Antepasados, la historia de Doctor Blood Sir Ian Mc Blood era un típico caballero nombrado por su majestad el rey, que

pese a ser escocés y residir en dichas tierras, prestaba constantes favores a la corona británica, lo cual le permitió disfrutar del título, el castillo y la manutención de la mano de quien él servía. Su vida transcurría sin mayores contratiempos, era querido en su tierra y respetado fuera de ella. En las tierras altas disfrutaba de su soledad pues decidió no casarse ni tener hijos: pensaba que el mundo estaba ya demasiado poblado y agresivo a mediados del siglo XIX, por lo cual no valía la pena traer más sirvientes a su majestad; ya tenía suficientes..., además era supersticioso, y había una leyenda familiar que decía que cada diez generaciones nacería un hijo inhumano y casi monstruoso, con poderes sobrenaturales e inmortal. Si bien es cierto no llevaba la cuenta exacta, no quería correr el riesgo; además, un antepasado muy lejano de él había desaparecido sin dejar rastro alguno, y desde esa fecha y por siglos en ese poblado ocurrieron muertes sangrientas e inexplicables... Una tarde de abril, empezando la primavera, sir Ian paseaba a pie por sus tierras, cuando una bella y distinguida joven de negra cabellera y oscuros ojos se acerca a él a caballo. Fijándose en su roja cabellera y verdes ojos, le pide ayuda pues se ha extraviado. Sir Ian, haciendo gala de toda su caballerosidad, lleva a la joven y su caballo al castillo para que descansen y poder enviar luego a alguno de sus empleados en un carruaje al poblado más cercano con la dama para que pudiera seguir su camino. Tal vez le llamó la atención la poca prolijidad de la vestimenta de dicha joven, e inclusive su lenguaje algo burdo pero bueno, un caballero no tiene boca ni memoria... Cuando iban llegando al castillo, sir Ian sintió ruido de cascos, y al intentar girar recibe un fuerte golpe en su cabeza, que lo deja fuera de acción pero no inconsciente. Con pavor nota en la mano de la joven un grueso palo con algo de sangre, y cuatro jinetes que llegan junto a ella. Entre risas lo arrastran dentro del castillo y empiezan a descerrajar sus cajones y baúles en busca de dinero, joyas y oro... Alertados por los ruidos y las voces, la pareja de viejos mayordomos se asoma a mirar: ellos habían sido criados de su familia, lo habían visto nacer y crecer, le habían curado sus heridas de niño, enseñado a cabalgar y disparar, alimentado, bañado y protegido; y cuando decidió seguir su camino la pareja, que tampoco tuvo hijos, decidió seguirlo y acompañarlo casi como a un hijo... Al verlo en el suelo ensangrentado se ahogó un grito en sus gargantas, pero fueron vistos por

los ladrones. Al oponer resistencia, el hombre fue brutalmente golpeado hasta morir frente a su esposa y a un sir Ian, que lentamente recobraba su conciencia, pero demasiado lentamente... con estupor vio que la joven saca un cuchillo de su vestido, y pese a los ruegos de la anciana, la degolla. Para ese momento sir Ian logra incorporarse, y tomando un viejo mazo con puntas metálicas (herencia de algún ancestro medieval), arremete con odio contra los hombres, quienes no supieron que fue lo que los reventó. La joven vanamente intenta apuñalarlo, pero el cuchillo y su mano cayeron al suelo al primer golpe... al verla sangrando, indefensa, Ian sintió una extraña sensación: bienestar. La escena ante sus atónitos ojos era dantesca: su segundo padre había sido masacrado y yacía ahora en el suelo, la mujer que había guiado sus pasos había muerto desangrada sin siquiera oponer algo de resistencia...y la joven causante del término de su vida tal como la conocía, sin su mano y arrodillada en el suelo... no, esa perra no podía morir tan rápido... Luego de encadenarla en un viejo calabozo y cauterizarle con un hierro hirviente el muñón del brazo, procedió a violarla repetidas veces, hasta saciar todos los instintos ocultos que se liberaron esa fatídica tarde. Una vez acabó con sus aberraciones, y sin ningún remordimiento, cerró y trabó la puerta por fuera, dejando sólo la rendija para alimentación abierta. El monstruo manco de cabello y ojos negros jamás volvería a ver su roja cabellera y sus verdes ojos ahora sin vida... Luego de casi un año de alimentar por la rendija del calabozo a la asesina, una noche escuchó los gritos más horrorosos que habían brotado de la garganta de una mujer alguna vez. Bajó armado, abrió la celda, y con estupor presenció una escena incomprensible: una pequeña criatura se movía bajo ella, completamente mojada y ensangrentada, aún con el cordón umbilical unido a su ombligo, mientras engullía su placenta. Así, Ian asistió al cumplimiento de la leyenda familiar, y vio nacer el último eslabón de los Mc Blood... ¿Y la placenta?, estaba deliciosa...

