experiencia que tiene de sí mismo. A medida que el lenguaje le permite organizar su mundo interior, empieza a hacerse cargo de sí, a afirmarse como individuo, y traduce esa experiencia con el término yo. La experiencia del .yo podría constituir, por sí sola, el objeto de todo un volumen y hasta de una colección interminable.
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Los límites de este capítulo, que quiere ser una introducción a la descripción de la experiencia de amar, sólo nos permiten fijarnos en algunos de sus aspectos. Quien desee describir la experiencia del yo deberá, antes de nada, establecer algunos acuerdos con el lector. Habrá autores, por ejemplo, que se inclinen por la forma literaria: la novela, la poesía, la canción o la simple descripción de los acontecimientos de su propia vida les permiten comunicar a sus semejantes su experiencia del yo en lo que ésta tiene de único. Otros autores, más interesados por lo científico, prefieren extraer de su experiencia determinadas categorías que les permitan hacer una descripción más sistemática y universal de esa misma experiencia del yo. El presente libro intenta conciliar algunos elementos de ambos enfoques. Por una parte, va a proporcionar al lector términos y categorías de tipo sistemático; por otra parte, le va a invitar a ir más allá de tales categorías y utilizarlas únicamente para ponerse a la escucha de su propia experiencia de amar. Por eso el autor se presenta en la introducción no como doctor en sicología, sino como secretario de las personas que aman. Pretende identificar, formular y sistematizar la experiencia de cada uno. 1. Yo vivo Quien se ponga a la escucha de la experiencia humana podrá constatar determinadas líneas de fuerza, al parecer universales, que conciernen a la experiencia del yo. Pedro, por ejemplo, que ya no es un bebé, sino un adulto consciente de sus necesidades y capaz de expresarlas, traduce a un lenguaje muy simple lo que le impulsa a actuar y lo que guía su desarrollo personal. Aparece, en primer lugar, como persona con necesidades en el plano del desarrollo físico: tengo hambre, tengo sed, tengo necesidad de aire puro, tengo sueño, deseo estar satisfecho, tengo ganas de ti... Estas distintas experiencias no carecen de etiqueta en el mundo de las ciencias humanas. Quedémonos con el término libido que utilizan los psicoanalistas para subrayar que todas esas necesidades actúan bajo el signo del placer. Pedro aparecerá como un sujeto de placer que encuentra su camino en la vida descubriendo a diario los jalones del placer y del desplacer. - 12 -

Pedro o María, que ignoran la mayoría de las veces que su vida es expresión de una libido omnipresente, describirán la experiencia de su yo con más detalles. Si son personas con buena salud, se percibirán probablemente como un yo que ama, un yo que crea y un yo que intenta comprender.
Se os ha dicho también que la vida es oscuridad, y en vuestra fatiga os hacéis eco de la voz del fatigado. Y yo os digo que la vida es, en verdad, oscuridad cuando no hay un impulso. Y todo impulso es ciego cuando no hay conocimiento. Y todo conocimiento es vano cuando no hay trabajo. Y todo trabajo es vacío cuando no hay amor. Y cuando trabajáis con amor os unís con vosotros mismos y con los demás y con Dios. (Khalil Gibran: El Profeta)

«Yo no estoy hecha para vivir sola». De esta manera puede resumir María su búsqueda de comunicación con el otro, con el tú que la ayudará a descubrir y a seguir su propio camino en la vida: necesidad de amar y de ser amada que orienta toda una franja de su hacer cotidiano. Necesidad tan vital para su desarrollo psicológico como el hambre y la sed lo son para su desarrollo físico. Los siguientes capítulos explicitarán ampliamente la experiencia que suscita la necesidad fundamental de amar y de ser amados. Me siento útil, me gusta mi trabajo, tengo proyectos, tengo ganas de hacer algo. Así traduce Pedro un segundo aspecto importante del desarrollo de su yo: su necesidad de producir y de ser creador. Trátese de su trabajo, de un hobby, de una actividad artística o del simple cultivo de unos metros de huerto o jardín, expresa de esta forma, en su vida diaria, su necesidad de producir. Un «secretario» que quisiera ayudar al lector a tomar conciencia y a sistematizar esa experiencia de creatividad podría titular su texto yo creo o yo produzco. La sonrisa de Pedro o de María, cuando acaban de entender algo, traduce, quizá mejor que las palabras, un tercer aspecto también importante del desarrollo de su yo: la continua presencia de la necesidad de entender; necesidad de dar un sentido a los acontecimientos y a la propia existencia. En el caso - 13 -

contrario, la dolorosa expresión no entiendo es testimonio de esa misma necesidad. Y tal vez esa misma necesidad sea la que haga que María sienta interés en proseguir la lectura de este libro con la esperanza de hallar en él un medio para entender lo que siente con respecto a Pedro o a Juan. Aun cuando este libro contribuya a satisfacer la necesidad de entender del lector, no aborda, en cuanto tal, la descripción de la experiencia que suscita semejante necesidad fundamental. El título de una obra que persiguiera tal objetivo sería, más bien, yo busco, y no yo amo. 2. Yo soy libre

Una sumaria descripción de la experiencia de vivir nos ha presentado a Pedro como un ser de placer, hecho para amar, producir y entender. Al escuchar las preguntas de los filósofos y los teólogos, se siente uno invitado a ampliar aún más la exposición de la experiencia de vivir. Pedro se convierte en un yo que se pregunta por sí mismo: ¿Por qué existo? ¿Por qué busco estar bien física y sexualmente? ¿Por qué busco la comunicación? ¿Por qué produzco? ¿Por qué busco entender? En un mundo tradicionalmente cristiano, probablemente se formulará la respuesta en términos religiosos. En un mundo secularizado, las respuestas son múltiples. Muchas personas ni siquiera ven la necesidad de tales preguntas. Responden rápidamente '.porque así es, así está hecho el hombre, y no hay ninguna razón. El «secretario» que quiera proseguir su descripción tiene ahora el peligro de convertirse en secretario particular de quienes sí consideran esas preguntas; y tiene, por ello, el peligro de aburrir a quienes no les interesan. Se contentarán, pues, con proponer algunos jalones útiles para las descripciones que tendremos que hacer, posteriormente, de la experiencia de amar. Pedro, que come, ama, produce y busca comprender, es un ser único. Por eso le incumbe una tarea de la que nadie le puede dispensar: la de construirse a sí mismo, la de hacerse cargo de sí mismo, la de llegar a ser una persona autónoma. Pedro aparece como un ser en busca de su libertad. Todos los objetivos que él persigue, las causas o las ideologías que le nutren, las relaciones que proyecta, pueden considerarse como
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otros tantos medios de identificarse como un ser único que busca llegar a ser plenamente él mismo, aportando simultáneamente su contribución a la construcción del mundo al que pertenece. El hombre es, al principio, el ser más dependiente que imaginarse pueda. Por tanto, para llegar a ser él mismo ha de ir liberándose cada vez más de esclavitudes de todo tipo. A la vez que se hace capaz de satisfacer sus necesidades físicas, desarrolla su capacidad de dar un sentido a su desarrollo. En la medida en que da con una respuesta satisfactoria a sus necesidades fundamentales, se ve confirmado en la existencia. Adquiere una certidumbre (la única, tal vez) que ulteriores desquiciamientos no podrán hacer vacilar: la certeza de su propio valor. Esa toma de conciencia suscita en él, en la medida en que Pedro profundiza en ella, una experiencia muy satisfactoria que se traduce en las palabras yo soy libre o yo me hago libre.

Mi libertad: Largo tiempo te he guardado como una perla preciosa. Mi libertad: eres tú quien me ha ayudado a soltar las amarras para no importa adonde, para ir hasta el final de los caminos del azar, para cortar soñando la rosa de los vientos sobre un rayo de luna. (Canción de Georges Moustakí)

Los siguientes capítulos van a presentar los distintos caminos del amor como otros tantos caminos de liberación. En la experiencia de amar, Pedro se hace cada vez más capaz de decir yo vivo y yo soy libre; se hace, asimismo, apto para sacrificar aparentemente su libertad en la vinculación del amor, que le llevará más allá del país de la libertad.
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Mi libertad: Tú has sabido desmontar mis pequeñas costumbres. Mi libertad: tú, que me has hecho amar la misma soledad; tú, que me has hecho sonreír cuando veía el final de una hermosa aventura; tú, que me has protegido cuando deseaba esconderme para curar mis heridas... (Canción de Georges Moustakí)

¿Habrá que ir más lejos y preguntarse a qué obedece esta búsqueda de libertad? ¿Por qué llegar a ser uno mismo a un precio a veces tan elevado, si la muerte es el final inevitable de semejante camino? El objetivo de este libro no nos permite avanzar por esas líneas. Nos basta con contemplar a Pedro como un ser en busca de autonomía y de libertad; y nos basta con seguirle, de aquí en adelante, por los distintos caminos del amor.
Mi libertad: Te abandoné, sin embargo, una noche de diciembre. Abandoné los caminos solitarios que recorrimos juntos cuando, sin desconfianza, atado de pies y manos, me dejé llevar. Y te traicioné por una prisión de amor y una bella carcelera. (Canción de Georges Moustakí)

II Yo amo
No es fácil describir la experiencia del que ama. Cuando Pedro ama, lo más normal es que no le guste hablar de ello; y el sentimiento que hay en María de vivir algo inefable no facilita el trabajo de quien intenta formular el proceso verbal de su experiencia. Otra dificultad proviene del hecho de que el verbo amar designa tal cantidad de realidades diferentes que a menudo pierde su significado. En el lenguaje ordinario se oye la palabra «amar» en los más variados contextos: amo mi trabajo, amo la lectura, amo a Dios, amo a mi tía Eulalia, amo la vida, amo a María, amo el viento y la naturaleza, amo la soledad, amo a mi prójimo, amo a todo el mundo, etc., etc. Pedro o María parecen usar el término «amar» para decir que una de sus necesidades ha quedado satisfecha, independientemente de la necesidad de que se trate y de la relación que pueda tener con su necesidad fundamental de amar y ser amados. Es preciso, pues, hacer una selección y quedarnos sólo con las expresiones que nos conducen directamente a la experiencia de amar. Las descripciones que vamos a hacer parten de un postulado: que Pedro o María son seres capaces de amar, capaces de entablar una comunicación significativa con otra persona, la cual también está dotada de la capacidad de amar y ser amada. Partiendo de este postulado, cabe preguntarse cuáles son los
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signos por los que es reconocible una verdadera experiencia de amar. Cuando Pedro afirma que ama a su tía Eulalia, o que ama a su prójimo, o se declara enamorado de María, ciertamente no está queriendo decir una misma cosa aplicable por igual a todos esos casos. Antes de explicitar las diferentes experiencias que abarca la expresión yo amo, en este segundo capítulo vamos a presentar una descripción general de la capacidad de amar. Parece que Pedro es capaz de amar en la medida en que desarrolla tres capacidades básicas. Son como tres dimensiones y tres componentes de la experiencia de amar: capacidad de placer, capacidad de afecto y capacidad de elección. Las expresiones que vamos a analizar permiten descubrir esos tres componentes en la experiencia cotidiana. La experiencia del placer se traduce por la expresión yo deseo; la experiencia de afecto, por la expresión me siento a gusto contigo; y la experiencia de la elección o de la opción, por la expresión yo elijo.

1.

Yo deseo

La expresión yo deseo, que Pedro utiliza para identificar lo que siente por María, alude a una incitación de orden erótico y sexual con respecto a María. La persona que desea le agrada físicamente: una fuerza, calificada de instinto, le lleva hacia esa persona, suscitando en él un deseo de contacto e intercambio físicos, fuente de placeres muy variados que se encadenan hasta llegar a la cima del orgasmo. La expresión hacer el amor, que designa la relación sexual, es ambigua, ya que se refiere a un comportamiento que puede tener diferentes significados. Ocurre, por ejemplo, que Pedro hace el amor sin poder decirle a la persona que está con él: yo te amo. Por otra parte, hacer el amor, o comprometerse eróticamente con otra persona, puede formar parte de la expe-' rienda yo amo. En algunos casos, es incluso la dimensión que aparece como más central en la experiencia del amor, aunque la dimensión del placer no es sino un elemento de la experiencia de amar. Puede integrarse o no con los otros componentes. El capítulo siguiente —yo te amo— describirá la integración propia de la experiencia amorosa. - 18 -

Lo cierto es que, cualquiera que sea la importancia que se dé a la dimensión del placer, ésta es inherente a la capacidad de amar. Es importante, por tanto, situarla en el conjunto del desarrollo de la persona. El que ama es un ser carnal y sexuado. Esto es, por lo demás, lo que hace de él un ser de placer. Incluso de su actitud para descubrir los jalones del placer y del desplacer depende, en muy buena medida, su crecimiento personal. Si Pedro ha podido aprender, por ejemplo, a caminar, es gracias a ese dinamismo del placer. El placer, que va unido al funcionamiento de sus músculos, le permitió dar sus primeros pasos en la vida. A pesar del dolor de caídas ocasionales, el placer fue más fuerte y le llevó a un estadio más avanzado de su desarrollo físico. Lo mismo ocurre con el gusto, la sensibilidad táctil y los demás sentidos, que guian a Pedro a través de la alternancia placer-desplacer, ayudándole a dar con lo que es bueno para él. En su búsqueda de relación interpersonal, Pedro se guía también por la dimensión placer-desplacer. Es el dinamismo del placer lo que le permite, por ejemplo, hallar a su pareja en la experiencia de amar. Cuando Pedro afirma que desea a María, está expresando el estímulo erótico que le produce la presencia de ésta. Aún no dice, ni hay necesidad de que lo diga, que ama a esa mujer, sino que expresa una capacidad de placer que llegará a ser un elemento importante en una eventual vinculación amorosa.
«Entonces, un ermitaño, que visitaba la ciudad anualmente, se adelantó y dijo: 'Habíanos del placer'. Y él respondió diciendo: 'El placer es un canto de libertad, pero no es la libertad. Es la eclosión de vuestros deseos, pero no es su fruto. Es una llamada de la profundidad a la altura, pero no es ni el abismo ni la cima. Es el prisionero que levanta el vuelo, pero no es el espacio que lo envuelve. Sí, es verdad: el placer es un canto de libertad. Y me gustaría veros cantarlo de todo corazón, pero no que perdierais el corazón al cantarlo.

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Al negaros el placer, muchas veces no hacéis más que acumular el deseo en los pliegues de vuestro ser. ¿Quién no sabe que lo que hoy se omite queda a la espera de un mañana? También vuestro cuerpo conoce su herencia y su justa necesidad, y no quiere ser engañado. Y vuestro cuerpo es el arpa de vuestra alma. Y de vosotros depende arrancar de él una música dulce o unos sonidos confusos'» (Khalil Gibran: El Profeta)

