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Vargas Llosa y el Nobel Carlos Angulo Rivas*

Conocida por todos la posición político-ideológica de Mario Vargas Llosa, sobra discutir el otorgamiento del Premio Nóbel de Literatura 2010 a su persona, refiriéndonos exclusivamente a su militancia actual de vocero hispano hablante del neoliberalismo, la globalización y la explotación inmisericorde del mundo de los pobres denunciada, inclusive, por Juan Pablo II como el “capitalismo salvaje.” Si merece o no merece el Nóbel de Literatura 2010 es la pregunta o interrogación de fondo, sobre todo luego de haber sido nominado a este galardón durantes los últimos 26 años de manera consecutiva, insistente y cargante; y, además, siempre apoyado por sus amigos y un lobby internacional de grupos de poder ajenos a la literatura. A mí, personalmente, me sorprendió el anuncio de la Academia Sueca en dos aspectos principales: primero, por dárselo a un escritor profesional controvertido, impugnado y combatido en el ambiente intelectual ecuménico y enterado; y segundo, por un detalle difícil de digerir en términos literarios: se otorga el galardón al autor peruano, de 74 años de edad, “por su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo." Una explicación poco convincente o tal vez una definición un poco rara, cuya indudable raíz política, sin referencias a la obra escrita del autor premiado, no tiene precedentes en la historia. Así doblemente sorprendido, confieso con sinceridad mi aturdimiento y la confusión frente a una mescolanza de opiniones celebrantes, henchidas de rústico nacionalismo cuando el autor premiado rechaza por escrito, cuantas veces puede, todo sentimiento de patria. Sin embargo, como de toda confusión emerge la luz, trataré en lo posible de esclarecer y de esclarecerme a mí mismo donde termina el escritor Mario Vargas Llosa y comienza a actuar y escribir el político. Una revisión a los Premios Nóbel de la literatura latinoamericana, nos muestra la enorme diferencia acerca de las tesis o enunciaciones tenidas en cuenta en la premiación. A Gabriela Mistral “por su poesía lírica inspirada en poderosas emociones, haciendo de su nombre un símbolo de las aspiraciones idealistas del mundo latinoamericano en su integridad.” A Miguel Ángel Asturias “por sus vívidos alcances literarios, enraizados profundamente en los rasgos nacionales y las tradiciones de los pueblos originarios de América Latina.” A Pablo Neruda “por una poesía que con la acción de una fuerza elemental mantiene y conserva vivos el destino y los sueños de un continente.” A Gabriel García Márquez “por sus novelas e historias cortas, en las que la fantasía y el realismo están combinados en un riquísimo mundo de imaginación, donde se reflejan la vida del continente y sus conflictos.” A Octavio paz “por una escritura apasionada de amplios horizontes, caracterizada por una inteligencia sensitiva y de integridad humanista.” Como se observa, a simple vista, todas estas declaraciones están referidas a la vida y obra literaria de los autores premiados, distinción esquiva en el caso de Mario Vargas Llosa. Una disquisición necesaria Vargas Llosa es un escritor profesional, un narrador, un ensayista, un cronista estudioso, un periodista ilustrado con enorme acopio lingüístico, adquirido en largos años de prolífico productor de libros. Sería mentir no reconocerle cierto dominio de la técnica narrativa; y en esta trayectoria tiene el mérito de seguir escribiendo, es disciplinado, cauteloso con el lenguaje y productivo. Imposible negar en él, desde un punto de vista académico, relativos dominios del idioma castellano y su reconocida fama como intelectual y literato. A buen decir sería mezquino no reconocer los frutos logrados en más de cincuenta años de oficio como escritor. Este reconocimiento a su experiencia profesional, habiendo leído más del ochenta por ciento de sus libros de narrativa y ensayos, no me llega a convencer; y menos al aplauso fácil frente a la entrega del Premio Nóbel de Literatura 2010 porque, me parece, en ella se observa una decisión política de la Academia Sueca antes que literaria, ya que la totalidad de su prolífica obra intelectual nos deja el sinsabor de las carencias no cubiertas y de los vacíos difíciles de llenar sólo a través de laureles, recompensas y galardones, unos merecidos y otros no. Y, por