Conciencia Entre algunas de mis víctimas he visto (antes de morir) comentarios sobre el bien y el mal, y la conciencia humana. Respecto a lo primero no me he de referir, pues aquel polo que genera y define al otro es vital e inherente al uno, por ende, si no existen ambos no existe nada... Respecto a la conciencia humana... interesante conjugar en una misma frase ambas palabras, y tan juntas. Salvo la definición de estado de vigilia, me cuesta creer que el humano sea consciente de sus actos y palabras, con solo ver la mugre que recojo todos los días... pero así y todo algunos altaneros disponen de ella, le clasifican, imponen su descriterio y visión parcializada; los peores le ponen nombre: "ética", "moral", "buenas costumbres", "comportamiento social", "diplomacia" Pregunto a los vivos, si se interesan en contestar, cuáles de estas palabras son compatibles con conductas de los mismos humanos que las pronuncian y vociferan cada vez que pueden: hambruna, matanzas, torturas, asesinatos, racismo, intolerancia, incomprensión, odio, soledad, indiferencia. Una vez un Maestro entre los vivos, planteó algo así como "quien esté libre de pecado arroje la primera piedra"... ¿puede algunos de los que se dicen seguidores de ese Maestro, arrojar siquiera un grano de arena?; acaso saben lo que es conciencia, si es que poseen la condición de humano... Probablemente muchos salgan en defensa del humano, usen frases archielaboradas y ataquen esta visión con grandilocuencia, pero como siempre sin fundamentos ni acciones que lo sustenten, así como una casa con cimientos de arena... No creáis, por un solo momento, que esto es una clase, o un manifiesto, o una exposición, ni menos una verdad; de hecho la verdad no existe sino parcializada, y cada cual es dueño y responsable de su verdad; pues si cuatro seres miramos desde cada punto cardinal una caja, cada cual verá una cara, y esa cara no es una mentira sino la verdad de cada uno, pero no LA verdad. Suficiente, termino mi descanso, llegó la hora de empezar la cacería por la cena de esta noche. Dicen que queda cerca una academia de danza... cuellos largos y finos, fáciles de alcanzar; además, son bajos en colesterol...

Evolución Está amaneciendo, se hace tarde de nuevo, la cacería estuvo mala y sigo hambriento. Debo buscar dónde ocultarme, antes que los humanos me descubran; ya he visto a algunos de mis “colegas” en museos y laboratorios, y estoy demasiado joven para entregarme a la vanidad… Malditos humanos, parecen hormigas ocupando cada rincón, agujero y recoveco existente; viajan por túneles bajo tierra en vez de desplazarse por la tierra, cuando viajan en la superficie se encierran en esperpentos metálicos ruidosos y sucios, sin contar aquellos que usan para volar, viven en cubos de cemento y fierro en vez de usar la naturaleza; arrasan con diez para usar uno, y más encima lo malgastan. Las pocas veces que me atraso y veo esto, me dan ganas de acabar con todos de una vez, e iniciar todo el ascenso de nuevo, aunque tome varios milenios: pero en cuanto lo pienso recuerdo lo que le pasó al último que lo intentó y mágicamente recapacito… Aquí vienen más, machos y hembras, muchos con sus crías: que ridículo, las crías más débiles al nacer y lentas para auto valerse, y luego son capaces de vapulear todo lo que no les parezca; que bien que el Creador mostró en ellos su magnánima sabiduría, y les dio apenas cien años de vida, y no más de cincuenta de utilidad… Ya no sé qué hacer, cada vez clarea más, cada vez salen más, y más, y quedan menos espacios útiles para ocultar mi presencia…deberé aplastar algunos cientos y así, mientras el resto huye y grita puedo ganar tiempo; o derribo alguna construcción, o algo que se mueva, o tal vez… Mi última víctima era macho, y como trofeo guardé su atuendo. Aunque me da asco me podría cubrir con él; la desesperación lleva a ideas estúpidas… Cabe, molesta pero cabe. Llegó la hora de probar. Ahí vienen dos machos y dos hembras, pasaré cerca de ellos con el atuendo…nada, salvo la sonrisa de una hembra. ¿Puede ser…? Ahí vienen un macho y una hembra con crías…nada… Llevo el tiempo que demora el sol en alcanzar el cenit entre ustedes, y no me han notado. Se rumoraba que se podía pero yo no lo creí. Pero ahora veo que era verdad…esto cambia las cosas, si bien es desagradable puedo morar e interactuar con ustedes. Humanos, prepárense…