Con mucha frecuencia se considera el dinamismo del placer como un obstáculo para el desarrollo de la libertad y de la autonomía de la persona, más que como una fuerza de crecimiento. En verdad que la andadura del placer puede entrar en contradicción con el dinamismo de los valores que describiremos más adelante bajo el epígrafe yo elijo. Pedro tiene a veces la impresión de estar sometido a sus instintos, cuando el desarrollo de su capacidad de placef se realiza con detrimento de su capacidad de elección. Esta contradicción aparente plantea el problema de la integración de los diferentes componentes de la experiencia de amar. El eclipse de libertad que se vive en la búsqueda del placer no está ligado, en cuanto tal, al dinamismo del placer, sino a una falta de integración. Es ésta una precisión importante que hay que tener muy en cuenta, porque, a la inversa del eclipse descrito anteriormente, la ausencia de placer también puede convertirse en una traba para la libertad y arruinar la experiencia de amar. La búsqueda de libertad también hace su aparición en la sexualidad, como en todas las demás dimensiones del actuar humano. La madurez sexual, que tiene su manifestación en la capacidad de placer intenso y de abandono sexual, puede ser una fuente de gran liberación. Si la incitación sexual, se vive a veces como una esclavitud, ello no significa que el placer sea una fuerza tiránica que ponga trabas a la libertad. Es, más bien, signo de que quien así lo vive no ha desarrollado una capacidad de elección proporcionada a su capacidad de placer. En cambio, si Pedro ha desarrollado su capacidad de elección y opta por oponerse a la escucha de sus fuerzas instintivas, po20 -

drá alcanzar una calidad de placer que, integrada en la experiencia de amar, se convertirá en una gran fuente de liberación. La cuestión de la madurez psicológica da pie, muchas veces, a confusiones, si no se tienen en cuenta los diferentes dinamismos. Antes de hablar globalmente de la madurez de Pedro como persona, sería oportuno preguntarse por la madurez propia de cada uno de los dinamismos presentes en la experiencia de amar. Por ejemplo, en el plano del placer, la madurez no consiste en reprimir ni en suprimir dicha capacidad de placer, ni siquiera en dominarla, sino, por el contrario, en darle su pleno desarrollo. El dominio de sí hará su aparición en el plano de la integración de los tres dinamismos, pero esa integración supone, primero, el desarrollo de cada uno de los dinamismos. Pedro habrá logrado su madurez sexual en la medida en que se haya hecho capaz de compromiso erótico, capaz de vivir el orgasmo con toda la intensidad del placer que le es debido dentro de la armonía de una relación sexual adulta. Aun cuando, por hipótesis, Pedro no exprese nunca su amor mediante el intercambio sexual, se puede hablar de madurez sexual en la medida en que su capacidad de placer se halle libre de todo condicionamiento social o religioso. Dado que la madurez de la persona es una cuestión gradual, la madurez de Pedro no depende únicamente de su madurez sexual. Pueden, incluso, darse signos de una gran madurez en una persona que viva serios bloqueos en el plano sexual. Una zona de inmadurez no compromete necesariamente el desarrollo de la persona, a condición de que esa zona esté reconocida e integrada en la experiencia del yo. Cabe, pues, concluir que, en la medida en que Pedro viva el deseo y pueda comprometerse eróticamente ante María, estará en posesión de uno de los componentes que un día le permitirán decir: te amo. 2. Me siento a gusto contigo Pedro, capaz ya de placer y de deseo, ha de desarrollar aún su capacidad de afecto, antes de poder comprometerse en los caminos del amor. La experiencia del afecto es muy distinta de la experiencia del deseo. Pedro puede desear a esa mujer que encuentra cada mañana en la calle y que le gusta, sin por ello
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vivir una experiencia de afecto. Puede, inversamente, sentir gran afecto por su madre, su hermana, un amigo, sin vivenciar deseo por ellos. La experiencia del afecto queda aquí reseñada por uno de sus efectos: el de sentirse a gusto en presencia de quien es objeto de ese afecto. A medida que Pedro desarrolla su capacidad de afecto, experimenta toda una gama de sentimientos: simpatía, calor, estima, benevolencia, ternura, confianza, seguridad, dulzura, son términos que nos proporcionan acceso a la experiencia afectiva de Pedro. Cuando experimenta uno o varios de esos sentimientos con respecto a alguien, puede decirle: me siento a gusto contigo. De este modo, expresa esa experiencia mediante el sentimiento de ser comprendido, de ser acogido, de estar en comunicación con el otro, de poder expresarse libremente sin miedo a ser malinterpretado o juzgado por su interlocutor. La capacidad de afecto se hace entonces capacidad de compartir con el otro, de «dejarse vivir» en presencia del otro. La capacidad de afecto, lo mismo que la capacidad de placer, es un dinamismo de crecimiento que se desarrolla al hilo de los días. Gracias al afecto recibido, se sintió Pedro confirmado en la existencia, como vimos en el capítulo anterior. Al oír su nombre, pronunciado cálida y dulcemente por los que le aman, se formó una imagen positiva de sí mismo. En ese afecto recibido bebe él la sensación y el convencimiento de su valor y la confianza básica ante la vida.
Tú me has dado unos hijos más hermosos que los árboles del campo, más blancos que el trigo de las llanuras; el mayor tiene tus ojos, el pequeño los míos, y el otro tu sonrisa. Yo llamo a uno, tú al otro, pero es a~mí, pero es a ti, y a ambos a la vez. (Georges Dor: Canción a mi mujer)

quienes se encuentra, reacciona ahora según un registro afectivo muy móvil. ¿Por qué encuentra simpático a Juan, siendo así que los demás de su entorno le rehuyen? Habría que ser muy listo para poder explicarlo: será mejor constatarlo sencillamente y tomar buena nota de los caprichos del intercambio afectivo. Adquirida la capacidad de afecto, Pedro desarrolla espontáneamente esa aptitud de sentirse a gusto en presencia de alguien. Ese otro es su hermano, su amigo, su colega, su camarada: toda persona, en fin, cuyo encuentro le proporciona alegría, porque con ella se siente libre para decir yo, y libre también para compartir con ella una parte determinada de su experiencia de vivir. Los comentarios que ya hicimos sobre la madurez sexual se aplican también a la madurez afectiva. Muchas veces se ha confundido la madurez afectiva con la capacidad de controlar y hasta de eliminar las propias emociones y sentimientos. Hay ambientes en los que, si Pedro no experimenta afecto alguno, se le considera como un hombre libre que da pruebas de una gran madurez. No es raro encontrar hoy día a personas serias para quienes el afecto es cosa de la adolescencia y la juventud: A mí ya se me ha pasado esa edad..., afirman personas de apenas cuarenta años cuando se las pregunta por su vida afectiva.
Y hablando de sentimientos, ya he dejado atrás los veinte años; ya el amor no es lo que era. Ya no se habla tanto; se hace: ya lo sé. No hace falta que me digas que el romanticismo ha caducado, que, cuanto menos sentimentalismo, más grano en el granero: ya lo sé. No hace falta que me digas que el grito del corazón ya no se publica; que más vale llorar por la vida que ensalzarla hasta las nubes: ya lo sé.
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Fortalecido con esa experiencia, Pedro empieza a desarrollar su capacidad de afecto y a responder, a su vez, a los sentimientos de calor y ternura. Y ante las diferentes personas con
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Que la felicidad no conmueve a nadie, y que hacen falta muchas calamidades para que mi portera se estremezca o para que tú mismo te conmuevas: ya lo sé. Que hay que morder el freno con los dientes, que hay que pegar fuego a los sentimientos y, cuando escasean las ideas, chupar una pastilla de LSD: ya lo sé. Que hoy ya nadie se enternece que eso ya no se lleva, que está pasado de moda y produce «patas de gallo»: ya lo sé. Que hay que ser menos sincero, que han cambiado tanto los tiempos que ni siquiera puedes hablar de tu madre sin que te tomen por marica: ya lo sé. (Ya lo sé: canción de Jean-Pierre Ferland)

La madurez afectiva consiste más bien en desarrollar la propia capacidad afectiva dirigiéndola a un número cada vez mayor de personas. Ello no excluye las relaciones privilegiadas —las describiremos más adelante bajo el epígrafe te quiero mucho—, pero el desarrollo de la madurez afectiva se traduce normalmente en Pedro por aquella calidad de calor humano y de benevolencia que tiñe todas sus relaciones interpersonales. Una de las causas de la frecuente dificultad para recibir y manifestar afecto proviene tal vez, en nuestro ambiente, de un temor casi enfermizo hacia él: se teme que sea un obstáculo para la madurez, un tropiezo para el desarrollo de la persona. Para muchos de nuestros contemporáneos, hablar de un afecto adulto es como hablar de un círculo cuadrado. Afecto y edad adulta son dos realidades que parecen contradecirse mutuamente: el joven se demora en el oasis del afecto; el adulto ha pasado la edad tierna y prosigue su camino por el desierto cotidiano.
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Esa prevención contra el afecto puede tener también su explicación en los reveses, fracasos o sufrimientos que acompañaron al desarrollo afectivo. Vivir el afecto es, al mismo tiempo, ser vulnerable. Dar el propio mundo interior, más aún que dar el propio cuerpo, es conceder al otro un cierto poder sobre uno mismo; es una posibilidad de estrellarse y, a la vez, una posibilidad de amar. Llevado por el afecto que Pedro siente hacia algún amigo, se confía a él y se explaya en su presencia. Si, más tarde, la puerta que ha abierto le da en las narices, lo registrará en su interior como un fracaso y empezará a considerar el afecto como algo peligroso. Al igual que la sexualidad, también el afecto puede, de hecho, convertirse en una traba para la libertad y la autonomía de Pedro. Pero no es que por sí mismo constituya semejante traba. Por sí mismo, el afecto abre al diálogo y es, sobre todo, fuente de liberación, ya que permite ser uno mismo en presencia de otro. Si resulta alienante, será, tal vez, porque no ha sido objeto de elección. El fracaso viene, pues, de la falta de integración de los diferentes componentes de la experiencia de amar, más que de una capacidad excesiva de afecto. Puede ocurrir, por ejemplo, que Pedro se lance, de forma más o menos deliberada, a un intercambio afectivo que más tarde lamente. Desde este punto de vista, cabe deplorar condicionamientos de todo tipo (presiones de grupo, drogas, alcohol, atmósfera de alcoba) que se utilizan a veces para forzar la comunicación. La dosis de alcohol ingerido puede, indudablemente, hacer decir a Pedro muchas cosas sobre sí mismo o llevarle a manifestarse como muy acogedor momentáneamente, porque el alcohol ha liberado su dinamismo afectivo de las inhibiciones cotidianas; pero al día siguiente de tales confidencias, no es seguro que siga conservando esa impresión de liberación, que sólo fue momentánea y aparente. El problema viene de que, en realidad, él no eligió tener aquella comunicación o intercambio. La sensación de haberse, de algún modo, entregado a pesar suyo le proporciona un sentimiento de frustración. Puede entonces atribuir esa frustración al dinamismo afectivo en cuanto tal, pero, de hecho, proviene más bien de una deficiencia en su capacidad de elegir. Contrariamente a esa experiencia de fracaso, si el intercambio afectivo ha sido verdaderamente objeto de elección, Pedro no tendrá la impresión de vaciarse o de alienarse mostrán- 25 -

dose tal como es ante el otro. Lo cual no excluye la posibilidad de experiencias penosas, como es, por ejemplo, una ruptura o una traición del lazo afectivo; pero es poco probable que ese pesar se traduzca en sentimientos de fracaso. Como Pedro escogió lúcidamente comunicarse, es capaz de sobrellevar todas las consecuencias de su opción. El sentimiento que tiene de haber realizado una etapa del camino en su búsqueda de autonomía y de libertad, a pesar del precio que ahora tiene que pagar, queda intacto; y proseguirá su camino hacia la madurez afectiva. La descripción que más adelante haremos de la experiencia te quiero explicitará mucho mejor el camino de libertad seguido en la amistad, así como los riesgos que lleva consigo. 3. Yo elijo

problema surge, sin embargo, cuando esos diferentes dinamismos, por autónomos que sean en su crecimiento respectivo, no se ejercen a modo de automatismos. Contribuyen al crecimiento de Pedro y le ayudan a ser una persona autónoma y libre, pero el desafío de la libertad consiste en que no es algo preestablecido ni automático. En cierto modo, Pedro parece condenado a la libertad, pero no es libre si él no quiere. Ahí es donde interviene la necesidad que tiene de hacerse cargo de sí mismo, de orientar su desarrollo, de elegir. Desde otro punto de vista, los dinamismos del placer y del afecto, lo mismo que las demás necesidades de que hemos hablado, resultan muchas veces conflictivos y sitúan a Pedro en encrucijadas que requieren opciones. Su tendencia al confort y al placer, por ejemplo, le retiene en la cama hasta bien entrada la mañana. De otro lado, la necesidad de ganarse la vida, u otros compromisos, le impulsan a levantarse temprano. La víspera, antes de acostarse, Pedro se ve en una encrucijada. Tiene que hacer una elección: puede poner su despertador a las ocho u optar por dormir indefinidamente. Puede también optar por no optar, fiándose de lo que ocurra espontáneamente al día siguiente por la mañana. No es posible evaluar sólo desde el exterior la capacidad de elección de Pedro. El hecho de que realice el gesto de poner su despertador a las ocho no prueba que haya optado por levantarse a esa hora. Puede ser que actúe como si eligiera, por rutina o por obligación. Es posible, entonces, que, a pesar del timbre del despertador, Pedro no se despierte, evidenciando así que no había optado de verdad por levantarse o, al menos, que la opción que había hecho de levantarse iba en contra de necesidades más profundas que la de levantarse. Se puede constatar, por una parte, que la capacidad de elección se desarrolla en medio de una sucesión de ensayos y errores y, por otra, que es limitada. No puede desarrollarse en contra de necesidades inscritas en la propia carne de Pedro. No cabe, por ejemplo, elegir, a la vez, no comer y seguir viviendo. Muchos filósofos, psicólogos y otros pensadores se han opuesto a la realidad misma de la libertad, «eligiendo» interpretar el devenir humano como puro determinismo. Lo menos que se puede decir de esta postura es que contradice la experiencia
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Pedro puede haber desarrollado su capacidad de placer y su capacidad de afecto; puede haber logrado una gran madurez sexual y una gran madurez afectiva. Pero eso no basta para que pueda decir: yo amo. Tiene todavía que desarrollar su capacidad de elección. Los dos dinamismos ya descritos, el del placer y el del afecto, son dos motores importantes en la experiencia de amar; pero las alusiones que ya hemos hecho a la capacidad de Pedro para evaluar y orientar su experiencia nos introducen en el tercer dinamismo, al que llamamos «capacidad de elección». Cuando Pedro puede decir:yo elijo oyó quiero, pone de manifiesto esa tercera dimensión de la experiencia de amar. La experiencia de la elección abre el problema de los valores y de la ética. A medida que Pedro se ha ido haciendo capaz de placer y de afecto, se ha ido haciendo también capaz de preguntarse acerca de sí mismo, de evaluar y de orientar su propio desarrollo. Ya previamente se manifiesta, de ese modo, como un ser libre; pero su libertad misma se desarrolla en la medida en <¡ue progresa su capacidad de elegir. Abandonado a si mismo, Pedro ya se ve guiado en sus elecciones por el dinamismo del placer y del afecto. El placer que experimenta en comer o en dormir le ayuda, como hemos visto, a llevar a cabo elecciones que le permiten desarrollar su salud física. Además, el afecto que siente espontáneamente orienta las opciones que le conducen hacia sus semejantes. El
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de Pedro, que vive la necesidad y la experiencia cotidiana de hacer opciones. Al estar su capacidad de elección limitada y sometida a ensayos y errores, Pedro se ve abocado a situarse ante unas normas exteriores a él mismo, ante una ética. Como vive en una sociedad estructurada y pertenece a una determinada época, Pedro se encuentra, ya desde el momento en que es capaz de elegir, frente a un conjunto de normas que le son propuestas (o impuestas) como medios para guiar su capacidad de elección. El es libre de utilizarlas o no, de respetarlas o de infringirlas; pero el hecho de que tales normas existan le sitúa en una encrucijada y le obliga a elegir.
A menudo os he oído hablar de quien comete una mala acción como si él no fuera uno de vosotros, sino un extraño ser entre vosotros y un intruso en vuestro mundo. Pero yo os digo, lo mismo que el santo y el justo no pueden elevarse por encima de lo que hay de más elevado en cada uno de vosotros, tampoco el malo y el débil pueden caer por debajo de lo que hay de más bajo en cada uno de vosotros. (Khalil Gibran: El Profeta)

Al igual que la sexualidad, con sus exigencias, podía suponer un obstáculo para la libertad de Pedro, y al igual que el afecto podía eclipsar su capacidad de elección, también las normas exteriores pueden ser un tropiezo en la evolución de Pedro. Elegir no es fácil: existe siempre la posibilidad de que las normas preestablecidas insten a Pedro a dimitir de su yo. Entonces elige una solución prefabricada, al encontrarse en una encrucijada de opciones. La autoridad y la ley, por ejemplo, se hacen criterios casi absolutos, y Pedro reduce su capacidad de elección a adoptar el punto de vista o las exigencias de otros. Cuando surge un conflicto, el automatismo encadena su capacidad de elección a unas normas externas. De este modo, Pedro no utiliza verdaderamente su capacidad de opción si realiza el gesto de poner el despertador a las ocho únicamente porque la sociedad en que vive exige del padre de familia que esté en su despacho o en su puesto de trabajo a las nueve. Hace como si, pero con ello no progresa lo más
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mínimo en la tarea de auto-responsabilizarse. La consecuencia de no levantarse a pesar del despertar puede no ser muy grave, pero, en la medida en que ese hecho simboliza una negativa habitual a elegir, la consecuencia sí es mucho más seria, porque Pedro se está privando de un dinamismo esencial para la experiencia del yo y para la experiencia de amar. Y entonces puede convertirse en esclavo de sus instintos o en víctima de las presiones externas en la orientación de su propio «devenir». Hay otra actitud, diametralmente opuesta a la del sometimiento a las normas externas, que también puede manifestar una negativa a elegir: consiste en rechazar a priori cualquier norma externa. La actitud Zorba o hippie puede llamarnos a engaño. Una cosa es rechazar determinadas normas, e incluso rechazar a toda una sociedad a la que se percibe como alienante y esclavizadora, y otra cosa es rechazar toda norma. De hecho, el más original de los «hippies» o el más auténtico de los «Zorbas» será libre en la. medida en que sea capaz de avaluar su actuación y de elegir por sí mismo los gestos que realice. Una ética, sea cual sea su contenido, en la medida en que se utilice como guía, también puede, por tanto, convertirse en instrumento de liberación. Dicha ética permite a Pedro orientarse con mayor seguridad en los caminos del amor. Si un día deseara, por ejemplo, a su hermana, sería una manifestación normal de su capacidad de placer; si hiciera con ella el amor y tuvieran un hijo, comprometería seriamente el desarrollo de los tres. Una ética adoptada por él libremente puede ayudarle, en tal circunstancia, a dominar su impulso erótico y canalizarlo por otros cauces. Entonces realiza una elección que le hace más libre: no sólo libre para experimentar el impulso erótico sin sentirse presa del pánico, sino libre también con respecto a su propia capacidad de placer. La capacidad de elección, guiada por una ética apropiada, aparece, por tanto, como una dimensión más del desarrollo humano. Tras haber hablado de madurez sexual y madurez afectiva, podemos hablar ahora de la madurez ética de Pedro para designar su capacidad de evaluar su experiencia y su capacidad de actuar en función de las opciones que tome. En la medida en que Pedro adquiera esa madurez ética, será capaz de decir verdaderamente: yo o yo elijo. Y también se habrá hecho capaz de decir: yo amo. -29-

4. Yo amo Las páginas anteriores describen tres dinamismos que se completan entre sí en la experiencia de amar. En la medida en que Pedro adquiera su madurez sexual, afectiva y ética, será capaz de decir: yo amo. El siguiente gráfico permite visualizar la progresión de esos tres componentes en el proceso de autoresponsabilización. Pedro es un ser que busca la libertad en el placer, en el afecto y en las opciones que toma.