supuesto, esta apreciación mía será sustentada más adelante. Pero antes de ingresar de lleno a la valoración de la obra de Vargas Llosa, es preciso aclarar que una persona no puede estar dividida en dos, el lado positivo de escribir bien y el lado negativo de su confesión político-ideológica. Todo ser humano es una unidad donde el pensamiento y la acción convergen, van juntos y la inspiración está vinculada íntimamente a la propia identidad del individuo. Con el cuidado del estilo, la forma, el lenguaje, el poeta escribe su visión de la vida, expresa sus dolores, sus penas, sus alegrías, sus sueños, es decir, transmite su pensamiento integral en versos; en prosa el novelista es también un poeta que acomete la idea de transformar el mundo inmerso en el laberinto y el caos. Los artistas auténticos son quienes tratan de establecer un orden justo frente a acontecimientos que se suceden unos a otros, la literatura cumple el papel crítico de observar cómo va el mundo que nos rodea. Y, excepto sea un plumífero rentado o bien pagado, el escritor debe escribir bien, con claridad, lo que piensa. Vargas Llosa escribe lo que piensa y lo escribe bien, sin embargo, siendo un hombre defensor de las causas de extrema derecha en el planeta, contra los pobres, los necesitados y los indígenas; y siendo, además, un militante abanderado de los ricos y poderosos, no puede ser celebrado por la mayoría del pueblo peruano ni de Latinoamérica. Discrepo profundamente, por tanto, de quienes separan al escritor del político y realizan críticas vergonzantes como aquellas de ponderar sus escritos actuales y censurar sus ideas, cuando por más bellas que sean las formas de expresión el contenido es uno solo y transmite el radicalismo económico neoliberal, a veces de manera explícita y otras de forma subterránea. La dicotomía creada artificialmente por algunos intelectuales y escritores, arrimándose a Vargas Llosa, es inaceptable y peligrosa en los hombres y mujeres de izquierda. El Perú no ha ganado un trofeo deportivo a celebrar de forma masiva y popular, la masa de celebrantes del flamante Premio Nóbel de Literatura 2010 ni siquiera ha leído un solo cuento del autor premiado; las clases medias se dejan llevar por la novelería y lo han leído poco; los ricos lo tienen en sus bibliotecas de adorno en los estantes, pero disfrutan en grande la celebración debido a su significado: la hipoteca del pensamiento nacional elevado a designios pontificios de un individuo escabroso en el arte de mentir en nombre de la democracia y la libertad. No se trata, pues, de sólo escribir bien y bonito, de explotar la hermosura del lenguaje, la calidad de las palabras, la sintaxis, la gramática y la concordancia; se trata también de los contenidos, los temas y los mensajes que se transmiten. Desde España, Vargas Llosa con sus libros, ensayos y artículos periodísticos, bombardea a América Latina amparado en la fama adquirida y trata de convencer a todos de las bondades de las dictaduras civiles neoliberales disfrazadas de democracia y de las libertades que sólo pueden tener los poderosos y adinerados; allí lo hemos visto y lo seguiremos viendo como activo militante en apoyo a los pinochetistas chilenos en la cabeza de Sebastián Piñera; en apoyo de la mafia de Alan García, la derecha peruana y los corruptos de todos los pelajes; en apoyo de las huestes criminales de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos en Colombia, de Felipe Calderón en México o Porfirio Lobo en Honduras, etc. Y por descontado en contra de los presidentes populares como Rafael Correa, Evo Morales llamado por él “indio acriollado”; Hugo Chávez tildado en sus crónicas de El País de “dictador caribeño” porque le viene en gana; de Fidel y Raúl Castro, Lula, Mújica. En fin, ese y no otro seguirá siendo su papel destructivo ajeno a las raíces originarias de nuestros pueblos latinoamericanos. Dos etapas definidas Ahora, en relación, al conjunto de su obra intelectual tenemos dos etapas definidas sin lugar a engaños. Dos etapas marcadas por la producción de sus libros. La primera, el intento de llegar a ser un novelista a carta cabal, un escritor auténtico mediante la ficción producto de la realidad vivida, la observación y la fantasía; la segunda, la del ensayista con un particular punto de vista inventor aunque desacertado, la del narrador de historias triviales, relatos ligeros y libros falsetes, narrativa más cercana a la del periodista de investigación. Mario Vargas Llosa, el escritor más joven del boom literario latinoamericano de los años sesenta del siglo pasado, se trepó al coche de la mano de los viejos: Alejo Carpentier (lo real maravilloso;) Julio Cortazar (la contra novela;) Juan Rulfo y Gabriel García Márquez (el mágico realismo.) Se hallaban allí también Ernesto Sábato, Juan Carlos onetti, Lezama Lima y Carlos Fuentes. Con tan magníficos autores alrededor, la suerte a futuro le comenzó a sonreír desde un inicio como escritor novicio tirado a caballo por los ya notables. Coinciden con esta época la revolución cubana y el auge de la narrativa latinoamericana existencial, influida por las lecturas de Joyce, Faulkner, Hesse, Kafka, Hemingway, Camus y Sartre, en cuanto a prosa se refiere

y, en cuanto a poesía, por Vallejo, Neruda, Benedetti, Brecht, Hikmet, Machado, García Lorca y Hernández. A Mario Vargas Llosa no le faltaron virtudes, en esa primera etapa empezó relatando sus vivencias más sentidas en novelas como en La Ciudad y los Perros, La Casa Verde y Conversación en la Catedral; el escritor aquí vuelca su conocimiento de forma auténtica, ambiente y personajes, aunque todavía exista un predominio lineal en la concepción novelística, característica muy propia en los profesores universitarios. En este proceso de evidente de maduración se observa algún desorden de orden narrativo y algunas faltas de correspondencia en los tiempos verbales, sobre todo en la enmarañada novela La Casa Verde, pero el colega visto con buenos ojos por los escritores amigos inicia el despegue, ya que existe en estas obras una identificación del autor con el relato. Varios críticos literarios han considerado este período de la obra de Vargas Llosa como una intención de posesionarse del espacio neoclásico realista, difícil camino abandonado a su suerte con la producción posterior donde, sin sobresaltos ni remordimientos, la ruptura inicia su declive y decadencia literaria voluntaria, transformado a propio albedrío en un producto comercial, una fabricación editorial de éxito. No exageramos porque el cambio, mudanza o permuta, a su segunda etapa es abrupto y vertical, determinante para su futuro inmediato como escritor de rango menor y novelista de entretenimiento cinematográfico, diversión y espectáculo. Pero es necesario remarcar que este resultado final de la decadencia respecto a los grandes novelistas de la historia, a pesar del Premio Nóbel logrado políticamente, no es sólo debido a su concepción política retrógrada y neofascista, sino a sus erradas formulaciones teóricas y empíricas de lo que, según él, debe ser la novela. Y precisamente en los ensayos de Vargas Llosa está la raíz del conflicto existencial de él como persona y narrador, impedimento para llegar a ser un novelista cabal, pues ellos no son otra cosa que una reiterada formulación de irracionalidad e individualismo. El abultado volumen de su tesis universitaria en la Universidad Complutense de Madrid, el ensayo titulado García Márquez: historia de un deicidio (1971) marca el inicio de sus teorías empíricas y de sus enormes errores que lo han llevado a ser una fabricación comercial, un producto del mercado globalizado, de manera alguna un novelista universal. En aquella época cuando Vargas Llosa era, además de novelista novicio, crítico literario en la revista uruguaya Marcha, Ángel Rama, escritor, editor, crítico y ensayista uruguayo, estableció en célebre polémica los desaciertos de las insubstanciales tesis que, según el autor de Conversación en la Catedral, apuntaban a definir “qué es un escritor y especialmente un novelista.” Aquí Rama lo acusa de usar metáforas más que definiciones críticas fundadas y demuele con argumentos precisos el concepto irracionalista de Vargas Llosa, aquella afirmación en la que dice y aún sostiene: “el escritor no elige sus temas sino que es elegido por ellos.” En la polémica Rama insiste en el gran número de incoherencias de la tesis, en los errores de información y en el desconocimiento de gran parte de la obra de García Márquez, acusando a Vargas Llosa de irracional, elitista e individualista, por subestimar el aspecto social en la creación literaria y colocarse de forma velada como opuesto al cambio revolucionario y al progreso de América Latina. Y no le faltó razón a Ángel Rama, fallecido en el accidente de aviación en Madrid junto a Manuel Scorza, pues Mario Vargas Llosa insistió en sus tesis originarias respecto a la novela y las comenzó a poner en práctica a partir de Pantaleón y las Visitadoras, novelilla de entretenimiento a fin de escandalizar con sexo y prostitución, basada en la acumulación de partes militares “secretos,” memorias, documentación administrativa, cartas y recortes de periódicos, la llamada “materia prima” alcanzada al escritor cómodamente instalado en el hotel de turistas de Iquitos, y por consiguiente, con cero de conocimiento personal y real de la selva amazónica. La producción posterior a esta ruptura con la tradición de la novela, incluidos los variados estilos, descalifica a Vargas Llosa como un grande de este genero literario y lo ubica en la narrativa ligera, la crónica ilustrada y el periodismo de investigación. Peor aún cuando no dándose por vencido, a pesar de las críticas recibidas, insistió, entre otros ensayos, con tres característicos que redondean su tarea de narrador lineal sin mayores aportes a la humanidad, me refiero a tres libros esenciales vinculados a sus tesis erradas respecto a la novela: La Orgía Perpetúa,” “La Utopía Arcaica,” y “La Verdad de las Mentiras.” En este contexto teórico desarrollado por Vargas Llosa se distinguen premisas reiterativas de sus conceptos iniciales, alimentadas con justificaciones de “robos,” “saqueos” “hurtos literarios” de canteras inimaginables en bien de la literatura, en pocas palabras plagios de plagios adornados por la inteligencia y el dominio del idioma del escritor. De allí parte el absolutismo de Vargas Llosa cuando afirma que el escritor debe