Renacer Hace tiempo que no hago esto. Ha pasado un tiempo largo desde mi última cacería. Ya creía que me había transformado en serpiente, comiendo una vez por mes... el asunto es que algo cambió mi forma de ver las cosas desde que pude ver a mis víctimas a plena luz de día. Antes eran sólo sombras y carne para mí, y no respetaba sexo ni edad (claro, los más jóvenes son más blandos y los más viejos más fáciles de matar...). Pero ahora que los vi en su entorno... estoy envejeciendo parece. Empiezo a añorar aquellos días en que tranquilamente cazaba 6 o 7 humanos, y salvo las ropas no dejaba despojos. La última vez que salí cacé apenas uno, y todavía me quedan remordimientos pensando en los miembros de su clan que quedaron solos (aunque igual estaba suculento...) Escuché de algunos colegas más viejos y que ya habían pasado por esta experiencia, que la opción más plausible era empezar a seleccionar las presas. Unos se decidían por mujeres y niños por lo blando de la carne, otros por ancianos por la facilidad para cazarlos, los más por los llamados “vagabundos”, una raza al parecer sin clan y que no dejan a nadie sin sustento o solitarios si son faenados... dicen que esa es la opción que deja más tranquila a esa voz infernal que todavía nos invade y que algunos llaman “conciencia”... Yo apelé a esta voz infernal para decidir mi nuevo menú: extrañamente la respuesta que obtuve fue, por decir lo menos, desconcertante... “¿Quién te dio el derecho de decidir quién vive o quién muere?, ¿Eres acaso algún tipo de deidad con el poder de la vida y la muerte en sus manos, o sólo un cazador?...” Para alguien que lleva siglos de siglos cazando humanos para sobrevivir es una visión incomprensible, más aún saliendo de mí mismo... Pero de pronto las cosas se aclararon un poco. Mis siglos de cacería han estado marcados por una línea conductual hasta ahora irrenunciable: el azar. Nunca me he fijado en mis víctimas, siempre era la presa más cercana o la más fácil de cazar según las circunstancias; de ese modo, eran “designios superiores” los que ponían esas víctimas en mi camino. Pero ahora, la situación ha cambiado, y debo ser yo quien decida... Dándole vueltas a la situación, y algo presionado por la inanición, recordé una cualidad de mi raza y que casi tenemos en desuso, por su aparente inutilidad: si miramos la cabeza de los seres vivos, somos capaces de saber lo que están pensando. Si bien es cierto esto también genera cierto dilema, puede aclarar la

situación. Si soy capaz de saber quién tiene una familia digna de ser mantenida y quién no, voy a tener una base para decidir. ¿Y qué pasa si todos piensan que su familia es digna? ; tal vez podría ver si alguna de esas mentes está planeando algún crimen, así limpiaría un poco esta sociedad... ¿y luego ser el hazmerreír de mi raza, convirtiéndome en el paladín de los humanos? Si esto sigue así, bajaré rápida y ostensiblemente de peso... Estoy entrando en crisis, ya no puedo seguir así, cada vez que paseo entre los humanos la decisión se hace más y más difícil, y mi peso más y más bajo; deberé optar por la solución más fácil, no tengo más alternativas: volveré a la noche. Nunca más salir de día, no más ver los ojos de mis víctimas, nunca más pensar, sólo matar y comer... Mi nueva primera noche. Otra vez rodeado de penumbras. La oscuridad más profunda. El silencio más ensordecedor. Alguien viene. Me agazapo. Se siente su olor cada vez más cerca. Sus pasos ensordecen mis sensibles oídos. Salto sin mirar, atrapo sin considerar, mato sin sentir, como sin sufrir. Por lo poco que duró la comida supongo que era una cría, o una hembra pequeña. No me fijo en sus vestimentas, en realidad ya no me interesa. Ahí viene otro, sí, aún tengo hambre. Y este no viene solo, son 3. De nuevo agazaparme, otra vez funciona a la perfección, 2 de 3 no es malo. Ahora sí, ya no tengo hambre. Ahora sí, no necesito leer sus mentes. Ahora sí, la voz infernal llamada conciencia desapareció. Ahora sí, nuevamente y por fin, vuelvo a ser quien siempre fui, Blood...