...en la experiencia del placer Inmadurez sexual: «Tengo miedo» Tendencia a ser uno mismo, un ser autónomo y libre...

\
...en la experiencia del afecto Madurez afectiva: «Me siento a gusto contigo» ...en la experiencia de la elección Madurez ética: «Yo elijo» YO AMO

..en la experiencia del placer Madurez sexual: «Yo deseo» Tendencia a ser uno mismo, ..en la experiencia del afecto un ser autónomo Madurez afectiva: «Me siento a gusto y libre... contigo» ...en la experiencia de la elección Madurez ética: «Yo elijo» Cuadro 1: Los componentes de la experiencia de amar

Cuadro 2: Experiencia de amar sin madurez sexual

YO AMO

J

Juan Pedro, por su parte, puede vivir una experiencia de amar diferente, en la que él ya no es dueño de sí en cuanto entra en la vía del placer. Es incapaz, por ejemplo, de aplazar el intercambio sexual con María, aun siendo consciente de que para ella supone un esfuerzo o la realización de un gesto que va contra sus valores fundamentales en el plano ético. Su falta de madurez ética atrofia su experiencia de amar; pero la falta de control ético no le impide llegar a una gran madurez sexual y afectiva. Cuando pronuncia las palabras yo amo, traduce una experiencia que podemos representar de la siguiente manera:

Ya hemos visto que la madurez de Pedro no es cuestión de «todo o nada». Ciertamente, la expresión yo amo tiene tanto mayor significado cuanto más libre es la persona que la pronuncia; pero, de hecho, la experiencia de amar es vivida por seres limitados. Podemos representar, por medio del gráfico ya utilizado, algunas experiencias de amar que resultan limitadas por falta de madurez en uno u otro de los tres niveles descritos anteriormente. Julián, por ejemplo, que experimenta serios bloqueos en su capacidad de placer, puede ser incapaz de intercambio sexual satisfactorio. Sin embargo, puede comprometerse afectivamente con Luisa y lograr un nivel excepcional de intercambio afectivo: es el tipo de experiencia que representa el gráfico siguiente:
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..en la experiencia del placer Tendencia a ser uno mismo, un ser autónomo y libre... Madurez sexual: «Yo deseo»

,..en la experiencia del afecto Madurez afectiva: «Me siento a gusto contigo» YO AMO

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..en la experiencia de la elección Inmadurez ética: «Es más fuerte que yo» Cuadro 3: Experiencia de amar sin madurez ética

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Por último, Juan Luis puede haber alcanzado una gran madurez sexual y una gran madurez ética, pero se siente incapaz de experimentar auténtico afecto. Es incapaz, por ejemplo, de comunicar su mundo interior o de experimentar un sentimiento de ternura hacia otra persona. Su experiencia puede expresarse del siguiente modo:
...en la experiencia del placer Tendencia a ser uno mismo, un ser autónomo y libre... Madurez sexual: «Yo deseo»

...en la experiencia del afecto Inmadurez afectiva: «No siento nada»

. IYO AMC

Los elementos que hasta ahora hemos recogido nos han permitido describir los principales componentes de la experiencia de amar y señalar algunas de sus limitaciones. Si ahora dirigimos nuestra atención a la experiencia de amar, vivida bajo el signo de la madurez, podremos avanzar en nuestra descripción de lo que vive quien pronuncia las palabras yo amo. Los capítulos que vienen a continuación van a presentar tres tipos de experiencia que difieren entre sí, no ya porque tal o cual dinamismo no haya alcanzado su madurez, sino porque la integración de los tres componentes se realiza de modo distinto. Tres expresiones van a servirnos para identificar tales experiencias. La primera, te amo, designa la experiencia amorosa; la segunda, te quiero, designa la experiencia de la amistad; la tercera, te acompaño, plantea el problema del amor que es objeto de elección, y que suele expresarse con la palabra «caridad».

...en la experiencia de la elección Madurez ética: «Yo elijo» Cuadro 4: Experiencia de amar sin madurez afectiva

Si supiera hablar a las mujeres, no diría casi nada; hablaría como en la iglesia, con los ojos y las manos. Y mi cálido aliento recorrería su cuello; y mi brazo rodearía y curvaría su talle; y con los ojos en éxtasis y el corazón al galope, boca con boca, diría: Sí, te quiero; te quiero mucho. Si supiera hablar a las mujeres, también sabría retenerlas, y sé muy bien que la mía jamás se habría marchado. (Si supiera hablar a las mujeres: Canción de Jean-Pierre Ferland) 32 -

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III Te amo
Las palabras jo arrio suelen dar comienzo a una frase que, por lo general, requiere un complemento. En la experiencia que vamos a describir en este tercer capítulo, será el nombre de una persona lo que sirva de complemento; una persona de la que Pedro está enamorado: Yo amo a María. Para comprender bien la experiencia amorosa, habría que captar esa experiencia en el momento mismo en que Pedro dice al oído de María las palabras yo te amo. Es la expresión que sirve para manifestar la forma de amar de los enamorados. En la experiencia amorosa de Pedro, como en toda experiencia de amar, aparecen los tres componentes descritos en el capítulo anterior. Sus características y la forma en que se desarrollan pueden describirse con estos tres títulos: la expresión quiero que seas mióla caracteriza el dinamismo del placer; la expresión es contigo con quien me encuentro a gusto caracteriza el dinamismo del afecto; la expresión me abandono a ti caracteriza el dinamismo de la opción. 1. Quiero que seas mío/a Para llegar a enamorarse, como hemos visto, Pedro debe haber alcanzado una cierta madurez sexual: ser capaz de decir yo deseo. Podrá haber vivido momentos de deseo muchas veces, con ocasión de sus primeros «ligues» o al hilo de encuen- 35 -

tros pasajeros. Cuando se enamora, su capacidad de placer se hace selectiva y se dirige hacia aquella en la que se ha fijado entre todas las demás. La experiencia del yo deseo o ella me gusta, vivida con ocasión de un encuentro pasajero, se hace mucho más central: se instala progresivamente como una ola de fondo que lleva a Pedro hacia María, una y otra vez, en busca del eco que permita el abandono recíproco del uno al otro. A medida que se entabla el diálogo amoroso, Pedro traduce su experiencia en frases como quiero ser tuyo y quiero que seas mía. Tal vez no lo diga con palabras, pero su boca, sus manos, su mirada... se harán intérpretes de su experiencia. La intensidad del deseo vivida en la experiencia del enamoramiento proviene de que todos los dinamismos del amor se armonizan y se conjugan en el seno de una misma relación: es toda la fuerza del instinto la que se pone al servicio del amor. Esa intensidad, por otra parte, hace más difícil la satisfacción del deseo. La persona amada es demasiado importante para que Pedro se arriesgue a romper la relación afectiva por una satisfacción sexual prematura. Por eso la capacidad de elección desempeña un papel importante en la experiencia amorosa, porque permite, entre otras cosas, diferir la satisfacción sexual. La intensidad que alcanza el deseo en la experiencia del enamoramiento despierta, a veces, la capacidad de placer de Pedro hasta un auténtico desenfreno. Pedro se convierte entonces en una persona apasionada, capaz tanto de sobrepasarse en la expresión sexual de su amor como de violencias extremadas si no recibe la respuesta que espera de su amada. En determinados momentos, la violencia puede ser tal que, si la formulara, se traduciría en frases como: te odio, te mataría. Es otra manera de decir quiero que seas mía, y una variación, paradójica pero auténtica, de la experiencia yo te amo.
...vivo toda la gama de sentimientos posibles hacia ti. Espero tu llamada; hace dos días que no vivo. Te amo y te aborrezco; quisiera hacerte daño, que sufrieras, y caer en tus brazos... Hoy no he hecho nada; sueño, me imagino un montón de cosas, me siento muy vulnerable, tengo ganas de llorar y no me gusta sufrir, no quiero sufrir... Intento defenderme, me hago todo tipo de razonamientos, me prohibo a mí mismo pensar, miro tu foto y te amo. Y aquí sigo - 36 -

esperando; es insostenible, no puedo más, te digo en voz baja las cosas más espantosas, y después te digo que te quiero... (Fragmento de una carta)

La expresión quiero que seas mióla subraya, igualmente, que ese deseo se vive entre dos seres libres. El propio placer de ambos depende de la calidad de su abandono respectivo, y esta calidad depende, a su vez, de la opción que una y otra parte hagan de vivir ese abandono. Más adelante describiremos esa opción bajo el título yo me abandono a ti. La experiencia amorosa de Pedro no puede, pues, reducirse a la simple posesión del cuerpo de la persona a la que ama. No es, en modo alguno, quiero tu cuerpo, ni siquiera te quiero a ti, como se desearía un objeto. La experiencia que Pedro vive se expresa auténticamente por la frase quiero que seas mía, es decir: quiero que quieras que yo te quiera; quiero poseerte pero, en la medida misma en que tú quieras abandonarte; y quiero abandonarme a ti en la medida misma en que tú quieras poseerme. El dinamismo del placer,, antes incluso de que el dinamismo del afecto entre en juego y antes de que intervenga la ética, exige ya el respeto por la persona amada. Pedro aprende en la experiencia amorosa, casi siempre a través de ensayos y errores, que él no se encuentra plenamente satisfecho — sexualmente hablando— más que en la armonía de ese abandono querido por ambas partes. También es muy frecuente que ese abandono de la persona amada se produzca después de un rechazo, mitad táctica mitad prudencia, que agudiza el deseo de Pedro y prepara un abandono más pronunciado. Pedro vive entonces la experiencia, muy satisfactoria, de conquistar a la que ama. Su lenguaje corporal, lo mismo que el verbal, puede traducir la experiencia siguiente: te seduzco, te tomo, te hago mía, si bien persiste el hecho de que es a ti como ser libre a quien tomo, a ti, que eliges abandonarte y que deseas ser tomada en estas condiciones. Nótese que María, por su parte, puede vivir la misma experiencia: el aspecto de conquista, que suele atribuirse al hombre, no es en absoluto monopolio suyo. Puede ser útil disipar aquí el equívoco que algunos moralistas introdujeron (involuntariamente, sin duda) al designar el orgasmo sexual con la expresión placer completo. El placer
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completo supone mucho más que un orgasmo que distiende físicamente y proporciona un cierto placer. El que se masturba de forma compulsiva sabe perfectamente que el llamado «placer completo», condenado por el moralista, dista mucho de ser completo. El placer es un dinamismo que se cultiva y cuyos refinamientos no son alcanzables fuera de una relación interpersonal. El moralista tiene razón, sin duda, al poner en guardia contra la masturbación, pero no porque sea fuente de placer completo y porque tal placer sea dañoso, sino, más bien, porque puede privar a Pedro de una búsqueda amorosa que le conduciría al verdadero placer completo. 2. Es contigo con quien me encuentro a gusto

dan vivir juntos. Piensa, por ejemplo, fundar un hogar que hará de su amor fuente de nueva vida.
Los hijos que yo tenga serán altivos y poetas; tendrán por corazón una guitarra y afición a los veleros. Mitad tú, mitad yo, los hijos que yo tenga quiero que se parezcan a ti y se parezcan también a mí. (Los hijos que yo tenga: Canción de Jean-Pierre Ferlahd)

Para enamorarse, Pedro ha de ser capaz de placer. Y también ha de ser capaz de afecto. Su madurez afectiva influye en su experiencia amorosa: le permite entablar una verdadera relación interpersonal con María y vivir el abandono sexual como una apertura de todo su ser en presencia de aquella a quien ama. El dinamismo afectivo se traduce en la frase me siento a gusto contigo. La expresión traduce, en Pedro, un sentimiento de confort psicológico en presencia de alguien hacia quien experimenta sentimientos de simpatía, de estima, de ternura, de calor, de dulzura o de confianza. Una vez enamorado, Pedro sigue cultivando su capacidad de afecto; incluso es probable que su registro afectivo se amplíe y que de ello se beneficie un número creciente de personas. Pero, de todas sus experiencias afectivas, ninguna alcanza la intensidad de la que vive en presencia de María. El vínculo psicológico que se crea en la experiencia del enamoramiento adopta la forma de la exclusividad, que se traduce en la expresión «es contigo con quien me encuentro a gusto». La expresión no es completamente exacta, ya que Pedro puede también sentirse a gusto en presencia de sus amigos, pero subraya el carácter exclusivo de la vinculación afectiva tal como la vive con María. María se ha convertido para Pedro en una compañera casi indispensable, que forma ya parte de él, psicológicamente hablando. Por otra parte, él piensa muy frecuentemente en elaborar o rehacer con María proyectos de futuro en los que pue- 38 -

Afectivamente, Pedro tiene la sensación de ser cada vez más él mismo en presencia de María. De esa misma relación afectiva recibe una nueva fuerza que le permite entregarse a nuevos proyectos y le proporciona muchas veces una audacia insospechada hasta entonces. Tal vez de aquí provenga la exclusividad del vínculo amoroso, porque parece como el trampolín que Pedro elige en su búsqueda de libertad y autonomía. Esta afirmación puede parecer paradójica, ya que, por una parte, la exclusividad que se crea entre Pedro y María puede verse como una traba para la libertad de quien se abandona. Tal sería, efectivamente, el caso si María se hiciera de tal modo indispensable para Pedro que éste perdiera su propia capacidad de elección. La relación amorosa se haría entonces acaparadora y fuente de alienación para Pedro. Pero, en la medida en que él conserva la responsabilidad de su propio hacerse, la relación amorosa puede ampliar sus dinamismos de crecimiento y acelerar el desarrollo de su persona hacia la autonomía y la libertad interior. En el último capítulo veremos cómo se inscribe esta experiencia amorosa en el conjunto del desarrollo humano. De momento, Pedro está enamorado, y María está constantemente presente en él. Ella se ha convertido en su punto de referencia continuo. Piensa en ella, hace proyectos para agradarla, le gusta confiarse a ella y manifestarse ante ella tal como es. Notemos, sin embargo, la diferencia entre la experiencia amorosa del adulto, que tiende hacia el intercambio personal cada vez más verdadero, aunque a veces pueda resultar doloro- 39 -

so, y la experiencia del adolescente, que busca la admiración y quiere impresionar con sus proezas a su amada. La capacidad de afecto del adolescente es todavía informe. Trata de hacerse valer por lo que hace, más que por lo que es. La estima o la admiración que de ello recibe o cree recibir —ya que María, que capta esa necesidad que él tiene de ser valorado, puede hacerle el juego, lo cual no le impedirá divertirse un poco a su costa cuando, más tarde, comente con Luisa las jactancias de Pedro— le da a Pedro un soporte afectivo. En cambio, una vez adulto, tiene necesidad de una mayor autenticidad y no duda en mostrarse tal como es en presencia de María. Necesita ser amado no ya por lo que haga o por lo que quisiera hacer, sino por lo que realmente es. El intercambio amoroso adquiere, pues, la forma de una comunicación cada vez más auténtica entre Pedro y María que se nutre del recíproco descubrimiento del mundo interior de cada uno. Puede ocurrir, sin embargo, que el tiempo transcurrido en encontrarse a gusto,físicamentehablando, en presencia de María, favorezca en Pedro una pasividad que afecte al compartir afectivo. Y puede suceder también que la ausencia de ese compartir se convierta en el verdadero escollo de la relación amorosa. Por miedo a romper la relación si mostrara sus propios aspectos negativos, Pedro puede introducir en su relación el virus de la ambigüedad, que se irá desarrollando hasta la experiencia del ya no te quiero, experiencia que describimos en el último capítulo.
Cuando ella te habla, te tiende las manos, su boca acaricia tu cuello, te toca, te oprime, te palpa... No puedes decir una palabra sin que ella te abrace. Una conversación con ella es una caricia que se desplaza por tu piel como el pico de un ave entre el grano. (Félix Leclerc: Le calepin d'un fláneur)

do en ausencia de la amada, que le hace emprender en ocasiones largos viajes para verse con ella, subraya, a su manera, el carácter exclusivo del vínculo amoroso. María no es reemplazable. El afecto de un amigo, de un padre o de un hijo no puede colmar el vacío creado por la ausencia de la persona amada.
Tres días sin ti, y quedan otros cincoTres años sin ti... tres siglos sin ti... Estás tan lejos y te siento tan cercaTodo me habla de ti, todo lo que veo y todo lo que hago. Te amo... (De un Diario íntimo)