valerse de todo y “el logro de una novela depende exclusivamente de su forma, no de los temas.” Una verdadera lástima por lo bien que escribe y lo mal que utiliza Mario Vargas Llosa la técnica para hacer novelas sin trascendencia vital y humana. La tía Julia y el Escribidor, la Historia de Mayta, ¿Quien mató a Palomino Molero? El Hablador, Elogio de la Madrastra, Lituma en los Andes, Los Cuadernos de don Rigoberto, La Fiesta del Chivo, El Paraíso en la otra Esquina, Travesuras de niña Mala, etc. precisamente siguen la teoría de la información, la documentación, los archivos, las memorias, los periódicos; la “materia prima” de Vargas Llosa para producir libros comerciales. Y nos lo dice con toda frescura porque la novela es la forma y no el contenido ni los temas, el naturalismo descriptivo adornado y distorsionado a merced del autor, por el buen decir. No menciono a la Guerra del Fin del Mundo (1981) entre las obras citadas en este párrafo, porque este libro está fuera de la norma y al parecer, fue el último intento de hacer novela aunque muchos críticos señalan un “saqueo” a la obra de los brasileños Joao Guimaraes Rosas y Euclides Da Cunha. En realidad, todo buen escritor es en gran parte autobiográfico y sus novelas capítulos excepcionales de su propia vida intelectual, moral, mística y contemplativa, el copiar ilustrado y ostentoso no cabe en esta nomenclatura. En la primera etapa, Mario Vargas Llosa empezó a ser un novelista, en la segunda termina como un narrador recreativo donde predomina el estilo del ensayista, del analista ilustrado y el periodista de investigación, lugar donde la imaginación, la fantasía, el sueño, no aparecen y el vuelo de la prosa desaparece. La literatura, poesía y novela, es un proceso imposible de alejarlo de las grandes problemáticas de la humanidad. El tema de la barbarie de la civilización o de la civilización de la barbarie no puede ser eludido; y menos debe criticarse el pasado haciendo abstracción del presente. César Vallejo es el dolor humano transmitido por las privaciones, por las injusticias vividas en el mundo; Pablo Neruda es hijo de América y hermano de los indígenas; en su segunda etapa Mario Vargas Llosa es un hombre no identificado con su nación ni su herencia, es como él mismo explica: “el escritor es egoísta por sí mismo para poder escribir” le faltó agregar soberbio por naturaleza y envidioso por conducta. La intelectualidad, la cultura, los poetas, escritores, ensayistas, pintores, dramaturgos, músicos, constituyen la reserva moral de un país, Vargas Llosa renunció hace tiempo, este Premio Nóbel de carácter político, inmerecido por la literatura, no está en las buenas manos que debieran ni hacen honor a la Academia Sueca, cuya designación este año carece de relativa unanimidad y sehalla fuera de consenso. *Poeta y escritor peruano Carlos Angulo Rivas