Renacer II Hoy desperté hambriento. He comido bien, 1 o 2 adultos por noche, pero pese a ello sigo hambriento. A veces no sé si es apetito real, o es algo en mi mente que me pide más carne y sangre. Tal vez sea el temor de recordar a los humanos y ponerme sentimental nuevamente. Quizás sea el gozo de verlos gritar y defenderse sin lograr nada. He llegado a creer que tengo raíces felinas: me encanta jugar con la comida antes de matarla...

Bien, creo que controlaré el hambre para poder pasar un rato entretenido. Ya tengo un buen escondite y estoy agazapado esperando presas. Han pasado algunas hembras con crías, pero no son desafío, quiero algo que dure más. Veo dos machos pero son pequeños, tampoco durarán mucho (aunque una vez capturé uno bastante voluminoso y gritaba peor que una cría hembra...). De pronto aparece un buen objetivo: es un macho, casi de mi contextura. Sé que jamás tendrá mi fuerza, pero por lo menos me costará algo más arrastrarlo (o eso espero).

Cada vez más cerca, creo que a éste lo atacaré de frente, para que sí sepa lo que le va a ocurrir. Dejo mi escondite, lo enfrento y... ¿qué demonios pasó?, ¿por qué diablos volé 6 metros por encima de mi presa?, ¿acaso ahora descubro que también puedo volar? Voy por él antes que huya pero... qué raro, sigue caminando igual de lento. Debo atacar con más fuerza; ya te tengo desgra...

¿Quién es éste? Desde que era cría, nadie me había doblado de un golpe en el abdomen. Bien graciosito, te llegó la hora. Ahora sí, de frente, mi mejor puñetazo para sacar tus entrañas... nada, salvo el dolor en mi mano; logro bloquear su primer golpe y empieza una salvaje y descontrolada pelea, la lluvia de puñetazos y patadas de un y otro lado genera en ambos dolor y cansancio, pero ninguno se detendrá (por lo menos yo no). De hecho algunos humanos se acercan a mirar,

creo que jamás habían visto una lucha igual. Uno de los estúpidos se acerca a intentar detenernos. No sé si fue mi golpe o el de mi rival el que desprendió su cabeza... por lo menos fue suficiente para que el resto de los humanos escapara. Nuestra pelea se alarga más y más, ya veo como empieza a clarear y este maldito no deja de golpear y bloquear tal como yo, como si supiese de qué modo lo voy a atacar. Ya es hora de abandonar lo convencional, esto se alarga demasiado y corro el riesgo de nuevo de caer en el embrujo del día. Con rapidez uso uno de los últimos trucos que aprendí, logro derribar al desgraciado, y ya en el suelo es fácil aturdirlo. Antes de matarlo veré su cara, quiero saber cómo es el cerdo que me dio la mejor pelea de mi vida. Al descubrir su rostro, sus ojos se abren y toma mi cuello mientras esboza una sonrisa... ¿abuelo...?

Cacería final

Otra vez en los sótanos de la ciudad, en espera de la nueva presa de la noche. La noche parece más oscura que de costumbre… eso es bueno, así no se darán cuenta de qué fue lo que les pasó. Ya es hora, debo salir de mi escondite para empezar la cacería.

Extrañamente a esta hora las calles están llenas de potenciales víctimas; eventualmente es un día de descanso, no lo sé ni me interesa, sólo se que el hambre empieza a arreciar y que la sed de sangre y matanza ya se hacen incontrolables. De todos modos se que no me debo descontrolar, pues tarde o temprano la comida llegará a mis manos, y por ende, a mis dientes.

Han pasado ya dos horas, y nada. Estos malditos humanos no tienen intenciones de facilitarme las cosas, al parecer deberé cambiar mi táctica y salir a buscar las presas, en vez de esperar a que lleguen donde yo estoy. Como siempre lo haré entre las sombras, entre sótanos y subterráneos, por alcantarillas y túneles; todo sea por evitar el contagio con la comida.