La exclusividad afectiva presenta también facetas que, en ocasiones, oscurecen la experiencia del enamoramiento. El hecho de que Pedro pueda decir a María: es contigo con quien me encuentro a gusto le lleva, por ejemplo durante una ausencia prolongada de María, a una experiencia dolorosa y penosa que él traduce en la frase: me aburro. El aburrimiento del enamora- 40 -

La exclusividad afectiva explica también por qué una relación amorosa no puede desarrollarse a distancia o sin el tú a tú prolongado. Estando como están en el centro de esta relación amorosa la dimensión física y la capacidad de placer, Pedro y María no pueden seguir enamorados si no se conceden mutuamente tiempo para estar juntos o si las circunstancias les separan durante un tiempo excesivo. Tal vez, Pedro viva también la experiencia de la espera, que expresa a su modo la exclusividad del vínculo amoroso. La espera, cantada por los poetas y descrita por los novelistas, forma parte de la experiencia del enamoramiento como la espina forma parte del rosal. Y están también los celos. En la experiencia de los celos, Pedro se encuentra con otra «espina» del amor. En el plano sexual, él decía: quiero que seas mía; la exclusividad afectiva le hace añadir implícitamente: quiero que seas sólo mía. No sólo estará celoso de un eventual amante de María, sino, a veces, incluso de sus amigos, de cualquier confidente o de cualquier persona que suscite en María una cierta forma de abandono. 3. Me abandono a ti Así pues, a pesar de las espinas, Pedro ha descubierto la rosa. Para él, «lo importante es la rosa». En el intercambio - 41 -

afectivo y sexual que vive con María está haciéndose cada vez más él mismo; está haciéndose cada vez más libre. Para vivir libremente la experiencia amorosa, Pedro ha de ser capaz de elegir, como ya hemos visto en diversos momentos. Si no ha desarrollado esta capacidad de elección, podrá, sin duda, enamorarse y vivir una relación significativa con María, pero el precio podría ser muy elevado. Cabe la posibilidad, por ejemplo, de que viva ese amor como una fatalidad que le arrastra a pesar suyo. Si pusiera la responsabilidad de su relación fuera de él, resultaría incapaz de dirigirla y orientarla. Si sobreviniera un final desgraciado o de consecuencias imprevistas, acusará a los dioses o a cualquier otra fuerza oscura de la que se sienta víctima. Además, existe el peligro de que viva su relación amorosa bajo el signo del temor, de la vergüenza, e incluso bajo el signo de la culpabilidad o de la aversión. Además . de retrasar la propia auto-responsabilización y el propio acceso a la autonomía, ese tipo de amor está sembrado de asechanzas y desilusiones. Desde el momento en que surge la experiencia del deseo, ésta se hace determinante y empuja a Pedro por caminos no elegidos por él. Podrá hacer el amor muchísimas veces, sin jamás optar por ello verdaderamente y sin, por otra parte, alcanzar las cimas del placer. Afectivamente, podrá adentrarse por las sendas románticas que le abre la ternura de María, pero sin que esas sendas conduzcan nunca hasta la verdadera apertura de su mundo interior, que es la única forma de auto-responsabilizarse verdaderamente y de crear una vinculación duradera con la persona amada. Por el contrario, en la medida en que Pedro logra su madurez ética, se hace capaz de elegir: puede comprometerse de veras en el intercambio sexual y afectivo. Optando por el abandono de sí, se descubre tal como es, a la vez que vive la experiencia de verse confirmado por aquella a quien ama. El abandono, vivido en el plano físico y afectivo, se convierte en el signo de un amor adulto: es objeto de elección.
...¿Puedo yo abandonarme realmente sin ser dependiente? Vivo momentos de abandono total, y después me arrepiento; pero cada vez estoy más convencido de que es posible. Yo creía que cuanta menos confianza tuviera en mí, más fácil sería abandonarme; pero hoy estoy comprobando que aquello era un simulacro de abandono, casi un deseo de anonada- 42 V

miento, de perderme en la otra persona, la única importante. Ahora creo que cuanta más fe tenga en mí, cuanto más verdaderamente me ame a mi mismo, tanto más sincera y profundamente podré abandonarme, porque ya no temeré perderme... (De un Diario íntimo)

Puede parecer paradójico hablar de elección en la experiencia del enamoramiento. «Yo no elijo enamorarme o no enamorarme». En cierto sentido, así es, y no es fácil determinar por qué Pedro se enamora de María y no de Luisa o de Lucía, que pueden parecer más agraciadas que María. Hemos visto que la libertad de Pedro no es una libertad absoluta, y que se mueve dentro de los límites de unas leyes o de unos determinismos físicos, psicológicos y sociales. Además, aunque la «chispa» inicial del enamoramiento no sea objeto de elección, el mantener y alentar las brasas sí depende de las opciones de Pedro. En este sentido, puede decirse que la experiencia amorosa que él vive es objeto de elección, porque será auténtica y satisfactoria en la medida en que Pedro elija vivirla. La madurez ética de Pedro no sólo le permite abandonarse sanamente en el intercambio sexual y afectivo. También le permite, cuando es preciso, diferir la satisfacción sexual e imponerse, con serenidad, las frustraciones impuestas por las circunstancias o los imprevistos de la relación amorosa. Si Pedro no hubiere alcanzado la madurez ética, se enfadaría con María si ésta, por ejemplo, le rechazara por uno u otro motivo, o bien se vería invadido por la tristeza, hasta el punto de romper incluso el intercambio afectivo, encerrándose en la soledad. El Pedro adulto en el plano ético vivirá la frustración que se le impone, pero seguirá compartiendo afectivamente, haciendo una elección que tenga en cuenta la realidad. Es también la madurez de su capacidad de elección la que permite a Pedro adoptar una ética que oriente sus dinamismos sexual y afectivo. Al ser nueva cada relación, Pedro deberá encontrar por sí mismo su propio camino, y muchas veces lo logrará a través de una sucesión de ensayos y de errores. Hay indicadores que le permitirán, sin embargo, evitar un determinado número de errores: otras personas los cometieron anterior- 43 -

mente, y él puede aprovecharse de la experiencia ajena. Si, por ejemplo, surge en él un impulso de violencia, que le hace sentir deseos de golpear a María por no responder a sus insinuaciones sexuales, una ética centrada en el respeto a la persona le evitará, tal vez, incurrir en el craso error de golpearla y le hará descubrir después, una vez que haya pasado el acceso de violencia, que ha padecido una falta de libertad y que ha errado en su búsqueda de autonomía. El Pedro que adopta las normas de una ética, ha elegido un guía que le ayuda a trazar su camino. Lo cual, como hemos visto en el capítulo anterior, conlleva el riesgo de que Pedro se exima de realizar una elección personal, basándose en que tal cosa está permitida o no está permitida. Cuando era adolescente y soportaba la ley, antes de hacerse capaz de elegir, procedía así. Hoy, quizás experimente una reacción de alergia frente a la ley, percibida como alienante, pero puede también alcanzar la suficiente madurez como para no privarse del instrumento de liberación que le proporciona una ética percibida como guía del comportamiento. 4. Te amo Pedro ya ha integrado, pues, los tres componentes esenciales de la experiencia de amar en su elección de vivir la experiencia amorosa: se ha hecho capaz de decirle a María: quiero que seas mía; es contigo con quien me siento a gusto; me abandono a ti. Todo eso lo resume en una fórmula más grave, aunque no menos densa: te amo. Si alguno de los tres componentes descritos en las páginas anteriores llegara a faltar por completo, no sólo ya no podría Pedro decir: te amo, sino que cuantos intentos hiciera por vivir la experiencia de amar resultarían, probablemente, simples caricaturas del amor. Héctor, por ejemplo, que reduce a su mujer a una esclavitud tal que la convierte en un objeto a su disposición, no experimenta ternura alguna y no concede ningún valor a la persona de su mujer. Tal vez experimente algún placer en dominarla; pero si, para formular su experiencia de dominación, empleara las palabras yo amo a mi mujer, estaría empleándolas de un modo abusivo. La falta de los componentes afectivos y éticos
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hacen de su experiencia una caricatura de amor. Ama a su mujer como se ama a un buen perro, pero la palabra ya no designa la experiencia de amor aquí descrita. Y lo mismo Juan-Francisco, que busca consuelo en una casa de prostitución, donde compra un placer momentáneo, vive una experiencia sexual, pero difícilmente dirá te amo a la mujer que está con él sin experimentar una sensación de falsedad. Aun cuando, en el plano ético, elija libremente esa experiencia sexual, ciertamente no tiene tiempo para comprometerse afectivamente con esa persona de la que es cliente. Si emplea las palabras te amo, habrá que pensar que está refiriéndose a otra persona, a la que ama verdaderamente y con la que, tal vez, trata de encontrarse en esa experiencia sexual.
Cuando abrazo a Silvia, es en ti en quien pienso; y si vuelvo a hacerlo, es porque me aburro. Me faltas tú, y te amo; y para encontrarte acaricio a Julia, pensando acariciarte a ti. Cuando bailo con Lina, cierro los ojos, siento tu pecho y me haces muy feliz. Si mi mano vaga en ocasiones por la piel de otra, es porque el amor me engaña, pues creo estar contigo. Te busco, pero no siempre te encuentro; te busco, mi amor, con todo mi amor. (Te busco; Canción de Jean-Pierre Ferland)

Por su parte, Juan Carlos, que quiere ser un hombre y da ya sus primeras muestras de ello, puede intentar hacer el juego del amor con Luisa, a la que quiere, pero la falta de deseo o de
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afecto profundo le lleva también a una caricatura de amor. Las palabras te amo, que pronuncia, no son suyas, sino del hombre que querría ser. En la medida en que Luisa sea una persona adulta, no se dejará engañar y se dará cuenta del juego, aunque acepte de buen grado los esfuerzos de este amante todavía en ciernes. Estos ejemplos de relaciones pseudo-amorosas que acabamos de exponer subrayan, a su modo, la necesidad de integrar los dinamismos del placer, del afecto y de la elección en la experiencia de amar. Cuando la integración se realiza bajo el signo de la relación amorosa, es la capacidad de placer la que parece ocupar el primer puesto. Se puede caracterizar la experiencia te amo diciendo que todas las fuerzas instintivas de Pedro se ponen al servicio de su amor por María. El compromiso sexual no basta, como hemos visto, pero es el que ocupa el lugar central. Los componentes afectivo y ético aparecen como fuerzas de enmarque que canalizan la energía sexual de Pedro. Podemos representar esta forma de integración mediante el gráfico que ya utilizamos al final del capítulo anterior. El primer componente se representa ahora como la «onda» principal, cuyo grosor supera el de los otros dos. Los componentes afectivo y ético acompañan a esa onda principal y están representados por ondas de menor grosor:
...en la experiencia del placer Tendencia a ser uno mismo, un ser autónomo y libre... Madurez sexual: «Quiero que seas mía» <. ¡;
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te: estoy exultante, son las palabras que emplea para describir la sensación de liberación que está viviendo. Esta experiencia vivida por quien pronuncia las palabras te amo aparece como una brecha abierta hacia un mundo de libertad. Es uno de los caminos que conducen a la autonomía.
...hay días en los que este amor me asfixia, me desborda... Y hoy es uno de esos días en los que todo estalla y querría gritarle al mundo entero que te amo, que es posible ser feliz amando así. Cuando se es demasiado feliz, te hace daño en la garganta, te oprime, y tienes necesidad de gritar para librarte de ello; tienes la sensación de ahogarte de alegría y felicidad... ...Sí, me encadeno a ti cada vez más, pero me gusta esta cadena de amor que me ata a ti. Para mí, la falta de libertad no es atarse a alguien; es no poder ser uno mismo con ese alguien; y yo, contigo, soy cada vez más yo y cada vez más libre... (De un Diario íntimo)

...en la experiencia del afecto Madurez afectiva: «Es contigo con quien me siento a gusto»

TE AMO

...en la experiencia de la elección Madurez ética: «Me abandono a ti» Cuadro 5: La experiencia amorosa

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La experiencia amorosa vivida en toda su madurez transforma a Pedro y le proporciona la sensación de vivir plenamen- 46 47 -

IV Te quiero
Pedro, enamorado de María, traducía su experiencia de amar con las palabras te amo. Las palabras te quiero nos servirán ahora para identificar la experiencia de la amistad, que es otra forma de integrar los tres dinamismos del placer, el afecto y la elección, el segundo de los cuales aparece ahora como el más central, y lo describiremos en primer lugar bajo el epígrafe me siento libre contigo. Los otros dos componentes, que también son elementos esenciales de la amistad, se tratarán, respectivamente, bajo los epígrafes me encanta verte y comparto contigo. 1. Me siento libre contigo

La capacidad de afecto que describíamos en el capítulo II era presentada como una capacidad de vivir y de decir en presencia de alguien: me siento a gusto contigo. Es el punto de partida de la experiencia de amistad. El desarrollo afectivo de Pedro, de Juan, de María o de Luisa es cada vez una aventura nueva. Varía mucho de una situación a otra. Sin embargo, parece que el medio afectivo en que se desarrolla el niño influye siempre de manera decisiva en su futuro afectivo. El afecto es una realidad que se aprende: el niño lo recibe, en primer lugar, de los más próximos, por quienes se siente

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amado; el adolescente lo cultiva creando fuera del hogar nuevos lazos afectivos que le permitan auto-responsabilizarse y llegar a ser él mismo; el adulto,finalmente,lo desarrolla hasta su madurez, lo cual le permite comprometerse con respecto a otras personas y establecer lazos de amistad. La expresión establecer lazos de amistad parece paradójica. Cuando Pedro vive la amistad, establece un verdadero lazo que es una atadura real en el plano afectivo. Pero, a la vez que el amigo se convierte en un ser significativo para él, la experiencia que está viviendo le abre caminos completamente nuevos en su búsqueda de libertad. Pedro se siente ligado verdaderamente por la amistad que tiene con Juan, pero ese vínculo se produce bajo el signo de la gratuidad. Es lo que expresa la frase me siento libre contigo. Con su amigo, Pedro puede decirlo todo, mostrarse tal como es. Las obligaciones, normas o tabúes, que tantas veces emponzoñan las relaciones interpersonales, desaparecen ante Juan. Pedro se siente libre. Libre no sólo respecto de obligaciones, sino libre también respecto de su amigo. El vinculo mismo de la amistad se halla bajo el signo de la libertad: Juan es cada vez más importante en la vida de Pedro, que le quiere, pero cada uno sigue su camino personal. Desde este punto de vista, la experiencia de la amistad es lo contrario de la experiencia amorosa, que se traduce, en el plano afectivo, en las expresiones es contigo con quien me siento a gusto e incluso no puedo vivir sin ti. La diferencia está en que, en el vínculo amoroso, Pedro asocia a María a su propio futuro hasta el punto de que, psicológicamente hablando, ella forma parte de él; en tanto que, en la amistad, Pedro sigue solo y elige el camino de la soledad, fuera de los momentos de encuentro con su amigo. Otra paradoja del dinamismo afectivo es que, cuanto más se desarrolla, más hace crecer la capacidad de soledad. Una soledad que resultará penosa, sin duda, en determinados momentos muy difíciles de la vida; pero una soledad plena, en la que la auto-responsabilización acarrea la libertad interior. Por lo demás, esa misma mayor posibilidad de soledad es la que pone el vínculo de la amistad bajo el signo de la libertad. La comunicación que se establece entre Pedro y su amigo, en la medida en que sea una amistad adulta, no supone ningún tipo de detrit

mentó para el que se confía. Si tal cosa sucediera — no olvidey mos que también en este caso Pedro tendrá que avanzar a través de ensayos y de errores—, la amistad daría paso a un lazo de dependencia que destruiría la propia amistad, porque haría imposible el compartir recíproco. Si viviera una dependencia de ese tipo, Pedro tendría la sensación de vaciarse: lejos de percibir la comunicación como una fuente de liberación, la vivirá como algo alienante e insatisfactorio. El adolescente, que aún no es dueño de su dinamismo afectivo y muchas veces se lanza a hacer confidencias sin haber elegido verdaderamente hacerlo, experimenta la sensación de haberse vaciado al día siguiente de tales confidencias, provocadas quizá por una atmósfera de camaradería. Tal vez sea en esos momentos cuando nacen los temores que, más tarde, hacen a muchas personas adultas incapaces de afecto y de amistad. Por otra parte, cuando Pedro alcanza su madurez afectiva, entonces ya puede entablar comunicación cada vez más intensa con Juan, sin que nunca pueda dejar de decir: me siento libre contigo.
Pero dejad que haya espacios en vuestra mutua cercanía y que los vientos del cielo dancen entre vosotros. Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una atadura; que sea más bien un mar móvil entre las costas de vuestras almas. Llenad el uno la copa del otro, pero no bebáis de una sola copa. Compartid vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo. Cantad y danzad juntos y estad alegres, pero no perdáis vuestra independencia: las cuerdas del laúd van cada una por su lado, pero vibran en idéntica armonía. Dad vuestro corazón, pero no para que el otro lo guarde. (Khalil Gibran: El Profeta)