• Novela versus Historia
Leopoldo de Trazegnies Granda Después de leer la última publicación de Mario Vargas Llosa, cabe preguntarse para qué sirven las novelas, si es que sirven para algo, especialmente cuando son históricas o historias noveladas. No todo el mundo puede llegar a la síntesis literaria del cuento de Augusto Monterroso expresado en una sóla línea: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí,". El máximo exponente de la ficción latinoamericana, Jorge Luis Borges, jamás escribió una narración larga, le bastaron sus cuentos para crear su universo literario. Abundan los ejemplos en la narrativa hispanoamericana, más o menos conocidos: Juan Rulfo, Julio Ramón Ribeyro, Martín Adán, Horacio Quiroga. "La fiesta del Chivo" de Vargas Llosa tiene 518 páginas y en ellas nos relata los años inmediatamente anteriores y posteriores a la muerte del último dictador de la República Dominicana. Repite su gran tema, el que desarrolló en su mejor libro, "Conversación en La Catedral", donde también fabulaba sobre otro dictador, el presidente del Perú, general Manuel A. Odría, dejando correr su vocación por la Historia que iniciara como ayudante del historiador Raúl Porras Barrenechea en Lima. A una novela extensa, basada en un personaje real, no hay más remedio que buscarle la justificación; de no ser así, nos contentaríamos con leer la historia verdadera en todos sus detalles. También es verdad que puede estar amparada por exigencias editoriales: un libro voluminoso de un autor de prestigio puede venderse a un precio superior, y estas razones extraliterarias hay que tenerlas muy en cuenta a la hora de evaluar la obra del autor peruano, que ejerce de chamán mediático del mercado libre en sus artículos periodísticos del diario El País. La nueva novela de M.V.Ll. se abre con una detallada descripción del paisaje urbano de la entonces llamada "Ciudad Trujillo" y hoy nuevamente Santo Domingo. Hasta la página 25 sólo sabemos que Urania Cabral ha vuelto a su tierra después de mucho tiempo de vivir en los Estados Unidos y que algún suceso terrible la empujó a abandonarla en épocas del dictador. En el segundo capítulo nos presenta al temido protagonista: Rafael Leonidas Trujillo, el odiado o amado "Chivo". Nos lo presenta a las cuatro de la madrugada, hora en que se sacudía las miasmas para empezar su nauseabunda jornada. A través de la visita que Urania hace a su anciano padre, antiguo hombre de confianza del tirano desfila un variado anecdotario de crímenes, crueldades y vejaciones del dictador y sus sobones hasta desembocar en la conspiración (o más bien tediosa espera) y muerte de Trujillo. Desde las primeras páginas el lector intuye estos dos ejes sobre los que va a gravitar la novela y que en su momento se entrecruzan: de un lado, la consumación del asesinato del tirano y por otro, la terrible ofrenda de la virginidad de Urania al "Chivo", realizada por su propio padre, a los catorce años de edad. Vargas Llosa se dio a conocer con una sorprendente novela de colegial ("La ciudad y los perros") cargada de justo resentimiento contra el sistema autoritario que padeció en el Colegio Militar Leoncio Prado del Callao. Tuvo el acierto de trasladar fielmente al papel la jerga, replana o argot "milico-prostibulario" que allí imperaba. Resultó novedoso. Sus compañeros, que conocían tan bien como él ese lenguaje, continúan de uniforme o de paisano en el ambiente "fujimorista" actual. Vargas Llosa se elevó rápidamente a la categoría de novelista de vanguardia. La crítica lo mimó como nuevo valor de la narrativa peruana. Su relación con la Cuba "castrista" le confirió la imagen revolucionaria que facilitaba el triunfo a los jóvenes de los años 60,

aunque no correspondiera con su carácter conservador, elitista, que afloró espontáneamente cuando los "valores de la izquierda" cayeron en desgracia, llegándose a presentar como candidato a la presidencia del Perú para defender los intereses oligárquicos de la banca peruana ligada a Estados Unidos, bajo la apariencia de un "neoliberalismo" con piel de cordero más que de chivo. Pero en el campo de la literatura Vargas Llosa no defraudó: después de publicar una obra al estilo costumbrista de José María Arguedas, "La casa verde", donde ya prueba las nuevas técnicas narrativas que utilizaría en obras posteriores, publica "Conversación en La Catedral", que es una inmersión en la idiosincrasia peruana, con personajes que pasarán al acervo nacional, como Zavalita al que todavía no se le ha respondido la pregunta con la que inicia la novela: "¿En qué momento se había jodido el Perú?" Aunque "La fiesta del Chivo" prosigue la misma temática política, carece de la riqueza de las "conversaciones" que "oímos" en el bar "La Catedral" de Lima. Al igual que en otra de sus últimas novelas, "Lituma en los Andes", el texto se nos presenta largo, correoso y difícil de digerir. No sería extraño que algún día Vargas Llosa nos sorprenda con un volumen sobre el otro "Generalísimo": Francisco Franco, cerrando así una trilogía dedicada al autoritarismo político. Podríamos preguntarnos entonces: ¿Nos proporcionará algo que no podamos leer en las abundantes biografías que ya hay sobre el dictador español? ¿Nos ayudará a comprender algo más sobre la condición humana, sobre cómo se articulan los elementos que intervienen en las tiranías? ¿O sería simplemente una recreación más de escenas de una crueldad compulsiva, terroríficas, de un desprecio total a la vida, a la mínima dignidad del hombre, magníficamente bien fabuladas a lo largo de más de 500 páginas, como es "La fiesta del Chivo"?

NARRATIVA DE LOS ´50 Y ´60
Escrito por Marisa E. Martínez Pérsico

La década del ´50 fue fértil en cuanto a la evolución de la narrativa peruana, e hispanoamericana en general. Varios críticos se refirieron a esta época con el sintagma “literatura continental” cuya estética fue poco a poco imponiéndose al mundo hasta llegar a la cúspide de los años ´60. De acuerdo con Birger Angvik en su investigación “La teoría de la novela de Vargas Llosa y su aplicación en la crítica literaria” fueron Carlos Fuentes, José Donoso, Luis Harss, Jorge Lafforgue y Rodríguez Monegal quienes adscribieron a una “perspectiva continental” sin hacer diferencias entre naciones para nombrar el crecimiento narrativo, cualitativamente superior a los de períodos anteriores. Donoso lo llama “cumbre extraordinaria”. También se ha afirmado que Vargas Llosa participó de un proceso denominado “parricidio literario” por la abierta rebeldía a adoptar estilos narrativos anteriores e incluso contemporáneos. Vargas Llosa propugnó una

literatura donde aparecieran la literatura documental y el realismo social como marcas de una “nueva novela” pero con sello propio.