Recorro sigilosamente los rincones de la ciudad, en espera de ver aparecer alguien en mi camino para empezar a calentar motores, pero nada... qué más da, voy a salir, el hambre y la ansiedad son mayores que el temor al contagio humano. Primero camino apegado a las paredes, luego entre sombras, finalmente bajo los focos, y nada... meto mi cabeza por las ventanas de sus cuevas fabricadas, y no encuentro a nadie. ¿Qué se ha hecho mi comida? No lo comprendo, a menos que...

Recuerdo que mientras descansaba, un fuerte ruido acompañando un temblor me volvió en mi. Al abrir los ojos una cegadora luz lo envolvía todo, y un poderoso calor abrasaba hasta el aire que me rodeaba. Supuse que nuevamente soñaba con el infierno, así que no le di importancia y cerré nuevamente mis ojos

para seguir descansando; al volver a abrirlos, unas horas más tarde, todo había vuelto a la normalidad...

Ahora que lo pienso, estos humanos usan bestias menores como juguetes o compañía (es la única raza animal que adopta otras razas de animales para hacerse compañía), que generalmente son bastante ruidosas, y en ocasiones intentan defender a sus humanos de mi cacería; estas bestias tienen mejores sentidos que los humanos, y cuando aparezco empiezan a avisar mi presencia. Esta noche ningún ruido me acompaña; el silencio, que en otras circunstancias es mi compañero favorito, hoy significa sólo una cosa: inanición…

Recuerdo que hace un tiempo, antes de matar y devorar a un loco que encontré vagando por un pasaje, el tipo gritaba algo acerca del fin de los días. Pero no como un rezo o una amenaza, sino como una convicción. Si el desgraciado tenía razón….

Han pasado ya cinco días con sus noches… he recorrido en todo horario este planeta inmundo… salvo plantas e insectos, ya no hay seres vivos… nunca pensé que el final iba a ser tan vergonzoso…. por… hambre…

Re – Incarnación Luego de remover toneladas de escombros del planeta al cual llegaron, para poder construir una nueva civilización en aquella tierra arrasada por sus antiguos habitantes, los trabajadores se encontraron con una extraña sorpresa. Ahí, al fondo del agujero que afirmaría uno de los pilares sobre los cuales se asentaría la plataforma de aterrizaje de los obreros, había un esqueleto perfectamente conservado, con todos sus huesos, cubierto por ropajes negros… pero ese esqueleto… no calzaba ahí… No habían podido encontrar uno completo hasta esa ocasión, que tuviera todos los huesos en su lugar, con ropa… y su envergadura, notoriamente mayor a cualquier otro resto encontrado. Huesos gruesos y dentadura exagerada completaban el cuadro del inexplicable hallazgo. Dentro del equipo de investigación venía una arqueóloga, quien fue llevada a revisar los restos. Grande fue su sorpresa al ver los restos, y mayor aún al intentar liberar alguno de los huesos de la mano para hacer algunas pruebas: ni con el más poderoso cortador láser fue posible lograr una astilla… Definitivamente ese esqueleto habría de permanecer entero, por lo menos hasta subirlo a una nave y llevarlo a algún centro de investigación al otro lado de la galaxia. Esa noche, los restos reposarían, por falta de espacio, en la bodega de utensilios de la arqueóloga. La arqueóloga se sentía mal. Logró dormir sólo un par de horas, pero sin descansar gracias a una inusual pesadilla. Soñó que observaba la bodega de utensilios, y que de pronto al esqueleto, luego de un brusco estremecimiento, le empezaban a crecer piel, vísceras, órganos, pelo, uñas, como si hubieran quedado guardados “debajo” de los huesos. Luego de crecido el negro cabello, el esqueleto, ahora cubierto de vida, abrió sus ojos… y en ese instante despertó presa del terror. Al poco rato, la arqueóloga escucha un golpe seco que provenía de la bodega. Sin la seguridad de estar despierta o dormida, se dio vuelta en la cama; unos segundos más tarde, sintió un nuevo golpe que parecía venir del mismo lugar. Sin demora y ahora con la certeza de la lucidez, corre armada hacia la puerta de la bodega, donde encuentra un gran charco de sangre y las vestimentas de un guardia… en ese instante, alguien respira detrás de ella, en su cuello. Al girar, un par de ojos verdes atraviesan su mirada y espantan cualquier atisbo de reacción. - Qué bien, el postre llegó sin que lo pidiera…

Crónicas de Blood I: Cementerio

Agazapado en el rincón más oscuro de la noche espero a los humanos. El frío y la lluvia que tanto los afectan me dejan indiferente: pese al clima reinante debo alimentarme, y estos malditos me la hacen difícil en invierno. Ayer cacé al último: estaba bien aunque algo grasoso. Al parecer deberé elegirlos más flacos de ahora en adelante.