El amigo, pues, es un interlocutor que permite una mayor comunicación consigo mismo. El amigo es un catalizador cuya presencia permite llegar hasta el fondo de uno mismo. Y entonces Pedro se hace más autónomo y más capaz de soportar la soledad, porque, al recorrer sus moradas interiores, podrá no sólo conocerlas, sino «amueblarlas» y disponer
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en el fondo de sí mismo un ámbito psicológico en el que vivir a gusto. Ahora se comprenderá por qué el amigo es tan importante, a la vez que nunca resulta indispensable. La ausencia del amigo es completamente distinta de la ausencia de la persona amada. La persona a la que Pedro ama le resulta indispensable y, si se ausentara demasiado tiempo, las «espinas» de la espera y el aburrimiento, a las que aludíamos anteriormente, podrían sumirle en la tristeza y paralizar su actividad cotidiana. Por el contrario, la persona a la que Pedro quiere (el amigo) puede ausentarse el tiempo que sea, y Pedro seguirá viviendo tranquilamente, aunque sin negar la soledad que pueda experimentar por su ausencia. No sólo no deja de avanzar en su auto-responsabilización y en su búsqueda de libertad, sino que lo experimentado con Juan le incita a crear amistades. El carácter no exclusivista del lazo de amistad elimina, efectivamente, las espinas de los celos y del hastío que jalonan las sendas de los enamorados. Lo cual no significa que la amistad pueda suplir la experiencia amorosa. No sólo cada una de ellas contiene riquezas que no son reemplazables, sino que además pueden coexistir ambas. Nada impide que Pedro, enamorado de María, trabe amistad con Juan, Francisco, Luisa y otras muchas personas. Además, el amigo de mi amigo se convierte en amigo mío, y ello en virtud de la libertad inherente al vínculo de la amistad. Lo cual, ciertamente, no sucede en el caso del vínculo amoroso, que se vive en la exclusividad. No es fácil imaginar que un posible amante de María sea amigo del Pedro enamorado. En la experiencia amorosa, Pedro se entrega a María con el sentimiento de una pertenencia recíproca, lo cual excluye dos experiencias simultáneas de este tipo. En la amistad que siente por Juan, Pedro no tiene la sensación de pertenecer a su amigo. Más bien, gracias a la amistad aprende a pertenecerse cada vez más a sí mismo. Lo cual no le impide entregarse y vivir una cierta forma de abandono psicológico; pero, al entregarse a alguien que no le acapara y que no le desea, siente plenamente él mismo, libre para volver a abandonarse a una nueva experiencia de amistad cuando Juan le abandone. El abandono pasajero no crea un sentimiento de pertenencia. No es cuestión, por tanto, de traición de la amistad el hecho de que se multipliquen los amigos. - 52 -

La amistad aquí descrita puede parecer un fenómeno excepcional que no coincide con lo que ordinariamente solemos designar con la palabra «amistad». Tal vez se deba a que la calidad de la amistad depende de la calidad de la autonomía de las partes implicadas, la cual es una cualidad del yo que se adquiere progresivamente. Por lo demás, si se acepta la necesidad de avanzar a través de ensayos y errores, que es algo propio del ser en devenir, toda amistad puede tender progresivamente hacia esa libertad que le es debida. Lo cual supone, en ambos amigos, un grado de madurez en su capacidad de elección, tal como la describiremos más adelante. Habría que subrayar, una vez más, que el miedo al afecto y a la sexualidad ha contaminado, en algunos medios, la experiencia de la amistad, haciendo que se ciernan sobre ella los espectros de la amistad particular y de la infidelidad conyugal. Dado que la capacidad de afecto de cada persona se desarrolla a través de ensayos y errores, el componente ético puede servir de guía en su desarrollo; pero si las normas morales suplantaran y alienaran la capacidad de elección, los errores se acumularían y no permitirían a Pedro auto-responsabilizarse y corregir la trayectoria de su desarrollo afectivo. Supongamos que Pedro vive, con respecto a Juan, una vinculación que resulta acaparadora y exclusiva e incluso acompañada de una experiencia de deseo en el plano sexual. Es señal, ante todo, de que Pedro está desarrollando su dinamismo afectivo. Si se esgrime inconsiderablemente el espectro de la amistad particular, con el fin de romper esa relación perversa que une a Juan y a Pedro, se atribuirá a este último la imagen de un ser depravado, un homosexual, un desviado sexual, un anormal; lo cual conlleva un doble mensaje: por una parte, se le dice a Pedro que es víctima de unas fuerzas instintivas que le dominan; por otra, se le insinúa que es incapaz de trazarse su propio camino y que debe remitirse a una ética para protegerse de sí mismo. Si, por el contrario, se le reconoce a Pedro la posibilidad de elegir por sí mismo en el momento en que hacer saber a Juan el afecto que siente por él, puede crearse una relación de amistad del tipo de la que hemos descrito más arriba. Pedro se sentirá entonces libre para compartir lo que está viviendo con un interlocutor que le acoja, y será capaz - 53 -

de recuperar el control de su propio desarrollo afectivo, eligiendo aquello que le parezca más apropiado. Lo mismo hay que decir de las restricciones afectivas impuestas a las personas casadas en nombre de una fidelidad conyugal concebida, igualmente, bajo el signo del temor y como protección contra uno mismo. Más que reforzar la capacidad de elección del marido que ama a otra mujer, se le somete a tutela en nombre de unas normas preestablecidas. Lo cual no sólo obstaculiza su desarrollo afectivo, contaminándola de temor o de vergüenza, sino que contribuye más que cualquier otra cosa a minar su fidelidad. Más adelante hablaremos de la relación hombre-mujer en un contexto de amistad, así como de la fidelidad. 2. Me encanta verte

Cuando Pedro se enamoró, no lo hizo necesariamente de la primera mujer que había conocido. Antes de llegar a decir a María: te amo, tal vez trató con Luisa, con Elena, con Marta, con Lola y con otras muchas. Sin duda, a cada una de ellas pudo decirle: me siento a gusto contigo. Ya entonces empezaba a comprometerse afectivamente con la amiga a la que invitaba a bailar o a ir al cine. También es posible que Luisa se adelantara a Pedro en el camino del amor y le dijera un día: te amo, sin que Pedro supiera qué responder. En el plano sexual, Luisa comunica: quiero que seas mío; pero Pedro no puede responder más que: me encanta verte o bailar contigo, pero no te amo. Pedro, que quiere a Luisa, probablemente experimenta el despertar del placer al contacto con su amiga, pero no vive el compromiso del deseo amoroso. El placer que él experimenta es muy distinto, pues, del placer que Luisa le propone. Aun suponiendo que Pedro haga el amor con Luisa, a la que la quiere de ese modo, vivirá una experiencia muy diferente de la que eventualmente llegará a vivir en la experiencia del enamoramiento. En último término, podría decirle a Luisa: quiero hacer el amor contigo, pero no te amo. De la misma manera, en su relación con Juan puede Pedro estar a gusto en compañía de su amigo. Si su educación no le ha llenado la cabeza de tabúes, o si vive en un medio social - 54 A

que permite la expresión afectiva, quizá traduzca su bienestar de manera física, con un caluroso abrazo. Si pertenece a un medio más «reservado», tal vez se contente con un buen apretón de manos al encontrarse con Juan; pero, de todas formas, la dimensión del placer ocupa un lugar en su experiencia de amistad. Si la orientación sexual de Pedro está más orientada a las personas de su mismo sexo, quizá trate incluso de integrar más la dimensión del placer en su relación de amistad con Juan, complaciéndose entonces en el contacto físico con su amigo. O bien, si se orienta abiertamente a la relación homosexual, tal vez viva con Juan una relación amorosa que, aun siendo homosexual, se asemeje mucho a la experiencia descrita en el capítulo anterior. Fuera de estos casos excepcionales, lo cierto es, sin embargo, que el dinamismo del placer desempeña un papel más discreto en la relación de amistad. La amistad puede incluso desarrollarse sin contacto físico. Esto permite, por ejemplo, que personas que han contraído el compromiso del celibato limiten su capacidad de placer, aun viviendo amistades muy profundas. Por lo que se refiere a la relación hombre-mujer, puede perfectamente desarrollarse en la línea de la amistad. Muy a menudo, el miedo al instinto ha impuesto prohibiciones en el plano de las relaciones hombre-mujer vividas fuera del matrimonio. Cualesquiera que sean las opciones de Pedro y la ética que le guía, puede comprometerse perfectamente en una relación de amistad con Luisa y con Marta sin dejar de estar enamorado de María. Si adopta, por ejemplo, una ética en virtud de la cual se prohibe a sí mismo todo intercambio sexual fuera de su relación conyugal, y si Luisa, a la que quiere, adopta la misma ética, el compartir afectivo que viven podrá muy bien seguir el camino de la amistad. La realidad de la amistad hombre-mujer es más evidente aún en el seno de la familia. El Pedro que abraza calurosamente a su hermana, a su tía o a su prima no está necesariamente queriendo decirle quiero que seas mía. El propio compromiso afectivo, guiado por una ética apropiada, actúa como elemento de control. Pedro integra su capacidad de placer subordinándola al dinamismo afectivo: «Porque te quiero, me prohibo de- 55 -

searte, aun cuando te encuentro atractiva y estimulante en el plano sexual».
Me río del mundo entero cuando Frédéric me recuerda nuestros amores veinteañeros, nuestras penas y complicidades y a los amigos de la escalera, hoy dispersos a los cuatro vientos... No éramos poetas ni curas ni tunantes, pero papá nos quería. ¿Te acuerdas de los domingos, alrededor de la mesa, cómo reíamos y discutíamos mientras mamá nos servia? Pero después... (Canción de Claude Léveillée)

Los ejemplos de relaciones afectivas que hemos reseñado amplían la descripción que hicimos antes de la relación privilegiada entre Pedro y Juan. No es posible restringir el intercambio afectivo a esos pocos amigos que suscitan en nosotros un trato privilegiado. En la vida, cada vez que Pedro se siente a gusto con alguien, cada vez que tiene la satisfacción de ver a tal o cual persona o de charlar con ella, encuentra un apoyo que le hace más llevadero el peso de la vida diaria. El registro afectivo varía mucho de una persona a otra. Hay quienes viven mejor solos, mientras que otros tienen muchos amigos. Pero, en conjunto, parece que la experiencia del me encanta verte es un condimento de la vida bastante universal. 3. Comparto contigo Comunicarse es aceptar un riesgo. La sensación de calor, de simpatía o de confianza puede permitir a Pedro adoptar una postura con respecto a Juan, pero no le exime del riesgo de la comunicación. «Dejarse vivir» en presencia de otra persona y abrirle el propio mundo interior es, a la vez, hacerse vulnerable y aceptar el riesgo de poder sentirse herido. Si Juan no está dispuesto a escuchar lo que le digo de mí; si, por ejemplo, le an- 56 -

gustio o le hago ponerse a la defensiva, puede que sea incapaz de sobrellevar lo que yo le comunico. Lo que entonces sucede es que la comunicación fracasa. Incluso en una vieja amistad de diez o quince años puede producirse el final del intercambio afectivo. Pedro vive, pues, el riesgo de la comunicación cada vez que se dispone a compartir algo con Juan. Esta es la razón de que la apertura del propio mundo interior, aun cuando el afecto la facilite, siga siendo una empresa peligrosa que debe ser objeto de elección. Esta capacidad de elegir aparece en Pedro como una tercera dimensión de la amistad y es tan indispensable como las otras dimensiones. Cuanto más desarrolla su madurez ética, más capaz se hace de amistad. Otro aspecto del riesgo vivido por Pedro en el compartir afectivo proviene del hecho de que nunca sabe lo que va a compartir. La comunicación no consiste, efectivamente, en enviar a otra persona un contenido que le llegue por la puerta principal y perfectamente empaquetado. Comunicarse es también ponerse en situación de cambio; es tomar una senda que a veces conduce a ciertas zonas de uno mismo todavía poco exploradas. La expresión «dejarse vivir en presencia del otro» ilustra también el riesgo que Pedro ha de asumir en el momento en que decide compartir. La confianza que entonces manifiesta a su amigo no consiste sólo en valorar el hecho de que este último sea capaz de recibir lo que él desea comunicarle; esto es relativamente fácil. La confianza que debe tener es, además, confianza en sí mismo, porque se refiere a lo que imprevistamente puede uno descubrir de sí mismo si deja que su amigo sea un catalizador de su mundo interior. La experiencia vivida cuando se siente a gusto en presencia de Juan le impulsa a compartir, pero la opción ha de tomarla de acuerdo con su capacidad de elegir.
Cuando el amor os llame, seguidlo, aunque el camino sea duro y difícil. Y cuando sus alas os envuelvan, rendios a él, aunque la espada escondida entre sus plumas os hiera. Y cuando os hable, creed en él, aunque su voz destroce vuestros sueños como el viento del norte devasta los jardines. (Khalil Gibran: El Profeta)

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La opción de compartir es importante, porque, si Pedro se lanza a una comunicación que él no ha elegido, corre el peligro de no poder sobrellevar todas sus consecuencias. Si se deja arrancar confidencias a pesar suyo, tal vez descubra que comunicarse es también aumentar la propia soledad, ya que, cuanto más me comunico, tanto más acceso tengo a zonas de mí mismo que son incomunicables. Y si la experiencia de la soledad se vive sin haberla elegido, puede dejar un regusto que haga percibir toda comunicación como algo doloroso y peligroso. En cambio, si Pedro elige compartir, es señal de que se posee a sí mismo lo bastante como para hacer frente a la soledad y asumirla como precio de su libertad.
...yo creo que, cuanto más profundamente nos comunicamos con alguien, más intensamente experimentamos la soledad. Desde que te amo, he compartido contigo muchas cosas y me has hecho conocer distintos puntos de vista desde los que pensar y vivir, algunos de los cuales los he comprendido y aceptado perfectamente, mientras que he sido incapaz de comprender otros. He descubierto muchas cosas verdaderamente nuevas para mí, porque tú eres muy distinto de mí; y creo que a ti te ha ocurrido lo mismo. Pero, cuanto más me adentro en temas que son importantes y esenciales para mí, tanto más tengo la impresión de ser la única que piensa de ese modo, y supongo que lo mismo te ocurre a ti. ¿ Crees tú que también esto puede reducirse a nada, como sucede con la espera ? ¿ Crees que algún día podremos comunicarnos de tal modo que ya no exista distancia alguna...? (Tomado de una carta)

solo impulso de los dinamismos sexual y afectivo, deberá contar con tener que pagar el precio de la culpabilidad o de la vergüenza, que son signos de haber abdicado de su capacidad de elección. Lo que dijimos en el capítulo anterior acerca del recurso a normas externas se aplica igualmente a la experiencia de la amistad. 4. Te quiero

Pedro, capaz ya de sentirse libre en presencia de Juan, de encontrarse a gusto en su compañía y de compartir con él, se ha hecho también capaz de decir: te quiero. Las descripciones que hemos hecho muestran, sin embargo, que la amistad no se improvisa, sino que se construye. Al igual que todos los demás aspectos del desarrollo humano, la experiencia de la amistad sigue también el camino del ensayo y el error. Cuando Pedro elige la amistad y el riesgo de compartir, elige una forma de integración de los tres componentes de la experiencia de amar. El centro de gravedad, que en la experiencia del te amo se situaba en el plano sexual, se desplaza ahora hacia el segundo componente. El gráfico que ya hemos utilizado en el capítulo anterior nos permite visualizar el tipo de integración que es propio de la experiencia de la amistad. El mayor grosor de la «onda» central marca el aspecto dominante en este caso:

...en la experiencia del placer

Pedro debe también desarrollar su capacidad de elección para integrar su capacidad de placer y poder dominarla si llega el caso. El ejemplo de la amistad que Pedro tiene con su hermana o con su prima ilustra esta necesidad de una madurez ética. Pedro debe, pues, situarse en el plano de los valores: ¿cómo desea integrar su sexualidad?; ¿va a reservarla para compartirla en la relación amorosa vivida dentro del matrimonio?; ¿va a expresar sexualmente el afecto que siente hacia Luisa, Elena o Lola e incluso hacia Juan? Ninguna norma exterior preestablecida le dispensará de adoptar decisiones personales a este nivel. Si no se sitúa en el plano ético, corre el peligro de verse continuamente sometido a conflictos de valores; o si actúa bajo el - 58 -

Madurez sexual: «Me encanta verte» Tendencia a ser uno mismo, un ser autónomo y libre....