SU REALISMO URBANO
Uno de los pocos escritores del siglo XX factibles de ser incluidos dentro del canon, para Angvik, es Vargas Llosa: “en 1969, él mismo esclareció su posición cuando rechazó la existencia de una literatura peruana y creyó más razonable hablar de una literatura latinoamericana, diferente de la literatura europea o norteamericana”. La mayoría de sus compatriotas críticos ven en la narrativa de Mario Vargas Llosa una literatura realista; para Oviedo se trata de un “realismo urbano o realismo neonaturalista” altamente crítico. Sin embargo, los conceptos que más frecuentemente se repiten para calificar su escritura rondan el sintagma “realismo urbano” dentro de cuya clasificación entrarían novelas como La ciudad y los perros.

Mapa para leer y entender la obra de Mario Vargas Llosa
Álvaro Enrigue

¿Cómo acercarse a la obra de Vargas Llosa? ¿Qué leer primero? ¿Qué esperar? Álvaro Enrigue, escritor y crítico literario te da pistas CNNMéxico) — Mario Vargas Llosa publicó La ciudad y los perros a los 26 años. La novela fue reconocida de inmediato como la obra maestra que sigue siendo –la releí, casualmente, la semana pasada y puedo dar testimonio de que todavía deja sin aliento—; al poco el libro se tradujo a un sinfín de lenguas y lo convirtió de inmediato en una referencia universal: fue el miembro acreditado más joven del Boom a la edad en la que todos los demás estamos pensando si de verdad deberíamos seguir adelante con el doctorado. Su siguiente novela fue La casa verde, luego publicó Conversación en la catedral –tal vez la narración de largo aliento más perfecta que haya dado el castellano durante el siglo XX. Se puede seguir sin pausa: La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo, Historia de Mayta, La fiesta del chivo –por hablar sólo de sus libros extraordinarios. Ningún escritor vivo ha sido tan consistente ni, sobre todo, tan leal a sus lectores. A pesar de que desarrolló su carrera en un contexto en el que el ejercicio desbordado de la imaginación y la fantasía vendían maravillosamente, Mario Vargas Llosa nunca ha aspirado como autor más que a plantear el gran fresco de la vida del Perú –y a veces América Latina-- en el tiempo que le tocó vivir: ser un realista de cepa pura. La consistencia y la lealtad son virtudes que con frecuencia van juntas y producen reconocimiento. Si Vargas Llosa se ha mantenido a la altura de las expectativas de sus lectores publicando una novela sólida tras otra, también ha sido fiel a sus maestros del siglo XIX francés: Balzac, Flaubert, Stendhal. Su literatura está

enmarcada siempre por una preocupación social que parecería partir de la celebre primera frase de Conversación en la catedral: “¿Cuándo se jodió el Perú?” Todas las novelas –o todas las que son buenas-- son máquinas de pensar metafóricamente: cuentan la historia de alguien y esa historia da testimonio del mundo que vio al autor. Es por eso que se siguen publicando y leyendo. Vargas Llosa ha sido el analista más perceptivo y cruel de los desastres latinoamericanos – encarnados en su obra en el Perú, pero también en Brasil o República Dominicana--, y también el que mejor ha visto los nichos en que puede florecer algo esperanzador: la ternura de los que no tienen nada, la belleza de los que se hundieron persiguiendo ideales, la riqueza de un mundo sostenido por un lenguaje con una capacidad formidable para renovarse. Como todos los escritores que alcanzaron la consideración universal, Vargas Llosa encontró una forma única, innovadora y a ratos deslumbrante de contar historias a partir de La casa verde, su segunda novela. Lector cuidadoso de la literatura decimonónica, pero también perpetuamente al día con la que le tocó ir leyendo mientras se publicaba, adaptó todas las técnicas probadas por las vanguardias narrativas del siglo XX a un discurso que se apegaba a la realidad histórica. El resultado fue el hallazgo de un mecanismo para contar que ha sido, en sus manos, inagotable. En las novelas de Vargas Llosa el tiempo nunca corre de manera lineal: se superpone en carreteras paralelas que a ratos se cruzan, se dividen, se trepan unas sobre las otras formando segundos, terceros y cuartos pisos. En Conversación en la catedral hay párrafos imposibles en los que cada frase atiende a una escena y una anécdota distintas, que sucedieron en diferentes momentos, y que no forman un laberinto, sino un mandala de trazo claro y sereno: aclaran, que es lo que siempre debería hacer un escritor. Además Vargas Llosa es una persona que dice lo que piensa y asume sus consecuencias. Sus visitas a México son célebres porque siempre se las arregla para poner el dedo en la llaga: dice cosas incomodísimas que además son verdad. Esa honestidad sin diques es probablemente el nudo que sostiene la inteligencia de sus libros. Ninguno de sus personajes es nunca banal ni está ahí para entretener: todos han sido creados con una admirable economía que los vuelve entrañables y reveladores al mismo tiempo. La honestidad vargasllosiana es tan ilimitada que al menos en dos libros, su personaje principal es él mismo y padece el maltrato de rutina: El pez en el agua, sus memorias, y La tía julia y el escribidor –joya de la corona del posmodernismo literario latinoamericano—son libros construidos sobre una historia ya mítica, aunque todos los personajes de ambos relatos siguen vivos: de joven se casó con su tía y cuando se divorció de ella, se casó con su prima; en el vaivén entre esas dos tremendas historias de amor, construyó un mundo al que podemos entrar todos para entender mejor lo que nos rodea. Por estas mismas fechas, pero en el año 2008, el escritor español Félix Romeo presentó a Mario Vargas Llosa en el que era el evento más taquillero del Festival Hay de Segovia. El paquete no era menor para mi colega: su responsabilidad consistía en mantener enganchado al público mientras conversaba sólo sobre libros con su héroe literario. Yo había saludado a Romeo por la mañana y habíamos intercambiado pocas palabras porque estaba atareado afinando las largas notas en que basaría su preguntas. Cuando a las cinco de la tarde se abrieron las cortinas del teatro y Romeo sintió el golpe de los cañones de luz y la respiración de los cientos de espectadores que lo atendían en el filo de sus butacas, sacudió levente sus tarjetas, las reacomodó, alzó la mirada y dijo con una honestidad tan directa y tierna que todavía me conmueve: “Yo no tengo nada que decir en esta mesa. Damas y caballeros: los dejo con Mario Vargas Llosa, el mejor novelista del mundo”.