Maldita lluvia, parece una verdadera cortina de agua limitando en parte mi visión, y casi totalmente la salida de mi cena. En estos casos podría acercarme más, y hasta meterme a alguna de sus construcciones en busca de ellos, pero por esta vez probaré algo distinto.

Raudamente pero sin dejarme ver llego al lugar donde entierran a sus muertos: no, no piensen mal, no me haré carroñero. Simplemente estos lugares oscuros y con cadáveres son bastante lúgubres, y tienen cuidadores que no abandonan nunca sus turnos. Cazaré a alguno de ellos, y si quedan sobras las enterraré aquí mismo para sus deudos. Parece que ando de suerte, ahí viene uno. Con el mismo sigilo de siempre me escondo detrás de una lápida, y cuando pasa desprevenido por mi lado salto y… nada. El maldito es más rápido que yo, y parece no inmutarse. Sin que me note corro de nuevo hacia él y me lanzo con violencia sobre su espalda y… nada, otra vez en el suelo sin presa. Tercer intento, ahora de frente y con lentitud: cuando veo su presencia traspasando mi cuerpo y siguiendo como si nada, recuerdo la leyenda del cazador que murió de inanición tratando infructuosamente de devorar un espectro…

Crónicas de Blood II: Luz de luna

Mirando los huesos de mi última cena (una hembra con muy poca carne) a la luz de esa piedra que llaman luna, hay instantes en que dan lástima, estúpidos humanos. Viven menos de cien años, y de ese escasísimo tiempo pierden la gran mayoría en banalidades. Duermen demasiado, trabajan demasiado, y en el poco tiempo que les sobra no saben qué hacer, o lo pierden en sus crías. Se dicen animales superiores, y no serían capaces de sobrevivir un par de semanas sin empezar a caer en la escala evolutiva que se supone que siguen.

En estos siglos devorándolos me he encontrado con todo tipo de ustedes, y déjenme decirles que casi todos chillan igual cuando me ven, casi todos gritan igual al morir, y casi todos tienen el mismo sabor. Y así y todo entre ustedes se marcan diferencias: que quién tiene más juguetes, más parejas, menos color, más porte, más humanos a su mando. Y todo lo hacen encerrados, teniendo toda la naturaleza a su alrededor (lo que haría más entretenida la cacería). Se encierran para vivir, para trabajar, para movilizarse, para copular… y a quienes ustedes juzgan como malos o distintos, los encierran: ¿dónde está el castigo entonces?

Avanza la noche y la luz de la luna reflejada en los huesos de mi cena me invita a seguir pensando acerca de mi inmortalidad y de su intrascendencia. Y no entiendo por qué lo hago, ustedes sólo son parte de mi cadena alimenticia, y estoy divagando acerca de sus realidades. ¿Acaso ustedes piensan en la trascendencia de la lechuga o en la evolución del pollo? Esperen, aquí pasa algo raro… ¿qué es eso que sale del morral de la humana? Maldición, con razón estoy así, ¿cómo no me di cuenta antes que había devorado una drogadicta…?