...en la experiencia del afecto Madurez afectiva: «Contigo me siento Ubre» TE QUIERO

...en la experiencia de la elección Madurez ética: «Comparto contigo» Cuadro 6: La experiencia de la amistad

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Pueden surgir conflictos en la integración de estos tres componentes. Ya hemos visto a Luisa invitar a Pedro a compartir placeres que a él le eran inaccesibles, porque se sentía incapaz de decirle a Luisa: te amo. Es una experiencia bastante frecuente la confrontación de las dos formas de amar que se formulan en las expresiones te amo y te quiero. Aunque Pedro quiera a Luisa, ¿qué puede hacer ante una declaración de amor a la que es incapaz de responder? Sin prejuzgar la opción de Pedro, se pueden contemplar tres salidas: La primera posibilidad que se le ofrece a Pedro es la de romper la relación y dejar de verse con Luisa. El precio de esta opción es un sentimiento de fracaso: fracaso para Luisa, que se siente abandonada tras haber asumido el riesgo de declarar su amor, y fracaso para Pedro, que quizá tenga la sensación de huir de una relación conflictiva. Al parecer, el miedo a los instintos o una falta de libertad ante Luisa es lo que motiva muchas veces esa opción. Una segunda posibilidad es la de seguir el juego amoroso y comprometerse en un intercambio en el que las palabras te amo precedan a la experiencia del amor. El precio de tal opción puede ser la vergüenza o la culpabilidad, que aparecerán el día que Luisa, al darse cuenta del juego, reproche a Pedro el haberla engañado. Con todo, si Luisa es una mujer adulta y posee una mínima experiencia de la vida y del amor, no se dejará engañar y se negará a meterse en semejante callejón sin salida. Finalmente, una tercera posibilidad es la de la batalla. Tanto Pedro como Luisa viven lo que cada cual tiene que vivir, sin trampear con sus sentimientos y sin falsas culpabilidades. Pedro se convierte, ciertamente, en una fuente de continua frustración para Luisa; pero, si él permite que ella exprese sus expectativas y sus exigencias amorosas, aun cuando éstas revistan aspectos de violencia o de maldad, el vínculo de amistad puede mantenerse y progresar. Dentro de esta opción caben otras tres salidas. Un primer caso: Pedro se acerca cada vez más a Luisa y se enamora de ella; un segundo caso: Luisa renuncia a su agotadora lucha y se convierte en la amante de Pedro, tal vez canalizando eventualmente sus impulsos amorosos hacia otra persona; y cabe un tercer caso: que la batalla se prolongue indefinidamente y Pedro y Luisa vivan una extraña relación, que será una mezcla de te amo, te quiero, te detesto, com- 60 -

parto contigo, te mataría... Relación que, por lo demás, puede llegar a ser un camino hacia la autonomía de Pedro y de Luisa.
Quisiera decirte cuánto te amo, pero no con las palabras de todos los días. Quisiera hacerte un poema que fuera más bello que el amor. Mientras llegue ese día, he cubierto mi amor con un velo de amistad. Pero mañana... quién sabe cuándo será ese díaEs nuevo para mí el amar con esta calma y esta serenidad. Y me pregunto ansioso si se trata de amor o de amistad. Para no perder tu amistad, trato de encauzar mi amor, pues no puedo vivir por entero lo que siempre vivirá en mí. (D'un voile d'amitié: Poema de autor anónimo)

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1. Te acojo Pedro, que es profesor, recibe en su despacho a un alumno que no suscita en él ni placer ni afecto. Desde un punto de vista teórico, sabe perfectamente que la relación interpersonal que establezca será muy importante para el desarrollo de este alumno. Ahora bien, Osear (que así se llama el alumno) no tiene nada de atractivo, ni física ni psicológicamente: no es guapo ni simpático. Y surge la pregunta de si será posible amarle sin caer en una caricatura y sin prostituir la frase yo amo. La respuesta depende de la opción que Pedro haga de acompañar a este muchacho. Pero, como ya hemos visto, la libertad de Pedro no es absoluta, sino que se mueve dentro de ciertos límites que él puede identificar y respetar en las opciones que tome. Una primera condición de la relación de acompañamiento es la estima de uno mismo. Con frecuencia, el mandamiento del amor ha propiciado caricaturas por no haberse considerado suficientemente la segunda parte: como a ti mismo. La actitud de desconfianza respecto de la persona humana ha suscitado una imagen de la caridad que parece ejercerse en detrimento de quien la vive. Es como si, por ejemplo, Pedro tuviera que elegir entre él y su interlocutor. Ante Osear, es como si Pedro tuviera que elegir entre sacrificarse por él o sacrificar a Osear en favor de su propio bienestar psicológico. Este modo de plantear el problema es falso y contradice la experiencia de quien vive una verdadera experiencia de acompañamiento. Si' el problema de la caridad se plantea en términos de elección, sólo una parece posible: la de elegirse a sí mismo. Más adelante veremos, bajo el epígrafe tu me desagradas, cómo se puede resolver el dilema que entonces plantea el mandamiento del amor. Digamos, de momento, que el que hace un acto de caridad auténtica no reniega de sí Vnismo, ya que conserva siempre la sensación de estar viviendo una experiencia en la que progresa hacia su propia autonomía. La experiencia de la caridad que se encuadra bajo el lema de la experiencia yo amo supone autenticidad. Si Pedro se permite vivir sin engaños los sentimientos que en él despierta la presencia de Osear, entonces será capaz de hacer la opción de acoger a Osear. Podrá tomar esa opción en la medida en que haya logrado una madurez ética y en la medida en que perciba - 63 -

V Te acompaño
¡El amor no se impone! Esto es evidente cuando se piensa en la experiencia te amo o te quiero. A lo más, se puede decir que, aunque no se imponga, sí se cultiva, porque son las opciones de Pedro las que pueden llevarlo a término. En cambio, aunque el amor no se imponga, si es objeto, al menos, de mandatos. Ya cuando Pedro tenia dos años y andaba dando vueltas con aire amenazador alrededor de la cuna de su hermanito, su madre le decía: tienes que querer a tu hermanito. Y está también el Evangelio cristiano, centrado todo él en el mandamiento del amor. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; o ama a tu prójimo como a ti mismo. La fórmula imperativa ama nos introduce, pues, en una tercera forma de vivir la experiencia de amar. Se dan aquí, como sucede siempre que se pronuncian las palabras yo amo, los tres componentes del placer, el afecto y la elección. La integración, esta vez, se lleva a cabo, sobre todo, en tomo a la dimensión ética, poniendo en primer plano la capacidad de elección. La describiremos, en primer lugar, bajo el epígrafe yo te acojo. Los otros dos componentes, los del placer y el afecto, los describiremos a continuación bajo los epígrafes tú me desagradas y tú me aburres. - 62 -

a Osear como a un ser en devenir, cuyo valor es incontestable. Es evidente que el paso de un sistema de valores construido entre las cuatro paredes del despacho al «test» de la realidad, cuya ocasión ahora es Osear, no se lleva a cabo sin tropiezos y sin dolor. Aquí, como en los demás casos, la experiencia de amar sigue el camino del ensayo y el error. Tal vez Pedro haya experimentado una enorme satisfacción leyendo, a tal o cual filósofo que habla del respeto infinito debido a la persona, y sin duda estará profundamente de acuerdo con ese psicólogo que le muestra cómo cada ser humano es único. Pero el «test» de Osear resulta más brutal: la experiencia, un tanto romántica, vivida ante las páginas de un libro, da paso a una experiencia espontánea que se formula con las palabras tú me repugnas. Pedro parece estar lejos de la caridad cuando pronuncia interiormente tales palabras; sin embargo, seguramente no está en mal camino. Más adelante, veremos, bajo el epígrafe tú me desagradas, cómo puede llevar a una experiencia de amar que sea auténtica. Una vez identificada por Pedro su experiencia negativa frente a Osear, podrá elegir entre proseguir la relación y comprometerse de verdad en la experiencia j o te acojo. La madurez ética de Pedro tal vez le haya dado ya ocasión de aprender que el descubrimiento de una persona, aunque se produzca sin el éxtasis amoroso o de amistad, es siempre una experiencia satisfactoria que abre, cada vez que se produce, un camino nuevo hacia la libertad. Frente a Osear puede, por tanto, optar por ponerse a la escucha del mundo interior de su interlocutor, con la certeza de encontrar allí la belleza. Se crea, pues, un vínculo de solidaridad; solidaridad en la experiencia de la vida y del camino hacia la libertad. Pero, para seguir el camino del acompañamiento, hace falta otro prerrequisito. Pedro puede decir: yo te acojo en la medida en que pueda decir: yo creo en ti, creo que detrás de tu rostro tan poco agraciado y de tus modales tan toscos hay una fuente de vida que puede convertirse en un manantial refrescante. El mandamiento del amor puede, en este caso, hacer que la experiencia de Pedro sea creadora. El compromiso de toda su persona con Osear puede hacer que brote el manantial, que, de lo contrario, tal vez no pasaría de ser un pozo subterráneo.
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La invitación a amar a su prójimo, e incluso a su enemigo, puede despertar en Pedro una experiencia auténtica que se formule con las palabras yo te acojo o yo te confirmo.
...Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús respondió: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos salteadores que, después de despojarlo y golpearlo, se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote que, al verlo, dio un rodeo. Del mismo modo, un levita que pasaba por aquel lugar lo vio y también dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verlo, tuvo compasión; y acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándolo en su proipia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. A l día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: 'Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva'. ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Le contestó el otro: «El que tuvo misericordia de él». Y le dijo. Jesús: «Pues ve y haz tú lo mismo». (Parábola del Buen Samaritano: Lucas 10,29-38)

2.

Me desagradas

A pesar de su opción de comprometerse en la experiencia yo te acojo, Pedro, sin embargo, experimenta un primer sentimiento de repulsa frente a Osear. La impresión de desagrado que le produce la presencia de Osear frena la capacidad de placer en Pedro y se convierte en una fuerza que lo aleja de él: tú me desagradas, me disgustas, me repugnas. La opción que Pedro ha hecho de acoger a Osear, probablemente le impida expresar en voz alta su sensación; sin embargo, la autenticidad de la relación exige que Pedro pueda decírselo a sí mismo sin miedo y sin vergüenza. La estima que de sí mismo tiene y la confianza que deposita en el dinamismo del amor permiten a Pedro aceptarse de ese modo, sin escamotear ninguno de los sentimientos que le invaden. Siendo como es un ser de placer, vive ante Osear una frustración absolutamente normal, de la que brota espontáneamente la experiencia de desagrado. Si Pedro se acepta en todo su ser, podrá también aceptar la experiencia del desagrado sin temor a quedar anega- 65 -

do por ella y sin rechazar las opciones que el mandato del amor le propone. Por el contrario, la experiencia no vernalizada es la que más suele minar el camino del amor o de la caridad. Muchas veces, el obstáculo proviene de que Pedro persigue un ideal muy elevado en el plano de los valores. Si no es suficientemente consciente de que él es un ser de placer o si carece de madurez ética, Pedro verá el dinamismo del placer como una traba para su libertad. Incluso, puede que niegue sutilmente las experiencias que no puede asumir e identifique caridad con ausencia de reacciones emotivas. Eso no es realista: la falta de autenticidad que supone entonces el valor de la caridad mal entendida constituye el verdadero obstáculo a la caridad. Un enemigo no identificado es siempre más peligroso y difícil de dominar que un enemigo declarado que se enfrenta abiertamente. Si Pedro, ante Osear, es capaz de decirse interiormente: me repugnas, estará en mejores condiciones para dominar esa experiencia de desagrado e integrarla en la experiencia más central del acompañamiento. Pedro no siempre consigue verbalizar al instante los sentimientos que le alejan de Osear o de José. Pero, si entabla otra relación de amistad y aumenta asi su capacidad de afecto, puede desarrollar esa aptitud de «dejarse vivir» delante de otra persona. Cuanto más incondicionalmente haya sido acogido por Juan o por otros amigos, tanto más capaz será de acogerse a sí mismo sin condiciones, adquiriendo así la capacidad de sumergirse resueltamente en los remolinos del desagrado sin temor a ahogarse en ellos. Si todavía no ha alcanzado tal grado de virtud, siempre podrá pedir ayuda a alguno de sus amigos para lograr formular lo que vive en presencia de Osear. Juan o Luisa, por ejemplo, le sirven entonces de catalizadores y le permiten tomar conciencia de que lo que siente ante Osear es una verdadera repugnancia. Las palabras o imágenes que utiliza para formular sus emociones son, pues, sus arneses: no aminoran la fuerza del instinto, pero le permiten utilizarla conforme a las opciones que ha hecho. Una vez más, constatamos que es la falta de madurez ética o la falta de confianza en sí mismo lo que hace al instinto tan amenazador, y no el hecho de que el instinto sea un déspota incontrolable. - 66 -

Ser capaz de placer es, pues, al mismo tiempo, ser capaz de displacer. La madurez sexual, lejos de eliminar las frustraciones, las hace más profundas y dolorosas. Sólo desarrollando una capacidad de elección y una capacidad de afecto proporcionadas a su capacidad de placer, podrá Pedro resolver el dilema que le plantea el mandamiento del amor en presencia de Osear. El ser libre sufre ciertamente tanto o.más que quien niega sus emociones; pero nunca sufre más allá de un determinado límite, porque nunca pierde la sensación de ser él quien dirige su propio devenir y quien lleva las riendas.
Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe. Aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera bastante fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no' tengo caridad, de nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. La caridad todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (Himno a la caridad: / Cor 13,1-8)

El dilema de Pedro de sentir repugnancia por Osear y, sin embargo, estar decidido a acompañarle a pesar de todo, se resuelve, pues, con la aceptación del displacer y con la opción lúcida de ir más allá del placer. Pedro ya no elige entre Osear y él mismo, sino que vive a la vez las dos experiencias: me desagradas y te acojo. Opta, pues, por seguir la senda que le ofrece la segunda experiencia al comprometerse en una relación de acompañamiento. 3. Me aburres

Integrar esta experiencia del displacer ante Osear, que le desagrada, tal vez no sea lo más difícil para Pedro, que opta por acoger a su interlocutor. Más difícil es cuando aparece la antipatía. ¿Es posible integrar tal sentimiento en una experiencia auténtica de caridad? Si, además de no agradarme, «me - 67 -

aburres», si no despiertas en mí la menor atracción en el orden psicológico, el menor afecto, simpatía, ni siquiera aprecio o confianza, ¿es posible seguir diciéndose amo y comprometerse en una experiencia de acompañamiento? Pedro se encuentra ahora ante el obstáculo más serio de la relación interpersonal. Aun cuando él sea consciente de tal dificultad y la verbalice, aun cuando consiga decir a Juan: Osear me aburre mortalmente, todavía distará mucho de estar seguro de que su antipatía irá disminuyendo. Puede, incluso, suceder que una «corriente de resaca» actúe sutilmente contra la opción que ya ha tomado de acompañar a Osear o a José. Y puede verse abocado, si se acepta como un ser limitado, a alejarse afectivamente de Osear o de José, habida cuenta de su incapacidad para neutralizar el virus de la antipatía. El peligro que acecha a Pedro, sobre todo si no ha alcanzado la madurez ética, es el de declinar la responsabilidad de la «resaca» y atribuirla a fuerzas misteriosas o a su interlocutor, al que clasificará en la categoría de personas antipáticas. De hecho, no existe persona alguna antipática o detestable por sí misma. Esos términos se refieren siempre a una relación interpersonal, y Osear sólo puede ser antipático si alguien vive con respecto a él la experiencia de la antipatía. Pedro puede constatar que, al contrario que Juan, Osear o José sirven de catalizador de experiencias de rechazo. De ahí a hacer a José o a Osear responsable de sus sentimientos negativos, no hay más que un paso. Pero el Pedro adulto se impedirá dar ese paso. Es cierto que José, con su comportamiento, es al menos la ocasión de la antipatía que Pedro siente. Pero no es menos cierto que Pedro sigue siendo enteramente responsable de lo que en él surge. Aun cuando la antipatía sea muy difícil de sobrellevar y se convierta en un desafio para la capacidad de autoresponsabilizarse, lo cierto es que sigue siendo objeto de elección. Elección que en este caso no se refiere al hecho de sentir o no sentir esa antipatía: eso no se elige; pero, a pesar de ello, Pedro puede seguir eligiendo la forma de reaccionar ante esa antipatía. Pedro tiene diversas posibilidades de elección ante ese Osear que le aburre. Ya hemos mencionado la primera, que consiste en alejarse y romper la relación interpersonal con él, y que Pedro puede poner en práctica sin sentir culpabilidad, con tal - 68 -

de que lo haga apelando a sus limitaciones personales. O puede también, y ahora más que nunca, sentirse tentado a elegir a Osear en detrimento propio. Por querer vivir prematuramente un ideal que no tiene en cuenta su necesario proceso, Pedro puede comprometerse en una experiencia de carácter voluntarista, y entonces realiza los gestos de la caridad y de la acogida, pero la relación es totalmente artificial. Además, Osear corre el riesgo de sentirse aún más rechazado que si Pedro se alejara de él efectivamente. Las circunstancias de la vida imponen a veces limitaciones a la autenticidad, y Pedro no siempre puede interrumpir una relación para la que no se siente suficientemente libre, sino que esto también depende de una elección. Los gestos de la caridad, si se realizan sin que la experiencia de acogida domine las oleadas de displacer y de antipatía, no producen como resultado la caridad, lo mismo que hacer el amor no proporciona el deseo a quien no lo tiene. Pedro habrá de correr, por tanto, con las consecuencias de la elección que haga.
Para ser una hay que tener en no dejarse porque eso te buena dama caritativa mucho cuidado robar a las mendigas dejaría sin trabajo.