*Álvaro Enrigue es escritor, profesor, editor y crítico. Comunicador por la Universidad Iberoamericana, obtuvo un master en Literatura Iberoamericana en la Universidad de Maryland y ha sido editor literario del Fondo de Cultura Económica.

Vargas Llosa y sus críticos
Por: Juan Carlos Botero NINGÚN OTRO AUTOR VIVO SE MErecía más el Premio Nobel de Literatura que Mario Vargas Llosa, y por eso resultan insólitas las críticas que se han escuchado en torno a su obra luego del anuncio de la Academia Sueca.

Es legítimo que a unos no les agraden los libros del escritor peruano. Sabemos que en el arte reina la subjetividad, pero esta no es una cuestión de gustos sino de conocimientos, pues los reparos que se han oído son simplemente erróneos. Por fortuna son voces minoritarias, pero sorprende que algunas provengan de escritores, profesionales que, uno pensaría, han estudiado y trabajado los textos, que deben tener el criterio para reconocer la maestría de alguien capaz de escribir, entre muchos otros, Conversación en la catedral, La ciudad y los perros, Historia de un deicidio, La fiesta del Chivo, La orgía perpetua y La guerra del fin del mundo. En Colombia se confunde la crítica con el insulto, pero da pena ajena ver a un novato fustigar a un maestro. La prosa de Vargas Llosa es gris e insulsa, dicen los críticos. Discrepo. Sin duda, hay autores cuya prosa impacta por lo bella, que truena y retumba como la de Faulkner, o envuelve y hechiza como la de García Márquez. Pero hay otros cuya prosa se caracteriza por la claridad, como la de Hemingway, o por la eficacia, como la de Kafka. Su mérito mayor es la transparencia, el hecho de que sea tan eficiente que se torna invisible y no llama la atención, al punto que leemos la historia y se nos olvida que alguien nos la está contando. Este es el caso de Vargas Llosa. La sencillez de su prosa es engañosa, porque lograr semejante nitidez en la articulación de las ideas o en la acción de los personajes es de una gran dificultad. Y que eso no lo capte un escritor es inexcusable. Otra crítica es que Vargas Llosa no ha creado personajes memorables. Al contrario: el peruano ha creado un mundo propio lleno de gente fascinante como el Jaguar, Mayta, Moreira César, el barón de Cañabrava, la niña mala y muchos más. Hasta sus personajes históricos, como el dictador Trujillo o el pintor Gauguin, son magistrales. Y no porque éstos hayan existido en la realidad, sino por la excelencia del retrato que traza de ellos Vargas Llosa. El punto de partida de esos protagonistas es el individuo histórico, pero son personajes escritos y, por ende, literarios, creados por el peruano, y su talento es lo que los hace parecer, ante nuestros ojos, como verosímiles y reales. Eso también lo debe saber todo escritor. La tercera crítica es que la obra de Vargas Llosa carece de ideas y es insólita. En ciertos autores, como Borges o Sábato, sus ideas son más evidentes, pero toda creación artística es el resultado de convicciones precisas, las que hacen que un autor escriba de una forma y no de otra. En el caso de Vargas Llosa se puede decir, incluso, que cada una de sus novelas obedece al deseo de brindarle carne, cuerpo y peso humano a una idea. Su rechazo al fanatismo, su desencanto con la izquierda, su fascinación con la ficción, su condena a la violencia y su concepto del Perú, cada una de estas ideas tiene una novela que la encarna. Por eso, y por mucho más, él se merecía el Nobel. En fin, estas críticas no hablan mal de Vargas Llosa. Hablan mal de quien las esgrime.

• Opinión de Alvaro Ponbo, escritor español (1939) Los dos libros que mas me han gustado son "La historia de Maita" y "La fiesta del chivo". Tengo una objecion que hacer a su prosa narrativa: es demasiado común. Prefiero escritores con una prosa narrativa más elaborada. Y un gran elogio: es un narrador de gran eslora con un proyecto narrativo muy universal y que tiene muy presente la gran tradicion narrativa anglosajona.

¿Qué clase de novelista es Mario Vargas Llosa?
José María Guelbenzu

La concesión del Premio Nobel generará obligadamente una catarata de elogios que responderá tanto a ese humano y pegajoso deseo de apuntarse al galardonado como a la expansión de entusiasmo que los grandes reconocimientos comportan. La opinión crítica queda literalmente arrasada por la habitual desmesura de los elogiantes, como si se tratara de una competición, y es lógico porque este es un momento de alegría (e incluso de envidia) y fuegos artificiales. Pero aparte de los incondicionales y de los de ceja alzada, también hay gente que en medio de la onda expansiva se pregunta: ¿es realmente tan bueno el autor? Examinemos unas cuantas razones. La primera de ellas sería, sin duda alguna, la ambición. No hay gran novela sin gran ambición. No hay novelista (incluso tan educado y elegante como él) que no alimente su escritura en un orgullo satánico. Esa es la parte oscura, infernal, del gran escritor. Pero la ambición por sí sola también se la podríamos aplicar a Al Capone o a Stalin, así que algo falta en la caracterización del escritor. Lo que falta -segunda razón- es el amor por la Literatura. Genera dos propiedades muy importantes; de una parte, el gusto literario, adquirido gracias a la experiencia literaria; de otra, la vocación, esa misteriosa voluntad de anteponer la creación a cualquier otra consideración vital. Como decía Faulkner, el novelista ha de estar dispuesto a mentir, robar, falsear e incluso a vender a su madre con tal de conseguir crear la Obra. Vocación y ambición revelan un carácter. Experiencia literaria (lectura) y experiencia de la vida son las armas de ese escritor. Mario Vargas es un ejemplo perfecto de escritor vocacional entregado a su obra, lo cual no quiere decir que haya tenido que sacrificar a la familia, lo que no se puede decir de otros. Uno de sus grandes hallazgos son las formulaciones de 'La Casa Verde' Ha creado en sus libros individuos y grupos con la misma potencia Hasta aquí, características personales. Pasemos a las literarias. Las pasiones literarias de Mario Vargas contemplan, si no me equivoco, los libros de caballerías, la novela decimonónica, más Dumas y Victor Hugo por un lado y Flaubert por otro. Los primeros, sobre todo Tirante el Blanco, del que hizo una edición excelente, contienen, según declaró en su día, una "representación de su tiempo", asunto clave para el escritor; por eso admirará Guerra y paz. Razón de su importancia es la concepción de la novela con afán de totalidad; es cierto que la novela total es un imposible, pero Vargas Llosa ha pugnado por acercarse a ella en todas sus novelas mayores, lo cual le convierte en un forzado de la Literatura. Pero las razones no acaban ahí, hay que afinar un poco más para llegar a lo excepcional.