Crónicas de Blood III: Iglesia Debo ser uno de los cazadores con más mala suerte en el mundo. Habiendo tantos tipos de presas, tenía que tocarme a mí la más débil y dependiente de todas: los humanos. Se esconden cuando llueve, se esconden cuando hace calor, se esconden de día fuera de sus casas, se esconden de noche en ellas… ¿Hay algo a lo que no le teman? Pero bueno, más puede el hambre que el fastidio, y deberé buscar luego qué diablos comeré esta noche. Mis pasos me guían a través de la ciudad. Otra vez la maldita costumbre de encerrarse: hacen sus famosos edificios para encerrarse a trabajar de día, los ponen en hileras como para lucirlos, a ver cuál es más alto, con más cubículos, en cuál caben más presas… perdón, humanos, y cuál refleja mejor la luz del sol. Y pierden y destruyen la naturaleza por esto. De pronto, entre todas esas fastuosas torres se asoma una casona alta de materiales antiguos y ventanas de colores. Creo reconocer esto, parece que es lo que llaman iglesia: otro sitio para encerrarse y amontonarse. Aquí llegan menos, y sólo de vez en cuando. Si cazara de día sería extremadamente fácil entrar de sopetón y llevarme tres o cuatro de una vez, pero no es el caso. De todos modos igual entraré a ver, en una de esas tengo suerte. Nunca he entendido el porqué de encerrarse, y en este caso es peor aún, pues al parecer aquí sólo entran y recitan versos. Mientras camino por el centro del pasillo mirando sus extraños símbolos, siento a alguien acercarse a mí por la espalda: al girar veo a un tipo vestido de oscuro, con un gorro y blandiendo un bastón. Pobre imbécil, nunca supo qué lo mató, y dudo que alcanzara a saber que había muerto. Luego de engullirlo y esconder sus ropajes, escucho a lo lejos, en la parte central del pasillo donde hay una mesa de piedra llena de cosas inútiles, una respiración entrecortada y algo silenciada. Raudamente llego al origen, y me encuentro con otro humano, vestido de negro, temblando y con un pequeño símbolo de madera en la mano, que me muestra como para que lo proteja. Levanto mi mano para quebrar su cuello y seguir comiendo… pero luego la bajo y dejo el lugar. Creo que dejaré que crea que su dios está interesado en él y su raza: soy antropófago por naturaleza, pero ello no me hace perverso; bueno, no tanto…

Crónicas de Blood IV: Caverna

Otra noche de cacería que acaba y llega el alba, la hora de desaparecer para no contaminarme con mis presas al interactuar con ellos. El sol despunta y me da la señal para el descanso: la presencia de mi sombra. Estos cortos momentos en que mi silueta se proyecta en el suelo son suficientes para entender que no soy de esta realidad, y que vine a este planeta exclusivamente a convertirme en la manifestación patente de la suma de los temores de la raza humana. Pero ya no hay tiempo, debo esconderme para reaparecer la siguiente noche.

Los túneles debajo de las calles que usan para que transporten el agua de las lluvias son la puerta de entrada a mi pequeño refugio en la caverna. Atrás quedaron los días en que pude vivir en un castillo lejos de todo y todos: creo que donde estaba hicieron una edificación enorme para encerrarse a comprar y vender cosas. Por lo menos alcancé a rescatar lo suficiente para hacer de esa caverna algo más cómodo para reponer mis energías y volver a matar y engullir la noche siguiente.

Me preocupé de escoger una de difícil acceso, bastante alejada de la superficie, y con pocas filtraciones de agua: no me gusta ese golpeteo eterno de las gotas de agua en las pozas que ellas misma forman. En ella tengo lo poco que me agrada del mundo humano: una superficie para dormir, y una máquina que reproduce lo que hoy llaman música; por algún extraño designio del destino los humanos fueron capaces, dentro de su inmundicia como raza, crear algo sublime, claro está, hace más de ciento veinte años…

Luego de pasar la roca grande, última barrera para mi caverna, escucho ruidos en ella: parece que las ratas aprendieron a llegar, y probablemente están buscando algo que roer. De pronto un sonido conocido me alerta: voces humanas. Malditos engendros, ¿cómo encontraron mi refugio?

Sigilosamente me aproximo al lugar, por todos lados hay cuerdas y piezas de metal, de esas que usan para escalar por la inutilidad de sus débiles manos. Al asomarme logro ver sus cabezas, son cuatro, tres machos y una hembra, cuyas vestimentas les impiden moverse con facilidad. No hay problema, cuatro no son desafío para mi, de hecho ningún humano lo es; antes que se de cuenta ya estoy desnucando a dos, al tercero le reviento el pecho y la hembra pierde su cabeza por la violencia del impacto. Con esto tendré comida para tres o cuatro días, lo que me evitará salir a la superficie.