Para ser una buena dama caritativa hay que ser buena, pero no débil; por eso he tenido que tachar de mi lista a una mendiga que trataba con un socialista. Para ser una buena dama caritativa hay que tricotarlo todo en color caca de ganso, para que el domingo, en la misa mayor, pueda una reconocer a sus propias mendigas. (Canción de Jacques Brel)

Además del alejamiento, Pedro tiene otras posibles opciones. En algunos casos puede optar, respecto a José, que le cae antipático, por compartir con él su propia experiencia y asociar al propio José a su búsqueda de una relación auténtica. Es una opción difícil y que requiere una madurez ética poco común, ya que es como conceder hospitalidad a quien acaba de matar a un amigo. José es quien mata, de alguna manera, el dinamismo afectivo de Pedro o lo frustra profundamente. Si, a pesar de - 69 -

eso, Pedro comparte su experiencia de aburrimiento con quien es su ocasión, se hace extremadamente vulnerable ante José. Por difícil que sea, se trata de una opción posible y puede permitir a Pedro alcanzar un alto grado de libertad. Pero hace falta que Pedro esté verdaderamente convencido de que el aburrimiento que le inspira José es problema suyo y no de José; de lo contrario, José se sentiría juzgado y rechazado, y entonces se pondrá a la defensiva, o quizá se culpabilice, haciendo que Pedro tenga buena conciencia, pero sin ayudarle a liberarse de veras del aburrimiento. En cambio, si Pedro consigue comunicar su sentimiento sin que José se ponga a la defensiva —cosa que depende también de José, lógicamente—, el compartir creará un vínculo de solidaridad que podría incluso evolucionar hacia un vínculo de amistad. Pero sigue existiendo un riesgo muy grande, ya que Pedro y José se encuentran en las peores condiciones para iniciar tal relación, sobre todo si ambos viven la relación de antipatía recíproca. Una tercera posibilidad se ofrece a Pedro. No es más fácil que las ya apuntadas, pero respeta la autenticidad y se inscribe entre los caminos que conducen a la libertad. Consiste en entrar dentro de sí mismo para identificar y desalojar las fuentes de la aversión hacia Osear o José. Quizá necesite la ayuda de su amigo Juan, e incluso, en algunos casos, la de algún amigo especialista de ésos que llamamos psicoterapeutas. Es posible, en efecto, que la experiencia de antipatía sea expresión de una inseguridad psicológica. Aceptándose mejor a sí mismo, Pedro puede llegar a desecharla. Si se adentra en sí mismo con ocasión de esa incapacidad de amar a José, quizá descubra, por ejemplo, que tal antipatía se debe a que José refleja aspectos de su propia personalidad que él nunca ha aceptado. Quizá descubra que lo que detesta es su propio parecido con la persona de José. O, al contrario, puede descubrir que es la envidia lo que alimenta su antipatía, al ser José, en cierto modo,_lo que Pedro hubiera deseado ser. O, más sencillamente, puede ser que descubra que José le evoca una dolorosa experiencia de su pasado vivida con otro José y que él no ha llegado a asumir. En fin, cualquiera que sea el resultado de este adentrarse en sí mismo, Pedro logrará, si la cosa sale bien, un incremento de autonomía y de libertad. Podría suceder, incluso, que quien ha sido ocasión de semejante liberación se convierta en un ser significativo
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para Pedro, hasta el punto de que un día pueda llegar a decirle: te quiero. Sean cuales fueren las opciones de Pedro, al final de estas aventuras caritativas, si en ellas ha elegido verdaderamente, concluirá que un ser libre está liberado de las espinas de la indiferencia y de la antipatía ante su prójimo. Fuera del caso en que opte por poner fin a su relación con José, el Pedro que acompaña a su interlocutor consigue neutralizar su aburrimiento, su indiferencia y hasta su antipatía hacia él, adoptando una disposición interior que se traduce en la frase te escucho, es decir, estoy ante ti en actitud de escucha, intentando captar la realidad de la que me hablas como tú la vives, a través de tu propia subjetividad. Y ese estado de escucha, en la medida en que es así percibido por Osear o por José, inicia un intercambio en el que Pedro se ve progresivamente introducido en el mundo interior de su interlocutor. Si éste es demasiado teórico y no habla verdaderamente de sí mismo, Pedro le anima a que diga lo que de verdad siente y a que pase,~ de las aburridas generalidades, a un diálogo auténtico en el que el número de veces que aparezca el yo aumente a medida que se crea la confianza recíproca. Con su actitud de escucha y de respeto al otro, el propio Pedro crea las condiciones que disipan el aburrimiento. La experiencia de una caridad auténtica, motivada al principio por un valor abstracto, puede convertirse en una experiencia de acompañamiento. Además de decir: «yo te acojo», «yo te confirmo», «yo creo en ti», Pedro puede añadir: yo estoy contigo y yo te acompaño. El hecho de ser ocasión de una liberación para Osear o para José alimenta en Pedro un sentimiento de solidaridad que tiene su valor. 4. Te acompaño

Por paradójico que sea, el mandamiento del amor ha permitido a Pedro entregarse a la experiencia de la cogida y progresar en el camino de la libertad. Se ha hecho capaz de decir a un mismo tiempo: tú me desagradas, tú me aburres, pero, de todas formas, yo elijo acompañarte, descubrirte progresivamente como un ser único de quien soy solidario. - 71 -

Como todo mandamiento, sin embargo, también el del amor sigue siendo una invitación. Sólo en la medida en que Pedro lo asuma libremente como suyo, vivirá una auténtica caridad. La otra persona no es una simple ocasión de ganar méritos sino un interlocutor válido que se siente profundamente aceptado por quien así le ama. La experiencia de Pedro, que se compromete en la total acogida del otro, se puede resumir mediante el gráfico ya anteriormente utilizado. La onda principal es ahora la madurez ética, que hace a Pedro capaz de optar por el acompañamiento a pesar del desagrado y el aburrimiento. Los otros dos componentes están también presentes, ya que, para amar así a su prójimo, Pedro habrá de desarrollar e integrar sus capacidades de placer y de afecto para identificar correctamente las frustraciones que las obstaculizan.
..en la experiencia del placer Madurez sexual: «Tú me desagradas» Tendencia a ser uno mismo, un ser autónomo y libre...

cir un prejuicio bastante extendido, según el cual, cuanto más viva un individuo el placer, tanto más egoísta, más centrado en sí mismo y más exigente será, hasta el punto de que ya no podrá soportar la frustración. Tal cosa es posible, y el prejuicio se basa probablemente en hechos observados; pero la generalización es abusiva. De todas formas, la incapacidad para sobrellevar la frustración no depende de la madurez sexual en cuanto tal, sino más bien de que una continua búsqueda del placer retrasa el desarrollo de la capacidad de elección. E igualmente en el plano afectivo: cuanto más capaz es un individuo de intenso afecto y de amistad profunda, mejor puede soportar la frustración del aburrimiento o de la antipatía. Ya hemos visto que la capacidad de amistad es un recurso que permite a Pedro integrar la experiencia del aburrimiento o la antipatía frente a aquel a quien quiere acompañar. En fin, si es verdad que el amor y la amistad son una fuente de liberación y de autonomía, entonces harán crecer la capacidad de elección y la madurez ética y, consiguientemente, la capacidad de caridad. Para acabar este capítulo, puede ser útil ampliar el sentido del término «caridad» que hemos utilizado. El cristianismo, que ha difundido la noción y la realidad de la caridad, no la restringe a la experiencia descrita por los términos yo te acojo o yo te acompaño. Una relación de este tipo parece exigible a todo cristiano, pero es un mínimo. La cima de la caridad cristiana parece situarse, en efecto, en la experiencia de la amistad. Por una parte, las relaciones de Cristo con sus contemporáneos parece establecerse bajo el signo de la amistad: Pedro, ¿me amas?; el discípulo a quien el Señor amaba; Lázaro, mi amigo, etc. Y también los discípulos de Cristo se reconocen por el signo de la amistad, a juzgar por la expresión de los Hechos de los Apóstoles: Ved cómo se aman. Se puede concluir que el Evangelio cristiano propone exigencias progresivas: en primer lugar, exige a todo cristiano asumir su responsabilidad ante el otro y no hacerle responsable de la propia incapacidad de amar; además, le invita a acompañar a su prójimo, cualquiera que sea, y a liberarse de tal modo que elimine de sí todas las espinas del aburrimiento y la antipatía; y, finalmente, le propone como ideal de caridad la experiencia de la amistad. El cristiano-tipo
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.en la experiencia del afecto Madurez afectiva: «Tú me aburres»

YO TE ACOMPAÑO

..en la experiencia de la elección Madurez ética: «Yo decido acogerte» Cuadro 7: «La experiencia del acompañamiento

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Puede parecer abusivo incluir la capacidad de placer y de afecto en la experiencia de Pedro que opta por acompañar a Osear o a José, pero es la realidad. Por una parte, la madurez sexual y afectiva le permiten reconocer e identificar las experiencias del desagrado y la antipatía en la opción misma que él liace de acoger a su interlocutor; pero hay más todavía. Puede pensarse, efectivamente, que, si Pedro no ha logrado dominar e integrar su capacidad de placer, la frustración frente a Osear o José le resultará intolerable. Esta afirmación parece contrade72 -

sería el que pudiera decir a su prójimo: te quiero: «Por el afecto que os tengáis unos a otros verán que sois cristianos».
Cuando María llegó adonde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Viéndola llorar Jesús, y viendo que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le respondieron: «Señor, ven y lo verás». Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería». (Jesús y Lázaro: Juan 11,32-37)

VI Los caminos del amor
Las descripciones de los capítulos anteriores han seguido a Pedro por los caminos de la experiencia amorosa, de la amistad y del acompañamiento. Estas tres formas de decir yo amo suponen tres formas de integrar los dinamismos del placer, el efecto y la elección. Si es el primero de ellos el que sobresale en la experiencia de Pedro, éste podrá decir a María: te amo; si el centro de la relación lo ocupan el afecto y el compartir, pronunciará las palabras te quiero; y si decide acoger a su interlocutor, por quien no experimenta ni placer ni afecto, traducirá su experiencia con las palabras yo te acompaño. Las descripciones que hemos presentado parecen típicas, en cierto modo, en el desarrollo de la necesidad de amar y de ser amado. Pero, ciertamente, no agotan toda la realidad del amor. En particular, no tienen en cuenta el antes y el después. Este último capítulo intenta llenar esa laguna: bajo el título los caminos del amor, describe la evolución de la experiencia de amar. El cuadro adjunto resume, en primer lugar, los elementos descritos en los capítulos anteriores y, a continuación, bajo los epígrafes ya no te amo, te soy fiel, y te descubro, presentamos la evolución en el tiempo de cada una de estas experiencias.
Por los cuatro caminos que el amor ha trazado para ellos - 75 - 74 -

como un pintor de los días felices, van los enamorados cogidos de la mano. Si han elegido el primero, sembrado de flores de verano, su amor será tan efímero como la rosa de la mañana. El segundo les conduce al país en que el ensueño se transforma en locura. El tercero es un falso paraíso que se pierde a orillas del olvido. Pero, si quieren amarse mañana, no les queda más camino que el del día y la noche. (Canción de E. Mornay)

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1. Los elementos de la experiencia de amar El cuadro que ofrecemos a continuación presenta las principales características de los tres componentes del amor en cada una de las situaciones que ya hemos descrito bajo los títulos, respectivamente, de te amo, te quiero y te acompaño. La presentación de los nueve elementos que constituyen el cuadro permite matizar la experiencia de amar de cada cual. Hasta ahora hemos descrito cada uno de los elementos en el seno de una integración concreta. Pero ninguno de ellos pertenece en exclusiva a tal o cual forma de amor. Más que fijar la experiencia de Pedro o de María en una u otra de las etiquetas propuestas, podemos ahora describir su experiencia de amar como una sucesión de momentos. Los nueve elementos del cuadro pasan a ser unidades que se suceden en un orden muy variado e imposible de predecir. La concentración de determinado número de elementos en un período de su vida es lo que le hace decir a Pedro: estoy mamorado, o estoy viviendo una amistad, o acompaño. De este modo, el Pedro que ama a María vive más frecuentemente los momentos en que su experiencia se traduce en las frases quiero \ue seas mía, es contigo con quien me siento a gusto y me abandono. Los momentos en que vive simultáneamente estas tres experiencias se traducen a veces en la expresión te amo. La
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concentración y la intensidad de esos momentos en un determinado período de su vida constituyen la experiencia amorosa. En la realidad, el desarrollo cotidiano de dicha experiencia es muy variado. También pueden aparecer todos los demás elementos, incluidos los momentos identificados con las expresiones me desagradas o me aburres. Esa misma variedad se da en la relación de amistad y en la relación de acogida. Por paradójico que pueda parecer, también el momento te deseo puede vivirse en la relación de acompañamiento, donde el conjunto de la experiencia se mueve bajo el signo del displacer. Cualquier combinación de elementos parece posible, en efecto, y los caminos del amor escapan a las categorías psicológicas más matizadas. Los caminos que a continuación vamos a describir son únicamente algunos ejemplos de esa andadura. Cada lector podrá completar la descripción trazando su propio camino. 2. Ya no te amo Pedro amó primero a María como se ama a una hermana. La infancia y la adolescencia de ambos discurrieron por los caminos de la amistad y la camaradería. Más tarde, un buen día, Gerardo, un compañero de Pedro, invita a María al cine. Pedro se queda triste y solo: pasa una tarde horrible. Luego duerme mal, tiene pesadillas, se despierta muchas veces: está viviendo algo nuevo que no consigue identificar. De pronto, entre dos períodos de sueño agitado, logra formular su experiencia: estoy celoso. Y se da cuenta de que, desde hace algunas semanas, estaba recorriendo un nuevo camino con María. Los celos que ahora siente le permiten identificar la experiencia amorosa que ya estaba viviendo —ahora lo recuerda— desde el día en que cuando María le miraba tan intensamente, él azorado, desvió la mirada. Luego viene la «declaración», por la que Pedro y María eligen seguir el camino de los enamorados: es contigo con quien me siento a gusto, se dicen el uno al otro. Más tarde, hacen esa misma elección de una manera más definitiva: quiero que seas mío/a; ¿quieres que vivamos juntos? Fue un sí que dio a Pedro y a María la libertad de vivir plenamente la experiencia del te amo.
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Han vivido su amor con entera libertad. Pero hoy la intensidad ya no es aquella que hacía desear una eternidad de amor. No se sabe bien lo que ha pasado, pero, desde hace un mes o dos, los momentos de impaciencia y hasta de disgusto o de aburrimiento son más frecuentes en las relaciones entre ambos. Algo ha cambiado: ya no es como antes entre nosotros dos.
Sé muy bien que desde hace tiempo, mientras duermes en mis brazos, desapareces a veces para ir a dormir entre unos brazos desconocidos. Pero no he podido descubrir en qué preciso momento me abandonas vilmente mientras sigues sonriendo. No sucedía lo mismo un año atrás: hace un año, nos amábamos; hoy me rehuyes. Sé muy bien que desde hace tiempo, cuando cierras los ojos, no estoy seguro de si es a mí o es al otro a quien estrechas en tus brazos, pues disfrazas de placer lo que antaño fue puro gozo por una dicha que hoy no existe y de la que dudas en desprenderte. Y mientras entre mis brazos me engañas con un desconocido que te importa más que yo, sólo intento razonar y averiguar por qué las cosas no eran asi hace justamente un año. (Canción de Michel Conté)