La siguiente razón que lo convierte en un gran escritor es su capacidad de aunar acción e historia, lo cual concuerda perfectamente con su antigua afición por Dumas y Victor Hugo. Pero llega más lejos: de Flaubert procede otra característica, la fusión entre lo personal y lo histórico que, con La educación sentimental funda la novela moderna. Si juntamos todas esas calidades en una persona, reunidas con tanto tesón y esfuerzo como talento, tenemos retratada su escritura y su ambición. Aparte de eso, y hablando del lenguaje y de la expresión, otra razón de su importancia: no hay técnica expresiva que extrañe, desde la multiplicidad de puntos de vista, que ha debido de apreciar en Faulkner, o el monólogo interior hasta la descripción en la que apoya sus historias o el oído para el diálogo, que traspone a lo literario admirablemente y, no lo olvidemos, siempre sin perder de vista la búsqueda utópica de la obra total. Vargas ha creado además individuos y grupos con la misma potencia, un equilibrio nada fácil conseguido porque su pasión en el retrato del individuo ante la injusticia se compadece estupendamente con la realidad en la que se desenvuelven y ahí tenemos un nuevo y complementario valor de primer orden. Uno de sus grandes hallazgos son las formulaciones literarias de La Casa Verde, que ensamblan lo telúrico con la modernidad en un ejercicio necesariamente irregular en algunos momentos, pero prodigiosamente conseguido en su conjunto: ese ensamblaje es un hallazgo y una lección para muchos escritores posteriores. A su vez, una novela decididamente histórica, como es La guerra del fin del mundo, posee un formidable trabajo documental, lo cual será también una de sus herramientas favoritas para crear libros como La Fiesta del Chivo, donde consigue que historia, acción, personajes e idioma se fundan en un todo. Y así ha procedido siempre: baste con recurrir a esa imagen del escritor visitando el Congo para ambientar El sueño del celta, que recuerda a aquella otra de Émile Zola en el estribo del tren dispuesto a viajar por los caminos de hierro para ambientar su novela La bestia humana. Por otra parte, y siguiendo con su capacidad de pelear en todos los terrenos, los que hoy se adentran en la autoficción no pueden dejar de lado ese precioso antecedente que es, en cierto modo, La tía Julia y el escribidor, a la vez comedia dramática y aventura literaria que revela la versatilidad del autor porque la escribe tras vaciarse en un monumento como Conversación en La Catedral. La versatilidad es tanto una virtud como una prueba de talento y de dominio, de la escritura y de los materiales, de la que muy pocos salen con bien: tanto si escribe en el tono más alto como en un tono menor, se adecua a lo que cada registro le exige y esa es una nueva razón para considerarlo como un escritor que es verdaderamente dueño de sus proyectos. La suma de todo ello retrata a un escritor total que ha conseguido ajustar siempre lo que quiere decir a lo que dice. Esta no es una suma de elogios sino una relación de propiedades conquistadas a lo largo de toda una vida, pero que ya en La ciudad y los perros mostraba los dientes. En ese libro, la relación especular entre el grupo (los cadetes y los profesores del Leoncio Prado) y el individuo (El Jaguar, Cava, El Esclavo, Alberto, Gamboa...) está ya plasmada y, por así decirlo, ese es el germen de una constante en su obra, creo que la más significativa y la que más decididamente contribuye a su grandeza. Una grandeza envidiable y muy justamente reconocida.

Sobre Mario Vargas Llosa Lilia Boscán de Lombardi

Vargas Llosa ha sido un escritor comprometido con su país y con su tiempo. En una época, producto del idealismo juvenil, fue fiel creyente del socialismo, aspirando un mundo de justicia y de oportunidades para todos, de allí su admiración por Fidel Castro y la revolución Cubana. Después de un tiempo conoció la desilusión por el fracaso de esa revolución, pero sus ideales lo llevan a participar activamente en la política de su país y a ser candidato presidencial. La lucha contra las dictaduras a favor de la democracia ha sido permanente, así como la defensa de los derechos humanos. Vale la pena mencionar sus libros de ensayo Contra viento y marea, Desafíos a la libertad y su libro de memorias, El pez en el agua.