Antes de deshacerme de las porquerías que traen intruseo un poco. Uno de ellos traía una caja pequeña con una potente luz en su extremo. Al examinarla no encuentro nada especial, salvo que al otro extremo de la luz hay un vidrio extraño, por el que se ve todo en pequeño. Mientras aprieto con poca fuerza algunas protuberancias de la caja, en el vidrio aparece una imagen de los otros tres humanos, y se escucha el relato de cómo encontraron mi caverna. De improviso toda la imagen se mueve bruscamente, luego queda quieta, y al empezar a moverse un horripilante rostro aparece mirando fijamente hacia el vidrio, con una gran dentadura y unos extraños ojos verdes…

Crónicas de Blood V: Careo Parece que esta noche voy a cambiar un poco. Después de siglos cazando lo que encuentro en las calles de la ciudad, creo que me aventuraré a entrar a la morada de algún humano; ya que tanto les gusta estar encerrados, llegó la hora de invadir lo que ellos consideran como seguridad. Aún recuerdo toda la evolución de las moradas de los humanos, que terminan del mismo modo: sea como sea la forma o el material de sus construcciones, independiente del tamaño y la ubicación, todas los aíslan de la naturaleza. Y allí llevan lo que orgullosamente llaman vida; si me tocara esa vida, probablemente haría todo lo posible por dejarla o terminarla.

El azar me guía a un edificio más bien antiguo, que alguna vez pudo verse bien pero que ahora da sólo asco. Años atrás había más árboles y animales menores en las calles, pero ya poco queda de eso, sólo cemento y más cemento. Sin dificultad salto la reja y subo por las escalas. Nuevamente el azar me dice el cubículo al cual entrar. Para darle algo de suspenso al juego fuerzo la puerta casi sin hacer ruido. El cubículo está oscuro, algunos muebles alineados a las paredes dejan el camino abierto. ¿Ni siquiera son capaces de dejar los muebles de otro modo que no sea ordenados y alineados?

El estrecho y corto pasillo da lugar a otros cuartos cerrados. En uno de ellos se deja ver algo de luz. Mi pobre presa, un macho más bien viejo, no me ha notado. Con sigilo me acerco, la luz sale de uno de esos artilugios que usan para escribir y vivir una vida sin vivirla, lo que me permite apreciar algo de él a sus espaldas antes de matarlo. Su pelo se ve canoso, su espalda curvada, sus delgados y secos dedos teclean incesantemente; sobre la mesa yace un vaso con un líquido que parece dorado por la luz del artilugio, dentro del cual parece haber hielo. De pronto el ruido de escritura se detiene y gira bruscamente hacia mí. Su rostro muestra signos de cansancio, y sus ojos... ¿qué diablos pasa aquí? “-Llegaste Blood. Ya es hora, no te quiero seguir escribiendo, mátame de una vez y termina con nuestras vidas.”

No entiendo al maldito humano: ¿matarlo y terminar con "nuestras vidas"? Y esos ojos son... creo que no debo estar aquí, creo que ya no tengo hambre, creo que este humano tiene muy poca carne. Raudamente diviso la puerta y huyo por ella, teniendo en claro que lo mío son los humanos en sus calles...

“-Maldición, ni siquiera pude controlar mi creación. Pero no importa Blood, me
encargaré de hacerte sufrir tal y como lo hiciste al huir de nuestra muerte...”

Crónicas de Blood VI: Éxodo Despierto a la noche siguiente de aquel estúpido sueño de ayer (ustedes ni siquiera imaginan el significado de la palabra “pesadilla”). Los humanos siguen donde mismo, haciendo lo mismo, viviendo lo mismo, muriendo lo mismo. La realidad no ha cambiado y mi percepción de ustedes tampoco. Lo mejor será alejarme un poco de este lugar, hay muchos enajenados y temo que la locura humana sea contagiosa. Avanzo sin apuro por esta asquerosidad a la que llaman civilización, y comprendo que la evolución se los saltó: sus cuerpos se han hecho más débiles, y sus mentes asustadizas. Ya no son la especie destructiva de antaño, ahora no son más que un arbusto o que un árbol, pues sólo vegetan en sus patéticas existencias: de hecho cualquier árbol del camino es más útil que ustedes, que ni sombra son capaces de dar. Cada vez que pienso en la realidad que se han creado, comprendo más el sentido de mi existencia: depredarlos me enaltece al eliminarlos de la superficie del planeta. Falta poco para que amanezca, y llego a lo que creo que ustedes llaman mar. Es una extensión ilimitada de agua que se mueve al son de los latidos de la tierra. Antes que el sol despunte entro a las frías aguas y empiezo a avanzar decididamente, flotando sin mayor problema. Seguiré avanzando siguiendo el eje del sol, a ver a dónde llego: supongo que, si el planeta es redondo como dicen, llegaré alguna vez a otro lugar con tierra firme. Y en el peor de los casos, volveré al mismo lugar pero por el otro lado… ¿Fin...?