No es fácil seguir la experiencia de Pedro, que llega a la conclusión lúcida del ya no te amo; tanto más difícil cuanto que la andadura de Pedro y la de María pueden ser muy distintas a este respecto. En la descripción de la relación amorosa dábamos siempre por supuesta la reciprocidad de María. Pero
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no es éste el único camino de la experiencia amorosa; tal vez, ni siquiera sea el más frecuente. Pedro puede, por ejemplo, enamorarse de una mujer que no puede responderle: te amo. María, la mujer a quien Pedro ama de verdad, puede estar enamorada de Juan e incluso puede estar ya comprometida. Pedro vive entonces una dolorosa experiencia que formulará con la frase tú nunca serás mía. Pero, si Pedro tuvo la suerte de escuchar te amo de labios de la mujer a quien amaba, ahora, cuando oye que le dice ya no te amo, comienza a vivir una experiencia tan dolorosa como la de un rechazo inicial. ¿Por qué cesa el amor? No parece fácil responder a esta pregunta; pero, si le damos la vuelta, quizá podamos dar con algunas pistas. ¿Qué es lo que puede hacer que el amor resista el paso del tiempo? La respuesta que surge de la experiencia de Pedro, de María, de Luisa, de Gerardo y de miles de enamorados, es que eso no es posible. Pedro puede llegar a entenderlo, pero ¿tendrá suficientemente desarrollada su capacidad de elección como para elegir la muerte que se le impone? Sin embargo, es ésta la única salida que le permitirá avanzar hacia el país de la libertad. El amor parece perder en duración lo que aporta en intensidad; la rutina cotidiana es lo que más parece minarlo progresivamente. Añadamos que la atracción física, que desempeña un importante papel en la experiencia amorosa, dura lo que duran las rosas, porque las rosas no pueden cortarse sin que se marchiten rápidamente.... A medida que el placer pierde su intensidad, Pedro puede avanzar más por el camino de la amistad y modificar su relación con María. Mientras duraba la intensidad amorosa, Pedro se encontraba tan a gusto con María que fácilmente se olvidaba de compartir con ella y ampliar su registro afectivo. El dinamismo del afecto es el que ahora le permitirá instalarse más definitivamente en el país de la libertad. Este país de la libertad parece estar situado en las alturas. La rápida escalada de los enamorados da acceso a él, pero la subida es peligrosa. Es preciso hacerla en pareja, unidos ambos de forma muy estrecha, porque, de lo contrario, se rompe uno la cabeza en las grietas de la desesperación. Para volver a dar con el país de la libertad, que la experiencia amorosa le ha hecho pre-gustar, Pedro deberá descubrir, en su relación con María, los senderos más sinuosos y lentos de la amistad, así como
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los de la soledad. Si acepta y elige la muerte del vínculo amoroso cuando ésta se presente, todavía podrá descubrir los caminos del afecto y recorrerlos con María. Sin excluir la posibilidad de eventuales momentos amorosos, en adelante la relación entre Pedro y María estará mucho más marcada por los momentos de la relación te quiero. Si deciden seguir viviendo juntos, tal vez conozcan la experiencia que vamos a describir bajo el epígrafe te soy fiel. 3. Te soy fiel Ya sea a la muerte del vínculo amoroso, ya sea en su relación de amistad con Juan, si Pedro aborda a la experiencia del compartir, podrá descubrir lo que dice el proverbio: la amistad es como un buen vino; cuanto más envejece, mejor es. Si es verdad que la experiencia amorosa es corta, porque retrasa el compartir afectivo, se comprende perfectamente que la amistad, vivida bajo el signo del compartir, cree vínculos que resistan el paso del tiempo. La fidelidad no pertenece a la relación amorosa, y las promesas de eternidad no pueden engañar a Pedro o a María. Tampoco va unida al intercambio sexual en cuanto tal. Puede ser que, en el plano de los valores, Pedro y María reserven el intercambio sexual a su intimidad conyugal; pero ello no basta para garantizar sufidelidad.Tampoco basta con jurarse fidelidad. La fidelidad prometida puede guiar las opciones de Pedro y de María, pero sin un continuo compartir, esa fidelidad se verá amenazada incesantemente. Lafidelidadpertenece al vínculo de amistad y se presenta como una fidelidad a sí mismo, tanto como una fidelidad al otro. En el compartir que lleva a Pedro y a Juan, por ejemplo, a decirse el uno al otro: yo soy libre contigo, e incluso soy libre ante ti, no hay germen alguno de ruptura. En la relación amorosa que va envejeciendo, Pedro puede tener a veces la impresión de estar encadenado, lo cual puede contribuir a encaminarle hacia la experiencia del ya no te amo. En su relación con Juan no hay nada de eso. Pedro va siendo cada vez más él mismo: se ha introducido en un camino que exige autonomía y libertad interior; es un camino que se extiende cada vez más. Al elegir la amistad, Pedro se elige a sí
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mismo. Y cuanto más se elige, más significativo resulta ser el amigo que le ayuda a auto-responsabilizarse. El sentimiento de fidelidad que de ello se desprende constituye una garantía mucho más cierta que cualquier promesa de fidelidad. Pedro no tiene que prometer nada; toma conciencia de una experiencia que vive en el momento presente, cuando dice: te soy fiel. Esta descripción de la experiencia de fidelidad no quiere decir que la relación se viva sin tropiezos ni problemas. Aquí, lo mismo que en las demás situaciones, Pedro avanza a base de ensayos y errores. Por lo demás, la fidelidad no parece ser propia de una amistad incipiente, que incluso puede ser tan frágil que no resista los momentos de impaciencia y de incomprensión que jalonan toda relación interpersonal. Si se mantiene la decisión de compartir esos momentos difíciles, así como la capacidad de soportar juntos los riesgos de la comunicación, se puede predecir que la amistad crecerá sin escatimar ningún medio: sólo entonces la fidelidad será una realidad. Pedro vive una vieja amistad que dura ya quince años. Su amigo, que es tradicionalista, haría cualquier cosa por cambiar la orientación personal de Pedro, que con su vida amenaza continuamente sus propios valores. Ambos han chocado muchas veces y se han hecho daño sin quererlo; incluso se han distanciado en el plano de los valores, siguiendo cada cual su propio camino. Su amistad sorprende a todo el mundo, porque, de hecho, es difícil de entender. Y, sin embargo, se guardan mutua fidelidad. La vida les ha separado; viven en sitios muy distantes; no se escriben mucho y no se sienten obligados a contestar las cartas que de vez en cuando se escriben, no se sabe muy bien por qué. Pero siempre que llegan, esas cartas son como una nueva fuente que demuestra que el agua circula incluso bajo el terreno más desértico. Cuando se encuentran, una o dos veces al año, es como si se hubieran despedido el día anterior, y a veces reanudan una conversación que, seis meses atrás, había concluido con unos puntos suspensivos o con un signo de interrogación. Son como el día y la noche, pero ninguno de los dos quiere que sea siempre de noche ni que el sol esté siempre en todo lo alto. Son distintos, y se sienten dichosos de serlo. Cada encuentro es para ambos la ocasión de hacer balance en su búsqueda de autonomía y de libertad. Juntos han aprendido a ser libres y, en concreto, libres el uno respecto del
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otro. Cada uno sabe, por lo demás, que puede contar con el otro: nunca hablan de fidelidad; sencillamente, se son fieles. La fidelidad, desde otro punto de vista, puede ser también objeto de una opción y servir de guía en la experiencia de la amistad. Entonces permite franquear los obstáculos del ensayo y el error. El valor de la fidelidad, visto por Pedro como un medio para construir la amistad, facilita su opción de compartir, a pesar del riesgo que ello entraña. Aun cuando la experiencia de la fidelidad, tal como la hemos descrito, no aparece sino lenta y progresivamente, Pedro puede decir de manera auténtica: te soy fiel o puedes contar conmigo. Lo mismo sucede en su relación con María. Puede decidir libremente comprometerse con ella y decirle no sólo te soy fiel, sino te seré fiel pase lo que pase. El valor de un hogar a construir, por ejemplo, puede motivar esa opción y llevar muy lejos, por el camino de la libertad, a quien respete ese compromiso de fidelidad.
Yo elijo, amor mío, amarte para luchar en la vida y para que dure nuestro amor contra viento y marea, a despecho de todo y, sobre todo, de mí. Nunca se sabe si el amor va a durar el tiempo preciso para hacer el amor y para hacer la vida sin ficción y sin rodeos. Pero te escojo cada día exactamente igual que entonces, cuando nuestras primeras luchas y nuestros primeros juegos. Nunca se sabe si mañana podremos amarnos una vez más y de la misma forma: a solas con nuestros cuerpos para habitar el universo entero y deshacer el nudo que oprime la memoria y rehacer la promesa. ¡Quién sabe si las palabras serían las mismas...! (Canción de Georges Dor) - 83 -

Los acontecimientos de la vida pueden, no obstante, llevar a Pedro a revisar sus compromisos, y toda promesa de fidelidad conlleva consigo un elemento de riesgo que un adulto sabe reconocer. El adolescente, en cambio, no está seguro de sí y trata de convencerse de que nada podrá jamás socavar su fidelidad. La vida se encarga casi siempre de convencerle de lo contrario y disipar esa ilusión. No es raro encontrar la infidelidad precisamente allí donde las promesas eran más absolutas; lo cual, por otra parte, no significa que no fueran tremendamente sinceras. El adulto, que conoce lo imprevisible de la vida, acepta la posibilidad de lo provisional. Pero no por ello tiene la impresión de estar menos comprometido con sus promesas. Todo lo contrario: mide mejor su responsabilidad, lo cual es ya indicio de una seguridad que puede ser fuente de una auténticafidelidad.¡Cuántas relaciones, por ejemplo, se han salvado porque los interesados aceptaron someterlas a revisión! Aun en casos de divorcio y de separación puede salvarse una relación si los dos cónyuges participan de veras en la decisión que consideran más adecuada, habida cuenta de sus respectivas limitaciones. Lafidelidadno aparece, pues, como una decisión voluntarista que sacrifique la auto-responsabilización a unas normas sociales o religiosas, sino como el respeto a una realidad que sólo pide seguir adelante: la realidad de la amistad. 4. Te descubro Fuera de la relación te amo y te quiero, el problema de la fidelidad apenas se plantea. Con respecto a Osear o a José, Pedro no habla defidelidado infidelidad. De hecho, rara vez hay continuidad en la relación te acompaño. Esta relación tiene, sin embargo, su peculiar proceso. En el capítulo anterior consideramos un determinado número de opciones que se le ofrecen a Pedro cuando José le aburre o le es antipático. Todas ellas tienen algo de penoso, dado que la relación carece del menor soporte afectivo. Se desarrolla casi únicamente bajo el impulso de las opciones que Pedro toma en nombre de la caridad. Sin embargo, al igual que toda relación interpersonal auténtica, también ésta, si se prolonga, evoluciona. Puede incluso llegar a ser muy significativa.
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Es posible, por ejemplo, que el esfuerzo de liberación asumido por Pedro para seguir acogiendo a Osear o a José le lleve progresivamente a descubrir a la persona a la que ha elegido acompañar. En la experiencia que Pedro formula con las palabras te descubro, expresa que realmente se ha elegido a sí mismo al elegir a Osear o a José. Ya en el capítulo anterior veíamos que esta relación de acompañamiento puede transformarse y orientarse progresivamente hacia una relación de amistad. Quizás el caso sea excepcional, pero, de todas formas, en la experiencia de acompañar a alguien Pedro aprende mucho acerca de sí mismo. Si permanece atento a lo que vive respecto de Osear o de José, puede descubrir aspectos nuevos de su propia personalidad. Descubre, por ejemplo, que se pone a la defensiva ante las realidades que le presenta su interlocutor; descubre, quizá, que cree o no cree de veras en quien sufre dificultades psicológicas. Tal vez viva la experiencia de encontrarse indefenso ante el sufrimiento del otro. O puede sopesar su umbral de tolerancia frente a los aparentes absurdos de la vida. En una palabra: un interlocutor como José sirve de catalizador, y a pesar del esfuerzo que Pedro ha de hacer, puede descubrir zonas de su personalidad que ninguno de sus amigos sería capaz de hacerle descubrir. De este modo, en la relación de acompañamiento prosigue su propio camino de liberación y puede decir a un tiempo te descubro y me descubro. Además, por la atención que presta a la experiencia de su interlocutor, Pedro se mete más a fondo en la escuela de la vida. Mejor que cualquier obra de psicología o de filosofía, la atención que prestemos a las vivencias de otra persona puede proporcionarnos un conocimiento del ser humano. Quien se entrega a menudo a esta experiencia del acompañamiento, puede rápidamente llegar a ser una especie de sabio, liberado de juicios absolutos y capaz de aceptar la realidad humana tal como es: puede comprometerse en una solidaridad de fondo con cada uno de sus semejantes.
Cuando los hombres vivan de amor, ya no habrá miseria y comenzarán los buenos tiempos; pero nosotros habremos muerto, hermano. - 85 -

Cuando los hombres vivan de amor, habitará la paz en la tierra y los soldados serán trovadores; pero nosotros habremos muerto, hermano. En la gran cadena de la vida, por la que hemos tenido que pasar y en la que hemos tenido que estar, habremos llevado la peor parte. Pero, cuando los hombres vivan de amor, ya no habrá miseria, y quizá algún día sueñen con nosotros, que habremos muerto, hermano. Con nosotros, que en los malos tiempos del odio, y luego de la guerra, habremos buscado la paz y el amor que ellos disfrutarán, hermano. Para que en la gran cadena de la vida lleguen tiempos mejores, siempre harán falta perdedores: ése es el precio de la sqbiduría. (Canción de Raymond Lévesqué)

Aparentemente, se podrá creer que Osear o José son quienes más se benefician de la relación de acompañamiento, pero la experiencia de Pedro contradice esa apariencia engañosa. Quizá Osear tenga la impresión de estar en deuda con Pedro, que le escucha durante horas. Pero Pedro, por su parte, tiene más bien la impresión de verse ampliamente recompensado por esa experiencia que él resume con las palabras te descubro y me descubro. 5. Me hago libre El tema de fondo de las descripciones psicológicas que hasta aquí hemos hecho es el de la libertad. Animado por su tendencia a ser él mismo, un ser autónomo y libre, hemos visto a Pedro desarrollar esa libertad en la experiencia del placer, del afecto y de la elección, para ir alcanzando progresivamente la madurez sexual, afectiva y ética. Le hemos visto, asimismo, integrar esos tres dinamismos de forma que pueda decir a María: - 86 -

te amo; le hemos visto recorrer el camino de la amistad y poder decir, cada vez a más personas: te quiero. Y le hemos visto vencer los obstáculos del displacer, el aburrimiento o la antipatía frente a Osear o a José, a quienes decidía acompañar. Podemos ahora concluir que, en la medida en que todas estas experiencias de amar se vivan plenamente, todas ellas conducirán a un mismo país: el de la libertad. Pedro, que estaba hecho para amar y ser amado, sentirá que gracias al amor, vivido en todas sus formas, va estando cada vez más en posesión de sí mismo. Su conclusión será: me hago libre. A medida que profundice esta experiencia de libertad interior, las espinas de la envidia, de la indiferencia, de la espera o de los celos irán dejando sitio a la rosa. En el país de la libertad, de hecho, no existen como tales ni la relación amorosa ni la relación de amistad ni la relación de acompañamiento; tan sólo hay seres que se aman y cuyos caminos de amor se desenvuelven en un concierto de momentos amorosos, de momentos de amistad y de momentos de acogida. En el país de la libertad, Pedro puede decir a María: soy tu amante cuando estás presente, tu amigo cuando te ausentas, y te acojo cuando chocamos. Vivirá el amor sin aburrimiento, la amistad junto con su propia soledad, y será capaz de decirle a cada uno de sus semejantes: estoy dispuesto a compartir contigo todo lo que mi soledad no retiene para sí, incluida esta misma soledad que es el precio de mi libertad.
Por haber dormido tantas veces con mi soledad, he hecho de ella prácticamente una amiga, una dulce costumbre. Ella no se aleja un solo paso: fiel como una sombra, me sigue adondequiera que voy, hasta el último rincón del mundo. No, jamás me encuentro solo con mi soledad. Gracias a ella he aprendido tanto como lágrimas he derramado. Aunque a veces la repudie, ella no cede jamás; - 87 -

y si prefiero el amor de otra cortesana, sé que ella será en el último día mi última compañera. No, jamás me encuentro solo con mi soledad. (Canción de Georges Moustakí)

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