La Academia sueca expresó que la obra de Vargas Llosa hace «una cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia del individuo, la rebelión y la derrota». Estas razones hicieron decir al autor que esperaba haber merecido el premio por su trabajo intelectual y no por sus ideas políticas, pero no hay duda que también se debe haber tomado en cuenta su obra ensayística en la que se muestra como un adalid de la libertad y de la democracia. En Desafíos de la libertad ofrece lo más selecto de su labor como analista político ocupándose de temas trascendentes y actuales de significado socio-político. Vargas Llosa es un escritor realista, regionalista y universal. Sus obras reflejan la realidad social peruana con técnicas narrativas contemporáneas como la multiplicidad de focos narrativos, el montaje de planos sociotemporales, los efectos expresionistas, el monólogo interior. Sus libros están escritos con gran destreza técnica y virtuosismo narrativo. Una técnica muy usada es «borrar la huella del autor», convirtiendo la narración en un concierto de voces. Vargas Llosa es uno de los más significativos representantes del llamado «Boom de la Literatura Latinoamericana», que significó una renovación en la manera de escribir. La influencia de escritores como Faulkner, Joyce, Kafka y otros autores que se habían atrevido a innovar y a romper las formas tradicionales de narrar, fue fundamental en ellos. En vez de un sólo narrador omnisciente, las voces de los personajes son varias y cuentan la historia varios narradores, «cuyas voces se relevan con tanta sutileza que el lector apenas nota los cambios de perspectiva y tiene la impresión que el narrador es uno solo» (La orgía perpetua, p. 213). Otra innovación importante es el manejo del tiempo. Normalmente el relato se hacía en forma lineal de acuerdo a ese narrador que sabe todo lo que ha pasado y cuenta la historia de manera secuencial, estando el yo del narrador por encima de los personajes. Otra forma de narrar es cuando coinciden el narrador y el personaje, como sucede en la novela picaresca española; y, en tercer lugar, la que es propia de la novela contemporánea: el narrador está por detrás de los personajes y se mezcla con ellos. En un narrador-personaje plural. Los hechos no se relatan linealmente en un sólo tiempo sino que transcurren en planos temporales diferentes, tratando de parecerse a la vida misma en la que suceden simultáneamente varios acontecimientos, y como el pensamiento, que tampoco se mantiene fijo en una sola idea. Vargas Llosa, en las novelas, sobre todo en las primeras, experimenta con una serie de recursos narrativos que conducen al lector a un mundo intrincado de múltiples significaciones en una estructura narrativa donde convergen diversos hilos de un tejido complejo pero elaborado con la maestría de un extraordinario narrador. Hay otras novelas donde recurre al narrador desde afuera, como en el caso de La guerra del fin del mundo (1981), excelente novela cuyo tema es el mesianismo, la conducta irracional humana. Los hechos que cuenta son de la historia de Brasil: la revuelta anti-republicana de masas guiadas por el iluminado Antonio Conselheiro, en el pueblo de Canudos. En el libro El pez en el agua, el autor hace un relato minucioso de su biografía y de la historia política del Perú. El escenario histórico donde se desarrolla la vida de Vargas Llosa ocupa varios períodos presidenciales, empezando por el de su tío José Luis Bustamante, quien fue derrocado por el golpe militar de Odría, que duró en el poder 12 años, y fue sucedido por Belaúnde Terry (1963-1968); luego vino la dictadura militar de

Velasco Alvarado (1968-1980), y el segundo gobierno de Belaúnde Terry (1980-1985); luego gobernó Alan García, hasta 1990, al que siguió Alberto Fujimori, en dos períodos continuos, y finalmente el segundo período de Alan García. Vargas Llosa va a relatar todos los hechos y las circunstancias que lo llevaron a decidirse por aceptar la candidatura presidencial. La situación crítica de su país y el deseo de transformarlo lo impulsó a lanzarse en esa aventura, en la que reconoce cometió muchos errores, sobre todo la alianza con los partidos Acción Popular de Belaúnde Terry y el PPC (Partido Popular Cristiano), cuyo máximo líder era Bedoya. Si hubiera ido solo, como independiente, con su agrupación «Movimiento Libertad», posiblemente los resultados electorales hubieran sido otros. Después de esa lucha idealista por un país mejor salió convencido que la política no era lo que hasta ese momento había pensado sino que la que se vive y practica día a día, tiene poco que ver con las ideas, los valores y la imaginación, con las visiones teleológicas —la sociedad ideal que quisiéramos construir— y, para decirlo con crudeza, con la generosidad, la solidaridad y el idealismo. Está hecha casi exclusivamente de maniobras, de intrigas, conspiraciones, pactos, paranoias, traiciones, mucho cálculo, no poco cinismo y todo tipo de malabares. Porque al político profesional, sea de centro, de izquierda o de derecha, lo que en verdad lo moviliza, excita y mantiene en actividad es el poder: llegar a él, quedarse en él o volver a ocuparlo cuanto antes… quien no es capaz de sentir esa atracción obsesiva, casi física por el poder, difícilmente llega a ser un político exitoso (El pez en el agua, p. 90). Cuando leemos la situación político-social del Perú que Vargas Llosa describe, nos admiramos por el parecido que tiene con la de otros países latinoamericanos y con nuestro propio país. Se suceden los gobiernos, pero continúan los mismos males con la corrupción encabezando una larga lista de problemas que indican la incapacidad para gobernar y para aplicar un programa de medidas que significaran el progreso de nuestros pueblos dentro de un marco de libertad y democracia. Vargas había hecho un proyecto que contenía propuestas para sanear las finanzas públicas, acabar con la inflación y abrir la economía peruana al mundo, contemplaba la privatización como la vía más rápida para crear una masa de nuevos accionistas y un capitalismo de raíz popular, para abrir el mercado y la producción de la riqueza a esos millones de peruanos que el sistema mercantilista excluye y discrimina (Id. p. 532). Después de haber hecho este recorrido por la vida y la obra de Vargas Llosa se plantea la inevitable cuestión de hasta qué punto la biografía del autor se refleja o alimenta la obra de un creador, hasta qué punto lo que se cuenta en una novela es verdad o es mentira. No hay duda que la obra no sale de la nada, se nutre de la realidad, de los acontecimientos de la vida propia y de la vida de los otros, pero sin ser absolutamente fiel a los hechos porque entonces dejaría de ser ficción. Como dice Vargas Llosa: «no se escriben novelas para contar la vida sino para transformarla, añadiéndole algo». Parten de la realidad, pero la rehacen añadiéndole lo que la imaginación le dicte y en esos agregados reside la originalidad de una ficción.

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